Máximas y reflexiones petronianas

 

[En el último capítulo de las Conversaciones con Petronio, su autor, Lucio Antonio Turno, nos dice: “En algún lugar, que no recuerdo, debo de conservar la recopilación de las sentencias y reflexiones petronianas más brillantes y profundas”. Pues bien, parte de esa recopilación se ha encontrado; aquí está.]

Por lo general, vivimos demasiado implicados en nosotros mismos. Si nos acostumbrásemos a vernos desde fuera, como un objeto más de nuestra curiosidad, en vez de padecer, contemplaríamos. El sufrimiento se convertiría en espectáculo, en teatro, en pura representación.

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El arte tiene a veces efectos prodigiosos: un tirano cruelísimo llora de pena ante las tribulaciones de un personaje de ficción. Pero no todo lo prodigiosos que sería de desear: concluida la lectura o la representación, el tirano reanuda el ejercicio cotidiano de la crueldad. El sentimentalismo, la lágrima fácil, nada tiene que ver con los buenos sentimientos.

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Los buenos sentimientos con los demás nacen de la oscura convicción de que todos somos lo mismo; el sentimentalismo, de algún efecto no conocido de la digestión.

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Cuando la pasión nos inflama nos sentimos capaces de hacer grandes cosas; cuando nos abandona, a veces las hacemos.

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Contra lo que el vulgo opina, el dinero no da la felicidad. De lo contrario, los más ricos serían los más felices, cosa que sabemos que no es cierta. El dinero sólo sirve para solucionar problemas. Pero también puede crearlos. Y ésos no se solucionan con dinero.

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El placer pasa, de acuerdo. Pero su recuerdo permanece. ¿A quién le interesa el recuerdo del dolor?

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La mezcla de placer y de dolor es un vino exquisito que, en su variedad auténtica, solo se da en la adolescencia. Se habría de buscar la manera de conservarlo sin que perdiera su aroma y sabor originales.

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Solo hay una manera segura de pasar desapercibido por el mundo: no haciendo daño a nadie.

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Si nos conociésemos a nosotros mismos, conoceríamos a los demás.

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Razonar no es la mejor manera de convencer. Convencen los hechos, no las palabras.

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Dar muchas explicaciones confunde y no convence. Y si nadie las ha pedido, delata.

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Puesto que uno no puede gustar a todos, más vale que se dedique a gustarse a sí mismo.

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Debemos respetar el sueño de la ignorancia. Los hay que despiertan para enloquecer.

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Cuando volvemos la vista atrás comprendemos que aquello que elegimos no pudo ser de otra manera. La elección se revela destino.

La vida juega con nosotros como nosotros debemos jugar con la vida.

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La afirmación de Séneca de que los esclavos son seres humanos como nosotros no es todo lo provocadora que pretende ser. Debiera haber dicho que nosotros somos seres humanos como los esclavos. Al fin y al cabo, la situación del esclavo suele remediarse hacia los treinta años. La nuestra no tiene remedio.

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Dentro de un tiempo no existiré. «¿Por qué te preocupas?», dice el filósofo. «Tampoco existías hace un tiempo y eso nunca te ha preocupado». Ya, pero el filósofo escamotea un dato esencial: que entre la primera y la segunda inexistencia hay una explosión de deseos infinitos que acaban en nada, una aparente promesa rota.

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Todo el mundo se cree con derecho a ser feliz. Pero nadie sabe decir quién ha otorgado o reconocido ese derecho.

El éxito de las religiones orientales se debe a que ellas sí prometen la felicidad. En otro siglo, en otro mundo, naturalmente. Porque los de aquí y ahora, ya se sabe lo que pueden dar de sí.

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En el fondo, hasta el más lúcido piensa que mañana, su mañana, será mejor. Sin esta ilusión no soportaríamos la vida.

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A partir de cierto momento la vida es una caída. La caída física empieza a los cuarenta años, la intelectual mucho más tarde. Pero así como de la primera somos conscientes, la segunda ataca siempre a traición: deteriorado el órgano pensante, ¿cómo puede advertir su deterioro?

Así que, si hemos de terminar, el mejor momento será cuando, recién iniciada la caída física, la mente se mantiene en perfecto estado. Y habría de recordar que ya tengo 45 años.

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La Historia es una obra de ficción en la que los personajes vienen impuestos.

La filosofía es una parte de la literatura de ficción, cuyas obras tienen el mal gusto de querer convencernos de algo.

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Los que afirman que la literatura es sólo oficio merecen ser carpinteros.

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El objetivo verdadero de todo escritor es llegar a escribir aquel libro que le hubiese gustado leer en su juventud.

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El pensamiento de los grandes hombres es un fondo común que todos tenemos el derecho de utilizar y manipular, y la posibilidad de ampliar.

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Lo ideal sería que cada palabra que pronunciamos tuviese un significado y fuese dirigida a producir un efecto. En literatura es imprescindible.

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El artista da vida al personaje, aunque lo tome de la Historia. El Eneas de Virgilio está vivo; el de la Historia…ni siquiera se sabe si existió.

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Si escribes una obra dando vida al personaje Petronio, ése será el que vivirá. Mientras que el Petronio de carne y hueso que tienes delante…ni siquiera se sabrá si existió.

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Concluida la obra, en el momento de la revisión, el autor ha de preocuparse más de lo que sobra que de lo que falta. Expurgando, reduciendo, el escritor más novato puede lograr resultados aceptables. Por lo general, escribimos -y hablamos- demasiado.

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El poder se conquista, la justicia se compra.

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Leyendo la Historia de Roma de Tito Livio uno saca la impresión de que los romanos hemos conquistado el mundo actuando en legítima defensa.

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Construir y pleitear: los dos grandes vicios de los romanos. Y también guerrear y dominar; pero esto, si creemos a Livio, siempre obligados.

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Cada cual ve en ti una máscara distinta. Sólo quien te ama te ve como tú mismo te ves: único e imprescindible.

Amar a alguien significa rescatarlo de la masa gris de la humanidad para convertirlo en una persona única, imprescindible.

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El amor apasionado nace de la fuerte sospecha de que aquella persona, y no otra, es precisamente la mitad que nos falta. Dadas las características del amor apasionado, nunca tenemos la oportunidad de comprobarlo.

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Las vidas más felices acaban en la muerte. Si lo miras bien, todo es naufragio.

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Se mire como se mire la vida es una broma pesada. Pero es de mala educación no soportar las bromas. Y en este caso, además, resulta inútil. Así, que sigamos el juego con toda la paciencia, el ingenio y el buen humor de que seamos capaces.

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SILVINA OCAMPO. La nena terrible I

Aún no tiene diez años. Como tantas tardes de verano, ha escapado del sopor del mediodía que invade la gran casa rodeada de hectáreas de parque. Inquieta, oculta entre los árboles, espera la llegada de los seres maravillosos. Los mendigos. Aparecen, como siempre, en pequeños grupos. Algunos, lisiados. A uno lo falta un ojo, a otro un brazo. Los hay que cojean penosamente. Hay rostros que parecen de cera, cabelleras que se dirían de esparto. Cual valiente capitana, conduce a la tropa al establo próximo donde tiene preparado un refrigerio mínimo con lo que, a hurtadillas, ha podido recoger de cocina y despensas. Dos sirvientas la observan ocultas. Sonríen. ¡La han advertido tantas veces de que no se acerque a aquella gentuza! Saben que es inútil.

Inútil es establecer un retrato claro de la persona y escritora en que se convirtió aquella niña “rara”. Si hay algo que da continuidad a su vida es precisamente su fascinación por lo marginal, deforme y prohibido. Fascinación que no le impide llevar una existencia más o menos acorde con lo establecido por las normas de su mundo, de su clase. Ni siquiera esa inclinación por los pobres, por los desgraciados de la tierra, la impulsa a comprometerse en alguna especie de actividad social o política. Se diría que no advierte ninguna relación entre una cosa y la otra, que su atracción por ciertos aspectos del mundo subhumano o parahumano, es solo estética. Reflexión que, por supuesto, no podía hacerse la niña terrible, pero que tampoco habría de explicitar la mujer de larga vida. O tan solo en la forma retorcida y críptica de su literatura.

La clase a la que pertenecía la “nena terrible”, como la etiquetó un escritor, era la más alta que se movía en la civilización occidental. Puramente aristocrática, si no fuese porque el adjetivo, en su sentido estricto, no tiene aplicación en el continente americano. Don Manuel Ocampo, el padre, descendía en línea directa de uno de los primeros españoles que llegaron a América; se dice que era un paje de la reina Isabel la Católica. La familia se fue desplazando hacia el sur, ocupando siempre, los varones, altos cargos en la administración colonial. Establecida en la actual Argentina en el siglo XVIII, participó en el movimiento de independencia frente a España a principios del XIX, al igual, pero ésta en mayor grado, que la familia Aguirre, a la que pertenecía la esposa de Carlos Ocampo y madre de seis niñas. Silvina era la menor.

Victoria, la mayor, intelectual, escritora y animadora del mundo cultural, da cuenta de este protagonismo social, político y cultural de la familia durante todo el siglo XIX en un par de líneas:

San Martín, Puyrredón, Belgrano, Rosas, Urquiza, Sarmiento, Mitre, Roca, López. Todos eran parientes o amigos.

Y económico. La fortuna de los Ocampo era enorme, inamovible, inmune a los bandazos de la política de cualquier signo, como suele ocurrir con las fortunas enormes e inamovibles. Contaban con magníficas residencias en la ciudad (como la de calle Viamonte, donde nació Silvina) y espléndidas quintas en el campo, como la llamada Villa Ocampo, donde la niña terrible solía esperar a los mendigos encaramada a los árboles. Todavía en 1943 se permiten el lujo de trasladar su residencia a un edificio de pisos en el barrio Recoleta de Buenos Aires, que les había comprado el padre. Seis plantas, una para cada hija. Y ya a principios de siglo, es decir, durante la infancia de las niñas, todos los años viajaban a Europa. Embarcaban con todo: la familia, el servicio, y una o dos vacas para que a las niñas no le faltase la leche fresca.

El destino preferente era París, donde en uno de esos viaje los padres creyeron descubrir en la niña de seis años especiales capacidades para el dibujo y la pintura, y enseguida le asignaron un profesor. Ya mayor, pareció que Silvina iba a insistir en ese camino. Pero pronto el ambiente en que se movía, eminentemente literario, y los extraños monstruitos que se agitaban en su interior como buscando salida la pusieron en la vía correcta del destino.

Toda su vida estuvo condicionada, por lo menos en los aspectos externos, por la tríada que presidía (casi puede decirse) el mundo de las letras argentinas. De menor a mayor relevancia:

Adolfo Bioy Casares, el marido, once años menor que ella, refinado estanciero (terrateniente), amigo, más que de la vida social, del tenis y de las mujeres, de las que inevitablemente se enamoraba (y a las que inevitablemente enamoraba). Y que, sin que apenas nadie lo esperase, se reveló hacia la treintena como uno de los mejores escritores del país.

Jorge Luis Borges, escritor de reputación creciente hasta que alcanzó la categoría de eterno candidato al premio Nobel. Muy amigo de Adolfito y de Silvina. Durante años cenó todos los días en casa de la pareja.

Victoria Ocampo, voluntariosa, segura, liberal (en política), cosmopolita, que condujo sabiamente la revista y la editorial que ella misma había fundado y financiado: SUR. Ambas pusieron en lugar destacado el prestigio intelectual de Argentina en el mundo, con colaboradores de la talla de Octavio Paz, Ortega y Gasset, Virginia Woolf, Albert Camus, entre otros muchos.

En apariencia Silvina era, de los cuatro, la menos destacada. Algunos apuntan a que se sentía envidiosa y acomplejada ante el trabajo literario de Borges, y que vivió relegada y oculta a la potente luz del trío mencionado; otros biógrafos y comentaristas, más certeros, creo yo, afirman que el discreto segundo plano no fue impuesto por los tres ni autoinfligido por la modestia propia, sino que era el resultado de una opción lúcida y libremente elegida por ella, totalmente acorde con su modo de estar en el mundo: más atenta a los fantasmas de la imaginación que a los que circulaban a su alrededor.

Con cada uno de los tres mantenía Silvina una relación diferente. Con Bioy, el marido, un amor total y absolutamente dependiente que pasaba por encima – aún sufriéndolas – de las infidelidades públicas de él, del mismo modo que él pasaba por encima de las discretas – y quizá en algún caso lésbica – infidelidades de ella, y es que ella siempre fue lo más importante para él. Y viceversa.

Con Borges le unía un amistad fuerte y sincera, apenas enturbiada ocasionalmente por puntuales discrepancias literarias.

Con Victoria, la hermana, la historia era delicada y venía de antiguo. Aparte de la disparidad de caracteres, Silvina guardó siempre viva la herida que le infligiera Victoria en su infancia, al arrebatarle, cuando se casó, a la niñera a  quien la pequeña, de nueve años, amaba como a una madre, sin que de nada sirvieran sus ruegos ante la prepotencia de la mayor.

Tampoco Borges conectaba especialmente con Victoria, pero la conocía bien, la admiraba y, sobre todo, la acataba. Adolfito simplemente no la soportaba.

La labor semisecreta de Silvina no se empieza a conocer hasta sus treinta y cuatro años de edad, cuando publica la primera colección de cuentos, Viaje olvidado (1937), punto de partida de la constelación de historias increíbles, pobladas de personajes retorcidos, niños y niñas en muchos casos que dinamitan la idea la inocencia infantil. Como el cuento de la niña obsesionada por recordar el momento de su nacimiento, o el de la niña que odia a su institutriz hasta el extremo de querer transformarla en gato, o el de las siete niñas invitadas al cumpleaños de un niño quien, cuando ellas se van de la fiesta, «ya era un hombrecito». Y sean quienes sean los personajes – niños, mayores, poderosos, pobres -, el modo de narrar es tan novedoso y atrayente que solo se podría comparar al de su casi contemporáneo Cortázar. Y así, nos ofrece un mundo en el que el encadenado de la lógica a menudo se quiebra y en el que los hechos brincan directamente desde la profundidad del inconsciente. Se me ocurre que lo más parecido a los cuentos de Silvina son nuestros sueños.

(CONTINÚA)

(De ESCRITORAS)

    

 

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SILVINA OCAMPO. La nena terrible II

Silvina Ocampo nació en Buenos Aires en 1903, última de seis hermanas. El padre, Manuel Ocampo, era ingeniero además de miembro de una distinguida y rica familia que hundía sus raíces en las carabelas de Colón, más o menos. También la familia de la madre, Ramona Aguirre, era de rancio abolengo y de grades posibilidades económicas.

Silvina, como el resto de las hermanas, no conoció la escuela primaria ni la secundaria. Los estudios los realizó en casa a cargo de profesores competentes y, como no era nada extraño entre la gente de su clase, aprendió primero el francés y el inglés que el español.

Su carácter era un poco especial, ”raro”, solían decir familiares y conocidos. Hablaba poco (“¿se te ha comido la lengua el gato?”, expresión que, con su poderosa imaginación, la llenaba de terror). Pero el rasgo que más la distinguía del resto de la familia y de la gente pudiente, era su afición a las personas de las clases inferiores ya fuesen mendigos o miembros del servició doméstico, en cuyas dependencias pasaban las horas, entre planchadoras, costureras y cocineras. Dice la niña de uno de sus cuentos:

Ser pobre, andar descalza, comer fruta verde, vivir en una choza con la mitad del techo roto, tener miedo, deben ser las mayores felicidades del mundo. Pero nunca podré ambicionar esa suerte. Siempre estaré bien peinada y con estos horribles zapatos y estas medias cortas. La riqueza es como una coraza que Miss Fielding admira y que yo destesto.

Obediente a la vocación anunciada en su infancia, en 1929, a los 26 años, se encuentra en París estudiando pintura y dibujo. Allí frecuenta a los artistas argentinos y estrecha su amistad con Norah Borges, hermana del escritor, y ya destacada artista. Y cuenta con maestros como Chirico y Léger.

De vuelta a Buenos Aires sigue por un tiempo su dedicación a las artes plásticas, afición que pronto sería desplazada por la que la tendría mayormente ocupada toda la vida. Dos hechos fueron decisivos en este giro vital: la fundación de la revista SUR por su hermana Victoria, en 1931, y la relación amorosa con Adolfo Bioy Casares, el rico, ocioso y encantador estanciero, quien pocos años después se había de revelar como uno de los grandes escritores argentinos.

En 1934, Silvina y Adolfo, que ya viven juntos, se establecen en la quinta de Pardo, propiedad de él, y es allí donde ella empieza a escribir en serio. Y también donde consolida su amistad con un amigo de Adolfo que suele visitarlo, Borges. No es extraño que en este ambiente, la pluma venciera al pincel, es un decir. También ayudó el hecho de figurar como una de las fundadoras de SUR, lo que facilitó la publicación y reseña de algunos de sus cuentos, no obstante que ni ella ni Adolfo ejercieron en ningún momento como los consejeros de redacción que eran. 

En 1937 publica la primera colección de cuentos, Viaje olvidado, que provocan en Victoria una reacción de asombro y de recelo hasta el extremo de considerarlos públicamente una serie de “recuerdos distorsionados de la infancia”, “recuerdos reinventados” por “una persona disfrazada de sí misma”.

En 1940 Silvina y Adolfo se casan, precisamente el año en que él publica La invención de Morel, novela que consolida el prestigio literario de su autor. La desacostumbrada diferencia de edad (él, once años menor) y el hecho de que ella conociera al muchacho por la madre de éste, provocaron el rumor de que fue la madre, que tenía una relación lésbica con Silvina, la que urdió el matrimonio. Hecho que fuentes muy fidedignas niegan rotundamente. Pero las malas lenguas insisten; por eso se las llama “malas”.

Lo que sí era de conocimiento público, esposa incluida, era las continuas infidelidades del marido. Un episodio célebre en este sentido fue el que tuvo lugar durante el viaje que la pareja realizó por Europa en 1949. Iban acompañados por la sobrina de Silvina, Genca, quien era (o había sido) amante de Adolfo. Y ocurrió que en el camino se encontraron con Octavio Paz y su esposa de 29 años, Elena Garro, también escritora, dicen que oscurecida por el poderío intelectual del marido. Y ocurrió que Adolfo y Elena se enamoraron locamente, que es como se enamoran los que se enamoran. Un amor mayormente epistolar, solo físico en las pocas ocasiones que tuvieron para verse: un breve encuentro en Europa en 1951 y otro también breve en Estados Unidos en 1956. Otro hecho curioso fue que, no pudiendo o no queriendo tener hijos Silvina, adoptaron en 1954 a Marta, la hija que Adolfo había tenido con una de sus amantes. Evidentemente, con todo esto Silvina sufría, pero lo aceptaba en aras de un bien mayor: no perder a Adolfito; idéntica razón llevaba a éste a tolerar los mucho más discretos desvaríos de la esposa. Desde cierto punto de vista se diría que formaban una pareja perfecta.

En todo caso, la actividad creativa de Silvina no se detiene. También en poesía. En 1942 ya había publicado dos poemarios (Enumeración de la Patria y Espacios métricos) que, aunque de calidad notable, nada tienen que ver con los cuentos en cuanto a originalidad e impacto en el lector. En 1946 se publica una novela escrita junto con Adolfo – estimaba a su esposa también como escritora -, sin que se sepa qué aspectos o partes de la obra corresponden a cada cual: Los que aman, odian, novela policíaca, género que ella apreciaba tanto como Adolfo y Borges. En 1948 publica otra colección de cuentos (dicen que esta vez influida por Borges), Autobiografía de Irene.  En el 59, con La Furia, y en el 61 con Las Invitadas, se consolida su prestigio como escritora, sin que en ningún caso llegara – ni todavía hoy – al nivel que muchos creemos que merece.

Mucho más discreta que el marido, de la vida íntima de Silvina poco se sabe. Aparte de la fantasiosa historia de la suegra, trascendió su relación también supuestamente lésbica con la joven poeta Alejandra Pizarnik. Pero de los testimonios escritos se evidencia que la «tórrida pasión» de que hablan los comentaristas fue sobre todo por parte de la joven, mientras que Silvina pronto se sintió agobiada por aquel vehemente acoso, y es posible que su tácito rechazo tuviera algo que ver con el suicidio de Alejandra en 1972.

Silvina seguía escribiendo y publicando, tanto relatos (Los días de la noche, 1970; Y así sucesivamente, 1987) como poesía (Amarillo celeste; Árboles de Buenos Aires, 1970) hasta que, unos cuatro años antes de su muerte, ocurrida en 1993, el maligno Alzheimer la apartó del mundo. 

Nadie sabe lo que ocurre en la mente de las víctimas de esta enfermedad. En el caso de Silvina podemos suponer que, en su sueño, habría mañanas luminosas pobladas de árboles y mendigos, y tardes grises con sus institutrices estúpidas y  sus niños asesinos.

(De ESCRITORAS)   

  

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XVIII

Desde mi regreso de Pompeya mis relaciones con Petronio habían adquirido un tono distinto, más familiar, más íntimo. Por otra parte -él lo observó enseguida-, me había despojado de parte de mi timidez y de mi postura de admirador rendido. También la frecuencia y el estilo de los encuentros era diferente. Se hicieron más esporádicos y ya sin rastro de los pudores protocolarios que antes me preocupaban: sin dejar de ser un discípulo aplicado, me había convertido en un amigo más de Petronio, en uno de sus pocos amigos verdaderos. También cambió un aspecto fundamental a los efectos de este relato: tras el primer encuentro posterior a mi regreso, abandoné la costumbre de anotar el mismo día y literalmente el contenido de la conversación, y ya sólo lo hacía cuando pensaba que determinadas frases o conceptos merecían sin duda ser recordados. En algún lugar, que no recuerdo, debo de conservar la recopilación de las sentencias y reflexiones petronianas más brillantes y profundas.

Vi a Petronio por última vez el 20 de marzo. El día anterior, convocado por Nerón, se había reunido el Senado en el templo de Venus Madre. Al término de la sesión corrió la voz de que se habían pronunciado condenas. Algún rumor incluía el nombre de Petronio.

Era mediodía. En cuanto el portero me abrió, me precipité hacia el gabinete y entré sin llamar. Petronio escribía. Sin levantar la vista del pupitre, dijo:

-¿Qué son esas prisas, Lucio? Escribo, luego estoy vivo, ¿no?

-¿Qué ocurrió ayer en el Senado?

-Si me dejas terminar la frase, te lo explico.

Siguió escribiendo unos instantes. Luego se levantó, me tomó del brazo y salimos al jardín.

-Ya tenemos aquí la primavera -dijo-. La representación va a empezar de nuevo, y los cuatro actos se repetirán rigurosamente: despertar, plenitud, decadencia y muerte. Hemos de reconocer que la naturaleza es bastante obsesiva. Yo diría que le falta una pizca de imaginación. Cuarenta y seis años contemplando la misma historia es como para estar un poco harto.

-Vivirás muchos más, Petronio, te lo juro.

-¿Qué son esos excesos, Lucio? ¿Quién eres tú para vaticinarme nada? Viviré todo el tiempo que el destino y yo hayamos pactado…Pero me preguntabas por la sesión del Senado.

-Sí, corren rumores alarmantes. Algunos te incluyen entre los condenados.

-Se equivocan, se equivocan por completo, como muy bien puedes ver. Es cierto que la sesión la había montado Tigelino para cargarse a unos cuantos senadores, pero yo no iba en el lote. Sí, el objetivo era que ciertos senadores presentasen acusación contra dos colegas, enemigos públicos de turno, y que el mismo Senado los condenase. Tigelino se ha convertido en un perfecto organizador de espectáculos. En esta ocasión le ha bastado con sustituir a los «aplaudidores» de oficio por pretorianos armados para sugerir a los padres de la patria cuál era su obligación a la hora de votar. Así, que Trásea y Sorano ya son historia. Y Mela también.

-¿Mela, condenado?

-No fue preciso. Antes de la sesión del Senado se quitó la vida. El caso de Mela resulta paradigmático de cómo la avaricia puede romper no sólo el saco sino todo lo demás. Aparte de una obra literaria importante, Lucano dejó a su muerte un importante número de deudores, que su actividad financiera (inevitable estigma familiar) había ido acumulando. Cuando Mela, como heredero de su hijo, exigió el pago a uno de los deudores, éste se negó. Mela insistió, y entonces el deudor amenazó con sacar a la luz una carta que tenía de Lucano en la que el padre aparecía implicado en la conspiración de Pisón. Pero Mela no cedió. Y el deudor puso la carta en conocimiento de quien procedía. A la primera citación oficial, Mela se ha quitado la vida. Ya ves, todo el interés que puso en la defensa de la bolsa le ha faltado en la defensa de la vida. Ejemplar, ¿no? Adondequiera que uno mire no ve más que aburridos episodios edificantes. Y luego dicen que vivimos una época inmoral. ¿Qué opinas?

-Lo único que ahora me interesa es saber si estás o no en peligro.

-En peligro estamos siempre, amigo Lucio; todos y en todo momento. Supongo que lo que te interesa saber es si preveo para mí un final parecido a los de Trásea, Sorano y Mela. Pues bien, no, rotundamente no, nada que se les parezca.

-¿Cómo van tus relaciones con Tigelino?

-Mira, precisamente ayer, después de meses sin hablarnos, nos cruzamos unas palabras. Él me dijo: «te he cazado, Petronio», y yo le respondí: «pues cuida de que me guisen muy bien, porque puedo ser muy indigesto».

-¡Pero eso es muy alarmante!…Supongo que, con tu respuesta, le dabas a entender que, si te ocurría algo, saldrían a la luz cosas compremetedoras para él.

-Creo que así lo entendió. Pero la verdad es que, detrás de esa frase pretendidamente ingeniosa, no hay nada, absolutamente nada, como siempre. ¿Quién decía que soy especialista en frases brillantes que nada significan?

-Séneca -dije rápidamente, evitando que surgiese el nombre de Pola.

-Pues Séneca tenía razón. Mis palabras son tan vacías como la vida misma.

-No estoy de acuerdo, y mucho menos en tu obra.

-Mi obra ya no me pertenece. Ahí está, con su vida propia…Pero no quiero ponerme tan solemne como el dichoso Séneca, ¿recuerdas?…Y ahora he de pedirte un favor. Espérame aquí un rato, o en la biblioteca, donde prefieras. He de acabar lo que tenía entre manos.

Me senté en el banco donde tantas veces habíamos conversado, frente al Príapo, sordo testigo de nuestras palabras. Y de pronto, me invadió un extraño sentimiento, una especie de nostalgia anticipada. Faltaban unos días para que se cumpliese un año justo de mi llegada a aquella casa. ¡Era todo tan increíble! Realmente, ¿estaba yo viviendo aquello? ¿O era ya recuerdo, imposible añoranza de algo que tal vez ni siquiera ocurrió? Pero yo estaba ahí, no había duda, y él, a pocos pasos de distancia, escribía…luego estaba vivo. Quizá en aquel momento daba los últimos toques a una nueva obra, más genial que las anteriores, que había de ser el asombro del mundo. ¡Y era mi amigo! Y cuando terminase de escribir, reanudaríamos la conversación.

Y entonces me dio por pensar en todas las cuestiones que podía plantearle. Y fui anotando mentalmente los temas que consideraba pendientes o apenas esbozados en charlas anteriores. Y los miraba desde una y otra perspectiva, y una y otra vez les daba la vuelta, intentando adivinar cuál sería la respuesta, la brillante solución petroniana. De pronto tuve la impresión de que había pasado mucho tiempo, más de una hora, tal vez dos. Y en aquel mismo momento apareció Eutimio para anunciarme que podía pasar al gabinete.

La puerta estaba entornada. Entré sin vacilar. No había nadie. Impulsado por la curiosidad, me acerqué al pupitre. Junto a los instrumentos de escritura había un papel, desplegado, escrito con letra menuda, en el que destacaban las grandes dimensiones del encabezamiento: PARA LUCIO ANTONIO TURNO.

«Cuando hayas llegado hasta aquí yo estaré viajando hacia el sur. Nerón salió ayer tarde con toda la corte con dirección a Nápoles. Yo le prometí que le alcanzaría un día después. Pero no será así. No pienso llegar a Nápoles. Hace tiempo que no visito mi finca de Cumas. Allá me detendré. He quedado con unos amigos para dar una fiesta en la villa. Espero que no falte nadie. Y espero también que comprendas por qué no te he invitado. Te conozco y sé que la clase de festín que he organizado no te gustaría nada.

A propósito de Mela, he caído en la cuenta de un hecho curioso: cuando estamos con una persona, nunca sabemos, ni siquiera pensamos, si acaso es la última vez que la vemos. Si nadie me hubiese informado de la muerte de Mela, pensaría que me lo puedo encontrar en cualquier lugar y en cualquier momento, exactamente igual que lo pensaba antes -ya ves, no es el hecho lo que afecta, sino la noticia. Medita sobre esto y a partir de ahí obtendrás la mejor manera para mantener para siempre la presencia viva de tu amigo, esté donde esté.

Si mi ausencia te parece larga y sientes deseos de mantener conversaciones vagamente parecidas a las nuestras, te recomiendo a Cesio Baso (al lado encontrarás sus señas con una carta de recomendación). Es un sabio profesor. Su especialidad es la métrica, pero ahora ha montado una escuela de letras superiores, ¡para enseñar a futuros escritores, qué te parece! Colabora con él un joven de tu edad y de tu tierra: Cecilio Estacio. Seguro que lo conoces. Es un poeta que promete. En todo caso, ambos son más recomendables que tu Marcial. En fin, es una sugerencia.

Si, mientras tanto, oyes comentar algo de mí, no lo creas. Sea lo que sea, no lo creas. Espera a que te lo cuente yo personalmente. Cierto que nunca se sabe cuándo ha sido la última vez, pero… ¿quién piensa en eso? Tú, espera. Sé paciente y trabaja, es decir, sonríe y juega.»

                                       ***

Y no se quitó la vida precipitadamente, sino que, después de cortarse las venas, se las ligaba y se las volvía a abrir a voluntad, mientras contaba a sus amigos cosas livianas y ajenas a cualquier pretensión de realzar su valentía, y éstos le decían no frases sobre la inmortalidad del alma o sobre el contento del sabio, sino versos ligeros y poemas fáciles. De sus esclavos, a unos premió y a otros castigó. Iniciado el banquete, se fue dejando ganar por el sueño para que la muerte, aunque forzada, pareciese cosa natural.

P.C. TÁCITO: ANALES

                                      ***

El resto de la historia, de la historia pública, lo conoces muy bien, Cornelio Tácito. El de mi historia particular se cuenta en pocas palabras.

Trece años después de la desaparición de Petronio toda mi familia pereció en Pompeya bajo la lava del Vesubio. Desde entonces no me he movido de Roma; desde entonces -¿desde siempre?- he vivido solo.

Primero con Baso y luego por mi propia cuenta he consumido los años enseñando lo que apenas sé. Mis intentos de escribir algo valioso no han dado fruto. Solo publiqué un libro, que no tuvo más eco que una breve alusión, amistosa y benévola, del ya famoso Marcial. Nada más. La mediocridad más absoluta.

Amigo Cornelio, no he sabido ser el que soñaba llegar a ser. Y convendrás conmigo que eso, a los 73 años de edad, no tiene ningún remedio.

Los que alaban el dulce sosiego de la vida retirada son unos hipócritas. Todos. De Horacio a Séneca. Porque hablan desde la fama, desde la gloria o, en todo caso, desde la íntima satisfacción del que se sabe creador de una gran obra. Pero ¿qué consuelo hay para el que ve romperse su sueño cada día, todos los días de la vida?

Mi obra no ha existido. Mi historia personal ha sido un fracaso. Diría que sólo el conocimiento y la amistad de Petronio ha aportado luz a mi vida. Diría, pero…¿puedo decirlo?

En una existencia como la mía, la irrupción de la figura de Petronio más parece la forzada intervención de un dios de tramoya que algo concordante con la lógica de las cosas. ¿Entonces? ¿Conocí realmente a Petronio? ¿O no será ésta la manera que tiene la imaginación de vengarme de la realidad?

Te lo advierto, Cornelio Tácito: quizá no conocí a Petronio. Ni a Séneca, ni a Lucano. Ni a Pola. Quizá esto que has leído es fruto de la fantasía, obra de arte -¿finalmente?- construida sobre algunos de los datos que tú mismo has puesto a disposición de todos. ¿Cambiaría algo?

 

                                          FIN

                                          DE

                CONVERSACIONES CON PETRONIO

   

               Si bene calculum ponas ubique naufragium est

                                                               (Petronius Arbiter)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XVII

Era carta de Pola. He dudado incluirla aquí por dos razones: porque es muy personal, ajena en principio a la intención de este documento, y porque da una idea de Petronio muy distinta de la que se desprende de nuestras conversaciones. Pero finalmente esto último me ha determinado a incluirla. Petronio no me perdonaría que escamotease al mundo una de sus numerosas máscaras: la que Pola veía en él.

«Estimado Lucio…¿Por qué te escribo? No lo sé. He pensado mucho en ti. ¿Sigues en Nápoles? ¿Has regresado a Roma? En cualquier caso, confío que a través de Petronio te llegue esta carta. Tú prometiste escribirme, y no lo has hecho. Cierto que no te dejé ninguna indicación de mi residencia -ni a ti ni a nadie-, y espero que ésta sea la única explicación de tu mutismo.

La verdad es que no debería escribirte. Pero sentía la necesidad de hacerlo. ¿Para qué? Para mi propio consuelo, quizá. Porque no tengo nada que ofrecer ni que prometer. Te escribo como escribiría a un hermano querido, un hermano al que nunca hubiese de volver a ver.

Han pasado cinco meses desde aquella trágica tarde en que mi amado esposo fue arrancado de la vida. Y conservo todo el dolor intacto. La rabia no; la rabia se me ha ido disolviendo en una especie de extraña sabiduría. Aquí, en la soledad del campo, he aprendido muchas cosas. No de los libros precisamente, aunque también leo; no de los seres humanos, a los que apenas trato. He aprendido de las criaturas más humildes de la naturaleza, de las plantas, de los animales. Mi alma se va abriendo a ellas, y al mismo tiempo que se calma y se enriquece, va comprendiendo la enorme, monstruosa mentira que es el ser humano.

Decir que los hombres son malvados me parece un exceso de cortesía. Supone atribuirles cierta inteligencia para elegir el mal. Los hombres son necios y mienten, eso es todo. Y de ahí nacen sus crueldades. ¿Has pensado cuál es el origen, cuál el fin de tantas muertes absurdas? ¿Has considerado cuál es la catadura moral de los que gobiernan? ¿Has observado en qué emplean los días, cuáles son las ocupaciones de los grandes hombres de hoy? Si lo piensas bien, llegarás como yo a la conclusión de que un hombre apenas conoce otro modo de afirmarse que destruyendo a otro hombre.

Hay excepciones, como bien sabes. Lucano era una de esas raras almas luminosas que brillan solitarias en la oscura noche de la humanidad. Casi toda su vida, su corta vida, la ha empleado en trasmutar en belleza los horrores de la guerra. Si has leído su obra, conoces el resultado. Quizá pecaba de ingenuo, es cierto. De      mí decía que era la personificación de las virtudes de la mujer romana, que yo le había inspirado los rasgos esenciales de su personaje Marcia, la esposa de Catón. Se equivocaba, naturalmente. Entre las virtudes de la mujer romana se incluye la asunción total de las locuras egregias de sus varones. Y esto es algo que -ahora muy claramente- no puedo de ningún modo asumir.

Solo soy una mujer, una mujer enamorada de un fantasma. Y temerosa de que otro hombre joven y bueno se convierta también en un fantasma. Lucio, te lo dije entonces y te lo repito ahora: cuídate, apártate de ese mundo en el que te veo en peligro de entrar. No hay nada ahí; no hay nada más que mentira, crueldad y muerte.

Y llegada aquí, no tengo más remedio que decirlo: no entiendo tu devoción por Petronio. Y no me digas que es solo literaria. ¿Te parece ese hombre una persona buena, honrada, siquiera agradable? Tu sabes de su vida, de sus fingimientos, de sus dobleces, de sus ambigüedades. Pero quizá no conoces algo que para mí es mucho peor: su inhumana frialdad.

Aquella tarde, mientras la sangre de Lucano se llevaba en su huida su vida y la mía, no pude evitar ver por un instante los rostros de los asistentes. Horrorizados, compungidos. Pero no todos. Cuando mi vista dio con la figura de Petronio, un aire glacial heló mis venas. Había más que calma y serenidad en aquel rostro, mucho más. La boca cerrada, apretados los labios, como si dudasen formar una extraña sonrisa; el cuerpo erecto, pero sin rigideces; la cabeza levemente ladeada, como si buscase un punto de observación insólito. Y los ojos. Los ojos grises y enormemente abiertos como si quisiesen albergar toda la luz de la tierra. Y en aquel instante comprendí lo que aquellos ojos veían: Petronio no asistía a la muerte de un ser humano; contemplaba un espectáculo, una representación. No pensaba en el amigo que moría; absorbía la belleza de la escena.

Petronio no tiene sentimientos, no tiene corazón. ¿Cómo puede ser poeta? ¿De dónde le viene el alma que en algunos de sus poemas brilla sin duda alguna? Quizá se trate sólo de un montaje, de un genial trabajo de carpintería hecho con los materiales de otros poetas.

Sé que no tengo ningún derecho, que no debo ejercer ninguna influencia sobre ti. Pero si lo tuviera, si debiera, te diría: Lucio, querido amigo, apártate de Petronio. No hay ninguna bondad en él, ningún sentimiento humano. Estoy convencida de que su idea de la belleza puede llevarle hasta a justificar el crimen. No en vano es consejero estético de quien sabes.

No sé si algún día regresaré, si tendré fuerzas para contemplar los rostros de los asesinos, para oír sus palabras de mentira. No lo creo. No estoy segura de que me comprendas. En cualquier caso, no intentes encontrarme. No nos veremos más, ni nos cruzaremos una palabra por escrito. Y si alguna vez te acuerdas de nuestra breve amistad, piensa en mí como en una mujer sencilla que fue mortalmente herida por el mundo.

Si acaso es posible, sé feliz, querido Lucio.»

Las palabras de Pola me causaron una pena profunda. ¿Por qué era todo tan complicado? ¿Cómo era posible que entre dos personas para mí tan queridas hubiese aquel abismo de incomprensión? ¿Nunca más la volvería a ver?

A Petronio no le hice ningún comentario. Él tampoco preguntó nada. 

(CONTINÚA lunes próximo)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XVI

Petronio me recibió como si nos hubiésemos visto el día anterior. Esta actitud no sólo no me sorprendió sino que me pareció muy propia de su carácter.

-Ahora que te has convertido en un agricultor honrado -dijo- quizá te cueste adaptarte de nuevo a la vida de la ciudad. ¿Cómo has encontrado Roma?

-Ruidosa, triste, sucia. La impresión ha sido muy distinta de la de hace unos meses.

-Ten en cuenta que entonces llegaste con la primavera, y la ciudad estaba en su mejor momento, con todas las fuerzas positivas desatadas para superar las consecuencias del gran incendio. Ahora es otoño, cuando todo en la naturaleza declina, y este tiempo lluvioso es capaz de entenebrecer la visión de cualquiera…Y dime, ¿has visto a Valerio? ¿Qué te parece la nueva casa? Imagino que habrás ganado con el cambio.

-La casa es cómoda y agradable. Sí, claro que he visto a Valerio. Y por cierto, me ha dicho que tu opinión sobre su obra fue muy positiva.

-¿Eso te ha dicho? ¿Que fue muy positiva? No sé que pensar. Nunca dejará de sorprenderme la enorme capacidad de tantas personas de oír solo lo que quieren oír.

-Espero no ser una de esas personas.

-¿Quieres decir que deseas conocer mi opinión sobre lo que me enviaste?

-Estoy preparado para lo que sea.

-De acuerdo. Pero antes ha de quedar claro que lo que te voy a decir es sólo mi opinión, y que podrían darse otras opiniones tan válidas, o inválidas, como la mía. Por lo tanto, en el peor de los casos no hay razón para el desaliento.

-Muy negro me lo pones antes de empezar.

-Ni negro ni blanco. Como suponía, como no podía ser menos en una persona de tus características, tu obra tiene corazón… pero le falta casi todo lo demás.

-La técnica, quieres decir.

-Sí, pero no en el sentido más elemental. Naturalmente que dominas el arte de la versificación y las normas de la retórica; incluso la elección de las palabras me ha parecido en muchos casos acertadísima. Pero eso no es todo, te falta dar el salto.

-¿El salto?

-Sí, de lo particular a lo general, del sujeto al objeto. El arte no consiste simplemente en sacar  a la luz el contenido de nuestras observaciones o emociones. El arte, no lo olvides, es sobre todo juego, un juego delicado y voluntarioso que consiste en tomar los materiales de la experiencia y de la imaginación y construir con ellos una obra de valor universal, de manera que cualquiera pueda sentirla o comprenderla como si se hubiese concebido pensando precisamente en él. Eso es lo que te falta, apartarte de ti mismo para dar paso a la obra. Pero no te preocupes, eso se aprende. Lo que le falta a Valerio Marcial no hay manera de aprenderlo ni de enseñarlo.

-En realidad, esperaba que me dijeses algo así. Soy consciente de mis limitaciones. Creo que has formulado perfectamente lo que para mí era una vaga intuición. ¿Pero cómo puedo remediarlo?

-Con arte y paciencia.

-¡Pero si es arte lo que me falta, si es paciencia lo que me falta!

-Pues vas mal, porque si te falta paciencia, te falta todo. En el arte, como en la vida, hay que empezar siguiendo los pasos establecidos. Hay que seguir un proceso de aprendizaje, una disciplina, que primero viene impuesta desde fuera y luego la va elaborando uno mismo. La inspiración puede llegar en cualquier momento, pero si no tienes los instrumentos afinados, poco harás con ella. Sobre todo abandona cualquier pretensión didáctica. La función del arte no es adoctrinar ni moralizar. Cuando abordes un tema no pienses en las conclusiones que de la obra se habrá de extraer, no la encamines hacia un fin predeterminado. Deja que se desarrolle libremente según sus propias exigencias internas, no la fuerces, no la tuerzas. Y esto es aún más válido con los personajes. Cuando crees un personaje no lo tengas encadenado a la primera idea que te hayas formado de él; déjale que se mueva con libertad, que sea él mismo. Y no te preocupes de lo que habrá decir o hacer. Si ha sido concebido en libertad, si no ha nacido bajo la esclavitud de la idea, él mismo sabrá muy bien cómo comportarse.

-Todo eso me parece milagroso, increíble.

-A mí también me lo parecía a tu edad. Pero si tienes paciencia, llegará, y si a los treinta no ha llegado, no desesperes, trabaja y sé paciente, quizá llegue a los cuarenta o a los setenta.

-¡A los setenta! Buena edad para alcanzar la fama.

-Cualquier edad es buena para escribir la obra. En cuanto a la fama, no sé muy bien qué es. Lo que sí sé es que fama y arte no guardan relación directa.

– Pues yo siempre había pensado que sí, que el resultado necesario del arte es la fama, la gloria. Pero, de un tiempo a esta parte no lo veo tan claro…¿Crees de verdad, por poner un ejemplo extremo, que puede darse el caso de un gran artista que permanezca desconocido?

-No lo sé. Si permanece desconocido, nunca sabremos si se trata o no de un gran artista. Más corriente es el caso del pretendido artista que no logra estar a la altura de sus intenciones.

-Ha de ser algo terrible -dije, sin saber que estaba aludiendo a mi propio destino-, dedicar todas las horas del día, todos los días de la vida a algo que finalmente no has de conseguir.

-Para empezar, eso que dices es una exageración. El que persigue un fin de una manera tan obsesiva no sólo no lo consigue, sino que acaba destruyéndose a sí mismo. En ningún caso se ha de dedicar a nada todas las horas del día, y mucho menos todos los días de la vida.

-¿Crees que es conveniente que el creador, el poeta, se ocupe también en alguna otra actividad?

-Creo que sí -dijo Petronio-, que es conveniente. A la larga, no hay nada tan angustioso como quedar reducido entre los límites de una sola actividad, por exquisita que sea. No puedes estar escribiendo todo el tiempo, y si lo haces, y no has perdido el buen criterio en tan absurdo empeño, te verás obligado a desechar montañas de hojarasca.

-¿Y cuál te parece la actividad más adecuada para complementar la literaria?

-Cualquiera, pero cuanto menos tenga que ver con las letras mejor. Yo mismo he hecho un poco de todo. Siempre he estado ocupado en alguna otra cosa además de leer y escribir. Mi actividad actual, por ejemplo, puede parecer pintoresca, sin sustancia, pero te aseguro que da sus quebraderos de cabeza. Ejercer de maestro del buen gusto y tratar de mantenerse a flote sobre el mar de intrigas palaciegas no es cosa fácil. Pero también he ejercido cargos oficiales, ¿lo sabías?

-Sí, sé que fuiste cónsul, y por ti mismo he sabido que ejerciste el gobierno de Bitinia.

-Lo del consulado es casi una broma, no puede considerarse propiamente una actividad, hoy en día es solo un cargo decorativo. Si tuviese un mínimo de sentido patriótico, lloraría al pensar en qué se ha convertido la primera magistratura de Roma. Ejercer el gobierno de una provincia es muy distinto. Ahí sí que tienes que actuar, administrar, juzgar, mandar el ejército, y todo bajo tu exclusiva responsabilidad. Mientras ejerces el gobierno eres el rey absoluto de la provincia.

-¿Y cómo te fue? La verdad es que no te imagino como el típico gobernador romano, enérgico, duro, inflexible.

-No me fue nada mal. Y te he de aclarar una cosa. Para ser un buen administrador, y un gobernador no ha de ser otra cosa que un administrador, no es necesario ser duro, ni mucho menos inflexible. Enérgico sí, y sobre todo, decidido. Por otra parte, es importante no permitir que el humo del poder se te suba a la cabeza. El poder, como la literatura, como todo, solo se ejerce correctamente si no es lo único que te preocupa. Lo malo es que la mayoría de los que lo ejercen no llevan más que el poder en la cabeza. En realidad, que las cosas funcionen depende solo de una decisión previa: la elección de los subordinados directos. Si aciertas en esto, habrás acertado en todo. Pero te advierto que no es tan fácil como parece. Conocer a las personas requiere su tiempo, y siempre te puedes equivocar. Sobre todo, hay que estar en guardia contra los aduladores, raza temible que invade todos los niveles del poder.

-De todos modos, por muy buenos que sean los subordinados y colaboradores creo que ha de ser muy complicado dedicarse a algo que no conoces, y de tanta responsabilidad.

-Depende de lo que te propongas. Hay dos maneras de ejercer el mando de una provincia, o de lo que sea. Una es no haciendo nada. Otra es haciendo cosas. La primera es la más segura. Si has resuelto bien el problema de tus subordinados directos, te puedes permitir el lujo de no tomar ninguna iniciativa con la seguridad de que no te equivocarás. La segunda no es muy recomendable. Consiste en hacer cosas para obtener ciertos resultados memorables. Es muy arriesgada, y de escaso interés para el no profesional.

-Aun admitiendo que todo eso sea cierto, yo no me veo ejerciendo un cargo público. Así, que si quiero seguir tu consejo, habré de pensar en otras actividades.

-Te equivocas en lo primero. Cualquiera puede ejercer un cargo público, por delicado que sea. La prueba está en que cualquiera lo ejerce. Pero si prefieres otra actividad, ¿por qué no? Lo único que importa es que la literatura no constituya tu única ocupación, aunque sea la principal. El escritor que sólo lee literatura acaba perdiendo el sentido de la realidad y su obra no será lo que, entre otras cosas, ha de ser, expresión del mundo, sino que será expresión de la expresión del mundo, es decir, copia de una copia. Y eso se nota, ya lo creo que se nota. Enseguida se advierte que lo que corre por sus frases no es sangre viva, sino imitación de la sangre. Las obras de esos escritores son como ciertas pinturas que no pueden ocultar que no han sido tomadas de la realidad, sino de otras pinturas. Por desgracia, ese tipo de escritor, el que se alimenta solo de literatura, es el que más abunda…con el resultado que ya conocemos.

-No se me había ocurrido que la vaciedad de nuestros actuales literatos pudiera tener esa causa.

-Entre otras. Por ejemplo, en el extremo opuesto está el escritor pretendidamente realista. Y es que yo creo que un escritor no debe nunca, nunca, ceder a la tentación de aprovechar materiales de la realidad. Hay un ejemplo clarísimo. Toma una carta de amor auténtica y trata de trasladarla a la obra que estás escribiendo. El resultado será desastroso. Y es que no hay nada más irreal e inverosímil que una carta de amor auténtica… A propósito, tengo algo para ti. Una persona, que no sabía donde localizarte, me ha enviado un pliego, sellado, con el ruego de que te lo haga llegar. Seguro que te interesará.

En cuanto me lo hubo entregado, Petronio comprendió mi prisa repentina por marchar a casa.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XV

La carta tuvo en mí un extraño efecto sedante, curativo. La ansiedad que hasta entonces me había atenazado desapareció al instante. Y sentí como si una distancia, un foso se empezase a abrir entre el Lucio de Roma y el de Nápoles.

En casa, entre los míos, tenía ocupaciones prácticas, reales. La situación del patrimonio familiar no era tan saneada como había imaginado. Importantes hipotecas gravaban las dos fincas rústicas que proporcionaban todos los ingresos. Los trabajos de restauración de la casa de Pompeya estaban lejos de concluirse; la de Nápoles prácticamente se venía abajo. Con la ayuda de mi hermano Paulo me puse a la tarea, y los días empezaron a correr velozmente.

De vez en cuando, el Lucio de Roma se me aparecía entre brumas. Pero, de momento, no quería saber nada de él. Casi había olvidado a Pola y era como si quisiese olvidar a Petronio.

Con la época de la cosecha aumentaron los trabajos. Me había desprendido del liberto que administraba los bienes, y tenía que vigilar de cerca la recolección y planear el almacenamiento y las ventas.

En julio, concluida la restauración de la casa de Pompeya, nos instalamos definitivamente en ella, mientras empezaban los trabajos en la de Nápoles. Recuerdo que el cambio de residencia coincidió con la noticia de la muerte de Popea, la esposa de Nerón, noticia que llegó acompañada de toda suerte de rumores malintencionados.

Una tarde llegué a casa especialmente cansado. Había pasado el día -creo que era el primero de agosto- entre Nápoles y la finca más próxima. Después de tomar un baño, decidí descansar un rato al fresco del jardín. El sol poniente encendía reflejos dorados en las verdes faldas del Vesubio. Me senté en un banco y contemplé toda la perspectiva del jardín que con tanta afición yo mismo había diseñado…De pronto, todo mi cuerpo se estremeció. ¿Cómo era posible? ¿Cómo no había visto antes lo que ahora veía? Sin proponérmelo, sin darme cuenta había reproducido el jardín de la casa de Petronio. Con precisión, con exactitud: no faltaba el Príapo, ni la fuentecilla, ni siquiera los dos ciruelos. No me había repuesto de la impresión cuando llegó carta de Roma.

«Querido Lucio, no empezaré esta vez hablándote de mi jardín. Seguro que en la florida Campania habrás tenido motivos sobrados para olvidarte de mi modesto huertecillo urbano. ¿Te has olvidado también de lo demás? Hace dos meses que te escribí, y no he sabido nada de ti. Por lo general, esto es buena señal. El pajarillo que no vuelve al nido es que ha aprendido a volar. O también puede ser que, en vez de volar, hayas decidido acomodarte en otro nido, al abrigo de las inclemencias del mundo. Tampoco te lo reprocharía.

El mundo sigue su curso y yo lo contemplo pasar. Y, a veces, entre las personas que en él se agitan, distingo una que atiende por el nombre de Tito Petronio Níger. Es un personaje curioso. No por lo que hace, que en eso no se distingue mucho de los demás, aunque sus actividades se consideren más distinguidas, sino por esa manera que tiene de actuar como sabiéndose contemplado por un doble suyo, que le observa desde afuera. Ese Petronio es un farsante: dice y hace cosas en las que no cree, ha conseguido llegar muy alto, ser el centro de la admiración o de la envidia de todos…Inútil. Yo sé que sólo está representando un papel. Y él sabe que yo lo sé. Pero no quiero dejarme deslizar por la fácil pendiente de las meditaciones íntimas.

Me alegra que te estés convirtiendo en una persona activa, según deduzco de tu única carta. Sigue así. Sumérgete en tus ocupaciones como si de ellas dependiese tu existencia. El resultado será, no lo dudes, la formación de una personalidad sana y robusta, nada que ver con aquel muchacho tímido y dubitativo con quien conversaba ciertos días de abril…Pero siento nostalgia de él, no lo puedo evitar, y curiosidad, mucha curiosidad por saber en qué se estará convirtiendo.

Si tú no vienes, no sé cuándo nos veremos. Lo de pasar una temporada en Cumas he tenido de quitármelo de la cabeza. Por aquí las cosas se han complicado tanto que no me puedo permitir el lujo de alejarme del centro de los acontecimientos. En teoría, la situación política está en calma. Para asegurar esa calma Tigelino se dedica ahora a eliminar a cualquier persona susceptible de incomodar a Nerón, aunque nada haya tenido que ver con la conspiración. El primero en caer ha sido el cónsul Vestino, enemigo verbal de Nerón, pero ajeno por completo a cualquier tipo de acción. Y caerán más. Y cuando se haya acabado con los que incomodan a Nerón, llegará el turno de los que incomodan a Tigelino. O quizás se irán alternando unos y otros. Todo eso está en el orden normal de las cosas.

Lo que de verdad ha alterado ese orden, introduciendo un factor de distorsión de consecuencias impredecibles, ha sido un hecho desgraciado: la muerte de Popea Sabina.

Me llevaba muy bien con Popea. Era una mujer admirable. Y cuando leas «admirable», ni por un momento se te ocurra ponerla en relación con Pola. Otros muy distintos son los motivos de admiración.

A diferencia de tantas mujeres que, como ella, han tenido intimidad con el poder, a Popea no le interesaban las intrigas políticas. Mujer hermosísima, la belleza era su principal ocupación. Y no sólo la belleza personal, que sabía cultivar como nadie, sino la de todo cuanto le rodeaba. Había sabido crear en torno suyo un ambiente de elegancia y distinción como creo que nunca se había conocido en la corte de un César. Y a este mérito nada le resta el hecho de que yo discrepase en cuestiones de detalle. Como sabes, los criterios estéticos son subjetivos y movedizos.

Además, Popea era fiel a Nerón, detalle no obvio sino muy digno de mención en nuestra sociedad. Por su parte Nerón estaba encantado con ella, y hasta diría que enamorado. Y últimamente, entusiasmado. El embarazo de Popea le anunciaba la próxima realidad del heredero que siempre había anhelado. Así que todo iba bien. Hasta que un dios caprichoso, o el mismo destino, decide torcerlo todo.

Para compensar la frustración del pueblo por la supresión de los Juegos Cereales, Nerón decidió adelantar los siguientes juegos a las calendas de julio. Y aún más. Decidió darse a sí mismo en espectáculo como cantante y citarista. Cuando anunció su propósito a los senadores, la mayoría se sonrojó por adelantado. ¡El primer magistrado de Roma, el César, convertido en comediante! Alguien, en un intento nada afortunado de evitar el bochorno, propuso que el Senado le reconociese ya sus cualidades, coronándole como el mejor citarista y cantante de todos los tiempos. Nerón se indignó. Él no necesitaba los favores de una asamblea servil. Se presentaría ante el jurado como un concursante más, sin favores ni privilegios.

Llegado al teatro de Pompeyo, donde se iba a celebrar el concurso de canto, Nerón ocupó su lugar en la tribuna imperial, ataviado con los ropajes e insignias propias de su dignidad. Así, que algunos pensaron que había abandonado la extravagante idea. Se equivocaban. Otros habían organizado los detalles del espectáculo…con mi beneplácito, naturalmente.

Entre las aclamaciones que acogieron su llegada, empezaron a surgir las primeras voces, fuertes y claras -se había seleccionado a los voceros-, que suplicaban que ofreciese al pueblo una muestra de su arte. En un alarde de cómica modestia, Nerón se resistía. Se le acercó entonces Vitelio, director de los juegos, para rogarle que no desatendiera tan sentidas súplicas, que no apenase ni ofendiese al pueblo reservando siempre para los grandes su arte sublime. Nerón cedió, naturalmente. Bajó de la tribuna, se colocó el ropaje de citarista, que llevaba preparado, y fue a inscribirse como un concursante más.

Fue el primero en actuar. Y el único. Cada pieza que interpretaba era saludada y despedida con una lluvia de encendidos aplausos, cuyas llamas se encargaban de prender, avivar y propagar grupos de «aplaudidores» estratégicamente situados por todo el teatro. Y no es que el pueblo llano -quiero decir, el no aplaudidor de oficio- lo pasase mal. Al contrario, diría que se mostraba encantado y regocijado ante el espectáculo de un César tan simpático que cantaba aquellos versos -que nadie entendía- y, sobre todo, que saludaba con aquella divina modestia para obtener la benevolencia del auditorio. El ambiente estaba tan caldeado, el artista tan eufórico que era ya la hora novena y el espectáculo no parecía llegar a su fin.

En la tribuna, las cosas no iban tan bien. Popea sufrió un desvanecimiento. Se recuperó. Pero el color de su rostro denotaba que la recuperación era sólo aparente. Yo le propuse que se retirase al palacio, donde podría ser atendida debidamente. Ni hablar, objetó Tigelino, nadie, pero nadie, puede abandonar el teatro mientras el César está actuando. Por desgracia, Popea era de la misma opinión. Y aguantó hasta el final, es decir, hasta que, tras el último saludo del César cantante, entre el delirio popular, el jurado decidió que no era necesaria la participación de ningún concursante más y le hizo solemne entrega de la corona.

Poco después, Popea fallecía en sus habitaciones ante un Nerón atónito, que acababa de insultarla por el escaso entusiasmo que había mostrado ante la genial actuación de su augusto esposo. El rumor público ha decretado que Popea murió a manos de Nerón. Esto es literalmente falso…pero sólo literalmente. Lo cierto es que Nerón quedó profundamente afectado por el suceso. No sólo perdía a Popea, a quien de verdad amaba, sino también el hijo deseado.

La desaparición de Popea daba un giro peligroso a la situación. Ella era -quizá sin darse cuenta- mi principal aliada. Entre los dos habíamos levantado un muro que contenía a Nerón en los límites de una vida suave y delicada y, en lo posible, le apartaba de los peligrosos delirios de Tigelino. Había que reconstruir el muro…y me puse manos a la obra.

Enseguida conseguí introducir junto a Nerón a Silia Crispinila, mujer riquísima en toda clase de astucias y experiencias, con el fin de que mantuviese el tono excelso de la corte mientras se buscaba la nueva esposa, tarea de la que se encargaba la propia Crispinila. Pero los intentos de ésta de cumplir tan delicado cometido chocaban con una dificultad imprevista: tanto amaba Nerón a Popea que sólo podía admitir una sucesora de aspecto idéntico a la fallecida.

Esto no ha arredrado a Crispinila, quien después de varios intentos fallidos ha dado por fin con la persona adecuada, imagen repetida de la bella Popea Sabina. Sólo que la persona en cuestión es… un muchacho. Problema menor. Debidamente vestido, compuesto y maquillado, resulta la viva estampa de Popea. Y así se la ha presentado Crispinila a Nerón, quien anda loco de contento con el hallazgo.

Éstos son hechos recientísimos. Veremos cómo evolucionan. Imagino que no para bien. La presencia de Popea era insustituible, y no digamos ya por vía de mascarada. Por otra parte, Nerón se está deslizando por una pendiente imposible de remontar. Quizá me he equivocado con lo de Crispinila; quizá de todos modos se me habría escapado. Antes rebelde al magisterio moral de Séneca, ahora rebelde al magisterio estético de Petronio, Nerón no tiene futuro como persona. Y tampoco como César. Ahora es cuando los tiempos empiezan a madurar; ahora sería el momento de escribir un plan bello y efectivo.

Y hablando de escribir. El otro día caí en la cuenta de un hecho curioso. Aún no he leído ninguna obra tuya. Creo recordar que el motivo declarado que te impulsó a acercarte a mí era perfeccionar tus conocimientos literarios. ¿Entonces? ¿A qué esperas? ¿Para cuándo, para quién guardas tus creaciones?

Alguien ya se te ha adelantado. Por las buenas, sin anunciarse, hace unos días se me presentó Valerio Marcial. Dijo que era muy amigo tuyo y que esto le autorizaba a requerir mi atención sobre sus escritos. Me dejó un montón de papel emborronado y se largó, anunciándome una próxima visita para conocer mi opinión. No se puede negar que el individuo tiene desparpajo. Y pésimos modales.

En atención a ti, les he dado un vistazo. ¿Quieres mi opinión? Marcial domina la técnica necesaria, no le falta gracia, tiene ingenio, tiene fuerza, tiene muchas cosas…pero no tiene corazón. ¿Sabes lo que quiero decir con esto? Uno puede ser muy listo, muy sabio, muy agudo, muy ducho en todas las técnicas de la escritura, pero si no tiene corazón, nunca será un poeta.

Adivino tu pregunta. «¿Pero qué es eso que llamas corazón? ¿Lo tienes tú, Petronio?» Del corazón puede decirse algo parecido de lo que decíamos del estilo (que es la manera que tiene de manifestarse). El corazón es la fuerza interior, la fuente íntima de donde mana la poesía; el corazón es incompatible con la mezquindad y con la amargura a secas (incluso en sus epigramas más pretendidamente acerbos brilla el radiante corazón de Catulo). ¿Lo tengo yo? Juzga tú mismo: el corazón no intenta demostrar nada, no juzga, no busca conclusiones, tampoco se castiga ni se expone como víctima degollada; el corazón ríe, juega y ama. ¿No dirías que incluso en mi Satiricón late un corazoncito?

¿Y tú? ¿Tienes corazón? Espero comprobarlo pronto. Salud.»

Pasé los días siguientes ordenando, corrigiendo y seleccionando mis escritos. Con el resultado de la selección formé un paquete y se lo envié a Petronio con una carta de pocas líneas: sólo para anunciarle que antes de dos meses, concluidos los trabajos de la vendimia, estaría de nuevo en Roma.

Poco después de la de Petronio recibí carta de Valerio. Se había comprado una casita, decía, modesta pero limpia, alegre e independiente en el barrio del Esquilino, y me proponía que la compartiese con él…si tenía a bien colaborar en el pago de la hipoteca. Acepté. A principios de octubre estaba en Roma.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XIV

Lo primero que hice no relacionado con la situación creada por la muerte de mi padre fue escribir a Petronio. Entre otras cosas, le informaba de mi decisión de trasladar el domicilio familiar a Pompeya, a la antigua casa veraniega, muy deteriorada, cuya reconstrucción había iniciado mi padre. Pero, sobre todo, le suplicaba, que me informase lo antes posible de la situación en Roma. La noticia de la muerte de Séneca había llegado de una forma tan confusa que ni siquiera resultaba claro si estaba relacionada o no con el descubrimiento de la conjura. Y también le encarecía que me informase de la suerte de Lucano y familia. ¿Adónde podía escribir a Pola? ¿Era oportuno hacerlo?

También escribí a Valerio Marcial de quien, dadas las especiales circunstancias de mi partida, ni siquiera me había despedido y también le pedía información sobre la suerte de Lucano.

El mensajero que envié con las dos cartas regresó con la dirigida a Valerio: había abandonado la vivienda y nadie de la vencidad conocía su nuevo domicilio. Y también se trajo de Roma una noticia reciente, muy reciente: diez días después de la muerte del filósofo Séneca, su sobrino, el poeta Lucano, se había quitado la vida acatando el siniestro dictado de Nerón.

La noticia de la muerte de Lucano me conmovió profundamente. ¿Cómo le habría afectado a Pola? ¿Qué sería de ella en adelante? ¿Y Petronio? ¿Qué sería de él? La impaciencia me consumía. La ignorancia de los hechos me torturaba. Pero aún tendría que esperar casi un mes para obtener algunas respuestas. A finales de mayo recibí la esperada carta de Petronio.

«Querido Lucio, si temías por mi suerte, puedes tranquilizarte: escribo, luego estoy vivo. Lo malo de esta afirmación es que caduca cada vez que levanto la mano del papel. Pero no quiero alarmarte. No hay que ser pesimista. Lo peor de la tempestad ha pasado. Hemos tenido pérdidas, es cierto, y algunas muy valiosas, y hasta que la calma se consolide, puede haber más. Así que tampoco hemos de pecar de optimistas.

La primavera se halla en su apogeo. Todo es verdor y esperanza de vida nueva, incluso aquí, en medio de la ciudad. Conociste mi jardincillo cuando brotaban las primeras flores. Si lo vieses ahora…Los dos ciruelos de Siria plantados con mis propias manos alargan con fuerza sus brazos hacia el cielo. Los rosales trepan cada vez más altos por los muros, y sus flores, de tonos diversos, forman una espontánea y armónica sinfonía de color. Esta época es como el verano de la primavera. La naturaleza despliega sus fuerzas, con prisa y sin orden, en busca de las formas que, con el auténtico verano, serán ya definidas y completas, maduras para el goce. Y para la muerte. Y también para la vida nueva. Eso lo sabe el Priapo, que con su falo poderoso y su risa bestial preside los misterios de la vida que siempre renace. La primavera nos dice que todo lo que muere vuelve a vivir, que Perséfone no permanece para siempre cautiva bajo la tierra. Éste es el orden natural del mundo. Pero nosotros hemos inventado otro. Lo que ocurre es que todavía no sabemos cómo funciona.

Es como si te oyera. «¿Pero de qué me hablas?», dices, «déjate de historias y cuéntame lo que de verdad me interesa». Y tienes razón, toda la razón. He de contarte lo que de verdad te interesa. Pero no te hagas ilusiones. Me temo que todo lo que yo sé no es lo que de verdad te interesa. De todos modos te lo contaré, y lo haré por amistad, no por placer, puedes estar seguro. No es que los hechos sean muy terribles o repugnantes o, al menos, no lo son más de lo que cabía esperar. Es que me resulta muy difícil escribir sobre un tema impuesto, que yo no haya elegido. Y te aseguro que nunca se me ocurriría escribir una fábula que llevase por título La Conjuración de Pisón. Ésa sería tarea de un Salustio, que sabía muy bien dónde estaban los buenos y dónde los malos, o de tantos escritores moralistas, que nos explicarían el porqué de los hechos y las consecuencias de la decadencia de las virtudes públicas y privadas.

Sabes que no es ése mi estilo. Así que, si he de abordar el tema, lo haré como quien cuenta una vieja historia, una leyenda, un cuento sin moraleja. Por lo tanto, no te será permitido preguntar cómo he sabido esto, cómo me he enterado de aquello. Piensa que se trata de una historia contada por un dios que todo lo sabe y todo lo ve…es decir, una historia de ficción.

La tarde del día 18 de abril Escevino estaba terriblemente inquieto. Más que pasear, corría de un extremo a otro de la casa sin saber con qué excusa detenerse o en qué detalle parar la atención. En uno de sus trayectos se encontró con Mílico, liberto que seguía viviendo en la casa.

«Mílico, tú sabes dónde se guarda el puñal de mis antepasados, el de las guerras púnicas. Tráemelo, por favor.»

Diligente y servicial como siempre, Mílico le presentó al momento el histórico puñal.

«Ahora tráeme paños adecuados, polvos para limpiar y piedra de afilar.»

En cuanto tuvo lo que pedía, Escevino se recluyó en una sala presidida por el busto de Bruto, y allá, arrodillado ante la imagen del tiranicida, empezó a sacarle punta y brillo al arma.

Tras la puerta entreabierta, Mílico le contemplaba y, después de cerciorarse de que en realidad veía lo que creía estar viendo, corrió a contárselo a su esposa. Poco necesitó ésta para comprender el significado de todo, una vez relacionadas visitas, palabras, personajes y movimientos de los últimos días.

«¿Lo ves ahora, pedazo de burro? ¿Tenía yo razón o no?»

«Sí que parece…», reconoció Mílico.

«Sí que parece, sí que parece…¿Qué más necesitas, asno completo? ¿Y qué haces aquí? Ya puedes salir corriendo».

Diligente y servicial como siempre, Mílico corrió hasta el palacio y no cejó hasta que el mismo Tigelino accedió a recibirle. El prefecto del Pretorio, que era muy experto en su oficio, ni le creyó ni no le creyó, sino que mandó a unos soldados a que detuvieran a Escevino y lo trajeran de inmediato a su presencia junto con el arma delatora. Pero lo primero que había hecho Escevino al ver que lo iban a apresar fue ocultar el arma en lugar seguro de la misma sala. Así que, a pesar de los registros y las amenazas a la servidumbre, el arma no apareció por ninguna parte y Escevino pudo comparecer ante el prefecto sin tan compremetedora compañía.

Conocida la acusación, Escevino comprendió que el único que podía haberle delatado en relación con el puñal era Mílico. Así que argumentó su defensa como exigía el caso, y con argumentos no muy alejados de la realidad.

«Todo es un invento de Mílico. Es un hipócrita y un traidor. Cuando le di la libertad me suplicó que le dejase seguir viviendo en la casa. Pero no por afecto o amistad, sino porque pensaba conseguir no se qué beneficios de mí. Y como no los ha conseguido, ha querido vengarse de esta manera tan estúpida».

Lo primero que se le ocurrió a Tigelino era de sentido común: ¿qué ventaja obtendría Mílico con una acusación que podía probarse falsa? De manera que la lógica coincidía con su olfato de sabueso: Escevino era culpable.

Pero no había pruebas. No es que Tigelino necesitase abundancia de pruebas para condenar a cualquiera que se le pusiese por delante, pero sí que había de respetar las convenciones sociales más elementales. Y éstas establecen que la palabra de un liberto no vale nada ante la palabra de un senador, como era Escevino. Y sin prueba alguna, sin el maldito puñal, la situación se planteaba exactamente en aquellos términos. Pero, como nada le obligaba a liberarlo enseguida, decidió que permaneciese retenido.

Cuando Mílico regresó a su casa y le contó a su mujer lo sucedido, ésta se tiró de los cabellos.

«¿Y no has dicho nada más? ¿Quieres decir que, porque no ha aparecido el puñal, te has quedado mudo como un muerto? ¿Pero tú eres imbécil o qué? ¿Y las visitas de gentes que nunca habían pisado esta casa? ¿Y los continuos cuchicheos, que no había manera de pescar palabra? ¿Y los nombres, Mílico, y los nombres? ¿No me dirás que no sabemos que uno de ellos se llama Antonio Natal? Mira, burro, pedazo de bestia, aquí tengo apuntados los días y horas de las visitas de Natal y de los otros», y sacó una tablilla y se la tiró a Mílico a la cabeza. «Vamos, corre, ¿qué esperas?»

Diligente y servicial como siempre, Mílico corrió de nuevo a ver a Tigelino y le contó lo de Natal. Bien, quizá por aquí podamos tirar del hilo, pensó Tigelino, y mandó prender a Natal.

Una vez tuvo a los dos sospechosos en su poder, les interrogó por separado: ni siquiera coincidieron en las razones de las visitas y los temas de conversación.

Nerón, que ya había sido informado, quiso interrogarlos personalmente. El mismo Tigelino se encargó de acompañarlos hasta su presencia, pero dando un pequeño rodeo a fin y efecto de que los detenidos pudiesen contemplar los aparatos que había ordenado montar en un rincón del jardín y de que se ilustrasen sobre sus características y funcionamiento: con estos garfios se desgarran las carnes de los reos, en este poste y mediante ese ingenioso mecanismo se tira de los brazos hasta que se dislocan los miembros, con ese látigo de múltiples colas metálicas se repasa toda la piel del reo, esos hierros que hay junto al brasero, debidamente enrojecidos, se aplican a las partes más sensibles del cuerpo.

Escevino y Natal llegaron lívidos y desfallecidos a la presencia de Nerón. Éste les interrogó también por separado y a ambos hizo la misma proposición: si daban todos los nombres no se les consideraría culpables sino colaboradores de la justicia y quedarían en libertad.

El efecto fue inmediato. Natal dio los nombres de Pisón y Séneca. Escevino denunció a Laterano, Seneción, Quinciano y Lucano. Antes de tomar medidas -que ya estaban decididas- sobre Séneca y Pisón, Nerón quiso interrogar personalmente a los denunciados por Escevino, excepto a Laterano, a quien consideró traidor a su amistad y mandó degollar enseguida.

Uno tras otro, los inculpados -incluidos de nuevo Natal y Escevino- pasan delante del tribunal, que les toma declaración, curioso tribunal presidido por Nerón y formado por Tigelino, el pretor designado Nerva -se han de respetar las formalidades legales, cómo no- y ¡Fenio Rufo y Subrio Flavo!

Aquí el dios-narrador ha de interrumpir el hilo del relato para introducir algunas aclaraciones. Existían dos tramas conspiratorias, la militar y la civil, separadas y totalmente independientes. La militar conocía de la civil simplemente su existencia y el nombre de Pisón. La civil aún sabía menos de la militar…o eso creía Fenio Rufo. Miembro del tribunal investigador, Rufo intentaba ocultar su inquietud y al mismo tiempo asegurarse de la ignorancia que sobre sus actividades tenían los acusados, mostrándose el más agresivo de los interrogadores. Y de momento todo iba bien.

Cuando Escevino fue de nuevo interrogado, Rufo, ya bastante tranquilo, decidió emplearse a fondo. Por su bien y el de los suyos había que despejar de una vez por todas cualquier sombra de duda.

«Escevino, hasta ahora hemos oído nombres de senadores y caballeros. Ahora fíjate bien en lo que te voy a preguntar y, si no quieres probar las artes del verdugo, contesta toda la verdad. ¿Has oído algo, un nombre, una referencia, que te permita suponer que en la conspiración participa también algún militar?»

A Escevino, que por raro que parezca se había ido tranquilizando a lo largo de los interrogatorios, se le formó una sonrisa divertida, muy divertida.

«Vaya pregunta, Rufo. Mira que tiene guasa la cosa… ¡Quién mejor que tú para responder a eso! Vamos, Rufito, no seas desagradecido con ese amo tan bueno que tienes y dile cómo te lo ibas a montar con Subrio Flavo y los demás soldadotes».

Imposible hallar prueba más contundente que las caras que se les pusieron a Rufo y Flavo. Aquello ya no lo esperaban, y la sorpresa es pésima compañera de la simulación. Ambos negaron, naturalmente, y especialmente Flavo. Él, un soldado digno, leal y disciplinado, ¿colaborando con unos civiles degenerados para atentar contra el César? No y mil veces no.

Pero sí. Rufo se desmoronó enseguida y arrastró en su caída a Flavo. Éste cambió entonces la simulación inútil por la dignidad proclamada y se enfrentó con Nerón:

«Sí, yo también quería matarte, porque mereces morir. Mientras fuiste justo no hubo nadie más leal que yo, pero empecé a odiarte cuando te convertiste en asesino de tu madre y de tu esposa, en incendiario y comediante. Roma no merece un monstruo como tú.»

Y entonces le tocó palidecer al monstruo. No porque oyera aquel resumen precipitado de sus crímenes, que muy bien conocía, sino por algo mucho más grave: la conspiración no era cosa de cuatro senadores ilusos e ineptos; altos mandos del cuerpo de pretorianos estaban también implicados, el más firme sostén del trono aparecía comido por la carcoma. Había que actuar con prontitud e inteligencia.

La prontitud consistió en una rápida investigación que dio estos resultados: seis tribunos de cohorte y por lo menos quince centuriones estaban en la conjura. La inteligencia consistió en moderar los deseos de venganza: además de Rufo y Flavo, sólo fueron entregados a la espada algunos de los centuriones detenidos. Los demás implicados militares fueron condenados a una simple degradación, que algunos complementaron por su cuenta con un digno suicidio.

En cuanto al grupo civil, verdugos y aparatos se aburrieron soberanamente (excepto con Epícaris). Todos cantaron a la primera indicación del gran cantante (excepto Epícaris). Quinciano denunció a su gran amigo y senador Glicio Galo, Seneción hizo lo propio con el también senador Anio Polión, y a Lucano le dio por denunciar…a su madre.

Conocido el cuadro real de la conspiración, había que tomar las medidas pertinentes. Pisón, que no tuvo tiempo o arrestos de reaccionar al descubrimiento y que ni siquiera fue detenido, atendió la invitación neroniana de quitarse de en medio para siempre. La misma invitación recibieron Escevino, Quinciano y Seneción, y los tres la acataron y ejecutaron con una entereza que-la-molicie-de-sus-vidas-no-autorizaba-prever, como dirá el inevitable historiador moralista.

Y aquí el dios-narrador se siente invadido por el tedio. Tanto, que decide devolver la palabra a tu amigo Petronio.

Querido Lucio, qué aburrido es contar historias que no interesan. Ni los dioses lo soportan. Ya ves, todo ha ido como cabía esperar. Incluso diría que ha habido menos horror de lo normal en tales casos. Todos los muertos civiles, excepto Laterano, lo han sido por propia mano, incluso Epícaris, que cuando era sometida a tormento aprovechó un descuido de los verdugos para quitarse la vida. Natal ha resultado absuelto en agradecimiento a su condición de primer delator (menos suerte ha tenido Escevino por una estúpida cuestión de tiempo). Y luego viene el capítulo de las recompensas. Primero Mílico, como salvador de la patria, y luego Nerva, el pretor, por haber puesto su profundo conocimiento de la ley y los procedimientos al servicio de causa tan justa… y es que todas las causas son justas para el jurista bien pagado, y en especial para Nerva, capaz de poner sus conocimientos al servicio de una causa o de su contraria con la misma abnegación y entrega.

Me parece oirte de nuevo. «¿Pero qué pasa con lo que más me interesa? ¿Te has propuesto hacerme sufrir hasta el final?» Ni por un momento lo pienses (pero tampoco te hagas ilusiones, te lo he advertido). Se trata sólo de una cuestión de procedimiento, como diría Nerva u otro de la misma ralea. Y es que no quería entremezclar los temas señeros con lo abigarrado de la historia global.

Primero el filósofo. En cuanto surgió el nombre de Séneca se enviaron unos soldados para vigilarle y, sobre todo, para que entendiese cuál era el final esperado. Pero Séneca fingió no entender. Supongo que no quiso ahorrarle a su ex discípulo el gesto positivo de ordenar la muerte del maestro. Y Nerón tuvo que ceder, es decir, tuvo que enviar a un tribuno con la orden expresa de que se diese muerte.

Séneca estaba preparado. Se reunió con los pocos amigos que había convocado y se abrió las venas. Su esposa Paulina quiso seguir su suerte, y así habría sido si los amigos no la hubieran salvado en el último momento.

Pero la vida que le quedaba al anciano filósofo era tan débil que ni siquiera tenía fuerza para escapar por las venas abiertas. Entonces recurrió a un veneno, de rancia tradición para tales ocasiones, y mientras el espíritu le abandonaba lentamente pronunció una bellas y serenas palabras sobre el sentido de la vida y la dignidad del sabio ante la muerte. Y los presentes, conmovidos hasta el extremo de no saber ya si estaban asistiendo a la muerte de Séneca o a la de Sócrates, contemplaron con sus propios ojos el ejemplo máximo de coherencia entre obra y vida…aunque sea en el último momento y un poco a la fuerza.

Esta es la muerte del filósofo, la muerte arquetípica de todo filósofo, inventada por Sócrates y ratificada por Séneca. Y me temo que, si a la escasez crónica de filósofos que padece Roma, le sumamos ejemplos tan estremecedores, la profesión correrá serio peligro de extinción.

Veamos ahora la muerte del poeta (¿ves cómo ya voy llegando?). El interrogatorio de Lucano no iba dirigido a demostrar la culpabilidad del poeta, que se daba por descontada, sino a «descubrir» la implicación de su padre, Anneo Mela. He de aclarar que, no obstante las manifestaciones de Mela del día que lo conociste, las relaciones entre padre e hijo han sido siempre excelentes. Sobre todo por parte del hijo. Lucano sufrió en su infancia las intemperancias y malos tratos de la madre, mujer francamente desquiciada, y sobre todo sufrió en su adolescencia los padecimientos del padre por causa de la madre. Así que aplaudió la decisión del padre de divorciarse y guardó profundo rencor a la madre.

Tigelino empezaba a ponerse nervioso.

«Sé que alguien más de tu familia está en la conjuración».

«¿Te refieres a mi tío Séneca?»

«Me refiero a tu padre Mela».

«Qué va, creo que es el único que no tenía idea de nada».

«¿Quién entonces tenía idea? ¿Quién conspiraba contigo?»

«Mi madre».

El asombro del tribunal, incluido Tigelino, fue unánime. Quien más quien menos sabía de la historia desgraciada del matrimonio y del desequilibrio mental de la madre. Ante el mutismo general Lucano insistió:

«Sí, mi madre, lo juro por los dioses, ella es la gran culpable».

Entonces intervino Nerón:

«No perdamos más tiempo con este desgraciado. No quiero verle más. Que desaparezca de mi vista, y si no quiere probar la espada del verdugo, ya sabe lo que tiene que hacer».

Al atardecer del último día de abril acudieron a casa de Lucano unos cuantos amigos, convocados por el poeta. Yo estaba entre los invitados. No sé si en concepto de amigo, de ex amigo o, lo más probable, de testigo y seguro informador ante Nerón de la trágica y digna ceremonia que se iba a representar.

La puesta en escena no carecía de grandeza aunque, para mi gusto, resultaba un poco recargada. Unas lámparas, situadas estratégicamente, conseguían bellos contrastes de luces y sombras; un pebetero de grandes dimensiones difundía el aroma de exóticas plantas orientales; los amigos formaban pequeños grupos dispersos por la estancia; el médico se apoyaba en la mesita que contenía los instrumentos necesarios, y en el centro de la sala, sobre el fondo distante de oscuros cortinajes, un gran lecho vestido con finos lienzos. Sobre el lecho, apoyada la cabeza en una alta almohada, el poeta y, de pie a su lado, vestida de un blanco impoluto, la esposa. ¡Qué hermosa estaba Pola! Doy gracias a los dioses de que no pudieses verla. Algunas manifestaciones de la belleza son demasiado poderosas para ciertas almas sensibles.

Lucano hizo una señal al médico y tendió el brazo fuera del lecho, con la palma de la mano hacia arriba. El médico colocó un recipiente en el suelo y practicó una incisión en el brazo, y luego otra. El rojo líquido de la vida empezó a brotar. Entonces el poeta, con un gesto de la otra mano, indicó a los presentes que se acercaran. Movió levemente la cabeza como para apoyarla con comodidad en la almohada y dijo:

«Esposa querida, amigos, mi vida ha sido corta pero entera. No lloréis por mí, como no se llora por la flor que se arranca para que perfume nuestro día. Yo me voy, pero os dejo mi perfume, mi espíritu, vivo para siempre en los versos de mi obra. No he de hablar más. Las palabras vulgares no pueden describir la excelsitud del instante. Que hable mi espíritu, la poesía eterna».

Con un movimiento brusco separó la cabeza de la almohada, y con todo el cuerpo horizontal, desnudo de la cabeza a la cintura y caído el brazo por el que manaba abundante sangre, declamó lentamente unos versos; unos versos claros, sonoros, perfectamente ajustados en dicción, tiempos y cadencia; unos versos dramáticos que, en su Guerra Civil dedicó a la muerte heroica de un soldado. Luego, cerró los ojos y se quedó como dormido.

Apenas pude hablar con Pola. Más tarde he sabido que, concluidas las ceremonias fúnebres, abandonó la ciudad con destino desconocido. ¿Defraudado? Lo siento. Procuraré informarme y, en cuanto sepa algo cierto, te lo comunicaré.

Y este es el fin -provisional- de la tragedia. Y te he de confesar que, a pesar del tono distanciado de mi relato, la historia me ha dejado un cierto sabor amargo. Pienso mucho en Escevino. También pienso en Epícaris, una mujer que apenas participaba en los intereses de los grandes conspiradores y que sin embargo ha dado un ejemplo formidable de entereza a tantos profesionales del valor, convertidos en indigno coro de cantantes. Ya ves, unos invertidos y una mujer encarnando las recias virtudes tradicionales del varón romano. Y es que todo está trastocado, como diría el bueno de Silio.

Pero lo que más me ha hecho meditar han sido los ejemplos de Séneca y Lucano. Hay en ellos algo especial que los distingue de tantos otros suicidios voluntarios o impuestos. Y es el valor emblemático de su escenografía. Es como si hubiesen establecido, legislado, cuál debe ser la muerte del filósofo y cuál la del poeta. Y me han dado que pensar, porque en cualquier momento, no nos engañemos, puedo verme yo abocado a trance semejante. ¿Y entonces? ¿Habré de seguir la pauta? ¿Pero yo qué soy? ¿Filósofo o poeta? ¿Habré de tomar un poco de uno y un poco de otro? ¿O debería crear un tercer modelo, aunque sólo fuese para evitar ese espeso aroma de sacralización que ambos desprenden? El modelo propio del esteta, eso es, del juez supremo de la elegancia. Seguiré meditando sobre ello.

Querido Lucio, cuídate mucho y no dejes de escribirme. Es posible que, con el verano, vaya a pasar una temporada a Cumas, donde tengo una bonita villa muy cerca de la que fue de Séneca. Pero supongo que antes vendrás por aquí. Nos quedan aún muchos temas que tratar.

Poco más que añadir. Mis relaciones con Nerón se mantienen en el mismo tono. Tigelino no me ha molestado. Supongo que la insólita abundancia de conspiradores reales le ha robado el tiempo necesario para pensar en mí. Pero lo hará, seguro que lo hará.

Habré de estar vigilante. Y tú también, querido amigo. Esto que tienes en las manos sería suficiente prueba de culpabilidad de los dos. Así que hazme un favor. Comoquiera que imagino que la carta te habrá llegado al anochecer y que no habrás demorado un instante su lectura, acércala ahora a la lámpara más próxima y que la misma llama que te ha permitido leerla permita que neguemos su existencia. Salud.»

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XIII

Era la voz de mi hermano Paulo. Me llamaba por mi nombre y suplicaba que me levantase: «¡Lucio, levanta, corre, ven a casa, por favor, Lucio, ven!» Pero yo estaba dormido y no podía hacer nada. Oía su voz, su llamada angustiosa, pero no podía moverme. Y luego, con la voz, el sonido de fuertes golpes. «Vamos, Lucio, levanta, ven». Abrí los ojos. Ahora sí estaba despierto. Pero los golpes en la puerta no cesaban, y la voz tampoco: «¡Lucio, levanta, es urgente!» Me levanté y abrí la puerta. Era Eutimio. Había venido con el encargo, con la orden, se diría, de que me levantase inmediatamente; que recogiese todas mis pertenencias y le acompañase a casa de Petronio.

-¿Ha ocurrido algo grave? -pregunté

-No lo sé. Pero el amo ha insistido en que vayas con todas tus cosas, ahora mismo.

-¿Pero has notado si estaba preocupado, inquieto?

-No. Era la imagen misma de la tranquilidad.

¡Qué cosas se me ocurren preguntar! Y de repente, una idea:

-¿Qué día es hoy, Eutimio?

-Diecinueve de abril, el gran día de los Juegos de Ceres. Toda la ciudad está engalanada para la fiesta.

Un temblor, ligero pero incontenible, se apoderó de mí. Mientras me vestía y recogía mis cosas -un poco de ropa y un saco de libros- todas las posibilidades se barajaron confusamente en mi cabeza: ¡ha sucedido! ¡ha sido un éxito! ¡ha fracasado! ¡están buscando a los conspiradores y tenemos que huir! ¡han detenido a Petronio y le han obligado a denunciarme!

-Eutimio, ¿hay alguien más en la casa?

-Sí.

-¿Soldados? ¿Tigelino?

-No, sólo un caballero. Ha llegado al mismo tiempo que mi amo, antes de amanecer, hace un rato.

Salimos. Las calles estaban engalanadas. Grupos de personas se encaminaban alegres hacia el Circo para ocupar los mejores puestos. También nos cruzamos con patrullas de soldados, que iban aumentando en número a medida que nos acercábamos al Capitolio. Cuando lo superamos, aquello ya era un auténtico movimiento de tropas. La ciudad estaba tomada. Era evidente que algo grave había ocurrido.

Eutimio me condujo a la pequeña sala del triclino donde Petronio solía recibir a sus amistades más ilustres. El hombre que le acompañaba era mi tío Silio. Se levantó y me abrazó:

-Lucio, muchacho, nos vamos a casa, ahora mismo.

-¿A Nápoles?

-Sí, escucha, ven, descansa aquí -me cogió del brazo con fuerza-. Tu padre, mi querido hermano está mal, muy mal. Si te he de decir la verdad, no creo que lo veamos…con vida. Esta noche ha llegado un mensajero con carta de tu hermano Paulo. Ni él ni yo sabíamos dónde localizarte. Entonces he pensado que quizá a través de Petronio…

Me senté al borde del lecho. El temblor, que hasta entonces no me había abandonado, dio paso a un escalofrío, y luego mi cuerpo se tranquilizó. Un mundo se me venía abajo. No solo mi padre, con quien siempre había mantenido relaciones distantes; era mucho más lo que desaparecía: el mundo de mi irresponsabilidad. De repente, me había convertido en padre de familia. Allá estaba mi madre, mis hermanas pequeñas, mi hermano Paulo, de 19 años, que me llamaba, que me llamaba…Todos dependían de mí.

-¿Cómo ha sido? -pregunté a mi tío.

-No lo sé bien. Su salud siempre ha sido muy delicada. Pero nadie esperaba unas cosa así, tan repentina. Nos vamos enseguida.

-Insisto en que esperéis un rato, Silio. No podéis emprender el viaje sin tomar nada antes. Aunque marchéis dentro de una hora, tenéis tiempo suficiente para pernoctar por lo menos en Tarracina. Y mañana al mediodía estáis en Nápoles -dijo Petronio, e hizo una señal a uno de los criados que permanecían junto a la puerta.

-De acuerdo, de acuerdo -respondió Silio-, pero tú querrás descansar.

-No te preocupes por mí. No es la primera vez que enlazo la noche con el día sin pasar por la cama. Y hoy hay que estar especialmente despierto. Lucio, dentro de la desgracia no podías haber elegido mejor momento para marchar de Roma.

-¿Ha ocurrido algo? -pregunté, seguro de que Petronio entendería el sentido exacto de la pregunta.

-Sí, ha ocurrido. Anoche detuvieron a Escevino, y esta madrugada a Antonio Natal… Y ahora irán cayendo todos, uno tras otro. Conozco las dotes persuasivas de Tigelino.

-¿Qué es eso? ¿De qué estás hablando? -preguntó Silio.

-De una tragedia que se les ha escapado de la mano a los autores. Había de morir uno y ahora tendrán que morir muchos.

-Explícate, por favor.

-¿No sabes nada? ¿De verdad que no sabes nada? Está claro que la fortuna protege a los inocentes. ¿Nadie te había invitado al festín de Calpurnio Pisón?

-¿Pisón? No, apenas le conozco.

-Eres muy afortunado. ¿Así que no sabías que en el día de hoy Nerón tenía que morir para que el pueblo viviese, o para que otro Nerón viviese, que eso no ha estado nunca muy claro?

-¿Me estás hablando de una conjura, de una conspiración contra el César?

-De eso mismo te estoy hablando.

-¿Y lo sabías? ¿Y tú también lo sabías, Lucio? Pero…¿estáis locos?… Y si lo sabías, ¿por qué no lo has denunciado?

-Las cosas no son tan sencillas, querido Silio -dijo Petronio-. Uno puede disentir de algo, y también de lo contrario.

-No intentes confundirme, Petronio, háblame con claridad. ¿Estás entre los conjurados?

-Para los conjurados, no; para Nerón, es decir, para Tigelino, quizá sí. Ahora tiene una oportunidad magnífica para deshacerse de todo lo que le estorba.

-Pero, si lo sabías y no lo has denunciado, eres tan culpable como el más culpable.

-En efecto, ésa es la lógica de las conspiraciones. Y puesto que somos culpables, comamos y bebamos hasta que el destino decida.

Entraron cuatro criados llevando bandejas repletas de aperitivos muy variados: queso, aceitunas, frutos secos, huevos de gallina y de pavo y vino mielado y agua.

-¿Estás loco, Petronio? -exclamó Silio, visiblemente indignado-. A pesar de la ambigüedad de tu fama nunca dudé que eras un persona sensata. Ahora veo que estaba equivocado. Fue un error confiarte a mi sobrino…Y tú…

-No tienes por qué preocuparte, tío. Petronio se ha portado muy bien conmigo. Sólo le debo favores. Y no es culpa suya si, entre las muchas cosas que he aprendido, había una que no debía saber.

-Me parece que no lo entiendes -dijo Silio, dirigiéndose a Petronio-. Se trata del César, del primer magistrado, del príncipe, del augusto, del padre de la patria, ¿cómo puedes decir que no estás ni a favor ni en contra? ¿Y tú no eras su amigo, su hombre de confianza? ¿A qué extremos de hipocresía, de doblez, de mentira se ha de llegar para jurar amistad a una persona, ¡y nada menos que al César!, mientras se encubre a los que preparan su muerte?

-Tranquilízate, Silio, y come y bebe un poco. Eso que dices debe de ser muy convincente visto desde fuera, y desde luego, resulta conmovedor. Nunca había conocido a un defensor de Nerón…

-Más que de Nerón, de la autoridad.

-Como quieras. Nunca había conocido a un defensor de la autoridad tan ingenuo y noble como tú. Sí, estoy conmovido. Y apenado, porque Nerón no se merece una defensa tan limpia como la tuya.

-No importa si la merece o no. Es el César, es la ley y el orden.

-Sí, es el César, pero es la negación de la ley y la causa primera del desorden.

-Nunca nos entenderemos, Petronio.

-Parece que no. Pero no es necesario entenderse, basta con quererse.

Y Petronio posó su mano derecha sobre la mano izquierda de Silio y se la estrechó con fuerza.

-Eres desconcertante -dijo Silio, mientras se zafaba sin brusquedad de la mano de Petronio-. ¿Y no estás preocupado? ¿No piensas que te puede ocurrir algo? ¿que alguien te puede denunciar?

-Por supuesto que me puede ocurrir algo, por supuesto que alguien me puede denunciar, con motivo o sin motivo. No se ha de montar ninguna conspiración para que eso pueda ocurrir en cualquier momento del día o de la noche. Si uno tuviera que preocuparse por esos detalles, la vida sería un tormento. Y la vida es bella, querido Silio, a pesar de todo la vida es bella. Tienes que ver cómo brotan los ciruelos de Siria que planté en el jardín hace un año, la última vez que nos vimos. Si hay suerte, vivirán y serán muy hermosos, y si no, se convertirán en leña para la cocina. Y todo seguirá igual. Si hay suerte, viviré unos años más entre la belleza del arte y de la amistad y los ejercicios del circo palatino, y si no, me convertiré en ceniza, en tierra para la tierra. Y todo seguirá igual.

La ostensible indignación de Silio de hacía sólo unos instantes había desaparecido. Ahora se dedicaba a devorar higos secos entre breves sorbos de vino.

-Son malos tiempos estos, malos tiempos -dijo-. Nadie está a la altura de su posición, nadie se resigna al papel asignado por los dioses.

-Empezando por los más altos -precisó Petronio.

-Sí, empezando por los más altos. Mira, Petronio, no interpretes mal lo que te voy a decir, ni por un momento supongas que estoy de parte de los conspiradores, pero lo cierto es que un mundo en que el soberano sueña ser actor, los actores quieren ser filósofos y los filósofos desean ser soberanos es un mundo trastocado. Son malos tiempos éstos.

-Si tuviésemos suficiente memoria, si pudiésemos guardar también la memoria real de nuestros antepasados y si fuésemos lo bastante lúcidos como para no confundir nuestra juventud con la juventud del mundo, reconoceríamos que todos los tiempos han sido malos. Nadie, ninguna persona medianamente despierta se ha sentido cómoda en la época que le ha tocado vivir. Pero nos encanta engañarnos. Por lo general, pasado el límite de los cuarenta, sobreviene la nostalgia y empieza uno a inventarse la feliz edad de los veinte. Pero ¿recuerdas de verdad nuestros veinte años? ¿recuerdas que, aparte de las dificultades propias de la edad, que con el tiempo decidimos olvidar, mandaba en Roma no un cantante sino un loco furioso cuyo gran deseo era que entre todos tuviésemos una sola cabeza para poder cortarla de un tajo?

-Pero hubo tiempos mejores, no lo niegues, tiempos en los que, por lo menos, cada cual conocía y asumía su puesto en la sociedad.

-¿Estás seguro? Veamos, tú que dominas la historia como nadie, ayúdame a recordar…¿Qué opinaba el viejo Catón de su tiempo? ¿Y Tiberio Graco del suyo? ¿Y Cicerón del suyo, el inventor del «oh tiempos, oh costumbres» utilizable en cualquier tiempo presente? Entonces, díme tú dónde está, en qué lugar de la historia, individual o colectiva, debemos buscar esa época añorada.

-Virgilio es un ejemplo…

-No nos engañemos, querido Silio. Virgilio es un ejemplo de escritor a sueldo. Un gran poeta, no lo niego, pero un gran poeta muy bien pagado. ¡Qué esperabas que dijese! Ovidio es otro asunto. Él sí creía, desde el fondo de su ingenuidad, que vivía en el mejor de los mundos posibles. Pronto la dura realidad le enseñaría que lo que él imaginaba un cielo apenas velaba un infierno de cárceles, crímenes y destierros.

-Eso es por lo menos una exageración. En todo caso, es un ejemplo de hasta dónde puede llegar el pesimismo epicúreo.

-Si te refieres a un pesimismo social, sí, estoy de acuerdo. Porque de la sociedad no podemos esperar nada. Cada cual ha de aprender a construir su propia ciudad, su propio reino, y hacerlo lo más habitable posible.

-Pero formamos parte de un pueblo -objetó Silio-. Es más, formamos parte de la humanidad, y la humanidad forma parte del orden universal. Es imposible eludir esta realidad. Nadie puede vivir aislado, nadie puede permanecer al margen de la comunidad a que pertenece.

-Me temo que tienes razón, querido Silio. Pero has de tener en cuenta que la opinión que te he expresado es más que una realidad, un deseo.

-Un deseo inalcanzable. Y pernicioso. Alcanzarlo supondría la disolución de la sociedad.

-¿La disolución de la sociedad? ¿qué significa eso? ¿Que ya no se organizarían recitales poéticos? ¿que nadie convocaría concursos de canto? ¿que no se celebrarían juegos de circo? ¿que ya no tendríamos que asistir a ceremonias públicas trasnochadas? ¡Bendita disolución de la sociedad!

-Sí, y que Petronio ya no tendría donde ejercer de árbitro de la elegancia.

-Con lo cual, tal vez, entonces sí, se le caerían todas las máscaras y conocería su verdadero rostro -concluyó Petronio, y levantó su copa-. Bebe, Silio, bebe, Lucio, brindad conmigo. Por que todo se hunda y sólo sobreviva la amistad.

Bebimos, pero no fue aquél un brindis alegre. Por unos instantes un silencio oscuro y espeso se abatió sobre los tres, un silencio que imaginé se iba extendiendo por la casa, por la ciudad, por el mundo y alcanzaba cierto lugar del sur donde tristes figuras enlutadas velaban el cuerpo del hombre que había dado origen a mi vida. Como interpretando mi pensamiento, Silio dijo:

-Y mientras nosotros hablamos, comemos y bebemos, mi hermano agoniza, o quizá ya ha entregado el espíritu. ¡Pero qué le vamos a hacer! Es ley de vida.

-Sí, es ley de vida -dijo Petronio-. Mientras hablamos, comemos y bebemos, siempre hay en algún lugar una persona querida que sufre. No puedo quitarme de la cabeza a Escevino. ¿A qué pruebas estará sometiendo Tigelino su tardío heroísmo?

Y de pronto, se me representó con toda viveza la imagen misma del tormento con sus horribles ministros y herramientas.

-¿Quieres decir…? -empecé a preguntar.

-Sí, quiero decir -me interrumpió Petronio-, pero no es necesario que lo mencionemos. La crueldad humana es una realidad tan espantosa y perdurable que lo único que podemos hacer para vencerla es decidir que no existe. Y si alguna persona querida o nosotros mismos caemos en sus garras, convengamos en darle el nombre de dolor de vientre. Espero que Escevino lo supere pronto, cualquiera que sea el final.

De pronto, abriendo bruscamente la puerta y seguida de Eutimio, entró en la sala una mujer cubierta de velos:

-¡No necesito que nadie me anuncie!

Se acercó, y por un instante se quedó plantada como una estatua delante de Petronio. Luego se descubrió la cabeza. Era Pola.

-Tito Petronio Níger, no vengo a pedirte un favor. Vengo a comunicarte el mensaje de Marco Anneo Lucano. Que Petronio lo sepa, me ha dicho, solo él puede hacer algo.

-¿Qué debo saber, estimada Pola? -preguntó Petronio.

-Hace un rato, el tiempo que he tardado en llegar aquí, unos soldados se han llevado preso a mi marido. No sé si querrás o podrás hacer algo por él. Más bien no tengo ninguna esperanza. Solo he venido a cumplir el deseo de Lucano.

-Quizá pueda hacer algo, quizá no. En todo caso, necesito más información. ¿Sabes el motivo de la detención?

-Tan bien como tú.

-¿Conoces a alguno de los que le han detenido?

-El que los mandaba era el tribuno Subrio Flavo.

-¡Subrio Flavo! ¡Qué absurda coincidencia! ¿no te parece? -exlamó Petronio, dirigiéndose a mí.

Siguiendo su mirada, la de Pola fue a dar en mi persona, cuya presencia al parecer no había advertido hasta entonces. Creí observar que una tenue sonrisa dulcificaba la severa expresión de su rostro.

-Salud, Lucio, no pensé que nos volveríamos a ver en estas circunstancias.

-Hoy es un día aciago para todos -respondí.

-Quédate con nosotros, Pola -dijo Petronio-. En cuanto acabemos, veré lo que puedo hacer. Pero no quiero darte esperanzas. Uno de mis mejores amigos se encuentra en la misma situación y ya he comprobado lo que puedo hacer por él: nada.

-No tengo ninguna esperanza, no te preocupes. Te repito que sólo he venido para cumplir el deseo de Lucano. Y ahora me voy.

Me levanté al momento. Apenas salió de la sala, la alcancé.

-No te vayas. Espera un poco. Yo también he de marchar enseguida.

Ella siguió caminando, y yo a su lado.

-No tengo nada que hacer aquí -dijo, sin mirarme ni detenerse-. ¿Crees que se puede banquetear a estas horas mientras hombres llenos de razón van a parar a la cárcel?

-Es verdad, es verdad -y la cogí del brazo-. Pero espera un momento. Sólo quiero decirte una cosa. Me voy a casa, a Nápoles. Mi padre ha muerto…pero todo lo que siento en este momento es que he de hacer algo por ti, y no sé qué.

Entonces se volvió hacia mí. Sus ojos, claros y tristes, se clavaron en los míos.

-Lo siento.Y no te preocupes. Si Petronio no puede hacer nada…

-Ahora no tengo más remedio que marchar. Mi familia me espera, mi tío ha venido a buscarme. Pero volveré pronto. Te escribiré. Ya verás como todo se arregla. ¿Puedo escribirte?

-Como quieras… No, nada se arreglará. Lucano ya estaba condenado. Solo faltaba la ocasión, el pretexto, y ya lo tienen. Si lo conocieses…un hombre lleno de energía, de ilusiones, de fantasía, de ganas de vivir, un auténtico poeta. Qué absurdo, qué absurdo.

De sus ojos, húmedos, brotaron unas lágrimas. No pude evitar cogerle la mano y estrecharla entre las mías, pero me fue imposible articular una palabra. Entonces, como el sol que de improviso mezcla su luz entre la lluvia, una sonrisa iluminó las lágrimas de su rostro.

-Eres un buen muchacho, Lucio. Pero ten cuidado, mucho cuidado. Piensa que este mundo no está hecho para las buenas personas. Y recuerda que tenemos una conversación pendiente…¿qué dices?

-En este instante solo puedo decir una cosa, y espero que no te ofendas, que no lo interpretes mal…Pola, daría lo que fuese, mi vida entera daría porque solo una de esas lágrimas se hubiese derramado por mí.

-También es por ti, Lucio, también es por ti…

Oí la potente voz de mi tío Silio como si despertase de un sueño:

-¡Lucio! ¿Dónde estás? Nos vamos.

En la puerta Capena, una patrulla de soldados nos dio el alto. Mi tío exigió hablar con el centurión. Cuando éste compareció, Silio se apeó del carruaje. Mientras hablaban, el centurión consultó un par de veces una tablilla que llevaba en la mano.

Pudimos continuar el viaje. Mientras avanzábamos por la vía Apia y el sol se alzaba sobre el horizonte, libre de las brumas matinales, mi tío me comentó:

-Me ha dicho el centurión que todas las puertas de la ciudad están vigiladas, y que se espera la llegada de más tropas. Se rumorea que se van a suspender los Juegos. Esto podría provocar tumultos. Lo que ha consultado era una lista de nombres.

Entonces advertí que pasábamos por delante de la casa de Séneca, donde había estado hacía muy pocos días. Junto a sus puertas, un grupo de soldados, algunos sentados en tierra, hablaban y reían distendidos.

Tal como Petronio había previsto, al anochecer llegamos a Tarracina, y al día siguiente por la tarde estábamos en casa. Mi padre había muerto en la madrugada del día anterior.


(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XII

-Hay un placer sobre el que nada se ha escrito y del que, sin embargo, muchos disfrutan: el peligro -dijo Petronio-. El auriga que conduce su carro a toda velocidad, el marino que se complace en adentrarse en el oleaje más furioso, el soldado que se arriesga más allá de lo ordenado y de lo necesario, todos ésos no buscan en realidad un resultado concreto de su acción, ni siquiera la gloria. Buscan la emoción del peligro, sienten un placer especial en el juego con la muerte. Yo también suelo gustar de ese placer. Y cada vez más. Nerón estuvo anoche especialmente pegajoso. Continuamente exigía que permaneciese a su lado; no dejaba de hablarme, de preguntarme, de pedirme opinión sobre todo. En tales ocasiones, para paliar el tedio propio de la situación, solo compensado por la vista de la expresión de desconsuelo que se le pone a Tigelino, suelo aventurar alguna que otra jugada peligrosa. En esta ocasión empecé hablándole de Séneca.

«Ah, ¿pero aún está vivo?», exclamó. «Mañana recuérdame que piense en él. Solo mentar su nombre puede aguarnos la fiesta.» Luego, me miró con ojos entre inquisitivos y juguetones y preguntó:

«Eres muy amigo suyo, ¿verdad?»

«No, por los dioses», respondí, «no tengo amigos que pueda perder. Por eso sólo me considero gran amigo tuyo, si a ti te place».

«Claro que sí», dijo, deseé que lo bastante alto como para que lo oyera Tigelino, que merodeaba por ahí. «¿Y crees que por ser yo César no me puedes perder?», añadió.

«Solo por tu libre voluntad».

«Tienes razón, tienes razón», afirmó satisfecho. «Nadie tiene poder sobre un dios».

«Sólo el destino», murmuré entre dientes.

«¿Qué has dicho?»

«Que sólo el destino tiene poder sobre los dioses».

«¿Crees tú en el destino?», preguntó, de repente serio.

«No más que en los dioses», contesté con la misma seriedad.

«Es verdad, qué tontería», dijo Nerón, aliviado. «El destino lo hacemos nosotros. Hoy estoy aquí y, si lo decido, mañana puedo estar en Bayas».

«Donde, además, podrías instalarte en la villa de Calpurnio Pisón, que tanto te gusta».

«Sí, es verdad», dijo, «es una casa preciosa, magnífica, más digna del César que de ese pedantuelo de Pisón. ¿Sabes que se cree un gran artista de la música y del canto? Un día de estos voy a retarle».

«Dicen que lo hace muy bien, ¿y si te vence?»

«¿Pisón? ¿vencerme, a mí? ¡Qué ocurrencia!»

«Tiene muchos amigos, y dispuestos a lo que sea», dije, convertido en un auriga enloquecido.

«¿Amigos? ¿Qué quieres decir? ¿Que podrían influir en el jurado?»

«Eso mismo, eso quería decir», afirmé, deteniendo ya la loca carrera.

«Esta noche dices muchas tonterías, Petronio», afirmó Nerón.

Y había de decir muchas más…En un momento dado, aprovechando el lejano parecido de una mujer que andaba por ahí, le pregunté:

«Ésa, ¿no es Epícaris?»

«Imposible. Si te refieres a la amiga de Mela, la tengo a buen recaudo», respondió sin mirarla.

«¿Te dedicas ahora a secuestrar a las amigas de tus amigos?»

«No, sólo la tengo guardada. Hay una acusación contra ella. No se ha podido probar, pero, por si acaso, la tengo bien guardada. Si la acusación es falsa, como supongo, se la devolveré a Mela…un poco desmejorada, claro está», y rió de buena gana moviendo toda la tripa.

«Cuídate, César,» dije con toda la seriedad posible, «yo de tí no me fiaría ni de Tigelino».

«Y de ti, ¿me puedo fiar?», preguntó de repente, mirándome fijamente a los ojos.

«Mi vida depende de la tuya, César magnífico. No sabría cómo desatar ese vínculo tan especial que nos une. Puedes estar seguro que nadie como yo desea que el cielo te conceda toda la suerte que te mereces».

Ahora me había plantado con un solo pie sobre la cuerda floja.

«Ah, si tuviese sólo un amigo más como tú, sería más que un dios, sería el más feliz de los hombres».

¡Alehop! o como sea que digan los equilibristas, peligro superado.

-Reconozco que debe ser emocionante -no pude menos que decir-, ¿pero tanto como para arriesgar la propia vida?

-Es que en eso consiste la emoción. Alguien ha escrito que la vida que no se vive peligrosamente no es vida, sino crecimiento vegetativo, como en las plantas.

-No creo que haya mucha gente que opine así.

-Pero lo practican.

-¿Quieres decir que hay personas que viven peligrosamente sin saberlo?

-Sin poder evitarlo. Para la mayoría, la vida es una lucha continua por sobrevivir. Viven en el peligro porque no tienen más remedio. Sólo las personas de nuestra clase pueden elegir el peligro voluntariamente. Desde la noche de los tiempos, y dejando aparte la mítica e improbable edad de oro, los seres humanos consumen sus cortas vidas luchando por lo esencial: la comida, el sexo, el techo, el abrigo, la seguridad. Todos sus esfuerzos se dirigen a la obtención de algo que, no sé porqué, parece que habría de estar asegurado para todos desde el principio: una existencia sin privaciones ni preocupaciones. Y por conseguirlo, arrostran toda clase de peligros. De manera que sus vidas no tienen más contenido ni sentido que la lucha por la misma vida. Ahora imaginemos que de repente esa inmensa multitud de seres humanos ve colmadas todas sus necesidades. Imagina uno solo de ellos: de pronto lo tiene todo resuelto, alimento, sexo, techo, abrigo y seguridad, y resuelto en abundancia. ¿Qué hará? ¿A qué dedicará su tiempo, antes ocupado al completo en la conquista de lo elemental?…No tienes necesidad de imaginarlo: lo estás viendo todos los días. Nosotros, la casta privilegiada de la humanidad nos burlamos de la abundancia inventando nuevas necesidades, y de la seguridad inventando nuevos peligros.

-Parece entonces que, para el género humano, una existencia sin lucha por la vida no tiene sentido.

-De hecho es así. Piensa en Escevino. De pronto ha descubierto un motivo de lucha que da sentido a su vida. Pero imagina por un momento que sus deseos se cumplen, que la tiranía desaparece, ¿dónde buscará el nuevo norte para su rumbo? No lo sé, pero me temo que solo tendrá dos opciones: sumergirse de nuevo en el vicio y el sinsentido o entronizar otro busto de piedra que le lance hacia nuevos peligros.

-¿Tan difícil es disfrutar de una vida plena y tranquila, una vez satisfechas las necesidades fundamentales?

-Tan difícil. La raza humana no está preparada para disfrutar plenamente de su condición humana, sólo lo está para alcanzarla. Pero en cuanto los hombres la alcanzan, no saben qué hacer. Por abajo, la necesidad empuja; por arriba, el vacío asfixia.

-El vacío, la nada, ¡qué palabras tan espantosas! ¡Y qué reales! -exclamé-. Yo mismo, en plena adolescencia las he experimentado como algo tangible y angustioso… Y continúan ahí, a la vuelta de la esquina, acechando. Séneca, y disculpa la insistencia, ha descrito muy bien ese estado de ánimo, tedio de la vida, lo llama. En cuanto a los remedios que propone, ya los conoces: el acatamiento de la razón divina y, en cualquier caso, la salida voluntaria, «si te place, vive, si no te place, puedes volver al lugar de donde viniste», ha escrito. Pero no me satisfacen. Son remedios negativos. ¿Conoces tú alguno positivo para esa enfermedad?

-Sí conozco. Hay dos, y ambos infalibles. Lo que ocurre es que no todo el mundo está en condiciones de aplicarlos en todo momento. Uno es el amor. El amor irrumpe en la existencia como un sol radiante en medio de la noche. De pronto, todo adquiere luz y color y nos preguntamos cómo pudimos vivir hasta entonces en las tinieblas. Un sentimiento poderoso invade el alma. Es como si todo el universo llegase a nosotros a través de la persona amada. Pensamos en ella, vivimos por ella y quisiéramos fundirnos con ella. Ya ves, ¿qué lugar hay aquí para el sentimiento de vacío y de nada? No puede haber hastío de la vida cuando lo que se celebra es precisamente la ceremonia del misterio de la vida… El otro es el arte, la creación. Cuando uno oficia de demiurgo, de dios creador, cuando las ideas brotan de la mente y ves cómo se van convirtiendo en formas vivas, cuando el mundo que sueñas nace de tu propia alma sin más esfuerzo por tu parte que conducir el carro de las palabras, cuando estás dictando una verdad más alta que la que nos dicta la pequeña realidad de cada día, comprendes que el que habla de vacío y de nada es ajeno por completo a todo ese mundo. ¿La nada?, le dirás, ¿de qué me hablas? La nada sólo existe para el que nada sabe crear.

-Todo eso es muy convincente, pero está claro que tiene el problema que tú mismo has apuntado: nadie puede amar todo el tiempo, nadie puede crear todo el tiempo.

-En efecto. De manera que esos remedios sólo pueden funcionar ocasionalmente, y no para todos. Piensa que hay personas que nunca han conocido ni conocerán la pasión amorosa, y hay muchas más que nunca han conocido ni conocerán el misterio de la creación. Y entre éstas incluyo algunas que escriben poemas de factura perfecta. Éstas niegan que la creación tenga algo de misterioso, que haya algo, llámese inspiración o Musa, que llega al poeta independientemente de su voluntad. Y niegan ese fenómeno porque nunca lo han conocido, igual que los que nunca han amado niegan que exista el amor. Una postura muy subjetiva, ¿no te parece? Es como si alguien que nunca hubiese sufrido fiebre negase la existencia de la fiebre.

-Pero entonces, estamos como antes, prácticamente no hay remedio.

-Para el hombre lúcido, no, no hay remedio, excepto cuando precariamente se instala en el arte o en el amor. Conviene por tanto no ser lúcido, cosa que la mayoría de los mortales alcanza sin ninguna dificultad. Conviene apegarse a las cosas de cada día, a los pequeños placeres y las pequeñas ilusiones, no mirar ni muy lejos ni muy arriba ni muy adentro, jugar con los objetos cotidianos, limitar el territorio, negar el cielo y los infiernos por más que los llevemos dentro, hacer de la vida un saloncito de estar donde cada cosa esté en su sitio, protegiéndonos de la tentación de lo infinito, ser profundamente mediocres.

-Pero es un panorama bastante desolador, y casi diría que indigno del ser humano. Más bien parece propio de un animal de granja.

-Sí, es como si no hubiera más alternativa: hombre desgraciado o cerdo satisfecho.

-Sin embargo, creo que debe de existir un punto de equilibrio no imposible de alcanzar. Tú mismo das la impresión de haberlo alcanzado.

-Ése es el principal objetivo de mi vida. Si produzco la impresión de haberlo alcanzado, me doy por satisfecho. Así que pasemos a otro tema.

De pronto, no supe qué decir, ni mucho menos qué nuevo tema apuntar. Tras unos instantes de silencio, opté por lo más trivial y al mismo tiempo más peligroso.

-De lo que antes me has contado deduzco que Nerón no imagina nada de la conspiración.

-Nada en absoluto. Y es extraordinario, habiendo tanta gente implicada.

-¿Ni Tigelino tampoco?

-Eso no es tan seguro. Quizá le esté preparando a su amo la sorpresa de descubrirla y aplastarla en un día. De hecho, tienen a Epícaris. Pero ya ha pasado tiempo desde su detención, lo que quiere decir que o no tiene nada que ver con el asunto o sabe callar como nadie.

-¿Conoces los detalles del plan? -dije, consciente de que, con preguntar, no perdía nada.

-Tal como se habían fijado hace cosa de un mes sí, aunque ignoro los nombres de la mayoría de los implicados. De hecho, lo de Epícaris fue una sorpresa para mí, si es que en realidad tiene algo que ver, y no digamos ya lo de Escevino, y lo de los militares… El plan tendría, o tiene, que ejecutarse con ocasión de la fiesta principal de los Juegos de Ceres, es decir, pasado mañana, y su diseño y desarrollo es un buen ejemplo de lo bajo que ha caído la literatura en nuestros días.

-¿La literatura has dicho?

-Sí, he dicho la literatura. ¿O debiera decir el teatro? Amigo, ya no hay ideas nuevas. Recordarás aquella tragedia que tuvo lugar en la sala anexa del Teatro de Pompeyo en los Idus de marzo del año del último consulado de Julio César. En ella, los actores rodean al tirano para alabarle o pedirle gracias hasta que, de pronto, uno de ellos lo coge de la toga y tira con fuerza. Es la señal para que todos se precipiten sobre la víctima con sus espadas y puñales… Pues bien, la función que piensa dar la compañía de Pisón es un simple calco de aquella tragedia. En ésta, Laterano hará de Címber, Seneción hará de Casca, o quizá Escevino, y así, cada uno se asignará un papel de acuerdo con la máscara elegida. ¿Qué te parece?

-No sé, desde el punto de vista estético me repugna comparar a Nerón con Julio César, o a Escevino con Bruto.

-No, en este caso, Bruto será Pisón. Pero es igual, tienes razón. La grandeza de una obra de arte está en su cualidad de irrepetible, y la muerte de Julio César es una de las obras de arte más grandes de la historia. Los caracteres de los conjurados y sus relaciones mutuas, el ritmo de la acción, el clima de tensión creciente que finalmente estalla en el momento crítico, y ese mismo momento, con la víctima acosada que va a dar finalmente a los pies de la estatua de su antiguo enemigo-amigo, y el carácter ritual del homicidio colectivo, como si todos hubiesen de participar por igual de la sangre de la víctima, misteriosamente dotada de propiedades salvíficas, misterio que arranca ya de la cena de la víspera, cuando el que ha de morir se despide de sus amigos compartiendo con ellos la comida y el vino. La muerte de César es quizá el eje central de la historia, el paradigma de todos los homicidios sagrados. Es la muerte que se da al padre por la libertad individual, es la muerte que se da al rey por la libertad colectiva, es la muerte que la naturaleza impone para perpetuar la vida. La muerte de César pide a gritos un gran artista de la tragedia que la instaure de una vez por todas como obra de arte, rescatándola de las vagas sombras de la memoria de lo real. Y lo tendrá, claro que lo tendrá… Ahora, imagina todo eso interpretado por la compañía teatral de Pisón: músicos mediocres, mariquitas histéricas, poetas chiflados, intentando sostener sus aceros de lujo para meterlos entre las adiposidades de un cerdito bien cebado, de chillidos insoportables.. ¿Entiendes ahora por qué le dije a Escevino que lo peor del plan es que está mal escrito?

– Lo entiendo muy bien, y comparto por completo tu opinión. Creo que un acto importante, transcendente, ha de revestirse siempre de cierta grandeza.

-En efecto, aun cuando los protagonistas no sean conscientes. Si un hecho es realmente grande, por fuerza será bello. En el fondo no es más que una cuestión de estilo.

-¿Como en la literatura?

-Sí, como en la literatura. A veces, me preguntan cuáles son las técnicas para conseguir un estilo bello y elegante. Y siempre respondo lo mismo: que las técnicas sólo sirven para resolver cuestiones de detalle y que eso se aprende, naturalmente, pero que el estilo no se aprende ni se puede enseñar; el estilo es una cualidad del carácter, una especie de música que la persona desprende tanto en su vida como en su obra. Dicho de otra manera, un escritor de alma mezquina nunca tendrá nobleza en su estilo. Esto es algo que ninguna técnica, antigua o futura, podrá nunca arreglar. 

-¿Puedo deducir entonces que tus razones para rechazar la conspiración son exclusivamente de orden estético?

-Puedes.

-¿Y no crees que un asunto que afecta a valores como la libertad o la dignidad se tendría que considerar desde un punto de vista ético?

-El punto de vista ético nos da una visión limitada del ser humano.

-¿Quieres decir que la estética es superior a la ética?

-Sí, porque la estética contiene a la ética, pero la ética no contiene a la estética. 


(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XI

Al día siguiente me presenté en casa de Petronio a la hora convenida. Durante el trayecto, que hicimos en un lujoso y cómodo carruaje, me aclaró algunos aspectos del ilustre personaje que íbamos a visitar.

-Uno de los primeros favores que obtuvo Agripina de su imperial esposo Claudio fue el perdón de Séneca y su regreso del destierro. En cuanto llegó a Roma, el prestigio del ex desterrado no hizo sino aumentar. Su obra se había difundido más allá de los ambientes intelectuales y pronto fue considerado como el más grande de los filósofos vivos y la personalidad de mayor respeto de la ciudad. Para seguir apuntándose todo este prestigio a su cuenta particular, Agripina lo nombró preceptor del joven Nerón. Y así, entre el maestro-filósofo y el discípulo-príncipe se inició una relación que auguraba lo mejor para Roma. A la muerte de Claudio, Nerón subió al poder y dio sus primeros pasos a la sombra del severo maestro, severidad que, como ya has visto, no le impedía permitirse alguna broma de mal gusto. En adelante, la influencia que Séneca ejercería sobre el nuevo César no se limitaría ya a su formación intelectual y humana, sino que se ampliaría con las competencias propias de un ministro con plenos poderes. Él le redactaba los discursos, él le dictaba los nombramientos, él le inspiraba toda la línea política, sobre todo en cuanto al modo de relacionarse con los grupos que cercaban el poder. Pero el joven Nerón empezó muy pronto a manifestar tendencias que no encajaban en los supuestos valores morales del maestro. Séneca intentó al principio eliminarlas, pero no pudo; luego trató de controlarlas, y tampoco pudo; finalmente se limitó a procurar encauzarlas para no salir él mismo mal parado. Y en ese proceso acelerado de dejación el severo filósofo llegó a verse tan implicado en las maldades del César que algunas ya no se sabe si tuvieron su origen en el discípulo o en el mismo maestro. Finalmente, quizá porque su conciencia moral ya no le permitía más, o quizá porque comprendió que había perdido toda influencia sobre su antiguo alumno, hace tres años Séneca decidió abandonar. Habló con Nerón y le comunicó su decisión inapelable. Nerón no lo aceptó, pero él abandonó. Y desde entonces vive en su finca de la Campania dedicado exclusivamente a sus estudios. Hace unos días recibí carta suya en la que me decía que había venido a pasar una corta temporada en su villa de la vía Apia y que tenía especial interés en hablar conmigo.

-Pero serán cuestiones reservadas, personales vuestras. Yo sólo seré un intruso.

-No te preocupes, habrá tiempo para todo.

Ya en la casa, nos recibió la esposa de Séneca, Pompeya Paulina, mujer de unos cuarenta años, de trato afable y familiar.

-Hoy se ha sentido muy mal -dijo-. Por la mañana ha sufrido un fuerte ataque de asma. Creía que se quedaba, pobrecillo. Luego se ha recuperado. Pero al mediodía ha tenido una visita inoportuna, los mismos que vinieron a verle en cuanto llegamos aquí. Yo he insistido para que no los recibiese, pero ha sido inútil. Todavía están ahí.

-Puedo volver otro día -dijo Petronio.

-No, no -replicó Paulina-. Es a ti a quien esperaba. Tiene mucho interés en verte. Hace días que no habla de otra cosa: «¿No ha venido Petronio? ¿No ha enviado ningún mensaje? ¿Estás segura que recibió el mío?» Y así una y otra vez. Estoy preocupada. Se había recuperado bien del ataque. Y cuando le han anunciado a ésos he visto cómo se alteraba. Por eso he intentado que no los recibiese. Pero ha sido inútil. Tengo un mal presentimiento. Los dos son militares. Uno es el prefecto del pretorio, no recuerdo el nombre.

-¿Tigelino? -preguntó Petronio.

-No, el otro -contestó Paulina.

-Fenio Rufo.

-Ése, ése. Soy fatal para los nombres. Y al otro no lo había visto nunca. Te pido un favor, Petronio, a ti y a tu amigo. No sé cuál es el motivo de vuestra visita, no sé qué se trae ahora en la cabeza, con lo felices que hemos sido estos años en Cumas, lejos de las miserias de la ciudad, y ahora, hace unos días, esa prisa repentina por venir aquí y luego, por hablar contigo, y esa gente siempre por en medio. Te pido sobre todo que procures que no se altere. Sea lo que sea lo que quiera de ti no le digas nada que pueda afectar su tranquilidad, y por favor, no le contradigas, miéntele si es preciso. Quiero que viva feliz el resto de sus días, se lo merece, pobrecillo.

-No te preocupes, Paulina -dijo Petronio-. No sé qué interés puede tener en hablar conmigo, pero no te preocupes. Nunca hemos sido enemigos, ni tampoco grandes amigos. Así, que entre nosotros no puede haber nada conflictivo. Y si tiene que ver con algo de la vida pública, tampoco te preocupes. No seré yo quien le incite a volver.

Justo acababa de hablar Petronio cuando por el otro lado del atrio -la puerta de la salita estaba abierta- pasaron dos hombres. Pompeya se disculpó un momento y salió a despedirlos.

-El otro es Subrio Flavo -me dijo entonces Petronio-. Es tribuno militar y de fama intachable.

-¿Crees que Séneca estará en condiciones de recibirnos? -pregunté, expresando lo que más me preocupaba en aquel momento.

-Por lo que ha dicho Paulina, creo que sí. De todos modos será mejor que aguardes aquí, ya te avisaré en cuanto pueda. No creo que tengas que esperar mucho rato.

Al momento vino Paulina a comunicar a Petronio que Séneca le esperaba. Yo permanecí en la salita, solo, no sé si mucho o poco rato, pero me pareció una eternidad.

Cuando entré en el gabinete, creí que Petronio estaba solo. Pero enseguida advertí en la penumbra la figura de un hombre muy viejo, de cabello y barba canosos, delgadísimo, que mantenía el tronco erguido con firmeza sobre la silla de tijera en que estaba sentado.

-Ven, muchacho, siéntate -dijo con voz entera pero algo opaca-. Me ha dicho Petronio que estás muy interesado en todas las cuestiones del arte y de la vida. Si es así, te conviene escuchar. Si lo que oyes te parece muy delicado, manténlo tú oculto. Mira por tu interés y aprende. A mí ya nada puede perjudicarme. Mis intereses se han reducido a lo esencial: salir de aquí de la forma más digna posible…Por eso he querido hablar contigo, Petronio, para impedir que un crimen más se cometa a mi sombra; por eso te ruego que adviertas a Pisón de lo que te he dicho.

-Te agradezco la confianza que pones en mí. Pero, sinceramente, ¿no crees que sería mejor dejar que todo siguiese su curso? Además, la conjura no tiene ninguna posibilidad de éxito.

-Sí, la tiene, sí. Cuando se trataba solo de cuatro senadores disipados y resentidos era cosa de risa, lo reconozco. Pero ahora es distinto. Hay muchos militares implicados. Al menos, una tercera parte de los altos mandos. El problema es que no tienen candidato para la sucesión. A Pisón no lo quieren de ningún modo. Dicen que, con él, lo único que se conseguiría es sustituir un cantante por otro. Por eso se han fijado en mí. Piensan que, como soberano, puedo ofrecer una imagen de dignidad y honradez que no resulta fácil encontrar. Y también piensan -aunque esto no me lo han dicho- que esa imagen de dignidad y honradez no impedirá cobijar a su sombra todos los crímenes que consideren necesario cometer… como suponen que venía ocurriendo cuando Nerón y yo compartíamos de hecho el poder. Y el primer crimen sería ése: acabar al mismo tiempo con el tirano y con el jefe de los conspiradores civiles. Luego, me instalarían en el poder supremo y se repartirían a mi sombra los beneficios…o tal vez correría yo entonces la misma suerte que Pisón.

-Todo esto es muy desagradable -dijo Petronio-, pero, si lo deseas, cumpliré lo que me pides. Sea por nuestra amistad, por esa amistad que apenas hemos tenido tiempo de cultivar.

-Es cierto lo que dices -afirmó Séneca-, y lamentable. Pero has de reconocer que tu género de vida no ofrecía muchas oportunidades para el encuentro.

-No creo que mi género de vida sea muy diferente del tuyo. Hasta hace poco solo se distinguían en el par de horas que solías llevarme de ventaja en retirarte a dormir.

-Sabes que no es verdad, Petronio. Y permíteme que te diga una cosa: lo que menos soporto de ti es esa debilidad por la frase ingeniosa. Siempre has preferido una frase brillante a la verdad.

-En sociedad sí, porque en sociedad una frase brillante es un valor seguro, mientras que la verdad…no se sabe lo que es. 

-Siempre me has caído bien, Petronio, no lo puedo negar. Pero nunca he creído que seas en realidad lo que aparentas ser. Tengo la impresión de que llevas una máscara de felicidad que oculta una realidad secreta y terrible.

-No lo creas, amigo. Es verdad que todos los días, cuando me levanto, me compongo lo mejor que puedo mi máscara de felicidad. Pero detrás no hay nada terrible, sino más bien vulgar y cotidiano, te lo aseguro.

-Si toda la energía que malgastas en los placeres la dedicases al ejercicio de la virtud, no tendrías necesidad de máscaras. La virtud es la más natural de las bellezas.

-Yo he visto rostros de virtud que no tienen nada de bellos -replicó Petronio-. Más bien dan la impresión de sufrir algún problema físico, como de estreñimiento.

-No serán auténticos. La virtud es siempre sana y amable.

-Quizá no hablamos de lo mismo, pero me extrañaría. Yo me guío por lo que tú mismo has escrito y por el concepto de virtud tal como siempre se ha entendido entre nosotros, esa especie de fortaleza varonil exenta de vicios y de debilidades. Y te digo una cosa: con todas las excepciones que quieras, entre las cuales naturalmente te incluyo, para mí un hombre virtuoso es un hombre insoportable. Para empezar, siempre estará convencido de que es superior a los demás, y esto le hará comportarse desde la autosuficiencia y el desprecio de lo ajeno. Además, desterrados los placeres, el campo de sus intereses será tan limitado como fúnebre. ¿Cómo entenderse con un tipo así? ¿De qué hablar? ¿Sabes lo que creo? Que Catón debió de ser un tipo insoportable. Estoy encantado de no haberle conocido.

-¿Prefieres un Quinciano o un Escevino, que de hombres sólo tienen el nombre?

-Quizá son menos hombres que Catón, pero mucho más humanos, te lo aseguro.

De repente Séneca sufrió un ataque de tos. Fue breve, pero al parecer doloroso. Tomó un pequeño frasco de la mesita que tenía al lado, lo destapó, se lo acercó a las fosas nasales y aspiró profundamente tres veces seguidas. Volvió a depositar el frasco en la mesita y dirigió hacia mí la mirada.

-Ya ves, entre estas miserias acaban los hombres. Aunque todo esto te parezca lejano y casi increíble, piensa que llegará, y que llegará muy pronto. La existencia humana es un suspiro.

-Estoy convencido. El problema para mí es cómo llenar ese tiempo que corre sin cesar hasta el final anunciado: saboreando la vida o preparando la muerte.

-La vida no tiene más sabor que el que le da la virtud, y la virtud es la mejor preparación para la muerte. Además, nadie saborea la vida en el sentido vulgar de la palabra. Los hombres consumen su existencia preparando un mañana de felicidad que continuamente se aleja en el horizonte. Pierden la vida en los preparativos de la vida. Todos. Salvo, tal vez, Petronio.

-Te agradezco el cumplido -dijo Petronio-, y te ruego que me disculpes por el tono de mis palabras de antes. Es absurdo que, habiendo tantas cosas que nos unen, tengamos que discutir sobre lo que nos separa.

-Tienes razón -afirmó Séneca-. Creo que los dos coincidimos en el diagnóstico de la enfermedad, sólo discrepamos en cuanto al remedio. Pero sobre esto no trataré de convencerte ahora, ni a ti ni a nadie. En mis obras he dejado el fruto de mis reflexiones; allí están las medicinas que quien desee de verdad sanar se podrá aplicar…Mi vida se extingue, pero mi obra permanecerá, y dentro de siglos, de muchos siglos, cualquier ser humano de cualquier país o civilización podrá encontrar en ella el remedio de los males que le aquejen. Porque todos los males del hombre han sido, son y serán los mismos, y han tenido, tienen y tendrán el mismo origen: no saber estarse quieto entre las paredes de una habitación. La concupiscencia, el deseo nos empuja a luchar por conseguir cosas, pero no sabemos que, por mucho que consigamos, siempre será menos que lo que ya teníamos. Porque todo está en nosotros, desde el principio de los tiempos.

Hubo unos instantes de silencio, un extraño silencio impregnado de serenidad y misterio. Finalmente me armé de valor y dije:

-Maestro, si todo está en nosotros desde el principio, ¿por qué albergamos en nuestro interior esa fuerza, ese deseo incontenible que nos empuja hacia afuera para alcanzar objetivos ilusorios?

-Existe un plan divino, que debemos acatar. Y dentro de ese plan está el desarrollo de la vida, y para que la vida se desarrolle la divinidad ha sembrado la naturaleza de semillas e instintos y las mentes de ilusiones. Pero el verdadero sabio ha de remontar los instintos y las ilusiones para aproximarse a la razón divina, para comprender que para ella el principio es el final y el final es el principio.

-Me hace muy feliz oirte hablar así -dijo Petronio-. Veo que los años no han perjudicado en nada tu profundidad ni tu agudeza.

-Si la mente no deja de ejercitarse, los años no pueden nada contra ella. Quizá al final, al final de todo la memoria empieza a resquebrajarse y las ideas a confundirse. Hay que estar muy atento para prevenir ese momento, y hay que tomar una decisión valiente antes de que llegue. El hombre, el verdadero hombre ha de estar siempre al gobierno de su existencia, ha de ser el artífice, no el esclavo de su vida, desde que empieza a razonar hasta que muere. Y si la muerte que le prepara la fortuna no le agrada, es muy libre de procurarse otra.

-Ése sí que es un territorio que compartimos -dijo Petronio-, el hombre, artífice de su propia vida. Pero has de reconocer que es una tarea muy difícil. ¿Cuántos crees que lo logran? Yo creía haberlo conseguido hasta que me he visto en una situación que me supera y que no sé cómo desenredar. Y tú, ¿consideras que has sido el artífice de tu propia vida?

-No confundas mis palabras con mi vida. Mis palabras proclaman la verdad; mi vida es una constante lucha entre mis debilidades y el esfuerzo por la virtud. Y en esa lucha he vencido muchas veces y he sido derrotado algunas. Pero es verdad que, viviendo en sociedad y sobre todo en las cercanías del poder, resulta imposible erigirse en único artífice de la propia vida. Una red, cada vez más espesa, te va envolviendo por todas partes hasta que te ves tan atrapado que sólo puedes decir ¡basta! y romper y escapar. Puedes hacerlo en cualquier momento. Yo lo he hecho.

-Y con bastante suerte -dijo Petronio-. Todo el mundo auguraba lo peor.

-Lo peor no es eso. Lo peor no es que el monstruo de ingratitud que creció a mi sombra decida acabar conmigo. Lo peor sería permanecer en la esclavitud, aunque fuese para volver arriba de todo. Porque no hay mayor esclavitud que el ejercicio del poder.

-¿Eso les has dicho a Rufo y Flavo como respuesta a su magnífica proposición? ¡Vaya chasco! No es cosa de todos los días que a uno le ofrezcan el poder supremo.

-Sí, les he dicho que pienso seguir en mi retiro; pero también, que sigo deseando lo mejor para Roma.

-¿Buscarán entonces otro candidato?

-Creo que no. Creo que han entendido lo que han querido entender. No me importa, ¿sabes? no me importa nada. Visto desde mi altura, todo eso son juegos de niños…juegos sangrientos, es cierto. Y lo único que me interesa de ese juego es lavar mi responsabilidad por lo que le pueda ocurrir a Pisón. Así que te lo recuerdo de nuevo, no te olvides de advertirle.

 

En el camino de vuelta pregunté a Petronio:

-¿Sabes si Pisón querrá recibirte? ¿si te creerá?

-No he de ver a Pisón para nada, no tengo nada que decirle.

-¿No piensas cumplir tu promesa? -pregunté, sorprendido.

-Al contrario, la he cumplido al pie de la letra. Recuerda lo que me pidió Paulina, «miéntele si es preciso», y se lo prometí…A propósito, ¿qué te ha parecido el personaje, visto en carne y hueso? ¿Tienes ya clara la jerarquía de tus dioses?

-Sí. Primero está Petronio y luego viene Séneca.

-Y eso, ¿por qué?

-Porque Petronio contienen a Séneca, pero Séneca no contiene a Petronio.

           (CONTINÚA)

 

 

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CONVERSACIONES CON PETRONIO X


¿En qué piensas?- dijo Petronio.

-En Pola -, respondí.

-¡Vaya, por Hércules! Me lo temía. Toda la literatura, toda la filosofía no valen nada ante una mujer hermosa.

-No, no es lo que crees. Estaba pensando en algo que Pola me dijo de ti, y pensaba que es verdad, que eres desconcertante.

-¿Eso te dijo? ¿Que soy desconcertante? ¿En qué sentido?

-Vino a decir que nadie conoce tu rostro verdadero, que quizá sólo a mí…

-¡Mi rostro verdadero! -me interrumpió- ¡Qué expresión tan enfática! Un rostro es una máscara.

-¿Y si quitamos la máscara?

-Queda otra máscara, y si quitas ésa, otra, y luego otra y otra. Nadie tiene un rostro verdadero.

-El otro día, en casa de Escevino tuve una sensación extraña, desagradable. Vi que la opinión que él tiene de ti, un amigo de toda la vida, no se parece en nada a la que yo me he formado. Vi que, para Escevino, tú eres como él, un simple gozador de placeres sin mayor peso ni enjundia, un ser frívolo y sin sustancia.

-Ésa es la máscara que Escevino ve en mí.

-Días antes, en cambio, vi que para Tigelino eres un astuto intrigante, alguien muy digno de ser tenido en cuenta.

-Ésa es la máscara que Tigelino ve en mí.

-Y aún antes vi que para Mela eres una persona prudente y digna de toda confianza.

-Ésa es la máscara que Mela ve en mí. Y tú, ¿cómo me ves?

-Como alguien que, aun sabiendo gozar del mundo y de la vida, está muy por encima de las cosas del mundo, un auténtico filósofo sin proponértelo.

-Ésa es la máscara que tú ves en mí.

-¿Pero cuál es la verdadera?

-Todas y ninguna. Y esto no es una particularidad mía, a todos les ocurre. Uno suele tener una imagen de sí mismo, pero, por poca atención que preste a las opiniones y reacciones de los demás, advertirá que esa imagen no se corresponde con la que los otros tiene de él. El hombre que vive en sociedad no es más que lo que los otros deciden que es. Así, es posible que yo para ti sea un filósofo, para Mela un hombre prudente y de confianza, para Tigelino un taimado intrigante y para Escevino un vulgar vicioso. ¿Quién soy en realidad? Nadie. Es decir, para mí puedo ser algo más o menos definido y concreto, pero en el exterior, como objeto social, hay tantos Petronios como representaciones mías existen en las mentes de los demás. Uno no es nadie y es a la vez cien mil.

-Como fábula literaria me parece sugerente.

-Me encanta que te haya gustado. Además, es posible que hayas observado que, hasta cierto punto, me complazco en cultivar esa diversidad de imagen, siempre que no se pierda de vista la que he elegido como tema de referencia central: la del refinado árbitro de la elegancia de nuestra sociedad más selecta.

-Sí, lo he observado. Y he observado también que con ciertas personas utilizas la ambigüedad, la ironía, incluso el sarcasmo más que con otras, que conmigo, por ejemplo. Pola también dijo que eres especialista en frases ambiguas y que nada significan. Entonces no le di la razón, pero pensándolo bien…

-Lo que ocurre es que cada persona requiere, exige, un trato distinto. Y esto es algo que en mi caso surge espontáneamente. Sin proponérmelo, cada interlocutor despierta en mí un grado determinado de ironía, de causticidad incluso. Tú representas el grado mínimo. Por eso nuestras conversaciones están rozando siempre la peligrosa zona del aburrimiento. Tigelino podría representar el grado máximo. En teoría es el blanco perfecto de toda clase de ironías y sarcasmos. El problema es que, en muchas ocasiones, la espesura de su piel impide alcanzar los efectos deseados. Es como clavar agujas a un paquidermo.

-De todos modos, pienso que es una lástima.

-¿Una lástima?

-Ya sé que esto es algo personal tuyo y que no tengo derecho a entrometerme, pero lo he de decir. Pienso que es una lástima que no te muestres a todos del mismo modo que te muestras a mí: como un hombre sabio, como un ser que, aun disfrutándolas, está por encima de todas las cosas.

-No exageres, Lucio. Y aunque fuese cierto, ¿has pensado si los otros merecen que me muestre así? ¿Has pensado que en la mayoría de los casos no me entenderían? Imagínate que hablase con Tigelino, o con Nerón, como hablo contigo. No entenderían nada. Pensarían que soy un loco, un filósofo chiflado que no merece ser tenido en cuenta.

-No creo que ni Nerón ni Tigelino tengan a Séneca por un filósofo chiflado.

-Por supuesto que no. ¿Y sabes por qué? Porque el comportamiento de Séneca ante el poder no se distingue en nada del mío. Séneca es un cortesano perfecto. ¿O crees que anda por los salones hablando de la felicidad del sabio y de la vaciedad de la vida?

-Me cuesta hacerme a la idea de que eso sea cierto, de la duplicidad de Séneca de que hablabas el otro día.

-Si te molesta, no pienses en ello. Quizá sólo sea la máscara que yo veo en él. Lo admiras mucho, ¿verdad?

-Sí, y aún lo admiraba más. Hace años, en plena adolescencia, la lectura de algunos de sus Diálogos me despertó a la realidad de la vida. Gracias a él comprendí que la existencia humana no es más que un tramado de ilusiones, que no hay que buscar la felicidad afuera, que todo está dentro de uno mismo.

-Es un programa un poco triste para un joven de tu edad, ¿no te parece? En la vida hay goces y alegrías que, no por ser externos, son menos ciertos. Piensa que lo que ahora desprecias no lo podrás recuperar jamás. El tiempo pasa, amigo Lucio, y pasa muy deprisa, y a medida que vas cumpliendo años su marcha se acelera. Lo que no goces ahora no podrás gozarlo jamás. Porque cada edad tienen sus propias calidades e intensidades de goce. En la adolescencia, todo se presenta como recién nacido, y el goce de cada placer nuevo, desconocido en la infancia, nos hace estremecer de arriba abajo, nos sacude violentamente sin que podamos dominarlo de ningún modo. Aún recuerdo la emoción indescriptible del primer contacto, de repente erótico, con una piel ajena. Luego, a partir de tu edad, se empieza a ejercer cierto dominio sobre el placer. Se abre entonces la época, no muy larga, no creas, no pasa de veinte años, en que el ser humano puede disfrutar con plenitud de los placeres. Y cuando se pasan de los cuarenta, como es mi caso, hay que ir supliendo con ciencia y sabiduría, lo que se va perdiendo de instinto y fuerza natural. Quiero decir con esto que todo lo que no disfrutas en su momento lo pierdes para siempre… Lo que ocurre es que muchos confunden el placer con el vicio, y no tienen nada que ver. El verdadero placer se disfruta desde la libertad; el vicio es una adicción insuperable a algo que ha dejado ya de ser el placer que fue al principio. Piensa que, aparte de los que podamos montar con el arte y la imaginación, que también son placeres y nada desdeñables, lo único que obtenemos de la vida es el goce de cada uno de los momentos vividos. Así que volvamos a Horacio y digamos:

mientras hablamos huye

la envidiada edad,

aprovecha el hoy,

desconfía del mañana.

-No creas que no estoy de acuerdo contigo. Incluso antes de conocerte, tu obra ya me había hecho cambiar mi inicial radicalismo «senequista». Por eso te he dicho que antes aún lo admiraba más. De todos modos sigo pensando que, en lo moral, Séneca representa la cima de la humanidad… Y me refiero a su obra, naturalmente, no a su conducta, que no conozco y que, a decir verdad, ni siquiera me interesa.

-Como debe ser -afirmó Petronio-. A todo escritor se le ha de juzgar sólo por su obra. Lo que ocurre es que de un moralista se suele esperar que sea coherente. Ésta es la ventaja que tenemos los artistas, los creadores: nuestra vida no tiene por qué guardar relación con nuestra obra. Y aún te diré más, que con los creadores sucede con frecuencia lo contrario que con los moralistas: su vida suele ser más «moral» que su obra,

pues el poeta bueno ha de ser casto,

mas no tienen por qué serlo sus versos.

Esto es lo que replicaba Catulo a los que, basándose en su obra, le acusaban de indecencia. Y para que quedase bien claro lo decía en un epigrama que empieza así:

Os daré por el culo y por la boca,

Aurelio mamón y Furio marica

En mí mismo tienes un ejemplo. Desde que se difundió Satiricón algunos imaginan que mi conducta y mis intereses son los mismos que los de los personajes de la obra. Y es falso, naturalmente. Lo cierto es que mis intereses son lo que se suele decir más elevados, y mi conducta bastante más aburrida. Pero esta disociación, que es normal e incluso necesaria en un creador, resulta por lo menos chocante en un filósofo moralista. Aunque no olvidemos que Séneca también es creador. ¿Has leído sus tragedias?

– Sólo Fedra y Medea… y me parecen de una contundencia y una fuerza grandiosas. Y sin embargo, cuesta mucho imaginarlas representadas.

-Porque no están escritas para la escena. Nadie escribe hoy para la escena. El teatro es un género muerto. Nació del pueblo y para el pueblo, pero desde que el pueblo, convertido en masa, gustó de los espectáculos del circo, ya nada puede hacer que vuelva al teatro. La multitud, la masa, tiende siempre a lo más fácil. Nada se abarata, se degrada tanto como el gusto de la masa. Es un proceso imparable.

-Pero hubo un tiempo en que grandes autores, como Sófocles, llenaban los teatros de ciudadanos.

-Tú lo has dicho, ciudadanos. Pero ya no hay ciudadanos. Lo que ves en el circo es una masa informe hecha de instintos bestiales y de una sola voz, sin espíritu ni cerebro.

-Desde luego, cuesta mucho imaginar a Séneca escribiendo para ese tipo de público. La profunda moralidad de su pensamiento exige un receptor especialmente preparado.

-Tampoco hay que exagerar con eso de «la profunda moralidad de su pensamiento». Seguramente no conoces el antipanegírico que compuso a la muerte del César Claudio.

-¿Antipanegírico? No, ¿a qué te refieres?

-A la Apocolocyntosis, o sea, transformación en calabaza, del Divino Claudio. Los orígenes y características de esa obra son muy curiosos. Claudio se lo había hecho pasar muy mal a nuestro filósofo. Nada menos que ocho años lo tuvo desterrado en la isla de Córcega. Cuando murió, Séneca decidió vengarse a su manera. Escribió su «Calabaceosis» y la declamó ante un público reducido, formado por Nerón y unos cuantos cortesanos, que le rieron de buena gana todas las gracias. Aquí tienes un ejemplo supremo de la hipocresía de nuestra vida pública. Mientras el cuerpo del anterior César está aún caliente y todavía no se han apagado los ecos de los fastos oficiales, el severo preceptor del nuevo príncipe declama para él y sus compinches, entre los que sólo por una cuestión de tiempo no estoy también yo, una sátira maledicente y corrosiva sobre el ilustre difunto…¿Sorpresa?

-Sí, lo reconozco. Y esa sátira ¿vale la pena?

-Desde luego. La trama es muy sencilla. Un narrador chusco e insolente cuenta la historia que dice le han contado sobre la muerte del César Claudio. Empieza por transmitirnos las últimas palabras que, como todo gran personaje, no puede dejar de pronunciar, y que en este caso son: «Ay, me parece que me he cagado». El alma del difunto contempla su propio funeral y es trasladada luego al cielo donde, al principio, ningún dios puede entender nada de aquel su lenguaje farfullante e incoherente. Con los mismos procedimientos formales del Senado, la asamblea de los dioses debate sobre el destino de tan peculiar personaje. Octavio Augusto ejerce la acusación, recordando todos los crímenes y torpezas del candidato a dios. Finalmente, la asamblea decide precipitarlo a los infiernos, donde acaba de secretario del secretario de su sobrino Calígula. Toda la obra es un ejemplo insuperable de humor, ingenio…y rencor. Ya ves, éste también es tu Séneca…Por cierto, ¿te gustaría conocerlo personalmente?

-¿Es posible?

-Quizá. Mañana ven a primera hora de la tarde…Sí, creo que es lo mejor. Creo que es el mejor sistema para que ese personaje deje de ser el centro, directo o indirecto, de nuestras conversaciones. Te lo presento, hablas con él, sacas tus conclusiones definitivas y cerramos de una maldita vez este enojoso capítulo.

-Diría que estás celoso -observé, siguiendo el tono de buen humor que traslucían sus palabras-. Y no sé por qué. Tú puedes ser un dios para mí, y él otro. En el Olimpo caben muchos dioses.

-En el Olimpo de los dioses, sí. Pero el Parnaso de los escritores es muy diferente, no lo olvides.

(CONTINÚA )

 

 

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CONVERSACIONES CON PETRONIO IX

Pasé dos largos días sin ver a Petronio. Al tercero, la impaciencia me consumía. Al mediodía me acerqué a su casa con la esperanza de encontrarle ya levantado y con el deseo de que las especiales circunstancias del último día no hubiesen de influir negativamente en nuestras relaciones. Al principio no pudo ser peor.

El nuevo portero, que no me conocía, me negó la entrada. Dijo que su señor descansaba todavía y que no estaba prevista ninguna visita a aquella hora. Yo insistí, alegando que era persona de la máxima confianza de su amo y que, en situaciones como aquella, solía esperarle en el atrio, en el jardín o leyendo en la biblioteca. No hubo manera. Iba ya a abandonar cuando apareció Eutimio, y todo se arregló al momento. Entonces comprobé lo que ya suponía: que a pesar de su juventud el muchacho era la persona de mayor influencia en la casa.

Me acompañó al interior y me dijo que podía esperar a Petronio donde quisiera salvo, tal vez, en la biblioteca. Le agradecí la amabilidad, atribuyendo el detalle a su conocimiento de mi indisposición de días atrás, y me dirigí al jardín.

La tarde era desapacible. El cielo amenazaba lluvia. Pensé que sería mejor ponerme a cubierto. Entonces oí una voz. Era una voz clara, perfectamente modulada que venía de los ventanales de la biblioteca; una voz de mujer joven, muy joven quizá, pero firme y de una sonoridad cristalina. Me situé debajo de uno de los ventanales y escuché con atención.

Pero que arranquen de mi corazón tus labios

este fiero dolor, y la misma medicina expulse

de mi alma la enfermedad

para que tanto furor no rompa mis nervios lacerados

y no muera por el crimen de haberte conocido.

Mas si esto consideras excesivo

suplico que al menos me concedas

que, agotado mi tiempo, en tus brazos de nieve me cobijes

y, cumplido el destino, me vuelvas a la vida.

Reconocí aquellos versos: eran de Petronio. Pero nunca imaginé que se pudiesen recitar de aquella manera. La voz cesó. No se oía nada. Una enorme curiosidad se me impuso por encima de cualquiera otra consideración. Me dirigí a la puerta que desde el jardín daba a la biblioteca y entré.

La mujer estaba allí, de pie, frente a un volumen desplegado sobre un pupitre. Tuve un sólo instante para apreciar el perfecto dibujo del perfil de su rostro. Se volvió hacia mí y me observó de arriba abajo.

-¿He de esperar mucho? -preguntó, fijando en los míos sus ojos claros, transparentes.

-No lo sé. No soy de la casa.

-Entonces debes ser Lucio, ¿no?

Aquella mujer me conocía, había oído hablar de mí.

-Sí, soy Lucio, y perdona la intromisión. Te he oído leer y no he podido resistir la curiosidad. Nunca había oído recitar de esa manera, te lo aseguro.

-¿Tan mal lo hago?

-Al contrario, al contrario…

Me quedé sin palabras. De pronto, noté que mi rostro enrojecía y que no podía hacer nada por evitarlo.

-A ver, acércate -dijo con naturalidad- ¿Cómo lo leerías tú?

Me acerqué. Dirigí la mirada al volumen abierto, pero ni siquiera fui capaz de localizar los versos que acababa de escuchar. La proximidad de la mujer aumentaba mi turbación. Todo mi cuerpo era un incendio. Me separé un poco y dije como pude:

-Soy un lector pésimo, y no creo que haya nadie que pueda leerlo mejor que tú.

-No exageres, Lucio. ¿Qué edad tienes?

-Veintiún años.

-Como yo. Pero permíteme que te diga que pareces más joven.

-Lo dices por mi timidez, supongo. No puedo evitarlo.

-Ni tienes por qué. No te cae mal. Oye, supongo que eres un experto en la obra de Petronio.

-Nadie más experto que él mismo, y estamos en su casa -dije, mientras trataba de serenarme.

-No me interesa la opinión de Petronio. Si lo conoces bien, habrás observado que lo que habla apenas tiene que ver con lo que escribe. Aquí, en estos versos, hay un misterio que no logro entender. Si se lo pregunto, seguro que me contestará con una de sus frases ambiguas y brillantes que nada significan. Me interesa tu opinión.

La posibilidad de un juego dialéctico, por insignificante que fuese, acabó por devolverme todo el aplomo posible dadas las circunstancias.

-Perdona que te contradiga, pero nunca he oído pronunciar a Petronio frases ambiguas o que nada signifiquen. Por el contrario, no ha habido pregunta mía que no tuviese por su parte la respuesta más justa y acertada.

-No sé si hablamos de la misma persona -dijo-, o quizá eres tan afortunado que se te ha permitido conocer el verdadero rostro del dios….Bien, es igual, ¿quieres ayudarme o no?

Sin esperar respuesta, se acercó al volumen y leyó:

Mas si esto consideras excesivo

suplico que al menos me concedas

que, agotado mi tiempo, en tus brazos de nieve me cobijes

y, cumplido el destino, me vuelvas a la vida.

-¿Qué significa esto?

-No es fácil comentar unos versos aislados. Eso que has leído es el final de un precioso poema que habría que examinar desde el principio -dije, adoptando un tono profesoral que a mí mismo me sorprendió.

-Pues volvamos al principio -, propuso ella.

-Bueno, en este caso no es necesario. Lo conozco muy bien. En el poema, el amante se dirige a su amada, y a través de una serie de encendidos elogios cuajados de metáforas, ensalza cada uno de los aspectos de la belleza de la amada: los ojos como estrellas, el cuello como rosas, el cabello como oro, etcétera, una belleza tal que ni siquiera necesita el adorno de las joyas. Y también su voz merece el elogio del amante, una voz

que sus dulces mieles propaga

y contra el indefenso lanza

el dardo del amor.

A continuación expone los efectos que esa belleza causa en él: languidece, pena, se abrasa, arde, suspira, muere, lucha; su corazón tiene una grave herida que ningún remedio puede sanar, salvo… y aquí llegamos a nuestros versos, salvo «que arranquen de mi corazón tus labios este fiero dolor», es decir, que una palabra de la amada, una sola palabra afirmativa sería suficiente para expulsar del alma del amante la enfermedad y evitar que muera por el crimen de haberse enamorado…¿me explico?

Sus ojos, como en el poema, parecían arder con fuego de estrellas.

-Todo eso está muy bien -dijo-, hasta un niño puede entenderlo…siempre que se acepte como licencia poética que se puede morir por amor. Pero mi pregunta se refiere a los tres últimos versos, ya sabes.

-Sí, sí…Finalmente, el amante piensa que, si ni siquiera la palabra salvadora ha de concederle la amada, por lo menos que le otorgue una gracia: que, una vez muerto, le rodee con sus brazos y así le devuelva a la vida.

-¡Es eso lo que no entiendo¡ «Agotado mi tiempo», es decir, muerto; «cumplido mi destino», es decir, sin más vida por delante…»me vuelvas a la vida». ¿Pero cómo se puede volver a la vida después de muerto? ¿O qué poder tiene el abrazo de una mujer para resucitar a un muerto? ¿O a qué clase de vida se refiere?

-¿Sabes de verdad qué es la poesía? -me atreví a preguntarle.

-¿No lo voy a saber? Soy hija y esposa de poetas, de poetas de verdad, y ellos me han enseñado que la poesía puede ser ficción, pero nunca mentira. Y aquí el autor miente.

-Yo no lo veo así. Yo creo que aquí no miente nadie, ni el autor, que se limita a recoger los lamentos de un amante, ni…

Entonces se abrió la puerta principal de la biblioteca y apareció Petronio.

-Siento interrumpir una conversación tan animada. Aquí lo tienes -dijo, entregando a la mujer un pequeño volumen-, y puedes decirle a tu marido que ya no queda ni un sólo papel suyo en esta casa. Y dile también que nada me gustaría tanto como que nos volviésemos a ver en paz y armonía, como en los buenos tiempos. Pero no te vayas. Me encantaría que me dejaseis participar en vuestra conversación.

-Te lo agradezco, Petronio -dijo la mujer-, pero he de marchar enseguida…Y esta conversación es un poco particular entre Lucio yo…La continuaremos en otra ocasión ¿no es eso? -dijo, dirigiéndome una mirada de complicidad envuelta en una sonrisa celestial.

En cuanto quedamos solos, pregunté quién era.

-Es Pola -respondió Petronio-, la mujer de Lucano. ¿Qué te ha parecido?

-Me ha impresionado, me ha impresionado mucho, lo confieso. No sólo su belleza, que es deslumbrante sin ser aparatosa, sino sobre todo su…su estilo, la música de su voz, las maneras, a la vez sencillas y elegantes, y esa naturalidad distinguida que invita a la confianza al mismo tiempo que infunde respeto.

-Estoy de acuerdo en todo lo que has dicho. Y aún posee más virtudes que no conoces. Sí, es una mujer excepcional y, como tal, muy peligrosa.

-¿Peligrosa? No lo creo, no puedo creerlo, ni aunque me lo jures por todos los dioses nunca lo creeré.

-Veo que es verdad que te ha impresionado -dijo Petronio riendo-, pero no es lo que te imaginas. Lo que quiero decir es que la existencia de mujeres como Pola constituyen un peligro, porque pueden inducirnos a creer que la mujer es tal y como algunos poetas han imaginado, interpretando el sentir de muchos hombres. Y no es verdad. La mujer, y sobre todo la mujer amada, es sólo una ficción en la mente del hombre, una ficción que puede ser tan absurda y poderosa como para llevar a creer que el abrazo de la amada puede vencer a la muerte. Lo que de verdad vislumbramos en la mujer, sobre todo en la fase inicial del enamoramiento, es una especie de recuerdo de aquella edad de oro en que los seres humanos eran completos, es una llamada para recuperar la parte perdida de nuestro ser. Y es entonces principalmente cuando la mujer se nos aparece como la fuente de nuestras emociones más singulares, de nuestros sentimientos más tiernos y profundos. Y sin embargo, con frecuencia, quizá con demasiada frecuencia, parece como si las aguas de esa fuente estuviesen envenenadas y nos fuesen dando, sin nosotros advertirlo, exactamente lo contrario de lo que prometen, y cuando lo advertimos suele ser demasiado tarde. Y es eso lo que la existencia de mujeres como Pola nos puede hacer olvidar.

-Parece que tus relaciones con las mujeres no han sido muy felices -aventuré.

-Más de lo que se podría deducir de mis palabras -replicó Petronio.

-Pero no estás casado.

-Lo estuve. Y la cosa fue muy bien, hasta que un oportuno divorcio salvó el buen recuerdo de nuestro matrimonio. He tenido también otros amores, de intensidades varias, que a veces me complazco en recordar rastreando sus huellas en mis poemas. Pero desde que cumplí los cuarenta mantengo una prudente distancia con la mujer. Sólo la observo. Y he de confesar que es una materia apasionante.

-Y confusa y extraña y contradictoria -dije-, porque, para empezar, hablamos de la mujer como si de algo único se tratase, y sin embargo, qué sentimientos tan distintos despiertan en nosotros palabras como madre, hermana, hija, esposa, amante, prostituta.

-Sí, y te dejas amiga y, sobre todo, enemiga.

-¿Enemiga?

-Sí, la mujer puede ser una enemiga poderosa, terrible. Y cuando se dedica a la intriga, los hombres más astutos son a su lado simples aprendices.

-¿Te refieres a la influencia que la mujer ha tenido en nuestra historia política?

-Entre otras cosas. Pero en política, desde luego, su influencia ha sido y es infinitamente superior a la que cabría esperar de una lectura de nuestra leyes.

-¿Quieres decir que ejercen un poder que nadie les ha reconocido?

-Eso es. Y como no pueden actuar directamente, lo ejercen a través de los hombres, a veces sin que ellos se den cuenta. Piensa que hasta un hombre tan equilibrado, enérgico y seguro como Octavio Augusto se vio muy influido por la fuerte personalidad de su esposa Livia; que Nerón nunca ha logrado desprenderse de la influencia de su madre, ni aun matándola, y ya no hablemos de Claudio, esclavo no solo de Mesalina y de Agripina sino de cualquier mujerzuela que le hiciera olvidar su condición de tarado. Y estos son sólo algunos ejemplo de nuestra historia reciente, pero si quieres podemos remontarnos hasta Tanaquil. Y es que la presencia decisiva de la mujer en todos los ámbitos es una de las características más peculiares de nuestro pueblo.

-Y en los otros pueblos ¿no es así?

-Por lo que yo sé, no. En Grecia, por ejemplo, fuera de la época mítica de las diosas y heroínas, la mujer nunca ha contado para nada, diría que ni siquiera para el amor, sólo para la procreación y el cuidado de los hijos. Entre nosotros, en cambio, la mujer, y en especial la madre, siempre ha tenido una importancia fundamental.

-¿Y a qué crees que se debe ese poder que la mujer, o al menos la mujer romana, ejerce sobre el hombre?

-No lo sé. Es decir, ignoro el origen, pero el método está muy claro. A todo el mundo se le vence atacando sus partes débiles, y nadie como la mujer conoce las debilidades del hombre.

Permanecimos en silencio unos breves instantes. Entonces decidí plantearle una cuestión que venía meditando desde el día de la visita a Escevino.

-Quisiera hacerte una pregunta que no está directamente relacionada con este tema, aunque algo tiene que ver.

-Adelante. Ya habrás observado que nuestras lecciones carecen de método y de programa.

-¿Qué opinas del amor entre hombres?

-Esa es otra historia. El amor entre hombres es una de tantas posibilidades de placer que ofrece la naturaleza y sería de necios despreciarla. Pero, en efecto, no tiene nada que ver con lo que hablábamos. El hombre no es ningún misterio para el hombre, al menos en el aspecto amoroso; la mujer sí es un misterio.

-¿Pero no crees que hay algo en la naturaleza que repugna ese tipo de amor homogéneo?

-En absoluto. En la naturaleza cabe todo. Claro que algunas vías parecen contradictorias con un supuesto plan natural. Pero eso no es más que una ilusión de la mente humana. No creo que la naturaleza tenga ningún plan. Y si lo tiene, seguro que no le afectan nuestras preferencias individuales. Mediante el instinto sexual se procrea y la especie humana sobrevive, eso es cierto, pero nadie ha dicho que la práctica de ese instinto deba limitarse a la procreación. Somos libres, libres en el sentido en que los animales no lo son, y por lo tanto podemos utilizar nuestras facultades como se nos antoje. Por otra parte el amor entre hombres ha estado siempre presente en todos los pueblos, unas veces a escondidas y otras a la luz del día. Grecia nos ha dado el mejor ejemplo de lo segundo, y hace ya siglos que los romanos dejamos de ser pudibundos en este aspecto. La verdad es que tu pregunta casi me asombra. ¿Quién entre nosotros no ha gozado del amor de algún jovencito?

-Yo, por ejemplo.

-Eso te pierdes.

-Me permitirás que en este punto no esté de acuerdo contigo. No creo que el amor entre hombres sea tan natural e inocente como pretendes. Si fuese así, no produciría ciertos efectos… desagradables. Estoy pensando en Escevino. ¿Crees de verdad que la imagen que ofrece ese personaje es la de un ser humano «normal»? Porque a mí no me recuerda en nada ni a un hombre ni a una mujer. No es más que una especie de fantoche de voz atiplada y ademanes increíbles.

-No confundamos las cosas, Lucio. Estábamos hablando de la posibilidad del amor con hombres, además de con mujeres, es decir de la elección de objeto sexual. El caso de Escevino, y de tantos como él, es muy diferente. Ahí no hay una elección, es decir, un enriquecimiento, sino una adicción, es decir, un empobrecimiento.

-No acabo de entenderte.

-Quiero decir que el hombre que practica el amor con mujeres y con hombres no deja de ser un hombre completo, más incluso que el que se limita a las mujeres, y perdona la alusión, pero el que sólo puede hacer el amor con hombres, hasta el extremo de sentir repugnancia por el sexo opuesto, es un ser limitado, incompleto, amputado, y esa deformidad termina a la larga trasluciéndose en el talante, y eso es lo que tú has advertido en Escevino.

-Y sin embargo, también esas personas negarán su condición de deformes y, al igual que tú cuando defiendes el amor bisexual, dirán que hacen uso de su libertad de elegir.

-Lo dirán, pero no es cierto. Pocas cosas podemos elegir en la vida. De hecho, yo creo que ninguna. Pero si algo hay claramente incompatible con la libertad de elección es precisamente el amor y todo lo que se refiere a nuestros instintos básicos. Y así como nadie se enamora libremente, tampoco hay nadie que libremente decida excluir a las mujeres de su vida amorosa.

-¿He de entender que existe un destino inexorable, un hado fatal que determina todas nuestras acciones?

-Entiéndelo como quieras. Todo son opiniones y ninguna tiene la garantía de la verdad. La mía es ésta: que la libertad de elección es una de las muchas ilusiones de la raza humana. Pero éste ya es tema para otra charla.

 

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO VIII

-Hoy vas a acompañarme a visitar a un viejo amigo mío. Es un tipo muy divertido, te encantará. Está ampliando su casa y quiere que le aconseje -dijo Petronio en cuanto me recibió al día siguiente.

Y nos pusimos en camino, acompañados de Eutimio.

-No me extrañaría que también fueses experto en arquitectura.

-No soy experto en nada, te lo aseguro. Pero tengo fama de hombre de buen gusto, y es una fama que me agrada y me interesa cultivar. Para vivir con cierta comodidad es muy importante llegar a ser una autoridad en lo que sea. Yo he conseguido serlo en algo tan vago e indefinible como el buen gusto. Y tengo que explotarlo.

-Para un artista como tú no debe ser difícil. El buen criterio que utilizas en la literatura forzosamente ha de tener correspondencia en las demás actividades estéticas.

-No lo creas, no siempre es así. Cada campo artístico es un mundo. Hay escritores formidables que no saben distinguir entre una pintura buena y un adefesio, escultores que nada entienden de poesía e incluso, lo que es más curioso, poetas que nada saben del arte de la música. En cambio, se supone que yo entiendo de todo eso y de mucho más: de cómo organizar una fiesta, de cómo se ha de decorar un salón, de cuáles son los vestidos o tocados más adecuados para una dama, de qué músicas han de acompañar ciertas ceremonias, y un largo etcétera. Y no creas que soy experto en todo eso. Nadie lo es. El secreto está en tener sentido común, expresar las opiniones con seguridad y, sobre todo, olfatear los gustos e intereses del consultante. Te aseguro que con sólo eso, quedas siempre como un dios.

-¿Quieres decir que no hay unos valores estéticos objetivos? -pregunté, muy interesado por el tema.

-En absoluto. Nada cambia tanto como eso que llamas valores estéticos, sobre todo en los aspectos más cotidianos. Si hace cincuenta años alguien hubiese propuesto a nuestras mujeres que se peinaran como ahora se peinan, lo hubieran tildado de hombre de pésimo gusto, de loco de atar. Así que díme tú dónde está el valor estético objetivo del peinado femenino. Y eso es sólo un ejemplo.

-Quizá un ejemplo demasiado vulgar y cotidiano -observé-, pero no creo que en las grandes artes, en la literatura, la pintura, la escultura, los criterios sean tan movedizos.

-También se mueven, pero con más lentitud, de manera que el cambio apenas es perceptible para una generación. Pero imagina qué hubiesen pensado los escultores etruscos o los antiguos griegos de nuestros actuales retratos escultóricos, con sus calvicies, sus arrugas e incluso sus horrendas verrugas. Los hubieran encontrado de una vulgaridad y una ordinariez espantosas. Y te voy a poner otro ejemplo. ¿Qué opinas del estilo de Séneca como escritor?

-Me encanta -dije sin vacilar-. Lo considero a la vez elegante, directo y efectivo.

-Pues puedes estar seguro, amigo mío, que un Lucio de hace cien años lo consideraría agresivo, insultante y rebuscado.

-Quizá tengas razón…Pensándolo bien, su estilo no tiene nada que ver con el de hace cien años…Pero, según eso, tu conclusión será que en arte todo es relativo.

-No todo, no todo. Las formas sí, pero está el espíritu, el genio, o como quieras llamarlo. El espíritu de Catulo sobrevivirá a todas las modas y todos los tiempos; el de Lucano, no, te lo aseguro.

-¿Y el de Petronio?

-Amigo, lo que te sobra de amable te falta de cortés. Parece que ignoras que es grave descortesía forzar a que tu interlocutor se pronuncie sobre sus propias cualidades. Porque, como nadie sabe definirse correctamente, le obligas a sobrevalorarse o a infravalorarse, con la consiguiente molestia y riesgo de tales operaciones.

-Lo siento. En realidad, era una pregunta dirigida a mí mismo.

-¿Y qué te has contestado?

-Ya lo imaginas, y no quiero volver a pecar de exceso de amabilidad.

-Mira -dijo entonces Petronio-, ésa es la casa de Escevino…y ése que sale ahora es un personaje al que no vale la pena que conozcas. Pero, si no hay más remedio, le saludaremos. Se llama Antonio Natal y es experto en intrigas de poca monta.

No hubo más remedio. Me lo presentó e intercambiaron unas palabras.

-¡Qué acontecimiento, Petronio! -dijo Natal-. Creo que es la primera vez que te veo a la luz del día.

-Y la última, te lo aseguro -dijo Petronio-. No sé cómo lo podéis soportar. Ahora mismo he sufrido alucinaciones. Me ha parecido verte salir de casa de Escevino.

-Y así es. ¿Qué tiene eso de raro?

-Pues que no me imagino qué puede hacer un hombre íntegro, digno y respetable como tú en casa de un libertino.

-No lo juzgues mal, Petronio. Escevino es un buen hombre.

-Nunca lo he dudado -afirmó Petronio.

Escevino nos recibió en una amplia sala repleta de muebles, estatuas, estatuillas y chachivaches de todo tipo. Rondaba la cuarentena; era delgado, nervioso y de modales francamente afeminados. Nos acomodamos en unos mullidos lechos. Desde el primer momento Escevino me miró de una manera descarada, como si estuviese evaluando la belleza de un caballo o de un esclavo. Dirigió a Petronio una mirada de picardía y dijo:

-Petronio ¿cuánto tiempo hace que me ocultas a tu amiguito?

-No soy ningún amiguito -protesté- y ya no tengo edad de que me miren como a un efebo.

-Huy, perdona -exclamó Escevino, con una mueca cómica.

-Eres incorregible -dijo Petronio-. Lucio es sobrino de Silio Itálico y…podríamos decir que es mi discípulo, ¿no es eso? -añadió, mirándome.

-Eso es -dije.

-¿Discípulo? Qué interesante -dijo Escevino-. ¿Y qué te enseña el maestro? Si te enseña todo lo que hemos aprendido y practicado juntos, pronto serás más sabio que Solón… De acuerdo, de acuerdo, un poco de seriedad. ¿A qué debo el honor de vuestra visita?

-¿Y tú lo preguntas? -exclamó Petronio-. ¿No habíamos quedado que me enseñarías los planos de tu nueva casa?

-¿Mi nueva casa? ¡Huy, es verdad! ¿Dónde tengo la cabeza? ¿Los planos? Ay, ay, ¿dónde tengo los planos? Mira, chico, no me hagas caso, es que estos días ando como loco. No tengo idea de dónde…

Escevino se levantó y empezó a caminar nerviosamente por la estancia, corrigiendo la posición de los objeto que caían al alcance de sus manos. Finalmente llegó hasta un busto situado en lo alto de una columna truncada, que parecía ocupar el lugar principal de la sala. Corrigió también la posición del busto, pero con especial atención, de manera que recibiese la luz directa en el rostro. Una inscripción identificaba el personaje: BRUTO.

-Pero no importa, ¿sabes?, no importa -prosiguió-. No estoy para planos ni para casas.

Y se desplomó en el lecho como agobiado por una gran pesadumbre.

-Te veo muy raro -dijo Petronio.

-Los tiempos son raros, extraños, terribles -dijo Escevino, con una solemnidad que sus gestos y su tono de voz desmentían.

-Desde que tenemos memoria los tiempos siempre han sido raros, extraños, terribles. No son los tiempos, Escevino, eres tú el que has cambiado.

-Quizá. Quizá es que antes estaba ciego, pero ahora veo.

-¡Por Hércules! -exclamó Petronio- ¿No te habrás metido en una de esas sectas asiáticas que proliferan como la peste? Esas mismas palabras las oí a cierta persona que se unió a los cristianos.

-¿Por quién me has tomado, Petronio? -exclamó Escevino, realmente indignado-. Yo soy romano, romano por encima de todo y nada más que romano.

-Pues yo no soy parto. Aunque también es cierto que tengo algo de sangre gala.

-Por eso será -dijo Escevino.

-Por eso será, ¿qué? -preguntó Petronio.

-Amigo -respondió Escevino-, tengo que decírtelo, sí tengo que decírtelo. Me han hablado mal de ti, muy mal.

-Ya era hora -exlamó Petronio, como aliviado- Hacía mucho tiempo que nadie me informaba de algo así. Estaba realmente preocupado. Sabes muy bien que si no hablan mal de ti es que no eres nadie.

-Me han dicho algo muy feo de ti -instistió Escevino.

-Vamos, suéltalo, me muero de curiosidad. ¿Qué te han dicho?

-Que eres un…cobardica -dijo Escevino, bajando el tono de voz hasta convertirla en un susurro.

-¡Por todos los dioses! -exclamó Petronio- Vaya descubrimiento. Nunca consideré que la valentía fuese una virtud principal. El valor es cosa de soldados y gladiadores, gente zafia y maloliente.

Escevino se levantó como movido por un resorte. Extendió el brazo derecho y señaló con el dedo índice el busto al tiempo que dirigía hacia el techo los ojos puestos en blanco.

-¿Te atreves a decir que ése, ese héroe sin mácula es zafio y maloliente?

-Imposible responder. Su aroma se perdió hace mucho tiempo.

-¡Cómo eres, Tito, cómo eres! -exclamó Escevino, y se recostó de nuevo en el lecho.

-Soy como siempre he sido, pero un poquito más sabio. Mira, ahora mismo te voy a adivinar quién te ha dicho eso de mí: Natal.

-Sí, y alguien más.

-Lucano.

-Sí, y alguien más.

-Pisón. Y no me hace falta nadie más para comprobar que estás loco, completamente loco. ¿Qué haces tú con esa gente? ¿Sabes dónde te has metido?

-Sé muy bien lo que hago. Mira, Petronio, siempre hemos sido buenos amigos, nuestras vidas han coincido por un largo trecho, juntos hemos gustado de todos los placeres, en esto nadie nos puede dar lecciones. Somos auténticos maestros, los dos…Pero tú siempre parece que estás por encima de mí, la verdad es que siempre parece que estás por encima de todos. ¿Y por qué? ¿Quieres explicármelo? ¿Por qué diablos llevando los dos el mismo género de vida tienes tú fama de hombre respetable mientras que yo no soy más que un vulgar vicioso?

-No lo sé. Yo no decido la fama que los demás atribuyen. Y tampoco es del todo cierto lo que dices. Natal me acaba de confiar que eres un buen hombre. Claro que no es éste un calificativo como para levantar los ánimos. Si alguien dice eso de mí, me hunde, te lo aseguro.

-Lo siento, pero ahora no puedo seguir tu juego…Lo que quiero decir es que, a pesar de que se nos suela aplicar distintas medidas, tu existencia ha sido y es tan ridícula, vacía y triste como la mía y que, por tanto, estarás en condiciones de entender lo que te voy a explicar. Amigo Petronio, no es verdad que todo sea igual, no es verdad que todo dé lo mismo y que sólo el placer justifique la vida. A ti aún no te habrá llegado el momento, pero en la vida de todo hombre, en la vida de cada hombre como nosotros, el día menos pensado ocurre algo decisivo que te enfrenta de improviso contigo mismo. Y entonces una fuerza incontenible surge del fondo de ti y te hace decir «ése no puedo ser yo, yo soy un hombre, un hombre». Y un hombre de verdad no puede tolerar ciertas cosas, un hombre de verdad no puede someterse a la mentira, a la hipocresía, al miedo, a la miseria moral y a tantas calamidades que hoy en día se resumen en una: amigo Petronio, un hombre de verdad no puede tolerar la tiranía.

-¿Y qué ha de hacer entonces ese hombre de verdad? -preguntó Petronio.

-Ahí tenemos el ejemplo -dijo Escevino, señalando con el dedo el busto de Bruto.

-¿Dónde? -preguntó Petronio-, ¿en ese pedrusco?

-Tito, por favor -dijo Escevino en tono casi suplicante-, ¿para ti no hay nada sagrado?

-¿Para ti sí? -preguntó Petronio por toda respuesta.

-La patria es sagrada, el pueblo romano es sagrado, la libertad es sagrada, la dignidad es sagrada…

-Deténte, por favor -interrumpió Petronio-. Me dan miedo esas palabras, sí, me dan miedo, siempre a medio camino entre la idea y la divinidad. Nuestros viejos dioses se portan con nosotros de maravilla. No imponen nada, no exigen nada; se contentan con que cumplamos los ritos sagrados y nos dejan en paz. Pero esos dioses que invocas son terribles, sanguinarios, de hecho se alimentan de sangre humana. La patria exige sangre, el pueblo exige sangre, la libertad exige sangre…

-¿Y la tiranía no? -interrumpió Escevino-. ¿No es la tiranía la más sangrienta de las divinidades?

-No me entiendas mal, Escevino, yo no defiendo la tiranía, sólo te advierto del peligro de situar nuevos dioses sobre los hombres. La tiranía es un mal, de acuerdo. Pero no desaparecerá porque cuatro niñatos y cuatro resentidos jueguen a héroes. Caerá por su propio peso…o cuando la derribe un plan inteligente, muy inteligente.

-¿Qué tiene de malo nuestro plan? Porque participen en él algunos resentidos, como tú dices, ¿es acaso inmoral?

-Mucho peor que eso: está mal escrito.

Recorrimos en silencio el camino de vuelta. Cuando llegamos frente a la casa de Petronio yo ya no podía más. Antes de despedirnos dije:

-Ahora lo entiendo todo.

-Peor para tí -murmuró Petronio con gesto de malhumor.

Así que existía una conspiración. Un plan estaba en marcha para derrocar a Nerón, probablemente para matarle. La indiscreción temeraria de Escevino me había revelado la existencia de una maquinaria en la que ciertas piezas aisladas y antes sin sentido, al ocupar su lugar, cobraban significado: la extraña visita de Lucano, la detención de Epícaris, la conmoción de Mela, la aparición de Tigelino, las advertencias de Petronio para que protegiese mi ignorancia y, también su preocupación por las relaciones entre Lucano y mi compañero Valerio. ¡Qué claro lo veía ahora!

De pronto, sentí miedo. Yo estaba en medio de todo aquello. Tigelino me había visto en casa de Petronio y seguro que sabía quién era. ¿Y Petronio? ¿Cómo podía conocer el plan sin estar implicado? ¿Cómo se lo permitían los otros? Y si no estaba de acuerdo con la conspiración, ¿por qué no la denunciaba? Quien conoce esta clase de hechos y no los denuncia se convierte automáticamente en cómplice…Como yo. Y de pronto, esta idea me golpeó en medio del cerebro con la fuerza de un mazazo:

¡Yo era cómplice de una conjuración contra el César!

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO VII

Aquella noche me vi cenando con Petronio y otros comensales.

-El deseo de riquezas ha creado esta situación. Pues antes, cuando la simple virtud satisfacía, florecían las artes, y los hombres competían para que nada quedase para descubrir en el futuro…

El que así hablaba era un viejo canoso, cuyo rostro surcado de arrugas tenía un algo indefinible de grandeza, pero de aspecto tan poco cuidado que ofrecía la viva estampa de esos hombres de letras que los ricos no pueden soportar. Era de Tarento y se llamaba Eumolpo.

-Pasemos a las artes plásticas -proseguía-. Lisipo murió de hambre empeñado en dar los últimos toques a una condenada estatua que se le resistía; Milón, que puede decirse que metía en el bronce las almas de hombres y animales, no tuvo sucesores. Nosotros, en cambio, saturados de vino y mujerzuelas, no somos capaces ni de estudiar las obras ya conocidas, y nos atrevemos a acusar a la antigüedad mientras que sólo enseñamos y aprendemos sus vicios…

Las palabras de Eumolpo eran seguidas atentamente por los comensales: Agamenón, situado a su lado, orador y abogado, que rondaba la cuarentena, Encolpio, joven de mi edad, tan fascinado, decía, por las letras como por correr mundo, Ascilto, joven también y del que aún nada sabía, y Gitón, muchacho de apenas dieciséis años, bello como un dios, pero cuyas gracias y virtudes, diría, estaban todas en aquella su femenina hermosura. Sólo Petronio parecía distraído, o mejor dicho, concentrado en no se qué pensamientos profundos.

En el rostro de Encolpio se iba dibujando, cada vez con mayor claridad, una amplia sonrisa burlona. Entonces tomó la mano de Gitón, que estaba a su lado, y empezó a acariciarla suavemente. El gesto no le pasó inadvertido a Eumolpo, que endureció la voz al tiempo que parecía ya dispuesto a dar fin a su larga perorata.

-Así que no os extrañéis si el arte de la pintura ha desaparecido cuando a todos, hombres y dioses, les parece que hay más belleza en un montón de oro que en toda la obra de Apeles y Fidias, esos griegos maniáticos.

Sin abandonar su sonrisa burlona, Encolpio dio una breves y sonoras palmadas a modo de aplauso y dijo:

-Bravo, Eumolpo. Has hablado muy bien, viejo poeta. Así que, según tú, si no nos tentase tanto el oro y no consumiésemos la vida entre el vino y las mujeres, las artes florecerían como en los buenos tiempos…Pero ¿y los muchachos? ¿Qué me dices de los muchachos?

-Sí, Eumolpo -dijo Ascilto, que había estado escuchando con toda la seriedad del mundo-, ¿qué nos dices de los muchachos?

Por toda respuesta, Eumolpo arrancó de una fuente próxima un muslo de ave y comenzó a mordisquearla con avidez.

-Vamos, Eumolpo -insistió Ascilto-. Según tú, el dinero, el vino y las mujeres nos han traído a esta decadencia con olvido de las bellas artes. Pero ¿y los muchachos? ¿Qué nos dices de los muchachos? ¿No nos arrastran también por el camino de perdición? Mira a Gitón. ¿Has visto alguna vez algo tan hermoso?

Al oir esto, Gitón se separó de Encolpio y, desplazándose ligeramente, se arrimó a Ascilto, que estaba a su otro lado y dijo:

-Tú sí que eres hermoso, querido Ascilto, y tu buen corazón se iguala con tu belleza. Y no entiendo nada de lo que dice el viejo, ni me importa. Pero parece que busca culpables, ¿no?

Mientras Eumolpo empezaba a dar cuenta de otro muslito de ave, Encolpio, que apenas podía disimular el enojo que le causaba el cambio de posición de Gitón, dijo:

-Claro que busca culpables, culpables de lo que llama nuestra decadencia. Pero no se ha atrevido a mencionar a los muchachos, ¿sabéis por qué? No sólo porque estás tú aquí delante, querido Gitón, sino también, y sobre todo, porque los muchachos le encantan, le vuelven loco, vamos, que le chiflan. Recuerda que en más de una ocasión he tenido que protegerte de él. Pero mejor que olvidemos sus hazañas en este campo. Porque, como preceptor de jóvenes distinguidos, sería imposible llevar la cuenta de todos los que ha corrompido. Por millares se deben contar los que han pasado por sus manos, por no mencionar otra extremidad corpórea menos decorosa.

Como si nada oyese o no fuesen dirigidas a él estas palabras, Eumolpo proseguía su discurso:

-Y si pasamos al terreno de las letras, el panorama no es menos desolador. ¿Dónde están hoy los Ennio, los Virgilio, los Tibulo, los Propercio? y no pienso mencionar a Ovidio, porque por esa puerta de disolución e impudicia entraron los males que acabaron con él mismo y que acabarán con Roma. ¿Dónde están los poetas de hoy? ¿Puede recibir ese nombre un Lucano, que mientras hincha de viento las palabras se niega a reconocer la evidente acción de los dioses en las gestas humanas? ¿O un Marcial, algunos de cuyos epigramas recuerdan vagamente los de Catulo pero ensuciados con toda la mugre de la Roma de hoy? -Me asombró oír citar a mi compañero de vivienda como poeta reconocido-. Este es el panorama, y los pocos poetas que aún damos fe de vida somos ignorados o despreciados…

-¿Y los muchachos? -interrumpió Encolpio.

-Sí -dijo Agamenón, el abogado, que hasta entonces había permanecido callado-, estamos esperando que nos hables de los muchachos, Eumolpo.

-Y del teatro mejor sería no decir nada -prosiguió Eumolpo, ajeno por completo a los intereses de la concurrencia-, porque el teatro no existe. ¿Dónde están hoy la verde frescura de Plauto o la meditada elegancia de Terencio? Nada de eso veo en los escenarios. Muy bien sabéis lo que hoy en día se ve en todos los teatros de Roma: pantomimas indecentes destinadas a halagar los más bajos instintos de la plebe. Ya nadie escribe para el teatro. Ni siquiera Séneca, cuyas plúmbeas tragedias sólo son aptas para recitarse en elegantes salones poblados de aduladores exquisitos, pero que si se llevasen a escena pondrían en fuga no sólo a la plebe corrompida de hoy sino también, y con toda razón, al sanísimo público de Plauto y Terencio. Y la música…

-¿No hay manera de pararle, Encolpio? -dijo Gitón, que se había vuelto a acurrucar junto a su compañero.

-¿No hay manera de pararle, Petronio? -dijo Encolpio dirigiéndose a nuestro anfitrión.

Pero Petronio permanecía callado.

-Sí, ¿qué me decís de la música?

-Los muchachos, Eumolpo, los muchachos -exclamó Ascilto.

-¡Los mu-cha-chos, los mu-cha-chos! -corearon rítmicamente los comensales.

-La música y el divino arte del canto han llegado a tales extremos que hoy colocamos entre los dioses a un degenerado como Menécrates cuyos afeminados gorgoritos no son capaces de despertarnos del sueño que nos producen, y eso por no hablar de otro cantante de moda, situado tan alto en la escala social que todos sus aduladores no se cansan de pedir al cielo el don de la sordera. Esta es la situación en que vivimos y aquéllas que apunté son las causas…Y para no cansaros más sólo añadiré una cosa: los muchachos, los tiernos muchachitos son las criaturas más bellas que la naturaleza ha parido. Todos me gustan. Y sobre todos, tú, Gitón. Sólo con ver las tiernas caricias que prodigas a tus amigos se me ha puesto dura.

Risas y aplausos generales hasta que habla Encolpio:

-No me hagas reir, Eumolpo. ¿Cómo una acelga puede ponerse dura? ¿Has visto alguna vez una lechuga levantarse del plato como una anguila recién servida?

-No hables de lo que no sabes, Encolpio -replicó el viejo- ¿O quieres conocer mi poderío?…Después de todo, no estás nada mal.

-Sí sabe de qué habla, sí lo sabe -dijo Ascilto, muy divertido-. También él tuvo una lechuga por adorno entre las piernas. ¿Te curaste del todo, querido Encolpio?

-Ya ni me acuerdo -afirmó con seguridad Encolpio-. Aquél fue un episodio muy triste de mi vida, una auténtica pesadilla. Pero, por fortuna, ya todo ha pasado, y otra vez soy un hombre completo.

-¿Y cómo se hizo el milagro? -preguntó Agamenón.

-Nada de milagros -replicó Encolpio-. Lo milagroso, lo extraño era aquella situación de impotencia. No se puede llamar milagro a lo natural.

-Sí, ¿pero cómo se rompió el maleficio, por llamarlo de alguna manera? -preguntó Ascilto con curiosidad.

-Primero me puse en manos de una mujer de poderes prodigiosos…

-¿Una mujer? -interrumpió Eumolpo con incredulidad – ¿Una mujer te curó? ¿Lo que no hizo esa ricura de Gitón lo consiguió una mujer? Vamos, no te creo.

-Déjame hablar, ¿no? Esa mujer no me curó. Pero además no actuó como mujer. Era una bruja.

-Se puede demostrar que las brujas no existen -dijo Agamenón empuñando una copa rebosante de vino-. Es más, yo puedo demostrar que la magia y la adivinación no existen, que son pura charlatanería, engañabobos indecentes, fraude y nada más que fraude…Pero también puedo demostrar que esos poderes existen, que hay entre la tierra y el cielo unas ocultas relaciones que los iniciados saben descifrar. ¿Cuál de las dos demostraciones preferís?

-Preferimos que te guardes tu retórica -dijo Ascilto-. Ya hemos tenido bastante con el poeta.

-Era una sacerdotisa de Priapo -prosiguió Encolpio-, y me aplicó una serie de remedios tan complicados y en condiciones tan extravagantes que apenas recuerdo nada, y cuando algo de aquello me viene a la mente nunca estoy seguro si esas imágenes corresponden a mis recuerdos o a mis sueños.

-Debe ser horroroso perder la virilidad- dijo Ascilto, realemnte preocupado.

-Es lo peor que puede ocurrir, puedes estar seguro -ratificó Eumolpo-. Había una vez dos muchachos que se amaban…

-Perdona, Eumolpo, mi puntual intervención – interrumpió Agamenón con su voz más engolada-, pero pienso yo que, acaso, en algún momento de tu larga vida hayas oído hablar del amor entre hombres y mujeres.

-El amor no tiene sexo -afirmó el viejo poeta.

Ascilto rompió a reir, y dijo entre sonoras carcajadas:

-¡El amor no tiene sexo! ¡Qué bueno! Nunca había oído nada tan divertido. ¡El amor no tiene sexo! ¿Te has inventado tú eso o te lo ha soplado algún sofista de tu tierra?

-No le veo la gracia -dijo Eumolpo con toda seriedad-. Cuando digo que el amor no tiene sexo quiero decir que cualquier acto de sexo es una manifestación de amor.

-Sí -dijo Agamenón -, pero parece, o puede parecer, que unos casos se acomodan más a la naturaleza que otros. No me negarás que no es lo mismo meter el arado donde la naturaleza espera la semilla que conducirlo por los parajes más inhóspitos.

-¿Quién habla de semillas? -replicó Eumolpo-. No somos árboles, no somos equinos sementales.

-No, claro que no, pero ¿sabes tú qué somos, poeta? -preguntó Encolpio.

-Poeta, muy bien has dicho, poeta -respondió Eumolpo-, y como poeta no puedo saber lo que somos. Sólo sé lo que vemos y lo que sentimos. Eso que lo conteste un filósofo.

-No hace falta ser filósofo -dijo Agamenón- para establecer de una manera racional lo que somos y lo que no somos. Las armas de la retórica son suficientes para edificar las más sólidas argumentaciones. Yo mismo tengo argumentos bastantes para demostrar que somos hijos de un dios que nos vigila desde más allá de las estrellas…Pero también tengo argumentos bastantes para demostrar que somos algo así como la escoria del universo, basura innecesaria. ¿Qué argumentación preferís?

-Preferimos que te calles -respondieron a una los comensales.

-Sí, que te calles -insistió Ascilto-, y que Encolpio nos cuente cómo se libró finalmente del maleficio.

-Como queráis -dijo Encolpio-. Aquella bruja, la sacerdotisa de Priapo, no logró curarme con sus encantamientos. Entonces, no se cómo, fui a parar a los brazos de Críside, la doncella de la mujer que había causado mi ruina. Y de repente concebí por ella una amor extraño, un amor bello, profundo, luminoso, como nunca había sentido por persona alguna. Y así, entre sus dulces brazos, estrechado a sus carnes, más firmes y tiernas que las de cualquier muchacho, volví a ser un hombre entero.

-Entonces, no puede estar más claro el origen o causa del maleficio -dijo Agamenón-. Priapo te había castigado por haberte apartado del recto camino de la naturaleza…

-¡Qué naturaleza ni qué cuernos! -protestó Eumolpo-. Todo es naturaleza. Así, que esa maldita palabra no significa nada. Y hemos de tener en cuenta que Priapo es la sobreabundancia de la lujuria. ¿Cómo pues podría ser tan mezquino?…Además, ahí lo tenéis, amartelado de nuevo con su amiguito. ¿Cómo os explicáis esto?

-Es verdad que ahora estoy amartelado con mi amiguito, y también es verdad que he amado a Críside como a nadie en el mundo, …y que la sigo amando. ¿Cómo se explica? ¿Y yo qué se cómo se explica? Además, ¿qué necesidad hay de explicaciones?

-Eso -corroboró Eumolpo- ¿Qué necesidad hay de explicaciones? ¿A quién interesa las explicaciones?

-Claro -replicó Agamenón-, lo que ocurre es que el árbol es un árbol y el caballo es un caballo y hacen siempre lo que tienen que hacer. Pero ¿y nosotros? ¿Sabemos lo que tenemos que hacer? No, no lo sabemos. ¿Y por qué no lo sabemos? Porque ignoramos lo que somos. Pero ¿somos realmente algo? Yo os lo diré. Hay dos aspectos de considerar la cuestión…

-Vale, Agamenón -interrumpió Ascilto-. Nos importan un pimiento tus dos aspectos de la cuestión. ¿Por qué no habla Petronio?

-Sí, que hable Petronio -coreó el resto de los comensales.

-Petronio -dijo Encolpio-, de todo tú sabes mucho más que nosotros. Posiblemente de esto también. Dínos, Petronio, ¿somos algo más que hojas livianas que lleva el viento?

-Hojas livianas que lleva el viento -dijo Petronio como si paladease cada una de las palabras-. Está muy bien eso. Me recuerda una vieja canción, no de Menécrates precisamente. ¿Nada más que eso somos? ¿Nada más? Es posible. En todo caso no esperéis de mí la solución. Ni de mí ni de nadie. Además, no os he convocado aquí para daros un discurso. Al contrario, si habéis venido es porque deseaba veros, veros y oíros. Hacía mucho tiempo que no nos reuníamos. Y he de deciros que os encuentro muy bien, os mantenéis en forma. Por mi parte sólo puedo daros un consejo: seguid vuestro camino. ¿Que cuál es el camino? A eso sólo os puedo responder lo del viejo sabio: si no sabes adonde vas, cualquier camino te llevará allá. Pero tened cuidado. Vuestra misión no es filosofar sobre el sentido de la vida. Habéis nacido para vivir, para actuar. Así que ¡fuera las preguntas! Acción y palabras, acción y palabras. Vivir y parlotear sin tino, como muy bien habéis estado haciendo hasta ahora, queridas criaturas mías.

(CONTINÚA )

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CONVERSACIONES CON PETRONIO VI

Por diversas circunstancias pasaron varios días entre aquella entrevista y la posibilidad de la siguiente. Dada la naturaleza de las confidencias de que había sido depositario, había sobradas razones para pensar que quizá Petronio se había arrepentido de su inesperada franqueza. Pero yo no lo creía. El modo en que empezó a desarrollarse la conversación siguiente me dio la razón. Como le hubiera manifestado el deseo de que comentase alguna de sus obras, me preguntó:

-¿Qué has leído?

-Toda la poesía que he podido: los poemas a Marcia, los de Nealce y algunos otros que circulan dispersos. De los relatos, Albucia y…

-Y Satiricón, supongo.

-Sí, Satiricón también -dije con forzada naturalidad.

-Te debo una explicación -dijo Petronio-. Pero primero de todo has de saber que esa obra ni siquiera está terminada. Cuando aún no había decidido acabarla, la di a leer a algunos amigos. Alguien hizo una copia, que otros reprodujeron y que rápidamente se multiplicaron. Como sabes, tuvo bastante éxito. Alguien le comentó a Nerón que la obra era una sátira de su persona, enmascarada bajo el personaje de Trimalción. Nerón, que la había leído, juró por los dioses que condenaría al autor por lesa majestad. Dado que en algunas copias aparecía el nombre del supuesto autor, me pidió explicaciones. Yo tenía dos caminos para defenderme: negar que la obra fuese mía o negar que Trimalción representase al César. Para mayor seguridad seguí los dos. Apelando a la inteligencia crítica de Nerón, que previamente me encargué de valorar y ensalzar, le conduje por una serie de análisis lingüísticos, sintácticos y semánticos del texto hasta llegar a la conclusión necesaria de que el autor de Euscio, de Albucia y de tantos poemas exquisitos que él muy bien conocía no podía ser de ningún modo el grosero autor de Satiricón. Mucho más fácil fue convencerle de que sólo un cretino buscador de querellas podía ver alguna relación entre el burdo liberto Trimalción y el refinado César Nerón. No obstante, antes de mostrar su total convencimiento, me pidió que le jurase por Júpiter que yo no había escrito aquel engendro. Naturalmente que lo juré. Entre un Júpiter problemático y un César de carne y hueso la elección es muy sencilla.

-No sé cómo expresarte mi agradecimiento por la confianza…

-No hay nada que agradecer -me interrumpió, tajante-. Tú ya estabas convencido de que el autor era yo. Pero ¿no pensaste ni por un momento que podía tratarse de una obra apócrifa, de una falsificación? Por una parte, desde que zanjé el asunto con Nerón, hace de eso más de dos años, ha aparecido algún estudio que trata de demostrar la falsedad de la autoría atribuida, y por cierto con métodos parecidos a los que yo había utilizado ante el mismo Nerón. Por otra parte, no me negarás que Satiricón apenas tiene nada que ver con el resto de mi obra.

-Nunca dudé de que tú eras el autor. A pesar de las diferencias de forma y de contenido, para mí está muy claro que todas tus obras tienen un rasgo común, inconfundible.

-¿Y cuál es, si puede saberse?

-El sello de un genio profundamente libre.

-Es muy halagador eso que dices, muy amable por tu parte, sí, muy amable. Siempre pensé que habías de ser un alumno muy aprovechado.

Estas palabras me hirieron en lo más hondo. No tuve más remedio que expresar mi protesta:

-Me duele eso que has dicho. Sabes que soy totalmente sincero.

-Lo sé, y que eres totalmente ingenuo también. ¿No entiendes una broma?

-Lo siento -dije, algo avergonzado.

-Pero vayamos a lo nuestro -prosiguió Petronio-. ¿Cuál es la principal diferencia que ves entre Satiricón y las demás obras?

-El tema, es decir, la falta de tema, de un argumento definido. En Euscio vemos cómo un joven sin recursos va superando todas las dificultades que le presenta la vida hasta convertirse en un auténtico sabio; es la historia de un aprendizaje. En Albucia es una mujer la que ha de luchar contra falsos amigos y pícaros abogados y jueces para defender su situación de viuda, es decir, su libertad. Pero en Satiricón

Dudé unos instantes.

-Sí, en Satiricón ¿qué vemos? -preguntó Petronio.

-No sé…una serie de escenas a través de las cuales unos jóvenes van avanzando a trompicones, aparentemente perseguidos por una maldición, pero avanzando hacia ninguna parte.

-Deduzco que no te ha gustado.

-No, al contrario. Te lo dije el primer día. El perfecto dibujo de las situaciones, la calidad del lenguaje, tan genialmente adaptado a cada personaje, la gracia de las historias intercaladas, todo en conjunto me parece genial…y quizá superior al resto de tu obra. Pero…

-Pero echas a faltar una dirección, un sentido ¿no es eso?

-Sí, eso es. Quizá se deba al hecho de que no esté terminada. Seguramente el final había de traer alguna luz.

-No lo creas. Ignoro el final tanto como tú. Es más, estoy convencido que no tiene más final que el que conoces.

-¡Pero es que no acaba de ninguna manera!

-¿Y cómo crees que acaban las historias de la vida? Aparte de la muerte, no existe nunca un final. ¿O crees que la vida es como aquellas fábulas griegas que indefectiblemente acaban en boda? Para empezar, el matrimonio no es nunca un final, sino un principio. Y como el matrimonio, todo: el hallazgo de un tesoro, el rencuentro de padre e hijo, la conquista de un reino, todo eso son principios, no finales, por más que ciertos fabulistas intenten convencernos de lo contrario.

-En eso estoy de acuerdo, en la vida real es tal como dices: excepto el nacimiento y la muerte no hay principios ni finales. ¿Pero en el arte también? Creo recordar que dijiste que la misión del arte consiste en poner orden en la materia caótica de la realidad.

-No exactamente. Quizá me expresé mal. La misión del arte, como tu dices, consiste en crear un orden distinto del caos de la realidad. Pero, como ha de tomar sus materiales de la misma realidad, ese orden distinto podrá también tener la apariencia de caos. Pero sólo la apariencia. Mira, la diferencia esencial entre el arte y la vida no está en el contenido, que puede ser el mismo. La diferencia está en que la obra de arte ya tiene por sí misma unos límites, es algo definido, objetivo y, en algunos casos, imperecedero, inmortal, mientras que la vida es inapresable, indefinible, subjetiva y siempre perecedera, mortal.

-Según eso, las andanzas de Encolpio y Ascilto y todos los demás podrían verse como una serie de cuadros o escenas de la vida cotidiana, sin que necesariamente exista una relación lógica entre ellas.

-Sí y no. Alguna relación sí que existe. Pero es evidente que lo que importa no es el hilo de la historia, sino los caracteres de los personajes y de las situaciones.

-¿Tiene algo de ti el personaje de Encolpio?

-Encolpio y Ascilto y Eumolpo, todos tienen algo de mí. En el tipo de literatura que yo cultivo cada personaje habla desde el fondo del autor o, dicho de otra manera, si el autor no se imagina, no cree ser el personaje que habla, difícilmente logrará plasmar algo creíble. Pero he de confesar que Encolpio sí tiene mucho de mí. Sí, yo fui una especie de Encolpio en una época de mi juventud, desorientado, vacilante, con una instrucción muy superior a la normal y sin embargo braceando estúpidamente en medio de un mundo zafio y sin sentido.

-¿Y perseguido también por una maldición?

-Perseguido también por una maldición…Pero no la impotencia física precisamente, sino otra más grave…Hasta los treinta años fui incapaz de escribir, de crear algo convincente para mí mismo.

-Esa edad deberías tener cuando escribiste Euscio.

-En efecto, y la historia de Euscio guarda también algunas semejanzas con la mía…excepto, quizá, en el final feliz.

De nuevo la nube oscura pasó rápidamente sobre el rostro de Petronio.

-A veces hablas como si tuvieses el presentimiento de que algo grave te puede ocurrir en cualquier momento. ¿Tiene eso que ver con lo que contabas el otro día de tu lucha con Tigelino?

De pronto un gran alboroto de voces y pasos llegó desde algún lugar de la casa. Petronio pareció no enterarse.

-De Tigelino mejor no hablar -dijo-. ¿Sabes qué es lo peor de todo eso?

Las voces y las firmes pisadas de un grupo de hombre se hicieron ensordecedoras, hasta que las puertas del gabinete se abrieron de un brusco golpe. Cuatro soldados armados con lanzas entraron, dejando paso a un quinto hombre. Éste, de coraza reluciente y espada al cinto, arrastraba de la oreja al portero.

-Petronio -dijo el individuo-, debes enseñar a esta basura a reconocer y respetar a la autoridad. Si fuera mío, ya se le habrían caído las orejas. ¡Fuera! – y soltó al portero, que desapareció al instante.

-Tigelino -dijo Petronio- ¿cómo podía imaginar que ibas a honrar mi casa sin anunciar tu visita?

-No era necesario. Vengo a verte como amigo.

-Nunca pensé que pudieras hacerlo como enemigo.

-Ya me entiendes. Como jefe de la guardia podía haber requerido tu presencia por medio de unos soldados. Pero somos amigos, ¿no es eso? Vamos en el mismo barco, tenemos intereses comunes, ¿no es eso?

-Será mejor que nos sentemos -dijo Petronio, señalando el banco del que nos acabábamos de levantar.

-No, gracias -dijo Tigelino, suavizando un poco el tono imperioso de voz-. Voy al grano. Se ha abierto una investigación sobre un asunto muy grave y he de hacerte unas preguntas.

-¿Quieres decir que el caso tiene que ver conmigo? ¡Por Hércules, ya lo imagino! El César está descontento con el decorado que le recomendé para la representación del otro día…¿No? -prosiguió Petronio ante el rostro impasible de Tigelino-. La estatuilla griega que le regalé ha resultado falsa…¿Tampoco?…Vamos a ver, vamos a ver. ¡Ya está!…

-No estoy para bromas -dijo finalmente Tigelino-. Voy a hacerte una pregunta y espero que me digas la verdad. Hace unos días se detuvo a Epícaris. Pues bien, sé con toda seguridad que inmediatamente después de su detención un esclavo de su casa vino corriendo hasta aquí. La pregunta es ¿para qué vino? ¿qué relaciones tienes tú con Epícaris?

-Ninguna, te lo aseguro. Aunque reconozco que Epícaris es bella, no responde en absoluto a mi tipo de mujer…Sí, ya sé, ya sé que éste no es el tema que te interesa.

-En efecto -dijo Tigelino, que llevaba un tiempo increíble sin pestañear-. Te he hecho una pregunta. ¿Y?

-Y muy bien por cierto. La verdad es que estoy admirado de tu arte interrogatoria. Porque en este momento no sé si preguntas lo que no sabes o si sabes lo que no preguntas. Aunque creo que en realidad sabes más de lo que preguntas. Para concretar, estoy seguro que el mismo individuo que te informó de la visita de ese emisario a esta casa te informó también de que en esta casa estaba otra persona íntimamente relacionada con Epícaris. Y sabes también que el esclavo en cuestión no vino directamente aquí, sino que primero fue a casa de aquella otra persona, donde le informaron que se hallaba aquí.

-Eso no responde a mi pregunta.

-Bien. Procuraré ser tan directo como tú. No tengo ni he tenido ninguna relación con Epícaris, no conozco ni me importa el motivo de su detención, pero tú sí conoces y te debe importar que el César ve con muy malos ojos a quienes molestan a sus amigos íntimos. Y yo soy, recuérdalo, el amigo más íntimo de Nerón… Y me estás molestando.

El tono de voz de Petronio había adquirido una dureza desconocida hasta entonces para mí.

-Yo también soy su amigo -dijo Tigelino, súbitamente descabalgado de su soberbia.

-Te equivocas, Tigelino, no eres su amigo ni lo serás nunca. Sólo eres su guardián, su perro guardián, para decirlo con una metáfora bastante inocente. El César es un hombre delicado, culto, sensible, exquisito, y como tal, ama sólo el lado bueno y amable de la vida, y ése es el lado que yo le muestro siempre. Tú, en cambio, por obligación y también por vocación, le muestras siempre el lado feo, el lado horroroso de las intrigas, las traiciones y los crímenes. Te tolera porque cree que tiene necesidad de ti. Pero, por favor, no le insultes llamándote su amigo.

En un instante el rostro de Tigelino pasó del blanco cerúleo al rojo encendido.

-Te crees muy listo -dijo finalmente-, pero no te confíes. Algún día alguien le abrirá los ojos a Nerón y entonces toda tu listeza no te servirá de nada. Y eso está al caer. Los traidores tienen los días contados.

-No sólo los traidores. Todos tenemos los días contados. Y nadie puede decir cuántos le quedan. Ni siquiera tú. Hazme un favor, Tigelino, vete a buscar traidores a otra parte. Y cuida de que el César no caiga en la cuenta de quién es el principal de los traidores. ¿Quieres que yo te lo diga? El que le impide gozar de la vida placentera que él tanto ama, el que le atemoriza día y noche con inventos de fantasmas y conjuras, el que continuamente le amarga la existencia, ése es el más grande de todos los traidores. No te confíes, Tigelino. Algún día alguien le abrirá los ojos a Nerón y entonces todas tus habilidades de sabueso no te servirán de nada. Y eso está al caer.

Cuando, tras este intercambio de amenazas, Tigelino y sus hombres nos dejaron solos, a Petronio le faltó tiempo para decir:

-Ya ves. Al fin ha habido una declaración formal de guerra. A partir de ahora, los acontecimientos se precipitarán. Ya nada será como antes. Aquí tienes un ejemplo de la suma importancia de las formas en las relaciones humanas. Antes de esta escena yo pensaba de Tigelino lo mismo que le he dicho, y él lo sabía, y él pensaba de mí lo mismo que me ha dicho, y yo lo sabía. Y sin embargo nuestras relaciones eran correctas. A partir de los excesos verbales de hoy, nuestras relaciones ya no podrán ser las mismas.

-Ya lo imagino… Yo me he sentido violentísimo. No sabía si debía salir o no. Y lo que más nervioso me ha puesto ha sido el hecho de que Tigelino ni siquiera haya reparado en mi presencia. Creo que no me ha mirado ni un sólo instante.

-Te equivocas. Precisamente de esa actitud hemos de deducir que sabe perfectamente quién eres y lo que haces en esta casa. Se ha de reconocer que es un sabueso genial. Lo malo es que es el único sabueso, que yo sepa, que pretende tener encadenado a su amo.

-Ha sido todo tan desagradable. Para empezar esa terrible entrada arrastrando al pobre portero de una oreja.

-De pobre, nada. Voy a ordenar que lo vendan al primer mercader que se comprometa a sacarlo de Italia hoy mismo.

-No lo entiendo. ¿Qué esperabas que hiciese?

-¿No lo entiendes? Pues ahora te lo explico. Y fíjate bien cómo a través de un proceso de deducción lógica se puede descubrir una verdad oculta. Primero: ningún esclavo, sea portero, sea mayordomo y tenga las órdenes que tenga se atreve a oponer la menor resistencia a una patrulla de soldados, y menos si van mandados por el mismo Tigelino, y sin embargo ya has oído el estruendo que han armado hasta llegar aquí. Segundo: Tigelino pertenece a esa clase de amos que creen que cualquier contacto físico, o incluso verbal, con los esclavos les contamina; sé con seguridad que es incapaz de tocar a un esclavo con un dedo, y sin embargo los dos hemos visto cómo agarraba la oreja del portero con toda la mano. ¿Qué se deduce de todo esto?

-¿Crees que ha sido…?

-Una comedia. En efecto, ha sido una comedia, un burdo montaje para intentar demostrar que entre el portero y Tigelino no puede existir ninguna relación, para eliminar cualquier sospecha en este sentido por mi parte. Pero al excederse en la dosis de ficción la comedia ha resultado increíble y, además, ha revelado precisamente lo que pretendía ocultar: que hay una relación entre el portero y Tigelino, que el portero no es más que uno de sus numerosos espías a sueldo, que fue él quien le informó de la visita del esclavo de Epícaris y vete a saber de cuántas cosas más.

-Veo que hay que tener mil ojos para sobrevivir en este mundo.

-No lo sabes bien, amigo Lucio, no lo sabes bien.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO V

-He estado pensando en lo que hablamos ayer -dije a Petronio el día siguiente-, eso de que las personas mienten sobre sí mismas, que se engañan y engañan sobre su pasado. ¿A qué crees que obedece esa conducta?

-No lo sé con certeza -respondió Petronio-. Pero lo imagino. Toda persona desea ofrecer una imagen de sí misma lo más favorable posible. Y si en esa tarea se encuentra con dificultades, procura evitarlas. Ocurre como con el aspecto físico: se utilizan cosméticos para ocultar las huellas que el tiempo deja en el cuerpo. Y me parece bien. El triunfo del arte sobre la naturaleza es el triunfo del espíritu humano…siempre que los resultados sean correctos. Porque, si no, la situación no sólo no mejora sino que empeora. De una persona que abusa ostensiblemente de los cosméticos llegamos a pensar que es más vieja y ajada de lo que en realidad es. De la misma manera, de alguien que miente sobre sí mismo con descaro, es decir, sin tacto ni prudencia, llegamos a pensar que no merece ningún crédito ni consideración.

-¿Y por qué crees que todo el mundo desea ofrecer la imagen más favorable posible? ¿Tan importante es el juicio de los demás?

-Excepto para el sabio, es lo más importante. Pero no el juicio precisamente, sino algo más esencial. ¿Cuál crees tú que es la fuerza que mantiene unido el universo?

-No sé…desde el punto de vista de la filosofía platónica, diría que el amor.

-El amor, sí, tanto si recurrimos a Platón como si no. El amor es el motor del universo. Las mutuas atracciones de los astros y de todos los cuerpos han formado este mundo y lo mantienen vivo. Otro asunto es el porqué y el para qué, preguntas que no tienen respuesta, a no ser que también nos engañemos sobre esto. Lo confesemos o no, todos aspiramos a amar y, sobre todo, a ser amados. Sí, queremos ser amados, o por lo menos, apreciados, elogiados, ensalzados, incluso temidos, y somos capaces de cualquier cosa por conseguirlo. Pero no siempre se consigue. A veces, ni siquiera los amores más próximos y que parecen más obvios. Y entonces las consecuencias pueden ser desastrosas. Piensa que la madre que niega el amor a su hijo está creando un monstruo. Siempre. Yo sé algo de eso.

-¿Piensas en alguien en concreto?

-Sí -respondió Petronio-, y tú también.

Era inevitable. Hacía unos años que las tormentosas relaciones entre Nerón y su madre habían concluido con la muerte de Agripina, ordenada por su propio hijo bajo la acusación de conspiración. Desde entonces, las extravagancias, arbitrariedades y crueldades de Nerón no habían dejado de crecer, al menos en boca del pueblo, que no tenía otra materia de opinión que lo que le llegaba de las altas esferas de la sociedad, círculo exclusivo en que se movía la crueldad del príncipe. Hasta que esa crueldad se hizo patente a los ojos de todos con ocasión de la persecución y castigo de los supuestos incendiarios. Porque es el caso que unos hombres tan odiados y odiosos como los seguidores del judío Cristo habían sido castigados con una crueldad tan gratuita, excesiva y sanguinaria que llegaron a ganarse la compasión de muchos, al mismo tiempo que el bestial castigo despertó en el pueblo el recelo ante la larga mano criminal del tirano, que no se contentaba ya con víctimas senatoriales o ecuestres. ¿Cómo no ver en las palabras de Petronio una alusión a la extraña relación que siempre había existido entre la Agripina insensible, ambiciosa e intrigante y su hijo Nerón, despreciado peón de la ambición materna hasta que con sus propios excesos logró superar los peores excesos de la madre? Pero sabía que no podía hablar de ello. Petronio no me lo permitiría. Buscaba la manera de sortear el escollo, cuando él mismo acudió en mi ayuda:

-Sí, amigo, todos queremos ser amados, pero pocos saben cómo conseguirlo.

-No hay ninguna receta mágica, supongo.

-Mágica no, pero alguna receta sí que hay. Claro está que lo que con ella se obtiene es sólo un sucedáneo del amor, pero en las relaciones sociales funciona de maravilla.

-Te refieres a…

-La amabilidad.

-¿Quieres decir la cortesía, la urbanidad?

-No. He dicho la amabilidad. La cortesía consiste en la aplicación de unas normas comúnmente admitidas para vivir en sociedad. Pero esa aplicación puede ser fría, distante, incluso hostil. O algunas de esas normas pueden ser absurdas. Piensa en la que dictó el César Claudio admitiendo la emisión de ventosidades en sociedad. Es un ejemplo, por reducción al absurdo, de cómo algo aceptado por las reglas de urbanidad puede resultar nada amable.

-¿En qué consiste entonces la amabilidad?

-La amabilidad consiste en tratar a las personas como te gustaría que te tratasen a ti. En este precepto se resumen todos los demás.

-Ya entiendo. Pero me gustaría, si no te importa, que lo desarrollases. En otras palabras: qué he de hacer y qué no he de hacer para ser amable.

-Lo primero es escuchar. Esto es lo fundamental y lo más difícil. Sólo los niños prendados por relatos maravillosos o los mayores encandilados por obra del arte escuchan de verdad. Pero en general no escuchamos, no sabemos escuchar. Mientras el otro habla, pensamos ya en lo que vamos a decir o vagamos con la mente por lejanas regiones. Y esa concentración o esa lejanía se reflejan en la mirada, y el otro sabe que no le escuchamos, que no nos importa. Lo segundo consiste precisamente en otorgar al otro toda la importancia que cree merecer o incluso más, si se trata de alguien que se infravalora, y darle a entender que los asuntos que le importan a nosotros también nos interesan, al menos en cuanto a él le importan. Uno ha de acordarse siempre de hacer alguna pregunta relacionada con el tema que más interesa al otro…

-Perdona, pero esto ¿no puede dar pie a que los pelmazos de que hablabas el otro día aprovechen la ocasión para martirizarnos a placer?

-Naturalmente, pero es que en todo momento hay que mantener el dominio de la situación. Los posibles inconvenientes de la amabilidad y sus antídotos…eso ya sería materia de otra charla.

-Imagino que todo eso es muy adecuado para tratar con personas de igual o superior categoría, pero que con los inferiores no debe de ser tan importante.

-No lo creas. Con los inferiores también, en la debida proporción. Piensa que la amabilidad de que te hablo es más que nada una disposición del ánimo, que ni se puede ni se debe variar a cada instante, y que si con la amabilidad puedes obtener una gracia o un favor de una persona distinguida, con la amabilidad adecuada al caso puedes lograr de un inferior que te haga de buen grado, o sea bien, lo que de otra manera te haría de mala gana, o sea mal. La amabilidad consiste en saber transmitir al otro que él es muy importante para nosotros, que lo valoramos como se merece, que de alguna manera le amamos. Y es esa chispa de amor la que enciende la buena disposición del otro, y puede incluso obrar maravillas.

-Nunca había pensado que las personas fuesen tan…como lo diría…tan influenciables, tan susceptibles de ser conducidas, de ser manipuladas.

-Tan deseosas de ser engañadas, puedes decir -concluyó Petronio-, esa es la palabra. Los hombres quieren ser engañados, sí, quieren, a cualquier precio, que les digan lo que desean oír. Y cuando esto ocurre ni por un instante suelen considerar la posibilidad de que su interlocutor esté fingiendo. Piensa que la adulación es un arma infalible. Sólo el muy sabio puede defenderse de ella.

-Se me ocurre ahora -dije, sin meditar la conveniencia o no de comunicar aquel hallazgo repentino- que el hombre que como tú conoce y domina el arte de la amabilidad o, visto en su aspecto menos noble, de la adulación está en condiciones de dominar el mundo. Nada se le puede resistir.

-No lo creas. No sólo yo conozco ese arte. En ciertos ambientes muchas personas lo conocen tan bien o mejor que yo. Y ocurre entonces que el poderoso al que se pretende influir se ve sometido a la presión de fuerzas contrarias, con el resultado de que su reacción será casi siempre imprevisible.

-Pero si el poderoso al que se pretende influir -dije, adentrándome decididamente por un terreno que sabía prohibido- tiene ante sí un hombre como Petronio, difícilmente podrá seguir otra influencia o consejo.

-Te equivocas -respondió Petronio-. ¿Has oído hablar de Tigelino?

-Naturalmente. Te refieres al jefe de la guardia pretoriana. De él depende la seguridad de Nerón, ¿no es eso?

– Sí, y no sólo la seguridad. Tigelino practica una adulación que yo no sabría nunca practicar. Mi amabilidad, o adulación, va siempre por el lado estético. Si Nerón se cree un gran artista, ¿por qué habría de contradecirle? Después de todo, como cantante no lo hace tan mal. Como poeta ya es otro asunto. ¿Pero crees que vale la pena arriesgar la felicidad del que tutela nuestra felicidad por un supuesto juicio honrado, que a la postre será tan relativo como todo juicio estético? No, por Hércules. Si vieses la expresión del rostro de Nerón cuando se le aclama como al más grande de los artistas, comprenderías que de ese estado de ánimo sólo pueden resultar beneficios para el pueblo. ¿Por qué entonces negarse a algo que ha de ser beneficioso para todos, excepto para sus competidores artísticos, claro está?

No salía de mi asombro. Finalmente Petronio me había admitido en el territorio hasta entonces reservado de sus relaciones con el poder. No cabía de felicidad. No sólo por la curiosidad satisfecha, sino sobre todo porque, a partir de aquél momento, podía considerarme su confidente, es decir, sin lugar a dudas, su amigo. Pero no quería que aquel inicio de confesión se quedase en un simple cabo suelto.

-¿Y qué clase de adulación practica Tigelino? -aventuré, como quien pregunta lo más natural del mundo.

-La más baja que te puedas imaginar. Por un lado, le imbuye la idea de que, como César, es un dios todopoderoso, un dios viviente al que todo le está permitido.

-¿Hasta el crimen?

-Hasta el crimen. Ésa es según Tigelino la característica principal de la divinidad. Pero, por otra parte, no deja de atemorizarle con la supuesta existencia de fantásticos o quizás reales enemigos que se proponen acabar con él, y de intentar demostrarle que sólo él, Ofonio Tigelino, está en condiciones de protegerle de las asechanzas de sus enemigos.

-Pero eso es contradictorio -observé-. ¿Cómo un dios todopoderoso puede vivir continuamente atemorizado por sus supuestos enemigos y, sobre todo, cómo puede depender su seguridad de un simple adulador?

-Todo lo contradictorio que quieras -dijo Petronio-, pero es así. Tigelino halaga la soberbia de Nerón al mismo tiempo que cultiva su miedo. Es su manera de hacerse imprescindible. Como comprenderás, mis armas y las suyas nada tienen que ver. Los campos en que nos movemos son también distintos…Pero un día podemos coincidir, y entonces…

-¿Y entonces?

-Entonces todo habrá acabado.

Fue como si una nube pasase por un instante sobre el rostro de Petronio.

-Pero quién sabe lo que nos reserva el futuro -dijo, iluminado de nuevo el rostro por una sonrisa radiante-. Sólo el presente importa; la lucha de todos los días, la inútil lucha de cada día.

-Quizá sea cosa de tu amabilidad innata -no pude menos que decir ante su cara de felicidad-, pero no deja de sorprenderme esa capacidad tuya de enunciar las sentencias más terribles con la alegría que suele reservarse para las buenas noticias. ¿Crees realmente que es inútil la lucha de cada día?

-La que se dedica a la intriga por el poder, sí. Porque siempre acaba mal.

-La verdad es que no te imagino intrigando por el poder.

-Yo tampoco. Pero a veces la vida te coloca en situaciones que no tienes más remedio que aceptar y sobrellevar, con todas sus consecuencias.

-¿No se puede abandonar?

-No, no se puede. Pregúntaselo a Séneca. Él ha decidido abandonar y en este momento nadie da un as por su vida.

-Disculpa, Petronio, pero imagino que, después de todo lo que me has dicho, no te extrañará que te haga esta pregunta: ¿es realmente Nerón un monstruo?

-En cierto modo sí, pero no es culpa suya. Una persona joven, débil, inmadura, que tiene todo el poder, forzosamente ha de ser un monstruo. Quiero decir que el monstruo no lo ha creado él mismo, sino el sistema.

-¿El sistema?

-Sí, el régimen político inaugurado por Julio César, que permite que todo el poder se concentre en un sólo hombre.

-Pero el mismo Julio no fue un monstruo, ni Octavio Augusto tampoco.

-Eran personas maduras, equilibradas. Pero no se puede cimentar la bondad de un régimen político en algo tan azaroso como el temperamento del soberano de turno.

-¿Debo entender que eres partidario de la antigua república de libertad?

-Cualquier persona razonable lo es. Pero su restauración es ahora mismo imposible. No es ésta una época razonable.

-¿Y no hay ninguna posibilidad de que, cualquier día, un grupo de personas «razonables» unan sus fuerzas para asaltar el poder y restaurar la república?

-No, ninguna. Algunos sí lo creen. Pero se equivocan. De hecho, es el ejército el que tiene el poder, y el ejército quiere siempre una sola cabeza, un sólo jefe a quien poder amedrentar y exigir. De manera que, hoy por hoy, el triunfo de una conspiración sólo significaría la sustitución de un tirano por otro, si es que lograse triunfar, que no lo creo. El tiempo me dará la razón.

-¿El tiempo? ¿Quieres decir que esa conspiración es posible, que existe quizá?

Petronio se llevó el dedo índice a los labios sonrientes:

-Amigo mío… -dijo.

-Sí, ya sé: Horacio.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO IV

-Espero la visita de Anneo Mela -dijo Petronio después de recibirme con la misma cordialidad de siempre-, pero me gustaría que te quedases. Es más, me interesa que te quedes. Así tendrás ocasión de conocer a un tipo de personaje que no suele figurar en los anales ni en los libros de historia, a pesar de su importancia: el hombre de negocios.

-Me encantará. ¿Y a qué negocios se dedica?

-A cualquiera, es decir, a lo mismo de siempre: a producir dinero.

-Quiero decir que si se dedica a construir o a comerciar o si tiene naves o explota minas, ya me entiendes.

-Sí, ya te entiendo. El que parece que no me entiendes eres tú -dijo Petronio con una sonrisa-. O quizá soy yo el que no me explico bien. Mela no se dedica a nada en concreto y se dedica a todo en general. Como ya te he dicho su negocio consiste en producir dinero.

-Sí, pero ¿cómo produce dinero?

-Con dinero.

-¿Con dinero? ¿Quieres decir prestando?

-Parece que ya lo vas entendiendo -respondió Petronio.

-No del todo -aclaré-. Sé que hay individuos que se dedican a prestar dinero a intereses muy elevados, pero nunca he oído decir que esos usureros acumulen tales cantidades que les permitan convertirse en potentados. Además, la mayoría de sus clientes son gente de pocos recursos, por lo cual muchas veces se quedan sin cobrar. Nunca he pensado que fuese un gran negocio.

-Hablamos de cosas distintas -dijo Petronio-. El vulgar prestamista suele en efecto ser un desgraciado, siempre temeroso de quedarse sin cobrar o de que le roben. Pero el potentado como Mela es… otra historia. Mela no presta a hijos de familia para que se lo gasten en vicios, o a pobres artesanos para que puedan pagar el alquiler de la vivienda. Él pone grandes cantidades de dinero en cualquier actividad productiva de esas que antes has mencionado, el comercio, la construcción, la navegación o lo que sea y, a cambio, se lleva parte de los beneficios, además de recuperar el dinero cuando le interesa. Comprenderás que con sólo tener un poco de tino, y lo tiene porque sus excelentes relaciones le mantienen siempre bien informado, es una manera perfecta de ir multiplicando el dinero hasta el infinito.

-¡El poder del dinero! ¡Quién no lo ha gozado o sufrido! -exclamé- De todos modos no me parece justo que un hombre que de la mañana a la noche trabaja su propia tierra apenas obtenga lo suficiente para mantenerse, mientras que otros nadan en la abundancia sólo porque han puesto en movimiento un puñado de monedas. No, no me parece justo.

-¡Por Júpiter! -exclamó Petronio-, ese es un término nuevo entre nosotros. Lo justo. ¿Qué es lo justo? ¿Qué es la justicia? Pregúntaselo a Mela, seguro que lo tiene muy claro. Pero no se lo preguntes a su hermano. Nunca plantees cuestiones morales a un profesional de la ética: para empezar, tendrías que elegir entre lo que dice y lo que hace.

-¿Su hermano?’ 

-¿No te lo he dicho? Anneo Mela es hermano de Anneo Séneca y padre de Lucano, el poeta.

-Parece extraño ¿no? que en una misma familia se den ejemplares humanos tan dispares. En este caso, el avaricioso negociante y el severo moralista.

-Nada tiene de extraño -dijo Petronio-. Cada individuo es un mundo, y muy poco influye en eso la familia. Lo extraño, si quieres llamarlo así, es que la disparidad, la contradicción se den dentro del mismo individuo. Porque no sé si sabes que Séneca es tan avaricioso y, por lo que respecta al dinero, tan falto de escrúpulos como su hermano.

-Me sorprende eso que dices, me sorprende tanto que me cuesta creerlo – no pude menos que decir.

-Pues no te sorprenda. Es verdad que a primera vista resulta sorprendente que alguien que escribe serios tratados elogiando la pobreza y la vida sencilla recurra a los peores métodos para aumentar su ya fabuloso patrimonio. Pero el ser humano es así, contradictorio por naturaleza. Lo dijo Ovidio: «Veo lo mejor y lo apruebo, y sigo lo peor».

-No sé…yo puedo entender que, a lo largo de los años, uno vaya cambiando de opiniones, de manera de entender las cosas, de forma de conducirse en la vida. Eso me parece muy humano, y un personaje tan humano como Cicerón sería el ejemplo máximo de ese tipo de versatilidad, siempre cambiando de posición, de alianzas. Pero que una persona pueda predicar una cosa y practicar al mismo tiempo lo contrario, no lo entiendo, no lo entiendo.

-¿Qué quiere decir «no lo entiendo»? -preguntó Petronio- ¿Que no lo aceptas? ¿o que no ves las razones de ese comportamiento?

-Más bien esto último -respondí.

-Pues olvida las razones, amigo. Los hombres no se guían por razones, sino por deseos, por apetitos. Lo normal es que elaboren razonamientos para justificar, ante los demás y ante ellos mismos, la satisfacción de sus apetitos. Pero algunos son demasiado inteligentes para creerse ese tipo de razonamientos. Ocurre entonces que en esas personas la razón va por un lado, construyendo teorías impecables, y el apetito por otro, buscando su satisfacción del modo que sea. Es el caso de Séneca. He llegado a pensar que el Séneca que escribe elogios de la pobreza y afirma que los esclavos son seres humanos como nosotros ignora al Séneca que con sus préstamos usurarios mata de hambre a regiones enteras. Y en cuanto a Cicerón, no estoy de acuerdo contigo, no creo que sea el ejemplo máximo de volubilidad.

-¿No lo crees?…No lo he mencionado por casualidad. Conozco muy bien la obra de Cicerón, y no es que quiera presumir, seguro que tú la conoces tan bien o mejor que yo. El caso es que hace un tiempo pasé una temporada en la villa de mi tío Silio que había pertenecido a Cicerón. Allí se guardan los originales de algunas de sus obras y copias de todas sus cartas. Pues bien, durante unos meses me dediqué a leer y a estudiar las cartas. Y francamente resultan asombrosas. Al que un día ensalza al día siguiente lo ataca; se declara firme enemigo de ciertos personajes, para pactar poco después con ellos. Si eso no es volubilidad…

-No he dicho que no lo sea -dijo Petronio-, pero tú has hablado de él como del «ejemplo máximo», y en eso te equivocas. No es que Cicerón fuese especialmente voluble; es que escribía muchas cartas.

-¿Y eso que tiene que ver?

-Mira, los hombres, todos en general, nos vamos formando una idea de nosotros mismos. Y como el pensamiento humano tiende a la racionalidad nos formamos esa idea de la manera más coherente posible. Pensamos que somos así, de una manera determinada y que hicimos esto por aquel motivo y aquello por aquel otro, procurando siempre que todo encaje a la perfección. Y llegamos a creérnoslo. Es decir, pensamos toda nuestra historia y pretendemos ofrecerla a los demás desde el presente, con las manipulaciones necesarias, claro está, para sortear las contradicciones. Pero si alguien va anotando día a día sus impresiones, sus sentimientos, sus simpatías y antipatías y sobre todo los motivos de sus decisiones, llegará a edificar un monumento de contradicciones e incoherencias tan impresionante como el que nos legó Cicerón, ni más ni menos.

-Pensándolo bien, creo que tienes razón -tuve que reconocer-. Pero ¿siempre es así? ¿Crees en realidad que todos los hombres engañan y se engañan para ocultar un inexplicable pasado de contradicciones? ¿Te incluyes tú también?

-Me incluyo en la medida que no soy sabio y no me incluyo en la medida que lo soy. Se trata de una tendencia natural y, en cuanto tal, muy difícil de evitar. Los hombres, al igual que los pueblos, se inventan su pasado.

-¿Los pueblos también?

-Sobre todo los pueblos. Así como el individuo, al llegar a la adolescencia, se plantea espontáneamente las cuestiones filosóficas fundamentales, los pueblos, al alcanzar la mayoría de edad, sienten la necesidad de preguntarse de dónde vienen y adónde van. Y como no conocen la respuesta, se inventan hermosas epopeyas.

-Está la historia.

-¡La historia! ¡Vaya cosa! Si la historia de los hechos recientes es tan confusa y contradictoria, imagina la que cuenta los orígenes de un pueblo: pura leyenda. ¿O crees de verdad que Eneas, hijo de Venus, escapó de Troya y que viajó por mares y tierras hasta llegar al Lacio donde fundó el linaje que fue origen de nuestro linaje?

-Es una creencia comúnmente admitida. Tanto Virgilio como Livio la comparten.

-Sobre Virgilio no tengo nada que decir. Es un poeta y su única obligación es crear belleza. En cuanto a Livio, como historiador oficial, forzosamente tenía que recoger la versión canónica. Pero si lo lees con atención, verás que también aparece otra, la más verosímil. Pero aquí tenemos a nuestro invitado.

Anneo Mela era un hombre de unos sesenta años, bastante grueso, de estatura mediana ojos pequeños y vivaces. Después de presentarnos, Petronio propuso que pasásemos al triclinio, donde pensaba obsequiar a su invitado de acuerdo con su categoría, pero Mela alegó que no tenía mucho tiempo. Así, que permanecimos en el jardín. La mañana era espléndida. Petronio mandó que trajeran unas sillas y nos sentamos bajo el suave sol de abril.

-Nos vemos poco, amigo Petronio -dijo Mela-. Ya ni me acuerdo de cuando fue la última vez.

-No hará mucho tiempo, porque te recuerdo tan joven y fuerte como ahora mismo.

-Eres muy amable -dijo Mela-. Pero te aseguro que no soy el mismo de hace, por lo menos, cinco años.

-¿Cinco años? No lo creo.

-Sí, ahora lo recuerdo. Fue el año de tu consulado. Y, a estas alturas, el paso de cinco años causa verdaderos estragos.

-No en tu caso, amigo mío, no en tu caso. A la vista está… Y bien ¿me expones el motivo de tu visita o lo adivino yo?

-Te lo expongo, aunque seguro que lo has adivinado.. El hecho de que esté aquí tu amigo, supongo que como testigo, lo confirma – Petronio respondió con una breve sonrisa a mi mirada de extrañeza-. He venido para cumplir un deber -prosiguió Mela-, un deber bastante desagradable. Se trata del honor familiar, ¿comprendes? Mi hijo Lucano afirma que en esta casa fue maltratado por ti, que le insultaste y le echaste de malos modos. ¿Es eso cierto?

Nada en el tono de voz de Mela, apacible y diría que hasta impersonal, se correspondía con la dureza de las palabras que acababa de pronunciar. No menos apacible fue la respuesta de Petronio:

– Nunca se me ocurriría maltratatar a nadie, y mucho menos en mi propia casa. Me conoces, Mela, y tienes que creerme, aunque sólo puedo ofrecerte mi palabra. Mi palabra y el testimonio de Lucio.

Entonces intervine yo:

-No sólo no le echó de la casa, sino que le invitó a que se quedase con nosotros.

Mela me miró con cierta expresión de asombro, como extrañado de que pudiese hablar. Luego se acarició la barbilla con la mano izquierda, en actitud pensativa; cerró los ojos un momento, y al abrirlos exclamó:

-¡Basta ya! ¡Basta ya! ¿Sabes que te digo? Que te creo, que te creo absolutamente. Conozco a mi hijo, ya lo creo que lo conozco. Lo conozco y lo sufro. Pero tenía que hacerlo, compréndelo. No es que él me lo haya pedido expresamente, pero de alguna manera me ha estado empujando hasta la puerta de esta casa. ¡El honor familiar! ¡Mira por donde ahora sale con el honor familiar! ¿Sabes que te digo? Que mi hijo está loco, completamente loco. ¡Un hijo poeta! Lo peor que le puede ocurrir a un padre. Suerte que ya casi no le veo…excepto estos últimos días, claro. Y es que está insoportable. Desde que se casó está insoportable.

-Sabes que no es esa la causa -dijo Petronio-. Además, resulta imposible imaginar que una mujer como Pola pueda volver a un hombre insoportable. Sabes muy bien cuál es la causa del transtorno de Lucano.

-No, no lo sé -dijo Mela, parpadeando nerviosamente-. Explícamelo tú, que lo sabes todo -añadió con cierta sorna.

-Sé lo que todo el mundo sabe, excepto tú, por lo visto. Lucano es un poeta excelente, pero sus maneras no son muy delicadas, y el trato con ciertas personas requiere una delicadeza suma. Nuestro César también es poeta, no sé si excelente o no, pero es el César, y el César no admite competencia. Desde que le prohibió recitar y publicar sus versos, parece que tu hijo ha enloquecido. Y cuidado Mela, mucho cuidado. Ya sabes, a los que los dioses quieren perder primero los enloquecen.

-¡Qué barbaridad! -exlamó Mela- ¡Por unos versos, por unos tristes y absurdos versos! Pero los poetas ¿no sois inmortales? ¿Qué le costaba esperar? ¿Por qué tenía que competir con el César? A quién se le ocurre, pero a quién se le ocurre. Tendría que haber aprendido de ti. Tú sí que eres un maestro de delicadeza, tú sí que vivirás muchos años.

-No estoy seguro de si eso es un elogio o un reproche -dijo Petronio-, pero viniendo de ti, lo tomo como un elogio.

Mela permaneció unos instantes en silencio, pensativo.

-Si es cierto eso que me has dicho -dijo a continuación-, y creo que lo es, si es ésa la causa de su trastorno, conociendo como conozco a mi hijo, puedo afirmar, sin duda de ninguna clase, que está perdido, definitivamente perdido.

-Tampoco hay que exagerar, Mela -dijo Petronio-. Lo que tendría que hacer Lucano es retirarse, dejarse ver lo menos posible.

-Es incapaz de eso -afirmó Mela con energía-. Lucano no es de los que saben sortear los obstáculos: pretende derribarlos a cabezazos. Pero no quiero hablar más del asunto, no pienso gastar ni una palabra más ni un pensamiento más por un loco que ha decidido lanzarse al precipicio, por muy hijo mío que sea.

Mela se puso en pie. Cuando Petronio y yo íbamos a levantarnos también, se volvió a sentar aproximando su silla a las nuestras, puso la mano en la rodilla de Petronio y en tono confidencial, dijo:

-He de hacerte una proposición magnífica, increíble. Seguro que te interesará.

-¿De qué se trata?

-A treinta millas de aquí, en dirección al sur, hay una finca fabulosa que busca comprador. Una casa digna de un príncipe, entre bosques magníficos y grandes extensiones de tierras de cultivo, con docientos esclavos expertos en tareas agrícolas. Y todo por una ridiculez, por una auténtica miseria. Si quieres verla, yo mismo te acompañaré.

Iba a hablar Petronio cuando en la entrada del jardín aparecieron Eutimio y otro muchacho.

-¿Qué ocurre, Eutimio? -preguntó Petronio.

Eutimio avanzó unos pasos :

-Este muchacho viene de la casa de Epícaris, y dice que tiene un mensaje para el ilustre Mela de la máxima urgencia.

-¡Vaya, por Hércules! -exclamó Mela- Veamos cuáles son las urgencias de las mujeres. Acércate.

El mensajero se acercó. Petronio y yo nos levantamos y nos apartamos unos pasos. El muchacho se inclinó junto a Mela y le musitó unas palabras al oído. Mela hizo con la mano un gesto para que repitiese. El muchacho le volvió a hablar al oído. Mela lo despidió con un gesto. Vi cómo el mensajero y Eutimio se retiraban. Cuando volví la mirada hacia Mela quedé impresionado.

Su rostro se había vuelto blanco, tan blanco como su túnica. Se levantó con cierta dificultad, como si sus piernas apenas le sostuvieran.

-Han detenido a Epícaris -dijo, mirando a ninguna parte.

-Epícaris es la amante de Mela -me informó Petronio cuando nos quedamos solos.

-Debe quererla mucho. Estaba muy afectado.

-Sí, demasiado afectado.

-¿Demasiado?

-Mira, no creo que el amor que Mela sienta por su amiga llegue a producir esos efectos. Aquí hay algo más.

-¿Tienes idea del posible motivo de la detención?

-No, ni idea. Pero, a la vista de la reacción de Mela, hemos de pensar que él sí conoce el motivo… Y que no sólo lo conoce, sino que está metido hasta el cuello.

-Perdona mi insistencia, Petronio, pero tengo la impresión de que sí sabes o supones algo.

-Horacio, amigo, recuerda a Horacio: «Tú no preguntes…»

Tu ne quaesieris (scire nefas)

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO III

Pasé gran parte del día siguiente inquieto y confuso. No sabía qué hacer. Lo extraño de la despedida del día anterior quizá fue la causa de que ni él ni yo hubiésemos hablado de una próxima entrevista. En cuanto a su buena disposición para mantener los encuentros, yo no tenía la menor duda. Entonces, se trataba de averiguar cuál sería el mejor momento para visitarlo de nuevo. ¿Debía dejar pasar un tiempo prudencial? ¿O tal vez era mejor no perdonar ni un día, evitando así cualquier posibilidad de que aquella amistad incipiente decayese? Toda la mañana le estuve dando vueltas al dilema. Y mi inquietud la agravaba el hecho de encontrarme solo. Ni cuando llegué por la noche, ni cuando desperté vi a Marco Valerio, mi compañero de vivienda. Seguro que sus andanzas en busca de gente rica e influyente le habían llevado a pasar la noche fuera de casa. Y era una lástima, porque en aquel momento tenía auténtica necesidad de él. Aunque era sólo tres años mayor que yo y no hacía uno que estaba en Roma, su conocimiento de las gentes y de la sociedad era muy valioso para mí. Pero la realidad, la amarga realidad era que Valerio no estaba, y que yo no podía consultarle nada.

Le esperé hasta el mediodía. Luego, bajé a tomar un refrigerio al figón de la planta baja, y comencé a caminar sin rumbo por las calles de la ciudad. A media tarde, sin saber cómo, me encontré en el Palatino, muy cerca de la casa de Petronio. ¿Qué hacer? No le dí más vueltas.

El portero me dijo que Petronio esperaba mi visita, pero que en aquel momento no estaba, y que le había indicado que me hiciese pasar a la biblioteca, donde podría esperarle leyendo cuanto quisiese.

La biblioteca era una estancia de considerables dimensiones, estrecha y alargada, iluminada por unos ventanales situados en lo alto de las paredes, que en aquel momento dejaban pasar el sol de la tarde. Bajo los ventanales, y a lo largo de toda la pared derecha, un cuadriculado hecho de obra albergaba cientos, o miles, de volúmenes perfectamente ordenados. Colgado de cada volumen, una especie de sello mostraba el título de la obra y el nombre del autor. En la pared de enfrente se repetía la disposición de cuadrículas y volúmenes, y en el centro, cuatro pupitres dispuestos entre espacios idénticos a lo largo de la estancia.

Empecé a mirar los títulos con curiosidad. Vi que los derechos la pared de la derecha estaban escritos en latín, y los de la izquierda en griego. Me fijé en uno, que sólo llevaba nombre de autor: Arístides de Mileto. Lo tomé y me lo llevé a un pupitre para desenrollarlo cómodamente. En aquel momento entró Petronio.

-Amigo Lucio, sabía que vendrías. – Parecía de un humor excelente -. De todos modos, fue un error imperdonable que no se nos ocurriese acordar la siguiente visita.

-Ya ves. Me he tomado la libertad de presentarme por las buenas, aun a riesgo de ser inoportuno.

-¿Inoportuno tú? Por Hércules, qué poco te conoces. Tú nunca serás inoportuno. Y esto no es un elogio. Es la descripción de un aspecto de tu carácter. Las personas inoportunas, lo auténticos pelmazos, y tengo que soportar muchos de ese género, no imaginan nunca que lo son. Por el contrario, se consideran siempre imprescindibles allá donde estén. Y piensan que, si se van, nos causarán una gran ofensa privándonos de su presencia. Son una raza temible. Y no me refiero a los que vienen a pedir favores o recomendaciones, al fin y al cabo ésos obedecen a una necesidad humana, no, me refiero a los que nos abruman con sus consejos, con sus discursos, con toda la «sabiduría» de su experiencia, y que sin embargo son incapaces de ver cuándo están de más, eso tan elemental que cualquier persona sensata percibe al momento… Pero creo que he interrumpido tu lectura.

Se acercó y miró el volumen que justo había empezado a desenrollar.

-¡Arístides de Mileto! -exclamó- Menudo personaje has elegido para empezar.

-Lo he cogido al azar -me disculpé, casi avergonzado.

-No, no tengo nada contra él. Al contrario, lo considero muy estimulante, y muy adecuado para combatir los vicios literarios de que hablábamos el otro día. Pero si te fijas bien, una vez lo has leído te deja vacío por completo, tan vacío como los fatuos retóricos de nuestros días. En Arístides todo es falso, sólo la forma es aprovechable. Corre por ahí la idea, que involuntariamente he ayudado a introducir, de que si cuentas cosas de la vida cotidiana, en el lenguaje real de la gente del pueblo, estás dentro de la realidad. Y no siempre es así, ni mucho menos. La realidad, la verdad, no depende del tipo de personajes que elijas, ni del lenguaje que éstos utilicen, ni de que hagan las mismas cosas que nosotros hacemos. No, la realidad, la verdad del arte, que es la única verdad, es algo más sutil, mucho más sutil. De manera que tan falso puede ser una polémica entre Júpiter y Juno como el relato de las andanzas del panadero de la esquina. O tan verdadero… La realidad de la vida, amigo Lucio, es un juego absurdo, sin sentido. Pasamos los días arrastrados por un torrente de impresiones que nada significan. La realidad es en sí misma un caos. Entonces viene el arte y pone orden, organiza un juego superior en el que todo puede tener sentido y belleza. Y así, cuando digo que el arte es superior a la realidad de la vida, sólo estoy afirmando una evidencia: que el juego ordenado del arte, es superior al juego caótico y absurdo de la vida cotidiana.

Estaba desconcertado. Sabía que, bajo la aparente lógica de la argumentación de Petronio, había algo que no cuadraba, que no podía ser. Pero ¿cómo exponerlo? ¿cómo argumentarlo de manera convincente y sobre todo de manera brillante -principal virtud petroniana- si yo mismo era incapaz de formulármelo con claridad? Como si hubiese leído mi pensamiento, Petronio dijo:

-Quizá no estés de acuerdo, o quizá te parezca confuso o poco comprensible, o tal vez estás pensando que tú tienes una idea más cierta sobre el asunto, pero que no sabes expresarla. En cualquier caso, no te preocupes. No pretendo sentar cátedra en nada; sólo que vayas considerando nuevos aspectos de cada cuestión. Con el tiempo, es posible que llegues a formarte ideas propias y definidas. Pero ten en cuenta esto: el que poseas ideas claras nada tiene que ver con la verdad de esas ideas. Es sólo un signo de madurez. Pero, por encima de la madurez hay otro estado, que podríamos llamar de sabiduría, que consiste en pensar que, tal vez, todo lo que tenemos por más cierto no tiene ningún fundamento; que todo nace y muere en el pensamiento y que no podemos conocer qué grado de correspondencia existe entre ese pensamiento y la supuesta realidad exterior.

De repente sentí una sensación de vértigo, de irrealidad. Creía que me iba a desmayar. Tuve que apoyarme en el pupitre para no perder el equilibrio. Petronio lo advirtió.

-¿Qué te ocurre? Estás pálido. Será mejor que vayamos al jardín.

Me tomó del brazo y salimos de la biblioteca. En el jardín, nos sentamos en el mismo lugar del día anterior. Aquella sensación de irrealidad -como si todo lo que veía y oía fuese un sueño- no me abandonaba.

-No te preocupes, enseguida te repondrás -dijo Petronio-. El aire libre hace milagros. Las bibliotecas son lugares malsanos. Lo sé por experiencia. Yo tengo mi gabinete de trabajo aparte, con los libros imprescindibles…¿Estás mejor? La verdad es que te veo muy delgado, casi demacrado. ¿Ya comes lo suficiente?

-Como poco -dije desde mi nube de sueño-, pero nunca he tenido problemas de salud.

-Y díme, ¿qué vida llevas aquí en Roma?

Una ráfaga de aire agitó los arbolitos del jardín. Sentí que su caricia me reanimaba. Respiré hondamente.

-Vivo en el Quirinal -contesté-, en el piso tercero de un edificio de la calle del Peral.

-Debe ser horrible -comentó con brusca sinceridad Petronio.

-No, no lo creas. Es incómodo, claro. Acostumbrado a la casa familiar de Nápoles, es un cuchitril. Pero lo tenemos bien organizado. Comparto la vivienda con un provincial, un hispano con tanto interés por las letras como yo, pero diría que con más recursos.

-¿Ése del que me querías hablar ayer a propósito de Lucano?

-Sí, se llama Marco Valerio Marcial. Hace un año que llegó a Roma. Y, desde entonces, no para de tender sus redes, como él mismo dice, para dejarse atrapar en la órbita de una gran familia, y parece que ya lo ha conseguido. Gracias a las recomendaciones que traía de Hispania y a su insistencia ha sido admitido en la clientela de los Séneca. El otro día estaba entusiasmado. Me dijo que había estado hablando con Lucano como de igual a igual y que éste le había prometido que, si se mostraba hombre de su total confianza, pensaba requerir su colaboración para un proyecto importante.

-¿Qué clase de proyecto? – preguntó Petronio en tono súbitamente seco, impersonal.

-Literario, supongo -respondí, algo desconcertado.

-¡Literario! -exclamó Petronio riendo- ¿Quieres decir algo así como unos recitales o un certamen de poesía? ¿Y para eso tiene que recurrir a un hispano desconocido?

-No le es desconocido del todo. Existe cierta relación entre sus familias. Además ¡yo qué sé! Te digo lo que él me ha dicho.

-Sí, tienes razón. Es imperdonable. Lo siento. Ya ves, yo que presumo de cortés y, de repente, la más pequeña incongruencia me saca de quicio. En fin… Mira, dile a tu amigo que no se fíe de Lucano. Como poeta puede pasar, pero como ser humano…tengo mis reservas. En todo caso tú mantente al margen de cualquier propuesta de tu amigo que provenga de Lucano.

-Comprenderás que todo esto me resulte bastante extraño. Entre la escena de ayer y tus palabras de ahora…no sé qué pensar.

-No pienses nada -sentenció Petronio-. No quieras saber. Recuerda a Horacio: «Tú no preguntes, funesto es saber…» Piensa que, a veces, la ignorancia protege la vida… ¿Te sientes mejor? Veo que has recuperado el color. Eso es debilidad, puedes estar seguro…y los vapores malsanos de la biblioteca. Quiero que un día de estos cenes conmigo. Hoy no. Dentro de un rato me esperan mis obligaciones nocturnas… placeres, lo llaman algunos. Pero pronto tendré alguna noche libre de compromisos. Nerón piensa pasar unos días en Antium y ha decidido que mi presencia no será necesaria. Por Júpiter, que no debe tramar nada bueno cuando pretende sustraerse a mi relajada censura estética… Así que esa noche cenarás conmigo. Comeremos bien, beberemos mejor y charlaremos a placer. Imagino que será inevitable que haya algún invitado más.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO II

Al día siguiente me presenté a media tarde. Me recibió muy amablemente y propuso que conversásemos paseando por el jardín.

-Precisamente estaba pensando en ti -dijo-. Pensaba que debes de tener guardada alguna obra que deseas que yo lea. Vamos -me animó ante mi visible azoramiento-, no es nada vergonzoso. Todos los que un día empezamos a escribir hemos pasado por eso.

-Es verdad que he escrito algunas cosas, pero no creo que estén a la altura de…

-¿A la altura de qué? -me interrumpió-. Las alturas se alcanzan subiendo poco a poco. ¿O eres de esos que sólo se conforman con algo perfecto?

-Quizá. A veces he pensado…

-Olvídalo, Lucio, olvídalo. La perfección no existe. Sólo el esfuerzo vale la pena.

-Pero el esfuerzo ha de tener un sentido…Algo así como una recompensa.

-¿Y quién te ha de dar esa recompensa?

-El juicio del público lector.

-El público lector tiene muy poco juicio, amigo mío. Lo que un día sobrevalora, al día siguiente lo menosprecia. Cierto que, de vez en cuando, algún autor se convierte en inmortal, como Virgilio, por ejemplo. Pero eso sólo significa que ha caído en manos de los profesores de gramática y de retórica, quienes se dedicarán a descuartizarlo durante generaciones. ¿Pero cúantos entre lo que se puede entender como público lector se entretienen hoy con Virgilio?…Aparte de nuestro querido Silio, claro está.

-Quizá tengas razón -reconocí-. Pero entonces ¿cuál ha de ser el criterio, la medida que nos permita valorar la propia obra?

-El tuyo, tu propio criterio. Nada más.

-Pues lo siento -confesé descorazonado-, pero yo me veo incapaz de discernir si algo mío vale o no la pena. A veces, leo un poema que acabo de escribir y me parece genial; lo releo al día siguiente y lo encuentro horrible. Por lo visto, no tengo criterio.

-Eso es cosa de la edad, es uno de los muchos defectos de la juventud. Como no se conoce a sí misma, tampoco puede conocer bien las propias obras. Pero se cura con los años. Con el tiempo, aprenderás a valorar tu arte como si se tratase del arte de un extraño.

-¿Crees que se puede llegar a ese grado de imparcialidad con respecto a la propia obra?

-Sí, se puede. Pero se trata de un proceso lento, gradual, que sólo se detiene, a veces, en el umbral de la senilidad. Por desgracia, el viejo suele recuperar la vanidad del joven pero no su inseguridad, lo que le convierte en un personaje grotesco.

-¿Pero no siempre es así? ¿No es cierto? -pregunté, negándome a ver a Petronio, veinte años después, como una figura grotesca.

-No, no siempre -respondió sonriendo-. Hay ancianos admirables.

-¿Y cuál es el secreto que permite que algunos lleguen a la vejez de una manera admirable y otros, convertidos en personajes grotescos?

-No hay secreto, amigo. O, si quieres, el mismo secreto que permite que unas personas sean estupendas y otras, estúpidas. Acostumbramos a achacar los defectos de los viejos a la edad. Y eso es un error. Es cierto que algunos aspectos del carácter se desarrollan con los años de una manera, diríamos, negativa. Pero ahí no está lo fundamental. Cuando vemos a un viejo estúpido, torpe, necio, egoísta, decimos «cosas de la edad», pero olvidamos, o no sabemos, que el viejo en cuestión fue un joven estúpido, torpe, necio, egoísta. El paso del tiempo cambia muy pocas cosas. Las materiales sí, el vigor corporal, la tersura de la piel, la fuerza de ciertos instintos, pero en el aspecto espiritual uno puede mantenerse siempre igual, o incluso crecer indefinidamente.

-¿Qué he de entender por eso que llamas «aspecto espiritual»?

-Todo lo que se relaciona con la mente, y lo que con ella puede adquirirse: la cultura, las buenas maneras, el arte, la ciencia, es decir, el patrimonio propio y exclusivo de los seres civilizados.

Petronio se detuvo. Se sentó en un banco adosado a la pared del jardín, indicándome que me sentara a su lado. A unos pasos, presidiendo una graciosa fuentecilla, había una estatua de Príapo con el cuerpo casi oculto por su enorme pene.

-Y piensa -prosiguió Petronio- que pertenecer a la categoría de personas civilizadas es un privilegio del que solo goza una ínfima parte de la humanidad, para concretar, solo los griegos y los romanos, siempre que restemos, claro está, los campesinos, los soldados, la plebe urbana, la mayoría de los esclavos y todos los juristas.

No pude menos que reír.

-Es gracioso que incluyas a los juristas entre la gente no civilizada.

-Tengo mis propias ideas sobre el asunto, pero no pienso exponerlas ahora. Sentiría echar a perder una tarde tan deliciosa.

Petronio permaneció unos instantes como abstraído, ausente, con la vista fija en el Príapo. Miraba pero sin ver.

-Y sin embargo -dije-, parece que incluso en una civilización casi perfecta como la nuestra existe la necesidad de no romper con la selva, con la barbarie. Ahí está ése para recordárnoslo.

-¿Quién?…¡Ah, el Príapo! Sí, naturalmente, el crecimiento del espíritu no ha de hacernos olvidar de dónde venimos y lo que básicamente somos. Somos animales de la selva, y el propio cuerpo es nuestro principal territorio, la fuente primera del placer y del dolor. Y también ha de ser nuestra primera conquista. Si uno no domina su cuerpo, es inútil que intente dominar nada.

-Siempre he pensado que eso requiere mucha sabiduría.

-No lo dudes.

-Epicuro enseñó cosas muy acertadas sobre ese asunto.

-Epicuro, como todos los filósofos, dijo cosas muy acertadas – Petronio hizo una pausa-. Lo malo de los filósofos es esa manía de querer encajarlo todo en un sistema coherente. Entonces es cuando se pierden y nos pierden. Van siguiendo la idea y pierden de vista la realidad.

-Y sin embargo, parece natural que el ser humano pretenda hacerse una idea racional y sistemática del mundo, sin limitarse a opiniones aisladas sobre determinados conceptos.

-Claro que es natural, ¿he dicho yo lo contrario? También es natural la búsqueda de la felicidad, y nunca se la encuentra por ninguna parte, al menos como nos la imaginamos.

-Permíteme que te diga que ésa es una idea que la mayoría de los hombres no aceptará nunca.

-Lo cual nada tiene que ver con su verdad o falsedad -afirmó tranquilamente Petronio.- Mira, si se tiene la mente muy despierta, cuando se llega a los cuarenta años, se hace un descubrimiento importantísimo: uno se da cuenta de que nunca, ningún hombre ha sido feliz.

-Debe ser un descubrimiento terrible.

-Sí, y también puede ser el principio de la verdadera sabiduría. ¿No estás de acuerdo? -preguntó en un tono francamente cariñoso.

-No lo sé -respondí con toda sinceridad.- Resulta duro pensar que el impulso que a todo hombre empuja hacia la felicidad no pueda ser nunca satisfecho. Por otra parte, todos conocemos personas que parecen realmente felices. ¿Por qué hemos de negar esa posibilidad?

-No la neguemos, si te parece. Pero las cosas seguirán siendo como son, concuerden o no con nuestras opiniones.

-Tú mismo, y perdona la intromisión, ofreces el mejor ejemplo de la persona perfectamente feliz.

-Amigo Lucio, no sabes nada de mi vida.

-Sé que, además de ser el escritor más grande de Roma, gozas de la amistad del César, hasta el punto de que eres el organizador de los placeres de la corte, ¿qué más se puede pedir?

-Organizador no, por Hércules. En todo caso, censor. Mi misión se reduce a combatir el exceso de mal gusto, y te aseguro que siempre tengo las de perder. Es cierto que, de unos años a esta parte, Nerón me distingue con su amistad. Pero eso no es un pasaporte para la felicidad, precisamente. Y para que no te hagas ilusiones respecto a mi supuesta sabiduría, te quiero confesar una cosa: si fuese sabio, es decir, si hubiese sabido conducir mi vida con verdadero arte, no estaría ahora en la situación en que me encuentro.

Pronunciadas estas para mí inquietantes palabras, se levantó, y yo a continuación, dispuesto a acompañarle. Entonces apareció en el jardín un criado, que se detuvo a unos pasos de nosotros.

-¿Qué ocurre, Eutimio? -preguntó Petronio.

-Señor, ha venido Anneo Lucano. Dice que es muy importante que le recibas.

-Hazle pasar -dijo Petronio, y dirigiéndose a mí-. Hoy es tu día de suerte. Vas a conocer a un poeta de verdad. Seguro que has oído hablar de él. Aunque es todavía muy joven. Los temas que suele elegir no son precisamente de mi gusto, pero reconozco que hace tiempo que nadie había trabajado tan bellamente los ritmos y las palabras como Lucano.

-¿El sobrino de Séneca?

-El mismo, ¿le conoces?

-No, pero he oído hablar de él. El amigo con quien comparto vivienda me ha contado…

-Por cierto -me interrumpió Petronio-. Todavía no sé dónde vives ni cómo. Pero luego hablaremos de eso, ahí viene.

Era un joven realmente hermoso, tostado de piel, de ojos negros y cabello abundante y ondulado. Con rapidez increíble pasó la mirada de Petronio a mí y de mí a Petronio. Al instante comprendí: yo sobraba.

-Salud, Petronio. He de hablarte de los preparativos del banquete -dijo, al tiempo que me dirigía otra rapidísima mirada.

-Perdona, Lucano -dijo Petronio-, pero ya sabes que ése es un asunto que no me interesa. Creo que quedó bien claro que no pensaba asistir.

Lucano enrojeció de repente. Parecía como si fuese a estallar.

-Perdóname tú, Petronio -dijo, como si estuviese conteniendo una potente rabia-, pero sabes que todos los que han sido invitados tienen que asistir.

-A mí no me afecta eso. Yo siempre he sido un invitado silencioso, lo sabes bien.

Estaba claro que era mi presencia lo que forzaba el intercambio de aquellas frases absurdas.

-Disculpadme, pero he de marchar -dije entonces.

Petronio me tomó del brazo.

-No, no tienes que marchar -dijo-, aún hemos de hablar de muchas cosas. -Y dirigiéndose a Lucano-. Dile al mayordomo que esta misma noche hablaré con él en palacio. Pero no es necesario que te vayas. Puedes quedarte con nosotros. A no ser que ahora te interesen más los banquetes que la poesía.

Los ojos de Lucano se inyectaron en sangre. Parecía que iba a hablar, pero todo se redujo a unos violentos temblores de la barbilla, y entonces dio media vuelta y desapareció sin decir palabra.

-Siento que por mi culpa no hayáis podido tratar de vuestro asuntos -dije, realmente preocupado.

-¿Por tu culpa? No digas tonterías -afirmó Petronio tranquilamente-. Lucano es un poeta aceptable, pero sus maneras siguen estando muy por debajo del nivel de su arte -y lanzó un profundo suspiro-. Ser joven es realmente un problema…Y ahora me disculparás, pero de aquí a un rato he de estar en palacio.

Quedé atónito.

-Me sorprendes -no pude menos que decirle-. Podía haberme ido hace un momento, cuando lo he propuesto.

-De ninguna manera -afirmó Petronio con energía-. Nadie viene a mi casa a echar fuera a un amigo. Si te hubieras ido entonces, habría sido el triunfo de los malos modos. Y todos los malos modos se resumen en lo que Lucano nos acaba de ofrecer: la impaciencia.

(CONTINÚA )

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CONVERSACIONES CON PETRONIO I

                                             

Finalmente me recibió. Al mediodía. Un criado me acompañó hasta la entrada del gabinete de estudio. En el suelo, a modo de bienvenida, un mosaico reluciente dibujaba la palabra SALVE.

En cuanto me vio, Petronio despidió a los dos muchachos que parecían ultimar algún detalle de su tocado, y me indicó que me aproximase. Estaba de pie. Era un poco más alto que yo, de facciones distinguidas, ojos grises, ni grueso ni flaco, algo nervudo, cabello negro y corto.

-Así, que tú eres Lucio Antonio, el sobrino de Silio Itálico.

-Sí, señor -contesté.

-No me llames señor. Es una moda que no soporto. ¿Acaso eres mi esclavo? Ya tenemos un señor. Es suficiente, ¿no te parece?

No supe qué decir. La alusión a César Nerón me desconcertó. Sabía que Petronio gozaba de la máxima confianza de Nerón. Y sin embargo, en sus palabras creí advertir cierta ironía.

-Bien, tú dirás -insitió Petronio, quizá incómodo ante mi mutismo-. La carta de tu tío no me ha permitido hacerme una idea clara del motivo de tu visita. Hay personas, y no lo digo en especial por Silio, que escriben tan bien, que gozan tanto de la música de sus palabras, que se olvidan de lo que tienen que decir.

-Si existe alguna confusión en esto -me apresuré a aclarar-, no la pongas en la cuenta de mi tío, sino en en la mía propia.

-No se trata de echar las culpas a nadie. Silio es un amigo excelente. Lástima que nos veamos tan poco. Pero eso tiene su lado bueno. En contra de la opinión más corriente, yo creo que la distancia fortalece la amistad. La verdad es que nada le podría reprochar a Silio. Nada excepto dos cosas. La indecencia que en estos tiempos representa su austeridad de vida, y su admiración inmoderada por Virgilio. Nada se ha de practicar de forma inmoderada. Y la admiración, menos que nada.

Parecía toda una advertencia. Inútil. Porque con sólo ver y oir a la persona, había comprendido que la admiración desmedida que en la lejanía había cultivado, estaba más que justificada.

-Entonces, permíteme que te explique…

-Pero, ven, siéntate -me interrumpió, y a una señal suya, el criado que permanecía junto a la entrada se acercó y, tomando una jarra de una mesita próxima, llenó dos copas de agua y nos las entregó-. Nada mejor que un trago de agua fresca después de levantarse. Bien, tú quizá hace rato que te has levantado. Pero, no creas, también yo he madrugado, a mi manera. Y es que esta noche ha sido especialmente aburrida. Sólo te diré que me he acostado antes de amanecer. Pero, habla, habla. Seguro que son más interesantes tus virtudes que mis vicios.

No pude menos que sonrojarme.

-Nací en Nápoles, hace veintiún años. Allá he pasado toda mi vida. He estudiado desde que tengo uso de razón, y sigo estudiando. Sobre todo las letras. He tenido varios maestros, unos peores que otros.

-Ya entiendo. Y a pesar de eso, no te has desanimado.

-No, no me he desanimado. Pero casi. Los ejercicios de retórica me parecían cada vez más absurdos. De vez en cuando, intentaba por mi parte algo diferente, pero sin excepción era condenado por maestros y condiscípulos.

-¿Hasta que?…

-Hasta que cayó en mis manos un libro excepcional, una historia increíble, de tan verídica, escrita en un estilo perfecto, es decir, en un estilo que se va adaptando a los hechos y a los personajes como la piel a cada uno de los pliegues de nuestro cuerpo.

-¿Y cómo se titula esa maravilla?

Satiricón.

Petronio apuró la copa, que al instante recogió el criado; me miró fijamente y una amplia sonrisa iluminó su rostro.

-¿Y qué tiene eso que ver con tu visita?

-Quería conocer al autor.

-¿El autor de Satiricón? Nadie lo conoce.

-Todos afirman que es Tito Petronio Níger.

-No creas lo que dicen todos. Ni creas lo que dice uno solo.

-¿Qué he de creer entonces?

-Sólo lo que veas y lo que toques, y lo que tu propio juicio te indique.

-Mi juicio me indica que el autor de esa obra maestra sólo puedes ser tú.

En su rostro, de repente ensombrecido, creí advertir un gesto de contrariedad. Me había equivocado. Mi precipitación, mi falta de tacto, podían tener consecuencias irreparables para mí. Después de caminar unos pasos en dirección a la puerta, se volvió hacia mí, que, resignado, estaba ya de pie, dispuesto para despedirme. Su rostro sonreía de nuevo.

-Siéntate.

Él también se sentó.

-¿Hace tiempo que estás en Roma? -preguntó.

-Menos de un mes.

-¿Y cómo la has encontrado?

-Magnífica, soberbia. Nunca me la hubiese imaginado así. Y menos, después del incendio. Viniendo desde el Quirinal, he visto cómo terminan de construir hileras de bloques de pisos perfectamente alineados.

-Sí, aún no hace un año del gran incendio y, ya ves, nadie lo diría. Sólo la febril actividad constructora delata que algo debió de ocurrir. Lo cierto es que el incendio ha resultado beneficioso para la ciudad. De repente, todos se han sentido parte de algo común, todos han colaborado al máximo, empezando por el mismo César, que desde el primer momento se ha preocupado de dar acogida a las víctimas y de que se aceleren los trabajos de reconstrucción.

-Se ha dicho muchas cosas a propósito del incendio…

-Todas falsas.

Petronio me miró inquisitivamente y, ante mi silencio, prosiguió.

-¿Qué cosas?

-Lo que todo el mundo dice. Que si el incendio fue provocado, que si los mismos vigilantes del fuego lanzaban teas encendidas, que si algunos soldados impedían que se apagase…Pero no lo creo. Además, los culpables ya fueron descubiertos y castigados.

-¿Y eso lo crees?

-Las autoridades así lo decidieron. ¿Cuál pudo ser, si no, la causa del fuego?

-La causa del fuego…¡Por favor! Si vivieses en Roma, sabrías que aquí, día sí día no, se declara un incendio, normalmente sin graves consecuencias, excepto para los afectados, claro. No hay que buscar causas extrañas. Cada una de las inumerables casas y casuchas de la ciudad contiene la chispa que podría pegar fuego a toda Italia. Lo extraño es que no se produzcan con más frecuencia catástrofes como aquella. Y eso es lo que pretenden evitar las nuevas normas de construcción.

-Pero hubo unos acusados, unos culpables que fueron durísimamente castigados.

-El pueblo siempre exige culpables, y el poder siempre ha de satisfacer las exigencias del pueblo.

-¿También las irracionales?

-Sobre todo las irracionales. Las otras se pueden tratar de muy diversas maneras, si no conviene satisfacerlas.

Estaba desconcertado. No sabía si sus palabras correspondían fielmente a su pensamiento, o si constituían un juego brillante que enmascaraba otras ideas. Sentía la necesidad de indagar en esa dirección.

-Pero, esos culpables, o falsos culpables, ¿quiénes son?

-Extranjeros, esclavos y algunos romanos de baja estofa…Parece que forman una hermandad más o menos criminal, de origen judío, creo. Aunque últimamente se ha sabido de algún ciudadano ilustre que se ha unido a la secta, la esposa de un amigo mío, por ejemplo…Lo que me ha hecho pensar que quizá no sea nada criminal. Conozco muy bien a Plaucia.

-¿Y qué buscan? ¿Qué quieren?

-No lo sé. Dicen que tienen por dios a un hombre que murió crucificado…Pero no en los tiempos olímpicos, ni en los tiempos heróicos, no. Nada menos que bajo el mandato de César Tiberio, es decir, hace unos treinta años. ¿Te imaginas? ¡Un dios viviendo en nuestros tiempos!

-Es increíble, sí. La divinidad no puede surgir en la historia, sino antes de la historia, fuera de la historia. En el mito.

-Veo que lo entiendes muy bien. Pero tampoco hemos de exagerar. Recuerda a nuestros césares divinizados. De todos modos, seguro que eres un estudiante muy aprovechado. Haces bien en evitar a los profesores de nuestro tiempo. Se han quedado con la cáscara de las cosas y han dejado escapar toda la sustancia. Ahora, debes aprender por ti mismo.

-Siempre es necesario un maestro. Al menos a mi edad.

-No lo creas. A tu edad yo ya había recorrido medio mundo, y hacía tiempo que había prescindido de los maestros.

-La comunicación con un hombre más sabio es siempre provechosa -insistí.

-No lo dudo. Pero, ¿cómo se le encuentra? Es fácil encontrar hombres que sepan más que uno, pero que sean más sabios, sabios en el sentido antiguo de la palabra…eso es mucho más difícil. Y con el tiempo llegará el momento en que te será imposible.

-Yo me conformaría con que tú, según tu criterio y conveniencia, me concedieses algunos ratos de conversación.

-¿Para qué?

-Para aprender y conocerte.

-¿Crees que soy sabio?

-Creo que me puedes dar todo lo que mis maestros me han negado hasta ahora.

-Reconozco que tus palabras me halagan. Por otra parte, no hay nada tan placentero como tratar del arte y de la vida con un joven de tus condiciones. Y no soy de los que saben despreciar placeres. Pero ahora debo marchar. Puedes volver mañana.

En cuanto llegué a casa, me puse a escribir. Y en todo lo que dejé escrito no faltaba ni sobraba una palabra de la conversación mantenida con Tito Petronio Níger aquel día, calendas de abril del año 818 de la fundación de la ciudad.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO. Introducción

LUCIO ANTONIO TURNO A PUBLIO CORNELIO TÁCITO

Puedes estar seguro, amigo Cornelio, que pasarás a la historia como uno de los grandes artistas de la historia. He leído tus Anales. Si Tito Livio viviese, no lo habría hecho mejor. Pero nuestros días son muy diferentes de los suyos, y la historia que tú cuentas poco tiene que ver con la que él nos dejó. Lo que en Livio era épica pura -juego inocente de los hombres y los pueblos en pos de su destino-, en ti es pura miseria moral -degradación imparable de unas almas sin norte ni sentido. Tus historias me han producido náuseas…¿A eso hemos llegado? ¿Toda está tan corrompido? Claro que, finalmente, acaban bien: después de la larga oscuridad llega el linaje de los príncipes justos. Entonces…¿ha sido todo un sueño, una espantosa pesadilla?…No, sabes bien que no. Sabes, como yo, que todo el mal que describes, desde Tiberio hasta Nerón, es ya nuestro, forma parte inseparable de nuestras almas.

Hay muchas maneras de enfrentarse a los hechos. Y yo no discuto que todo fuera tal como tú lo cuentas. Sólo que hay una diferencia entre nosotros: tú los cuentas y yo los viví. Y me refiero, naturalmente, a algunos acontecimientos de los últimos años del principado de César Nerón. Tú eras un niño cuando las circunstancias me permitieron ser testigo de ciertos «hechos históricos» y conocer a algunas de las personas que los desencadenaron y los sufrieron.

El problema es que yo no soy historiador. En mi juventud me dio por la poesía, ¿recuerdas?…No, cómo lo vas a recordar. Pero no tuve fortuna como escritor, eso sí lo sabes. Quizá por la torpeza de mi arte, quizá porque mis cualidades y la época que me ha tocado vivir no se han acomodado de ningún modo.

Sé, amigo Cornelio -¿pero se puede llamar amigo a quien te ignora?-, que para componer tu obra trabajaste infatigablemente en la búsqueda de testimonios documentales y orales…Pero a mí nada me preguntaste. ¿Dudabas de mi imparcialidad? ¿O simplemente te olvidaste de mi existencia? Tanto da. En todo caso, lo que yo te hubiese podido aportar en muy poco o en nada habría cambiado el contenido de tu magnífico relato. Sólo que, quizá, hubieses advertido que los personajes de la Historia, como todos los seres humanos, no son simples compuestos de vicios y virtudes en cantidades mensurables; que poseen algo más. Algo que el más grande de los historiadores no podrá nunca captar. Quizá un poeta…

No presumo de poeta. Ya no. Pero hubo una vez un joven que atendía por mi nombre…Me cuesta reconocerme en él. ¡Ha pasado tanto tiempo! Un tiempo largo y vacío. Un tiempo sólo lleno de silencios y cobardías. Y no pienso ahora en los grandes temas de la política y la historia, que tan agudamente tratas con tu pluma. No. Pensaba en mí mismo. Y en que hay cosas que no tienen remedio. Amigo Cornelio, no he sabido ser el que soñaba llegar a ser. Y convendrás conmigo en que eso, a los setenta y tres años de edad, no tiene ningún remedio.

Tenía veintiuno cuando llegué a Roma procedente de mi Nápoles natal. Era un joven lleno de ilusiones y de esperanzas, y en el centro mismo de esos sentimientos había colocado un nombre, el nombre de una persona que, desde su lejanía de escritor famoso y hombre de mundo, me había abierto los ojos a la realidad del arte y -suponía yo- de la vida. Tito Petronio Níger. Esa fue la estrella que guió mi viaje. Astro que todavía brilla en las noches más oscuras de mi existencia.

Llegué a Roma para conocer a Petronio, para tratarle a fondo y beber en la fuente inagotable de su sabiduría. Y lo conseguí. Cierto que el primer paso me fue facilitado por la recomendación de mi tío Silio Itálico. Pero, aunque necesario, no era ése un paso decisivo. A otros vi llegar hasta Petronio más altamente recomendados y ser despedidos en breve con unas palabras de cortesía.

No, estoy seguro que su amistad me la gané por méritos propios, es decir, por mi absoluto convencimiento de que la había de merecer. Si en el resto de mi vida una convicción semejante hubiese guiado mis pasos.

Desde aquel día de abril frecuenté a Petronio hasta su digna salida de escena. Un año escaso de trato continuo durante el cual pasé de la adolescencia a la madurez, gracias, también, a las especiales circunstancias -¡los hechos históricos!- que el destino dispuso a mi alrededor. Las notas que fui tomando, la transcripción fiel de nuestras conversaciones llegaron a ocupar varios volúmenes. Pensaba que con ello tendría la base de la sabiduría que me habría de sostener en toda mi existencia posterior. Quizá. Pero es el caso que, desde la desaparición del maestro, no me atreví a posar la mirada sobre aquellos volúmenes hasta…

Hasta que, cincuenta años después, la lectura de tus Anales me impulsó a volver a aquellos viejos papeles. Y desde entonces -hace de eso dos años- no he tenido otra actividad que pasar aquellos apuntes adolescentes, llenos de fervor y temblor, por el filtro de la serenidad otoñal.

Ha sido fácil. La operación principal ha consistido en poner «dijo» o «dije» donde decía «ha dicho» o «he dicho», es decir, convertir en pasada la acción que en mis notas es presente casi inmediato.

¿Por qué todo esto? ¿Por qué he de enviarte a ti, que me has ignorado, el fruto de mi trabajo? No lo sé. Tenía necesidad de poner en limpio mis recuerdos, y también de que una persona autorizada como tú los conociese. No, no es necesario que me contestes. A mí no. A otros, quizá. Entonces, habré satisfecho la doble deuda que tenía pendiente. Conmigo, obligándome a mirar cara a cara un pasado cada vez más lejano e idealizado; con el mundo, dándole a conoce el rostro auténtico y desconocido de un hombre de verdad: Tito Petronio Níger.

No he de añadir nada más. La respuesta a las interrogantes que tal vez te formules están en los volúmenes que acompañan a esta carta. Si fuese necesario un título, no se me ocurre otro que el que le he puesto.

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann VIII

CIPRIANO.- Yo mismo, con tu permiso.

TEODORO.- Estupendo, porque la verdad es que, aunque parezca extraño, hoy no tengo ningún relato.

CIPRIANO.- Extraño sí que parece, pero mejor, así mi obra se evitará compararse con la tuya.

OTAMAR.- No nos pongamos ahora competitivos, y lee, Cipriano.

CIPRIANO.- Es una historia sin pretensiones, con poca fantasía y algo triste…bueno, como la vida misma. Pero vosotros juzgaréis. Empiezo [clicar AQUÍ y, después de leído el relato, regresar a esta pantalla]

                                                            DOPPELGÄNGER

LOTARIO.- Hay que reconocer que es una historia bastante melancólica.

CIPRIANO.- Triste, ya lo he advertido.

OTOMAR.- Estoy de acuerdo. Y además creo que esa tristeza se presenta en dos frentes: el estilo y el contenido.

CIPRIANO.- ¿Quieres decir que mi estilo es más bien triste?

OTOMAR.- Ya me entiendes, Cipriano. Lo que estoy diciendo es que se trata de un relato perfectamente ajustado en cuanto a forma y fondo.

SILVESTRE.- De acuerdo, pero ¿de dónde viene ésa tristeza de fondo que impregna todo el relato?

LOTARIO.- De la imposibilidad de realizar los sueños, quizá.

CIPRIANO.- Sí, aunque no hay que tomar eso de una manera general. Aquí se trata de un caso concreto, de una persona con supuesta fuerza creativa, que, por debilidad de carácter o por comodidad, renuncia a su sueño más querido. Porque, por otro lado, sabemos que hay muchas personas que apenas tienen problema en conseguir lo que se proponen.

OTOMAR.- Cierto, pero ésa suele ser la segunda parte de la tragedia… Quiero decir que, como apuntó Oscar, sólo hay una cosa peor que no alcanzar lo deseado, y es alcanzarlo.

CIPRIANO.- Eso es sólo una brillante paradoja.

OTOMAR. – Que describe una evidente realidad. El mundo está lleno que gente que ha obtenido lo que se proponía y que continúa insatisfecha. ¿O crees acaso que si Leónidas hubiese destacado, en su momento, como gran escritor, hubiese sido más feliz? No, simplemente no habría tenido ese problema.

CIPRIANO.- Como quieras Otomar, pero yo no he planteado en el relato el problema filosófico de la imposibilidad de la felicidad, simplemente he descrito un caso de renuncia a los ideales por… cobardía. Porque en definitiva se trata de eso.

SILVESTRE.- Por cobardía o, a veces, por simple necesidad. ¡En cuántos casos el que se siente llamado para un arte tiene que dedicar casi todo su tiempo y esfuerzos en la humilde tarea de ganarse la vida!

OTOMAR.- Siempre hay un resquicio, siempre hay una vía para que el genio salga a la luz o, dicho más modestamente, para que uno pueda cumplir con su tarea ideal.

LOTARIO.- Con su destino, dilo ya.

OTOMAR.- Sí, con su destino. Pensad en cuántos grandes escritores, desde Cervantes hasta Henry Miller, pasando por Dostoyevski, han tenido que luchar con circunstancias desfavorables de muy diversa naturaleza. Y el caso más curioso es el del maestro: desde siempre creyó que su auténtica vocación era la música, pero tuvo que estudiar y ejercer el derecho, cosa que hizo, por cierto, con una competencia y honradez reconocida por todos… y al final triunfó en literatura.

SILVESTRE.- Sí, el caso de Hoffmann es la más curiosa combinación que se conoce de todo eso que llamamos predisposición, cualidades, vocación, necesidad, destino, conveniencia…

OTOMAR.- Y no hemos de olvidar que, si finalmente se impuso la literatura, fue porque era lo que más le rendía económicamente. Un caso extraño, desde luego.

CIPRIANO.- Pues a mí lo que más extraño me parece es que, desde que he acabado la lectura, Teodoro no haya abierto la boca.

TEODORO.- Quieres decir que no la haya cerrado. Porque todavía sigo con la boca abierta.

CIPRIANO.- ¿Con la boca abierta? ¿Se puede saber por qué? No será por la calidad de la obra. Viniendo de ti, me parecería un cumplido difícil de creer.

TEODORO. – No, la historia no está mal. Pero lo que me ha dejado estupefacto es un detalle sin importancia, pero que me afecta.

CIPRIANO.- Creo que ya sé por dónde vas.

TEODORO.- Y no lo repruebo. No está mal eso de robar un personaje y darle una historia previa, un pasado.

LOTARIO.- Ah, ya sé de qué habláis. Yo también lo he pensado. Cuando Leónidas ya es viejo y se le describe como… es eso ¿no?

TEODORO.- Sí, como un hombre casi completamente calvo, delgado y encorvado y que pretende escribir algo que nos ilumine definitivamente sobre la miseria y el misterio de nuestra condición… ése no puede ser otro que mi narrador de los relatos del espíritu Alfredo.

CIPRIANO.- ¿Te molesta?

TEODORO.- No, al contrario, ya te lo he dicho. A primera vista, uno se puede imaginar perfectamente que Leónidas, ya mayor, escribe y vive las historias del espíritu Alfredo, pero… me parece que hay un detalle importante que no cuadra.

CIPRIANO.- ¿Y es?

TEODORO.- El carácter. Yo diría que mi narrador es un tipo más bien lúcido y cínico, mientras que tu personaje me parece bastante romántico (en el mal sentido de la palabra) y algo blando.

CIPRIANO.- Quizá tengas razón, y la verdad es que, cuando lo he acabado de escribir, también yo he pensado algo así. Pero no me he podido resistir al placer del juego.

SILVESTRE.- Eso está muy bien, todo el mundo tienen derecho a jugar con lo que los creadores ponen a disposición de todo el mundo. Aquí mismo tenemos esa curiosa versión del Doble que nos ha dado Cipriano.

CIPRIANO.- ¿Curiosa?

SILVESTRE.- Hombre, es evidente que lo que la tradición romántica (en el buen sentido), principalmente germánica, nos ha dado sobre ese fenómeno, suele ser un personaje maligno, tenebroso o, cuando menos, inquietante, y aquí el Doppelgänger de Leónidas se nos aparece más bien como una especie de ángel de la guarda que pretende llevarle por el buen camino.

OTOMAR.- Bueno ¿y qué? No hemos de ser esclavos de la tradición.

SILVESTRE.- Naturalmente que no, sólo he señalado un aspecto, unas diferencias con el patrón tradicional…

CIPRIANO.- Bueno, bastantes cosas se han señalado ya de mi historia…

                                             FIN  (provisional?)

                                               de

          FANTASÍAS A LA MANERA DE HOFFMANN

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Fantasías a la manera de Hoffmann VII

Verano de 2008. El largo día de la vigilia de San Juan aún no ha se ha apagado. En la terraza de un bar situado en un parque de la ciudad se van sentando los amigos. Después de saludarse y cambiar las primeras impresiones, se deciden por el champagne.

TEODORO.- Bien, supongo que estas largas semanas habrán sido fecundas para los que tengan algo que decir.

SILVESTRE.- Y aunque no lo hayan sido, como en mi caso, el sólo hecho de reunirnos, beber y charlar es todo un premio para cualquiera.

LOTARIO.- Estoy de acuerdo. De todos modos no os negaré que me siento algo frustrado. He estado releyendo las copias de todos los relatos y he llegado a la conclusión de que el mío es el más flojo.

OTOMAR. – Lotario, esto no es un concurso literario. Además, si quieres que te diga la verdad, ni siquiera sé cuál fue el relato que nos leíste. Y creo, que más o menos a todos les ocurrirá la mismo.

CIPRIANO.- Yo tengo la impresión de que lo que veladamente pide Lotario es que le demos la oportunidad de corregir la supuesta pobre impresión que nos causó, ofreciéndonos ahora algo realmente genial.

TEODORO.- ¿Es verdad eso, Lotario?

LOTARIO.- Bueno, la verdad es que he escrito algo…pero no quisiera ser el primero en leer.

OTOMAR.- Perfecto, porque yo, en cambio, estoy impaciente por leer el mío y ya me perdonará Teodoro si invado alegremente su territorio.

TEODORO.- ¿Mi territorio? ¿Se puede saber de qué hablas?

OTOMAR.- A ver. No me negarás que, entre nosotros, eres considerado el gran especialista en todo lo relativo al funcionamiento anómalo de la mente, todos recordamos tu espléndido relato La máquina del doctor Kusev, pues bien, yo me he permitido tocar también el tema en mi relato.

CIPRIANO.- Me encantaría escuchar una historia de locos.

TEODORO. – Hablar de “locos” es una actitud muy simplificadora. No hace falta que os explique…

CIPRIANO.- No, no hace falta. A ver, Otomar…

OTOMAR.- Sí, simplificando, es la historia de un loco. Aunque, pensándolo bien, los verdaderos locos son los que no aparecen en la historia, pero han posibilitado el proceso.

SILVESTRE.- Va, Otomar, déjate de explicaciones y empieza de una vez.

OTOMAR.- Empiezo. [ Clicar AQUÍ y, después de leído el relato, regresar a esta pantalla ] 

                                 E PLURIBUS… UNUM ?

TEODORO.- Genial, Otomar. Breve, conciso, contundente…

SILVESTRE.- Y lo mejor de todo, el coup de théâtre final.

LOTARIO.- No sólo el final. Yo creo que tiene mucho de teatral. ¿No os lo imagináis como un monólogo dicho ante un público?

CIPRIANO.- La verdad es que sí. Y la carga de malevolencia, por decirlo de un modo suave, es realmente importante.

OTOMAR. – Gracias. Es el simple fruto de una inspiración momentánea, que quizá no se vuelva a presentar. Y ahora yo, autor ignorante, creador inocente, tal como hemos acordado que debe ser, pregunto al experto, ¿puede darse una persona real con estas características?…Es a ti, Teodoro.

TEODORO.- Ya, bueno, paso por alto las ironías y contesto a la pregunta: por supuesto que puede darse, y se da. Individuos con la personalidad escindida y que viven esa escisión con plena conciencia y el consiguiente sufrimiento.

LOTARIO.- Todos vivimos con la personalidad escindida.

CIPRIANO. – Dos almas, ay de mí,

                     se dividen en mi seno,

exclama Fausto al principio de uno de sus monólogos.

OTOMAR.- Sí, pero la división de que habla Goethe es la de siempre, la de toda la vida, la del individuo que se debate entre sus buenos propósitos y sus malos instintos, la del que es campo de la eterna batalla entre el ángel y la bestia o, por decirlo de manera más racional y aséptica, entre el intelecto puro y la naturaleza animal. Es también la escisión que representa el maestro en alguna de sus obras, especialmente en Los elixires del Diablo. Pero ésta que se ilustra en mi relato es distinta, más moderna, de hecho, tiene poco más de un siglo de antigüedad y no puede llamarse simplemente “escisión”, quiero decir que no es una división en dos, al modo antiguo, sino una multipartición, una fragmentación. El sujeto no queda dividido en dos, sino en una multitud. El Yo no existe.

TEODORO.- Vaya, vaya, mira por dónde parece que nuestro inocente e ignorante autor Otomar ha echado mano de toda una batería de teorías para fundamentar su relato.

OTOMAR.- Eso no es exacto. No “he echado mano de”. El relato me ha salido sin pensar, ya os lo he dicho, pero luego me he puesto a investigar sobre el asunto y he dado con los “promotores” de esa moderna actitud, que ejemplifica mi protagonista. Mirad, guardo por aquí unos apuntes de textos que he encontrado sobre el tema. Leo:

La contraposición que Nietzsche realiza entre el Ich cartesiano, sea concebido como yo o como alma, y el Selbst, permite la apertura a la idea de un sujeto múltiple donde la ficción de la identidad es pensada como juego constante de estructuración-desestructuración, y, en este sentido, es siempre provisoria.”

Y este otro:Nietzsche, anticipándose a Freud, plantea este problema con la idea de que el yo es una ficción, una sustancia inexistente. Se trata, en la visión de ambos pensadores, de una pluralidad de fuerzas en conflicto. Cada uno de nosotros es la lucha de muchos yoes (Nietzsche) o la tensión de instancias internas al individuo que se contraponen (Freud) y no la unívoca manifestación de una esencia”.

CIPRIANO.- Bien, pues si el yo no existe, la actitud de tu protagonista parece más bien normal. Quiero decir que no estaríamos entonces ante un caso de locura, sino ante una manifestación lógica de la verdadera naturaleza humana.

SILVESTRE.- ¿Creéis realmente que, a pesar de todo, no existe en cada uno de nosotros un núcleo central al que se pueda llamar “Yo”?

OTOMAR.- El sentido común dice que sí, que existe ese Yo.

CIPRIANO.- Sí, pero el sentido común no es una herramienta preciada en filosofía. Ni en psicología, ni, por supuesto, en el arte.

OTOMAR.- ¿Pues para qué sirve entonces el sentido común?

CIPRIANO.- Para la cocina, según un famoso filósofo… aunque últimamente algunos grandes cocineros también lo están expulsando de los fogones.

TEODORO.- De todos modos, por mucha división que reine en la conciencia del individuo, yo no me resigno a descartar la vieja realidad del Yo.

OTOMAR.- Nadie se resigna, quiero decir que todo el mundo piensa y actúa como si ese Yo nuclear existiese realmente, independientemente de que exista o no. Pero otra cosa son las teorías…

LOTARIO.- Sí, los juegos caprichosos de fantasía que los pensadores trazan sobre el acontecer necesario de la realidad.

CIPRIANO.- Tienes razón, Lotario. Caprichosas o no, las construcciones de los pensadores más o menos científicos, son incapaces de apresar la realidad. Por este motivo, una “verdad” científica suele ser invalidada por otra que le sucede en el tiempo. No ocurre así en el arte, donde cada obra es una verdad inamovible. Y es que, a diferencia de lo que ocurre en la ciencia, en el arte no se puede hablar de progreso. La astronomía moderna constituye un progreso frente a la astronomía de Tolomeo, pero El Castillo de Kafka no constituye un progreso frente a la Divina Comedia de Dante: ambas son obras cumbre de la literatura mundial, sin que el tiempo ni los «descubrimientos» que median entre una y otra tengan ninguna relevancia en sus respectivos méritos artísticos.

TEODORO.- Has hablado muy bien, Cipriano. Pero ya va siendo hora de que alguien nos regale con otro relato.

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann VI

TEODORO.- Eso es cierto. Y de esa honradez literaria es de donde surgen las obras vivas con personajes vivos, tan vivos que a veces no quieren morir. Me ha ocurrido hace poco. ¿Recordáis aquel primer relato del espíritu Alfredo? Yo creía que lo había terminado. Pues bien, el espíritu se me ha vuelto a aparecer, cosa nada rara entre los espíritus, supongo.

LOTARIO.- ¿Otro relato sobre Alfredo? ¡Ésa sí es una buena noticia! ¿Lo tienes aquí? ¿Nos lo puedes leer?

TEODORO.- Naturalmente, para eso estamos. Ahí va.

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                                            FINDE

SILVESTRE.- Tengo la impresión, querido Teodoro, de que con esta historia nos quieres decir algo.

TEODORO.- Las historias siempre dicen algo, querido Silvestre.

SILVESTRE. – Ya me entiendes. No es lo mismo narrar unos hechos despreocupadamente, o sin más preocupación que la de mantener una forma bella y eficaz para atrapar al lector, que tramar un relato con un objetivo trascendente, quiero decir, con una actitud alegórica, o metafórica, o simbólica, no sé cuál sería aquí el adjetivo más correcto.

TEODORO.- No ha sido esta mi intención, te lo aseguro. Y por otra parte, no sé cuál podría ser aquí la cosa simbolizada, o alegorizada, o lo que sea. Os aseguro que, al menos en esta ocasión, no se me ha ocurrido ni significar ni demostrar nada. Simplemente, me he dejado llevar por la misma inercia de la historia.

LOTARIO.- Así es como procede todo buen escritor, creo yo.

OTOMAR.- Sí, este tema ya lo hemos tratado en otra ocasión: que el buen escritor, el artista, no pretende demostrar nada, sino sólo mostrar, pero mostrar de la manera más efectiva, o sea, conmovedora, que sea posible.

CIPRIANO.- Muy bien, con este relato Teodoro no ha querido demostrar nada, sino sólo mostrar, como buen artista que es, en eso estamos de acuerdo… Y sin embargo, los significados están ahí, y exigen ser comentados.

TEODORO.- ¿Los significados? ¿Tú también, Cipriano? Me tenéis sobre ascuas. ¿Quiere alguien ilustrarme sobre esos significados de los que el autor no tiene ni idea?

OTOMAR.- No te alteres, Teodoro, eso es normal. No sólo en literatura, también en la vida corriente suele ocurrir que uno hace cosas que sólo los otros pueden interpretar correctamente.

CIPRIANO.- Para empezar, tomando los dos relatos del espíritu Alfredo en conjunto, lo primero que destacaría es el hecho de que la historia parece contada por un narrador que es también personaje, pero no de la manera corriente del que cuenta una historia que ha vivido, sino de otra, bastante más original, aunque hay precedentes, del que crea la historia que va viviendo, o mejor dicho, del que vive la historia que va creando. Aquí ya tenemos un enfoque claramente filosófico, pero que no se decanta por uno de los extremos de la habitual dicotomía, realismo o idealismo, sino que contempla ambos simultáneamente como caras de una misma moneda: el objeto existe y el sujeto también, pero uno no es concebible sin el otro. 

TEODORO.- Te juro por los dioses que no había pensado en nada de eso.

OTOMAR.- Ese es precisamente el don del artista. ¿Acaso Cervantes, o Shakespeare, o Kafka, habían pensado en todo lo que se ha descubierto en sus obras respectivas?

SILVESTRE.- La inocencia creadora, sí… Aunque no me imagino a nuestro amigo Teodoro tan inocente.

TEODORO.- No, claro. Hay un aspecto que tuve muy claro desde el principio. Y es que el espíritu Alfredo no es diferente del espíritu de cualquier ser humano. Quiero decir que representa la parte no material de la persona. Aquella que puede sentirse como encarcelada en la prisión del cuerpo del modo que nos ilustra la filosofía platónica, y también la cristiana. Pero yo he adoptado un enfoque inverso al habitual. Lo normal, desde el punto de vista místico o platónico, es que el hombre aspire a liberarse de su carne mortal para regresar como espíritu puro a las estrellas. Yo, en cambio, he imaginado un espíritu puro que, fascinado por los logros culturales y científicos de la humanidad, desea encarnarse para vivir la experiencia humana desde dentro.

SILVESTRE.- Experiencia que resulta frustrante, ¿no?

TEODORO.- Eso parece, pero no consigo ir más allá.

OTOMAR. – De la historia de Claudia, por ejemplo, ¿no puedes comentarnos nada?

TEODORO.- No sé…En realidad la puse ahí porque pensé que aquella continua presencia femenina en el bar, que parecía obsesionar a Alfredo, exigía un desarrollo.

LOTARIO.- Si me permitís, yo creo que estamos ante una bellísima historia de amor y además con final feliz, contra lo que puede parecer.

OTOMAR.- ¿Historia de amor? ¿Final feliz? Yo solo he visto a un Alfredo salido, a una Claudia chiflada y una explosión final que se lleva a los dos por los aires.

LOTARIO.- Ése es el sentido literal de la historia, pero está también el alegórico.

TEODORO.- Adelante, Lotario. Explícanos todo lo que yo no he sabido ver en mi propia obra.

LOTARIO. – Claudia no es un espíritu puro, ni mucho menos, sino una adolescente como tantas. Pero algo tiene en común con Alfredo, o mejor dicho, Claudia detecta en Alfredo algo que le fascina, pero que no sabe lo que es. Sumergida en su vida material de goces inmediatos y apariencias efímeras, de pronto encuentra a alguien que le despierta la nostalgia de algo que ni siquiera conoce pero que, como persona, lleva dentro de sí. Arrastra a Alfredo a su casa con la intención inconsciente de develar el misterio, pero ahí se encuentra con un hombre de carne y hueso que sólo desea llevarla a la cama. Y es que Alfredo está realizando el viaje inverso. Ella quiere saber, no muy conscientemente, qué es el espíritu; él está obsesionado en probar las presuntas delicias de la carne. El encuentro parece imposible, pero…El rechazo de Claudia acelera en Alfredo el desencanto ante la experiencia humana. Aunque, más que ese rechazo, lo que le decepciona es la experiencia de verse sometido a los dictados del deseo, de perder la libertad para sentirse humillado bajo el despótico yugo de la naturaleza. Este desencanto se hace patente durante el paseo nocturno con el narrador, cuando, mirando a las estrellas, piensa que quizá debería regresar allá y también cuando, intentando correr por la arena, sufre físicamente el ahogo de la materia que le oprime y le impide alzar el vuelo para salvar a su amada. Por su parte, Claudia, hondamente decepcionada ante la negativa del amado a mostrar su auténtico tesoro, decide tomar la vía directa para alcanzar su objetivo. Y en ese momento llega Alfredo y ambos se funden en un abrazo y el fuego libera sus espíritus, que vuelan raudos y felices a la celestial morada de las estrellas.

SILVESTRE.- Aplausos, Lotario. Ha sido un bello, bellísimo comentario.

CIPRIANO.- Lo mismo digo.

OTOMAR.- Y yo… Ahora sólo falta saber si el autor del relato comentado está de acuerdo.

TEODORO.- Qué queréis que os diga…Puesto que, cuando lo escribí, no tenía nada de eso en mi intención consciente, sólo habría que ver si esa interpretación… muy bella, como justamente se ha dicho, se contradice con la literalidad del relato. Y yo creo que no, que no se contradice…

CIPRIANO.- Entonces, estamos todos de acuerdo en felicitar a Lotario por su aguda intuición.

LOTARIO.- No, más bien hemos de felicitar al autor por su inspirada creación.

TEODORO.- Pues yo propongo que brindemos y nos felicitemos todos por la fortuna que tenemos de saber gozar del arte de contar y escuchar historias, aunque nunca podamos llegar a la altura de nuestro Hoffmann.

TODOS.- ¡Salud!

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann V

La de Silvestre ha sido muy buena, lo reconozco. Pero, todavía no hemos oído una verdadera historia fantástica, de terror. Todo lo que hasta aquí se ha contado puede tener su explicación por la vía de la ciencia. Incluso el primero de los relatos, El espíritu Alfredo, puede entenderse como una fantasía, una ficción literaria obra del narrador que al final se nos aparece. Pero en ninguno de ellos se nos ha aparecido la sombra amenazadora de lo absolutamente siniestro.

CIPRIANO.- Es curioso que seas tú quien habla así, Otomar, el jurista, el abogado metódico, de pensamiento científico-racionalista.

OTOMAR.- Quizá por eso, por que no me gustan las mixtificaciones. Si fabulamos sobre el terror fantástico, hagámoslo a tumba abierta, sin las muletas de coartadas científicas o racionalistas.

TEODORO.- No sé…es una manera de ver las cosas. Por mi parte creo que todo está en la realidad. Porque el mismo hecho de imaginar una historia, por disparatada que sea, es un proceso de la realidad cerebral.

OTOMAR.- No nos vayamos por las ramas, Teodoro, ya sabes lo que quiero decir.

LOTARIO.- Sí, creo que sé lo que quieres decir, si consideramos el asunto desde el punto de vista del público lector.

SILVESTRE.- Un público lector que esté ansioso por consumir terror del bueno, ¿no es eso?

CIPRIANO.- ¿Sabéis qué os digo? Que me alegro que el debate haya venido a parar a este punto. Porque…la historia que pensaba ofreceros creo que responde perfectamente a las inquietudes y al deseo que formulaba Otomar.

OTOMAR.- ¿Quieres decir que es un auténtico relato de fantasía y terror?

CIPRIANO.- Eso lo habréis de decir vosotros cuando yo termine de leer. Empiezo.

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                                                   ISAÍAS Y EL ESPEJO 

LOTARIO. – ¿Puedo hablar?

OTOMAR.- Pregunta estúpida, donde las haya.

LOTARIO.- No, es que como pasa el rato y nadie dice nada, creía que se debía respetar cierto tiempo de silencio.

SILVESTRE.- ¿Por qué no hablas de una vez, Lotario?

LOTARIO.- Lo que quiero decir es que, en mi opinión, se trata realmente de una historia de terror, quizá la historia más de terror que hemos oído hasta ahora. Pero el problema está en el grado.

CIPRIANO.- ¿El grado?

LOTARIO.- Sí, el grado. ¿Qué grado de terror tiene? Y creo también que este problema no tiene una solución sencilla, porque va muy ligado al lector, a cada uno de los lectores.

TEODORO.- Creo adivinar por dónde vas. Pero ¿por qué no nos lo explicas de una manera directamente comprensible?

LOTARIO.- A ver, el autor, Cipriano, a quien por otra parte felicito…

CIPRIANO.- Gracias.

LOTARIO.- …no hay de qué, desarrolla una historia en la que el terror se adivina, pero no se deja ver directamente. Sabemos que el espejo guarda algo horroroso, objetivamente horroroso, como se deduce del informe médico, pero ni se nos muestra ni se nos dice en qué consiste. Ya sé que uno de los elementos que mejor conforman la sustancia del horror es el desconocimiento de su realidad, el miedo más terrible es el que no tiene forma ni nombre, pero, tal como está planteado esto en el relato, se pone de manifiesto el problema a que me refería.

OTOMAR.- ¿Te referías? No sé si te referías. Lo que sé es que aún no has revelado el supuesto problema.

CIPRIANO. Es verdad, Lotario, y comprenderás que, como autor, estoy muy interesado en el tema.

LOTARIO.- Creí que ya había quedado claro. Bien, lo que quería decir es que en este relato, como un poco en todos, la eficacia de la dosis suministrada por el autor dependerá del grado de sensibilidad e imaginación de cada lector.

TEODORO.- Quieres decir que para unos lectores el terror es seguro, claro, tangible, porque son capaces de imaginarse todo el horror que, por las noches, pugna por manifestarse en el espejo, mientras que, para otros, el relato apenas les dirá nada porque no encontrarán en él nada explícito que les conmueva.

LOTARIO.- Eso es lo que quería decir.

OTOMAR.- De acuerdo, pero habría que hacer una precisión. Y es que, en mi opinión, si el efecto de una obra no alcanza a cierto número de lectores, es que el autor no lo hizo todo lo bien que debía. Decir que el relato sólo será eficaz en personas muy imaginativas, es reconocer las limitaciones del autor, incapaz de trasladar al lector “normal” sus intenciones creativas, en este caso, la de despertar una emoción de terror.

CIPRIANO.- Vale, nunca he dicho que yo no tenga limitaciones como autor. Simplemente, lo he hecho lo mejor que he podido.

SILVESTRE.- Lo has hecho muy bien, Cipriano, no te preocupes. Otomar tiene su parte de razón, pero…

TEODORO.- Pero es una razón peligrosa, porque si la aplicamos de una forma incontrolada nos llevará a la situación aquella en que el autor ha de ir hasta donde está el lector y no el lector hasta donde está el autor, que es lo que de verdad enriquece.

OTOMAR.- Cierto, pero de lo que se trata es de hallar una situación de equilibrio. Por decirlo de alguna manera, que autor y lector se encuentren tras hacer cada uno la mitad del camino.

SILVESTRE.- Eso es fácil de decir, pero en la práctica siempre hay una parte que tira más que la otra. A veces se produce ese equilibrio maravilloso y es cuando nos encontramos ante ese raro fenómeno de auténticas obras de arte que a la vez son populares. Como por ejemplo, en Shakespeare, Cervantes, Goethe (el de Werther y la primera parte de Fausto).

LOTARIO.- Y Hoffmann, ¿no?

SILVESTRE.- Bueno…yo creo que el caso del maestro es distinto. En sus obras, autor y lector no se encuentran en la mitad del camino. Más bien creo que el autor va a buscar al lector a su terreno preferido (aventura, fantasía, terror, no olvidemos que estamos en la época romántica y que Hoffmann escribe en parte por necesidad económica), pero que, con su genio indiscutible, lo eleva hasta su propia altura de gigante del arte poético.

TEODORO.- Creo que lo has expresado bien, Silvestre. Hay dos clases de autores que hacen más de la mitad del camino en busca del público lector. El que procura que ese lector se eleve a su propia altura (caso de Hoffmann y, en un terreno muy distinto, de Stefan Zweig y de tantos otros autores al mismo tiempo grandes y populares) y el que se queda al nivel del lector más bajo para halagarle todas sus bajezas.

OTOMAR.- Literatura basura.

TEODORO.- Sí, literatura basura, donde entra la gran mayoría de los bestsellers.

CIPRIANO.- Yo he observado una cosa curiosa: que la literatura que lee la gran mayoría no es literatura…si es que con esta palabra queremos significar algo especial.

LOTARIO.- Quizá siempre ha sido así.

TEODORO.- No, yo creo que no siempre ha sido así. Yo creo que a la situación actual se ha llegado tras un proceso gradual de extensión y, al mismo tiempo, degradación de la cultura. Antes de la invención de la imprenta se necesitaba mucho esfuerzo, mucha “cultura” para poder leer, y ya no digamos para llegar a poder escribir. Los que accedían a esas técnicas maravillosas eran, forzosamente, unos sabios. Con la aparición de la imprenta, la cosa empezó a abaratarse, ya no era tan extraordinario saber leer, ni tan exótico que una persona de no mucha cultura se dedicase a escribir. Con la extensión de la alfabetización y la educación la cosa fue empeorando (desde el punto de vista del que estoy hablando), y ya cualquiera podía leer y casi cualquiera podía escribir, principalmente para toda esa gente que “ya” podía leer. Y en fin, no os tengo que decir lo que ha venido después: con la extensión de la prensa y la aparición de otros medios de comunicación de masas, la lectura y la escritura están hoy al alcance de todo el mundo…con los resultados que están a la vista.

OTOMAR.- Vaya, no te conocía esta faceta tan elitista, o clasista, o antidemocrática.

TEODORO.- Elitista quizá, lo concedo. Pero clasista y antidemocrática, no, en absoluto. Lo que ocurre es que hay una enorme confusión en todo esto, que convendría aclarar. Para empezar, hay que dejar claro que la igualdad no significa que todos seamos iguales, sino que todos hemos de tener iguales oportunidades. Y la democracia no significa que todas las opiniones valgan lo mismo, cosa que contradice la evidencia, sino que en los asuntos públicos, en la administración de las cosas comunes, ha de prevalecer el criterio de la mayoría, siempre controlada por las minorías. Ir más allá supondría, de hecho supone, un empobrecimiento espantoso del espíritu humano.

OTOMAR.- Quieres decir que la democracia no cabe en el arte, por ejemplo.

TEODORO- Ni en el arte, ni en la ciencia, ni en la filosofía, ni en ninguna actividad que requiera formación, sensibilidad y un esfuerzo constante por ensanchar los límites del ser humano. La mayoría tiende a lo fácil y primario, por eso se puede encargar de la «administración de las cosas», porque es una tarea de simple sentido común, aunque a veces no lo parezca. Pero si se le permite que decida en cuestiones de arte, nos conduce directa y rápidamente a la basura.

SILVESTRE.- ¿Queréis qué os diga lo que ahora pienso? Que todo esto que estamos debatiendo en realidad no importa en absoluto.

OTOMAR.- ¿Ah, no?

SILVESTRE.- Para el verdadero creador, quiero decir. Porque el verdadero creador, no el que estudia primero el mercado para ver lo que mejor podrá colocar, sólo tiene en mente un lector: él mismo.

CIPRIANO.- ¿Quieres decir que escribe para sí mismo? No, no, eso no se corresponde con la realidad.

SILVESTRE.- Para sí mismo exactamente, no; pero sí escribe lo que a él le gustaría leer. No hay otro modo de ser honrado en literatura. (CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann IV

Primavera de 2008. En el mismo lugar, reunidos los mismos amigos. Pasados los rigores del invierno, en la mesa domina hoy la cerveza sobre el ponche.

TEODORO.- Han pasado tres meses desde la última reunión. Mucho tiempo. Quizá deberíamos intentar vernos más a menudo.

CIPRIANO.- Soy de tu misma opinión.

OTOMAR.- Y yo. Pero es tan difícil que estemos todos disponibles…

LOTARIO.- Y eso que no tenemos grandes obligaciones, que digamos. Imaginaos lo que sería entre personas seriamente ocupadas…

SILVESTRE.- Pues yo creo que está bien que los encuentros sean tan espaciados.

TEODORO.- Vaya con Silvestre. El único que está en desacuerdo… Supongo que tendrás tus razones para pensar así.

SILVESTRE.- Naturalmente y, si las expongo, es posible que lleguéis a estar de acuerdo conmigo. Unas reuniones semanales o quincenales o incluso mensuales no se llevan bien con el objetivo que perseguimos. ¿Cuál es ese objetivo? Narrar historias que nos lleven a reflexionar sobre determinados aspectos del arte y de la vida. Y bajo la advocación de Hoffmann, sí, pero no como sus clones, no lo olvidemos. Y para reflexionar se necesita tiempo, y para escribir historias también. Así que nada mejor, creo yo, que tres largos meses en los que uno pueda meditar sobre lo que ha oído y, si se da el caso y la inspiración, componer una nueva historia que ofrecer a los compañeros.

CIPRIANO.- Ah, claro, fuiste tú, Silvestre, el que te comprometiste a ofrecernos la próxima historia. Y ahora quieres decir…

SILVESTRE.- Que he necesitado todo ese tiempo para escribirla, sí lo confieso. Y que si no fuese porque ha mediado todo ese tiempo quizá no podría ofrecérosla.

TEODORO.- Pues adelante, Silvestre, adelante con tu relato, aunque nada tenga que ver con el mundo del maestro.

SILVESTRE.- ¿Quién dice que nada tiene que ver con el mundo del maestro? Pero una cosa es copiar sus tics y otra muy distinta abandonarse a su espíritu, y os aseguro que esta historia está perfectamente dentro de su espíritu. Se desarrolla en Barcelona.

CIPRIANO.- Estuviste allí, ¿no?

SILVESTRE.- Sí, hace más de veinte años. Para ampliar mis conocimientos de filología románica pasé dos años en la universidad de Barcelona estudiando filología y literatura catalanas.

LOTARIO.- ¿Y qué nos has traído de ahí, después de tanto tiempo?

SILVESTRE.- Una historia digna del maestro… al menos en la intención.

TEODORO.- No nos hagas esperar más, Silvestre, somos todo oídos. [ Clicar AQUÍ]

                                           EL MOSÉN

OTOMAR.- “Y tomándome de la mano me dijo con una extraña sonrisa: soy el caballero Gluck”. Fin.

LOTARIO.- Es evidente. La idea y el desenlace es evidente que tienen mucho que ver con El caballero Gluck, de nuestro Hoffmann.

CIPRIANO.- De acuerdo, pero de eso se trata ¿no?

OTOMAR – No exactamente. Homenajear sí, plagiar no.

TEODORO.- Yo no he visto ningún plagio por ninguna parte. Lo que he visto ha sido un relato muy bien construido, dentro del espíritu del maestro, pero con un carácter muy propio.

SILVESTRE.- Gracias, Teodoro, con lo que acabas de decir tengo bastante. No necesito ningún comentario más.

CIPRIANO. – Tú aguantarás todos los comentarios que hagan falta, como todo el mundo. Y el primero que se me ocurre va precisamente en tu favor, a propósito de lo que se acaba de decir. Y es que yo veo que hay un aspecto fundamental en que tu relato se diferencia del de Hoffmann. Y es que en el relato de Hoffmann se da la impresión de que es el mismo Gluck, muerto décadas atrás, el que se aparece al narrador. Mientras que en el de Silvestre está claro que se trata de un simple loco, que se cree el famoso poeta Verdaguer…

LOTARIO.- Lo cual es mucho menos misterioso, mucho más prosaico que lo que se cuenta en el relato de Hoffmann.

TEODORO.- ¿Menos misterioso? ¿Simple loco? ¿Os he de recordar la tesis del personaje de El espíritu Alfredo?

CIPRIANO.- Que no hay que buscar monstruos ni en la tierra ni en los cielos, ni siquiera en la imaginación. Porque los monstruos somos nosotros.

TEODORO.- En efecto. O sea que, al menos para mí, es mucho más interesante conocer una persona que se cree Napoleón que conocer a Napoleón mismo, entre otras cosas porque esto es imposible.

OTOMAR.- ¿Y qué hacemos con la fantasía?

TEODORO.- Recurrir a ella debidamente. Hay una fantasía estéril, gratuita, que nada tiene que ver con nuestra tarea. Nuestra fantasía es hermana de la poesía…o quizá es la misma cosa. Y opino que en el relato que nos ha ofrecido Silvestre se da al mismo tiempo un ambiente fantástico y un fondo poético.

SILVESTRE.- Gracias de nuevo, Teodoro. Y yo añadiría algo, si es que como autor puedo opinar…

OTOMAR.- Eso es, por lo menos, dudoso.

CIPRIANO.- Vamos, Silvestre, habla. No seamos tan estrictos.

LOTARIO.- Todo el mundo tiene derecho a opinar sobre una obra; incluso su autor.

SILVESTRE.- Yo añadiría que al aspecto fantástico y poético del relato habría que añadir otro: el científico. Psicológico, para ser más exacto. ¿De dónde le viene al Mosén ese trastorno, que le hace creerse un gran poeta de más de un siglo atrás?

LOTARIO.- Ésa es una buena pregunta, sobre todo para el autor, que será quien mejor la podrá responder.

OTOMAR.- Un momento, un momento. Creo que quedó claro que el autor no tiene el monopolio sobre la interpretación de su obra.

LOTARIO.- Que no tenga el monopolio no significa que no pueda opinar. Adelante, Silvestre, ¿cuál es, según tú, el trasfondo psicológico de la historia, del personaje?

SILVESTRE.- Yo creo que el Mosén es una persona muy sensible, introvertida, con un mundo interior poderoso, pero carente de cauces de expresión. Su enamoramiento juvenil y eterno no tiene la más mínima posibilidad de realizarse, por varias razones: su insuperable timidez, el abismo social que le separa de su amada (dato importantísimo en su juventud y en su país) y también su auténtica vocación religiosa. Así que ese enamoramiento se sublima automáticamente en impulso poético…

OTOMAR.- ¿Psicoanálisis? Cuidado, no nos oiga el doctor Kusev…

LOTARIO.- Silvestre, ¿me dejas que continúe yo? Ahora lo veo todo muy claro.

SILVESTRE.- Por supuesto.

LOTARIO.- Sí, su libido reprimida se sublima en actividad artística, poética. Pero resulta que tampoco por ahí puede dar salida a su energía, porque sus facultades son escasas y los resultados decepcionantes. Y entonces…enloquece. Es decir, con algunos datos de su propio mundo – lugar de nacimiento, sacerdocio, tendencia poética – se crea una nueva personalidad robada de un poeta famoso con el que coincide en esos datos. El Mosén es una persona que aspira a la excelencia, pero carece de medios, tanto materiales como intelectuales. Y entonces se apropia de la personalidad del que sí alcanzó un alto grado de excelencia, aunque también sufriera el inclemente acoso del poder y la riqueza, lo que permite a nuestro hombre sentirse aún más identificado con él.

SILVESTRE.- Muy bien. Yo no lo hubiese dicho mejor.

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann III

OTOMAR.- Nunca he oído hablar del doctor…ése.

TEODORO.- Natural, nadie ha oído hablar, porque todavía no ha salido a la luz.

CIPRIANO.- Creo adivinar que nuestro fabulista número uno nos va a sorprender con otro producto genial de su imaginación.

TEODORO.- Aciertas, Cipriano, si le quitas lo de genial. Esto que os voy a leer no sólo viene a cuento de lo que hablábamos, sino que se ajusta como es debido al espíritu de nuestro patrón.

SILVESTRE. – ¡Hoffmann!

TEODORO.- Sí. No hemos de olvidar que, si hemos renacido aquí y ahora, ha sido para rendir homenaje a nuestro viejo amigo. Quiero decir que nuestros relatos no se deberían apartar mucho de su espíritu, y creo que éste que os voy a leer se acomoda a él mucho mejor que los anteriores.

LOTARIO.- Empieza ya, y la asamblea juzgará.

TEODORO. – Leo, pues. [ Clicar AQUÍ ]

                        LA MÁQUINA DEL DOCTOR KUSEV

TEODORO.- Bien…¿algún comentario?

CIPRIANO.- Lo primero que se me ocurre es que, contrariamente a lo que anunciaste, no me parece que este relato se adecue mucho al espíritu de nuestro patrón.

TEODORO.- ¿Crees de verdad que no es digno de Hoffmann? Me gustaría saber por qué.

LOTARIO.- Yo también creo que, en un aspecto esencial, se aleja del espíritu del maestro.

TEODORO.- A ver, vosotros, Silvestre, Otomar, estoy esperando vuestros ataques.

SILVESTRE.- A mí me ha parecido un buen relato, quizá algo seco en la expresión.

OTOMAR.- No creo que sea el estilo el principal elemento que lo aleja de Hoffmann, si bien hay que reconocer que el del maestro era más florido, sin pasarse, y más jugoso. Lo que le hace inconfundible con un relato hoffmanniano es algo mucho más esencial, y quizá coincida en esto con Cipriano y Lotario.

TEODORO.- No demoréis más la sentencia, por favor. Esto es inhumano…

OTOMAR.- Bien, lo que yo veo es que aquí, en tu relato no hay un misterio ambiguo y poco o nada aclarado, como en las obras del maestro, sino más bien la ilustración de determinada teoría.

LOTARIO.- Has formulado exactamente lo que yo pensaba, Otomar.

CIPRIANO.- Sí, más o menos es ésa también mi opinión. La literatura es arte, y el arte no pretende demostrar nada, ¿no es eso?, sólo mostrar, y de manera tan…”artística” que conmueva profundamente al lector. En cambio, tú, Teodoro, con esta historia parece que pretendes demostrar no sé qué teoría sobre la mente humana.

TEODORO.- Eres muy duro, Cipriano, pero en parte te equivocas. Yo no pretendo demostrar nada en esta historia; yo “muestro” la personalidad obsesiva de un científico, el cual, como personaje, sí que pretende “demostrar” algo… Esto no es malo, supongo.

CIPRIANO.- Bien, reconozco que tu razonamiento es correcto. Pero tú debes reconocer que, de todos modos…se te ve el plumero.

TEODORO.- De acuerdo, es verdad, hace tiempo que estoy no sé si decir obsesionado con la idea, y quería colocarla como fuese. Y la idea es ésta: si, como todos los psicólogos admiten, la memoria es selectiva, en el sentido de que, en una persona sana, sólo recoge lo que es útil para su salud y bienestar, ¿qué ocurriría si no fuese selectiva? El relato que os he leído es la respuesta.

OTOMAR.- Bien, al fin ha confesado. Había una idea detrás, una ideología, un mensaje.

SILVESTRE.- Si me permitís, yo diría que los que estáis cargados de ideas, mensajes y normas sois vosotros. Para mí lo que importa es el resultado, ¡qué más da que se pretenda demostrar determinada teoría! ¿Quién ha dicho que eso está prohibido? Bien, es cierto que no es ése el estilo de Hoffmann, pero ¿a santo de qué no puede ser el de cualquier escritor? Ya sé, ya sé que estamos aquí para homenajear al maestro, pero pienso que no deberíamos ser tan estrechos hasta el punto de intentar parodiarle. ¡Que cada cual se exprese a su manera!

TEODORO.- Has hablado muy bien, Silvestre, pero eso no me consuela de haber sido condenado por la mayoría de la congregación.

LOTARIO.- ¿Pero qué dices?

OTOMAR. – Aquí nadie condena a nadie.

CIPRIANO.- Aquí, lo único que falta es un poco de aquel delicioso ponche…

SILVESTRE.- Estupenda idea. Bebamos, y luego volvamos a casa, que se ha hecho muy tarde.

TEODORO.- Silvestre, en la próxima reunión queremos oirte.

SILVESTRE.- Quizá. Hace tiempo que me ronda una historia…

(CONTINÚA)

(De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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Fantasías a la manera de Hoffmann II

LOTARIO.- Es un relato normalito. Creo que no tan sorprendente como el tuyo, Teodoro. En él he querido reflejar una experiencia que en algunas ocasiones casi he tenido la sensación de vivir, pero que el protagonista de mi historia vive de pleno. Va relacionado con la espera, con el hecho de estar esperando a alguien.

CIPRIANO.- Se ha dicho que el que espera, a quien sea y para lo que sea, es como si estuviese enamorado.

OTOMAR.- Cierto. Y también es verdad que el que está enamorado es como si siempre estuviera esperando.

LOTARIO.- Sois muy agudos, porque…por ahí va la cosa. Empiezo. [ Clicar AQUÍ ]

                                  EL QUE ESPERA

OTOMAR.- Perdona, Lotario, pero eso ¿qué es? ¿Pura fantasía? ¿o un pretendido caso clínico real? Lo digo porque, como fantasía, por absurdo que parezca, vale, pero como realidad, tengo mis dudas. Sí, tengo serias dudas de que un caso como ese pueda darse. ¿Crees de verdad que una persona pueda inventarse un pasado inexistente y asumirlo como absolutamente cierto?

CIPRIANO.- Eso es lo de menos. No os tendré yo que recordar que, desde el punto de vista del arte, no importa lo posible, sino lo verosímil, y verosímil no en relación con la realidad exterior, sino en relación a las coordenadas del propio objeto artístico, del relato en este caso.

OTOMAR.- Pues más a mi favor, porque en este caso en el relato se advierte una voluntad de realismo total que de pronto se rompe con una especie de truco, como esos relatos o películas en que resulta que todo era un sueño. ¿No es esto tomar el pelo al lector?

SILVESTRE.- Pues a mí me ha parecido una pieza bastante lograda, quizá con alguna indecisión en el estilo. Por cierto, la actitud de la extraña pareja ésa, Chema y Chimo, me recuerda algo. ¿Te has inspirado en algún modelo concreto?

LOTARIO.- A mí también me recordaba algo mientras lo escribía, pero ni quise ni he querido averiguarlo. Creo que la cosa va por Kafka: una pareja de personajillos estúpidos e incordiantes, que en otro lugar de su obra son dos pelotitas no menos estúpidas que van botando de un lado a otro.

SILVESTRE.- ¿Pero qué fue lo que te motivó a escribir una historia como ésa? Antes has dicho que habías tenido experiencias parecidas a la del relato.

LOTARIO.- Experiencias no, imaginaciones. Me ha ocurrido alguna vez que, mientras esperaba más rato del previsible a una persona que me importaba mucho, de pronto pensaba ¿y si esa persona no viniese nunca? ¿Y si esa persona en realidad no existiese? ¿Y si toda la historia de mi relación con ella ha sido pura invención patológica mía? Pero ya digo, todo esto como pura imaginación, como motivo literario, diría. En definitiva, que lo que ahora he hecho es aprovechar el tema que se me ha ocurrido en diferentes tiempos de espera a lo largo de mi vida.

OTOMAR.- Muy bien, pero importe o no para el objeto artístico, o sea, para el cuento de Lotario, tenemos pendiente la cuestión de si el caso narrado puede darse o no en la realidad. ¿Es posible que una memoria falseada, o mejor, inventada, se mantenga durante mucho tiempo con pleno convencimiento del sujeto? Creo que aquí tendríamos que dar la palabra a Teodoro, su interés por todo lo relacionado con la mente humana y su amistad con ciertos psicólogos y psiquiatras de prestigio le convierten en la persona más indicada para ilustrarnos sobre el tema.

TEODORO.- Observo cierta sorna en tus palabras, Otomar, no sé si dirigida a mí o a “los psicólogos y psiquiatras de prestigio”. Por mi parte, no sé si os puedo “ilustrar” con más cosas de las que ya sabéis. Los falsos recuerdos son realidades científicamente comprobadas. A veces, se forman espontáneamente a partir de la deformación de un recuerdo correcto, pero también pueden ser inducidos, creados por otras personas desde el exterior. Por ejemplo, en un tratamiento psicoanalítico, una paciente fue inducida a crearse el falso recuerdo de repetidos abusos y violaciones por parte de su padre. Cuando se demostró la falsedad del recuerdo (la paciente, de veintidós años, era virgen), el psicoanalista fue demandado y condenado. Pero yo creo que en la formación de falsos recuerdos es más decisiva la autosugestión que la sugestión externa. Ahí tenemos los relatos de abducidos por extraterrestres: es un ejemplo claro de cómo uno puede montarse una historia y luego creérsela.

CIPRIANO.- Eso suponiendo que los extraterrestres no se dediquen realmente a abducir a las personas. Aunque, ahora que lo pienso, no hay nada que suponer, ¡es pura realidad! Nosotros mismos fuimos abducidos en Berlín en 1819 y depositados aquí en 2008.

SILVESTRE.- ¿Por qué no guardas tus bromas para otro rato, Cipriano? ¿Por qué no dejamos que Teodoro nos siga ilustrando sobre los misterios de la mente y la memoria?

TEODORO.- Bueno, hasta ahora me he referido a falsos recuerdos de momentos o escenas concretas, aunque a veces puedan ser un poco largas, como en las abducciones. Pero lo que plantea el relato de Lotario es otra cosa: es una vida o parte de una vida inventada, que sustituye a la real, que no gusta. El protagonista del cuento ha vivido dos años y pico de una vida paralela a la real. Pero me habría gustado que el narrador nos hubiese dado algún dato más: toda esa vida falsa ¿se la inventa el protagonista en el momento de la espera? ¿inmediatamente antes de ese momento? ¿o quizá mucho antes?

LOTARIO.- Ah… no sé…tú mismo.

CIPRIANO.- ¡Genial! Como buen creador, Lotario no está por la labor de decir más cosas de las que dice su obra. Ésa es tarea de críticos y lectores.

SILVESTRE.- Insisto en que dejemos hablar a Teodoro, por favor.

TEODORO. – No creas, Silvestre, no tengo gran cosa que añadir. Sólo quería apuntar que esos casos de paramnesia prolongada, de larga invención de una vida paralela inexistente, creo que sólo pueden darse en personas psicóticas, a diferencia del típico falso recuerdo, que cualquier persona de las llamadas normales puede experimentar.

SILVESTRE.- ¿Como nosotros mismos?

TEODORO.- Sí, claro, como nosotros mismos. Es más, tengo para mí que la mayoría de nuestros recuerdos son falsos o, al menos falseados, modificados.

OTOMAR.- ¿En que te basas para afirmar eso?

TEODORO. En el caso del doctor Kusev.

(CONTINÚA)

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El que espera

Consultó el reloj y comprobó que apenas llevaba diez minutos. No era cuestión de ponerse nervioso por diez minutos. Seguro que tendría que esperar más. Veinte, quizá hasta treinta. O tres cuartos de hora. No, no podría resistir tanto. La había conocido en el cine, hacía tanto tiempo… A la salida, ella le preguntó por la parada de cierta línea de autobús. Y él se dio cuenta enseguida de que era la misma chica que había estado a su lado durante la sesión, cuya ardiente proximidad le había provocado una extraña euforia. Pese a la oscuridad de la sala, creía haber descubierto en aquella persona lo que apenas se atrevía a calificar como “la mujer de su vida”. Y ahora la tenía delante, hablándole de cierta línea de autobús, mientras él le informaba con toda la precisión que requería el asunto. Y de pronto ocurrió que, venciendo su natural timidez, él dijo que había de tomar el mismo autobús (cosa que no era cierta hasta ese mismo instante), que seguirían el mismo camino. Y entonces sí, paseando lentamente, comentaron que habían visto la película juntos, hablaron de muchas cosas y se pasaron varias paradas, hasta que ella decidió que después de todo no era tan lejos, que muy bien podía seguir a pie, si él llevaba el mismo camino. Cuando llegaron al portal de la casa, ella dijo “vivo con mis padres”, que él interpretó como una forma delicada de no precipitar ni rechazar nada. Pero era verdad, vivía con sus padres. Así que, al cabo de unas semanas de verse diariamente, le propuso que se viniese a vivir con él. Ella aceptó a medias. Alegaba que la pasión que les inflamaba, porque aquello había que llamarlo así, tal vez se resentiría con la convivencia diaria. Bastaba con ver a los mayores, decía, cómo los matrimonios se deshacían, cómo los enamoramientos no superaban el año y, sobre todo, cómo se esfumaban en cuanto se iniciaba una convivencia en toda regla. Así que ella estaría con él y con sus padres. Él aceptó, naturalmente, qué otra cosa podía hacer, pero no era de ese modo como se imaginaba la relación con el amor de su vida. Y los días y los meses fueron pasando, unos más felices que otros. Hasta que llegó lo horrible en forma de llamada inoportuna. La madre, la amable mujer que, para sí, él llamaba suegra, preguntaba por ella, sí, era más de medianoche, pero quería saber. ¿No está con vosotros?, interrumpió él. No. ¿Ni ayer noche? ¿Ni el otro día? No, no. Y la madre disimuló y cortó enseguida, comprendiendo. Y luego, las preguntas, las falsas explicaciones, la confesión, la ruptura. Y un infierno de meses, hasta que de nuevo la luz. Me había equivocado, necesito que me perdones, aunque me rechaces, necesito que me perdones. ¿Perdonar? ¿Cómo puede perdonar el amor? Te quiero como antes, como el primer día, como siempre, puedes hacer lo que quieras, amor, yo siempre te querré. Mañana, entonces mañana, en la placita ¿recuerdas? A las siete. Pero ya son casi las siete y cuarto…

Un fuerte golpe en la espalda le sobresalta.

– ¿Qué haces aquí, tío? Esperando, ¿eh?

Es Chema, acompañado de Chimo.

– Sí, ¿qué haces aquí, tío? Esperando, ¿eh? – repite Chimo.

– ¿Dónde te metes, tío? No se te ve el pelo – dice Chema – ¿Se puede saber a quien esperas? Yo diría que no es una cita de negocios, aquí, en medio de la plaza, y con este frío.

– No, no es una cita de negocios – dice Chimo – ¿Se puede saber a quién esperas?

– Mira, se ha quedado mudo – dice Chema.

Al fin habla:

– Sí, estoy esperando a alguien, y no os he de dar explicaciones.

– Así se habla, tío –dice Chema-. Oye, ¿de dónde has sacado esa energía? ¿No eras el tío más tímido de la clase? No te estarás volviendo un cabroncete, ¿eh?

– No te estarás volviendo un cabroncete, ¿eh? – dice Chimo.

– No repitas lo que yo digo, bestia.

-Perdona, bestia.

Entonces Chema se dirige al que esperaba, en actitud amenazadora:

-¿Quieres que te hagamos compañía, tío? ¿Qué te parece si nos quedamos aquí y esperamos contigo?

-Haz lo que quieras.

-¿Está buena la chica?

– No te importa.

– No te insolentes, ¿eh?…Suponiendo que sea chica, claro, porque de un tipo como tú… ¿Sabes qué te digo? Que nos quedamos, nos quedamos aquí contigo. ¿Qué dices, Chimo?

– Que no.

-¿Cómo que no? ¿Qué quieres decir?

– Que no, tío, que no, que no hay nada que hacer.

– Espera, espera – dice Chema, como reflexionando -, que Chimo ha tenido una de sus brillantes ideas. Es una bestia, pero a veces pare algo genial. Dime, Chimo, Chimo querido, ¿por qué dices que no hay nada que hacer? Ven, dímelo a mí, al oído…

Chema pasa el brazo sobre el hombro de Chimo y, mientras éste le va susurrando al oído, ambos se alejan lentamente hasta que se pierden de vista al doblar la esquina, tras dirigir al que espera una mirada más cruel que todas las palabras.

Qué suerte que hayan desaparecido, esos pelmazos. Aunque hay que reconocer que han aliviado el tiempo. ¿Cuánto llevo? Veinte minutos… más de veinte minutos. Mira una y otra vez el reloj, y las manecillas no se mueven. ¿Cuánto podrá resistir? Pero ella vendrá, claro que vendrá. Nunca ha faltado a una cita. Nunca en los dos años, sí, dos años y dos meses, recuerda con precisión, desde que se conocieron aquella tarde en el cine. Claro que hay que descontar los cuatro meses y tres semanas de cruel separación. Veintidós minutos. Una vida. Es como esperar toda una vida. ¿Cómo sería una vida con ella? ¡Cómo iba a ser! Una larga prolongación de lo ya vivido…vivido…con ella…vivido, ¿cómo sería una vida con ella? ¿cómo… sería…? Un extraño hormigueo le recorre el cuerpo, la cara, la frente, las extremidades. Intenta recordar con precisión escenas de su vida con ella. No lo consigue. El hormigueo aumenta, el vello de la piel se eriza, se lleva la mano a la frente como para librarse de aquello. Y aquello cae. Y se ve en el cine aquella tarde, y ve cómo a la salida ella le pregunta por cierta parada de autobús, y cómo no ocurre lo que no puede ocurrir, cómo no vence su natural timidez, cómo le informa escuetamente y se retira sin más hacia la soledad de siempre.

(De Fantasías a la manera de Hoffmann )

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Fantasías a la manera de Hoffmann I

Invierno de 2008. Un viejo café de la vieja Europa. Reunidos: Teodoro, escritor y músico; Lotario, poeta, autor de libretos de ópera; Cipriano, científico naturalista y escritor; Otomar, abogado, y Silvestre, escritor, autor de comedias.

TEODORO.- Estaréis de acuerdo en que el invento ha funcionado. Aquí estamos los cinco, casi doscientos años después, con toda nuestra personalidad intacta y con la conciencia añadida de todo lo ocurrido a la humanidad en estos dos siglos.

OTOMAR.- Sí, parece un milagro. Yo mismo, que siempre he sido contrario a cualquier atentado contra el pensamiento científico, no tengo más remedio que reconocerlo. Claro que aquí hay trampa. Y bastante evidente.

CIPRIANO.- No nos corresponde a nosotros determinar si aquí hay trampa y en qué consiste. Eso es de competencia exclusiva del lector…

OTOMAR.- Tienes razón, porque el lector es en realidad coautor, o copropietario, del texto que lee. Y debemos respetar sus derechos.

LOTARIO.- Ya que no puedes dejar de hablar como el abogado que eres, dinos Otomar, ¿cuáles son esos derechos del lector?

OTOMAR.- El primero de todo, la presunción de inteligencia. En un texto, no se le debe ir explicando los intríngulis del montaje, ni la intención, a veces oculta, del autor. Un texto literario no debe ser al mismo tiempo su comentario y su crítica…

CIPRIANO.- ¿Estás seguro de esto último, Otomar? ¿Te das cuenta de lo que nosotros intentamos cometer en este momento?

OTOMAR.- Sí, y por eso lo he dicho, porque pienso que podemos estar lesionando uno de los derechos del lector.

TEODORO.- No estoy de acuerdo, Otomar. Es verdad que se han de respetar los derechos del lector, pero yo no creo que con nuestra actitud los estemos “lesionando”, como tú dices. Al contrario, creo que damos una versión nueva, una perspectiva inédita de cómo se puede llevar acabo el acto narrativo.

SILVESTRE.- ¿Nueva? ¿Inédita? ¿Olvidas que es lo mismo que hacíamos hace doscientos años?

TEODORO. No, no es lo mismo. Nunca es lo mismo. Nosotros podemos ser los mismos, aunque en el fondo sabemos que no lo somos, pero el lector es por completo diferente. Piensa que el lector de entonces había recién salido de las guerras napoleónicas y que en Europa se trataba de edificar un orden nuevo, y que a través de innumerables guerras y cambios se vino a parar a la situación actual, tan distinta de aquella como diferentes son los lectores de hoy de los de aquella época.

LOTARIO.- Bueno, no nos desviemos. Quedamos en que la presunción de inteligencia es uno de los derechos del lector. ¿Cuáles son los otros, si es que hay más?

OTOMAR.- Sí, hay varios, pero todos se resumen en ése. Está, por ejemplo, el derecho del lector a que no se le tome el pelo.

CIPRIANO.- ¿Quieres decir que hemos de desterrar la burla, el juego irónico, cuando parezca que el destinatario es el lector?

SILVESTRE. – Yo creo que lo que quiere decir es que no se ha de pretender engañar al lector prometiéndole una cosa y dándole otra.

OTOMAR.- Más o menos. Y también está el derecho a ser sorprendido.

LOTARIO.- O sea, que un relato no sea previsible, ni en las palabras ni en las acciones, sino que sorprenda al lector como la vida nos sorprende continuamente.

TEODORO.- ¿Estás seguro de que la vida nos sorprende? Yo diría que la vida es bastante previsible. Es en el arte donde se fabrican las sorpresas.

CIPRIANO.- Me extraña que digas eso, Teodoro, precisamente tú. La vida siempre nos sorprende. Siempre que uno se halla ante una disyuntiva que imagina inevitable (o será A o será B, se dice, no hay más alternativa), resulta que sí, que la hay, y es que lo más fácil es que sea Z.

OTOMAR.- Bueno, recopilemos los derechos del lector o, visto desde el otro lado, los deberes del autor: respetarás la presunción de inteligencia, no intentarás tomar el pelo, no caerás en lo previsible. ¿Alguno más?

TEODORO.- Creo que de momento ya vale. Quizá más adelante surja otro.

OTOMAR.- Entonces no tendremos más remedio que incorporarlo a nuestro código.

TEODORO.- Así se hará. Yo os quiero proponer ahora un relato. Me gustaría saber si es de vuestro agrado y, también, si respeta nuestro código del lector, teniendo en cuenta que lo escribí antes de que lo promulgásemos.

OTOMAR.- Creo que no tienes que preocuparte, Teodoro. El derecho va siempre por detrás de la vida. Y unas normas como ésas las tiene todo artista en su interior sin necesidad de que se formulen expresamente.

TEODORO.- Gracias, Otomar. Con vuestro permiso, empiezo.  [clicar AQUÍ ]

                               EL ESPÍRITU ALFREDO

LOTARIO.- Creo que el silencio que ha seguido a tu relato, y que yo me permito romper, ha sido muy expresivo.

TEODORO.- Sí, pero ¿cuál ha sido el motivo, la razón de ese silencio?

CIPRIANO.- La sorpresa, no hay duda. Nadie podía esperar ese desenlace, que presta a la historia una estructura circular, infinita.

SILVESTRE.- Sí, como algo situado entre dos espejos, que se reproduce infinitamente. Muy original.

OTOMAR.- No tan original. La idea puede sorprender, aplicada cuando no se espera. Pero no es nueva.

LOTARIO.- No hay nada nuevo, por supuesto, todo está inventado…tecnologías aparte. ¿Pero se te ocurre algún ejemplo de relato de estructura circular infinita como éste?

OTOMAR.- Sí, enseguida me ha venido a la memoria un cuento de Cortázar: Continuidad de los parques.

TEODORO.- Lo recuerdo, pero no es lo mismo. Permíteme que, como autor, defienda la originalidad de mi relato, al menos, frente al de Cortázar. En Continuidad de los parques un hombre está leyendo en un libro que otro hombre empuña un cuchillo y va en busca de su víctima; el que tiene el cuchillo llega finalmente hasta el que lee el libro, que es precisamente su víctima. Aquí hay, es cierto, una estructura circular (lector-asesino-lector), pero no infinita: con el asesinato, se cierra el círculo y la historia. En cambio, en mi relato la historia nunca se cierra. El narrador cuenta la historia del espíritu Alfredo, en la cual aparece un hombre que resulta ser el narrador que cuenta la historia del espíritu Alfredo, en la cual aparece un hombre que resulta ser el narrador que cuenta la historia del espíritu Alfredo, en la cual…¿Os dais cuenta?

LOTARIO.- De todos modos, ése es un efecto que, como todo efecto, es básicamente “tecnológico”. Lo interesante está, o podría estar, creo yo, en el contenido, en esa voluntad de desentrañar el misterio de nuestra existencia desde lo más inmediato.

CIPRIANO.- O sea, que no hay que buscar monstruos ni en la tierra ni en los cielos, ni siquiera en la imaginación. Porque los monstruos somos nosotros.

SILVESTRE.- A mí, lo que especialmente me ha encantado, Teodoro, es esa sensación de extrañeza del espíritu Alfredo al verse huésped forzoso del cuerpo humano. Y es que esa extrañeza la tenemos todos, sin necesidad de ser espíritus puros. Y no sólo la de estar encerrados en un cuerpo, sino la de la propia identidad, la de ser algo o alguien concreto no se sabe por qué razón. Esta extrañeza es la que expresa admirablemente García Lorca en sus versos

entre los juncos y la baja tarde

qué raro que me llame Federico.

TEODORO.- Bueno, yo ya he puesto mi grano de arena. Seguro que alguien de vosotros tiene preparado algo más. Lotario, claro, que ya pone sus papeles sobre la mesa.

(CONTINÚA)

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Doppelgänger

Fue una noche de verano de 1960. Leónidas había abandonado la pista – el baile seguía animado aunque la claridad del día ya asomaba por oriente – y se había retirado a una zona tranquila. Se sentó en uno de los dos pequeños bancos que, casi enfrentados, cerraban en ángulo aquella parte del jardín. Estaba cansado, y se sentía vacío. Iba a cumplir veinte años y aún no veía la manera de que sus sueños se encarrilasen… ¿Sus sueños? ¿Sabía de verdad cuáles eran?

La fiesta, pese a la gran animación, le había dejado un sabor amargo. María no estaba ahí, y ninguna de las que estaban significaba nada para él. Y si fallaba esto, fallaba todo. Los pocos amigos con quienes podía hablar seguían atrapados por la música, el alcohol y un ansia de felicidad inmediata e inconcreta, como él mismo en tantas ocasiones.

Pero aquella noche no, aquella noche había en el ambiente, y sobre todo en sus nervios, algo especial, algo extraño que no sabría expresar, un oscuro presentimiento. Tonterías, pensó. En todo caso, lo mejor sería acabar la noche con dignidad. Eso es, encendería un cigarrillo y se iría a casa caminando lentamente cara al amanecer.

Iba a levantarse cuando tuvo un sobresalto. En el otro banco había una persona. Ni estaba cuando él había llegado, ni la había visto llegar. Claro que, absorto en sus ensoñaciones, quizás no se había dado cuenta… Era un joven de su misma edad, sin duda, pero la escasa luz no permitía ver los rasgos de su rostro. Apenas había hecho el gesto de levantarse, cuando el joven habló.

-¿Ya te vas? No ha sido divertido, ¿verdad?

Al moverse levemente para hablar, la escasa luz iluminó algunos rasgos de su rostro. No, no lo conocía. Pero le resultaba un tipo familiar.

– No, nada divertido. ¿Y para ti?… No nos hemos visto antes, ¿verdad? ¿Veraneas aquí?

-Sí, claro. Y he de decir que esto es muy aburrido, y además una pérdida de tiempo.

– Es verdad, pero ¿qué quieres? Estamos en vacaciones ¿no? Y a nuestra edad, todavía se puede perder un poco el tiempo alegremente ¿no te parece?

– No. La gente que ha de ser alguien en la vida no pierde nunca el tiempo, y menos de esta manera tan estúpida. Aprovechan el verano. Estudian, viajan, trabajan, y siempre con la vista puesta en el porvenir.

– Sí, los conozco. Pero, la verdad, no sé si vale la pena. Quiero decir que no sé si compensa…

– ¿Qué vale la pena para ti?

– Llegar a ser lo que sueño ser.

Leónidas esperaba otra pregunta, que no llegaba. Decidió preguntar él.

– ¿Sueles venir por aquí?

– Sí, como tú.

– Es raro que no te haya visto antes.

– No, lo raro es que me veas ahora.

Leonidas se estremeció. Un frío intenso le llegó al corazón. Respiró profundamente, y decidió levantarse de una vez y marcharse: aquello iba adquiriendo el aire inconfundible de un sueño inquietante.

– No me has dicho cuál es tu sueño – dijo entonces el desconocido.

– ¿No lo sabes? – contestó secamente Leónidas –. Quiero ser el hombre más grande que nunca ha existido, el genio absoluto de las letras, de la poesía exactamente. ¿Qué te parece? Aunque a veces me inclino por la política y pienso que seré el gran líder de este siglo, el que llevará a cabo la revolución definitiva que salvará para siempre a la humanidad de la miseria y el caos.

– No está mal, es ambicioso. Y eso se consigue pasando el verano en la más completa vagancia…No sé, no lo veo claro.

– ¿Sabes qué te digo? Que no me importa si lo ves claro u oscuro. No sé quién eres ni por qué he de responder a tus preguntas. Me voy.

– Adiós, Leo. Nos volveremos a ver.

La vida de Leónidas avanzó deprisa, como suele suceder en todas las vidas, sobre todo en aquellas en que se espera realizar algo importante que, por determinados motivos, hay que aplazar continuamente. El padre de María, su esposa desde los veinticinco años, le ofreció un espléndido futuro de prosperidad y tranquilidad económica. Él sólo tenía que acabar las dos carreras que estudiaba y luego, muy bien colocado, ya se podría dedicar a lo que en realidad le importaba. Y acabó las dos carreras y se casó y tuvo hijos y estuvo bien colocado.

De vez en cuando pensaba en lo suyo y se decía: ahora, cuando esto se solucione, me pondré a escribir en serio. Porque, no se sabe si en serio o en broma, pero es el caso que a veces escribía. En la política ya no pensaba. Había comprendido que nadie puede ser justo y entero – como él creía que había que ser – si se dedica a la acción política. Pero en la poesía sí, en el arte de escribir, el único capaz de descifrar los misterios esenciales del ser humano, en eso sí que creía, con los ojos cerrados. Sólo que…no tenía tiempo. Hoy mismo, se dijo, tengo que revisar todos los informes de mis subordinados y enviar mis conclusiones a la central. Son las cinco y solo estoy a la mitad, habré de quedarme aquí hasta las once, por lo menos.

A las once Leónidas continuaba trabajando en su despacho. Seguro que estoy solo en toda la planta, pensó, quizá en todo el edificio. De pronto le vino, nítido, el recuerdo de una noche de verano en que se había apartado de la multitud para entregarse a sus ensoñaciones. Y entonces alguien llamó a la puerta. Seguridad, pensó.

– Adelante.

Se oyó el discreto ruido de la puerta de madera noble que se abría.

– No voy a estar mucho rato – dijo, sin levantar la vista de la mesa – ¿Va todo bien?

– ¿Tú qué crees?

Un escalofrío le recorrió el cuerpo de arriba abajo. ¡Aquella voz! Miró y, debido a la penumbra del despacho y a la claridad del exterior, sólo pudo ver la silueta de un hombre recortada en el vano de la puerta. El hombre se acercó unos pasos. Se hizo más visible. Sería de su edad. Pero los rasgos del rostro permanecían, confusos, en la penumbra.

– ¿Qué quieres? – preguntó Leónidas, y por un instante pensó que aquello no le iba a responder, que se fundiría en la sombra como hijo de su imaginación que era.

– Ya lo sabes – contestó el hombre…pues sin duda lo era -. He venido a pasar cuentas, a examinar la situación.

Sí, lo sabía. O al menos recordaba el breve encuentro con un joven desconocido cierta madrugada de verano de hacía veinticinco años.

-¿Dónde está la juventud? – preguntó el hombre.

– Bueno, la juventud pasa, como todo en la vida. Ahora estamos en otro momento.

– ¿Y los sueños?

– Los sueños sueños son, y perdona. De todos modos, no he renunciado a lo esencial.

– Ah, ¿no? ¿Y en qué se nota?

– Nunca he dejado de escribir, y pronto, con la ayuda de María…

– María te va a dejar.

– ¿Cómo dices?

– Lo sabes muy bien. No pretendas engañarte. María no te soporta, no encuentra en ti nada del joven que le cautivó en su adolescencia. Piensa que te has traicionado, que la has traicionado y que has convertido la convivencia, la familia, en una triste rutina sin sentido.

– Pero eso es… injusto. Fue ella quien me empujó a aceptar la oferta de su padre, con todo lo que implicaba.

– Sí, pero esperaba que no aceptases, esperaba que fueses capaz de levantar el vuelo por tus propios medios.

– Pero yo…¿cómo iba a saber? Entonces, ella me engañó, ha sido ella quien me ha estado engañando…

– Es inútil, Leo, no busques razones fuera. Tú eres el único responsable… Y bien, ¿qué piensas hacer ahora?

-No sé… resistir, supongo. Recuperaré a María, desandaré el camino y volveré al punto…En cuanto acabe…

-En cuanto acabes, ¿qué? ¿El trabajo de esta noche? ¿El de los próximos veinte años? No te engañes, Leo, y piensa que no siempre me podrás ver. No juegues con el tiempo.

Aquella noche Leónidas no pudo dormir. A la mañana siguiente se lo contó todo a María, el encuentro de hacía veinticinco años y el de la pasada noche (sólo omitió el triste anuncio). Ella le escuchó con actitud atenta y comprensiva. Cuando él dejó de hablar, dijo.

– Trabajas demasiado, Leo. Ya lo decía papá, que no sabes delegar. Delega, hombre. Tómate un descanso. Piensa que…

– María, ¿me quieres?

– ¿A qué viene eso ahora? Claro que te quiero, ¿Y tú a mí?

– ¿Yo? María, tú eres lo más grande, lo más bello, lo más auténtico que me ha dado la vida. ¿No me dejarás, verdad?

– Dejarte, qué ocurrencia… Bueno, si no te portas bien…

Y su franca sonrisa fue sellada por los labios de Leónidas. Y mientras se besaban apasionadamente, él sintió que otra vez tenía veinte años.

Al principio fue difícil, pero poco a poco Leónidas aprendió a delegar responsabilidades. Trabajaba menos, escribía más y observaba a María con una atención casi paranoica. Y después de muchos meses de observar llegó a la conclusión de que el visitante nocturno estaba equivocado, que a María no le había pasado por la cabeza abandonarle, que todo iba razonablemente bien. A medida que estas ideas se consolidaban en su ánimo, iba cobrando mayor confianza en sí mismo, y en su futuro.

Aún era joven, habría tiempo para todo, de momento tenía que corregir el desorden que el abandono parcial de sus tareas había introducido en la empresa. Y poco a poco, sin apenas darse cuenta, trabajaba más y escribía menos. La que sí se daba cuenta era María, que veía cómo su marido se convertía de nuevo en una máquina de hacer cosas, aparentemente sin alma. Y empezó a mandarle mensajes, cada vez más explícitos, pero él no los recibía, pues se había quedado anclado en la seguridad obtenida de sus ya antiguas indagaciones.

Meses antes de cumplir los sesenta y cinco, Leónidas pensó que el acontecimiento requeriría algo especial. Y cuando María sacó a relucir el tema, cayó en la cuenta de que, como siempre, ella ya lo habría previsto todo.

– Sí, cariño, sesenta y cinco, nada más y nada menos. Sabía que no te olvidarías.

– Supongo que te retirarás.

– ¿Cómo? ¿De trabajar, quieres decir?

– Sí, claro, la gente suele hacerlo a esa edad.

– Pero ¿qué gente? ¿De qué me hablas, María? ¿Me tomas por un vulgar chupatintas? Yo tengo responsabilidades.

– ¿De verdad no piensas jubilarte?

– De verdad. De momento no. Tengo mucha vida por delante, hay tiempo para todo

– Pues entonces…a lo mejor… me retiro yo.

– ¿Qué quieres decir? Ya te jubilaste hace un año, y recuerda que en contra de mi opinión.

– No he hablado de jubilación, sino de retirarme, de irme, de desaparecer.

Leónidas palideció. No podía ser, no podía ser que precisamente en ese momento se cumpliese la triste predicción.

– María, no lo dices en serio. No serías capaz de hacerme esto, ¿verdad?

– ¿Has pensado alguna vez en lo que has sido capaz de hacerme tú?

– Pero…yo creía que eras feliz conmigo… que éramos felices…

– Creías…tú sólo te miras a ti mismo. ¿Has pensado en lo que yo creía, en cómo me sentía? Sólo piensas en ti, Leo, en tu trabajo, en tus fantasías… los demás no existimos para ti…

Bien, ya vale. Los que tenemos cierta edad conocemos bien este tipo de discusiones. Y no todas acaban mal, por cierto. La de nuestra pareja sí, como si estuviese escrito. María se fue a vivir con una de sus hijas. Y Leónidas se encontró solo ante la estupidez absoluta de su trabajo. El mismo día de su cumpleaños decidió dejarlo. Repartió parte de sus bienes, que no eran pocos, entre María y sus hijos, se quedó lo suficiente para vivir modestamente el resto de la vida y alquiló un pequeño estudio en el centro de la ciudad. La primera noche que estuvo ahí, solo, rodeado de sus libros y papeles … llamaron a la puerta.

– Pasa, está abierto. Esperaba tu visita.

El hombre entró, y esta vez lo pudo ver bien. Y no se sorprendió al comprobar que su rostro, su figura, su porte, eran los de él mismo. Casi completamente calvo, delgado, algo encorvado. Era como si la imagen que solía ver en el espejo se moviese por su propia cuenta. Le ofreció asiento.

– No me hiciste caso, Leo – dijo el hombre – y ya ves.

– Sí, tienes razón. Pero era muy difícil, reconócelo. ¿Quién es capaz de seguir al pie de la letra los sueños de la juventud?

-Tú pudiste hacerlo, sólo con un poco de voluntad, de energía, de determinación. Pero enseguida te dejaste llevar por lo más fácil. Te vendiste por un plato de lentejas, y además de mala calidad.

– Pero mira – y con un amplia gesto de la mano, Leónidas le mostró el estudio lleno de libros y papeles -, aún hay tiempo. Y ahora va en serio.

– No es lo mismo que a los veinte años, pero…quién sabe. Si tienes fe…

– Absoluta.

– ¿Piensas en algo concreto?

– Voy a escribir una obra que nos ilumine definitivamente sobre la miseria y el misterio de nuestra condición.

– No está mal. Siempre tan ambicioso… y espero que no sea sólo de boquilla, como aquella vez, ¿recuerdas? Me voy. Y piensa que no tendremos otra oportunidad para hablarnos. Escúchame bien, Leo, la próxima vez no habrá palabras. En cuanto me veas llegar, vendrás a mi lado, y juntos nos iremos para siempre.

Leónidas se estremeció. Cerró los ojos y se vio en el jardín lleno de música de la noche de verano. Si pudiera volver, pensó. Cuando abrió de nuevo los ojos, el visitante no estaba.

La soledad tiene estas cosas, se dijo, alucinaciones, visiones, fantasías. Bueno, todo se puede aprovechar.

Y alcanzó el mazo de folios y empezó a escribir.

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El espíritu Alfredo

 

A las siete y diez de la mañana del veintiocho de septiembre el espíritu Alfredo se hizo carne. No fue tan extraño ni doloroso como lo había imaginado. En realidad, todo consistió en una supresión de la ligereza, de la levedad, como si, de pronto, una gruesa cadena pretendiese sujetarle al suelo, haciéndole muy difíciles los movimientos. Es el efecto de la gravedad, se dijo, eso que parece que se entiende cuando se lo explican a uno, pero que hasta que no se experimenta no se comprende de verdad. Como debe de ser todo en la vida, pensó, una cosa la teoría y otra la práctica, o sea, la carne.

La vida de Alfredo, si es que se puede llamar vida el fenómeno de su existencia anterior a aquel momento, no había sido muy diferente de la de los demás espíritus. Si acaso, se había distinguido por una fuerte inclinación a interesarse por los asuntos humanos y, entre ellos, por todo lo relacionado con la filosofía, el arte, la historia, la política, la sociología. También la ciencia le había interesado mucho, pero no la tecnología, cuyos continuos avances, que tanto encandilaban a los seres humanos en general, se le antojaban insulsos juguetes para niños poco imaginativos.

Había aprendido principalmente en las aulas de escuelas y universidades, aunque tampoco había desdeñado la lectura en solitario. Desde su rincón del aula o prácticamente pegado al techo, que eran sus posiciones preferidas, se complacía en escuchar las jugosas explicaciones del profesor Valleco sobre los modos de composición de los antiguos poetas provenzales o los rigurosos planteamientos en torno a la conjetura de Fermat, en boca del doctor Maestro. Pero el espíritu Alfredo sabía que, a partir de aquel momento de la encarnación, ya nada sería igual.

Para empezar, ya no podría llamarse con propiedad “espíritu Alfredo”, sino sólo “Alfredo”. Su ser, antes libre, volátil y hasta caprichoso, había quedado atrapado en una red de nervios y huesos, vísceras y sangre, fluidos y tejidos, que es lo que configura el cuerpo humano. A veces, sin apenas darse cuenta, se llevaba la mano a algún lugar de su anatomía, al vientre, por ejemplo, y la deslizaba sobre aquella superficie lisa, que ocultaba un mundo oscuro de conductos retorcidos portadores de sustancias viscosas, y se decía: qué tiene que ver todo esto conmigo. Gracias a sus conocimientos de medicina podía imaginarse muy bien de qué y cómo estaba compuesto aquel artefacto que en adelante había de acarrear.

Pero más que la representación imaginaria de la espesa materia que le retenía, le preocupaba sus efectos negativos. La visión, antes límpida y despejada en los 360 grados de su posición nuclear, se presentaba ahora limitada, turbia, oscurecida, entorpecida por diminutas partículas móviles y sombreada por la absurda proximidad de nariz, pestañas y cejas. El oído que, antes, en su forma inmaterial, estaba destinado sólo a captar sonidos y que, en los momentos de reposo, gozaba de un silencio perfecto, era ahora un dispositivo grosero que, en los momentos de supuesto reposo captaba o generaba un incesante ronroneo o zumbido. Y la forma de desplazamiento, que ahora se basaba en el continuo separar y juntar de las extremidades inferiores en un proceso de avance ridículo. Todo se había convertido en algo basto, grosero, torpe, limitado, por completo diferente de su anterior libertad. Pero él no lo había decidido. Ni siquiera sabía por cuanto tiempo habría de soportar la nueva situación, ni si le sería posible retornar a la antigua o a alguna otra nueva y desconocida. Así que lo mejor era aceptarlo todo con resignación.

Su proceso de encarnación no sólo había sido físico, sino también social y burocrático. Quiero decir que, cuando apareció a los ojos del mundo, lo hizo con todo lo necesario: ropa, vivienda y documentación, y hasta con una cuenta en un banco con mil euros, cantidad insuficiente para vivir unas semanas, según había oído decir. Y es que enseguida comprendió que le faltaba algo fundamental para moverse por el mundo visible: el dinero o los medios de conseguirlo. Así que fue un enorme alivio para él descubrir entre los papeles del banco y los de propiedad de la vivienda una carta del rector de la Universidad Internacional de Europa, en la que se le aceptaba como profesor de literatura comparada. Alivio y alegría, porque precisamente ahí, en esa universidad había pasado incontables horas felices apropiándose de gran parte de los conocimientos atesorados por la humanidad.

El Pato Loco era la taberna donde solían acudir algunos estudiantes y, muy raramente, algún profesor. Alfredo, que ya llevaba unas semanas dando clase en la vecina facultad, se había apropiado de una mesita situada en un rincón bastante discreto. Casi todas las tardes solía pasar ahí unas horas, leyendo, bebiendo cerveza, escribiendo algunos pensamientos que le venían a la mente y que ya no le resultaba tan fácil retener como antes, y observando con curiosidad disimulada, los movimientos, los rostros, las palabras de los estudiantes.

Lo único que trastornaba la relativa paz de aquel lugar era la máquina de tabaco situada muy cerca de su mesa. No pasaban unos minutos sin que algún estudiante no se acercase a echarle unas monedas y recoger sus cigarrillos. Era difícil concentrarse en la escritura o en la lectura, y hasta en la cerveza, a la vista y casi al roce de las cinturas desnudas de las chicas, sobre todo cuando se inclinaban para recoger el paquetito de cigarrillos que, con un ruido sordo, como de disparo de trabuco, se precipitaba en un canalillo que discurría por la parte inferior de la máquina.

En aquellas ocasiones, a la vista y proximidad de ciertas pieles y ciertos ombligos, sobre todo cuando pertenecían a una anatomía bien distribuida, Alfredo notaba cómo la fuerza poderosa de la naturaleza alzaba en él su verdad incontestable. Ya lo sabía, por supuesto que lo sabía. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica, o sea, la carne. A veces recibía de alguna muchacha una mirada cómplice – cómplice ¿de qué? -, pero ninguna se acercaba a hablarle. Él tampoco lo intentaba. No se atrevía.

Aquí hay que aclarar que las circunstancias concretas de la encarnación de Alfredo habían conformado una personalidad más bien tímida. Parece extraño, pero es así. 

El que sí se le acercó una tarde fue un hombre de sesenta años cumplidos, seco y nervioso, al que enseguida reconoció como alumno suyo, más que nada porque, con otras dos mujeres de edad avanzada, destacaba notoriamente de la masa juvenil.

– ¿Me permite? – dijo el hombre, al tiempo que separaba una de las sillas que permanecían pegadas a la mesa, con la evidente intención de sentarse.

– Adelante – respondió Alfredo, tratando de desviar la mirada de la chica y ombligo que en aquel momento se plantaban ante la máquina.

– Soy alumno suyo.

– Sí, ya le he visto en clase – reconoció Alfredo.

– Usted…bueno, permíteme que te tutee. Podría ser tu padre.

¡Qué raro, pensó Alfredo, tener padre! Y el hombre prosiguió.

– Seguramente te extrañará que, a mi edad, haya decidido empezar una carrera.

– No…

– Y precisamente la de humanidades. Y precisamente literatura.

– No, no, no me extraña. Cualquier edad es buena para estudiar. (Yo llevo milenios haciéndolo).

– Desde que abrí los ojos al mundo – empezó el hombre, al tiempo que depositaba en la mesa una carpeta de tapas negras – no dejo de sorprenderme por las cosas de la vida, y no me refiero a las grandes o pequeñas tragedias individuales o colectivas, no, me refiero a lo más elemental, a lo básico, a todo aquello que configura nuestra existencia y de lo que ni siquiera nos damos cuenta. El nacimiento, por ejemplo. Uno sale del vientre de una mujer por el simple hecho de que, meses atrás, un hombre había introducido en ella determinado líquido corporal en un momento en que una y otro estaban tan ofuscados y exaltados que de ningún modo podían hacer otra cosa que lo que hacían. Así que somos hijos de la exaltación y la ofuscación.

– Algunos lo llaman amor.

– Sí, ya. Y lo que ocurre entre las sabandijas, ¿también es amor? ¡Por favor! Yo pienso que, en ese momento, los hombres se olvidan de lo que de humano puede tener eso que llaman amor y regresan al mundo de las sabandijas. Y es que, si no se diese ese ofuscamiento de origen puramente animal, a nadie se le ocurriría poner en el mundo a otro ser humano, otro sujeto y objeto de las mismas estupideces y desgracias cometidas por todos sus antepasados. Y una vez echado al mundo, ese nuevo ser, ese animalillo indefenso ha de recibir toda clase de cuidados para poder sobrevivir, ¡en eso sí se diferencia de las sabandijas! ¿Y cómo vive, cómo crece? Apropiándose de las vidas ajenas. Ingiere leche, que no es más que sangre animal transformada, y luego devora vegetales de la tierra y carne de otros animales. Y así se va formando y manteniendo su persona. Y va pasando la vida a trompicones, ahora alegre, ahora triste, esperanzado, perdido, iluminado, decepcionado, exaltado, abatido, y siempre engañándose, siempre diciéndose que pronto todo dará un cambio, que todo irá a mejor. Sí, a mejor… Pero lo cierto es que las fuerzas se van apagando, que la carne se reblandece, que las arrugas van invadiendo el rostro, las manos y todo el cuerpo, que ya ni siquiera es capaz de aquellas exaltaciones que tantos problemas le dieran y que ahora evoca con melancólica nostalgia. A veces, el cerebro se apaga antes que el resto del cuerpo y el tipo queda convertido en un simple vegetal que defeca y orina. Y en todo caso se muere, es decir, que casi siempre con dolor y, si es consciente, con pavor, deja de funcionar lo que hacía de él una persona, y desaparece, ¡plis, plas! ¡fuera! Como si no hubiese nacido…

El hombre se interrumpió, y se quedó mirando fijamente a Alfredo, como esperando un comentario. A Alfredo sólo se le ocurrió emitir:

– ¿Y?

– ¿Cómo se puede soportar eso?

– Como siempre se ha soportado. Y, en el peor de los casos, se puede escapar: la propia muerte está en manos de cada cual. Cualquiera se la puede proporcionar cuando se le antoje. Procurársela es facilísimo. Lo difícil, lo imposible, según parece, es evitarla.

– Sí, pero yo no deseo escapar, sino darle la vuelta al misterio.

– Por eso estudias humanidades, literatura…

– Sí. Estudié filosofía, pero enseguida vi que me había equivocado. Por el camino de las ideas no se llega a la verdad.

– ¿Y por la literatura, sí?

– Sí, el arte puede dar la respuesta. Siempre que sus logros estén a la altura de la pregunta. Y lamentablemente, tengo que decir que no, que hasta ahora no han estado a la altura, ni de lejos. Hay en los grandes poetas un lejano atisbo. Pero nada más. Y lo peor es cuando los escritores buscan en territorios inexistentes lo que la cruda vida nos muestra ante las narices. Historias de vampiros, por ejemplo, ¿pero hay más claro vampirismo que en el acto del niño de succionar la leche de la madre? Novelas de androides, ¿pero hay mejor ejemplo de humanoides fabricados en serie que los que llenan los estadios o las autopistas los fines de semana? Historias de zombis, de muertos vivientes, ¿qué es eso comparado con la realidad de la víctima del alzheimer? El Alien que va extendiéndose e invadiendo todo el cuerpo da risa si se piensa en el tumor cancerígeno. Y qué decir de las historias sobre una imaginaria realidad virtual. ¿Virtual? ¿Imaginaria? Será virtual de segundo grado, porque toda la realidad, todo eso que la mayoría de la gente juzga realidad indiscutible ya es virtual, es decir, está en la mente de cada cual, sin que se pueda saber con seguridad si hay algo fuera que se corresponda con esa imagen mental. Nadie ha abordado el problema con seriedad desde el punto de vista artístico. Yo he empezado a intentarlo. He escrito algo – y señaló la carpeta – que espero que sea el principio.

– El principio ¿de qué?

– De una obra que nos ilumine definitivamente sobre el misterio y la miseria de nuestra condición. De momento es sólo un ensayo, quiero decir, un intento, un esbozo, o quizá un anuncio, en forma de relato corto.

– Y quieres que yo lo lea y te dé mi opinión.

– Si no es molestia…

El hombre se levantó. Y antes de alejarse, lanzó una mirada aprensiva a la carpeta como si aquello hubiese de hacer explosión en cualquier momento, pero lo que se oyó fue el ruido sordo, de disparo de trabuco, de la máquina de tabaco. Alfredo ni se enteró. No podía apartar la vista de la carpeta. La tomó, la abrió y empezó a leer:

A las siete y diez de la mañana del veintiocho de septiembre el espíritu Alfredo se hizo carne. No fue tan extraño ni doloroso como lo había imaginado. En realidad, todo consistió en una supresión de la ligereza, de la levedad…

(De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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Finde

Sentado a su mesita de El Pato Loco, aplicado a la lectura, al paladeo de la cerveza y a la observación del mundo circundante, el profesor Alfredo recibía a veces la mirada cómplice de alguna muchacha -¿cómplice, de qué?, se preguntaba – , pero ninguna se acercaba para hablarle. Hasta que una tarde, una jovencita de aspecto espléndido –cabello largo y rubio, piel dorada por el sol -, se le acercó y se plantó ante él.

– ¿Puedo hacerte una proposición?

– Siéntate –dijo él con la palabra y con el gesto.

– Nos caes muy bien, ¿sabes? – dijo la chica, y se sentó frente a él, clavó los codos en la mesa y sostuvo la barbilla con ambas manos como para mirarle mejor -. Nos gustaría que vinieses con nosotras este finde.

– Bueno, bueno… ¿Cómo te llamas?

– Claudia.

– ¿Claudia?…No te recuerdo, y perdona.

– No, si no voy a tu clase, pero ellas sí – dijo, mientras señalaba con la mirada a dos chicas que, en otra mesa, parecían estar absortas en el estudio de unos apuntes -. Bueno, alguna vez sí que he ido, sólo para escucharte, y eres genial, tío.

– Gracias. A ver, ¿en qué consiste exactamente esa proposición?

– Te lo he dicho. En pasar el fin de semana con nosotras. Tenemos una casita en la playa, nos bañamos, tomamos el sol, vamos de marcha, nos lo pasamos genial.

-¿Y crees que yo encajaría en el grupito? ¿O más bien parecería el monitor…?

– Anda, tío, ¿por qué lo dices? ¿Por la edad? Y eso qué importa. Además, estás muy bien, tu aspecto no es de más de treinta.

– Sí, no me puedo quejar del aspecto. No he quedado mal.

No era propiamente una casita, sino un chalet con aires de palacete, construido a principios del siglo pasado. Alineado junto a otros de similares características, daba al paseo marítimo de la pequeña población veraniega. La estación del tren estaba a pocos minutos caminando, y desde ella había llegado Alfredo, siguiendo las instrucciones de Claudia. Empujó la verja del pequeño jardín, que estaba entornada, y después de salvar el breve espacio que le separaba de la casa, subió unos escalones, se detuvo ante la puerta y buscó el timbre para llamar. No lo encontró. A la altura de sus ojos había una aldaba, que parecía más antigua que la puerta. Era una especie de dragón fantástico, que sostenía una argolla que, suponía, había que levantar y dejar caer para llamar. Tenía la mano sobre la aldaba, cuando la puerta se abrió de repente. Claudia se colgó de su cuello, besándole en la cara efusivamente.

– ¡Qué bien, que has venido!

– Claro, ¿no habíamos quedado?

– Mira, ven, te enseñaré tu habitación.

Pasaron del recibidor a un amplio salón decorado con sobriedad y elegancia, y luego subieron por unas escaleras hasta la planta superior. Claudia abrió la primera puerta del pasillo.

-Aquí es.

– Esto es un palacio – dijo Alfredo mientras dejaba caer su mochila sobre la amplia cama -. ¿Y tus amigas?

– Si necesitas alguna cosa, me lo pides…

– No me dirás que vamos a estar solos…

– ¿Algún problema? Mi habitación es la última del pasillo. Ahí tienes el baño. He preparado unas cositas para cenar. En la terraza dentro de media hora, ¿vale?

Cuando Alfredo se quedó solo, lo primero que pensó fue que aquella chica no parecía la misma que había conocido en El Pato Loco. La Claudia informal, despreocupada, pasota, del bar estudiantil se había convertido en una respetable hija de familia. Hasta cierto punto. Porque también pensó que seguramente sus amigas no habían existido nunca, que aquellas que había señalado en el bar eran totalmente ajenas a los planes de Claudia, que posiblemente ni siquiera se conocían. Planes de Claudia…Que existían era evidente, pero ¿en qué consistían? Una especie de risa interior iluminó las vísceras y el sistema circulatorio de Alfredo, y es que la respuesta más fácil a su interrogante no le desagradaba en absoluto. Mientras se duchaba – porque estaba claro que ella esperaba que se duchase – pensó que al fin, sin buscarlo, se le había ofrecido la oportunidad de experimentar en su propia y reciente carne aquello que tanto entusiasmaba y enloquecía a los humanos que nunca habían sido espíritus puros. Observó su miembro viril y le pareció alegre y bien dispuesto. Casi dos meses de carne mortal y aún no lo había probado. La verdad es que se las prometía muy felices.

La terraza se abría desde el salón y daba a un mar ya casi oscuro, sobre el modesto paseo marítimo y la franja de arena que lo separaba del agua. El rítmico sonido de las olas se mezclaba con algunas voces que llegaban de la playa y con el intermitente fragor del tren, que pasaba a pocos metros por detrás de la casa. Ante la variedad de manjares exquisitos que se ofrecían en la mesa, Alfredo no pudo menos que exclamar:

– Todo esto… ¿lo has hecho tú?

– ¿Quién, si no?

– ¿Sabes cocinar? Tenía entendido que las chicas de tu edad pasaban de eso.

– Hay de todo y para todo, señor profesor – y le dirigió una mirada maliciosa que le recordó a la Claudia que había conocido en el bar.

– Y esta casa es…de… tus padres…

– ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué sí?

– No quiero que me digas nada en concreto, Claudia. Di lo que te apetezca, sea verdad o mentira, tanto da. Es lo que te va, ¿no?

– ¿Verdad? ¿Mentira? No me asustes, Alfredo, con esas palabras tan gordas en una noche como ésta.

– Tienes razón. Pero no las he pronunciado como conceptos filosóficos, sino como términos coloquiales.

-¿Vas a hablarme así toda la noche? No es que me importe mucho, siempre se aprende algo. Pero, francamente…

– Perdona, Claudia, tienes razón.

– Además, las grandes palabras no significan nada. Porque dime tú ¿qué es la verdad?

– Bueno, ésa es una pregunta bíblica que requiere una respuesta bíblica. Por consiguiente…la verdad será lo que nos haga más libres.

– Voy a vigilar el asado.

– ¿Asado? Y con un vino tinto de primera, supongo.

– ¡El vino! Hazme un favor, Alfredo. Mientras yo vigilo ese cacharro de horno, baja tú mismo a la bodega y elige el vino que prefieras.

– ¿La bodega?

– Sí, hombre, ¿sabes las escaleras que van a las habitaciones? Pues también van abajo. O sea, que en vez de subirlas, las bajas, y enseguida encontrarás la bodega.

Alfredo empezó a descender por la escalera. No encontró ningún interruptor de luz, así que fue bajando sin más claridad que la escasa que llegaba del salón. A los pocos peldaños, se encontró con un pequeño rellano, donde una puerta cerrada proyectaba por debajo un hilo de luz. Oyó un ruidito vagamente acompasado detrás de la puerta. ¿Un aparato que iba haciendo su trabajo? No, más bien recordaba el tableteo de una máquina de escribir, o de un ordenador poco fino. Siguió descendiendo y enseguida dio con la bodega, y hasta con un interruptor. Encendió la luz, escogió la botella y emprendió el camino de vuelta. Tras la puerta del rellano, silencio absoluto. Pero cuando iba ya a entrar en el salón, le pareció oir de nuevo el ruidito del supuesto teclado. Bajó de nuevo para asegurarse. Antes de llegar a la puerta, el ruido cesó en seco. Se mantuvo ahí unos instantes, atento. Nada, silencio.

En la terraza le esperaba Claudia empuñando unos cubiertos ante la fuente del asado.

-¿Algún problema?… Ah, sí, me olvidé decirte que la luz de la escalera no funciona. Pero bueno, ya veo que no te has roto una pierna.

Probaron la carne, brindaron con el vino y entablaron una conversación ligera sobre las cosas y las gentes de la universidad.

-Y tú, Claudia, ¿ya sabes lo que quieres hacer en la vida?

– Tengo una ligera idea.

– ¿Por qué estudias literatura?

– A lo mejor es que quiero escribir y convertirme en una autora famosa.

– Me parece que no te lo crees.

– ¿Por qué lo dices? ¿Piensas que no soy capaz? ¿Tan importante, tan difícil es escribir?

– Claudia, ¿hay alguien más en la casa?

– ¿Cómo dices?

– Me has oído muy bien. Tras la puertecita que da a la escalera de la bodega alguien estaba tecleando.

– ¿Tecleando? Qué cosas dices.

– Y había luz por debajo de la puerta.

– Yo no sé lo que tomas, tío, pero que funciona, seguro.

– ¿Quieres convencerme de que han sido alucinaciones?

– Quiero que tengamos la fiesta en paz y que te dejes de historias raras… Y dime, ¿hace mucho tiempo que eres profesor? ¿Estudiaste en la misma universidad?

– He estudiado en muchas universidades, en ésta también, claro, y lo de ser profesor me vino así…como caído del cielo.

– Y cuando tenías mi edad, ¿ya sabías lo que ibas a hacer en la vida?

– ¿Y si te digo que nunca he tenido tu edad…?

– Pensaría que eres un tonto presumido que quieres hacerte el interesante… Alfredo, tú que sabes tantas cosas, dime, ¿qué pasa cuando nos morimos?

– Vaya, creía que estaban prohibidos los grandes temas.

– A veces tengo miedo, mucho miedo. Pienso en ello y…no lo puedo soportar. Y otras veces…

– ¿Tan grave es morir?

– ¿Tú no tienes miedo?

– No sé… es una experiencia que no conozco.

– No seas burro, ¡nadie la conoce!

– Es como nacer…

– Bueno, lo que pasa con el nacer es que nadie se acuerda, ¿no?

– Eso será.

Habían acabado de cenar. Claudia señaló un pequeño sofá-mecedora, suspendido bajo un toldillo, de los que abundaban en los jardines privados en la primera mitad del siglo XX.

– Ven, sentémonos ahí.

La estrechez del sofá hacía inevitable el contacto de los muslos.

– ¿No quieres bajar a dar un paseo por la playa?

Claudia no respondió.

– O a tomar una copas…

– Estamos bien aquí, ¿no?

Alfredo sintió que su bienestar aumentaba de tamaño de manera alarmante.

– ¿No salíais de marcha por las noches y os lo pasabais genial?

– ¿Quién?

– La chica aquella que vino a hablarme en El Pato Loco, amiga de aquellas que estaban en otra mesa, ¿te acuerdas?

– No sé de qué me hablas.

– Claudia, ¿eres así de complicada o te gusta aparentarlo?

-¡Mira qué luna!

Alfredo comprendió que, en la mente de la muchacha, la línea recta no era la distancia más corta entre dos puntos, y miró a la luna.

– Sí, es enorme.

– Y en cambio, cuando está arriba de todo, se ve pequeñita.

– Sí, es un fenómeno muy raro.

– ¿Por qué raro?

– Porque en realidad, esté abajo o esté arriba, la imagen que se forma en el ojo tiene el mismo tamaño.

– Y entonces, ¿por qué se ve diferente?

– Ahí está lo raro del fenómeno.

-Alfredo, tú sabes muchas cosas, ¿verdad? Y no sólo de literatura.

– Nunca se sabe bastante. Pero reconozco que de teoría no estoy mal. Mi parte floja es la práctica.

– ¿La práctica?

Claudia se arrellanó en la mecedora de manera que brazo, muslo y pierna quedaron en estrecho contacto con las partes correspondientes de Alfredo.

– Tendríamos que bajar a estirar las piernas – sugirió Alfredo al notar que su temperatura corporal aumentaba vertiginosamente.

– No, yo creo que tendríamos que ir a la cama.

Alfredo se levantó de un salto y empezó a hacer flexiones.

– Después de una comida como ésta, hay que hacer un poco de ejercicio – se justificó -. ¿De verdad que no quieres salir a dar una vuelta y tomar algo? Aún no son las doce.

– Tú haz lo que quieras. Yo me voy a la cama.

Claudia se levantó del sofá y, sin mirar a Alfredo, abandonó la terraza. Se oyó su voz desde el salón:

– Deja eso como está. Mañana por la mañana viene la chica.

Alfredo se precipitó detrás de Claudia. La alcanzó al pie de la escalera y la cogió del brazo con fuerza. Ella se volvió.

– ¿No me das las buenas noches? – dijo Alfredo con su mejor sonrisa, al tiempo que la soltaba.

– Buenas noches – respondió Claudia.

– ¿No te acompaño?

– ¿Adónde?

– Arriba.

– Sí, tú a tu habitación y yo a la mía.

– Claudia, no sé si has notado…

– ¿Qué?

– Que entre los dos hay…Tú me elegiste, y ahora…yo…

– No te enrolles, tío – cortó Claudia -. Tengo sueño.

Y empezó a subir la escalera, seguido por un Alfredo que trataba en vano de contener su ansiedad. Pasaron por delante de la habitación que él tenía asignada y llegaron ante la de ella. Claudia se volvió. En sus ojos brillaba algo parecido a la ira.

– ¿Pero qué haces tío? ¿Quieres dejarme en paz? Me voy a dormir, ¿te enteras? ¡A dormir! ¿Qué te has creído?

– Claudia, yo sólo he creído lo que tú me has hecho creer. Escúchame.

Ella le miró como si estuviera dispuesta a escuchar a un extraterrestre.

– Todo conducía a eso que…Sería tan bonito… – prosiguió Alfredo, y no supo cómo continuar.

Claudia abrió la puerta, entró y cerró de un golpe. Se oyó el ruidito del pestillo.

– Claudia – dijo Alfredo alzando la voz – ¿Quieres que me vaya?

– Haz lo que te de la gana, tío, y no me marees más.

De pie ante la puerta cerrada, en la penumbra del pasillo, Alfredo sintió cómo su corazón latía aceleradamente. Un extraño temblor le recorría el cuerpo. Tenía que tranquilizarse. ¿Y si se fuera? Seguro que ya no había trenes. Podía buscar un hotel en el pueblo, o llamar a un taxi. No. Con la huída no ganaría nada. Si se quedaba, tal vez podría desentrañar el misterio. Cómo se levantaría Claudia al día siguiente, ésa era la primera incógnita que nunca podría despejar si abandonaba. Sí, lo mejor era quedarse, tranquilizarse y luego irse a dormir. Un rato en la terraza le iría bien, quizá encontrase un cigarrillo…Recorrió el pasillo y descendió por la escalera. Al llegar al salón, sin apenas pensarlo, miró atrás y abajo, hacia donde las escaleras que seguían descendiendo se perdían en la oscuridad. Y entonces le pareció oir el tableteo. Descendió unos escalones. Sí, no había duda: el rumor venía de detrás de aquella puerta. Y el hilo de luz iluminaba el suelo. De pronto, el tableteo cesó y la luz se apagó. Golpeó la puerta con los nudillos, primero suavemente, luego con cierta fuerza. Ninguna respuesta. Bien, pensó, está claro que en la casa hay alguien, que debe permanecer oculto a cualquier visitante. ¿Y Claudia? ¿En verdad no lo sabe? Verdad, Claudia, ¡qué disparate juntar esas palabras! Se sonrió con ganas y se dirigió a la terraza.

Estaba tranquilo. Ni siquiera el hecho de sentarse en aquel sofá, antes tórrido y ahora helado, le perturbó su recobrada calma. Sí que es rara la práctica, pensó. Hay que ver cómo las ideas, los conceptos, las razones son continuamente alterados y desfigurados por el fuego de la vida. El fuego de la vida, buena expresión. Un espíritu puro puede saberlo todo de todo, puede tener soluciones para los más terribles problemas que agobian a los humanos, pero, en cuanto desciende a la tierra, cuando adquiere carne mortal, él mismo se verá expuesto al intenso calor deformatorio del fuego de la vida. Lo mejor sería no exponerse. Pero ¿cómo? ¿Cómo el que vive puede no exponerse a la vida? Era un problema sin solución. Como el del tamaño de la luna. Miró al cielo y allá estaba, arriba de todo, brillante, redonda, pequeña como una moneda. Se arrellanó en el sofá y se quedó dormido.

Se despertó de repente, casi asustado. Por un instante, no supo dónde estaba ni qué había pasado. Le dolía el cuello, la nuca. Hacía frío. El frío le había despertado, sin duda. Miró a su alrededor. Vio que de la ventanita de la cocina que daba al extremo de la terraza salía una nubecilla de humo azulado. Pensó en el horno. En cualquier caso algo se estaba quemando. Se levantó, y un segundo después empujaba la puerta entornada de la cocina.

Lo que vio ya no pudo sorprenderle: la espalda estrecha y encorvada de un hombre casi calvo, sentado a la mesa que ocupaba el centro de la cocina. Fumaba un cigarrillo.

– Buenas noches – dijo Alfredo.

El hombre no contestó ni se volvió. Alfredo dio la vuelta a la mesa y vio que el hombre estaba escribiendo nerviosamente, con un bolígrafo vulgar, en un cuaderno de hojas cuadriculadas. Le reconoció enseguida.

– Buenas noches – repitió -. ¿Nos hemos de presentar o ya nos conocemos?

– Nunca me acostumbraré – dijo el hombre, deteniendo la escritura, pero sin alzar la vista del cuaderno -. Escribir directamente en el ordenador es arriesgado, muy arriesgado. Y además, improductivo. En cambio, cuando paso lo que he escrito a mano, al terminar, me vienen más ideas, que naturalmente tecleo. Pero enseguida me quedo seco, y tengo que volver al boli y el papel.

Alfredo cogió un cigarrillo del paquete que había sobre la mesa, junto a una botella de vino blanco, un vaso y un cenicero, lo encendió y se sentó enfrente del hombre, que había dejado de escribir y que le miraba con una media sonrisa.

-Sabía que había alguien más en la casa, pero nunca hubiese imaginado…usted…Me gustaría saber qué hace usted aquí. ¿Es pariente de Claudia? ¿Amigo? ¿Su padre? En cualquier caso, es evidente que la conoce. Dígame, ¿qué le pasa a esa chica?

– ¿Ya no nos tuteamos? No hay que olvidar la unidad de estilo, es importante. Por cierto, que aún espero algún comentario sobre el relato…

– El relato…sí, lo leí.

– ¿Y?

– Desconcertante.

– Desconcertante… humm…Bueno, lo tomo como un elogio. Pero tiene fallos. Uno, muy importante, de concepción, ¿sabes? Pero, en fin, ya te dije que era sólo un intento. Algún día lo conseguiré.

– Pero a Claudia ¿qué le pasa?

– ¿Claudia? Nada. No es ése el problema. El problema es de concepción general, ya te lo he dicho, de adecuación con la idea.

– Pero reconocerás que su comportamiento es absurdo, disparatado.

– No, no lo reconozco. A su edad es normal. Es posible que en este momento esté pensando en suicidarse. Seguro, vaya.

– ¿Lo dices en serio? Habrá que hacer algo.

– No te preocupes. De momento no hay peligro. En la habitación no hay nada que le pueda servir. Es verdad que ahora está pensando en bajar, encender el gas y meter la cabeza en el horno, pero sabe que tú andas por aquí y eso la retiene.

– Y tú también…

– No, yo no. Yo no existo para ella.

– ¿Quieres decir que estás en esta casa de okupa clandestino?

– No, es ella la que está de okupa en mis ideas. Como tú mismo.

– ¿Yo?

– Seamos serios, Alfredo. ¿Crees de verdad que puede existir un espíritu puro y que, en caso de que exista, puede encarnarse como quien se pone un traje, y habitar entre nosotros?

– Yo…yo sé…lo que sé…A ver, yo sólo sé que existo y que no me he inventado yo.

– Eso lo sabemos todos. Y con esto enlazamos con lo que te decía del fallo de concepción general del relato. ¿Recuerdas? En nuestra conversación en el bar me burlaba de los escritores que buscan en territorios inexistentes lo que la cruda vida nos muestra ante las narices. Y no me daba cuenta de que estaba cayendo en el mismo error. Un espíritu puro, ¡qué disparate!

– ¿Disparate? No sé, yo lo veo desde este lado. Y no me ha ido tan mal. Es más, mientras sólo era espíritu me iba bien, muy bien. El conocimiento que ha acopiado la humanidad es un tesoro del que los humanos no son conscientes. Yo me he pasado siglos disfrutando, sí, ésa es la palabra, disfrutando de todas las maravillas que ha sabido crear y cultivar esa raza tan desgraciada. Y sin embargo, cuando me he convertido en uno de ellos, enseguida he comprendido que toda esa ciencia no me serviría para nada, que el motor de todo lo que se mueve no está en la ideas, en las razones, sino en el fondo de las cosas mismas que se mueven, en las vísceras…

– Está bien, está muy bien esa argumentación. Pero no imagines que es fruto de tu ingenio. A estas alturas, ya tenías que haber comprendido… que no te mueves por ti mismo, que no eres autónomo.

– Entonces, mi argumentación sería falsa.

– No, no, es verdadera. Las cosas se mueven por sí mismas, como muy bien has dicho, pero las cosas materiales, vivas. Y tú eres una idea…luego tienes el motor en otra parte.

– Ah, yo soy una idea… ¿Y tú no?

– ¿Yo? No sé, es difícil saber eso por uno mismo. Tú has tenido suerte de que yo te lo haya aclarado, pero yo no tengo a nadie, que yo sepa, para que me ilustre sobre mi situación. Aunque sospecho que sí, que yo también soy una idea, una representación mental.

– ¿Y quién sería tu autor?

– Eso no lo puedo saber. Cualquiera, cualquiera que haya tenido la ocurrencia de tramar esto. Pongamos que se llama Teodoro.

– ¿Teodoro?

– Sí, y que es alemán y que está con sus amigos en una taberna y les lee esta historia que él mismo ha escrito.

– Muy bien. ¿Pero cómo sabemos que Teodoro no es también una idea?

– No lo sabemos. Pero es casi seguro que sí, que también él es una idea, una representación mental.

– ¿Y quién sería su autor?

– No sé, cualquiera, cualquiera que haya tenido la ocurrencia…

– Sospecho que por ese camino no vamos a llegar a ninguna parte.

– Pues entonces, vamos a estirar las piernas. Es lo que querías, ¿no?

Mientras salían, Alfredo fue cerrando cada una de las luces, la cocina, el salón, el recibidor.

– Eres muy cuidadoso – dijo el hombre -. ¿Qué te importa si las luces quedan o no encendidas?

– Un gasto inútil nunca tiene sentido.

– Uf, la de cosas que me sugiere esa frase… pero prefiero no entrar por ahí.

Caminaban por el paseo solitario, las olas se deshacían mansamente en la playa, y Alfredo pensó que aquel rumor acompasado era de lo más agradable y relajante que había experimentado en su vida.

– Hace frío -, comentó luego de un buen rato de caminar los dos en silencio.

– Es natural – dijo el hombre -. Es más de medianoche y estamos en noviembre.

– Pero antes, en la terraza, cuando estaba con Claudia…

-Sí, tienes razón, no me lo recuerdes. No había caído que, si había pasado más de un mes desde el inicio del curso, o sea, desde principios de octubre, no podíais estar tan lindamente al aire libre a esas horas de la noche. Y cuando me di cuenta del fallo, ya era tarde para corregirlo. Pero, de todos modos, después lo corregí.

– ¡El frío que me despertó en la terraza!

– ¿Qué querías? ¿Dormir tranquilamente al aire libre por la noche a mediados de noviembre y con esa ropita? Es absurdo.

– No sé tu nombre – dijo Alfredo, al tiempo que detenía la marcha y se quedaba mirando a los ojos de su interlocutor, también parado.

– ¿Y eso qué importa? ¿Quieres que vayamos a tomar una copa? ¿Dudo que haya algo abierto? Pero lo podemos intentar. Conozco un sitio…

– No, prefiero volver…Nos hemos alejado mucho, ¿no?

– Poco más de un kilómetro, pero, si quieres volvemos.

– Me gustaría caminar un rato por la arena de la playa.

– Como quieras.

Descendieron a la playa, se aproximaron a la línea de las olas y, procurando no