Archivo de la categoría: Escritores vivos

Acerca de los autores y obras más vivos y vivas de todos los tiempos.

El poeta del perdón

semana trágica4A finales de julio de 1909 el pueblo de Barcelona se echó a la calle – por “pueblo” quiero decir la gente más desfavorecida de la ciudad. Se llevaban a sus hijos a morir en una guerra colonial que solo podía beneficiar a una reducida casta de privilegiados. Fue un movimiento espontáneo: los sindicatos, que quisieron ponerse al frente, enseguida fueron desbordados. Los más violentos de los alzados arrasaron con todo, levantaron barricadas, quemaron iglesias y se enfrentaron a la fuerza pública. Hasta que intervino el ejército. El balance en vidas humanas: 78 muertos (de ellos, tres militares). Enseguida se buscaron culpables. Enseguida se encontraron. Cinco fueron condenados a muerte: tres que en alguna acción se habrían distinguido, un débil mental y un famoso pedagogo de ideario anarquista. semana trágica5

Ante el inminente fusilamiento, el poeta Joan Maragall escribió un artículo pidiendo templanza y clemencia. El diario en que se había de publicar, La Veu de Catalunya, lo vetó; a su director, Prat de la Riba, no le interesaba indisponerse con el gobierno de Madrid.semana tràgica2

A continuación lo reproduzco íntegro en versión castellana. Por él y por el siguiente (L’església cremada), que sí se publicó, Maragall fue tildado por la alta burguesía a la que pertenecía de traidor a su clase. Es lo que tiene juntar la inteligencia con la bondad. Por cierto, he de hacer una advertencia. El artículo puede herir sensibilidades: es escandalosamente buenista.

 

                        La ciudad del perdón

                                            por Joan Maragall i Gorina

(artículo NO publicado en La Veu de Catalunya en octubre de 1909)

Algunas voces nobles que se han alzado aquí mismo y otras que he oído en otros lugares me han demostrado que en Barcelona hay voluntad de amor. Pero en todas esas voces, así como en algunas menos amorosas, un poco irónicas, que también he oído, late o aparece claramente en uno u otro tono esta pregunta: “¿Y cuál debe ser el objeto de nuestro amor, redentor de la ciudad?”. Yo diría: “Aquel que el corazón os dicte en cada momento”. Y con qué tristeza presiento que más de uno me respondería: “¡Es que en este momento el corazón no me dice nada!”.

¿El corazón no os dice nada, ahora, mientras están fusilando gente en Montjuïc sólo porque en ella se manifestó con más claridad este mal que es el de todos nosotros? ¿El corazón no os dice que vayáis a pedir perdón, de rodillas si es preciso, y los más ofendidos los primeros, por estos hermanos nuestros en desamor que querían derruir por odio esta misma ciudad que nosotros les dejamos abandonada por egoísmo? Estamos en paz, pues. ¿Y ellos deben pagar la pena sólo porque su acción cae dentro de un código; mientras que nuestra acción es tan baja que ya no puede caer en ninguna parte? Id a pedir perdón por ellos a la justicia humana, que será pedirla por vosotros mismos a la divina, ante la cual sois posiblemente más culpables que ellos.

Cómo podéis permanecer así de tranquilos en vuestra casa y en vuestras ocupaciones sabiendo que un día, al sol de la mañana, en lo alto de Montjuïc, sacarán del castillo a un hombre atado, y lo harán pasarferrer escuela m ante el cielo y el mundo y el mar, y el puerto que trafica y la ciudad que se levanta indiferente y poco a poco, muy poco a poco, para que no tenga que esperar, lo llevarán a un rincón del foso, y allí cuando sea la hora, aquel hombre, aquella obra magna de Dios en cuerpo y alma, vivo, con todas sus capacidades y sentidos, con este mismo afán de vida que tenéis vosotros se arrodillará de cara al muro, y le meterán cuatro tiros en la cabeza, y él dará un salto y caerá muerto como un conejo…él, que era un hombre tan hombre como vosotros… ¡acaso más que vosotros!

¿Cómo podéis permanecer en vuestra casa, y sentaros a la mesa rodeados de hijos y meteros en la cama con la mujer, y atender vuestros negocios, y que esta visión no se os aparezca y no se atragante el bocado de pan en la garganta, y no se os hiele el beso en los labios y no os impida ocuparos de otra cosa que no sea ésta?

¿Y esto no os despertará el amor? ¿Encima me preguntaréis cuál puede ser su objeto, ahora? ¿Pues qué otro que éste? ¿Cómo podéis pensar en cualquiera otra cosa, en estos momentos? ¿Ni cómo habéis podido dejar pasar tanto tiempo? ¡Y, mientras, ya han muerto así tres hombres, y los que esperan…!

¿No sentís fraternidad hacia estos infelices? No queráis saber qué han hecho: mirad sólo en el fondo de sus ojos; ¡fijaos! Sois vosotros mismos: un hombre como vosotros; con ello basta: capaz de todo vuestro bien y de todo vuestro mal: como vosotros del suyo. A este hombre, yo no digo que se le deje marchar y se le abandone y se le devuelva libre a su odio y a sus fechorías; no, a él, como a nosotros, nos conviene estar presos de una forma u otra, y enderezados aunque sea a golpes de mazo, y amasados todos juntos de nuevo en el amor de la ciudad nueva, aunque sea con gran sufrimiento suyo y nuestro, mientras lo suframos juntos; pero, en vez de eso, ¿matarlo, matarlo fríamente mediante un trámite señalado y una hora fija, como si la justicia humana fuera algo seguro, infalible, definitivo como la muerte que confiere? ¿Qué os parece?

Si hubieseis matado a ese hombre batiéndoos como leones contra él al pie de una barricada o en la puerta de una iglesia, yo no podría haceros ningún reproche, porque en tal combate habríais demostrado vuestro amor hacia algo, exponiendo vuestra vida por vuestro ideal; y por el amor de un ideal y su valentía podemos ser absueltos de muchas cosas. Pero ahora, ¿quién os absuelve? ¿Dónde está vuestro ideal, vuestro amor y vuestro sacrificio? ¿Dónde habéis demostrado vuestro valor? Pues no queráis ser cobardes dos veces. Si entonces vuestro valor debía estar en las armas y no lo tuvisteis, tenedlo al menos ahora en el perdón, ahora es el momento preciso.

Y ya lo veréis: las vidas que habréis salvado os parecerán obra vuestra; y a estos hombres que habréis arrancado de las puertas de la muerte, los amaréis como hijos; y ya no los perderéis nunca más de vista; y allí donde estéis os preocuparéis por ellos y por sus semejantes, y vuestro amor les obligará al amor; y sólo por esta obra de perdón por la que empezaréis, Barcelona comenzará a ser una ciudad. Porque los que vendrán de fuera y se enteren no dirán – ¡que no puedan decir! -: “Éste y aquél fueron salvados y redimidos por éstos o aquéllos, los blancos, los negros o los rojos”; sino que deberán decir: “Barcelona ha pedido y obtenido el perdón de sus condenados a muerte”. Y aunque después haya bombas, Barcelona ya no podrá ser llamada la “ciudad de las bombas”; sino que el renombre os vendrá de otra cosa que es más fuerte que todas las bombas juntas y que todos los odios y que toda la maldad humana: el renombre os vendrá del amor, y Barcelona será llamada : “la ciudad del perdón”, y desde ese mismo instante empezará a ser una ciudad.

Empecemos, pues: al Rey que puede perdonar, a sus Ministros que pueden aconsejarle el perdón, a los jueces que pueden atemperar la justicia con la piedad: ¡Perdón para los condenados a muerte de Barcelona! ¡Caridad para todos! Y sería hermoso que empezasen los más ofendidos.ferrerconstantini

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Maragall, terrenal y místico

joan maragall

Ocurre a veces. Estoy fuera de casa, en el campo, o en un parque o paseo arbolado de la ciudad. El día es luminoso; el aire, transparente. El color de las hojas de los árboles, verde intenso u ocre otoñal. Todo lo que siempre me rodea y me acompaña de forma anodina o inadvertida se manifiesta de pronto en su máxima belleza. Un sentimiento de paz, de honda felicidad me embarga…

Entonces de mi cabeza asoman estos versos, guardados ahí desde hace muchos años:

Si el món ja és tan formós, Senyor, si es mira

amb la pau vostra dintre de l’ull nostre

què més ens podreu dar en una altra vida?…

Son de Joan Maragall, un señor de Barcelona de hacia el 1900, burgués, católico, padre de familia numerosa, abogado, escritor, ferrer i guardiaarticulista en la prensa, poeta. Su conservadurismo natural – el que necesariamente implicaba las tres primeras características citadas – no le impidió alzarse como aislada voz humanitaria, y silenciada, frente a los que exigían venganza (justicia, decían) contra los supuestos responsables del levantamiento popular de 1909.

Como escritor, admiraba a Goethe. Veía en él, poeta universal, el referente al que podía asirse una cultura catalana aún en ciernes, todavía falta de un fundamento sólido. Y  con él compartía muchas cosas: la pasión por la luz, el impulso hacia un equilibrio clásico que domeñase el fervor anárquico del corazón, la querencia por la poesía de circunstancias como oportuna cosecha de momentos escogidos. Otras, no las compartía. Cristiano convencido, Maragall no podía asumir la visión arreligiosa, pagana, del alemán. Ni entendía, creo yo, cómo éste podía compaginar poesía y actitud científica. En carta un amigo escribe:  

Molt he admirat i admiro encara a Goethe; pero cada dia sento més la tara racionalista de tota la seva obra.

Y no obstante, el alma goethiana de Maragall no puede menos que estremecerse ante la belleza terrenal de un día bendecido por la luz más pura. En su Cant espiritual, poema al que pertenecen los versos transcritos al principio, se pregunta ¿es posible que exista un “más allá” más bello que la naturaleza que ahora contemplo y siento? Y, dirigiéndose al Dios personal en el que cree, inquiere ¿con qué otros sentidos me harás ver este cielo azul sobre las montañas y el mar inmenso y el sol que en todas partes brilla? Dame la paz eterna con los sentidos que ahora tengo y no querré más cielo que éste tan azul. Hombre soy y humana es mi medida.

Y así, el poeta Maragall, tan místico y tan cristiano, no pide al Creador fundirse con el Todo ni ascender al Cielo, sino renacer en un mundo tan hermoso como el que en ese momento contempla. Y contemplo.

                           Sia’m la mort una major naixença!

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Emil Ludwig

emil ludwigHubo un tiempo – pongamos la primera mitad del siglo XX – en que cierto género literario alcanzó tal difusión y protagonismo que no se concebía biblioteca particular alguna sin una nutrida representación del género: la biografía, en especial la de literatos y artistas. Escritores de primera fila se complacían en mostrar al lector las vidas y almas de otros escritores o artistas y de ciertos personajes de la vida pública del pasado. Muchos de aquellos escritores-biógrafos se han sumido en el olvido. Algunos nombres permanecen. Como Stefan Zweig, en lugar destacado, y otros cuyo recuerdo va palideciendo en la memoria literaria común: André Maurois, Romain Rolland, Emil Ludwig… De Emil Ludwig quería hablar.

Yo conocí justo el final de aquel tiempo. En 1958 tenía 18 años y quería ser escritor. Entre otras cosas me interesaba saber cómo era un escritor de verdad. Así que, además de a la lectura de las obras, me aplicaba a investigar la personalidad de los autores. De acuerdo con el gusto de la época, la modesta biblioteca familiar contaba con algunas biografías de famosos. Un buen día tomé el primer volumen de la biografía de Goethe – de quien creo que aún no había leído nada – escrita por un tal Emil Ludwig y traducida en parte por Ricardo Baeza. Quedé fascinado. Fue una revelación absoluta. La magia del biógrafo consiguió que, sin ninguna preparación previa, me sumergiese cómodamente en la época, el mundo, el ambiente y, sobre todo, en la personalidad del biografiado. Y es que buscando plata, encontré oro, quiero decir que, buscando solo un escritor de verdad, di con un hombre de verdad: Goethe.

Con el paso del tiempo, la vida fue dando vueltas, y en medio de todas sus mudanzas solo una cosa permanecía intacta: la manía de escribir. Y sin embargo, hasta hace relativamente poco, es decir, hasta edad bastante avanzada, aquella manía no empezó a dar frutos dignos de ofrecerse al lector (editoriales mediante, que esta es otra historia) sin avergonzarme.

Sin pretenderlo, obedeciendo a un destino que quizá apuntaba ya en mis lecturas juveniles, elegí como tema principal de mis obras la reelaboración novelesca de las vidas y personalidades de grandes escritores. Catulo, Cicerón, Dante, Schopenhauer, Larra… La elección de cada uno deemil ludwig goethe estos nombres tiene su propia historia secreta. Secreta incluso para mí, porque tengo la impresión de que en esas elecciones fue más decisiva mi parte inconsciente que la consciente. En el caso de Schopenhauer, aparte de motivaciones inconscientes, una circunstancia concreta fue decisiva en mi elección. No era el filósofo en principio una persona que me motivase lo suficiente para colocarla en el centro de una ficción, pero un dato biográfico llamó poderosamente mi atención. Es el caso que no sé cómo me enteré de que las vidas de Schopenhauer y Goethe se habían cruzado. Investigué y vi que, no solo habían entrado en contacto brevemente – uno joven y el otro anciano -, sino que el encuentro había marcado de alguna manera la vida del filósofo. Y seguí investigando. Y empecé a escribir. Y el resultado fue El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer, que la desaparecida editorial Cahoba publicó en 2006, y que ahora ha reeditado (con el título recortado) la editorial Piel de Zapa, con su característico bien hacer.

A diferencia de la de Schopenhauer, la personalidad de Goethe me era bien conocida desde los lejanos días de la adolescencia, desde aquella lectura fascinante de una biografía, escrita por Emil Ludwig con caracteres mágicos. ¿Ludwig? ¿Pero quién se acuerda hoy de Emil Ludwig?…Yo, naturalmente.

(Publicado en la revista QUÉ LEER, Nº 214, noviembre 2015)

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Goethe, un día como hoy hace 266 años

goethe casaAl mediodía del 28 de agosto de 1749, al sonar la duodécima campanada, vine al mundo en Francfort del Main. La constelación era afortunada: el Sol estaba en el signo de Virgo y culminaba para este día; Júpiter y Venus lo miraban amistosamente y Mercurio sin aversión; Saturno y Marte se comportaban con indiferencia; sólo la Luna, que acababa de alcanzar su plenitud, ejercía el poder de su oposición tanto más cuanto que su hora astral había llegado simultáneamente. Por ese motivo se oponía a mi nacimiento, que no podía tener lugar hasta que dicha hora hubiera transcurrido.(1)

goethe carta natal

1. Goethe parodia aquí la tradición astrológica de las biografías renacentistas.

(De Poesía y verdad, de J.W. Goethe; traducción y nota de Rosa Sala Rose)

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La escritura de Gil de Biedma

gil de biedmaJaime Gil de Biedma tiene veintiséis años. Una afección pulmonar le obliga a interrumpir su trabajo en Barcelona para pasar unos meses de descanso en la casa familiar de Nava de la Asunción (Segovia). La ajetreada vida de alto ejecutivo en una gran empresa, la vida “disipada” (así se decía entonces) de sexo y alcohol quedan en suspenso. No así la afición a las letras y el contacto – ahora necesariamente epistolar – con los amigos escritores: Carlos Barral, Gabriel Ferrater, Goytisolo, Castellet…

Por el contrario, aprovecha el retiro de Nava para seguir ejercitándose en la escritura. En la poesía, que vienenava de la asuncion casi sola, y en la prosa, que requiere más trabajo consciente. Con este fin, va escribiendo una especie de Diario, en el que va recogiendo, con afán puramente ensayístico, es decir, de intento, de prueba, las impresiones y pensamientos, de aquellos meses. Y la herramienta se va puliendo, hasta que una mañana luminosa de agosto, en el jardín de la casa, escribe unas líneas que, para muchos, se perderán en el mar del texto:

Desde debajo de unas celindas me estudia un gato negro, incongruente. Parece un resto de noche que han olvidado ahí.

Pero yo pienso que solo un poeta auténtico puede escribir una prosa así.

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Goethe: retrato del rival

KestnerJohann Christian Kestner era el novio y luego marido de Charlotte Buff, quien, con el nombre de Lotte, aparece en la novela de Goethe Las desventuras del joven Werther como amada imposible del charlottedesdichado protagonista de una ficción demasiado parecida a la realidad. Kestner, que también aparece en la novela, bajo el nombre de Albert, dejó escritas unas líneas sobre aquel Goethe de 23 años, su estimado rival. Era el otoño de 1772.

Posee lo que llamamos genio y una imaginación extraordinariamente viva. Es intenso en sus afectos. Tiene una manera de pensar noble. Es un hombre de carácter. Ama a los niños y sabe ocuparse muy bien de ellos. Es raro, y en su comportamiento, en su exterior, hay diversas cosas que pueden hacerlo desagradable. Pero resulta simpático a los niños, a las mujeres poco agraciadas y a muchos otros. Hace lo que se le ocurre, sin preocuparse de si agrada a los otros, o si es moda, o si los modales sociales lo permiten. Detesta toda coacción. Tiene en alta estima el género femenino. Aún no posee unos principios demasiado firmes y aspira todavía a cierto sistema. […] No cae bajo lo que entendemos por ortodoxo. Pero eso no se debe al orgullo, o a un capricho, o al deseo de representar algo. No le gusta molestar a los otros en sus convicciones pacíficas. No va a la iglesia, tampoco a la celebración de la eucaristía, y pocas veces reza. Pues dice: “Para ello no soy suficientemente mentiroso” […] Siente un elevado respeto por la religión cristiana, pero no bajo la forma como nuestros teólogos se la representan […] Aspira a la verdad, aunque la tiene en más alta estima bajo la forma de sentimiento que bajo la modalidad de demostración […]. Ha convertido las ciencias y las bellas artes, e incluso todas las ciencias, aunque no las llamadas prácticas, en su obra principal […] Dicho con pocas palabras: es un hombre sorprendente. 


goethe joven
(De una carta de Kestner, reproducida en Goethe, de Rüdiger Safranski)

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Goethe, un día como hoy hace 265 años

goethe casaAl mediodía del 28 de agosto de 1749, al sonar la duodécima campanada, vine al mundo en Francfort del Main. La constelación era afortunada: el Sol estaba en el signo de Virgo y culminaba para este día; Júpiter y Venus lo miraban amistosamente y Mercurio sin aversión; Saturno y Marte se comportaban con indiferencia; sólo la Luna, que acababa de alcanzar su plenitud, ejercía el poder de su oposición tanto más cuanto que su hora astral había llegado simultáneamente. Por ese motivo se oponía a mi nacimiento, que no podía tener lugar hasta que dicha hora hubiera transcurrido.(1)

1. Goethe parodia aquí la tradición astrológica de las biografías renacentistas.

                                                       goethe carta natal

(De Poesía y verdad, de J.W. Goethe; traducción y nota de Rosa Sala Rose)

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