A.P. GUÍA ILUSTRADA III

Aires del tiempo

La expresión «aires del tiempo», acuñada por el escritor Guillermo de Torre a principios del siglo pasado, según nos recuerda Tomás Alcoverro en uno de sus antiguos y encantadores artículos que va desempolvando y exponiendo en su blog, viene a ser la versión poética de la expresión filosófica «espíritu del tiempo». En ambos casos se alude al estilo, manera de pensar y de actuar con que una época se distingue de otra, en especial de la inmediatamente anterior.

Claro está que, en el mundo civilizado, la sociedad no es algo uniforme en su modo de ser o de pensar, que pueden convivir tendencias muy contradictorias en su seno, pero siempre hay unos rasgos generales que caracterizan o definen esa sociedad, aquello de lo que uno no se puede apartar sin riesgo de caer en el pozo de lo anticuado, ignorante o patán.

Y no importa, no importa en absoluto, que eso que lleva irremediablemente al pozo de lo anticuado o patán, haya sido la manera estrella, el no va más de la época inmediatamente anterior. Al contrario.

Imaginemos a un ciudadano romano hacia el año 100 de nuestra era, distinguido, culto, influyente, siempre próximo a los centros decisorios del poder, de nombre Ticio. Últimamente oye hablar mucho de los cristianos, y se ha hecho una idea clara de lo que son y significan.

Forman una secta criminal de origen judío, siguen a una especie de profeta que murió ajusticiado en Judea en tiempos de Tiberio, niegan a nuestros dioses y nuestras costumbres. Practican ritos secretos e indecentes. Lo único que en realidad les mueve es el odio al género humano. Ningún romano digno puede pertenecer a esa chusma

Ahora, tomemos a ese mismo Ticio, distinguido, culto, influyente, siempre próximo a los centros decisorios del poder, y situémoslo hacia el año 400 de nuestra era. Su bisabuelo se hizo cristiano y él no ha conocido otra religión. Cuando se habla de los que aún practican la antigua religión afirma.

Son unos degenerados que adoran imágenes de piedra o de metal, a las que toman por dioses; son tan obtusos que no les entra en la cabeza que solo puede haber un Dios, practican ritos ridículos y engañan a los incautos con su magia y sus trucos. Ningún romano digno puede pertenecer a esa chusma.

Ahí tenemos dos versiones del mismo Ticio. En ambas, responde a los dictados de su tiempo. En ambas es sincero y no hace más que representar ciertos rasgos destacados del espíritu de la época correspondiente.

Hace cien años fumar cigarrillos era signo de distinción; hace cincuenta era una costumbre generalizada y normalmente admitida en sociedad; desde hace pocos años es algo intolerable e intolerado. Y no es la salud la única razón de esta deriva.

Y si descendemos al tema de la indumentaria el panorama es aún más curioso. Un ejemplo, los pantalones, antes vetados a las mujeres, ya hace tiempo que éstas los llevan con toda normalidad y además, en el caso de muchas jóvenes, rasgados o francamente hechos trizas. 

Se dirá «pero eso es cosa de la moda». Cierto. Y de eso se trata, de cómo la moda se mueve o participa en la evolución del «espíritu del tiempo». 

La fuerza de la moda

Y es que el aparentemente obligado seguimiento de la moda es factor fundamental para que se propaguen y asienten los rasgos claves del espíritu del tiempo. Porque aquello que nos obliga a vestir de determinada manera, nos obliga también a pensar de determinada manera. Y hay que estar siempre muy atento, saber mantener el equilibrio entre los dictados de la moda y el modo de ser personal e individual, si no se quiere descender a la categoría borreguil.

Thomas Mann, escritor lúcido, agudo, profundo, elegante, ameno, y con un montón de adjetivos más que no enumero, nos da en su novela Doktor Faustus unos cuadros muy explícitos de la evolución de los aires del tiempo en Alemania desde finales del siglo XIX hasta el desastre final; desde los jóvenes excursionistas que, en comunión con la naturaleza, van descubriendo y magnificando el espíritu germánico (con ecos evidentes del viejo Herder), hasta el grupo de intelectuales y artistas que en sus tertulias de los años 20 del siglo pasado dan por finiquitados los ideales humanísticos y proclaman, gozosamente en muchos casos, el triunfo de lo irracional y de las fuerzas misteriosas que mueven a los pueblos.

Y sin apenas darme cuenta me he instalado en uno de los aspectos más interesantes del espíritu del tiempo. Y es su génesis. El momento en que surge con la fuerza suficiente para acabar con todo lo vigente ya caduco.

Se inicia entonces un etapa, no muy larga, en la que coexisten lo nuevo con lo antiguo pero aún vivo, es decir, con lo que sigue siendo el único modelo de vida y pensamiento de buena parte de la sociedad. Situación que suele producir efectos curiosos o sorprendentes, como el caso de aquel buen hombre que, sin comerlo ni beberlo, actuando exactamente igual que siempre, se ve de pronto convertido en una especie de monstruo a los ojos de las personas que le son más próximas.

La dictadura horizontal

Cada siglo tiene sus verdades, como cada hombre tiene su cara, escribió Larra, interesante personaje con el que nos hemos de encontrar en estas páginas. E igual que las caras de los hombres, las verdades de los siglos pueden ser bellas o feas, simpáticas o antipáticas.

He de reconocer que las «verdades» con que nos obsequia este siglo no son especialmente simpáticas. Para empezar, ni siquiera son de este siglo; todas nacieron o apuntaron maneras en las últimas décadas del siglo pasado.

Entre las menos antipáticas, para mí, destaca el ecologismo y todo lo que tiene que ver con la conservación del planeta. Si se piensa bien, resulta sorprendente que el género humano no haya descubierto hasta tan tarde (segunda mitad del siglo XX) que los recursos naturales no son infinitos, que la capacidad de absorción por parte de la Tierra de toda la basura que generamos tiene un límite, que nuestro comportamiento de siempre con el planeta es simplemente suicida. Es como si, hasta época tan avanzada, el individuo hubiese ignorado por completo la higiene personal. No habría sobrevivido. 

Entre las verdades más antipáticas de este siglo he de destacar esa que, ya en el anterior, se denominaba «lo políticamente correcto» y que ahora tiene diversas caras o modalidades. La peor consiste en el poder de hecho de ciertos grupos minoritarios, los cuales, a través de los medio de comunicación – hoy omnipresentes y al alcance de cualquiera mediante internet – tienen tanta fuerza que pueden destruir la carrera del artista, por ejemplo, que no se someta a su visión del mundo, que actúe con independencia del credo establecido por el grupo en cuestión. A lo largo de la historia, la situación de sometimiento de la sociedad en general ha tenido un origen claro: la cúspide del poder político o económico. Se trataba – se trata, pues aún persiste – de una especie de dictadura vertical. Todo el mundo sabía de dónde podía venir la censura, la reprimenda o el castigo: de lo alto de la estructura social, de la autoridad legalmente (o no) establecida. Ahora es diferente, ahora cualquier grupo o grupito que se considere lastimado por las actuaciones u opiniones de una persona puede acabar con ella; como persona pública, por lo menos.

Y en este escenario de continua presión de unos contra otros, de grupos contra individuos principalmente, los entes económicos ya hicieron sus cuentas y concluyeron que hay que acatar la dictadura o censura horizontal si se desea que el negocio siga prosperando.

No hace mucho me enteré de la existencia en ciertas empresas editoriales de una figura nueva, distinta de las clásicas del informador de originales y del corrector de estilo y con un cometido totalmente original y novedoso. Se trata del sensitive reader, lector sensible. Una persona, se supone que con buena formación literaria, que (copio de un manual de introducción al negocio editorial) se encargará de detectar errores de caracterización de los personajes pertenecientes a determinado colectivo. Y esa persona – el sensitive informador – habrá de pertenecer al colectivo en cuestión, y es que, si tu personaje es gay, un gay será capaz de detectar los errores de caracterización de este personaje mejor que una persona que no lo es. Muy bien. ¿Y si eres hombre y tu personaje es mujer? ¿Y si eres mujer y tu personaje es hombre? ¿No se habría de contratar entonces a un sensitive reader del sexo correspondiente en cada caso? Me temo que el redactor del manual no ha reparado en el detalle. Mejor así. No me imagino a Tolstoy, por ejemplo, discutiendo con su editor los supuestos errores de caracterización del personaje Ana Karenina detectados por la sensitive reader de turno.

En fin, son algunos de los signos de este tiempo. Hay otros que el lector o lectora (¿han detectado éste?) reconocerá enseguida con solo enunciar los nombres: patriarcado, género, empoderamiento, LGTBI (o algo así), etc. y sobre los que ya se habrá formado un juicio. Pues que se quede con él, que yo no voy a opinar, que todo eso me pilla tan reciente que tengo miedo de hacerme un lío. 

La verdad es que en mi juventud, no sé si peores o mejores, pero los signos de los tiempos eran otros.

En mi juventud 

Liquidado el fascismo propiamente dicho en los años 40, el mundo quedó dividido en dos bandos. De un lado, los países con un sistema político democrático y económicamente capitalista, lejano heredero de la Ilustración, liderados por Estados Unidos, cuyo gobierno, por otra parte, no se privaba de amparar a ciertos regímenes dictatoriales, siempre que ello favoreciese su posición frente al otro lado. De este otro lado, los países que decían aplicar la ideología comunista alumbrada por Marx, liderados por la Unión Soviética, cuyo gobierno, por otra parte, en el tema de los fines y los medios supeditaba absolutamente los fines  – cada vez más lejanos e invisibles – a unos medios manejados despóticamente por la camarilla burocrática y su líder de turno. Como todo el mundo sabe, el enfrentamiento acabó con la disolución espontánea del segundo de los sistemas, dejando el campo libre al primero y a su democracia capitalista.

En el plano intelectual, visto sobre todo desde mi perspectiva de joven estudiante, el enfrentamiento se producía entre los partidarios del compromiso social – progresistas de todo tipo, principalmente comunistas – y los que avalaban el sistema liberal-democrático de las potencias occidentales, aunque hay que precisar que a estos, y ya no digamos a los herederos directos del fascismo, se les negaba cualquier parentesco con lo intelectual. Se consideraba que intelectual y de derecha, era imposible. Un oxímoron.

Otras preocupaciones, hoy relevantes, no existían entonces como signos de de la época, como por ejemplo el independentismo en ciertos territorios europeos, el cual, si asomaba la cabeza, era condenado automáticamente por la izquierda como movimiento que hacía el juego a la derecha y al puro capitalismo.

Pero cambiaron los tiempos y sus signos y, de acuerdo con los nuevos, ciertos políticos ante todo izquierdistas se convirtieron en políticos ante todo independentistas. En un santiamén. Pongamos que hablo de Cataluña.

Pero todo esto de la época y sus signos era en realidad como el telón de fondo de lo que en verdad me interesaba: llegar a cumplir lo que consideraba mi destino.

(CONTINUARÁ)

 

 

 

 

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A.P. GUÍA ILUSTRADA II

(Viene de A.P. GUÍA ILUSTRADA I)

En el siglo I el cristianismo era una de tantas religiones exóticas que pululaban por Roma y que no inquietaban, en principio, a las autoridades ni a los dioses tradicionales de los romanos.

Trescientos años después, a finales del siglo IV, los cristianos habían colocado a sus líderes a la misma altura del supremo poder político, y habían comenzado la labor de defenestración y extinción de las antiguas religiones.

¿Qué había pasado? ¿Cómo fue posible que un pequeño grupo de judíos, pobres, la mayoría analfabetos, seguidores de un iluminado que se decía hijo de Dios trastocando la religión hebrea de la que se proclamaba fiel intérprete, en poco tiempo (para las cuentas de la historia) se multiplicase y alcanzase las cimas del poder político e intelectual de la Roma tardía y, ya en la Edad Media, de Europa entera?

Creo que, si algún sentido tiene el estudio de la historia, consiste en la investigación y explicación de las causas o razones de los diversos y a veces sorprendentes cambios y movimientos de las sociedades humanas. De otro modo, la historia se reduciría a un mero anecdotario, de dudoso interés para los que gustan de platos más fuertes.

Por otra parte, el fenómeno del cristianismo, su aparición, propagación e implantación total en la sociedad occidental, ofrece el ejemplo más rico, extremo y sugestivo de un acontecimiento histórico de este género; no único, pero sí paradigmático en relación con otros de parecido aspecto, producidos en distintas épocas y sociedades.

El Islam, por ejemplo, también tuvo una difusión rápida (más rápida que la del cristianismo), expandiéndose por una extensa zona geográfica. Pero las diferencias entre ambos fenómenos son evidentes: desde el principio, el Islam recurrió, además de a la predicación, a la fuerza militar que iba creando con los conversos; por su parte, el cristianismo no utilizó para su expansión ningún tipo de violencia, sino solo la predicación, la persuasión y el ejemplo de vida y, cuando su extensión e influencia fueron lo suficientemente fuertes, no creó una estructura de poder propiamente política, sino que se adhirió a la existente (el imperio romano), ejerciendo como inspirador e incluso controlador, como censor, se podría decir, del poder político.

Pocos siglos después, sí. La Iglesia católica, cristalización dicen que necesaria del cristianismo, además del poder espiritual que ya era, se constituyó en un poder político de primer orden, para justificar lo cual no tuvo empacho en sacarse de la manga un documento – falso de arriba abajo – según el cual el emperador Constantino había otorgado a la Iglesia los medios y la legitimidad necesarios para constituirse en un ente político, en un estado muy de este mundo, difícil de compaginar, por cierto, con el reino extramundano proclamado por Jesús.

El espíritu del tiempo

Como todo término filosófico que se precie, Zeitgeist, el espíritu del tiempo, es voz alemana. La palabra y el concepto que designa los ideó en el siglo XVIII Herder, filósofo y folclorista que alumbró la historiografía romántica e inició la poética e incontrolable carrera que va desde el estudio y glorificación del arte popular, del genio del pueblo, del espíritu del pueblo (Volkgeist), hasta el nazismo del siglo XX.

Hegel, por su parte, utilizó este concepto para dar contenido a las ideas de nación y época histórica. Del mismo modo que el individuo humano, venía a decir, alberga un espíritu particular, diferente del de los demás individuos, las naciones y las distintas épocas históricas tienen cada una su propio espíritu al que no pueden renunciar. Es el Zeitgeist, el espíritu del tiempo.

En Roma, el espíritu del tiempo que va desde la instauración de la república hasta su derribo a finales del siglo I a.C. se manifiesta mediante una sociedad estamental (patricios, plebeyos, extranjeros, esclavos) con una regulación minuciosa (base del derecho moderno); un estado, que los dioses amparaban siempre que se les rindiese el culto y se cumpliesen los ritos  establecidos de antiguo. Dioses, por cierto, que no exigían determinado comportamiento ético de sus fieles, ni la creencia obligada en unos dogmas, que no existían. De hecho, la religión – el cumplimiento de los ritos – formaba parte de de los deberes ciudadanos, y no había una casta sacerdotal en sentido estricto, a diferencia de lo que ocurría en otros pueblos, antiguos y modernos.

Un siglo después del fin de la república, lo que llamamos el espíritu del tiempo había mutado claramente. Los dioses no solo continuaban siendo moralmente inoperantes, sino que ya apenas existían. El escepticismo de las clases altas se había propagado por toda la sociedad.  Hubo que inventar algo para mantener la cohesión del pueblo. Y surgió el culto, obligatorio, al genio (el espíritu) del emperador. Es decir, que se pretendió subsanar la evidente anemia de la religión tradicional con una especie de pacto (impuesto), más político que religioso.

En la nueva monarquía, los individuos, descargados de sus obligaciones públicas y, por consiguiente, de su significación cívica, se abandonaron al materialismo más grosero (panem et circenses) o, algunos, pusieron su esperanza en alguna de aquellas religiones llamadas mistéricas (de origen oriental, ajenas a la tradición romana) que prometían relaciones efectivas con otro mundo. Una de ellas, el cristianismo, pronto había de relegar a las demás al ridículo y al olvido. 

El escritor francés Flaubert definió en pocas palabras el marco en que alentó el espíritu del tiempo de aquellos primeros siglos de nuestra era.

Los dioses no estaban ya y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que solo estuvo el hombre.   

La estrategia del espíritu

Lo cierto es que aquella fue una época de transición. Los tiempos de las recias virtudes romanas daban paso a otros, en que otras virtudes, aparentemente ni tan recias ni tan romanas, acabarían imponiendo su ley.

Historiadores y pensadores de toda índole y tendencia se han preguntado y se siguen preguntando cómo fue posible aquel giro, aquel vuelco, por el cual el mundo de los de abajo acabó imponiéndose al de los de arriba, como si estuviésemos ante la escenificación histórica de la advertencia evangélica: los últimos serán los primeros. 

Entre las razones que se han dado para explicar el fenómeno yo descartaría de entrada la esgrimida por los propagandistas cristianos: fue el designio divino lo que llevó al triunfo a la grey cristiana. Y no por falso (soy incapaz de pronunciarme sobre la verdad o falsedad de cuestiones como ésta) sino por inoperante, por la sencilla razón de que, si todo sucede por designio divino, como sin duda piensa esa especie de analistas, sobran análisis e investigaciones.

Regresando al terreno de lo empírico, se han inventariado una serie de razones para explicar el fenómeno partiendo de las circunstancias que lo favorecieron: la tolerancia del estado romano en materia de religión (el culto al emperador, cuyo rechazo era el único motivo legal de la persecución de cristianos, era un recurso más político que religioso); la unidad de la lengua, latín en la parte occidental del imperio y griego en la oriental; las afirmaciones rotundas que formulaba la nueva doctrina sobre el mundo y la historia frente a la inseguridad del pensamiento antiguo; el atractivo de un estilo de vida nuevo, que barría en parte las viejas y caducas tradiciones; la rápida propagación mediante el contacto de las clases bajas (a las que sin excepción pertenecían los primeros cristianos) con las más altas, concretamente la influencia de los esclavos cristianos en las familias de los amos, principalmente a través de los hijos, de cuya educación se encargaban en algunos casos, y también de las mujeres. Este último factor parece que tuvo más importancia de la que normalmente se le ha otorgado.

Entre las lamentaciones por la inevitable desaparición de su viejo mundo, Ausonio (el personaje de la novela) exclama:

Desde que se firmó el Protocolo de Mediolanum y, sobre todo, desde que las mujeres y las madres de los poderosos asumieron el cristianismo, la suerte ya estaba echada.

A propósito del tema, creo que se habría de revisar cierta postura superficial que considera que, por estar legalmente relegada, la mujer no ha tenido ningún peso en la marcha de la historia; postura que ignora que en la evolución de la sociedad hay otras fuerzas más efectivas que las legales. 

Vividores del espíritu

El caso es que, a partir del reconocimiento oficial del cristianismo por Constantino (313) y, sobre todo, de su consagración como única religión del Imperio por Teodosio (380), las apuestas por el caballo ganador se multiplicaron con una rapidez increíble.

Ya antes, en los siglos en que el cristianismo, sin dejar de crecer, pasaba por épocas de tolerancia y épocas de persecuciones, la organización eclesial, cuya cúspide la ocupaban los obispos de cada ciudad, conoció de intrigas y malas artes para alcanzar los obispados y de disputas entre distintos obispos en torno al poder que a cada cual correspondía. En este sentido, es famosa la carta del obispo Cipriano de Cartago al obispo Esteban de Roma, hacia del 250, en que se oponía a las pretensiones de éste de constituirse en autoridad sobre todos los obispos de la cristiandad, recordándole que Pedro nunca reclamó una autoridad suprema sino que siempre se consideró uno más en la comunidad de fieles y no pretendió imponer su criterio sobre el de Pablo o el de cualquier otro apóstol. No sé si tienen en cuenta detalles como éste los defensores de la continuidad del papado desde san Pedro.

En el ámbito no eclesial la carrera se inició, naturalmente, con la decisión de Constantino. Para prosperar en la vida social y política había que hacerse cristiano. Los más avispados lo tuvieron claro enseguida, no obstante las vacilaciones del poder, y es que, durante las siete décadas que mediaron entre el edicto de tolerancia de Constantino y la decisión definitiva de Teodosio, hubo emperadores contrarios al cristianismo, como Juliano, neutrales, como Valentiniano I y favorables, como Graciano.

Así que, en un santiamén (nunca mejor dicho), como tocados por la Gracia, todos los aspirantes a todos los niveles del  poder se hicieron cristianos. En cierto modo, bautizarse era como hacerse con el carnet del partido. 

Pero las reflexiones sobre el tema pueden ser tan abundantes y tan esclarecedoras de los modos en que la condición humana afronta los cambios de «los aires del tiempo», que mejor dejarlo para otra ocasión.

(CONTINÚA)

 

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A.P. GUÍA ILUSTRADA I

El lector que haya consultado la Guía Práctica, por poco ducho que sea en los recursos de la escritura internáutica, habrá comprobado que, solo clicando los títulos subrayados, aparece cierta información sobre las obras aludidas. Es la información que se contiene en el mismo blog, con la cual tendrá lo mínimo suficiente para saber de qué va la obra.

Ahora me gustaría seguir por un camino diferente. Lo he llamado «guía ilustrada» y creo que lo he llamado mal. Porque no se trata de «ilustrar», es decir, de ampliar de una u otra manera la información aparecida tras los mágicos clics mencionados; se trata de abordar cada obra como punto de partida, como pretexto, como acorde inicial de una serie de variaciones que puede ser infinita. Sobre la obra, sobre mí y sobre el mundo.

La idea es ambiciosa, lo reconozco. Muy ambiciosa. Y dudo que la pueda realizar con la maestría y consistencia con que vagamente la he imaginado. Pero siempre hay que intentar convertir los sueños en realidad, sobre todo cuando, a cierta edad, son ya tan escasos.

 

LA CIUDAD Y EL REINOes básicamente la historia de una amistad. De una amistad verdadera, de esas que pasan por encima de las diferencias de edad, de ideas y de caracteres. Y no es que yo anduviese buscando un motivo como ése para construir sobre él una novela. No, como todo lo que es auténtico no es fruto de una búsqueda, sino de un  hallazgo. El encuentro de algo no buscado.

La cosa fue así. Estaba leyendo un libro titulado Historia de la literatura romana cuando di con este párrafo:

Fue a sus ojos un enigma  que su discípulo y amigo Paulinus, poeta y orador de buenas dotes (m. el 431 como obispo de Nola), renunciase al mundo; la correspondencia epistolar que mantuvieron (en gran parte poética) deja vislumbrar una callada tragedia.

Y al instante se me reveló toda la historia. La diferencia de edad entre los dos, la comunidad de intereses, el temperamento básicamente bondadoso de uno y otro, la similitud de ideas que, de pronto, van divergiendo, el brusco cambio de modo de vida anunciado por el joven, la incomprensión de esa actitud por parte del anciano, los intentos comunes de salvar la amistad a toda costa, la «callada tragedia» que, al final podría no ser tan callada.

Todo eso se me reveló al momento, gratuitamente. Todo lo esencial para ponerme a escribir ya. Pero no para escribir una novela. O, al menos, no para escribir lo que yo entiendo que debe ser una novela, con un conocimiento suficiente del mundo en el que se desarrolla la acción. Y se daba la circunstancia de que, del mundo en que se desarrolla la acción (sociedad romana de las últimas décadas del siglo IV), yo apenas sabía nada.

De la antigua Roma conocía (un poco) lo relativo a la historia, la sociedad y las costumbres de los dos siglos en torno al punto cero de la cronología cristiana. El resto de la inmensa historia romana se hundía, para mí, en una ignorancia casi total.   

La llamada Novela Histórica

Pero el impacto era demasiado fuerte. Así que no pude evitar ponerme a escribir enseguida, al mismo tiempo que intentaba deshacer la oscuridad en que para mí iba envuelta la época y sociedad que debían enmarcar la acción.

Primero, di con las pocas cartas auténticas que se conservan de la correspondencia mutua de los dos protagonistas. Ninguna sorpresa:  el carácter, los sentimientos, el tono vital de los corresponsales no se contradecían en absoluto con lo que yo ya iba escribiendo.

Pero había que resolver también lo otro, lo realmente difícil. Y urgente, si quería lograr algo con coherencia y sentido. Y es que, si bien para vislumbrar y construir el carácter y sentimientos de los personajes bastaba con aquella especie de intuición misteriosa que se había abierto con solo la lectura del párrafo mencionado, para situarlos debidamente en su mundo hacía falta nada menos que conocer ese mundo, es decir, sumergirse en él tal como nosotros estamos sumergidos en el nuestro.

Cuando se escribe una novela cuya acción se sitúa en la actualidad (relativa, pues el solo acto de narrar sitúa lo narrado en el pasado), el problema no existe: escritor y lector viven en el mismo mundo y, por consiguiente, a ningún escritor se le ocurre explicar en qué consiste el acto de fumar, por ejemplo. Pero, cuando la acción de la novela que se escribe se sitúa en un tiempo, una época histórica, diferente de la nuestra, existe la tentación de insistir en las diferencias, en los detalles curiosos, para que quede bien claro que se está hablando de cierta época antigua, no de la nuestra.

Este es el pecado capital de la llamada novela histórica. Convertir lo que habría de ser una novela, es decir, una obra de arte, en un reportaje más o menos animado de una sociedad y una época distintas de las nuestras.

Esto es algo que yo nunca haría. Que no sabría hacer. Y creo que ninguna de mis cinco novelas publicadas – tres situadas en la antigua Roma y dos en la Europa del siglo XIX -, puede ser calificada de histórica, puesto que ninguna de ellas incurre en las características principales, en los «pecados» definitorios de las que con ese adjetivo se venden.

Mis novelas tratan de las acciones y pasiones de unas personas. Y esas personas viven en una época determinada, como nosotros vivimos en la nuestra. Y eso es precisamente lo que se ha de conseguir para los personajes de una novela ambientada en otra época: que vivan y respiren el ambiente de su tiempo, sin necesidad de  abrumar al lector con áridas o pintorescas enseñanzas históricas. 

Entonces, la tarea primordial que debía realizar antes de ponerme a escribir «en serio» consistía en apropiarme de los conocimientos, la mentalidad y el modo de vida de la época y la sociedad en que había de ir encuadrado el relato. O sea, trasladarme allá en cuerpo y alma (es un decir) sin olvidar que el receptor de la obra había de ser un lector de hoy.

Hice lo que pude. Leí mucho, me documenté en lo que creí necesario, quizá más de lo estrictamente necesario. Pero es que, en esta tarea ¿cuál es el límite de lo necesario? En este sentido recuerdo una anécdota atribuida al director de cine Luchino Visconti: afirma un testigo que, para rodar las escenas de ambientes históricos, Visconti exigía que no solo los elementos visibles se correspondiesen fielmente con los originales de la época de referencia, sino también los no visibles, por ejemplo, la ropa o los cubiertos guardados en una cómoda que no se había de abrir en toda la filmación. ¿Exageración? No, maneras de artista.

Bien, una vez conocido – hasta cierto punto, por supuesto – el mundo en que vivían y se movían mis personajes, ya podían estos expresarse con toda propiedad y naturalidad.  Pero ¿sobre qué?

La ciudad del Hombre y el reino de Dios

Entre los distintos temas que se tratan en la novela hay dos que destacan sobre los demás. El de la amistad, ya aludido, y el del contraste o enfrentamiento entre dos maneras opuestas de ver el mundo.

Hubo un tiempo en que el mundo tenía lugar en un escenario único. Fue con la aparición del cristianismo cuando el universo humano se escindió. En la antigüedad, hombres y dioses compartían el mismo espacio (aclaro que me refiero solo al mundo occidental, en el que incluyo el semítico, no al más oriental, del que desconozco todo), por más que unos fuesen inmortales y otros no.

El Dios de la Biblia «se paseaba por el jardín al fresco del día»;  el judaísmo más ortodoxo no contempla la inmortalidad del alma; los dioses griegos y romanos comparten su existencia – desde un lugar privilegiado, por supuesto -, con los simples humanos. No hay más vida que ésta que vivimos.  No hay más que un ámbito, que lo engloba todo.

Y llega Jesús y dice: Mi reino no es de este mundo.

¿Qué significa esto? ¿Cómo puede existir algo que no sea de este mundo, único marco de toda existencia posible?

No es extraño que Pilatos no lo entienda. Nadie podía entenderlo. Y menos que nadie, el representante máximo, en la región, del poder político. Poder que, como tal, tiene la misión de controlar, ordenar, abarcar toda la realidad.

Pero, parece que hay otra realidad – o quizá en aquel momento nace – que no es controlable, ni abarcable. Realidad invisible, y sin embargo tan poderosa que lleva a los que la habitan a preferir la tortura y la muerte antes que doblegarse ante la antigua y cotidiana realidad, por entonces administrada por el César romano.

De esa realidad nueva habla Paulino en sus cartas. Pero Ausonio no le entiende, porque él solo conoce la antigua realidad terrena, el espacio amplio, único y finito donde el ser humano debe alcanzar la máxima perfección posible. Y en ese camino hacia lo perfecto, va acompañado por otros seres humanos, sus iguales, con los que dialoga, llega a acuerdos, disputa, y siempre con el propósito de la preservación de una una sociedad racional y plenamente humana.

En la realidad nueva hay poco que dialogar y nada que acordar. La verdad viene dada desde arriba, y con ella no se discute. La realidad nueva no se construye, pues  ha estado ahí, oculta, desde siempre; se propaga y se impone.

Esta dicotomía ha tenido diversos tratamientos en la historia del pensamiento. Por ejemplo, en la primera mitad del siglo pasado fue tratada y detallada (plúmbeamente, en mi opinión) por el filósofo Lev Shestov, claramente decantado por la postura mística o fideísta frente a la racional en su obra Atenas y Jerusalén, donde cada una de estas ciudades representa respectivamente el pensamiento racional y el que va más allá, o más acá, no sé muy bien, de la razón.

Y además, existe en la historia una fuerza potente y misteriosa, decisiva – que de manera no muy explícita se muestra en la novela -, cuya acción, sinuosa a veces, persistente y siempre segura, modela y en cierto modo dirige el devenir humano, una fuerza que conduce de hecho la historia, deformando hasta lo irreconocible las más nobles intenciones o aspiraciones humanas.

Pero creo que merece capítulo aparte. 

(CONTINÚA)

 

 

      

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ANTONIO PRIANTE: GUÍA PRÁCTICA DE LA OBRA

PROPÓSITO

Por desordenado y anárquico que uno sea, llega un momento en la vida en que se pregunta si no estaría bien poner un poco de orden en sus cosas en vez de dejar que ellas mismas se vayan acomodando a su antojo.

Creo que para mí ese momento ha llegado.

Y me refiero a mi obra escrita, por supuesto, que respecto a lo demás nunca he entendido gran cosa, y presumo que es mejor respetar su caos natural que intentar cuadrarlo de alguna manera.

Y lo mejor para poner orden es empezar por clasificar, que siempre es el primer paso para clarificar. Por ejemplo, así:

 

GUÍA

A. Obra publicada por editoriales.

a. Novelas: La ciudad y el reino; Lesbia mía ; La encina de Mario; El silencio de Goethe; El corzo herido de muerte.

b. Ensayos: Del suicidio considerado como una de las bellas artes.

B. Obra publicada solo en el Blog

a. Novelas: Conversaciones con Petronio; Fantasías a la manera de Hoffmann.

b. Ensayo o similar: Alter, Ego y el plan; Los libros de mi vida; Los libros de mi vida. Lista B; Escritoras; Viejo Mundo Nuestro.

c. Categorías (del Blog) destacadas : La letra o la vida; Postales filosóficas; Sabiduría clásica; A veces estoy loco.

C. Obra no publicada, aunque con referencias, comentarios o fragmentos en el Blog.

a. Novela:  La alta fantasía (Dante Alighieri).

b. Ensayo: Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas.

c. Teatro o similar: Los dioses; Mundo, Demonio y Fausto; Mundo, Demonio y Fausto: nuevas aventuras

Así queda todo un poco más claro.


 

(Continúa en  A.P. GUÍA ILUSTRADA I)

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VIEJO MUNDO NUESTRO VII

Y AHORA ¿QUÉ?

Este capítulo no tiene ninguna gracia.

No hallará en él el lector nada del costumbrismo nostálgico de El cine;

ni del lento y callado desarrollo del niño de El Colegio;

ni de los poéticos veranos de la infancia y adolescencia de Valldoreix;

ni del enriquecedor pero indeciso paso del joven por La Universidad;

ni del interludio sociolingúístico de La familia, la lengua;

ni del mundo de contrastes y extrañamente mágico de  La Mili.

No hallará nada parecido a eso.

Este capítulo es la historia de una derrota.

No importa que, más allá del relato, la historia total acabe bien. Incluso muy bien, en relación con el esfuerzo empleado.

Ahí están, para mostrarlo, mis obras escritas y, en la vida no imaginaria, Pilar, la amada compañera de mi vida; Toni, rico en cualidades, hijo quizá no merecido; Eulàlia, la querida y sabia madre de mis nietos, y finalmente, quiero decir, triunfalmente, los pequeños Romà y Adrià, con la misión de desmentir, con el tiempo, a los agoreros del futuro.   

En este presente luminoso, no obstante la proximidad de lo inevitable, nada justifica pasar de nuevo por el Purgatorio. 

Este capítulo no lo escribiré.

                       ACTA  EST  FABULA, PLAUDITE

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VIEJO MUNDO NUESTRO VI

LA MILI

Un mediodía azul,

un mar llamado tenebroso,

unas gaviotas blancas.

Una larga muralla marinera,

un vino claro más que el oro.

Unos veinte o diecinueve años.

Un mundo que se va,

nada que viene.

                                         Volveré a tu isla fondeada

                                         en el extremo peninsular del tiempo.

                                         Subiré por tu istmo desolado

                                         entre las noches del mar y la bahía.

                                         La sal, las estrellas y la brisa

                                         de todos los océanos

                                        abrirán las ventanas de mi sueño.   

                                          (Barcelona, 1979)

Fue Miguel Ángel quien me convenció para que me lanzase a la aventura. Aunque la verdad es que no necesitaba que me convenciesen y que la aventura consistía en estar unas temporadas fuera del nido, mediante la elección voluntaria del lugar y la forma de cumplir el servicio militar.

El servicio militar obligatorio (vulgo, la mili) dejó de existir en España en 2002. Hasta entonces, pasar por la mili entorno a los veinte años de edad era absolutamente obligatorio. Lo que suponía abandonar tus actividades particulares y someterte, durante un período de uno a dos años, al capricho, quiero decir, a las órdenes de unos señores con estrellas o galones o medallas o con todo junto.

Había procedimientos para endulzar el trago, todo dependía de las posibilidades socioeconómias de la familia, y también de saber aprovechar las oportunidades que la misma ley ofrecía. Entre éstas estaba la posibilidad de presentarte como voluntario antes de la llamada oficial, lo que te permitía elegir el cuerpo y, según como, el lugar de destino, y también la de acogerse a las ventajas (por llamarlo así) que se ofrecía a algunos colectivos, a los estudiantes universitarios, por ejemplo. Consistía esto último en la posibilidad de incorporarse a la «milicia universitaria» para prestar el servicio durante los veranos y así no interrumpir los estudios. En el caso de los que optaban por la Marina (Milicia Naval Universitaria), como era el nuestro, los requisitos esenciales eran: haber aprobado el segundo curso de la carrera, presentar la solicitud correspondiente y, en algunas zonas del país (no en la nuestra), debido a la cantidad de solicitudes, contar con las influencias o enchufes suficientes.

Nosotros teníamos todo lo necesario. En especial la ilusión de embarcar para alejarnos de nuestro mundo de cada día. Porque se trataba del mar. Y el destino era San Fernando-Cádiz.

Rumbo al Sur

A las cinco de la tarde del día 6 de junio de 1959, zarpaba del puerto de Barcelona el Ernesto Anastasio, buque que cubría la línea regular Barcelona-Canarias, con parada en Cádiz. En él íbamos nosotros, y con nosotros nuestras ilusiones.

Del curso, a parte de Miguel Ángel recuerdo a Juan Esteve, tipo activo y espabilado, al que apenas había tratado hasta entonces, pero que durante tres veranos había de ser uno de los compañeros más próximos. Por lo demás, la composición del pasaje era muy heterogénea, como corresponde a una línea de transporte regular. La embarcación estaba dividida en tres clases. División, que no sería muy rigurosa cuando deambulábamos sin problema por todo el espacio en busca sobre todo de los puntos de bebida, llamados Bar. Recuerdo una reunión animada en el bar de segunda, donde un chico – quizás el mismo José Luis – cantaba y tocaba la guitarra y pude oír por primera vez una simpática cancioncilla que había de ponerse de moda aquellos años, Mariquilla bonita. 

El viaje fue placentero; el tiempo, primero despejado, luego nublado. No se puede decir que navegábamos en alta mar, porque la tierra apenas se perdía de vista. El único inconveniente era dormir en lo alto de una litera y con el continuo traqueteo de los motores próximos. Pero, después de la segunda noche, amanecíamos ante la silueta resplandeciente de Cádiz.

Era el 8 de junio; nuestra incorporación debía efectuarse en la mañana del 10. Teníamos dos días completos para dedicarlos a la ciudad. Miguel Ángel, Juan Esteve y yo nos alojamos en un Colegio Mayor Universitario, situado frente al Parque Genovés. Desde ahí, los tres juntos, en pareja o cada uno por su cuenta, pateamos las calles, plazas y jardines de la ciudad antigua. También fuimos al cine, conocimos un par de restaurantes y en varias de las incontables tabernas nos deleitamos con los vinos finos del país a precios escandalosamente baratos, siempre acompañados por alguna tapa no pedida. 

A primera hora de la mañana del tercer día, no recuerdo si en un taxi entre los tres o más probablemente en el autobús de línea, nos trasladamos a la vecina San Fernando y nos presentamos en la Escuela de Aplicación de Infantería de Marina.

Brutal caída y lenta recuperación

Recurro a mis notas escritas en directo para dar una idea de lo que me sobrevino entonces.

10 y 11- VI-59

Dos días negros. Los primeros de la mili. Al entrar en el cuartel, en la compañía, todo se me fue abajo. Lo peor son las pequeñas molestias. No hay taquillas ni cubiertos decentes. Las literas son de tres pisos bamboleantes. Depresión.

12-VI-59

¿Qué hago yo en San Fernando? Reconocimiento médico. Después de la comida: punto máximo de depresión. Ducha. Tras ella, todo se aclara un poco, se anima. Leo algo de Conversaciones. Cena. Vino. Contemplo a Miguel Ángel cosiendo.

El hecho de haberme decidido a proseguir estas notas es ya significativo. Esperé y acepté esto, tal vez en menor grado, pero no quise imaginármelo claramente. La representación quizá hubiese traído el arrepentimiento. Y sin embargo, ¿hubiera sido lo mejor? El tiempo será el encargado de contestar.

Pero el tiempo avanzaba muy lentamente. Encerrados en el cuartel por problemas del uniforme «de paseo» y por la misma postración moral, no vimos la luz del exterior hasta el décimo día.

El cuartel (la Escuela de Aplicación) era una especie de anexo del imponente edificio del Tercio Sur de Infantería de Marina. El tiempo en él estaba repartido en distintas actividades. Después del desayuno tocaba la «instrucción» en el llano junto al cuartel. A las diez, clases teóricas de materias tales como ordenanzas, topografía, tiro, nomenclatura naval, etc. Hacia las dos, almuerzo y luego siesta. Después, una hora o más, no recuerdo bien, de «estudio», que cada cual empleaba a su manera (yo, generalmente, en un aula destartalada y vacía de arriba, desde cuyas ventanas se contemplaba el llano y algunos edificios de la Marina, donde me dedicaba a leer, a escribir breves notas o pensamientos y a atender la correspondencia postal con familiares y amigos). Creo que a las cinco de la tarde se reanudaban las clases, por lo general plomizas y claramente desfasadas.

Estos horarios, sobre todo los de las mañana, se rompían regularmente a causa de las marchas que se realizaban, a pie, o de los ejercicios de desembarco. Consistían estos en meternos en un barco de transporte de soldados y, cerca ya de la playa «enemiga», descender por una redes hasta unas barquitas que nos llevaban hasta tierra y allí ponernos a correr como locos con el armamento a cuestas. Lo cual solía acabar con una comida campestre y una siesta entre las hormigas y algún que otro camaleón, que aún los había.   

Se supone que toda esa instrucción, tanto la práctica como la teórica, estaba pensada para hacer de nosotros buenos oficiales, porque he olvidado decir que, superados los tres veranos, te convertías en «oficial de complemento» (teniente de infantería de marina en nuestro caso), lo que te obligaba a prestar cuatro meses más de servicio o prácticas, pero entonces como oficial y con el correspondiente sueldo.

Las salidas o permisos de paseo se autorizaban a partir de media tarde, y también los sábados y domingos por la mañana para el resto del día. Para salir, era necesario superar la revista de francos (nada que ver con el señor que lo controlaba todo desde Madrid), en la que se comprobaba si el aspirante llevaba la chaqueta bien limpia, los botones relucientes, la gorra en condiciones, etc. para representar dignamente a la Marina española ante la población civil.

Mi primera salida tuvo lugar un sábado a las dos y media. Junto con Miguel Ángel, Juan y otros tres compañeros nos dedicamos a conocer un poco la ciudad, tomamos algún refresco en La Mallorquina, concurrido establecimiento situado en el centro y, a media tarde, uno de los compañeros, pariente de marinos ilustres (algunos lo eran) nos llevó al Club de Campo, donde se reunía la buena sociedad del lugar, y nos presentó a una prima suya, con las correspondiente amigas. O sea que iniciamos la vida social, que, por mi parte, no pasó de un tono menor. 

En realidad durante todo el primer verano mis salidas por San Fernando y mis contactos con la población civil, quiero decir con las niñas bien, fueron escasas, cosa que cambiaría poco a poco, sobre todo en el tercer verano. Más frecuentes y gratificantes eran las salidas hasta Cádiz los sábados y domingos desde la mañana, con baño junto a la Venta del Moro, en la playa de la Victoria, almuerzo opíparo en Pasaje Andaluz, paseo o cine y vuelta a San Fernando hacia las siete para asomarse al Casinillo, lugar de encuentro de milicias (nosotros) y gente del país (ellas). 

Pero veo que me extiendo demasiado. Si sigo a este ritmo, se romperán las proporciones mínimas vagamente pensadas para los capítulos de este historia y, además, teniendo en cuenta mi edad y la materia que voy tratando, fácilmente se me tildará de abuelo cuentabatallitas. Así que, en lo que resta, me limitaré a dar unos breves apuntes sobre unos pocos temas esenciales.

Oficiales y chusqueros

En general los militares no son malas personas. Solo que viven en otro mundo, un mundo construido por mentes infantiles, donde importa mucho la geometría y la estética de la parafernalia, aunque, a la hora de la verdad, tienen que preguntar al humilde corneta cómo coño se monta tal detalle de tal ceremonia, una jura de bandera, por ejemplo (lo he visto con mis propios ojos). Suelen ser muy rigurosos o muy laxos, según cómo y con quién, o sea, muy arbitrarios. Tienen un especial sentido del honor y de la dignidad, y no digamos ya los de Marina, que se creen los aristócratas de las fuerzas armadas y, de hecho, muchos de sus apellidos no lo desmienten. Los oficiales jóvenes, sobre todo, sentían por nosotros, los milicias, una mezcla de desprecio y de envidia. Venían a decir – o lo decían claramente – que éramos unos niños de papá, sin ninguna vocación militar, que estábamos ahí solo para disfrutar de unas vacaciones pagadas por el Estado. No iban muy desencaminados. Todo lo dicho en este párrafo se refiere a los militares de carrera, no a los de otra raza inferior con los que en ciertos momentos estaban obligados a convivir. Y, por supuesto, se refiere a principios de los años sesenta del pasado siglo. No sé cómo habrán cambiado las cosas, si es que han cambiado.

A los componentes de aquella otra raza inferior de militares se les llamaba chusqueros, término despectivo que designaba a los suboficiales, individuos que, después de cumplir la mili normal, se habían reenganchado en el ejército; podían alcanzar las categorías inferiores, pero no las de los militares de carrera. Había que tener cuidado con ellos;  abundaba la mala gente: muy sumisos y rastreros con los superiores, y déspotas y crueles con los inferiores. No todos, por supuesto. 

Grandes (de España) y pequeños (de la periferia)

Antes he apuntado que, entre los estudiantes de la zona de Madrid, había un fuerte interés en ingresar en la Milicia Naval Universitaria, cosa que creo que no sucedía en ninguna otra de España. Habida cuenta que las plazas eran contadas, esto propiciaba una dura competencia entre los aspirantes; competencia que, como es normal, se resolvía siempre en favor de los mejor situados, quiero decir, de los hijos de las familias con más dinero e influencias.

Un pequeño grupo de los llegados de Madrid formaban la élite de la promoción; élite no en el sentido intelectual o profesional, sino en el meramente social. Había por lo menos un marqués y un conde. Recuerdo al que llamábamos el marquesito. Había llegado al volante de su potente MG, que no se cansaba de lucir con ocasión de los permisos de salida. O sin ellos.

Y es que una noche vi una escena alucinante, que confirmaba lo que se rumoreaba por ahí. Me había levantado, o mejor dicho, descendido, de mi litera; me acerqué a un ventanal y vi cómo unos hombres, entre los que pude distinguir a uno de los suboficiales principales, abrían con sigilo la gran puerta metálica de entrada y salida de vehículos; y luego cómo empujaban el rojo MG y otro coche, con los motores apagados, en los que iban el marquesito y supongo que el conde y otros  amigos. Se decía – yo apenas había dado crédito hasta entonces – que se llegaban hasta Fuengirola o Torremolinos, pasaban allá la noche de juerga y estaban de vuelta antes de que tocasen diana. ¿Cómo podían afrontar las actividades de la jornada siguiente? Fácil: en la enfermería. Resulta que a uno le dolía esto, a otro aquello. Y allí descansaban buena parte del día. Y hasta la siguiente ocasión.

A un soldado corriente, aquello le hubiese supuesto una fortísima sanción. Además, nunca habría contado con los medios y ayudas necesarias para perpetrarlo. A nosotros, los periféricos, aquello nos sonaba a película de ficción, pero nos ayudaba a acabar de comprender cómo funcionan la sociedad y el mundo.      

Milisiah y cañaíllah

[Diccionario brevísimo de urgencia :  Cañaílla = Natural de San Fernando  /  Floho = Desganado, vago  /  Milisia = Miembro de la Milicia Naval Universitaria  /  Niña = Chica, muchacha  /  Niña chica = Niña.]

 Una tarde, en el Casinillo, le pregunto a una niña:

Oye, ¿cómo es que las chicas de aquí salís siempre con «milicias», como decís. ¿No hay chicos en San Fernando?.

Uuuh, es que los cañaíllah son mu… son mu… floho.

¿Flojos? ¿Qué quieres decir?

Floho, que son… floho.

Vale. Entendido: no había competencia ni peligro alguno por parte de los indígenas.

Esta situación tan favorable no logró motivarme para que me lanzase al juego del mariposeo amoroso durante el primer verano. Solo alguna que otra visita al Casinillo y al Club de Campo, con la consabida conversación, más o menos banal, con alguna niña y el consiguiente baile, a veces por pura cortesía. Y así continuó la historia en el segundo verano, excepto por un hecho destacable: el rayo que me alcanzó desde unos ojos de azabache y una voz grave y ronca. Elo, perdida antes de alcanzarla, como otras veces me ha sucedido en la vida.

El tercer verano estuvo en este aspecto marcado por la más absoluta y placentera normalidad. Conocí a una niña con planta de mujer y, a veces, con discurso de niña chica. Era de Jerez y pasaba el verano en San Fernando en casa de unos parientes. Simpatizamos al momento. Salíamos juntos siempre que podíamos. Íbamos al Casinillo, al Club de Campo o a algunos de aquellos fabulosos cines al aire libre, con la pantalla en frente, las estrellas en lo alto y nosotros amartelados en las incómodas sillas de madera. A veces salíamos acompañados de dos amigas suyas con las respectivas parejas; las dos eran un encanto absoluto. No me cansaré de repetir lo buenas y dulces que son las dos, tanto que al repasar las viejas notas de entonces (como la que acabo de transcribir), me emociono. La última tarde, ya vestidos de paisano, los seis a la Venta de San Lorenzo, en la carretera de Cádiz. Entre salinas. Cielo estrellado como nunca. Apuramos los últimos momentos. No está dispuesta a dejarme marchar. Con qué furia toma mi mano entre las suyas.

A la mañana siguiente nos acompañan a la estación. Últimos momentos. Ella me coge la mano con más fuerza que nunca. ¡Si pudiese detenerme! Pero llega el tren. Me rodea el cuello, nos besamos… Oh, Mary, Mary. Adiós.    FIN

Oficial y caballero (de complemento)

Una vez finalizado el tercer curso de la Milicia, convertido en teniente de infantería de marina, de complemento, tenías que decidir cuándo – dentro de un plazo de tiempo que no recuerdo – y dónde – entre las tres capitales de los departamentos marítimos de entonces: San Fernando, Ferrol o Cartagena – preferías cumplir los cuatros meses de prácticas como oficial. Muchos compañeros, todos los más próximos, eligieron Ferrol o Cartagena por aquello de cambiar de ambiente; yo me decidí sin dudar por San Fernando. Había pasado más de un año desde que la dejé y me sentía invadido por la nostalgia.

¿Qué ocurrió en el año y medio transcurrido entre la partida – de allá – y el retorno? Que inicié las actividades como ayudante de cátedra en la Universidad, sin convencimiento apenas iniciadas; que mantuve un noviazgo durante los últimos cinco meses, sin convencimiento apenas… En fin, que mi decisión no solo me devolvía a la isla soñada sino que me liberaba temporalmente de problemas e indecisiones.

Y el 1 de marzo de 1963 estaba de nuevo en San Fernando. El panorama era muy diferente de cómo lo dejé. Para empezar, no encontré a nadie conocido. Ni conocida. Mary debía de estar en Jerez; tampoco apareció ninguna de las amigas. Entendí que el hecho de haberme presentado en aquella época del año alteraba sustancialmente el panorama conocido en pleno verano. 

También la situación personal era radicalmente distinta. Cosa lógica, porque ya no era un simple soldado-alumno sino todo un señor oficial, con derecho a residir en la Residencia de Oficiales. A lo cual naturalmente me acogí: era la situación más económica y más cómoda por su proximidad con el Tercio, de hecho en el mismo edificio, en el extremo opuesto del cuartel de los tres veranos. También cobraba el sueldo correspondiente a la categoría, en su versión mínima, supongo, que me daba lo suficiente y algo más para todos los gastos.

El trabajo era el propio del puesto. Consistía básicamente en mandar una sección de soldados, incluidos los suboficiales, y es fácil mandar cuando el mandado no tiene más remedio que obedecer. Pero en algún aspecto podía ser peligroso. La tarea era llevadera; la responsabilidad, enorme. Cuando me tocaba de oficial de guardia, por la noche me convertía en el máximo responsable de lo que pudiera ocurrir en todo el recinto del Tercio, con sus cuatro mil hombres. Si lo pensabas bien, era como para sentirse angustiado. Así, que no lo pensaba.

Con mis colegas militares (todos de carrera, ninguno de «milicias»), apenas tuve más trato  que el indispensable por las cuestiones del servicio y por el hecho de estar en la Residencia, en cuyo bar pasaba algún ratito e incluso jugaba alguna partida de ajedrez. Recuerdo a un comandante que le encantaba jugar conmigo, porque me ganaba en cuatro jugadas. Siempre he sido un mal jugador, y no solo en el ajedrez. 

Lo que no recuerdo es cómo  conocí a Mari-Carmen o, mejor dicho, cómo pude conocerla. Pero antes de entrar en esta materia convienen un par de aclaraciones.

Primero, que, si bien no encontré la gente del último verano, entré enseguida en el tipo de sociedad que me agradaba, con bastantes niñas y ningún cañaílla (no es que estos me desagradasen, es que no estaban). Segundo, que, ignoro por qué razón, había abandonado la costumbre de escribir notas prácticamente diarias (de aquellos meses, solo conservo algunas divagaciones sobre el poeta Yevtushenko y otras pretendidamente filosóficas, junto con algún lamento existencial), lo que me dificulta la detección de los recuerdos dormidos, que tanto me ha ayudado para escribir los párrafos relativos a los tres veranos.

Entre las nuevas amistades destacan en el recuerdo dos hermanas encantadoras, Margarita, más bien bajita, unos veinte años, y Charo (creo), delgada y más bien alta, unos dieciocho. Con ellas, y con otras personas que no consigo ahora sacar del olvido, pasé plácidamente aquellos meses.

Mari-Carmen era un ser aparte. Antes he apuntado que no recuerdo cómo pude conocerla. Y es que ella no pertenecía al grupo de esas «otras personas», ni a ningún otro grupo. Yo, al menos, la veía como un ser aislado que iba por su cuenta. Era esbelta, sinuosa, elástica en su andar y en todos sus movimientos. Nunca la vi acompañada de nadie…Entonces ¿quién me la presentó? ¿Cómo la conocí? No lo sé. Salvando el bache oscuro de la memoria, me veo con ella, en bares, en parques y paseos, en la playa. Sobre todo algunas tardes en cierta playa entre las dos ciudades. Todo lo que supe de ella, por ella misma, era que pertenecía a una familia numerosa y que vivía en la afueras de San Fernando en una gran casa. Debió de aparecer a principios de mayo; desapareció a finales de junio, unos diez días antes de mi partida. Todos mis intentos de ponerme en contacto con ella, sobre todo por teléfono, fracasaron.

Margarita, a quien yo había confiado mi historia, me dijo que aquello era normal; que toda niña que salía con un milisia, en cuanto veía que el romance no iba a desembocar en algo práctico y seguro, desaparecía. No les gustaban las despedidas. ¡Cómo me acordé de Mary, de su gran, enorme corazón!  

El final de aquellos cuatro meses no tuvo nada que ver con el final romántico y peliculero del último verano. Más bien creo que fue gris y un poco tristón. El caso es que mi memoria también se negó a registrarlo. Supongo que me despedí de las dos hermanas y de otras varias personas. Por cierto, hay una anécdota que sí ha conservado la memoria y que a continuación ofrezco para cerrar el capítulo.  

Un día invité a Charo a dar una vuelta por Cádiz y a visitar una especie de pub-disco que estaba de moda (Whisky and Rock, se llamaba, qué cosas tan tontas se recuerdan a veces). Charlamos, bebimos, bailamos, pagué y nos volvimos a casa en el autobús. Al encontrarnos con Margarita, imagino que en el Casinillo, ésta preguntó a Charo cómo había ido. Muy bien, contestó la hermana en mi presencia, Antonio es un caballero.

Toda mi carga genética andaluza todavía no me ha permitido descifrar si aquello era un elogio o un reproche. 

  Próximamente: Y AHORA ¿QUÉ?

  

        

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VIEJO MUNDO NUESTRO V

LA FAMILIA, LA LENGUA

Nací en Barcelona diez meses después del fin de la guerra civil, en un piso de la calle Padilla, a un paso de la Gran Vía y a dos manzanas de la plaza de toros Monumental.

Bueno, en realidad nací en una clínica, como ya era costumbre en todas las familias que podían. Dos años antes había nacido mi hermano Adolfo y año y medio después aproximadamente nació mi hermano Juan. Mi hermana Matilde se hizo esperar más; de hecho se la esperaba en mi lugar y, con mayor ansiedad, en el lugar de Juan. Pero no nació hasta 1947; en esta fecha ya habíamos cambiado de domicilio, desplazándonos poco menos de un kilómetro hacia el centro, pero sin alcanzar la zona noble de la derecha del Ensanche, modernista y señorial.

Mis padres, que se casaron bastante mayores para lo que se usaba en la época (él 37 años, ella 29), habían vivido toda la vida de solteros en el mismo barrio donde se instalaron al casarse y donde nacimos los tres hermanos. Se conocieron en un centro cultural católico, donde el joven Adolfo (así se llamaba él), quedó prendado de aquella niña que recitaba de una manera tan segura y tan desenvuelta. Las familias eran amigas, o se conocían, pero no fue hasta muchos años después que Adolfo pidió en matrimonio a Victoria (así se llamaba nuestra futura madre). Se casaron en junio de 1936, un mes antes de que estallase la guerra.

Los orígenes

Los orígenes son siempre oscuros. Tanto los de las naciones como los de las familias. La oscuridad de los orígenes de las naciones tiene fácil remedio: se inventa un pasado fantástico y a ser posible poético y se ofrece al pueblo para que crea en él. Y el pueblo cree. Y se montan celebraciones y conmemoraciones, y el pueblo cree más. Así se ha hecho siempre, desde Roma con su Eneas y compañía arribando a las costas del Lacio y la loba amamantando a los pequeños, hasta las modernas naciones con toda su variedad de mitos fundacionales. La oscuridad de los orígenes de las familias es de más difícil solución. De hecho, solo las familias nobles, o con mucha prosapia, pueden gestionarla al estilo de las naciones: con toda la fantasía necesaria.

De los orígenes de mi familia poco puedo decir. Y me confieso culpable de esta ignorancia. Siempre adopté la postura del Tenorio (son pláticas de familia de las que nunca hice caso), y ahora resulta que, al evitar historias plomizas, dudosas o contradictorias, chismorreos, reproches cruzados, etc., me perdí también la historia mínima que entiendo  – sobre todo ahora – que debería conocer.

Todo lo que sé de la parte de mi padre es lo siguiente:

Nació en Barcelona, en 1898, no lejos del barrió en que vivió toda la vida; fue bautizado en la iglesia de Sant Pere de les Puel·les. Su padre, Santiago, nacido en Barbastro, se había instalado en Barcelona con su creo que segunda esposa (Antonia o Tomasa, ni siquiera eso está claro), natural de Zaragoza, después de una vida azarosa y de haber tenido por lo menos otro hijo de un matrimonio anterior. En nuestra ciudad creó una mínima empresa metalúrgica, que su hijo, nuestro padre, supo engrandecer. Además de a mi padre tuvo otro hijo (Santiago) y una hija (Carmen), que murió joven.

El padre del padre de mi padre, o sea, mi bisabuelo, como se dice para simplificar, había nacido en San Costantino di Rivello, localidad de la Basilicata, región situada al sur de Nápoles (Italia) y no sé exactamente si se dedicaba a la agricultura o a la calderería, pero, por las actividades de sus descendientes, más bien me inclino por lo segundo. Debió de emigrar a España a principios del siglo XIX, si su hijo ya nació aquí en la década de 1820, como parece. Es por lo tanto imposible que, como en la familia se ha pensado a veces, tuviese algo que ver con la pequeña emigración italiana que se estableció en Gerona a finales del siglo XIX, que incluía a un Salvatore Priante y un Blas Magaldi, ambos también de San Costantino, luego emparentados, quienes se afincaron y prosperaron económica y socialmente en la mencionada ciudad catalana. Lo curioso es que ambos Priante, el de Gerona y el de Barbastro, coincidían en el lugar de nacimiento, el apellido y quizá en el oficio. Es lógico pensar que alguna relación de parentesco habría.

Como antes he apuntado, mi padre supo ganarse una holgada posición económica que nos permitió, a los hijos, crecer en un ambiente de relativo bienestar. Quizá fuera esa necesidad de esfuerzo y superación lo que le llevó a preferir, sobre todas las demás, la lectura de las biografías de grandes personajes, de esos que se habían hecho a sí mismos, desde Napoleón y Goethe hasta Henry Ford y Mussolini. Incluso un ejemplar de Mi lucha, de Hitler, andaba por casa, lo que da una clara idea de su obsesión por las personalidades fuertes, ya que él nunca tuvo inclinaciones fascistas ni nazis; por el contrario, en pleno régimen de Franco no dejó nunca de declararse demócrata (en la intimidad, claro está). También gustaba de la novela policíaca, la de personajes como, Nick Carter, Sherlock Holmes, Raffles, etc. Y el teatro de salón, tipo Jacinto Benavente.

Todo lo que sé de la parte de mi madre es lo siguiente:

Nació en Esparreguera, en 1907, localidad a orillas del Llobregat, no lejos de Barcelona. A sus tres años, la familia (padre, madre y siete hijos) se trasladó a esta ciudad. Excepto ella y su hermana menor, la más pequeña, nadie de la familia había nacido en Cataluña. Eran de Andalucía.

¿Cómo y porqué se habían trasladado de una punta a otra de la península? Con permiso de mi hermana Matilde, transcribo unas líneas de su interesante Sensaciones, donde, entre otras cosas, reúne recuerdos sobre la familia:

Mi abuela pertenecía a una familia acomodada de clase media [de Sevilla], y había sido educada siguiendo las normas de aquella época, mediados y finales del siglo XIX. Se casó con mi abuelo muy joven y aún siendo también él de buena familia y con carrera, era abogado, su vida fue un desastre. Mi abuelo era el típico señorito de entonces, jugador, juerguista y mujeriego. Un hombre encantador y divertido en el trato, cariñoso con sus hijos pero irresponsable hacia la familia. Se trasladaron de Sevilla a Esparreguera, mi abuelo con un puesto de contable en la Colonia Sedó. Su familia le consiguió el puesto con la esperanza de que en un pueblo alejado de la ciudad consiguiera su estabilidad.

Aquella esperanza no se cumplió. El simpático don Manuel Abollado, nacido en Sanlúcar de Barrameda, siguió con sus aficiones, la principal, el juego. Pronto perdió su empleo y sumió a la familia en la desgracia. Pero quizá no sea esta palabra muy aplicable a los Abollado. Cierto que todos los hijos, incluso la todavía niña Victoria, tuvieron que ponerse a trabajar a edades muy tempranas, cierto que las estrecheces económicas fueron muy importantes y que la que más sufrió fue la madre, pero no es menos cierto que en la familia nunca dejó de ocupar un sitio principal la alegría, el buen humor y una guasa típicamente andaluza, rasgos que habían de poner nervioso en ocasiones a mi padre, cuya seriedad aragonesa chocaba con aquel mundo un poco incomprensible para él.

En aquella familia todos amaban el arte, en especial la poesía, la música (la canción) y el teatro. Alguno de ellos (varón, por supuesto), solía actuar en compañías más o menos profesionales y, desde siempre, organizaban en el propio domicilio representaciones a base de teatro, canto y poesía. Estas actuaciones solían ir precedidas del recitado, por parte del más pequeño o pequeña, de unos versos introductorios escritos para estas ocasiones por el padre, finalmente desaparecido no se sabe por dónde. Todavía nosotros, los pequeños Priante, asistimos y creo que de alguna manera participamos en alguno de estos actos en casa de una de nuestras tías. Por cierto, que entre mi hermana Mati y yo hemos podido reconstruir, de memoria, unas frases de aquel texto introductorio:        

Respetable concurrencia,                                                     

como artistas de afición

pedimos benevolencia

al levantarse el telón.

Es grande nuestra osadía…

… que la misma Talía

nos habrá de perdonar…

Esta vocación artística-teatral la arrastró nuestra madre toda la vida. Ella misma nos contaba que, siendo todavía muy joven, después de verla actuar en una de aquellas representaciones, la entonces famosa actriz María Vila propuso a la madre que, si aceptaba, ella convertiría a su hija en una gran actriz. Imposible. Esta era una línea que no se podía traspasar. Una señorita de buena familia no podía formar parte de la auténtica farándula. 

Pero, de diversas maneras, siempre mantuvo aquella querencia, claramente ligada a su temperamento, por el teatro y la poesía dramática. Durante nuestra infancia en Valldoreix organizaba de vez en cuando representaciones teatrales con nosotros y otros niños como actores, a las que acudían veraneantes de los contornos (más que nada a contemplar y a aplaudir a sus pequeños). Ella misma preparaba los textos de obras que sacaba de aquí y allá: la recuerdo, semanas antes de la fecha de la representación, absorta, revisando, acotando los textos para adecuarlos a los pequeños actores. En las fiestas o reuniones con las amistades de la familia siempre había alguien que le rogaba que recitase algo – en los últimos tiempos no eran necesarios los ruegos -, a lo que ella accedía complacida. A mí me encantaba especialmente – aunque con el paso de los años empezó a cansarme un poco – el recitado de La Pubilleta, de Frederic Soler, Pitarra, por la emoción que sabía trasmitir y por contemplar cómo a algunas señoras de la concurrencia les saltaban las lágrimas. Por cierto, en un catalán perfecto, que no era su lengua materna, pero que hablaba desde su juventud.

La lengua

En casa se hablaba el castellano, lengua de las familias de padre y madre. Y sin embargo, no recuerdo ninguna época de mi vida en la que no entendiese el catalán. Esto se debe a dos hechos: primero, que el catalán estaba bien vivo a nivel popular, no obstante la marginación a la que le tenía sometido la dictadura, y  bastaba salir a la calle para oírlo – o sea, más o menos lo contrario de lo que ocurre ahora, que está bien vivo a nivel público y oficial, de lo que se encargan las autoridades autonómicas, pero cada vez se oye menos en la calle. Y segundo: que también se oía en casa, porque mi madre habló en catalán primero con una criada valenciana, y luego con otra catalana – sí, aún se daba esto -, para escándalo de uno de mis tíos, hermano mayor de mi madre (como en toda familia numerosa las ideas de sus miembros abarcaban todo el espectro político), quien le espetó ¿Y tú te rebajas a hablar con la criada en catalán? A lo que ella contestó con la contundencia que usaba en tales ocasiones.

La relación entre catalán y castellano en Cataluña era complicada. Y más complicado aún resulta desarrollar una explicación comprensible para el que no la ha vivido. Y sin embargo, era asumida por los implicados con la mayor naturalidad y, diría, de una manera inconsciente. En la reunión de un grupo, por ejemplo, según el ambiente u origen de sus componentes predominaba uno de los dos idiomas, pero casi siempre había hablantes del otro, y todos intervenían en su propia lengua o, según los casos, dirigiéndose a su interlocutor en la de éste, detalle que, hay que reconocer, solo practicaban los catalanohablantes, quizá porque eran los que sabían expresarse en los dos idiomas.

Cuento esto en pasado cuando, de hecho, apenas ha cambiado nada. Todo sigue igual salvo cierto aumento del idealismo, es decir, de la actitud de ver no lo que hay, sino lo que, según las propias ideas, tendría que haber.

Durante toda mi infancia y juventud era costumbre, casi universalmente adoptada, que cuando una persona se dirigía a otra en catalán, que era lo normal siendo ésta la lengua propia y entonces claramente mayoritaria del país, en cuanto advertía que la persona interpelada hablaba en castellano, cambiaba a este idioma casi sin darse cuenta, y esto aunque presumiese que ese castellanohablante había vivido en Cataluña toda la vida. Y esta actitud, basada en los buenos modos y en la exhibición de cierta superioridad moral y lingüística, llegaba a veces a extremos increíbles.

Por ejemplo, recuerdo que me conmovía y molestaba al mismo tiempo lo siguiente (luego trato con detalle mi caso, que para eso estamos): estoy con un grupo de amigos y conocidos desde hace tiempo; de pronto, en lo más animado de la charla (en catalán, menos por mi parte) uno de ellos se dirige a mí y me dice ¿entiendes el catalán?  O sea que, de repente, le había asaltado la preocupación de si no me estaban dejando al margen por hablar ellos en un idioma para mí desconocido, cuando de sobra había de saber, por el tiempo que hacía que nos conocíamos, que me enteraba por igual cualquiera que fuese la lengua, de las dos, en que me hablasen.

Pero, ¿por qué no hablaba yo catalán?

Buena pregunta, y aquí estoy yo para responderla, es decir, para averiguarlo.

Ya de niño, el hecho de que en la familia se hablase solo castellano, no me impedía ver el mundo exterior, donde el otro idioma era más general o extendido. Hasta el extremo de que, en el Colegio, no recuerdo a qué temprana edad, empezó a resultarme realmente extraño que una lengua tan presente en la vida cotidiana de la ciudad en las aulas no existiese en absoluto. Y hasta me dio por compadecerme de aquellos compañeros que, inmersos en la catalanidad natural de la familia, tenían que luchar con una lengua que en gran parte les era extraña, además de con las dificultades propias de la asignatura. Esto era una ventaja para mí (y para algunos otros como yo), de la que era plenamente consciente. 

Y sin embargo, esa consciencia no me motivaba para integrarme en el grupo oficialmente discriminado, hablando su idioma. Era no sé si decir egoísta o perezosa mi postura.  Yo me sentía cómodo hablando mi lengua materna, todo el mundo me entendía, no me creaba ningún problema no hablar la otra, entonces ¿para qué esforzarme chapurreando, al menos al principio, una lengua tan respetable como la otra, pero que no era la mía? Y así me mantuve durante muchos años.

Y ahora, un ejemplo de lo que apuntaba antes de la normal diversidad intrafamiliar. En lo político y en lo no político, como es el caso. Aunque con el tiempo el caso ha sido también político.

En casa, mi padre era en cierto modo ajeno a esta cuestión, él hablaba castellano en la familia, y cualquiera de las dos lenguas en el exterior según procediese. Pero una cosa tenía clara: en el mundo de los negocios había que hablar catalán, sobre todo en el de la pequeña y mediana empresa, que era el que él frecuentaba. De manera que mi hermano mayor, Adolfo, quien, por aquello de la tradición o costumbre, había de seguir al frente del negocio familiar, tenía que corresponder en catalán a clientes y proveedores; lo mismo ocurría con el menor, Juan, quien también participaría directamente en la empresa.

Ningún problema por parte de ellos. Al contrario, una ayuda de donde hoy (y también entonces) parece a primera vista inimaginable: el paso por el servicio militar. Resulta que ambos, cada cual en su momento por la edad, hicieron la mili como voluntarios en Aviación (de tierra); resulta que esta opción era la preferida por muchos jóvenes de familias burguesas de toda la vida, cuyos padres, no sé por qué, podían mover así más fácilmente sus influencias y «enchufes», de manera que el chico no estuviese lejos de casa y hubiese facilidad de permisos, y de todo ello resulta que ambos hermanos, al hacer la mili, se encontraron como compañeros con una tropa de niños bien que, quizá como signo de protesta, solo hablaban catalán.

Mi caso fue totalmente opuesto: mi voluntariado en la Marina me llevó al otro extremo de la península, donde el catalán sonaba a la gente como su dialecto a nosotros (¿e ise, hoé? = ¿qué dices, joder?), y que el abuelo Manuel me perdone.

Así que mi hermana Mati y yo quedábamos fuera del foco de atención de mi padre en este tema: podíamos hacer lo que quisiéramos. Que en ambos casos fue nada

Pasé todo el período universitario, el del primer trabajo (en una editorial) y parte del segundo (en la administración pública), como perfecto monolingüe. Creo que en esta especie de obstinación pesaba – además de la comodidad y pereza antes mencionadas – la idea, apenas consciente, de que, si me incorporaba el otro idioma también como propio, perdería parte de mi personalidad o de mi estructura mental, o vete a saber qué, idea bastante absurda, si se piensa, pienso ahora, en personajes como Borges o como George Steiner. También pesaba, supongo, mi incapacidad natural para hablar lenguas, dándose el caso curioso de que yo, que he trabajado como traductor literario de tres idiomas, no soy capaz de hablar correctamente ninguno de ellos.

Pero una circunstancia vino en mi ayuda para dar el paso. Con la muerte de Franco y el fin de la dictadura, el panorama político cambió notablemente. Entre otras cosas, se restauraron las autonomías históricas como la catalana (y se inventaron otras), y se me trasladó, como funcionario, de la delegación del Ministerio de Trabajo español a la del flamante Departament de Treball del gobierno autonómico catalán. Y, una vez ahí, me pregunté si era correcto y normal que, ya reconocidos los derechos lingüísticos de la población, se atendiese a esa misma población solo en la «opresora» lengua oficial de siempre. Y me respondí que no. Así que empecé a hablar catalán con los representantes de las empresas y de los trabajadores, que eran mis interlocutores habituales y terminé hablándolo con el quiosquero de la esquina. Ah, y tengo que aclarar que, para tomar esa decisión, no hubo ninguna recomendación ni presión por parte de las nuevas autoridades, como no la hubo respecto a algunos compañeros que estaban más o menos en mi caso, pero que persistieron en su actitud hasta la jubilación.

Me había convertido en un catalanohablante normal. Y esa normalidad incluía la curiosa excepción que constituían las amistades de toda la vida. Y es que la cosa funcionaba así: habiendo ya dado el salto lingüístico, en una ocasión le comenté a un amigo de los tiempos de juventud que yo también hablaba catalán y que, por lo tanto, podíamos… A mí no me líes, me interrumpió, contigo siempre he hablado castellano y así seguiremos. Y así se hizo. Con él, y con todas las amistades antiguas, incluida mi esposa Pilar, catalana por los dieciséis lados, y mi hijo Toni, nativo bilingüe.

Ya antes he apuntado que la relación en Cataluña entre castellano y catalán es complicada. Basta considerar casos como el de la abuela que habla en una de las lenguas con su hijo y en la otra con el nieto o el del hijo que habla en una lengua con el padre y en otra con la madre, o el de la pareja en la que cada cual no deja de hablar su lengua materna, distinta de la del otro, y otras muchas combinaciones. Esta complejidad puede resultar extraña sobre el papel, pero si se observa en la realidad, se comprende que forma parte del flujo natural de la vida.

Algunas personas, normalmente de fuera de Cataluña – y de dentro, en sentido contrario -, no entienden o no aceptan esa realidad. Allá ellas con su mundo cuadriculado. Por mi parte, creo que toda posición es defendible. Mientras no salgan a relucir las espadas.

Próximamente: LA MILI

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VIEJO MUNDO NUESTRO IV

LA UNIVERSIDAD

Una de las pocas ventajas de las sociedades tradicionales, en las que todo está perfectamente pautado, es que, a la hora de tomar decisiones, tienes poco que pensar. Si yo era «el intelectual” de la familia – quizá porque leía mucho y por mi natural rechazo a los trabajos físicos, a arrimar el hombro –, estaba claro que me correspondía estudiar una carrera universitaria. Y si había de estudiar una carrera universitaria, no podía ser otra que alguna de la docena escasa que había en el mercado docente español. Sí, pero cuál.

Par délicatesse

Mi preferencia por el mundo de las letras frente al de las ciencias estaba muy clara. Lo que también estaba claro era que esta preferencia no conducía a ninguna parte socialmente decente. Ahora se habla mucho de la postergación de lo humanístico frente a lo tecnológico, como si fuese algo nuevo, pero los viejos con memoria – que los hay – recordarán que esto ya se daba en nuestra juventud. Por ejemplo el Hermano marista que me preguntó por mi elección, si ciencias o letras, en 1954, se echó las manos a la cabeza al oír que me decidía por las letras, pero tú, Priante, ¿letras?, ¿lo has pensado bien? No, no le entraba en la cabeza; estaba realmente preocupado de que hubiese decidido desperdiciar mis facultades.

Pocos años después, al finalizar el bachillerato, me tocó pronunciarme ante mi padre. Él tenía bien claro que yo había de estudiar una carrera, pero ¿cuál?, preguntó. Y yo tenía muy claro que él veía el mundo con los mismos ojos que el Hermano (en esta cuestión, al menos). Mi respuesta natural, franca, desinhibida tendría que haber sido: Filosofía y letras. Pero yo sabía que esta respuesta no le habría gustado nada. Y no quería disgustar a mi padre. Así que busqué una salida intermedia: Derecho. Esta carrera tenía un aura de prestigio y respetabilidad que las personas más prácticas (como el Hermano y mi padre) tenían que reconocer y, por otra parte, presentaba un talante humanístico del que carecían las disciplinas científicas en general.

El padre lo aceptó, qué remedio, y yo me quedé con la sensación de que había renunciado a algo esencial solo por no molestar a alguien, por muy padre que fuese. Par délicatesse j’ai perdu ma vie, dijo el poeta. Bueno, tampoco es para tanto. 

Un mundo nuevo

Cuando inicié la carrera, el edificio de la Universidad vieja, situado en la Gran Vía (entonces, Avenida de José Antonio), albergaba todavía la Facultad de Derecho. Ahí estudié el primer curso, en compañía de una multitud de estudiantes procedentes de toda Cataluña y de las Baleares (creo recordar que la de Barcelona era la única Facultad de Derecho existente en toda esa zona geográfica).

La sensación de haber entrado en un universo muy distinto del mundo del Colegio era evidente, por no decir brutal. Para empezar, ningún profesor – casi siempre catedrático – llegaba a conocer al final del curso a los alumnos por sus nombres, excepto a los tres o cuatro que, en cualquiera de los mundos posibles, saben darse a conocer enseguida, lo que evidentemente, nunca ha sido mi caso.

Ahí no se tomaba la lección cada día, ni había notas semanales, ni mucho menos clasificación del alumnado por los resultados. Ahí las habilidades del primero de la clase de un colegio religioso de poco podían servir. Se me había enseñado a navegar en un pequeño estanque y de pronto me encontraba solo en alta mar. 

Aunque hay que reconocer que aquella soledad entre la masa de estudiantes no era absoluta. Otros me acompañaban, llegados como yo desde el Colegio marista. Por lo menos dos: Miguel Ángel García, compañero de toda la vida, ya citado en el capítulo dedicado al Colegio, y José Ignacio Porta, «Tato». El primero, de familia castellana instalada en Barcelona al finalizar la guerra civil, con el que la diferencia de ideas, cada vez más acusada, nunca impidió una sólida amistad. El segundo, de familia perteneciente a la burguesía barcelonesa más bien alta, cerraba el compacto trío que como tal se mantuvo hasta el cuarto curso.

Aquel primer curso fue como de iniciación al mundo real. En el Colegio, un muro de normas, preceptos y vigilancia continua nos separaba hasta cierto punto de la  realidad. En la Universidad comenzaba mi inmersión en ella. Detalles significativos eran: que no hubiese un control efectivo de los retrasos o asistencias a las clases, que pudieses seguir la clase sentado junto a una muchacha como si tal cosa, que, solo descendiendo unas breves escaleras, pudieses acceder al bar donde tomar un café o una cerveza con los compañeros y compañeras, charlando de todo lo imaginable, sin que, por lo general, importase demasiado que pasase la hora de la clase correspondiente. Inimaginable.

El hecho de que, con alguna excepción, los profesores se desinteresasen de si estudiabas o no, hasta el momento de los exámenes parciales (uno o dos por curso) o finales fue sin duda el que más me afectó en el aspecto académico. La prueba está en que solo en una asignatura obtuve una nota de sobresaliente con matrícula, mientras en las tres restantes, un aprobado justo. Y aquella era precisamente la asignatura en que se podía recitar la lección semanalmente (la excepción), y no precisamente la más interesante para mí.   

Por otra parte, el decorado era magnífico: el aula con los asientos en forma de anfiteatro, la biblioteca, los amplios y bellos pasillos que unían las dos alas del edificio, el aula magna, el paraninfo, los pequeños jardines que bordeaban la construcción y sobre todo los románticos patios gemelos (el nuestro, el de letras), donde, entre clase y clase, o en cualquier momento, nos movíamos los estudiantes novatos, felices y un poco desconcertados.

Por cierto que, casi treinta años después, volví al mismo escenario – parece imposible que no hubiese cambiado casi nada – para iniciar, cuarentón, la carrera de Filología clásica, cuyo primer curso se daba en la misma aula en que se había dado el primero de Derecho.

Un palacio en Pedralbes

El primero, que el segundo ya no se dio allí. ¿Qué había pasado? Que las autoridades habían decidido que Barcelona merecía una «ciudad universitaria»; que ya se había iniciado su construcción, y que a nosotros nos tocaba inaugurar la flamante Facultad de Derecho, uno de los primeros edificios nuevos, quizá el más armonioso y bello dentro de los cánones más avanzados de entonces. Estaba situado hacia el final de la Diagonal, muy cerca del Palacio Real, construcción ésta tan convencional como reciente (1924) pensada para residencia de los reyes en sus visitas a Barcelona (Alfonso XIII fue el único que lo pudo disfrutar), pero que también utilizó Franco, que era más que rey.

En el nuevo edificio de la facultad dominaban los grandes espacios abiertos, la luz, la transparencia, las grandes aulas, las amplia zonas de césped que lo bordeaban, el bar. Muy importante, el bar. Corrió enseguida el dicho de que aquel era el único bar del mundo que tenía incorporada una facultad de derecho. Y para muchos era efectivamente así. Y la biblioteca, que fue tan importante para mí, sobre todo a partir del tercer curso. Pero en cuanto al funcionamiento académico, el modo de enseñar, muy tradicional y muy cansino, y el modo de afrontarlo por mi parte, que consistía en estudiar intensamente  justo antes de cada examen, nada había cambiado.

Aunque, no recuerdo si fue al principio o al segundo mes del curso que se introdujo algo nuevo que dio un poco de color a aquel mundo mortecino del profesorado: el nuevo catedrático de Derecho Político, Manuel Jiménez de Parga. Joven de 29 años, granadino de muy buena familia, emparentado – decían desde la extrema derecha para desacreditarlo por adelantado – con los responsables del asesinato de García Lorca, que representó un soplo de aire nuevo en medio de aquel ambiente ideológica y políticamente enrarecido. Por primera vez, se oía expresar públicamente la preferencia por una democracia sin adjetivos y, cosa insólita, llamar dictadura a la dictadura. Durante los años que ejerció en nuestra Facultad no dejó de hacer equilibrios para mantenerse en pie frente al riguroso control político del Régimen y además corroboraba sus ideas liberal-democráticas con los hechos: en su cátedra acogería como profesores y ayudantes a gente de ideología muy diferente de la suya (por la izquierda) como Jordi Solé Tura, comunista entonces, convertido años más tarde en ministro socialista, y yo mismo, vago marxista entonces, convertido años más tarde en el que escribe esto. (Lo de vago puede entenderse en las dos acepciones principales de la palabra).

En busca de una Weltanschauung

Esta palabreja alemana, bastante en boga entonces entre la gente filosóficamente inquieta, significa algo así como «visión del mundo» o «cosmovisión». O sea, formarse una Weltanschauung quería decir abandonar el indeciso relativismo de los pensadores principiantes o delirantes para construir un edificio mental coherente de la cabeza a los pies, que lo explicase todo. Algo con lo que, desde el despuntar del uso de razón, yo siempre había soñado. Pero, visto lo que tenía alrededor, no era cosa fácil.

Lo que se movía a mi alrededor no era especialmente interesante, y me sitúo ya en el tercer curso de la carrera, que fue cuando empecé a ver las cosas con cierta claridad. Todo lo impregnaba la triste mediocridad de una burguesía muy bien acomodada al Régimen de Franco. La gran mayoría del estudiantado era más bien grisácea; solo destacaban el colorido sector de los «pijos» y el pequeño y austero sector de los políticos. Estos se dividían en extrema derecha (principalmente falangistas, quienes pronto perderían el control de las organizaciones estudiantiles) y extrema izquierda. Y entiéndase que, para el bien pensante de entonces, toda izquierda era extrema.

Pasé la mitad de la carrera cómodamente embutido en la masa grisácea sin apenas más relación que con Miguel Ángel y José Ignacio. En el tercer curso, y ya decididamente en el cuarto, empecé a asomar la cabeza al exterior, y lo primero que encontré fue a unos raros ejemplares que, siendo más bien políticos de derechas, no eran en absoluto falangistas y hasta negaban ser políticos. Pertenecían a una especie de club católico elitista que ellos mismos denominaban La Obra y se dedicaban entre otras cosas a captar nuevos socios entre los estudiantes que consideraban más valiosos, por lo que siempre les agradecí que se fijasen en mí. Pero enseguida se vio que el entendimiento era imposible. Yo quería formarme mi visión del mundo y, más que un mundo, lo que ellos me ofrecían era una cárcel en la que el carcelero dogma vigilaba de continuo al prisionero pensamiento.

Entonces volví la vista a la izquierda y me encontré con algo muy diferente. En general eran personas como yo, que aspiraban a una racionalidad que sustituyese a la sinrazón cotidiana; que no estaban de acuerdo con la estructura política y social vigente y que, en muchos caso, deseaban cambiarla, con los riesgos que ello comportaba. Para presentarse a tamaño combate cada cual iba provisto de una doctrina más o menos asimilada, desde un cristianismo progresista hasta un comunismo ciegamente moscovita. Pero había algo que de alguna manera lo impregnaba todo, lo explicaba todo: el marxismo. No hacía mucho que yo había empezado a conocerlo y, visto que era asignatura imprescindible en el mundo de la izquierda estudiantil que empezaba a frecuentar, me apresuré a profundizar en él. Bien, reconozco que lo de «profundizar» es un poco exagerado.

El caso es que el ala sociopolítica de la Weltanschauung se iba estructurando debidamente. Pero ¿qué hacer con la otra? ¿Qué hacer con la fe que había mamado desde la infancia? ¿con el catolicismo más que reforzado en el Colegio, que supuestamente tenía respuesta para cualquier duda metafísica pero que, a mis veinte años, parecía cada vez más inerme ante los embates de la ciencia y de la razón?

Pasaba muchas horas en la biblioteca. Y no precisamente con textos de derecho, excepto en los casos de exámenes inminentes, sino con otra clase de libros que abundaban tanto o más que los otros, o era yo que solo me fijaba en ellos: literatura, filosofía, arte, ciencia. Y saltando de uno a otro fui a dar en el conocimiento de la obra de Teilhard de Chardin, jesuita y científico, y ahí me pareció encontrar la fórmula con que conciliar la fe cristiana con la ciencia moderna e incluso con la cosmovisión marxista, si se concebía ésta abierta a la trascendencia.

Aclarado el panorama, construida bien o mal mi Weltanschauung, ¿cuál era el siguiente paso? ¿Cómo había de situarme? Estas preguntas eran una llamada que yo mismo me hacía a la acción. Mal asunto. A pesar de mi inquebrantable devoción por Goethe desde mis 18 años (en el principio era la acción), la acción no entraba en mis tendencias principales. Pero de alguna manera se había de manifestar todo aquello.

Salida al mundo

La primera señal fue, ya en el cuarto curso, que amplié notablemente el ámbito de mis amistades o conocimientos, que finalmente ya no quedó reducido a los dos amigos del Colegio. Entre la gente que empecé a frecuentar recuerdo especialmente a J. Ramón Capella, al principio incardinado en el sector de los «pijos», y por entonces recién convertido en intelectual de izquierdas, que había de seguir un sólido recorrido (cátedra, la revista Mientras Tanto); Isidre Molas, catalanista, federalista, integrante del partido clandestino (todos lo eran) Front Obrer de Catalunya, quien había de ser reputado sociólogo, miembro del partido socialista, vicepresidente del Parlament de Catalunya y senador, pero que, de momento, en el quinto curso, le tocó conocer la detención y la cárcel; José Cano, individuo serio, riguroso, de origen manchego y aspecto unamuniano, con el que mantenía largas conversaciones sobre el marxismo y la manera más efectiva de cambiar la sociedad, pero que no pertenecía a ningún partido; Tomás Alcoverro, personaje singular y muy característico, no situado tan a la izquierda como los anteriores, sino más bien en una especie de azañismo literario, quien había de ser periodista famoso, especializado en Oriente Medio, y había de vivir muchos años en Beirut, con el que poco a poco trabé una estrecha y larga amistad, que continúa, y por muchos años.

Había algunos más. Ah, sí: la única presencia femenina – formaban el veinte por ciento aproximadamente del estudiantado – era Elisa Vallès, muy implicada en el activismo social, quien junto con su pareja, que estudiaba otra carrera, se dedicaba, entre otras cosas, a promocionar un teatro popular de tipo didáctico- político. Y no he de olvidar a Jordi Sobrequés, que había de destacar en el mundo universitario, aunque no estoy seguro de que perteneciese a nuestro curso, persona afable, aguda, inteligente y en cierto modo ingenua – como en cierto modo lo son todas las personas inteligentes. Recuerdo que en una ocasión, vino a visitarme a Valldoreix en compañía de Tomás en uno de mis últimos veraneos, quizá en el 62, y que se espantó ante el mundo de frivolidad en que vivía alguien como yo, que se suponía que compartía sus mismos ideales; a Tomás lo que se le ocurrió fue sugerirme que ese mundo sería buena materia para escribir una novela a lo Proust. Y yo le contesté que ni pensarlo. Pero la vida da muchas vueltas. Aunque Proust me sigue quedando lejísimo. También corría por allí, de nuestro curso, un tal Pasqual Maragall, nieto de poeta y padre de sí mismo como político personalísimo y único.

La opción casi definitiva por una actitud intelectualmente rigurosa y de compromiso social no me libraba de la preocupación por un futuro problemático en el aspecto económico. Preocupación que me llevó a iniciar algún paso en falso que, por suerte, no llegué a dar. Me refiero a la visita que hice al señor S, abogado del estado, coveraneante  de Valldoreix, en busca de consejo y amparo ante la posibilidad de decidirme a iniciar oposiciones a un cargo como el suyo.

Me atendió muy amablemente y, con una llaneza y sinceridad dicen que típicamente aragonesas, para ilustrarme sobre las ventajas a que podía acceder si me decidía, me mostró un cuarto lleno de los regalos que recibía (auténticas montañas de televisores entre otras cosas) y me explicó muy llanamente algún recurso habitual en el cargo para prosperar económicamente más allá del sueldo, recurso de tal calibre que habría ruborizado a cualquier persona mínimamente ética.

Por su parte, la aristocrática esposa me insistió en que siguiese ese camino, dando a entender que su hija Carmen P y yo formaríamos una buena pareja. Bueno, no creo que dijese exactamente eso, pero así lo interpreté yo de sus palabras, y es que debo de ser más presuntuoso de lo que imaginaba. Pero el tiempo no pasa en balde, y el incentivo me pareció ridículo al comparar a la muchacha de 19 años que andaba por ahí con la niña preciosa y voluntariosa que había iluminado unas temporadas de mi infancia.

Descartada de momento la preocupación por el futuro económico-laboral, me deslicé sin problemas por la nueva senda de la actividad (siempre en tono menor) político-social. Aquel quinto y último curso (1961-62) fue rico en experiencias de ese tipo.

El grupo de compañeros antes mencionados y alguno más nos conjuramos para obtener, de algunos catedráticos progresistas – entre ellos el que más interés mostró, el de derecho romano Ángel Latorre -, algún tipo de actividad organizada que nos permitiese, además de completar nuestra formación, avanzar en la concreción y realización de nuestros ideales sociopolíticos. Los resultados se habían de concretar en parte en la realización de un seminario de largo alcance sobre las elecciones generales durante la Segunda República, en el ámbito de la cátedra de derecho político (Jiménez de Parga), coordinado por el  adjunto de la cátedra, González Casanova, trabajo que se iniciaría de hecho en la temporada siguiente, es decir, ya como licenciados. 

Aquel curso fue también pródigo en visitas a la Universidad vieja, sobre todo a su biblioteca, adonde muchas veces iba a estudiar junto con Cano. Pero el principal motivo de atracción de aquel viejo centro era las clases de filosofía, abiertas a todo el mundo, que daba el profesor Manuel Sacristán. Antiguo falangista, entonces riguroso marxista y más tarde convencido ecologista y verde, Sacristán era todo un referente de la oposición comunista al Régimen; ocupaba al parecer un puesto decisivo en el Partido (así se decía entonces, sin más y con mayúscula inicial, y todo el mundo lo entendía). Allá me llevó Capella por primera vez y allá solía encontrarme con amigos o conocidos afines, entre ellos Santi, el de Valldoreix, y creo que alguna vez asistí con K, mi «relación» de la primavera de aquel año.

Si el 62 fue un año especialmente convulso, mayo fue el mes en que se concentró la mayor agitación. En respuesta a las protestas de los mineros de Asturias, a principios de mes el gobierno decretó el estado de excepción – que era como una dictadura dentro de la dictadura – en esa región. Los movimientos de solidaridad con los huelguistas asturianos se propagaron por toda España. También en Barcelona… Pero no es esto – no es mi intención – una crónica histórica o política, sino una colección de impresiones personales de distintos momentos de mi vida. ¿Y qué más personal que unas líneas del Diario que llevaba desde los dieciocho años, donde de forma rápida y escueta se da cuenta del clima de aquellos momentos?

«10-V-62

Estudio en la bibl., con Elisa.  A clase de Procesal.

T. Universidad. Estudio en la bibl. Veo a Santi. Y luego a Capella. A las 7, la concentración anunciada. Poca gente. Se marcha hacia la reja. Se cuelga el cartel “Llibertat”. Se canta Asturias. “Asturias sí, Franco no”. Luego a la calle. Aparecen los grises; retirada. Encuentro a Porta y a T[?]. Se dice que han detenido a dos estudiantes.

Ya fuera me encuentro a Norman y Alex, venezolano. Vamos al “Lugano”. Charlamos. Teoría y tácticas marxistas. Norman, profundo y preciso, ponderado. Alex, fanático y hasta sanguinario. Experiencia interesante.

Por la noche no puedo estudiar.

11-V-62

T. Estudio en casa. Y a la Universidad. Manifestación de adhesión a Asturias. Entra la policía. Me va de poco. Corro. Cogen a unos cuantos. Nueva experiencia…

22-V-62

Lapso de once días en mi diario, sin razón aparente.

Continúa la tensión política. Crecen las huelgas, según informes.

Los “grises” entraron otra vez en la Universidad – yo no estaba – y cogieron a mansalva. Santi fue a la comisaría pero salió enseguida.

La otra noche fueron a buscar a Molas a su casa. Sigue detenido, en la Modelo, según parece.» 

Días después tuvimos los exámenes finales. Suspendí una asignatura. La aprobé en septiembre. En octubre era ya licenciado en derecho.

Había terminado la carrera, no mi vinculación con la Universidad. Y es que – no recuerdo si fue antes o después del verano – un buen día me acerqué a Jiménez de Parga y le pregunté si podía unirme a su cátedra como ayudante. Aceptó al momento. Sin preguntas, sin consejos, sin instrucciones, sin advertencias ni requisitos. En cierto modo era un hombre muy confiado, porque no me conocía personalmente de nada – había seguido sus clases, entre la masa, en el segundo curso, eso es todo – y ni siquiera había tenido tiempo de informarse sobre mi historial académico. No sé si yo, catedrático de prestigio, hubiese admitido en mi equipo a un tipo como yo.

Y aquí me detengo. Porque lo que sigue en línea recta cronológica corresponde a otro capítulo. Que no sé si escribiré. 

 

Próximamente: Cap. V, LA FAMILIA, LA LENGUA

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VIEJO MUNDO NUESTRO III

VALLDOREIX

El niño que yo era en Valldoreix poco tenía que ver con el niño que yo era en el Colegio. Como si un viento sagrado se hubiera llevado inhibiciones, timideces, retraimientos, aparecía tan ágil, tan ligero, tan niño como todo niño debe ser en verano y en el campo.

La verdad es que Valldoreix no era exactamente «el campo», aunque lo era mucho más que ahora. Ahora es un arrabal de la ciudad, con pretensiones de lujo. Entonces era una urbanización en ciernes que, poco a poco, le iba ganando terreno al desorden de la tierra. Ese desorden que era el campo de batalla sobre el que nosotros jugábamos y vivíamos.

La Torre

Poco después de que yo naciese, es decir, hacia 1940, mi padre decidió que había que mejorar la calidad del aire que respiraban nuestros pulmones, y decidió comprar una casa con jardín en Valldoreix, con cierta pena por parte de mi madre, que la hubiera preferido en la playa.

La «torre», que así se llamaban aquellos chalets de veraneo, había sido construida cinco años antes, dentro de un estilo, bastante corriente en la época y en la zona, entre noucentista y chinesco. Poco después de comprarla, mi padre amplió el jardín adquiriendo un terreno contiguo. Y unos quince años más tarde amplió la casa añadiendo dos habitaciones en la parte trasera, sostenidas por unos arcos o bóveda, que crearon un porche de magnífico efecto estético, a lo que, además, obligaba la fuerte inclinación del terreno.

La distribución general de la finca, idea original de mi padre, se mantuvo en la racionalidad, armonía y belleza por él pensadas mientras su propio pensamiento se mantuvo en pie. Luego, con la debacle mental y la entrada en juego de las decisiones de otro elemento familiar, todo dejó de ser lo que era.

Con la fachada orientada hacia el sur, la parte delantera del jardín, estaba ocupada por una serie de árboles (de la familia de los arces, creo) simétricamente distribuidos que, en pleno verano, no permitían la entrada de una gota de sol. Por los lados, con el terreno descendente, seguían algunos árboles.

La parte inmediatamente posterior a la casa la ocupaban unos parterres poblados en su mayoría por distintas clases de rosales y que dibujaban unos caminos aptos para circular por ellos las pequeñas bicicletas de los pequeños. Separaba esta zona de la siguiente una valla baja hecha de ladrillos y tejas artísticamente colocadas, en el centro de la cual se abría un paso flanqueado por dos tilos que llegaron a ser enormes.

Traspasado el umbral, había a la izquierda una piscina de reducidas dimensiones (mi padre quería asegurarse de que nadie se ahogaría bañándose), en contra de lo que hubiera deseado mi madre, perfecta nadadora. Y allí, precisamente, tras la entrada entre los tilos, se iniciaba un pasillo en el que a derecha e izquierda una serie de árboles frutales se encaraban perfectamente emparejados: dos ciruelos, dos palosantos, dos cerezos de importantes dimensiones, dos albaricoqueros, dos melocotoneros, o más o menos.

El pasillo finalizaba en una especie de glorieta ocupada en su centro por una gran mesa circular de piedra y que, a la derecha, se prolongaba en un espacio emparrado en lo alto con vides blancas y negras, y a la izquierda por una pequeña zona vacía donde estuvo al principio el animal de la tartana de mi más lejana infancia y luego fue pista provisional de hockey sobre patines.

Toda esa zona finalizaba en una larga valla, también de ladrillos artísticamente colocados que configuraban una especie de palco o mirador orientado hacia el magnífico paisaje del norte: antiguas masías, tierras de cultivo sobre todo de cereales y de vid, riachuelos y, como último decorado a lo lejos, en frente Sant Llorenç del Munt, hacia la izquierda Montserrat y hacia la derecha una serie colinas sin nombre (al menos, para mí). 

En el centro mismo de la larga valla se abría un espacio ocupado por unas amplias escaleras que descendían hasta la última zona de la finca: el huerto. Con la ayuda de algún jardinero, mi padre había sabido crear un huerto perfectamente organizado en el que crecían toda clase de hortalizas: judías, tomates, berenjenas, pimientos, etc. en cuyo mantenimiento teníamos que colaborar los pequeños: recuerdo la mágica operación de desplazar con la azada la tierra que cerraba el paso de una acequia para que el agua pasase a correr por la siguiente. También había árboles frutales: almendros, manzanos, higueras, perales, granados y, al final de todo, junto a la valla que cerraba la finca por el norte, un antiguo pozo, del que habíamos llegado a beber una agua fresquísima y cuya profundidad considerábamos insondable por el tiempo que tardaba, la piedrecita que lanzábamos, en chocar finalmente con el agua.

Vida social y el misterio de la viña 

La vida en Valldoreix tenia lugar en verano. Cuatro meses largos los primeros años; tres meses durante la infancia y primera adolescencia y una especie de veraneo intermitente cuando ya mayorcitos (16 – 23 años de los míos, condicionados los últimos veranos por el servicio militar). De la primera etapa poco recuerdo. Embutidos todo el día en nuestras granotas (especie de monos infantiles), los tres hermanos jugábamos a nuestro aire de la mañana a la noche, que es como deben jugar los niños, y es que, amparados en el número, no necesitábamos más personal, si bien, como es natural, pronto aparecieron nuevas amistades infantiles hasta llegar a formarse verdaderos ejércitos que propiciaron las guerras que años después estallaron.

Pero la vida social verdadera era la que pronto llevaron los padres y en la que nosotros, en muchas ocasiones, no teníamos más remedio que participar en calidad de niños modositos y educados. Y lo curioso es que los participantes en aquella vida social eran personajes realmente atípicos, nada que ver con las amistades – que ni siquiera recuerdo – que supongo que los padres tendrían en la ciudad.

Estaba por ejemplo el señor no sé qué Alonso -siempre había que anteponer el «señor»-, alto funcionario de Hacienda, condición que tenía muy interesado a mi padre, y su esposa Pilar, en apariencia de más edad, aunque quizás ello se debiera a su interés exagerado en parecer más joven. Muy cerca de estos, vivían tres hermanas ya mayores, solteras ( solteronas, se decían en estos casos), cubanas y muy distinguidas: las Blanchet. Y entre el matrimonio y las cubanas residía Kalinik Gousev, pintor ruso, junto con su esposa, alemana, cuyo nombre no recuerdo, y la hija Luba, de pocos años más que nosotros, ambas pianistas. Por cierto, cada una de las tres casas respectivas era, es, una maravilla de la arquitectura noucentista.

Con estas personas y con alguna más que no recuerdo, los padres practicaban la llamada vida de sociedad, que consistía en reunirse algunas tardes para tomar pastelitos y café, o té, o qué se yo, y a veces, si era en casa de Gousev, escuchar las bellas interpretaciones pianísticas de Luba, mientras me revolcaba en la mullida moqueta de la sala, cosa que, por lo visto, nos estaba permitido.

En cuanto a lo que se hablaba en aquellos encuentros, la verdad es que no lo recuerdo. Sí recuerdo en cambio un tema del que apenas se hablaba, pero del que de algún modo estaba tan presente que hasta unos niños inocentes como nosotros se enteraban enseguida: el pintor Gousev le ponía los cuernos al señor Alonso, o sea que el ansia de rejuvenecerse de Pilar, señora de Alonso, tenía razones más bien extramaritales. Pero creo que hago mal hablando de estas cosas, sucedidas cuando no tenía edad para comprender el fondo ni mucho menos los detalles del asunto. Unos siete años, quizás.

A veces, con algunas de las personas mencionadas o con alguna otra, íbamos «de excursión», lo cual consistía por lo general en una caminata de unos dos kilómetros escasos hasta Can Gatxet, fuente bucólica y escondida, donde desplegábamos nuestra breve y casi simbólica merienda.

Otras veces íbamos solo la familia (padre, madre, niños, criada) a visitar «la viña», un poco más lejos que Can Gatxet, donde, a finales del verano se mostraban unos racimos esplendorosos. En esas ocasiones, los pequeños solíamos preguntar al padre cómo era que, teniéndonos prohibido que cogiésemos los frutos ajenos, de aquella viña no solo nos llevábamos alguna muestra sino que llenábamos capazos de uva dorada. Y el padre contestaba que la viña era de un amigo suyo, y que tenía su permiso.

Muchos años después, tantos que el padre no estaba ya en condiciones de aclarar nada, supimos que ese «amigo» no existía, que era él mismo el propietario, es decir, el que había comprado la viña, poniéndola a nombre de su esposa, nuestra madre. Y es que el padre era muy precavido y no le gustaba nada que la gente pensase que tenía más dinero que el que tenía; en otras palabras, que parecía el típico representante de la clase media de la inmediata posguerra, más laboriosa y temerosa que de derechas o de izquierdas. 

De amor y de guerra

Si me preguntasen cuál ha sido el período más feliz de mi vida respondería sin ninguna duda: el comprendido entre los 11 y los 19 años. Es verdad que antes, en la infancia, la felicidad era más serena y luminosa, pero también más inconsciente, y que después, sobre, todo en la edad avanzada, es – cuando la hay – más concreta y plena de realizaciones. Pero nada, ni antes ni después, es comparable a la formidable explosión de experiencias y de sentimientos que suponen, en la adolescencia, los grandes descubrimientos sobre el mundo y sobre uno mismo.

A veces pienso que solo empecé a ser yo cuando conocí el amor. Tenía 11 años y ella 8. Era la prima de unos niños que residían casi enfrente mismo de nuestra casa. Vivía en Tortosa, pero solía pasar parte del verano con sus primos de Valldoreix. Al conocerla, un sentimiento nuevo se apoderó de mí. Mi primera ilusión al despertarme todas las mañanas era poder verla cuanto antes, y que los juegos de cada día me permitiesen estar cerca de ella. Muchas veces me he preguntado de qué me viene la manía de elegir siempre el amarillo para los juegos de mesa y similares. Y revolviendo estos recuerdos, lo he encontrado: no sé por qué, este era el color que en el parchís me permitía estar a su lado, y ¡qué delicia cuando una de sus fichas «mataba» a una de las mías!

No hace falta aclarar que este sentimiento – por mi parte, por la de ella no lo sé exactamente – era solo espiritual, por mucho que hundiese sus raíces en la naturaleza más necesaria, entre otras cosas porque a esa edad lo ignoraba absolutamente todo de la mecánica sexual. Y sin embargo, era muy consciente de que aquella experiencia interior me apartaba de lo común de los niños de mi edad. Y no solo yo, cualquier mirada observadora también lo veía: «mirad al poeta», dijo la tía de la niña señalando mi comportamiento. Y a partir de ese momento supe algo de lo que significa la poesía. Gracias, señora Pou.Estos enamoramientos – porque hubo algún otro que apenas recuerdo – ocurrían siempre en los veranos de Valldoreix. Y es que en la vida reglada de la ciudad resultaban en la práctica imposible: ni en el colegio, ni en el mundo extra colegial había seres del otro sexo. Así, que durante los largos inviernos, el niño supuestamente serio y estudioso se alimentaba de la nostalgia del luminoso mundo estival. 

Y muy pronto al amor se unió la guerra. Enseguida, el número de niños compañeros de juego – en abanico que iba de los nueve a los catorce años, aproximadamente – se hizo importante. En casi todas las casas de nuestra calle y de algunas próximas había niños y niñas dispuestas a organizarse más o menos en ciertos juegos bastante imaginativos. Unas veces éramos una banda de música sin más instrumentos que unos palos, otras organizábamos una especie de casino en el que se practicaba el juego, otras formábamos un senado – influencia mía, imagino – para debatir los asuntos comunes; se fabricaban monedas, leyes y títulos nobiliarios. Porque hubo un momento en que aquella sociedad se constituyó en reino.

El rey era mi hermano mayor y la reina Carmen P., de nueve años, perteneciente a una poderosa familia de la vecindad: cinco entre niños y niñas, aunque solo los tres mayores contaban; la madre, de familia aristocrática auténtica y el padre, abogado del Estado, condición que, como en el otro caso, tenía muy interesado a mi padre, siempre temeroso de que nuestros juegos derivasen en rupturas irreparables.

El caso es que la pareja real no se llevaba nada bien. Y sucedió lo inevitable. Se separaron. Y con el matrimonio se escindió el reino. Y con el reino se escindió mi alma romántica y peliculera. Porque resulta que yo, que era el primer ministro del reino que con mano de hierro dirigía mi hermano, estaba secretamente enamorado de la reina y, al dividirse el reino en dos estados enemigos, ya no era solo el enamorado secreto de la reina y esposa de mi hermano, sino de la soberana del nuevo país enemigo. ¿Cómo compaginar semejante lío de lealtades? Como pude. Para empezar, asumiendo personalmente las embajadas que se dirigían al nuevo país, solo por verla y hablar con ella. Pero la guerra era inevitable. Y la última semana de julio de 1952 estalló sin remedio.

Fue entonces cuando más claramente se desencadenó un mundo paralelo al de los libros, tebeos y películas de aventuras. Un mundo emocionante, fascinante, mágico. No faltaba nada: las armas (inofensivos proyectiles y espadas de madera), las batallas a campo abierto, los asedios de fortalezas, las carreras, las detenciones, las huidas, los tratados de paz, las traiciones, los espías, las ejecuciones, y hasta la relación de los hechos, que escribía un niño de doce años, ese niño que, siendo el segundo del reino que dirigía su hermano mayor, no podía evitar estar enamorado de la reina enemiga, sin traicionar la lealtad debida.

¡Juego de armas y guerras! ¡Desastre de educación! quizás diga el pedagogo de hoy. Lo que decía el de entonces no lo sé. Lo único que sé es que esas preocupaciones no estaban en el ambiente. El juego era el juego y a nadie con dos dedos de frente (mucho menos a los propios niños) se le ocurría confundirlo con la realidad. El juego es un arte y los niños son los artistas más grandes del mundo. Saben crear la ficción, saben representar su papel como perfectos actores y saben quitarse la máscara y dejarla a un lado cuando se ha de interrumpir la batalla porque es la hora de la merienda. No guardo recuerdos más felices que los de aquellos juegos infantiles. Puede decirse que el arte, con su poderoso efecto catártico, lo creábamos y lo consumíamos nosotros mismos. 

La bicicleta y el guateque

Con el tiempo, que entonces avanzaba muy despacio, los reinos y las batallas se fueron desvaneciendo. La vida se hizo un poco más gris. Es curioso que, cuando dejábamos de imitar a los mayores (los de los tebeos y películas de aventuras) nos encaminábamos en la senda de su imitación real.

La época que siguió a la de las guerras fue, por una parte y en su aspecto individual, la de las bicicletas y, por otra y en su aspecto social, la del inicio de las relaciones adultas. Las bicicletas siempre habían estado con nosotros, desde las minúsculas de tres ruedas que serpenteaban entre los parterres del jardín de atrás hasta los grandes y ágiles artefactos casi de competición.

Hacia los quince años ya hacía tiempo que circulábamos en bicis como Dios manda. Cito esta edad porque creo que fue por entonces cuando con más fuerza se manifestó la voluntad de practicar ese deporte, que tanto podía ser solitario como de grupo. En solitario, uno podía dedicarse a descubrir rincones inéditos de Valldoreix, donde, quién sabe si aguardaba la razón de su vida. En compañía, podías atreverte a devorar kilómetros por territorios desconocidos, que pronto ya no lo serían tanto.

A las escapadas solitarias, que no iban más allá de ciertas poblaciones cercanas, se añadían otras en compañía, de amigos o hermanos, a destinos más remotos, como El Papiol o Molins de Rei. ¡Cuánto me gustaría encontrar aquella foto de dos ciclistas adolescentes junto al magnífico puente de Carlos III sobre el Llobregat, arrasado años después por las aguas! Y al mismo tiempo, el cambio tenia lugar por la otra vía. Las fiestas, primero tan infantiles, de santos y de cumpleaños, fueron los primeros pasos de los niños encaminados en la senda real de los adultos. Ahí ya no llevábamos las máscaras del juego, sino que, como los mayores, intentábamos portar con dignidad la máscara social elegida, es decir, nuestra manera intransferible y única de estar con los otros.

Al principio organizadas y tuteladas por los mayores, poco a poco dejaron de necesitar tutela. Ni festividad justificativa. En cualquier momento, en cualquier jardín de cualquiera de aquellas casas de veraneo, se organizaba un guateque (nombre, por cierto, que nunca se utilizó entonces entre nosotros), que consistía en una reunión de chicos y chicas, alguna bebida y un pequeño tocadiscos que bramaba lo que podía. El baile era casi siempre lento (lentorro), ¡qué menos que aquellos adolescentes, siempre acosados ​​por todos los controles sociales y religiosos, pudiesen experimentar el contacto casi íntimo con la pareja eventualmente elegida al son de melodías como Come prima o Only you! Muchas experiencias nuevas nos reservaba aún la vida, pero, como aquella, muy pocas.

https://youtu.be/usWFcKTe2YQ

Por cierto, que en aquella misma época de las bicicletas, me destapé como practicante de otro deporte. Increíble, el jovencito que en el Colegio se manifestaba como alérgico a cualquier participación deportiva, destacaba como ágil delantero en el equipo de hockey sobre patines de Valldoreix. Por eso y por cosas parecidas apunté que el niño que yo era en Valldoreix apenas tenía que ver con el niño que era en el Colegio.

Sí, en los últimos años (desde mis 15, quizás) formamos un equipo de hockey que compitió con otros de las localidades próximas. Lo triste del asunto, según se mire, es que el padre se avino a sacrificar gran parte del huerto para construir la pista y el frontón, ¡qué lejos iba quedando la infancia! ¡cómo empezaba a cambiar el decorado!

El veraneo intermitente y la sombra avanzada de Werther

El cambio más drástico se produjo por entonces, cuando el padre pensó que unos hijos tan mayorcitos como los suyos no podían pasarse todo el verano sin pegar golpe. Así que todas las semanas permaneceríamos en Barcelona hasta el jueves incluido, con la obligación – más bien teórica – de echar una mano en la empresa familiar. Y el resto de la semana volveríamos a residir en Valldoreix, como si tal cosa.

Aquellos largos fines de semana estaban plenos de actividades de todas las clases y, sobre todo, de amistades, algunas ya antiguas, otras recientes, que ya no se limitaban a Valldoreix sino que a veces se extendían a la temporada invernal en la ciudad. Pero Valldoreix seguía siendo el centro del verano.

Reuniones a la hora del café en una u otra casa; reuniones con tocadiscos y a ver con quién bailo esta tarde; largos paseos, excursiones por el campo, unas veces hacia el territorio entonces aún existente de las viñas, otras hacia los bosques de La Floresta, otras hacia la montaña de Puig Madrona, en el camino de cuya cima, desde donde se contempla gran parte del valle del Llobregat, se halla la ermita románica de La Salut.

Fue por entonces cuando se inició la costumbre de las «excursiones a la Luna», que consistía en caminar por la noche la treintena de jóvenes más o menos que nos reuníamos, bajo la Luna llena de julio, hasta la cima del Puig Madrona.

Entre las amistades de aquella época se encontraban algunas de las muy antiguas – de la era de las guerras, diríamos -, a las que se habían sumado otras más recientes. Entre éstas quiero recordar la gente maravillosa que formaba una familia singular.

Los U. estaban integrados por el padre, abogado de una asociación empresarial de Sabadell, muy católico y conservador, pero no caído en la banda extrema; la madre, sus labores, y diez (luego hubo uno más) entre hijos e hijas de edades comprendidas entre los 18 y los 0 años. En nuestro grupo naturalmente participaban solo tres de los mayores: MJ, la mayor de todos, de mi edad, Ernesto y Santi. De los pequeños, recuerdo en especial a una preciosa niñita rubia de cinco años que atendía por Lolín y que hoy es una muy acreditada traductora literaria, de nombre Dolors.  

Entrar en aquel jardín a ciertas horas era una experiencia casi onírica. Aquel universo ofrecía un aspecto piramidal. Los mayores cuidaban de los pequeños a la hora de la comida, de los estudios, etc., y estos de los más pequeños.  Y por encima de todos reinaba MJ, igual que Carlota en la obra de Goethe, que yo aún no conocía. Quiero decir que, lo mismo que el protagonista de la novela, me enamoré; bueno, quizás no tanto. Y, como ya era habitual en estos casos, la historia no terminó bien para mí. O quizás sí.

Tanto de Ernesto como de Santi conservo un recuerdo imborrable. Del primero, en especial de su etapa de experiencias místicas y de compromiso social que le condujo a ingresar en una orden religiosa, aspecto que suele omitirse en las biografías sucintas del luego famoso periodista, muerto por accidente a los 59 años. De Santi, desaparecido también hace años, recuerdo nuestra breve  pero intensa comunicación intelectual y vital que, en parte, fue la responsable de su obstinado viaje hacia la izquierda infinita.

Disolución, muerte y transfiguración de Valldoreix 

Decir que Valldoreix, a mis 21 o 22 años, no era lo que había sido para mí a los 11 o 12, es una obviedad imperdonable. Todo cambia, pero lo peor es cuando la nostalgia se instala en los mismos lugares que no dejas de habitar. Quiero decir que a esa edad de joven postadolescente cada cambio de decorado, normalmente a peor, lo sentía como una herida incurable.

Mientras la arteriosclerosis minaba la mente de mi padre, mi tío, su hermano (legalmente eran copropietarios de todo), hacía construir una nueva casa invadiendo (destruyendo) el pasillo de los frutales… Pero, no. Eso fue tiempo después, a mis 25 años, que es el límite máximo de edad que he puesto a estos recuerdos.  

La edad antes indicada (21,22) era la de la disolución. La edad de observar un poco atónito cómo se combinaba el viejo Valldoreix con el nuevo mundo de la carrera ya terminándose y del servicio militar también intermitente.

En aquellos años, los principios de mis veinte, el centro de la vida veraniega de Valldoreix era el Hotel Rusiñol. Allá, de donde conservaba vagos recuerdos de cuando había sido Casino de veraneantes – risas de payasos, bailes de mayores observados desde una clandestina curiosidad infantil -, allá nos reuníamos entonces para charlar, beber, bailar y, en fin, para consumir las horas de un veraneo ya sin sentido.

Fue allá mismo donde conocí a K y donde iniciamos una especie de noviazgo casi convencional. Hija del farmacéutico de Valldoreix, K era una de esas personas que nunca pierden de vista los nobles propósitos que deben presidir la vida.

Nuestra relación duró una primavera. La ruptura fue consecuencia de la última verbena de San Juan digna de este nombre. Es cierto que bebí mucho; me recuerdo a altas horas de la madrugada dialogando sin parar con un amigo, de pie, en la pista de hockey que en aquel momento era de baile, mientras empuñaba un largo vaso colmado de algún líquido y de un espeso magma de confeti. Dos días después, ella daba por terminada nuestra relación. Resulta que yo no era la persona digna que imaginaba, sino un tipo vulgar, sobre todo cuando estaba en compañía de tipos vulgares, o sea, entendí yo, de personas corrientes. Se lo agradecí.

Aquel San Juan de 1962 se ha convertido para mí en la puerta simbólica que cierra el mundo de Valldoreix. Nada de aquello existe ya. Nada, excepto la casa.

La Torre, sí. Desprendida de gran parte de su terreno, hoy alberga vida nueva: hijo, nuera y nietos mantienen el fuego encendido mientras, en el piso de la ciudad, acompañado por la compañera de mi vida, yo sigo soñando con aquel mundo perdido.

 

Próximamente: Capítulo IV, LA UNIVERSIDAD 

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VIEJO MUNDO NUESTRO II

EL COLEGIO 

De los tres hermanos, yo era el de en medio; el mediano, se decía. Me separaban dos años del mayor y año y medio del menor. La niña venía más lejos, la tenía a siete años de distancia.

La condición de mediano tenía sus ventajas y desventajas, como bien saben los que la han vivido. La principal de las ventajas era, creo yo, el sentirse arropado, como protegido por ambos lados. Además, aunque de caracteres diferentes, siempre estuvimos muy unidos y las normales disputas y hasta peleas infantiles nunca enturbiaron aquella armonía fundamental. Solo el paso de los años y las diferentes circunstancias de cada cual fueron levantando cierto distanciamiento que, al primer reencuentro, se manifiesta como irrelevante.

En octubre de 1946 yo tenía seis años. Ingresaba en el Colegio La Inmaculada de los Hermanos Maristas, de Barcelona. El hecho de que mis hermanos, al menos el mayor, más tarde el pequeño, ingresasen también no cambiaba en nada la situación. La situación era que el vínculo permanente entre los tres se rompía. En adelante, en las horas de colegio, cada uno de nosotros andaría perdido entre niños extraños, tan desorientados como nosotros mismos, y bajo las órdenes de unos hombres de negro con pechera blanca, rectangular y dura, a quienes había que saludar besándoles el dorso de la mano y llamarles Hermano.

La bata

El Hermano que dirigía la operación de acogida y triaje de aquella enorme tropa infantil (seríamos unos cien),después de hacer unas advertencias, dio una orden bien clara: los que sepan leer que pasen al aula del lado. Buena parte de la concurrencia fue saliendo y luego entrando en el aula contigua. Yo entre ellos.

Puestos en pie, uno al lado de otro, a lo largo de las paredes del aula, abrimos el libro de lecturas por la página indicada. He de aclarar que, obedientes los padres a las instrucciones del Colegio,  ese primer día nos presentamos ya con todo el equipo necesario, contenido en nuestras carteras escolares, incluida la bata a rayas con la insignia de los maristas, bata que, a diferencia del resto del equipo no había que llevarse a casa, sino que se tenía que dejar dentro del pupitre que cada cual tenía asignado.

A indicación del Hermano, un escolar empezó a leer; a las pocas líneas, se ordenó que parase y que siguiese leyendo el siguiente, y así sucesivamente. Hasta que me tocó a mí. Ni siquiera sé cómo identifiqué el punto de la lectura en que estábamos. El caso es que empecé a leer (es un decir), pero mis labios no pronunciaban palabras con sentido. Reconocía las letras, sí, pero no había manera de que formasen palabras significantes. Y yo seguía leyendo, mientras oía breves comentarios en voz baja. ¿Pero qué dice? No se le entiende nada. Enseguida el Hermano vino en mi ayuda – conscientemente o por inercia – y ordenó que siguiese leyendo el siguiente, sin hacer ningún comentario.

¿Cómo se me había ocurrido incluirme entre los que sabían leer? Porque aquella decisión mía no había sido meditada, aunque fuese por unos segundos, ni por consiguiente obedecía a ningún plan. Simplemente, pienso ahora, yo estaba convencido de que sabía leer. Quizá este falso convencimiento provenía del hecho de que entendía perfectamente los cuentos que corrían por casa, con gran profusión de dibujos y colorines. Por lo tanto, sabía leer. Lo que sí supe en el mismo instante de terminar mi caótica lectura era que no pasaría de nuevo por una humillación y vergüenza como aquella y que, por lo tanto, no volvería a pisar aquella aula. 

Hecho. Al día siguiente, me colé en el aula de los analfabetos, sin problema porque, tal como de alguna manera había intuido, las listas aún no estaban hechas. Y fue entonces cuando se hicieron, una vez colocado yo donde me correspondía. Pero había olvidado un detalle.

¡La bata! Ir a buscarla a mi pupitre del día anterior, me parecía descabellado. Por nada del mundo iba a entrar yo en aquella aula. Así que en casa dije que la había perdido. No me pidieron muchas explicaciones. Compraron otra, y creo recordar que al mismo día siguiente tenía bata nueva, mientras la antigua quien sabe dónde iría a parar.

¿Algún problema? Bueno, aunque la operación parecía muy limpia, durante unos días, muy pocos, viví con cierta inquietud el temor de que se descubriese mi fraude. Doble engaño: por cambiarme de clase secretamente, sin conocimiento del Hermano organizador, y por mentir sobre la pérdida de una bata que yo sabía perfectamente dónde la había abandonado. Nunca comenté el hecho con nadie. Hasta ahora mismo. 

La mano entre las manos

El primer peldaño de la estructura del sistema educativo de entonces (o solo del Colegio, no recuerdo) era el grado Elemental, formado por tres clases: elemental A, elemental B y elemental C. Una de ellas, quizá la A, estaba integrada por los que iniciaban el curso sin conocimientos de lectura, como era mi caso real, no el imaginario. Otra, quizá la C, suponía de hecho un nivel superior al de las otras dos.Las actividades preferentes en las dos clases de Elemental por donde pasé eran la aritmética mínima (se cantaban las tablas de multiplicar, etc.) el aprendizaje de la lectura y de la escritura y la instrucción religiosa, basada en relatos bíblicos. El aprendizaje de la lectura tenía un límite definido, que yo pronto alcancé, quiero decir que cuando se había aprendido a leer, ya se sabía leer y punto. Muy diferente el de la escritura. Para empezar, había que dominar los medios materiales: el tintero, la tinta, el papel secante, la pluma, la plumilla, que era ese apéndice reemplazable de la pluma que había tener siempre limpio y no tan gastado que exigiese un recambio. El dominio de todo ello era necesario para brillar en una de las disciplinas para mí más antipáticas: la caligrafía, arte para la que yo estaba negado, como para cualquiera otra de carácter manual y práctico.

El ambiente de la clase no me indujo a ninguna reflexión. Aquello era, debía de ser, lo normal: niños alegres, niños tristes, niños simpáticos, niños antipáticos. Yo permanecía callado y retraído. A veces, iniciaba una especie de amistad con algún compañero con quien sentía cierta afinidad (esto lo pienso ahora). Fue entonces, en alguna de aquellas dos clases elementales cuando conocí a uno de mis grandes amigos, con el que había de coincidir a lo largo de las diferentes etapas de mi vida: en la universidad, en el servicio militar, en lo laboral y hasta en el vecindario: Miguel Ángel García Vega, el muchacho de Valladolid que nos dejó para siempre hace casi una década. Con unos cuantos compañeros, de aquella misma época, aún nos vemos dos veces al año. Naturalmente, cada vez somos menos.

En cuanto al profesorado, mi paso por los dos cursos de Elemental y el posterior de Grado Medio, estuvo presidido por la persona del Hermano H. Mis relaciones con él fueron, cuando menos, curiosas. Quizá en el primer curso ni se fijó en mi existencia, debido en parte a lo espeso del alumnado (unos cuarenta por clase) y a mi tendencia o voluntad manifiesta de pasar desapercibido. Todavía hoy no me explico cómo en aquella época podía compaginar mi aspiración al anonimato con el impulso claro de entenderlo todo, aprenderlo todo y destacar en casi todo.

El caso es que, ya en el segundo curso, era corriente que el Hermano H. me propusiese ante el resto de la clase como modelo de estudiante inteligente, aplicado, obediente y tranquilo. Esto suscitaba las envidias y comentarios propios de la situación, «enchufado», «pelota», etc., aunque bastante menos que lo habitual en estos casos.

Entre otras cosas, para que yo alcanzase la condición de «pelota» me faltaba algo imprescindible: la voluntad de aproximarme como fuere a la fuente del poder para intentar torcerla a mi favor. Mi tendencia natural a pasar desapercibido me impedía tal tipo de maquinaciones. Otra cosa es que «el poder» se fijase en mí, reconociese algunas de las virtudes, que yo no negaba, me tomase de la mano y me subiese a su tarima. Y esto no es una metáfora.

Era una mañana de invierno soleada. La luz inundaba el aula a través de los amplios ventanales. Estábamos en el Grado Medio y teníamos por profesor – yo,  por tercer año consecutivo – al Hermano H. Yo tenía 9 años.

Los alumnos ocupaban sus sitios en silencio. El Hermano H. depositó sobre la mesa el libro de Historia Sagrada. Me hizo una señal para que me acercase. Obedecí y, subido a la tarima, me tomó una mano entre sus manos y siguió narrando la historia, iniciada en alguna clase anterior, de José y sus hermanos. Estaba en el momento en que el ya poderoso José recibe a sus hermanos, que no lo reconocen, y les obsequia con un banquete fastuoso, en el que no faltan las copas de oro, ni las piedras preciosas refulgiendo en los cuencos que adornan la mesa (recuerdo casi el pie de la letra este detalle de la descripción). Y yo seguía con mi mano entre sus manos. Y supongo que el relato continuó, finalizó y yo volví a mi sitio, pero esto no consta en mi memoria.

He de decir que, aunque la iniciativa del Hermano me sorprendió, el hecho en sí no me afectó de ninguna manera. También mi padre me solía tener cogido de la mano en determinados momentos. Porque me quería. Pues eso.

Pero es el caso que no comenté el hecho con nadie y, lo más sorprendente, no recuerdo que nadie del numeroso grupo presente hiciese la menor alusión a un espectáculo tan extraño y tan visible. Y, no sé por qué, pero estoy seguro de que ninguno de los testigos supervivientes con algunos de los cuales me reúno dos veces al año, recuerda de alguna manera la escena.

Tiempo después, ya en los cursos superiores, se empezó a comentar en voz baja los extraños manejos, los acosos que ciertos Hermanos utilizaban con los pequeños escolares. Especialmente los de cierto Hermano que tuvimos en clase y que casi inmediatamente salió de la orden, y los de otro Hermano, de porte y nombre angelicales, que gozó de una muy larga influencia en la vida musical y organizativa del Colegio.

Pero todo esto nada tiene que ver con la historia que he contado. Además, como ya he dejado escrito en cierta ocasión, este es un asunto en el que, no habiendo sido yo ni víctima ni testigo, no me parece correcto entrar.

Los Hermanos Maristas

¿Pero quiénes era esos hombres de negro con pechera blanca, rectangular y dura, a quienes había que saludar besándoles el dorso de la mano y llamarles Hermano?

Y no, no se trata aquí de dar unas descripciones históricas o sociológicas. Baste decir en este sentido que el Instituto Marista nació en Francia (Petits Frères de Marie) en 1817, en época de fuerte reacción conservadora tras la Revolución y el Imperio, que su fundador fue Marcelino Champagnat, que sus miembros (que no habían de ser sacerdotes) se dedicaron a la educación de niños y jóvenes, y que pronto el Instituto se extendió por Europa y América.

Y es que, a los efectos de mi relato, lo que interesa es solo una breve semblanza de aquel grupo concreto de hombres que teníamos sobre nosotros y que, durante once años en mi caso, condicionó nuestras vidas en muy amplios aspectos.

La mayoría era del norte de España: vascos, navarros sobre todo, y algún aragonés; de origen rural muy tradicionalista (cantera que había sido del carlismo). Aficionados a los deportes viriles, por supuesto, sobre todo al omnipresente «saque», una especie de frontón que se jugaba con una pelotita dura como una piedra, la cual, con la mano desnuda y enrojecida, se proyectaba violentamente contra la pared, y en menor medida al baloncesto, y al hockey sobre patines, con el que que lograron (el equipo del Cole, quiero decir) algún triunfo de cierto nivel.

Aunque tampoco formaban un mundo compacto y sin fisuras. Quiero decir que no todos eran «viriles» de oficio, sino que algunos se sabía que aprovechaban su estancia en el Instituto Marista para estudiar Filosofía y Letras en la Universidad. Lo que no se sabía era quién pagaba los estudios. Solo en lo político la unanimidad era total, al menos en apariencia.

Una pareja en cierto modo ilustrativa de lo que vengo diciendo era la formada por dos Hermanos hermanos, creo que aragoneses.

El Hermano J. y el Hermano P.

El Hermano J. era el encargado de todas las actividades deportivas del Colegio, así como de impartir las clases de  gimnasia en todos los cursos y niveles. Era un hombre atlético, de aspecto duro, ya no joven, de frente despejada entrada en calvicie, del que se suponía un pasado mujeriego (se decía que era viudo), lo que, junto con su aspecto, solía impresionar a las jóvenes y no tan jóvenes madres. Se sabía que había luchado en la guerra (con los «nacionales», por supuesto) y que no le hacía ascos a la violencia militar.

El Hermano P, hermano del anterior, era de piel fina y sonrosada. De aspecto más bien delicado, sobre todo comparado con su hermano. Estuvo al frente de las distintas clases que se le iban asignando, aunque su especialidad era la gramática y la literatura. Yo lo tuve concretamente en cuarto de bachillerato (a mis 14 años) y siempre le estaré agradecido de que, debido a su natural claridad pedagógica, llegase a dominar la ortografía, la gramática y la sintaxis. Pero he de confesar algo: no me caía bien. ¿Por qué? No sé. O quizá sí.Uno de los deportes nacionales de la época era la invención y divulgación de chistes sobre Franco. No importaba la tendencia política del sujeto: si sabía un chiste sobre Franco, lo soltaba. Y es natural que unos niños de 13 o 14 años participasen entusiasmados en semejante deporte, ajenos en su mayoría a la carga realmente subversiva de muchos de los chistes.

Pues bien, una mañana el Hermano P. apareció en clase furioso. Con la cara enrojecida, con ese rojo que parece preceder al ataque de apoplejía. Estaba indignado, indignadísimo de que hubiese personas ¡y entre nosotros mismos, los alumnos! que se dedicasen a hacer chacota del gobernante más católico que nunca había tenido España, el cristianísimo Franco.

Aquella «santa indignación» me resultó muy desagradable. Yo, que entre la obediencia debida, el adoctrinamiento continuo, el natural escepticismo, etc. no tenía aún ninguna idea clara sobre el tema, tuve de repente bien claro una cosa: que no quería ser ni pensar como uno de esos energúmenos. Como el de la cara encendida de rojo a punto de estallar en mil pedazos.

Por otra parte, había Hermanos que sabían revestir su actuación de un aura de autoridad magnífica. Recuerdo en este sentido uno… cuyo nombre no recuerdo. Pero sí el mote, EL Panchatantra, familiarmente EL Pancha, debido, por una parte a la clase magistral que nos había dado sobre el antiguo texto hindú, en el último curso, y por otra a su aspecto fuerte aunque desgarbado y barrigudo. Con altas dotes intelectuales, le perdía la soberbia, el desprecio por la gente sencilla, y una misoginia que le salía por los poros. (En la foto, el más alto de los de negro).

En el lado opuesto se situaba el Hermano C., director del Colegio en los primeros años, hombre gordito, tierno y sentimental, siempre proclive a soltar la lágrima en cualquier acto público; se le conocía como La Toba, expresión catalana que significa «la blanda» pero que también tiene un significado escatológico.

Y finalmente había también algunos Hermanos, por lo general en el área científica, laboriosos, serios, alguno incluso muy tímido, que trabajaban y enseñaban con discreción y sabiduría. Pero es sabido que con este tipo de personas no se construyen historias apasionantes.

El primero de la clase

Después de tres años, el idilio que había mantenido con el Hermano H. llegó a su fin. Por primera vez desde que, aún no cumplidos los siete años, iniciara mi vida en el Colegio, veía al frente de mi clase a un Hermano que no era el Hermano H. Algunas cosas tendrían que cambiar. Para empezar, la tímida leyenda del «enchufado» se venía abajo. Tenía que contar solo con mis propias fuerzas.

Pero la verdad es que, aparte de la sensación de seguridad que me proporcionaba mi relación con el anterior profesor, poco o nada cambió. En los boletines de notas seguía apareciendo como el primero de la clase. He de aclarar que, en aquella época, además de calificarse a los alumnos por los resultados se les clasificaba en relación al conjunto con un número de orden: Primero, segundo, tercero, etc. Costumbre bárbara ya desaparecida (o reintroducida, no sé, corren tanto los tiempos) que por lo visto alentaba una competitividad malsana.

A mí ya me iba bien. Me estimulaba a mantener el nivel en que me había situado. Es que Antoñito tiene mucho pundonor, decían en casa. Y era verdad. Cuando mi posición se tambaleaba, me sentía muy mal. Esto ocurrió en varias ocasiones. En la peor llegué a descender a la posición de cuarto ¡el infierno! Cuando le entregué el boletín de notas a mi padre confesando, lloroso, que solo había sido el cuarto,  mira, comentó risueño éste  a mi madre, Antoñito está llorando porque ha sido el cuarto. He de confesar que aquellas risas medio reprimidas me dolieron bastante. Y no me sirvieron de ningún alivio en relación con la realidad de la catástrofe.

Pero no hay que pensar, como pensaban muchos, que el hecho de ser el primero de la clase iba relacionado con largas horas de estudio ante el libro. Ese era un deporte – el del estudio intensivo – al que no me había de dedicar hasta la entrada en la Universidad, y con resultados más bien ridículos en relación al esfuerzo.

En el Colegio, de esfuerzo, más bien poco. Recuerdo que una vez, tendría 13 o 14 años, al mediodía, bajaba hacia casa acompañado de uno de mis pocos amigos habituales: Enric Serra, quien vivía cerca de casa. Le invité a entrar, y en cierto modo quedó pasmado. Al día siguiente, lo explicaba más o menos así: Oye, ¿sabes lo que hace Priante cuando llega a casa? Echa a un lado la cartera con los libros y saca un montón de tebeos y se pone a leer, ¿te imaginas?

Sí, El guerrero del antifaz, Suchai, y sobre todo El pequeño sheriff eran materias muy  preferidas a las que aguardaban en la cartera, para las que una breve lectura antes del momento de las preguntas había de ser suficiente.

Y he aquí los resultados: el buen amigo que cantó mis secretos al público, convertido en gran barítono, y yo aquí, todavía sin parar de leer, vicio al que hace ya mucho tiempo añadí el de escribir.

Y si este relato tuviese un rincón dedicado a «agradecimientos» éste sería el momento. El momento en que el antiguo, viejo, primero de la clase agradece emocionado a sus compañeros el cariño y comprensión que siempre recibió por su parte. Hay que pensar que un niño como el que yo era, retraído, tímido, aparentemente «empollón» o «enchufado», ausente en cualquier actividad deportiva o de jolgorio, de muy pocos amigos, era el blanco perfecto para todo tipo de burlas, acosos y todo eso que ahora se llama bullying y que siempre ha existido (¿y existirá?) en las aulas.

Pues no. No solo no hubo nada de eso, sino todo lo contrario: siempre encontré aceptación, amistad y diría que hasta respeto y admiración. He pensado que, más que en ser «el primero de la clase», mi suerte estuvo en compartir una clase, unas clases, de primera.

Próximamente: Capítulo III, VALLDOREIX

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VIEJO MUNDO NUESTRO I

EL CINE

Tarde del jueves   

De niños, íbamos al cine una vez por semana. El plural del verbo alude a tres hermanos de edades muy seguidas, una hermana más distanciada del último, la madre, el padre (solo a veces) y la criada.

El cine era alguno de aquellos “de barrio” que ya no existen; el barrio era el nuestro, situado justo a la derecha de la derecha del Ensanche y poblado por una clase media más laboriosa y temerosa que de derecha o de izquierda.

Aquellos nuestros cines de barrio se llamaban Tetuán (por la plaza próxima), Gran Vía (por la avenida en que estaba), Cervantes (porque así lo decidieron los que borraron el nombre extranjero de Fregoli), Lido (por no sé qué), y había algún otro más ocasional y lejano. Avanzada la tarde, en todos ellos imperaba el aroma que desprende la naranja cuando se pela y el de la tortilla de patata aún caliente; también, a veces, el del pipí infantil que algunas mamás consentían se liberase en pleno patio de butacas.

El vestíbulo del local, donde se alojaban las dos taquillas cual nichos dispensadores de pasaportes para la felicidad, mostraba en sus paredes fotogramas de las dos películas que se proyectaban, y que nosotros observábamos con curiosidad y anhelo a la entrada y con cierto conocimiento del mundo a la salida (mira, aquí es cuando…, y aquí cuando…)

Las películas eran siempre dos, que se proyectaban de forma continua y alterna, desde las 3 o 4 de la tarde hasta las 12 de la noche aproximadamente, con los debidos intercalados del No-Do, documental informativo oficial de proyección obligatoria. La película considerada más importante o popular se proyectaba al principio y, dado que el número total de proyecciones era impar, le tocaba también ser la última, con lo que obtenía un visionado más que la otra.

El hecho de que las sesiones fuesen seguidas, turnándose las dos películas, tenía alguna ventaja. Se entraba en la sala en cualquier momento, por ejemplo hacia la mitad de la película A, se veía la película hasta el final; después empezaba la película B, se veía hasta el final; después empezaba la película A, se veía hasta el momento en que alguien de nosotros decía: aquí hemos llegado. Entonces, nos levantábamos, satisfechos o resignados, y salíamos del local.

Además del recuerdo de lo visto, nos llevábamos un objeto material de valor inapreciable: los programas de mano de las películas que se pasarían la semana siguiente. Eran estos una especie de papelitos coloreados en los que se representaban imágenes o escenas de la película en cuestión y que hoy son objeto preciado de colección.

Algunas mañanas de domingo

Pero las sesiones de cine no se limitaban a las tardes de los jueves – festivas en el Colegio hasta que se impuso el weekend foráneo y se cambiaron por las del sábado -, sino que también las había algunas mañanas de domingo. Mañanas lluviosas o muy nubladas en las que no apetecía el acostumbrado paseo dominical. Y es que la familia, reducida por lo general al padre y los tres hijos mayores, solíamos pasear por las zonas más agradables o pintorescas de la ciudad: parque de la Ciudadela, Montjuic, parque Güell, la Rambla, el rompeolas. La madre se quedaba las más de las veces en casa con la criada (la comida de los domingos era importante), junto con la niña, demasiado pequeña para seguir a sus mayores y cuya incorporación al grupo paseante coincidiría más o menos con la diáspora de los hermanos ya creciditos.

Y es que, situadas en el centro de la ciudad, algunas salas de cine ofrecían los domingos sesiones matinales dedicadas en unos casos al público infantil – solo películas cómicas o “de dibujos” y noticiarios – y en otros, a todos los públicos. Recuerdo en especial el Publi, en el Paseo de Gracia, donde disfrutábamos de lo lindo – el padre incluido – con las aventuras y desventuras de Charlot, el Gordo y el Flaco, Popeye, el Pájaro Loco, Tom y Jerry, y otros de la misma fauna. Y también el Galería Condal, situado entre la Gran Vía y el Paseo de Gracia, de donde recuerdo en especial, ya en plena adolescencia, un par de películas que, no sé por qué circunstancia, vimos varias veces, y siempre juntas: Bahía negra y la encantadora, tierna y romántica Lilí. Y también la musical, fantasiosa y sensual (o así la recibí yo en mi pubertad) Carrusel Napolitano.

En la pantalla

También de los cines de barrio y de una vez a la semana guardo el recuerdo de un puñado de películas. La mayoría pertenecen a la década gloriosa del cine de los años 40. Pero hay que tener en cuenta que, a diferencia de ahora, una película, una vez estrenada en su país de origen, tardaba a veces años en llegar a nuestras pantallas. Un ejemplo extremo: Lo que el viento se llevó, estrenada en EE.UU. en 1939, llegó a España en 1950. Demasiados trámites que salvar, y no el menor el de la censura. 

Y aquí van unos títulos que de aquella época de espectador de cine de barrio conserva la memoria, con su año de realización, que casi nunca coincide con el de nuestro visionado infantil o adolescente: Robín de los bosques ( Michael Curtiz, 1938), Rebeca (Hitchcock, 1940), Cuatro pasos por las nubes (Alessandro Blasetti, 1942), Luz que agoniza (George Cukor, 1944), Alí Baba y los cuarenta ladrones (Arthur Lubin, 1944), La escalera de caracol (Robert Siodmark, 1946), La vida secreta de Walter Mitty (Norman Z. McLeod, 1947),  Doble vida (George Cukor, 1947), Recuerda (Hitchcock, 1949), Al rojo vivo (Raoul  Walsh, 1949), Las minas del rey Salomón ( Compton Bennett, 1950),  Scaramouche (George Sidney, 1952). He añadido en cada caso el nombre del director no sé porqué. Y es que éste era un detalle que ni a nosotros ni creo que al público en general importaba un pimiento; creo que pocos sabían que existía un director. Los únicos que importaban eran los que se movían y hablaban en la pantalla. Clark Gable, Errol Flynn, Gary Cooper, Humphrey Bogart, Hedy Lamar, Rita Hayworth, Gene Tierney, Veronica Lake eran los únicos dioses y diosas de aquellas tardes semanales.

Lo de «hablaban en la pantalla» es un decir, porque los que ante nosotros hablaban no eran los mismos actores sino unos dobladores profesionales, quienes nos ofrecían los parlamentos originarios en el único idioma oficial del país, que casualmente era también el nuestro.

El doblaje tenía en aquella época unos efectos o intenciones evidentes, unos buscados y otros rebuscados: permitía al espectador no políglota enterarse de lo que decían (supuestamente) los personajes; impedía, a los conocedores del idioma original, disfrutar de las voces genuinas y a veces muy características de los actores, aunque, como contrapartida, permitía en algunos casos el lucimiento de ciertos actores españoles que oficiaban de dobladores, y finalmente (o quizá habría que decir fundamentalmente) daba campo abierto a la censura para manipular los textos originales de acuerdo con la ideología político-religiosa imperante. 

Este último recurso se utilizaba sin freno, y el espectador corriente no tenía manera de saber dónde hacía trampa el servicio de doblaje. Tiempo después sí, se pudo saber, por ejemplo, que el doblaje de Bogart en Casablanca omite la referencia del personaje a su participación en nuestra guerra civil al lado de la República, o que el de Mogambo convierte a un joven matrimonio en hermanos, con lo que, intentando evitar el pecado de adulterio (nada menos que con el irresistible Clark Gable), lo que consigue es que el malicioso espectador piense en el de incesto, aunque imagino que este tipo de pecado, tan sofisticado, no entraba en la mente del censor. 

La censura, sobre todo la antierótica, potenciaba la malicia del espectador hasta niveles de paranoia. Un fundido en negro en medio o a continuación de una escena castamente amorosa era signo clarísimo de que la tijera censora había funcionado, y provocaba las protestas en forma de pitidos y pateos del público. Y en muchos casos era así; aunque en otros muchos, no. Era inevitable: ante la censura, el espectador no hacía otra cosa que dar palos de ciego.

Santa inocencia

No era ése nuestro caso en la etapa más infantil, cuando la inocencia nos permitía darlo todo por bueno mientras fuese interesante o mágicamente encantador. Santa inocencia que de vez en cuando propinaba algún susto en pleno mundo formal de los mayores. Como el de aquella tarde de enero de 1949.

Nuestra abuela paterna, que vivía en el piso de abajo con su otro hijo, había amanecido sin vida. Nadie se esperaba aquello; estaba relativamente bien de salud, y de hecho su aspecto daba la impresión de que seguía durmiendo plácidamente, según decían.  Consternación general, algunos vecinos se enteran y asoman la cabeza. Una anciana observa cómo el más pequeño de los tres nietecitos (siete años) lloriquea en un rincón. Se le acerca en plan consolador: «Pobrecito, qué sensible. ¿Querías mucho a la abuelita, verdad?» Y el niño gimotea: «Es que no podremos ver Murieron con las botas puestas«.

Resulta que era jueves y en el cercano cine Tetuán nos esperaba el apuesto y aguerrido  Errol Flynn con sus valientes soldados, y los temibles indios. Creo que quedó para otra ocasión, porque recuerdo haberla visto.

Fuera de la pantalla

Pero los cines – los de barrio y los otros – contaban con más personajes que los que aparecían en la pantalla, y además eran de carne y hueso. Las taquilleras primero. Siempre mujeres, y con los rostros semiocultos por el estrecho marco de la taquilla; el conserje, que controlaba las entradas a la sala, siempre uniformado a lo almirante, con independencia de la categoría del cine. Y una vez en la  sala, los nerviosos focos lumínicos que rasgaban la oscuridad – entrábamos en plena proyección –  anunciaban la presencia de los acomodadores, seres sin rostro apenas que a través de las tinieblas aparecían para acompañarnos hasta la localidad oportuna.

El acomodador era un personaje importante. De alguna manera representaba a la autoridad, y como tal ejercía. Reprendía severamente a los que alteraban el orden o se portaban mal. Eso de portarse mal era muy relativo, por supuesto, y su apreciación dependía siempre del grado con que el acomodador tuviese asumidos los postulados político-religiosos vigentes. Y aquí conviene una pequeña digresión para hacerse una idea.

En el tema sexual, la moral oficial del país era muy estricta; aunque en la práctica todo el mundo hacía lo que podía, como siempre. Fuera del matrimonio, los desahogos naturales con que suelen satisfacerse las parejas eran realmente difíciles. Una sala de cine (de barrio, con preferencia) con su oscuridad y el volumen de los altavoces a plena potencia era un lugar bastante adecuado para aquellos fines. Y así, las últimas filas de las salas solían ocuparlas parejas de todas las edades, más interesadas en sus cosas que en lo que ocurría en la pantalla. Y, a lo que íbamos, si el acomodador de turno juzgaba que aquello era escandalosamente indecente no dudaba en apuntarles directamente con el foco de su linterna para avergonzarlos (?) públicamente  y acabar con el escándalo. Esto lo vi yo en más de una ocasión. Como mero espectador, se entiende.

Pero a veces el acomodador ejercía el poder de la linterna con fines menos desinteresados. Como antes he apuntado, te acompañaba hasta señalarte el lugar que ibas a ocupar, y era costumbre (obligada) que se le entregase una pequeña propina. Pues bien, si no había propina o si ésta era manifiestamente irrisoria, tu hasta entonces amable acompañante mantenía clavado el foco de la linterna en tu persona, incluso ya sentado, hasta que juzgaba que estabas suficientemente avergonzado.

Disgregación y final 

De niños, íbamos al cine una vez por semana.

Pero la infancia cedió el paso a la adolescencia, y la tropa familiar de las tardes de los jueves y de los matinales de algunos domingos se fue disgregando. Creo que fue a mis catorce o quince años cuando el trío de hermanos empezamos a compaginar aquellas sesiones familiares, con otras más personales. Con algún hermano, con algún amigo, solos, cualquier tarde o noche de la semana, con alguna novia, a veces en las últimas filas.

Pero la fascinación por cuanto de interesante ocurría en la pantalla persistía y persistirá. Los cines no, aquellos cines de barrio se hundieron para siempre, sumando sus ruinas a las de tantas civilizaciones perdidas.

Solo viven en el recuerdo. Como en este que he compartido. Tan personal. Tan prescindible para aquellos que no lo vivieron.   

Próximamente: Capítulo II, EL COLEGIO

 

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PROYECTO DE OBRA (provisional, como todo)

VIEJO   MUNDO   NUESTRO

Cap.    1       El cine

             2      El Colegio

             3      Valldoreix

             4       La Universidad

             5       La Lengua

             6       La Mili

             7        Y ahora ¿qué?

(PRÓXIMAMENTE, AQUÍ MISMO)

 

 

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LA NAVIDAD ES EL LUGAR DE LAS REVELACIONES

En los años cincuenta del siglo XX , en Barcelona, un adolescente descubre la poesía y el spleen:

En el año cuarenta del siglo XIX, en Guadix (Granada) un niño descubre la muerte, es decir, la vida:

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LA CIUDAD Y EL REINO: unas claves (3)

III  Los niveles de interpretación 

Toda expresión humana – sépalo su autor o no – tiene varios niveles de interpretación. Si uno dice “he trabajado mucho”, se puede interpretar también como “estoy cansado” o como “merezco un premio”. Si esto es así en la vida corriente de las personas corrientes, qué no será en la obra del artista y sobre todo del artista nada corriente.

Dante Alighieri estableció que en su obra literaria existen cuatro niveles de interpretación, desde el inmediato o elemental hasta el más elevado u oculto, que él denomina anagógico. Pero no todo el mundo puede ser Dante, ni en la obra ni en el análisis de la obra.

Yo, por ejemplo, en La ciudad y el reino descubro claramente tres niveles de interpretación. No más. Voy a tratar de exponerlos, dando por descontado que el lector atento los habrá ya descubierto por sí mismo. Así que esta disertación va dirigida especialmente al no muy atento.

Primer nivel. La novela consiste en la historia de la relación amistosa entre dos personas, con sus afinidades y sus diferencias, cuyos caminos van divergiendo. Contiene también un somero retrato de la época y la sociedad en cuyo marco se desarrolla la acción.

Segundo nivel. La novela consiste en la contraposición de dos maneras distintas, opuestas, de ver el mundo y de actuar en él. Tanto en las sociedades como en los individuos predomina una de las dos maneras. 

Una, representada por la Ciudad, aspira al orden y a la racionalidad, a la armonía y la belleza; conoce los límites del ser humano y los respeta. En lo político y social promueve el entendimiento y el pacto entre los intereses diversos.

La otra, representada por el Reino, siente que existe una verdad indiscutible que hay que predicar – o imponer – para lograr la salvación de la humanidad descarriada. Se guía por el impulso de la propia fe, sin reconocer más límites o barreras que los que ella misma pone. En lo político y social no suele practicar el diálogo, sino el adoctrinamiento con vistas al triunfo necesario e inevitable de la verdad única. Su convicción nace de un sentimiento íntimo, de naturaleza mística que, o bien puede mantener en una semiprivacidad, dando lugar a la figura del santo (por ejemplo, San Paulino de Nola), o bien puede intentar imponerla por cualquier medio, opción ésta que suele generar desastres.

Tercer nivel. La novela consiste en la exploración y exposición de la dualidad del alma humana, por una parte apegada a la tierra y edificando sobre base sólida el edificio de racionalidad, orden y belleza que constituye la firme estructura de toda civilización; por otra, aspirando a desentrañar directamente el misterio del universo por una especie de intuición mística, despreciando métodos y fases.

Esta dualidad se halla presente en mayor o menor medida en el alma de todo ser humano, y algunos escritores se han complacido en encarnarla, separadamente, en ciertos personajes opuestos entre sí (piénsese en el dúo Settembrini-Naphta  de La montaña mágica de Thomas Mann, por ejemplo). 

Dualidad del alma que forzosamente se da también en el autor de la novela, quien, parafraseando la ocurrencia de Flaubert, puede concluir y de hecho concluye afirmando con toda verdad que La ciudad y el reino… soy yo.

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LA CIUDAD Y EL REINO: unas claves (2)

II  Los personajes

Todo intento de novela histórica centrada en personajes que existieron como personas reales tiene un problema principal: decidir qué cantidad de rigor histórico y qué cantidad de fabulación novelesca ha de contener.

En ocasiones hay poco que decidir: cuando los datos históricos son prácticamente inexistentes, la fabulación novelesca se impone de manera necesaria. Pensemos en el posible personaje novelesco de Homero. Dado que del poeta en cuestión no se sabe nada – ni siquiera es seguro que haya existido –, todo lo habrá de poner la imaginación, la pura fabulación.

En el extremo opuesto, tenemos a Cicerón, por ejemplo, autor de tantas cartas sobre el mundo en que se hallaba inmerso y sobre sí mismo, objeto de tantos testimonios de sus contemporáneos, que la fabulación habrá de verse por fuerza condicionada por los datos históricos incontestables.

Los dos coprotagonistas de La ciudad y el reino, donde todos los personajes se corresponden con personas que existieron en la realidad (con la excepción de Emiliano Dexter, nieto inventado del obispo Paciano), constituyen un buen ejemplo de cómo se debe (o se puede) conjugar el rigor histórico con la fabulación novelesca dentro del plan ideal de la obra que, lo reconozca o no, alberga siempre el autor.

Del Paulino histórico se sabe poco. Y todo lo que se sabe – de primera mano, quiero decir – está en las referencias de algunos de los contemporáneos con quienes se carteaba – Agustín, Ambrosio, Jerónimo, Sulpicio Severo, Ausonio y pocos más -, en sus obras literarias – poemas a San Félix, sobre todo-, y en el contenido de sus propias cartas, sobre todo de las dirigidas a Ausonio.  De todo ello se deduce una personalidad reflexiva, tranquila, agitada a veces por transportes místicos, que no llegan a alterar su natural sosiego; amable, bondadosa y, aunque cristiano auténtico, en lo cultural pertrechado con toda la ciencia y la sabiduría de la Antigüedad. 

Sobre esta base, no muy extensa, edifiqué el Paulino de mi novela, para lo cual me bastó reforzar un poco el talante místico y añadir esa especie de angustia existencialista que le adjudico para antes de la conversión, y que creo que no le va nada mal. 

Del Ausonio histórico se sabe quizá más que de Paulino, pero en el fondo mucho menos. Fue profesor de gramática y retórica (de literatura, diríamos hoy) durante muchos años, luego preceptor del heredero de Valentiniano I y, elevado su alumno a la dignidad imperial, ocupó cargos de suma importancia en la maquinaria político-administrativa del Imperio. Escribió mucho, pero al decir de los críticos, siempre tocando los temas por la superficie y con una calidad muy desigual. En todo caso, su ingenio y habilidad con la pluma son indiscutibles. Un ejemplo es el Centón Nupcial, composición poética construida a base de hemistiquios tomados de La Eneida en la que se describe una noche de bodas sin ahorro de ningún detalle erótico. Su obra más conseguida es sin duda el Mosela, largo poema descriptivo dedicado al río del mismo nombre.

Personalmente parece que fue, además de hábil escritor, honrado, un poco vanidoso, amigo del poder y del orden justos y algo sentimental. Y sobre todo reacio a plantear cuestiones más o menos profundas, hasta el extremo de que no se sabe con certeza hasta qué punto había asumido el cristianismo que oficialmente profesaba. Lo único claro en este aspecto es que, en sus obras y en sus cartas, destaca siempre una evidente nostalgia por el viejo mundo tutelado por los dioses que habían hecho grande a Roma.

Para llenar cierto vacío de esa personalidad, evidente si la comparamos con la más definida de Paulino, se me ocurrió corregirla o completarla con la de otro gran poeta de varios siglos después. Desde mi particular punto de visita, éste no podía ser otro que Goethe. Comparten los dos una visión del mundo esencialmente poética, una afición no disimulada por el orden, la aristocracia y el poder, una biografía siempre ascendente hasta alcanzar la vasta meseta de los últimos años. Solo faltaba añadir a Ausonio esa especie de filosofía panteísta manifiesta en el de Frankfurt, es decir, algo de la sustancia intelectual de la que aparentemente carecía el de Burdeos.

Hecho. Si el resultado es satisfactorio o no, habrá de decirlo el lector.                 

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LA CIUDAD Y EL REINO: unas claves

I  Las palabras

Todo escritor tiene en su interior un almacén de datos (algunos, ignorados por él mismo) que, a medida que escribe, van apareciendo, trasluciéndose, en la superficie de la obra. Algunos escritores tiran con plena conciencia de ellos; otros dejan que se asomen sin apenas darse cuenta, y el lector no muy enterado tiene que esperar a que llegue el crítico agudo para que sean desenterrados e iluminados.

Yo, lamento decirlo, soy de los primeros. Es decir, de los que con plena conciencia aceptan la memoria de lo leído, para ir vistiendo su escritura. Lo lamento, porque queda más bien, parece más profundo y resulta más misterioso que las fuentes permanezcan enterradas quizá para siempre.

Lo mío no tiene nada de misterioso – al menos, en apariencia. Se resuelve solo con que el lector muy leído vaya descubriendo los remotos orígenes de tal frase o idea.

Pero ocurre que, por muy leído que sea el lector, es imposible que su memoria lectora coincida con la del escritor de turno, que en este caso soy yo. Así que, a la espera de los críticos y comentaristas avezados, que hasta es posible que me descubran datos sorprendentes sobre mí mismo, cosa que suele suceder, he decidido emplearme en la humilde y casi mecánica tarea de descubrir y explicar el origen de ciertas frases y pensamientos que jalonan la obra.

Así que tomo un ejemplar de mi novela La ciudad y el reino, publicada por Editorial Páramo en noviembre de 2020, y procedo:

1

Si te apartas de la sociedad perderás la noción de la norma. Y tu obra solo será el resoplido de una bestia o la ensoñación de un dios.(pág. 13)

ARISTÓTELES lo había dejado bien claro: El hombre solitario es o una bestia o un dios.

2

la filosofía no es más que un género literario… (pág. 30)

Creo que fue BORGES quien alumbró esta idea, pero no recuerdo la frase exacta ni sé (ni importa mucho) la manera de encontrarla.

3

los pobres muertos y los pobres heridos estaban tendidos allí, y el sol se ponía magníficamente detrás de Maguntiacum. (pág. 37)

En 1792 GOETHE acompañó a su soberano Carlos Augusto en la campaña militar que emprendieron los ejércitos de varios estados alemanes contra la Francia revolucionaria. Entre mayo y agosto de 1793 participó en al asedio de Mainz (la antigua Maguntiacum), ocupada por los franceses. En su relato Campaña de Francia del año 1792 se contienen unas palabras asombrosamente parecidas, si no idénticas, a las de la novela, arriba trascritas.

4

¿La nada, dices? ¿Qué nada? Solo existe la nada para el que nada sabe crear. (pág. 40)

Este es un pensamiento de GOETHE que nunca he sabido ubicar en su obra. Quizá solo existe en mi memoria, como síntesis de su actitud frente al nihilismo.

5

La naturaleza se presenta tan hermosa, contemplada con la paz de Cristo en el alma, que uno siente la tentación de preguntarse qué más nos puede ofrecer el Señor en la otra vida. (pág. 42)

Si el món ja és tan formós, Senyor, si es mira
amb la pau vostra a dintre de l’ull nostre,
què més ens podeu dâ en una altra vida?

Estos versos de JOAN MARAGALL, en lengua catalana, a veces tan poética, son sin duda la fuente de inspiración del texto de la novela transcrito arriba.

6

Ahora las puertas de mi casa están abiertas día y noche, y cualquiera puede entrar para lo que desee. Porque finalmente he comprendido que “el otro” no es nunca un intruso, sino que es siempre el mensajero de Dios. Y hay que estar muy atento para recibir y entender todos los mensajes del Señor. (pág. 45)

La misma idea alienta en las palabras de KAFKA, dirigidas a su entrevistador Janouch, que teme ser visitante inoportuno:

Considerar molesta a una visita no prevista es señal infalible de debilidad, es una huida de lo no previsto. Se oculta uno en la así llamada existencia privada porque le faltan las fuerzas para entendérselas con el mundo… Es una retirada. La vida es sobre todo un estar-con-las-cosas, un diálogo. No se debe eludir. Puede usted, siempre y cuando quiera, venir a verme.

7

Lo importante es realizar una actividad continuada y eficaz (pág. 54)

Frase, creo que poco literal, de GOETHE, para quien, corrigiendo la Biblia, “en el principo fue la Acción”.

8

Nuestros anhelos no son sino presentimiento de nuestras facultades. (pág. 63).

Idea, otra vez de GOETHE, que, para mí, constituye el ejemplo máximo del optimismo goethiano.

9

Es verdad que se advierte cierta fuerza y sinceridad, pero esas cualidades, por sí solas, no hacen una obra de arte. Eso que has escrito es una manera de palpar los sentimientos, de señalar la realidad. Pero decir ¡qué bello es eso! o ¡cuánto sufro! no tiene nada que ver con la creación artística. (pág. 103)

Son palabras del Ausonio de la novela, dirigidas a un alumno suyo que le sometía sus escritos para obtener la aprobación.

En las Conversaciones con Kafka, de Gustav Janouch, el entrevistador somete al juicio del entrevistado unos escritos propios. La respuesta de KAFKA es la siguiente:

Esto todavía no es arte. Este exteriorizar las impresiones y los sentimientos es, en realidad, una forma de palpar temerosamente el mundo…

Reflexiones, en uno y otro caso, aplicables a tanto aspirante a artista que piensa – como los románticos ingenuos – que todo consiste en expresar los propios sentimientos.

10

No hay que afrontar los problemas, hay que dejar que se disuelvan. (pág. 131)

Frase, creo que literal, de un ensayo de HENRY MILLER.

11

El sermón de Vigilancio en la misa de Navidad de Barcino (pág. 135 y ss.) no tiene nada que ver en su contenido con el del jesuita Arnall del Retrato del artista adolescente, de Joyce. Coincide con él en dos aspectos: que lo pronuncia un clérigo católico y que pretende ser un calco, en su forma e intención, de un sermón católico auténtico.

12

Una biblioteca no es un cementerio, como alguien dijo, sino un vivero. (pág. 145)ĺ

Ese “alguien” pensé que era CORTÁZAR, pero más tarde creí recordar mejor que lo de “cementerio”, lo aplicó el autor citado al Diccionario, no a la Biblioteca.

13

...fue la biblioteca,

cementerio o vivero, según mires,

Universo absoluto, según Borio, (pág. 146)

Es notorio que quien sí identificó biblioteca con universo fue BORGES, al que aquí se alude como Borio, bibliotecario alejandrino que nunca existió.

14

Es preferible cometer una injusticia que tolerar un desorden. Porque el desorden es fuente no de una, sino de mil injusticias. (pág. 154)

Cita de GOETHE, de cuya literalidad no respondo, famosa por su utilización por todos aquellos que desean resaltar el talante reaccionario de su autor, los cuales, curiosamente, omiten siempre la segunda parte.

15

Como poeta, soy politeísta; como pensador, soy panteísta; como ser moral, soy cristiano. (pág. 157)

El mismo GOETHE, definiéndose. Creo recordar – y no me apetece ir a comprobar – que el original, en lugar de “pensador”, dice “científico”, pero éste término no le va mucho a un escritor del siglo IV como Ausonio.

16

El dolor es consustancial a esa fuerza ciega que es la vida, esa fuerza que continuamente se propaga y multiplica sin orden ni medida, que no busca más que su propia perpetuación. (pág. 167)

Está claro que el que aquí habla por boca del Emiliano de la novela es el mismísimo SCHOPENHAUER.

17

Cristo, al final de los tiempos, recuperará no solo nuestros cuerpos y nuestras almas, sino también todo cuanto hemos sido y sentido y soñado. Nada se pierde, querido Ausonio. Yo tampoco pierdo Barcino. En mis sueños me acompañará y en el último día se salvará con todo.

Creencia o esperanza consoladora que el Paulino de la novela comparte con el jesuita y científico TEILHARD DE CHARDIN de muchos siglos después: cuando el universo alcance el Punto Omega de la evolución, todo lo que existe se volverá uno con la divinidad.

                                                FIN (y que así sea)

NOTA. Los autores citados o utilizados conscientemente en la novela son Goethe, en primer y destacado lugar, Kafka, Joan Maragall,  Schopenhauer, Borges, Cortázar, Henry Miller, James Joyce, Teilhard de Chardin y Aristóteles. Los citados o utilizados inconscientemente – que, con seguridad, los hay – no los conoceré yo hasta que no venga alguien a descubrírmelos.

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Día de Muertos

El 2 de noviembre, Día de Difuntos según la Iglesia católica y las tradiciones populares de muchos países, día en que, según dicen, los muertos pueden aparecerse a los vivos para saldar asuntos pendientes, me parece muy adecuado para reflexionar sobre la muerte, ese acontecimiento tan importante y decisivo en nuestras vidas. A tal efecto he pensado enlazar aquí algunas de mis reflexiones particulares que han ido apareciendo en mi blog. Nada del otro mundo.

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El tiempo que pasa. El idioma del sentido común. La muerte del autor. El vicio de épater (A.E.P. t.e. 1)

ALTER.- Ego, ¿sabes que hace más de seis años de la última vez que nos vimos? ¿que el último de nuestros diálogos se publicó en el Blog en junio de 2015?

EGO. – Bueno, y qué. Estaríamos dedicados a otras cosas, ¿no crees?

ALTER. – Sí, pero es que, cuando lo he comprobado… no me lo creía. ¡Me parece que fue ayer! ¡Qué manera de pasar el tiempo!

EGO.- No, Alter, eso no es verdad.

ALTER.- ¿Cómo que no es verdad? ¿Qué es lo que no es verdad?

EGO.- Que el tiempo pase. De hecho, el tiempo no existe. O, dicho de otra manera, el tiempo somos nosotros.

ALTER.- Vaya, se anuncia otra pirueta dialéctica o filosófica, ¿no? Así, que el tiempo somos nosotros. Y eso, en qué sentido, ¿se puede saber?

EGO.- No, no se trata de una pirueta, ni de una de esas paradojas filosóficas, tan ilustrativas a veces. Se trata de que reflexionemos un poco. Lo que llamamos “tiempo” no tiene entidad en sí mismo. Es simplemente el nombre que damos al proceso de descomposición de los entes perecederos. Si en el universo no existiesen objetos perecederos, tampoco podría existir el concepto “tiempo”, porque nada pasaría. O sea, que el tiempo no es algo objetivo y ajeno que nos lleva o arrastra en su recorrido. En el aspecto más subjetivo, el tiempo no es más que el nombre que damos al proceso de descomposición de nuestro cuerpo. Y también el nombre que se da al proceso de degradación del universo entero, eso que ciertos físicos detectaron y bautizaron con el nombre de entropía. Resumiendo, lo que llamamos tiempo es la medida del movimiento. Si no hay movimiento, sea individual o universal, no hay tiempo.

ALTER.- Muy bien, muy bonito. Pero no creas que no había pensado yo por mi cuenta algo así como eso que dices. Pero también creo que el idioma del sentido común tiene sus derechos. Y que es lícito decir que el tiempo pasa para nosotros.

EGO.- Por supuesto que es lícito. No seré yo quien se oponga al uso del sermo vulgaris, necesario para entenderse en sociedad. Y por cierto, me encanta esa frase: el idioma del sentido común tiene sus derechos. Claro que sí. Y no solo tiene sus derechos sino que, si te apartas demasiado de él, perderás la comunicación con el mundo. Solo en determinados campos nos está permitido apartarnos del sentido común, aunque sin perderlo nunca de vista: en el arte, en la ciencia, y en la filosofía de raíz científica. Si no fuese así seguiríamos pensando que la tierra es plana, bueno, algunos lo siguen pensando; no comprenden ni les interesa comprender que, en mucho casos, la ciencia va rectificando el sentido común.

ALTER.- Y si no me equivoco, el ejemplo que antes has puesto sobre el tiempo pertenece al mundo de la ciencia o al de la filosofía de raíz científica, ¿no?

EGO. – Eso es. En cambio, si nos situamos fuera de los tres campos citados y elucubramos al margen del sentido común los resultados pueden ser…delirantes.

ALTER.- Un ejemplo.

EGO.- Pongamos el campo de la literatura.

ALTER.- Que es el nuestro, ¿no?

EGO.- Un crítico literario puede hacer con la obra de un escritor lo que se le antoje; y con la literatura entera. Y si su propuesta se sitúa dentro de la ola imperante de la moda, nadie le pedirá explicaciones.

ALTER.- Un ejemplo.

EGO.- ¿Has oído hablar de La muerte del autor?

ALTER.- ¿Qué autor?

EGO.- No, hombre, no. Me refiero a cierta teoría literaria que se puso de moda a finales de la década de los 60 del siglo pasado.

ALTER. – Ah, ya. El estructuralismo y esas cosas. Confieso que en realidad no sé nada de eso. En cierta ocasión quise enterarme, pero no pasé del intento.

EGO.- Se comprende. Yo también quise enterarme. Era joven y creía que mi deber como aprendiz de intelectual era estar siempre al día. El resultado fue… lo que te explico ahora siguiendo el hilo de las frases emblemáticas que, en el intento, se me quedaron grabadas en la memoria. Creo que todas pertenecen al ensayo La muerte del autor, de Roland Barthes, publicado en 1967. Veamos:

Cuando comienza la escritura, la voz pierde su origen y el autor entra en su propia muerte.

Esta frase resume toda la teoría que se contiene en el ensayo citado. Viene a decir que la escritura, una vez plasmada, adquiere entidad propia, con plena independencia de las intenciones del autor, quien a estos efectos desaparece.

ALTER. – Bueno, creo que eso ya se había dicho muchas veces: que la obra, una vez sacada al mundo, no depende de la voluntad del autor…

EGO.- En efecto, que constituye una entidad autónoma y que en relación a ella el autor es solo un comentarista más, aunque hay que reconocer que mejor situado que el resto. Pero lo llamativo de la frase, además de que, como has dicho, no hace sino repetir algo ya sabido, es la pompa y teatralidad de su enunciado. Y es que eso de que “el autor entra en su propia muerte” contiene una importante carga dramática. Otra:

El autor es un personaje moderno, fruto de la ideología capitalista.

Si es así, me pregunto de dónde sacarían los medievales cultos a sus autores preferidos (Aristóteles, Ovidio, Virgilio, Séneca, etc.), no existiendo todavía un capitalismo ni la ideología correspondiente que los hubiese fructificado. A mí, y que el dios de los estructuralistas me perdone, la frase me parece una concesión – mal hallada – al pensamiento marxista imperante en la época. Es como cuando, en épocas de sexo dominante en las artes (que sigue siendo la nuestra), se introducía una escena de sexo explícito en la película o en la novela, aunque no viniese a cuento.

ALTER. – Tributos que se pagaban al pensamiento imperante, ¿no?

EGO.- Bueno, eso de «pensamiento» quizá sea excesivo aplicado a la época actual. Más bien le va lo de «moda» . Pero sí, se pagaban y se pagan, aunque el imperante vaya cambiando; ahora sería la llamada perspectiva de género, la conservación del planeta (cosa siempre necesaria, por otra parte), el culto a lo etnicista e identitario… Pero sigamos.

Un texto está constituido por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, y donde ninguna de las cuales es la original. El texto es un tejido de citas provenientes de los 1000 focos de la cultura.

El autor nos da aquí otra muestra de pedantería gala para decirnos lo que, de una u otra manera, ya se nos había dicho de pequeñitos: que solo Dios puede crear de la nada, que las “creaciones” humanas solo son un pastiche hecho con los materiales ya existentes…

ALTER.- ¿Solo? Y perdona que te interrumpa, pero ¿no crees…?

EGO.- Perdona que interrumpa yo tu descortés interrupción. Mira, la originalidad es cuestión de grado, porque todo, absolutamente todo, utiliza o se apoya en algo ya existente. Además, la originalidad no tiene ningún valor estético en sí misma, eso lo sabían bien los antiguos griegos y romanos.

ALTER.- Entonces, ¿qué es lo que distingue y otorga valor a una obra nueva?

EGO.- El alma.

ALTER.- Metafísico estáis.

EGO.- «Es que no como», contesta Rocinante, ¿no? En serio, ¿quieres que te repita las argumentaciones que expuse en algunos de nuestros diálogos de hace años?

ALTER.- Por mí, encantado. Aunque las recuerdo bien, como si fuese ayer…

EGO.- Mira, yo creo que, aunque edificada con medios materiales, la obra de arte es una construcción espiritual, como el mismo individuo humano. Una obra artística no es el resultado de la suma mecánica de los elementos que la componen. Tiene un alma, que es la expresión de su totalidad, y solo captando la obra en su totalidad, de una manera, diría, intuitiva, puede descubrirse esa alma. Por eso creo que la labor de críticos y expertos literarios de diseccionar y analizar los componentes materiales de la obra es totalmente irrelevante.  Si la obra no posee un alma no será después de todo más que un artefacto peor o mejor ajustado en todas sus partes, nada que merezca el nombre de obra de arte. Y es que el alma de la que yo hablo no se revela en la mesa de operaciones. Ni la artística ni la humana.

ALTER.- Un estructuralista no aprobaría eso.

EGO.- Por supuesto que no. Los estructuralistas y sus herederos, tratan, o pretenden tratar, la obra, el texto, como si fuese un objeto de la ciencia, y el que se acerca a una obra de arte con los instrumentos de la ciencia no se encuentra con una obra de arte, sino con un objeto de la ciencia.

ALTER.- ¿Y se puede saber cómo les ha ido a esos estudiosos «científicos» de la literatura?

EGO.- Algunos persisten, por supuesto, pero sus originales hallazgos ya no deslumbran a nadie, sobre todo desde el varapalo que recibieron de los científicos auténticos  Sokal y Bricmont en Imposturas intelectuales, consulta Wikipedia. Además, en un mundo como el nuestro, curado de todos los espantos posibles, el arte de épater le bourgeois ha perdido todo sentido.

ALTER. – ¿Crees que en el fondo a todo lo que aspiraban era a épater le bourgeois? Por cierto, ¿cuál es el significado exacto de esa expresión?

EGO.- Hombre, no creo que solo pretendiesen eso. Pero está claro que formaba parte del aparato de sus novedosas teorías. En cuanto a la traducción, exacta no la hay. Los idiomas son en realidad intraducibles. Cada idioma tiene una historia detrás que no es compartida por los otros, lo que le hace único y radicalmente intransferible. En el siglo XIX, con Baudelaire y otros, los artistas franceses se inventaron el juego de épater (despatarrar, asombrar, escandalizar) al buen burgués, y ahí los tenemos todavía, con su vicio a cuestas.

ALTER.-  ¿Tú crees que lo de épater es un vicio específicamente francés?

EGO.- No lo dudes. Ya nuestros abuelos y bisabuelos sabían muy bien – en muchos casos por  experiencia propia – que todos los vicios vienen de París. Pero, bueno, creo que ya hemos dedicado demasiado tiempo a un fenómeno tan pasajero y prescindible como…Como todo lo que dicta la moda, cuando la moda ha pasado.

ALTER.- Devorada por el tiempo.

EGO. – En efecto, tempus edax rerum, donde el tiempo es un ente real que va devorando las cosas. Te gusta así, ¿no?

ALTER. – Me encanta. Creo que ahí Ovidio da con la imagen perfecta.

 (De Alter, Ego y el plan)

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Donde crecen las novelas

No siempre el efecto sigue inmediatamente a la causa. Unas veces el tiempo que transcurre entre la acción causante y el efecto necesario es imperceptible, como cuando se aprieta el gatillo de un arma de fuego o se pulsa una tecla. Otras, es preciso un espacio de tiempo de amplitud variable para que el efecto se manifieste. En este sentido, conozco la historia de un efecto tan retardado que tuvo que transcurrir toda una vida para manifestarse. Y se produjo en mi ámbito familiar.

En mi familia no éramos abstemios (tampoco alcohólicos). El padre no perdía ocasión de ponderar las virtudes del vino bebido con moderación; la madre alardeaba de no probar el agua (“para las ranas”); vivió 90 años. Y, no obstante, uno y otra estaban siempre atentos a que los cuatro pequeños no sobrepasásemos la norma.

En ocasiones, en determinadas festividades o celebraciones, se bebía champagne, lo que hoy llamaríamos cava. Los niños, también. Y si alguien, pariente o invitado, observaba que quizás aquella bebida no era apropiada para gente tan menuda, nunca faltaba la respuesta del padre:

Es una bebida muy sana, piensa que hasta a los moribundos se les puede dar champagne. ¿No lo sabías? Pues sí, a los moribundos se les puede dar champagne.

De hecho, cada vez que la deliciosa y saludable bebida aparecía en la mesa, no faltaba el comentario del padre, dirigido a nosotros los pequeños, en los mismos términos de siempre.

¿Sabíais que el champagne es tan sano que puede darse incluso a los moribundos? Sí, fijaos si será sano que hasta a los moribundos les dan champagne si lo piden.

Y nosotros asentíamos obedientes y bebíamos encantados bajo la bendición del padre sabio.

Pasó el tiempo, el padre murió, el champagne se convirtió en cava, los niños que éramos en los ancianos que somos, la memoria en melancolía.

Cierto día, ya en mi década de los setenta, no sé por qué razón me hallaba solo ante una copa de champagne, contemplando las alegres burbujitas de la bebida, cuando de pronto oí con toda nitidez la voz clara y segura de mi padre:

Fijaos si será bueno el champagne que se puede dar de beber a los moribundos.

Emocionado, me volví a repetir la frase una y otra vez, con todas las ligeras variantes que creía recordar. Y en esa operación estaba cuando, de pronto, sentí como si un violento resplandor iluminase toda la estancia.

¡Claro! ¡Es cierto! me dije cuando la luz llegó a iluminar la zona correspondiente del cerebro. Al moribundo se le puede dar champagne y cualquier otra cosa porque, por definición, de todos modos se muere.

Era una broma, una genial ironía que nadie, que yo sepa, había sabido captar. Y han tenido que pasar setenta años para que yo diese con la clave. ¿Yo? ¿Solo yo? No es posible. Lo consultaré con los hermanos.

Y de pronto, un pensamiento raro, una duda más que extraña bloqueó en la mente cualquier otra reflexión: ¿Era en realidad una broma? ¿Era en realidad una ironía? ¿No estaría hablando mi padre de buena fe? ¿No le habría pasado alguien la «broma», que él habría tomado como indiscutible realidad? Imposible saberlo. Y pienso que la verdad permanecerá escondida para siempre.

Sí, para siempre oculta en la recóndita región de los secretos de familia, allá donde crecen las novelas.

    

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento IX

¿Nadie ha de hablar ahora? ¿Nadie ha de acusarme? ¿Nadie ha de venir a remover de nuevo los rescoldos de mi existencia? ¿Para qué he sido entonces devuelto a esta tiniebla? ¿Acaso ha terminado el juicio? ¿Cómo es que he sido abandonado aquí, entre la vida y la gran Luz? ¿Se han apagado ya todas las voces de la vida?

«De ti depende, Dante»

«¿De mí?…¡Beatriz, santa Beatriz! Ya no esperaba oir tu voz. Has venido para ayudarme, para acompañarme, para salvarme. Así se cumple el sueño de mi vida, el que legué al mundo, esculpido en millares de versos, que forman el mas grande poema nunca escrito… Háblame, Beatriz… ¿No dices nada?… ¿Qué ocurre? ¿He de permanecer de nuevo en la oscuridad y el silencio después de haber oído dos palabras tuyas? Háblame, Beatriz, te lo suplico».

«¿Qué he de decir, Dante?»

«Alabado sea Dios, porque has hablado. Pero quizá no te he entendido. Yo, pobre pecador, ¿he de dictarte lo que has de decir?»

«Siempre ha sido así».

«¿Siempre?…»

«Desde tus primeras canciones y baladas, que reuniste en el librito que llamaste La vida nueva, hasta el canto treinta de tu Paraíso, cuantas veces he hablado ha sido con palabras que tú ponías en mi boca.»

«Sí, comprendo…soy poeta… pero en nuestra juventud tuvimos alguna conversación sin que yo pusiera las palabras en tus labios, y ahora mismo…»

«Ahora mismo, ¿qué? ¿De dónde salen estas palabras mías? Eres poeta, sí, y como poeta has inventado un mundo, un extraño mundo que se inaugura con el primer soneto de La vida nueva, en el que sueñas que la personificación del amor me tiene en sus brazos, mientras con la mano me da a comer tu corazón. ¿Qué es eso, Dante? ¿Cómo hay que llamarlo?»

«Es… alegoría… fantasía…»

«Fantasía, sí. Toda tu obra es fantasía.»

«Toda obra poética es fantasía.»

«Sí, pero tu vida también lo es.»

«¿Es eso un reproche, Beatriz? ¿De qué me has de acusar ahora? ¿No se agotaron tus acusaciones en nuestro encuentro a la entrada del Paraíso? ¿No derramé ya entonces suficientes lágrimas para borrar todos mis errores pasados? ¿No quedé absuelto de todos los pecados para ser digno de contemplar la maravillosa visión?»

«Me estás dando la razón, Dante. Todo eso de que hablas pertenece a la obra, no a la vida.»

«Es cierto, pero también es verdad que la obra es la manera más auténtica y honda de entender y sentir la vida.»

«Luego no haces distinción entre vida y arte.»

«Apenas.»

«Y sin embargo, Dante, no eres capaz de llegar a las últimas consecuencias, de aceptar y reconocer todo eso que tus actos y tu vida entera proclaman.»

«¿Reconocer…?»

«Que eres tú quien pone las palabras en mis labios, que eres tú quien ha dado forma a mi persona».

«Es verdad que siempre has habitado y crecido en la parte más honda de mi alma…pero yo te tomé de una niña, de una joven llamada Bice Portinari.»

«Igual que el dormido oye un ruido leve y sueña con una procesión de tambores».

«Pero la realidad de la vida no es un sueño: el esfuerzo cotidiano por mantenerse en pie y con dignidad, el trabajo continuo por dominar las artes y las ciencias, por desentrañar la maquinaria del universo, las luchas ciudadanas, los amores, inocentes o perversos, el vino, tantas veces amargo, de la amistad. Todo eso es real y sentido. Guido Cavalcanti…»

«No hace falta que menciones a tu amigo. No ha de venir.»

«He polemizado con él en esta oscuridad…»

«¿Con él? ¿Estás seguro de que era él? ¿Cuántas cosas sabía ese Guido que no podía saber porque la muerte se lo había llevado antes, como el contenido de toda tu obra? No, Dante, no has polemizado con Guido.”

«No te entiendo, ¿con quién entonces he estado hablando y disputando?»

«Contigo, sólo contigo. Lo mismo que cuando te explicabas a Angelo o cuando te excusabas ante Gemma.»

«¿Conmigo? Pero ellos hablaban con razones propias, y sus palabras me herían o conmovían, ¿cómo podría ser yo el autor de todo eso?»

«Como lo eres en los sueños. ¿No sueles encontrar en ellos a personas extrañas u hostiles? Y, sin embargo, ¿quién es el único autor de tus sueños?»

«¿Yo…?

«Sí, Dante, en esta oscuridad no ha habido más voces que las que han salido de ti mismo. Pero no sólo en esta oscuridad. También antes, en la escena luminosa de la vida, eras tú quien creaba los personajes y les dictaba las palabras. No sólo a mi persona, a Beatriz, has dado forma. Tu mente ha creado una gran obra, que no se limita a los versos que escribiste. Dante, eres tú el creador del mundo en el que vives. De ti ha surgido todo, como cuando sueñas. Pero ahora has de despertar.»

Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

A continuación, el texto de las razones que di en Facebook de la selección y publicación de estos nueve fragmentos:

Entre el 13 y el 14 de septiembre de 1321 Dante Alighieri, uno de los más grandes poetas que ha dado la humanidad, murió en Ravenna, donde vivía la última etapa de su exilio, forzado, hacía veinte años, por el triunfo de los enemigos políticos en su Florencia natal. Por aquí, apenas se ha conmemorado o dicho nada al respecto. Yo, hace unos años, escribí una novela dentro del estilo que he venido cultivando (Catulo, Cicerón, Schopenhauer, Larra, Petronio). Se titula La alta fantasía (Dante Alighieri) y no se ha publicado. La verdad es que no he puesto especial empeño en su publicación. Ahora me arrepiento. Pienso que, a mi edad, una de las cosas que me consolaría de tener que dejar este mundo sería ver publicada (y leída lo más posible) la obra citada. Y he pensado que, desde algunas redes sociales como ésta, quizá podría llegar mi especie de reclamo a algún editor interesado y valiente. Con este fin, a partir del día 6 de septiembre, publico aquí, mediante enlaces a mi Blog, ciertos fragmentos de la novela, que he seleccionado yo mismo; por orden de aparición en la obra, pero no seguidos, sino salteados.

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento VIII

«¿Y la joven casada, qué será hoy la joven casada, después de veinte años? ¿Lo has pensado alguna vez?»

«Gemma, Gemma Donati. Es su voz, no hay duda. ¿Dónde estás esposa mía?»

«¿Por qué me llamas esposa, si nunca has sido un verdadero esposo para mí?»

«Eres la madre de mis hijos. Eres la mujer con quien me desposé de acuerdo con nuestras leyes y costumbres».

«¿Y el amor, Dante? ¿Y el amor?»

«El amor…»

«Sí, has escrito mucho sobre el amor, pero creo que en verdad no lo conoces.»

«En mis versos…»

«Sí, en tu fantasía, ahí es el único lugar…»

«Te equivocas, Gemma, yo he conocido las delicias y los tormentos del amor, y también aquel amor supremo…»

«No conmigo, Dante, nada conmigo. ¿Qué he sido yo para ti? La persona que te fue adjudicada en matrimonio, la madre de tus hijos, y nada más. ¿No crees que merecía un poco de amor?, ¿no podías haberme concedido un poco de cariño, aunque fuese el que te sobraba del que ibas regalando por ahí? Cuando te fuiste, cuidé de nuestra casa y hacienda y de los hijos sin más ayuda que la de algunas amistades caritativas. Pero los hijos quisieron volar con el padre en cuanto tuvieron alas. Y cuantas veces quise reunirme contigo en el exilio, me rechazaste con vanas excusas: no es el momento, no es vida para ti, espera, más adelante. Y esperaba, y esperaba. Pero ya no espero más, Dante. Ya sé todo lo que has sido, todo lo que eres y puedes ser para mí. Aunque volvieses, aunque ejerciendo tu derecho te vinieses a vivir en tu casa y conmigo, ya no sería la misma para ti. Has pasado por mi vida como un extraño, como un hombre al que, de verdad te lo digo, no he podido conocer. La gente te alababa por tu inteligencia, por tu saber, por tus obras, pero yo sólo veía un hombre seco, huraño, ensimismado que, a veces, urgido por la naturaleza, compartía mi cama. Ése es mi Dante. No he podido conocer a otro. ¿Ha sido culpa mía? Dime, ¿era yo la que no merecía recibir nada de ti?»

«Gemma, aquí no hay culpas ni méritos. La misma voluntad divina que asigna a los astros un lugar en el firmamento nos señala a cada criatura una esfera dentro de la cual podemos ejercer la libertad, pero no abandonarla para pasar a otra. Con toda tu bondad y tus demás virtudes, tú no eras, Gemma, la mujer asignada para despertar en mí aquel amor que guía y salva. Tampoco eras, y esto es un elogio, la mujer destinada a encender aquel otro amor que humilla y destruye. Eras una buena compañera…»

«¿Buena? ¿Por qué entonces te desprendiste de mí? ¿Así se trata a una buena compañera? Mientes, mientes en esto, Dante. Quizá mientes en todo».

«No, no miento. Digo la verdad, siempre digo la verdad. Eras buena compañera en la vida ordenada de la ciudad, pero ¿habrías soportado las penalidades del exilio? No quise hacer la prueba».

«Sigues mintiendo, Dante. Di la verdad: pensabas que en tu peregrinar por el mundo yo habría sido una molestia para ti. En cada corte habría sin duda alguna mujer hermosa… ¿cómo te las arreglarías con tu Gemma al lado? Esa es la verdad, la triste verdad. Reconócelo.»

«Gemma, reconozco que el egoísmo de la libertad tuvo que ver con mi decisión, pero las tentaciones habrían sido las mismas, y no me hubiese librado de ellas tu compañía, como no me había librado en la ciudad. De todos modos, te ruego que me perdones por el daño que he podido hacerte, el inevitable, nacido del designio divino, y el evitable, nacido de mi egoísmo. Sé que el tiempo se acaba y hay que arreglar los asuntos y cuadrar las cuentas. Con humildad te suplico que me perdones… ¿Me oyes, Gemma?…¡Gemma! ¿No quieres responder? ¿Estás ahí?…Gemma, dime algo, por favor»…

 

Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento VII

En la corte de Verona hay fiesta y alegría. Su príncipe, Cangrande della Scala, acaba de regresar de tierras alemanas; ha prestado juramento de fidelidad al emperador Federico de Habsburgo y ha sido oficialmente nombrado vicario imperial en Verona y Vicenza. La noticia despierta en Roma la cólera del pontífice, que al momento envía a Cangrande un ultimátum con amenaza de excomunión si no renuncia de inmediato al título imperial. El príncipe ignora la amenaza papal, que no se hará efectiva hasta pasado un año.

Pero ahora corre el mes de abril del año 1317 y en Verona hay fiesta y alegría. Una semana larga duran los festejos, en los que nada falta. Bailes, torneos y cenas fastuosas con la inevitable presencia de saltimbanquis, titiriteros, bufones y magos de taberna. Yo, naturalmente, no puedo sustraerme al espectáculo, tan gozoso para la mayoría, tan insoportable para mí. Ahí está Ciutti, por ejemplo, el aclamado gracioso, cada una de cuyas poses obscenas y ocurrencias indecentes arrancan risas y aplausos de entusiasmo de los presentes. Cuando, como suele hacer con el público de sus “espectáculos”, Ciutti se me acerca para obsequiarme con una de sus «gracias», no puedo evitar un gesto ostensible de rechazo y repugnancia, gesto que es captado por Cangrande con asombro. Días después, luego de un largo cambio de impresiones sobre las posibles consecuencias de la decisión papal, cambiando el tono frío de político experto por el más cálido de afable compañero, me dice Cangrande:

«Parece que no te lo pasaste muy bien la otra noche. ¿No fue de tu gusto el espectáculo?»

«Conoces bien mis gustos, señor».

«Sí, y la verdad es que no consigo entenderlo del todo. No creo que la poesía esté reñida con la vida alegre. Tú mismo me has hablado a veces de Catulo, de Marcial, de Ovidio y de cómo compaginaban los goces de la vida con el rigor de la obra.»

«Los goces de la vida, precisamente. Nada había en la pesadilla de la otra noche que me recordase el menor goce».

«Dante, a veces no se si eres una persona realmente excepcional o si, sobre todo, te gusta aparentarlo. La otra noche no sólo nos acompañaban cortesanos estúpidos y nobles incultos, como sé que sueles calificarlos; había también, eclesiásticos, notarios y distinguidos hombres de ciencia. Y todos, todos disfrutaban con el espectáculo. Todos menos tú. ¿Por qué, Dante? Me gustaría que me lo aclarases. ¿Por qué todos saben disfrutar con las locuras de Ciutti y tú, que eres tan inteligente, no sabes?»

«Si supieses que la base de todo entendimiento entre personas está en la paridad de las costumbres y en la semejanza de las almas, no me harías esa pregunta»

«Bien,…si no lo he entendido mal, quieres decir que todas aquellas personas, yo incluido, lo pasábamos tan bien con Ciutti porque somos tan locos y desgraciados como él.»

«No he dicho eso, señor, ni puedo pensar algo así del príncipe que me merece el máximo respeto y del que sólo he obtenido beneficios tanto en mi persona como en las de mis hijos. Sólo he puesto un ejemplo extremo para que la verdad, que a veces anda escondida, destaque con más fuerza.»

«Vamos a dejarlo, Dante. Sé muy bien que, con las palabras, eres invencible. Por cierto, ¿cómo va la obra?»

«Avanza, lentamente pero avanza».

«¿Necesitas algo?»

«Lo tengo todo. Y si algo me falta, no está a tu alcance proporcionármelo.»

«Pero me agradaría saberlo.»

«Sólo echo de menos…un ambiente tranquilo, sosegado, culto, donde el saber y la cortesía reinen sin competencia».

«Reconozco que nuestra corte tiene de todo menos tranquilidad y sosiego. Pero tú puedes hacer tu vida sin que nadie te moleste, lo sabes muy bien. Y si quieres, por mi parte estoy dispuesto a prescindir de tu consejo político si así puedes dedicarte mejor a tu obra».

«Tu generosidad no tiene límites, señor. Pero hay otra cosa. Y es que los poetas no somos pequeñas islas en medio del océano. Cualquier hombre de letras necesita comunicarse con los de su mismo oficio».

«En eso tienes razón. Verona no es Ravenna, donde el mismo príncipe ejerce de poeta. Esta ha sido, desde hace tiempo, una de las carencias de Verona, que quise subsanar cuando te invité a venir aquí. Pero el intento no ha tenido éxito, porque todos los hombres de letras a quienes luego he llamado han declinado la invitación. ¿No será que tu presencia los espanta, Dante?»

«O quizá que han previsto mejor que yo la situación.»

Ver:  https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento VI

Paseo por los jardines del palacio. Me gusta caminar, porque es así como las ideas, a veces los versos ya formados, van saliendo del fondo de mí mismo. Solo temo encontrarme con alguien que me fuerce a interrumpir mis pensamientos. Como el otro día Francesco, el secretario del Príncipe. Por fortuna no suele pasear: sólo se traslada de un punto a otro, con un rollo en la mano y acompañado siempre de ayudantes. Es evidente que no soy persona de su agrado. He aparecido en la corte como un competidor suyo, pues algunos de los encargos que el Príncipe me confía son robados, piensa él, a su exclusiva competencia…Oigo voces. Son voces melodiosas, de mujer. Las reconozco: la Princesa, hermana de Cangrande y su prima Matilde. Se acercan. No puedo evitarlas. Tampoco lo deseo.

«Dichosos los ojos que te ven, Dante», dice la Princesa. Y Matilde:

«Nos preguntábamos si acaso andabas lejos de Verona, en alguna misión oficial». Y la Princesa:

«O si nos habías abandonado para siempre… Dante ¿es eso posible? ¿Es posible que un día nos dejes para siempre?»

«Tan posible como que Florencia caiga del lado de la justicia, señoras. Mientras eso no ocurra, podéis tener la certeza de que, para mí, no hay más tierra ni cielo que los de Verona».

«Sabemos que eres experto en las cosas del Cielo», dice Matilde. Y la Princesa:

«Y del Infierno. ¿Es cierto lo que dicen? ¿Que visitas cuando quieres las regiones infernales y que el color tostado de tu piel es obra de su fuego?»

«Dicen tantas cosas de mí, señora…Y sin embargo es verdad. Es verdad que he visitado el Infierno, y el Purgatorio, y que ahora mismo estoy en el Cielo»

«No sé cuánto hay de lisonja o de burla en tus palabras, querido Dante, pero tú debes saber que el amor y la admiración que aquí te tenemos todos, empezando por mi noble hermano, no lo has de encontrar en ninguna otra parte, y que en cualquier alma gentil eso exigiría una correspondencia»

«¿Acaso no correspondo? ¿No es correspondencia servir al Príncipe en todo y continuar escribiendo la obra, que al cabo también he de ofrecerle?»

«No acaba ahí, en las secas obligaciones, la cortesía debida. Nunca te vemos en las fiestas, en los bailes, apenas en las celebraciones oficiales. ¿Qué ocurre, Dante? ¿Te espanta la sociedad? ¿O te crees realmente un dios que puede viajar al más allá y despreciar por estúpidas las ocupaciones y diversiones de los mortales?»

«Sé muy bien que estoy hecho del mismo barro que todos los mortales. En cuanto a si me espanta la sociedad… la vida es corta, señora, y hay que emplearla en tareas nobles».

«Estar aquí, con nosotras, es una pérdida de tiempo, quieres decir»

«Ni quiero ni puedo decir eso. Dos damas gentiles no forman una sociedad. Pero cuando el número aumenta…»

«Atento, Dante, que empieza a aumentar. Ahí viene el secretario Francesco. Pero no te preocupes, nosotras nos retiramos, no sea que formemos sociedad»

Cruel castigo a mis palabras. Se alejan las dos mujeres y se acerca Francesco.

«Buenos días, Dante. Poco se te ve últimamente. ¿Dónde te escondes?»

«Buenos días, Francesco. No me escondo. Hago mi vida, que no suele coincidir con la que hacen los cortesanos.»

«Todos sabemos que eres una persona muy singular. Pero quizás has olvidado que estás bajo la protección del Príncipe y que le debes, permíteme que te lo diga…»

«Permíteme que te interrumpa, Francesco, pero esa lección me la acaban de dar dos personas de más alta calidad y la tengo bien aprendida. Otra cosa es si sabré aplicarla».

«Luego reconoces que tu comportamiento no es el de un caballero cortés»

«Conozco muy bien los defectos de mi comportamiento y si permito que alguna dama los apunte gentilmente, no admito de ningún modo que un secretario los señale».

«Tu orgullo te pierde, Dante. ¿Quién te crees que eres? Que hayas escrito unos cientos de versos y embaucado a tantas personas de buena fe con tus fantasías sobre el más allá no te convierte en alguien especial. ¿Piensas que con esas artimañas puedes asegurarte el favor de los príncipes? Te equivocas, el favor de los príncipes, que es como decir la fortuna en la vida, no se consigue urdiendo fantasías. Se alcanza con el esfuerzo continuado, con el trabajo honrado y tenaz, con la dedicación desinteresada, con la entrega total a las tareas que a uno le corresponden… Perdona, pero tú ¿qué haces aquí? De acuerdo, Cangrande te asigna de vez en cuando alguna tarea o misión que quizá imaginas muy importante, y es que no te das cuenta de que son sólo migajas de caridad para el ocioso que un día fracasó en la política de su ciudad. Porque Cangrande solo confía y confiará en mí. Y ahora te daré un consejo: no abuses de la paciencia del Príncipe, que ya está llegando a su límite.»

«Hablamos idiomas diferentes, Francesco, o nos movemos en mundos distintos, no sé. Yo no aspiro al favor de Cangrande, sino a conservar su amistad. Yo no fracasé en la política de mi ciudad, sino que mi partido fue derrotado por una alianza invencible de enemigos. Y además, en esa política, mi actuación ocupaba un espacio limitado junto a la actuación de otros ciudadanos. Comprendo que alguien que siempre se ha arrastrado ante señores soberanos no pueda entender cómo funciona una república de ciudadanos. Y aún comprendo mejor que alguien que no va más allá de los protocolos de cancillería no pueda recibir el espíritu que alienta en unos versos dictados por la alta fantasía. Pero no te preocupes, Francesco, no me tendrás aquí por mucho tiempo.»

Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento V

Finalmente, en un lugar situado entre la realidad y la fantasía, muy cerca del Ponte Vecchio, tuvo lugar el encuentro soñado. Primero apareció Giovanna, la que había sido dama de Guido, y me saludó y me dijo:

«Prepárate, Dante, y acomoda tus ojos, que la luz que tanto esperas viene detrás de mí».

Y así fue que detrás del Precursor se presentó el Amor. Mi corazón, al que tanto había ejercitado, se inundó de una alegría santa, mientras mantenía su dominio sobre los espíritus corporales, de manera que pude saludarla y avanzar una palabras:

«Buenos días, señora. Si vas sola, y si me lo permites, puedo acompañarte».

«No voy sola, Dante, Giovanna me acompaña. Es verdad que ahora se ha adelantado un poco, supongo que para hacer un favor a alguien».

«No seré yo ese alguien, que sólo de ti puedo esperar favores».

«¿Qué favores?»

«La luz de tu mirada, el cielo de tu sonrisa.».

«Veo que has aprendido a hablar. Ha cambiado mucho aquel joven tímido de casa Frescobaldi».

«Estaba desprevenido. Fue terrible, sí. Y lo peor es que resulté gravemente herido».

«Por ti mismo, supongo. No vi que se usase ninguna arma contra ti».

«No podías verla, porque los ojos no pueden verse a sí mismos».

«¿Quieres decir que yo te herí?»

«Tus risas, tus burlas fueron el castigo más cruel que nunca se me ha infligidoporque tú no ignorabas la causa de mi trastorno».

«No, no la ignoraba. Y en cambio tú, con ser tan sabio como dicen que eres, ignoras cosas elementales de la conducta humana. Dante, si yo no me hubiese reído como todas, de algún modo habría declarado que conocía y aceptaba el motivo de tu trastorno. ¿Acaso esperabas que me comprometiese de una manera tan necia?»

«Bendito sea el Cielo, que me ha permitido oír estas palabras. Cuántas lágrimas me hubiese ahorrado si las hubiese oído tiempo atrás. Bendita seas, Beatriz».

«Dante, debes refrenar tu imaginación, debes vigilar tu fantasía. He leído alguno de tus poemas y sé de ti más de lo que te piensas. Pero hay algo que no entiendo: ¿qué buscas en mí?»

«Gran atrevimiento, y gran falsedad, sería decir que busco algo en ti. No busco, espero. Espero aquello que honestamente me puedes dar: tu sonrisa, tu mirada. Ellas solas alimentan este amor que ya no cabe en mi alma y que ha de manifestarse en continuas alabanzas y quién sabe si en algo maravilloso que un día concebiré».

«Hablas como en los versos, pero has de tener cuidado. Una palabra, que en una canción es adecuada, puede resultar inconveniente dicha a una mujer casada, y a solas».

«¿Amor? No te preocupes, Beatriz. Los matrimonios y los amantes vulgares han usurpado este nombre. El amor del que yo hablo es hijo de las estrellas; sólo un corazón noble puede sentirlo».

«Insistes en la poesía. Me parece bien. Por ese camino sí puedo seguirte.»

«No. Tú vas delante, para iluminar la senda de mis versos».

«Así seaY tú, persevera, Dante, persevera.»

«Con todo mi amor».

«Con toda tu fantasía».

Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento IV

También es mayo, pero tengo dieciocho años. Hay fiesta en casa de los Frescobaldi. Acudo acompañado de Dino. Él ha insistido, para que me distraiga, para que reparta mi atención entre tantas muchachas hermosas (¿hay alguna muchacha en Florencia que no sea hermosa?), para que olvide ese «fantasma», dice, que se ha apoderado de mi mente. Pero ese «fantasma» es muy real. Sólo hace unos días que me crucé con ella, acompañada por dos amigas, junto al Ponte Vecchio. Cuando me vio, sonrió, y de sus ojos partió el alegre rayo de una mirada que reavivó el fuego del amor, prendido en mi corazón hacía nueve años… Sólo tengo pensamientos para ella, ¿cómo podré comportarme en sociedad, si todo lo que no es ella o su recuerdo se me antoja triste y vacío como la misma muerte? Pero Dino insiste, y yo le acompaño. Nada más entrar en el jardín, Dino me señala un grupo de jóvenes damas que, formando corro, charlan y ríen animadamente.

«Aquella es mi hermana, dice. Buena ocasión».

Nos acercamos al grupo. Cuando Dino se dirige a su hermana, se vuelven todas para mirarnos. Entre ellas, Beatriz. Esta vez no puedo resistir el choque de su mirada con la mía. Palidezco, tiemblo, toda la sangre del cuerpo acude a socorrer al corazón herido, y un frío de hielo paraliza mis extremidades.

«¿Qué le pasa a tu amigo?», oigo que dicen. «¿Ha visto algún monstruo?»

Dino se vuelve hacia mí y yo me apoyo en su hombro para no desfallecer.

«Alguna flecha le ha herido, sin duda», son voces femeninas sin piedad.

«Hay mucho Cupido revoloteando en primavera».

Ríen. La miran y me miran, y ríen, y ríen. Ella también ríe, ella también

Si fuese éste un amor como los otros, primero, yo no hubiese palidecido, segundo, habría sabido hallar el camino de la venganza sin pararme a pensar en el motivo de la aparente burla. Pero todo lo que pude hacer fue retirarme, acompañado de mi amigo, y encerrarme en mi habitación, acompañado sólo de mis lágrimas. Y yo me decía: si ella supiese la causa de mi lamentable trastorno, no se burlaría, porque sé que su corazón no es una piedra, y sólo una mujer con corazón de piedra puede reírse de los extraños efectos de un amor tan verdadero como el mío, tan verdadero como creo que nunca ha existido entre hombre y mujer.

Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento III

Bonifacio me repasa de arriba abajo con la mirada, para clavarla luego en mis ojos.

No estoy contento de vosotros, Dante, lo sabéis bien. ¿Qué pretendéis ahora?

La justicia.

La justicia, la justicia ¿Qué se entiende ahora en Florencia por justicia? ¿Es justicia que, después de protegerla de la codicia del emperador se vuelva contra su protector? ¿Es justicia que me niegue la colaboración debida para ayudar al devoto rey francés? ¿Es justicia el trato criminal que dio a mi legado el Cardenal Acquasparta? ¿Es justicia que una ciudadela de mercaderes niegue el pan y la sal al vicario de Cristo en la tierra? ¿Es justicia que la hija de Roma apuñale los pechos que la amamantan? ¿Es eso justicia?

Permitidme que os diga, señor, que me parece estar oyendo la opinión de una parte, no las palabras de un juez.

Eres muy osado, Dante, muy osado. Parece que no te das cuenta de quién tienes delante. Muy osados sois en Florencia, sí, o muy locos. Y ya sabes: quos deus vult perdere dementat prius. ¿Qué habéis hecho con mi buen hijo Corso Donati?»

Florencia resuelve sus asuntos con sus propias leyes, y cada uno de nosotros es una parte insignificante en este proceso.

Qué lenguaje tan extraño, y qué hipócrita. Las leyes son lo que los hombres que mandan quieren que sean, y por encima de las leyes y de los hombres está la voluntad de Dios.

Eso creo.

Y el vicario de Cristo en la tierra encarna la voluntad de Dios.

Un instante de silencio.

¿No es así? Responde, Dante, ¿no es así?»

Encarna la voluntad de Dios, porque todo cuanto sucede, sucede porque Dios quiere, o lo permite. Pero la intención de Cristo al delegar en Pedro…”

Ah, sabes tú cuál fue la intención de Cristo al delegar en Pedro, ¡fantástico! No eres clérigo, ni has estudiado teología en Bolonia ni en París, pero sabes cuál fue la intención de Cristo, ¡formidable! Supongo que has leído los Evangelios y has sacado tus propias conclusiones, ¡enhorabuena! Pero ve con cuidado, Dante, con mucho cuidado. Conozco a esa gente que va hablando por ahí, diciendo que si la pobreza, que si el Espíritu Santo, que si la Iglesia habría de ser así o asáDios mismo, para escarmiento, nos permitió tener a uno de esos en esta casay ya sabes cómo acabó. Pero dime, cuál fue, según tú, la intención de Cristo. Oigamos el Evangelio según Dante».

«Disculpadme, señor, pero no he viajado tantas leguas para discutir de teología con quien debe dominarla mejor que nadie. El asunto que me ha traído aquí«

«Eso puede esperar. Antes, es mi deseo que tengamos un poco de conversación. Tienes fama de poeta, dicen que eres un gran poeta. A mí también me interesan las letras humanas, pero lamentablemente no puedo dedicarles mi tiempo. Por eso me gusta, cuando puedo, conversar con auténticos hombres de letras aunque sean auténticos enemigos«

«Señor«

«No te esfuerces, Dante. Tengo informes que reproducen al pie de la letra tus intervenciones en los consejos florentinos. Pero insisto, eso puede esperar. Y veamos, cuál fue según tú la intención de Cristo al delegar en Pedro».

«Que Pedro y sus sucesores le representasen en la Tierra para mantener unida la grey cristiana en la observancia de las virtudes que predicaba: la pobreza, la humildad y la mansedumbre».

«Y la obediencia. Pero resulta que la obediencia sólo se consigue con ciertos medios que Cristo, por ser Dios, no necesitaba, pero que sí necesita su vicario en la Tierra».

«Esos medios pertenecen al mundo que Cristo quiso dejar al César. Mi reino no es de este mundo, dad al César lo que es del César. No he de ser yo quien os recuerde estos preceptos».

«No hay contradicción entre los preceptos de Cristo y la realidad de la Iglesia, si es eso lo que insinúas. Escucha, y escucha bien, que esta es una verdad histórica que puede explicarse con la sola ayuda de la razón. Es cierto que por indicación o, mejor dicho, por tolerancia divina, el César mantuvo al principio todo el poder temporal. Pero llegó el día que, viendo las necesidades de la Iglesia y sin duda por inspiración divina, el mismo César, en la persona de Constantino, hizo donación al sucesor de Pedro de los elementos materiales y jurídicos para que su Iglesia se constituyese en poder público, de manera que hoy, como siempre, la Iglesia es un poder espiritual, pero además, desde la donación de Constantino, es también un poder temporal, tan legítimo como el Imperio. Y dado que lo espiritual prevalece sobre lo temporal, el poder de la Iglesia es soberano y absoluto en todos los frentes».

«Opino que esta es la historia de un malentendido, porque nadie crea o alimenta a sabiendas a su enemigo. Quiero decir que, si Constantino dotó de riquezas y poder a la Iglesia fue para que ésta pudiese cumplir mejor sus fines propios, atendiendo a los pobres y a los desvalidos, no para que se erigiese en un poder autónomo o incluso enemigo, como tantas veces ha venido ocurriendo para confusión y escándalo de los fieles».

«Me sorprendes, Dante, te creía güelfo, como tu familia. ¿Qué ocurre? ¿Te has pasado a los gibelinos? ¿Crees ahora que es mejor para Florencia el guante de hierro del Imperio que la mansa mano de la Iglesia?».

«Siempre he creído que lo mejor para Florencia es lo que sus ciudadanos deciden».

«Absurdo, absurdo. Absurdo y herético, te lo advierto. Todo poder viene de Dios, lo dice el Apóstol: non est potestas nisi a Deo. Y dime tú, ¿desde cuando Dios ha trasmitido su poder a mercaderes, artesanos o banqueros? No me hagas reirEl agua del poder que viene de Dios mana directamente de la fuente de su vicario en la Tierra. Incluso el emperador, sí el emperador, debe recibir de nuestras manos la consagración de su poder para que quede limpio de su antiguo y pecaminoso origen pagano. Por eso, toda oposición a mi voluntad es oposición a la voluntad de Dios; por eso, toda resistencia a mi soberanía es pecado, nefando pecado. Y no hay más que decir».

«Si me lo permitíshe venido hasta aquí para hablar de otro asunto».

«Habla ya».

«Señor, por la paz y la felicidad de toda la Toscana, el gobierno de Florencia humildemente os suplica que anuléis el nombramiento dado a Carlos de Valois y que impidáis que entre con sus tropas en Florencia».

«¿Eso es todo? Bien, la audiencia ha terminadoAh, y no saldrás de Roma sin mi permisoAún tenemos temas que tratarla poesía, ¿eh? La poesíaGuardia, acompaña al embajador de Florencia a su residencia».

Ver :  https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

           https://antoniopriante.com/2014/11/02/dante-o-la-alta-fantasia-i/

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento II

Yo no sé cómo Corso, entre cuyos parientes hay personas tan inocentes como mi esposa Gemma o tan encantadoras como su hermano Forese y su hermana Piccarda, ha llegado a reunir en su persona todos los vicios, todas las malignas cualidades de los enemigos de la justicia, pues si hay dos conceptos que hoy se excluyen mutuamente, estos son Corso Donati y Bien Común. El egoísmo, la prepotencia, la violencia, la brutalidad, la barbarie, en suma, por muy noble que sea su familia, son los rasgos característicos de su persona y sus acciones.

¿Quiénes pueden sentirse representados por un individuo así? ¿Quiénes pueden creerse que su causa puede ser defendida por alguien que no tiene más causa que sus intereses singulares de gran señor? Cuatro como élPero también, todos los magnates, güelfos o gibelinos, que nunca han aceptado el gobierno que libremente se ha dado el pueblo; pero también, esa parte del pueblo bajo, obtusa y gregaria, siempre dispuesta a aclamar a quien sabe deslumbrarle con la espada; pero también, y esto es lo peor y más amargo, aquella potencia extraña que no cesa en sus intrigas para devorar nuestra república y que ha convertido a Donati en su peón avanzado

Sí, es duro y amargo tener que llamar a Roma potencia extraña, cuando ella es la madre de Florencia, la forjadora del mundo civilizado, la creadora de aquel orden supremo que nunca debió romperse. Pero esa Roma ya no existe. Abandonada por los nuevos emperadores, que ya ni siquiera osan visitarla, es hoy un lugar siniestro donde reinan la corrupción y el engaño.

El que, blasfemando, dice ser el sucesor de Pedro y es en realidad el asesino de la pobreza que predicó Cristo, amasa oro para levantar ejércitos, reclama alianzas para estrangular enemigos, mantiene agentes para derribar gobiernos, y todo ello con el fin perverso de imponer su dominio temporal sobre tierras y ciudades, arrebatando al emperador sus atributos y a los pueblos sus libertades. Por eso, Guido, la actitud que hay que mantener ha de estar inspirada en la razón del bien, que siempre, por tarde que sea, sale triunfante de la sinrazón del mal. Por eso, Guido, las acciones precipitadas y violentas, los actos temerarios y salvajes, como tu loco intento de matar a Donati, no tienen sentido ni han de tener cabida en nuestro modo de actuar. Aspiramos, yo al menos, a vivir en una república ordenada: pues ordenemos primero nuestros actos.


Ver Dante, La alta fantasía

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LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento I

Las nubes se han rasgado y la claridad se abre paso, extraña luz. ¡Qué paisaje tan hermoso! Lo reconozco. Aquello es Fiésole, encaramada en la colina, y a sus pies, abrazada al río, la ciudad. Nunca creí que pudiera verla desde esta altura. Es como si suavemente volase sobre un ángel alado. El palacio de la Señoría, Santa Maria Novella, y San Giovanni, donde recibí las aguas bautismales, y más allá, el barrio de San Martino, donde nací… Y ésa es mi casa natal, pero no estoy ahí. Falta una hora para el mediodía y no estoy en la casaYa sé, he salido con mi padre. Le acompaño a casa de los Portinari. Son gente muy rica y muy buena, Dante, supongo que me harás quedar bien. ¿A ver? Estás muy guapo. Si tu pobre madre pudiese verte…”

Es el primer día de mayo y la primavera estalla por doquier, en la hierba que rompe la tierra dura de las calles, en las flores de los árboles que asoman sobre los muros de los huertos urbanos, en la verde enredadera que trepa por esos muros, en el trinar incesante de los pájaros. Las calles de Florencia huelen muy bien, nunca lo había notado como ahora. Es muy hermosa mi ciudad. Aún no he cumplido nueve años pero ya siento que la amo con todo mi corazón. Enseguida estamos. Cruzamos la calle Santa Margherita y llegamos a Corso Por San Piero.

En casa Portinari hay un amplio jardín reservado para los niños. Se sirven dulces y refrescos. Y entonces sucede aquelloaquello que ninguna lengua humana puede fielmente describir, aquello que ninguna mente humana puede correctamente razonar, aquello que sólo la poesía, la alta fantasía, puede imaginar…

¿Quién era aquella niña, papá, aquella niña, vestida de rojo, a quien todos llamaban Bice?

¿Bice? Ah, ya, Beatriz, la hija de Folco Portinari. Es guapa, ¿verdad?¿Qué te pasa, hijo? Estás pálido como un muertoAlgo no te ha sentado bien.

Papá, beatus quiere decir feliz, ¿no?

Eso creo¿en qué estás pensando?

Contesté con un suspiro, y seguí caminando hasta casa, pálido como un muerto, porque, en efecto, aquel que hasta entonces era acababa de morir. Incipit vita nova.


Ver: https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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Mi único deseo

«Cada vez iré sintiendo menos y recordando más» (Julio Cortázar)

Vengo con frecuencia a este Paseo

que no conduce a ninguna parte.

Solo a mi pasado.

Pero nunca llego,

nunca alcanzo el lugar que busco.

A veces parece que está ahí mismo:

paso ante al Colegio de la infancia,

las piedras de sus muros me saludan,

tú estuviste aquí, dicen, nosotras

te protegíamos de la realidad del mundo,

aquí soñaste que serías

lo que no has sido,

¿qué se hizo de tus sueños?

Se han cumplido, respondo,

en una pequeña y ridícula parte,

mas ya no importa,

mi único deseo es 

sentir ahora como sentía entonces,

un instante siquiera.

Imposible

– sonríen las piedras del muro del Colegio -,

nadie vuelve a sentir

como ha sentido.

 

 

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Una novela moderna

Hace tiempo que no leo novelas. No por una razón concreta. Es una costumbre impuesta por la costumbre. Quiero decir que no obedece a un propósito consciente. Solo que, un buen día, me di cuenta de que en mis lecturas ya no figuraban novelas.

Preciso: no leo novelas contemporáneas, y menos aún novelas contemporáneas de autores españoles.

Hay excepciones, como es natural. Una norma sin excepciones es un engendro monstruoso que ni siquiera puede tenerse en pie, y está comprobado que, a veces, lo mejor de las normas son las excepciones.

Hace unos años incurrí en una de esas excepciones. Me habían hablado tanto y tan bien de cierto escritor español de moda que no pude resistir la tentación de leerlo. El resultado fue: un interés sostenido al principio, que se fue transformando en un cansancio infinito.

Ahora mismo, hace unos días, he incurrido en otra excepción. Se trata de una novela que he llamado moderna con calificativo quizás impropio. Y es que “moderno/a” es un adjetivo que, aunque quiere expresar lo contrario, siempre sabe a antiguo, “nada más antiguo que lo que ayer mismo era moderno”, dice no sé quién. El autor es un escritor español muy bregado en las técnicas literarias, en las que es maestro en el sentido literal de la palabra. Y eso se nota. Ya lo creo que se nota.

La escritura, clara, precisa, avanza desde el primer momento con la seguridad de la máquina bien ajustada. Una familia norteamericana llega a Italia con un motivo luctuoso… El autor es español, pero el narrador-protagonista es americano (estadounidense, se dice desde hace no mucho tiempo), aunque en nada se notaría la circunstancia ibérica de la autoría si no la delatase precisamente esa querencia, común a tantos creadores europeos, por los productos más típicos de Hollywood. Las breves escenas del matrimonio yanqui, con hija en este caso, en un hotel de Europa le traen a uno el vago pero persistente recuerdo de algunas películas americanas de diversos géneros.

Y no se agota ahí la influencia cinematográfica. El lector, o al menos el lector que soy yo, no puede leerla sin sentirse sumergido en el mundo de las películas. El ritmo, la intriga, los fundidos en negro atrás y adelante sin previo aviso, (lo que puede descolocar al lector desprevenido, pero no por cierto al lector curtido, que advertirá en todo ello signos claros de maestría),  además del evidente contenido filosófico-existencial del drama, hacen de esta novela una obra muy estimable, una obra maestra, diría.

Y conste que lo de la influencia cinematográfica no es un reproche – nada digo como reproche, sino todo como curiosa observación. En toda la historia de la cultura las diversas ramas del arte se han ido influyendo, copiando, intercambiando rasgos, modos, conceptos. La escultura, la arquitectura, la música, la poesía, la novela, el teatro, el cine, han ido creciendo y desarrollándose gracias, entre o tras cosas, a la influencia intensiva de unas sobre otras. Por eso, decir que una novela como la novela en cuestión no habría podido existir si previamente no hubiese existido el cine no es un reproche sino la constatación de un hecho que en nada merma la calidad de la obra.

La calidad de la obra es evidente. Esto se palpa con la lectura de las primeras líneas y se afianza y fortalece a medida que el relato avanza. El narrador-protagonista, hombre entrado en años, que fue reportero en Europa tiempo atrás, va alternando las vivencias del presente en Italia con la familia, ya eventualmente rota, con los recuerdos de su pasado en América y, sobre todo, con los de sus antiguas experiencias europeas.

Allá mismo, en una pequeña ciudad situada entre el mundo itálico y el eslavo quedó atrapado por el nacimiento del fenómeno que, poco después, había de devorar a media Europa. Destacado por su periódico para entrevistar a la figura clave de aquellos años y lugares, se siente poco a poco magnetizado, absorbido por la fuerza nueva, joven y avasalladora que había de barrer lo podrido y levantar la nueva patria.

En el recuerdo de aquellos meses apenas se reconoce: libre de la moral aprendida y abducido por el culto viril y pagano de la fuerza y la violencia. Y es testigo – aunque apenas medita sobre el hecho – del extraño maridaje entre el decadentismo exquisito del líder y poeta y el zafio salvajismo de los fieles que lo arropan. (Por cierto, he encontrado algún testimonio gráfico espeluznante sobre el fenómeno).


El joven periodista llega incluso a participar en una acción brutal colectiva, hecho que recuerda con incredulidad y asombro. Pero cuando la fascinación y el deseo le impulsan a tocar un fruto prohibido, la maquinaria represora y cruel  del «nuevo estado», hecho todo de fanfarrias y cloacas, que lo tenía vigilado desde el principio, se pone en movimiento.

El lector asiste entonces a un admirable despliegue de suspense y terror, vibrante y efectivo  incluso para un lector tan poco ingenuo como el que esto escribe.

Pero el desenlace no se ha de producir  cuando se cierran los recuerdos, el enigma no se ha de descifrar hasta el tiempo presente del viejo reportero. Es entonces cuando se despeja la última incógnita.

La novela tiene muchas virtudes, lo he dicho y lo repito, pero quizás adolece de un defecto. Un defecto, por llamarlo así, que no sería tan evidente si las virtudes aludidas  no fuesen tan clamorosas.

Y es que, siempre, el seguimiento de un intriga perfecta hace concebir la esperanza de un desenlace a la altura.

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Del Infierno y sus alrededores

Del mismo modo que no recuerdo cuándo empecé a andar, no puedo precisar el momento en que oí hablar por primera vez del Infierno. Supongo que fue en la infancia más lejana, y con seguridad a mi madre, no a mi padre.

Muy poco después, en el colegio – religioso – me confirmaron su existencia, aderezándola además con toda suerte de descripciones pintorescas. Pero enseguida quedó claro que lo peor del Infierno no eran los tormentos, más o menos ingeniosos, a los que se sometía al pobre condenado. Lo peor era la eternidad. Eternidad quiere decir que no se acaba nunca.

Por un instante de placer, una eternidad de tormentos, advertía el cura con toda la seriedad del mundo. Era como para pensárselo. El placer, por supuesto, era el de siempre: el único pecado que tenía obsesionada a aquella ensotanada gente. Un joven que permanece en la cama una hora despierto no puede ser bueno. Y todo el mundo lo entendía, eso que resulta tan difícil de entender a los que no fueron los adolescentes de entonces.

Dejando aparte su problemática existencia objetiva – ya cuestionada por los librepensadores desde hacía por lo menos dos siglos -, el Infierno tenía una función muy clara: ejercer de gendarme del orden social, contener a los díscolos (y aquí, más que lo sexual importaba lo social) con la amenaza del fuego eterno si se rebelaban contra el poder bendecido por el altar. La primera tarea de los revolucionarios fue liquidar el Infierno. Está por ver si lo consiguieron.

A lo largo de la historia el Infierno ha ido cambiando de formas, de contenido y de función. Es de suponer que los primeros creyentes, y por lo menos hasta el Renacimiento, lo tenían por muy real. Y sin embargo, es muy difícil de creer.

Es muy difícil creer que Dante Alighieri creyera en la existencia física del Infierno. Pensamos que un hombre tan racional y hasta racionalista como él – aunque fuera al mismo tiempo tan poético y tan místico como nadie – no podría aceptar tales mitos. Pero quizá pensamos mal. O no conocemos lo suficiente el ambiente social y mental de la Edad Media.O no conocemos lo suficiente a Dante, que es lo más seguro. Nadie lo conoce lo suficiente. Incluidos los expertos dantistas.

A veces, el poeta toscano permite que alguno de sus lectores no profesionales atisbe alguna clave de su mundo secreto y apenas entreabierto. Como se lo permitió al filósofo Santayana.

A los condenados en el Infierno, señala Santayana, apenas se les ve sufrir por la acción de los demonios. Sufren porque, violando el orden moral, se han convertido en aquello que deseaban. Idea que el mismo filósofo comenta con estas palabras:

El castigo, parece entonces decir [Dante], no es nada que se agrega al mal: es lo que la pasión misma persigue; es el cumplimiento de algo que horroriza al alma que lo deseó.

Así, Paolo y Francesca, los amantes adúlteros, vagan abrazados, eternamente empujados por un viento constante. ¿No es esto lo que deseaban?, cabe preguntarse. Sí, y en su cumplimiento eterno consiste el castigo. Porque

el amor ilícito –sigue Santayana– está condenado a la mera posesión, posesión en la oscuridad. Sin un ambiente. Sin un futuro.[…] Entrégate, nos diría Dante, entrégate completamente a un amor que no sea más que amor, y estarás ya en el Infierno. Solo un poeta inspirado podría ser tan penetrante moralista. Solo un profundo moralista podría ser tan trágico poeta.

A lo largo de la historia el Infierno ha sido muy transitado, además de por los condenados, que lo conocen por dentro, por toda suerte de teólogos, inquisidores y predicadores, quienes afirman conocerlo muy bien desde fuera.

Hasta que, hace aproximadamente un par de siglos, empezaron a asomar unos nuevos frecuentadores del Infierno. Los escritores-poetas, gente extraña y bastante retorcida que se entretiene con unos juguetes muy especiales. Uno de esos juguetes se llama metáfora y consiste en referirse a una cosa con el nombre de otra con la que tiene un lejano parentesco. Y así, con la palabra infierno, pueden nombrar “el fondo de lo desconocido” (Baudelaire), la angustia creativa del poeta (Rimbaud), el transporte etílico insuperable (M. Lowry) o, en un alarde de egocentrismo existencialista, a todos los que no son uno mismo, “el infierno son los otros” (Sartre).

Sí, hay muchas clases de Infierno desde que la imaginación poética se impuso al dogma. Aunque, bien pensado, el dogma también es una imaginación, pero nada poética, sino blindada y hasta armada.

En todo caso, es seguro que los creyentes medievales se indignarían ante una utilización tan frívola, por parte de los modernos escritores, de palabra tan terrible. Indignación hoy imposible, porque aquel Infierno antiguo ya no interesa a nadie, incluso en el Vaticano no saben qué hacer con él: es curioso que un instrumento pensado para retener, por el miedo, a la clientela, se haya convertido en algo que, por increíble, la ahuyenta. Las cosas no son siempre lo que eran.

Y ahora ¿qué? ¿Qué hacemos, ahora que vivimos libres de la amenaza del Infierno? Pues ahora cada individuo se afana en construir su propio infierno. Y también cada colectividad.

Sí, además de los individuales y poéticos, existen los infiernos colectivos y prosaicos que parecen tristes imitaciones del de Dante, como demuestra la visión de ciertas ciudades bombardeadas por los demonios vecinos.

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El cristianismo de los grandes señores del siglo IV (y de otros siglos)

 

[Habla Terasia, joven de familia noble, quizá de Complutum, personaje de La ciudad y el reino]

– Nací cristiana y nunca he abandonado la fe. Cristianos son mis padres y cristianos mis abuelos. Sin embargo, la manera de vivir la fe que ellos tienen nunca me ha convencido. Apenas se diferencia de la manera de los gentiles. Acuden al templo, observan las prácticas establecidas, destinan una parte irrisoria de sus bienes a socorrer a los hermanos necesitados y se pasan la vida encerrados en sus lujosas villas, ajenos por completo al dolor y al sufrimiento del mundo exterior. Yo apenas era consciente de esta contradicción cuando, hace pocos años, se me reveló con toda claridad.

Como es normal, en casa siempre ha habido esclavos, hombres y mujeres tan bien tratados y alimentados como cualquiera de la familia. Así que, teniendo en cuenta la miseria que hay en el mundo, su situación siempre me había parecido afortunada. Pero en cierta ocasión (iba yo a cumplir veinte años) mi padre, que ya empezaba a perder la vista, me pidió que le acompañase en un viaje de negocios. Un día visitamos una mina. Y cuando vi a aquellos hombres, desnudos, negros de sudor y suciedad, encadenados, y entrando y saliendo de pozos oscuros como bocas del Infierno, me dirigí violentamente a mi padre y le exigí que hiciera algo para que el amo de aquellos hombres dejara de martirizarlos. Él se rió: «¿Qué dices? El amo soy yo».

Me quedé muda. Por fin, pude balbucear: «Pero, no es …humano» .(La palabra «cristiano» me parecía, por evidente, tan fuera de lugar, que tuve vergüenza de pronunciarla).

«Mira, niña – dijo mi padre -, nosotros somos cristianos y por lo tanto sabemos que la vida terrena es un breve recorrido, una pequeña prueba para alcanzar la vida eterna, y esos hombres, al menos los que sean cristianos, con sus sufrimientos, que no se pueden comparar con los de Cristo en la cruz, hacen muchos más méritos que nosotros para ganar la salvación. Además, niña tonta, ¿con qué te crees que se hacen las espadas y los escudos de los soldados, o esos brazaletes que tanto te gustan?»

Callé. No podía decir nada. Sentía que los brazaletes me quemaban la piel. Más tarde, consulté el asunto con obispos y santos varones amigos de la familia, y casi todos coincidían con el punto de vista de mi padre. El tío Prisciliano fue una excepción, aunque la verdad es que no entendí gran cosa de sus explicaciones. Pero Prisciliano estaba loco, o eso al menos se decía en casa. 

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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El premio de Ausonio

[En la ancianidad, Ausonio (coprotagonista de La ciudad y el reino), resignado y melancólico, hace balance de su vida. Pero una feliz sorpresa le aguarda.]

De la ignorancia que sobre mi persona habían demostrado Máximo y los suyos deduje algo que, después de todo, era bastante natural: que mi caso estaba cerrado, sin pena ni gloria; que quince años en los más altos niveles del poder, sustentados por toda una vida de actividad docente y literaria nada usual, se habían extinguido como una llama que se apaga, sin dejar rastro. No me lamentaba por ello. Estaba en el orden habitual de las cosas. Había hecho lo que debía hacer y de la mejor manera posible. Nadie – ni yo mismo – tenía nada que reprocharme. Había cumplido con mi deber y, en cada momento, la vida me había recompensado con su premio justo e inapelable. ¿Qué otra cosa podía esperar?

Pero Fortuna me guardaba una sorpresa. Un acontecimiento que, por lo inesperado, me llenó de un gozo inmenso y que, desde entonces, he considerado como la áurea diadema que corona mi vida.

Poco después de la derrota de Máximo, cuando ya Teodosio había afianzado su dominio sobre todo el Imperio, llegó a mi casa de Augusta una carta con el sello imperial. Mientras la abría, antes de leer una sola palabra, me dio un vuelco el corazón. Era como si, de repente, regresase a un instante pasado de mi vida, cuando en casa de mi amigo Poncio, padre del recién conocido Paulino, abría otra carta imperial cuyo contenido iba a significar la inauguración de una nueva etapa de mi existencia. Y no me engañaba el corazón. Distantes en el tiempo, en la mentalidad y en el carácter, Teodosio reproducía los sentimientos de Valentiniano al dirigirse al «Virgilio de nuestro tiempo» para pedirle que entrase en su casa. En esta ocasión no se mencionaba al profesor. En cierto modo era una invitación más cordial y más desinteresada que la de Valentiniano.

«Hace años que vengo leyendo tu obra, y su lectura me ha producido siempre tanto gozo que sentía como un deber pendiente manifestarte mi admiración y agradecimiento. Pero deseo algo más: que vengas a unirte a los míos; que formes parte de la gente de mi casa, donde tendrás la tranquilidad necesaria y la consideración que por derecho propio mereces. No pido nada a cambio. Nada más que se mantenga vivo y a mi sombra el prodigioso manantial de los versos ausonios. Pero has de saber, querido padre, que esto es solo un deseo; de ninguna manera lo tomes como una orden. Aunque me parece que, desde la envidiable altura de tu serena ancianidad, la aclaración resulta ociosa».

No te puedo describir la profunda satisfacción que me produjeron estas líneas. Cuando ya estaba convencido de que mi nombre como hombre público se había hundido en el olvido y que la fama de mi obra literaria empezaba a apagarse lentamente, reaparece el divino Augusto y, como en la reiteración de un sueño antiguo y casi olvidado, me toma de las manos nuevamente y me repite: «Al lado de todo Augusto ha de haber siempre un Virgilio».

Rechacé la invitación.

«Un dios desea que acudas a su lado. ¿Qué esperas para obedecer, feliz Ausonio? El espíritu está presto y requiere a los pies a que se pongan en marcha. Pero los pies no responden y todo el cuerpo está inmóvil, pues solo recuerdan un camino: el de la pequeña patria. Divino Augusto, te agradezco tanto el homenaje que haces a mi obra como esta invitación generosa e inmerecida. Guardaré tus palabras y las colocaré al final de mi obra, como broche de oro que cierra mi vida. Ya no espero nada más. Solo hubiese deseado – pero ni los mismos dioses pueden concederlo – recobrar mi juventud para cumplir tu deseo y mostrarme digno de tu confianza. Ya que no es posible, pues este cansado cuerpo solo es capaz de regresar con los suyos, ruego perdones su debilidad, causa culpable de mi infinita descortesía».

Con la carta, le mandé ejemplares de todas mis obras. Y mientras el envío tomaba el camino de Mediolanum, yo hacía los preparativos para regresar a la patria. Y a los pocos días estaba en Burdigala.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Algunos efectos de la conversión religiosa

(según Paulino, coprotagonista de la novela La ciudad y el reino)

Aunque mi corazón se abrió desde el primer momento al aire nuevo, la mente se resistía a darle entrada. Pero el poder de la mente racional estaba ya en mí muy debilitado por la continua confrontación con la realidad. Porque ¿qué crédito puede otorgarse a la razón cuando uno experimenta, a su propio paso por el mundo, que todo es irracional y absurdo? Sin la luz superior que había de dar sentido a todo, mi razón humana estaba ya casi muerta, y poca resistencia podía oponer a la verdad, que abruptamente se abría paso a través del corazón.

Empecé a ver las cosas bajo una luz muy distinta. Todo, hasta el más pequeño detalle, empecé a relacionarlo con un poder oculto, con un plan superior que se va cumpliendo en lo grande y en lo pequeño, en lo alto y en lo bajo. Me dediqué con ahínco a la lectura de los libros sagrados y descubrí con sorpresa que pasajes que antes no había entendido, o había desechado por absurdos o ridículos, se manifestaban plenos de significado.

Maestro, no sé si has observado que vemos solo lo que queremos ver, que aprendemos solo lo que ya sabemos. De manera automática rechazamos cuanto no encaja en nuestra visión preconcebida del mundo. Es preciso un cataclismo, la irrupción de la Gracia, por ejemplo, para que permitamos el acceso de nuevas vías de conocimiento. 

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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El ejército, poder supremo en la Roma imperial

[Ausonio, coprotagonista de la novela  La ciudad y el reino, reflexiona sobre las causas de la caída del emperador Graciano, de quien había sido preceptor]

Había un problema fundamental: el joven emperador no era del agrado de los soldados. Y ya sabemos que desde que, con Julio César, se acabó con el régimen de libertad, el elemento militar, antes indistinguible del civil (todos servían a la República en ambos campos) es el pilar fundamental del poder del emperador. Imposible que éste se sostenga si no cuenta con el apoyo decidido de los soldados.

Y sin embargo, el problema no se planteó abiertamente desde un principio. Por el contrario, la veneración que los jefes militares profesaban de manera espontánea a Valentiniano – que era uno de ellos – se renovó, al menos en apariencia, en la persona del sucesor. Y éste, por su parte, dio buenas pruebas de estar a la altura de las circunstancias en las campañas que emprendió contra los bárbaros.

Entonces, ¿cuál era el origen del abismo que separaba a emperador y soldados y que no dejó de ensancharse hasta el desastre final? Solo éste: Graciano nunca fue un soldado. Por muy bien que dominase las técnicas de la guerra, por asumida que tuviese su condición de conductor de ejércitos, él no era ni había sido ni podía ser un soldado. Como nosotros no lo somos ni lo seremos nunca. Pero esto que en nosotros es natural y carece de importancia, en un César de nuestro tiempo es algo imperdonable y mortal de necesidad.

Los soldados no toleran ser mandados por alguien que no sea uno de ellos. Y tienen un olfato especial para detectar quién es y quién no es uno de ellos. Que Valentiniano escribiese poemas en correctos hexámetros nada le quitaba a su condición de auténtico soldado; que Graciano condujese campañas victoriosas nunca sería suficiente para convertirle en un auténtico soldado.

Un hombre sensible, delicado, preocupado por las consecuencias de sus decisiones, dispuesto siempre a dar la razón al último que le habla con buena lógica, constituye la antítesis de la idea que el «buen soldado» tiene de sí mismo. 

(De LA CIUDAD Y EL REINO)


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Paciano, obispo de Barcino

[Breve semblanza que ofrece Paulino en la novela La ciudad y el reino, y que atribuye a Emiliano, nieto del obispo]

¡Cuánto me hubiese gustado volver a encontrarme con el viejo Paciano! Cuando llegué hacía pocos meses que había fallecido. Emiliano me cuenta cosas de su abuelo paterno, su abuelo-obispo, al que amaba más que a su propio padre. Yo le conocí poco, con ocasión de mi anterior estancia en la ciudad. Pero recuerdo que su personalidad paternal y bondadosa me impresionó desde el primer momento. Por eso me encanta oír de labios del nieto anécdotas del abuelo.

Dice Emiliano que Paciano, que no había nacido cristiano, se pasó la vida haciendo equilibrios entre el amor a Cristo y el amor a las letras. Ya de obispo, los sermones dirigidos al pueblo, que luego publicaba, tenían un aire claramente ciceroniano. En cierta ocasión, dispuesto a erradicar las viejas costumbres y celebraciones ligadas al culto de los antiguos dioses, publicó un sermón contra las fiestas que se suelen celebrar a principios de año, en las cuales la gente se disfraza de ciervo y de otros animales y se dedica a toda clase de excesos (lo que llaman «hacer el ciervo»).

Un sermón tan bien construido, unas descripciones tan bellamente conseguidas, que no tardaron en verse los efectos: las fiestas siguientes tuvieron más éxito que nunca. Ya te puedes imaginar al pobre Paciano lamentándose amargamente: «Parece que nadie sabía hacer bien el ciervo hasta que yo lo enseñé». Por desgracia, el sermón ha desaparecido. Emiliano supone que el mismo Paciano hizo buscar y destruir todos los ejemplares, como si se tratase del libelo de un enemigo satánico de la fe.

Pero sí he podido leer otros escritos. Un sermón, por ejemplo, en el que reprocha a los fieles que se pasen la vida «traficando, comprando, robando». Y no sé si habrá ocurrido lo mismo que con lo del ciervo, porque he observado que esas aficiones no han disminuido entre los barcinonenses. O la copia de una carta dirigida a un miembro de la secta novaciana, de una elegancia y delicadeza tales que debiera servir de ejemplo a tanto polemista cristiano que olvida la virtud principal, que es la caridad.
(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Ausonio y el poder

[Ausonio, coprotagonista de La ciudad y el reino, rememora sus peculiares relaciones con el poder]

En poco tiempo, el profesor de retórica de provincias se había situado en el puesto de mayor confianza del emperador. Y los que observaban con malos ojos mis armónicas relaciones con el padre y con el hijo, tan diferentes entre sí, también verían cumplidos sus presentimientos. Mi estrella como hombre público justo empezaba a ascender.

Algunos de los altos funcionarios que pululaban por Palacio no se recataban de mostrarme su extrañeza ante el hecho de que un hombre como yo, tan poco dado a la lisonja y a la intriga, pudiera prosperar a la sombra de un militar tan imprevisible como Valentiniano. Y la verdad es que no sólo prosperaba, sino que el emperador parecía profesarme un afecto real, al que yo correspondía con mi veneración y afecto.

Contemplados los hechos a distancia, pienso que esa predilección de la que yo era objeto por parte de una persona como Valentiniano no era algo casual y gratuito. Los que se creen bregados en la lucha por el poder (o en la carrera de los honores, como más delicadamente se decía antes) suelen defender que es preciso toda una teoría de intrigas, mentiras y estratagemas para ir escalando con éxito los distintos puestos y, sobre todo, para congraciarse con quien ostenta y reparte el poder. No niego que eso funcione. No seré tan ingenuo como para negarlo. Pero sí afirmo que, si alguna vez esa persona que ostenta y reparte el poder encuentra a un hombre de espíritu noble, que le habla con claridad y sencillez, que sabe simplificarle los problemas en vez de complicárselos y que no demuestra, ni tiene, una ambición desmedida, si ese poderoso es medianamente inteligente – y Valentiniano lo era más que medianamente -, ten por seguro que apartará de un manotazo a políticos intrigantes y funcionarios idiotizados y depositará su confianza en ese hombre de buena pasta que, en el fondo, solo está interesado en descubrir qué hemistiquios virgilianos son los adecuados para el Centón Nupcial que está componiendo.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Las murallas de Barcino

(Según Paulino, coprotagonista de La ciudad y el reino)

Del deseo surge la competencia con los demás; de la competencia, el odio; del odio, la crueldad y las matanzas. Estas tristes murallas, reforzadas por sólidos torreones a breves intervalos, son un ejemplo de lo que digo. El miedo las ha levantado.

Hace más de cien año, cuando el Imperio vivía la época más sombría de su historia, bandas de bárbaros francos llegaron hasta aquí, y más al sur, expoliando y arrasando cuanto hallaban a su paso. La pequeña ciudad, delimitada por un débil cerco de la época de Octavio Augusto, fue saqueada. Cuando los bárbaros se retiraron y todo volvió al orden antiguo – aunque ya nada sería como antes en todo Occidente – los ciudadanos fueron presa de una fiebre constructora. Apenas fue necesario que llegasen de Roma los edictos ni que el curador diese las órdenes oportunas. Todo el pueblo se afanó en levantar los muros más altos y anchos posibles.

En el delirio constructor – cuentan los que lo oyeron contar a sus abuelos – todo servía para el reforzamiento de las murallas. Columnas, restos de edificios destruidos, fragmentos de monumentos funerarios, incluso imágenes de dioses, dicen, todo sirvió de relleno para la imponente muralla.

Ésta y muchas otras que por aquellos años se levantaron en tantos lugares de Occidente – la misma de Roma, edificada por Aureliano – son claros ejemplos de que el hombre mancha la tierra con los signos del temor y del odio. Esas murallas fueron levantadas para defenderse de los bárbaros. Los bárbaros, sí, esos hombres a los que, desde hace siglos, se ha perseguido y dado caza en los espesos bosques de Germania en nombre del senado y el pueblo de Roma.

Las murallas, las espadas, las máquinas de guerra: éstas son las obras de los hijos del pecado. Pero cuando vuelva Jesús y haya un nuevo Cielo sobre una nueva Tierra, no serán necesarias las defensas. Porque el hombre se habrá reconciliado con la naturaleza y con los otros hombres, y la Ciudad, rotas las murallas por el sonido de las trompetas que anunciarán la llegada del Salvador, será sustituida por el Reino de Dios, que no tendrá fin.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Ausonio, preceptor de Graciano, hijo y heredero de Valentiniano I

(Ausonio se explica, según la novela La ciudad y el reino)

Mientras tanto, la relaciones profesor-alumno seguían su curso normal. Graciano iba creciendo en edad y sabiduría, proceso este último al que yo no era ajeno. Era un joven agraciado, de inteligencia normal y de sensibilidad algo superior a la normal. […]

Aprendía con facilidad todas las materias. En cuanto a la educación del carácter, puse todo cuanto pude de mi parte. He de decir que nunca he tenido una idea clara de cómo se debe educar a los jóvenes. No me refiero a la instrucción literaria y científica, sino a su formación como personas aptas para la vida. En realidad, nunca he tenido una doctrina al respecto.

Si hubiese de hablar de mi experiencia como educado por mi padre y como educador de mis hijos, habría de concluir que para eso no sirven doctrinas ni sistemas, que el único camino que conduce a un buen resultado es ponerse como ejemplo continuo del educando. Quiero decir que no se trata de imbuirle preceptos y doctrinas, sino de permitir que vea cómo se comporta la persona que ama (porque el amor es absolutamente necesario en la educación), de manera que se contagie de las ideas, de los intereses, de los hábitos del educador hasta que, por sí mismo, se vea impulsado a seguir un camino semejante. Claro que eso requiere dos requisitos: que haya amor y que el educador sea una persona, por lo menos, digna.

Pero hay algo que reside en la propia naturaleza de las personas y que no se puede enseñar ni contagiar: la fuerza del carácter. Fuerza de la que Graciano no andaba sobrado.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Emiliano Dexter, nieto del obispo Paciano, divaga sobra la historia de su ciudad.

-Dice la leyenda que Barcino fue fundada por gente llegada de la costa africana, los antiguos cartagineses. Si fue así, sin duda aquellos hombres, con su lengua y sus costumbres, se traerían sus terribles dioses, Melkart y Tanit, cuyo bárbaro culto incluía el sacrificio cruento de niños. Eso es lo que decide la leyenda, porque es el caso que la historia escrita, tanto en los libros como en las piedras, sólo ha dejado testimonio de nuestra ciudad romana, colonia fundada en la época de Octavio Augusto y destruida y restaurada en los años de Galieno. Esta es la ciudad que siempre hemos conocido, la única de que se tiene memoria en mi familia a través de la larguísima serie de antepasados, que se remonta a la misma fecha de la fundación.

En estos cuatrocientos años ha sido una ciudad tan romana como la que más y, como cualquiera de ellas, se ha visto fecundada por la gente de Oriente, sobre todo mercaderes y navegantes griegos.

Pero algo tendrá de cierto la leyenda púnica, alguna secreta atracción debe de existir entre esta tierra y la costa africana, porque, hace ya más de cien años, cuando aquí el cristianismo solo era conocido por algunos esclavos orientales, desembarcaron de nuevo en estas costas hombres procedentes de Cartago y empezaron a enseñar, propagar e imponer una fe dura, estricta, ardiente; una religión llamada de amor pero que enseñaba que Dios había exigido el sacrifico de la vida de su único hijo.

Habréis observado la profusión de capillas que hay por estos contornos dedicadas al santo Cipriano, el obispo de Cartago que dirigía la invasión desde su sede. Algunos de sus enviados fueron martirizados. Como Cucufate, muerto y enterrado al otro lado de estos montes.

Así que ya veis, en esta mi querida ciudad, la luz romana y griega de la razón no ha sido más que un breve resplandor entre dos furores filicidas.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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El confuso mundo de las citas

Para empezar, su mismo nombre ya induce a confusión. Ocurrió a cierto amigo mío, algo pedantillo, que decidió hacerse con una reserva de citas en latín para colocarlas cuando procediera. Y escribió en el buscador de internet estas dos palabras “citas latinas”. La respuesta fue inmediata y abrumadora: al momento surgieron multitud de jóvenes latinoamericanas deseosas de ser citadas.

Pero no me refiero a nada de eso. Tampoco se refiere mi comentario a las citas entre personas ansiosas de formar pareja o de tratar del asunto que sea. Ni a la imprescindible e impertinente “cita previa”, impuesta desde hace poco en los trámites burocráticos y similares.

Ni siquiera se refiere – aunque ya nos vamos acercando – a la moda de reproducir frases atribuidas, correctamente o no, a personajes célebres. En este sentido, he observado que los más falsamente citados son Cervantes y García Márquez, entre los escritores, y Einstein. Un detalle curioso: las citas falsas atribuidas a escritores son las más fáciles de desenmascarar. Y es que hay que ser muy poco leído para tragar como de Cervantes, por ejemplo, textos escritos con las palabras, la sintaxis y hasta la ortografía propias de un manual de autoayuda.

Y ahora llego adonde quería llegar. Hay lectores, normalmente muy ilustrados y conscientes, y en ocasiones muy entregados a un autor determinado, que gustan regalarnos con frases de su favorito. O de cualquier otro escritor con cuya idea, expresada en la frase, sintonizan. Pues bien yo ruego a estas personas que consideren un par de cosas:

a) Si la obra de la que se ha extraído la frase es una novela u obra dramática o no. Si no lo es, no hay problema: hay que suponer que el contenido de la frase expresa fielmente el pensamiento del autor.

b) Pero si lo es, el citante de turno debería precisar que la frase en cuestión corresponde al personaje tal o cual de determinada novela u obra de teatro.

Y es que no es de recibo que, por ejemplo, se atribuya a Ernesto Sabato las locas ideas de Juan Pablo Castel, de El túnel, o del más loco aún Fernando Vidal, de Sobre héroes y tumbas. O que se haga pasar por propia de Dostoyevski la idea de que las leyes y las normas morales están hechas para las personas del montón, pero que no afectan a los seres superiores, concepto que no es del mencionado escritor, muy cristiano él, sino de su personaje Raskolnikov y en determinado momento de su vivencia novelesca.

No tener en cuenta estas circunstancias puede inducir al lector desprevenido a caer en tremendas confusiones.

Así que, por favor, háganme caso: tengan mucho cuidado con las citas. Con las literarias, y con las otras.

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Ausonio (el personaje de la novela La ciudad y el reino) se define

¿Qué habrá después? Nadie lo sabe. Quizá, como afirman los creyentes cristianos, nos espera una unión gloriosa con el Padre eterno. Quizá el espíritu particular que albergó tantos mundos se reintegre en el espíritu universal, conservando o no la conciencia de su individualidad. O quizá no quede nada en absoluto. Me inclino por alguna de las dos últimas posibilidades. Y es que la resurrección de los muertos – cuerpos incluidos – es un hueso bastante difícil de roer.

Ante estas afirmaciones mías, Paulo me pidió que le aclarase de una vez si soy o no soy cristiano. ¡Vaya dilema! El hombre es un universo. En todo caso, es mucho más que sus adjetivos. Y aquél que aspira a ensanchar al máximo los límites de su conciencia no puede dejarse encerrar en las estrecheces de una doctrina.

No se pueden poner las ideas por delante y pretender acomodar a ellas nuestra personalidad. Primero está la vida, rica, variada, multiforme. Y según vivimos, somos. Así que, ante la capciosa pregunta de Paulo, sólo se me ocurre una respuesta: que, como poeta, soy politeísta; como pensador, soy panteísta; como ser moral, soy cristiano. Y con esto dejo zanjada toda cuestión trascendente.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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El llano de Barcelona a finales del siglo IV

[Inicio de descripción por Paulino, el coprotagonista de La ciudad y el reino, pág. 41]

Querido amigo, esta ciudad es casi más bella ahora que entra el verano que bajo las suaves luces del otoño. Y más que en la ciudad, aprisionada entre una murallas tan impresionantes como desproporcionadas para el tamaño de la población, la belleza estalla en los campos próximos, en los montes no lejanos y en el vecino mar, un mar de un azul tan intenso como el de las aguas que bañan las costas de Campania. El cielo, con ser muy azul, parece pálido sobre estas aguas, y en algunos lugares un verde deslumbrante baja a confundirse con el intenso color marino. Pero la ciudad, como te digo, está encerrada por unas espesas y sombrías murallas -sólo en los crepúsculos, resplandecientes de un rojo encendido-, y cuando llega este tiempo, sus habitantes sienten la necesidad de escapar. Unos se dedican a la pesca. Otros se instalan en sus huertas y tierras de cultivo, adonde el resto del año sólo acuden para las labores necesarias. Ya ves, sigo tu consejo. Me dedico a la descripción geográfica.

La ciudad está situada en el centro geométrico de una casi semicircunferencia de montañas, desde cuyas faldas el terreno, surcado por un número indefinible de riachuelos, va descendiendo suavemente hacia el mar…

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Los límites naturales del poder

[Según Ausonio, el personaje de La ciudad y el reino, pág. 148-149]

Siempre he pensado que no basta con que a uno le atraiga mucho el poder, ni siquiera con que se haga con el poder. Lo que cuenta es saber ejercerlo. Algunos, como Arbogasto y Eugenio, imaginan que dar una cuantas órdenes, promulgar unos edictos, cambiar unos funcionarios es suficiente para que los proyectos políticos se conviertan en realidad. ¡Qué inmenso error!

Para empezar, hay que tener en cuenta que el poder absoluto no existe. El más poderoso de los hombres no puede mandar más que aquello que se puede cumplir; no puede imponer otro orden a la naturaleza, del mismo modo que no puede imponer a la sociedad humana un orden distinto de aquel al que apunta su propio desarrollo natural. No se puede decretar que el Sol salga por occidente y se ponga por oriente, del mismo modo que no se puede decretar que los antiguos dioses vuelvan a ocupar la imaginación del pueblo cristianizado.

Esto lo digo yo, hombre, como sabes, dominado por la nostalgia de aquel mundo maravilloso que ni siquiera conocí. Pero ante todo, hombre realista. Y la realidad es que el cristianismo no tiene competencia; que los dioses y sus templos desaparecerán de la faz de la Tierra para buscar su último refugio en las palabras escritas de los poetas, y solo vivirán mientras vivan Homero y Virgilio y Ovidio, con lo cual, pienso ahora, tienen asegurada cierta forma de inmortalidad.

El que manda ha de conocer los límites de su poder y dominar los mecanismos que permiten que las decisiones posibles sean llevadas a la práctica. Y lo que ningún gobernante ha podido ni podrá nunca hacer es resucitar por decreto lo que el pueblo ha decidido enterrar. Ni lo consiguió Juliano, hombre noble y bien intencionado, ni mucho menos lo conseguirá Eugenio, estúpido títere del traidor Arbogasto.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Último paseo de Paulino por las calles de Barcino


[Pocos días antes de su partida hacia Nola, Paulino (el personaje de La ciudad y el reino, por supuesto), con un sentimiento de nostalgia anticipada, relata algunos detalles del que sería su último paseo por la Barcelona de la década final del siglo IV.]

Algunas tardes suelo – debería decir solía – caminar por la ciudad o sus alrededores. Conozco este lugar con la misma precisión con que conozco cada uno de los rincones de mi modesta casa. Uno de mis itinerarios preferidos incluye el recorrido de la vía principal, que atraviesa la ciudad de norte a sur, desde la puerta que mira al monte Ceres hasta la que se abre al mar.

Dada la especial ubicación de Barcino, levantada sobre toda la extensión de un promontorio, al principio hay que caminar cuesta arriba hasta que se llega a la gran plaza. A esas horas el foro tiene un aspecto muy distinto del que ofrece por la mañana, cuando la actividad de vendedores, compradores y tratantes de toda índole le presta un aspecto colorido y dinámico. Por la tarde llenan la plaza gran número de personas desocupadas: grupos de conversadores incansables, individuos solitarios que deambulan o permanecen estáticos, círculos de jóvenes sentados en el suelo, hablando, discutiendo, a veces cantando, niños que alborotan corriendo de un lado a otro entre las figuras impasibles de los mayores.

El antiguo templo de Augusto, situado en un extremo de la plaza, es el lugar preferido de los juegos de los niños, que se esconden y persiguen entre las altas columnas o se desafían a saltar los escalones de acceso al podio. En ninguna otra parte he visto tantos niños, tan activos y a veces tan violentos. Sin distinción de edades, que van desde los cinco hasta los catorce años, se organizan en bandas enemigas y, reproduciendo las gestas (que nunca han conocido) de sus mayores – les basta, Dios mío, pertenecer al género humano homicida – entablan auténticas batallas a pedradas. Hay zonas especialmente peligrosas, como el intervalo que corre junto al tramo norte de la muralla, por donde nadie en su sano juicio se atrevería a transitar a ciertas horas. Aunque los combates decisivos suelen librarse extramuros.

Cruzado el foro, asoma de pronto el mar sobre las murallas, aún lejanas, que cierran la ciudad por el sur. Entonces la calle empieza a descender, al principio suavemente y luego de forma más pronunciada. A medida que avanzo oigo el estrépito de algún portal que se cierra (el artesano ha concluido su tarea), las voces de las vecinas que se hablan de ventana a ventana, y nunca falta la de alguna mujer que a grandes gritos llama a sus pequeños, que no tardarán en llegar, sucios de polvo o barro, con las caras encendidas por el ardor del juego o del combate.

Sigo calle abajo hasta el final y, ya fuera del recinto amurallado, llego hasta los embarcaderos, donde los pescadores cumplen con el ritual necesario de dejarlo todo dispuesto para la próxima jornada. Contemplo un rato el mar plomizo de la tarde e invariablemente pienso que allá, al otro lado, el santo Félix hace tiempo que me espera. Le prometo acudir enseguida. Y antes que las grandes puertas se cierren, cuando el cielo ha perdido su color diurno y enciende sus primeras luces, reemprendo el camino de vuelta.


De  LA CIUDAD Y EL REINO

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Consciencia cristiana versus ingenuidad pagana,

según Paulino de Nola (el personaje de La ciudad y el reino, por supuesto, pág. 64-65)

El mundo ha cambiado, querido Ausonio, y tú no te has dado cuenta. Y no ha cambiado solo porque antes hubiera república y ahora gobierne el emperador; ni ha cambiado solo porque antes los cristianos fuesen perseguidos y ahora estén junto al poder. Ha cambiado porque ha dejado de ser niño. Llegó Cristo, el hijo del hombre, para abrir las puertas a la verdad, para enseñar que la humanidad estaba condenada.

A partir de ahí, querido Ausonio, ya no es posible la inocencia. A partir de ahí ya no es posible aquel hombre feliz, ajeno al problema del mal y del dolor de los otros hombres. De hecho, los que se oponen al cristianismo ya no lo hacen – excepto tú y algún otro nostálgico, como Símaco – desde el terreno de la antigua inocencia. De Manes a Jámblico todos, por extraños y errados caminos, buscan la salvación del hombre, al que saben caído.

Terminó el tiempo de la inocencia olímpica, la edad, para muchos dorada, en que los dioses, representaciones caprichosas de las fuerzas de la naturaleza, jugaban con los hombres y éstos con los dioses y entre sí a los juegos del amor y de la guerra, del placer y del dolor, siempre ajenos al pecado y a la culpa.

Hoy ya no son posibles los juegos inocentes. Hoy sabemos que llevamos el pecado en nuestra carne y en nuestro espíritu, y que sus frutos son el mal, el dolor, la enfermedad, la muerte. Y hoy podemos saber que el mismo Dios se hizo hombre para, por medio de su pasión y muerte, devolvernos a la vida eterna.

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Pero, qué es la ciudad, qué es el reino

Fragmento de una carta de Décimo Magno Ausonio a su amigo Poncio Meropio Paulino. Téngase en cuenta que su  autor no es el Ausonio histórico, sino el personaje de la novela La ciudad y el reino, aunque se parecen mucho. (He comprobado que hay que precisar estas cosas).

Para mí la ciudad es el espacio en que se organiza la razón; es el punto de encuentro de los seres que serían bestias si no se reuniesen para organizarse en sociedad. La ciudad es la forma perfecta de agrupación humana. Cualquiera otra forma de sociedad, creada al margen o por encima de la ciudad, será siempre una forma de barbarie o tiranía. […]

La ciudad es la razón, la claridad, la medida, los límites, la cordura. Los ciudadanos son personas que discuten proyectos, pactan y toman acuerdos y, como por encima de todo aman la libertad, establecen sistemas políticos que la garanticen (ése, como sabes, fue el origen de nuestro consulado, anual y dual). El reino es el misterio, la oscuridad, la desmesura, la inmensidad, la locura. Los súbditos se arrastran ante sus reyes y no tienen más proyecto que el que se les impone desde arriba.

Me dirás que no es ése el reino de que hablas. Lo concedo. Pero ocurre que yo sólo puedo hablar de lo que conozco, y ese reino tuyo nunca ha sido conocido ni creo que lo sea en este mundo. Lo que sí sé es que, hablando tanto de él, lo único que se consigue es que se entierre definitivamente el genio de la ciudad y que el espíritu de los reinos que todos conocemos se imponga cada vez más, acabando con los últimos vestigios de razón y libertad.

(De La ciudad y el reino, págs. 61 y 62)

   

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Inventar el enemigo

No me refiero a inventarlo de raíz, a construir su existencia, sino a vestirlo de todas las características necesarias para que no haya duda sobre su condición de enemigo. No importa que el enemigo sea blanco: si conviene, se le presenta como negro; no importa que alegue que tiene un problema y que desea resolverlo por medios democráticos: si conviene, se niega el problema y se le presenta como nazi. El recurso es muy antiguo. Ya se utilizaba en la última etapa del imperio romano, como denuncia el poeta Ausonio en esta carta, obviamente apócrifa, es decir, escrita por el Ausonio de la novela La ciudad y el reino (conviene siempre precisar esta circunstancia).

En todo escrito o sermón de los doctos polemistas cristianos nunca falta la acusación, dirigida a los seguidores de la antigua religión, de que rinden culto a imágenes fabricadas por los propios hombres, de que adoran objetos inanimados a los que toman por divinidades. ¿De dónde ha sacado eso? ¿Es posible que personas en apariencia cultas como Ambrosio, Jerónimo o Eusebio o tantos otros, piensen realmente que personas como Símaco o Pretextato (o como Plinio o Cicerón) adoran (o adoraban) estatuas de piedra o de metal? Yo no lo creo posible. Creo más bien que, en un alarde de audacia y de mala intención, se están fabricando un enemigo cómodo, un enemigo al que dotan de una serie de características absurdas y ridículas para combatirlo más fácilmente.

En todo caso, haya intención o no, luchan contra fantasmas. Porque ese enemigo al que combaten no existe ni ha existido nunca. Es decir, ha existido y existe al nivel del pueblo más bajo. Es ahí donde la religión, confundida con la superstición y la magia, se manifiesta en las creencias y prácticas más disparatadas y aberrantes, desde las defixiones hasta la misma creencia de que los dioses moran en el espacio de sus imágenes.

Pero a eso no aluden los polemistas cristianos ni, por lo visto, les preocupa. Sólo apuntan a lo alto, mintiendo para confundir, con la clara intención de que el dubitativo semiletrado se espante de las barbaridades (imaginarias) denunciadas y se eche en brazos de la nueva razón, curiosamente defendida por los obispos.

Y ahora me podría extender en toda clase de consideraciones sobre lo que nuestra vieja religión significa y sobre lo que representan sus dioses y sus ritos. Pero eso ha sido ya tratado multitud de veces, antes y después de la excelente obra de Cicerón. Y tú lo conoces tan bien como yo. Y Ambrosio, tan bien como nosotros dos. 

(De La ciudad y el reino, págs. 110-111 )

 

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Anacronía: Ausonio sobre Trump

A veces dudo que los hombres sean seres inteligentes. Y me pregunto qué es lo que empuja a tanto ilustre personaje a cometer las estupideces que no cometería un niño. ¿Es realmente el afán de poder tan fuerte en algunas personas que llega a nublarles la vista y todos los sentidos? Parece que sí. Yo, que he ejercido parcelas de poder con el mismo cuidado y entrega que he dedicado a la actividad profesoral o literaria, no he podido nunca comprender cómo, en lo que se relaciona con el poder, cualquier desalmado, necio o ignorante puede entrar a saco en esos dominios y desbaratar todo lo que espíritus inteligentes y preparados han ido edificando con paciencia y cordura. A nadie se le ocurre hacerse pasar por un gran profesor, si no lo es; o por un hombre de letras, si es analfabeto. Pero cualquiera, desde el soldado menos despierto, como Arbogasto, hasta el profesor más mediocre, como Eugenio, se cree capacitado para la dificilísima tarea de mandar y organizar. ¿Cuál es la sustancia del poder, capaz de obrar tales prodigios? Quizá esta pregunta no nos lleve a ninguna parte; quizá la clave del asunto haya que buscarla en otra dirección: en la falta de sustancia de cuantos, sin merecerlo, aspiran al poder; en la vaciedad de esas personas que, no consiguiendo llamar nuestra atención por ningún mérito propio, pretenden subirse a lo más alto para, por la fuerza, exigirnos adoración. Siempre acaban mal. Pero, mientras duran, pueden realizar una obra devastadora. 

De La ciudad y el reino

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A propósito de LA CIUDAD Y EL REINO

A propósito de la reciente publicación de mi novela LA CIUDAD Y EL REINO, he pensado que, para completar la información que se da en la contraportada del mismo libro, bien puede servir un fragmento de mi ensayo dialogado “Alter, Ego y el plan”, escrito hace años, cuando ya había perdido toda esperanza de que la novela se llegase a publicar. Aquí está

 

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Máximas y reflexiones petronianas

 

[En el último capítulo de las Conversaciones con Petronio, su autor, Lucio Antonio Turno, nos dice: “En algún lugar, que no recuerdo, debo de conservar la recopilación de las sentencias y reflexiones petronianas más brillantes y profundas”. Pues bien, parte de esa recopilación se ha encontrado; aquí está.]

Por lo general, vivimos demasiado implicados en nosotros mismos. Si nos acostumbrásemos a vernos desde fuera, como un objeto más de nuestra curiosidad, en vez de padecer, contemplaríamos. El sufrimiento se convertiría en espectáculo, en teatro, en pura representación.

*

El arte tiene a veces efectos prodigiosos: un tirano cruelísimo llora de pena ante las tribulaciones de un personaje de ficción. Pero no todo lo prodigiosos que sería de desear: concluida la lectura o la representación, el tirano reanuda el ejercicio cotidiano de la crueldad. El sentimentalismo, la lágrima fácil, nada tiene que ver con los buenos sentimientos.

*

Los buenos sentimientos con los demás nacen de la oscura convicción de que todos somos lo mismo; el sentimentalismo, de algún efecto no conocido de la digestión.

*

Cuando la pasión nos inflama nos sentimos capaces de hacer grandes cosas; cuando nos abandona, a veces las hacemos.

*

Contra lo que el vulgo opina, el dinero no da la felicidad. De lo contrario, los más ricos serían los más felices, cosa que sabemos que no es cierta. El dinero sólo sirve para solucionar problemas. Pero también puede crearlos. Y ésos no se solucionan con dinero.

*

El placer pasa, de acuerdo. Pero su recuerdo permanece. ¿A quién le interesa el recuerdo del dolor?

*

La mezcla de placer y de dolor es un vino exquisito que, en su variedad auténtica, solo se da en la adolescencia. Se habría de buscar la manera de conservarlo sin que perdiera su aroma y sabor originales.

*

Solo hay una manera segura de pasar desapercibido por el mundo: no haciendo daño a nadie.

*

Si nos conociésemos a nosotros mismos, conoceríamos a los demás.

*

Razonar no es la mejor manera de convencer. Convencen los hechos, no las palabras.

*

Dar muchas explicaciones confunde y no convence. Y si nadie las ha pedido, delata.

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Puesto que uno no puede gustar a todos, más vale que se dedique a gustarse a sí mismo.

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Debemos respetar el sueño de la ignorancia. Los hay que despiertan para enloquecer.

*

Cuando volvemos la vista atrás comprendemos que aquello que elegimos no pudo ser de otra manera. La elección se revela destino.

La vida juega con nosotros como nosotros debemos jugar con la vida.

*

La afirmación de Séneca de que los esclavos son seres humanos como nosotros no es todo lo provocadora que pretende ser. Debiera haber dicho que nosotros somos seres humanos como los esclavos. Al fin y al cabo, la situación del esclavo suele remediarse hacia los treinta años. La nuestra no tiene remedio.

*

Dentro de un tiempo no existiré. «¿Por qué te preocupas?», dice el filósofo. «Tampoco existías hace un tiempo y eso nunca te ha preocupado». Ya, pero el filósofo escamotea un dato esencial: que entre la primera y la segunda inexistencia hay una explosión de deseos infinitos que acaban en nada, una aparente promesa rota.

*

Todo el mundo se cree con derecho a ser feliz. Pero nadie sabe decir quién ha otorgado o reconocido ese derecho.

El éxito de las religiones orientales se debe a que ellas sí prometen la felicidad. En otro siglo, en otro mundo, naturalmente. Porque los de aquí y ahora, ya se sabe lo que pueden dar de sí.

*

En el fondo, hasta el más lúcido piensa que mañana, su mañana, será mejor. Sin esta ilusión no soportaríamos la vida.

*

A partir de cierto momento la vida es una caída. La caída física empieza a los cuarenta años, la intelectual mucho más tarde. Pero así como de la primera somos conscientes, la segunda ataca siempre a traición: deteriorado el órgano pensante, ¿cómo puede advertir su deterioro?

Así que, si hemos de terminar, el mejor momento será cuando, recién iniciada la caída física, la mente se mantiene en perfecto estado. Y habría de recordar que ya tengo 45 años.

*

La Historia es una obra de ficción en la que los personajes vienen impuestos.

La filosofía es una parte de la literatura de ficción, cuyas obras tienen el mal gusto de querer convencernos de algo.

*

Los que afirman que la literatura es sólo oficio merecen ser carpinteros.

*

El objetivo verdadero de todo escritor es llegar a escribir aquel libro que le hubiese gustado leer en su juventud.

*

El pensamiento de los grandes hombres es un fondo común que todos tenemos el derecho de utilizar y manipular, y la posibilidad de ampliar.

*

Lo ideal sería que cada palabra que pronunciamos tuviese un significado y fuese dirigida a producir un efecto. En literatura es imprescindible.

*

El artista da vida al personaje, aunque lo tome de la Historia. El Eneas de Virgilio está vivo; el de la Historia…ni siquiera se sabe si existió.

*

Si escribes una obra dando vida al personaje Petronio, ése será el que vivirá. Mientras que el Petronio de carne y hueso que tienes delante…ni siquiera se sabrá si existió.

*

Concluida la obra, en el momento de la revisión, el autor ha de preocuparse más de lo que sobra que de lo que falta. Expurgando, reduciendo, el escritor más novato puede lograr resultados aceptables. Por lo general, escribimos -y hablamos- demasiado.

*

El poder se conquista, la justicia se compra.

*

Leyendo la Historia de Roma de Tito Livio uno saca la impresión de que los romanos hemos conquistado el mundo actuando en legítima defensa.

*

Construir y pleitear: los dos grandes vicios de los romanos. Y también guerrear y dominar; pero esto, si creemos a Livio, siempre obligados.

*

Cada cual ve en ti una máscara distinta. Sólo quien te ama te ve como tú mismo te ves: único e imprescindible.

Amar a alguien significa rescatarlo de la masa gris de la humanidad para convertirlo en una persona única, imprescindible.

*

El amor apasionado nace de la fuerte sospecha de que aquella persona, y no otra, es precisamente la mitad que nos falta. Dadas las características del amor apasionado, nunca tenemos la oportunidad de comprobarlo.

*

Las vidas más felices acaban en la muerte. Si lo miras bien, todo es naufragio.

*

Se mire como se mire la vida es una broma pesada. Pero es de mala educación no soportar las bromas. Y en este caso, además, resulta inútil. Así, que sigamos el juego con toda la paciencia, el ingenio y el buen humor de que seamos capaces.

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SILVINA OCAMPO. La nena terrible I

Aún no tiene diez años. Como tantas tardes de verano, ha escapado del sopor del mediodía que invade la gran casa rodeada de hectáreas de parque. Inquieta, oculta entre los árboles, espera la llegada de los seres maravillosos. Los mendigos. Aparecen, como siempre, en pequeños grupos. Algunos, lisiados. A uno lo falta un ojo, a otro un brazo. Los hay que cojean penosamente. Hay rostros que parecen de cera, cabelleras que se dirían de esparto. Cual valiente capitana, conduce a la tropa al establo próximo donde tiene preparado un refrigerio mínimo con lo que, a hurtadillas, ha podido recoger de cocina y despensas. Dos sirvientas la observan ocultas. Sonríen. ¡La han advertido tantas veces de que no se acerque a aquella gentuza! Saben que es inútil.

Inútil es establecer un retrato claro de la persona y escritora en que se convirtió aquella niña “rara”. Si hay algo que da continuidad a su vida es precisamente su fascinación por lo marginal, deforme y prohibido. Fascinación que no le impide llevar una existencia más o menos acorde con lo establecido por las normas de su mundo, de su clase. Ni siquiera esa inclinación por los pobres, por los desgraciados de la tierra, la impulsa a comprometerse en alguna especie de actividad social o política. Se diría que no advierte ninguna relación entre una cosa y la otra, que su atracción por ciertos aspectos del mundo subhumano o parahumano, es solo estética. Reflexión que, por supuesto, no podía hacerse la niña terrible, pero que tampoco habría de explicitar la mujer de larga vida. O tan solo en la forma retorcida y críptica de su literatura.

La clase a la que pertenecía la “nena terrible”, como la etiquetó un escritor, era la más alta que se movía en la civilización occidental. Puramente aristocrática, si no fuese porque el adjetivo, en su sentido estricto, no tiene aplicación en el continente americano. Don Manuel Ocampo, el padre, descendía en línea directa de uno de los primeros españoles que llegaron a América; se dice que era un paje de la reina Isabel la Católica. La familia se fue desplazando hacia el sur, ocupando siempre, los varones, altos cargos en la administración colonial. Establecida en la actual Argentina en el siglo XVIII, participó en el movimiento de independencia frente a España a principios del XIX, al igual, pero ésta en mayor grado, que la familia Aguirre, a la que pertenecía la esposa de Carlos Ocampo y madre de seis niñas. Silvina era la menor.

Victoria, la mayor, intelectual, escritora y animadora del mundo cultural, da cuenta de este protagonismo social, político y cultural de la familia durante todo el siglo XIX en un par de líneas:

San Martín, Puyrredón, Belgrano, Rosas, Urquiza, Sarmiento, Mitre, Roca, López. Todos eran parientes o amigos.

Y económico. La fortuna de los Ocampo era enorme, inamovible, inmune a los bandazos de la política de cualquier signo, como suele ocurrir con las fortunas enormes e inamovibles. Contaban con magníficas residencias en la ciudad (como la de calle Viamonte, donde nació Silvina) y espléndidas quintas en el campo, como la llamada Villa Ocampo, donde la niña terrible solía esperar a los mendigos encaramada a los árboles. Todavía en 1943 se permiten el lujo de trasladar su residencia a un edificio de pisos en el barrio Recoleta de Buenos Aires, que les había comprado el padre. Seis plantas, una para cada hija. Y ya a principios de siglo, es decir, durante la infancia de las niñas, todos los años viajaban a Europa. Embarcaban con todo: la familia, el servicio, y una o dos vacas para que a las niñas no le faltase la leche fresca.

El destino preferente era París, donde en uno de esos viaje los padres creyeron descubrir en la niña de seis años especiales capacidades para el dibujo y la pintura, y enseguida le asignaron un profesor. Ya mayor, pareció que Silvina iba a insistir en ese camino. Pero pronto el ambiente en que se movía, eminentemente literario, y los extraños monstruitos que se agitaban en su interior como buscando salida la pusieron en la vía correcta del destino.

Toda su vida estuvo condicionada, por lo menos en los aspectos externos, por la tríada que presidía (casi puede decirse) el mundo de las letras argentinas. De menor a mayor relevancia:

Adolfo Bioy Casares, el marido, once años menor que ella, refinado estanciero (terrateniente), amigo, más que de la vida social, del tenis y de las mujeres, de las que inevitablemente se enamoraba (y a las que inevitablemente enamoraba). Y que, sin que apenas nadie lo esperase, se reveló hacia la treintena como uno de los mejores escritores del país.

Jorge Luis Borges, escritor de reputación creciente hasta que alcanzó la categoría de eterno candidato al premio Nobel. Muy amigo de Adolfito y de Silvina. Durante años cenó todos los días en casa de la pareja.

Victoria Ocampo, voluntariosa, segura, liberal (en política), cosmopolita, que condujo sabiamente la revista y la editorial que ella misma había fundado y financiado: SUR. Ambas pusieron en lugar destacado el prestigio intelectual de Argentina en el mundo, con colaboradores de la talla de Octavio Paz, Ortega y Gasset, Virginia Woolf, Albert Camus, entre otros muchos.

En apariencia Silvina era, de los cuatro, la menos destacada. Algunos apuntan a que se sentía envidiosa y acomplejada ante el trabajo literario de Borges, y que vivió relegada y oculta a la potente luz del trío mencionado; otros biógrafos y comentaristas, más certeros, creo yo, afirman que el discreto segundo plano no fue impuesto por los tres ni autoinfligido por la modestia propia, sino que era el resultado de una opción lúcida y libremente elegida por ella, totalmente acorde con su modo de estar en el mundo: más atenta a los fantasmas de la imaginación que a los que circulaban a su alrededor.

Con cada uno de los tres mantenía Silvina una relación diferente. Con Bioy, el marido, un amor total y absolutamente dependiente que pasaba por encima – aún sufriéndolas – de las infidelidades públicas de él, del mismo modo que él pasaba por encima de las discretas – y quizá en algún caso lésbica – infidelidades de ella, y es que ella siempre fue lo más importante para él. Y viceversa.

Con Borges le unía un amistad fuerte y sincera, apenas enturbiada ocasionalmente por puntuales discrepancias literarias.

Con Victoria, la hermana, la historia era delicada y venía de antiguo. Aparte de la disparidad de caracteres, Silvina guardó siempre viva la herida que le infligiera Victoria en su infancia, al arrebatarle, cuando se casó, a la niñera a  quien la pequeña, de nueve años, amaba como a una madre, sin que de nada sirvieran sus ruegos ante la prepotencia de la mayor.

Tampoco Borges conectaba especialmente con Victoria, pero la conocía bien, la admiraba y, sobre todo, la acataba. Adolfito simplemente no la soportaba.

La labor semisecreta de Silvina no se empieza a conocer hasta sus treinta y cuatro años de edad, cuando publica la primera colección de cuentos, Viaje olvidado (1937), punto de partida de la constelación de historias increíbles, pobladas de personajes retorcidos, niños y niñas en muchos casos que dinamitan la idea la inocencia infantil. Como el cuento de la niña obsesionada por recordar el momento de su nacimiento, o el de la niña que odia a su institutriz hasta el extremo de querer transformarla en gato, o el de las siete niñas invitadas al cumpleaños de un niño quien, cuando ellas se van de la fiesta, «ya era un hombrecito». Y sean quienes sean los personajes – niños, mayores, poderosos, pobres -, el modo de narrar es tan novedoso y atrayente que solo se podría comparar al de su casi contemporáneo Cortázar. Y así, nos ofrece un mundo en el que el encadenado de la lógica a menudo se quiebra y en el que los hechos brincan directamente desde la profundidad del inconsciente. Se me ocurre que lo más parecido a los cuentos de Silvina son nuestros sueños.

(CONTINÚA)

(De ESCRITORAS)

    

 

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SILVINA OCAMPO. La nena terrible II

Silvina Ocampo nació en Buenos Aires en 1903, última de seis hermanas. El padre, Manuel Ocampo, era ingeniero además de miembro de una distinguida y rica familia que hundía sus raíces en las carabelas de Colón, más o menos. También la familia de la madre, Ramona Aguirre, era de rancio abolengo y de grades posibilidades económicas.

Silvina, como el resto de las hermanas, no conoció la escuela primaria ni la secundaria. Los estudios los realizó en casa a cargo de profesores competentes y, como no era nada extraño entre la gente de su clase, aprendió primero el francés y el inglés que el español.

Su carácter era un poco especial, ”raro”, solían decir familiares y conocidos. Hablaba poco (“¿se te ha comido la lengua el gato?”, expresión que, con su poderosa imaginación, la llenaba de terror). Pero el rasgo que más la distinguía del resto de la familia y de la gente pudiente, era su afición a las personas de las clases inferiores ya fuesen mendigos o miembros del servició doméstico, en cuyas dependencias pasaban las horas, entre planchadoras, costureras y cocineras. Dice la niña de uno de sus cuentos:

Ser pobre, andar descalza, comer fruta verde, vivir en una choza con la mitad del techo roto, tener miedo, deben ser las mayores felicidades del mundo. Pero nunca podré ambicionar esa suerte. Siempre estaré bien peinada y con estos horribles zapatos y estas medias cortas. La riqueza es como una coraza que Miss Fielding admira y que yo destesto.

Obediente a la vocación anunciada en su infancia, en 1929, a los 26 años, se encuentra en París estudiando pintura y dibujo. Allí frecuenta a los artistas argentinos y estrecha su amistad con Norah Borges, hermana del escritor, y ya destacada artista. Y cuenta con maestros como Chirico y Léger.

De vuelta a Buenos Aires sigue por un tiempo su dedicación a las artes plásticas, afición que pronto sería desplazada por la que la tendría mayormente ocupada toda la vida. Dos hechos fueron decisivos en este giro vital: la fundación de la revista SUR por su hermana Victoria, en 1931, y la relación amorosa con Adolfo Bioy Casares, el rico, ocioso y encantador estanciero, quien pocos años después se había de revelar como uno de los grandes escritores argentinos.

En 1934, Silvina y Adolfo, que ya viven juntos, se establecen en la quinta de Pardo, propiedad de él, y es allí donde ella empieza a escribir en serio. Y también donde consolida su amistad con un amigo de Adolfo que suele visitarlo, Borges. No es extraño que en este ambiente, la pluma venciera al pincel, es un decir. También ayudó el hecho de figurar como una de las fundadoras de SUR, lo que facilitó la publicación y reseña de algunos de sus cuentos, no obstante que ni ella ni Adolfo ejercieron en ningún momento como los consejeros de redacción que eran. 

En 1937 publica la primera colección de cuentos, Viaje olvidado, que provocan en Victoria una reacción de asombro y de recelo hasta el extremo de considerarlos públicamente una serie de “recuerdos distorsionados de la infancia”, “recuerdos reinventados” por “una persona disfrazada de sí misma”.

En 1940 Silvina y Adolfo se casan, precisamente el año en que él publica La invención de Morel, novela que consolida el prestigio literario de su autor. La desacostumbrada diferencia de edad (él, once años menor) y el hecho de que ella conociera al muchacho por la madre de éste, provocaron el rumor de que fue la madre, que tenía una relación lésbica con Silvina, la que urdió el matrimonio. Hecho que fuentes muy fidedignas niegan rotundamente. Pero las malas lenguas insisten; por eso se las llama “malas”.

Lo que sí era de conocimiento público, esposa incluida, era las continuas infidelidades del marido. Un episodio célebre en este sentido fue el que tuvo lugar durante el viaje que la pareja realizó por Europa en 1949. Iban acompañados por la sobrina de Silvina, Genca, quien era (o había sido) amante de Adolfo. Y ocurrió que en el camino se encontraron con Octavio Paz y su esposa de 29 años, Elena Garro, también escritora, dicen que oscurecida por el poderío intelectual del marido. Y ocurrió que Adolfo y Elena se enamoraron locamente, que es como se enamoran los que se enamoran. Un amor mayormente epistolar, solo físico en las pocas ocasiones que tuvieron para verse: un breve encuentro en Europa en 1951 y otro también breve en Estados Unidos en 1956. Otro hecho curioso fue que, no pudiendo o no queriendo tener hijos Silvina, adoptaron en 1954 a Marta, la hija que Adolfo había tenido con una de sus amantes. Evidentemente, con todo esto Silvina sufría, pero lo aceptaba en aras de un bien mayor: no perder a Adolfito; idéntica razón llevaba a éste a tolerar los mucho más discretos desvaríos de la esposa. Desde cierto punto de vista se diría que formaban una pareja perfecta.

En todo caso, la actividad creativa de Silvina no se detiene. También en poesía. En 1942 ya había publicado dos poemarios (Enumeración de la Patria y Espacios métricos) que, aunque de calidad notable, nada tienen que ver con los cuentos en cuanto a originalidad e impacto en el lector. En 1946 se publica una novela escrita junto con Adolfo – estimaba a su esposa también como escritora -, sin que se sepa qué aspectos o partes de la obra corresponden a cada cual: Los que aman, odian, novela policíaca, género que ella apreciaba tanto como Adolfo y Borges. En 1948 publica otra colección de cuentos (dicen que esta vez influida por Borges), Autobiografía de Irene.  En el 59, con La Furia, y en el 61 con Las Invitadas, se consolida su prestigio como escritora, sin que en ningún caso llegara – ni todavía hoy – al nivel que muchos creemos que merece.

Mucho más discreta que el marido, de la vida íntima de Silvina poco se sabe. Aparte de la fantasiosa historia de la suegra, trascendió su relación también supuestamente lésbica con la joven poeta Alejandra Pizarnik. Pero de los testimonios escritos se evidencia que la «tórrida pasión» de que hablan los comentaristas fue sobre todo por parte de la joven, mientras que Silvina pronto se sintió agobiada por aquel vehemente acoso, y es posible que su tácito rechazo tuviera algo que ver con el suicidio de Alejandra en 1972.

Silvina seguía escribiendo y publicando, tanto relatos (Los días de la noche, 1970; Y así sucesivamente, 1987) como poesía (Amarillo celeste; Árboles de Buenos Aires, 1970) hasta que, unos cuatro años antes de su muerte, ocurrida en 1993, el maligno Alzheimer la apartó del mundo. 

Nadie sabe lo que ocurre en la mente de las víctimas de esta enfermedad. En el caso de Silvina podemos suponer que, en su sueño, habría mañanas luminosas pobladas de árboles y mendigos, y tardes grises con sus institutrices estúpidas y  sus niños asesinos.

(De ESCRITORAS)   

  

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XVIII

Desde mi regreso de Pompeya mis relaciones con Petronio habían adquirido un tono distinto, más familiar, más íntimo. Por otra parte -él lo observó enseguida-, me había despojado de parte de mi timidez y de mi postura de admirador rendido. También la frecuencia y el estilo de los encuentros era diferente. Se hicieron más esporádicos y ya sin rastro de los pudores protocolarios que antes me preocupaban: sin dejar de ser un discípulo aplicado, me había convertido en un amigo más de Petronio, en uno de sus pocos amigos verdaderos. También cambió un aspecto fundamental a los efectos de este relato: tras el primer encuentro posterior a mi regreso, abandoné la costumbre de anotar el mismo día y literalmente el contenido de la conversación, y ya sólo lo hacía cuando pensaba que determinadas frases o conceptos merecían sin duda ser recordados. En algún lugar, que no recuerdo, debo de conservar la recopilación de las sentencias y reflexiones petronianas más brillantes y profundas.

Vi a Petronio por última vez el 20 de marzo. El día anterior, convocado por Nerón, se había reunido el Senado en el templo de Venus Madre. Al término de la sesión corrió la voz de que se habían pronunciado condenas. Algún rumor incluía el nombre de Petronio.

Era mediodía. En cuanto el portero me abrió, me precipité hacia el gabinete y entré sin llamar. Petronio escribía. Sin levantar la vista del pupitre, dijo:

-¿Qué son esas prisas, Lucio? Escribo, luego estoy vivo, ¿no?

-¿Qué ocurrió ayer en el Senado?

-Si me dejas terminar la frase, te lo explico.

Siguió escribiendo unos instantes. Luego se levantó, me tomó del brazo y salimos al jardín.

-Ya tenemos aquí la primavera -dijo-. La representación va a empezar de nuevo, y los cuatro actos se repetirán rigurosamente: despertar, plenitud, decadencia y muerte. Hemos de reconocer que la naturaleza es bastante obsesiva. Yo diría que le falta una pizca de imaginación. Cuarenta y seis años contemplando la misma historia es como para estar un poco harto.

-Vivirás muchos más, Petronio, te lo juro.

-¿Qué son esos excesos, Lucio? ¿Quién eres tú para vaticinarme nada? Viviré todo el tiempo que el destino y yo hayamos pactado…Pero me preguntabas por la sesión del Senado.

-Sí, corren rumores alarmantes. Algunos te incluyen entre los condenados.

-Se equivocan, se equivocan por completo, como muy bien puedes ver. Es cierto que la sesión la había montado Tigelino para cargarse a unos cuantos senadores, pero yo no iba en el lote. Sí, el objetivo era que ciertos senadores presentasen acusación contra dos colegas, enemigos públicos de turno, y que el mismo Senado los condenase. Tigelino se ha convertido en un perfecto organizador de espectáculos. En esta ocasión le ha bastado con sustituir a los «aplaudidores» de oficio por pretorianos armados para sugerir a los padres de la patria cuál era su obligación a la hora de votar. Así, que Trásea y Sorano ya son historia. Y Mela también.

-¿Mela, condenado?

-No fue preciso. Antes de la sesión del Senado se quitó la vida. El caso de Mela resulta paradigmático de cómo la avaricia puede romper no sólo el saco sino todo lo demás. Aparte de una obra literaria importante, Lucano dejó a su muerte un importante número de deudores, que su actividad financiera (inevitable estigma familiar) había ido acumulando. Cuando Mela, como heredero de su hijo, exigió el pago a uno de los deudores, éste se negó. Mela insistió, y entonces el deudor amenazó con sacar a la luz una carta que tenía de Lucano en la que el padre aparecía implicado en la conspiración de Pisón. Pero Mela no cedió. Y el deudor puso la carta en conocimiento de quien procedía. A la primera citación oficial, Mela se ha quitado la vida. Ya ves, todo el interés que puso en la defensa de la bolsa le ha faltado en la defensa de la vida. Ejemplar, ¿no? Adondequiera que uno mire no ve más que aburridos episodios edificantes. Y luego dicen que vivimos una época inmoral. ¿Qué opinas?

-Lo único que ahora me interesa es saber si estás o no en peligro.

-En peligro estamos siempre, amigo Lucio; todos y en todo momento. Supongo que lo que te interesa saber es si preveo para mí un final parecido a los de Trásea, Sorano y Mela. Pues bien, no, rotundamente no, nada que se les parezca.

-¿Cómo van tus relaciones con Tigelino?

-Mira, precisamente ayer, después de meses sin hablarnos, nos cruzamos unas palabras. Él me dijo: «te he cazado, Petronio», y yo le respondí: «pues cuida de que me guisen muy bien, porque puedo ser muy indigesto».

-¡Pero eso es muy alarmante!…Supongo que, con tu respuesta, le dabas a entender que, si te ocurría algo, saldrían a la luz cosas compremetedoras para él.

-Creo que así lo entendió. Pero la verdad es que, detrás de esa frase pretendidamente ingeniosa, no hay nada, absolutamente nada, como siempre. ¿Quién decía que soy especialista en frases brillantes que nada significan?

-Séneca -dije rápidamente, evitando que surgiese el nombre de Pola.

-Pues Séneca tenía razón. Mis palabras son tan vacías como la vida misma.

-No estoy de acuerdo, y mucho menos en tu obra.

-Mi obra ya no me pertenece. Ahí está, con su vida propia…Pero no quiero ponerme tan solemne como el dichoso Séneca, ¿recuerdas?…Y ahora he de pedirte un favor. Espérame aquí un rato, o en la biblioteca, donde prefieras. He de acabar lo que tenía entre manos.

Me senté en el banco donde tantas veces habíamos conversado, frente al Príapo, sordo testigo de nuestras palabras. Y de pronto, me invadió un extraño sentimiento, una especie de nostalgia anticipada. Faltaban unos días para que se cumpliese un año justo de mi llegada a aquella casa. ¡Era todo tan increíble! Realmente, ¿estaba yo viviendo aquello? ¿O era ya recuerdo, imposible añoranza de algo que tal vez ni siquiera ocurrió? Pero yo estaba ahí, no había duda, y él, a pocos pasos de distancia, escribía…luego estaba vivo. Quizá en aquel momento daba los últimos toques a una nueva obra, más genial que las anteriores, que había de ser el asombro del mundo. ¡Y era mi amigo! Y cuando terminase de escribir, reanudaríamos la conversación.

Y entonces me dio por pensar en todas las cuestiones que podía plantearle. Y fui anotando mentalmente los temas que consideraba pendientes o apenas esbozados en charlas anteriores. Y los miraba desde una y otra perspectiva, y una y otra vez les daba la vuelta, intentando adivinar cuál sería la respuesta, la brillante solución petroniana. De pronto tuve la impresión de que había pasado mucho tiempo, más de una hora, tal vez dos. Y en aquel mismo momento apareció Eutimio para anunciarme que podía pasar al gabinete.

La puerta estaba entornada. Entré sin vacilar. No había nadie. Impulsado por la curiosidad, me acerqué al pupitre. Junto a los instrumentos de escritura había un papel, desplegado, escrito con letra menuda, en el que destacaban las grandes dimensiones del encabezamiento: PARA LUCIO ANTONIO TURNO.

«Cuando hayas llegado hasta aquí yo estaré viajando hacia el sur. Nerón salió ayer tarde con toda la corte con dirección a Nápoles. Yo le prometí que le alcanzaría un día después. Pero no será así.