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Mundo, Demonio y Fausto (Escena de la Jornada Primera, entrega cuatro)

ojos vendadosCasa de Catherine. Una amplia sala con chimenea y sofás bajos. A un lado, una escalera que lleva a la planta superior. Suena una música suave: una canción francesa de los años 50. En un sofá en semicírculo, Fausto y Mefisto está sentados en un lado; en el otro Jean-Paul y Catherine. Se oye el chirrido de una puerta. Por la escalera empieza a descender lentamente un hombre, de unos 60 años, con melena hasta los hombros y en batín; lleva los ojos vendados con un pañuelo verde. Todos lo miran. Tras descender unos escalones, el hombre se detiene y habla:

DENEUVE.- Catherine, ¿hay alguien ahí?

CATHERINE.- Sí, papá. Estoy con Jean-Paul y unos amigos.

DENEUVE.- Amigos, ¿de quién?

CATHERINE.- Míos, papá.

FAUSTO.- (a Catherine) Quizá será mejor que nos presentes.

CATHERINE.- Baja, papá, que te presentaré a mis amigos.

Deneuve desciende lentamente y va a situarse en el centro geométrico del semicírculo, donde permanece de pie.

DENEUVE.- Es hermosa la inocencia, pero nos deja indefensos ante el mal. ¿Dónde están tus amigos?

CATHERINE.- Si te quitas la venda, los verás.

DENEUVE.- No puedo, sabes muy bien que no puedo.

FAUSTO.- ¿Alguna afección ocular? Si quiere, puedo examinarlo, soy doctor en medicina.

JEAN-PAUL.- Ve mejor que todos nosotros juntos.

FAUSTO.- ¿Entonces?

JEAN-PAUL.- Siempre va así.

CATHERINE.- Dice que la visión del mundo le hace daño.

MEFISTO.- (He aquí un hombre sensible. Que se aparten los poetas y cuantos presumen de espíritu delicado.)

FAUSTO.- Pero señor…

CATHERINE.- Deneuve, Albert Deneuve.

FAUSTO.- Pero señor Deneuve, la visión es la puerta más segura al conocimiento de la realidad. Si renuncia a ella, los fantasmas interiores le devorarán.

DENEUVE.- La realidad me hace daño. La belleza de las formas me hiere; la fealdad me desgarra. El mundo es un lugar a la vez terrible y maravilloso. No puedo moverme en él sin que mis nervios se retuerzan o se encabriten. La contemplación de una flor altera el ritmo de mi corazón de una manera insoportable. La salida del sol por el horizonte provoca en mis ojos torrentes de lágrimas. La última vez que vi el rostro bellísimo de mi hija sufrí un síncope. Toda la belleza y la fealdad del mundo suman para mí un infierno. Mis ojos carecen del filtro que suele proteger a los hombres de los efectos de la visión pura. Si fuese posible cerrarme del todo…Porque no hay fantasmas interiores. Los fantasmas vienen de fuera.

MEFISTO.- Muy bien, señor Deneuve. Pero, eliminada la visión, le queda el oído. ¿Qué piensa hacer con el oído, con los sonidos?

DENEUVE.- Esa voz, esa voz… Catherine, ¿quién es este hombre?

CATHERINE.- Es el doctor Sabatini, papá, catedrático de ética de la universidad de Lucerna.

DENEUVE.- Sabat…Sabat…Lucer…Lucer… ¡Es el Mal! ¡Has dejado entrar el Mal en esta casa! ¡Condenación! Estamos condenados, condenados. Dios mío, apiádate de nosotros.

FAUSTO.- Será mejor que nos vayamos.

JEAN-PAUL.- Por favor, no lo toméis en serio. De vez en cuando tiene estos arranques, pero es inofensivo.

CATHERINE.- ¡Más que inofensivo! Mi padre es la bondad en persona. Aunque la vida sea para él un martirio, es incapaz de causar el menor daño. Su sensibilidad enfermiza hace que…a veces…(de pronto, se levanta y se dirige a Fausto) Enrique, ¿qué me has dicho antes del doctor Sabatini?catherine

FAUSTO.- ¿Antes?

CATHERINE.- Has dicho algo terrible de él.

MEFISTO.- Calma, calma. Todo el mundo tranquilo. No hay que ponerse nervioso. Todo esto no es más que un malentendido. (se levanta y habla dirigiéndose a Deneuve, que permanece inmóvil, aunque algo tembloroso). Usted, señor Deneuve, basándose en el tono de mi voz, que sin duda le debe traer recuerdos ingratos, y en las letras de mi nombre, con las que ha jugado un poquito a la cábala, cosa que se puede hacer con cualquier nombre de cualquier idioma, se lo aseguro, basándose en sólo eso ha sacado la conclusión de que yo soy un ser diabólico, quizá el mismo Diablo. Pues bien, señor mío, nada más alejado de la realidad, como ahora mismo le voy a demostrar. Primero, mi voz es la adecuada y pertinente a estas horas de la madrugada después de haber tomado varias copas en la taberna de Deux-aspects, donde por cierto se produjo un incidente que sin duda también tuvo su efecto en mis cuerdas vocales. Segundo, yo no me llamo Sabatini; éste es en realidad el nombre de un novelista italiano de principios de siglo XX, que suelo utilizar en mis desplazamientos al extranjero por razones que no vienen a cuento. Tercero, como han demostrado todos los filósofos y el noventa y pico por ciento de los teólogos (católicos incluidos) el Diablo no sólo no existe sino que nunca ha existido. Y cuarto, el mal no es ninguna potencia terrible la inicial de cuyo nombre haya de escribirse en mayúscula; el mal, señor mío, es sólo la manifestación de la miseria intelectual humana. Yo lo llamo chapuza.

DENEUVE.- Yo no entiendo de teologías ni chapuzas. Me dejo llevar por mis impresiones. Y te aseguro, Satán, que mis impresiones no engañan.

MEFISTO.- ¿Nunca?

DENEUVE.- Casi nunca.

MEFISTO.- (Enhorabuena, empieza el descenso a la tierra de los hombres)

CATHERINE.- Todo esto es muy raro…¿Quién es usted en realidad, señor Sabatini? Acaba de decir que ése no es su verdadero nombre.

MEFISTO.- En efecto, pero no veo que sea motivo suficiente para que dejemos de tutearnos.

CATHERINE.- Es posible que usted llegue a convencer a mi padre, pero…

DENEUVE.- Déjalo, hija. Hoy he tenido un sueño muy extraño…

CATHERINE.- Pero a mí no me convencerá de que usted oculta algo, algo muy siniestro. Y le recuerdo que ésta es nuestra casa. Así que…

FAUSTO.- Así que nos vamos…Lo siento.

CATHERINE.- Yo también lo siento, Enrique…Jean-Paul, quédate con mi padre. Yo los acompaño.

Salen Catherine, Fausto y, detrás, Mefisto. En el camino por el jardín hacia la verja de salida, Mefisto se va quedando cada vez más rezagado, mientras Catherine y Fausto conversan ajenos a todo. De pronto, Mefisto se detiene y vuelve a la casa..

MEFISTO.- Jean-Paul, dice Catherine que llames a un taxi para nosotros.

JEAN-PAUL.- Okey, pero a estas horas…ya veremos.

Jean-Paul se va a un rincón de la sala y descuelga el teléfono, con el que intentará, de momento sin éxito, llamar a un taxi

DENEUVE.- ¿Tú otra vez? Te advierto que te conozco, y que no podrás nada contra mí. ¡Vade retro!

MEFISTO.- No nos pongamos melodramáticos, señor Deneuve, Usted está confundido. Creo que ya lo he demostrado sobradamente. Pero se obstina en no creerme y en hacer sufrir a su hija.

DENEUVE.- ¿Que yo hago sufrir a mi hija?

MEFISTO.- Si, señor, ¿no lo ha visto? Ella, que pensaba pasar una velada agradable con nosotros, se ha visto obligada a expulsar a sus invitados, ¿le parece bonito? Usted es muy sensible, muy bueno, muy muy… pero quizá no se da cuenta de que esa manera tan especial de ser no hace más que causar sufrimientos a los demás. ¿Tan importante se cree que le resulta inconcebible aceptar el estilo de vida acordado por la sociedad? Vuelva a la realidad, hombre, a la vida de verdad, donde los hombres se pisan y se piden perdón y no pasa nada, donde se pueden comprar tantas cosas, donde se pueden disfrutar de tantos avances técnicos, donde se puede gozar de tantas maravillas. ¿Ha conducido alguna vez un coche último modelo a doscientos por hora? Si no lo ha hecho, no sabe lo que es gozar. ¿Ha sentido la emoción de animar a su equipo en un partido de fútbol? ¡Qué colorido en las gradas! ¡Qué emoción en las voces! ¡Qué talento en los insultos! ¿Ha disfrutado de los miles de programas que ofrece la televisión, sobre todos esos tan apasionantes donde hombres y mujeres reales desnudan sus pequeñas almas para edificación del pueblo espectador?mefisto

DENEUVE.- La televisión…sí…recuerdo.

MEFISTO.- ¿Ha gozado de los placeres de la comida y la bebida como corresponde a un hombre civilizado? ¿Se ha sumergido en los placeres del sexo hasta sentirse el cuerpo vacío y la garganta reseca? ¿Puedo servirme una copa?

DENEUVE.- Ahí, detrás suyo.

Mefisto llena dos vasos de whisky y le da uno a Deneuve.

MEFISTO.- Beba conmigo, hombre, y reduzca el volumen de sensibilidad de sus nervios. El mundo no es terrible ni fantástico, como usted dice. Lo cierto es que, si uno sabe vivirla, la vida es sencilla, acogedora, cálida, como ese licor que ahora está bebiendo.

DENEUVE.- (saboreando la bebida) Hum…qué calorcillo.

MEFISTO.- Muy bien, señor Deneuve. Usted va por la vida con una venda en los ojos, pero muy pronto se le caerá la venda y… (se le cae la venda) (¿ya?)…Y qué me dice.

DENEUVE.- (mirando, asombrado, el rostro de Mefisto) ¡Veo! ¡Veo!

MEFISTO.- ¿Qué ve?

DENEUVE.- El rostro de un hombre.

MEFISTO.- ¿Y cómo es?

DENEUVE.- Anguloso, enérgico, con gran personalidad, ojos negros y mirada profunda.

MEFISTO.- Y no es terrible ni fantástico.

DENEUVE.- No, yo diría que es interesante, muy interesante.

MEFISTO.- Pues ha de saber, señor mío, que este rostro tan interesante es el de un hombre que sí sabe disfrutar de todo eso que le he dicho; un hombre de verdad, con los pies firmemente anclados en tierra y que sabe extraerle a la vida todo su jugo.

DENEUVE.- La vida…la televisión…sí, recuerdo.

Entra Catherine, seguida de Fausto.

CATHERINE.- (a Mefisto) ¿Qué hace usted aquí? (mirando a Deneuve, asombrada) ¡Papá! ¿Y la venda?

DENEUVE.- Sí, hija, se me ha caído la venda.

CATHERINE.- ¿Estás bien?

DENEUVE.- Muy bien, muy bien. Qué mundo tan extraño, hoy eres una cosa y mañana otra. Veo, hija, veo. ¡Qué vestido tan bonito llevas! ¿Dónde lo has comprado?

CATHERINE.- Papá…estoy confundida…no sé si esto es bueno o es…

MEFISTO.- ¿A qué vienen ahora esos remilgos? Tu padre está curado.

CATHERINE.- ¿Estás bien, papá? No sé…te veo… raro. Quizá es que no estoy acostumbrada.

MEFISTO.- No es necesario que me lo agradezcas. Ahora sí que nos vamos.

Suena el claxon de un coche.

JEAN-PAUL.- El taxi, ya está aquí el taxi.

CATHERINE.- Acuéstate, papá. Debe haber sido muy duro para ti.

DENEUVE.- Catherine, hija mía, quiero…quiero…ver la televisión.

CATHERINE.- Pero ¿qué dices? Sabes muy bien que hace años que no hay tele en esta casa.

DENEUVE.- Catherine, creo que hablo claro: quiero ver la tele…

CATHERINE.- Papá, tú no estás bien.

MEFISTO.- (a Fausto) Aquí ya no hacemos nada. Saliendo. Nos despedimos a la francesa.

Fausto y Mefisto salen sin decir nada. Suben al taxi. Cuando éste arranca se sigue oyendo la voz fuerte y algo histérica de Deneuve, que repite rítmicamente la misma frase.

VOZ DE DENEUVE.- Quiero ver la tele, quiero ver la tele…

FAUSTO.- Imagino que ésta ha sido tu buena acción de hoy.

MEFISTO.- No ha estado mal. En el fondo, soy un benefactor de la humanidad. ¿Qué sería de la sociedad humana si se permitiese que cada cual se apartase del rebaño a su libre antojo?

FAUSTO.- Pobre Deneuve.

VOZ DE DENEUVE.- (que se va perdiendo en la lejanía) Quiero ver la tele, quiero ver la tele…    taxi

(De Mundo, Demonio y Fausto)

Ver capítulo completo: https://es.scribd.com/doc/29093564/Mundo-Demonio-y-Fausto-4

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Mundo, Demonio y Fausto (escena del acto 1)

Salida del cine. Es de noche y cae una lluvia fina. Fausto y Marga van caminado, despacio, junto a la cola que espera entrar a la siguiente sesión. Un mendigo, de cara tiznada y barba negra va pidiendo limosna, cojea un poco.

cine pantallaMARGA.- Es una película muy triste. Si lo llego a saber…¿Te ha gustado?

FAUSTO.- Sí, y me ha causado una gran impresión. Es como un teatro mágico en el que se puede representar todo, hasta los sueños.

MARGA.- ¿Qué dices? No tiene nada de teatral. Hay mucha acción.

FAUSTO.- Sí, y qué modo tan maravilloso de representar la acción.

MARGA.- ¿Y por qué crees que él se suicida? ¿Por ella?

FAUSTO.- No exactamente. Todos los suicidios tienen la misma causa: que no hay vida por delante. A veces, llega un momento en que la fuente de la vida se seca, y entonces uno se muere o se suicida, tanto da.

MARGA.- ¿La fuente de la vida? Eso me lo tendrás que explicar en términos científicos…mañana, por supuesto… Mira qué pena, casi no puede andar, si tengo una moneda…

FAUSTO.- No le des nada, no le mires.

MARGA.- Pobre, ¿por qué dices eso?

FAUSTO.- Tú eres muy compasiva, y ser compasivo es como estar siempre al borde del abismo. Infinidad de brazosmendigos tratan de atraparte para arrastrarte a las profundidades.

MENDIGO-MEFISTO.- Una limosna. (a Fausto) No me espantes a la chiquilla, que está muy buena por cierto. Y contigo tengo que hablar. Una limosna

MARGA.- Tenga.

MENDIGO-MEFISTO.- Gracias, que haya suerte. (a Fausto) Y tú a ver si dejas de pasearte como un colegial, por no decir como un imbécil (se va).

MARGA.- ¿Qué te ha dicho?

FAUSTO.- Nada. Una grosería.

MARGA.- ¿Sí? La verdad es que es bastante repulsivo. Cuando le he dado la moneda le he tocado sin querer la mano y ha sido como si una corriente eléctrica me sacudiese de arriba abajo. Da mucho miedo. Es como un monstruo.

FAUSTO.-Te lo advertí. El universo está lleno de monstruos, y ése es de los principales.

MARGA.- Qué cosas dices. Como si lo conocieses de toda la vida. Hablas de una manera tan extraña. Me gustaría conocerte a fondo. Hace sólo tres días que trabajamos juntos y, la verdad, me tienes atrapada. ¿Quieres venir a casa? Hoy estoy sola.

FAUSTO.- (Si tiras tú de la rienda, pierdo yo toda mi fuerza). Vamos.

ESPÍRITU DE LOS TIEMPOS.-fausto marga

Entra sin temor en nuestra esfera,

olvida para siempre

los antiguos cánones.

Un mundo nuevo, veraz, ilimitado

tienes ante ti, aunque también,

algo más soso.

Fausto y Margarita en la cama, desnudos; ella fuma un cigarrilo.

MARGA.- Siempre que lo hago, sobre todo después de hacerlo, tengo una sensación extraña. Me parece que soy otra persona.

FAUSTO.- Es todo tan extraño, y sin embargo tan fácil, tan sencillo, tan plano. Apenas he tenido tiempo de… Es como si antes de tocar el fruto, ya me lo hubiese comido.

MARGA.- ¿Quieres decir que no te ha gustado? ¿que no he estado a la altura?

FAUSTO.- ¿A la altura de qué? Mira, Marga, hay un sentimiento, un sentimiento muy poderoso que se llama amor, o pasión o deseo o como quieras llamarlo. Es un sentimiento que lleva fatalmente al acto. Pero rara vez el acto lleva al sentimiento.

MARGA.- ¿Quieres decir que primero nos teníamos que haber enamorado? ¿Y quién te dice que yo no lo estoy?

FAUSTO.- Me sorprendes. Últimamente no dejo de sorprenderme. Me sorprendes tú, me sorprende este mundo, me sorprende la tranquilidad con que la gente va a ninguna parte. Antes, un tiempo circular lo abarcaba todo, el calendario anunciaba las penas y las alegrías de los hombres, fijaba las fiestas públicas y las épocas de duelo; el pueblo, dentro de un espacio limitado, se sentía protegido por sus dioses y sacerdotes. Algunos sabios se apartaban del rebaño para lanzarse a empresas llenas de peligros en pos de altas realizaciones, incluso al precio de su vida, o de su alma, como en algún caso que yo sé. Hoy es como si todo el pueblo fuese sabio, pero sin sabiduría. No tienen dioses, no tienen sacerdotes, pero tampoco emprenden aventuras heroicas. Caminan mansamente hacia ninguna parte procurando no desentonar del balido general. ¿Qué espera este mundo? ¿Qué busca? ¿Qué pretende? ¿Cómo puede sobrevivir así? Su insensibilidad a la realidad divina me espanta. Parece que, por haber dejado de creer en el Dios de las estampitas, no pueden creer en otra cosa que en lo que tocan, en lo que imaginan que tocan.

MARGA.- Estás muy filosófico. Me lo explicas mañana…Tengo un sueño…

armarioMargarita se queda dormida. Se abre el armario ropero y aparece Mefistófeles, todavía en forma de mendigo.

MEFISTO.- Parece que el señor no está satisfecho.

FAUSTO.- Francamente, no.

MEFISTO.- Parece que el señor echa de menos ciertas incertidumbres y sobresaltos: el asedio, la conquista, la rendición, la caída de la inocencia. Creía que, para el señor, todo eso eran penalidades necesarias impuestas por la sociedad. Pero veo que no, veo que era parte sustancial del placer. Si no hay asedio, si no hay conquista, si no hay derrota y humillación del contrario, no hay placer. ¿No es así, mi viejo pervertido?

FAUSTO.- Quizás ocurre que sólo tengo joven el cuerpo, que a mi espíritu centenario le es imposible entusiasmarse por una jovencita.

MEFISTO.- Para esos menesteres el cuerpo basta, te lo aseguro. Ahora mismo, no he visto que hicieses funcionar otra cosa.

FAUSTO.- ¿Has estado mirando?

MEFISTO.- No lo puedo evitar. Me gusta el espectáculo. Un hombre y una mujer en trance amoroso es una llamada a la perpetuación de la especie humana, y eso me conviene.

FAUSTO.- (Mirando a Margarita cómo duerme) Y reconozco que es muy bella.

MEFISTO.- (Se sienta a la otra orilla de la cama. Margarita, dormida y desnuda, queda entre los dos) Digamos que es monilla. Te revelaré un secreto: la belleza de la mujer no existe; es sólo un prejuicio de los hombres, un prejuicio instintivo y cósmicamente necesario. A una mujer no la deseas porque sea bella; te parece bella porque la deseas.

FAUSTO.- Esa filosofía, ¿es nueva?schop. com

MEFISTO.- Qué va. Más de cien años. Schopenhauer.

FAUSTO.- ¿Quién?

MEFISTO.- Schopenhauer, un compatriota tuyo. Muy interesante, te lo recomiendo. Dice verdades como puños, y por un pelo no da con el secreto de la vida y del universo. Pero apenas se le ha entendido, y hoy está prácticamente olvidado. En estos tiempos la verdad sólo puede pronunciarse una vez; a la segunda, te dicen “eso está superado”.

FAUSTO.- Mira cómo se agita. Está soñando. Diría que tiene horribles pesadillas.

MEFISTO.- No precisamente.

FAUSTO.- No hay duda. Es tu proximidad lo que el provoca horribles visiones.

MEFISTO.- Sí, mi proximidad, pero no pesadillas.

FAUSTO.- ¿Sabes lo que sueña?

MEFISTO.- Por supuesto. Sueña conmigo, es decir, con un mendigo horrible y asqueroso que la ha arrastrado por la fuerza hasta aquí. El mendigo se ha quitado la áspera cuerda que le servía de cinto y la ha atado por las muñecas a los barrotes del cabezal. Ahora pasa su barba rasposa, lentamente, por la superficie de su cuerpo, sus pelos hirsutos son como púas de erizo que van rasgando la fina piel en busca de los lugares más íntimos.

FAUSTO.- ¡Es horrible!

MEFISTO.- ¿Qué dices? Está a punto de estallar de placer. Si la despierto ahora, recogerás los beneficios.

FAUSTO.- Déjame ya, por favor. Hoy me eres especialmente odioso. Yo siempre trato de aspirar a lo alto, por los medios que sea, lo reconozco, y tú te complaces en mostrarme lo más bajo.

MEFISTO.- Yo te muestro lo que hay. Y no me eches a mí a culpa. No os he inventado yo. Así que no lo olvides: por muy arriba que asciendas seguirás pegado a tu culo. mefisto( De Mundo, Demonio y Fausto)                   Ver Acto completo:

https://es.scribd.com/doc/26143427/Mundo-Demonio-y-Fausto-1

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Inventar al enemigo

No me refiero a inventarlo de raíz, a construir su existencia, fenómeno en el que se basa la aguda reflexión de Mefisto, sino a vestirlo de todas las características necesarias para que no haya duda sobre su condición de enemigo. No importa que el enemigo sea blanco: si conviene, se le presenta como azul; no importa que alegue que tiene un problema y que desea resolverlo por medios democráticos: si conviene, se niega el problema y se le presenta como nazi. O como etarra. El recurso es muy antiguo. Ya se utilizaba en la última etapa del imperio romano, como denuncia el poeta Ausonio en esta carta, obviamente apócrifa.ritos

En todo escrito o sermón de los doctos polemistas cristianos nunca falta la acusación, dirigida a los seguidores de la antigua religión, de que rinden culto a imágenes fabricadas por los propios hombres, de que adoran objetos inanimados a los que toman por divinidades. ¿De dónde han sacado eso? ¿Es posible que personas en apariencia cultas como Ambrosio, Jerónimo o Eusebio o tantos otros, piensen realmente que personas como Símaco o Pretextato (o como Plinio o Cicerón) adoran (o adoraban) estatuas de piedra o de metal? Yo no lo creo posible. Creo más bien que, en un alarde de audacia y de mala intención, se están fabricando un enemigo cómodo, un enemigo al que dotan de una serie de características absurdas y ridículas para combatirlo más fácilmente. En todo caso, haya intención o no, luchan contra fantasmas. Porque ese enemigo al que combaten no existe ni ha existido nunca. Es decir, ha existido y existe al nivel del pueblo más bajo. Es ahí donde la religión, confundida con la superstición y la magia, se manifiesta en las creencias y prácticas más disparatadas y aberrantes, desde las defixiones hasta la misma creencia de que los dioses moran en el espacio de sus imágenes. Pero a eso no aluden los polemistassan ambrosio cristianos ni, por lo visto, les preocupa. Sólo apuntan a lo alto, mintiendo para confundir, con la clara intención de que el dubitativo semiletrado se espante de las barbaridades (imaginarias) denunciadas y se eche en brazos de la nueva razón, curiosamente defendida por los obispos. Y ahora me podría extender en toda clase de consideraciones sobre lo que nuestra vieja religión significa y sobre lo que representan sus dioses y sus ritos. Pero eso ha sido ya tratado multitud de veces, antes y después de la excelente obra de Cicerón. Y tú lo conoces tan bien como yo. Y Ambrosio, tan bien como nosotros dos.

 (De La ciudad y el reino)

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El enemigo

mefisto

MEFISTO.- … Si dices “crear un imperio”, la tarea parece abrumadora, lo reconozco. Pero si dices “crear un enemigo”, la cosa se simplifica mucho. Un imperio requiere soldados, armas, propaganda, dinero, mucho dinero…Un enemigo no requiere necesariamente todo eso. Basta con que sepa hacerse percibir como enemigo. En realidad, ni siquiera es necesario que exista. Mírame a mí: desde hace veinte siglos el Enemigo por excelencia soy yo, y sin embargo hace ya tiempo que la ciencia y la filosofía dictaminaron que nunca he existido.

(De Mundo, Demonio y Fausto)       Ver el capítulo completo:  

http://es.scribd.com/doc/27646203/Mundo-Demonio-y-Fausto-2

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