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Acerca de los autores y obras más vivos y vivas de todos los tiempos.

En defensa de Werther

Con éste, termina la serie de breves fragmentos de las Conversaciones con Goethe que en su día fueron señalados por mí, lector de veinte años. Un fragmento muy significativo. Porque resulta que Goethe siempre ha sido acusado, entre otras cosas, de reaccionario. Y en algunos aspectos lo era. Pero en lo esencial, no. Las líneas que siguen son una muestra. En ellas el artista, el creador, defiende una de sus obras de los ataques que el moralista de turno le dirige. Y para hacerlo no se abstiene de señalar allá donde reside la auténtica inmoralidad: en la conducta criminal de príncipes y sacerdotes. 

“Goethe trató de nuevo, con la misma ironía e intención de antes, la cuestión de los enormes sueldos que disfrutan los altos eclesiásticos ingleses y contó una aventura que le había sucedido con lord Bristol, obispo de Derby.

Lord Bristol —dijo—, que pasó en cierta ocasión por Jena, quiso conocerme, y acepté su invitación de pasar una velada con él. Era un hombre a quien encantaba ser grosero con los demás, pero si éstos lo eran con él se hacía completamente tratable. Así quiso obsequiarme en aquella velada con un sermón sobre mi Werther, para meterme en la conciencia que con aquella obra había incitado a los hombres al suicidio.

«¡El Werther —me dijo— es un libro totalmente inmoral y condenable!».

«¡Basta ya! —exclamé—. Si habláis de esa manera de mi pobre Werther, ¿qué tono deberéis emplear para recriminar a los poderosos de la Tierra, que en una sola campaña envían cien mil hombres al campo, de los cuales, más de ochenta mil se matan unos a otros, y se incitan mutuamente al asesinato, al incendio y al saqueo? Pero tras estas crueldades vos siempre cantáis un Te Deum. Y, además, ¿qué diréis cuando atormentáis a las almas débiles de vuestra parroquia predicándoles sobre los horrores de los castigos del infierno, hasta el punto de que muchas de estas infelices personas acaban por perder la razón y van a parar a una casa de locos? ¿O cuando por obra de muchas de vuestras doctrinas ortodoxas, insostenibles ante nuestra razón, sembráis la mala semilla de la duda en el ánimo de vuestros cristianos oyentes, y hacéis que estas almas ni fuertes ni débiles se pierdan en un verdadero laberinto, al que no ven otra salida que la muerte? ¿Qué debéis deciros y qué castigos debéis reservar para esto?… ¡Y ahora queréis hacer responsable a un escritor y condenar una obra, que mal interpretada por algunos espíritus limitados, ha limpiado el mundo de una docena a lo sumo, de cabezas locas, de seres inútiles que no podían hacer nada mejor que soplar sobre los débiles restos de su escasa luz interior! ¡Yo creí haber prestado un verdadero servicio a la humanidad y merecer el agradecimiento de ésta, y ahora llegáis vos y pretendéis convertir en un crimen este mísero hecho de armas, mientras vosotros, príncipes y sacerdotes, sois los que lleváis a cabo los verdaderamente inmensos crímenes!».

Estas palabras ejercieron una admirable influencia sobre mi buen obispo. Se volvió tan manso como un cordero, y desde aquel momento se comportó durante todo el resto de la velada con la mayor cortesía y el más delicado tacto.”

Conversaciones con Goethe, por J.P. Eckermann (17 marzo 1830). Trad. Jaime Bofill y Ferro. Editorial Iberia, Barcelona 1956.

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Arte y política

“El poeta inglés Thomson escribió un excelente poema sobre las estaciones, pero otro muy deficiente sobre la libertad, y no por falta de poesía en el autor, sino en el tema. En cuanto un poeta pretende actuar políticamente ha de entregarse a un partido, y tan pronto como realiza esto se ha perdido para el arte. Tiene que despedirse de su libre ingenio, de su visión desenvuelta y sin trabas, para calarse hasta las orejas el gorro de la limitación y del odio ciego. El poeta ha de amar a su patria como hombre y como ciudadano; pero la patria de sus esfuerzos y de su actividad poética es lo bueno, lo noble y lo bello, cosas que no están acantonadas en ninguna provincia ni en ningún país determinado y que es preciso captar allí donde se encuentren. En esto se parece al águila, que vuela, libre la mirada, por encima de las tierras, y a la que le resulta completamente indiferente si la liebre sobre la que se precipita se encuentra en Prusia o en Sajonia.

Y ¿qué significa amar a su patria y obrar con patriotismo? Si un poeta se ha esforzado durante toda su vida en combatir destructores prejuicios, en apartar mezquinos puntos de vista, en ilustrar el espíritu de su pueblo, purificarle el gusto y ennoblecerle ideas y propósitos, ¿qué más puede hacer en favor de él y cómo podría proceder de manera más patriótica? Cargar sobre un poeta otras ingratas obligaciones poco adecuadas para él es como si impusiésemos al coronel de un regimiento que para ser verdaderamente patriota tuviese que mezclarse en los asuntos políticos olvidando las obligaciones de su cargo.”

Conversaciones con Goethe, por J.P. Eckermann (marzo 1832). Trad. Jaime Bofill y Ferro. Editorial Iberia, Barcelona 1956.

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El secreto de Napoleón

Luego Goethe siguió ocupándose del reciente libro sobre el Emperador.

– ¡El poder de la verdad – exclamó Goethe – es grande! Todo el nimbo, todo el fulgor de fantasía en que periodistas, historiadores y poetas han envuelto a Napoleón, se desvanece ante el tremendo realismo de este libro. Pero el héroe no disminuye de tamaño; parece crecer cuanto más se le acerca a la realidad.

– Debía de existir un poder mágico en su persona – dije -, pues los hombres se sentían atraídos, haciéndose al punto partidarios suyos y se dejaban dirigir por él.

– Desde luego – dijo Goethe – era una personalidad superior. Pero su atractivo especial consistía en que los hombres estaban ciertos de conseguir sus propios fines bajo su mandato. He aquí el secreto de la sugestión que ejercía: sabía infiltrar esta seguridad en todos. Igual que se sentirían atraídos los actores por un nuevo director de escena que les asegurase un papel brillante en la representación. He aquí una antigua historia que siempre se repite. La naturaleza humana está hecha así. Nadie sirve a otro de buen grado; pero si sabe que con ello se sirve a sí mismo, lo hace con entusiasmo. Napoleón conocía perfectamente a los hombres y sabía sacar el mejor partido de sus debilidades.

Conversaciones con Goethe, por J.P. Eckermann (6 abril 1829). Trad. Jaime Bofill y Ferro. Editorial Iberia, Barcelona 1956.

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Todo lo grande educa

La conversación se inclinó entonces a Byron y a sus obras y Goethe tuvo una vez más ocasión de repetir algunas de sus habituales manifestaciones sobre este poeta, reconociendo y admirando la grandeza de su genio.

– En todo lo que Vuestra Excelencia dice sobre Byron -repuse yo – estoy de acuerdo de todo corazón; no obstante, por muy grande y trascendental que sea su genio, dudo mucho que de sus obras se pueda sacar un verdadero provecho para la cultura humana.

– No puedo estar de acuerdo con usted – respondió Goethe -. La audacia, el valor y la grandiosidad de Byron ¿no son acaso una lección de cultura para los hombres? Guardémonos de educarnos en lo que es exclusivamente puro y moral. Todo lo que que es grande puede tener un valor educativo, con tal que sepamos descubrir en ello la grandeza.”

Conversaciones con Goethe, por J.P. Eckermann (16 diciembre 1828), Trad. Jaime Bofill y Ferro. Editorial Iberia, Barcelona, 1956.

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POESÍA DE HOSPITAL

Goethe comenzó a conversar sobre temas literarios. Contó que un conocido poeta alemán había estado por aquellos días en Weimar y le había presentado su álbum.

Es increíble la cantidad de cosas flojas que pude leer en él —dijo Goethe—. Todos los poetas escriben hoy como si estuviesen enfermos, y como si todo el mundo no fuese más que un hospital. Todos hablan de sufrimientos, de calamidades terrenas, de goces en el más allá, y descontentos como están, no hacen más que empujarse unos a otros hacia mayores sinsabores. Esto es un verdadero abuso, pues la poesía nos ha sido dada para superar las pequeñas dificultades de la vida, para reconciliar al hombre con el mundo y para que se sienta contento con su suerte. Pero la generación actual experimenta una especie de temor ante la verdadera fuerza, y la flaqueza le parece más agradable y poética.

Creo que acabo de descubrir una frase bastante feliz —prosiguió Goethe—, para censurar a tales caballeros. Me propongo en lo sucesivo llamar a esta poesía «poesía de hospital»; y, por el contrario, llamaré poesía verdadera, no sólo a la que canta las batallas, sino a la que sabe armar de valor al hombre para los combates de la vida.

Sus palabras merecieron mi total aprobación.”

Conversaciones con Goethe, por J.P. Eckermann (24 septiembre 1827). Trad. Jaime Bofill y Ferro. Editorial Iberia, Barcelona, 1956.

(Ver NOTA)

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La fábula (el arte) y la historia

“Jamás un poeta ha conocido los caracteres reales de los personajes históricos que utiliza en sus obras de teatro, y si los hubiese conocido le habría sido difícil sacar partido de ellos. Para el poeta lo importante es conocer el efecto que se propone obtener, debe adaptar a este fin los caracteres de los personajes. Si yo hubiese pintado a Egmont tal como nos lo describe la historia, es decir, como un buen padre de doce hijos, su proceder a la ligera resultaría la cosa más absurda del mundo. Me hacía falta, pues, otro Egmont, que obrase más de acuerdo con mis intenciones poéticas; y éste, sí que sería, como dice Klarchen, «mi Egmont».

¡Para qué valdrían los poetas si su misión fuese repetir lo que dicen los historiadores! El poeta ha de ir más lejos y darnos algo tan elevado y superior como le sea posible. Los caracteres de los personajes de Sófocles revelan algo de la grandeza del gran poeta, y en los de Shakespeare alienta el alma del genio que los creó. Es justo que sea así, y ésta es la manera como debe procederse. Pero Shakespeare va más allá, haciendo ingleses de sus romanos, y también en esto lleva razón, pues de lo contrario sus compatriotas no le hubiesen comprendido.”

Conversaciones con Goethe, por J.P. Eckermann (31 enero 1827). Trad. Jaime Bofill y Ferro. Editorial Iberia, Barcelona, 1956.

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El verdadero poeta

“-Cuando se quiere aprender a cantar —prosiguió Goethe— tenemos a nuestra disposición los tonos que da naturalmente nuestra garganta; sin embargo, los otros, los que no da de una manera natural, al principio resultan muy difíciles. Pero para ser un verdadero cantante hemos de disponer de unos y otros. Lo mismo pasa con el poeta. Cuando sólo logra expresar sus sentimientos subjetivos, no puede ser llamado todavía un verdadero poeta; pero cuando sabe captar la visión del mundo y expresarla, entonces puede aplicársele con exactitud el nombre. En el momento que toma esta ruta es cuando puede mostrarse inagotable y renovarse de continuo. Por el contrario, un temperamento puramente subjetivo pronto agota su poco de mundo interior para caer finalmente en el amaneramiento. Se nos recomienda siempre el estudio de los clásicos. Y ¿qué quiere decir esta recomendación, sino que nos dirijamos al mundo exterior y tratemos de explicarlo, ya que los clásicos no hicieron en su tiempo otra cosa?

Goethe se puso en pie y comenzó a pasearse por la habitación, mientras yo permanecía sentado. Se detuvo unos momentos junto a la estufa, y luego, como alguien a quien de momento se le ocurre una idea, se acercó a mí y poniéndose un dedo ante el rostro, me dijo:

Voy a decirle a usted una cosa, que durante su vida podrá ver confirmada plenamente. Todas las épocas de retroceso y de disolución muestran tendencias subjetivas, y por el contrario, las progresivas toman una dirección objetiva. Por lo tanto, en orden a su carácter subjetivo, nuestra época presenta síntomas de retroceso. Es una circunstancia que no sólo puede comprobarse en la poesía, sino también en la pintura y en otras muchas actividades humanas.”

Conversaciones con Goethe, por J.P. Eckermann (29 enero 1826). Trad. Jaime Bofill y Ferro. Editorial Iberia, Barcelona, 1956.

Ver NOTA

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Mezquindad humana. Los límites de lo cognoscible

“—Nunca había comprendido la mezquindad de los hombres y lo poco que debía confiarse en ellos para fines elevados —dijo Goethe— como cuando tuve que experimentarlo con motivo de mis estudios de ciencia natural. Entonces pude ver que la ciencia no significa nada para ellos más que cuando les da para vivir, y que serían capaces de divinizar el error si éste les resultase lucrativo.

En las bellas letras las cosas no andan mucho mejor, pues muy raramente descubrimos objetivos elevados y verdadero sentido de lo honrado y auténtico. Cada uno sostiene y ampara al otro porque es sostenido y amparado por él; ambos sienten manifiesta repugnancia por la verdadera grandeza y si pudiesen, la sacarían del mundo con tal de poder ellos brillar un poco más. Así es la masa, y algunos que pasan por personajes importantes no son esencialmente diferentes….”

El hombre no ha nacido para resolver los problemas del mundo, sino para saber dónde radican, aunque manteniéndose siempre en los límites de lo cognoscible. Sus facultades no alcanzan a comprender el mecanismo del universo, y pretender reducir el mundo a fórmulas racionales resulta, atendiendo a la limitada visión del hombre, una empresa completamente vana, porque su inteligencia y la de Dios son dos casos muy diferentes. En cuanto se concede la libertad al hombre no cabe admitir la omnisciencia de Dios, pues en el momento que Dios sabe lo que yo tengo que hacer, vengo obligado a obrar según este conocimiento.

Así tales consideraciones deben convencernos de lo poco que podemos saber, y de que, por lo tanto, debemos dejar en paz los misterios de la divinidad. Sólo debemos exponer aquellas máximas de temas elevados que puedan ser directamente útiles al mundo; las demás guardémoslas dentro de nosotros, aunque no dejarán de iluminar nuestras acciones con un suave resplandor como de sol entre nubes.”

Conversaciones con Goethe, por J.P. Eckermann (15 octubre 1825). Trad. Jaime Bofill y Ferro. Editorial Iberia, Barcelona, 1956.

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La religión como tema del arte. El Sol es siempre el mismo

La religión —dijo Goethe— está con el arte en la misma relación que otro cualquiera de los intereses superiores de la vida. No debe ser considerada más que como materia artística, con igualdad de derechos respecto a las demás. La fe y la incredulidad no son conceptos con los cuales tenga que ser comprendida una obra de arte, pues corresponden a un orden diferente de fuerzas y capacidades humanas. El arte ha de crear obras para aquellos órganos con los cuales nosotros podemos comprenderlo, y si no lo hace así faltará a su fin y discurrirá ante nosotros sin ejercer su acción específica. Un asunto religioso puede ser a la vez un excelente tema artístico, pero únicamente en el caso de que posea un valor humano general. Por esto la madre con el niño es un tema que ha sido pintado mil veces y que siempre vuelve a verse con gusto.

Mientras tanto, habíamos dado la vuelta al bosque que llaman el Webitch, y doblamos cerca de Tiefurt hacia la carretera de Weimar, de forma que el sol poniente apareció ante nosotros. Goethe permaneció unos instantes como perdido en sus pensamientos y luego recitó este verso de un poeta de la antigüedad:

Aun cuando se pone, el Sol es siempre el mismo.

Cuando uno tiene setenta y cinco años —prosiguió el poeta en un tono sereno— es inevitable que de vez en vez se piense en la muerte. A mí esta idea me deja perfectamente tranquilo, pues abrigo en lo más profundo de mi alma la firme convicción de que nuestro espíritu es de una naturaleza completamente indestructible; algo semejante al Sol, que para nuestros ojos humanos es como si cada día se hundiese, cuando en realidad sigue resplandeciendo por los siglos de los siglos.

El Sol acababa de ocultarse tras el Ettersberge. Se difundió por el bosque un frescor de ocaso y nosotros seguimos caminando a cada paso más velozmente hacia Weimar y la casa del poeta.”

Conversaciones con Goethe, por J.P. Eckermann (2 mayo 1824). Trad. Jaime Bofill y Ferro. Editorial Iberia, Barcelona, 1956.

(Ver NOTA ACLARATORIA)

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Por qué “Conversaciones con Goethe”

Desde hace unas semanas voy colocando en Facebook, y a partir de ahora también en el Blog, unos pequeños fragmentos del libro que recoge las conversaciones que Eckermann tuvo con Goethe durante la última década de la vida del poeta.

El trabajo de selección de los párrafos transcritos me resulta de lo más fácil. Me basta con trasladar aquellas líneas o fragmentos que yo mismo subrayé o señalé en mi primera lectura de la obra, en 1959-60.

Es decir que, si alguien piensa que hay fragmentos interesantes que han quedado fuera (seguro) o que no se da una idea veraz o total del entrevistado, ruego que tenga en cuenta que la selección obedece al criterio de un joven de 19-20 años que vivía y leía a principios de la segunda mitad del siglo pasado. Feliz lectura.

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