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CONVERSACIONES CON PETRONIO X


¿En qué piensas?- dijo Petronio.

-En Pola -, respondí.

-¡Vaya, por Hércules! Me lo temía. Toda la literatura, toda la filosofía no valen nada ante una mujer hermosa.

-No, no es lo que crees. Estaba pensando en algo que Pola me dijo de ti, y pensaba que es verdad, que eres desconcertante.

-¿Eso te dijo? ¿Que soy desconcertante? ¿En qué sentido?

-Vino a decir que nadie conoce tu rostro verdadero, que quizá sólo a mí…

-¡Mi rostro verdadero! -me interrumpió- ¡Qué expresión tan enfática! Un rostro es una máscara.

-¿Y si quitamos la máscara?

-Queda otra máscara, y si quitas ésa, otra, y luego otra y otra. Nadie tiene un rostro verdadero.

-El otro día, en casa de Escevino tuve una sensación extraña, desagradable. Vi que la opinión que él tiene de ti, un amigo de toda la vida, no se parece en nada a la que yo me he formado. Vi que, para Escevino, tú eres como él, un simple gozador de placeres sin mayor peso ni enjundia, un ser frívolo y sin sustancia.

-Ésa es la máscara que Escevino ve en mí.

-Días antes, en cambio, vi que para Tigelino eres un astuto intrigante, alguien muy digno de ser tenido en cuenta.

-Ésa es la máscara que Tigelino ve en mí.

-Y aún antes vi que para Mela eres una persona prudente y digna de toda confianza.

-Ésa es la máscara que Mela ve en mí. Y tú, ¿cómo me ves?

-Como alguien que, aun sabiendo gozar del mundo y de la vida, está muy por encima de las cosas del mundo, un auténtico filósofo sin proponértelo.

-Ésa es la máscara que tú ves en mí.

-¿Pero cuál es la verdadera?

-Todas y ninguna. Y esto no es una particularidad mía, a todos les ocurre. Uno suele tener una imagen de sí mismo, pero, por poca atención que preste a las opiniones y reacciones de los demás, advertirá que esa imagen no se corresponde con la que los otros tiene de él. El hombre que vive en sociedad no es más que lo que los otros deciden que es. Así, es posible que yo para ti sea un filósofo, para Mela un hombre prudente y de confianza, para Tigelino un taimado intrigante y para Escevino un vulgar vicioso. ¿Quién soy en realidad? Nadie. Es decir, para mí puedo ser algo más o menos definido y concreto, pero en el exterior, como objeto social, hay tantos Petronios como representaciones mías existen en las mentes de los demás. Uno no es nadie y es a la vez cien mil.

-Como fábula literaria me parece sugerente.

-Me encanta que te haya gustado. Además, es posible que hayas observado que, hasta cierto punto, me complazco en cultivar esa diversidad de imagen, siempre que no se pierda de vista la que he elegido como tema de referencia central: la del refinado árbitro de la elegancia de nuestra sociedad más selecta.

-Sí, lo he observado. Y he observado también que con ciertas personas utilizas la ambigüedad, la ironía, incluso el sarcasmo más que con otras, que conmigo, por ejemplo. Pola también dijo que eres especialista en frases ambiguas y que nada significan. Entonces no le di la razón, pero pensándolo bien…

-Lo que ocurre es que cada persona requiere, exige, un trato distinto. Y esto es algo que en mi caso surge espontáneamente. Sin proponérmelo, cada interlocutor despierta en mí un grado determinado de ironía, de causticidad incluso. Tú representas el grado mínimo. Por eso nuestras conversaciones están rozando siempre la peligrosa zona del aburrimiento. Tigelino podría representar el grado máximo. En teoría es el blanco perfecto de toda clase de ironías y sarcasmos. El problema es que, en muchas ocasiones, la espesura de su piel impide alcanzar los efectos deseados. Es como clavar agujas a un paquidermo.

-De todos modos, pienso que es una lástima.

-¿Una lástima?

-Ya sé que esto es algo personal tuyo y que no tengo derecho a entrometerme, pero lo he de decir. Pienso que es una lástima que no te muestres a todos del mismo modo que te muestras a mí: como un hombre sabio, como un ser que, aun disfrutándolas, está por encima de todas las cosas.

-No exageres, Lucio. Y aunque fuese cierto, ¿has pensado si los otros merecen que me muestre así? ¿Has pensado que en la mayoría de los casos no me entenderían? Imagínate que hablase con Tigelino, o con Nerón, como hablo contigo. No entenderían nada. Pensarían que soy un loco, un filósofo chiflado que no merece ser tenido en cuenta.

-No creo que ni Nerón ni Tigelino tengan a Séneca por un filósofo chiflado.

-Por supuesto que no. ¿Y sabes por qué? Porque el comportamiento de Séneca ante el poder no se distingue en nada del mío. Séneca es un cortesano perfecto. ¿O crees que anda por los salones hablando de la felicidad del sabio y de la vaciedad de la vida?

-Me cuesta hacerme a la idea de que eso sea cierto, de la duplicidad de Séneca de que hablabas el otro día.

-Si te molesta, no pienses en ello. Quizá sólo sea la máscara que yo veo en él. Lo admiras mucho, ¿verdad?

-Sí, y aún lo admiraba más. Hace años, en plena adolescencia, la lectura de algunos de sus Diálogos me despertó a la realidad de la vida. Gracias a él comprendí que la existencia humana no es más que un tramado de ilusiones, que no hay que buscar la felicidad afuera, que todo está dentro de uno mismo.

-Es un programa un poco triste para un joven de tu edad, ¿no te parece? En la vida hay goces y alegrías que, no por ser externos, son menos ciertos. Piensa que lo que ahora desprecias no lo podrás recuperar jamás. El tiempo pasa, amigo Lucio, y pasa muy deprisa, y a medida que vas cumpliendo años su marcha se acelera. Lo que no goces ahora no podrás gozarlo jamás. Porque cada edad tienen sus propias calidades e intensidades de goce. En la adolescencia, todo se presenta como recién nacido, y el goce de cada placer nuevo, desconocido en la infancia, nos hace estremecer de arriba abajo, nos sacude violentamente sin que podamos dominarlo de ningún modo. Aún recuerdo la emoción indescriptible del primer contacto, de repente erótico, con una piel ajena. Luego, a partir de tu edad, se empieza a ejercer cierto dominio sobre el placer. Se abre entonces la época, no muy larga, no creas, no pasa de veinte años, en que el ser humano puede disfrutar con plenitud de los placeres. Y cuando se pasan de los cuarenta, como es mi caso, hay que ir supliendo con ciencia y sabiduría, lo que se va perdiendo de instinto y fuerza natural. Quiero decir con esto que todo lo que no disfrutas en su momento lo pierdes para siempre… Lo que ocurre es que muchos confunden el placer con el vicio, y no tienen nada que ver. El verdadero placer se disfruta desde la libertad; el vicio es una adicción insuperable a algo que ha dejado ya de ser el placer que fue al principio. Piensa que, aparte de los que podamos montar con el arte y la imaginación, que también son placeres y nada desdeñables, lo único que obtenemos de la vida es el goce de cada uno de los momentos vividos. Así que volvamos a Horacio y digamos:

mientras hablamos huye

la envidiada edad,

aprovecha el hoy,

desconfía del mañana.

-No creas que no estoy de acuerdo contigo. Incluso antes de conocerte, tu obra ya me había hecho cambiar mi inicial radicalismo «senequista». Por eso te he dicho que antes aún lo admiraba más. De todos modos sigo pensando que, en lo moral, Séneca representa la cima de la humanidad… Y me refiero a su obra, naturalmente, no a su conducta, que no conozco y que, a decir verdad, ni siquiera me interesa.

-Como debe ser -afirmó Petronio-. A todo escritor se le ha de juzgar sólo por su obra. Lo que ocurre es que de un moralista se suele esperar que sea coherente. Ésta es la ventaja que tenemos los artistas, los creadores: nuestra vida no tiene por qué guardar relación con nuestra obra. Y aún te diré más, que con los creadores sucede con frecuencia lo contrario que con los moralistas: su vida suele ser más «moral» que su obra,

pues el poeta bueno ha de ser casto,

mas no tienen por qué serlo sus versos.

Esto es lo que replicaba Catulo a los que, basándose en su obra, le acusaban de indecencia. Y para que quedase bien claro lo decía en un epigrama que empieza así:

Os daré por el culo y por la boca,

Aurelio mamón y Furio marica

En mí mismo tienes un ejemplo. Desde que se difundió Satiricón algunos imaginan que mi conducta y mis intereses son los mismos que los de los personajes de la obra. Y es falso, naturalmente. Lo cierto es que mis intereses son lo que se suele decir más elevados, y mi conducta bastante más aburrida. Pero esta disociación, que es normal e incluso necesaria en un creador, resulta por lo menos chocante en un filósofo moralista. Aunque no olvidemos que Séneca también es creador. ¿Has leído sus tragedias?

– Sólo Fedra y Medea… y me parecen de una contundencia y una fuerza grandiosas. Y sin embargo, cuesta mucho imaginarlas representadas.

-Porque no están escritas para la escena. Nadie escribe hoy para la escena. El teatro es un género muerto. Nació del pueblo y para el pueblo, pero desde que el pueblo, convertido en masa, gustó de los espectáculos del circo, ya nada puede hacer que vuelva al teatro. La multitud, la masa, tiende siempre a lo más fácil. Nada se abarata, se degrada tanto como el gusto de la masa. Es un proceso imparable.

-Pero hubo un tiempo en que grandes autores, como Sófocles, llenaban los teatros de ciudadanos.

-Tú lo has dicho, ciudadanos. Pero ya no hay ciudadanos. Lo que ves en el circo es una masa informe hecha de instintos bestiales y de una sola voz, sin espíritu ni cerebro.

-Desde luego, cuesta mucho imaginar a Séneca escribiendo para ese tipo de público. La profunda moralidad de su pensamiento exige un receptor especialmente preparado.

-Tampoco hay que exagerar con eso de «la profunda moralidad de su pensamiento». Seguramente no conoces el antipanegírico que compuso a la muerte del César Claudio.

-¿Antipanegírico? No, ¿a qué te refieres?

-A la Apocolocyntosis, o sea, transformación en calabaza, del Divino Claudio. Los orígenes y características de esa obra son muy curiosos. Claudio se lo había hecho pasar muy mal a nuestro filósofo. Nada menos que ocho años lo tuvo desterrado en la isla de Córcega. Cuando murió, Séneca decidió vengarse a su manera. Escribió su «Calabaceosis» y la declamó ante un público reducido, formado por Nerón y unos cuantos cortesanos, que le rieron de buena gana todas las gracias. Aquí tienes un ejemplo supremo de la hipocresía de nuestra vida pública. Mientras el cuerpo del anterior César está aún caliente y todavía no se han apagado los ecos de los fastos oficiales, el severo preceptor del nuevo príncipe declama para él y sus compinches, entre los que sólo por una cuestión de tiempo no estoy también yo, una sátira maledicente y corrosiva sobre el ilustre difunto…¿Sorpresa?

-Sí, lo reconozco. Y esa sátira ¿vale la pena?

-Desde luego. La trama es muy sencilla. Un narrador chusco e insolente cuenta la historia que dice le han contado sobre la muerte del César Claudio. Empieza por transmitirnos las últimas palabras que, como todo gran personaje, no puede dejar de pronunciar, y que en este caso son: «Ay, me parece que me he cagado». El alma del difunto contempla su propio funeral y es trasladada luego al cielo donde, al principio, ningún dios puede entender nada de aquel su lenguaje farfullante e incoherente. Con los mismos procedimientos formales del Senado, la asamblea de los dioses debate sobre el destino de tan peculiar personaje. Octavio Augusto ejerce la acusación, recordando todos los crímenes y torpezas del candidato a dios. Finalmente, la asamblea decide precipitarlo a los infiernos, donde acaba de secretario del secretario de su sobrino Calígula. Toda la obra es un ejemplo insuperable de humor, ingenio…y rencor. Ya ves, éste también es tu Séneca…Por cierto, ¿te gustaría conocerlo personalmente?

-¿Es posible?

-Quizá. Mañana ven a primera hora de la tarde…Sí, creo que es lo mejor. Creo que es el mejor sistema para que ese personaje deje de ser el centro, directo o indirecto, de nuestras conversaciones. Te lo presento, hablas con él, sacas tus conclusiones definitivas y cerramos de una maldita vez este enojoso capítulo.

-Diría que estás celoso -observé, siguiendo el tono de buen humor que traslucían sus palabras-. Y no sé por qué. Tú puedes ser un dios para mí, y él otro. En el Olimpo caben muchos dioses.

-En el Olimpo de los dioses, sí. Pero el Parnaso de los escritores es muy diferente, no lo olvides.

(CONTINÚA )

 

 

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CONVERSACIONES CON PETRONIO VIII

-Hoy vas a acompañarme a visitar a un viejo amigo mío. Es un tipo muy divertido, te encantará. Está ampliando su casa y quiere que le aconseje -dijo Petronio en cuanto me recibió al día siguiente.

Y nos pusimos en camino, acompañados de Eutimio.

-No me extrañaría que también fueses experto en arquitectura.

-No soy experto en nada, te lo aseguro. Pero tengo fama de hombre de buen gusto, y es una fama que me agrada y me interesa cultivar. Para vivir con cierta comodidad es muy importante llegar a ser una autoridad en lo que sea. Yo he conseguido serlo en algo tan vago e indefinible como el buen gusto. Y tengo que explotarlo.

-Para un artista como tú no debe ser difícil. El buen criterio que utilizas en la literatura forzosamente ha de tener correspondencia en las demás actividades estéticas.

-No lo creas, no siempre es así. Cada campo artístico es un mundo. Hay escritores formidables que no saben distinguir entre una pintura buena y un adefesio, escultores que nada entienden de poesía e incluso, lo que es más curioso, poetas que nada saben del arte de la música. En cambio, se supone que yo entiendo de todo eso y de mucho más: de cómo organizar una fiesta, de cómo se ha de decorar un salón, de cuáles son los vestidos o tocados más adecuados para una dama, de qué músicas han de acompañar ciertas ceremonias, y un largo etcétera. Y no creas que soy experto en todo eso. Nadie lo es. El secreto está en tener sentido común, expresar las opiniones con seguridad y, sobre todo, olfatear los gustos e intereses del consultante. Te aseguro que con sólo eso, quedas siempre como un dios.

-¿Quieres decir que no hay unos valores estéticos objetivos? -pregunté, muy interesado por el tema.

-En absoluto. Nada cambia tanto como eso que llamas valores estéticos, sobre todo en los aspectos más cotidianos. Si hace cincuenta años alguien hubiese propuesto a nuestras mujeres que se peinaran como ahora se peinan, lo hubieran tildado de hombre de pésimo gusto, de loco de atar. Así que díme tú dónde está el valor estético objetivo del peinado femenino. Y eso es sólo un ejemplo.

-Quizá un ejemplo demasiado vulgar y cotidiano -observé-, pero no creo que en las grandes artes, en la literatura, la pintura, la escultura, los criterios sean tan movedizos.

-También se mueven, pero con más lentitud, de manera que el cambio apenas es perceptible para una generación. Pero imagina qué hubiesen pensado los escultores etruscos o los antiguos griegos de nuestros actuales retratos escultóricos, con sus calvicies, sus arrugas e incluso sus horrendas verrugas. Los hubieran encontrado de una vulgaridad y una ordinariez espantosas. Y te voy a poner otro ejemplo. ¿Qué opinas del estilo de Séneca como escritor?

-Me encanta -dije sin vacilar-. Lo considero a la vez elegante, directo y efectivo.

-Pues puedes estar seguro, amigo mío, que un Lucio de hace cien años lo consideraría agresivo, insultante y rebuscado.

-Quizá tengas razón…Pensándolo bien, su estilo no tiene nada que ver con el de hace cien años…Pero, según eso, tu conclusión será que en arte todo es relativo.

-No todo, no todo. Las formas sí, pero está el espíritu, el genio, o como quieras llamarlo. El espíritu de Catulo sobrevivirá a todas las modas y todos los tiempos; el de Lucano, no, te lo aseguro.

-¿Y el de Petronio?

-Amigo, lo que te sobra de amable te falta de cortés. Parece que ignoras que es grave descortesía forzar a que tu interlocutor se pronuncie sobre sus propias cualidades. Porque, como nadie sabe definirse correctamente, le obligas a sobrevalorarse o a infravalorarse, con la consiguiente molestia y riesgo de tales operaciones.

-Lo siento. En realidad, era una pregunta dirigida a mí mismo.

-¿Y qué te has contestado?

-Ya lo imaginas, y no quiero volver a pecar de exceso de amabilidad.

-Mira -dijo entonces Petronio-, ésa es la casa de Escevino…y ése que sale ahora es un personaje al que no vale la pena que conozcas. Pero, si no hay más remedio, le saludaremos. Se llama Antonio Natal y es experto en intrigas de poca monta.

No hubo más remedio. Me lo presentó e intercambiaron unas palabras.

-¡Qué acontecimiento, Petronio! -dijo Natal-. Creo que es la primera vez que te veo a la luz del día.

-Y la última, te lo aseguro -dijo Petronio-. No sé cómo lo podéis soportar. Ahora mismo he sufrido alucinaciones. Me ha parecido verte salir de casa de Escevino.

-Y así es. ¿Qué tiene eso de raro?

-Pues que no me imagino qué puede hacer un hombre íntegro, digno y respetable como tú en casa de un libertino.

-No lo juzgues mal, Petronio. Escevino es un buen hombre.

-Nunca lo he dudado -afirmó Petronio.

Escevino nos recibió en una amplia sala repleta de muebles, estatuas, estatuillas y chachivaches de todo tipo. Rondaba la cuarentena; era delgado, nervioso y de modales francamente afeminados. Nos acomodamos en unos mullidos lechos. Desde el primer momento Escevino me miró de una manera descarada, como si estuviese evaluando la belleza de un caballo o de un esclavo. Dirigió a Petronio una mirada de picardía y dijo:

-Petronio ¿cuánto tiempo hace que me ocultas a tu amiguito?

-No soy ningún amiguito -protesté- y ya no tengo edad de que me miren como a un efebo.

-Huy, perdona -exclamó Escevino, con una mueca cómica.

-Eres incorregible -dijo Petronio-. Lucio es sobrino de Silio Itálico y…podríamos decir que es mi discípulo, ¿no es eso? -añadió, mirándome.

-Eso es -dije.

-¿Discípulo? Qué interesante -dijo Escevino-. ¿Y qué te enseña el maestro? Si te enseña todo lo que hemos aprendido y practicado juntos, pronto serás más sabio que Solón… De acuerdo, de acuerdo, un poco de seriedad. ¿A qué debo el honor de vuestra visita?

-¿Y tú lo preguntas? -exclamó Petronio-. ¿No habíamos quedado que me enseñarías los planos de tu nueva casa?

-¿Mi nueva casa? ¡Huy, es verdad! ¿Dónde tengo la cabeza? ¿Los planos? Ay, ay, ¿dónde tengo los planos? Mira, chico, no me hagas caso, es que estos días ando como loco. No tengo idea de dónde…

Escevino se levantó y empezó a caminar nerviosamente por la estancia, corrigiendo la posición de los objeto que caían al alcance de sus manos. Finalmente llegó hasta un busto situado en lo alto de una columna truncada, que parecía ocupar el lugar principal de la sala. Corrigió también la posición del busto, pero con especial atención, de manera que recibiese la luz directa en el rostro. Una inscripción identificaba el personaje: BRUTO.

-Pero no importa, ¿sabes?, no importa -prosiguió-. No estoy para planos ni para casas.

Y se desplomó en el lecho como agobiado por una gran pesadumbre.

-Te veo muy raro -dijo Petronio.

-Los tiempos son raros, extraños, terribles -dijo Escevino, con una solemnidad que sus gestos y su tono de voz desmentían.

-Desde que tenemos memoria los tiempos siempre han sido raros, extraños, terribles. No son los tiempos, Escevino, eres tú el que has cambiado.

-Quizá. Quizá es que antes estaba ciego, pero ahora veo.

-¡Por Hércules! -exclamó Petronio- ¿No te habrás metido en una de esas sectas asiáticas que proliferan como la peste? Esas mismas palabras las oí a cierta persona que se unió a los cristianos.

-¿Por quién me has tomado, Petronio? -exclamó Escevino, realmente indignado-. Yo soy romano, romano por encima de todo y nada más que romano.

-Pues yo no soy parto. Aunque también es cierto que tengo algo de sangre gala.

-Por eso será -dijo Escevino.

-Por eso será, ¿qué? -preguntó Petronio.

-Amigo -respondió Escevino-, tengo que decírtelo, sí tengo que decírtelo. Me han hablado mal de ti, muy mal.

-Ya era hora -exlamó Petronio, como aliviado- Hacía mucho tiempo que nadie me informaba de algo así. Estaba realmente preocupado. Sabes muy bien que si no hablan mal de ti es que no eres nadie.

-Me han dicho algo muy feo de ti -instistió Escevino.

-Vamos, suéltalo, me muero de curiosidad. ¿Qué te han dicho?

-Que eres un…cobardica -dijo Escevino, bajando el tono de voz hasta convertirla en un susurro.

-¡Por todos los dioses! -exclamó Petronio- Vaya descubrimiento. Nunca consideré que la valentía fuese una virtud principal. El valor es cosa de soldados y gladiadores, gente zafia y maloliente.

Escevino se levantó como movido por un resorte. Extendió el brazo derecho y señaló con el dedo índice el busto al tiempo que dirigía hacia el techo los ojos puestos en blanco.

-¿Te atreves a decir que ése, ese héroe sin mácula es zafio y maloliente?

-Imposible responder. Su aroma se perdió hace mucho tiempo.

-¡Cómo eres, Tito, cómo eres! -exclamó Escevino, y se recostó de nuevo en el lecho.

-Soy como siempre he sido, pero un poquito más sabio. Mira, ahora mismo te voy a adivinar quién te ha dicho eso de mí: Natal.

-Sí, y alguien más.

-Lucano.

-Sí, y alguien más.

-Pisón. Y no me hace falta nadie más para comprobar que estás loco, completamente loco. ¿Qué haces tú con esa gente? ¿Sabes dónde te has metido?

-Sé muy bien lo que hago. Mira, Petronio, siempre hemos sido buenos amigos, nuestras vidas han coincido por un largo trecho, juntos hemos gustado de todos los placeres, en esto nadie nos puede dar lecciones. Somos auténticos maestros, los dos…Pero tú siempre parece que estás por encima de mí, la verdad es que siempre parece que estás por encima de todos. ¿Y por qué? ¿Quieres explicármelo? ¿Por qué diablos llevando los dos el mismo género de vida tienes tú fama de hombre respetable mientras que yo no soy más que un vulgar vicioso?

-No lo sé. Yo no decido la fama que los demás atribuyen. Y tampoco es del todo cierto lo que dices. Natal me acaba de confiar que eres un buen hombre. Claro que no es éste un calificativo como para levantar los ánimos. Si alguien dice eso de mí, me hunde, te lo aseguro.

-Lo siento, pero ahora no puedo seguir tu juego…Lo que quiero decir es que, a pesar de que se nos suela aplicar distintas medidas, tu existencia ha sido y es tan ridícula, vacía y triste como la mía y que, por tanto, estarás en condiciones de entender lo que te voy a explicar. Amigo Petronio, no es verdad que todo sea igual, no es verdad que todo dé lo mismo y que sólo el placer justifique la vida. A ti aún no te habrá llegado el momento, pero en la vida de todo hombre, en la vida de cada hombre como nosotros, el día menos pensado ocurre algo decisivo que te enfrenta de improviso contigo mismo. Y entonces una fuerza incontenible surge del fondo de ti y te hace decir «ése no puedo ser yo, yo soy un hombre, un hombre». Y un hombre de verdad no puede tolerar ciertas cosas, un hombre de verdad no puede someterse a la mentira, a la hipocresía, al miedo, a la miseria moral y a tantas calamidades que hoy en día se resumen en una: amigo Petronio, un hombre de verdad no puede tolerar la tiranía.

-¿Y qué ha de hacer entonces ese hombre de verdad? -preguntó Petronio.

-Ahí tenemos el ejemplo -dijo Escevino, señalando con el dedo el busto de Bruto.

-¿Dónde? -preguntó Petronio-, ¿en ese pedrusco?

-Tito, por favor -dijo Escevino en tono casi suplicante-, ¿para ti no hay nada sagrado?

-¿Para ti sí? -preguntó Petronio por toda respuesta.

-La patria es sagrada, el pueblo romano es sagrado, la libertad es sagrada, la dignidad es sagrada…

-Deténte, por favor -interrumpió Petronio-. Me dan miedo esas palabras, sí, me dan miedo, siempre a medio camino entre la idea y la divinidad. Nuestros viejos dioses se portan con nosotros de maravilla. No imponen nada, no exigen nada; se contentan con que cumplamos los ritos sagrados y nos dejan en paz. Pero esos dioses que invocas son terribles, sanguinarios, de hecho se alimentan de sangre humana. La patria exige sangre, el pueblo exige sangre, la libertad exige sangre…

-¿Y la tiranía no? -interrumpió Escevino-. ¿No es la tiranía la más sangrienta de las divinidades?

-No me entiendas mal, Escevino, yo no defiendo la tiranía, sólo te advierto del peligro de situar nuevos dioses sobre los hombres. La tiranía es un mal, de acuerdo. Pero no desaparecerá porque cuatro niñatos y cuatro resentidos jueguen a héroes. Caerá por su propio peso…o cuando la derribe un plan inteligente, muy inteligente.

-¿Qué tiene de malo nuestro plan? Porque participen en él algunos resentidos, como tú dices, ¿es acaso inmoral?

-Mucho peor que eso: está mal escrito.

Recorrimos en silencio el camino de vuelta. Cuando llegamos frente a la casa de Petronio yo ya no podía más. Antes de despedirnos dije:

-Ahora lo entiendo todo.

-Peor para tí -murmuró Petronio con gesto de malhumor.

Así que existía una conspiración. Un plan estaba en marcha para derrocar a Nerón, probablemente para matarle. La indiscreción temeraria de Escevino me había revelado la existencia de una maquinaria en la que ciertas piezas aisladas y antes sin sentido, al ocupar su lugar, cobraban significado: la extraña visita de Lucano, la detención de Epícaris, la conmoción de Mela, la aparición de Tigelino, las advertencias de Petronio para que protegiese mi ignorancia y, también su preocupación por las relaciones entre Lucano y mi compañero Valerio. ¡Qué claro lo veía ahora!

De pronto, sentí miedo. Yo estaba en medio de todo aquello. Tigelino me había visto en casa de Petronio y seguro que sabía quién era. ¿Y Petronio? ¿Cómo podía conocer el plan sin estar implicado? ¿Cómo se lo permitían los otros? Y si no estaba de acuerdo con la conspiración, ¿por qué no la denunciaba? Quien conoce esta clase de hechos y no los denuncia se convierte automáticamente en cómplice…Como yo. Y de pronto, esta idea me golpeó en medio del cerebro con la fuerza de un mazazo:

¡Yo era cómplice de una conjuración contra el César!

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO VII

Aquella noche me vi cenando con Petronio y otros comensales.

-El deseo de riquezas ha creado esta situación. Pues antes, cuando la simple virtud satisfacía, florecían las artes, y los hombres competían para que nada quedase para descubrir en el futuro…

El que así hablaba era un viejo canoso, cuyo rostro surcado de arrugas tenía un algo indefinible de grandeza, pero de aspecto tan poco cuidado que ofrecía la viva estampa de esos hombres de letras que los ricos no pueden soportar. Era de Tarento y se llamaba Eumolpo.

-Pasemos a las artes plásticas -proseguía-. Lisipo murió de hambre empeñado en dar los últimos toques a una condenada estatua que se le resistía; Milón, que puede decirse que metía en el bronce las almas de hombres y animales, no tuvo sucesores. Nosotros, en cambio, saturados de vino y mujerzuelas, no somos capaces ni de estudiar las obras ya conocidas, y nos atrevemos a acusar a la antigüedad mientras que sólo enseñamos y aprendemos sus vicios…

Las palabras de Eumolpo eran seguidas atentamente por los comensales: Agamenón, situado a su lado, orador y abogado, que rondaba la cuarentena, Encolpio, joven de mi edad, tan fascinado, decía, por las letras como por correr mundo, Ascilto, joven también y del que aún nada sabía, y Gitón, muchacho de apenas dieciséis años, bello como un dios, pero cuyas gracias y virtudes, diría, estaban todas en aquella su femenina hermosura. Sólo Petronio parecía distraído, o mejor dicho, concentrado en no se qué pensamientos profundos.

En el rostro de Encolpio se iba dibujando, cada vez con mayor claridad, una amplia sonrisa burlona. Entonces tomó la mano de Gitón, que estaba a su lado, y empezó a acariciarla suavemente. El gesto no le pasó inadvertido a Eumolpo, que endureció la voz al tiempo que parecía ya dispuesto a dar fin a su larga perorata.

-Así que no os extrañéis si el arte de la pintura ha desaparecido cuando a todos, hombres y dioses, les parece que hay más belleza en un montón de oro que en toda la obra de Apeles y Fidias, esos griegos maniáticos.

Sin abandonar su sonrisa burlona, Encolpio dio una breves y sonoras palmadas a modo de aplauso y dijo:

-Bravo, Eumolpo. Has hablado muy bien, viejo poeta. Así que, según tú, si no nos tentase tanto el oro y no consumiésemos la vida entre el vino y las mujeres, las artes florecerían como en los buenos tiempos…Pero ¿y los muchachos? ¿Qué me dices de los muchachos?

-Sí, Eumolpo -dijo Ascilto, que había estado escuchando con toda la seriedad del mundo-, ¿qué nos dices de los muchachos?

Por toda respuesta, Eumolpo arrancó de una fuente próxima un muslo de ave y comenzó a mordisquearla con avidez.

-Vamos, Eumolpo -insistió Ascilto-. Según tú, el dinero, el vino y las mujeres nos han traído a esta decadencia con olvido de las bellas artes. Pero ¿y los muchachos? ¿Qué nos dices de los muchachos? ¿No nos arrastran también por el camino de perdición? Mira a Gitón. ¿Has visto alguna vez algo tan hermoso?

Al oir esto, Gitón se separó de Encolpio y, desplazándose ligeramente, se arrimó a Ascilto, que estaba a su otro lado y dijo:

-Tú sí que eres hermoso, querido Ascilto, y tu buen corazón se iguala con tu belleza. Y no entiendo nada de lo que dice el viejo, ni me importa. Pero parece que busca culpables, ¿no?

Mientras Eumolpo empezaba a dar cuenta de otro muslito de ave, Encolpio, que apenas podía disimular el enojo que le causaba el cambio de posición de Gitón, dijo:

-Claro que busca culpables, culpables de lo que llama nuestra decadencia. Pero no se ha atrevido a mencionar a los muchachos, ¿sabéis por qué? No sólo porque estás tú aquí delante, querido Gitón, sino también, y sobre todo, porque los muchachos le encantan, le vuelven loco, vamos, que le chiflan. Recuerda que en más de una ocasión he tenido que protegerte de él. Pero mejor que olvidemos sus hazañas en este campo. Porque, como preceptor de jóvenes distinguidos, sería imposible llevar la cuenta de todos los que ha corrompido. Por millares se deben contar los que han pasado por sus manos, por no mencionar otra extremidad corpórea menos decorosa.

Como si nada oyese o no fuesen dirigidas a él estas palabras, Eumolpo proseguía su discurso:

-Y si pasamos al terreno de las letras, el panorama no es menos desolador. ¿Dónde están hoy los Ennio, los Virgilio, los Tibulo, los Propercio? y no pienso mencionar a Ovidio, porque por esa puerta de disolución e impudicia entraron los males que acabaron con él mismo y que acabarán con Roma. ¿Dónde están los poetas de hoy? ¿Puede recibir ese nombre un Lucano, que mientras hincha de viento las palabras se niega a reconocer la evidente acción de los dioses en las gestas humanas? ¿O un Marcial, algunos de cuyos epigramas recuerdan vagamente los de Catulo pero ensuciados con toda la mugre de la Roma de hoy? -Me asombró oír citar a mi compañero de vivienda como poeta reconocido-. Este es el panorama, y los pocos poetas que aún damos fe de vida somos ignorados o despreciados…

-¿Y los muchachos? -interrumpió Encolpio.

-Sí -dijo Agamenón, el abogado, que hasta entonces había permanecido callado-, estamos esperando que nos hables de los muchachos, Eumolpo.

-Y del teatro mejor sería no decir nada -prosiguió Eumolpo, ajeno por completo a los intereses de la concurrencia-, porque el teatro no existe. ¿Dónde están hoy la verde frescura de Plauto o la meditada elegancia de Terencio? Nada de eso veo en los escenarios. Muy bien sabéis lo que hoy en día se ve en todos los teatros de Roma: pantomimas indecentes destinadas a halagar los más bajos instintos de la plebe. Ya nadie escribe para el teatro. Ni siquiera Séneca, cuyas plúmbeas tragedias sólo son aptas para recitarse en elegantes salones poblados de aduladores exquisitos, pero que si se llevasen a escena pondrían en fuga no sólo a la plebe corrompida de hoy sino también, y con toda razón, al sanísimo público de Plauto y Terencio. Y la música…

-¿No hay manera de pararle, Encolpio? -dijo Gitón, que se había vuelto a acurrucar junto a su compañero.

-¿No hay manera de pararle, Petronio? -dijo Encolpio dirigiéndose a nuestro anfitrión.

Pero Petronio permanecía callado.

-Sí, ¿qué me decís de la música?

-Los muchachos, Eumolpo, los muchachos -exclamó Ascilto.

-¡Los mu-cha-chos, los mu-cha-chos! -corearon rítmicamente los comensales.

-La música y el divino arte del canto han llegado a tales extremos que hoy colocamos entre los dioses a un degenerado como Menécrates cuyos afeminados gorgoritos no son capaces de despertarnos del sueño que nos producen, y eso por no hablar de otro cantante de moda, situado tan alto en la escala social que todos sus aduladores no se cansan de pedir al cielo el don de la sordera. Esta es la situación en que vivimos y aquéllas que apunté son las causas…Y para no cansaros más sólo añadiré una cosa: los muchachos, los tiernos muchachitos son las criaturas más bellas que la naturaleza ha parido. Todos me gustan. Y sobre todos, tú, Gitón. Sólo con ver las tiernas caricias que prodigas a tus amigos se me ha puesto dura.

Risas y aplausos generales hasta que habla Encolpio:

-No me hagas reir, Eumolpo. ¿Cómo una acelga puede ponerse dura? ¿Has visto alguna vez una lechuga levantarse del plato como una anguila recién servida?

-No hables de lo que no sabes, Encolpio -replicó el viejo- ¿O quieres conocer mi poderío?…Después de todo, no estás nada mal.

-Sí sabe de qué habla, sí lo sabe -dijo Ascilto, muy divertido-. También él tuvo una lechuga por adorno entre las piernas. ¿Te curaste del todo, querido Encolpio?

-Ya ni me acuerdo -afirmó con seguridad Encolpio-. Aquél fue un episodio muy triste de mi vida, una auténtica pesadilla. Pero, por fortuna, ya todo ha pasado, y otra vez soy un hombre completo.

-¿Y cómo se hizo el milagro? -preguntó Agamenón.

-Nada de milagros -replicó Encolpio-. Lo milagroso, lo extraño era aquella situación de impotencia. No se puede llamar milagro a lo natural.

-Sí, ¿pero cómo se rompió el maleficio, por llamarlo de alguna manera? -preguntó Ascilto con curiosidad.

-Primero me puse en manos de una mujer de poderes prodigiosos…

-¿Una mujer? -interrumpió Eumolpo con incredulidad – ¿Una mujer te curó? ¿Lo que no hizo esa ricura de Gitón lo consiguió una mujer? Vamos, no te creo.

-Déjame hablar, ¿no? Esa mujer no me curó. Pero además no actuó como mujer. Era una bruja.

-Se puede demostrar que las brujas no existen -dijo Agamenón empuñando una copa rebosante de vino-. Es más, yo puedo demostrar que la magia y la adivinación no existen, que son pura charlatanería, engañabobos indecentes, fraude y nada más que fraude…Pero también puedo demostrar que esos poderes existen, que hay entre la tierra y el cielo unas ocultas relaciones que los iniciados saben descifrar. ¿Cuál de las dos demostraciones preferís?

-Preferimos que te guardes tu retórica -dijo Ascilto-. Ya hemos tenido bastante con el poeta.

-Era una sacerdotisa de Priapo -prosiguió Encolpio-, y me aplicó una serie de remedios tan complicados y en condiciones tan extravagantes que apenas recuerdo nada, y cuando algo de aquello me viene a la mente nunca estoy seguro si esas imágenes corresponden a mis recuerdos o a mis sueños.

-Debe ser horroroso perder la virilidad- dijo Ascilto, realemnte preocupado.

-Es lo peor que puede ocurrir, puedes estar seguro -ratificó Eumolpo-. Había una vez dos muchachos que se amaban…

-Perdona, Eumolpo, mi puntual intervención – interrumpió Agamenón con su voz más engolada-, pero pienso yo que, acaso, en algún momento de tu larga vida hayas oído hablar del amor entre hombres y mujeres.

-El amor no tiene sexo -afirmó el viejo poeta.

Ascilto rompió a reir, y dijo entre sonoras carcajadas:

-¡El amor no tiene sexo! ¡Qué bueno! Nunca había oído nada tan divertido. ¡El amor no tiene sexo! ¿Te has inventado tú eso o te lo ha soplado algún sofista de tu tierra?

-No le veo la gracia -dijo Eumolpo con toda seriedad-. Cuando digo que el amor no tiene sexo quiero decir que cualquier acto de sexo es una manifestación de amor.

-Sí -dijo Agamenón -, pero parece, o puede parecer, que unos casos se acomodan más a la naturaleza que otros. No me negarás que no es lo mismo meter el arado donde la naturaleza espera la semilla que conducirlo por los parajes más inhóspitos.

-¿Quién habla de semillas? -replicó Eumolpo-. No somos árboles, no somos equinos sementales.

-No, claro que no, pero ¿sabes tú qué somos, poeta? -preguntó Encolpio.

-Poeta, muy bien has dicho, poeta -respondió Eumolpo-, y como poeta no puedo saber lo que somos. Sólo sé lo que vemos y lo que sentimos. Eso que lo conteste un filósofo.

-No hace falta ser filósofo -dijo Agamenón- para establecer de una manera racional lo que somos y lo que no somos. Las armas de la retórica son suficientes para edificar las más sólidas argumentaciones. Yo mismo tengo argumentos bastantes para demostrar que somos hijos de un dios que nos vigila desde más allá de las estrellas…Pero también tengo argumentos bastantes para demostrar que somos algo así como la escoria del universo, basura innecesaria. ¿Qué argumentación preferís?

-Preferimos que te calles -respondieron a una los comensales.

-Sí, que te calles -insistió Ascilto-, y que Encolpio nos cuente cómo se libró finalmente del maleficio.

-Como queráis -dijo Encolpio-. Aquella bruja, la sacerdotisa de Priapo, no logró curarme con sus encantamientos. Entonces, no se cómo, fui a parar a los brazos de Críside, la doncella de la mujer que había causado mi ruina. Y de repente concebí por ella una amor extraño, un amor bello, profundo, luminoso, como nunca había sentido por persona alguna. Y así, entre sus dulces brazos, estrechado a sus carnes, más firmes y tiernas que las de cualquier muchacho, volví a ser un hombre entero.

-Entonces, no puede estar más claro el origen o causa del maleficio -dijo Agamenón-. Priapo te había castigado por haberte apartado del recto camino de la naturaleza…

-¡Qué naturaleza ni qué cuernos! -protestó Eumolpo-. Todo es naturaleza. Así, que esa maldita palabra no significa nada. Y hemos de tener en cuenta que Priapo es la sobreabundancia de la lujuria. ¿Cómo pues podría ser tan mezquino?…Además, ahí lo tenéis, amartelado de nuevo con su amiguito. ¿Cómo os explicáis esto?

-Es verdad que ahora estoy amartelado con mi amiguito, y también es verdad que he amado a Críside como a nadie en el mundo, …y que la sigo amando. ¿Cómo se explica? ¿Y yo qué se cómo se explica? Además, ¿qué necesidad hay de explicaciones?

-Eso -corroboró Eumolpo- ¿Qué necesidad hay de explicaciones? ¿A quién interesa las explicaciones?

-Claro -replicó Agamenón-, lo que ocurre es que el árbol es un árbol y el caballo es un caballo y hacen siempre lo que tienen que hacer. Pero ¿y nosotros? ¿Sabemos lo que tenemos que hacer? No, no lo sabemos. ¿Y por qué no lo sabemos? Porque ignoramos lo que somos. Pero ¿somos realmente algo? Yo os lo diré. Hay dos aspectos de considerar la cuestión…

-Vale, Agamenón -interrumpió Ascilto-. Nos importan un pimiento tus dos aspectos de la cuestión. ¿Por qué no habla Petronio?

-Sí, que hable Petronio -coreó el resto de los comensales.

-Petronio -dijo Encolpio-, de todo tú sabes mucho más que nosotros. Posiblemente de esto también. Dínos, Petronio, ¿somos algo más que hojas livianas que lleva el viento?

-Hojas livianas que lleva el viento -dijo Petronio como si paladease cada una de las palabras-. Está muy bien eso. Me recuerda una vieja canción, no de Menécrates precisamente. ¿Nada más que eso somos? ¿Nada más? Es posible. En todo caso no esperéis de mí la solución. Ni de mí ni de nadie. Además, no os he convocado aquí para daros un discurso. Al contrario, si habéis venido es porque deseaba veros, veros y oíros. Hacía mucho tiempo que no nos reuníamos. Y he de deciros que os encuentro muy bien, os mantenéis en forma. Por mi parte sólo puedo daros un consejo: seguid vuestro camino. ¿Que cuál es el camino? A eso sólo os puedo responder lo del viejo sabio: si no sabes adonde vas, cualquier camino te llevará allá. Pero tened cuidado. Vuestra misión no es filosofar sobre el sentido de la vida. Habéis nacido para vivir, para actuar. Así que ¡fuera las preguntas! Acción y palabras, acción y palabras. Vivir y parlotear sin tino, como muy bien habéis estado haciendo hasta ahora, queridas criaturas mías.

(CONTINÚA )

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Gerontofobia

… senectus; quam ut adipiscantur omnes optant, eandem accusant adeptam. Tanta est stultitiae inconstantia atque perversitas. (Cicero: De senectute)

Me he enterado de que el código penal de este país – y los de otros varios, supongo – cuenta desde hace unos años con una nueva figura delictiva: el delito de odio. La ocurrencia me ha hecho sonreír: ¿para cuándo el delito de envidia? ¿o el de menosprecio? ¿o el de tedio? Y es que las pasiones no pueden constituir un delito, a no ser que se plasmen en acciones u omisiones criminales, pero cada una de éstas ya está tipificada por sí misma.

Por otra parte, he de reconocer que el odio es quizá la pasión que más conductas delictivas genera. Sobre todo, el odio a ciertos colectivos.

Los colectivos que más odio concitan son por todos conocidos: extranjeros, pobres, ciertas razas o religiones, etc. Odios que, por cierto, suelen ser agitados y manipulados desde determinados centros políticos. Pero hay uno que, por no habérsele encontrado de momento rendimiento político claro, permanece en un discreto segundo plano, no obstante la insistencia de sus manifestaciones. Me refiero a la gerontofobia, el odio a los viejos.

Un amigo mexicano, de visita en nuestro país, quedó asombrado por la ingente cantidad de ancianos que veía por las calles. Y es que España, como toda Europa, se está convirtiendo en la reserva mundial de viejos. Pero esto es buena señal: indica que aquí se vive bien y por largo tiempo. Claro que también significa una pesada carga para los jóvenes, es decir, para los que desean alcanzar la condición de viejos. Y esto, añadido al nada agradable efecto estético de su sola presencia y a las molestias que suelen ocasionar, creo yo que va propiciando la salida de la gerontofobia del armario social.

En México no hay gerontofobia. Bueno, lo que al parecer no hay son viejos. Es como ocurría aquí por los años 60 del pasado siglo: ante las noticias sobre los conflictos raciales en Estados Unidos, un personaje del régimen político de entonces sentenciaba orgulloso: en España no hay racismo. No, corregía el sentido común (normalmente vetado por el gobierno), lo que en España no hay son negros.

No se puede legislar sobre las pasiones. El odio es irreprimible. Como el amor. El odio ha llenado las páginas de la historia, desde aquel Aníbal que, a los nueve años, juró “odio eterno a los romanos” hasta los modernos fundamentalistas. El amor ha llenado las páginas de la literatura, desde el vivamus atque amemus, de Catulo, hasta el amor, terror de soledad humana, de Cernuda. Respetómoslos.

Y al gerontófobo deseémosle larga vida. Muy larga. Para que, mucho antes del final,  le sorprenda en el espejo el rostro odiado y, a partir de ahí, pase el resto de su boba existencia en compañía de las repugnantes arrugas y los molestos achaques ya no ajenos.

                                                                               ***

Todos desean alcanzar la vejez y, al tenerla, se quejan de ella. Tanta es la inconstancia y la perversidad  de la insensatez. (Cicerón: De la vejez)

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Yo soy descendiente de Julio César (fantasía de un niño romanizado)

En 1952 tenía doce años. Estudiaba el segundo curso del bachillerato de entonces en un colegio de los Hermanos Maristas. Me interesaban más las letras (literatura, historia) que lo otro. Y, dentro de la historia, la de Roma. Recuerdo que me aprendí de memoria, al pie de la letra, las páginas que el libro de texto “Historia Universal”, de Editorial Luis Vives, dedicaba a la historia de Roma. Y no solo para contestar como era debido a las preguntas del profesor, que también, sino porque de alguna manera me fascinaban.

El colegio tenía que ver con esa fascinación, sin duda. Los Hermanos eran antiguos romanos sin saberlo. Y en eso se mostraban como muy buenos católicos, pues es sabido que la Iglesia Católica es la continuación del Imperio romano por otros medios. Seguían aplicando aquel recurso o juego pedagógico, creo que inventado por los jesuitas, que consistía en dividir la clase en dos mitades, Romanos y Cartagineses, y establecer entre ellas una contienda a base de preguntas, que los de un bando lanzaban a los del otro, sobre las materias estudiadas. Yo solía ser el jefe de los romanos.

Y de pronto, no recuerdo si a los mismos doce o un año o dos después, tuve la revelación. ¡Yo era descendiente de Julio César!

Deslumbrado por el descubrimiento, traté de establecer la vía. Es decir, de explicarme “científicamente” cómo pudo producirse el hecho.

Veamos. César era itálico, yo ibérico… mal asunto. Pero enseguida vi el posible punto de conexión: mi bisabuelo paterno era italiano. Cierto, pero de muy al sur de la península, con lo que la relación cesariana se mostraba bastante problemática. Había que buscar otra conexión más segura.

Investigué el resto de mi ascendencia paterna, pero nada que hacer. Todos eran aragoneses. Entonces dirigí la mirada a la materna – de apellido Abollado – y tampoco: eran todos originarios de Andalucía (Sevilla y Cádiz).

No tuve más remedio que abandonar. En parte. Quiero decir que me quedé con la creencia, pero sin la ciencia. Después de todo, que yo fuera descendiente de Julio César era cuestión de fe.

Con los años, el niño fue creciendo, como suele suceder, y se fue olvidando de sus delirios infantiles, incluido el de César. Y luego fue creciendo el joven y el hombre maduro, arrastrando en todas las etapas, por cierto, la extraña manía de escribir.

Cuando cumplía cincuenta años me hallaba enfrascado en la creación de Lesbia mía, novela sobre Catulo, poeta romano que vivió en el siglo I a.C., precisamente en los años de la irresistible ascensión de Julio César. En una de las cartas de que está compuesta la obra, uno de los amigos del poeta, anticesariano visceral, comenta las maldades y torcidas intenciones del famoso político. Y cuando le toca tratar de su relación con el notable gaditano Lucio Cornelio Balbo… ¡tuve una inspiración!

Es sabido que Julio César fue un gran conquistador no solo en lo militar. Y sin distinción de sexo. Era “el hombre de todas las mujeres y la mujer de todos lo hombres”, como cáusticamente le había calificado un contemporáneo suyo. Pues bien, en determinado momento del relato, abusando de mi posición de creador todopoderoso, hago escribir al autor de la carta: “Dicen incluso, y esto sí pertenece a la esfera del estricto rumor, que su más íntima amistad era la esposa de su también íntimo amigo Lucio Cornelio Balbo.” O sea que César tiene una relación con la mujer de Balbo, de la que nace un hijo, el cual, por supuesto, llevará el apellido del marido de la madre: Balbo.

¿Y qué?, preguntará el lector paciente, si es que ha llegado hasta aquí. ¿Y qué? Pues que Balbo es el origen etimológico de Abollado, apellido de mi abuelo materno nacido en Sanlúcar de Barrameda, a pocos kilómetros de Cádiz. Y no se diga que estas palabras son demasiado distintas entre sí, pues cosas más raras se han visto en el mundo etimológico, como que caput vaya a dar en cabeza, o Caesar Augusta en Zaragoza, o Palatium en Pacheco, por poner unos ejemplos.

Y ahora me gustaría ofrecer mi hallazgo a aquel niño de doce o trece años que tuvo la genial intuición. Pero ocurre que, a estas alturas, es difícil dar con él.

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Religión, dioses, mente divina II (sabiduría clásica IV)

Que los romanos cultos no participasen de la fe infantil del pueblo llano en los dioses no significa que fuesen inmunes a las tentaciones metafísicas. En los escritos de muchos pensadores hay pruebas evidentes de ello. Pero no se espere encontrar nada comparable a un Platón o un Aristóteles. Y es que, a diferencia de la griega, la cosecha latina de escritores apenas produjo filósofos.

Un pueblo tan práctico como el de Roma podía dar – y dio en abundancia – juristas, arquitectos, ingenieros, administradores, soldados, pero no filósofos. Y en mi opinión, no hay excepciones. Porque, si consideramos los nombres que enseguida vienen a la mente, tendremos que reconocer que Cicerón fue solo un divulgador de la filosofía griega y que tanto Séneca como Marco Aurelio cultivaron casi exclusivamente el aspecto más utilitario de la filosofía, la ética, es decir, cómo comportarse en la vida.

Los interesados en la metafísica o, simplemente, en hacerse con una visión del mundo (una Weltanschauung, se diría siglos después) se adscribían de hecho a una de las dos grandes corrientes: la epicúrea, materialista, negadora de toda trascendencia humana, y la estoica, que había acogido algunos aspectos del platonismo y del aristotelismo, y que creía en una divinidad reguladora del cosmos al mismo tiempo que en una necesidad o fatalidad del devenir humano y universal, pues, como dice Séneca:

Una cadena irrompible, que esfuerzo alguno lograría alterar, ata y arrastra todas las cosas. (Cartas a Lucilio, IX, 77; trad., Eduardo Sierra Valentí)

Cicerón, que no se consideraba estoico ni epicúreo, pero que estaba mucho más próximo de lo primero que de lo segundo, escribe:

todos obedecen al orden que reina en los cielos, al principio divino que anima el mundo, y al Dios todopoderoso, de suerte que el universo entero debe ser considerado como la patria común de los dioses y de los hombres. (Sobre las leyes, I, 23; trad., José Guillén).

En Séneca ese Dios regulador se nos presenta, además, como algo más próximo, más intimo:

Dios se halla cerca de ti, está contigo, está dentro de ti. Sí, Lucilio, un espíritu sagrado reside dentro de nosotros, observador de nuestros males y guardián de nuestros bienes, el cual nos trata como es tratado por nosotros.(Cartas morales a Lucilio, IV, 41; trad. Eduardo Sierra Valentí).

Esta creencia en un orden divino, generalmente admitida excepto por los epicúreos, no supone necesariamente, como en otras religiones, la fe en la pervivencia o inmortalidad del alma individual. Sobre esto las posiciones son diversas.

El poeta Catulo, que al parecer hasta cree en los dioses tradicionales, afirma:

los soles pueden ponerse y volver a salir; pero nosotros, una vez se apague nuestro breve día, tendremos que dormir una noche eterna.(V ; trad. Juan Petit)

Séneca resulta un poco contradictorio en este tema, o quizá es que no lo entendemos muy bien, porque en unas ocasiones defiende la inmortalidad personal, y en otras parece que no.

Cicerón, con su típica mentalidad jurídica, plantea la cuestión de manera que no quede ningún cabo suelto:

Que si yerro al creer que las almas humanas son inmortales, gustosamente yerro, y no quiero que me arranquen, mientras viva, este error en el que me complazco; ahora, si después de muerto no he de sentir nada, como piensan ciertos filósofos insignificantes, no temo que los filósofos difuntos se burlen de este error mío. Que si no hemos de ser inmortales, es con todo deseable que el hombre se extinga a su debido tiempo; pues la naturaleza ha puesto un límite a la vida como a todas las demás cosas. (Sobre la vejez, XXIII, 85; trad. Eduardo Valentí Fiol)

En conclusión, con inmortalidad del alma o sin ella, para los mejores pensadores romanos todo está movido, animado y regulado por la mente divina,

            omnia iam cernes divina mente notata

dice Cicerón en uno de los pocos versos suyos que se conservan, y que apenas precisa traducción.                                     

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Catulo y Clodia. En la taberna de la Novena Columna

CINNA.: Oye, ¿ése no es Furio?

CATULO.: Sí, y el que está a su lado es Gelio, y el otro Egnacio.

CIN.: Y la mujer…

CAT.: Sí.

CIN.: Será mejor que nos vayamos.

CAT.: No, yo me quedo.

CIN.: Tú estás loco. ¿Qué pretendes? ¿No me dirás que vas a rescatarla de este infierno? Porque, aunque fueses el mismo Orfeo con su lira, te aseguro que no podrías sacar a esa mujer de aquí.

CAT.: Siéntate, Cinna, por favor, y escúchame un momento. Si yo soy Orfeo y ella es Eurídice, ¿quién o qué fue la serpiente? ¿El inmundo animal cuya picadura malogró una vida luminosa y acabó por sepultarla en este mundo tenebroso?

CIN.: Quizá no hubo picadura, quizá no hubo serpiente. Quizá ella ha sido siempre así.

CAT.: ¿Quieres decir que siempre ha estado en el barro, incluso cuando los dos viajábamos sobre las nubes? No, no lo creo. Hubo serpiente, hubo picadura, hubo algo que la ha ido arrastrando hasta aquí abajo. Algo de ella misma, quizá.

CIN.: Si quieres, puedes preguntárselo. Viene hacia aquí. Será mejor que me vaya.

CAT.: No es necesario.

CIN.: Adiós, Catulo. Y sal cuanto antes de este infierno, por favor.

CLODIA: ¿Me buscabas?

CAT.: No más que otras veces.

CLO.: Sé que recibiste mi mensaje.

CAT.: Sé que recibiste mi contestación.

CLO.: Muy estúpida, por cierto.

CAT.: Y muy verdadera.

CLO.: ¿Quieres decir que ya no somos ni siquiera amigos?

CAT.: Ni siquiera. Nunca hemos sido amigos, Clodia. Hay que saber amar, para eso.

CLO.: Yo amo a mis amigos.

CAT.: Tú ni amas ni tienes amigos. Contéstame a una pregunta. ¿Alguna vez me has querido? Contéstame, por favor.

CLO.: ¿Qué importa ahora eso? Te gusta remover las cosas. Déjalas ya. Alguna vez fui joven. Alguna vez fui feliz. ¿Y qué? Todo eso pasó. Lo que cuenta es el presente.

CAT.: ¿Y qué hay en el presente?

CLO.: La vida.

CAT.: O sea, la nada. Cuando se ha amado como nosotros…

CLO.: No me falta amor.

CAT.: No te falta mierda, querrás decir. ¿Cómo te atreves a profanar esa palabra que fue tan sagrada entre nosotros? ¿Quién te da amor? ¿Gelio? Pero si no eres ni su madre, ni su hermana, ni su tío, ¿qué aliciente puedes tener para él? ¿Egnacio, con sus blancos dientes rezumando orina hispana? ¿O Furio, que te debe hacer pagar cada favor a precio de usurero? Si pudieses alardear de un amor de verdad, o simplemente de un compañero corriente, como la mayoría de los mortales, mi desgracia estaría dentro de lo normal, dentro de las desgracias normales que suelen ocurrir a los hombres. Pero me has cambiado por lo más bajo y abyecto que has podido encontrar, por la más inmunda de las basuras. Y no hay que olvidar a Celio, claro.

CLO.: No pronuncies ese nombre.

CAT.: Toda Roma lo pronuncia. Y el tuyo también. Para reírse, naturalmente. Qué espectáculo tan grotesco. Si has de pasar a la posteridad por el discurso de Cicerón, has quedado bien lucida.

CLO.: Si he de ser inmortal gracias a tus poemas, no lo tengo mejor.

CAT.: ¿Por qué no te conocí así, tal como ahora te veo?

CLO.: Y ahora, contéstame tú a una pregunta. ¿Se puede saber qué es lo que le agradecías a Cicerón en aquellos versos que le dedicaste justo después del proceso? ¿La defensa que hizo de tu amigo Celio? ¿O las bajas artimañas que utilizó para hundirme en la basura?

CAT.: No, él no te hundió en la basura. De eso ya te has encargado tú misma. Pero te lo diré. Quise agradecerle que hubiese mantenido silencio sobre nuestra relación. Ya es bastante que la historia de nuestro amor se pasee por todas las tabernas; solo faltaría que fuese también pasto de los tribunales. Con esa intención le dediqué aquellos versos, que por cierto me salieron algo irónicos. No pude evitarlo.

CLO.: Qué feliz eres. Poder sacar los malos humores simplemente escribiendo unos versos. No te das cuenta de la suerte que tienes.

CAT.: Todo el mundo puede hacerlo. Todo el mundo puede librarse de sus malos humores escribiendo versos, hablando con un buen amigo, actuando con justicia y nobleza, permitiendo que lo más limpio y sagrado que hay en nuestro interior aflore con sencillez. Tú misma…

CLO.: Yo, ¿qué?

CAT.: Tú misma podrías decir adiós a esta vida absurda que llevas y permitirte ser la persona que en realidad eres.

CLO.: La vida que llevo no es absurda ni nada. Es mía. Y no voy a cambiarla porque tú lo digas.

CAT.: O sea, que vas a seguir así. O sea, que vas a consumir tus días viviendo como una puta, como una vulgar y miserable puta.

CLO.: No es necesario que me insultes. Tú crees que me quieres. Pero no es verdad. A mí no, a la persona que soy en realidad nunca la has querido. Nunca has pensado, quiero decir de una manera profunda y efectiva, nunca has pensado que soy una persona, y que mi mundo interior es complejo, doloroso, contradictorio, inexplicable. No, en realidad, eso no te ha importado. Solo te interesaba saber si te quería o no, es decir, si estaba dispuesta a ocupar el lugar que me tenías asignado en la parte vacía de tu ser. No, Catulo, nunca has entendido nada. Solo entiendes tus propias fantasías. Te subes con ellas a las nubes, y la realidad de la vida se te escapa.

CAT.: Quizá tengas razón. Pero una cosa no tiene que ver con la otra. Mis defectos no justifican tu locura. Mi ceguera no explica tu enfermedad.

CLO.: ¿Mi enfermedad? ¿Sabes tú por casualidad cuál es el camino recto, la senda saludable de la vida? Si lo sabes, dímelo. Pero, no, nadie lo sabe. Y cada cual tiene que inventar su propio camino. Y ninguno es mejor que otro.

CAT.: Pero hay caminos y hay precipicios.

CLO.: No quiero discutir más, Catulo. Solo quería decirte que estoy viva y visible, y que, cuando quieras, podrás encontrarme.

CAT.: ¿Dónde? ¿Aquí? ¿Quieres decir que habré de tomar la lira y venir a sacarte de estas profundidades?

CLO.: Ni lo intentes. Los que vivimos en los mundos subterráneos ya no saldremos jamás. Dicen que Orfeo, al volver la vista atrás, provocó que Eurídice desapareciese. No lo creo. Más bien creo que, al volver la vista atrás, vio que Eurídice no estaba. Y no estaba simplemente porque no le había seguido, y no le había seguido porque nadie, ni la más amada de las Eurídices, puede escapar de su propio infierno.

(De Lesbia mía)

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Schopenhauer o el delito de nacer I

 

Recuerdo la primera vez que me fijé en la imagen de Schopenhauer. Yo tendría poco menos de veinte años. En un libro divulgativo de fisiognómica – ciencia decimonónica que imagino que ya no existe – se mostraban retratos de personas célebres para ilustrar determinados rasgos de la personalidad. El rostro de Schopenhauer, según el autor del tratado, era la ilustración perfecta del pesimista. La línea recta que formaban los labios apretados era el signo más evidente. Aparte de esto, del libro en cuestión solo recuerdo la afirmación de que los ojos grandes, redondos, bovinos, son señal clara de nulidad intelectual. Tiempo después, cuando supe que Cicerón llamaba a Clodia (la Lesbia de Catulo) boopis, ojos de vaca, me acordé del antiguo manual de fisiognómica y de todos los autores de conclusiones precipitadas o pintorescas, científicos o no.

Que Schopenhauer sea o no pesimista depende del punto de vista del observador. Lo que está claro es que representa un giro total en la manera de la filosofía de ver el mundo. Hasta entonces, toda filosofía tenía preparado un bonito happy end que lo redimía y lo explicaba todo. Desde el divino mundo de la ideas de Platón hasta la marcha gloriosa del espíritu por la historia – o de la historia hacia el espíritu, no sé muy bien – de Hegel, pasando por las versiones metafísico-cristianas y racionalistas- ilustradas-progresistas, posterior marxismo incluido.

Pero llegó Schopenhauer y mandó parar. Las cosas no son como nos gustarían que fuesen, dijo. Sino como son. Y aplicando los datos de la ciencia y la propia experiencia de ser viviente, entendió que en el ser del mundo no se aprecia orden divino, ni razón, ni finalidad, ni ninguno de los otros consuelos imaginados por los filósofos “optimistas”. Hay lo que hay: una voluntad de ser poderosa, incontenible, irrefrenable, que alienta por igual en todas las criaturas y elementos del universo, y punto. A esto lo llaman “filosofía irracionalista”.

A partir de aquel momento en que me fue presentado en imagen, empecé a leerle algunas cosas. Poco después de los veinte, quizá a los veintidós, acometí la primera lectura de su obra fundamental, El mundo como voluntad y representación. Quedé deslumbrado ante muchos aspectos de la obra. Pero he de confesar que hasta una segunda lectura, realizada a los treintaitantos, no supe captar y apreciar cabalmente su contenido.

Y no fue hasta dos décadas después, a mis cincuenta y muchos años, cuando de verdad profundicé en el pensamiento y la persona del filósofo hasta el extremo de meterme literalmente en su piel. ¿Cómo fue esto posible? Ahora lo explico.

Todo lo que yo había escrito hasta entonces, y en parte publicado, eran novelas en que el personaje – siempre del mundo de las letras – se expresaba por sí mismo. Pero de las vidas de Ausonio, Paulino y sobre todo Catulo, muy poco se sabía, así que la dosis de imaginación a aplicar era muy importante. Ya mucho menos lo fue en el caso de Cicerón, a quien también novelé, y es que la enorme cantidad de cartas que de él se conservan definían una personalidad que en todo caso había que respetar. O sea, que el procedimiento de meterse en la piel de… ya no dependía solo de la imaginación sino además de la información. Y de cierto toque mágico que no sé si sabré explicar.

Y de pronto, no sé cómo, recuperé mi antiguo interés por Schopenhauer y di el salto de la Roma clásica a la Europa romántica.

El hecho de que el personaje fuera ya plenamente moderno y mucho más documentado que el propio Cicerón parecía complicar la cosa. Tenía delante un hombre vivo, real, no un ser en gran parte imaginado, como Ausonio o Catulo. Y si con ese hombre quería hacer algo serio tenía que sumergirme en él.

Leí de nuevo y a fondo su obra fundamental, además de todos (o casi) sus otros escritos, leí y consulté biografías, sobre todo de contemporáneos o muy próximos, consulté tratados e incluso aprendí algo de filosofía, aunque confieso que con Kant – tan importante para mi filósofo – no pude directamente. Lo puse todo en la misma olla, lo sometí a cocción lenta, pronuncié la palabras mágicas, bebí de la pócima, ¡y me convertí en Arthur Schopenhauer! Quien lo dude que vea el resultado. Se titula El silencio de Goethe a la última noche de Arthur Schopenhauer, y fue publicado por Editorial Cahoba en 2006 [y por Piel de Zapa en 2015]. (continúa)

(De Los libros de mi vida)

 

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Catulo, vivir y amar II

Dado que todo lo que sabemos de Catulo está en su obra, la única manera de construirle una biografía aproximada consistirá en deducirla de las numerosas vivencias que nutren sus poemas, los cuales, para complicar la cosa, no nos han llegado ordenados cronológicamente. A ello se han dedicado eruditos de todas las épocas con resultados para todos los gustos. No siendo yo erudito, no he tenido más remedio que dejarme guiar por cierto instinto poético para adscribirme a las hipótesis de unos más que a las de otros. El resultado es lo que sigue.

Gayo Valerio Catulo nació en Verona entre los años 87 y 84 a.C. La familia era de las más notables de la provincia (Cisalpina) y contaba con posesiones en Sirmio y en Roma, y con amistades como Julio César – en fase ascendente – y Metelo Céler. Allá pasó Catulo sus primeros años, entre otras cosas formándose, descubriéndose como poeta e iniciándose en los placeres de la vida – tanto en los elementales como en los refinados – en compañía de los amigos de su edad, varios de ellos también poetas. Siendo aún muy joven, sus poesías empezaron a circular con éxito, especialmente los urticantes epigramas dirigidos a César – no obstante la amistad que unía a las familias – y a otros prohombres.

Tendría 23 o 24 años cuando conoció a una mujer llamada Clodia, algo mayor que él, perteneciente a la antigua y noble familia Claudia – que un siglo después daría origen a una dinastía de emperadores – y esposa de Metelo Céler, gobernador de la provincia Cisalpina. Este encuentro, marcaría el resto de su corta vida.

A partir de ese momento, su producción poética, aun conservando los demás aspectos, se centra en un amor que se anuncia maravilloso y por encima de todas las convenciones y censuras:

Vivamus, mea Lesbia, atque amemus, / rumoresque senum seueriorum / omnes unium aestimenus assis.

(Aclaro que “Lesbia” es el nombre que, en homenaje a la poeta Safo de Lesbos, a quien ambos admiraban, dio Catulo a Clodia en sus versos).

Pero las cosas nunca son como al principio. Y mucho menos las cosas del amor. Aquella relación tan sólida que ambos habían pactado – pues ella también le amaba – como una estimación por encima de los amores vulgares se resquebrajaba.

Y es entonces, cuando el espejismo de la correspondencia perfecta se desvanece, que Catulo comienza a verse apresado, encadenado a la mujer amada que le maltrata y de la que quizá nunca se podrá librar. En su poema sobre Atis y Cibeles, cuenta cómo el joven Atis se castra para quedar postrado para siempre bajo el poder de la diosa. En la historia de Ariadna y Teseo cuenta cómo éste abandona a la mujer que acaba de rescatar del laberinto del Minotauro, y cómo Ariadna lanza inútiles improperios a la nave del traidor que se aleja. Pero se diría que aquí hay una curiosa transfiguración: en realidad, él es Ariadna mientras que Teseo es aquella Lesbia que decía amarle y que le olvida por otros mundos.

Cabe pensar que el mundo por el que Clodia posterga a Catulo es el de la simple realidad social, hecha de muchas personas e intereses y no de un solo amante solícito, absorbente y quizás agobiante. Es posible. Y además sería la interpretación más complaciente con el pensamiento correcto de nuestros días. Pero en todo caso hay algo más.

En sus versos de reproche y de dolor, Catulo se queja de que “aquella Lesbia” no sólo ha incumplido su juramento de amor sino que anda con lo más bajo de la sociedad, con auténticos degenerados, además de con algún ex amigo suyo, como Celio Rufo. A Celio precisamente dirige Catulo estos versos: Caeli, Lesbia nostra, Lesbia illa…

Celio, mi Lesbia, aquella Lesbia a quien Catulo quiso más que a sí mismo y que a todos los suyos, en plazuelas y callejones, se la pela a los nietos del magnánimo Remo. (En una traducción, en muchos aspectos valiosa, se dice “prodiga sus favores”, pero el original glubit significa lo que significa).

Lo explícitamente sexual de muchas de las poesías de Catulo – que normalmente utiliza como arma infamatoria contra enemigos y ex amante – era entonces una novedad. Y lo siguió siendo hasta hace un siglo más o menos, con paréntesis intermitentes entre la Baja Edad Media y el Renacimiento. La postura contraria, es decir, la habitual durante toda la historia de la literatura, alcanzó su cénit con la pudibundez burguesa de principios del siglo XIX, lo que hizo que Goethe se lamentase de no tener un público como el de Shakespeare para poder escribir más libremente.

Volviendo a la historia. Las traiciones de Clodia no consiguen que Catulo la expulse de su corazón. Cierto que también él tiene sus aventuras, incluso con algún muchacho, como Juvencio, al que dedica varias composiciones, pero lo fundamental sigue invariable. Ama a Clodia y no puede evitarlo. Y por eso también la odia.

Odi et amo, quare id faciam fortasse requiris / nescio, sed fieri sentio et excrucior.

Odio y amo, quizá preguntes por qué lo hago / no lo sé, pero siento que es así y sufro tormento.

Estos versos constituyen la definición más contundente, concisa y exacta de una de las componentes fundamentales de lo que luego se daría en llamar “amor-pasión”.

Quizá para intentar una huida y con seguridad para visitar la tumba de su querido hermano, muerto de accidente en las costas de Asia Menor, Catulo pasó más de un año (57 a.C.) en Bitinia, en el séquito de su paisano el propretor Memmio.

A su regreso, parece que la reconciliación es posible. Se produce entonces un breve e inestable idilio y una nueva ruptura, pues Clodia no parece dispuesta a abandonar su vida alegre… con quien sea. Y Catulo no puede más. Tiene que romper. Pero ¿cómo? Difficilest longum subito deponere amorem

Es difícil romper de pronto con un largo amor. Es difícil, pero debes hacerlo como sea: esta es la única salvación.

Y finalmente lo consigue. O dice que lo consigue. Y lo hace a través de dos conocidos, de la “corte” de Clodia, a los que considera escoria.

…anunciad a mi amada esas pocas y no buenas palabras, / viva enhorabuena con sus amantes, esos trescientos que abraza a la vez / sin querer verdaderamente a ninguno… Y le echa en cara que, por su culpa, su amor ha caído como una flor en la linde del prado cuando el arado la roza al pasar.

No se sabe qué ocurrió después. Se dice que se reconcilió con Julio César. Dato sin importancia, porque a Catulo nunca le interesó la política, y su enemistad poética con el futuro dictador se basa solo en cuestiones anecdóticas y tal vez en el rechazo inconsciente del joven de buena familia ante el personaje también aristócrata, pero ambicioso y por ello convertido en demagogo (como, con menor trascendecia, Clodio Pulcer, hermano de Clodia, con la que se decía que mantenía relaciones incestuosas).

Lo que se sabe es que murió pronto, a los treinta años de edad o poco más. Como el gorrión de su amada, se fue per iter tenebricosum / illuc unde negat redire quemquam (por el camino tenebroso hacia allá de donde dicen que nadie regresa), porque soles occidere et redire possunt: / nobis, cum semel occidit breuis lux, / nox est una perpetua dormienda (los soles pueden ponerse y salir de nuevo, pero nosotros, una vez se ponga el breve día, tendremos que dormir una noche perpetua).

En su ingenuidad, en la espontánea inmediatez con que vivió la vida, pensaba que, una vez muerto, de él no quedaría nada. Se equivocaba. Está aquí. Lo tenemos todo. Tan vivo como entonces. Pero solo en sus versos.

(De Los libros de mi vida)  

 

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Catulo, vivir y amar I

 

Antes de hablar de Catulo y de cómo me enamoré de él quiero hablar de mí mismo, que me tengo un poco olvidado.

Lo de la ayudantía en la cátedra lo dejé con el mismo poco entusiasmo con que lo había tomado. Entré en nómina en una editorial, donde mi trabajo principal consistía en redactar artículos para una enciclopedia…sobre la base de otras enciclopedias, por supuesto. También hacía traducciones para la misma editorial, y para la competencia. En mayo del 68, mientras las calles ardían en París, me casaba con la que sigue siendo felizmente mi esposa, y además madre de mi hijo y abuela de mi nieto. Empujado por los pocos ingresos que me proporcionaban mi pertenencia al proletariado intelectual, me pasé al casi proletariado funcionarial, contribuyendo modestamente a engordar el caballo de Troya que albergaba en su seno la administración franquista. Llegada la democracia y el fin del Estado centralizado, se me transfirió a la administración autonómica de Cataluña, en el mismo ámbito de actuación. Es decir, escritor, licenciado en derecho, funcionario y en el área jurídico-laboral. Como para creerse Kafka. Pero fallaba lo primero y principal. Aunque yo no dejaba de escribir.

En esas estaba cuando, a punto de cumplir los cuarenta y cinco, y para oxigenarme un poco la mente, empecé a estudiar filología clásica. De los conocimientos que obtuve y sobre todo de las lecturas colaterales, surgió de improviso en mi cabeza la historia de dos escritores del siglo IV: Ausonio y Paulino. Y de ahí, una novela – La ciudad y el reino -, lo primero ¡finalmente! que había conseguido acabar con un aprobado por mi parte. Naturalmente intenté que se publicase; naturalmente las respuestas fueron negativas. Mientras tanto, me fijé en otro personaje, escribí la novela e intenté su publicación. Una editorial de primera línea la aceptó – editorial que luego me había de castigar, por no haber cumplido al cien por cien sus expectativas comerciales, rechazando sistemáticamente mis obras posteriores -, y en enero de 1992 apareció en las librerías con el título de Lesbia mía, novela cuyo personaje central es el poeta romano del siglo I a.C. Gayo Valerio Catulo.

A diferencia de los dos poetas antes citados, de Catulo ya sabía algo cuando decidí apropiármelo como objeto literario. Exprimiendo la memoria, llegué incluso a recordar que ya en el lejano bachillerato (11-16 años) había quedado prendado de unos versos que aparecían en el libro de texto de latín (Lugete, o Veneres Cupidenesque…), dedicados a la muerte del gorrión de su amada. Desde entonces, de vez en cuando, leía algunos de sus poemas. Y ahora mismo acabo de descubrir que en mayo de 1984, cuatro o cinco años antes de que me pasase por la cabeza tomarlo como objeto literario, había comprado y leído su obra completa en edición bilingüe a cargo de Juan Petit, autor también del estupendo prólogo que me había de servir como guía principal en mi itinerario catuliano-novelesco. Pero no estoy aquí para hablar de mi libro, sino de la obra y la persona de Catulo.

Lo primero que sorprende de Catulo es su modernidad. Ya sé que, en su acepción habitual, esta palabra no tiene mucho sentido, porque toda modernidad es antigüedad al cabo de pocos años. Lo que quiero decir es que Catulo es un poeta que habla al lector de hoy como si fuese un poeta de hoy. Han pasado veinte siglos y parece mentira. Y es que lees a algunos poetas de hace sólo doscientos o cien años y te parecen no ya de otra época, sino de otro planeta.

La poesía de Catulo es obra de un poeta. Esto que parece obvio en todos los casos, no lo es tanto en realidad. Lo que quiero decir es que Catulo es solo poeta. No hay rastro en él de ideología, de tendencias, de moral, ni siquiera de sabiduría. Siempre es un joven – no le dio tiempo de ser otra cosa y creo que nunca lo hubiera sabido ser – que goza de la vida con el mismo ímpetu e inconsciencia con que la sufre. Para reafirmarnos en esta opinión, por si acaso no se juzga históricamente cierta, tenemos el hecho afortunado de que todo lo que sabemos de él se contiene exclusivamente en su obra. No hay más Catulo que el que está en sus versos. Pocos poetas han tenido esta suerte.

Algunos alegarán que ciertos eruditos y escritores de la Antigüedad – Cornelio Nepote, Cicerón, Ovidio, Apuleyo, San Jerónimo – ya nos dejaron algo escrito sobre él. Detalles. Nimiedades. Y a veces erróneas, como en el caso de San Jerónimo. Además, de los cuatro citados sólo los dos primeros fueron contemporáneos del poeta, aunque de más edad. Cicerón alude a él, con cierto desdén, como uno de los “poetas nuevos”. Nepote, el historiador, sí que además de contemporáneo fue amigo y admirador de Catulo (éste le dedicó una colección de sus poemas). Ocurre sin embargo que, entre las obras perdidas de Nepote, se cuentan unas biografías de escritores, entre las cuales no podría faltar la de su admirado joven poeta. Pero como para nosotros esa biografía no existe – y no es seguro que existiera –, volvemos al planteamiento de origen: no hay más Catulo que el que está en sus versos.

Sus versos suman 96 composiciones de diversos tamaños, desde unas pocas líneas hasta varias de nuestras páginas. Las hay de circunstancias – la mayoría de las breves -, algunas consisten en feroces e ingeniosos ataques a ciertos individuos que no le caían nada bien: el mal poeta, el parásito desgraciado, el incestuoso degenerado, el pedante inculto, el competidor amoroso… hasta el mismo Julio César en su época de ascensión irresistible. Otras son largas y elaboradas composiciones de tono épico y fondo histórico, en las que bajo la delicada escenografía mitológica late el sentimiento, por entonces ya atormentado, del propio autor.

Pero la mayoría de las poesías – o las más destacadas, no las he contado – son de amor. Y, como suele ocurrir, de un amor feliz y luminoso al principio, y amargo y desgraciado al final. Y además, de un amor nuevo. Al menos en la literatura.

Un amor nuevo y una mujer nueva. Hasta entonces en la poesía amorosa, la de los poetas helenísticos al estilo de Calímaco, la mujer era una cortesana (inventada), único ejemplar femenino – sobre todo en la sociedad romana – que se podía permitir el juego de la pasión amorosa al margen de los códigos sociales de obligado cumplimiento. El amor de Catulo es una mujer real. Es también una dama de alto rango, una patricia romana que alardea de disponer de su vida con la misma libertad que un hombre.

¿Quién era esta mujer? ¿Quién era Catulo?  (continúa)

(De Los libros de mi vida)

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