Club Bilderberg
El Club Bilderberg fue fundado en 1954 en los Países Bajos por un político polaco exiliado, preocupado por el antiamericanismo emergente en Europa, reuniendo a líderes europeos y norteamericanos. Enseguida contó en el apoyo de personalidades destacadas, como el millonario David Rockefeller, el príncipe holandés Bernardo y el primer ministro belga van Zeeland.
Está formado, desde su fundación, por unas 130 personas destacadas en la política, la economía o los medios públicos, mediante invitación personal a cada una de las reuniones que se celebran anualmente: políticos, banqueros, financieros, miembros de la realeza, dueños de los medios de comunicación (todos ellos del máximo nivel, por supuesto). Y desde su fundación estuvo clarísima su alineación en el bando anticomunista de la guerra fría, pues en palabras de uno de sus líderes, su misión consiste en hacer un nudo alrededor de una línea política común entre Estados Unidos y Europa en oposición a Rusia y el comunismo. En efecto, literatura de guerra fría.
Para cierto sociólogo de prestigio, el Club Bilderberg consiste en un medio para discutir ideas, conseguir consenso y conseguir cohesión social dentro de la élite. Pero para gran parte de la izquierda se trata del mal absoluto, del poder en la sombra que pretende dominar el mundo. Gran confusión. Acerquémonos a algunos datos concretos a ver si así conseguimos despejar el panorama.
En la última reunión del Club, que tuvo lugar en Madrid entre el 30 de mayo y el 2 de junio de 2024, participaron diez personajes españoles, entre ellos varios ministros, una banquera y la presidenta de Europacific Partners (Coca-Cola). Y uno no puede menos que preguntarse si una cosa tan volátil como los ministros de una pequeña democracia o tan gaseosa como la Coca-Cola podrán aportar algo sólido (sea bueno o malo) al futuro de la humanidad. O sea, que desde cierto punto de vista todo tiene el aspecto de ser una mascarada destinada a encandilar o atemorizar al personal, un capricho de cuatro grandes que se creen, eso sí, los amos del mundo.
conclusiones
No es que todo tiempo pasado sea mejor, pero es verdad que hubo un tiempo en el que los campos y sus áreas estaban casi perfectamente delimitados; un tiempo en el que se sabía dónde estaba el bien y dónde el mal; un tiempo en el que las fuerzas del bien – seguras de su triunfo final – plantaban cara a las fuerzas del mal; un tiempo en que los amantes de la luz defendían el progreso, que no era entonces un palabra o un concepto ridículo, sino la tarea obligada y gozosa de la juventud de cualquier edad.
Pero aquel tiempo ya no existe. Hemos visto demasiados retrocesos irreparables; hemos visto a demasiados hombres respetables reírse de la razón y del progreso. Hemos asistido a los fracasos de los intentos de ordenar racionalmente el mundo, siempre derrotados por la avaricia del poder y del dinero. Incluso, recientemente, hemos asistido a la elevación al mando de la primera potencia mundial de un delincuente común (nada raro, cuando un asesino inconfeso se mantiene largos años al frente de otra gran potencia).
Ante este desorden general ¿puede decirse que existe algún poder o grupo humano capaz de dirigir en la sombra, o a plena luz, la marcha de la humanidad hacia donde fuere? Yo no lo creo, francamente.
Por todo ello, no veo otra opción que adscribirme a la teoría de que es el anarco-egoísmo lo que dirige el mundo, es decir, lo que le conduce a un confuso e impredecible final.
Y que lo demás son pamplinas.
(A no ser que un poder trascendente sepa lo que se trae entre manos).
FIN DE LA SERIE, que empieza aquí