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Cultura y poder (sabiduría clásica VII)

trumpA propósito de la reciente elección de cierto líder político mundial, que se manifiesta sin complejos como lo que podríamos llamar “un patán con dinero”, he pensado en la diferencia sustancial que existe entre la antigüedad clásica y nuestro tiempo en lo que se refiere a la valoración de la cultura por parte del poder.

Iba ya a empezar a divagar sobre el asunto cuando he recordado que en mi ensayo Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas, traté fugazmente del tema en unos párrafos que también trasladé a este blog. Me complazco en reproducirlos a continuación porque creo que se adecuan perfectamente a esta serie sobre la sabiduría clásica.

Pero ¿tenía sensibilidad literaria el amo de Roma [Augusto]?

Una respuesta afirmativa a esta pregunta resultaría rara desde la perspectiva contemporánea, acostumbrada a líderes políticos semianalfabetos. Pero entonces no lo era en absoluto. Desde muy antiguo el político romano (que durante siglos no fue un ente aparte del ciudadano o del militar) solía ser un hombre no sólo instruido sino además amante de las letras y de algún tipo de conocimiento (agricultura, astronomía, historia, lingüística…).

El viejo Catón, ejemplo máximo de romano duro, opuesto a las blanduras de la influencia helenística, cónsul en 195 a.C., censor inflexible, escribió un tratado sobre la agriculturciceron grandea y varios libros sobre historia, que no se han conservado; Cicerón, orador, escritor magnífico y divulgador de la filosofía griega, gobernó la república como cónsul y nunca estuvo apartado (mientras se lo permitieron) de los asuntos públicos; Marco Terencio Varrón, político que ocupó diversos cargos, militar en la guerra civil al lado de Pompeyo y luego perdonado y recuperado por César, fue un famoso lingüista (De lingua latina) y autor de tratados sobre agricultura (Rerum rusticarum).

Pero no hay duda de que el caso más vistoso es el del mismo Julio César. Mientras no daba respiro a su ambición política, mientras dirigía la guerra de las Galias o la civil que le enfrentó a Pompeyo, César no dejó de escribir. Y no sólo las famosas crónicas bélicas, que por sí solas lo sitúan entre los mejores prosistas latinos, sino images (6)tambíen un tratado de gramática (De analogia) y por lo menos una tragedia (Edipo), que lamentablemente se han perdido. Y esta compaginación, tan extraña para los modernos, entre actividad política y excelencia cultural se mantuvo, al menos como desideratum, a lo largo de toda la época imperial hasta llegar al emperador-filósofo Marco Aurelio.

El mismo caso de Nerón, poeta y cantante frustrado, puede entenderse como una triste caricatura de aquella tendencia natural romana, sin olvidar que su consejero político durante años, Séneca, fue uno de los grandes escritores y filósofos de la época.

Bien, todo esto para decir que – a diferencia de lo que ocurre en nuestros tiempos – entre los romanos era normal que el máximo dirigente del estado tuviese sensibilidad literaria o artística y que, por lo tanto, es seguro que Augusto estaba en condiciones de apreciar la obra de Ovidio.”

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Yo soy descendiente de Julio César (fantasía de un niño romanizado)

maristas revistaEn 1952 tenía doce años. Estudiaba el segundo curso del bachillerato de entonces en un colegio de los Hermanos Maristas. Me interesaban más las letras (literatura, historia) que lo otro. Y, dentro de la historia, la de Roma. Recuerdo que me aprendí de memoria, al pie de la letra, las páginas que el libro de texto “Historia Universal”, de Editorial Luis Vives, dedicaba a la historia de Roma. Y no solo para contestar como era debido a las preguntas del profesor, que también, sino porque de alguna manera me fascinaban.

El colegio tenía que ver con esa fascinación, sin duda. Los Hermanos eran antiguos romanos sin saberlo. Y en eso se mostraban como muy buenos católicoshistoria universal2, pues es sabido que la Iglesia Católica es la continuación del Imperio romano por otros medios. Seguían aplicando aquel recurso o juego pedagógico, creo que inventado por los jesuitas, que consistía en dividir la clase en dos mitades, Romanos y Cartagineses, y establecer entre ellas una contienda a base de preguntas, que los de un bando lanzaban a los del otro, sobre las materias estudiadas. Yo solía ser el jefe de los romanos.

Y de pronto, no recuerdo si a los mismos doce o un año o dos después, tuve la revelación. ¡Yo era descendiente de Julio César!images (6)

Deslumbrado por el descubrimiento, traté de establecer la vía. Es decir, de explicarme “científicamente” cómo pudo producirse el hecho.

Veamos. César era itálico, yo ibérico… mal asunto. Pero enseguida vi el posible punto de conexión: mi bisabuelo paterno era italiano. Cierto, pero de muy al sur de la península, con lo que la relación cesariana se mostraba bastante problemática. Había que buscar otra conexión más segura.

Investigué el resto de mi ascendencia paterna, pero nada que hacer. Todos eran aragoneses. Entonces dirigí la mirada a la materna – de apellido Abollado – y tampoco: eran todos originarios de Andalucía (Sevilla y Cádiz).andalucía

No tuve más remedio que abandonar. En parte. Quiero decir que me quedé con la creencia, pero sin la ciencia. Después de todo, que yo fuera descendiente de Julio César era cuestión de fe.

Con los años, el niño fue creciendo, como suele suceder, y se fue olvidando de sus delirios infantiles, incluido el de César. Y luego fue creciendo el joven y el hombre maduro, arrastrando en todas las etapas, por cierto, la extraña manía de escribir.

Cuando cumplía cincuenta años me hallaba enfrascado en la creación de Lesbia mía, novela sobre Catulo, poeta romano que vivió en el siglo Ilesbia mía a.C., precisamente en los años de la irresistible ascensión de Julio César. En una de las cartas de que está compuesta la obra, uno de los amigos del poeta, anticesariano visceral, comenta las maldades y torcidas intenciones del famoso político. Y cuando le toca tratar de su relación con el notable gaditano Lucio Cornelio Balbo… ¡tuve una inspiración!

Es sabido que Julio César fue un gran conquistador no solo en lo militar. Y sin distinción de sexo. Era “el hombre de todas las mujeres y la mujer de todos lo hombres”, como cáusticamente le había calificado un contemporáneo suyo. Pues bien, en determinado momento del relato, abusando de mi posición de creador todopoderoso, hago escribir al autor de la carta: “Dicen incluso, y esto sí pertenece a la esfera del estricto rumor, que su más íntima amistad era la esposa de su también íntimo amigo Lucio Cornelio Balbo.” O sea que César tiene una relación con la mujer de Balbo, de la que nace un hijo, el cual, por supuesto, llevará el apellido del marido de la madre: Balbo.balbo

¿Y qué?, preguntará el lector paciente, si es que ha llegado hasta aquí. ¿Y qué? Pues que Balbo es el origen etimológico de Abollado, apellido de mi abuelo materno nacido en Sanlúcar de Barrameda, a pocos kilómetros de Cádiz. Y no se diga que estas palabras son demasiado distintas entre sí, pues cosas más raras se han visto en el mundo etimológico, como que caput vaya a dar en cabeza, o Caesar Augusta en Zaragoza, o Palatium en Pacheco, por poner unos ejemplos.sanlúcar

Y ahora me gustaría ofrecer mi hallazgo a aquel niño de doce o trece años que tuvo la genial intuición. Pero ocurre que, a estas alturas, es difícil dar con él.

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La muerte de César como sacrificio expiatorio

cesar muerte2La lectura del blog de Jaime Fernández En lengua propia es siempre un placer intelectual de primer orden. La reciente entrada, que trata de la muerte de Julio César a través de la tragedia de Shakespeare es un buen ejemplo. Y para mí, que desde hace mucho tiempo me ha dado por reflexionar sobre el asunto, muy estimulante.

aep2 ShakespeareLógicamente tenía que hacer algún comentario. Pero ¿por dónde empezar? Porque, en todo caso, había de ser un poco largo. Y no me parece correcto aprovechar el blog de otro para entregarse uno a las propias divagaciones.

Por otra parte, he recordado que el núcleo de las reflexiones que se me ocurrieron durante la lectura del post aludido ya estaba contenido en un fragmento de mi obra (no publicada) Conversaciones con Petronio, en la que Lucio, joven admirador de Petronio, durante su relación con éste va descubriendo la existencia de una conspiración, dirigida por el senador Pisón, que pretende acabar con Nerón.

Una frase del artículo de Jaime, escrita a propósito de unas palabras del Bruto shakesperiano, fue el detonante decisivo de ésta mi intervención :

La comparación del cuerpo de César con un manjar divino alude a un sacrificio expiatorio.muerte de cesar

El fragmento aludido de Conversaciones con Petronio es éste:

[PETRONIO]…el plan tendría, o tiene, que ejecutarse con ocasión de la fiesta principal de los Juegos de Ceres, es decir, pasado mañana, y su diseño y desarrollo es un buen ejemplo de lo bajo que ha caído la literatura en nuestros días.

[ LUCIO] -¿La literatura has dicho?

-Sí, he dicho la literatura, ¿o debiera decir el teatro? Amigo, ya no hay ideas nuevas. Recordarás aquella tragedia que tuvo lugar en la sala anexa del Teatro de Pompeyo en los Idus de marzo del año del último consulado de Julio César. En ella, los actores rodean al tirano para alabarle o pedirle gracias hasta que, de pronto, uno de ellos lo coge de la toga y tira con fuerza. Es la señal para que todos se precipiten sobre la víctima con sus espadas y puñales… Pues bien, la función que piensa dar la compañía de Pisón es un simple calco de aquella tragedia. En ésta, Laterano hará de Címber, Seneción hará de Casca, o quizá Escevino, y así, cada uno se asignará un papel de acuerdo con la máscara elegida. ¿Qué te parece?

-No sé, desde el punto de vista estético me repugna comparar a Nerón con Julio César, o a Escevino con Bruto…

-No, en este caso, Bruto será Pisón. Pero es igual, tienes razón. La grandeza de una obra de arte está en su cualidad de irrepetible, y la muerte de Julio César es una de las obras de arte más grandes de la historia. Los caracteres de los conjurados y sus relaciones mutuas, el ritmo de la acción, el clima de tensión creciente que finalmente estalla en el momento crítico, y ese mismo momento, con la víctima acosada que va a dar finalmente a los pies de la estatua de su antiguo enemigo-amigo, y el carácter ritual del homicidio colectivo, como si todos hubiesen de participar por igual de la sangre de la víctima, misteriosamente dotada de propiedades salvíficas, misterio que arranca ya de la cena de la víspera, cuando el que ha de morir se despide de sus amigos compartiendo con ellos la comida y el vino. La muerte de César es quizá el eje central de la historia, el paradigma de todos los homicidios sagrados. Es la muerte que se da al padre por la libertad individual, es la muerte que se da al rey por la libertad colectiva, es la muerte que la naturaleza impone para perpetuar la vida. La muerte de César pide a gritos un gran artista de la tragedia que la instaure de una vez por todas como obra de arte, rescatándola de las vagas sombras de la memoria de lo real. Y lo tendrá, claro que lo tendrá…Ahora, imagina todo eso interpretadoneron por la compañía teatral de Pisón: músicos mediocres, mariquitas histéricas, poetas chiflados, intentando sostener sus puñales de lujo para meterlos entre las adiposidades de un cerdito bien cebado, de chillidos insoportables.. ¿Entiendes ahora por qué le dije a Escevino que lo peor del plan es que está mal escrito?

– Lo entiendo muy bien, y comparto por completo tu opinión. Creo que un acto importante, transcendente, ha de revestirse siempre de cierta grandeza.

-En efecto, aun cuando los protagonistas no sean conscientes. Si un hecho es realmente grande, por fuerza será bello. En el fondo no es más que una cuestión de estilo.

-¿Como en la literatura?

-Sí, como en la literatura.

-¿Puedo deducir entonces que tus razones para rechazar la conspiración son exclusivamente de orden estético?

-Puedes.muerte cesar peli

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Idus de Marzo (narrado por Cicerón)

idus marzoLo primero que hice la mañana del 15 de marzo fue repasar el informe que había elaborado sobre el caso Dolabela. Introduje algunas modificaciones. Después de desayunar, recibí a los amigos que habían venido a saludarme y luego, poco antes de la hora cuarta, salimos juntos en dirección al Teatro de Pompeyo. El cielo estaba despejado. Soplaba un vientecillo frío y seco. Por las inmediaciones del Teatro apenas había movimiento. En el podio, estaban preparando el trípode para el sacrificio aruspicial.

Así que entré en la Sala, vi a Marco Bruto, Casio y Casca. Casca miraba hacia afuera, los otros dos hablaban en voz baja. En aquel mismo momento Lena se les acercaba y se unía a la conversación. En cuanto me vieron, enmudecieron los tres. Nos saludamos, pero apenas me detuve. Había visto a Dolabela más al interior y me dirigí hacia él. [……….]

De repente, el rostro de Dolabela cambió de expresión:bruto

– ¿Has visto? Mira a Bruto, y a Casio. Mira, mira.

Los miré un instante.

– Sí, se comportan de un modo extraño.

– Están pálidos, nerviosos. Mira, no paran de ir de un lado a otro y de hablar en voz baja. Pero ¿qué ocurre? – dijo Dolabela visiblemente preocupado.

Entonces oímos las aclamaciones de la multitud.

– Ya están aquí – dije-. Van a sacrificar. Tranquilo, Dolabela. Dentro de unos momentos se habrá resuelto tu asunto.

– No es eso lo que más me preocupa ahora.

Cuando César hubo llegado a su presencia, Espurina sacrificó la víctima. No encontró el corazón.

– Deberías aplazar la sesión, César. El pronóstico no puede ser peor.

aruspice– Lo mismo me ocurrió en Hispania, y volví vencedor .

– Pero recuerda que precisamente en Corduba estuviste a punto de perder la vida.

– Sí, pero aún la conservo.

– ¿Sacrifico de nuevo?

– No, déjalo. No voy a ser más considerado con las tripas de una bestia que con los consejos de mi esposa. Entremos ya.

Pero, justo ante el umbral, Lena le tomó del brazó y le murmuró unas palabras al oído. César se detuvo. Indicó a los demás que fuesen entrando, y permaneció con Lena, hablando los dos a media voz. Antonio y Trebonio se habían quedado atrás: parecían comentar un asunto grave, mientras observaban cómo Espurina recogía el material del sacrificio.

Desde el interior, ciertos senadores no apartan la vista de lo que ocurre en la entrada.

CASIO: ¿Qué hace Lena?

BRUTO: No lo sé, pero no me gusta nada.

CASIO: Mira cómo le habla confidencialmente, y cómo César sonríe. Mira, mira con qué atención le escucha ahora César. ¿Crees que Lena sería capaz?

BRUTO: No, no lo creo.

CASIO: Pero ¿y si lo es? ¿Y si nos descubre? ¿Qué hacemos?

BRUTO: Si no da tiempo a dar el golpe, me mato aquí mismo.

CASIO: Mira, César vuelve a sonreir, ahora ríen los dos. Parece que Lena le da las gracias. Ya entran. Lena se ve muy tranquilo y sonriente, y César también. No pasa nada, no pasa nada. Todo va bien. ¿Y Antonio?

BRUTO: Afuera. Trebonio lo entretiene, tal como estaba previsto.images (12)

CASIO: Bien, todo va bien.

Con paso lento y majestuoso, César cruza el círculo de senadores que, en actitud deferente, le aguardan de pie. Detrás de él acuden los rezagados. Solo faltan Antonio y Trebonio

Antes de que llegue a su asiento, Címber le corta el paso.

CÍMBER: César, acuérdate de mi hermano.

CÉSAR: ¿Qué le ocurre a tu hermano?

CÍMBER: Prometiste que antes de marchar a Oriente verías su caso.

CÉSAR: No es este el momento.

Lo aparta y sigue avanzando. Va a sentarse. Címber lo agarra del brazo. Varios senadores se acercan, lo rodean; algunos, Casca entre ellos, por detrás del asiento.

CÍMBER: Ten piedad de mi hermano, César.

CASIO: Perdónale. César.

LIGARIO: Sé clemente, César.

CÉSAR: He dicho que no es este el momento.

Címber lo agarra de la toga, junto al cuello, y tira con fuerza.

CÉSAR. ¡Esto es violencia!

Mientras el cónsul intenta desasirse de Címber, Casca, que está detrás, alza el puñal y lo baja con fuerza. Pero, debido al movimiento de César, le da en la cara. Se revuelve el agredido y cesar muerte2hunde el estilete en el brazo del agresor, momento en que la espada de Casio le hiere en el costado izquierdo. Todos los que se habían acercado, y otros que se les unen, sacan espadas y puñales. Un golpe, otro golpe, otro, otro… César da vueltas. Sus ojos piden auxilio, quizá buscan una mirada amiga. El movimiento traslatorio de víctima y verdugos los lleva hasta la gran estatua de Pompeyo. César se apoya en su base. Más espadas, más puñales. Ve acercarse a Marco Bruto con la espada en la mano. Cae. Ya no se mueve.

Los que nada sabían preguntan, se exclaman, marchan casi todos. Los conjurados deliberan mientras, de reojo, observan el cadáver próximo. ¿Y Antonio? Alguien lo ha visto: ha entrado en el momento crítico y ha desaparecido. No se sabe cómo responderá el pueblo. Hay que presentar la acción como lo que es: una gesta heroica en beneficio de todos. Una delegación irá a hablar con Antonio y Lépido, mientras el resto permanecerán en sus casas.

No veo a Dolabela. Decido marchar. Cuando salgo, Bruto me indica por señas que ya hablaremos. Me cruzo con un grupo de esclavos que entran decididos. Ya en la calle, me adelantan corriendo. Portan en una litera el cuerpo de un hombre. Le cuelga el brazo derecho, la mano va golpeando en tierra. El fuerte viento levanta nubes de polvo.

(De La encina de Mariociceron grande

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Catulo, vivir y amar II

catulo verona

Dado que todo lo que sabemos de Catulo está en su obra, la única manera de construirle una biografía aproximada consistirá en deducirla de las numerosas vivencias que nutren sus poemas, los cuales, para complicar la cosa, no nos han llegado ordenados cronológicamente. A ello se han dedicado eruditos de todas las épocas con resultados para todos los gustos. No siendo yo erudito, no he tenido más remedio que dejarme guiar por cierto instinto poético para adscribirme a las hipótesis de unos más que a las de otros. El resultado es lo que sigue.

Gayo Valerio Catulo nació en Verona entre los años 87 y 84 a.C. La familia era de las más notables de la provincia (Cisalpina) y contaba con posesiones en Sirmio y en Roma, y con amistades como Julio César – en fase ascendente – y Metelo Céler. Allá pasó Catulo sus primeros años, entre otras cosas formándose, descubriéndose como poeta e iniciándose en los placeres de la vida – tanto en loscatulo sirmion elementales como en los refinados – en compañía de los amigos de su edad, varios de ellos también poetas. Siendo aún muy joven, sus poesías empezaron a circular con éxito, especialmente los urticantes epigramas dirigidos a César – no obstante la amistad que unía a las familias – y a otros prohombres.

Tendría 23 o 24 años cuando conoció a una mujer llamada Clodia, algo mayor que él, perteneciente a la antigua y noble familia Claudia – que un siglo después daría origen a una dinastía de emperadores – y esposa de Metelo Céler, gobernador de la provincia Cisalpina. Este encuentro, marcaría el resto de su corta vida.

A partir de ese momento, su producción poética, aun conservando los demás aspectos, se centra en un amor que se anuncia maravilloso y por encima de todas las convenciones y censuras:

Vivamus, mea Lesbia, atque amemus, / rumoresque senum seueriorum / omnes unium aestimenus assis.

(Aclaro que “Lesbia” es el nombre que, en homenaje a la poeta Safo de Lesbos, a quien ambos admiraban, dio Catulo a Clodia en sus versos).

catulo y clodiaPero las cosas nunca son como al principio. Y mucho menos las cosas del amor. Aquella relación tan sólida que ambos habían pactado – pues ella también le amaba – como una estimación por encima de los amores vulgares se resquebrajaba.

Y es entonces, cuando el espejismo de la correspondencia perfecta se desvanece, que Catulo comienza a verse apresado, encadenado a la mujer amada que le maltrata y de la que quizá nunca se podrá librar. En su poema sobre Atis y Cibeles, cuenta cómo el joven Atis se castra para quedar postrado para siempre bajo el poder de la diosa. En la historia de Ariadna y Teseo cuenta cómo éste abandona a la mujer que acaba de rescatar del laberinto del Minotauro, y cómo Ariadna lanza inútiles improperios a la nave del traidor que se aleja. Pero se diría que aquí hay una curiosa transfiguración: en realidad, él es Ariadna mientras que Teseo es aquella Lesbia que decía amarle y que le olvida por otros mundos.

Cabe pensar que el mundo por el que Clodia posterga a Catulo es el de la simple realidad social, hecha de muchas personas e intereses y no de un solo amante solícito, absorbente y quizáscatluo clodia met agobiante. Es posible. Y además sería la interpretación más complaciente con el pensamiento correcto de nuestros días. Pero en todo caso hay algo más.

En sus versos de reproche y de dolor, Catulo se queja de que “aquella Lesbia” no sólo ha incumplido su juramento de amor sino que anda con lo más bajo de la sociedad, con auténticos degenerados, además de con algún ex amigo suyo, como Celio Rufo. A Celio precisamente dirige Catulo estos versos: Caeli, Lesbia nostra, Lesbia illa…

Celio, mi Lesbia, aquella Lesbia a quien Catulo quiso más que a sí mismo y que a todos los suyos, en plazuelas y callejones, se la pela a los nietos del magnánimo Remo. (En una traducción, en muchos aspectos valiosa, se dice “prodiga sus favores”, pero el original glubit significa lo que significa).

catulo globitLo explícitamente sexual de muchas de las poesías de Catulo – que normalmente utiliza como arma infamatoria contra enemigos y ex amante – era entonces una novedad. Y lo siguió siendo hasta hace un siglo más o menos, con paréntesis intermitentes entre la Baja Edad Media y el Renacimiento. La postura contraria, es decir, la habitual durante toda la historia de la literatura, alcanzó su cénit con la pudibundez burguesa de principios del siglo XIX, lo que hizo que Goethe se lamentase de no tener un público como el de Shakespeare para poder escribir más libremente.

Volviendo a la historia. Las traiciones de Clodia no consiguen que Catulo la expulse de su corazón. Cierto que también él tiene sus aventuras, incluso con algún muchacho, como Juvencio, al que dedica varias composiciones, pero lo fundamental sigue invariable. Ama a Clodia y no puede evitarlo. Y por eso también la odia.

Odi et amo, quare id faciam fortasse requiris / nescio, sed fieri sentio et excrucior.

Odio y amo, quizá preguntes por qué lo hago / no lo sé, pero siento que es así y sufro tormento.

Estos versos constituyen la definición más contundente, concisa y exacta de una de las componentes fundamentales de lo que luego se daría en llamar “amor-pasión”.

Quizá para intentar una huida y con seguridad para visitar la tumba de su querido hermano, muerto de accidente en las costas de Asia Menor, Catulo pasó más de un año (57 a.C.) en Bitinia, en el séquito de su paisano el propretor Memmio.

A su regreso, parece que la reconciliación es posible. Se produce entonces un breve e inestable idilio y una nueva ruptura, pues Clodia no parece dispuesta a abandonar su vida alegre… con quien sea. Y Catulo no puede más. Tiene que romper. Pero ¿cómo? Difficilest longum subito deponere amorem

Es difícil romper de pronto con un largo amor. Es difícil, pero debes hacerlo como sea: esta es la única salvación.

Y finalmente lo consigue. O dice que lo consigue. Y lo hace a través de dos conocidos, de la “corte” de Clodia, a los que considera escoria.

…anunciad a mi amada esas pocas y no buenas palabras, / viva enhorabuena con sus amantes, esos trescientos que abraza a la vez / sin querer verdaderamente a ninguno… Y le echa en cara que, por su culpa, su amor ha caído como una flor en la linde del prado cuando el arado la roza al pasar.

No se sabe qué ocurrió después. Se dice que se reconcilió con Julio César. Dato sin importancia, porque a Catulo nunca le interesó la política, y su enemistad poética con el futuro dictador se basa solo en cuestiones anecdóticas y tal vez en el rechazo inconsciente del joven de buena familia anteimages (12) el personaje también aristócrata, pero ambicioso y por ello convertido en demagogo (como, con menor trascendecia, Clodio Pulcer, hermano de Clodia, con la que se decía que mantenía relaciones incestuosas).

Lo que se sabe es que murió pronto, a los treinta años de edad o poco más. Como el gorrión de su amada, se fue per iter tenebricosum / illuc unde negat redire quemquam (por el camino tenebroso hacia allá de donde dicen que nadie regresa), porque soles occidere et redire possunt: / nobis, cum semel occidit breuis lux, / nox est una perpetua dormienda (los soles pueden ponerse y salir de nuevo, pero nosotros, una vez se ponga el breve día, tendremos que dormir una noche perpetua).

En su ingenuidad, en la espontánea inmediatez con que vivió la vida, pensaba que, una vez muerto, de él no quedaría nada. Se equivocaba. Está aquí. Lo tenemos todo. Tan vivo como entonces. Pero solo en sus versos.

(De Los libros de mi vida)  

 

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Catulo, vivir y amar I

 

catulo inicioAntes de hablar de Catulo y de cómo me enamoré de él quiero hablar de mí mismo, que me tengo un poco olvidado.

Lo de la ayudantía en la cátedra lo dejé con el mismo poco entusiasmo con que lo había tomado. Entré en nómina en una editorial, donde mi trabajo principal consistía en redactar artículos para una enciclopedia…sobre la base de otras enciclopedias, por supuesto. También hacía traducciones para la misma editorial, y para la competencia. En mayo del 68, mientras las calles ardían en París, me casaba con la que sigue siendo felizmente mi esposa, y además madre de mi hijo y abuela de mi nieto. Empujado por los pocos ingresos que me proporcionaban mi pertenencia al proletariado intelectual, me pasé al casi proletariado funcionarial, contribuyendo modestamente a engordar elcatulo paris 68 caballo de Troya que albergaba en su seno la administración franquista. Llegada la democracia y el fin del Estado centralizado, se me transfirió a la administración autonómica de Cataluña, en el mismo ámbito de actuación. Es decir, escritor, licenciado en derecho, funcionario y en el área jurídico-laboral. Como para creerse Kafka. Pero fallaba lo primero y principal. Aunque yo no dejaba de escribir.

En esas estaba cuando, a punto de cumplir los cuarenta y cinco, y para oxigenarme un poco la mente, empecé a estudiar filología clásica. De los conocimientos que obtuve y sobre todo de las lecturas colaterales, surgió de improviso en mi cabeza la historia de dos escritores del siglo IV: Ausonio y Paulino. Y de ahí, una novela – La ciudad y el reino -, lo primero ¡finalmente! que había conseguido acabar con un aprobado por mi parte. Naturalmente intenté que se publicase; naturalmente las respuestas fueron negativas. Mientras tanto, me fijé en otro personaje, escribí la novela e intenté su publicación. Una editorial de primera línea la aceptó – editorial que luego me había de castigar, por no haber cumplido al cien por cien sus expectativas comerciales, rechazando sistemáticamente mis obras posteriores -, y en enero de 1992 apareció en las librerías con el título de Lesbia mía, novela cuyo personaje central es el poeta romano del siglo I a.C. Gayo Valerio Catulo.

lesbia miaA diferencia de los dos poetas antes citados, de Catulo ya sabía algo cuando decidí apropiármelo como objeto literario. Exprimiendo la memoria, llegué incluso a recordar que ya en el lejano bachillerato (11-16 años) había quedado prendado de unos versos que aparecían en el libro de texto de latín (Lugete, o Veneres Cupidenesque…), dedicados a la muerte del gorrión de su amada. Desde entonces, de vez en cuando, leía algunos de sus poemas. Y ahora mismo acabo de descubrir que en mayo de 1984, cuatro o cinco años antes de que me pasase por la cabeza tomarlo como objeto literario, había comprado y leído su obra completa en edición bilingüe a cargo de Juan Petit, autor también del estupendo prólogo que me había de servir como guía principal en mi itinerario catuliano-novelesco. Pero no estoy aquí para hablar de mi libro, sino de la obra y la persona de Catulo.

Lo primero que sorprende de Catulo es su modernidad. Ya sé que, en su acepción habitual, esta palabra no tiene mucho sentido, porque toda modernidad es antigüedad al cabo de pocos años. Lo que quiero decir es que Catulo es un poeta que habla al lector de hoy como si fuese un poeta de hoy. Han pasado veinte siglos y parece mentira. Y es que lees a algunos poetas de hace sólo doscientos o cien años y te parecen no ya de otra época, sino de otro planeta.

La poesía de Catulo es obra de un poeta. Esto que parece obvio en todos los casos, no lo es tanto en realidad. Lo que quiero decir es que Catulo es solo poeta. No hay rastro en él de ideología, de tendencias, de moral, ni siquiera de sabiduría. Siempre es un joven – no le dio tiempo de ser otra cosa y creo que nunca lo hubiera sabido ser – que goza de la vida con el mismo ímpetu e inconsciencia con que la sufre. Para reafirmarnos en esta opinión, por si acaso no se juzga históricamente cierta, tenemos el hecho afortunado de que todo lo que sabemos de él se contiene exclusivamente en su obra. No hay más Catulo que el que está en sus versos. Pocos poetas han tenido esta suerte.

Algunos alegarán que ciertos eruditos y escritores de la Antigüedad – Cornelio Nepote, Cicerón, Ovidio, Apuleyo, San Jerónimo – ya nos dejaron algo escrito sobre él. Detalles. Nimiedades. Y acatulo nepote veces erróneas, como en el caso de San Jerónimo. Además, de los cuatro citados sólo los dos primeros fueron contemporáneos del poeta, aunque de más edad. Cicerón alude a él, con cierto desdén, como uno de los “poetas nuevos”. Nepote, el historiador, sí que además de contemporáneo fue amigo y admirador de Catulo (éste le dedicó una colección de sus poemas). Ocurre sin embargo que, entre las obras perdidas de Nepote, se cuentan unas biografías de escritores, entre las cuales no podría faltar la de su admirado joven poeta. Pero como para nosotros esa biografía no existe – y no es seguro que existiera –, volvemos al planteamiento de origen: no hay más Catulo que el que está en sus versos.

Sus versos suman 96 composiciones de diversos tamaños, desde unas pocas líneas hasta varias de nuestras páginas. Las hay de circunstancias – la mayoría de las breves -, algunas consisten en feroces e ingeniosos ataques a ciertos individuos que no le caían nada bien: el mal poeta, el parásito desgraciado, el incestuoso degenerado, el pedante inculto, el competidor amoroso… hasta el mismo Julio César en su época de ascensión irresistible. Otras son largas y elaboradas composiciones de tono épico y fondo histórico, en las que bajo la delicada escenografía mitológica late el sentimiento, por entonces ya atormentado, del propio autor.

Pero la mayoría de las poesías – o las más destacadas, no las he contado – son de amor. Y, como suele ocurrir, de un amor feliz y luminoso al principio, y amargo y desgraciado al final. Y además, de un amor nuevo. Al menos en la literatura.

catulo calimacoUn amor nuevo y una mujer nueva. Hasta entonces en la poesía amorosa, la de los poetas helenísticos al estilo de Calímaco, la mujer era una cortesana (inventada), único ejemplar femenino – sobre todo en la sociedad romana – que se podía permitir el juego de la pasión amorosa al margen de los códigos sociales de obligado cumplimiento. El amor de Catulo es una mujer real. Es también una dama de alto rango, una patricia romana que alardea de disponer de su vida con la misma libertad que un hombre.

¿Quién era esta mujer? ¿Quién era Catulo?  (continúa)

(De Los libros de mi vida)

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Idus de Marzo (contado por Cicerón)

cesar muerteLo primero que hice la mañana de los Idus de marzo fue repasar el informe que había elaborado sobre el caso Dolabela. Introduje algunas modificaciones. Después de desayunar, recibí a los amigos que habían venido a saludarme y luego, poco antes de la hora cuarta, salimos juntos en dirección al Teatro de Pompeyo. El cielo estaba despejado. Soplaba un vientecillo frío y seco. Por las inmediaciones del Teatro apenas había movimiento. En el podio, estaban preparando el trípode para el sacrificio aruspicial.

Así que entré en la Sala, vi a Marco Bruto, Casio y Casca. Casca miraba hacia afuera, los otros dos hablaban en voz baja. En aquel mismo momento Lena se les acercaba y se unía a la conversación. En cuanto me vieron, enmudecieron los tres. Nos saludamos, pero apenas me detuve. Había visto a Dolabela más al interior y me dirigí hacia él. [……….]

De repente, el rostro de Dolabela cambió de expresión:

  • ¿Has visto? Mira a Bruto, y a Casio. Mira, mira.bruto

Los miré un instante.

  • Sí, se comportan de un modo extraño.

  • Están pálidos, nerviosos. Mira, no paran de ir de un lado a otro y de hablar en voz baja. Pero ¿qué ocurre? – dijo Dolabela visiblemente preocupado.

Entonces oímos las aclamaciones de la multitud.

  • Ya están aquí – dije-. Van a sacrificar. Tranquilo, Dolabela. Dentro de unos momentos se habrá resuelto tu asunto.

  • No es eso lo que más me preocupa ahora.

Cuando César hubo llegado a su presencia, Espurina sacrificó la víctima. No encontró el corazón.

  • aruspiceDeberías aplazar la sesión, César. El pronóstico no puede ser peor.

  • Lo mismo me ocurrió en Hispania, y volví vencedor .

  • Pero recuerda que precisamente en Corduba estuviste a punto de perder la vida.

  • Sí, pero aún la conservo.

  • ¿Sacrifico de nuevo?

  • No, déjalo. No voy a ser más considerado con las tripas de una bestia que con los consejos de mi esposa. Entremos ya.

Pero, justo ante el umbral, Lena le tomó del brazó y le murmuró unas palabras al oído. César se detuvo. Indicó a los demás que fuesen entrando, y permaneció con Lena, hablando los dos a media voz. Antonio y Trebonio se habían quedado atrás: parecían comentar un asunto grave, mientras observaban cómo Espurina recogía el material del sacrificio.

 Desde el interior, ciertos senadores no apartan la vista de lo que ocurre en la entrada.

CASIO: ¿Qué hace Lena?

BRUTO: No lo sé, pero no me gusta nada.

CASIO: Mira cómo le habla confidencialmente, y cómo César sonríe. Mira, mira con qué atención le escucha ahora César. ¿Crees que Lena sería capaz?

BRUTO: No, no lo creo.

CASIO: Pero ¿y si lo es? ¿Y si nos descubre? ¿Qué hacemos?

BRUTO: Si no da tiempo a dar el golpe, me mato aquí mismo.

CASIO: Mira, César vuelve a sonreir, ahora ríen los dos. Parece que Lena le da las gracias. images (4)Ya entran. Lena se ve muy tranquilo y sonriente, y César también. No pasa nada, no pasa nada. Todo va bien. ¿Y Antonio?

BRUTO: Afuera. Trebonio lo entretiene, tal como estaba previsto.

CASIO: Bien, todo va bien.

Con paso lento y majestuoso, César cruza el círculo de senadores que, en actitud deferente, le aguardan de pie. Detrás de él acuden los rezagados. Solo faltan Antonio y Trebonio.

Antes de que llegue a su asiento, Címber le corta el paso.

CÍMBER: César, acuérdate de mi hermano.

CÉSAR: ¿Qué le ocurre a tu hermano?

CÍMBER: Prometiste que antes de marchar a Oriente verías su caso.

CÉSAR: No es este el momento.

Lo aparta y sigue avanzando. Va a sentarse. Címber lo agarra del brazo. Varios senadores se acercan, lo rodean; algunos, Casca entre ellos, por detrás del asiento.

CÍMBER: Ten piedad de mi hermano, César.

CASIO: Perdónale, César.

LIGARIO: Sé clemente, César.

CÉSAR: He dicho que no es este el momento.

Címber lo agarra de la toga, junto al cuello, y tira con fuerza.

CÉSAR: ¡Esto es violencia!

Mientras el cónsul intenta desasirse de Címber, Casca, que está detrás, alza el puñal y lo baja con fuerza. Pero, debido al movimiento de César, le da en la cara. Se revuelve el agredido y hunde el estilete en el brazo del agresor, momento en que la espada de Casio lecesar muerte2 hiere en el costado izquierdo. Todos los que se habían acercado, y otros que se les unen, sacan espadas y puñales. Un golpe, otro golpe, otro, otro… César da vueltas. Sus ojos piden auxilio, quizá buscan una mirada amiga. El movimiento traslatorio de víctima y verdugos los lleva hasta la gran estatua de Pompeyo. César se apoya en su base. Más espadas, más puñales. Ve acercarse a Marco Bruto con la espada en la mano. Cae. Ya no se mueve.

Los que nada sabían preguntan, se exclaman, marchan casi todos. Los conjurados deliberan mientras, de reojo, observan el cadáver próximo. ¿Y Antonio? Alguien lo ha visto: ha entrado en el momento crítico y ha desaparecido. No se sabe cómo responderá el pueblo. Hay que presentar la acción como lo que es: una gesta heroica en beneficio de todos. Una delegación irá a hablar con Antonio y Lépido, mientras el resto permanecerá en sus casas.

images (14)No veo a Dolabela. Decido marchar. Cuando salgo, Bruto me indica por señas que ya hablaremos. Me cruzo con un grupo de esclavos que entran decididos. Ya en la calle, me adelantan corriendo. Portan en una litera el cuerpo de un hombre. Le cuelga el brazo derecho, la mano va golpeando en tierra. El fuerte viento levanta nubes de polvo.

(De La encina de Mario)

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