CONVERSACIONES CON PETRONIO V

-He estado pensando en lo que hablamos ayer -dije a Petronio el día siguiente-, eso de que las personas mienten sobre sí mismas, que se engañan y engañan sobre su pasado. ¿A qué crees que obedece esa conducta?estética de mujer r

-No lo sé con certeza -respondió Petronio-. Pero lo imagino. Toda persona desea ofrecer una imagen de sí misma lo más favorable posible. Y si en esa tarea se encuentra con dificultades, procura evitarlas. Ocurre como con el aspecto físico: se utilizan cosméticos para ocultar las huellas que el tiempo deja en el cuerpo. Y me parece bien. El triunfo del arte sobre la naturaleza es el triunfo del espíritu humano…siempre que los resultados sean correctos. Porque, si no, la situación no sólo no mejora sino que empeora. De una persona que abusa ostensiblemente de los cosméticos llegamos a pensar que es más vieja y ajada de lo que en realidad es. De la misma manera, de alguien que miente sobre sí mismo con descaro, es decir, sin tacto ni prudencia, llegamos a pensar que no merece ningún crédito ni consideración.

-¿Y por qué crees que todo el mundo desea ofrecer la imagen más favorable posible? ¿Tan importante es el juicio de los demás?

-Excepto para el sabio, es lo más importante. Pero no el juicio precisamente, sino algo más esencial. ¿Cuál crees tú que es la fuerza que mantiene unido el universo?

-No sé…desde el punto de vista de la filosofía platónica, diría que el amor.

-El amor, sí, tanto si recurrimos a Platón como si no. El amor es el motor del universo. Las mutuas atracciones de los astros y de todos los cuerpos han formado este mundo y lo mantienen vivo. Otro asunto es el porqué y el para qué, preguntas que no tienen respuesta, a no ser que también nos engañemos sobre esto. Lo confesemos o no, todos aspiramos a amar y, sobre todo, a ser amados. Sí, queremos ser amados, o por lo menos, apreciados, elogiados, ensalzados, incluso temidos, y somos capaces de cualquier cosa por conseguirlo. Pero no siempre se consigue. A veces, ni siquiera los amores más próximos y que parecen más obvios. Y entonces las consecuencias pueden ser desastrosas. Piensa que la madre que niega el amor a su hijo está creando un monstruo. Siempre. Yo sé algo de eso.

-¿Piensas en alguien en concreto?

-Sí -respondió Petronio-, y tú también.agripina neron

Era inevitable. Hacía unos años que las tormentosas relaciones entre Nerón y su madre habían concluido con la muerte de Agripina, ordenada por su propio hijo bajo la acusación de conspiración. Desde entonces, las extravagancias, arbitrariedades y crueldades de Nerón no habían dejado de crecer, al menos en boca del pueblo, que no tenía otra materia de opinión que lo que le llegaba de las altas esferas de la sociedad, círculo exclusivo en que se movía la crueldad del príncipe. Hasta que esa crueldad se hizo patente a los ojos de todos con ocasión de la persecución y castigo de los supuestos incendiarios. Porque es el caso que unos hombres tan odiados y odiosos como los seguidores del judío Cristo habían sido castigados con una crueldad tan gratuita, excesiva y sanguinaria que llegaron a ganarse la compasión de muchos, al mismo tiempo que el bestial castigo despertó en el pueblo el recelo ante la larga mano criminal del tirano, que no se contentaba ya con víctimas senatoriales o ecuestres. ¿Cómo no ver en las palabras de Petronio una alusión a la extraña relación que siempre había existido entre la Agripina insensible, ambiciosa e intrigante y su hijo Nerón, despreciado peón de la ambición materna hasta que con sus propios excesos logró superar los peores excesos de la madre? Pero sabía que no podía hablar de ello. Petronio no me lo permitiría. Buscaba la manera de sortear el escollo, cuando él mismo acudió en mi ayuda:

-Sí, amigo, todos queremos ser amados, pero pocos saben cómo conseguirlo.

-No hay ninguna receta mágica, supongo.

-Mágica no, pero alguna receta sí que hay. Claro está que lo que con ella se obtiene es sólo un sucedáneo del amor, pero en las relaciones sociales funciona de maravilla.

-Te refieres a…

-La amabilidad.

-¿Quieres decir la cortesía, la urbanidad?

-No. He dicho la amabilidad. La cortesía consiste en la aplicación de unas normas comúnmente admitidas para vivir en sociedad. Pero esa aplicación puede ser fría, distante, incluso hostil. O algunas de esas normas pueden ser absurdas. Piensa en la que dictó el César Claudio admitiendo la emisión de ventosidades en sociedad. Es un ejemplo, por reducción al absurdo, de cómo algo aceptado por las reglas de urbanidad puede resultar nada amable.

-¿En qué consiste entonces la amabilidad?

claudio-La amabilidad consiste en tratar a las personas como te gustaría que te tratasen a ti. En este precepto se resumen todos los demás.

-Ya entiendo. Pero me gustaría, si no te importa, que lo desarrollases. En otras palabras: qué he de hacer y qué no he de hacer para ser amable.

-Lo primero es escuchar. Esto es lo fundamental y lo más difícil. Sólo los niños prendados por relatos maravillosos o los mayores encandilados por obra del arte escuchan de verdad. Pero en general no escuchamos, no sabemos escuchar. Mientras el otro habla, pensamos ya en lo que vamos a decir o vagamos con la mente por lejanas regiones. Y esa concentración o esa lejanía se reflejan en la mirada, y el otro sabe que no le escuchamos, que no nos importa. Lo segundo consiste precisamente en otorgar al otro toda la importancia que cree merecer o incluso más, si se trata de alguien que se infravalora, y darle a entender que los asuntos que le importan a nosotros también nos interesan, al menos en cuanto a él le importan. Uno ha de acordarse siempre de hacer alguna pregunta relacionada con el tema que más interesa al otro…

-Perdona, pero esto ¿no puede dar pie a que los pelmazos de que hablabas el otro día aprovechen la ocasión para martirizarnos a placer?

-Naturalmente, pero es que en todo momento hay que mantener el dominio de la situación. Los posibles inconvenientes de la amabilidad y sus antídotos…eso ya sería materia de otra charla.

-Imagino que todo eso es muy adecuado para tratar con personas de igual o superior categoría, pero que con los inferiores no debe de ser tan importante.

-No lo creas. Con los inferiores también, en la debida proporción. Piensa que la amabilidad de que te hablo es más que nada una disposición del ánimo, que ni se puede ni se debe variar a cada instante, y que si con la amabilidad puedes obtener una gracia o un favor de una persona distinguida, con la amabilidad adecuada al caso puedes lograr de un inferior que te haga de buen grado, o sea bien, lo que de otra manera te haría de mala gana, o sea mal. La amabilidad consiste en saber transmitir al otro que él es muy importante para nosotros, que lo valoramos como se merece, que de alguna manera le amamos. Y es esa chispa de amor la que enciende la buena disposición del otro, y puede incluso obrar maravillas.

-Nunca había pensado que las personas fuesen tan…como lo diría…tan influenciables, tan susceptibles de ser conducidas, de ser manipuladas.

-Tan deseosas de ser engañadas, puedes decir -concluyó Petronio-, esa es la palabra. Los hombres quieren ser engañados, sí, quieren, a cualquier precio, que les digan lo que desean oír. Y cuando esto ocurre ni por un instante suelen considerar la posibilidad de que su interlocutor esté fingiendo. Piensa que la adulación es un arma infalible. Sólo el muy sabio puede defenderse de ella.

-Se me ocurre ahora -dije, sin meditar la conveniencia o no de comunicar aquel hallazgo repentino- que el hombre que como tú conoce y domina el arte de la amabilidad o, visto en su aspecto menos noble, de la adulación está en condiciones de dominar el mundo. Nada se le puede resistir.

-No lo creas. No sólo yo conozco ese arte. En ciertos ambientes muchas personas lo conocen tan bien o mejor que yo. Y ocurre entonces que el poderoso al que se pretende influir se ve sometido a la presión de fuerzas contrarias, con el resultado de que su reacción será casi siempre imprevisible.

-Pero si el poderoso al que se pretende influir -dije, adentrándome decididamente por un terreno que sabía prohibido- tiene ante sí un hombre como Petronio, difícilmente podrá seguir otra influencia o consejo.

-Te equivocas -respondió Petronio-. ¿Has oído hablar de Tigelino?

-Naturalmente. Te refieres al jefe de la guardia pretoriana. De él depende la seguridad de Nerón, ¿no es eso?

– Sí, y no sólo la seguridad. Tigelino practica una adulación que yo no sabría nunca practicar. Mi amabilidad, o adulación, va siempre por el lado estético. Si Nerón se cree un gran artista, ¿por qué habría de contradecirle? Después de todo, como tigelinocantante no lo hace tan mal. Como poeta ya es otro asunto. ¿Pero crees que vale la pena arriesgar la felicidad del que tutela nuestra felicidad por un supuesto juicio honrado, que a la postre será tan relativo como todo juicio estético? No, por Hércules. Si vieses la expresión del rostro de Nerón cuando se le aclama como al más grande de los artistas, comprenderías que de ese estado de ánimo sólo pueden resultar beneficios para el pueblo. ¿Por qué entonces negarse a algo que ha de ser beneficioso para todos, excepto para sus competidores artísticos, claro está?

No salía de mi asombro. Finalmente Petronio me había admitido en el territorio hasta entonces reservado de sus relaciones con el poder. No cabía de felicidad. No sólo por la curiosidad satisfecha, sino sobre todo porque, a partir de aquél momento, podía considerarme su confidente, es decir, sin lugar a dudas, su amigo. Pero no quería que aquel inicio de confesión se quedase en un simple cabo suelto.

-¿Y qué clase de adulación practica Tigelino? -aventuré, como quien pregunta lo más natural del mundo.

-La más baja que te puedas imaginar. Por un lado, le imbuye la idea de que, como César, es un dios todopoderoso, un dios viviente al que todo le está permitido.

-¿Hasta el crimen?

-Hasta el crimen. Ésa es según Tigelino la característica principal de la divinidad. Pero, por otra parte, no deja de atemorizarle con la supuesta existencia de fantásticos o quizás reales enemigos que se proponen acabar con él, y de intentar demostrarle que sólo él, Ofonio Tigelino, está en condiciones de protegerle de las asechanzas de sus enemigos.

-Pero eso es contradictorio -observé-. ¿Cómo un dios todopoderoso puede vivir continuamente atemorizado por sus supuestos enemigos y, sobre todo, cómo puede depender su seguridad de un simple adulador?

-Todo lo contradictorio que quieras -dijo Petronio-, pero es así. Tigelino halaga la soberbia de Nerón al mismo tiempo que cultiva su miedo. Es su manera de hacerse imprescindible. Como comprenderás, mis armas y las suyas nada tienen que ver. Los campos en que nos movemos son también distintos…Pero un día podemos coincidir, y entonces…

-¿Y entonces?

-Entonces todo habrá acabado.

Fue como si una nube pasase por un instante sobre el rostro de Petronio.

-Pero quién sabe lo que nos reserva el futuro -dijo, iluminado de nuevo el rostro por una sonrisa radiante-. Sólo el presente importa; la lucha de todos los días, la inútil lucha de cada día.

-Quizá sea cosa de tu amabilidad innata -no pude menos que decir ante su cara de felicidad-, pero no deja de sorprenderme esa capacidad tuya de enunciar las sentencias más terribles con la alegría que suele reservarse para las buenas noticias. ¿Crees realmente que es inútil la lucha de cada día?

-La que se dedica a la intriga por el poder, sí. Porque siempre acaba mal.

-La verdad es que no te imagino intrigando por el poder.

-Yo tampoco. Pero a veces la vida te coloca en situaciones que no tienes más remedio que aceptar y sobrellevar, con todas sus consecuencias.

-¿No se puede abandonar?

-No, no se puede. Pregúntaselo a Séneca. Él ha decidido abandonar y en este momento nadie da un as por su vida.

-Disculpa, Petronio, pero imagino que, después de todo lo que me has dicho, no te nerónextrañará que te haga esta pregunta: ¿es realmente Nerón un monstruo?

-En cierto modo sí, pero no es culpa suya. Una persona joven, débil, inmadura, que tiene todo el poder, forzosamente ha de ser un monstruo. Quiero decir que el monstruo no lo ha creado él mismo, sino el sistema.

-¿El sistema?

-Sí, el régimen político inaugurado por Julio César, que permite que todo el poder se concentre en un sólo hombre.

-Pero el mismo Julio no fue un monstruo, ni Octavio Augusto tampoco.

-Eran personas maduras, equilibradas. Pero no se puede cimentar la bondad de un régimen político en algo tan azaroso como el temperamento del soberano de turno.

-¿Debo entender que eres partidario de la antigua república de libertad?

-Cualquier persona razonable lo es. Pero su restauración es ahora mismo imposible. No es ésta una época razonable.

-¿Y no hay ninguna posibilidad de que, cualquier día, un grupo de personas “razonables” unan sus fuerzas para asaltar el poder y restaurar la república?

-No, ninguna. Algunos sí lo creen. Pero se equivocan. De hecho, es el ejército el que tiene el poder, y el ejército quiere siempre una sola cabeza, un sólo jefe a quien poder amedrentar y exigir. De manera que, hoy por hoy, el triunfo de una conspiración sólo significaría la sustitución de un tirano por otro, si es que lograse triunfar, que no lo creo. El tiempo me dará la razón.

-¿El tiempo? ¿Quieres decir que esa conspiración es posible, que existe quizá?

Petronio se llevó el dedo índice a los labios sonrientes:

-Amigo mío… -dijo.

-Sí, ya sé: Horacio.

silencio

(CONTINÚA lunes próximo)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO IV

Mela especulador

-Espero la visita de Anneo Mela -dijo Petronio después de recibirme con la misma cordialidad de siempre-, pero me gustaría que te quedases. Es más, me interesa que te quedes. Así tendrás ocasión de conocer a un tipo de personaje que no suele figurar en los anales ni en los libros de historia, a pesar de su importancia: el hombre de negocios.

-Me encantará. ¿Y a qué negocios se dedica?

-A cualquiera, es decir, a lo mismo de siempre: a producir dinero.

-Quiero decir que si se dedica a construir o a comerciar o si tiene naves o explota minas, ya me entiendes.

-Sí, ya te entiendo. El que parece que no me entiendes eres tú -dijo Petronio con una sonrisa-. O quizá soy yo el que no me explico bien. Mela no se dedica a nada en concreto y se dedica a todo en general. Como ya te he dicho su negocio consiste en producir dinero.

-Sí, pero ¿cómo produce dinero?

-Con dinero.

-¿Con dinero? ¿Quieres decir prestando?

-Parece que ya lo vas entendiendo -respondió Petronio.

-No del todo -aclaré-. Sé que hay individuos que se dedican a prestar dinero a intereses muy elevados, pero nunca he oído decir que esos usureros acumulen tales cantidades que les permitan convertirse en potentados. Además, la mayoría de sus clientes son gente de pocos recursos, por lo cual muchas veces se quedan sin cobrar. Nunca he pensado que fuese un gran negocio.

-Hablamos de cosas distintas -dijo Petronio-. El vulgar prestamista suele en efecto ser un desgraciado, siempre temeroso de quedarse sin cobrar o de que le roben. Pero el potentado como Mela es… otra historia. Mela no presta a hijos de familia para que se lo gasten en vicios, o a pobres artesanos para que puedan pagar el alquiler de la vivienda. Él pone grandes cantidades de dinero en cualquier actividad productiva de esas que antes has mencionado, el comercio, la construcción, la navegación o lo que sea y, a cambio, se lleva parte de los beneficios, además de recuperar el dinero cuando le interesa. Comprenderás que con sólo tener un poco de tino, y lo tiene porque sus excelentes relaciones le mantienen siempre bien informado, es una manera perfecta de ir multiplicando el dinero hasta el infinito.

-¡El poder del dinero! ¡Quién no lo ha gozado o sufrido! -exclamé- De todos modos no me parece justo que un hombre que de la mañana a la noche trabaja su propia tierra apenas obtenga lo suficiente para mantenerse, mientras que otros nadan en la abundancia sólo porque han puesto en movimiento un puñado de monedas. No, no me parece justo.usura roma

-¡Por Júpiter! -exclamó Petronio-, ese es un término nuevo entre nosotros. Lo justo. ¿Qué es lo justo? ¿Qué es la justicia? Pregúntaselo a Mela, seguro que lo tiene muy claro. Pero no se lo preguntes a su hermano. Nunca plantees cuestiones morales a un profesional de la ética: para empezar, tendrías que elegir entre lo que dice y lo que hace.

-¿Su hermano?’ 

-¿No te lo he dicho? Anneo Mela es hermano de Anneo Séneca y padre de Lucano, el poeta.

-Parece extraño ¿no? que en una misma familia se den ejemplares humanos tan dispares. En este caso, el avaricioso negociante y el severo moralista.

-Nada tiene de extraño -dijo Petronio-. Cada individuo es un mundo, y muy poco influye en eso la familia. Lo extraño, si quieres llamarlo así, es que la disparidad, la contradicción se den dentro del mismo individuo. Porque no sé si sabes que Séneca es tan avaricioso y, por lo que respecta al dinero, tan falto de escrúpulos como su hermano.

-Me sorprende eso que dices, me sorprende tanto que me cuesta creerlo – no pude menos que decir.

-Pues no te sorprenda. Es verdad que a primera vista resulta sorprendente que alguien que escribe serios tratados elogiando la pobreza y la vida sencilla recurra a los peores métodos para aumentar su ya fabuloso patrimonio. Pero el ser humano es así, contradictorio por naturaleza. Lo dijo Ovidio: “Veo lo mejor y lo apruebo, y sigo lo peor”.

-No sé…yo puedo entender que, a lo largo de los años, uno vaya cambiando de opiniones, de manera de entender las cosas, de forma de conducirse en la vida. Eso ciceronme parece muy humano, y un personaje tan humano como Cicerón sería el ejemplo máximo de ese tipo de versatilidad, siempre cambiando de posición, de alianzas. Pero que una persona pueda predicar una cosa y practicar al mismo tiempo lo contrario, no lo entiendo, no lo entiendo.

-¿Qué quiere decir “no lo entiendo”? -preguntó Petronio- ¿Que no lo aceptas? ¿o que no ves las razones de ese comportamiento?

-Más bien esto último -respondí.

-Pues olvida las razones, amigo. Los hombres no se guían por razones, sino por deseos, por apetitos. Lo normal es que elaboren razonamientos para justificar, ante los demás y ante ellos mismos, la satisfacción de sus apetitos. Pero algunos son demasiado inteligentes para creerse ese tipo de razonamientos. Ocurre entonces que en esas personas la razón va por un lado, construyendo teorías impecables, y el apetito por otro, buscando su satisfacción del modo que sea. Es el caso de Séneca. He llegado a pensar que el Séneca que escribe elogios de la pobreza y afirma que los esclavos son seres humanos como nosotros ignora al Séneca que con sus préstamos usurarios mata de hambre a regiones enteras. Y en cuanto a Cicerón, no estoy de acuerdo contigo, no creo que sea el ejemplo máximo de volubilidad.

-¿No lo crees?…No lo he mencionado por casualidad. Conozco muy bien la obra de Cicerón, y no es que quiera presumir, seguro que tú la conoces tan bien o mejor que yo. El caso es que hace un tiempo pasé una temporada en la villa de mi tío Silio que había pertenecido a Cicerón. Allí se guardan los originales de algunas de sus obras y copias de todas sus cartas. Pues bien, durante unos meses me dediqué a leer y a estudiar las cartas. Y francamente resultan asombrosas. Al que un día ensalza al día siguiente lo ataca; se declara firme enemigo de ciertos personajes, para pactar poco después con ellos. Si eso no es volubilidad…

-No he dicho que no lo sea -dijo Petronio-, pero tú has hablado de él como del “ejemplo máximo”, y en eso te equivocas. No es que Cicerón fuese especialmente voluble; es que escribía muchas cartas.

-¿Y eso que tiene que ver?

-Mira, los hombres, todos en general, nos vamos formando una idea de nosotros mismos. Y como el pensamiento humano tiende a la racionalidad nos formamos esa idea de la manera más coherente posible. Pensamos que somos así, de una manera determinada y que hicimos esto por aquel motivo y aquello por aquel otro, procurando siempre que todo encaje a la perfección. Y llegamos a creérnoslo. Es decir, pensamos toda nuestra historia y pretendemos ofrecerla a los demás desde el presente, con las manipulaciones necesarias, claro está, para sortear las contradicciones. Pero si alguien va anotando día a día sus impresiones, sus sentimientos, sus simpatías y antipatías y sobre todo los motivos de sus decisiones, llegará a edificar un monumento de contradicciones e incoherencias tan impresionante como el que nos legó Cicerón, ni más ni menos.

-Pensándolo bien, creo que tienes razón -tuve que reconocer-. Pero ¿siempre es así? ¿Crees en realidad que todos los hombres engañan y se engañan para ocultar un inexplicable pasado de contradicciones? ¿Te incluyes tú también?

-Me incluyo en la medida que no soy sabio y no me incluyo en la medida que lo soy. Se trata de una tendencia natural y, en cuanto tal, muy difícil de evitar. Los hombres, al igual que los pueblos, se inventan su pasado.

-¿Los pueblos también?

-Sobre todo los pueblos. Así como el individuo, al llegar a la adolescencia, se plantea espontáneamente las cuestiones filosóficas fundamentales, los pueblos, al alcanzar la mayoría de edad, sienten la necesidad de preguntarse de dónde vienen y adónde van. Y como no conocen la respuesta, se inventan hermosas epopeyas.

-Está la historia.

-¡La historia! ¡Vaya cosa! Si la historia de los hechos recientes es tan confusa y contradictoria, imagina la que cuenta los orígenes de un pueblo: pura leyenda. ¿O crees de verdad que Eneas, hijo de Venus, escapó de Troya y que viajó por mares y tierras hasta llegar al Lacio donde fundó el linaje que fue origen de nuestro linaje?eneas roma

-Es una creencia comúnmente admitida. Tanto Virgilio como Livio la comparten.

-Sobre Virgilio no tengo nada que decir. Es un poeta y su única obligación es crear belleza. En cuanto a Livio, como historiador oficial, forzosamente tenía que recoger la versión canónica. Pero si lo lees con atención, verás que también aparece otra, la más verosímil. Pero aquí tenemos a nuestro invitado.

Anneo Mela era un hombre de unos sesenta años, bastante grueso, de estatura mediana ojos pequeños y vivaces. Después de presentarnos, Petronio propuso que pasásemos al triclinio, donde pensaba obsequiar a su invitado de acuerdo con su categoría, pero Mela alegó que no tenía mucho tiempo. Así, que permanecimos en el jardín. La mañana era espléndida. Petronio mandó que trajeran unas sillas y nos sentamos bajo el suave sol de abril.

-Nos vemos poco, amigo Petronio -dijo Mela-. Ya ni me acuerdo de cuando fue la última vez.

-No hará mucho tiempo, porque te recuerdo tan joven y fuerte como ahora mismo.

-Eres muy amable -dijo Mela-. Pero te aseguro que no soy el mismo de hace, por lo menos, cinco años.

-¿Cinco años? No lo creo.

-Sí, ahora lo recuerdo. Fue el año de tu consulado. Y, a estas alturas, el paso de cinco años causa verdaderos estragos.

-No en tu caso, amigo mío, no en tu caso. A la vista está… Y bien ¿me expones el motivo de tu visita o lo adivino yo?

-Te lo expongo, aunque seguro que lo has adivinado.. El hecho de que esté aquí tu amigo, supongo que como testigo, lo confirma – Petronio respondió con una breve sonrisa a mi mirada de extrañeza-. He venido para cumplir un deber -prosiguió Mela-, un deber bastante desagradable. Se trata del honor familiar, ¿comprendes? Mi hijo Lucano afirma que en esta casa fue maltratado por ti, que le insultaste y le echaste de malos modos. ¿Es eso cierto?

Nada en el tono de voz de Mela, apacible y diría que hasta impersonal, se correspondía con la dureza de las palabras que acababa de pronunciar. No menos apacible fue la respuesta de Petronio:

– Nunca se me ocurriría maltratatar a nadie, y mucho menos en mi propia casa. Me conoces, Mela, y tienes que creerme, aunque sólo puedo ofrecerte mi palabra. Mi palabra y el testimonio de Lucio.

Entonces intervine yo:

-No sólo no le echó de la casa, sino que le invitó a que se quedase con nosotros.

Mela me miró con cierta expresión de asombro, como extrañado de que pudiese hablar. Luego se acarició la barbilla con la mano izquierda, en actitud pensativa; cerró los ojos un momento, y al abrirlos exclamó:

-¡Basta ya! ¡Basta ya! ¿Sabes que te digo? Que te creo, que te creo absolutamente. Conozco a mi hijo, ya lo creo que lo conozco. Lo conozco y lo sufro. Pero tenía que hacerlo, compréndelo. No es que él me lo haya pedido expresamente, pero de alguna manera me ha estado empujando hasta la puerta de esta casa. ¡El honor familiar! ¡Mira por donde ahora sale con el honor familiar! ¿Sabes que te digo? Que mi hijo está loco, completamente loco. ¡Un hijo poeta! Lo peor que le puede ocurrir a un padre. Suerte que ya casi no le veo…excepto estos últimos días, claro. Y es que está insoportable. Desde que se casó está insoportable.

-Sabes que no es esa la causa -dijo Petronio-. Además, resulta imposible imaginar que una mujer como Pola pueda volver a un hombre insoportable. Sabes muy bien cuál es la causa del transtorno de Lucano.

-No, no lo sé -dijo Mela, parpadeando nerviosamente-. Explícamelo tú, que lo sabes todo -añadió con cierta sorna.

-Sé lo que todo el mundo sabe, excepto tú, por lo visto. Lucano es un poeta excelente, pero sus maneras no son muy delicadas, y el trato con ciertas personas requiere una delicadeza suma. Nuestro César también es poeta, no sé si excelente o no, pero es el César, y el César no admite competencia. Desde que le prohibió lucano 2recitar y publicar sus versos, parece que tu hijo ha enloquecido. Y cuidado Mela, mucho cuidado. Ya sabes, a los que los dioses quieren perder primero los enloquecen.

-¡Qué barbaridad! -exlamó Mela- ¡Por unos versos, por unos tristes y absurdos versos! Pero los poetas ¿no sois inmortales? ¿Qué le costaba esperar? ¿Por qué tenía que competir con el César? A quién se le ocurre, pero a quién se le ocurre. Tendría que haber aprendido de ti. Tú sí que eres un maestro de delicadeza, tú sí que vivirás muchos años.

-No estoy seguro de si eso es un elogio o un reproche -dijo Petronio-, pero viniendo de ti, lo tomo como un elogio.

Mela permaneció unos instantes en silencio, pensativo.

-Si es cierto eso que me has dicho -dijo a continuación-, y creo que lo es, si es ésa la causa de su trastorno, conociendo como conozco a mi hijo, puedo afirmar, sin duda de ninguna clase, que está perdido, definitivamente perdido.

-Tampoco hay que exagerar, Mela -dijo Petronio-. Lo que tendría que hacer Lucano es retirarse, dejarse ver lo menos posible.

-Es incapaz de eso -afirmó Mela con energía-. Lucano no es de los que saben sortear los obstáculos: pretende derribarlos a cabezazos. Pero no quiero hablar más del asunto, no pienso gastar ni una palabra más ni un pensamiento más por un loco que ha decidido lanzarse al precipicio, por muy hijo mío que sea.

Mela se puso en pie. Cuando Petronio y yo íbamos a levantarnos también, se volvió a sentar aproximando su silla a las nuestras, puso la mano en la rodilla de Petronio y en tono confidencial, dijo:

-He de hacerte una proposición magnífica, increíble. Seguro que te interesará.

-¿De qué se trata?

-A treinta millas de aquí, en dirección al sur, hay una finca fabulosa que busca comprador. Una casa digna de un príncipe, entre bosques magníficos y grandes extensiones de tierras de cultivo, con docientos esclavos expertos en tareas agrícolas. Y todo por una ridiculez, por una auténtica miseria. Si quieres verla, yo mismo te acompañaré.

Iba a hablar Petronio cuando en la entrada del jardín aparecieron Eutimio y otro muchacho.

-¿Qué ocurre, Eutimio? -preguntó Petronio.

Eutimio avanzó unos pasos :

-Este muchacho viene de la casa de Epícaris, y dice que tiene un mensaje para el ilustre Mela de la máxima urgencia.

-¡Vaya, por Hércules! -exclamó Mela- Veamos cuáles son las urgencias de las mujeres. Acércate.

El mensajero se acercó. Petronio y yo nos levantamos y nos apartamos unos pasos. El muchacho se inclinó junto a Mela y le musitó unas palabras al oído. Mela hizo con la mano un gesto para que repitiese. El muchacho le volvió a hablar al oído. Mela lo despidió con un gesto. Vi cómo el mensajero y Eutimio se retiraban. Cuando volví la mirada hacia Mela quedé impresionado.

Su rostro se había vuelto blanco, tan blanco como su túnica. Se levantó con cierta dificultad, como si sus piernas apenas le sostuvieran.

-Han detenido a Epícaris -dijo, mirando a ninguna parte.

-Epícaris es la amante de Mela -me informó Petronio cuando nos quedamos solos.

-Debe quererla mucho. Estaba muy afectado.

-Sí, demasiado afectado.

-¿Demasiado?

-Mira, no creo que el amor que Mela sienta por su amiga llegue a producir esos efectos. Aquí hay algo más.

-¿Tienes idea del posible motivo de la detención?

-No, ni idea. Pero, a la vista de la reacción de Mela, hemos de pensar que él sí conoce el motivo… Y que no sólo lo conoce, sino que está metido hasta el cuello.

-Perdona mi insistencia, Petronio, pero tengo la impresión de que sí sabes o supones algo.

-Horacio, amigo, recuerda a Horacio: “Tú no preguntes…”

Tu ne quaesieris (scire nefas)

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO III

ínsula romanaPasé gran parte del día siguiente inquieto y confuso. No sabía qué hacer. Lo extraño de la despedida del día anterior quizá fue la causa de que ni él ni yo hubiésemos hablado de una próxima entrevista. En cuanto a su buena disposición para mantener los encuentros, yo no tenía la menor duda. Entonces, se trataba de averiguar cuál sería el mejor momento para visitarlo de nuevo. ¿Debía dejar pasar un tiempo prudencial? ¿O tal vez era mejor no perdonar ni un día, evitando así cualquier posibilidad de que aquella amistad incipiente decayese? Toda la mañana le estuve dando vueltas al dilema. Y mi inquietud la agravaba el hecho de encontrarme solo. Ni cuando llegué por la noche, ni cuando desperté vi a Marco Valerio, mi compañero de vivienda. Seguro que sus andanzas en busca de gente rica e influyente le habían llevado a pasar la noche fuera de casa. Y era una lástima, porque en aquel momento tenía auténtica necesidad de él. Aunque era sólo tres años mayor que yo y no hacía uno que estaba en Roma, su conocimiento de las gentes y de la sociedad era muy valioso para mí. Pero la realidad, la amarga realidad era que Valerio no estaba, y que yo no podía consultarle nada.

Le esperé hasta el mediodía. Luego, bajé a tomar un refrigerio al figón de la planta baja, y comencé a caminar sin rumbo por las calles de la ciudad. A media tarde, sin saber cómo, me encontré en el Palatino, muy cerca de la casa de Petronio. ¿Qué hacer? No le dí más vueltas.figón

El portero me dijo que Petronio esperaba mi visita, pero que en aquel momento no estaba, y que le había indicado que me hiciese pasar a la biblioteca, donde podría esperarle leyendo cuanto quisiese.

La biblioteca era una estancia de considerables dimensiones, estrecha y alargada, iluminada por unos ventanales situados en lo alto de las paredes, que en aquel momento dejaban pasar el sol de la tarde. Bajo los ventanales, y a lo largo de toda la pared derecha, un cuadriculado hecho de obra albergaba cientos, o miles, de volúmenes perfectamente ordenados. Colgado de cada volumen, una especie de sello mostraba el título de la obra y el nombre del autor. En la pared de enfrente se repetía la disposición de cuadrículas y volúmenes, y en el centro, cuatro pupitres dispuestos entre espacios idénticos a lo largo de la estancia.

Empecé a mirar los títulos con curiosidad. Vi que los derechos la pared de la derecha estaban escritos en latín, y los de la izquierda en griego. Me fijé en uno, que sólo llevaba nombre de autor: Arístides de Mileto. Lo tomé y me lo llevé a un pupitre para desenrollarlo cómodamente. En aquel momento entró Petronio.

-Amigo Lucio, sabía que vendrías. – Parecía de un humor excelente -. De todos modos, fue un error imperdonable que no se nos ocurriese acordar la siguiente visita.

-Ya ves. Me he tomado la libertad de presentarme por las buenas, aun a riesgo de ser inoportuno.

-¿Inoportuno tú? Por Hércules, qué poco te conoces. Tú nunca serás inoportuno. Y esto no es un elogio. Es la descripción de un aspecto de tu carácter. Las personas inoportunas, lo auténticos pelmazos, y tengo que soportar muchos de ese género, no imaginan nunca que lo son. Por el contrario, se consideran siempre imprescindibles allá donde estén. Y piensan que, si se van, nos causarán una gran ofensa privándonos de su presencia. Son una raza temible. Y no me refiero a los que vienen a pedir favores o recomendaciones, al fin y al cabo ésos obedecen a una necesidad humana, no, me refiero a los que nos abruman con sus consejos, con sus discursos, con toda la “sabiduría” de su experiencia, y que sin embargo son incapaces de ver cuándo están de más, eso tan elemental que cualquier personabiblioteca romana 1 sensata percibe al momento… Pero creo que he interrumpido tu lectura.

Se acercó y miró el volumen que justo había empezado a desenrollar.

-¡Arístides de Mileto! -exclamó- Menudo personaje has elegido para empezar.

-Lo he cogido al azar -me disculpé, casi avergonzado.

-No, no tengo nada contra él. Al contrario, lo considero muy estimulante, y muy adecuado para combatir los vicios literarios de que hablábamos el otro día. Pero si te fijas bien, una vez lo has leído te deja vacío por completo, tan vacío como los fatuos retóricos de nuestros días. En Arístides todo es falso, sólo la forma es aprovechable. Corre por ahí la idea, que involuntariamente he ayudado a introducir, de que si cuentas cosas de la vida cotidiana, en el lenguaje real de la gente del pueblo, estás dentro de la realidad. Y no siempre es así, ni mucho menos. La realidad, la verdad, no depende del tipo de personajes que elijas, ni del lenguaje que éstos utilicen, ni de que hagan las mismas cosas que nosotros hacemos. No, la realidad, la verdad del arte, que es la única verdad, es algo más sutil, mucho más sutil. De manera que tan falso puede ser una polémica entre Júpiter y Juno como el relato de las andanzas del panadero de la esquina. O tan verdadero… La realidad de la vida, amigo Lucio, es un juego absurdo, sin sentido. Pasamos los días arrastrados por un torrente de impresiones que nada significan. La realidad es en sí misma un caos. Entonces viene el arte y pone orden, organiza un juego superior en el que todo puede tener sentido y belleza. Y así, cuando digo que el arte es superior a la realidad de la vida, sólo estoy afirmando una evidencia: que el juego ordenado del arte, es superior al juego caótico y absurdo de la vida cotidiana.

Estaba desconcertado. Sabía que, bajo la aparente lógica de la argumentación de Petronio, había algo que no cuadraba, que no podía ser. Pero ¿cómo exponerlo? ¿cómo argumentarlo de manera convincente y sobre todo de manera brillante -principal virtud petroniana- si yo mismo era incapaz de formulármelo con claridad? Como si hubiese leído mi pensamiento, Petronio dijo:

-Quizá no estés de acuerdo, o quizá te parezca confuso o poco comprensible, o tal vez estás pensando que tú tienes una idea más cierta sobre el asunto, pero que no sabes expresarla. En cualquier caso, no te preocupes. No pretendo sentar cátedra en nada; sólo que vayas considerando nuevos aspectos de cada cuestión. Con el tiempo, es posible que llegues a formarte ideas propias y definidas. Pero ten en cuenta esto: el que poseas ideas claras nada tiene que ver con la verdad de esas ideas. Es sólo un signo de madurez. Pero, por encima de la madurez hay otro estado, que podríamos llamar de sabiduría, que consiste en pensar que, tal vez, todo lo que tenemos por más cierto no tiene ningún fundamento; que todo nace y muere en el pensamiento y que no podemos conocer qué grado de correspondencia existe entre ese pensamiento y la supuesta realidad exterior.

De repente sentí una sensación de vértigo, de irrealidad. Creía que me iba a desmayar. Tuve que apoyarme en el pupitre para no perder el equilibrio. Petronio lo advirtió.

-¿Qué te ocurre? Estás pálido. Será mejor que vayamos al jardín.

Me tomó del brazo y salimos de la biblioteca. En el jardín, nos sentamos en el mismo lugar del día anterior. Aquella sensación de irrealidad -como si todo lo que veía y oía fuese un sueño- no me abandonaba.

-No te preocupes, enseguida te repondrás -dijo Petronio-. El aire libre hace milagros. Las bibliotecas son lugares malsanos. Lo sé por experiencia. Yo tengo mi gabinete de trabajo aparte, con los libros imprescindibles…¿Estás mejor? La verdad es que te veo muy delgado, casi demacrado. ¿Ya comes lo suficiente?

-Como poco -dije desde mi nube de sueño-, pero nunca he tenido problemas de salud.

-Y díme, ¿qué vida llevas aquí en Roma?

Una ráfaga de aire agitó los arbolitos del jardín. Sentí que su caricia me reanimaba. marcialRespiré hondamente.

-Vivo en el Quirinal -contesté-, en el piso tercero de un edificio de la calle del Peral.

-Debe ser horrible -comentó con brusca sinceridad Petronio.

-No, no lo creas. Es incómodo, claro. Acostumbrado a la casa familiar de Nápoles, es un cuchitril. Pero lo tenemos bien organizado. Comparto la vivienda con un provincial, un hispano con tanto interés por las letras como yo, pero diría que con más recursos.

-¿Ése del que me querías hablar ayer a propósito de Lucano?

-Sí, se llama Marco Valerio Marcial. Hace un año que llegó a Roma. Y, desde entonces, no para de tender sus redes, como él mismo dice, para dejarse atrapar en la órbita de una gran familia, y parece que ya lo ha conseguido. Gracias a las recomendaciones que traía de Hispania y a su insistencia ha sido admitido en la clientela de los Séneca. El otro día estaba entusiasmado. Me dijo que había estado hablando con Lucano como de igual a igual y que éste le había prometido que, si se mostraba hombre de su total confianza, pensaba requerir su colaboración para un proyecto importante.

-¿Qué clase de proyecto? – preguntó Petronio en tono súbitamente seco, impersonal.

-Literario, supongo -respondí, algo desconcertado.

-¡Literario! -exclamó Petronio riendo- ¿Quieres decir algo así como unos recitales o un certamen de poesía? ¿Y para eso tiene que recurrir a un hispano desconocido?

-No le es desconocido del todo. Existe cierta relación entre sus familias. Además ¡yo qué sé! Te digo lo que él me ha dicho.

-Sí, tienes razón. Es imperdonable. Lo siento. Ya ves, yo que presumo de cortés y, de repente, la más pequeña incongruencia me saca de quicio. En fin… Mira, dile a tu amigo que no se fíe de Lucano. Como poeta puede pasar, pero como ser humano…tengo mis reservas. En todo caso tú mantente al margen de cualquier propuesta de tu amigo que provenga de Lucano.

-Comprenderás que todo esto me resulte bastante extraño. Entre la escena de ayer y tus palabras de ahora…no sé qué pensar.

-No pienses nada -sentenció Petronio-. No quieras saber. Recuerda a Horacio: “Tú no preguntes, funesto es saber…” Piensa que, a veces, la ignorancia protege la horaciovida… ¿Te sientes mejor? Veo que has recuperado el color. Eso es debilidad, puedes estar seguro…y los vapores malsanos de la biblioteca. Quiero que un día de estos cenes conmigo. Hoy no. Dentro de un rato me esperan mis obligaciones nocturnas… placeres, lo llaman algunos. Pero pronto tendré alguna noche libre de compromisos. Nerón piensa pasar unos días en Antium y ha decidido que mi presencia no será necesaria. Por Júpiter, que no debe tramar nada bueno cuando pretende sustraerse a mi relajada censura estética… Así que esa noche cenarás conmigo. Comeremos bien, beberemos mejor y charlaremos a placer. Imagino que será inevitable que haya algún invitado más.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO II

jardín romano 2

Al día siguiente me presenté a media tarde. Me recibió muy amablemente y propuso que conversásemos paseando por el jardín.

-Precisamente estaba pensando en ti -dijo-. Pensaba que debes de tener guardada alguna obra que deseas que yo lea. Vamos -me animó ante mi visible azoramiento-, no es nada vergonzoso. Todos los que un día empezamos a escribir hemos pasado por eso.

-Es verdad que he escrito algunas cosas, pero no creo que estén a la altura de…

-¿A la altura de qué? -me interrumpió-. Las alturas se alcanzan subiendo poco a poco. ¿O eres de esos que sólo se conforman con algo perfecto?

-Quizá. A veces he pensado…

-Olvídalo, Lucio, olvídalo. La perfección no existe. Sólo el esfuerzo vale la pena.

-Pero el esfuerzo ha de tener un sentido…Algo así como una recompensa.

-¿Y quién te ha de dar esa recompensa?

-El juicio del público lector.

-El público lector tiene muy poco juicio, amigo mío. Lo que un día sobrevalora, al día siguiente lo menosprecia. Cierto que, de vez en cuando, algún autor se convierte en virgilioinmortal, como Virgilio, por ejemplo. Pero eso sólo significa que ha caído en manos de los profesores de gramática y de retórica, quienes se dedicarán a descuartizarlo durante generaciones. ¿Pero cúantos entre lo que se puede entender como público lector se entretienen hoy con Virgilio?…Aparte de nuestro querido Silio, claro está.

-Quizá tengas razón -reconocí-. Pero entonces ¿cuál ha de ser el criterio, la medida que nos permita valorar la propia obra?

-El tuyo, tu propio criterio. Nada más.

-Pues lo siento -confesé descorazonado-, pero yo me veo incapaz de discernir si algo mío vale o no la pena. A veces, leo un poema que acabo de escribir y me parece genial; lo releo al día siguiente y lo encuentro horrible. Por lo visto, no tengo criterio.

-Eso es cosa de la edad, es uno de los muchos defectos de la juventud. Como no se conoce a sí misma, tampoco puede conocer bien las propias obras. Pero se cura con los años. Con el tiempo, aprenderás a valorar tu arte como si se tratase del arte de un extraño.

-¿Crees que se puede llegar a ese grado de imparcialidad con respecto a la propia obra?

-Sí, se puede. Pero se trata de un proceso lento, gradual, que sólo se detiene, a veces, en el umbral de la senilidad. Por desgracia, el viejo suele recuperar la vanidad del joven pero no su inseguridad, lo que le convierte en un personaje grotesco.

-¿Pero no siempre es así? ¿No es cierto? -pregunté, negándome a ver a Petronio, veinte años después, como una figura grotesca.

-No, no siempre -respondió sonriendo-. Hay ancianos admirables.

-¿Y cuál es el secreto que permite que algunos lleguen a la vejez de una manera admirable y otros, convertidos en personajes grotescos?

-No hay secreto, amigo. O, si quieres, el mismo secreto que permite que unas personas sean estupendas y otras, estúpidas. Acostumbramos a achacar los defectos de los viejos a la edad. Y eso es un error. Es cierto que algunos aspectos del carácter se desarrollan con los años de una manera, diríamos, negativa. Pero ahí no está lo fundamental. Cuando vemos a un viejo estúpido, torpe, necio, egoísta, decimos “cosas de la edad”, pero olvidamos, o no sabemos, que el viejo en cuestión fue un joven estúpido, torpe, necio, egoísta. El paso del tiempo cambia muy pocas cosas. Las materiales sí, el vigor corporal, la tersura de la piel, la fuerza de ciertos instintos, pero en el aspecto espiritual uno puede mantenerse siempre igual, o incluso crecer indefinidamente.

-¿Qué he de entender por eso que llamas “aspecto espiritual”?

-Todo lo que se relaciona con la mente, y lo que con ella puede adquirirse: la cultura, las buenas maneras, el arte, la ciencia, es decir, el patrimonio propio y exclusivo de los seres civilizados.

Petronio se detuvo. Se sentó en un banco adosado a la pared del jardín,priapo indicándome que me sentara a su lado. A unos pasos, presidiendo una graciosa fuentecilla, había una estatua de Priapo con el cuerpo casi oculto por su enorme pene.

-Y piensa -prosiguió Petronio- que pertener a la categoría de personas civilizadas es un privilegio del que sólo goza una ínfima parte de la humanidad, para concretar, sólo los griegos y los romanos, siempre que restemos, claro está, los campesinos, los soldados, la plebe urbana, la mayoría de los esclavos y todos los juristas.

No pude menos que reir.

-Es gracioso que incluyas a los juristas entre la gente no civilizada.

-Tengo mis propias ideas sobre el asunto, pero no pienso exponerlas ahora. Sentiría echar a perder una tarde tan deliciosa.

Petronio permaneció unos instantes como abstraído, ausente, con la vista fija en el Priapo. Miraba pero sin ver.

-Y sin embargo -dije-, parece que incluso en una civilización casi perfecta como la nuestra existe la necesidad de no romper con la selva, con la barbarie. Ahí está ése para recordárnoslo.

-¿Quién?…¡Ah, el Priapo! Sí, naturalmente, el crecimiento del espíritu no ha de hacernos olvidar de dónde venimos y lo que básicamente somos. Somos animales de la selva, y el propio cuerpo es nuestro principal territorio, la fuente primera del placer y del dolor. Y también ha de ser nuestra primera conquista. Si uno no domina su cuerpo, es inútil que intente dominar nada.

-Siempre he pensado que eso requiere mucha sabiduría.

-No lo dudes.

-Epicuro enseñó cosas muy acertadas sobre ese asunto.

-Epicuro, como todos los filósofos, dijo cosas muy acertadas – Petronio hizo una pausa-. Lo malo de los filósofos es esa manía de querer encajarlo todo en un sistema coherente. Entonces es cuando se pierden y nos pierden. Van siguiendo la idea y pierden de vista la realidad.

-Y sin embargo, parece natural que el ser humano pretenda hacerse una idea racional y sistemática del mundo, sin limitarse a opiniones aisladas sobre determinados conceptos.

-Claro que es natural, ¿he dicho yo lo contrario? También es natural la búsqueda de la felicidad, y nunca se la encuentra por ninguna parte, al menos como nos la imaginamos.

-Permíteme que te diga que ésa es una idea que la mayoría de los hombres no aceptará nunca.

-Lo cual nada tiene que ver con su verdad o falsedad -afirmó tranquilamente Petronio.- Mira, si se tiene la mente muy despierta, cuando se llega a los cuarenta años, se hace un descubrimiento importantísimo: uno se da cuenta de que nunca, ningún hombre ha sido feliz.

-Debe ser un descubrimiento terrible.

-Sí, y también puede ser el principio de la verdadera sabiduría. ¿No estás de acuerdo? -preguntó en un tono francamente cariñoso.

-No lo sé -respondí con toda sinceridad.- Resulta duro pensar que el impulso que a todo hombre empuja hacia la felicidad no pueda ser nunca satisfecho. Por otra parte, todos conocemos personas que parecen realmente felices. ¿Por qué hemos de negar esa posibilidad?

-No la neguemos, si te parece. Pero las cosas seguirán siendo como son, concuerden o no con nuestras opiniones.

-Tú mismo, y perdona la intromisión, ofreces el mejor ejemplo de la persona perfectamente feliz.

-Amigo Lucio, no sabes nada de mi vida.

-Sé que, además de ser el escritor más grande de Roma, gozas de la amistad del César, hasta el punto de que eres el organizador de los placeres de la corte, ¿qué más se puede pedir?

-Organizador no, por Hércules. En todo caso, censor. Mi misión se reduce a combatir el exceso de mal gusto, y te aseguro que siempre tengo las de perder. Es cierto que, de unos años a esta parte, Nerón me distingue con su amistad. Pero eso no es un pasaporte para la felicidad, precisamente. Y para que no te hagas ilusiones respecto a mi supuesta sabiduría, te quiero confesar una cosa: si fuese sabio, es decir, si hubiese sabido conducir mi vida con verdadero arte, no estaría ahora en la situación en que me encuentro.

Pronunciadas estas para mí inquietantes palabras, se levantó, y yo a continuación, dispuesto a acompañarle. Entonces apareció en el jardín un criado, que se detuvo a unos pasos de nosotros.

-¿Qué ocurre, Eutimio? -preguntó Petronio.

lucano farsalia-Señor, ha venido Anneo Lucano. Dice que es muy importante que le recibas.

-Hazle pasar -dijo Petronio, y dirigiéndose a mí-. Hoy es tu día de suerte. Vas a conocer a un poeta de verdad. Seguro que has oído hablar de él. Aunque es todavía muy joven. Los temas que suele elegir no son precisamente de mi gusto, pero reconozco que hace tiempo que nadie había trabajado tan bellamente los ritmos y las palabras como Lucano.

-¿El sobrino de Séneca?

-El mismo, ¿le conoces?

-No, pero he oído hablar de él. El amigo con quien comparto vivienda me ha contado…

-Por cierto -me interrumpió Petronio-. Todavía no sé dónde vives ni cómo. Pero luego hablaremos de eso, ahí viene.

Era un joven realmente hermoso, tostado de piel, de ojos negros y cabello abundante y ondulado. Con rapidez increíble pasó la mirada de Petronio a mí y de mí a Petronio. Al instante comprendí: yo sobraba.

-Salud, Petronio. He de hablarte de los preparativos del banquete -dijo, al tiempo que me dirigía otra rapidísima mirada.

-Perdona, Lucano -dijo Petronio-, pero ya sabes que ése es un asunto que no me interesa. Creo que quedó bien claro que no pensaba asistir.

Lucano enrojeció de repente. Parecía como si fuese a estallar.

-Perdóname tú, Petronio -dijo, como si estuviese conteniendo una potente rabia-, pero sabes que todos los que han sido invitados tienen que asistir.

-A mí no me afecta eso. Yo siempre he sido un invitado silencioso, lo sabes bien.

Estaba claro que era mi presencia lo que forzaba el intercambio de aquellas frases absurdas.

-Disculpadme, pero he de marchar -dije entonces.

Petronio me tomó del brazo.

-No, no tienes que marchar -dijo-, aún hemos de hablar de muchas cosas. -Y dirigiéndose a Lucano-. Dile al mayordomo que esta misma noche hablaré con él en palacio. Pero no es necesario que te vayas. Puedes quedarte con nosotros. A no ser que ahora te interesen más los banquetes que la poesía.

Los ojos de Lucano se inyectaron en sangre. Parecía que iba a hablar, pero todo se redujo a unos violentos temblores de la barbilla, y entonces dio media vuelta y desapareció sin decir palabra.

-Siento que por mi culpa no hayáis podido tratar de vuestro asuntos -dije, realmente preocupado.

-¿Por tu culpa? No digas tonterías -afirmó Petronio tranquilamente-. Lucano es unlucano poeta aceptable, pero sus maneras siguen estando muy por debajo del nivel de su arte -y lanzó un profundo suspiro-. Ser joven es realmente un problema…Y ahora me disculparás, pero de aquí a un rato he de estar en palacio.

Quedé atónito.

-Me sorprendes -no pude menos que decirle-. Podía haberme ido hace un momento, cuando lo he propuesto.

-De ninguna manera -afirmó Petronio con energía-. Nadie viene a mi casa a echar fuera a un amigo. Si te hubieras ido entonces, habría sido el triunfo de los malos modos. Y todos los malos modos se resumen en lo que Lucano nos acaba de ofrecer: la impaciencia.

(CONTINÚA )

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CONVERSACIONES CON PETRONIO I

                                              casa-romana

Finalmente me recibió. Al mediodía. Un criado me acompañó hasta la entrada del gabinete de estudio. En el suelo, a modo de bienvenida, un mosaico reluciente dibujaba la palabra SALVE.

En cuanto me vio, Petronio despidió a los dos muchachos que parecían ultimar algún detalle de su tocado, y me indicó que me aproximase. Estaba de pie. Era un poco más alto que yo, de facciones distinguidas, ojos grises, ni grueso ni flaco, algo nervudo, cabello negro y corto.

-Así, que tú eres Lucio Antonio, el sobrino de Silio Itálico.

-Sí, señor -contesté.

-No me llames señor. Es una moda que no soporto. ¿Acaso eres mi esclavo? Ya tenemos un señor. Es suficiente, ¿no te parece?

No supe qué decir. La alusión a César Nerón me desconcertó. Sabía que Petronio gozaba de la máxima confianza de Nerón. Y sin embargo, en sus palabras creí advertir cierta ironía.

-Bien, tú dirás -insitió Petronio, quizá incómodo ante mi mutismo-. La carta de tu tío no me ha permitido hacerme una idea clara del motivo de tu visita. Hay personas, y no lo digo en especial por Silio, que escriben tan bien, que gozan tanto de la música de sus palabras, que se olvidan de lo que tienen que decir.

-Si existe alguna confusión en esto -me apresuré a aclarar-, no la pongas en la cuenta de mi tío, sino en en la mía propia.

-No se trata de echar las culpas a nadie. Silio es un amigo excelente. Lástima que nos veamos tan poco. Pero eso tiene su lado bueno. En contra de la opinión más corriente, yo creo que la distancia fortalece la amistad. La verdad es que nada le podría reprochar a Silio. Nada excepto dos cosas. La indecencia que en estos tiempos representa su austeridad de vida, y su admiración inmoderada por Virgilio. Nada se ha de practicar de forma inmoderada. Y la admiración, menos que nada.salve

Parecía toda una advertencia. Inútil. Porque con sólo ver y oir a la persona, había comprendido que la admiración desmedida que en la lejanía había cultivado, estaba más que justificada.

-Entonces, permíteme que te explique…

-Pero, ven, siéntate -me interrumpió, y a una señal suya, el criado que permanecía junto a la entrada se acercó y, tomando una jarra de una mesita próxima, llenó dos copas de agua y nos las entregó-. Nada mejor que un trago de agua fresca después de levantarse. Bien, tú quizá hace rato que te has levantado. Pero, no creas, también yo he madrugado, a mi manera. Y es que esta noche ha sido especialmente aburrida. Sólo te diré que me he acostado antes de amanecer. Pero, habla, habla. Seguro que son más interesantes tus virtudes que mis vicios.

No pude menos que sonrojarme.

-Nací en Nápoles, hace veintiún años. Allá he pasado toda mi vida. He estudiado desde que tengo uso de razón, y sigo estudiando. Sobre todo las letras. He tenido varios maestros, unos peores que otros.

-Ya entiendo. Y a pesar de eso, no te has desanimado.

-No, no me he desanimado. Pero casi. Los ejercicios de retórica me parecían cada vez más absurdos. De vez en cuando, intentaba por mi parte algo diferente, pero sin excepción era condenado por maestros y condiscípulos.

-¿Hasta que?…

-Hasta que cayó en mis manos un libro excepcional, una historia increíble, de tan verídica, escrita en un estilo perfecto, es decir, en un estilo que se va adaptando a los hechos y a los personajes como la piel a cada uno de los pliegues de nuestro cuerpo.

-¿Y cómo se titula esa maravilla?

Satiricón.

Petronio apuró la copa, que al instante recogió el criado; me miró fijamente y una amplia sonrisa iluminó su rostro.

-¿Y qué tiene eso que ver con tu visita?

-Quería conocer al autor.

-¿El autor de Satiricón? Nadie lo conoce.

-Todos afirman que es Tito Petronio Níger.

-No creas lo que dicen todos. Ni creas lo que dice uno solo.

-¿Qué he de creer entonces?

-Sólo lo que veas y lo que toques, y lo que tu propio juicio te indique.

-Mi juicio me indica que el autor de esa obra maestra sólo puedes ser tú.

En su rostro, de repente ensombrecido, creí advertir un gesto de contrariedad. Me había equivocado. Mi precipitación, mi falta de tacto, podían tener consecuencias irreparables para mí. Después de caminar unos pasos en dirección a la puerta, se volvió hacia mí, que, resignado, estaba ya de pie, dispuesto para despedirme. Su rostro sonreía de nuevo.

-Siéntate.

Él también se sentó.

-¿Hace tiempo que estás en Roma? -preguntó.

-Menos de un mes.

-¿Y cómo la has encontrado?roma urbanismo

-Magnífica, soberbia. Nunca me la hubiese imaginado así. Y menos, después del incendio. Viniendo desde el Quirinal, he visto cómo terminan de construir hileras de bloques de pisos perfectamente alineados.

-Sí, aún no hace un año del gran incendio y, ya ves, nadie lo diría. Sólo la febril actividad constructora delata que algo debió de ocurrir. Lo cierto es que el incendio ha resultado beneficioso para la ciudad. De repente, todos se han sentido parte de algo común, todos han colaborado al máximo, empezando por el mismo César, que desde el primer momento se ha preocupado de dar acogida a las víctimas y de que se aceleren los trabajos de reconstrucción.

-Se ha dicho muchas cosas a propósito del incendio…

-Todas falsas.

Petronio me miró inquisitivamente y, ante mi silencio, prosiguió.

-¿Qué cosas?

-Lo que todo el mundo dice. Que si el incendio fue provocado, que si los mismos vigilantes del fuego lanzaban teas encendidas, que si algunos soldados impedían que se apagase…Pero no lo creo. Además, los culpables ya fueron descubiertos y castigados.

-¿Y eso lo crees?

-Las autoridades así lo decidieron. ¿Cuál pudo ser, si no, la causa del fuego?

-La causa del fuego…¡Por favor! Si vivieses en Roma, sabrías que aquí, día sí día no, se declara un incendio, normalmente sin graves consecuencias, excepto para los afectados, claro. No hay que buscar causas extrañas. Cada una de las inumerables casas y casuchas de la ciudad contiene la chispa que podría pegar fuego a toda Italia. Lo extraño es que no se produzcan con más frecuencia catástrofes como aquella. Y eso es lo que pretenden evitar las nuevas normas de construcción.

-Pero hubo unos acusados, unos culpables que fueron durísimamente castigados.

-El pueblo siempre exige culpables, y el poder siempre ha de satisfacer las exigencias del pueblo.

-¿También las irracionales?

-Sobre todo las irracionales. Las otras se pueden tratar de muy diversas maneras, si no conviene satisfacerlas.

Estaba desconcertado. No sabía si sus palabras correspondían fielmente a su pensamiento, o si constituían un juego brillante que enmascaraba otras ideas. Sentía la necesidad de indagar en esa dirección.

-Pero, esos culpables, o falsos culpables, ¿quiénes son?

-Extranjeros, esclavos y algunos romanos de baja estofa…Parece que forman una hermandad más o menos criminal, de origen judío, creo. Aunque últimamente se ha sabido de algún ciudadano ilustre que se ha unido a la secta, la esposa de un amigo mío, por ejemplo…Lo que me ha hecho pensar que quizá no sea nada criminal.icthus Conozco muy bien a Plaucia.

-¿Y qué buscan? ¿Qué quieren?

-No lo sé. Dicen que tienen por dios a un hombre que murió crucificado…Pero no en los tiempos olímpicos, ni en los tiempos heróicos, no. Nada menos que bajo el mandato de César Tiberio, es decir, hace unos treinta años. ¿Te imaginas? ¡Un dios viviendo en nuestros tiempos!

-Es increíble, sí. La divinidad no puede surgir en la historia, sino antes de la historia, fuera de la historia. En el mito.

-Veo que lo entiendes muy bien. Pero tampoco hemos de exagerar. Recuerda a nuestros césares divinizados. De todos modos, seguro que eres un estudiante muy aprovechado. Haces bien en evitar a los profesores de nuestro tiempo. Se han quedado con la cáscara de las cosas y han dejado escapar toda la sustancia. Ahora, debes aprender por ti mismo.

-Siempre es necesario un maestro. Al menos a mi edad.

-No lo creas. A tu edad yo ya había recorrido medio mundo, y hacía tiempo que había prescindido de los maestros.

-La comunicación con un hombre más sabio es siempre provechosa -insistí.

-No lo dudo. Pero, ¿cómo se le encuentra? Es fácil encontrar hombres que sepan más que uno, pero que sean más sabios, sabios en el sentido antiguo de la palabra…eso es mucho más difícil. Y con el tiempo llegará el momento en que te será imposible.

-Yo me conformaría con que tú, según tu criterio y conveniencia, me concedieses algunos ratos de conversación.

-¿Para qué?

-Para aprender y conocerte.

-¿Crees que soy sabio?

-Creo que me puedes dar todo lo que mis maestros me han negado hasta ahora.

-Reconozco que tus palabras me halagan. Por otra parte, no hay nada tan placentero como tratar del arte y de la vida con un joven de tus condiciones. Y no soy de los que saben despreciar placeres. Pero ahora debo marchar. Puedes volver mañana.

En cuanto llegué a casa, me puse a escribir. Y en todo lo que dejé escrito no faltaba ni sobraba una palabra de la conversación mantenida con Tito Petronio Níger aquel día, calendas de abril del año 818 de la fundación de la ciudad.

abril roma

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO. Introducción

tacito

LUCIO ANTONIO TURNO A PUBLIO CORNELIO TÁCITO

Puedes estar seguro, amigo Cornelio, que pasarás a la historia como uno de los grandes artistas de la historia. He leído tus Anales. Si Tito Livio viviese, no lo habría hecho mejor. Pero nuestros días son muy diferentes de los suyos, y la historia que tú cuentas poco tiene que ver con la que él nos dejó. Lo que en Livio era épica pura -juego inocente de los hombres y los pueblos en pos de su destino-, en ti es pura miseria moral -degradación imparable de unas almas sin norte ni sentido. Tus historias me han producido náuseas…¿A eso hemos llegado? ¿Toda está tan corrompido? Claro que, finalmente, acaban bien: después de la larga oscuridad llega el linaje de los príncipes justos. Entonces…¿ha sido todo un sueño, una espantosa pesadilla?…No, sabes bien que no. Sabes, como yo, que todo el mal que describes, desde Tiberio hasta Nerón, es ya nuestro, forma parte inseparable de nuestras almas.

Hay muchas maneras de enfrentarse a los hechos. Y yo no discuto que todo fuera tal como tú lo cuentas. Sólo que hay una diferencia entre nosotros: tú los cuentas y yo los viví. Y me refiero, naturalmente, a algunos acontecimientos de los últimos años del principado de César Nerón. Tú eras un niño cuando las circunstancias me permitieron ser testigo de ciertos “hechos históricos” y conocer a algunas de las personas que los desencadenaron y los sufrieron.

El problema es que yo no soy historiador. En mi juventud me dio por la poesía, ¿recuerdas?…No, cómo lo vas a recordar. Pero no tuve fortuna como escritor, eso sí lo sabes. Quizá por la torpeza de mi arte, quizá porque mis cualidades y la época que me ha tocado vivir no se han acomodado de ningún modo.

Sé, amigo Cornelio -¿pero se puede llamar amigo a quien te ignora?-, que para componer tu obra trabajaste infatigablemente en la búsqueda de testimonios documentales y orales…Pero a mí nada me preguntaste. ¿Dudabas de mi imparcialidad? ¿O simplemente te olvidaste de mi existencia? Tanto da. En todo caso, lo que yo te hubiese podido aportar en muy poco o en nada habría cambiado el contenido de tu magnífico relato. Sólo que, quizá, hubieses advertido que los personajes de la Historia, como todos los seres humanos, no son simples compuestos de vicios y virtudes en cantidades mensurables; que poseen algo más. Algo que el más grande de los historiadores no podrá nunca captar. Quizá un poeta…tácito obras

No presumo de poeta. Ya no. Pero hubo una vez un joven que atendía por mi nombre…Me cuesta reconocerme en él. ¡Ha pasado tanto tiempo! Un tiempo largo y vacío. Un tiempo sólo lleno de silencios y cobardías. Y no pienso ahora en los grandes temas de la política y la historia, que tan agudamente tratas con tu pluma. No. Pensaba en mí mismo. Y en que hay cosas que no tienen remedio. Amigo Cornelio, no he sabido ser el que soñaba llegar a ser. Y convendrás conmigo en que eso, a los setenta y tres años de edad, no tiene ningún remedio.

Tenía veintiuno cuando llegué a Roma procedente de mi Nápoles natal. Era un joven lleno de ilusiones y de esperanzas, y en el centro mismo de esos sentimientos había colocado un nombre, el nombre de una persona que, desde su lejanía de escritor famoso y hombre de mundo, me había abierto los ojos a la realidad del arte y -suponía yo- de la vida. Tito Petronio Níger. Esa fue la estrella que guió mi viaje. Astro que todavía brilla en las noches más oscuras de mi existencia.

Llegué a Roma para conocer a Petronio, para tratarle a fondo y beber en la fuente inagotable de su sabiduría. Y lo conseguí. Cierto que el primer paso me fue facilitado por la recomendación de mi tío Silio Itálico. Pero, aunque necesario, no era ése un paso decisivo. A otros vi llegar hasta Petronio más altamente recomendados y ser despedidos en breve con unas palabras de cortesía.

No, estoy seguro que su amistad me la gané por méritos propios, es decir, por mi absoluto convencimiento de que la había de merecer. Si en el resto de mi vida una convicción semejante hubiese guiado mis pasos.

Desde aquel día de abril frecuenté a Petronio hasta su digna salida de escena. Un año escaso de trato continuo durante el cual pasé de la adolescencia a la madurez, gracias, también, a las especiales circunstancias -¡los hechos históricos!- que el destino dispuso a mi alrededor. Las notas que fui tomando, la transcripción fiel de nuestras conversaciones llegaron a ocupar varios volúmenes. Pensaba que con ello tendría la base de la sabiduría que me habría de sostener en toda mi existencia posterior. Quizá. Pero es el caso que, desde la desaparición del maestro, no me atreví a posar la mirada sobre aquellos volúmenes hasta…

Hasta que, cincuenta años después, la lectura de tus Anales me impulsó a volver a aquellos viejos papeles. Y desde entonces -hace de eso dos años- no he tenido otra actividad que pasar aquellos apuntes adolescentes, llenos de fervor y temblor, por el filtro de la serenidad otoñal.

Ha sido fácil. La operación principal ha consistido en poner “dijo” o “dije” donde decía “ha dicho” o “he dicho”, es decir, convertir en pasada la acción que en mis notas es presente casi inmediato.

¿Por qué todo esto? ¿Por qué he de enviarte a ti, que me has ignorado, el fruto de mi trabajo? No lo sé. Tenía necesidad de poner en limpio mis recuerdos, y también de que una persona autorizada como tú los conociese. No, no es necesario que me contestes. A mí no. A otros, quizá. Entonces, habré satisfecho la doble deuda que tenía pendiente. Conmigo, obligándome a mirar cara a cara un pasado cada vez más lejano e idealizado; con el mundo, dándole a conoce el rostro auténtico y desconocido de un hombre de verdad: Tito Petronio Níger.

No he de añadir nada más. La respuesta a las interrogantes que tal vez te formules están en los volúmenes que acompañan a esta carta. Si fuese necesario un título, no se me ocurre otro que el que le he puesto.Petronio

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann VIII

CIPRIANO.- Yo mismo, con tu permiso.

TEODORO.- Estupendo, porque la verdad es que, aunque parezca extraño, hoy no tengo ningún relato.

CIPRIANO.- Extraño sí que parece, pero mejor, así mi obra se evitará compararse con la tuya.

OTAMAR.- No nos pongamos ahora competitivos, y lee, Cipriano.

CIPRIANO.- Es una historia sin pretensiones, con poca fantasía y algo triste…bueno, como la vida misma. Pero vosotros juzgaréis. Empiezo [clicar AQUÍ y, después de leído el relato, regresar a esta pantalla]

                                                            DOPPELGÄNGER

hombre en la puerta

LOTARIO.- Hay que reconocer que es una historia bastante melancólica.

CIPRIANO.- Triste, ya lo he advertido.

OTOMAR.- Estoy de acuerdo. Y además creo que esa tristeza se presenta en dos frentes: el estilo y el contenido.

CIPRIANO.- ¿Quieres decir que mi estilo es más bien triste?

OTOMAR.- Ya me entiendes, Cipriano. Lo que estoy diciendo es que se trata de un relato perfectamente ajustado en cuanto a forma y fondo.

SILVESTRE.- De acuerdo, pero ¿de dónde viene ésa tristeza de fondo que impregna todo el relato?

LOTARIO.- De la imposibilidad de realizar los sueños, quizá.

CIPRIANO.- Sí, aunque no hay que tomar eso de una manera general. Aquí se trata de un caso concreto, de una persona con supuesta fuerza creativa, que, por debilidad de carácter o por comodidad, renuncia a su sueño más querido. Porque, por otro lado, sabemos que hay muchas personas que apenas tienen problema en conseguir lo que se proponen.

OTOMAR.- Cierto, pero ésa suele ser la segunda parte de la tragedia… Quiero decir que, como apuntó Oscar, sólo hay una cosa peor que no alcanzar lo deseado, y es alcanzarlo.

CIPRIANO.- Eso es sólo una brillante paradoja.

OTOMAR. – Que describe una evidente realidad. El mundo está lleno que gente que ha obtenido lo que se proponía y que continúa insatisfecha. ¿O crees acaso que si Leónidas hubiese destacado, en su momento, como gran escritor, hubiese sido más feliz? No, simplemente no habría tenido ese problema.

CIPRIANO.- Como quieras Otomar, pero yo no he planteado en el relato el problema filosófico de la imposibilidad de la felicidad, simplemente he descrito un caso de renuncia a los ideales por… cobardía. Porque en definitiva se trata de eso.

SILVESTRE.- Por cobardía o, a veces, por simple necesidad. ¡En cuántos casos el que se siente llamado para un arte tiene que dedicar casi todo su tiempo y esfuerzos en la humilde tarea de ganarse la vida!

OTOMAR.- Siempre hay un resquicio, siempre hay una vía para que el genio salga a la luz o, dicho más modestamente, para que uno pueda cumplir con su tarea ideal.

LOTARIO.- Con su destino, dilo ya.

OTOMAR.- Sí, con su destino. Pensad en cuántos grandes escritores, desde Cervantes hasta Henry Miller, pasando por Dostoyevski, han tenido que luchar conhenry miller circunstancias desfavorables de muy diversa naturaleza. Y el caso más curioso es el del maestro: desde siempre creyó que su auténtica vocación era la música, pero tuvo que estudiar y ejercer el derecho, cosa que hizo, por cierto, con una competencia y honradez reconocida por todos… y al final triunfó en literatura.

SILVESTRE.- Sí, el caso de Hoffmann es la más curiosa combinación que se conoce de todo eso que llamamos predisposición, cualidades, vocación, necesidad, destino, conveniencia…

OTOMAR.- Y no hemos de olvidar que, si finalmente se impuso la literatura, fue porque era lo que más le rendía económicamente. Un caso extraño, desde luego.

CIPRIANO.- Pues a mí lo que más extraño me parece es que, desde que he acabado la lectura, Teodoro no haya abierto la boca.

TEODORO.- Quieres decir que no la haya cerrado. Porque todavía sigo con la boca abierta.

CIPRIANO.- ¿Con la boca abierta? ¿Se puede saber por qué? No será por la calidad de la obra. Viniendo de ti, me parecería un cumplido difícil de creer.

TEODORO. – No, la historia no está mal. Pero lo que me ha dejado estupefacto es un detalle sin importancia, pero que me afecta.

CIPRIANO.- Creo que ya sé por dónde vas.

TEODORO.- Y no lo repruebo. No está mal eso de robar un personaje y darle una historia previa, un pasado.

LOTARIO.- Ah, ya sé de qué habláis. Yo también lo he pensado. Cuando Leónidas ya es viejo y se le describe como… es eso ¿no?

TEODORO.- Sí, como un hombre casi completamente calvo, delgado y encorvado y que pretende escribir algo que nos ilumine definitivamente sobre la miseria y el misterio de nuestra condición… ése no puede ser otro que mi narrador de los relatos del espíritu Alfredo.

CIPRIANO.- ¿Te molesta?

TEODORO.- No, al contrario, ya te lo he dicho. A primera vista, uno se puede imaginar perfectamente que Leónidas, ya mayor, escribe y vive las historias del espíritu Alfredo, pero… me parece que hay un detalle importante que no cuadra.

CIPRIANO.- ¿Y es?

TEODORO.- El carácter. Yo diría que mi narrador es un tipo más bien lúcido y cínico, mientras que tu personaje me parece bastante romántico (en el mal sentido de la palabra) y algo blando.

CIPRIANO.- Quizá tengas razón, y la verdad es que, cuando lo he acabado de escribir, también yo he pensado algo así. Pero no me he podido resistir al placer del juego.

SILVESTRE.- Eso está muy bien, todo el mundo tienen derecho a jugar con lo que los creadores ponen a disposición de todo el mundo. Aquí mismo tenemos esa curiosa versión del Doble que nos ha dado Cipriano.

CIPRIANO.- ¿Curiosa?

SILVESTRE.- Hombre, es evidente que lo que la tradición romántica (en el buen sentido), principalmente germánica, nos ha dado sobre ese fenómeno, suele ser un personaje maligno, tenebroso o, cuando menos, inquietante, y aquí el Doppelgänger de Leónidas se nos aparece más bien como una especie de ángel de la guarda que pretende llevarle por el buen camino.

OTOMAR.- Bueno ¿y qué? No hemos de ser esclavos de la tradición.

SILVESTRE.- Naturalmente que no, sólo he señalado un aspecto, unas diferencias con el patrón tradicional…

CIPRIANO.- Bueno, bastantes cosas se han señalado ya de mi historia…

                                             FIN  (provisional?)

                                               de

          FANTASÍAS A LA MANERA DE HOFFMANNhoffmann grande

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Fantasías a la manera de Hoffmann VII

copa champagneVerano de 2008. El largo día de la vigilia de San Juan aún no ha se ha apagado. En la terraza de un bar situado en un parque de la ciudad se van sentando los amigos. Después de saludarse y cambiar las primeras impresiones, se deciden por el champagne.

TEODORO.- Bien, supongo que estas largas semanas habrán sido fecundas para los que tengan algo que decir.

SILVESTRE.- Y aunque no lo hayan sido, como en mi caso, el sólo hecho de reunirnos, beber y charlar es todo un premio para cualquiera.

LOTARIO.- Estoy de acuerdo. De todos modos no os negaré que me siento algo frustrado. He estado releyendo las copias de todos los relatos y he llegado a la conclusión de que el mío es el más flojo.

OTOMAR. – Lotario, esto no es un concurso literario. Además, si quieres que te diga la verdad, ni siquiera sé cuál fue el relato que nos leíste. Y creo, que más o menos a todos les ocurrirá la mismo.

CIPRIANO.- Yo tengo la impresión de que lo que veladamente pide Lotario es que le demos la oportunidad de corregir la supuesta pobre impresión que nos causó, ofreciéndonos ahora algo realmente genial.

TEODORO.- ¿Es verdad eso, Lotario?

LOTARIO.- Bueno, la verdad es que he escrito algo…pero no quisiera ser el primero en leer.

OTOMAR.- Perfecto, porque yo, en cambio, estoy impaciente por leer el mío y ya me perdonará Teodoro si invado alegremente su territorio.

TEODORO.- ¿Mi territorio? ¿Se puede saber de qué hablas?

OTOMAR.- A ver. No me negarás que, entre nosotros, eres considerado el gran especialista en todo lo relativo al funcionamiento anómalo de la mente, todos recordamos tu espléndido relato La máquina del doctor Kusev, pues bien, yo me he permitido tocar también el tema en mi relato.

CIPRIANO.- Me encantaría escuchar una historia de locos.

TEODORO. – Hablar de “locos” es una actitud muy simplificadora. No hace falta que os explique…

CIPRIANO.- No, no hace falta. A ver, Otomar…

OTOMAR.- Sí, simplificando, es la historia de un loco. Aunque, pensándolo bien, los verdaderos locos son los que no aparecen en la historia, pero han posibilitado el proceso.

SILVESTRE.- Va, Otomar, déjate de explicaciones y empieza de una vez.

OTOMAR.- Empiezo. [ Clicar AQUÍ y, después de leído el relato, regresar a esta pantalla ] 

                                 E PLURIBUS… UNUM ? loco

TEODORO.- Genial, Otomar. Breve, conciso, contundente…

SILVESTRE.- Y lo mejor de todo, el coup de théâtre final.

LOTARIO.- No sólo el final. Yo creo que tiene mucho de teatral. ¿No os lo imagináis como un monólogo dicho ante un público?

CIPRIANO.- La verdad es que sí. Y la carga de malevolencia, por decirlo de un modo suave, es realmente importante.

OTOMAR. – Gracias. Es el simple fruto de una inspiración momentánea, que quizá no se vuelva a presentar. Y ahora yo, autor ignorante, creador inocente, tal como hemos acordado que debe ser, pregunto al experto, ¿puede darse una persona real con estas características?…Es a ti, Teodoro.

TEODORO.- Ya, bueno, paso por alto las ironías y contesto a la pregunta: por supuesto que puede darse, y se da. Individuos con la personalidad escindida y que viven esa escisión con plena conciencia y el consiguiente sufrimiento.

LOTARIO.- Todos vivimos con la personalidad escindida.

CIPRIANO. – Dos almas, ay de mí,

                     se dividen en mi seno,

exclama Fausto al principio de uno de sus monólogos.

OTOMAR.- Sí, pero la división de que habla Goethe es la de siempre, la de toda la vida, la del individuo que se debate entre sus buenos propósitos y sus malos instintos, la del que es campo de la eterna batalla entre el ángel y la bestia o, por decirlo de manera más racional y aséptica, entre el intelecto puro y la naturaleza animal. Es también la escisión que representa el maestro en alguna de sus obras, especialmente en Los elixires del Diablo. Pero ésta que se ilustra en mi relato es distinta, más moderna, de hecho, tiene poco más de un siglo de antigüedad y no puede llamarse simplemente “escisión”, quiero decir que no es una división en dos, al modo antiguo, sino una multipartición, una fragmentación. El sujeto no queda dividido en dos, sino en una multitud. El Yo no existe.

TEODORO.- Vaya, vaya, mira por dónde parece que nuestro inocente e ignorante autor Otomar ha echado mano de toda una batería de teorías para fundamentar su relato.

OTOMAR.- Eso no es exacto. No “he echado mano de”. El relato me ha salido sin pensar, ya os lo he dicho, pero luego me he puesto a investigar sobre el asunto y he dado con los “promotores” de esa moderna actitud, que ejemplifica mi protagonista. Mirad, guardo por aquí unos apuntes de textos que he encontrado sobre el tema. Leo:

La contraposición que Nietzsche realiza entre el Ich cartesiano, sea concebido como yo o como alma, y el Selbst, permite la apertura a la idea de un sujeto múltiple donde la ficción de la identidad es pensada como juego constante de estructuración-desestructuración, y, en este sentido, es siempre provisoria.”

Y este otro:Nietzsche, anticipándose a Freud, plantea este problema con la idea de que el yo es una ficción, una sustancia inexistente. Se trata, en la visión de ambosnietzsche pensadores, de una pluralidad de fuerzas en conflicto. Cada uno de nosotros es la lucha de muchos yoes (Nietzsche) o la tensión de instancias internas al individuo que se contraponen (Freud) y no la unívoca manifestación de una esencia”.

CIPRIANO.- Bien, pues si el yo no existe, la actitud de tu protagonista parece más bien normal. Quiero decir que no estaríamos entonces ante un caso de locura, sino ante una manifestación lógica de la verdadera naturaleza humana.

SILVESTRE.- ¿Creéis realmente que, a pesar de todo, no existe en cada uno de nosotros un núcleo central al que se pueda llamar “Yo”?

OTOMAR.- El sentido común dice que sí, que existe ese Yo.

CIPRIANO.- Sí, pero el sentido común no es una herramienta preciada en filosofía. Ni en psicología, ni, por supuesto, en el arte.

OTOMAR.- ¿Pues para qué sirve entonces el sentido común?

CIPRIANO.- Para la cocina, según un famoso filósofo… aunque últimamente algunos grandes cocineros también lo están expulsando de los fogones.

TEODORO.- De todos modos, por mucha división que reine en la conciencia del individuo, yo no me resigno a descartar la vieja realidad del Yo.

OTOMAR.- Nadie se resigna, quiero decir que todo el mundo piensa y actúa como si ese Yo nuclear existiese realmente, independientemente de que exista o no. Pero otra cosa son las teorías…

LOTARIO.- Sí, los juegos caprichosos de fantasía que los pensadores trazan sobre el acontecer necesario de la realidad.

CIPRIANO.- Tienes razón, Lotario. Caprichosas o no, las construcciones de los pensadores más o menos científicos, son incapaces de apresar la realidad. Por este motivo, una “verdad” científica suele ser invalidada por otra que le sucede en el tiempo. No ocurre así en el arte, donde cada obra es una verdad inamovible. Y es que, a diferencia de lo que ocurre en la ciencia, en el arte no se puede hablar de progreso. La astronomía moderna constituye un progreso frente a la astronomía de Tolomeo, pero El Castillo de Kafka no constituye un progreso frente a la Divina Comedia de Dante: ambas son obras cumbre de la literatura mundial, sin que el tiempo ni los “descubrimientos” que median entre una y otra tengan ninguna relevancia en sus respectivos méritos artísticos.

TEODORO.- Has hablado muy bien, Cipriano. Pero ya va siendo hora de que alguien nos regale con otro relato.

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann VI

TEODORO.- Eso es cierto. Y de esa honradez literaria es de donde surgen las obras vivas con personajes vivos, tan vivos que a veces no quieren morir. Me ha ocurrido hace poco. ¿Recordáis aquel primer relato del espíritu Alfredo? Yo creía que lo había terminado. Pues bien, el espíritu se me ha vuelto a aparecer, cosa nada rara entre los espíritus, supongo.

LOTARIO.- ¿Otro relato sobre Alfredo? ¡Ésa sí es una buena noticia! ¿Lo tienes aquí? ¿Nos lo puedes leer?

TEODORO.- Naturalmente, para eso estamos. Ahí va.

[Clicar AQUÍ y, después de leer el relato, regresar a esta pantalla

                                            FINDEpaseo mar

SILVESTRE.- Tengo la impresión, querido Teodoro, de que con esta historia nos quieres decir algo.

TEODORO.- Las historias siempre dicen algo, querido Silvestre.

SILVESTRE. – Ya me entiendes. No es lo mismo narrar unos hechos despreocupadamente, o sin más preocupación que la de mantener una forma bella y eficaz para atrapar al lector, que tramar un relato con un objetivo trascendente, quiero decir, con una actitud alegórica, o metafórica, o simbólica, no sé cuál sería aquí el adjetivo más correcto.

TEODORO.- No ha sido esta mi intención, te lo aseguro. Y por otra parte, no sé cuál podría ser aquí la cosa simbolizada, o alegorizada, o lo que sea. Os aseguro que, al menos en esta ocasión, no se me ha ocurrido ni significar ni demostrar nada. Simplemente, me he dejado llevar por la misma inercia de la historia.

LOTARIO.- Así es como procede todo buen escritor, creo yo.

OTOMAR.- Sí, este tema ya lo hemos tratado en otra ocasión: que el buen escritor, el artista, no pretende demostrar nada, sino sólo mostrar, pero mostrar de la manera más efectiva, o sea, conmovedora, que sea posible.

CIPRIANO.- Muy bien, con este relato Teodoro no ha querido demostrar nada, sino sólo mostrar, como buen artista que es, en eso estamos de acuerdo… Y sin embargo, los significados están ahí, y exigen ser comentados.

TEODORO.- ¿Los significados? ¿Tú también, Cipriano? Me tenéis sobre ascuas. ¿Quiere alguien ilustrarme sobre esos significados de los que el autor no tiene ni idea?

OTOMAR.- No te alteres, Teodoro, eso es normal. No sólo en literatura, también en la vida corriente suele ocurrir que uno hace cosas que sólo los otros pueden interpretar correctamente.

CIPRIANO.- Para empezar, tomando los dos relatos del espíritu Alfredo en conjunto, lo primero que destacaría es el hecho de que la historia parece contada por un narrador que es también personaje, pero no de la manera corriente del que cuenta una historia que ha vivido, sino de otra, bastante más original, aunque hay precedentes, del que crea la historia que va viviendo, o mejor dicho, del que vive la historia que va creando. Aquí ya tenemos un enfoque claramente filosófico, pero que no se decanta por uno de los extremos de la habitual dicotomía, realismo o idealismo, sino que contempla ambos simultáneamente como caras de una misma moneda: el objeto existe y el sujeto también, pero uno no es concebible sin el otro. 

TEODORO.- Te juro por los dioses que no había pensado en nada de eso.

OTOMAR.- Ese es precisamente el don del artista. ¿Acaso Cervantes, oshakespeare Shakespeare, o Kafka, habían pensado en todo lo que se ha descubierto en sus obras respectivas?

SILVESTRE.- La inocencia creadora, sí… Aunque no me imagino a nuestro amigo Teodoro tan inocente.

TEODORO.- No, claro. Hay un aspecto que tuve muy claro desde el principio. Y es que el espíritu Alfredo no es diferente del espíritu de cualquier ser humano. Quiero decir que representa la parte no material de la persona. Aquella que puede sentirse como encarcelada en la prisión del cuerpo del modo que nos ilustra la filosofía platónica, y también la cristiana. Pero yo he adoptado un enfoque inverso al habitual. Lo normal, desde el punto de vista místico o platónico, es que el hombre aspire a liberarse de su carne mortal para regresar como espíritu puro a las estrellas. Yo, en cambio, he imaginado un espíritu puro que, fascinado por los logros culturales y científicos de la humanidad, desea encarnarse para vivir la experiencia humana desde dentro.

SILVESTRE.- Experiencia que resulta frustrante, ¿no?

TEODORO.- Eso parece, pero no consigo ir más allá.

OTOMAR. – De la historia de Claudia, por ejemplo, ¿no puedes comentarnos nada?

TEODORO.- No sé…En realidad la puse ahí porque pensé que aquella continua presencia femenina en el bar, que parecía obsesionar a Alfredo, exigía un desarrollo.

LOTARIO.- Si me permitís, yo creo que estamos ante una bellísima historia de amor y además con final feliz, contra lo que puede parecer.

OTOMAR.- ¿Historia de amor? ¿Final feliz? Yo solo he visto a un Alfredo salido, a una Claudia chiflada y una explosión final que se lleva a los dos por los aires.

LOTARIO.- Ése es el sentido literal de la historia, pero está también el alegórico.

TEODORO.- Adelante, Lotario. Explícanos todo lo que yo no he sabido ver en mi propia obra.

LOTARIO. – Claudia no es un espíritu puro, ni mucho menos, sino una adolescente como tantas. Pero algo tiene en común con Alfredo, o mejor dicho, Claudia detecta en Alfredo algo que le fascina, pero que no sabe lo que es. Sumergida en su vida material de goces inmediatos y apariencias efímeras, de pronto encuentra a alguien que le despierta la nostalgia de algo que ni siquiera conoce pero que, como persona, lleva dentro de sí. Arrastra a Alfredo a su casa con la intención inconsciente de develar el misterio, pero ahí se encuentra con un hombre de carne y hueso que sólo desea llevarla a la cama. Y es que Alfredo está realizando el viaje inverso. Ella quiere saber, no muy conscientemente, qué es el espíritu; él está obsesionado en probar las presuntas delicias de la carne. El encuentro parece imposible, pero…El rechazo de Claudia acelera en Alfredo el desencanto ante la experiencia humana. Aunque, más que ese rechazo, lo que le decepciona es la experiencia de verse sometido a los dictados del deseo, de perder la libertad para sentirse humillado bajo el despótico yugo de la naturaleza. Este desencanto se hace patente durante el paseo nocturno con el narrador, cuando, mirando a las estrellas, piensa que quizá debería regresar allá y también cuando, intentando correr por la arena, sufre físicamente el ahogo de la materia que le oprime y le impide alzar el vuelo para salvar a su amada. Por su parte, Claudia, hondamente decepcionada ante la negativa del amado a mostrar su auténtico tesoro, decide tomar la vía directa para alcanzar su objetivo. Y en ese momento llega Alfredo y ambos se funden en un abrazo y el fuego libera sus espíritus, que vuelan raudos y felices a la celestial morada de las estrellas.

SILVESTRE.- Aplausos, Lotario. Ha sido un bello, bellísimo comentario.

CIPRIANO.- Lo mismo digo.

OTOMAR.- Y yo… Ahora sólo falta saber si el autor del relato comentado está de acuerdo.

TEODORO.- Qué queréis que os diga…Puesto que, cuando lo escribí, no tenía nada de eso en mi intención consciente, sólo habría que ver si esa interpretación… muy bella, como justamente se ha dicho, se contradice con la literalidad del relato. Y yo creo que no, que no se contradice…

CIPRIANO.- Entonces, estamos todos de acuerdo en felicitar a Lotario por su aguda intuición.

LOTARIO.- No, más bien hemos de felicitar al autor por su inspirada creación.

TEODORO.- Pues yo propongo que brindemos y nos felicitemos todos por la fortuna que tenemos de saber gozar del arte de contar y escuchar historias, aunque nunca podamos llegar a la altura de nuestro Hoffmann.

TODOS.- ¡Salud!

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann V

La de Silvestre ha sido muy buena, lo reconozco. Pero, todavía no hemos oído una verdadera historia fantástica, de terror. Todo lo que hasta aquí se ha contado puede tener su explicación por la vía de la ciencia. Incluso el primero de los relatos, El espíritu Alfredo, puede entenderse como una fantasía, una ficción literaria obra del narrador que al final se nos aparece. Pero en ninguno de ellos se nos ha aparecido la sombra amenazadora de lo absolutamente siniestro. lit terror 1

CIPRIANO.- Es curioso que seas tú quien habla así, Otomar, el jurista, el abogado metódico, de pensamiento científico-racionalista.

OTOMAR.- Quizá por eso, por que no me gustan las mixtificaciones. Si fabulamos sobre el terror fantástico, hagámoslo a tumba abierta, sin las muletas de coartadas científicas o racionalistas.

TEODORO.- No sé…es una manera de ver las cosas. Por mi parte creo que todo está en la realidad. Porque el mismo hecho de imaginar una historia, por disparatada que sea, es un proceso de la realidad cerebral.

OTOMAR.- No nos vayamos por las ramas, Teodoro, ya sabes lo que quiero decir.

LOTARIO.- Sí, creo que sé lo que quieres decir, si consideramos el asunto desde el punto de vista del público lector.

SILVESTRE.- Un público lector que esté ansioso por consumir terror del bueno, ¿no es eso?

CIPRIANO.- ¿Sabéis qué os digo? Que me alegro que el debate haya venido a parar a este punto. Porque…la historia que pensaba ofreceros creo que responde perfectamente a las inquietudes y al deseo que formulaba Otomar.

OTOMAR.- ¿Quieres decir que es un auténtico relato de fantasía y terror?

CIPRIANO.- Eso lo habréis de decir vosotros cuando yo termine de leer. Empiezo.

[ clicar AQUÍ y, después de leído el relato, regresar a esta pantalla ]

                                                   ISAÍAS Y EL ESPEJO  espejo horror 1

LOTARIO. – ¿Puedo hablar?

OTOMAR.- Pregunta estúpida, donde las haya.

LOTARIO.- No, es que como pasa el rato y nadie dice nada, creía que se debía respetar cierto tiempo de silencio.

SILVESTRE.- ¿Por qué no hablas de una vez, Lotario?

LOTARIO.- Lo que quiero decir es que, en mi opinión, se trata realmente de una historia de terror, quizá la historia más de terror que hemos oído hasta ahora. Pero el problema está en el grado.

CIPRIANO.- ¿El grado?

LOTARIO.- Sí, el grado. ¿Qué grado de terror tiene? Y creo también que este problema no tiene una solución sencilla, porque va muy ligado al lector, a cada uno de los lectores.

TEODORO.- Creo adivinar por dónde vas. Pero ¿por qué no nos lo explicas de una manera directamente comprensible?

LOTARIO.- A ver, el autor, Cipriano, a quien por otra parte felicito…

CIPRIANO.- Gracias.

LOTARIO.- …no hay de qué, desarrolla una historia en la que el terror se adivina, pero no se deja ver directamente. Sabemos que el espejo guarda algo horroroso, objetivamente horroroso, como se deduce del informe médico, pero ni se nos muestra ni se nos dice en qué consiste. Ya sé que uno de los elementos que mejor conforman la sustancia del horror es el desconocimiento de su realidad, el miedo más terrible es el que no tiene forma ni nombre, pero, tal como está planteado esto en el relato, se pone de manifiesto el problema a que me refería.

OTOMAR.- ¿Te referías? No sé si te referías. Lo que sé es que aún no has revelado el supuesto problema.

CIPRIANO. Es verdad, Lotario, y comprenderás que, como autor, estoy muy interesado en el tema.

LOTARIO.- Creí que ya había quedado claro. Bien, lo que quería decir es que en este relato, como un poco en todos, la eficacia de la dosis suministrada por el autor dependerá del grado de sensibilidad e imaginación de cada lector.

TEODORO.- Quieres decir que para unos lectores el terror es seguro, claro, tangible, porque son capaces de imaginarse todo el horror que, por las noches, pugna por manifestarse en el espejo, mientras que, para otros, el relato apenas les dirá nada porque no encontrarán en él nada explícito que les conmueva. lit terror 3

LOTARIO.- Eso es lo que quería decir.

OTOMAR.- De acuerdo, pero habría que hacer una precisión. Y es que, en mi opinión, si el efecto de una obra no alcanza a cierto número de lectores, es que el autor no lo hizo todo lo bien que debía. Decir que el relato sólo será eficaz en personas muy imaginativas, es reconocer las limitaciones del autor, incapaz de trasladar al lector “normal” sus intenciones creativas, en este caso, la de despertar una emoción de terror.

CIPRIANO.- Vale, nunca he dicho que yo no tenga limitaciones como autor. Simplemente, lo he hecho lo mejor que he podido.

SILVESTRE.- Lo has hecho muy bien, Cipriano, no te preocupes. Otomar tiene su parte de razón, pero…

TEODORO.- Pero es una razón peligrosa, porque si la aplicamos de una forma incontrolada nos llevará a la situación aquella en que el autor ha de ir hasta donde está el lector y no el lector hasta donde está el autor, que es lo que de verdad enriquece.

OTOMAR.- Cierto, pero de lo que se trata es de hallar una situación de equilibrio. Por decirlo de alguna manera, que autor y lector se encuentren tras hacer cada uno la mitad del camino.

SILVESTRE.- Eso es fácil de decir, pero en la práctica siempre hay una parte que tira más que la otra. A veces se produce ese equilibrio maravilloso y es cuando nos encontramos ante ese raro fenómeno de auténticas obras de arte que a la vez son populares. Como por ejemplo, en Shakespeare, Cervantes, Goethe (el de Werther y la primera parte de Fausto).

LOTARIO.- Y Hoffmann, ¿no?

SILVESTRE.- Bueno…yo creo que el caso del maestro es distinto. En sus obras, autor y lector no se encuentran en la mitad del camino. Más bien creo que el autor va a buscar al lector a su terreno preferido (aventura, fantasía, terror, no olvidemos que estamos en la época romántica y que Hoffmann escribe en parte por necesidad económica), pero que, con su genio indiscutible, lo eleva hasta su propia altura de gigante del arte poético.

TEODORO.- Creo que lo has expresado bien, Silvestre. Hay dos clases de autores que hacen más de la mitad del camino en busca del público lector. El que procura que ese lector se eleve a su propia altura (caso de Hoffmann y, en un terreno muy distinto, de Stefan Zweig y de tantos otros autores al mismo tiempo grandes y populares) y el que se queda al nivel del lector más bajo para halagarle todas sus bajezas.

OTOMAR.- Literatura basura.

TEODORO.- Sí, literatura basura, donde entra la gran mayoría de los bestsellers.

CIPRIANO.- Yo he observado una cosa curiosa: que la literatura que lee la gran mayoría no es literatura…si es que con esta palabra queremos significar algo especial.

LOTARIO.- Quizá siempre ha sido así.

TEODORO.- No, yo creo que no siempre ha sido así. Yo creo que a la situación actual se ha llegado tras un proceso gradual de extensión y, al mismo tiempo, degradación de la cultura. Antes de la invención de la imprenta se necesitaba mucho esfuerzo, mucha “cultura” para poder leer, y ya no digamos para llegar a poder escribir. Los que accedían a esas técnicas maravillosas eran, forzosamente, unos sabios. Con la aparición de la imprenta, la cosa empezó a abaratarse, ya no era tan extraordinario saber leer, ni tan exótico que una persona de no mucha cultura se dedicase a escribir. Con la extensión de la alfabetización y la educación la cosa fue empeorando (desde el punto de vista del que estoy hablando), y ya cualquiera podía leer y casi cualquiera podía escribir, principalmente para toda esa gente que “ya” podía leer. Y en fin, no os tengo que decir lo que ha venido después: con la extensión de la prensa y la aparición de otros medios de comunicación de masas, la lectura y la escritura están hoy al alcance de todo el mundo…con los resultados que están a la vista.imprenta

OTOMAR.- Vaya, no te conocía esta faceta tan elitista, o clasista, o antidemocrática.

TEODORO.- Elitista quizá, lo concedo. Pero clasista y antidemocrática, no, en absoluto. Lo que ocurre es que hay una enorme confusión en todo esto, que convendría aclarar. Para empezar, hay que dejar claro que la igualdad no significa que todos seamos iguales, sino que todos hemos de tener iguales oportunidades. Y la democracia no significa que todas las opiniones valgan lo mismo, cosa que contradice la evidencia, sino que en los asuntos públicos, en la administración de las cosas comunes, ha de prevalecer el criterio de la mayoría, siempre controlada por las minorías. Ir más allá supondría, de hecho supone, un empobrecimiento espantoso del espíritu humano.

OTOMAR.- Quieres decir que la democracia no cabe en el arte, por ejemplo.

TEODORO- Ni en el arte, ni en la ciencia, ni en la filosofía, ni en ninguna actividad que requiera formación, sensibilidad y un esfuerzo constante por ensanchar los límites del ser humano. La mayoría tiende a lo fácil y primario, por eso se puede encargar de la “administración de las cosas”, porque es una tarea de simple sentido común, aunque a veces no lo parezca. Pero si se le permite que decida en cuestiones de arte, nos conduce directa y rápidamente a la basura.

SILVESTRE.- ¿Queréis qué os diga lo que ahora pienso? Que todo esto que estamos debatiendo en realidad no importa en absoluto.

OTOMAR.- ¿Ah, no?

SILVESTRE.- Para el verdadero creador, quiero decir. Porque el verdadero creador, no el que estudia primero el mercado para ver lo que mejor podrá colocar, sólo tiene en mente un lector: él mismo.

CIPRIANO.- ¿Quieres decir que escribe para sí mismo? No, no, eso no se corresponde con la realidad.

SILVESTRE.- Para sí mismo exactamente, no; pero sí escribe lo que a él le gustaría leer. No hay otro modo de ser honrado en literatura. (CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann IV

cervezaPrimavera de 2008. En el mismo lugar, reunidos los mismos amigos. Pasados los rigores del invierno, en la mesa domina hoy la cerveza sobre el ponche.

TEODORO.- Han pasado tres meses desde la última reunión. Mucho tiempo. Quizá deberíamos intentar vernos más a menudo.

CIPRIANO.- Soy de tu misma opinión.

OTOMAR.- Y yo. Pero es tan difícil que estemos todos disponibles…

LOTARIO.- Y eso que no tenemos grandes obligaciones, que digamos. Imaginaos lo que sería entre personas seriamente ocupadas…

SILVESTRE.- Pues yo creo que está bien que los encuentros sean tan espaciados.

TEODORO.- Vaya con Silvestre. El único que está en desacuerdo… Supongo que tendrás tus razones para pensar así.

SILVESTRE.- Naturalmente y, si las expongo, es posible que lleguéis a estar de acuerdo conmigo. Unas reuniones semanales o quincenales o incluso mensuales no se llevan bien con el objetivo que perseguimos. ¿Cuál es ese objetivo? Narrar historias que nos lleven a reflexionar sobre determinados aspectos del arte y de la vida. Y bajo la advocación de Hoffmann, sí, pero no como sus clones, no lo olvidemos. Y para reflexionar se necesita tiempo, y para escribir historias también. Así que nada mejor, creo yo, que tres largos meses en los que uno pueda meditar sobre lo que ha oído y, si se da el caso y la inspiración, componer una nueva historia que ofrecer a los compañeros.

CIPRIANO.- Ah, claro, fuiste tú, Silvestre, el que te comprometiste a ofrecernos la próxima historia. Y ahora quieres decir…

SILVESTRE.- Que he necesitado todo ese tiempo para escribirla, sí lo confieso. Y que si no fuese porque ha mediado todo ese tiempo quizá no podría ofrecérosla.

TEODORO.- Pues adelante, Silvestre, adelante con tu relato, aunque nada tenga que ver con el mundo del maestro.

SILVESTRE.- ¿Quién dice que nada tiene que ver con el mundo del maestro? Pero una cosa es copiar sus tics y otra muy distinta abandonarse a su espíritu, y os aseguro que esta historia está perfectamente dentro de su espíritu. Se desarrolla en Barcelona.

CIPRIANO.- Estuviste allí, ¿no?

SILVESTRE.- Sí, hace más de veinte años. Para ampliar mis conocimientos de filología románica pasé dos años en la universidad de Barcelona estudiando filología y literatura catalanas.

LOTARIO.- ¿Y qué nos has traído de ahí, después de tanto tiempo?

SILVESTRE.- Una historia digna del maestro… al menos en la intención.

TEODORO.- No nos hagas esperar más, Silvestre, somos todo oídos. [ Clicar AQUÍ]

                                           EL MOSÉNcatedral-casas

OTOMAR.- “Y tomándome de la mano me dijo con una extraña sonrisa: soy el caballero Gluck”. Fin.

LOTARIO.- Es evidente. La idea y el desenlace es evidente que tienen mucho que ver con El caballero Gluck, de nuestro Hoffmann.

CIPRIANO.- De acuerdo, pero de eso se trata ¿no?

OTOMAR – No exactamente. Homenajear sí, plagiar no.

TEODORO.- Yo no he visto ningún plagio por ninguna parte. Lo que he visto ha sido un relato muy bien construido, dentro del espíritu del maestro, pero con un carácter muy propio.

SILVESTRE.- Gracias, Teodoro, con lo que acabas de decir tengo bastante. No necesito ningún comentario más.

CIPRIANO. – Tú aguantarás todos los comentarios que hagan falta, como todo el mundo. Y el primero que se me ocurre va precisamente en tu favor, a propósito de lo que se acaba de decir. Y es que yo veo que hay un aspecto fundamental en que tu relato se diferencia del de Hoffmann. Y es que en el relato de Hoffmann se da la impresión de que es el mismo Gluck, muerto décadas atrás, el que se aparece al narrador. Mientras que en el de Silvestre está claro que se trata de un simple loco, que se cree el famoso poeta Verdaguer…

LOTARIO.- Lo cual es mucho menos misterioso, mucho más prosaico que lo que se cuenta en el relato de Hoffmann.

TEODORO.- ¿Menos misterioso? ¿Simple loco? ¿Os he de recordar la tesis del personaje de El espíritu Alfredo?

CIPRIANO.- Que no hay que buscar monstruos ni en la tierra ni en los cielos, ni siquiera en la imaginación. Porque los monstruos somos nosotros.

TEODORO.- En efecto. O sea que, al menos para mí, es mucho más interesante conocer una persona que se cree Napoleón que conocer a Napoleón mismo, entre otras cosas porque esto es imposible.

OTOMAR.- ¿Y qué hacemos con la fantasía?

TEODORO.- Recurrir a ella debidamente. Hay una fantasía estéril, gratuita, que nada tiene que ver con nuestra tarea. Nuestra fantasía es hermana de la poesía…o quizá es la misma cosa. Y opino que en el relato que nos ha ofrecido Silvestre se da al mismo tiempo un ambiente fantástico y un fondo poético.

SILVESTRE.- Gracias de nuevo, Teodoro. Y yo añadiría algo, si es que como autor puedo opinar…

OTOMAR.- Eso es, por lo menos, dudoso.

CIPRIANO.- Vamos, Silvestre, habla. No seamos tan estrictos.

LOTARIO.- Todo el mundo tiene derecho a opinar sobre una obra; incluso su autor.

SILVESTRE.- Yo añadiría que al aspecto fantástico y poético del relato habría que añadir otro: el científico. Psicológico, para ser más exacto. ¿De dónde le viene al Mosén ese trastorno, que le hace creerse un gran poeta de más de un siglo atrás?

LOTARIO.- Ésa es una buena pregunta, sobre todo para el autor, que será quien mejor la podrá responder.

OTOMAR.- Un momento, un momento. Creo que quedó claro que el autor no tiene el monopolio sobre la interpretación de su obra.

LOTARIO.- Que no tenga el monopolio no significa que no pueda opinar. Adelante, Silvestre, ¿cuál es, según tú, el trasfondo psicológico de la historia, del personaje?

SILVESTRE.- Yo creo que el Mosén es una persona muy sensible, introvertida, converdaguer monumento un mundo interior poderoso, pero carente de cauces de expresión. Su enamoramiento juvenil y eterno no tiene la más mínima posibilidad de realizarse, por varias razones: su insuperable timidez, el abismo social que le separa de su amada (dato importantísimo en su juventud y en su país) y también su auténtica vocación religiosa. Así que ese enamoramiento se sublima automáticamente en impulso poético…

OTOMAR.- ¿Psicoanálisis? Cuidado, no nos oiga el doctor Kusev…

LOTARIO.- Silvestre, ¿me dejas que continúe yo? Ahora lo veo todo muy claro.

SILVESTRE.- Por supuesto.

LOTARIO.- Sí, su libido reprimida se sublima en actividad artística, poética. Pero resulta que tampoco por ahí puede dar salida a su energía, porque sus facultades son escasas y los resultados decepcionantes. Y entonces…enloquece. Es decir, con algunos datos de su propio mundo – lugar de nacimiento, sacerdocio, tendencia poética – se crea una nueva personalidad robada de un poeta famoso con el que coincide en esos datos. El Mosén es una persona que aspira a la excelencia, pero carece de medios, tanto materiales como intelectuales. Y entonces se apropia de la personalidad del que sí alcanzó un alto grado de excelencia, aunque también sufriera el inclemente acoso del poder y la riqueza, lo que permite a nuestro hombre sentirse aún más identificado con él.

SILVESTRE.- Muy bien. Yo no lo hubiese dicho mejor.

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann III

OTOMAR.- Nunca he oído hablar del doctor…ése.

TEODORO.- Natural, nadie ha oído hablar, porque todavía no ha salido a la luz.

CIPRIANO.- Creo adivinar que nuestro fabulista número uno nos va a sorprender con otro producto genial de su imaginación.

TEODORO.- Aciertas, Cipriano, si le quitas lo de genial. Esto que os voy a leer no sólo viene a cuento de lo que hablábamos, sino que se ajusta como es debido al espíritu de nuestro patrón.

SILVESTRE. – ¡Hoffmann!

TEODORO.- Sí. No hemos de olvidar que, si hemos renacido aquí y ahora, ha sido para rendir homenaje a nuestro viejo amigo. Quiero decir que nuestros relatos no se deberían apartar mucho de su espíritu, y creo que éste que os voy a leer se acomoda a él mucho mejor que los anteriores.

LOTARIO.- Empieza ya, y la asamblea juzgará.

TEODORO. – Leo, pues. [ Clicar AQUÍ ]

                        LA MÁQUINA DEL DOCTOR KUSEVcaseron-kusev

TEODORO.- Bien…¿algún comentario?

CIPRIANO.- Lo primero que se me ocurre es que, contrariamente a lo que anunciaste, no me parece que este relato se adecue mucho al espíritu de nuestro patrón.

TEODORO.- ¿Crees de verdad que no es digno de Hoffmann? Me gustaría saber por qué.

LOTARIO.- Yo también creo que, en un aspecto esencial, se aleja del espíritu del maestro.

TEODORO.- A ver, vosotros, Silvestre, Otomar, estoy esperando vuestros ataques.

SILVESTRE.- A mí me ha parecido un buen relato, quizá algo seco en la expresión.

OTOMAR.- No creo que sea el estilo el principal elemento que lo aleja de Hoffmann, si bien hay que reconocer que el del maestro era más florido, sin pasarse, y más jugoso. Lo que le hace inconfundible con un relato hoffmanniano es algo mucho más esencial, y quizá coincida en esto con Cipriano y Lotario.

TEODORO.- No demoréis más la sentencia, por favor. Esto es inhumano…

OTOMAR.- Bien, lo que yo veo es que aquí, en tu relato no hay un misterio ambiguo y poco o nada aclarado, como en las obras del maestro, sino más bien la ilustración de determinada teoría.

LOTARIO.- Has formulado exactamente lo que yo pensaba, Otomar.

CIPRIANO.- Sí, más o menos es ésa también mi opinión. La literatura es arte, y el arte no pretende demostrar nada, ¿no es eso?, sólo mostrar, y de manera tan…”artística” que conmueva profundamente al lector. En cambio, tú, Teodoro, con esta historia parece que pretendes demostrar no sé qué teoría sobre la mente humana.

TEODORO.- Eres muy duro, Cipriano, pero en parte te equivocas. Yo no pretendo demostrar nada en esta historia; yo “muestro” la personalidad obsesiva de un científico, el cual, como personaje, sí que pretende “demostrar” algo… Esto no es malo, supongo.

CIPRIANO.- Bien, reconozco que tu razonamiento es correcto. Pero tú debes reconocer que, de todos modos…se te ve el plumero.

TEODORO.- De acuerdo, es verdad, hace tiempo que estoy no sé si decir obsesionado con la idea, y quería colocarla como fuese. Y la idea es ésta: si, como todos los psicólogos admiten, la memoria es selectiva, en el sentido de que, en una persona sana, sólo recoge lo que es útil para su salud y bienestar, ¿qué ocurriría si no fuese selectiva? El relato que os he leído es la respuesta.

OTOMAR.- Bien, al fin ha confesado. Había una idea detrás, una ideología, un mensaje.

SILVESTRE.- Si me permitís, yo diría que los que estáis cargados de ideas, mensajes y normas sois vosotros. Para mí lo que importa es el resultado, ¡qué más da que se pretenda demostrar determinada teoría! ¿Quién ha dicho que eso está prohibido? Bien, es cierto que no es ése el estilo de Hoffmann, pero ¿a santo de qué no puede ser el de cualquier escritor? Ya sé, ya sé que estamos aquí para homenajear al maestro, pero pienso que no deberíamos ser tan estrechos hasta el punto de intentar parodiarle. ¡Que cada cual se exprese a su manera!

TEODORO.- Has hablado muy bien, Silvestre, pero eso no me consuela de haber sido condenado por la mayoría de la congregación.

LOTARIO.- ¿Pero qué dices?

OTOMAR. – Aquí nadie condena a nadie.

CIPRIANO.- Aquí, lo único que falta es un poco de aquel delicioso ponche…

SILVESTRE.- Estupenda idea. Bebamos, y luego volvamos a casa, que se ha hecho muy tarde.

TEODORO.- Silvestre, en la próxima reunión queremos oirte.

SILVESTRE.- Quizá. Hace tiempo que me ronda una historia…

(CONTINÚA)

ponche

(De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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Fantasías a la manera de Hoffmann II

LOTARIO.- Es un relato normalito. Creo que no tan sorprendente como el tuyo, Teodoro. En él he querido reflejar una experiencia que en algunas ocasiones casi he tenido la sensación de vivir, pero que el protagonista de mi historia vive de pleno. Va relacionado con la espera, con el hecho de estar esperando a alguien.

CIPRIANO.- Se ha dicho que el que espera, a quien sea y para lo que sea, es como si estuviese enamorado.

OTOMAR.- Cierto. Y también es verdad que el que está enamorado es como si siempre estuviera esperando.

LOTARIO.- Sois muy agudos, porque…por ahí va la cosa. Empiezo. [ Clicar AQUÍ ]

                                  EL QUE ESPERAreloj sin manecillas

OTOMAR.- Perdona, Lotario, pero eso ¿qué es? ¿Pura fantasía? ¿o un pretendido caso clínico real? Lo digo porque, como fantasía, por absurdo que parezca, vale, pero como realidad, tengo mis dudas. Sí, tengo serias dudas de que un caso como ese pueda darse. ¿Crees de verdad que una persona pueda inventarse un pasado inexistente y asumirlo como absolutamente cierto?

CIPRIANO.- Eso es lo de menos. No os tendré yo que recordar que, desde el punto de vista del arte, no importa lo posible, sino lo verosímil, y verosímil no en relación con la realidad exterior, sino en relación a las coordenadas del propio objeto artístico, del relato en este caso.

OTOMAR.- Pues más a mi favor, porque en este caso en el relato se advierte una voluntad de realismo total que de pronto se rompe con una especie de truco, como esos relatos o películas en que resulta que todo era un sueño. ¿No es esto tomar el pelo al lector?

SILVESTRE.- Pues a mí me ha parecido una pieza bastante lograda, quizá con alguna indecisión en el estilo. Por cierto, la actitud de la extraña pareja ésa, Chema y Chimo, me recuerda algo. ¿Te has inspirado en algún modelo concreto?

LOTARIO.- A mí también me recordaba algo mientras lo escribía, pero ni quise ni heaep2 kafka querido averiguarlo. Creo que la cosa va por Kafka: una pareja de personajillos estúpidos e incordiantes, que en otro lugar de su obra son dos pelotitas no menos estúpidas que van botando de un lado a otro.

SILVESTRE.- ¿Pero qué fue lo que te motivó a escribir una historia como ésa? Antes has dicho que habías tenido experiencias parecidas a la del relato.

LOTARIO.- Experiencias no, imaginaciones. Me ha ocurrido alguna vez que, mientras esperaba más rato del previsible a una persona que me importaba mucho, de pronto pensaba ¿y si esa persona no viniese nunca? ¿Y si esa persona en realidad no existiese? ¿Y si toda la historia de mi relación con ella ha sido pura invención patológica mía? Pero ya digo, todo esto como pura imaginación, como motivo literario, diría. En definitiva, que lo que ahora he hecho es aprovechar el tema que se me ha ocurrido en diferentes tiempos de espera a lo largo de mi vida.

OTOMAR.- Muy bien, pero importe o no para el objeto artístico, o sea, para el cuento de Lotario, tenemos pendiente la cuestión de si el caso narrado puede darse o no en la realidad. ¿Es posible que una memoria falseada, o mejor, inventada, se mantenga durante mucho tiempo con pleno convencimiento del sujeto? Creo que aquí tendríamos que dar la palabra a Teodoro, su interés por todo lo relacionado con la mente humana y su amistad con ciertos psicólogos y psiquiatras de prestigio le convierten en la persona más indicada para ilustrarnos sobre el tema.

TEODORO.- Observo cierta sorna en tus palabras, Otomar, no sé si dirigida a mí o a “los psicólogos y psiquiatras de prestigio”. Por mi parte, no sé si os puedo “ilustrar” con más cosas de las que ya sabéis. Los falsos recuerdos son realidades científicamente comprobadas. A veces, se forman espontáneamente a partir de la deformación de un recuerdo correcto, pero también pueden ser inducidos, creados por otras personas desde el exterior. Por ejemplo, en un tratamiento psicoanalítico, una paciente fue inducida a crearse el falso recuerdo de repetidos abusos y violaciones por parte de su padre. Cuando se demostró la falsedad del recuerdo (la paciente, de veintidós años, era virgen), el psicoanalista fue demandado y condenado. Pero yo creo que en la formación de falsos recuerdos es más decisiva la autosugestión que la sugestión externa. Ahí tenemos los relatos de abducidos por extraterrestres: es un ejemplo claro de cómo uno puede montarse una historia y luego creérsela.

CIPRIANO.- Eso suponiendo que los extraterrestres no se dediquen realmente a abducir a las personas. Aunque, ahora que lo pienso, no hay nada que suponer, ¡es pura realidad! Nosotros mismos fuimos abducidos en Berlín en 1819 y depositados aquí en 2008.

SILVESTRE.- ¿Por qué no guardas tus bromas para otro rato, Cipriano? ¿Por qué no dejamos que Teodoro nos siga ilustrando sobre los misterios de la mente y la memoria?

TEODORO.- Bueno, hasta ahora me he referido a falsos recuerdos de momentos o escenas concretas, aunque a veces puedan ser un poco largas, como en las abducciones. Pero lo que plantea el relato de Lotario es otra cosa: es una vida o parte de una vida inventada, que sustituye a la real, que no gusta. El protagonista del cuento ha vivido dos años y pico de una vida paralela a la real. Pero me habría gustado que el narrador nos hubiese dado algún dato más: toda esa vida falsa ¿se la inventa el protagonista en el momento de la espera? ¿inmediatamente antes de ese momento? ¿o quizá mucho antes?

LOTARIO.- Ah… no sé…tú mismo.

CIPRIANO.- ¡Genial! Como buen creador, Lotario no está por la labor de decir más cosas de las que dice su obra. Ésa es tarea de críticos y lectores.

SILVESTRE.- Insisto en que dejemos hablar a Teodoro, por favor.

TEODORO. – No creas, Silvestre, no tengo gran cosa que añadir. Sólo quería apuntar que esos casos de paramnesia prolongada, de larga invención de una vida paralela inexistente, creo que sólo pueden darse en personas psicóticas, a diferencia del típico falso recuerdo, que cualquier persona de las llamadas normales puede experimentar.

SILVESTRE.- ¿Como nosotros mismos?

TEODORO.- Sí, claro, como nosotros mismos. Es más, tengo para mí que la mayoría de nuestros recuerdos son falsos o, al menos falseados, modificados.

OTOMAR.- ¿En que te basas para afirmar eso?

TEODORO. En el caso del doctor Kusev.

(CONTINÚA)

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El que espera

sala cineConsultó el reloj y comprobó que apenas llevaba diez minutos. No era cuestión de ponerse nervioso por diez minutos. Seguro que tendría que esperar más. Veinte, quizá hasta treinta. O tres cuartos de hora. No, no podría resistir tanto. La había conocido en el cine, hacía tanto tiempo… A la salida, ella le preguntó por la parada de cierta línea de autobús. Y él se dio cuenta enseguida de que era la misma chica que había estado a su lado durante la sesión, cuya ardiente proximidad le había provocado una extraña euforia. Pese a la oscuridad de la sala, creía haber descubierto en aquella persona lo que apenas se atrevía a calificar como “la mujer de su vida”. Y ahora la tenía delante, hablándole de cierta línea de autobús, mientras él le informaba con toda la precisión que requería el asunto. Y de pronto ocurrió que, venciendo su natural timidez, él dijo que había de tomar el mismo autobús (cosa que no era cierta hasta ese mismo instante), que seguirían el mismo camino. Y entonces sí, paseando lentamente, comentaron que habían visto la película juntos, hablaron de muchas cosas y se pasaron varias paradas, hasta que ella decidió que después de todo no era tan lejos, que muy bien podía seguir a pie, si él llevaba el mismo camino. Cuando llegaron al portal de la casa, ella dijo “vivo con mis padres”, que él interpretó como una forma delicada de no precipitar ni rechazar nada. Pero era verdad, vivía con sus padres. Así que, al cabo de unas semanas de verse diariamente, le propuso que se viniese a vivir con él. Ella aceptó a medias. Alegaba que la pasión que les inflamaba, porque aquello había que llamarlo así, tal vez se resentiría con la convivencia diaria. Bastaba con ver a los mayores, decía, cómo los matrimonios se deshacían, cómo los enamoramientos no superaban el año y, sobre todo, cómo se esfumaban en cuanto se iniciaba una convivencia en toda regla. Así que ella estaría con él y con sus padres. Él aceptó, naturalmente, qué otra cosa podía hacer, pero no era de ese modo como se imaginaba la relación con el amor de su vida. Y los días y los meses fueron pasando, unos más felices que otros. Hasta que llegó lo horrible en forma de llamada inoportuna. La madre, la amable mujer que, para sí, él llamaba suegra, preguntaba por ella, sí, era más de medianoche, pero quería saber. ¿No está con vosotros?, interrumpió él. No. ¿Ni ayer noche? ¿Ni el otro día? No, no. Y la madre disimuló y cortó enseguida, comprendiendo. Y luego, las preguntas, las falsas explicaciones, la confesión, la ruptura. Y un infierno de meses, hasta que de nuevo la luz. Me había equivocado, necesito que me perdones, aunque me rechaces, necesito que me perdones. ¿Perdonar? ¿Cómo puede perdonar el amor? Te quiero como antes, como el primer día, como siempre, puedes hacer lo que quieras, amor, yo siempre te querré. Mañana, entonces mañana, en la placita ¿recuerdas? A las siete. Pero ya son casi las siete y cuarto…

Un fuerte golpe en la espalda le sobresalta.reloj sin manecillas

– ¿Qué haces aquí, tío? Esperando, ¿eh?

Es Chema, acompañado de Chimo.

– Sí, ¿qué haces aquí, tío? Esperando, ¿eh? – repite Chimo.

– ¿Dónde te metes, tío? No se te ve el pelo – dice Chema – ¿Se puede saber a quien esperas? Yo diría que no es una cita de negocios, aquí, en medio de la plaza, y con este frío.

– No, no es una cita de negocios – dice Chimo – ¿Se puede saber a quién esperas?

– Mira, se ha quedado mudo – dice Chema.

Al fin habla:

– Sí, estoy esperando a alguien, y no os he de dar explicaciones.

– Así se habla, tío –dice Chema-. Oye, ¿de dónde has sacado esa energía? ¿No eras el tío más tímido de la clase? No te estarás volviendo un cabroncete, ¿eh?

– No te estarás volviendo un cabroncete, ¿eh? – dice Chimo.

– No repitas lo que yo digo, bestia.

-Perdona, bestia.

Entonces Chema se dirige al que esperaba, en actitud amenazadora:

-¿Quieres que te hagamos compañía, tío? ¿Qué te parece si nos quedamos aquí y esperamos contigo?

-Haz lo que quieras.

-¿Está buena la chica?

– No te importa.

– No te insolentes, ¿eh?…Suponiendo que sea chica, claro, porque de un tipo como tú… ¿Sabes qué te digo? Que nos quedamos, nos quedamos aquí contigo. ¿Qué dices, Chimo?

– Que no.

-¿Cómo que no? ¿Qué quieres decir?

– Que no, tío, que no, que no hay nada que hacer.

– Espera, espera – dice Chema, como reflexionando -, que Chimo ha tenido una de sus brillantes ideas. Es una bestia, pero a veces pare algo genial. Dime, Chimo, Chimo querido, ¿por qué dices que no hay nada que hacer? Ven, dímelo a mí, al oído…

Chema pasa el brazo sobre el hombro de Chimo y, mientras éste le va susurrando al oído, ambos se alejan lentamente hasta que se pierden de vista al doblar la esquina, tras dirigir al que espera una mirada más cruel que todas las palabras.

Qué suerte que hayan desaparecido, esos pelmazos. Aunque hay que reconocer que han aliviado el tiempo. ¿Cuánto llevo? Veinte minutos… más de veinte minutos. Mira una y otra vez el reloj, y las manecillas no se mueven. ¿Cuánto podrá resistir? Pero ella vendrá, claro que vendrá. Nunca ha faltado a una cita. Nunca en los dos años, sí, dos años y dos meses, recuerda con precisión, desde que se conocieron aquella tarde en el cine. Claro que hay que descontar los cuatro meses y tres semanas de cruel separación. Veintidós minutos. Una vida. Es como esperar toda una vida. ¿Cómo sería una vida con ella? ¡Cómo iba a ser! Una larga prolongación de lo ya vivido…vivido…con ella…vivido, ¿cómo sería una vida con ella? ¿cómo… sería…? Un extraño hormigueo le recorre el cuerpo, la cara, la frente, las extremidades. Intenta recordar con precisión escenas de su vida con ella. No lo consigue. El hormigueo aumenta, el vello de la piel se eriza, se lleva la mano a la frente como para librarse de aquello. Y aquello cae. Y se ve en el cine aquella tarde, y ve cómo a la salida ella le pregunta por cierta parada de autobús, y cómo no ocurre lo que no puede ocurrir, cómo no vence su natural timidez, cómo le informa escuetamente y se retira sin más hacia la soledad de siempre.

joven soledad

(De Fantasías a la manera de Hoffmann )

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Fantasías a la manera de Hoffmann I

Invierno de 2008. Un viejo café de la vieja Europa. Reunidos: Teodoro, escritor y músico; Lotario, poeta, autor de libretos de ópera; Cipriano, científico naturalista y escritor; Otomar, abogado, y Silvestre, escritor, autor de comedias.

serapionTEODORO.- Estaréis de acuerdo en que el invento ha funcionado. Aquí estamos los cinco, casi doscientos años después, con toda nuestra personalidad intacta y con la conciencia añadida de todo lo ocurrido a la humanidad en estos dos siglos.

OTOMAR.- Sí, parece un milagro. Yo mismo, que siempre he sido contrario a cualquier atentado contra el pensamiento científico, no tengo más remedio que reconocerlo. Claro que aquí hay trampa. Y bastante evidente.

CIPRIANO.- No nos corresponde a nosotros determinar si aquí hay trampa y en qué consiste. Eso es de competencia exclusiva del lector…

OTOMAR.- Tienes razón, porque el lector es en realidad coautor, o copropietario, del texto que lee. Y debemos respetar sus derechos.

LOTARIO.- Ya que no puedes dejar de hablar como el abogado que eres, dinos Otomar, ¿cuáles son esos derechos del lector?

OTOMAR.- El primero de todo, la presunción de inteligencia. En un texto, no se le debe ir explicando los intríngulis del montaje, ni la intención, a veces oculta, del autor. Un texto literario no debe ser al mismo tiempo su comentario y su crítica…

CIPRIANO.- ¿Estás seguro de esto último, Otomar? ¿Te das cuenta de lo que nosotros intentamos cometer en este momento?

OTOMAR.- Sí, y por eso lo he dicho, porque pienso que podemos estar lesionando uno de los derechos del lector.

TEODORO.- No estoy de acuerdo, Otomar. Es verdad que se han de respetar los derechos del lector, pero yo no creo que con nuestra actitud los estemos “lesionando”, como tú dices. Al contrario, creo que damos una versión nueva, una perspectiva inédita de cómo se puede llevar acabo el acto narrativo.

SILVESTRE.- ¿Nueva? ¿Inédita? ¿Olvidas que es lo mismo que hacíamos hace doscientos años?

TEODORO. No, no es lo mismo. Nunca es lo mismo. Nosotros podemos ser los mismos, aunque en el fondo sabemos que no lo somos, pero el lector es por completo diferente. Piensa que el lector de entonces había recién salido de las guerras napoleónicas y que en Europa se trataba de edificar un orden nuevo, y que a través de innumerables guerras y cambios se vino a parar a la situación actual, tan distinta de aquella como diferentes son los lectores de hoy de los de aquella época.

LOTARIO.- Bueno, no nos desviemos. Quedamos en que la presunción de inteligencia es uno de los derechos del lector. ¿Cuáles son los otros, si es que hay más?

OTOMAR.- Sí, hay varios, pero todos se resumen en ése. Está, por ejemplo, el derecho del lector a que no se le tome el pelo.

CIPRIANO.- ¿Quieres decir que hemos de desterrar la burla, el juego irónico, cuando parezca que el destinatario es el lector?

SILVESTRE. – Yo creo que lo que quiere decir es que no se ha de pretender engañar al lector prometiéndole una cosa y dándole otra.

OTOMAR.- Más o menos. Y también está el derecho a ser sorprendido.

LOTARIO.- O sea, que un relato no sea previsible, ni en las palabras ni en las acciones, sino que sorprenda al lector como la vida nos sorprende continuamente.

TEODORO.- ¿Estás seguro de que la vida nos sorprende? Yo diría que la vida es bastante previsible. Es en el arte donde se fabrican las sorpresas.

CIPRIANO.- Me extraña que digas eso, Teodoro, precisamente tú. La vida siempre nos sorprende. Siempre que uno se halla ante una disyuntiva que imagina inevitable (o será A o será B, se dice, no hay más alternativa), resulta que sí, que la hay, y es que lo más fácil es que sea Z.

OTOMAR.- Bueno, recopilemos los derechos del lector o, visto desde el otro lado, los deberes del autor: respetarás la presunción de inteligencia, no intentarás tomar el pelo, no caerás en lo previsible. ¿Alguno más?

TEODORO.- Creo que de momento ya vale. Quizá más adelante surja otro.

OTOMAR.- Entonces no tendremos más remedio que incorporarlo a nuestro código.

TEODORO.- Así se hará. Yo os quiero proponer ahora un relato. Me gustaría saber si es de vuestro agrado y, también, si respeta nuestro código del lector, teniendo en cuenta que lo escribí antes de que lo promulgásemos.

OTOMAR.- Creo que no tienes que preocuparte, Teodoro. El derecho va siempre por detrás de la vida. Y unas normas como ésas las tiene todo artista en su interior sin necesidad de que se formulen expresamente.

TEODORO.- Gracias, Otomar. Con vuestro permiso, empiezo.  [clicar AQUÍ ]

                               EL ESPÍRITU ALFREDO

espiritu alfredo

LOTARIO.- Creo que el silencio que ha seguido a tu relato, y que yo me permito romper, ha sido muy expresivo.

TEODORO.- Sí, pero ¿cuál ha sido el motivo, la razón de ese silencio?

CIPRIANO.- La sorpresa, no hay duda. Nadie podía esperar ese desenlace, que presta a la historia una estructura circular, infinita.

SILVESTRE.- Sí, como algo situado entre dos espejos, que se reproduce infinitamente. Muy original.

OTOMAR.- No tan original. La idea puede sorprender, aplicada cuando no se espera. Pero no es nueva.

LOTARIO.- No hay nada nuevo, por supuesto, todo está inventado…tecnologías aparte. ¿Pero se te ocurre algún ejemplo de relato de estructura circular infinita como éste?

OTOMAR.- Sí, enseguida me ha venido a la memoria un cuento de Cortázar: Continuidad de los parques.

TEODORO.- Lo recuerdo, pero no es lo mismo. Permíteme que, como autor, defienda la originalidad de mi relato, al menos, frente al de Cortázar. En Continuidad de los parques un hombre está leyendo en un libro que otro hombre empuña un cuchillo y va en busca de su víctima; el que tiene el cuchillo llega finalmente hasta el que lee el libro, que es precisamente su víctima. Aquí hay, es cierto, una estructura circular (lector-asesino-lector), pero no infinita: con el asesinato, se cierra el círculo y la historia. En cambio, en mi relato la historia nunca se cierra. El narrador cuenta la historia del espíritu Alfredo, en la cual aparece un hombre que resulta ser el narrador que cuenta la historia del espíritu Alfredo, en la cual aparece un hombre que resulta ser el narrador que cuenta la historia del espíritu Alfredo, en la cual…¿Os dais cuenta?

LOTARIO.- De todos modos, ése es un efecto que, como todo efecto, es básicamente “tecnológico”. Lo interesante está, o podría estar, creo yo, en el contenido, en esa voluntad de desentrañar el misterio de nuestra existencia desde lo más inmediato.

CIPRIANO.- O sea, que no hay que buscar monstruos ni en la tierra ni en los cielos, ni siquiera en la imaginación. Porque los monstruos somos nosotros.

SILVESTRE.- A mí, lo que especialmente me ha encantado, Teodoro, es esa sensación de extrañeza del espíritu Alfredo al verse huésped forzoso del cuerpo humano. Y es que esa extrañeza la tenemos todos, sin necesidad de ser espíritus puros. Y no sólo la de estar encerrados en un cuerpo, sino la de la propia identidad, la de ser algo o alguien concreto no se sabe por qué razón. Esta extrañeza es la que expresa admirablemente García Lorca en sus versos

entre los juncos y la baja tarde

qué raro que me llame Federico.

TEODORO.- Bueno, yo ya he puesto mi grano de arena. Seguro que alguien de vosotros tiene preparado algo más. Lotario, claro, que ya pone sus papeles sobre la mesa.

(CONTINÚA)

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Doppelgänger

Fue una noche de verano de 1960. Leónidas había abandonado la pista – el baile seguía animado aunque la claridad del día ya asomaba por oriente – y se sirexhabía retirado a una zona tranquila. Se sentó en uno de los dos pequeños bancos que, casi enfrentados, cerraban en ángulo aquella parte del jardín. Estaba cansado, y se sentía vacío. Iba a cumplir veinte años y aún no veía la manera de que sus sueños se encarrilasen… ¿Sus sueños? ¿Sabía de verdad cuáles eran?

La fiesta, pese a la gran animación, le había dejado un sabor amargo. María no estaba ahí, y ninguna de las que estaban significaba nada para él. Y si fallaba esto, fallaba todo. Los pocos amigos con quienes podía hablar seguían atrapados por la música, el alcohol y un ansia de felicidad inmediata e inconcreta, como él mismo en tantas ocasiones.

Pero aquella noche no, aquella noche había en el ambiente, y sobre todo en sus nervios, algo especial, algo extraño que no sabría expresar, un oscuro presentimiento. Tonterías, pensó. En todo caso, lo mejor sería acabar la noche con dignidad. Eso es, encendería un cigarrillo y se iría a casa caminando lentamente cara al amanecer.

Iba a levantarse cuando tuvo un sobresalto. En el otro banco había una persona. Ni estaba cuando él había llegado, ni la había visto llegar. Claro que, absorto en sus ensoñaciones, quizás no se había dado cuenta… Era un joven de su misma edad, sin duda, pero la escasa luz no permitía ver los rasgos de su rostro. Apenas había hecho el gesto de levantarse, cuando el joven habló.

-¿Ya te vas? No ha sido divertido, ¿verdad?

Al moverse levemente para hablar, la escasa luz iluminó algunos rasgos de su rostro. No, no lo conocía. Pero le resultaba un tipo familiar.

– No, nada divertido. ¿Y para ti?… No nos hemos visto antes, ¿verdad? ¿Veraneas aquí?

-Sí, claro. Y he de decir que esto es muy aburrido, y además una pérdida de tiempo.

– Es verdad, pero ¿qué quieres? Estamos en vacaciones ¿no? Y a nuestra edad, todavía se puede perder un poco el tiempo alegremente ¿no te parece?

– No. La gente que ha de ser alguien en la vida no pierde nunca el tiempo, y menos de esta manera tan estúpida. Aprovechan el verano. Estudian, viajan, trabajan, y siempre con la vista puesta en el porvenir.

– Sí, los conozco. Pero, la verdad, no sé si vale la pena. Quiero decir que no sé si compensa…

– ¿Qué vale la pena para ti?bancos jardín

– Llegar a ser lo que sueño ser.

Leónidas esperaba otra pregunta, que no llegaba. Decidió preguntar él.

– ¿Sueles venir por aquí?

– Sí, como tú.

– Es raro que no te haya visto antes.

– No, lo raro es que me veas ahora.

Leonidas se estremeció. Un frío intenso le llegó al corazón. Respiró profundamente, y decidió levantarse de una vez y marcharse: aquello iba adquiriendo el aire inconfundible de un sueño inquietante.

– No me has dicho cuál es tu sueño – dijo entonces el desconocido.

– ¿No lo sabes? – contestó secamente Leónidas –. Quiero ser el hombre más grande que nunca ha existido, el genio absoluto de las letras, de la poesía exactamente. ¿Qué te parece? Aunque a veces me inclino por la política y pienso que seré el gran líder de este siglo, el que llevará a cabo la revolución definitiva que salvará para siempre a la humanidad de la miseria y el caos.

– No está mal, es ambicioso. Y eso se consigue pasando el verano en la más completa vagancia…No sé, no lo veo claro.

– ¿Sabes qué te digo? Que no me importa si lo ves claro u oscuro. No sé quién eres ni por qué he de responder a tus preguntas. Me voy.

– Adiós, Leo. Nos volveremos a ver.

La vida de Leónidas avanzó deprisa, como suele suceder en todas las vidas, sobre todo en aquellas en que se espera realizar algo importante que, por bodadeterminados motivos, hay que aplazar continuamente. El padre de María, su esposa desde los veinticinco años, le ofreció un espléndido futuro de prosperidad y tranquilidad económica. Él sólo tenía que acabar las dos carreras que estudiaba y luego, muy bien colocado, ya se podría dedicar a lo que en realidad le importaba. Y acabó las dos carreras y se casó y tuvo hijos y estuvo bien colocado.

De vez en cuando pensaba en lo suyo y se decía: ahora, cuando esto se solucione, me pondré a escribir en serio. Porque, no se sabe si en serio o en broma, pero es el caso que a veces escribía. En la política ya no pensaba. Había comprendido que nadie puede ser justo y entero – como él creía que había que ser – si se dedica a la acción política. Pero en la poesía sí, en el arte de escribir, el único capaz de descifrar los misterios esenciales del ser humano, en eso sí que creía, con los ojos cerrados. Sólo que…no tenía tiempo. Hoy mismo, se dijo, tengo que revisar todos los informes de mis subordinados y enviar mis conclusiones a la central. Son las cinco y solo estoy a la mitad, habré de quedarme aquí hasta las once, por lo menos.

A las once Leónidas continuaba trabajando en su despacho. Seguro que estoy solo en toda la planta, pensó, quizá en todo el edificio. De pronto le vino, nítido, el recuerdo de una noche de verano en que se había apartado de la multitud para entregarse a sus ensoñaciones. Y entonces alguien llamó a la puerta. Seguridad, pensó.

– Adelante.

Se oyó el discreto ruido de la puerta de madera noble que se abría.

– No voy a estar mucho rato – dijo, sin levantar la vista de la mesa – ¿Va todo bien?

– ¿Tú qué crees?

Un escalofrío le recorrió el cuerpo de arriba abajo. ¡Aquella voz! Miró y, debido a la penumbra del despacho y a la claridad del exterior, sólo pudo ver la silueta de un hombre recortada en el vano de la puerta. El hombre se acercó unos pasos. Se hizo más visible. Sería de su edad. Pero los rasgos del rostro permanecían, confusos, en la penumbra.

– ¿Qué quieres? – preguntó Leónidas, y por un instante pensó que aquello no le iba a responder, que se fundiría en la sombra como hijo de su imaginación que era.

– Ya lo sabes – contestó el hombre…pues sin duda lo era -. He venido a pasar cuentas, a examinar la situación.

Sí, lo sabía. O al menos recordaba el breve encuentro con un joven desconocido cierta madrugada de verano de hacía veinticinco años.

-¿Dónde está la juventud? – preguntó el hombre.hombre en la puerta

– Bueno, la juventud pasa, como todo en la vida. Ahora estamos en otro momento.

– ¿Y los sueños?

– Los sueños sueños son, y perdona. De todos modos, no he renunciado a lo esencial.

– Ah, ¿no? ¿Y en qué se nota?

– Nunca he dejado de escribir, y pronto, con la ayuda de María…

– María te va a dejar.

– ¿Cómo dices?

– Lo sabes muy bien. No pretendas engañarte. María no te soporta, no encuentra en ti nada del joven que le cautivó en su adolescencia. Piensa que te has traicionado, que la has traicionado y que has convertido la convivencia, la familia, en una triste rutina sin sentido.

– Pero eso es… injusto. Fue ella quien me empujó a aceptar la oferta de su padre, con todo lo que implicaba.

– Sí, pero esperaba que no aceptases, esperaba que fueses capaz de levantar el vuelo por tus propios medios.

– Pero yo…¿cómo iba a saber? Entonces, ella me engañó, ha sido ella quien me ha estado engañando…

– Es inútil, Leo, no busques razones fuera. Tú eres el único responsable… Y bien, ¿qué piensas hacer ahora?

-No sé… resistir, supongo. Recuperaré a María, desandaré el camino y volveré al punto…En cuanto acabe…

-En cuanto acabes, ¿qué? ¿El trabajo de esta noche? ¿El de los próximos veinte años? No te engañes, Leo, y piensa que no siempre me podrás ver. No juegues con el tiempo.

Aquella noche Leónidas no pudo dormir. A la mañana siguiente se lo contó todo a María, el encuentro de hacía veinticinco años y el de la pasada noche (sólo omitió el triste anuncio). Ella le escuchó con actitud atenta y comprensiva. Cuando él dejó de hablar, dijo.

– Trabajas demasiado, Leo. Ya lo decía papá, que no sabes delegar. Delega, hombre. Tómate un descanso. Piensa que…

– María, ¿me quieres?

– ¿A qué viene eso ahora? Claro que te quiero, ¿Y tú a mí?

– ¿Yo? María, tú eres lo más grande, lo más bello, lo más auténtico que me ha dado la vida. ¿No me dejarás, verdad?

– Dejarte, qué ocurrencia… Bueno, si no te portas bien…

Y su franca sonrisa fue sellada por los labios de Leónidas. Y mientras se besaban apasionadamente, él sintió que otra vez tenía veinte años.

Al principio fue difícil, pero poco a poco Leónidas aprendió a delegar responsabilidades. Trabajaba menos, escribía más y observaba a María con una atención casi paranoica. Y después de muchos meses de observar llegó a la conclusión de que el visitante nocturno estaba equivocado, que a María no le había pasado por la cabeza abandonarle, que todo iba razonablemente bien. A medida que estas ideas se consolidaban en su ánimo, iba cobrando mayor confianza en sí mismo, y en su futuro.

Aún era joven, habría tiempo para todo, de momento tenía que corregir el desorden que el abandono parcial de sus tareas había introducido en la empresa. Y poco a poco, sin apenas darse cuenta, trabajaba más y escribía menos. La que sí se daba cuenta era María, que veía cómo su marido se convertía de nuevo en una máquina de hacer cosas, aparentemente sin alma. Y empezó a mandarle mensajes, cada vez más explícitos, pero él no los recibía, pues se había quedado anclado en la seguridad obtenida de sus ya antiguas indagaciones.

Meses antes de cumplir los sesenta y cinco, Leónidas pensó que el acontecimiento requeriría algo especial. Y cuando María sacó a relucir el tema, cayó en la cuenta de que, como siempre, ella ya lo habría previsto todo.

– Sí, cariño, sesenta y cinco, nada más y nada menos. Sabía que no te olvidarías.

– Supongo que te retirarás.

– ¿Cómo? ¿De trabajar, quieres decir?

– Sí, claro, la gente suele hacerlo a esa edad.

– Pero ¿qué gente? ¿De qué me hablas, María? ¿Me tomas por un vulgar chupatintas? Yo tengo responsabilidades.

– ¿De verdad no piensas jubilarte?

– De verdad. De momento no. Tengo mucha vida por delante, hay tiempo para todo

manos de pareja– Pues entonces…a lo mejor… me retiro yo.

– ¿Qué quieres decir? Ya te jubilaste hace un año, y recuerda que en contra de mi opinión.

– No he hablado de jubilación, sino de retirarme, de irme, de desaparecer.

Leónidas palideció. No podía ser, no podía ser que precisamente en ese momento se cumpliese la triste predicción.

– María, no lo dices en serio. No serías capaz de hacerme esto, ¿verdad?

– ¿Has pensado alguna vez en lo que has sido capaz de hacerme tú?

– Pero…yo creía que eras feliz conmigo… que éramos felices…

– Creías…tú sólo te miras a ti mismo. ¿Has pensado en lo que yo creía, en cómo me sentía? Sólo piensas en ti, Leo, en tu trabajo, en tus fantasías… los demás no existimos para ti…

Bien, ya vale. Los que tenemos cierta edad conocemos bien este tipo de discusiones. Y no todas acaban mal, por cierto. La de nuestra pareja sí, como si estuviese escrito. María se fue a vivir con una de sus hijas. Y Leónidas se encontró solo ante la estupidez absoluta de su trabajo. El mismo día de su cumpleaños decidió dejarlo. Repartió parte de sus bienes, que no eran pocos, entre María y sus hijos, se quedó lo suficiente para vivir modestamente el resto de la vida y alquiló un pequeño estudio en el centro de la ciudad. La primera noche que estuvo ahí, solo, rodeado de sus libros y papeles … llamaron a la puerta.

– Pasa, está abierto. Esperaba tu visita.

El hombre entró, y esta vez lo pudo ver bien. Y no se sorprendió al comprobar que su rostro, su figura, su porte, eran los de él mismo. Casi completamente calvo, delgado, algo encorvado. Era como si la imagen que solía ver en el espejo se moviese por su propia cuenta. Le ofreció asiento.

– No me hiciste caso, Leo – dijo el hombre – y ya ves.

– Sí, tienes razón. Pero era muy difícil, reconócelo. ¿Quién es capaz de seguir al pie de la letra los sueños de la juventud?

-Tú pudiste hacerlo, sólo con un poco de voluntad, de energía, de determinación. Pero enseguida te dejaste llevar por lo más fácil. Te vendiste por un plato de lentejas, y además de mala calidad.

estudio escritor– Pero mira – y con un amplia gesto de la mano, Leónidas le mostró el estudio lleno de libros y papeles -, aún hay tiempo. Y ahora va en serio.

– No es lo mismo que a los veinte años, pero…quién sabe. Si tienes fe…

– Absoluta.

– ¿Piensas en algo concreto?

– Voy a escribir una obra que nos ilumine definitivamente sobre la miseria y el misterio de nuestra condición.

– No está mal. Siempre tan ambicioso… y espero que no sea sólo de boquilla, como aquella vez, ¿recuerdas? Me voy. Y piensa que no tendremos otra oportunidad para hablarnos. Escúchame bien, Leo, la próxima vez no habrábatería sirex palabras. En cuanto me veas llegar, vendrás a mi lado, y juntos nos iremos para siempre.

Leónidas se estremeció. Cerró los ojos y se vio en el jardín lleno de música de la noche de verano. Si pudiera volver, pensó. Cuando abrió de nuevo los ojos, el visitante no estaba.

La soledad tiene estas cosas, se dijo, alucinaciones, visiones, fantasías. Bueno, todo se puede aprovechar.

Y alcanzó el mazo de folios y empezó a escribir.

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El espíritu Alfredo

 

espiritu alfredo

A las siete y diez de la mañana del veintiocho de septiembre el espíritu Alfredo se hizo carne. No fue tan extraño ni doloroso como lo había imaginado. En realidad, todo consistió en una supresión de la ligereza, de la levedad, como si, de pronto, una gruesa cadena pretendiese sujetarle al suelo, haciéndole muy difíciles los movimientos. Es el efecto de la gravedad, se dijo, eso que parece que se entiende cuando se lo explican a uno, pero que hasta que no se experimenta no se comprende de verdad. Como debe de ser todo en la vida, pensó, una cosa la teoría y otra la práctica, o sea, la carne.

La vida de Alfredo, si es que se puede llamar vida el fenómeno de su existencia anterior a aquel momento, no había sido muy diferente de la de los demás espíritus. Si acaso, se había distinguido por una fuerte inclinación a interesarse por los asuntos humanos y, entre ellos, por todo lo relacionado con la filosofía, el arte, la historia, la política, la sociología. También la ciencia le había interesado mucho, pero no la tecnología, cuyos continuos avances, que tanto encandilaban a los seres humanos en general, se le antojaban insulsos juguetes para niños poco imaginativos.

Había aprendido principalmente en las aulas de escuelas y universidades, aunque tampoco había desdeñado la lectura en solitario. Desde su rincón del aula o prácticamente pegado al techo, que eran sus posiciones preferidas, se complacía en escuchar las jugosas explicaciones del profesor Valleco sobre los modos de composición de los antiguos poetas provenzales o los rigurosos planteamientos en torno a la conjetura de Fermat, en boca del doctor Maestro. Pero el espíritu Alfredo sabía que, a partir de aquel momento de la encarnación, ya nada sería igual.

Para empezar, ya no podría llamarse con propiedad “espíritu Alfredo”, sino sólo “Alfredo”. Su ser, antes libre, volátil y hasta caprichoso, había quedado atrapado en una red de nervios y huesos, vísceras y sangre, fluidos y tejidos, que es lo que configura el cuerpo humano. A veces, sin apenas darse cuenta, se llevaba la mano a algún lugar de su anatomía, al vientre, por ejemplo, y la deslizaba sobre aquella superficie lisa, que ocultaba un mundo oscuro de conductos retorcidos portadores de sustancias viscosas, y se decía: qué tiene que ver todo esto conmigo. Gracias a sus conocimientos de medicina podía imaginarse muy bien de qué y cómo estaba compuesto aquel artefacto que en adelante había de acarrear.

Pero más que la representación imaginaria de la espesa materia que le retenía, le preocupaba sus efectos negativos. La visión, antes límpida y despejada en los 360 grados de su posición nuclear, se presentaba ahora limitada, turbia, oscurecida, entorpecida por diminutas partículas móviles y sombreada por la absurda proximidad de nariz, pestañas y cejas. El oído que, antes, en su forma inmaterial, estaba destinado sólo a captar sonidos y que, en los momentos de reposo, gozaba de un silencio perfecto, era ahora un dispositivo grosero que, en los momentos de supuesto reposo captaba o generaba un incesante ronroneo o zumbido. Y la forma de desplazamiento, que ahora se basaba en el continuo separar y juntar de las extremidades inferiores en un proceso de avance ridículo. Todo se había convertido en algo basto, grosero, torpe, limitado, por completo diferente de su anterior libertad. Pero él no lo había decidido. Ni siquiera sabía por cuanto tiempo habría de soportar la nueva situación, ni si le sería posible retornar a la antigua o a alguna otra nueva y desconocida. Así que lo mejor era aceptarlo todo con resignación.bar escribiendo

Su proceso de encarnación no sólo había sido físico, sino también social y burocrático. Quiero decir que, cuando apareció a los ojos del mundo, lo hizo con todo lo necesario: ropa, vivienda y documentación, y hasta con una cuenta en un banco con mil euros, cantidad insuficiente para vivir unas semanas, según había oído decir. Y es que enseguida comprendió que le faltaba algo fundamental para moverse por el mundo visible: el dinero o los medios de conseguirlo. Así que fue un enorme alivio para él descubrir entre los papeles del banco y los de propiedad de la vivienda una carta del rector de la Universidad Internacional de Europa, en la que se le aceptaba como profesor de literatura comparada. Alivio y alegría, porque precisamente ahí, en esa universidad había pasado incontables horas felices apropiándose de gran parte de los conocimientos atesorados por la humanidad.

El Pato Loco era la taberna donde solían acudir algunos estudiantes y, muy raramente, algún profesor. Alfredo, que ya llevaba unas semanas dando clase en la vecina facultad, se había apropiado de una mesita situada en un rincón bastante discreto. Casi todas las tardes solía pasar ahí unas horas, leyendo, bebiendo cerveza, escribiendo algunos pensamientos que le venían a la mente y que ya no le resultaba tan fácil retener como antes, y observando con curiosidad disimulada, los movimientos, los rostros, las palabras de los estudiantes.

Lo único que trastornaba la relativa paz de aquel lugar era la máquina de tabaco situada muy cerca de su mesa. No pasaban unos minutos sin que algún estudiante no se acercase a echarle unas monedas y recoger sus cigarrillos. Era difícil concentrarse en la escritura o en la lectura, y hasta en la cerveza, a la vista y casi al roce de las cinturas desnudas de las chicas, sobre todo cuando se inclinaban para recoger el paquetito de cigarrillos que, con un ruido sordo, como de disparo de trabuco, se precipitaba en un canalillo que discurría por la parte inferior de la máquina.

En aquellas ocasiones, a la vista y proximidad de ciertas pieles y ciertos ombligos, sobre todo cuando pertenecían a una anatomía bien distribuida, Alfredo notaba cómo la fuerza poderosa de la naturaleza alzaba en él su verdad incontestable. Ya lo sabía, por supuesto que lo sabía. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica, o sea, la carne. A veces recibía de alguna muchacha una mirada cómplice – cómplice ¿de qué? -, pero ninguna se acercaba a hablarle. Él tampoco lo intentaba. No se atrevía.ombligo

Aquí hay que aclarar que las circunstancias concretas de la encarnación de Alfredo habían conformado una personalidad más bien tímida. Parece extraño, pero es así. 

El que sí se le acercó una tarde fue un hombre de sesenta años cumplidos, seco y nervioso, al que enseguida reconoció como alumno suyo, más que nada porque, con otras dos mujeres de edad avanzada, destacaba notoriamente de la masa juvenil.

– ¿Me permite? – dijo el hombre, al tiempo que separaba una de las sillas que permanecían pegadas a la mesa, con la evidente intención de sentarse.

– Adelante – respondió Alfredo, tratando de desviar la mirada de la chica y ombligo que en aquel momento se plantaban ante la máquina.

– Soy alumno suyo.

– Sí, ya le he visto en clase – reconoció Alfredo.

– Usted…bueno, permíteme que te tutee. Podría ser tu padre.

¡Qué raro, pensó Alfredo, tener padre! Y el hombre prosiguió.

– Seguramente te extrañará que, a mi edad, haya decidido empezar una carrera.

– No…

– Y precisamente la de humanidades. Y precisamente literatura.

– No, no, no me extraña. Cualquier edad es buena para estudiar. (Yo llevo milenios haciéndolo).

– Desde que abrí los ojos al mundo – empezó el hombre, al tiempo que depositaba en la mesa una carpeta de tapas negras – no dejo de sorprenderme por las cosas de la vida, y no me refiero a las grandes o pequeñas tragedias individuales o colectivas, no, me refiero a lo más elemental, a lo básico, a todo aquello que configura nuestra existencia y de lo que ni siquiera nos damos cuenta. El nacimiento, por ejemplo. Uno sale del vientre de una mujer por el simple hecho de que, meses atrás, un hombre había introducido en ella determinado líquido corporal en un momento en que una y otro estaban tan ofuscados y exaltados que de ningún modo podían hacer otra cosa que lo que hacían. Así que somos hijos de la exaltación y la ofuscación.

– Algunos lo llaman amor.sabandija

– Sí, ya. Y lo que ocurre entre las sabandijas, ¿también es amor? ¡Por favor! Yo pienso que, en ese momento, los hombres se olvidan de lo que de humano puede tener eso que llaman amor y regresan al mundo de las sabandijas. Y es que, si no se diese ese ofuscamiento de origen puramente animal, a nadie se le ocurriría poner en el mundo a otro ser humano, otro sujeto y objeto de las mismas estupideces y desgracias cometidas por todos sus antepasados. Y una vez echado al mundo, ese nuevo ser, ese animalillo indefenso ha de recibir toda clase de cuidados para poder sobrevivir, ¡en eso sí se diferencia de las sabandijas! ¿Y cómo vive, cómo crece? Apropiándose de las vidas ajenas. Ingiere leche, que no es más que sangre animal transformada, y luego devora vegetales de la tierra y carne de otros animales. Y así se va formando y manteniendo su persona. Y va pasando la vida a trompicones, ahora alegre, ahora triste, esperanzado, perdido, iluminado, decepcionado, exaltado, abatido, y siempre engañándose, siempre diciéndose que pronto todo dará un cambio, que todo irá a mejor. Sí, a mejor… Pero lo cierto es que las fuerzas se van apagando, que la carne se reblandece, que las arrugas van invadiendo el rostro, las manos y todo el cuerpo, que ya ni siquiera es capaz de aquellas exaltaciones que tantos problemas le dieran y que ahora evoca con melancólica nostalgia. A veces, el cerebro se apaga antes que el resto del cuerpo y el tipo queda convertido en un simple vegetal que defeca y orina. Y en todo caso se muere, es decir, que casi siempre con dolor y, si es consciente, con pavor, deja de funcionar lo que hacía de él una persona, y desaparece, ¡plis, plas! ¡fuera! Como si no hubiese nacido…

El hombre se interrumpió, y se quedó mirando fijamente a Alfredo, como esperando un comentario. A Alfredo sólo se le ocurrió emitir:

– ¿Y?

– ¿Cómo se puede soportar eso?

– Como siempre se ha soportado. Y, en el peor de los casos, se puede escapar: la propia muerte está en manos de cada cual. Cualquiera se la puede proporcionar cuando se le antoje. Procurársela es facilísimo. Lo difícil, lo imposible, según parece, es evitarla.

– Sí, pero yo no deseo escapar, sino darle la vuelta al misterio.

– Por eso estudias humanidades, literatura…

– Sí. Estudié filosofía, pero enseguida vi que me había equivocado. Por el camino de las ideas no se llega a la verdad.

– ¿Y por la literatura, sí?

– Sí, el arte puede dar la respuesta. Siempre que sus logros estén a la altura de la pregunta. Y lamentablemente, tengo que decir que no, que hasta ahora no han estado a la altura, ni de lejos. Hay en los grandes poetas un lejano atisbo. Pero nada más. Y lo peor es cuando los escritores buscan en territorios inexistentes lo que la cruda vida nos muestra ante las narices. Historias de vampiros, por ejemplo, ¿pero hay más claro vampirismo que en el acto del niño de succionar la leche de la madre? Novelas de androides, ¿pero hay mejor ejemplo de humanoides fabricados en serie que los que llenan los estadios o las autopistas los fines de semana? Historias de zombis, de muertos vivientes, ¿qué es eso comparado con la realidad de la víctima del alzheimer? El Alien que va extendiéndose e invadiendo todo el cuerpo da risa si se piensa en el tumor cancerígeno. Y qué decir de las historias sobre una imaginaria realidad virtual. ¿Virtual? ¿Imaginaria? Será virtual de segundo grado, porque toda la realidad, todo eso que la mayoría de la gente juzga realidad indiscutible ya es virtual, es decir, está en la mente de cada cual, sin que se pueda saber con seguridad si hay algo fuera que se corresponda con esa imagen mental. Nadie ha abordado el problema con seriedad desde el punto de vista artístico. Yo he empezado a intentarlo. He escrito algo – y señaló la carpeta – que espero que sea el principio.

– El principio ¿de qué?

– De una obra que nos ilumine definitivamente sobre el misterio y la miseria de nuestra condición. De momento es sólo un ensayo, quiero decir, un intento, un esbozo, o quizá un anuncio, en forma de relato corto.

– Y quieres que yo lo lea y te dé mi opinión.

– Si no es molestia…

carpeta gomasEl hombre se levantó. Y antes de alejarse, lanzó una mirada aprensiva a la carpeta como si aquello hubiese de hacer explosión en cualquier momento, pero lo que se oyó fue el ruido sordo, de disparo de trabuco, de la máquina de tabaco. Alfredo ni se enteró. No podía apartar la vista de la carpeta. La tomó, la abrió y empezó a leer:

A las siete y diez de la mañana del veintiocho de septiembre el espíritu Alfredo se hizo carne. No fue tan extraño ni doloroso como lo había imaginado. En realidad, todo consistió en una supresión de la ligereza, de la levedad…

(De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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Finde

Sentado a su mesita de El Pato Loco, aplicado a la lectura, al paladeo de la cerveza y a la observación del mundo circundante, el profesor Alfredo recibía a veces la mirada cómplice de alguna muchacha -¿cómplice, de qué?, se preguntaba – , pero ninguna se acercaba para hablarle. Hasta que una tarde, una jovencita de aspecto espléndido –cabello largo y rubio, piel dorada por el sol -, se le acercó y se plantó ante él.adolescente rubia

– ¿Puedo hacerte una proposición?

– Siéntate –dijo él con la palabra y con el gesto.

– Nos caes muy bien, ¿sabes? – dijo la chica, y se sentó frente a él, clavó los codos en la mesa y sostuvo la barbilla con ambas manos como para mirarle mejor -. Nos gustaría que vinieses con nosotras este finde.

– Bueno, bueno… ¿Cómo te llamas?

– Claudia.

– ¿Claudia?…No te recuerdo, y perdona.

– No, si no voy a tu clase, pero ellas sí – dijo, mientras señalaba con la mirada a dos chicas que, en otra mesa, parecían estar absortas en el estudio de unos apuntes -. Bueno, alguna vez sí que he ido, sólo para escucharte, y eres genial, tío.

– Gracias. A ver, ¿en qué consiste exactamente esa proposición?

– Te lo he dicho. En pasar el fin de semana con nosotras. Tenemos una casita en la playa, nos bañamos, tomamos el sol, vamos de marcha, nos lo pasamos genial.

-¿Y crees que yo encajaría en el grupito? ¿O más bien parecería el monitor…?

– Anda, tío, ¿por qué lo dices? ¿Por la edad? Y eso qué importa. Además, estás muy bien, tu aspecto no es de más de treinta.

– Sí, no me puedo quejar del aspecto. No he quedado mal.

No era propiamente una casita, sino un chalet con aires de palacete, construido a principios del siglo pasado. Alineado junto a otros de similares características, daba al paseo marítimo de la pequeña población veraniega. La chalet maresmeestación del tren estaba a pocos minutos caminando, y desde ella había llegado Alfredo, siguiendo las instrucciones de Claudia. Empujó la verja del pequeño jardín, que estaba entornada, y después de salvar el breve espacio que le separaba de la casa, subió unos escalones, se detuvo ante la puerta y buscó el timbre para llamar. No lo encontró. A la altura de sus ojos había una aldaba, que parecía más antigua que la puerta. Era una especie de dragón fantástico, que sostenía una argolla que, suponía, había que levantar y dejar caer para llamar. Tenía la mano sobre la aldaba, cuando la puerta se abrió de repente. Claudia se colgó de su cuello, besándole en la cara efusivamente.

– ¡Qué bien, que has venido!

– Claro, ¿no habíamos quedado?

– Mira, ven, te enseñaré tu habitación.

Pasaron del recibidor a un amplio salón decorado con sobriedad y elegancia, y luego subieron por unas escaleras hasta la planta superior. Claudia abrió la primera puerta del pasillo.

-Aquí es.

– Esto es un palacio – dijo Alfredo mientras dejaba caer su mochila sobre la amplia cama -. ¿Y tus amigas?

– Si necesitas alguna cosa, me lo pides…

– No me dirás que vamos a estar solos…

– ¿Algún problema? Mi habitación es la última del pasillo. Ahí tienes el baño. He preparado unas cositas para cenar. En la terraza dentro de media hora, ¿vale?

Cuando Alfredo se quedó solo, lo primero que pensó fue que aquella chica no parecía la misma que había conocido en El Pato Loco. La Claudia informal, despreocupada, pasota, del bar estudiantil se había convertido en una respetable hija de familia. Hasta cierto punto. Porque también pensó que seguramente sus amigas no habían existido nunca, que aquellas que había señalado en el bar eran totalmente ajenas a los planes de Claudia, que posiblemente ni siquiera se conocían. Planes de Claudia…Que existían era evidente, pero ¿en qué consistían? Una especie de risa interior iluminó las vísceras y el sistema circulatorio de Alfredo, y es que la respuesta más fácil a su interrogante no le desagradaba en absoluto. Mientras se duchaba – porque estaba claro que ella esperaba que se duchase – pensó que al fin, sin buscarlo, se le había ofrecido la oportunidad de experimentar en su propia y reciente carne aquello que tanto entusiasmaba y enloquecía a los humanos que nunca habían sido espíritus puros. Observó su miembro viril y le pareció alegre y bien dispuesto. Casi dos meses de carne mortal y aún no lo había probado. La verdad es que se las prometía muy felices.

La terraza se abría desde el salón y daba a un mar ya casi oscuro, sobre el modesto paseo marítimo y la franja de arena que lo separaba del agua. El rítmico sonido de las olas se mezclaba con algunas voces que llegaban de la playa y con el intermitente fragor del tren, que pasaba a pocos metros por detrás de la casa. Ante la variedad de manjares exquisitos que se ofrecían en la mesa, Alfredo no pudo menos que exclamar:

– Todo esto… ¿lo has hecho tú?

– ¿Quién, si no?

– ¿Sabes cocinar? Tenía entendido que las chicas de tu edad pasaban de eso.

– Hay de todo y para todo, señor profesor – y le dirigió una mirada maliciosa que le recordó a la Claudia que había conocido en el bar.

– Y esta casa es…de… tus padres…

– ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué sí?

– No quiero que me digas nada en concreto, Claudia. Di lo que te apetezca, sea verdad o mentira, tanto da. Es lo que te va, ¿no?

– ¿Verdad? ¿Mentira? No me asustes, Alfredo, con esas palabras tan gordas en una noche como ésta.

– Tienes razón. Pero no las he pronunciado como conceptos filosóficos, sino como términos coloquiales.

-¿Vas a hablarme así toda la noche? No es que me importe mucho, siempre se aprende algo. Pero, francamente…

– Perdona, Claudia, tienes razón.

– Además, las grandes palabras no significan nada. Porque dime tú ¿qué es la verdad?

– Bueno, ésa es una pregunta bíblica que requiere una respuesta bíblica. Por consiguiente…la verdad será lo que nos haga más libres.

– Voy a vigilar el asado.

– ¿Asado? Y con un vino tinto de primera, supongo.

– ¡El vino! Hazme un favor, Alfredo. Mientras yo vigilo ese cacharro de horno, baja tú mismo a la bodega y elige el vino que prefieras.

– ¿La bodega?escaleras

– Sí, hombre, ¿sabes las escaleras que van a las habitaciones? Pues también van abajo. O sea, que en vez de subirlas, las bajas, y enseguida encontrarás la bodega.

Alfredo empezó a descender por la escalera. No encontró ningún interruptor de luz, así que fue bajando sin más claridad que la escasa que llegaba del salón. A los pocos peldaños, se encontró con un pequeño rellano, donde una puerta cerrada proyectaba por debajo un hilo de luz. Oyó un ruidito vagamente acompasado detrás de la puerta. ¿Un aparato que iba haciendo su trabajo? No, más bien recordaba el tableteo de una máquina de escribir, o de un ordenador poco fino. Siguió descendiendo y enseguida dio con la bodega, y hasta con un interruptor. Encendió la luz, escogió la botella y emprendió el camino de vuelta. Tras la puerta del rellano, silencio absoluto. Pero cuando iba ya a entrar en el salón, le pareció oir de nuevo el ruidito del supuesto teclado. Bajó de nuevo para asegurarse. Antes de llegar a la puerta, el ruido cesó en seco. Se mantuvo ahí unos instantes, atento. Nada, silencio.

En la terraza le esperaba Claudia empuñando unos cubiertos ante la fuente del asado.

-¿Algún problema?… Ah, sí, me olvidé decirte que la luz de la escalera no funciona. Pero bueno, ya veo que no te has roto una pierna.

Probaron la carne, brindaron con el vino y entablaron una conversación ligera sobre las cosas y las gentes de la universidad.

-Y tú, Claudia, ¿ya sabes lo que quieres hacer en la vida?

– Tengo una ligera idea.

– ¿Por qué estudias literatura?

– A lo mejor es que quiero escribir y convertirme en una autora famosa.

– Me parece que no te lo crees.

– ¿Por qué lo dices? ¿Piensas que no soy capaz? ¿Tan importante, tan difícil es escribir?

– Claudia, ¿hay alguien más en la casa?

– ¿Cómo dices?

– Me has oído muy bien. Tras la puertecita que da a la escalera de la bodega alguien estaba tecleando.

– ¿Tecleando? Qué cosas dices.

– Y había luz por debajo de la puerta.

– Yo no sé lo que tomas, tío, pero que funciona, seguro.

– ¿Quieres convencerme de que han sido alucinaciones?

– Quiero que tengamos la fiesta en paz y que te dejes de historias raras… Y dime, ¿hace mucho tiempo que eres profesor? ¿Estudiaste en la misma universidad?

– He estudiado en muchas universidades, en ésta también, claro, y lo de ser profesor me vino así…como caído del cielo.

– Y cuando tenías mi edad, ¿ya sabías lo que ibas a hacer en la vida?

– ¿Y si te digo que nunca he tenido tu edad…?

– Pensaría que eres un tonto presumido que quieres hacerte el interesante… Alfredo, tú que sabes tantas cosas, dime, ¿qué pasa cuando nos morimos?

– Vaya, creía que estaban prohibidos los grandes temas.

– A veces tengo miedo, mucho miedo. Pienso en ello y…no lo puedo soportar. Y otras veces…

– ¿Tan grave es morir?

– ¿Tú no tienes miedo?

– No sé… es una experiencia que no conozco.

– No seas burro, ¡nadie la conoce!

– Es como nacer…

– Bueno, lo que pasa con el nacer es que nadie se acuerda, ¿no?

– Eso será.

terraza frente al marHabían acabado de cenar. Claudia señaló un pequeño sofá-mecedora, suspendido bajo un toldillo, de los que abundaban en los jardines privados en la primera mitad del siglo XX.

– Ven, sentémonos ahí.

La estrechez del sofá hacía inevitable el contacto de los muslos.

– ¿No quieres bajar a dar un paseo por la playa?

Claudia no respondió.

– O a tomar una copas…

– Estamos bien aquí, ¿no?

Alfredo sintió que su bienestar aumentaba de tamaño de manera alarmante.

– ¿No salíais de marcha por las noches y os lo pasabais genial?

– ¿Quién?

– La chica aquella que vino a hablarme en El Pato Loco, amiga de aquellas que estaban en otra mesa, ¿te acuerdas?

– No sé de qué me hablas.

– Claudia, ¿eres así de complicada o te gusta aparentarlo?

-¡Mira qué luna!

Alfredo comprendió que, en la mente de la muchacha, la línea recta no era la distancia más corta entre dos puntos, y miró a la luna.

– Sí, es enorme.

– Y en cambio, cuando está arriba de todo, se ve pequeñita.

– Sí, es un fenómeno muy raro.

– ¿Por qué raro?

– Porque en realidad, esté abajo o esté arriba, la imagen que se forma en el ojo tiene el mismo tamaño.

– Y entonces, ¿por qué se ve diferente?

– Ahí está lo raro del fenómeno.

-Alfredo, tú sabes muchas cosas, ¿verdad? Y no sólo de literatura.

– Nunca se sabe bastante. Pero reconozco que de teoría no estoy mal. Mi parte floja es la práctica.

– ¿La práctica?

Claudia se arrellanó en la mecedora de manera que brazo, muslo y pierna quedaron en estrecho contacto con las partes correspondientes de Alfredo.

– Tendríamos que bajar a estirar las piernas – sugirió Alfredo al notar que su temperatura corporal aumentaba vertiginosamente.

– No, yo creo que tendríamos que ir a la cama.

Alfredo se levantó de un salto y empezó a hacer flexiones.

– Después de una comida como ésta, hay que hacer un poco de ejercicio – se justificó -. ¿De verdad que no quieres salir a dar una vuelta y tomar algo? Aún no son las doce.

– Tú haz lo que quieras. Yo me voy a la cama.

Claudia se levantó del sofá y, sin mirar a Alfredo, abandonó la terraza. Se oyó su voz desde el salón:

– Deja eso como está. Mañana por la mañana viene la chica.

Alfredo se precipitó detrás de Claudia. La alcanzó al pie de la escalera y la cogió del brazo con fuerza. Ella se volvió.

– ¿No me das las buenas noches? – dijo Alfredo con su mejor sonrisa, al tiempo que la soltaba.

– Buenas noches – respondió Claudia.

– ¿No te acompaño?

– ¿Adónde?

– Arriba.

– Sí, tú a tu habitación y yo a la mía.

– Claudia, no sé si has notado…

– ¿Qué?

– Que entre los dos hay…Tú me elegiste, y ahora…yo…

– No te enrolles, tío – cortó Claudia -. Tengo sueño.

Y empezó a subir la escalera, seguido por un Alfredo que trataba en vano de contener su ansiedad. Pasaron por delante de la habitación que él tenía asignada y llegaron ante la de ella. Claudia se volvió. En sus ojos brillaba algo parecido a la ira.

– ¿Pero qué haces tío? ¿Quieres dejarme en paz? Me voy a dormir, ¿te enteras? ¡A dormir! ¿Qué te has creído?

– Claudia, yo sólo he creído lo que tú me has hecho creer. Escúchame.

Ella le miró como si estuviera dispuesta a escuchar a un extraterrestre.

– Todo conducía a eso que…Sería tan bonito… – prosiguió Alfredo, y no supo cómo continuar.

Claudia abrió la puerta, entró y cerró de un golpe. Se oyó el ruidito del pestillo.

– Claudia – dijo Alfredo alzando la voz – ¿Quieres que me vaya?

– Haz lo que te de la gana, tío, y no me marees más.

De pie ante la puerta cerrada, en la penumbra del pasillo, Alfredo sintió cómo su corazón latía aceleradamente. Un extraño temblor le recorría el cuerpo. Tenía que tranquilizarse. ¿Y si se fuera? Seguro que ya no había trenes. Podía buscar un hotel en el pueblo, o llamar a un taxi. No. Con la huída no ganaría nada. Si se quedaba, tal vez podría desentrañar el misterio. Cómo se levantaría Claudia al día siguiente, ésa era la primera incógnita que nunca podría despejar si abandonaba. Sí, lo mejor era quedarse, tranquilizarse y luego irse a dormir. Un rato en la terraza le iría bien, quizá encontrase un cigarrillo…Recorrió el pasillo y descendió por la escalera. Al llegar al salón, sin apenas pensarlo, miró atrás y abajo, hacia donde las escaleras que seguían descendiendo se perdían en la oscuridad. Y entonces le pareció oir el tableteo. Descendió unos escalones. Sí, no había duda: el rumor venía de detrás de aquella puerta. Y el hilo de luz iluminaba el suelo. De pronto, el tableteo cesó y la luz se apagó. Golpeó la puerta con los nudillos, primero suavemente, luego con cierta fuerza. Ninguna respuesta. Bien, pensó, está claro que en la casa hay alguien, que debe permanecer oculto a cualquier visitante. ¿Y Claudia? ¿En verdad no lo sabe? Verdad, Claudia, ¡qué disparate juntar esas palabras! Se sonrió con ganas y se dirigió a la terraza.

Estaba tranquilo. Ni siquiera el hecho de sentarse en aquel sofá, antes tórrido y ahora helado, le perturbó su recobrada calma. Sí que es rara la práctica, pensó. Hay que ver cómo las ideas, los conceptos, las razones son continuamente alterados y desfigurados por el fuego de la vida. El fuego de la vida, buena expresión. Un espíritu puro puede saberlo todo de todo, puede tener soluciones para los más terribles problemas que agobian a los humanos, pero, en cuanto desciende a la tierra, cuando adquiere carne mortal, él mismo se verá expuesto al intenso calor deformatorio del fuego de la vida. Lo mejor sería no exponerse. Pero ¿cómo? ¿Cómo el que vive puede no exponerse a la vida? Era un problema sin solución. Como el del tamaño de la luna. Miró al cielo y allá estaba, arriba de todo, brillante, redonda, pequeña como una moneda. Se arrellanó en el sofá y se quedó dormido.

Se despertó de repente, casi asustado. Por un instante, no supo dónde estaba ni qué había pasado. Le dolía el cuello, la nuca. Hacía frío. El frío le habíahumo cigarrillo despertado, sin duda. Miró a su alrededor. Vio que de la ventanita de la cocina que daba al extremo de la terraza salía una nubecilla de humo azulado. Pensó en el horno. En cualquier caso algo se estaba quemando. Se levantó, y un segundo después empujaba la puerta entornada de la cocina.

Lo que vio ya no pudo sorprenderle: la espalda estrecha y encorvada de un hombre casi calvo, sentado a la mesa que ocupaba el centro de la cocina. Fumaba un cigarrillo.

– Buenas noches – dijo Alfredo.

El hombre no contestó ni se volvió. Alfredo dio la vuelta a la mesa y vio que el hombre estaba escribiendo nerviosamente, con un bolígrafo vulgar, en un cuaderno de hojas cuadriculadas. Le reconoció enseguida.

– Buenas noches – repitió -. ¿Nos hemos de presentar o ya nos conocemos?

– Nunca me acostumbraré – dijo el hombre, deteniendo la escritura, pero sin alzar la vista del cuaderno -. Escribir directamente en el ordenador es arriesgado, muy arriesgado. Y además, improductivo. En cambio, cuando paso lo que he escrito a mano, al terminar, me vienen más ideas, que naturalmente tecleo. Pero enseguida me quedo seco, y tengo que volver al boli y el papel.

Alfredo cogió un cigarrillo del paquete que había sobre la mesa, junto a una botella de vino blanco, un vaso y un cenicero, lo encendió y se sentó enfrente del hombre, que había dejado de escribir y que le miraba con una media sonrisa.

-Sabía que había alguien más en la casa, pero nunca hubiese imaginado…usted…Me gustaría saber qué hace usted aquí. ¿Es pariente de Claudia? ¿Amigo? ¿Su padre? En cualquier caso, es evidente que la conoce. Dígame, ¿qué le pasa a esa chica?

– ¿Ya no nos tuteamos? No hay que olvidar la unidad de estilo, es importante. Por cierto, que aún espero algún comentario sobre el relato…

– El relato…sí, lo leí.

– ¿Y?

– Desconcertante.

– Desconcertante… humm…Bueno, lo tomo como un elogio. Pero tiene fallos. Uno, muy importante, de concepción, ¿sabes? Pero, en fin, ya te dije que era sólo un intento. Algún día lo conseguiré.

– Pero a Claudia ¿qué le pasa?

– ¿Claudia? Nada. No es ése el problema. El problema es de concepción general, ya te lo he dicho, de adecuación con la idea.

– Pero reconocerás que su comportamiento es absurdo, disparatado.

– No, no lo reconozco. A su edad es normal. Es posible que en este momento esté pensando en suicidarse. Seguro, vaya.

– ¿Lo dices en serio? Habrá que hacer algo.

– No te preocupes. De momento no hay peligro. En la habitación no hay nada que le pueda servir. Es verdad que ahora está pensando en bajar, encender el gas y meter la cabeza en el horno, pero sabe que tú andas por aquí y eso la retiene.

– Y tú también…

– No, yo no. Yo no existo para ella.

– ¿Quieres decir que estás en esta casa de okupa clandestino?

– No, es ella la que está de okupa en mis ideas. Como tú mismo.

– ¿Yo?

– Seamos serios, Alfredo. ¿Crees de verdad que puede existir un espíritu puro y que, en caso de que exista, puede encarnarse como quien se pone un traje, y habitar entre nosotros?

– Yo…yo sé…lo que sé…A ver, yo sólo sé que existo y que no me he inventado yo.

– Eso lo sabemos todos. Y con esto enlazamos con lo que te decía del fallo de concepción general del relato. ¿Recuerdas? En nuestra conversación en el bar me burlaba de los escritores que buscan en territorios inexistentes lo que la cruda vida nos muestra ante las narices. Y no me daba cuenta de que estaba cayendo en el mismo error. Un espíritu puro, ¡qué disparate!

– ¿Disparate? No sé, yo lo veo desde este lado. Y no me ha ido tan mal. Es más, mientras sólo era espíritu me iba bien, muy bien. El conocimiento que ha acopiado la humanidad es un tesoro del que los humanos no son conscientes. Yo me he pasado siglos disfrutando, sí, ésa es la palabra, disfrutando de todas las maravillas que ha sabido crear y cultivar esa raza tan desgraciada. Y sin embargo, cuando me he convertido en uno de ellos, enseguida he comprendido que toda esa ciencia no me serviría para nada, que el motor de todo lo que se mueve no está en la ideas, en las razones, sino en el fondo de las cosas mismas que se mueven, en las vísceras…

– Está bien, está muy bien esa argumentación. Pero no imagines que es fruto de tu ingenio. A estas alturas, ya tenías que haber comprendido… que no te mueves por ti mismo, que no eres autónomo.

– Entonces, mi argumentación sería falsa.

– No, no, es verdadera. Las cosas se mueven por sí mismas, como muy bien has dicho, pero las cosas materiales, vivas. Y tú eres una idea…luego tienes el motor en otra parte.

– Ah, yo soy una idea… ¿Y tú no?

– ¿Yo? No sé, es difícil saber eso por uno mismo. Tú has tenido suerte de que yo te lo haya aclarado, pero yo no tengo a nadie, que yo sepa, para que me ilustre sobre mi situación. Aunque sospecho que sí, que yo también soy una idea, una representación mental.

– ¿Y quién sería tu autor?

– Eso no lo puedo saber. Cualquiera, cualquiera que haya tenido la ocurrencia de tramar esto. Pongamos que se llama Teodoro.

– ¿Teodoro?

– Sí, y que es alemán y que está con sus amigos en una taberna y les lee esta historia que él mismo ha escrito.

– Muy bien. ¿Pero cómo sabemos que Teodoro no es también una idea?

– No lo sabemos. Pero es casi seguro que sí, que también él es una idea, una representación mental.

– ¿Y quién sería su autor?

– No sé, cualquiera, cualquiera que haya tenido la ocurrencia…

– Sospecho que por ese camino no vamos a llegar a ninguna parte.

– Pues entonces, vamos a estirar las piernas. Es lo que querías, ¿no?

Mientras salían, Alfredo fue cerrando cada una de las luces, la cocina, el salón, el recibidor.

– Eres muy cuidadoso – dijo el hombre -. ¿Qué te importa si las luces quedan o no encendidas?

– Un gasto inútil nunca tiene sentido.

– Uf, la de cosas que me sugiere esa frase… pero prefiero no entrar por ahí.

paseo marCaminaban por el paseo solitario, las olas se deshacían mansamente en la playa, y Alfredo pensó que aquel rumor acompasado era de lo más agradable y relajante que había experimentado en su vida.

– Hace frío -, comentó luego de un buen rato de caminar los dos en silencio.

– Es natural – dijo el hombre -. Es más de medianoche y estamos en noviembre.

– Pero antes, en la terraza, cuando estaba con Claudia…

-Sí, tienes razón, no me lo recuerdes. No había caído que, si había pasado más de un mes desde el inicio del curso, o sea, desde principios de octubre, no podíais estar tan lindamente al aire libre a esas horas de la noche. Y cuando me di cuenta del fallo, ya era tarde para corregirlo. Pero, de todos modos, después lo corregí.

– ¡El frío que me despertó en la terraza!

– ¿Qué querías? ¿Dormir tranquilamente al aire libre por la noche a mediados de noviembre y con esa ropita? Es absurdo.

– No sé tu nombre – dijo Alfredo, al tiempo que detenía la marcha y se quedaba mirando a los ojos de su interlocutor, también parado.

– ¿Y eso qué importa? ¿Quieres que vayamos a tomar una copa? ¿Dudo que haya algo abierto? Pero lo podemos intentar. Conozco un sitio…

– No, prefiero volver…Nos hemos alejado mucho, ¿no?

– Poco más de un kilómetro, pero, si quieres volvemos.

– Me gustaría caminar un rato por la arena de la playa.

– Como quieras.

Descendieron a la playa, se aproximaron a la línea de las olas y, procurando nohuellas en la arena pasar a la zona húmeda, emprendieron el camino de vuelta. Avanzaban con dificultad.

– No es fácil andar por aquí – comentó Alfredo -, y además, con ésta oscuridad…

– Sí, la iluminación del paseo no llega, y aquella espléndida luna llena de antes no se ve por ninguna parte. ¡Pero mira qué maravilla de estrellas! No es normal aquí.

Alfredo alzó la vista y contempló la maravilla. Un cielo tan oscuro y unas estrellas tan brillantes que pensó que aquello pedía a gritos la metáfora de un buen poeta. También pensó, por primera vez, que pertenecer al género humano no era tan interesante como había imaginado; que, tal vez, allá arriba habría un lugar para él…Le despertó la voz del hombre.

– A este paso, no vamos a llegar nunca. Y es que por aquí habría que andar descalzo. Claro que, en esta época…

– ¿Falta mucho?

– No, la casa ya se distingue perfectamente.

– ¿Dónde? No la veo.

– ¿Ves aquella tan alta que destaca sobre las demás? Pues la…cuarta más allá.

– No, no la veo. Las farolas del paseo me deslumbran.

– Pues yo veo perfectamente el cuadradito de luz de la ventana de la cocina.

– Ah, sí, ya la veo.

Caminaron unos pasos más en silencio. De pronto, el hombre se detuvo.

– Alfredo, ¿tú no habías apagado las luces?

– Sí.

– ¿La de la cocina también?

– Sí, claro.

– ¿Entonces…?

Alfredo se llevó las manos a la cabeza.

– ¡Claudia!

– Puede haber bajado a beber agua – dijo el hombre, con ánimo tranquilizador.

– ¡Corre! ¡Corramos, antes de que sea demasiado tarde!

Alfredo echó a correr, pero no con la velocidad deseada. A cada paso, el pie se hundía un centímetro en la arena. Tenía que salir de ahí, cuanto antes. Se fue desviando gradualmente hacia la derecha con el fin de alcanzar el paseo sin perder tiempo ni espacio. Pero la arena le seguía atrapando, un pie, luego el otro… Esto es la materia, se dijo, te retiene, te ahoga, tira de ti hacia abajo…

– ¡Alfredo! – oyó la voz del hombre, lejos, a su espalda -. ¡Alfredo! No corras. Es inútil. La realidad es así, sólida, dura, indestructible. ¿Me oyes? No importa lo que fantaseemos. Si en la mecánica de la realidad está que Claudia…No puedes hacer nada…

Alfredo ya no le oía. Había alcanzado el paseo y sus pies parecía que volaban sobre el duro suelo. Llegó a la casa, entró en el jardín, empujó la puerta, pero fue inútil. Estaba cerrada. Empezó a golpearla y a gritar:

– ¡Claudia! ¡Claudia! ¡Espera!

El hombre tendría la llave, sin duda. Se volvió para ver si venía: el paseo estaba desierto. Quiso llamarlo a voz en grito, pero no sabía su nombre. Entonces reparó en la aldaba fantástica. Levantó la argolla para golpear con la máxima fuerza, y al momento oyó el ruido de un mecanismo. La puerta se abrió, chirriando, unos centímetros. Alfredo empujó, entró. Como un rayo cruzó el recibidor, el salón, y estaba ya en la cocina cuando ocurrió: una enorme explosión, una gran llamarada, una lengua de fuego saliendo por la ventana en busca de las estrellas. estrellas explosión

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Mundo, Demonio y Fausto. Nuevas aventuras

mefisto

Mefisto se explica:

Estimado público, hace tiempo que os deleité – a los más despiertos de vosotros – con algunas muestras de mi inventiva y de mi arte. Pocos me lo han agradecido, como era de esperar. Y ya no me refiero a los conspicuos exponentes de la industria editorial o a los críticos más o menos eminentes, de quienes ya es sabido que se puede esperar cualquier cosa excepto lo que propiamente cabría esperar. Me refiero a vosotros, a los que formáis la tropa – y sin embargo tan sabios, algunos – de los lectores ávidos, aplicados e inteligentes. Pero no me quejo. El que recibe los beneficios poco suele acordarse del benefactor. Y además yo soy la persona – por llamarme de alguna manera – menos adecuada para presumir de benefactora de nadie.

Para empezar, ha de quedar claro que yo no presumo de mis actos ni de mis intenciones. Mi destino está escrito, como el de cada cual, desde el llamado principio de los tiempos. Así, que aquí no se trata de vanagloriarse ni de alardear de unos méritos que no existen. Aunque quizá sí convendría hacer algunas precisiones para que nadie se llamase a engaño sobre mi personalidad.

Mefistófeles es el nombre que desde antiguo se adjudicó a un diablo menor, es decir, distinto del gran Diablo o Demonio de la teología cristiana. Pero desde hace ya tiempo, se les viene confundiendo a uno y otro. Yo no sé si Goethe tuvo parte de culpa en esto, o si se debe simplemente a la manía moderna de reducir y simplificar. Tanto da. Demos por asumido que Mefistófeles es el Diablo y punto.

Lo que sí ha de quedar claro es que Mefisto – que soy yo – no es exactamente el Diablo (mayor o menor) de la tradición religiosa, sino una especie de demiurgo (o sea, creador menor) que desde hace un tiempo anda perdido por el mundo de las letras, aunque, eso sí, con un enorme parecido al Demonio tradicional o, mejor dicho, al Mefistófeles goethiano, íntimamente emparentado con aquél. Y este parecido es tan acusado que, de hecho, me comporto igual que él (el goethiano, se entiende), salvando las inevitables diferencias debidas a los respectivos temperamentos de sus autores, no sé si me explico.

Bueno, lo que quería decir – y espero decirlo antes de que pierda el hilo definitivamente – es que, visto el éxito presunto de las aventuras que di a internet, he pensado que sería interesante continuar con otras nuevas. Lo malo de este pensamiento es que no funciona por sí sólo, quiero decir que, una vez lo has tenido y comunicado, tienes que ponerlo en práctica.

Bien, no hay que agobiarse. La obra está ahí, aguardándome en el futuro. Sólo se trata de llegar hasta ella. Para empezar, habré de dar con mi socio. Hace tiempo que no sé nada de él. Espero no encontrármelo convertido en una estrella del cine. En serio, me conformaría con que hubiese madurado un poco.

Veremos.

JORNADA PRIMERA

LECCIONES DE FILOSOFÍA  I

Con cierta preocupación, muy comprensible, Mefisto advierte que Fausto flojea ostensiblemente en disciplina tan fundamental. Para corregir el déficit, lo envía al corazón de Europa, donde conocerá a dos lumbreras del género.

Fausto, en la cumbre de la montaña a cuyos pies se extiende la gran ciudad y, más allá, el mar. Amanece. El rumor de la urbe que se despierta llega como en sordina. A lo lejos, en el horizonte marino, un sol enorme y rojo pugna por abrirse paso entre las nubes.

FAUSTO.- He aquí la historia de todos los días. Más de un millón de personas despertando de sus sueños para seguir enfrentándose a la tarea de vivir. Pero el nuevo día no habrá de satisfacer ninguno de sus deseos. Suerte tendrán si consiguen mantener la ilusión, la creencia de que algún día llegarán a ser felices o, por lo menos, a disfrutar de un instante al que puedan decir ¡detente! Una vida entera no ha bastado para convencerme de que esto es imposible, de que la felicidad no existe, de que es sólo una quimera creada por la fuerza misteriosa que nos empuja a vivir. No, me niego a resignarme. Y así me veo, vagando por el tiempo y el espacio, asociado a ese engendro infernal que lo promete todo y no da nada… Por cierto, hace tiempo que no lo veo…¿Por dónde debe andar?…

MEFISTO.- (Surgiendo de la bruma matinal) Aquí estoy, a tu lado y a tus órdenes. Pero antes de reanudar nuestras relaciones, si es que tal cosa procede, habrá que aclarar un malentendido, o dos. Paso lo de “engendro infernal” como una concesión poética a la visión tradicional de mi imagen. Pero ¿de dónde has sacado que yo lo prometo todo y no doy nada? Para empezar, yo no te he prometido nada – y me refiero, naturalmente, en el contexto de esta obra – y, en cambio, te he dado mucho más de lo que hubieses conseguido por tus propios medios. ¿Quién hubiese sido capaz de pasearte por toda clase de época y lugares? ¿Con quién hubieses tenido ocasión de conocer a tantas grandes figuras de la historia reciente? ¿Quién te habría llevado, como yo lo he hecho, al estrellato del arte cinematográfico?…

FAUSTO.- Ya puedes decir lo que quieras, pero sigo estando en el mismo punto en que estaba.

MEFISTO.- ¡Esta sí que es buena! ¿Soy yo el responsable de tu inmovilidad? ¿de tu parálisis? Además, en este preciso punto donde te encuentras, en este lugar, quiero decir, nunca habías estado antes.

FAUSTO.- ¿Y qué tiene de particular este lugar?

MEFISTO.- ¿No lo sabes? Ante un panorama como éste el Demonio del Evangelio dijo al Jesús de la misma historia: Haec omnia tibi dabo si cadens adoraveris me. De ahí el nombre.

FAUSTO. – ¿Qué nombre?

MEFISTO.- El de este lugar. Tibidabo. Tibi dabo, ¿captas? Te daré. “Todo esto te daré si, prostrado, me adorares.”

FAUSTO.- ¿Y se lo dijo en latín?

MEFISTO.- No, seguro que no. Por aquellas latitudes aún no estaban suficientemente globalizados. Pero sí cuando se difundió el mensaje.

FAUSTO.- ¿Qué mensaje?

MEFISTO.- El Evangelio… Oye, socio, todo esto es muy extraño. No creo que mi misión en este mundo, ni en el otro, sea la de dar clases de religión. Pero, claro, lo que pasa es que tu ignorancia es tan extensa que… no sé cómo se compagina eso con tu supuesta sed insaciable de conocimiento.

FAUSTO. – El conocimiento que me interesa es el que ayuda a entender y gozar la vida.

MEFISTO.- Pareja imposible, te lo advierto. La vida, o se la entiende o se la goza. De todos modos te he de decir que ese conocimiento utilitario nunca te enseñará nada que no sea el funcionamiento de una máquina. El verdadero conocimiento, el que de verdad libera, es el que no busca nada fuera de sí mismo, el conocimiento desinteresado y gratuito. Mira, desde hace mucho tiempo, de hecho desde que empezó nuestra relación, he venido observando, cada vez más alarmado, que tu ignorancia filosófica es descomunal. Puedes presumir de científico, de astrólogo, incluso de nigromante, pero no presumas de filósofo si no quieres hacer el ridículo.

FAUSTO.- Bien, ya que has sacado el tema, te confesaré una cosa: que la filosofía siempre me ha parecido el producto de un exceso de imaginación. Para eso está el arte, la poesía, que eleva el ánimo sin engañarse ni engañar a nadie.

MEFISTO.- Algo hay de cierto en eso. De todos modos, un reciclaje a tiempo nunca va mal. Así que voy a ponerte en contacto con algún filósofo de acreditada solvencia para que repases las primeras letras..

FAUSTO. – ¿Clases de filosofía a estas alturas?…Bien. ¿Cuándo? ¿Dónde?

MEFISTO. – (señalando abajo la ciudad). No aquí, naturalmente, sino en tu misma patria. ¿Cuándo? No ahora, por supuesto (crudo lo tendría, el pobre) sino en el siglo XIX. ¡En marcha!

(CONTINÚA)

(De Mundo, Demonio y Fausto. Nuevas aventuras)

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Lecciones de filosofía II

frankfurt 1870Frankfurt del Main. 1858. Es mediodía de un día soleado de otoño. Fausto camina entre los puestos del mercado instalados en la gran plaza. Se detiene ante uno que tiene expuestos libros viejos. Se fija en un título: Historia del doctor Johann Faustus. Lo toma para hojearlo.

LIBRERO.- (con tono seco) Tenga cuidado. Es muy antiguo y muy valioso.

FAUSTO.- Lo conozco. Hace tiempo que tuve en mis manos un ejemplar aún más antiguo que éste.

LIBRERO.- Imposible. No hay ninguna edición más antigua.

FAUSTO.- No, ahora no.

LIBRERO. – Bueno, ¿le interesa o no? O deje ya de manosearlo.

FAUSTO.- No, no me interesa. Conozco la historia… demasiado bien.

LIBRERO. – Demasiado bien…Vaya con el sabio.

FAUSTO.- Y además, ahí no está completa… Porque la historia continua.

LIBRERO.- Ésa es una buena noticia. Así, dice usted que la historia continua. Dígame, ¿qué le ocurre después al pobre hombre? Cuente, cuente.

FAUSTO.- De pobre, nada. Ocurre que no se resigna a perder. Que, aunque su socio infernal es incapaz de darle nada de lo prometido, él no abandona. Insiste e insiste porque sabe que el mensaje que anida tanto en su interior más profundo como en las más lejanas estrellas hablan de una felicidad que se puede alcanzar.

LIBRERO.- ¿Y cómo le va en estos momentos? ¿Se ve ya próximo a esa felicidad presentida?

FAUSTO.- La verdad es que no. De momento, su socio infernal le ha enviado a aprender filosofía.

LIBRERO.- Eso de “socio infernal” me parece de muy mal gusto.

FAUSTO.- ¿Cómo dice?

LIBRERO-MEFISTO.- De muy mal gusto, ya te lo dije, incluso como licencia poética.

FAUSTO.- ¿Tú aquí? ¿Se puede saber qué juego es éste?

MEFISTO. – Estoy cumpliendo el penoso deber de recordarte tu obligación. Eres como un niño al que hay que llevar continuamente de la mano. Mira, allí, al otro lado de la plaza está el Hotel Inglaterra. Si te demoras unos minutos más te ocuparán el puesto que te he reservado en la mesa del huésped, al lado del maestro. ¡Espabila, hombre!

Salón comedor del Hotel Inglaterra. La table d’hôte (en el sentido propio o francés del término) está ya rodeada de comensales esperando el primer plato. Fausto ve un sitio vacío y va a ocuparlo. Saluda a los comensales próximos y se sienta. Observa con disimulo a un lado y otro. A su derecha, un oficial del ejército, no mayor de treinta años. A su izquierda, un hombre de unos setenta años, de aspecto muy pulido, calvicie incipiente, largas patillas y ojos azules de mirada viva y penetrante. Un camarero empieza a servir la sopa. El hombre de setenta años, llamado Arthur, la engulle rápidamente. Luego, se dirige al oficial..

ARTHUR.- ¿Ha visto, teniente? Tenemos comensal nuevo. (a Fausto) No tengo el gusto de conocerle, señor. ¿Con qué nombre debo dirigirme a usted? El mío es Arthur. Si estuviésemos en un país civilizado como Inglaterra, alguien ya nos habría presentado. Pero, qué le vamos a hacer, esto es Alemania, y algunos hasta están orgullosos…

FAUSTO.- Mi nombre es Johann, y acabo de llegar a Frankfurt.

TENIENTE.- ¿Piensa quedarse a vivir aquí? ¿A qué se dedica?

ARTHUR- ¿Ve lo que le decía, Johann? Haciendo preguntas íntimas a quien ni siquiera se conoce. En fin, un ejemplo de la típica grosería alemana.

TENIENTE.- No creo que sea usted la persona más indicada para sermonear contra la grosería, doctor

ARTHUR. – No confunda las cosas, teniente. (a Fausto) Los hay que no distinguen entre la sinceridad entre iguales y las normas básicas de la buena educación.

FAUSTO. – No se preocupe. No me importa responder. Soy científico, y pienso estar aquí sólo el tiempo necesario para aclarar algunos aspectos relacionados con una investigación que estoy llevando a cabo.

ARTHUR. – ¡Científico, qué interesante!

TENIENTE . (a Fausto) Nuestro amigo es filósofo, y bastante famoso, por cierto. Pero si no lo sabía, no se preocupe. Él mismo le informará con todo lujo de detalles.

ARTHUR. – Teniente, haga el favor de no interrumpir cuando hablo con el caballero. (a Fausto) ¿Y cuál es el campo de sus investigaciones?

FAUSTO.- La naturaleza, la vida, la muerte…

ARTHUR. – ¡Magnífico! La biología es una de las ciencias fundamentales, quizá, junto con la física, la vía más rápida y segura hacia la verdadera filosofía. ¿Conoce usted mi obra La voluntad en la naturaleza?

TENIENTE.- (como para sí mismo) Se lo dije…

FAUSTO. – Soy muy ignorante en cuestiones de filosofía…

Un comensal próximo, comerciante en viaje de negocios, se dirige al Teniente.

COMERCIANTE.- Parece que nuestro sabio ha encontrado otro párvulo con quien desfogarse.

TENIENTE.- Sí, el último todavía se debe estar ordenando las ideas.

ARTHUR.- Haga como yo, Johann, como si no los oyese. Si queremos hablar con calma de cosas serias habremos de buscar otro lugar. Aquí sólo se sabe hablar de caballos y de mujeres.

FAUSTO.- No son temas despreciables…

ARTHUR.- Por supuesto que no…siempre que no se hable de los caballos como si fuesen mujeres y de las mujeres como si fuesen caballos. (le da una tarjeta) Le espero hoy en mi casa a las seis en punto. (mirando al plato que le acaban de servir) Y ahora ocupémonos de esta carne con su salsa roja, que promete mucho, la verdad.

Sala del apartamento del doctor Arthur Schopenhauer. Austeramente decorada, destacan un sofá, un sillón sin estilo definido, una mesa de trabajo con unos folios y unos libros, ordenadamente dispuestos. Al final de la sala se abre un espacio, que parece ocupado por una gran librería. En la pared sobre el sofá, un retrato de Goethe sexagenario.

ARTHUR.- (señalando al retrato) ¿Qué le parece? Me lo regaló él mismo. Fuimos grandes amigos.

FAUSTO.- Sólo por esa mirada se adivina el genio. Pero yo me pregunto ¿le sirvió de algo? ¿Consiguió en la vida lo que iba buscando?

ARTHUR.- Consiguió todo lo que se puede conseguir. Cierto que en el plano de la comprensión teórica se quedó un poco corto, pero nadie puede ser perfecto. Él era un poeta… el más alto poeta de la vida que nunca ha existido.

FAUSTO.- Pero, insisto, ¿de qué le sirvió? Ahora está muerto y, para él mismo, es como si nunca hubiese existido. ¿Hay derecho a eso? ¡Es injusto, totalmente injusto!

ARTHUR.- Habla usted como un adolescente impetuoso e irreflexivo. Comprender el misterio de la existencia requiere tener los sentidos muy despiertos y, sobre todo, gran capacidad para relacionar y reflexionar. Los exabruptos y los ayes no sirven para nada.

FAUSTO.- ¿Acaso ha comprendido usted el misterio de la existencia?

ARTHUR.- Yo he comprendido y he explicado todo lo que se puede comprender y explicar. Pero, llegado a cierto punto, ya no hay más explicación posible. O quizá sí la hay, pero debe de ser de tal naturaleza que, aunque un ser sobrehumano se esforzase por comunicárnosla, no entenderíamos nada, de eso estoy seguro. Lo que usted debería hacer, Johann, es leerse mi obra fundamental El mundo como voluntad y representación. Ahí encontrará todo lo que se puede saber. El resto es silencio.

FAUSTO. – ¿Silencio? Resignación, querrá decir. Pero yo no me resigno. Mi carácter me impide aceptar la humillación y la derrota.

ARTHUR.- ¿De qué humillación y de qué derrota me está hablando, hombre? Comprender la naturaleza y el mecanismo del universo, hallar la fórmula para destruir las falsas ideas que una fuerza interior absurda y ciega nos hace concebir, descubrir en fin la vana ilusión que es la existencia, y sin embargo, mientras se vive, hacerlo con la mayor sabiduría posible, pensando en evitar el dolor antes que en gozar de un placer siempre tramposo… ¿a todo eso lo llama usted humillación y derrota?… ¿Le apetece un café? Supongo que también le puedo ofrecer té, si lo prefiere.

FAUSTO.- Café ya me va bien, gracias.

Arthur sale de la sala, y vuelve a los dos minutos.

ARTHUR.- Tenemos suerte. Está la señora Schnepp, mi asistente. Ella se cuida de todo…. Mire Johann, yo estoy llegando al final de mi vida, una vida que ha sido bastante dura, es cierto, pero que también me ha proporcionado más satisfacciones que las que cualquier ser humano puede esperar. Porque le digo una cosa, y escúcheme bien, si supiésemos prescindir de las solicitudes del deseo, de las urgencias de una voluntad subterránea que continuamente nos engaña para que nos lancemos en pos de metas ilusorias, si supiésemos hacerlo, la vida no sería un mal lugar. Dedicados al conocimiento desinteresado, a la contemplación, agotaríamos plácidamente el tiempo que nos ha sido concedido.

FAUSTO.- Eso del conocimiento desinteresado me lo ha mencionado hace poco un conocido mío. Pero no acabo de entenderlo. Conocer y actuar son para mí dos aspectos de lo mismo.

ARTHUR.- Eso es una ilusión, amigo, una ilusión, nacida de la ignorancia y la soberbia del ser humano. En la naturaleza todo, absolutamente todo, incluido lo que llamamos materia inerte, ha estado actuando y actúa sin cesar, y sin embargo el conocimiento no ha aparecido hasta hace poco con el hombre. Y ahí está el gran peligro, porque si el conocimiento se aplica a la acción para intentar satisfacer los deseos de esa voluntad subterránea de que le he hablado, estamos perdidos, ya no habrá manera de escapar de la eterna rueda. En cambio, si se limita a la contemplación desinteresada, se le revelará la futilidad de todo y la forma segura de liberarse.

Aparece la señora Schnepp y se dirige a Arthur.karl marx

SCHNEPP. – Doctor, está aquí Karl.

ARTHUR.- ¿Cómo que está aquí Karl? ¿Quién le ha llamado? ¡Que se vaya! ¡No quiero verlo! No tenemos nada que decirnos.

SCHNEPP.- Pero, doctor. Me ha dicho…

ARTHUR.- Y yo le digo que se vaya.

(CONTINÚA)

(De Mundo, Demonio y Fausto. Nuevas aventuras)

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Lecciones de filosofía III

Irrumpe en la sala un hombre de mediana edad, de complexión fuerte aunque no alto, y con barba abundante que empieza a ser canosa.

KARL. – Buenas tardes, Arthur. Quiero decir algo.

ARTHUR.- No, ya nos lo hemos dicho todo. ¡Largo!

KARL.- No es por usted que he venido, naturalmente, sino por el señor.

FAUSTO.- ¿Por mí?…Bueno, por mí no hay problema. ¿Es usted también filósofo?

ARTHUR.- Es la negación misma de la filosofía.

KARL.- Sí, de la filosofía tal como se ha entendido hasta ahora, o sea, como un entretenimiento de gente desocupada que se dedica a imaginar el mundo, interpretar, dicen ellos. Y no se dan cuenta de que ése es un ejercicio inútil y engañoso, porque toda interpretación estará determinada por el lugar que ocupa el “intérprete” en las relaciones de las fuerzas de producción. Y es que ya no se trata de interpretar, señores, sino de transformar, de transformar el mundo.

schop bustoARTHUR.- (a Fausto). ¿Ve? No es un filósofo, ¡es un ingeniero! (a Karl) ¡Transformar el mundo! ¿Qué mundo? Su ingenuidad no deja de asombrarme, Karl. Usted es de los que se imaginan que las cosas son exactamente lo que parecen y que el sujeto, que está fuera, puede manejarlas a su antojo. Y que el objeto está ahí delante, y que seguiría estando aunque no hubiese sujeto… Pero señor mío, ¿se ha enterado de la existencia de un tal Kant? No sabe que ese realismo ingenuo es hoy absolutamente inaceptable… excepto para los profesores universitarios que cobran del estado, por…

FAUSTO.- Perdone que le interrumpa, doctor. De todos modos me gustaría saber qué es lo que entiende el señor Karl…

KARL. – Marx, Karl Marx.

FAUSTO. – Karl Marx, por transformar el mundo.

ARTHUR.- No hay nada que entender. Es pura basura socialista.

KARL.- ¿Basura? Mi método es la conclusión necesaria de lo que los buenos pensadores de todos los tiempos han venido preparando, desde Aristóteles hasta el mismo Hegel… sí, Hegel, y no ponga esa cara. Hegel nos ha proporcionado el instrumento que él mismo no supo manejar: la dialéctica histórica.

ARTHUR.- ¡Por todos los demonios! (a Fausto) ¿Cómo quiere que polemice con alguien que dice haber aprendido de Hegel? (a Karl). Mire, hágame un favor: váyase, señor Marx, repito, váyase, señor Marx, y no vuelva a aparecer por aquí.

KARL.- Me voy, claro que me voy, pero no sin antes cumplir con mi misión. (a Fausto) Mire, señor… como se llame, he venido sólo para advertirle: todo lo que oiga de boca de ese anciano no tiene nada que ver con la realidad objetiva del mundo; es pura ideología.

FAUSTO.- ¿Ideología?

KARL.- Sí, ideología, una construcción teórica que no se corresponde con la realidad que dice interpretar, sino que responde a los intereses de clase del “ideólogo”, un artefacto presuntamente neutral o científico, pero que en realidad está destinado a justificar y mantener la supremacía de la clase burguesa dominante. Y lo más triste es que esos ideólogos ni siquiera son conscientes de su papel, y es que el hecho de pertenecer a la clase dominante determina su conciencia de presuntos pensadores. Es decir, creen interpretar el mundo cuando no hacen otra cosa que justificar y apuntalar el actual modelo de relaciones de producción, basado en la explotación del hombre por el hombre.

FAUSTO.- No sé si le he entendido bien…

ARTHUR. – No se preocupe, Johann. Nadie puede entender a un discípulo de Hegel.

KARL.- Oigame, Johann. Cuando hablo de transformar el mundo, me refiero a sustituir las actuales relaciones de las fuerzas productivas, basadas en la explotación de los asalariados, en la acumulación de plusvalía, en la alienación de la persona, que ve cómo el producto de su trabajo, de su actividad de ser humano, va a engrosar las arcas del capital…

ARTHUR.- Acabe y váyase por favor.

KARL. – Sustituir esta sociedad brutal, en la que tanto explotadores como explotados no pueden desarrollarse como las personas que deberían ser, por una sociedad sin clases, de seres humanos libres y felices, porque finalmente se habrá eliminado la fuente de todos los conflictos y ni siquiera será necesario el gobierno de los hombres sino sólo la administración de las cosas..

ARTHUR.- ¡Una sociedad sin clases, ja! Usted se imagina que solucionando las desigualdades económicas se alcanzaría la paz perpetua. ¡Cuánta ingenuidad! ¿No ha pensado que los pastores que nos habrían de conducir a esa sociedad sin clases pueden ser tan fieros y crueles como los lobos, quiero decir, como cualquier hombre normal con poder? Usted no tiene en cuenta la condición humana.

KARL.- No importa lo que yo tenga en cuenta. Lo único que importa es la marcha progresiva e imparable de la historia.

ARTHUR.- ¡La historia! ¡Ja!…La historia…

Se abre la puerta y aparece una mujer, joven, esbelta, elegante. Va vestida de negro, excepto por el blanco cuello plisado, que asoma por el vestido. Todos se quedan como petrificados; ella misma duda un momento en hablar.

ELISABET.- Perdón… no sabía…elisabet ney

ARTHUR.- ¡Elisabet! No, hoy no es día…Pero no importa, pase, por favor.

ELISABET.- Es que… creo que me dejé aquí el cincel. Es mi preferido, no puedo hacer nada sin él.

KARL. – (a Fausto en voz baja) ¿Que se dejó qué?

FAUSTO.- El cincel.

KARL.- ¿Qué es un cincel?

ARTHUR.- (que los ha oído) Señor portavoz de la clase trabajadora, veo que su ignorancia sobre el arte es de dimensiones cósmicas. Un cincel es un instrumento para transformar el mundo. Ja, ja, eso es, para transformar el mundo… Se toma el mundo inerte de un pedazo de piedra y con un cincel manejado por unas manos expertas y delicadas como las de la señorita Ney, la piedra se transforma en una obra de arte. Y ahora, permítanme que les presente: aquí, el señor Johann… científico y el señor Karl Marx, ingeniero; aquí, la señorita Elisabet Ney, escultora y, no obstante su edad, una de las más grandes artistas en su género.

ELISABET.- Encantada de conocerlos… Pero, no les entretengo más. Sólo he venido a buscar el cincel.

KARL.- ¡Qué gracia, cin-cel, CIN-CEL!

ARTHUR. – La verdad, es que yo no he visto por aquí ningún cincel.

FAUSTO.- ¿Dónde estará el cincel?

ELISABET.- No puedo trabajar sin él.

KARL.- Pues busquemos el cincel.

Un poco de canto, a modo de musical

ARTHUR. – Oh, Elisabet, criatura,

más dulce que la miel,

ha perdido su cincel.

KARL.- (en un aparte)Y Arthur, el misógino,

ha perdido su papel.

FAUSTO.- Por el cielo y por la tierra

hay que buscar el cincel.

ARTHUR- No puede vivir sin él.

ELISABET.- No, no puedo vivir sin el.

Con él de la masa arranco

la materia innecesaria,

para dar forma a la vida

en el fondo adormecida

TODOS.- ¡No puede vivir sin él!

FAUSTO.- Oh, poderoso cincel,

que a lo informe forma das

que a lo inerte das la vida

para la eternidad.

¡No puedo vivir sin él!

ARTHUR Y KARL.- ¡Ella, ella

no puede vivir sin él!

FAUSTO.- Yo tampoco, yo tampoco…

Fuera todas las razones

que nos pierden y confunden,

y viva sólo la acción.

Abajo la metafísica,

la dialéctica y la lógica,

abajo la ontología,

la epistemología

y la gnoseología,

abajo la propedéutica,

la hermenéutica y mayéutica

y viva sólo el cincel.

ARTHUR Y KARL. – ¡No pueden vivir sin él!

Se abre la puerta de golpe. Silencio absoluto. Aparece un hombre, vestido con un largo guardapolvo y con un pequeño paquete en la mano.

ARTHUR.- ¿Y usted quién es?

LIBRERO-MEFISTO. – El librero, le traigo el libro que me encargó.

ARTHUR.- Cierto, hace días que lo esperaba. A ver… (toma el paquete, arranca el envoltorio y contempla la portada del libro, mientras Karl, con disimulo, también la mira) ¿Qué mira usted?

KARL.- No, nada, sólo quería ver el título.

ARTHUR.- Pues vea y lea.

KARL.- (lee) “El invierno del puercoespín”.

ARTHUR.- ¿Qué le parece?

KARL.- Bah, pura ideología…

MEFISTO.- (serio y con autoridad) A ver, señores, señorita…¿Qué es todo este guirigay? Habrá que poner un poco de orden aquí.

ARTHUR.- ¿Cómo dice? ¿Usted quién es para…?

MEFISTO.- Sí, ya sé que apenas soy nadie, doctor Schopenhauer, pero debe reconocer que tampoco ninguno de los presentes es gran cosa.

ARTHUR.- Cómo se atreve… No lo dirá por mí, ni por la señorita Ney…

MEFISTO.- No, no lo digo por nadie en concreto, no se preocupe. Pero mire a mi socio, por ejemplo, (a Fausto) ¿Qué? ¿Qué has estado haciendo por aquí? ¿Has sacado algo en claro?

FAUSTO.- ¿En claro? ¿En claro?…No, claro que no… Sólo razones, argumentos, palabras, palabras.

MEFISTO.- Me temo que no tienes remedio. Has de saber que toda la sabiduría está edificada con palabras, que te lo digan, si no, estas dos lumbreras de la filosofía.

ARTHUR.- No me gusta su tono, señor librero… y veo que ya se conocen… Todo esto me suena a trampa, a conspiración…

MEFISTO.- No sea tan mal pensado, doctor. Es verdad que Johann y yo nos conocemos de hace mucho tiempo, es verdad que yo le instado a que viniese a aquí a aprender un poco y también es verdad que, aprovechando que Marx no andaba lejos, le he sugerido que se uniese al equipo docente…

KARL.- Sólo un pequeño favor de unos minutos, que conste.

MEFISTO. – Pero está claro que ha sido un fracaso…y mejor no averiguar responsabilidades. (a Fausto) Bueno, pero algo positivo habrás sacado de esta velada, ¿no? por pequeño que sea.

FAUSTO.- ¿Positivo? Sí, y no pequeño, sino grandioso: la visión de Elisabet y su fervor por el cincel.

MEFISTO.- (resignado) Vale, nos vamos. No hay nada más que hacer aquí.

ELISABET.- Yo también me voy. Adiós, doctor, hasta mañana.

ARTHUR.- Sí, Elisabet, mañana tenemos sesión. ¿Habrá resuelto lo del cincel?

MEFISTO.- A propósito, subiendo por la escalera me he encontrado esto. (Del bolsillo del guardapolvo saca una pequeña herramienta y la muestra). ¿Es de alguien?

TODOS.- ¡El cincel! ¡No podía vivir sin él!

Elisabet se acerca a Mefisto y, después de recibir el cincel, lo abraza emocionada.

ELISABET.- Señor librero, es usted un ángel.

MEFISTO.- Bueno, no exactamente…

Fausto y Mefisto caminan por la calle, en la oscuridad apenas rasgada por la tenue luz de algunas farolas de gas.

FAUSTO. – Entonces… ¡Se han quedado los dos solos!

MEFISTO.- Sí, ¿qué pasa?

FAUSTO.- Pero…¡se matarán!

MEFISTO.- Qué cosas dices.

FAUSTO.- Tú no has visto cómo se hablaban, cómo se enfrentaban, estaban a punto de llegar a las manos.

MEFISTO.- Nada de eso, socio… Y te digo más: en el fondo, se necesitan.

fausto mefisto

(De Mundo, Demonio y Fausto. Nuevas aventuras)

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Un mundo que se acaba

Cada edad de la vida tiene sus prejuicios y sus manías. Conviene, por ello, que desde muy joven vaya uno observando a los mayores a fin de no caer tontamente en unos y otras cuando le llegue la hora.

leibnizLa hora me ha llegado, pero como siempre he practicado el consejo que acabo de dar, creo que he salido indemne de los más destacados prejuicios y manías propios de la edad.

El principal, considerar que, a lo largo del tiempo vivido, todo en la sociedad y en el mundo se ha ido deteriorando, que todo irá a peor y, en fin, que sin ningún género de dudas “cualquiera tiempo pasado fue mejor”.

No entro en si el contenido de esta idea es verdadero o no, cuestión que corresponde a la filosofía en su eterna lucha entre pensadores optimistas y pesimistas; me refiero al hecho psíquico, es decir, a lo que bulle en la mente del anciano, ajeno, por lo general, a toda disquisición filosófica sobre el tema.mainlander

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué piensan así? Simplemente porque confunden el fin de su tiempo, que evidentemente está al caer, con el fin de los tiempos, que quién sabe cuándo y cómo.

Y sin embargo, esta proposición, a todas luces errónea, es defendible desde cierta perspectiva filosófica, y es que, para el individuo, todos los tiempos se contienen en su tiempo, y la extinción de éste supone la extinción de todos, es decir, del mundo. Además, es cierto que siempre hay algo que se acaba.

Fue hace unos años. Estaba leyendo algo de Thomas Mann, un ensayo, creo, cuando de repente me detuve, como sorprendido por una iluminación súbita, y me dije ¿Pero qué haces? ¿Sabes que todo esto ya no interesa nadie? ¿No te das cuenta de que estás solo? ¿que estás atrapado en un mundo que ya no existe? mann eleganteHomero, Cicerón, Dante, Cervantes, Goethe, Tolstoy, el mismo Mann y muchos más son dioses de una religión hoy desaparecida.

El mundo occidental, que fue su patria y el ámbito de su existencia, reniega de ellos; desterró de la enseñanza general el griego y el latín y ha relegado todo lo que huele a sabio humanismo al rincón de los objetos arqueológicos.

El mundo oriental – las potencias del Pacífico asiático – nunca se ha interesado en serio, creo yo, por ese tesoro de Occidente, quizá porque cuenta con su propia cultura tradicional. Y, según dicen, esas potencias están configurando el futuro inminente de la humanidad.

Y yo, adorando a unos dioses que ya casi no existen; que se están desvaneciendo con el mundo que los había engendrado.

Pero seguiré. Porque sé que no desaparecerán del todo hasta que yo mismo no desaparezca.

Como todo lo demás.     

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De senectute (sabiduría clásica VIII)


viejo romanoO sea, Sobre la vejez. He pensado que, para dar una idea de cómo las mentes más lúcidas de la antigua Roma encaraban el hecho de la vejez, nada mejor que ofrecer una breve selección de frases de la obra de Cicerón 
Cato MaiorDe senectute (Catón el Viejo. Sobre la Vejez).

De senectute se desarrolla en forma de un diálogo imaginado entre dos personajes famosos de la época (hacia el 150 a.C.), Escipión Emiliano y Cayo Lelio, por una parte, y Catón, llamado el Viejo, por otra, bisabuelo del Catón contemporáneo de Cicerón. Los dos primeros, más bien jóvenes, interrogan al anciano Catón sobre cómo soporta tan admirablemente la vejez. Catón contesta con una serie de reflexiones, ejemplos y consejos, de los cuales va a continuación una pequeña muestra.

La traducción corresponde a Eduardo Valentí Fiol.

…la vejez. Todos desean alcanzarla y, al tenerla, la vilipendian.

***

Muchas veces, en efecto, he presenciado las lamentaciones de gente de mi edad.[…] Mas la culpa de todas estas lamentaciones radica en el carácter, no en la edad. Pues los ancianos que son morigerados, que no son ni agrios ni impertinentes, llevan una vejez soportable; mientras que la acritud de carácter y la grosería son pesadas en cualquier edad.

***

Pero la memoria se debilita. Lo creo, si no la ejercitas o si eres tardo de natural.

***

Hay que resistir a la vejez, Escipión y Lelio, poner cuidado en compensar suscaton de la vejez defectos, luchar con ella como con una enfermedad, tener cuenta de la salud, usar de ejercicios módicos, tomar el alimento suficiente para rehacer las fuerzas sin agobiarlas. Y no hemos de limitarnos a cuidar del cuerpo, sino mucho más de la inteligencia y del espíritu; pues estos también, como la lámpara a la que no se echa aceite, se extinguen por efecto de la vejez. Además, un exceso de ejercicio fatiga y vuelve pesado el cuerpo; el espíritu, en cambio, ejercitándose se hace más ágil.

***

… estos ancianos crédulos, desmemoriados, negligentes, defectos que no son peculiares de la vejez, sino de una vejez inactiva, indolente y soñolienta.

***

Pues la vejez es honorable a condición de que se defienda a sí misma, mantenga sus derechos, no se haga sierva de nadie, conserve hasta el último aliento el dominio sobre los suyos.

***

dedico también mucho tiempo a la literatura griega, y para ejercitar mi memoria, observo la costumbre pitagórica de recapitular por la noche todo lo que durante el día he dicho, hecho u oído.

***

Pero el cosquilleo, por decirlo así, del deleite no es tan vivo en los ancianos. Lo creo, pero el deseo es también menos vivo, y no es molesta la privación de lo que no se echa de menos.

***

La corona de la vejez es la autoridad.

***

anciano romanoTiene la vejez, especialmente la adornada con honores públicos, tan grande autoridad, que ella sola vale más que todos los placeres de la juventud.

***

Ni canas ni arrugas pueden conferir repentinamente autoridad: antes bien, la vida anterior pasada honorablemente recoge la autoridad como un último fruto.

***

Pero, dicen, los viejo son de mal humor, inquietos, irascibles y difíciles de carácter. Si bien lo miramos, hasta avaros; pero estos son defectos del carácter, no de la vejez. Y con todo, el malhumor y los defectos que he dicho tienen excusa en cierto modo, no justificada, por cierto, pero que parece poder aceptarse: se creen despreciados, desdeñados, burlados; además, en un cuerpo frágil todo tropiezo es molesto. Sin embargo, todos estos defectos los dulcifican las buenas costumbres y la educación. […] Así como no todos los vinos se agrían con los años, tampoco todos los caracteres.

***

Cuanto más me acerco a la muerte, mejor me parece divisar, por así decir, la tierra y el puerto al que tras larga travesía me toca por fin llegar.

***

Aquel breve resto de vida que les queda ni han de apetecerlo los ancianos ni han de renunciar a él sin motivo; y Pitágoras prohibe que sin permiso del general, o sea de dios, nadie abandone la guardia y el puesto de la vida.

***

Hay unos deseos extremos de la vejez; por tanto, así como mueren los afanes de las anteriores edades, mueren igualmente los de la vejez; y cuando esto sucede, la saciedad de la vida trae consigo el tiempo maduro para la muerte.

***caton el viejo

Y el hecho de que cuanto más sabio es uno mayor es su serenidad al morir, cuanto más necio mayor su desesperación, ¿no os parece que es porque aquella alma de vista más clara y de mayor alcance ve que parte para un estado mejor, mientras aquella otra, de mirada menos penetrante, no lo ve?

***

No me gusta a mí quejarme de la vida, como a menudo hicieron muchos varones y doctos por cierto, ni me arrepiento de haber vivido, puesto que viví de modo que puedo pensar que no nací en vano, y salgo de esta vida como de un albergue, no de una casa. Pues la naturaleza nos dio una posada para parar, no para habitarla.

***

Que si yerro al creer que las almas humanas son inmortales, gustosamente yerro, y no quiero que me arranquen, mientras viva, este error en el que me complazco; ahora, si después de muerto no he de sentir nada, como piensan ciertos filósofos insignificantes, no temo que los filósofos difuntos se burlen de este error mío. Que si no hemos de ser inmortales, es con todo deseable que el hombre se extinga a su debido tiempo; pues la naturaleza ha puesto un límite a la vida, como a todas las demás cosas. Y la vejez es en la vida como la escena final de un drama, del cual hemos de evitar el cansancio, sobre todo cuando ya estamos saciados.

ciceron de s

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Plan Finlay para el Desconfinamiento

papini3 I

Soy Austen Finlay, biólogo. Es posible que a la mayoría mi nombre no le diga nada. Sin embargo, no hace mucho tiempo fui fundador y presidente del Instituto Científico para la Regresión Humana, cuyos logros, reconocidos y aplaudidos por la comunidad científica mundial, no fueron suficientes para salvar aquella empresa de los vetos políticos fundamentados en curiosas objeciones “morales”.

Ahora que el planeta empieza a librarse de la terrible pandemia que ha diezmado a la humanidad, he sido requerido por el flamante Gobierno de Unidad Mundial para diseñar el Plan o protocolo para el desconfinamiento escalonado de la población.

El Plan ya está diseñado y entregado a la autoridad competente, que espero no ponga ninguna objeción a su aplicación inmediata, dada la solidez manifiesta de las razones en que se sustenta.

Este comunicado lo dirijo a la opinión pública con el fin de prevenirla sobre los aspectos que quizá no entienda a primera vista y convencerla de la absoluta necesidad de la aplicación del punto 6.6.6. que, estoy seguro, será el que mayor oposición ha de encontrar, dados los prejuicios “morales” tan arraigados en el género humano.

II

En el conjunto del Plan se desarrolla y especifica las fases que habrá de seguir el desconfinamiento gradual. En el citado punto 6.6.6 se trata del caso de los muy mayores de edad, a los cuales se aplicará lo siguiente.

1. Los mayores de 65 años integran el último segmento de la población que podrá salir del confinamiento, doce meses después del segmento inmediatamente anterior.

2. En el caso que se observase a alguna persona mayor de esa edad circulando por la vía pública antes del fin oficial de “su” confinamiento, la fuerza pública podrá disparar sobre ella sin ningún requisito previo.

3. Dado que son numerosas las personas mayores de 65 que ofrecen un engañoso aspecto juvenil, todas las que hayan superado esa edad estarán obligadas a llevar, cosido en la ropa y en lugar bien visible, un distintivo en el que figure la silueta de un anciano con bastón. El incumplimiento de está obligación comportará la muerte inmediata a cargo del agente de la autoridad más próximo.viejo bastón

4. Toda persona, al llegar a los setenta años – y por supuesto todas las que los han superado –, será eliminada por un medio indoloro. Los detalles del procedimiento de eliminación se contienen en la adenda del mismo Plan titulada Solución Final.

5. Solo en el caso de que la persona que alcance esa edad siga siendo útil a la sociedad por su labor científica, intelectual o artística, se podrá conceder una prórroga, que en ningún caso podrá superar los 75 años de la persona en cuestión.

III

Parece absurdo tener que defender la conveniencia y racionalidad de las medidas contenidas en el Plan, sin embargo el nivel de mogigatería e hipocresía alcanzados por la sociedad – principalmente la occidental – lo hace necesario, aunque solo sea para que los opositores moralizantes puedan verse en el espejo invertido de su cobarde hipocresía.

Todo el mundo sabe, aunque muchos se esfuerzan en hacer ver que lo ignoran, que la vejez es una fase de la vida que comporta las siguiente características:

Es estéril. La inmensa mayoría de los viejos pasan todas las horas del día pasivos, adormilados, sin ningún beneficio ni siquiera para ellos mismos. Adiestrados para actuar y trabajar y ahora privados de esta posiblilidad (y de fuerzas para realizarla), viven sus últimos días como peces fuera del agua. Las escasísimas excepciones están previstas y tratadas en el punto 5 este comunicado.

Es improductiva. El producto mundial bruto no crece ni una millonésima de punto por la (no) actividad de esos individuos.

Es costosa. Los gastos públicos en sanidad, pensiones, seguridad social, etc. son cuantosísimos. De modo que, si se aplicase el Plan, la economía del planeta recibiría un impulso inimaginable.

Es antiestética. La eliminación de la presencia de los viejos en calles y lugares públicos ahorraría a la humanidad el efecto depresivo que genera la visión continua de esos semicadáveres que deambulan por nuestro mundo como tétricos heraldos de la muerte.

IV

Si el Plan se lleva a la práctica en todos sus detalles una nueva humanidad poblará la tierra. Joven, sana, feliz. Sin la presencia continua del dolor y la muerte, anticipados en la visión de esos cuerpos caducos que hoy la asedian.

Los seres humanos seguirán muriendo, como siempre, pero la muerte, en vez del final de un paulatino deterioro humillante, doloroso e insoportable, se convertirá en un simple y limpio trámite burocrático con fecha conocida.

¿Quién no prefiere esto que la angustia y el desconcierto que reinan en el presente?

  Austen Finlay,  biólogo papiniano

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¿Los has leído todos?

El libro es ya un objeto ajeno a la mayor parte de la población.

bibliotecaLa frase es de Jordi Llovet, eminente humanista y ex profesor universitario, y la leí en una entrevista que le hicieron no hace mucho. Estos días me ha venido a la cabeza y no consigo sacármela de encima. Así que me pongo a escribir, que es lo que hacen los que escriben cuando quieren sacarse algo que se les ha metido en la cabeza.

Supongo que la razón de la súbita emergencia de la frase desde el almacén de la memoria tiene que ver con la situación actual, quiero decir, con el confinamiento que sufre la población por causa de la Primera Pandemia del siglo XXI.

Porque desde un principio me pregunté ¿cuántas personas llenarán el tiempo vacío dedicándose a la lectura de libros? Pocas, me contesté, muy pocas. Y es que la lectura necesita de un aprendizaje, y si no te la has incorporado como costumbre, difícilmente te servirá para resolverte un bache social y vital como el que ahora sufrimos.

Yo, de la frase de Llovet, eliminaría el “ya”, porque da la sensación de que, antes, el libro no era un objeto ajeno a la mayor parte de la población. Y yo creo que sí, que siempre lo ha sido, en mayor o menor medida.

Vuelvo la vista atrás, a un tiempo situado antes de internet, antes de la televisión incluso (que ya es ser vetusto) y veo las viviendas de parientes, amigos de losnovela fbi padres, vecinos y conocidos. Raramente se divisa un libro, quizá alguno un poco ostentoso, eso sí, que forma parte de la decoración de la sala de estar.

Pero mucha gente leía, se dirá. ¿Más que ahora? Quizá sí, pero un tipo de literatura que no sé si cabe computar como lectura de libros: novelitas románticas, policíacas (recuerdo entrañable de las del FBI de los años 50) y del Oeste. Ese tipo de libro ya no existe porque ha sido sustituido por las series televisivas, las PlayStation y por todo lo que vomitan los canales internáuticos. Desaparición que justificaría el “ya” del amigo Jordi.

No, el libro nunca ha sido un objeto mínimamente apreciado por la sociedad en general. Y si en algunas sociedades o civilizaciones se ha impuesto, como con el las afinidadesjudaísmo, el islamismo y el protestantismo fundamentalista, ha sido siempre en forma de libro único que no admite competencia, lo cual da mucho miedo, mucho más miedo que la ausencia absoluta de libros.

Lo extraño o paradójico del asunto es que, tratándose de un objeto ajeno a la mayor parte de la población, perviva respecto a él cierto respeto reverencial. Porque solo esto explicaría la batería de excusas tontas, infantiles y falsas que suele esgrimir el no lector: “me gustaría, pero no tengo tiempo para leer”, “los libros son muy caros” (se nota que no ha dado un vistazo a las colecciones donde se contiene lo mejor de la literatura universal a precios irrisorios), etc. o, en fin, el indisimulado asombro con que el visitante de una vivienda, provista de una superficie no exagerada de estantes con libros, exclama:

¿Los has leído todos?

biblioteca casa

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Gerontofobia

… senectus; quam ut adipiscantur omnes optant, eandem accusant adeptam. Tanta est stultitiae inconstantia atque perversitas. (Cicero: De senectute)ciceron

Me he enterado de que el código penal de este país – y los de otros varios, supongo – cuenta desde hace unos años con una nueva figura delictiva: el delito de odio. La ocurrencia me ha hecho sonreír: ¿para cuándo el delito de envidia? ¿o el de menosprecio? ¿o el de tedio? Y es que las pasiones no pueden constituir un delito, a no ser que se plasmen en acciones u omisiones criminales, pero cada una de éstas ya está tipificada por sí misma.

Por otra parte, he de reconocer que el odio es quizá la pasión que más conductas delictivas genera. Sobre todo, el odio a ciertos colectivos.

inmigrantesLos colectivos que más odio concitan son por todos conocidos: extranjeros, pobres, ciertas razas o religiones, etc. Odios que, por cierto, suelen ser agitados y manipulados desde determinados centros políticos. Pero hay uno que, por no habérsele encontrado de momento rendimiento político claro, permanece en un discreto segundo plano, no obstante la insistencia de sus manifestaciones. Me refiero a la gerontofobia, el odio a los viejos.

Un amigo mexicano, de visita en nuestro país, quedó asombrado por la ingente cantidad de ancianos que veía por las calles. Y es que España, como toda Europa, se está convirtiendo en la reserva mundial de viejos. Pero esto es buena señal: indica que aquí se vive bien y por largo tiempo. Claro que también significa una pesada carga para los jóvenes, es decir, para los que desean alcanzar la condición de viejos. Y esto, añadido al nada agradable efecto estético de su sola presencia y a las molestias que suelen ocasionar, creo yo que va propiciando la salida de la gerontofobia del armario social.

En México no hay gerontofobia. Bueno, lo que al parecer no hay son viejos. Es como ocurría aquí por los años 60 del pasado siglo: ante las noticias sobre los conflictos raciales en Estados Unidos, un personaje del régimen político de entonces sentenciaba orgulloso: en España no hay racismo. No, corregía el sentido común (normalmente vetado por el gobierno), lo que en España no hay son negros.

anibalNo se puede legislar sobre las pasiones. El odio es irreprimible. Como el amor. El odio ha llenado las páginas de la historia, desde aquel Aníbal que, a los nueve años, juró “odio eterno a los romanos” hasta los modernos fundamentalistas. El amor ha llenado las páginas de la literatura, desde el vivamus atque amemus, de Catulo, hasta el amor, terror de soledad humana, de Cernuda. Respetómoslos.

Y al gerontófobo deseémosle larga vida. Muy larga. Para que, mucho antes del final,  le sorprenda en el espejo el rostro odiado y, a partir de ahí, pase el resto de su boba existencia en compañía de las repugnantes arrugas y los molestos achaques ya no ajenos.

                                                                               ***

Todos desean alcanzar la vejez y, al tenerla, se quejan de ella. Tanta es la inconstancia y la perversidad  de la insensatez. (Cicerón: De la vejez)

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Caro Diario. Último cuaderno

cuaderno enri

Hace casi cuatro años se me ocurrió poner en el Blog y, como reclamo en Facebook, algunos fragmentos de mi Diario de adolescencia y juventud (de los 18 a los 25 años aproximadamente). El interés del asunto era el de observar desde la lejanía del tiempo lo que bullía en aquella mente, que sigue siendo esta que utilizo para pensar y escribir. Interés para mí. Para el lector, o más propiamente lectora, también hubo o creí percibir ciertos gestos de interés. O de curiosidad.

Ahora, se me ha ocurrido transcribir algunos fragmentos o pensamientos del Diario de ancianidad. El interés, para mí, consiste en comparar el joven con el viejo, los sueños de futuro con con lo realmente vivido, las emociones y reflexiones de los primeros pasos, con las emociones (si es que quedan) y reflexiones de los últimos. El interés para la lectora…está por ver.

Porque es evidente que se trata de los últimos pasos. Y es que teniendo en cuenta, el número de páginas del cuaderno en el que escribo, que lo inicié en febrero de 2013, que ya solo anoto de vez en cuando y el dato de mi edad, está claro que éste será el ÚLTIMO CUADERNO.

[Mejor leer antes: Caro Diario. Las citas]

maristas

 

8-II-13

Buena fecha para empezar un nuevo cuaderno. Hoy se cumplen 55 años de que inicié el primero.

¡55 años! ¡Y cuántos muertos por en medio! El último, MA. Pero, en fin, es lo normal. “Sabía que era mortal”, dijo Cicerón. Una perogrullada que necesitaba el refrendo de un clásico.

16-II-13

Como varias veces desde que he vuelto a vivir aquí, he pasado por delante de los Maristas. Me he detenido un momento para contemplar el edificio, y he vuelto a sentir ese golpe de nostalgia que me da en tales ocasiones.

¿Soy el mismo? Sí, pero tan lejano… Solo en esos breves instantes siento la extraña emoción de ser todavía y no ser aquel niño. Un “yo” que abarca desde entonces hasta ahora ¿quién es capaz de decir que no existe?

20-VII-13

El abismo que nos sostiene. Buen tema de reflexión para el blog. Buenísimo, si sé desarrollarlo felizmente.

La frase alude a lo siguiente. Por mucha racionalidad que haya en nuestra vida y en nuestros pensamientos, en última instancia todo se apoya en algo irracional e inexplicable. Y esto es aplicable tanto al individuo humano como a la sociedad en su conjunto. Este segundo aspecto está perfectamente ilustrado por el “sueño de nieve” de Hans Castorp de La montaña mágica.

Parece como si toda la luz y claridad del mundo se basase en la siniestra oscuridad del caos. Y a veces, con un paso equivocado, con una mirada de más ¡es tan fácil volver allá!

de amicis9-X-13

Memorias literarias, sí, pero de otra manera. Se llamará Los libros de mi vida, y será un repaso, algo melancólico, de mis lecturas – las que más me han influido -, con breves referencias al momento biográfico en que las leí.

Ya he escrito Edmondo De Amicis y Charles Dickens.

20-III-14

Siguiendo con Los libros de mi vida, empiezo el capítulo dedicado a H. Miller. Y, es inevitable, dejo un apunte de cómo lo conocí, a través de R, una de aquellas noches de ajedrez y divagaciones cuando tenía 25 años.

¡Qué perdido estaba entonces! Y sin embargo, tenía muy claro lo único que de verdad me importaba: escribir. Pero también tenía bastante claro que era incapaz de hacerlo como soñaba, y que siempre sería incapaz.

Ahora estoy en mi estudio-habitación de la recuperada vivienda de Roger de Flor. Mientras escribo esto tengo delante una librería-vitrina y, en ella, en un lugar destacado, varios ejemplares de los cinco libros ESCRITOS POR MÍ que se han publicado. Si aquel joven casi desesperado de 25 años pudiese verlo, no se lo creería.el silencio de goethe piel de zapa

¡Solo han pasado 49 años!

9-V-14

Acepto mi posición social y personal actual como consecuencia necesaria de mi debilidad. Hay cosas buenas. Y de las malas – que las hay – no hay otro responsable que yo mismo.

16-VI-16

No sé dónde buscar una lectura estimulante. Como las de antes. Lo malo de ser viejo es que tienes la sensación de haberlo ya visto y leído todo. Supongo que no es así. Pero cuesta encontrar algo “nuevo”.

20-I-18

Últimamente tengo a veces la impresión de que viejas partes de mí mismo van desprendiéndose de mí como costras que se caen por sí solas, sin dolor, sin apenas advertirlo. Costumbres, vicios antes muy activos van perdiendo fuerza y se me van cayendo a trozos. Es el aspecto bueno, supongo, de la inevitable pérdida de fuerza vital.

3-II-18

Esto de Los libros de mi vida me está convirtiendo en algo muy especial, en un íntimo de los genios literarios de todos los tiempos. Como en mis novelas, pero de manera diferente, siento como ellos, pienso como ellos, soy ellos. Es una gran suerte, la más grande que me ha deparado la fortuna: ir siempre acompañado, ilustrado, aleccionado por ciertos seres humanos de categoría superior. Estoy atesorando lo más selecto de la humanidad, haciéndolo mío de alguna manera. ¿Qué más se puede pedir?

escritores18-III-18

Estoy muy satisfecho de cómo me ha salido la primera parte de Pavese. De lo mejor de esta serie. Y el motivo de mi satisfacción radica sobre todo en la sensación de haber superado, vencido, la dificultad del asunto.

Pavese es bastante inaprensible y considero un mérito haber conseguido dar una idea aproximadamente verdadera de él. Y el mérito es mayor si se tiene en cuenta que, para mí, sigue siendo muy difícil de explicármelo.

25-X-18

Ayer saqué la primera de la lista de Escritoras: Sor Juana Inés de la Cruz. No me ha quedado mal.

sor juana jovenUna de las exigencias que me he impuesto en esta serie es prescindir de las palabras: feminismo, género, patriarcado, etc., aunque no siempre de los conceptos correspondientes. Quiero decir, aplicar mi videncia, mi sentido común de siempre evitando el actual enmarañamiento de la cuestión.

1-I-19

Primer día del año. Apenas me lo creo. El otro día imaginaba que, en cualquier momento, podía despertar con 19 años, y que todo lo que aparentemente ha seguido no ha sido más que un sueño.

Y en efecto, todo ha sido un sueño. Un sueño que no se repetirá; que, bueno o malo, está concluido, acabado.

¿Qué significa todo esto? Eterna pregunta. La cita de Mathilda, de Mary Shelley, es la respuesta más certera posible. No hay más.

[No sabemos lo que todo este vasto mundo significa; esa extraña mezcla del bien y del mal. Pero fuimos colocados aquí y se nos ordena vivir y esperar. No sé lo que tenemos que esperar; pero hay un bien que no alcanzamos a ver y debemos buscarlo; esa es nuestra tarea en la tierra.]

3-V-19

Siempre ha sido así; mi debilidad de carácter me ha impulsado a someterme a lasmary shelley fuerzas que escoltan y determinan mi vida. Solo en mi imaginación he sido independiente y libre…pero es ahí donde se edifica todo lo que realmente me interesa.

16-VI-19

Me pregunto cuál ha sido el sentido de mi vida. Y me respondo que no ha sido otro que realizar mis sueños. Pero estos sueños apenas se han realizado, es decir, se han cumplido solo en una parte pequeña y casi ridícula. Y además, solo en su aspecto formal: ser escritor. Pero no en su contenido: develar el misterio y la esencia del mundo, llegar a comprenderlo todo. Demasiado ambicioso, se dirá. Además, los que han llegado al cumplimiento de algo parecido pocas veces parecen razonablemente felices. ¿Entonces? ¿Es tan importante eso? ¿Para qué sirve?

3-IX-19

Ayer tarde, en la soledad de un sillón encarado al exterior de la Biblioteca SF, me sorprendí pensando esto: ¿qué pretende esa inquietud interior, subterránea, que nunca cesa? ¿A qué obedece? ¿Puede apaciguarse con algo? Difícil saberlo. Por lo general, ni siquiera soy consciente de que esa inquietud no cesa de agitarse en mi interior. Pienso que todo lo que necesito para alcanzar la paz perfecta es acallarla. O satisfacerla. ¿Pero con qué?

22-XI-19

Otra decepción. Creía que CJ aceptaría Ovidio y Wilde para la filial de H en Madrid. Y resulta que no. ¿Es mi destino?

enoch soamesEs como funciona el mundo. Aquí no entra el destino. O sí. Cuando aquél dijo “el destino es el carácter” lo dijo todo. Si mi carácter fuese como el de los que saben venderse, las cosas serían muy distintas.

¿Y el valor objetivo de las obras? Sí, esto suele determinarse más o menos acertadamente tras el paso de décadas o siglos. Y mientras, los que por su carácter no supieron acceder al nivel de selección de los buenos ¿qué pasa con ellos? Nada, que no existen. Eso es todo.

Y ahora pienso en Enoch Soames, de Beerbohm. El ingenio más agudo aplicado a la literatura.

En la vida y en el arte – dijo – todo cuanto importa tiene un final inevitable.

29-II-20

Después de semanas investigando sobre Sylvia Plath parece que voy a llegar a la conclusión de que no, de que no es un personaje que me motive lo suficiente. Quizá no la entiendo bien; quizá sí entiendo que se trata de una persona supersensible y bastante desequilibrada, que tiene la habilidad de sylvia plathescribir versos para dar un atisbo de sus temblores inexplicables. Pero todo eso no constituye una escritora que me motive lo suficiente. La dificultad de entrar en sus poemas, por mi parte, no se debe solo al problema del idioma, pues esta dificultad debiera darse igualmente en Dickinson, y no se da. Total, que ya veremos. Pero estoy a punto de sacarla de la lista.

Observo además por mi parte una especie de cansancio. Alarmante. Pues es el tipo de cansancio que me sobrevino hace un tiempo a propósito de las novelas y que amenaza ahora con extenderse a toda la creación literaria. ¿Qué sería de mí entonces?

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Ramón J. Sender y Carmen Laforet se escriben

sender laforet 1Sender a Laforet:

Conserve siempre ese dominio de la realidad, esa visión directa, sencilla y asombrosamente humilde – es la humildad la que hace el milagro -de su Nada que releo y admiro.

(5 octubre 1947)

                                                                                …

Laforet a Sender:

llevo conmigo la Crónica del Alba y no creo que haya habido una novela más hermosa, más llena de pureza y de encanto y de fuerza en toda la literatura de la posguerra.

(octubre de 1965)

                                                                                  …

Sender a Laforet:

Hasta en Nada hay felicidad. Hay una dulce conformidad con la desgracia que solo se le puede ocurrir a una muchacha armoniosa y rebosante de gracias – y de talento (y no diga que son piropos). En eso de decir la verdad soy muy baturro.

(29 enero 1966)

                                                                            …

Sender a Laforet:

Nada es la primera obra maestra realmente femenina que hay en nuestras letras. La Pardo Bazán y otras a veces están bien, pero todas quieren ser grandes hombres.

Dicen que no hay tiempo, pero el poco que tiene la gente lo dedica a envenenarse la vida.

(4 marzo 1966)

                                                                           …

Laforet a Sender:

No se asombre usted de las malas interpretaciones españolas sobre la obra, las intenciones y hasta la vida de uno. Usted se ha olvidado que vivimos siempre en pequeños reinos de Taifas, y que una persona que no está declaradamente en ninguno de estos reinos belicosos, a la fuerza se la considera como enemiga de todos. O tonta, o malvada, o lo que sea.

(6 mayo 1966)

                                                                               …

Sender a Laforet:

Y como le dije es la primera mujer que escribe sin tratar de imitarnos ni de disfrazarse de “gran hombre”, que es lo que suelen hacer por ahí (Simone de Beauvoir y otros excesos).

(27 mayo 1966)

                                                                                    …

Laforet a Sender:

La literatura la inventó el varón y seguimos empleando el mismo enfoque para las cosas. Yo quisiera intentar una traición para dar algo de ese secreto, para que poco a poco vaya dejando de existir esa fuerza de dominio, y hombres y mujeres nos entendamos mejor, sin sometimientos, ni aparentes ni reales, de unos a otros…tiene que llover mucho para eso. Pero, ¿verdad que usted está de acuerdo, en que lo verdaderamente femenino en la situación humana las mujeres no lo hemos dicho, y cuando lo hemos intentado ha sido con lenguaje prestado, que resultaba falso por muy sinceras que quisiéramos ser?

(10 febrero 1967)laforet sender 2

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CARMEN LAFORET. Nada y los demonios I

carmen laforet 2El Premio Eugenio Nadal de Novela, creado por la barcelonesa Editorial Destino en 1944, fue, en sus primeras décadas de existencia, un referente importante de la novelística en lengua española. El prestigio que pronto alcanzó se vio confirmado por el “descubrimiento” que fue haciendo de ciertos escritores que con el tiempo se revelaron de valor seguro (Miguel Delibes, Ana María Matute, José María Gironella, entre otros). El primero de los galardones se concedió el 6 de enero de 1945. La ganadora fue una mujer de 23 años de la que nadie sabía nada. Nada era el título de la novela.

Poco después del fin de la guerra civil (¿un año?¿dos?), Andrea, de 18 años, llega a medianoche, en tren, a la estación de Francia de Barcelona. Huérfana, viene del pueblo donde ha estado a cargo de una prima, con intención de estudiar en la Universidad. Por dificultades imprevistas no ha podido avisar del cambio del horario anunciado y ningún familiar la espera.

No está asustada. Al contrario, una dulce felicidad la invade. Con el coche de caballos que se le ofrece – medio de transporte resucitado por las necesidades de la posguerra – va atravesando la ciudad antigua, encantada por las luces y el ambientepremio nadal un poco fantasmal de las calles semivacías. Tras pasar por delante del edificio de la Universidad, el coche enfila por la calle Aribau arriba y a la segunda travesía se detiene. Es ahí, en el piso del que guarda vagos recuerdos de la primera infancia, donde sus parientes la esperan: la abuela, dos tíos y una tía.

Tardan un rato en abrir. Cuando abren – una mujer pequeñita, borrosa y que parece no estar en este mundo –, solo con el ambiente, el olor espeso de la casa, todo el encantamiento de minutos antes se desvanece. La abuela la confunde al principio con una nuera. Aparecen enseguida, como espectros en la penumbra, el resto de personajes: tío Juan, de rostro desencajado y aire malhumorado, su esposa Gloria, que parece maltratada por la noche y el abandono; tío Román, alto, delgado y con cierto atractivo, y tía Angustias, brusca y autoritaria, que la reprende por llegar a esas horas. Y finalmente Antonia, la criada, de aspecto tan sucio y lamentable como calle aribauel perro que se asoma con ella. Este es el cuadro escénico con el que Andrea tendrá que convivir hasta el verano.

La casa no se ofrece menos oscura y triste que sus habitantes. Andrea, apenas superado el brutal desencanto, asume que ha de aprender a vivir en ese mundo de odios cruzados. Porque todos, menos la abuelita bondadosa y un poco ya en otro mundo, se odian y se hieren cordialmente.

Con frecuencia me encontré sorprendida, entre aquellas gentes de la calle de Aribau, por el aspecto de tragedia que tomaban los sucesos más nimios, a pesar de que aquellos seres llevaba cada uno un peso, una obsesión real dentro de sí, a la que pocas veces aludían directamente.

Juan maltrata y golpea con frecuencia a Gloria, Angustias hace ostentación de un rigorismo moral, que se complace en aplicar a la sobrina Andrea, controlándola en todos los aspectos, control que Andrea va aprendiendo a eludir desde el primer momento; Juan y Román se insultan con el menor pretexto y suelen llegar casi a lasuniversidad manos.

Es en Román en quien Andrea cree haber encontrado algo especial, un algo de misterio que le diferencia del resto de la familia. Román se ha arreglado una especie de pequeño estudio en el último piso del edificio, y allí suele retirarse con su violín (fue músico de cierta fama, se sabe después) y sus cigarrillos. Y en ocasiones invita a Andrea a fumar y a cambiar impresiones, es decir, a intentar sonsacarse o confesarse mutuamente. De la última visita, Andrea escapa asustada: ha comprendido que Román está tan loco como Juan y como toda la familia.

La otra cara del tenebroso piso de la calle Aribau es la Universidad, tan cerca y tan lejos. Entre los compañeros y compañeras, sobre todo en el romántico Patio de Letras, Andrea gusta de algo de la vida que había pensado que viviría en Barcelona. Pero no se adentra definitivamente en la comunidad estudiantil hasta que no conoce y consigue hacerse amiga de Ena, bella,  amable, distinguida, y de su círculo de amigos, entre ellos Pons, tímido y cortés, quien no puede ocultar su inclinación por Andrea.patio de letras

Andrea participa en las salidas y actividades del grupo, incluso conoce y simpatiza – como ellos por su parte – con los padres y el novio de Ena. Pero el cuadro no es perfecto. En una ocasión, invitada por los padres de Pons a una fiesta social, Andrea, con su indumentaria sencilla, se siente avergonzada, casi humillada por el mundo de los anfitriones.   

Ella no lo dice, pero el lector comprende que ahí se ejemplifica la diferencia, el abismo que separa la sociedad alta (los Pons y su mundo), que ha salido indemne o muy beneficiada de la guerra, de la clase media no ya empobrecida sino burguesía barhundida tras la contienda cualquiera que hubiese sido el bando elegido (o impuesto), representada por los moradores del piso de la calle Aribau. 

De todos modos, Ena significa para Andrea la aportación de afecto que necesita y la puerta segura y necesaria a la vida  inteligente, noble y luminosa de la ciudad tal como la había soñado. Por ello precisamente, pone especial empeño en no permitir de ningún modo que los dos mundos se toquen: el de Ena y el de la calle Aribau.

Pero una cosa son los deseos y otra los giros inesperados que da por su cuenta la vida. Y he aquí que ocurre algo que podría ser tachado de folletinesco, aunque yo no lo haré: Ena descubre que hubo una antigua relación entre su madre y el tío Román, de la que la mujer salió muy malparada, y decide vengarla de alguna manera. 

Termina el curso en la Universidad. El mundo de la calle Aribau acaba en tragedia. Las dos amigas, que se han distanciado, se reconcilian. Andrea acepta el ofrecimiento del padre de Ena para trabajar en su empresa de Madrid, adonde ha de trasladarse toda la familia.

Se abre una vida nueva. ¿Qué quedará del extraño mundo de la casa de la calle Aribau? Nada, piensa Andrea. Pero esto no es verdad, intuye el lector. Y quizás ella misma. placa aribau(CONTINÚA)

(De ESCRITORAS

(Ver NEL MEZZO DEL CAMMIN)

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CARMEN LAFORET. Nada y los demonios II

gran canariaCarmen Laforet nace en Barcelona en 1921. Antes de cumplir dos años, la familia se traslada a la isla de Gran Canaria, donde el padre, arquitecto, ha sido contratado como profesor de la Escuela de Peritaje Industrial.

La madre cuida amorosamente de la familia – a Carmen le siguen otros dos hijos – mientras el padre se dedica al trabajo y a alternar con la buena sociedad de la isla, además de a alguna que otra relación extra matrimonial. A los diez años Carmen inicia el estudio del bachillerato en la escuela pública, donde conoce a la primera de las varias mujeres que influyeron decisivamente en su vida: la profesora Consuelo Burell, que le abre al mundo de la literatura y del arte en general.

La infancia y los primeros años de la adolescencia son tiempos felices, siempre en contacto con la naturaleza de la isla en sus paseos solitarios y baños en el mar, más tarde en compañía del joven Ricardo Lezcano, su primer “novio”. Pero aquella felicidad sencilla se rompe pronto.

La madre, a la que Carmen se siente muy unida, muere a los 33 años, cuando ella tiene trece. Al poco tiempo el padre se casa con otra mujer, con la que al parecer ya tenía relaciones, la cual se apresura a borrar cualquier recuerdo o huella de la barcelona-fuente-de-canaletas-en-las-ramblas-frente-al-bar-nria-y-canaletas-ao-1940-P7EXYCanterior esposa. Esto llena de amargura a la adolescente Carmen, quien además contempla atónita cómo los cuentos infantiles tienen razón, pues aquella mujer,

a pesar de todas mis resistencias a creer en los cuentos de hadas, me confirmó su veracidad, comportándose como las madrastras de esos cuentos. De ella aprendí que la fantasía siempre es pobre comparada con la realidad.

Profundamente decepcionada por la conducta del padre, Carmen llega a un acuerdo con él: a finales de 1939 marcha a Barcelona a estudiar Filosofía y Letras. Allá, en el viejo piso de la calle Aribau, donde había nacido y cuyo recuerdo había recuperado en una breve visita con toda la familia a la edad de nueve años, vive parte de los tres cursos que dura su estancia en compañía de unos familiares, en un ambiente quizá no tan deprimente como el descrito en su primera novela, que ella siempre alegará como de absoluta ficción en cuanto a los personajes.

En 1942, alentada por la amiga Linka (la Ena de Nada), se traslada a Madrid. Inicia la carrera de Derecho, que tampoco terminará, y se enfrasca en la redacción de la obra que bullía en su mente desde que dejara Barcelona. Concluída, intenta su publicación. El manuscrito llega, entre otros, al periodista y editor Manuel Cerezales, católico más o menos liberal, que dirige la editorial Novelas y Cuentos. Queda fascinado. Aunque entiende que no encaja en su propia editorial, propone presentarla al recién creado Premio Nadal.

jurado premio nadalÉxito absoluto y sorprendente. La novela Nada, de la joven desconocida Carmen Laforet, obtiene el Premio Nadal, al ser finalmente preferida por el jurado incluso por delante de obras de algunos escritores influyentes, como César González Ruano, periodista famoso, viejo militante de Falange Española, sector cínico.

Pero el éxito, cuando no es fruto de un largo proceso de maduración personal, suele tener consecuencias indeseables. Cierto que nadie se atreve a negarle talento a la autora, y algunas reacciones son entusiastas, y halagadoras viniendo de quienes vienen: Juan Ramón Jiménez, Azorín, Ramón J. Sender. Pero al mismo tiempo surgen reticencias. ¿Habrá tenido alguna ayuda?¿Se ha limitado el papel de CerezalesCerezales a simple presentador de la obra? Y sobre todo, ¿qué está preparando ahora? ¿Para cuándo la próxima novela?

Para cuándo la próxima novela. Esta es la cuestión que le amargará toda la vida, incluso cada vez que llega a escribir y publicar alguna. Y no falta el gracioso de turno, en forma de escritor más o menos consagrado, con su hiriente sarcasmo: Después de Nada, nada.

Pero, de momento, la vida parece muy bien encaminada. Al año siguiente de obtener el premio se casa con Manuel Cerezales. Tiene cinco hijos y ningún disgusto relacionado con ellos, lo cual no es mucho, sino muchísimo. Otra cosa es la relación matrimonial, que al parecer se va deteriorando poco a poco – más que nada por el irreprimible deseo de libertad de ella – hasta la ruptura final en 1970.

Y la nueva preocupación parece tener un respiro. En 1952 se publica La isla y los demonios. Pero, resulta que la novela confirma en sus sospechas a los suspicaces: no está a la altura en absoluto de Nada; se trata de una novela “regionalista” . De hecho, está ambientada en la isla canaria donde la protagonista, adolescente, vivelaforet familia su ansia de libertad y sus sueños en plena naturaleza, sin que falte la figura de los parientes conflictivos. Nada que valga la pena, según sabios críticos, aunque otros, más sabios que críticos, como el hispanista Gerald Brenan y el escritor Ramón Sender, la encuentran llena de cualidades. Al mismo tiempo, y hasta el final de su vida activa, escribe relatos, y artículos para varias publicaciones, principalmente Destino y ABC.

En 1951 se inicia su relación con Lilí Álvarez, famosa tenista, que la lleva por el camino de la conversión hacia el catolicismo más rancio. La experiencia da el fruto, poco brillante, de la novela La mujer nueva (1955), donde se relata un proceso de laforet tanger 2conversión de forma nada autobiográfica. La obra obtiene el Premio Menorca de novela y nada menos que el Premio Nacional de Literatura (1956), en agradecimiento (precipitado) a su ingreso en el nacionalcatolicismo oficial, lo que conlleva el obligado rechazo de la intelectualidad criptoizquierdista.

Liberada de la extraña influencia, vuelve a ser la misma niña de siempre, contemplativa, abierta a los encantos de la naturaleza y a la comprensión desprejuiciada de las formas cambiantes de la vida  humana. Y así, con esta nueva faz, que es la suya verdadera, pasa unas temporadas en Tánger, donde Cerezales dirige el diario España, y comparte tertulias y hasta un poco de vida bohemia con escritores como Paul Bowles, Hemingway, Truman Capote y otros.

En 1963 publica La insolación, que había de ser la primera novela de una trilogía que no se llegó a cumplir. Solo se publicó la segunda, Al volver la esquina, póstuma, en 2004. Con La insolación, que narra el despertar a la vida de tres adolescentes, recupera la autora parte del antiguo prestigio, aunque el milagro de Nada sigue quedando, lejos, en el recuerdo.

En 1965, invitada por el Departamento de Estado, recorre los Estados Unidos dandosender conferencias y teniendo encuentros con estudiantes en varias universidades. Conoce a Ramón J. Sender, con quien al regreso inicia una correspondencia que se extenderá durante una década y en la que se muestra la cálida amistad surgida entre los dos, acosados por sus respectivos demonios: el dolor del exilio y de la vejez en él; la creciente asfixia del perfeccionismo y la inseguridad como escritora en ella.

A finales de 1970 se produce la separación “amistosa” del marido y emprende una vida que puede calificarse de nómada. Cambia continuamente de residencia, en viviendas alquiladas, en casas de amigos, de hijos, tanto dentro como fuera de España, principalmente en París y en Roma, donde frecuenta a los escritores Alberti y María Teresa León y a los actores Rabal y Asunción Balaguer, que se convierten en sus consuegros.

Pero el soñado viaje hacia la luz va tomando cada vez más el aspecto de un viaje hacia las sombras. Tras nuevas visitas a universidades de Estados Unidos entre roberta johnson1981 y 87, patrocinados por su nueva amiga Roberta Johnson, parece que la oscuridad crece. Arteriosclerosis cerebral, dictaminan. En 1988 llega la afasia y con ella la (aparente) separación del mundo. Hasta 1995 vive primero con su hija Cristina y después con su hijo Agustín. Finalmente, en diversos centros de salud. Muere en  Madrid en 2004.

Una mujer tan excepcional, ¿qué nos ha dejado? Nada, diría ella. Nada, dirá la literatura universal. Cierto, y a quien lo ponga en duda, al incrédulo yo le diría “toma y lee”:

Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado y no me esperaba nadie.

Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba la gran estación de Francia y los grupos que se formaban entre las personas que estaban aguardando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso. El olor especial…nada

 (De ESCRITORAS)

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NEL MEZZO DEL CAMMIN

nell mezzoHallándome en la mitad de la serie de semblanzas de escritoras, me asaltan varias dudas y problemas.

La idea era proseguir la obra en la misma línea de la anterior – Los libros de mi vida. Lista B-, donde presentaba a los autores por riguroso orden cronológico, procurando no olvidar los canónicamente aceptados, aunque con las salvedades – que a algunos debieron parecerles inaceptables – de aquellos que me son inaccesibles por el veto particular de mi gusto o el de mi ignorancia. Y así, empecé por el romano Ovidio y concluí con el argentino Cortázar (la actualidad más rabiosa nunca he llegado a dominarla).cortazar jazz

Pero este esquema se me ha roto solo al empezar la nueva serie. Y es que esta se inicia con Juana Inés de la Cruz, escritora que vivió y escribió en la segunda mitad del siglo XVII. Y resulta que las hay más antiguas; el problema es que de ellas apenas conozco poco más que el nombre. Y no quiere ser este un trabajo de indagación literaria sino de simple divulgación, es decir, de ofrecer al público – y en cierto modo a mí mismo – algunas divagaciones sobre aquello que conozco o que puedo conocer mediante el mismo ejercicio de recopilación de datos e impresiones que he dado en llamar “semblanzas”.

El caso es que, de un salto, pasé de la poeta novohispana y barroca a las románticas de finales del siglo XVIII y principios del XIX, como la franco-suiza Madame de Staël y las inglesas Mary Shelley, Jane Austen (poco romántica, por cierto), Charlotte Brontë, hasta dar con la inclasificable norteamericana Emily Dickinson.mary mayor

Con Pardo Bazán y más con Alfonsina Storni me he adentrado en el siglo XX; con Anaïs Nin y Natalia Ginzburg me he situado de pleno en él. Y tengo claro que de ahí no pasaré.

O sea, que la manía cronológica queda superada: nada antes del Barroco y nada después del único fin du siècle que he vivido. Y asumo también las pequeñas irregularidades cometidas en la ordenación cronológica de las escritoras mencionadas.

Y aquí me encuentro, después de Natalia Ginzburg: dispuesto a elegir y presentar las once autoras que faltan (han de ser veintiuna, como todo el mundo sabe).natalia g

Y aquí aparece el problema principal: ¿cómo, con qué criterios elegir? Problema que ya se me presentó en la segunda serie de escritores (no en la primera ya que, al consistir esta en una rememoración de los autores y obras que más me han influido desde la infancia, no admitía impugnación alguna), y que resolví mediante un tácito compromiso entre lo canónico y lo subjetivo.

Ahora, son varias las voces que desde mi propio interior de escritor viejo me susurran consejos correctísimos: “habrías de dar cabida a más escritoras de nuestra lengua”, “y también a algunas de tu segunda lengua”, “tratándose de mujeres, no podrán faltar los grandes iconos del feminismo combativo”…Un momento, un momento.simene de B

Los escritores son como las personas. Con sus simpatías, sus antipatías, sus filias y sus fobias. Cierto que en el caso de las personas, esta actitud tan primitiva debe reprimirse en lo posible en aras de la paz social. Pero no ocurre así con los escritores, que tienen la facultad de volar siempre en libertad, y me refiero a los de verdad, por supuesto, no a los que se dedican a husmear tendencias o a consultar con el editor antes de ponerse a escribir.

Así, que nada de consejos correctísimos ni de estrategias para quedar bien. Once amigas me están esperando. Todas de la talla artística y humana por lo menos de las ya publicadas. Aparece primero aquella que se dio a conocer muy joven con una novela perfecta, cuyo relato se inicia con la llegada, a medianoche, a la estación central de una gran ciudad, de una jovencita que viaja sola por primera vez y que no encuentra a nadie esperándola.estacion francia

Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado y no me esperaba nadie.

La precisión y la elegancia de un principio de novela de antología. A los veintidós años. Así son ellas. Las elegidas.

(De ESCRITORAS)

      

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NATALIA GINZBURG. La familia, los monstruos y el tiempo I

natalia gMi padre, siempre que oía de uno de nosotros que estaba decidido a casarse, montaba en una cólera espantosa, cualquiera que fuese la persona elegida. Siempre encontraba un pretexto. O bien decía que la persona elegida era de poca salud, o que no tenía dinero, o que tenía demasiado, y en todos los casos mi padre nos prohibía que nos casásemos. Sin conseguir nada. Porque todos igualmente nos casábamos.

Cinco hijos: Gino, Paola, Mario, Alberto, Natalia. Es la pequeña, Natalia, la que, muchos años después, describe la anatomía y fisiología de la familia en su Léxico familiar, relato verídico que, según la misma autora, debe leerse como una novela.

Solo el párrafo transcrito puede dar una idea del tono de la escritura. Un humor fino, casi invisible; un amor contenido, casi soterrado, por todos y cada uno de los miembros de la familia; una discreción absoluta por parte de la autora, quien, siendo parte de la misma familia, apenas se muestra más que como sujeto narrador, sin destacar del conjunto de los personajes, hasta superada la mitad del relato.

El relato tiene varios centros. Uno de ellos es el padre – primero omnipresente, luegolevi diluyéndose en el tiempo -, Giuseppe Levi, científico relevante, hombre autoritario y enérgico, sujeto a manías fácilmente ridiculizables – ya se sabe que las manías son las costumbres de los otros – , cuya autoridad y energía suele írsele por los gestos y la voz atronadora, sin alcanzar el presunto objetivo, al menos en el ámbito familiar.

La madre, Lidia Tanzi, educada en ambiente culto y progresista – su padre era amigo de Turati, uno de los fundadores del partido socialista italiano -, lee a Proust, estudia ruso y practica el piano, además de lidiar con ejemplar templanza con los cinco hijos y el en apariencia prepotente marido.

El escenario es Italia entre los años veinte y cincuenta del pasado siglo, centrado sobre todo en las dos décadas largas de dictadura del fascismo mussoliniano. Hacia la mitad del texto leemos

el fascismo no tenía el aspecto de acabar pronto. Más bien parecía que no iba a acabar nunca,

palabras que provocan claras resonancias en la memoria del lector español de cierta edad.

A los hijos – los hermanos de la narradora – se les describe mediante breves trazos, en especial apuntado sus relaciones mutuas y los giros, a menudo sorprendentes, que fascismovan tomando las vidas respectivas. Sorprendentes sobre todo para el padre, quien no cesa de proclamar que no espera nada bueno o grande de ellos. El caso más destacado es el de Mario, meticuloso, reservado, esteticista, siempre enfrentado con su hermano Alberto, desde las peleas terribles de la infancia.

Pero un buen día, llega a los padres la noticia: Mario ha sido sorprendido por la policía en la frontera Suiza transportando en el coche gran cantidad de propaganda antifascista, pero se ha salvado saltando al río y nadando, vestido, hasta la orilla suiza.

La noticia causa sensación y preocupación en la familia. Sobre todo en el padre, que no puede ocultar su sorpresa, y su orgullo, por la actuación del hijo. Y es que tanto el padre, judío y liberal, como la madre, de tradición ilustrada y progresista, aunque antifascistas, nunca se han comprometido activamente.

Pero las consecuencias del hecho no se hacen esperar. El padre y Alberto son detenidos y pasan una breve temporada en la cárcel. No se habla de duros interrogatorios ni de torturas. Estamos todavía en la era de los monstruos menores.adriano ol 2

Y el relato sigue avanzando por los eventos de la vida familiar y los sobresaltos propios de la situación política.

Entre los primeros, la boda de la hermana Paola con Adriano Olivetti y el ingreso del hermano ingeniero Gino en la potente empresa del cuñado. Entre los segundos, la huída del célebre Turati, oculto en casa de los Levi, que el mismo Adriano organiza.

Y es por entonces, al tiempo que la narradora cobra cierto protagonismo, cuando aparece Leone Ginzburg, joven sabio de origen ruso, profesor de literatura eslava y comprometido hasta las cejas en la lucha antifascista. Durante una de sus estancias en la cárcel (junto con uno de los hermanos Levi) se escribe con Natalia. A continuación, la narradora, o sea Natalia, lo presenta como partícipe junto con otros ex alumnos del Instituto D’Azeglio, Pavese entre ellos, en la creación leonede la que sería la famosa editorial Einaudi, nombre que no se menciona.

La objetividad y pretendida frialdad de la autora, narradora y narrada llega al extremo de lo siguiente: después de dedicar una página a levantar acta (podría decirse), de una manera neutra, de las características de la persona llamada Leone, empieza el siguiente párrafo: Ci sposiamo, Leone ed io.

Se casan, sí, con la previsible e inútil oposición del padre (quien, por cierto, conoce y admira a Leone). No tiene una posición segura, alega. Por supuesto que no: en cualquier momento puede volver a la cárcel, reconoce la narradora y ya esposa.

Pero al cabo de poco tiempo lo que toca es el confinamiento o destierro. Casi tres años en un pueblecito de los Abruzos, con toda la familia – Natalia ya tiene dos hijos y da a luz a un tercero. Con el cambo de la situación política (no de la militar), Leone se decide a abandonar el destierro, y reanuda en Roma la actividad clandestina. Poco después se le une la familia. Conviven pocas semanas:

lo detuvieron veinte días después de nuestra llegada, no lo volví a ver más.

Y prosigue el relato. Acabada la guerra con la derrota definitiva de los monstruos mayores, se abre un período extraño, lleno de esperanzas y de incertidumbre.

Era la posguerra un tiempo en el que todos creían ser poetas, todos creían ser políticos […] Pero ocurrió que la realidad se reveló compleja y secreta, indescifrablepci y oscura, no menos que el mundo de los sueños

En las últimas páginas vemos cómo se va adaptando la vida a la nueva normalidad: otras amistades, nuevo matrimonio de la narradora, intentos de ésta de participar activamente en la política. Y termina el relato con una breve conversación entre padre y madre en la que recuerdan detalles, en apariencia banales, de la vida familiar y de sus extensiones. Es decir, de la vida.

Natalia Ginzburg escribió varias novelas, ensayos y obras de teatro, pero creo que es en Léxico familiar (1963) – junto  con los breves ensayos íntimos que constituyen Las pequeñas virtudes (1962) -, donde mejor se puede captar la rara peculiaridad de su estilo: una escritura concisa, exacta, austera, neutra en apariencia, y con toda la carga poética que lleva en sí la contemplación distanciada – estoica – del devenir humano.

(CONTINÚA)

(De ESCRITORAS)   

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NATALIA GINZBURG. La familia, los monstruos y el tiempo II

torinoNatalia Levi (más tarde, Ginzburg) nació en Palermo en 1916. El padre, Giuseppe, natural de Trieste y perteneciente a una familia judía ilustre e ilustrada, era un biólogo especializado en histología, que habría de alcanzar fama y prestigio por su labor y por haber sido maestro de tres premios Nobel. Cuando nació Natalia, ejercía como profesor contratado en Palermo. La madre, Lidia Tanzi, era cristiana, de educación católica y ambiente burgués y progresista. En 1919 la familia se trasladó a Turín donde había de transcurrir toda la infancia y adolescencia de los hijos.

Natalia era la más pequeña de cinco hermanos, condición que la mantenía siempre en la posición de espectadora más que en la de actora: dice que, cuando todos hablaban, ella nunca tenía ocasión de intervenir, e insinúa que esto, entre cosas, la impulsó a ir poniendo sus pensamientos e impresiones por escrito.

A los dieciocho años publica sus primeros cuentos en la revista Solaria, e inicia el estudio de humanidades clásicas en la Facultad de Letras, aunque no se gradúa. Inmersa en el mundo de la familia y de las amistades familiares, en gran partesolaria judías, la hazaña del hermano Mario y sus consecuencias le abren  definitivamente a la dura realidad de la sociedad bajo el fascismo (suele acompañar a su madre a llevar la muda para el padre y el hermano Alberto a la cárcel). A través de los hermanos, conoce a Leone Ginzburg, con quien se casa en 1938, y también a varios colaboradores de la incipiente editorial Einaudi, de la que ella misma había de ser figura destacada.

Desterrado Leone con toda la familia (ya tienen dos hijos) a una pequeña localidad de los Abruzos (1940), Natalia escribe en la nueva “residencia” su primera novela, El leone y natalia 2camino que va a la ciudad, que se publica primero con seudónimo y en el 45 con su propio nombre.

El 25 de julio de 1943 cae Mussolini, y se firma el Armisticio. A pesar de que el nuevo gobierno y los aliados aún no controlan la zona, Leone da por terminada la condena y marcha a Roma, también en poder de los nazi-fascistas. Poco después le sigue Natalia con los hijos, que ya son tres (en el destierro ha tenido una hija). Pero la convivencia de la familia dura solo veinte días. El 20 de noviembre Leone es detenido por la policía fascista en su imprenta clandestina. Comprobada su condición de judío, se le pasa a la sección alemana de la cárcel Regina Coeli, donde es torturado hasta morir.

armisticio

Tras la liberación de Roma producida unos meses después, Natalia decide permanecer en la ciudad y confía los hijos a su familia, en Florencia primero y luego en Turín. Es seguramente el período más triste de su vida. Supera la depresión realizando trabajos para la sede romana de la editorial Einaudi, hasta que, un año después, se traslada a Turín donde se reúne con los hijos y los padres.

En 1947 publica la novela Y esto es lo que pasó, en la que relata las durasmorte leone 2 experiencias de una mujer en la sociedad dominada por el fascismo. El mismo año recibe el premio Tempo de literatura e ingresa en el Partido Comunista con el que colabora con la mejor voluntad hasta que, aburrida de la cotidianidad de la política en democracia, confiesa, lo deja en 1952.

En 1950 se casa con Gabriele Baldini, profesor de literatura inglesa con el que tendrá dos hijos. En el 52 publica la novela Todos nuestros ayeres y recibe el premio Viareggio. En el 56 Baldini es nombrado director del Instituto Italiano de Cultura en Londres, donde ella lo acompaña hasta el regreso de ambos en el 61.

En 1962 publica Las pequeñas virtudes, colección de breves ensayos o semblanzas en la que se incluye un recuerdo emocionado (dentro de su estilo austero) de su amigo Cesare Pavese, muerto por suicidio doce años atrás, y escribe Léxico familiar, la gran obra en la que puede decirse que se contiene toda su vida hasta aquel momento. Se publica al año siguiente y es galardonada con el Premio Strega.

Colabora en Il Corriere della Sera y participa en diversas actividades culturales (interpreta el papel de María de Betania en la película de Pasolini El Evangelio según san Mateo).

estrategia deTras la muerte de Baldini, en 1969, aumenta su interés por la política activa, estimulada por la situación creada en Italia con la llamada “estrategia de la tensión” (atentado de piazza Fontana de Milán): sucesión de acciones terroristas urdidas por la extrema derecha para frenar el auge de los comunistas. 

En los años 70 y 80, además de escribir y publicar varias novelas traduce, entre otros, a Proust, sin abandonar el interés por la política activa: en 1983 es elegida diputada por el Partido Comunista en cuya lista se presenta como independiente. Muere en 1991.

Natalia Ginzburg es la escritora de los pequeños detalles que conforman la vida, que van marcando el paso de un tiempo que unas veces se encoge y otras se detiene o semaria de bet alarga, como se advierte bien en Léxico familiar; es la novelista de la mujer víctima por partida doble de la sociedad y del régimen político; es un ejemplo perfecto de artista y de luchadora política, que sabe no confundir lo uno con lo otro. Una lucha que no tenía otro objetivo que posibilitar la plena realización del ser humano, librándolo de cadenas físicas y de mitos alienantes (¿qué objetivo suelen tener ahora las luchas políticas? cabe preguntarse hoy).

En este sentido, es significativo que algún comentarista le haya reprochado que, a diferencia de en El jardín de los Finzi-Contini, de Bassani, no se destaque en su obra su condición de judía, así como la injusticia que se cometía con los de su raza (que solo lo era por parte de padre). Y es cierto. Porque lo que hay en su obra es la aspiración, de raíz cristiana, a una liberación del ser humano sin distinción alguna de condición o de raza. O, si se quiere, una aspiración humanista; claro reflejo de la actitud del padre – judío y ateo – quien, habiendo sufrido física y moralmente bajo los monstruos, en la cima de su prestigio como científico, advertía en una entrevista con el presidente de la república, Sandro Pertini: 

              tenemos que acordarnos de no odiar a los alemanes

hitler y cia

 (De ESCRITORAS)       

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Natalia Ginzburg recuerda a Cesare Pavese

cesare pavese

A veces se mostraba muy triste, pero durante mucho tiempo pensamos que se curaría de aquella tristeza cuando decidiese ser un adulto. Porque la suya parecía una tristeza como de muchacho, la melancolía voluptuosa y vaga del muchacho que aún no ha tocado tierra y se mueve en el mundo árido y solitario de los sueños.

.

natalia ginzburg piccoleA veces, estando con él, nos sentíamos como humillados, porque no sabíamos ser sobrios como él, ni modestos como él, ni  generosos y desinteresados como él.

Para nosotros no fue un maestro, a pesar de habernos enseñado tantas cosas, porque veíamos perfectamente las absurdas y tortuosas complicaciones del pensamiento con que aprisionaba a su alma sencilla. Y hubiésemos querido enseñarle algo, enseñarle a vivir en un mundo más elemental y respirable. Pero nunca conseguimos enseñarle nada, porque cuando intentábamos exponerle nuestras razones, alzaba una mano y decía que él ya lo sabía todo eso.

Las pequeñas virtudes: Retrato de un amigo, Natalia Ginzburg, (traducción mía para la ocasión)

caffè-torino

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Amistad más fuerte que el amor

henry anais big surMe encanta esta foto. Anaïs Nin y Henry Miller. No he podido comprobar los datos que supongo. Voy a imaginar sobre algunos que conozco.

Principios de la década de los setenta del siglo pasado. Henry reside en Big Sur, en la costa de California. Anaïs reparte su vida entre Nueva York y Los Angeles. Alguna vez va a visitarlo.

millerSon escritores célebres. Nada académicos. Él ronda los ochenta años; ella se acerca a los setenta.

Cuarenta años atrás se conocieron en París. Los dos frecuentaban la bohemia artística. Los dos como escritores incipientes, quiero decir, aún no conocidos. Ella, de posición social alta – marido banquero, padre músico y compositor –; él, educado en las calles de Brooklyn y en las bibliotecas públicas, y siempre en contacto con la humanidad más elemental, primaria y desquiciada, que le proporciona todo lo que necesita para escribir.

Los dos escriben, y se escriben – incesante torrente de cartas por parte de él. Los dos se leen mutuamente, y se gustan. Y se aman.anais nin

Pero el amor, el que requiere y exige el abrazo físico, se acaba. La amistad, no. La amistad se fundamenta en la conexión astral, diría Henry, de dos seres en apariencia tan diferentes.

La escritura los une, el impulso irresistible a la creación literaria. La palabra escrita, que puede convertir lo más anodino o vulgar en algo maravilloso.

O hablada. Ahí tenemos a la pequeña Anaïs – con todas sus décadas a cuestas -, divertida, fascinada, ante las maravillas en forma de palabras que le va ofreciendo, vital, inagotable, el mago Henry.

El mago Henry y la hada Anaïs. La amistad. 

henry anais big sur             

 

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ANAÏS NIN. La seducción del Minotauro I

anais ninÚltima mirada a Barcelona y últimos pensamientos. Las montañas se alzan con belleza majestuosa. El Sol poniente muestra sus últimos pálidos rayos. Aquí y allá nubecitas blancas penden del cielo. Mientras contemplo el paisaje, los pensamientos se precipitan en mi mente. Vamos a dejar Barcelona, a dejar este hermoso país. Nunca más veré este cielo azul que tanto me gusta. Nunca más podré rozar con mis labios el dulce rostro de mi queridísima abuela…

Quien esto escribe es una niña de once años. Está embarcada, con madre y hermanos, en el vapor Montserrat, que zarpa rumbo a Nueva York. Es el 25 de julio de 1914. Falta el padre. Pensando en él escribe. Y no dejará de escribir ni de pensar en él hasta que arribe al umbral de la muerte, incluso después de haberlo recuperado, de extraño modo, y de haberse vengado de él, de rara manera.

Solo hace un año vivían todos juntos en Arcachon (Francia), aunque el padre, como siempre, pasaba temporadas ausente debido a sus compromisos artísticos. Eldescargajoaquin nin padre, Joaquín Nin, pianista, compositor, musicólogo; refinado, culto, cautivador, hedonista, donjuan, narcisista. Nacido en La Habana, de padre español (catalán) y madre cubana. La madre de la niña, Rosa Culmell, cantante de ópera, nacida en La Habana de padre danés (embajador en Cuba) y madre de origen francés, había dejado su carrera artística para acompañar al marido y cuidar de los hijos.

Pero el marido se perdía de vez en cuando en brazos de alguna admiradora o alumna. Hasta que la separación en Arcachon se convirtió en definitiva. Y el dolor que aquello infligió a la niña de once años persistió en el tiempo, primero como plegaria continúa a Dios para que le retornase el padre, y después – Dios también ausente – trasformado en indagación continua de sí misma y del mundo de los sentimientos a través de la creación artística.

Porque la niña Anaïs tuvo claro desde el principio que había de ser una gran escritora, de celebridad merecida, cuya tarea consistiría en desenredar, en clave poética, el mundo de los sentimientos. Pero esa celebridad deseada no la alcanzaría nin feministahasta la última fase de la vida. Y además se le presentaría un poco torcida y desfigurada en relación con lo soñado.

Y es que en el último tramo de su vida Anaïs se convirtió (la convirtieron) en adalid de la libertad de la mujer y del erotismo sin complejos. Y lo fue, sin duda, pero fue muchas cosas más por encima de las etiquetas que le iban poniendo. Y eso, no obstante las aclaraciones pertinentes que iba dejando en sus escritos.

Creo en la pareja, no en la abolición de las diferencias

Las feministas [radicales, precisaríamos hoy, a la vista del conjunto de su obra y vida] manifiestan una falta de humanidad propia de revolucionarios, como si estuviesen dispuestas a guillotinar a toda persona que tenga las uñas limpias

Contra el odio, el poder y el fanatismo, los sistemas y los planes, yo pongo el amor y la creación, una y otra vez, a pesar de la locura del mundo.

El caso es que la tan esperada celebridad se inició de repente en 1966 con la publicación de parte de su Diario. Pero, a pesar de la nube de vibrantes elogios que le dedicaron comentaristas que hasta entonces la habían ignorando, apenas nadie señaló la esencia real de la fuerza de Anaïs Nin.

Lo que hace indestructible a Miller es lo mismo que me hace indestructible a mí. En los dos, lo esencial es el artista, el escritor. Y es precisamente en nuestra obra como podemos reunir los fragmentos, volver a crear la unidad.

La obra de Anaïs la componen varias novelas, unos relatos cortos, una obranin diarios directamente porno-erótica, surgida en circunstancias especiales, y sobre todo el Diario.

Aquel cuaderno donde iba vertiendo la nostalgia y desolación de la niña fue el preludio de lo que, con los años, se convertiría en la obra magna de una mujer. Quizá, o con seguridad, la primera mujer que ha desarrollado por escrito todo el relato de su vida, exterior e interior, sin omitir nada, ni las fantasías, ni los sueños ni los detalles más escabrosos de la realidad.

Una vida que transcurrió en escenarios diversos. La infancia en Europa (París, Berlín, Bruselas, Arcachon, Barcelona). La adolescencia, en Estados Unidos y Cuba. La mujer casada, en París, primero como la señora burguesa que entonces era, aunque siempre indagando en el mundo y en sí misma a través del Diario, y luego, en cuanto dio con el acceso preciso (una obra: Women in love; un hombre: Henry Miller), como personaje integrante (compañera, amante, autora, “musa”) de la mítica bohemia de París de los años veinte y treinta del pasado siglo.

Y la última etapa, forzada por el estallido de la guerra en Europa, otra vez en Norteamérica, donde finalmente y con mucho esfuerzo alcanzó el deseado reconocimiento como escritora y el no tan esperado como icono de la liberación de la mujer y como figura destacada de la contracultura  americana (underground).

Además, fue paciente y oficiante del nuevo culto del psicoanálisis. Tenía que pasar por ahí para profundizar en la búsqueda de su propia alma, para restañar la herida otto rankdel abandono paterno, para absolverse por el extraño modo de vengarse del verdugo. Seduciéndolo. Y así, se confesó con el psicoanalista Allenby, al que también sedujo, y luego con el psicoanalista Otto Rank, al que  sedujo también y del que además se convirtió en alumna, ayudante, y oficiante del psicoanálisis durante pocos meses. Unos meses que pasó en Nueva York, intercalados en su etapa parisina. Pero, enseguida que consideró cumplida y superada la experiencia, Anaïs regresó  a París, escenario de los mejores años de su vida.

Y es que, aunque como literata escribió siempre en inglés (podía hacerlo también en francés, que dominaba, o en español, que también dominaba), se consideraba por encima de todo francesa.

Casualmente, Anaïs Nin había nacido en Francia.

(CONTINÚA)

(De  ESCRITORAS) 

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ANAÏS NIN. La seducción del Minotauro II

Anaïs Nin nació en Neuilly-sur-Seine, cerca de París, el 21 de febrero de 1903. Las actividades del padre, músico de prestigio, obligaba a la familia a continuos desplazamientos, y el destino quiso que Anaïs naciera en el país que de todos modos hubiese elegido. Dos años después, nació un hermano, Thorvald, en La Habana, y en 1908 otro, Joaquín, en Berlín, quien seguiría la carrera (musical) del padre.vapor montserrat

La infancia de Anaïs fue un continuo paseo por toda Europa (con algún salto a Cuba), hasta que el marido decidió separarse de la mujer, y de los hijos. Él mismo  insistió para que fuesen a vivir a Barcelona, con parientes suyos. Y así se hizo. Y en esta ciudad pasaron un año, de feliz recuerdo para Anaïs, hasta que, a instancias de la hermana de Rosa, Edelmira, se trasladaron a Nueva York.

Instaladas en Manhattan con la ayuda de Edelmira, Rosa procura ganarse la vida, principalmente en el negocio inmobiliario. Mientras tanto, Anaïs se dedica a instruirse: se inscribe en la biblioteca municipal con el fin de “leerlo todo, por orden Anaïs-Ninalfabético” y en cuanto puede realiza también trabajos ocasionales, entre los que al fin se impone el de modelo profesional, principalmente para fotografía.

A los 17 años, intima con su primo cubano Eduardo Sánchez y, a los 18 conoce a alguien que será decisivo en su vida, aunque, por cortesía de ella misma, apenas aparecerá citado en el Diario, un Diario que nunca abandona y que ya lleva las trazas de convertirse en la obra de su vida: se trata de Hugue (o Hugo) Guiler, joven de origen escocés, que ha vivido en Puerto Rico y que se dedica a la banca.

A los 19 años Anaïs se traslada a vivir a La Habana con la tía Antolina. Unos meses después, el 3 de marzo de 1923, en la misma capital cubana, se casa con Hugo Guiler. Al año siguiente el matrimonio se traslada a París (con la madre de ella), donde Joaquín, hijo, cursa estudios musicales y espera la ayuda del generoso cuñado. 

En la parte del Diario, que ella misma tituló Diario de una esposa, expone y analiza Anaïs sus sentimientos de felicidad, al mismo tiempo que deja escapar alguna nota discordante (“Hugo huele a banco”).  De hecho, la vida de mujer casada con un hombre bien situado (Hugo es director adjunto del National City Bank de París) empieza a agobiarla, ni siquiera ha podido conocer nada ni nadie del París artístico y surrealista con el que soñaba encontrarse.

Hasta que la crisis económica del 29 cambia el panorama. Hugo tiene que reducirlouveciennes gastos. Deja la residencia del centro de París y se traslada con toda la familia (esposa, suegra y cuñado) a una amplia casa alquilada en la localidad próxima de Louveciennes, donde hay suficiente espacio para que cada uno viva su vida sin interferirse.

En el cuarto de escritora que se arregla, Anaïs escribe, escribe mucho, sobre todo en su Diario, y  lee, lee mucho, hasta que un día da con una obra de D.H. Lawrence (Women in love) y ahí encuentra el modo de expresar el mundo de los sentimientos tal como ella lo ha soñado. Rechazado por la crítica “seria” por pornógrafo, Anaïs descubre en Lawrence al poeta, al místico. Y escribe un ensayo sobre el tema, que finalmente se publica en una revista. Ha nacido la escritora.

henry miller brassaiY entonces el azar tiende sus redes. No se sabe cómo, a Miller le llega y lee el ensayo de Anaïs. Ella por su parte queda encantada con un escrito de Miller, autor tan desconocido entonces como ella misma – que le llega no se sabe cómo -,  sobre una película de Buñuel. Al mismo tiempo Hugo se entera de que un abogado del banco, que de noche frecuenta la bohemia surrealista, es amigo de un aspirante a escritor muy bueno y muy excéntrico. Y Hugo, para complacer a su esposa, cuyos gustos conoce muy bien, organiza un encuentro en su casa para que los dos escritores primerizos se conozcan.

A finales de 1931, Henry Miller y Anaís Nin se encuentran en Louveciennes. Es el principio de una amistad eterna y el prólogo de un amor intenso pero perecedero, como todos los amores de Anaïs. Menos uno.

Ausente él de París una temporada, se escriben, se escriben mucho. Durante 1932, Miller le escribe 900 cartas. El 8 de marzo del mismo año se convierten en amantes. Anaïs no solo ama a Miller sino que le gusta como escritor – su fuerza, su vitalidad, su furia- y cree en él.

Es un hombre a quien embriaga la vida, que no necesita vino, que flota en una euforia generada por él mismo.

No obstante, no comparte su actitud artística ni sus preferencias estéticas.

Me cansan sus obscenidades, su mundo de “mierda, coño, hijoputa, polla”, pero supongo que así es como habla y vive la mayor parte de la gente.[] Una y otra vez tropic of cancerhe entrado en el realismo, y siempre lo he encontrado árido, limitado. Una y otra vez regreso a la poesía…

Pero cree en él, y le ayuda. Y gracias a su aportación económica, se publica Trópico de Cáncer, primera novela de Henry Miller, que había de fundamentar su prestigio de gran escritor. Es decir que, entre los papeles que Anaïs desempeñó en la bohemia parisina, hay que añadir el de mecenas. O más bien éste corresponde al marido Hugo (con su conocimiento o no).

A finales de 1934 la relación amorosa con Henry decae  (la amistosa, nunca). Y entra en escena el psicoanalista Allenby, muy brevemente. Y luego el poeta Artaud, con el que viaja por extrañas honduras del alma. Y luego el psicoanalista Rank, con mayor provecho para ella, parece.  Y es que hay una cuestión, fundamental para la sana evolución de su espíritu, que está pendiente de resolver. Y aquel era el momento. 

(CONTINÚA)

(De ESCRITORAS)

  

      

 

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ANAÏS NIN. La seducción del Minotauro III

valescureA pesar de la prohibición de la madre a los hijos, Anaïs contacta con el padre, y en diciembre de 1924 cena con él y su pareja, Maruca. Días después lo recibe en su casa. Aparentemente, lo que el padre busca es obtener la dirección de la madre para poder iniciar el proceso de divorcio. Anaïs se la da. Y acuerdan un próximo encuentro en mejores condiciones.

El encuentro no resulta nada próximo. Pero al final tiene lugar, en junio de 1933, en un hotel de Valescure, en la Costa Azul. En la parte del Diario titulado Incesto, Anaïs explica con bastante detalle (o con demasiado, según los gustos) los aspectos físicos y anímicos del encuentro. El padre afirma que no la ve como su hija, sino como una mujer encantadora y deseable. Ella escribe que finalmente tiene al hombre completo, con el que siempre ha soñado, y que ha ido buscando inútilmente en otros hombres.

Tenía al hombre que amaba en mis pensamientos; lo tenía en mis brazos, en mi cuerpo. Tenía la esencia de su sangre dentro de mi cuerpo. El hombre que busqué por todo el mundo, que marcó mi niñez y me perseguía. Había amado fragmentos de él en otros hombres: la brillantez en John, la compasión en Allendy, las abstracciones en Artaud, la fuerza creativa y el dinamismo en Henry. ¡Y el todo estaba allí, tan bello de cara y cuerpo, tan ardiente, con una mayor fuerza, todo unificado, sintetizado, más brillante, más abstracto, con mayor fuerza y sensualidad!

Fue en la noche de San Juan cuando “establecimos una relación nueva entrehoguera san juan nosotros“… “En España ese día amontonan los muebles viejosy hacen hogueras en las callesme pareció oportuno que mi padre y yo hiciéramos una hoguera del pasado…”.

Ha seducido a su padre, se ha vengado de él, está curada, sentencia el psicoanalista Rank. Y lo cierto es que Anaïs se siente un poco más serena el resto de su vida. Una vida que va a dar otro giro radical.

A finales de 1939 la guerra es una realidad en Europa. Ante la proximidad de Hitler, multitud de artistas e intelectuales residentes en Francia abandona el país vía Lisboa. André Breton, Max Ernst, Marcel Duchamp, Salvador Dalí… Anaïs también. Miller marcha a Grecia con L. Durrell. La mayoría, a Estados Unidos.

Nueva vida. Nuevas perspectivas. Poco halagadoras. En Francia ha publicado tres libros. En Nueva York, pese a los contactos e influencia de Hugo, ninguna editorial se interesa por los que ofrece. Finalmente, con ayuda del amigo peruano Gonzalo More – marxista que ya desde los tiempos de París no ha conseguido arrastrar a Anaïs a su trinchera revolucionaria -, se monta una mini imprenta en su propia casa. Ella es escritora y quiere demostrarlo al mundo.

nin imprentaEn mayo de 1942 consigue sacar Invierno de artificio. Ninguna repercusión. Poco después publica el conjunto de relatos, con tonos fantásticos y surrealistas, Bajo una campana de cristal, cuya primera edición se agota en tres semanas y que recibe los elogios del prestigioso crítico Edmund Wilson.

Sigue escribiéndose con Henry Miller, quien finalmente se ha instalado en California y al que visita en 1947 con su nuevo amante Rupert Pole. Porque por entonces Anaïs divide su corazón y su tiempo entre las dos costas de América, repartiéndolos por temporadas entre su marido Hugo en el este y Rupert en el oeste. 

Entre  el 47 y el 58 publica un ensayo (Sobre la escritura) y cuatro novelas (Hijos de Albatros, Corazón cuarteado, Un espía en la casa del amor y Barca solar). En 1961, La seducción del Minotauro.

En 1966 Anaïs se encuentra con lo peor y lo mejor. A principios de año se le detecta un cáncer en los ovarios y es trasladada urgentemente al hospital. Al despertar de la intervención quirúrgica le anuncian que ya tiene editor para sus Diarios (que se publicarán por partes: son unas cuarenta mil páginas mecanografiadas). Y con ellos alcanza la celebridad soñada.

Anaïs se convierte en la gran figura del movimiento de liberación de la mujer, aunque mantiene sus diferencias con ciertos grupos radicales. Sobre una de sus intervenciones públicas un cronista informa: “Decepción, esperaban una Pasionaria y aparece una vestal empolvada que proclama el genio de Miller”.

Miller, por cierto, está en el origen de la que sería su obra más famosa, pese a ella misma, aparte de los Diarios. En 1940 un coleccionista misterioso  había encargadonin conversación a Miller que le escribiera unos textos directamente pornográficos por los que pagaría un dolar por página. Miller – temeroso de que su pornografía propia se contaminase de la comercial – acabó pasando el encargo a Anaïs, quien se puso manos a la obra. Todo de forma anónima.

Pese a las presiones editoriales, Anaïs se negó a que se publicasen. Hasta que, finalmente, en 1975 cedió.

Me he decidido al fin a publicar estos textos eróticos porque representan los esfuerzos primeros de una mujer de hablar de un campo que hasta entonces había estado reservado a los hombres.

Y apareció en las librerías Delta de Venus. Y con el dinero del anticipo Anaïs pagó los gastos de su hospitalización. La enfermedad persistía.

También persistía la nostalgia de París, que visitó en dos ocasiones y donde solo encontró las ruinas del pasado. Y la amistad inquebrantable con Miller, con quien no dejó de escribirse y al que visitó en más de una ocasión en su retiro de Big Sur.henry anais big sur

En enero de 1977, ingresada de nuevo en el hospital, Anaïs se acaba. Pero su vida – la Vida – permanece en su Diario para siempre.

Quiere, en la habitación, la música alta, muy alta.

Voy a morir rodeada de música, en la música, con la música.

Quizá la misma música que arrulló su infancia.

(De ESCRITORAS)

 

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El eterno retorno (de una idea absurda)

Si realmente el tiempo es infinito, todo lo que puede ocurrir habría ocurrido ya.

nietzscheParece que sobre esta afirmación de Schopenhauer edificó Nietzsche su teoría del “eterno retorno”, teoría que ha sido luego admitida a trámite filosófico sin pestañear por serios pensadores que no dudarían en reírse del misterio de la Santísima Trinidad, pongo por caso. Pero yo creo que, para que la proposición citada se considere no una simple suposición sino una posibilidad cumplida, serían imprescindibles dos requisitos.

Primero. Que el tiempo sea en efecto infinito. Y es que hay varias creencias, religiosas o filosóficas, que no lo imaginan así. En el pensamiento cristiano, por ejemplo, se concibe un principio del tiempo, que es el acto creador de Dios, y un final, marcado por el regreso de Cristo y el fin de la historia, del tiempo. Por supuesto que esta creencia no está demostrada. Ni las otras tampoco.

Segundo. Que no se conozca o no se haya entendido en absoluto la concepción del tiempo en Kant y en Schopenhauer.

Obviamente, este último requisito requiere una aclaración. Intentaré darla, pidiendo por adelantado disculpas por mi torpeza en el manejo delKant2 instrumental filosófico.

La idea del eterno retorno, como la del tiempo infinito que le sirve de base, o del tiempo finito que la contradice, son hipótesis que se dirían formuladas por alguien exterior a la conciencia humana, que observase el devenir de las cosas y de los individuos.

Pero ese alguien no existe o, si existe, no se dedica a escribir filosofía. Así que esa hipótesis – la del eterno retorno – ha sido elaborada por la mente humana en una clara extralimitación de sus competencias. Y es que para una mente humana despierta – y que haya leído y entendido a K o a S -, el tiempo no es ni finito ni infinito; el tiempo es una cualidad, una característica consustancial al modo de operar del cerebro humano, una especie de foco connatural que permite conocer y distinguir lo que, en sí, es Uno e indistinguible.

Aplicando nuestro congénito foco del tiempo, experimentamos un suceso después de otro, (igual que aplicando el foco del espacio vemos un objeto al lado de otro). Ese es todo el tiempo del que podemos hablar.

El tiempo nace conmigo y muere conmigo. Y si, por un raro milagro, fuese cierto que yo ya había vivido antes o que este instante se me repite, al no tener conciencia o constancia de ello es exactamente igual que si no fuese cierto. Por la misma razón, todas las teorías sobre transmigraciones y similares son absolutamente inútiles. Es mi opinión.

También opino que los filólogos poetas no deberían dedicarse a la filosofía, sobre todo si son psíquicamente inestables. Y no opino más, porque hay mucho nietzscheano por ahí dispuesto a echarme la caballería encima.

Por otra parte, la frase de Schopenhauer que, según parece, está en la base de la teoría de Nietzsche ha de ser entendida en su contexto y en la intención del autor: poner de relieve la contradicción entre la idea de tiempo infinito y la idea de progreso, ya que, de existir el progreso en un tiempo infinito, allá donde hemos de llegar ya habríamos llegado sobradamente. schop y perrito


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ALFONSINA STORNI. La vida y el mar I

En mayo de 1892, en un lugar de la Suiza que habla italiano, nace una niña. Hasta que no cumpla cuatro años no oirá la lengua en la que habrá de pensar y escribir a stornilo largo de su vida. Tampoco hasta entonces conocerá el mar.

Sus padres, Alfonso Storni y Pasqualina Martignoni (Paulina), habían emigrado a la Argentina en la década anterior. Pero los negocios, al principio esperanzadores, tomaron tan mal rumbo que decidieron regresar a Suiza. Seis años después volvieron a embarcarse en el puerto de Génova para cruzar el mar con toda la familia: los dos hijos mayores, ya nacidos argentinos y la pequeña Alfonsina.

En San Juan las cosas no fueron mejor que antes. En 1900 la familia se traslada a Rosario, en busca de una salida a sus apuros económicos. En 1903, a los once años, Alfonsina deja los estudios para ayudar a su madre (mientras el padre se va hundiendo en la melancolía y el alcohol), como costurera; luego, en el pequeño restaurante que abre Paulina y, a los catorce años, como operaria en una fábrica de gorras.

Aún no ha cumplido dieciséis, cuando la compañía de teatro del actor español José Tallaví actúa en Rosario. Alfonsina, deslumbrada ante un mundo maravilloso y que sin embargo siempre había presentido (desde los doce años escribe versos)rosario, consigue que Tallaví le haga una prueba para cubrir una vacante del cuadro escénico. Admitida, pasa un año recorriendo el país, actuando en diversos pueblos y ciudades. La experiencia es positiva en un aspecto (“tuvo una gran influencia sobre mi actividad sensorial, pues me puso en contacto con las mejores obras del teatro contemporáneo y clásico..”), pero negativa en otro, el de la dura realidad del día a día (“casi una niña y pareciendo ya una mujer, la vida se me hizo insoportable. Aquel ambiente me ahogaba.”).

Deja el teatro y se matricula en la Escuela Normal de Maestros Rurales, pero siempre trabajando; incluso cuando realiza las prácticas de maestra trabaja como celadora en la misma escuela. Más tarde, ya en Buenos Aires, tendrá que seguir recurriendo a las ocupaciones más dispares para ganarse la vida: cajera, primero en una farmacia y luego en otro tipo de comercio, corresponsal de una empresa importadora de aceite de oliva…No es de extrañar que la poeta delicada (aunque también irónica e incluso sarcástica) no perdiese nunca de vista la realidad: estaba atrapada por ella y ni por un momento dejaba de sentir sus zarpazos.

La miseria sobrevenida de la familia, la muerte de un padre que andaba ya como un muerto por la vida, la urgente necesidad de dedicar la mayor parte del día a absurdos trabajos alimenticios… Difícilmente podría surgir de todo eso una poetisa exquisita encerrada en su torre de marfil. Más bien lo que se fue perfilando: una auténtica poeta que al mismo tiempo que nos sumerge en los misterios de la vida, del amor y de la muerte, no olvida su condición de trabajadora, que es la misma de la inmensa mayoría de la humanidad. Ni su condición de mujer, que es otra manera – enseguida lo ve claro – de ser, además de explotada, humillada.

Con el título de maestra, ejerce en Rosario al mismo tiempo que empieza a publicar poemas en revistas de la ciudad. Tiene dieciocho años y parece que su existencia va a seguir una tranquila linea ascendente. Pero la línea se rompe. Antes de cumplir los veinte años, abandona lo poco conseguido y se marcha, sola, a Buenos Aires, dispuesta a reiniciar su vida. Está embarazada.buenos aires pz italia

Soltera y con un hijo. Por grandes que hoy sean las dificultades de las madres solteras, no hay punto de comparación con lo que esa situación suponía entonces. Y es que, a los habituales problemas económicos, se sumaba un rechazo social absoluto, que relegaba a aquellas mujeres a la condición inequívoca de apestadas y a ser víctimas potenciales de todos los abusos.

Pero Alfonsina no sólo tiene el hijo, sino que, orgullosa y autosuficiente, oculta siempre la identidad del padre. Nadie sabe quién es. Sólo ella y más tarde Alejandro, el hijo. Es insólito que un secreto de esta naturaleza pueda mantenerse toda una vida y aún más (todavía no se conoce el nombre), sobre todo teniendo en cuenta que el hijo se mantuvo siempre en contacto con el misterioso padre. Se dice que era mucho mayor que ella, casado y de cierta relevancia pública. 

El caso es que en 1912 Alfonsina se planta en Buenos Aires,

Tristes calles derechas, agrisadas e iguales

por donde asoma, a veces, un pedazo de cielo…,

sin más pertenencias que el hijo aún no nacido y la inquebrantable voluntad de cumplir su poético destino. Aún no ha conseguido librarse de sus trabajos caras y caretasalimenticios cuando, en 1916, publica su primer libro de poemas, La inquietud del rosal, del que más tarde renegará (la poetisa todavía no es la poeta que aspira a ser) y empieza a escribir en las revistas Caras y Caretas, Mundo Argentino, El Hogar, colaboraciones que le aportan una ayuda económica y el espacio necesario para ensayar y desarrollar sus inquietudes intelectuales. En 1920 ya es colaboradora fija del periódico La Nación. Decididamente, las cosas van bien. Y aún pueden ir mejor.

Toda la década de los veinte es un lento afirmarse y ascender en una sociedad dominada por hombres y, en su mundo, por las grandes figuras de las letras. Entabla amistad con José Ingenieros y Manuel Ugarte, intelectuales socialistas. Asiste a diversas reuniones y tertulias de escritores como Emilio Centurión, Enrique Amorim, Horacio Quiroga. En una de ellas, conoce a García Lorca, de viaje por Sudamérica. Ante nada se arredra. Escribe, trabaja (da clases de arte escénico en su cátedra del Conservatorio de Música y Declamación, ejerce como profesora en escuelas públicas, por la noche enseña castellano y ocrearitmética en una escuela de adultos…), participa en los movimientos sociales y gremiales (sindicales).

Su obra poética se va publicando a un ritmo sostenido (1918, El dulce daño; 1919, Irremediablemente; 1920, Languidez; 1925, Ocre), hasta que, con la publicación de Ocre, su escritura cambia, se depura, se estiliza, pierde los viejos resabios del modernismo y se pone a la altura de los grandes poetas del momento; en lo formal, que en lo demás ya los alcanzaba.  (CONTINÚA)

(De ESCRITORAS)

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ALFONSINA STORNI. La vida y el mar II

storni feministaPero la popularidad de Alfonsina no sólo le viene de la poesía (puede sorprender hoy que este género literario otorgue cierta popularidad), sino también de sus artículos periodísticos. Su contenido solía girar sobre un mismo tema: la condición social de la mujer y la manera de superarla. Títulos como “Feminismo perfumado”, “A propósito de las incapacidades relativas de la mujer”, “Un simulacro de voto”, “Compra de maridos”, dan una idea del tono de esos artículos.

He de apuntar que el feminismo de Alfonsina ha sido (y es) un campo de batalla donde se enfrentan dos visiones extremas: la que lo considera un ejemplo claro de feminismo radical y combativo y la que lo ve como una simple protesta ante las situaciones más injustas, pero que no cuestiona la superioridad masculina ni, en lo básico, el papel tradicional de la mujer. La primera tiene elementos suficientes en que basarse, tanto en la obra poética como en la periodística (si le rebajamos lo de radical). En cuanto a la segunda, me temo que algunos de sus defensores se han dejado engañar por la ironía, más bien transparente, de la escritora. Y es que se necesita cierto grado de miopía para tomar en sentido directo versos como estos:

Así somos, ¿no es cierto? Ya lo dijo el poeta:

movilidad absurda de inconsciente coqueta,

deseamos y gustamos la miel de cada copa

y en el cerebro habemos un poquito de estopa.

Por mi parte, diría que el feminismo de Alfonsina pertenece a la triste categoría de la lucha por lo evidente, quiero decir que corresponde a una visión que apenas va ligada con la época sino con el sentido común (en el caso de que la sensatez fuese realmente común). Por ejemplo, el mensaje de sus versos

Tú me quieres blanca,

tú me quieres alba

me quieres de espumas,

me quieres de nácar.

Que sea azucena

sobre todas, casta…

es el mismo que tres siglos atrás lanzara Sor Juana Inés de la Cruz,

Hombres necios que acusáissor juana joven

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis…

y no diferente de lo que, hacia el 1800, un hombre (tan inteligente como Goethe, es cierto) ponía de manifiesto:

¡Te quejas de la mujer que va de uno en otro!

No la censures: va en busca de un hombre constante.

En todo caso, está claro que el de Alfonsina no es un feminismo asexuado que busca la derrota y humillación del hombre, por hirientes que puedan parecer algunos de sus versos,

Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,

hombre pequeñito que jaula me das.

Digo pequeñito porque no me entiendes,

ni me entenderás…,

sino un intento de superar diferencias absurdas que apenas tienen que ver con el misterio del amor entre un hombre y una mujer:

Es que anoche tus manos, en mis manos de fuego,

dieron tantas dulzuras a mi sangre, que luego

llenóseme la boca de mieles perfumadas

Porque, como es evidente, antes que ideóloga o activista social, Alfonsina es poeta, una inmensa poeta.

Por cierto, ¿en qué consiste ser poeta? ¿Qué es la poesía? Tengo para mí que, salvo tal vez algún profesor universitario contratado al efecto, nadie es capaz de definir la poesía. Como todo lo que tiene que ver con las emociones, la poesía hay que sentirla.

En esta dirección, no puedo resistirme a proponer un ejercicio práctico. Tómese la composición Han venido…, del libro de poemas de Alfonsina Languidez, y léase con atención y a ser posible en voz alta (que es como se habría de leer siempre la poesía)

Hoy han venido a verme

mi madre y mis hermanas.

Hace ya tiempo que yo estaba sola

con mis versos, mi orgullo; en suma, nada.

Mi hermana, la más grande, está crecida,

es rubiecita; por sus ojos pasagolondrinas

el primer sueño. He dicho a la pequeña:

-La vida es dulce. Todo mal acaba…

Mi madre ha sonreído como suelen

aquellos que conocen bien las almas;

ha puesto sus dos manos en mis hombros,

me ha mirado muy fijo…

y han saltado mis lágrimas.

Hemos comidos juntas en la pieza

más tibia de la casa.

Cielo primaveral… para mirarlo

fueron abiertas todas las ventanas.

Y mientras conversábamos tranquilas

de tantas viejas cosas olvidadas,

mi hermana, la menor, ha interrumpido:

– Las golondrinas pasan …

Una escena sencilla, cotidiana, contada con palabras claras, directas. Y sin embargo, ¿qué sentimos al leerlas? El aleteo vago de una emoción inexpresable. ¿En qué consiste ese efecto? ¿Cómo se consigue? Esto es lo que nunca conseguirá explicarnos el mejor profesor universitario. Es el misterio de la poesía, que sólo se manifiesta mediante la misma creación poética.

Pero la vida sigue. Y la de Alfonsina está adquiriendo un ritmo quizá demasiado acelerado. No puede dejar de escribir y publicar, no puede dejar de atender los mar del platarequerimientos de la vida social, no puede dejar de trabajar (por fortuna, ya en actividades más acordes con su vocación intelectual y pedagógica), no puede dejar de atender a su hijo (que se convertirá en un médico de prestigio). Tanto esfuerzo, tanta tensión, llegan a afectar su salud. Los nervios se resienten. Se le recomienda descanso. Decide pasar algunas temporadas en Mar del Plata,

con las grandes olas, y las rocas muertas

y las anchas playas que ciñen el mar,

donde el rumor del oleaje le va susurrando insidiosamente que ahí mismo hay un lugar maravilloso para el descanso perfecto.

En el fondo del mar

hay una casa

de cristal.

Pero, salvo esos cortos períodos de retiro, Alfonsina no descansa. Se ha convertido en una de las primeras figuras del mundo de las letras bonaerense, a pesar de su fracaso en el teatro y de la hostilidad de los ultraístas agrupados en torno a la revista Martín Fierro, entre ellos un joven Jorge Luis Borges.

A principio de la década siguiente, viaja dos veces a España, donde conoce a algunos de los componentes de la flamante generación del 27. Su posición en el ambiente cultural del cono sur sigue siendo preminente. La amistad epistolar con la poeta chilena Gabriela Mistral se refuerza con el conocimiento personal. Más fuerte – no sabemos hasta qué grado de intimidad (bueno, algunos siempre saben estas cosas) – es su relación con el uruguayo Horacio Quiroga, que incluso le propone que le acompañe a su retiro de la selva de Misiones, proposición que ella no acepta.storni quiroga

En 1935 todo se ensombrece. Aparece el cáncer. Se le amputa un pecho. Pero el mal reanuda su labor destructora. Por entonces se entera del suicidio de su querido Horacio, también afectado de un cáncer incurable, y aplaude:

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,

y así como en tus cuentos, no está mal;

un rayo a tiempo y se acabó la feria

En enero de 1938, es invitada a Colonia por el Ministerio de Instrucción Pública de Uruguay al homenaje que se rinde a las tres grandes poetas de América: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y ella misma. El veinticuatro de octubre de ese mismo año, Alfonsina está de nuevo en la pensión de Mar del Plata. A la mañana siguiente, dos hombres encuentran su cuerpo sin vida en la playa.

Cuenta la leyenda que la madrugada del día veinticinco Alfonsina, presa de mal de amores, se fue hasta la cercana playa y, caminando descalza, se adentró en el mar. (Por la blanda arena /que lame el mar /su pequeña huella /no vuelve más).

Dice la crónica que aquella tarde el dolor de la enfermedad se le había hecho insoportable, que por la noche se llegó hasta el pequeño acantilado que vigila la playa de la Perla y que, desde allí, se arrojó al mar.

La verdad poética (o sea, la verdad) es que Alfonsina tuvo dos grandes amores, la vida y el mar; cuando se vio abandonada por la vida, se entregó al mar.storni monumento(De ESCRITORAS)

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ESCRITORAS

ch. bronte

Hace un tiempo, en un intento de llamar la atención sobre mis escritos, publiqué en el Blog un Ensayo de prólogo para en su día en el que daba cuenta de la finalización de las series sobre escritores tituladas Los libros de mi vida y Los libros de mi vida. Lista B, que había estado escribiendo desde hacía unos cuatro años.

En el penúltimo párrafo de dicho Ensayo anunciaba mi intención de corregir una anomalía que en la segunda de las referidas series había observado a destiempo. Ha llegado el momento.

Inicio ahora una serie sobre escritoras. La composición de la lista no la tengo decidida, todavía. Han de ser 21, por supuesto. Pero ¿quiénes?

Y es que una cosa está muy clara, para mí. Para formar parte de mis listas no basta con que la persona en cuestión escriba bien. Ni siquiera que escriba muy bien. Ni tampoco que sea el autor o autora más famoso de la historia de la literatura.  Ha de ser, además de artista, una persona especial; una persona que, por ciertas cualidades que me resulta difícil precisar, merezca mi especial simpatía y veneración.

Muy subjetivo, lo reconozco. Pero, quien no le guste, que no lo tome. Al fin y al cabo, si no de otras cosas, yo soy dueño de mi mundo.

En todo caso, está fuera de duda que la escritora que encabeza la lista cumple con creces mi requisito.

 

1. SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ. La doncella y el dragón

2. MARY SHELLEY. La vida monstruosa

3. MADAME DE STAËL. Pasión y esprit

4. JANE AUSTEN. La mitad del mundo

5. CHARLOTTE BRONTË. Más fuerte que el amor

6. EMILY DICKINSON. El premio de la vida

7. EMILIA PARDO BAZÁN. La condesa palpitante

8. ALFONSINA STORNI. La vida y el mar

9. ANAÏS NIN. La seducción del Minotauro

10. NATALIA GINZBURG. La familia, los monstruos y el tiempo 

  *NEL MEZZO DEL CAMMIN…

11. CARMEN LAFORET. Nada y los demonios

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