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CONVERSACIONES CON PETRONIO VII

Aquella noche me vi cenando con Petronio y otros comensales.

-El deseo de riquezas ha creado esta situación. Pues antes, cuando la simple virtud satisfacía, florecían las artes, y los hombres competían para que nada quedase para descubrir en el futuro…

El que así hablaba era un viejo canoso, cuyo rostro surcado de arrugas tenía un algo indefinible de grandeza, pero de aspecto tan poco cuidado que ofrecía la viva estampa de esos hombres de letras que los ricos no pueden soportar. Era de Tarento y se llamaba Eumolpo.

-Pasemos a las artes plásticas -proseguía-. Lisipo murió de hambre empeñado en dar los últimos toques a una condenada estatua que se le resistía; Milón, que puede decirse que metía en el bronce las almas de hombres y animales, no tuvo sucesores. Nosotros, en cambio, saturados de vino y mujerzuelas, no somos capaces ni de estudiar las obras ya conocidas, y nos atrevemos a acusar a la antigüedad mientras que sólo enseñamos y aprendemos sus vicios…

Las palabras de Eumolpo eran seguidas atentamente por los comensales: Agamenón, situado a su lado, orador y abogado, que rondaba la cuarentena, Encolpio, joven de mi edad, tan fascinado, decía, por las letras como por correr mundo, Ascilto, joven también y del que aún nada sabía, y Gitón, muchacho de apenas dieciséis años, bello como un dios, pero cuyas gracias y virtudes, diría, estaban todas en aquella su femenina hermosura. Sólo Petronio parecía distraído, o mejor dicho, concentrado en no se qué pensamientos profundos.

En el rostro de Encolpio se iba dibujando, cada vez con mayor claridad, una amplia sonrisa burlona. Entonces tomó la mano de Gitón, que estaba a su lado, y empezó a acariciarla suavemente. El gesto no le pasó inadvertido a Eumolpo, que endureció la voz al tiempo que parecía ya dispuesto a dar fin a su larga perorata.

-Así que no os extrañéis si el arte de la pintura ha desaparecido cuando a todos, hombres y dioses, les parece que hay más belleza en un montón de oro que en toda la obra de Apeles y Fidias, esos griegos maniáticos.

Sin abandonar su sonrisa burlona, Encolpio dio una breves y sonoras palmadas a modo de aplauso y dijo:

-Bravo, Eumolpo. Has hablado muy bien, viejo poeta. Así que, según tú, si no nos tentase tanto el oro y no consumiésemos la vida entre el vino y las mujeres, las artes florecerían como en los buenos tiempos…Pero ¿y los muchachos? ¿Qué me dices de los muchachos?

-Sí, Eumolpo -dijo Ascilto, que había estado escuchando con toda la seriedad del mundo-, ¿qué nos dices de los muchachos?

Por toda respuesta, Eumolpo arrancó de una fuente próxima un muslo de ave y comenzó a mordisquearla con avidez.

-Vamos, Eumolpo -insistió Ascilto-. Según tú, el dinero, el vino y las mujeres nos han traído a esta decadencia con olvido de las bellas artes. Pero ¿y los muchachos? ¿Qué nos dices de los muchachos? ¿No nos arrastran también por el camino de perdición? Mira a Gitón. ¿Has visto alguna vez algo tan hermoso?

Al oir esto, Gitón se separó de Encolpio y, desplazándose ligeramente, se arrimó a Ascilto, que estaba a su otro lado y dijo:

-Tú sí que eres hermoso, querido Ascilto, y tu buen corazón se iguala con tu belleza. Y no entiendo nada de lo que dice el viejo, ni me importa. Pero parece que busca culpables, ¿no?

Mientras Eumolpo empezaba a dar cuenta de otro muslito de ave, Encolpio, que apenas podía disimular el enojo que le causaba el cambio de posición de Gitón, dijo:

-Claro que busca culpables, culpables de lo que llama nuestra decadencia. Pero no se ha atrevido a mencionar a los muchachos, ¿sabéis por qué? No sólo porque estás tú aquí delante, querido Gitón, sino también, y sobre todo, porque los muchachos le encantan, le vuelven loco, vamos, que le chiflan. Recuerda que en más de una ocasión he tenido que protegerte de él. Pero mejor que olvidemos sus hazañas en este campo. Porque, como preceptor de jóvenes distinguidos, sería imposible llevar la cuenta de todos los que ha corrompido. Por millares se deben contar los que han pasado por sus manos, por no mencionar otra extremidad corpórea menos decorosa.

Como si nada oyese o no fuesen dirigidas a él estas palabras, Eumolpo proseguía su discurso:

-Y si pasamos al terreno de las letras, el panorama no es menos desolador. ¿Dónde están hoy los Ennio, los Virgilio, los Tibulo, los Propercio? y no pienso mencionar a Ovidio, porque por esa puerta de disolución e impudicia entraron los males que acabaron con él mismo y que acabarán con Roma. ¿Dónde están los poetas de hoy? ¿Puede recibir ese nombre un Lucano, que mientras hincha de viento las palabras se niega a reconocer la evidente acción de los dioses en las gestas humanas? ¿O un Marcial, algunos de cuyos epigramas recuerdan vagamente los de Catulo pero ensuciados con toda la mugre de la Roma de hoy? -Me asombró oír citar a mi compañero de vivienda como poeta reconocido-. Este es el panorama, y los pocos poetas que aún damos fe de vida somos ignorados o despreciados…

-¿Y los muchachos? -interrumpió Encolpio.

-Sí -dijo Agamenón, el abogado, que hasta entonces había permanecido callado-, estamos esperando que nos hables de los muchachos, Eumolpo.

-Y del teatro mejor sería no decir nada -prosiguió Eumolpo, ajeno por completo a los intereses de la concurrencia-, porque el teatro no existe. ¿Dónde están hoy la verde frescura de Plauto o la meditada elegancia de Terencio? Nada de eso veo en los escenarios. Muy bien sabéis lo que hoy en día se ve en todos los teatros de Roma: pantomimas indecentes destinadas a halagar los más bajos instintos de la plebe. Ya nadie escribe para el teatro. Ni siquiera Séneca, cuyas plúmbeas tragedias sólo son aptas para recitarse en elegantes salones poblados de aduladores exquisitos, pero que si se llevasen a escena pondrían en fuga no sólo a la plebe corrompida de hoy sino también, y con toda razón, al sanísimo público de Plauto y Terencio. Y la música…

-¿No hay manera de pararle, Encolpio? -dijo Gitón, que se había vuelto a acurrucar junto a su compañero.

-¿No hay manera de pararle, Petronio? -dijo Encolpio dirigiéndose a nuestro anfitrión.

Pero Petronio permanecía callado.

-Sí, ¿qué me decís de la música?

-Los muchachos, Eumolpo, los muchachos -exclamó Ascilto.

-¡Los mu-cha-chos, los mu-cha-chos! -corearon rítmicamente los comensales.

-La música y el divino arte del canto han llegado a tales extremos que hoy colocamos entre los dioses a un degenerado como Menécrates cuyos afeminados gorgoritos no son capaces de despertarnos del sueño que nos producen, y eso por no hablar de otro cantante de moda, situado tan alto en la escala social que todos sus aduladores no se cansan de pedir al cielo el don de la sordera. Esta es la situación en que vivimos y aquéllas que apunté son las causas…Y para no cansaros más sólo añadiré una cosa: los muchachos, los tiernos muchachitos son las criaturas más bellas que la naturaleza ha parido. Todos me gustan. Y sobre todos, tú, Gitón. Sólo con ver las tiernas caricias que prodigas a tus amigos se me ha puesto dura.

Risas y aplausos generales hasta que habla Encolpio:

-No me hagas reir, Eumolpo. ¿Cómo una acelga puede ponerse dura? ¿Has visto alguna vez una lechuga levantarse del plato como una anguila recién servida?

-No hables de lo que no sabes, Encolpio -replicó el viejo- ¿O quieres conocer mi poderío?…Después de todo, no estás nada mal.

-Sí sabe de qué habla, sí lo sabe -dijo Ascilto, muy divertido-. También él tuvo una lechuga por adorno entre las piernas. ¿Te curaste del todo, querido Encolpio?

-Ya ni me acuerdo -afirmó con seguridad Encolpio-. Aquél fue un episodio muy triste de mi vida, una auténtica pesadilla. Pero, por fortuna, ya todo ha pasado, y otra vez soy un hombre completo.

-¿Y cómo se hizo el milagro? -preguntó Agamenón.

-Nada de milagros -replicó Encolpio-. Lo milagroso, lo extraño era aquella situación de impotencia. No se puede llamar milagro a lo natural.

-Sí, ¿pero cómo se rompió el maleficio, por llamarlo de alguna manera? -preguntó Ascilto con curiosidad.

-Primero me puse en manos de una mujer de poderes prodigiosos…

-¿Una mujer? -interrumpió Eumolpo con incredulidad – ¿Una mujer te curó? ¿Lo que no hizo esa ricura de Gitón lo consiguió una mujer? Vamos, no te creo.

-Déjame hablar, ¿no? Esa mujer no me curó. Pero además no actuó como mujer. Era una bruja.

-Se puede demostrar que las brujas no existen -dijo Agamenón empuñando una copa rebosante de vino-. Es más, yo puedo demostrar que la magia y la adivinación no existen, que son pura charlatanería, engañabobos indecentes, fraude y nada más que fraude…Pero también puedo demostrar que esos poderes existen, que hay entre la tierra y el cielo unas ocultas relaciones que los iniciados saben descifrar. ¿Cuál de las dos demostraciones preferís?

-Preferimos que te guardes tu retórica -dijo Ascilto-. Ya hemos tenido bastante con el poeta.

-Era una sacerdotisa de Priapo -prosiguió Encolpio-, y me aplicó una serie de remedios tan complicados y en condiciones tan extravagantes que apenas recuerdo nada, y cuando algo de aquello me viene a la mente nunca estoy seguro si esas imágenes corresponden a mis recuerdos o a mis sueños.

-Debe ser horroroso perder la virilidad- dijo Ascilto, realemnte preocupado.

-Es lo peor que puede ocurrir, puedes estar seguro -ratificó Eumolpo-. Había una vez dos muchachos que se amaban…

-Perdona, Eumolpo, mi puntual intervención – interrumpió Agamenón con su voz más engolada-, pero pienso yo que, acaso, en algún momento de tu larga vida hayas oído hablar del amor entre hombres y mujeres.

-El amor no tiene sexo -afirmó el viejo poeta.

Ascilto rompió a reir, y dijo entre sonoras carcajadas:

-¡El amor no tiene sexo! ¡Qué bueno! Nunca había oído nada tan divertido. ¡El amor no tiene sexo! ¿Te has inventado tú eso o te lo ha soplado algún sofista de tu tierra?

-No le veo la gracia -dijo Eumolpo con toda seriedad-. Cuando digo que el amor no tiene sexo quiero decir que cualquier acto de sexo es una manifestación de amor.

-Sí -dijo Agamenón -, pero parece, o puede parecer, que unos casos se acomodan más a la naturaleza que otros. No me negarás que no es lo mismo meter el arado donde la naturaleza espera la semilla que conducirlo por los parajes más inhóspitos.

-¿Quién habla de semillas? -replicó Eumolpo-. No somos árboles, no somos equinos sementales.

-No, claro que no, pero ¿sabes tú qué somos, poeta? -preguntó Encolpio.

-Poeta, muy bien has dicho, poeta -respondió Eumolpo-, y como poeta no puedo saber lo que somos. Sólo sé lo que vemos y lo que sentimos. Eso que lo conteste un filósofo.

-No hace falta ser filósofo -dijo Agamenón- para establecer de una manera racional lo que somos y lo que no somos. Las armas de la retórica son suficientes para edificar las más sólidas argumentaciones. Yo mismo tengo argumentos bastantes para demostrar que somos hijos de un dios que nos vigila desde más allá de las estrellas…Pero también tengo argumentos bastantes para demostrar que somos algo así como la escoria del universo, basura innecesaria. ¿Qué argumentación preferís?

-Preferimos que te calles -respondieron a una los comensales.

-Sí, que te calles -insistió Ascilto-, y que Encolpio nos cuente cómo se libró finalmente del maleficio.

-Como queráis -dijo Encolpio-. Aquella bruja, la sacerdotisa de Priapo, no logró curarme con sus encantamientos. Entonces, no se cómo, fui a parar a los brazos de Críside, la doncella de la mujer que había causado mi ruina. Y de repente concebí por ella una amor extraño, un amor bello, profundo, luminoso, como nunca había sentido por persona alguna. Y así, entre sus dulces brazos, estrechado a sus carnes, más firmes y tiernas que las de cualquier muchacho, volví a ser un hombre entero.

-Entonces, no puede estar más claro el origen o causa del maleficio -dijo Agamenón-. Priapo te había castigado por haberte apartado del recto camino de la naturaleza…

-¡Qué naturaleza ni qué cuernos! -protestó Eumolpo-. Todo es naturaleza. Así, que esa maldita palabra no significa nada. Y hemos de tener en cuenta que Priapo es la sobreabundancia de la lujuria. ¿Cómo pues podría ser tan mezquino?…Además, ahí lo tenéis, amartelado de nuevo con su amiguito. ¿Cómo os explicáis esto?

-Es verdad que ahora estoy amartelado con mi amiguito, y también es verdad que he amado a Críside como a nadie en el mundo, …y que la sigo amando. ¿Cómo se explica? ¿Y yo qué se cómo se explica? Además, ¿qué necesidad hay de explicaciones?

-Eso -corroboró Eumolpo- ¿Qué necesidad hay de explicaciones? ¿A quién interesa las explicaciones?

-Claro -replicó Agamenón-, lo que ocurre es que el árbol es un árbol y el caballo es un caballo y hacen siempre lo que tienen que hacer. Pero ¿y nosotros? ¿Sabemos lo que tenemos que hacer? No, no lo sabemos. ¿Y por qué no lo sabemos? Porque ignoramos lo que somos. Pero ¿somos realmente algo? Yo os lo diré. Hay dos aspectos de considerar la cuestión…

-Vale, Agamenón -interrumpió Ascilto-. Nos importan un pimiento tus dos aspectos de la cuestión. ¿Por qué no habla Petronio?

-Sí, que hable Petronio -coreó el resto de los comensales.

-Petronio -dijo Encolpio-, de todo tú sabes mucho más que nosotros. Posiblemente de esto también. Dínos, Petronio, ¿somos algo más que hojas livianas que lleva el viento?

-Hojas livianas que lleva el viento -dijo Petronio como si paladease cada una de las palabras-. Está muy bien eso. Me recuerda una vieja canción, no de Menécrates precisamente. ¿Nada más que eso somos? ¿Nada más? Es posible. En todo caso no esperéis de mí la solución. Ni de mí ni de nadie. Además, no os he convocado aquí para daros un discurso. Al contrario, si habéis venido es porque deseaba veros, veros y oíros. Hacía mucho tiempo que no nos reuníamos. Y he de deciros que os encuentro muy bien, os mantenéis en forma. Por mi parte sólo puedo daros un consejo: seguid vuestro camino. ¿Que cuál es el camino? A eso sólo os puedo responder lo del viejo sabio: si no sabes adonde vas, cualquier camino te llevará allá. Pero tened cuidado. Vuestra misión no es filosofar sobre el sentido de la vida. Habéis nacido para vivir, para actuar. Así que ¡fuera las preguntas! Acción y palabras, acción y palabras. Vivir y parlotear sin tino, como muy bien habéis estado haciendo hasta ahora, queridas criaturas mías.

(CONTINÚA )

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