Petronio

CONVERSACIONES CON PETRONIO

En los años 60 del siglo I, el joven Lucio, movido por la admiración que siente por el gran escritor y famoso cortesano, consigue conocer a Petronio y ganarse su amistad y confianza. Las conversaciones que ambos mantienen y que Lucio anota fielmente constituyen la crónica  de un momento crítico de la historia romana, que culmina con la fallida conspiración de Pisón. Personajes como Nerón, Tigelino, Séneca, Lucano, nos muestran su rostro más verdadero. Pero por encima de todos Petronio, no ya como “árbitro de la elegancia”, sino como árbitro inapelable de su propio destino… mientras el joven Lucio sueña con el suyo.

(Escrita en 1995-96; derechos de edición disponibles)

Fragmento: 

– No, no es lo que crees. Estaba pensando en lo que Pola me dijo de ti, y pensaba que es verdad, que eres desconcertante.

– ¿Eso te dijo? ¿Que soy desconcertante? ¿En qué sentido?

– Vino a decir que nadie conoce tu rostro verdadero, que quizá solo a mí…

– ¡Mi rostro verdadero! – me interrumpió. ¡Qué expresión tan enfática! Un rostro es una máscara.

– ¿Y si quitamos la máscara?

– Queda otra máscara, y si quitas esa, otra, y luego otra y otra. Nadie tiene un rostro verdadero.

– El otro día, en casa de Escevino tuve una sensación extraña, desagradable. Vi que la opinión que él tiene de ti, un amigo de toda la vida, no se parece en nada a la que yo me he formado. Vi que, para Escevico, tú eres como él, un simple gozador de placeres sin mayor peso ni enjundia, un ser frívolo y sin sustancia.

– Esa es la máscara que Escevino ve en mí.

– Días antes, en cambio, vi que para Tigelino eres un astuto intrigante, alguien muy digno de ser tenido en cuenta.

– Esa es la máscara que Tigelino ve en mí.

– Y aún antes vi que para Mela eres una persona prudente y digna de toda confianza.

– Esa es la máscara que Mela ve en mí. Y tú, ¿cómo me ves?

– Como alguien que, aun sabiendo gozar del mundo y de la vida, está muy por encima de las cosas del mundo, un auténtico filósofo sin proponértelo.

– Esa es la máscara que tú ves en mí.

– ¿Pero cuál es la verdadera?

– Todas y ninguna. Y esto no es una particularidad mía…

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