Nunca entenderemos nada

frases-schopenhauer_0Del conjunto de su filosofía, que considero consistente y certera – sin suscribirla al cien por cien –, destacan de vez en cuando auténticas perlas que vale la pena recoger. Aquí una:

La solución real, positiva, del enigma de nuestra existencia debe consistir en algo que el intelecto humano no está en absoluto capacitado para concebir y pensar. De tal forma que si llegase un ser de una calidad superior y se esforzara al máximo para instruirnos, no podríamos comprender nada a través de sus introducciones, pues la solución sería trascendente, mientras que el intelecto es inmanente. (Trad. Adela Muñoz Fernández)

 

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Somos inmortales (de alguna manera)

Todos lo hemos oído, y las personas avanzadas en años lo experimentan.

Sí, tengo x años, pero por dentro me siento como si tuviese veinte”, o “como cuando era niño”.

Por lo general, el anciano que afirma eso se cree un caso raro; imagina que los viejos son, por dentro y por fuera, tal como aparentan; que solo él constituye una excepción; que sí, que por fuera puede aparecer tan deteriorado como los demás, pero que en su interior guarda un tesoro que los demás no conocen: la fuente de la vida intacta.

Llegar a la conclusión de que ese sentimiento no es original ni privativo de uno, sino que es general y obligado en todos puede llevarnos a otra conclusión más sorprendente (sorprendente desde el punto de vista del positivismo moderno). Y es que de alguna manera sí somos inmortales. Mi amigo, el doctor Schopenhauer, lo expresa así:schop. com

Cuando uno logra alcanzar una edad avanzada siente, empero, todavía en su interior que sigue siendo exactamente el mismo que era cuando joven, incluso cuando niño: esto resulta invariable, pues el núcleo de nuestra esencia permanece con frecuencia el mismo y no envejece con el tiempo, ya que no está en el tiempo y resulta, por tanto, indestructible. (Trad. Adela Muñoz Fernández)

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LA CIUDAD MEADA

perro barcelonaLa situación es grave, más de lo que nadie piensa. La gente se preocupa por asuntos globales, de esos que se imagina que en cuestión de años pueden acabar con la humanidad. Preocupación vana. En cuestión de años la humanidad no existirá. Habrá sucumbido en un mar de orines.

La tendencia es imparable. Hace tres años las estadísticas decían que en la ciudad el número de perros alcanzaba el diez por cierto de la población humana. Es decir, un perro por cada diez personas, lo que significa aproximadamente un total de 160.000 perros. Ninguno de ellos, por lo que parece, orina en casa de sus amos. No he encontrado estadísticas más recientes. Como si un poder en la sombra quisiera ocultar la magnitud de la tragedia que se avecina.

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La cosa se veía venir. Desde hace años se observa un fenómeno curioso. Las parejas nuevas, las que han decidido poner sus vidas en común, sea bajo la fórmula del matrimonio sea bajo otra más imaginativa o avanzada, ya no se preguntan si tendrán hijos o no, o si prefieren niño o niña o si pocos o muchos. Deliberan sobre la raza del chucho que ha de compartir sus vidas, si comprado o adoptado, si grande o pequeño.

Y las personas ancianas y solitarias no han encontrado mejor remedio a su situación que la compañía de un perrito cuanto más pequeño mejor. Y es que hay una ley no escrita que dice que el tamaño de los perros se halla en razón inversa al número de años de sus propietarios. En fin.

Me encantan los perros, y conozco todas sus ventajas, y precisamente por eso no me gusta que se abuse de ellos, de su buena fe, de su paciencia infinita, de su cariño incondicional. Por otra parte, reconozco que es mucho más cómodo tener un perro que un hijo. Te llena por igual tus necesidades afectivas (algunos dicen que más), no te exige que le compres un móvil a los ocho años, ni que subvenciones sus diversiones a los dieciocho (o a los veintiocho). Además, a diferencia de tu pareja o de tu mejor amigo, no cuestiona tus opiniones, ni tu forma de vida. Te permite ser como eres, sin reproches ni discursos. Un perro es un milagro de amor y de fidelidad.

Si algún defecto le veo es precisamente ése. El hecho de que un animal en apariencia tan espabilado profese esa especie de apego irracional, ese amor absoluto, a unos individuos como los seres humanos, me inclina a pensar que hay algo que no funciona bien en los cerebros caninos. ¡Y bien caro que lo pagan a veces, los pobres!esquina meada

Pero me he desviado. Decía que esto se va a acabar, que todos los indicios son de que la ciudad perecerá bajo un mar de orines. Basta con que uno se fije en cómo van quedando los bajos de los edificios, de todo el mobiliario urbano, sucios, desgastados, pestilentes. Y ya no son 160.000, no, desde la última estadística van aumentando en progresión diabólica.

Y llegará el día en que los ciudadanos se rebelarán y exclamarán ¿Y por qué yo no? ¿Qué diferencia hay entre los orines de un cánido y los de un homínido? Y entonces ya no serán 160.000 sino más de dos millones, entre cuadrúpedos y bípedos , los que inundarán a diario las calles.

Y mi ciudad, que una vez estuvo a punto de perecer bajo las llamas, ya no será la ciudad quemada, sino la ciudad meada.

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EMILIA PARDO BAZÁN. La condesa palpitante I

pardo bazánHay una Emilia, en el grupo de escritoras que voy convocando, que nada o muy poco tiene que ver con la lánguida, exquisita y enigmática poeta de Nueva Inglaterra que acabamos de visitar. Enfrentadas incluso geográficamente, casi en la misma latitud a uno y otro lado del océano Atlántico, son buen ejemplo de lo diversos y aún contrarios que pueden ser los seres humanos y entre ellos, los escritores y entre estos, las escritoras.

Emilia Pardo Bazán es un caso claro de mujer fuerte, cosa que por entonces – y siglos antes y algún siglo después – no estaba permitida, o según y cómo. A doña madame de stael 2Emilia se la puede considerar como la Madame de Staël hispánica, o así la considero yo. Con todas sus diferencias, naturalmente. La principal consiste en que mientras la francesa – medio suiza – tenía una visión muy clara y bien estructurada de sus preferencias político-sociales y culturales, la española – del todo gallega – evolucionaba, o así lo parecía, entre distintas posiciones, contradictorias sobre todo por lo simultáneo con que solían presentarse.

Aristócrata conservadora y al mismo tiempo feminista; naturalista en literatura (que suponía la adscripción a un determinismo ateo), pero católica ferviente; católicaD._Carlos_de_Borbón_y_de_Austria-Este_smoking ferviente, pero nada reacia a aventuras eróticas extracanónicas (aunque esto ya entraba en la tradición del catolicismo más ferviente); tradicionalista en ideas políticas, pero progresista en la práctica. En fin, que las posturas de la condesa parecían pensadas para despistar o confundir al personal, no de otro modo que las que mostrara el gran Dostoyevski, según acertado resumen de André Gide. Y está claro que esto la complacía, como lo demuestra cuando escribe

Los conservadores de la extrema derecha me creen “avanzada”, los carlistas “liberal” – que así me definió don Carlos – y los rojos y jacobinos me suponen una beatona reaccionaria y feroz.

Por supuesto había que tener una personalidad muy especial para, siendo mujer en aquella época y sociedad, llegar a ocupar, sobre todo en prestigio, un lugar tan alto en la pirámide intelectual del país. Y digo “en prestigio” porque en el ámbito oficial la cosa no fue tan fácil. El caso más llamativo fue el de la Real Academia, que le negó la entrada en varias ocasiones no por otra cosa que por su condición de mujer, en un alarde de esa misoginia en la que siempre ha brillado con esplendor la docta institución no sé si hasta ahora mismo.rae

Pero tuvo sus reconocimientos, populares (las lecciones en el Ateneo de Madrid en 1896 sobre literatura francesa contemporánea fueron un éxito de público) y hasta oficiales: en 1910 fue nombrada Consejera del Ministerio de Instrucción Pública; en 1916 se le otorgó la cátedra de Literaturas Neolatinas de la Universidad Central, de la que, sin embargo, pronto dimitió por falta de alumnos, no se sabe si carentes de interés por la materia o llenos de vergüenza por tener que aprender de una señora.

Y no es que no hubiese señoras escritoras en aquella época y sociedad, pero por lo general sus obras se limitaban a novelitas dirigidas a otras señoras y señoritas y en la cuestión palpitantemuchas ocasiones firmadas con seudónimo masculino. Lo original, lo rompedor en doña Emilia es que sus intereses y producciones literarias abarcan desde lo histórico-erudito, como el Ensayo crítico de las obras del padre Feijoo, escrito a los veinticinco años, hasta la participación en los últimos movimientos de la modernidad intelectual y artística: la publicación de La cuestión palpitante, colección de artículos sobre el naturalismo literario surgido en Francia en torno de Zola, puso esta tendencia – a la que hasta cierto punto ella estuvo adscrita – en el centro del debate literario español.

Y la sociedad literaria, los escritores “serios” ¿cómo recibieron el fenómeno de la señora escritora y erudita y siempre à la page? Bien. Hay que decir que muy bien. Clarín (Leopoldo Alas) elogió muchos aspectos de la novela Un viaje de novios (1881), aunque censuró otros; tampoco se manifestó de acuerdo en algunas de las consideraciones de la escritora sobre Zola. Pero en todo caso dejó bien clara su admiración por las dotes de doña Emilia (“la mujer de gran talento, de suma habilidad”).

La escritora cosechó la admiración de los más jóvenes, como Unamuno ozola Blasco Ibáñez. Cierto que también recibió críticas de escritores como Menéndez Pelayo, Pereda, Palacio Valdés y otros, pero siempre fundamentadas en discrepancias estéticas o ideológicas, nunca, que yo sepa, por razón de sexo.

El de Benito Pérez Galdós es un caso aparte. Ocho años mayor que doña Emilia, cuando ésta empezó a ser conocida (a principio de la década de los 80) don Benito se hallaba casi en el apogeo de su carrera literaria. Desde un principio hubo entre los dos una relación de admiración (sobre todo por parte de ella) y de estimación mutua. Relación que rápidamente fue ganando intensidad, hasta que se convirtieron en amantes. Y no se trata aquí de uno de esos casos de amantes apócrifos, tan del gusto de algunos comentaristas. Porque la relación está atestiguada por los mismos protagonistas.

Hace unos años salieron a la luz 92 cartas de doña Emilia dirigidas a don Benito y solo una de éste en sentido contrario (se supone que el resto, en posesión de la escritora, fue destruido a la muerte de ésta por la censura de la familia propia o por miquiño míola del dictador Franco, ocupante estival, años después, de la residencia gallega de la escritora).

Las cartas de Emilia hablan de una relación apasionada, forzosamente discreta (ella estaba casada aunque separada de acuerdo con el marido; él siempre soltero), que tuvo lugar en encuentros furtivos en Madrid y en un viaje por Alemania. Y además, con algunas infidelidades por parte de ambos. Y cuando la relación cesó, al cabo de una década aproximadamente, conservaron una buena amistad y la misma admiración y respeto por parte de ella hacia quien siempre consideró su maestro.

Nada da mejor idea del apasionamiento, la desinhibición y el sentido del humor con que la condesa vivió aquel amor que estas líneas de una de sus cartas de 1889

Pánfilo de mi corazón: rabio también por echarte encima la vista y los brazos y el cuerpote todo. Te aplastaré. Después hablaremos dulcemente de literatura y de la Academia y de tonterías. ¡Pero antes morderé tu carrillito! 

 (CONTINÚA)

benito y emilia

(Obsérvese cómo don Benito todavía tiene resentido el carrillito).

(De ESCRITORAS)

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EMILIA PARDO BAZÁN. La condesa palpitante II

casa-museo-emilia-pardo-bazanEmilia Pardo Bazán “fue una noble y novelista, periodista, feminista, ensayista, crítica literaria, poetisa, dramaturga, traductora, editora, catedrática y conferenciante española introductora del naturalismo en España”, dice la enciclopedia (virtual, por supuesto). Y dice mal.

Es verdad que, a primera vista, la parrafada impone, pero si se la examina con un poco de atención resulta bastante extraña. Para empezar, juntar “noble” (¿en qué sentido?) con “novelista” es por lo menos ambiguo. Su actividad como periodista la fue ejerciendo en cuanto ensayista y crítica literaria, o sea que estas podrían estar comprendidas en aquella o aquella en estas. Se dice que fue feminista. Cierto, pero también fue carlista y en cierto modo obrerista (La Tribuna), y no se dice. Lo de dramaturga fue más bien un intento fracasado, que la homologa con tantos españolitos, de los que se decía que nacían todos con una obra de teatro bajo el brazo. Y lo de “poetisa” no lo admitiría hoy cualquier mujer que escriba versos, como no admitiría “atletisa” cualquier atleta del sexo femenino. Mejor pasamos a la historia, resumida y breve como siempre.

nina-pardoEmilia Pardo Bazán nace en La Coruña, España, en 1851. El padre, abogado y miembro del partido liberal, por el que fue diputado en el Congreso, ostentó el título de conde por nombramiento papal, título pontificio que el rey Alfonso XIII convalidó en real para la hija en 1908.

Los intereses literarios y culturales de Emilia estuvieron bien claros desde su más tierna infancia. Ella misma pidió que las convencionales clases de piano y demás componentes de la educación de las señoritas de entonces les fuesen sustituidas por clases de latín y por enseñanzas humanistas. Niña todavía, lee la Bibilia, Homero y el Quijote. Durante los inviernos que la familia pasa en Madrid estudia en un colegio francés, y llega a dominar este idioma, lo que le sería de gran utilidad en su futura actividad de literata de rango europeo.

A los dieciséis años (1868) se casa con José Quiroga y Pinal, estudiante de derecho de diecinueve, más o menos aristocrático y más que menos ultraconservador, querevolución gloriosa exige que su esposa se adhiera también al carlismo, cosa que ella acepta en principio y que mantendrá  aunque con  matices varios. El hecho de la boda lo registra en uno de sus Apuntes autobiográficos con cierta frialdad de cronista: Me vestí de largo, me casé y estalló la Revolución de septiembre. Tuvieron tres hijos.

Precisamente la agitación social que se produce a continuación de la Gloriosa induce al padre a poner tierra por medio por una temporada, viajando con toda la familia, recién casados incluidos, por Francia, Inglaterra, Austria e Italia, viaje que no concluye hasta 1873, y que Emilia aprovecha para iniciar contactos con  algunas figuras de la literatura europea.

Establecida la familia en Madrid, Emilia se dedica sin descanso a sus labores intelectuales y creativas ante la mirada comprensiva y aprobatoria del marido, de momento. Actitud que cambiará radicalmente cuando la esposa se vea situada en el centro del debate intelectual, recibiendo flores y dardos desde izquierda y derecha indistintamente a propósito de la polémica sobre el naturalismo literario, y que conducirá a la separación de hecho de la pareja en 1883.

En 1876 publica su Ensayo crítico de las obras del Padre de Feijoo y en 1879 sale su primera novela, Pascual López, autobiografía, todavía en la órbita de la novelística anterior a la que ella misma vendría a consolidar.

vichyEn 1880 pasa una temporada en el balneario de Vichy (Francia), donde, entre otras cosas, se dedica a estudiar a fondo la obra de Zola y empieza a escribir la novela Un viaje de novios (1881), en la que se perfila ya su estilo propio y que fue bien acogida por la crítica.

El de 1883 fue un año crucial para la la escritora y la mujer. Durante el año anterior había publicado en la revista Época una serie de artículos en los que exponía los postulados de la escuela naturalista de novela, surgida  en torno de la figura de Zola en el llamado grupo de Médan. Reunidos y publicados en forma de libro con el título de La cuestión palpitante, enseguida se situaron en el centro del debate literario español. Y lo que quizá prestaba mayor interés a la polémica era el hecho de que la escritora no suscribía sin más todas las exigencias de la nueva escuela, sino que oponía sus reparos, el principal, aceptar un determinismo que anula la idea de libre albedrío, lo que, como católica, no podía de ningún modo admitir. Postura que, como suele ocurrir, concitaría los ataques y censuras de las dos posiciones extremas

Ese mismo año acuerda la separación con su marido, publica la novela La Tribuna, naturalista, obrerista y feminista, en cuyo prólogo reconoce el magisterio de Galdós, y – lo que nadie sabe entonces – se afianza el largo idilio entre el escritor y la escritora.

En 1886 vuelve a Francia, donde trata a los hermanos Goncourt, a Huysmans y sobre todo a Zola, quien se muestra sorprendido de que la autoría de La cuestión emilia escribiendo a máquinapalpitante corresponda a una mujer. El mismo año sale a la luz Los pazos de Ulloa, novela sobre el caciquismo y la decadencia de la sociedad tradicional gallega. Esta obra y la que sigue, La madre naturaleza, que es continuación de la anterior por el tema, el ambiente e incluso algunos personajes, la consagran definitivamente como la gran novelista española de la segunda mitad del siglo.

Pero su actividad creativa no se limita a lo novelístico. Publica ensayos como La revolución y la novela en Rusia (1887) en el que, apartando la mirada de la omnipresente cultura francesa, presenta a Dostoyevski y otros novelistas rusos, y La mujer española (1890) donde trata de la situación de inferioridad en que se encuentra la mujer y de los continuos impedimentos que la sociedad masculina coloca para imposibilitar que pueda superarla.

Tras la muerte de su padre (1890), y con el dinero de la herencia, crea la revista Nuevo Teatro Crítico, que durará dos años y en la que ella sola escribe todos los artículos. Colabora en las revistas La España Moderna, El Imparcial y otras. En esta época se dedica especialmente a los cuentos (se han recogido más de quinientos, emilia conferencianteaparecidos en distintas publicaciones).

Su fama no solo como escritora sino también como conferenciante va en auge. Las  intervenciones de la aristócrata escritora atraen a un público numeroso y variado. Desde el éxito de sus lecciones sobre literatura contemporánea francesa de 1896, se convierte en figura destacada del Ateneo de Madrid (primera mujer aceptada como socia), donde ocupará el puesto de directora de la Sección de Literatura (1906). En 1910 se la nombra Consejera de Instrucción Pública y en 1916, catedrática de Lenguas Neolatinas de la Universidad Central.

Su producción escrita es inabarcable. Y siempre variada. Hay que registrar en este sentido el cambio de tendencia que se da en su obra a partir de los últimos años del siglo, con cierto abandono del naturalismo y la apuesta por las nuevas modas finiseculars (decadentismo, simbolismo), como en la novela La Quimera (1905). Y tampoco  hay que olvidar – como aquí se ha olvidado – toda su literatura histórico-crítica relacionada con el cristianismo a través de figuras como Dante, Milton, San Francisco y de las tratadas en Los poetas épicos cristianos (1895).

Porque doña Emilia siempre fue y se confesó católica, en lo bueno y en lo malo. Quizá es el catolicismo el único rasgo que presta unidad a su vivir, pleno de intereses múltiples y a veces contradictorios. Un religión, la católica, que, como dejara dicho su coetáneo Oscar Wilde, es la más adecuada para santos y pecadores.

En ella confortada, doña Emilia Pardo Bazán entregó su alma, en Madrid, el 12 de mayo de 1921.

emilia estatua coruña

(De ESCRITORAS)

 

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EMILY DICKINSON. El premio de la vida I

emily dickinson

                          ‘Tis Life’s award – to die –

A veces uno llega a dudar de que los seres humanos integren una sola especie zoológica. ¡Los hay tan diferentes! ¿Qué tienen en común un hombre solo de acción, como Napoleón, y otro solo de ensoñaciones intimistas, como Leopardi? Incluso leopardi2entre los escritores las diferencias pueden ser abismales; entre Zola, por ejemplo, y ciertos poetas de la misma época y país. Pero también entre lo poetas abundan perfiles totalmente opuestos, como el de Walt Whitman y el de su casi contemporánea Emily Dickinson. En este caso, además, la diferencia resulta inquietante. Porque de Whitman, cualquiera con un poco cultura literaria puede decir quién es o qué representa. De Dickinson, no.

Aproximarse a Dickinson es entrar en un territorio inexplorado. No hay referencias, no hay mapas que nos puedan orientar en la peligrosa travesía. El mismo lenguaje resulta a veces desconocido. La sintaxis parece inventada, incluso los signos ortográficos, con sus whitmanconstantes guiones y sus mayúsculas aparentemente caprichosas, no obedecen a ningún código conocido. Todo, fondo y forma, surge simultáneamente de la misma alma escritora.

Un alma que parece estar siempre en el umbral de algo grande, tal vez oscuro, tal vez terrible. O luminoso. No podemos llamarlo abismo, aunque alguna vez ella lo hace. En realidad no podemos darle ningún nombre diferente del que ella dicta.

Lo curioso, lo insólito, lo increíble es que una autora como Emily, además de existir y crear, haya traspasado la barrera de las sombras – lo desconocido por la cultura universal – y haya llegado a brillar e imponerse en el firmamento de la poesía perenne.

Perteneciente a una familia tradicional norteamericana, descendiente de los arribados al continente con la Gran Migración de los puritanos ingleses de 1630, pasó toda la vida en la residencia familiar de Amherst, con solo breves salidas a la cercana Boston, a mayflowerFiladelfia y Washington, además de unos meses de la adolescencia, interna en una institución de enseñanza. Pero, sobre todo desde los treinta años de edad, vivió encerrada en su retiro sin más trato directo que con los padres, el hermano mayor Austin y la hermana menor Lavinia, además de con alguna amistad íntima, como Susan, confidente desde la infancia, que se convirtió en su cuñada.

Pero no estaba cerrada el mundo mantuvo continua correspondencia epistolar con personas de diversos ámbitos -, era el mundo el que estaba encerrado en ella. Un mundo de extrañas y poderosas visiones y sensaciones que ella iba trascribiendo, en su particular idioma poético, en papeles que luego cosía a mano para formar volúmenes que guardaba sigilosamente en un cajón.

Pero, como le suele ocurrir a todo creador solitario, Emily no dejaba de plantearse con mayor o menor urgencia la cuestión de si lo que hacía valía la pena desde un punto de vista estético más o menos objetivo. El ojo no puede verse a sí mismo, y ella no tenía a nadie que le informase de si aquellos poemas que inevitablemente le surgían – y que amorosamente cultivaba – tenían algún valor para el mundo exterior. Y he aquí que en abril de 1862 aparece en la revista The Atlantic Monthly un artículo del entonces famoso crítico literario Higginson en el que alienta a los jóvenes escritores a que le envíen muestras de sus obras. Emily le escribe enseguida: “¿Está atlantic monthlyusted demasiado ocupado para decirme si mis versos están vivos?”, enviándole cuatro breves composiciones.

La reacción de Higginson es de asombro y desconcierto. Por supuesto, siente que allí hay algo vivo, pero no sabe descubrirlo cabalmente. Le molesta el envoltorio. El sacerdote de la Forma no puede aceptar aquella escritura espasmódica, dice, salpicada de guioncitos y de mayúsculas absurdas. Ni la anarquía de metro y rima. Y así se lo hace saber a Emily, aconsejándole las oportunas enmiendas y sobre todo que no intente publicar todavía (es consciente de que hay ahí un valor oculto que quizá con una cirugía…).

Emily agradece a Higginson los consejos, aunque, con la ironía y el sentido del humor que -también – la caracterizan, le da a entender que no piensa seguirlos rigurosamente, porque no podría prescindir del acompañamiento de las Campanillas – guiones y mayúsculas -. Y en cuanto a abstenerse de publicar de momento, escribe

Sonrío cuando sugiere que aplace “publicar “ – porque eso es tan extraño a mi pensamiento como el Firmamento al Fondo del Mar. Si la fama me perteneciera – no podría escapar de ella…

Pero termina rogándole que sea su “preceptor”, y en las muchas cartas que seguirán firmará siempre como “su alumna”.

A partir de ahí se desarrolla una larga correspondencia entre famoso crítico y poeta nueva – con largas interrupciones al principio, debidas a la guerra civil, en la que el crítico participa como coronel unionista – que evoluciona rápidamente hacia una buena amistad.

Algunos estudiosos de hoy reprochan a Higginson haber sido incapaz de captar toda la genialidad de Dickinson – reproche fácil, “a toro pasado” -, pero no se preguntan si higginson2en estos momentos ellos ignoran o niegan oportunidades a la genialidad – mañana evidente – de un autor nuevo. Reproche injusto, además, como evidencian estas palabras de Higginson dirigidas a Dickinson en carta de 11 de mayo de 1869

A veces saco sus cartas y sus versos, querida amiga, y cuando siento su extraño poder, no es extraño que se me haga difícil escribir y que así transcurran largos meses. […] No he cambiado en lo tocante a usted y nunca decae mi interés por lo que me envía [ …] siempre me intimida pensar que lo que escribo pudiera ser desatinado y temo no captar la sutileza de su afilado pensamiento. Sería tan fácil, me temo, malinterpretarla. Aun así, como ve, lo intento. (trad. Nicole d’Amonville Alegría.)

Y aún hay quien se atreve a hablar de “la escasa perspicacia” de Higginson por no proclamar al momento la genialidad de Dickinson, como tan fácilmente se proclamara un siglo después, cuando lo que se debería resaltar es la suma inteligencia y delicadeza que muestran esas palabras ante al enigma de la poeta nueva.

De todos modos, Emily Dickinson no pudo, como pretendía, evitar la fama. Pero no tuvo que escapar. Porque cuando la fama llegó ella ya no estaba.      (CONTINÚA

dickinson ya no estaba 

       (De ESCRITORAS)

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EMILY DICKINSON. El premio de la vida II

Amherst_compressed_1920x1280Emily Dickinson nació en Amherst, pequeña localidad de Massachusetts, Estados Unidos, en 1830, un año después que su hermano Austin y tres antes que su hermana Lavinia. El padre, Edward, abogado y político liberal (izquierda) que fue evolucionando hacia posturas cada vez más conservadoras, fue diputado en el Congreso – Emily le adoraba, “tenía el corazón puro y terrible”, dijo de él en una carta. La madre, Emily Norcross, distanciada y enfermiza, estuvo toda la vida más cuidada por los hijos que a la inversa.

La familia era muy importante para Emily Dickinson, siempre estuvo muy unida aedward dickinson hermano, hermana y cuñada, que constiuían el núcleo esencial de su vida social, así como de la material lo era la gran casa familiar (Homestead), al lado de la cual construyó el hermano su propia vivienda (Evergreens) cuando se casó con Susan.

Y dentro de la Homestead, la habitación propia en la planta superior, donde Emily se encerraba parte del día para recibir y poner por escrito los mensajes poéticos que le llegaban – ¿de dónde? -, y que luego iba coleccionando y guardando. Solo unos cuantos se publicaron en vida  – anónimos -, de cinco a ocho, según el biógrafo de turno. Y seguro que pudo publicar más, porque sus relaciones no eran pocas. Y es que, aunque retirada y casi encerrada, no era ajena al mundo cultural, principalmente a través de los diarios y revistas que llegaban a la casa y por las amistades de la familia o las pocas del período escolar, que conservó toda la vida. Pero publicar siempre le pareció una degradación del acto creativo.dickinson niños

Su vida escolar fue breve y nada metódica. Cursó estudios primarios en la misma Amherst y en otoño de 1847 ingresó en el centro femenino de estudios Mt. Holyoke, a pocos kilómetros de la ciudad. El ambiente – la moda de aquella sociedad y momento – era de una religiosidad de origen calvinista que exigía en la práctica conversiones espectaculares y grandes actos de propaganda. Emily no se sentía nada a gusto, y al acabar el curso lo dejó. Y sin embargo aquella fue la época en que estuvo más abierta a la sociedad, incluso escribía una columna en el boletín del centro, en el que desplegaba su ironía y sentido del humor: llegó a declararse pagana. Su religiosidad iba por otros derroteros y empezaba ya a manifestarse en el misterio de unos versos.

wadsworthEl regreso a casa en 1848 significa el inicio del encierro que había de durar toda la vida, excepto breves salidas a ciudades próximas. En una de éstas, en 1855, oyó predicar y conoció al Reverendo Charles Wadsworth, con el que inició una apasionada correspondencia, en la que expresa directamente el amor – siempre a distancia – que despertó en ella aquel varón severo y hermoso. El traslado de Wadsworth en mayo de 1860 al otro extremo del país supuso para ella un golpe muy duro, al sentir que se le anulaba toda esperanza de seguir soñando.

Las relaciones con el exterior – fuera del ámbito doméstico – fueron casi siempre epistolares. Escribió unas mil cartas. Entre todos sus corresponsales destacan tres que, por motivos diversos, tuvieron especial importancia en su vida. O cuatro, si se admite que el “Dueño” (Master), a quien escribió cartas de amor y sometimiento total, era persona distinta de Wadsworth.

samuel bowlesUno era Samuel Bowles, director del Springfield Daily Republican, amigo de la familia y de ella misma de toda la vida, que mantuvo con Emily una relación basada en la confianza y estima. En el diario le publicó algún poema, como siempre en forma anónima.

Otro, Th. W. Higginson, el crítico desconcertado, siempre admirando la rara profundidad de la poeta, aunque reconociendo su incapacidad para comprenderla. Tras la muerte de Emily, colaboró en la primera edición de muchos de sus poemas, que salió a la luz entre 1890 y 1892.

Y finalmente, el juez Otis Lord, dieciocho años mayor que Emily y amigo del padre. otis lordPero, más que epistolar, esta relación fue personal – aunque también se cruzaron cartas – y dio lugar a un amor mutuo, sosegado y terreno, incluida petición de mano por parte de Lord en 1882. No se sabe si fue la negativa de Emily – en defensa por encima de todo de su independencia – o la inesperada muerte del juez dos años más tarde lo que frustró el intento.

Pero desde hacía años, desde que prácticamente se encerrara en su cuarto propio, la auténtica vida de Emily se iba condensando en aquellos papeles escritos que guardaba no se sabe – ni ella misma – para qué. Y siempre con ese estilo tan propio, tan inimitable – de hecho imposible de imitar – que hacía de su obra algo potente, directo, y sobre todo, indescifrable, como bien comprobó el bueno de Higginson.

A lo largo de su obra, los temas fundamentales pasean sus mayúsculas, que se destacan claramente de las de los demás: Inmortalidad, Eternidad, Amor, Dios, Silencio, Muerte, Alma… Palabras que no aluden a conceptos exactos, sino a impresiones del espíritu ante la proximidad, la presencia, de algo desconocido y tal vez terrible, 

Pero, en ocasiones, esa presencia enigmática e inquietante no se percibe como terrible, sino como algo cotidiano pero incomprensible, lo que refuerza su extrañeza, como se aprecia en el poema que describe los prosaicos movimientos que se gilbert dickinsonobservan en una casa vecina tras la muerte de su morador (There’s been a Death, in the Opposite House)

En los últimos años la muerte – no la poética, de inicial mayúscula –  va cercando con su negra sombra a Emily. En 1874 muere el padre de repente; un año después la madre queda semiparalítica a consecuencia de un ictus; en 1878 muere el director de periódico y amigo Samuel Bowles;  en abril de 1882 muere Wadsworth, que había reaparecido y visitado en dos ocasiones a Emily, y en noviembre del mismo año la madre; en 1884 muere el juez Lord, frustrado prometido de la poeta. Pero la desaparición que más seriamente le afectó fue la de su sobrino Gilbert, de 7 años, por quien sentía un inmenso cariño, ocurrida un año antes. A partir de ese momento, Emily se fue consumiendo lentamente. Hasta que el 15 de mayo de 1886 dejó la vida, alcanzando así el premio obligado e irrenunciable.

Días después, mientras la hermana Lavinia se aplicaba a cumplir las instrucciones de Emily, entre ellas quemar toda la correspondencia recibida, se produjo un hallazgo inesperado: unos fascículos escritos a mano con esmerada caligrafía que contenían cerca de 1800 poemas, además de otros en hojas sueltas. Fue el principio del largo proceso de publicación, propagación y ascensión a la Fama, nunca deseada por la poeta.

Si Lavinia no hubiese descubierto esos papeles o los hubiese añadido a los destinados al fuego, hoy Emily Dickinson no existiría. La Fama es prima hermana del Azar.emilygrave

(De ESCRITORAS)

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