EMILIA PARDO BAZÁN. La condesa palpitante I

pardo bazánHay una Emilia, en el grupo de escritoras que voy convocando, que nada o muy poco tiene que ver con la lánguida, exquisita y enigmática poeta de Nueva Inglaterra que acabamos de visitar. Enfrentadas incluso geográficamente, casi en la misma latitud a uno y otro lado del océano Atlántico, son buen ejemplo de lo diversos y aún contrarios que pueden ser los seres humanos y entre ellos, los escritores y entre estos, las escritoras.

Emilia Pardo Bazán es un caso claro de mujer fuerte, cosa que por entonces – y siglos antes y algún siglo después – no estaba permitida, o según y cómo. A doña madame de stael 2Emilia se la puede considerar como la Madame de Staël hispánica, o así la considero yo. Con todas sus diferencias, naturalmente. La principal consiste en que mientras la francesa – medio suiza – tenía una visión muy clara y bien estructurada de sus preferencias político-sociales y culturales, la española – del todo gallega – evolucionaba, o así lo parecía, entre distintas posiciones, contradictorias sobre todo por lo simultáneo con que solían presentarse.

Aristócrata conservadora y al mismo tiempo feminista; naturalista en literatura (que suponía la adscripción a un determinismo ateo), pero católica ferviente; católicaD._Carlos_de_Borbón_y_de_Austria-Este_smoking ferviente, pero nada reacia a aventuras eróticas extracanónicas (aunque esto ya entraba en la tradición del catolicismo más ferviente); tradicionalista en ideas políticas, pero progresista en la práctica. En fin, que las posturas de la condesa parecían pensadas para despistar o confundir al personal, no de otro modo que las que mostrara el gran Dostoyevski, según acertado resumen de André Gide. Y está claro que esto la complacía, como lo demuestra cuando escribe

Los conservadores de la extrema derecha me creen “avanzada”, los carlistas “liberal” – que así me definió don Carlos – y los rojos y jacobinos me suponen una beatona reaccionaria y feroz.

Por supuesto había que tener una personalidad muy especial para, siendo mujer en aquella época y sociedad, llegar a ocupar, sobre todo en prestigio, un lugar tan alto en la pirámide intelectual del país. Y digo “en prestigio” porque en el ámbito oficial la cosa no fue tan fácil. El caso más llamativo fue el de la Real Academia, que le negó la entrada en varias ocasiones no por otra cosa que por su condición de mujer, en un alarde de esa misoginia en la que siempre ha brillado con esplendor la docta institución no sé si hasta ahora mismo.rae

Pero tuvo sus reconocimientos, populares (las lecciones en el Ateneo de Madrid en 1896 sobre literatura francesa contemporánea fueron un éxito de público) y hasta oficiales: en 1910 fue nombrada Consejera del Ministerio de Instrucción Pública; en 1916 se le otorgó la cátedra de Literaturas Neolatinas de la Universidad Central, de la que, sin embargo, pronto dimitió por falta de alumnos, no se sabe si carentes de interés por la materia o llenos de vergüenza por tener que aprender de una señora.

Y no es que no hubiese señoras escritoras en aquella época y sociedad, pero por lo general sus obras se limitaban a novelitas dirigidas a otras señoras y señoritas y en la cuestión palpitantemuchas ocasiones firmadas con seudónimo masculino. Lo original, lo rompedor en doña Emilia es que sus intereses y producciones literarias abarcan desde lo histórico-erudito, como el Ensayo crítico de las obras del padre Feijoo, escrito a los veinticinco años, hasta la participación en los últimos movimientos de la modernidad intelectual y artística: la publicación de La cuestión palpitante, colección de artículos sobre el naturalismo literario surgido en Francia en torno de Zola, puso esta tendencia – a la que hasta cierto punto ella estuvo adscrita – en el centro del debate literario español.

Y la sociedad literaria, los escritores “serios” ¿cómo recibieron el fenómeno de la señora escritora y erudita y siempre à la page? Bien. Hay que decir que muy bien. Clarín (Leopoldo Alas) elogió muchos aspectos de la novela Un viaje de novios (1881), aunque censuró otros; tampoco se manifestó de acuerdo en algunas de las consideraciones de la escritora sobre Zola. Pero en todo caso dejó bien clara su admiración por las dotes de doña Emilia (“la mujer de gran talento, de suma habilidad”).

La escritora cosechó la admiración de los más jóvenes, como Unamuno ozola Blasco Ibáñez. Cierto que también recibió críticas de escritores como Menéndez Pelayo, Pereda, Palacio Valdés y otros, pero siempre fundamentadas en discrepancias estéticas o ideológicas, nunca, que yo sepa, por razón de sexo.

El de Benito Pérez Galdós es un caso aparte. Ocho años mayor que doña Emilia, cuando ésta empezó a ser conocida (a principio de la década de los 80) don Benito se hallaba casi en el apogeo de su carrera literaria. Desde un principio hubo entre los dos una relación de admiración (sobre todo por parte de ella) y de estimación mutua. Relación que rápidamente fue ganando intensidad, hasta que se convirtieron en amantes. Y no se trata aquí de uno de esos casos de amantes apócrifos, tan del gusto de algunos comentaristas. Porque la relación está atestiguada por los mismos protagonistas.

Hace unos años salieron a la luz 92 cartas de doña Emilia dirigidas a don Benito y solo una de éste en sentido contrario (se supone que el resto, en posesión de la escritora, fue destruido a la muerte de ésta por la censura de la familia propia o por miquiño míola del dictador Franco, ocupante estival, años después, de la residencia gallega de la escritora).

Las cartas de Emilia hablan de una relación apasionada, forzosamente discreta (ella estaba casada aunque separada de acuerdo con el marido; él siempre soltero), que tuvo lugar en encuentros furtivos en Madrid y en un viaje por Alemania. Y además, con algunas infidelidades por parte de ambos. Y cuando la relación cesó, al cabo de una década aproximadamente, conservaron una buena amistad y la misma admiración y respeto por parte de ella hacia quien siempre consideró su maestro.

Nada da mejor idea del apasionamiento, la desinhibición y el sentido del humor con que la condesa vivió aquel amor que estas líneas de una de sus cartas de 1889

Pánfilo de mi corazón: rabio también por echarte encima la vista y los brazos y el cuerpote todo. Te aplastaré. Después hablaremos dulcemente de literatura y de la Academia y de tonterías. ¡Pero antes morderé tu carrillito! 

 (CONTINÚA)

benito y emilia

(Obsérvese cómo don Benito todavía tiene resentido el carrillito).

(De ESCRITORAS)

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

EMILIA PARDO BAZÁN. La condesa palpitante II

casa-museo-emilia-pardo-bazanEmilia Pardo Bazán “fue una noble y novelista, periodista, feminista, ensayista, crítica literaria, poetisa, dramaturga, traductora, editora, catedrática y conferenciante española introductora del naturalismo en España”, dice la enciclopedia (virtual, por supuesto). Y dice mal.

Es verdad que, a primera vista, la parrafada impone, pero si se la examina con un poco de atención resulta bastante extraña. Para empezar, juntar “noble” (¿en qué sentido?) con “novelista” es por lo menos ambiguo. Su actividad como periodista la fue ejerciendo en cuanto ensayista y crítica literaria, o sea que estas podrían estar comprendidas en aquella o aquella en estas. Se dice que fue feminista. Cierto, pero también fue carlista y en cierto modo obrerista (La Tribuna), y no se dice. Lo de dramaturga fue más bien un intento fracasado, que la homologa con tantos españolitos, de los que se decía que nacían todos con una obra de teatro bajo el brazo. Y lo de “poetisa” no lo admitiría hoy cualquier mujer que escriba versos, como no admitiría “atletisa” cualquier atleta del sexo femenino. Mejor pasamos a la historia, resumida y breve como siempre.

nina-pardoEmilia Pardo Bazán nace en La Coruña, España, en 1851. El padre, abogado y miembro del partido liberal, por el que fue diputado en el Congreso, ostentó el título de conde por nombramiento papal, título pontificio que el rey Alfonso XIII convalidó en real para la hija en 1908.

Los intereses literarios y culturales de Emilia estuvieron bien claros desde su más tierna infancia. Ella misma pidió que las convencionales clases de piano y demás componentes de la educación de las señoritas de entonces les fuesen sustituidas por clases de latín y por enseñanzas humanistas. Niña todavía, lee la Bibilia, Homero y el Quijote. Durante los inviernos que la familia pasa en Madrid estudia en un colegio francés, y llega a dominar este idioma, lo que le sería de gran utilidad en su futura actividad de literata de rango europeo.

A los dieciséis años (1868) se casa con José Quiroga y Pinal, estudiante de derecho de diecinueve, más o menos aristocrático y más que menos ultraconservador, querevolución gloriosa exige que su esposa se adhiera también al carlismo, cosa que ella acepta en principio y que mantendrá  aunque con  matices varios. El hecho de la boda lo registra en uno de sus Apuntes autobiográficos con cierta frialdad de cronista: Me vestí de largo, me casé y estalló la Revolución de septiembre. Tuvieron tres hijos.

Precisamente la agitación social que se produce a continuación de la Gloriosa induce al padre a poner tierra por medio por una temporada, viajando con toda la familia, recién casados incluidos, por Francia, Inglaterra, Austria e Italia, viaje que no concluye hasta 1873, y que Emilia aprovecha para iniciar contactos con  algunas figuras de la literatura europea.

Establecida la familia en Madrid, Emilia se dedica sin descanso a sus labores intelectuales y creativas ante la mirada comprensiva y aprobatoria del marido, de momento. Actitud que cambiará radicalmente cuando la esposa se vea situada en el centro del debate intelectual, recibiendo flores y dardos desde izquierda y derecha indistintamente a propósito de la polémica sobre el naturalismo literario, y que conducirá a la separación de hecho de la pareja en 1883.

En 1876 publica su Ensayo crítico de las obras del Padre de Feijoo y en 1879 sale su primera novela, Pascual López, autobiografía, todavía en la órbita de la novelística anterior a la que ella misma vendría a consolidar.

vichyEn 1880 pasa una temporada en el balneario de Vichy (Francia), donde, entre otras cosas, se dedica a estudiar a fondo la obra de Zola y empieza a escribir la novela Un viaje de novios (1881), en la que se perfila ya su estilo propio y que fue bien acogida por la crítica.

El de 1883 fue un año crucial para la la escritora y la mujer. Durante el año anterior había publicado en la revista Época una serie de artículos en los que exponía los postulados de la escuela naturalista de novela, surgida  en torno de la figura de Zola en el llamado grupo de Médan. Reunidos y publicados en forma de libro con el título de La cuestión palpitante, enseguida se situaron en el centro del debate literario español. Y lo que quizá prestaba mayor interés a la polémica era el hecho de que la escritora no suscribía sin más todas las exigencias de la nueva escuela, sino que oponía sus reparos, el principal, aceptar un determinismo que anula la idea de libre albedrío, lo que, como católica, no podía de ningún modo admitir. Postura que, como suele ocurrir, concitaría los ataques y censuras de las dos posiciones extremas

Ese mismo año acuerda la separación con su marido, publica la novela La Tribuna, naturalista, obrerista y feminista, en cuyo prólogo reconoce el magisterio de Galdós, y – lo que nadie sabe entonces – se afianza el largo idilio entre el escritor y la escritora.

En 1886 vuelve a Francia, donde trata a los hermanos Goncourt, a Huysmans y sobre todo a Zola, quien se muestra sorprendido de que la autoría de La cuestión emilia escribiendo a máquinapalpitante corresponda a una mujer. El mismo año sale a la luz Los pazos de Ulloa, novela sobre el caciquismo y la decadencia de la sociedad tradicional gallega. Esta obra y la que sigue, La madre naturaleza, que es continuación de la anterior por el tema, el ambiente e incluso algunos personajes, la consagran definitivamente como la gran novelista española de la segunda mitad del siglo.

Pero su actividad creativa no se limita a lo novelístico. Publica ensayos como La revolución y la novela en Rusia (1887) en el que, apartando la mirada de la omnipresente cultura francesa, presenta a Dostoyevski y otros novelistas rusos, y La mujer española (1890) donde trata de la situación de inferioridad en que se encuentra la mujer y de los continuos impedimentos que la sociedad masculina coloca para imposibilitar que pueda superarla.

Tras la muerte de su padre (1890), y con el dinero de la herencia, crea la revista Nuevo Teatro Crítico, que durará dos años y en la que ella sola escribe todos los artículos. Colabora en las revistas La España Moderna, El Imparcial y otras. En esta época se dedica especialmente a los cuentos (se han recogido más de quinientos, emilia conferencianteaparecidos en distintas publicaciones).

Su fama no solo como escritora sino también como conferenciante va en auge. Las  intervenciones de la aristócrata escritora atraen a un público numeroso y variado. Desde el éxito de sus lecciones sobre literatura contemporánea francesa de 1896, se convierte en figura destacada del Ateneo de Madrid (primera mujer aceptada como socia), donde ocupará el puesto de directora de la Sección de Literatura (1906). En 1910 se la nombra Consejera de Instrucción Pública y en 1916, catedrática de Lenguas Neolatinas de la Universidad Central.

Su producción escrita es inabarcable. Y siempre variada. Hay que registrar en este sentido el cambio de tendencia que se da en su obra a partir de los últimos años del siglo, con cierto abandono del naturalismo y la apuesta por las nuevas modas finiseculars (decadentismo, simbolismo), como en la novela La Quimera (1905). Y tampoco  hay que olvidar – como aquí se ha olvidado – toda su literatura histórico-crítica relacionada con el cristianismo a través de figuras como Dante, Milton, San Francisco y de las tratadas en Los poetas épicos cristianos (1895).

Porque doña Emilia siempre fue y se confesó católica, en lo bueno y en lo malo. Quizá es el catolicismo el único rasgo que presta unidad a su vivir, pleno de intereses múltiples y a veces contradictorios. Un religión, la católica, que, como dejara dicho su coetáneo Oscar Wilde, es la más adecuada para santos y pecadores.

En ella confortada, doña Emilia Pardo Bazán entregó su alma, en Madrid, el 12 de mayo de 1921.

emilia estatua coruña

(De ESCRITORAS)

 

3 comentarios

Archivado bajo Opus meum

EMILY DICKINSON. El premio de la vida I

emily dickinson

                          ‘Tis Life’s award – to die –

A veces uno llega a dudar de que los seres humanos integren una sola especie zoológica. ¡Los hay tan diferentes! ¿Qué tienen en común un hombre solo de acción, como Napoleón, y otro solo de ensoñaciones intimistas, como Leopardi? Incluso leopardi2entre los escritores las diferencias pueden ser abismales; entre Zola, por ejemplo, y ciertos poetas de la misma época y país. Pero también entre lo poetas abundan perfiles totalmente opuestos, como el de Walt Whitman y el de su casi contemporánea Emily Dickinson. En este caso, además, la diferencia resulta inquietante. Porque de Whitman, cualquiera con un poco cultura literaria puede decir quién es o qué representa. De Dickinson, no.

Aproximarse a Dickinson es entrar en un territorio inexplorado. No hay referencias, no hay mapas que nos puedan orientar en la peligrosa travesía. El mismo lenguaje resulta a veces desconocido. La sintaxis parece inventada, incluso los signos ortográficos, con sus whitmanconstantes guiones y sus mayúsculas aparentemente caprichosas, no obedecen a ningún código conocido. Todo, fondo y forma, surge simultáneamente de la misma alma escritora.

Un alma que parece estar siempre en el umbral de algo grande, tal vez oscuro, tal vez terrible. O luminoso. No podemos llamarlo abismo, aunque alguna vez ella lo hace. En realidad no podemos darle ningún nombre diferente del que ella dicta.

Lo curioso, lo insólito, lo increíble es que una autora como Emily, además de existir y crear, haya traspasado la barrera de las sombras – lo desconocido por la cultura universal – y haya llegado a brillar e imponerse en el firmamento de la poesía perenne.

Perteneciente a una familia tradicional norteamericana, descendiente de los arribados al continente con la Gran Migración de los puritanos ingleses de 1630, pasó toda la vida en la residencia familiar de Amherst, con solo breves salidas a la cercana Boston, a mayflowerFiladelfia y Washington, además de unos meses de la adolescencia, interna en una institución de enseñanza. Pero, sobre todo desde los treinta años de edad, vivió encerrada en su retiro sin más trato directo que con los padres, el hermano mayor Austin y la hermana menor Lavinia, además de con alguna amistad íntima, como Susan, confidente desde la infancia, que se convirtió en su cuñada.

Pero no estaba cerrada el mundo mantuvo continua correspondencia epistolar con personas de diversos ámbitos -, era el mundo el que estaba encerrado en ella. Un mundo de extrañas y poderosas visiones y sensaciones que ella iba trascribiendo, en su particular idioma poético, en papeles que luego cosía a mano para formar volúmenes que guardaba sigilosamente en un cajón.

Pero, como le suele ocurrir a todo creador solitario, Emily no dejaba de plantearse con mayor o menor urgencia la cuestión de si lo que hacía valía la pena desde un punto de vista estético más o menos objetivo. El ojo no puede verse a sí mismo, y ella no tenía a nadie que le informase de si aquellos poemas que inevitablemente le surgían – y que amorosamente cultivaba – tenían algún valor para el mundo exterior. Y he aquí que en abril de 1862 aparece en la revista The Atlantic Monthly un artículo del entonces famoso crítico literario Higginson en el que alienta a los jóvenes escritores a que le envíen muestras de sus obras. Emily le escribe enseguida: “¿Está atlantic monthlyusted demasiado ocupado para decirme si mis versos están vivos?”, enviándole cuatro breves composiciones.

La reacción de Higginson es de asombro y desconcierto. Por supuesto, siente que allí hay algo vivo, pero no sabe descubrirlo cabalmente. Le molesta el envoltorio. El sacerdote de la Forma no puede aceptar aquella escritura espasmódica, dice, salpicada de guioncitos y de mayúsculas absurdas. Ni la anarquía de metro y rima. Y así se lo hace saber a Emily, aconsejándole las oportunas enmiendas y sobre todo que no intente publicar todavía (es consciente de que hay ahí un valor oculto que quizá con una cirugía…).

Emily agradece a Higginson los consejos, aunque, con la ironía y el sentido del humor que -también – la caracterizan, le da a entender que no piensa seguirlos rigurosamente, porque no podría prescindir del acompañamiento de las Campanillas – guiones y mayúsculas -. Y en cuanto a abstenerse de publicar de momento, escribe

Sonrío cuando sugiere que aplace “publicar “ – porque eso es tan extraño a mi pensamiento como el Firmamento al Fondo del Mar. Si la fama me perteneciera – no podría escapar de ella…

Pero termina rogándole que sea su “preceptor”, y en las muchas cartas que seguirán firmará siempre como “su alumna”.

A partir de ahí se desarrolla una larga correspondencia entre famoso crítico y poeta nueva – con largas interrupciones al principio, debidas a la guerra civil, en la que el crítico participa como coronel unionista – que evoluciona rápidamente hacia una buena amistad.

Algunos estudiosos de hoy reprochan a Higginson haber sido incapaz de captar toda la genialidad de Dickinson – reproche fácil, “a toro pasado” -, pero no se preguntan si higginson2en estos momentos ellos ignoran o niegan oportunidades a la genialidad – mañana evidente – de un autor nuevo. Reproche injusto, además, como evidencian estas palabras de Higginson dirigidas a Dickinson en carta de 11 de mayo de 1869

A veces saco sus cartas y sus versos, querida amiga, y cuando siento su extraño poder, no es extraño que se me haga difícil escribir y que así transcurran largos meses. […] No he cambiado en lo tocante a usted y nunca decae mi interés por lo que me envía [ …] siempre me intimida pensar que lo que escribo pudiera ser desatinado y temo no captar la sutileza de su afilado pensamiento. Sería tan fácil, me temo, malinterpretarla. Aun así, como ve, lo intento. (trad. Nicole d’Amonville Alegría.)

Y aún hay quien se atreve a hablar de “la escasa perspicacia” de Higginson por no proclamar al momento la genialidad de Dickinson, como tan fácilmente se proclamara un siglo después, cuando lo que se debería resaltar es la suma inteligencia y delicadeza que muestran esas palabras ante al enigma de la poeta nueva.

De todos modos, Emily Dickinson no pudo, como pretendía, evitar la fama. Pero no tuvo que escapar. Porque cuando la fama llegó ella ya no estaba.      (CONTINÚA

dickinson ya no estaba 

       (De ESCRITORAS)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

EMILY DICKINSON. El premio de la vida II

Amherst_compressed_1920x1280Emily Dickinson nació en Amherst, pequeña localidad de Massachusetts, Estados Unidos, en 1830, un año después que su hermano Austin y tres antes que su hermana Lavinia. El padre, Edward, abogado y político liberal (izquierda) que fue evolucionando hacia posturas cada vez más conservadoras, fue diputado en el Congreso – Emily le adoraba, “tenía el corazón puro y terrible”, dijo de él en una carta. La madre, Emily Norcross, distanciada y enfermiza, estuvo toda la vida más cuidada por los hijos que a la inversa.

La familia era muy importante para Emily Dickinson, siempre estuvo muy unida aedward dickinson hermano, hermana y cuñada, que constiuían el núcleo esencial de su vida social, así como de la material lo era la gran casa familiar (Homestead), al lado de la cual construyó el hermano su propia vivienda (Evergreens) cuando se casó con Susan.

Y dentro de la Homestead, la habitación propia en la planta superior, donde Emily se encerraba parte del día para recibir y poner por escrito los mensajes poéticos que le llegaban – ¿de dónde? -, y que luego iba coleccionando y guardando. Solo unos cuantos se publicaron en vida  – anónimos -, de cinco a ocho, según el biógrafo de turno. Y seguro que pudo publicar más, porque sus relaciones no eran pocas. Y es que, aunque retirada y casi encerrada, no era ajena al mundo cultural, principalmente a través de los diarios y revistas que llegaban a la casa y por las amistades de la familia o las pocas del período escolar, que conservó toda la vida. Pero publicar siempre le pareció una degradación del acto creativo.dickinson niños

Su vida escolar fue breve y nada metódica. Cursó estudios primarios en la misma Amherst y en otoño de 1847 ingresó en el centro femenino de estudios Mt. Holyoke, a pocos kilómetros de la ciudad. El ambiente – la moda de aquella sociedad y momento – era de una religiosidad de origen calvinista que exigía en la práctica conversiones espectaculares y grandes actos de propaganda. Emily no se sentía nada a gusto, y al acabar el curso lo dejó. Y sin embargo aquella fue la época en que estuvo más abierta a la sociedad, incluso escribía una columna en el boletín del centro, en el que desplegaba su ironía y sentido del humor: llegó a declararse pagana. Su religiosidad iba por otros derroteros y empezaba ya a manifestarse en el misterio de unos versos.

wadsworthEl regreso a casa en 1848 significa el inicio del encierro que había de durar toda la vida, excepto breves salidas a ciudades próximas. En una de éstas, en 1855, oyó predicar y conoció al Reverendo Charles Wadsworth, con el que inició una apasionada correspondencia, en la que expresa directamente el amor – siempre a distancia – que despertó en ella aquel varón severo y hermoso. El traslado de Wadsworth en mayo de 1860 al otro extremo del país supuso para ella un golpe muy duro, al sentir que se le anulaba toda esperanza de seguir soñando.

Las relaciones con el exterior – fuera del ámbito doméstico – fueron casi siempre epistolares. Escribió unas mil cartas. Entre todos sus corresponsales destacan tres que, por motivos diversos, tuvieron especial importancia en su vida. O cuatro, si se admite que el “Dueño” (Master), a quien escribió cartas de amor y sometimiento total, era persona distinta de Wadsworth.

samuel bowlesUno era Samuel Bowles, director del Springfield Daily Republican, amigo de la familia y de ella misma de toda la vida, que mantuvo con Emily una relación basada en la confianza y estima. En el diario le publicó algún poema, como siempre en forma anónima.

Otro, Th. W. Higginson, el crítico desconcertado, siempre admirando la rara profundidad de la poeta, aunque reconociendo su incapacidad para comprenderla. Tras la muerte de Emily, colaboró en la primera edición de muchos de sus poemas, que salió a la luz entre 1890 y 1892.

Y finalmente, el juez Otis Lord, dieciocho años mayor que Emily y amigo del padre. otis lordPero, más que epistolar, esta relación fue personal – aunque también se cruzaron cartas – y dio lugar a un amor mutuo, sosegado y terreno, incluida petición de mano por parte de Lord en 1882. No se sabe si fue la negativa de Emily – en defensa por encima de todo de su independencia – o la inesperada muerte del juez dos años más tarde lo que frustró el intento.

Pero desde hacía años, desde que prácticamente se encerrara en su cuarto propio, la auténtica vida de Emily se iba condensando en aquellos papeles escritos que guardaba no se sabe – ni ella misma – para qué. Y siempre con ese estilo tan propio, tan inimitable – de hecho imposible de imitar – que hacía de su obra algo potente, directo, y sobre todo, indescifrable, como bien comprobó el bueno de Higginson.

A lo largo de su obra, los temas fundamentales pasean sus mayúsculas, que se destacan claramente de las de los demás: Inmortalidad, Eternidad, Amor, Dios, Silencio, Muerte, Alma… Palabras que no aluden a conceptos exactos, sino a impresiones del espíritu ante la proximidad, la presencia, de algo desconocido y tal vez terrible, 

Pero, en ocasiones, esa presencia enigmática e inquietante no se percibe como terrible, sino como algo cotidiano pero incomprensible, lo que refuerza su extrañeza, como se aprecia en el poema que describe los prosaicos movimientos que se gilbert dickinsonobservan en una casa vecina tras la muerte de su morador (There’s been a Death, in the Opposite House)

En los últimos años la muerte – no la poética, de inicial mayúscula –  va cercando con su negra sombra a Emily. En 1874 muere el padre de repente; un año después la madre queda semiparalítica a consecuencia de un ictus; en 1878 muere el director de periódico y amigo Samuel Bowles;  en abril de 1882 muere Wadsworth, que había reaparecido y visitado en dos ocasiones a Emily, y en noviembre del mismo año la madre; en 1884 muere el juez Lord, frustrado prometido de la poeta. Pero la desaparición que más seriamente le afectó fue la de su sobrino Gilbert, de 7 años, por quien sentía un inmenso cariño, ocurrida un año antes. A partir de ese momento, Emily se fue consumiendo lentamente. Hasta que el 15 de mayo de 1886 dejó la vida, alcanzando así el premio obligado e irrenunciable.

Días después, mientras la hermana Lavinia se aplicaba a cumplir las instrucciones de Emily, entre ellas quemar toda la correspondencia recibida, se produjo un hallazgo inesperado: unos fascículos escritos a mano con esmerada caligrafía que contenían cerca de 1800 poemas, además de otros en hojas sueltas. Fue el principio del largo proceso de publicación, propagación y ascensión a la Fama, nunca deseada por la poeta.

Si Lavinia no hubiese descubierto esos papeles o los hubiese añadido a los destinados al fuego, hoy Emily Dickinson no existiría. La Fama es prima hermana del Azar.emilygrave

(De ESCRITORAS)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

CHARLOTTE BRONTË. Más fuerte que el amor I

charlotte bronteDespués de tantos años – toda una vida – vuelvo a leer Jane Eyre.

Pero esto no es exacto. Nunca he leído Jane Eyre. La he escuchado. De labios de mi madre.

Era en Valldoreix, a principios de la década de los 50  del siglo pasado. En el crepúsculo de un verano sin adelanto horario, los tres hermanos cenábamos en la cocina mientras la madre nos leía un libro. También estaba Luisa, la criada – todas las familias de clase media tenían una –, devoradora de novelas y tan interesada en aquella lectura como nosotros mismos. Y mientras el carbón o la leña, no recuerdo, crepitaba en la cocina “económica”, la voz clara y matizada de la madre – ella hubiese querido ser actriz – desgranaba la historia. De vez en cuando, el chillido estremecedor  que llegaba del bosque – supe después que eran pavos reales domésticos – se confundía en la imaginación con el siniestro alarido que surgía de algún rincón de la mansión de Thornfield.

bosques valldoreix

A Thornfield llega Jane Eyre procedente del internado Lowood, donde durante dos años ha ejercido de maestra, después de pasar seis de alumna en la misma institución. Huérfana, su infancia ha sido muy triste; primero, “acogida” por la familia de una tía política, que la maltrataba y humillaba, y luego en Lowood, soportando unas condiciones durísimas al principio, más tarde suavizadas por la humanidad y la amistad de la señorita Temple, primero su maestra y más tarde también colega. 

Ha sido contratada como institutriz de una niña de ocho años, acogida por Edward Rochester, el dueño de la mansión, de quien quizá es hija. El señor Rochester va poco por Thornfield. De esto y de otras cuestiones informa a Jane la amable ama de llaves, mientras le va mostrando algunas dependencias de la casa y le comentalowood detalles sobre el servicio. Y de pronto un grito desgarrador resuena desde algún lugar de la mansión. La ama de llaves tranquiliza a la sobresaltada Jane: precisamente se trata de un sirvienta con ciertos problemas nerviosos.

A los pocos días se presenta el señor Rochester con intención de pasar una temporada en la casa. Es un hombre de unos 35 años (Jane tiene 18) de aspecto rudo y modales bruscos levemente corregidos por la obligada cortesía. Pero desprende una sensación de autenticidad y de soterrada bondad que, desde el primer momento atraen a Jane. Oculta un pasado doloroso que nadie parece conocer con exactitud. Entre los dos se establece una curiosa relación de honda y apenas explicitada simpatía que en ningún momento traspasa las fronteras de las posiciones respectivas de señor y empleada. Edward admira el carácter y la entereza de Jane; Jane se rinde (en su intimidad) a la personalidad magnética de Edward.

Los acontecimientos se suceden para delicia de lector, que goza de una de las novelas románticas mejor organizadas que se han escrito: extraños fenómenos que thornfieldagrandan el misterio de los gritos lastimeros, incluido un conato de incendio en la habitación de Edward; fiestas sociales con numerosos invitados que permanecen en la mansión durante días, entre ellos la bella y altiva Blanche, posible prometida de Edward; ataque casi mortal – parece que de la presencia oculta y lastimera – a Mason, uno de los invitados; marcha de los invitados y vuelta a la tranquilidad doméstica; días de ausencia de Jane para visitar a la pariente que la maltrataba, ahora moribunda; regreso de Jane y encuentro decisivo con Edward: si se casa con Blanche, ella abandona al momento Thornfield; confesión inesperada de Edward: es a ella, a Jane, a quien ama; propuesta de matrimonio; ella al principio incrédula, los señores no se casan con las institutrices; al fin confiesa su amor y acepta. Preparativos de boda; incomodidad y rechazo de Jane al intento de Edward de cubrirla de joyas y vestidos caros: a ella no le interesan las joyas, no la confunda con una de las bailarinas francesas que frecuentaba (como la madre de la niña).

Celebración de la boda en el templo junto a la casa; en plena ceremonia, Mason y otra persona alegan que Edward Rochester no se puede casar… porque ya está casado, con una hermana de Mason. Edward primero lo niega, luego pide a losboda interpelantes y al clérigo oficiante que le sigan hasta  la casa y allá, hasta un oscuro corredor de la tercera planta, y les presenta a una mujer enloquecida que se abalanza sobre ellos. Y explica que, muy joven, fue engañado por las dos familias para casarse con ella, que ya estaba demente; sin saber qué hacer, la encerró en esa habitación de la mansión al cuidado de una sirvienta y se dedicó a viajar por el mundo.

Es un golpe duro para Jane. Edward le propone que, para ellos, siga todo igual, que se vayan a vivir al Continente como matrimonio. A Jane la proposición le parece en cierto modo humillante: se sentiría como una más de las mujeres que en el pasado trató Edward. Y huye. Y se pierde, y es recogida por unas personas de las que resulta ser pariente. Y una noche oye la voz de Edward que le llama. Parte enseguida hacia Thornfield y encuentra la mansión en ruinas. La mujer demente provocó un incendió, que acabó con su vida. Encuentra a Edward, herido y ciego. Se casan, tienen un hijo y Edward recupera en parte la visión. Final feliz.

Gracias a la oportuna remoción del obstáculo legal y moral, piensa uno.

incendio thorn

Jane Eyre se publicó en 1847 con el seudónimo Currer Bell, y fue un éxito inmediato. Al subtitularse “una autobiografía”, enseguida se planteó la cuestión de si era obra de autor o autora, llegándose al nivel de si el texto traslucía o no el conocimiento de las labores domésticas a las que ocasionalmente se aludía. Pero el debate serio fue de naturaleza moral. La novela era un escándalo. La moral victoriana, esencialmente puritana e hipócrita, no podía tolerar que una muchacha salida de la nada mostrase tal grado de rebeldía y de desprecio por la autoridad (especialmente en los episodios de la infancia con la tía política y de los primeros años del internado, no recogidos en mi breve resumen). Y, si la autora en realidad era mujer, el escándalo era doble. Unjane eyre 1 edic crítico llegó a afirmar que si el autor era hombre era digno de elogio, pero si era mujer la novela resultaba absolutamente odiosa.  

Jane Eyre ha sido considerada como la primera novela feminista. Desde la perspectiva actual cuesta un poco entender esta atribución. De todos modos, lo que está claro es que, en ella, Charlotte Brontë se nos muestra situada más allá de ese romanticismo mal entendido en la que a veces se la ha encasillado. Porque, superando el tópico romántico de que “el amor es más fuerte que la muerte”, en Jane Eyre nos enseña que hay – debe haber – algo más fuerte que el amor.  Y es la dignidad de la mujer.  

(CONTINÚA)        

(De ESCRITORAS)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

CHARLOTTE BRONTË. Más fuerte que el amor II

BronteSisters

Charlotte Brontë nació en Thornton, Yorkshire (Inglaterra) en 1816. El padre, Patrik, irlandés, era clérigo. Pobre pero instruido: había estudiado en Cambridge gracias al patrocinio de un rico. La madre, Maria Branwell, llegó a dar a luz a seis hijos, solo uno varón, y murió joven, cuando Charlotte tenía cinco años.

Las dos mayores, Maria y Elizabeth, murieron niñas, debido a las pésimas condiciones del internado donde estudiaban. El hermano, Patrik Branwell, imaginativo, artista (autor del famoso retrato en que aparecen las tres hermanas con su propia sombra en medio), sensible e inestable tuvo el final que tales cualidades le auguraban. Pero las joyas de la familia (desde el punto de vista de una futura historia de la literatura) fueron las tres hermanas de edades separadas por dos años: Charlotte, Emily (1818) y Anne (1820).

En 1820 el padre fue nombrado rector de la parroquia de Haworth y allí residió toda la vida. Al morir la madre, en 1821, su hermana Elizabeth se trasladó a vivir con la haworthfamilia del viudo para cuidar de los sobrinos. Tras una breve estancia de Charlotte y Emily en la escuela de Cowan Bridge, de donde las sacó el padre al producirse la tragedia de las dos mayores, se inicia, en 1825, un período de cinco años, posiblemente el más feliz, en el que permanecen en el hogar familiar las tres niñas y el niño, un poco abandonadas a sus juegos y fantasías, y también a sus lecturas, hechas de todo lo que se ponía a su alcance.

Una cajita con soldaditos de madera que el padre regala al niño Branwell se convierte enseguida en elemento central de los juegos imaginativos de los cuatro pequeños.

(Entre paréntesis, ¡qué difícil es hoy manejarse con el masculino y el femenino en estos casos, entre la costumbre, las normas tradicionales, la corrección política y el sentido común!).soldaditos

Y así, las mentes infantiles (Charlotte tiene entre nueve y catorce años) se dedican a edificar mundos paralelos a los de las lecturas, con sus aristócratas, su política y sus guerras, que tienen lugar en el imaginario reino de Angria y más tarde también en el de Gondal. Es evidente que en las crónicas que van escribiendo aquellas niñas está el germen de tres grandes novelistas.

En 1831 Charlotte es enviada a una escuela de Roe Head, pero al año siguiente regresa a casa con la importante misión de enseñar a sus hermanas pequeñas, y durante tres años otra vez viven, estudian, imaginan y escriben juntas.

Pero las niñas crecen y las necesidades económicas también, y en 1835 Charlotte vuelve a Roe Head, esta vez para ejercer como maestra. Aunque no solo la empujan las necesidades económicas, sino también el deseo, la firme determinación, Roe_Head,_Mirfield_-_geograph_org_uk_-_55901compartida por las hermanas, de abrirse paso en la vida por sus propios medios, razón por la cual Charlotte y Anne se emplean esporádicamente como institutrices. Pero la solución ideal, para Charlotte, consiste en crear una escuela propia. Emily la acompaña en el intento, y ambas deciden que lo primero es prepararse adecuadamente. Con este fin viajan a Bruselas e ingresan en el Pensionnat Héger para, entre otras cosas, perfeccionar el francés.

Allá conocen a Constantin Héger, marido de la directora y alma de la institución. Es un hombre de gran sabiduría, de unos 35 años, de aspecto rudo y modales bruscos levemente corregidos por la obligada cortesía. Pero desprende una sensación de autenticidad y de soterrada bondad que, desde el primer momento atraen a Charlotte. Sí, por su carácter y aspecto, es la viva imagen del futuro e imaginario señor Rochester de Jane Eyre. No por su biografía, por supuesto, pues Héger es un Constantinheger1intelectual comprometido, con un pasado de activista revolucionario, aspecto que no comparte en absoluto con el aristócrata de la ficción.

Los dos años que Charlotte permaneció en Bruselas – interrumpidos por una breve estancia en Inglaterra con ocasión de la muerte de la tía-madre – fueron sin duda el cielo y el infierno de su vida. Un infierno que ella solo podría vencer con las armas omnipotentes de la ficción literaria, mediante el procedimiento de eliminar, en Jane Eyre, el obstáculo moral y legal que supone la esposa loca. Solo los creadores tienen acceso a tan refinados recursos.

También la poesía forma parte de los intereses de las tres hermanas. Pero, antes de intentar la aventura editorial, Charlotte se dirige por carta al poeta laureado Robert Southey pidiéndole opinión sobre sus poemas. La respuesta es decepcionante: no obstante alabar su talento, Southey le contesta que “una mujer no puede ni debe hacer de la literatura la razón de su vida”. Como es natural, Charlotte y sus hermanas siguen su camino, y en 1846 publican un libro de poemas con los seudónimosrobert southey Currer, Ellis y Acton Bells. Tienen un par de críticas favorables; se venden dos ejemplares.

Los intentos de publicar las novelas que tenían escritas finalmente fructifican. En 1847 se publican Cumbres borrascosas, de Emily, y Agnes Grey, de Anne. A Charlotte, en cambio, le es rechazada El profesor, pero a finales del mismo año termina de escribir y se publica por la editorial Smith, Elder and Company Jane Eyre, con el seudónimo de Currer Bells.  El éxito es inmediato.

Los dos años siguientes fueron fatídicos para la familia. En 1848 muere Branwell, consumido por el alcohol y el opio, tres meses después, Emily, de una pulmonía contraída en el funeral de su hermano. Y al año siguiente, Anne.

La trayectoria vital de Charlotte, por el contrario, sigue un ritmo ascendente. Conocida y celebrada – o increpada – como autora de la novela, su vida social se va branwell2ampliando hasta no parecerse en nada a la de la humilde hija de un párroco de pueblo. Viaja varias veces a Londres, invitada por el editor Georges Smith y su madre; conoce y entabla amistad con Elizabeth Gaskel, que será su primera biógrafa, y trata al famoso novelista Thackeray, decidido admirador de su obra, y a otros personajes del mundo cultural británico; rechaza tres propuestas de matrimonio, una de ellas de uno de los socios de la editorial de Smith, y finalmente acepta la de Arthur Bell, clérigo ayudante del padre. Se casa en 1854.

El matrimonio va muy bien: Arthur no comparte los intereses artísticos y culturales de su esposa, pero esto confirma a Charlotte en la sensación de que la ama por sí misma, a diferencia de los otros pretendientes, más bien deslumbrados por la fama de la mujercita escritora. Lo que no hay manera de saber es cómo habría resultado la prueba del tiempo. Y es que, a los pocos meses, Charlotte muere víctima de un embarazo complicado. A los 38 años de edad.charlotte jane 2

Charlotte Brontë escribió otras novelas, dos de ellas publicadas póstumamente: Villette (1853), El profesor (1857) y Emma (1860). Pero no hay duda de que ha  pasado a la memoria literaria y sobre todo a la conciencia de lectoras y lectores como la autora de Jane Eyre, y es que en la historia de la pequeña institutriz supo contener y expresar magistralmente – incluidos los trucos del arte, imposibles en la vida real – toda su alma y todos sus sueños.

(De ESCRITORAS)

 

1 comentario

Archivado bajo Opus meum

JANE AUSTEN. La mitad del mundo I

jane austen

One half of the world cannot understand the pleasures of the other.

Hay un dicho popular que afirma que sobre gustos no hay nada escrito, y una respuesta no tan popular que responde pero hay gustos que merecen palos. Yo creo que ambas sentencias no superan la prueba de la realidad.

Sobre gustos, y ciñéndonos a la literatura, hay escrito nada menos que toda la crítica literaria producida en el universo de los libros. Cierto que el enjuiciador de turno nos h. bloomdirá que su opinión responde al valor objetivo de la obra, no a su gusto particular, pero es esta una explicación que no se cree nadie, seguramente ni él mismo.

En cuanto a lo segundo, es cierto que hay gustos que reciben palos, pero no se sabe quién decide que los merezcan, a parte del sentir subjetivo del apaleador.

Lo curioso es cuando las actitudes antitéticas de sumo gusto y de grandes palos convergen en el mismo creador, o creadora. No suele ocurrir, pero ocurre a veces. El caso más vistoso es el de Jane Austen, escritora inglesa de finales del siglo XVIII y principios del XIX.

La más antigua novelística inglesa se sitúa en la primera mitad el siglo XVIII, conde foe autores como Samuel Richardson, Daniel de Foe y Henry Fielding. Pero no es hasta la aparición de Jane Austen que la novela no adquiere sus rasgos modernos más característicos, con un tratamiento de la realidad y de la psicología de personas “corrientes” en ambientes “corrientes”.

Bueno, no tan corrientes. Como toda obra que aspira a reproducir la normalidad y la cotidianidad, la de Austen se circunscribe de hecho a ambientes muy concretos con límites que nunca se traspasan. El sentido universal de la obra lo dará en todo caso la profundidad (a veces, nada aparente), no la extensión.

Para comprender un poco la novelística de Austen hay que tener en cuenta dos aspectos:

La porción de realidad que cae bajo el foco de la escritora. Se trata del ambiente de la pequeña aristocracia y burguesía rural del sur de Inglaterra; de las relaciones dentro de las familias y entre los pequeños grupos sociales de ese medio, con insistencia en los problemas matrimoniales, patrimoniales y, en especial, en la gentrypsicología de las jóvenes hijas de familia, que se debaten entre las conveniencias sociales y económicas (el matrimonio era la única solución) y los sueños abonados por la tendencias románticas de la época, que suelen ser blanco de la ironía de la autora.

El tratamiento de esa realidad. Precisamente la ironía es el rasgo más característico de la novelística austeniana, cosa tan evidente y tan comentada que parece mentira que aún haya quien asocie Austen con novela “rosa”. Ironía que la autora suele aplicar tanto al convencionalismo como al sentimentalismo, pero no a ciertas realidades firmes, como la familia – se sentía muy bien en la suya, numerosa, hasta el punto de que, contradiciendo los imperativos de época y sociedad, no le urgía casarse -, el amor fraternal y la amistad. Y haciendo gala además de una escritura ágil, amena, exenta de cualquier explicación farragosa, basada siempre en un diálogo vivo e inteligente mediante el cual los mismos personajes se van retratando.

Aunque escribe desde la adolescencia, no empieza a publicar hasta walter scott1811, a los 36 años, cuando sale a la luz Juicio y sensibilidad (Sense and sensibility, título también traducido como Sensatez y sensibilidad y Sentido y sensibilidad). ¿Autoría? Consta en la portada: “by a Lady” (“por una Dama”). Un año después aparece Orgullo y prejuicio.

Al principio sus lectores – lectoras en su mayoría  – se reclutaban entre una élite similar a la de los ambientes que describe. Pero pronto su popularidad fue en aumento, hasta verse refrendada y autorizada por ciertas figuras de primera línea del mundo las letras. Uno de los autores más destacados que contribuyeron a su “canonización” fue Walter Scott, contemporáneo suyo, pero en la cúspide de la fama, quien escribió:

Esa joven dama tiene un talento para describir las relaciones de sentimientos y personajes de la vida ordinaria, lo cual es para mí lo más maravilloso con lo que alguna vez me haya encontrado.

También recibió elogios de Coleridge, Macaulay y otros muchos y, ya en el siglo XX, se la llegó a comparar con Shakespeare por su maestría en la caracterización de personajes.

Por otro lado, no tardaron en llegar los palos. En carta a un amigo Charlotte Brontë ch. bronteescribe que todo lo que encuentra en Orgullo y prejuicio, además de una evidente falta de pasión, es

un jardín cerrado y cuidadosamente cultivado, de bordes limpios y flores delicadas; pero ni una vívida y brillante fisionomía, ni campo abierto, aire fresco, colina azul, o arroyo estrecho. 

Natural que una de las más destacadas escritoras románticas se sintiese incómoda ante una literatura inmune a la imaginería del romanticismo. Por su parte, el pensador norteamericano, Emerson opina que las novelas de Austen son

vulgares en el tono, estériles en la invención, aprisionadas en las estrechas convenciones de la sociedad inglesa, sin genio, fantasía o imaginación del mundo.

Pero sin duda el más contundente en la expresión de su disgusto ante la obra de Austen es el también americano Mark Twain, quien manifiesta que cualquier biblioteca es buena siempre que no tenga un solo ejemplar de Jane Austen y, en un alarde de humor negro, proclama que cada vez que leo Orgullo y prejuicio, siento ganas de desenterrarla y golpearle el cráneo con su propia tibia.mark twain

¿Cómo se explica tamaña disparidad de opiniones? No sé. Uno puede tener la tentación de considerar que los detractores están en realidad matando al mensajero, es decir, que trasladan a la autora el malestar que les produce el ambiente y los intereses de un grupo social, de un modo de vida, que odian visceral y comprensiblemente. Pero ocurre que no parece creíble que cabezas como las de Emerson o Twain puedan caer en semejante trampa.

Entonces, imagino que se trata de cierta  peculiaridad del género humano; género que consideramos único pero que en realidad se divide en partes incomunicadas e incomunicables entre sí. O, dicho con palabras de la misma Jane Austen, que

la mitad del mundo no puede comprender los placeres de la otra mitad.

(CONTINÚA)

(De Escritoras)

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum