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La vejez. Tiempo pasado. La libertad bien entendida. Cultura y dictadura (A.E.P. t.e. 3)

 

EGO.- El otro día hablábamos del paso del tiempo a propósito de estos diálogos.

ALTER.- Sí, y tú enseguida me corregiste diciendo que el tiempo no pasa, que somos nosotros los que pasamos.

EGO.- Bueno, olvidémoslo de momento y utilicemos el lenguaje del sentido común.

ALTER.- Me parece bien.

EGO.- Es que he hecho unas comprobaciones y he visto que estos diálogos se iniciaron en 2003, aunque no empezaron a publicarse en el Blog hasta septiembre de 2014.

ALTER.- O sea, que cuando se iniciaron tenías 63 años y ahora tienes…

EGO.- Déjalo, es una operación matemática muy sencilla.

ALTER.- Ego, ¿puedo hacerte una pregunta?

EGO. Puedes hacerme todas las preguntas que quieras menos la que acabas de hacer, lo sabes bien.

ALTER.- Es que es algo bastante personal. Bueno, quería preguntarte cómo llevas la edad avanzada.

EGO.- La vejez, quieres decir, y dejémonos de eufemismos estúpidos.

ALTER.- Solo quería ser cortés.

EGO.- Hay cortesías que ofenden, porque parece que quieren rebajar la inteligencia del destinatario.

ALTER.- Te veo muy susceptible, quizá es que el tema…

EGO.- No, no es el tema. Y estoy dispuesto a entrar en él siempre que no nos deslicemos por territorios muy personales o íntimos. Recuerda que el objeto de estos diálogos no es mi persona.

ALTER.- Vale, pues despersonalicemos… en lo posible. A ver, ¿cuáles son las principales diferencias que un hombre de tu edad puede encontrar entre la época actual y la de su adolescencia y juventud, años 50 y 60 del siglo pasado?

EGO.- Gracias por el esfuerzo. Para empezar he de comunicarte que un hombre de mi edad, así, en abstracto, no existe. En todo caso será un hombre de mi edad de este país, o del otro, de esta clase social, o de la otra, de este ambiente, o del otro, de esta educación, o de la otra, de esta…

ALTER.- Vale, vale. Entendido. Reconduciré la pregunta. ¿Cuáles son las principales diferencias que un hombre de tu edad, de Barcelona (Cataluña, España, Europa), de tu misma clase social, educación, ambiente, etc… puede encontrar entre la época actual y la de su adolescencia y juventud?

EGO.-  Pues mira, lo primero que se me ocurre es una palabra: libertad.

ALTER.- ¿No había libertad entonces? Ah, claro, el franquismo…

EGO.- No había libertad política: ni partidos, ni sindicatos, ni libre expresión de ideas, ni uso público de la lengua propia si no era la única oficial; ni tampoco la otra libertad, la social o de costumbres, quiero decir. Piensa que, al menos en la clase media y alta – más en la media – quien no iba a misa los domingos era mirado como un apestado, y también quienes manifestaban ideas diferentes de las autorizadas, y no digamos ya quienes llevaban una conducta no canónica: piensa que una pareja no casada en el vecindario – formada por hombre y mujer, por supuesto –  era un auténtico escándalo. 

ALTER.- Parece increíble, en pleno siglo XX. Y sin embargo a veces oigo decir que ahora hay menos libertad que con Franco. 

EGO.- Yo también lo oigo decir, pero está claro que quienes dicen eso o les falta memoria o les sobra mala intención. Porque vamos a ver, ¿a qué libertades se refieren? No a las que acabo de aludir, por supuesto. Porque en ese caso lo que les faltaría sería información o simplemente, cabeza. Se refieren, por ejemplo, a la libertad de tomar bebidas alcohólicas en cualquier situación, incluso cuando se ha de conducir un vehículo, o de no adoptar medidas profilácticas en caso de epidemia, supongo que pensando que, si las toman todos los demás, ellos ya están seguros, o de no de someterse a los trámites y molestias que la seguridad general exige. Es decir, se refieren a unas «libertades» que nada tienen que ver con el bien común de las personas, y mucho con el egoísmo más primario.

ALTER.- Está claro. ¿Y siempre fue así? ¿Nada cambió, de ese triste escenario que has descrito, hasta la muerte de Franco? Qué mundo tan siniestro.

EGO. – Nada es siempre así. Incluso las posiciones más firmes evolucionan. La derrota de los estados fascistas en 1945, y la necesidad del régimen de Franco de congraciarse con los vencedores, principalmente con Estados Unidos, a quienes se ofreció como acreditado defensor de los valores de Occidente frente al comunismo soviético, determinó un ligero cambio del decorado político. Pero, de hecho, todo siguió igual. Hubo que esperar al empuje de cierto desarrollo económico para que las cosas empezaran a cambiar realmente.

ALTER.- En los años sesenta ¿no?

EGO.- Sí, a principios de los sesenta, la nueva política económica aplicada por el gobierno, empezó a dar sus frutos. La economía dio un empuje considerable, se industrializó en parte el país, hubo un trasvase de población rural a las zonas industriales y también de trabajadores a la Europa desarrollada. Todo esto, junto con la llegada masiva de turistas que, por aquellos años se inició, provocó unos cambios de costumbres y de mentalidad. Pero la vida política seguía encorsetada, si bien aparecieron los primeros sindicatos de trabajadores (clandestinos), se produjeron las primeras huelgas, rápidamente reprimidas, y en las universidades ya se hablaba claramente de dictadura y de la necesidad de seguir la vía democrática, cuando no la marxista, opción ésta que cada vez ganaba más peso entre los estudiantes politizados. El gobierno, por su parte, introdujo una reforma  para dar un aspecto de democratización en el campo de la libertad de expresión: en 1966 la «ley Fraga» suprimió la censura previa en los medios impresos… a cambio de convertir a los propios periodistas, escritores, directores de medios, en autocensores. Es decir, que sustituyó la tijera previa por el palo posterior si el texto lesionaba cualquiera de las numerosas leyes represivas de la dictadura.

ALTER. – Ante este panorama, imagino que de vida intelectual y artística, nada de nada.

EGO.- En efecto, en los años inmediatamente posteriores a la guerra civil, nada de nada. La instauración del nuevo régimen político supuso la muerte traumática de la gran floración artística y, en menor grado, intelectual que se había producido en España en las décadas anteriores, en literatura y en otras artes, pero sobre todo en poesía. Los mejores creadores del país fueron silenciados, forzados al exilio o víctimas de algo peor. Baste recordar el triste destino de figuras como Antonio Machado, Miguel Hernández o García Lorca, éste en plena guerra, como representantes de los muchísimos creadores libres, derribados por la tragedia. Y la cosa no empezó a cambiar un poco hasta finales de los cincuenta.

ALTER. – Pero creo que Cela ya publicó en los cuarenta.

EGO. – Sí, en los cuarenta hubo algunos despuntes de buena literatura. La familia de Pascual Duarte se publicó en 1942 y Nada, de Carmen Laforet, en 1945. La lectura de la primera, años después de su publicación, me impactó por la viveza de sus imágenes sobre todo. Recuerdo, hacia el principio: Era un pueblo caliente y soleado,… con las casas pintadas tan blancas, que aún me duele la vista al recordarlas. La novela Nada, de lectura más reciente, me encantó. Toda la obra, por triste y trágica que aparezca, está impregnada de la mirada serena y poética de la autora. Es una novela con magia, cosa que muy pocos novelistas españoles saben conseguir. En este aspecto, recuerdo la maravillosa Crónica del Alba, de Sender, uno de tantos escritores que tuvieron que exiliarse. 

ALTER.- ¿No fue por entonces cuando se puso de moda el realismo social?

EGO. – Fue en la mitad de la década de los cincuenta, cuando Sánchez Ferlosio publicó El Jarama, intento de trasposición de la realidad viva al papel muerto que, para mí, no tiene ningún interés. Igual que Tiempo de silencio, de Martín Santos, en 1962, donde se añade algo de experimentación joyciana. Y en esa doble línea siguió la novela hasta finales de los sesenta, cuando unos escritores jóvenes, desacomplejados e imaginativos le dieron un vuelco, como Terenci Moix, quien también escribió en catalán, novelista tan sobrevalorado entonces como quizá justamente olvidado hoy.

ALTER.- Y, por cierto, a la literatura en catalán aún le iría peor ¿no?

EGO.- Por supuesto, a los vetos puramente ideológicos se sumaba la prohibición de la misma lengua. La prohibición absoluta de publicar en catalán, decretada en plena guerra, se alargó durante una década, hasta el 51, si bien los impedimentos y cortapisas se mantuvieron hasta entrados los sesenta, aunque solo fuese a través de la censura. De 1962 es La plaça del Diamant, magnífica novela de Mercè Rodoreda y…

ALTER.- Y bueno, todo eso está muy bien. Me parece un resumen bastante logrado, aunque muy apresurado, de la historia de aquellas dos décadas. Pero creo recordar que no se trataba de eso.

EGO.- Ah ¿no?

ALTER.- No. Se trataba de que te pronunciases sobre las diferencias que a tu edad, perdón, a la edad de un hombre de tu edad, condición, país, etcétera, se advierten entre aquellas dos décadas y el tiempo presente. O, dicho de otra manera, ¿qué opinas de aquello de que todo tiempo pasado fue mejor?

EGO.- Opino que ése es un tema que merece un capítulo especial. Así que lo mejor será dejarlo para otro día.

ALTER. – Nunca se sabe si habrá otro día.

EGO. – Cierto. Y no solo en mi caso, dada mi edad, que es seguramente en lo que estabas pensando, sino también en el tuyo. ¿Sabes qué opinaba Cicerón sobre el tema?

ALTER.- No, pero seguro que algo muy profundo.

EGO.- Decía que nadie es tan viejo que no pueda vivir un año más, ni tan joven que no pueda morir la misma tarde.

ALTER.- Entendido, maestro.

(De ALTER, EGO Y EL PLAN)

    

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Ramón J. Sender y Carmen Laforet se escriben

Sender a Laforet:

Conserve siempre ese dominio de la realidad, esa visión directa, sencilla y asombrosamente humilde – es la humildad la que hace el milagro -de su Nada que releo y admiro.

(5 octubre 1947)

                                                                                …

Laforet a Sender:

llevo conmigo la Crónica del Alba y no creo que haya habido una novela más hermosa, más llena de pureza y de encanto y de fuerza en toda la literatura de la posguerra.

(octubre de 1965)

                                                                                  …

Sender a Laforet:

Hasta en Nada hay felicidad. Hay una dulce conformidad con la desgracia que solo se le puede ocurrir a una muchacha armoniosa y rebosante de gracias – y de talento (y no diga que son piropos). En eso de decir la verdad soy muy baturro.

(29 enero 1966)

                                                                            …

Sender a Laforet:

Nada es la primera obra maestra realmente femenina que hay en nuestras letras. La Pardo Bazán y otras a veces están bien, pero todas quieren ser grandes hombres.

Dicen que no hay tiempo, pero el poco que tiene la gente lo dedica a envenenarse la vida.

(4 marzo 1966)

                                                                           …

Laforet a Sender:

No se asombre usted de las malas interpretaciones españolas sobre la obra, las intenciones y hasta la vida de uno. Usted se ha olvidado que vivimos siempre en pequeños reinos de Taifas, y que una persona que no está declaradamente en ninguno de estos reinos belicosos, a la fuerza se la considera como enemiga de todos. O tonta, o malvada, o lo que sea.

(6 mayo 1966)

                                                                               …

Sender a Laforet:

Y como le dije es la primera mujer que escribe sin tratar de imitarnos ni de disfrazarse de “gran hombre”, que es lo que suelen hacer por ahí (Simone de Beauvoir y otros excesos).

(27 mayo 1966)

                                                                                    …

Laforet a Sender:

La literatura la inventó el varón y seguimos empleando el mismo enfoque para las cosas. Yo quisiera intentar una traición para dar algo de ese secreto, para que poco a poco vaya dejando de existir esa fuerza de dominio, y hombres y mujeres nos entendamos mejor, sin sometimientos, ni aparentes ni reales, de unos a otros…tiene que llover mucho para eso. Pero, ¿verdad que usted está de acuerdo, en que lo verdaderamente femenino en la situación humana las mujeres no lo hemos dicho, y cuando lo hemos intentado ha sido con lenguaje prestado, que resultaba falso por muy sinceras que quisiéramos ser?

(10 febrero 1967)

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CARMEN LAFORET. Nada y los demonios II

Carmen Laforet nace en Barcelona en 1921. Antes de cumplir dos años, la familia se traslada a la isla de Gran Canaria, donde el padre, arquitecto, ha sido contratado como profesor de la Escuela de Peritaje Industrial.

La madre cuida amorosamente de la familia – a Carmen le siguen otros dos hijos – mientras el padre se dedica al trabajo y a alternar con la buena sociedad de la isla, además de a alguna que otra relación extra matrimonial. A los diez años Carmen inicia el estudio del bachillerato en la escuela pública, donde conoce a la primera de las varias mujeres que influyeron decisivamente en su vida: la profesora Consuelo Burell, que le abre al mundo de la literatura y del arte en general.

La infancia y los primeros años de la adolescencia son tiempos felices, siempre en contacto con la naturaleza de la isla en sus paseos solitarios y baños en el mar, más tarde en compañía del joven Ricardo Lezcano, su primer “novio”. Pero aquella felicidad sencilla se rompe pronto.

La madre, a la que Carmen se siente muy unida, muere a los 33 años, cuando ella tiene trece. Al poco tiempo el padre se casa con otra mujer, con la que al parecer ya tenía relaciones, la cual se apresura a borrar cualquier recuerdo o huella de la anterior esposa. Esto llena de amargura a la adolescente Carmen, quien además contempla atónita cómo los cuentos infantiles tienen razón, pues aquella mujer,

a pesar de todas mis resistencias a creer en los cuentos de hadas, me confirmó su veracidad, comportándose como las madrastras de esos cuentos. De ella aprendí que la fantasía siempre es pobre comparada con la realidad.

Profundamente decepcionada por la conducta del padre, Carmen llega a un acuerdo con él: a finales de 1939 marcha a Barcelona a estudiar Filosofía y Letras. Allá, en el viejo piso de la calle Aribau, donde había nacido y cuyo recuerdo había recuperado en una breve visita con toda la familia a la edad de nueve años, vive parte de los tres cursos que dura su estancia en compañía de unos familiares, en un ambiente quizá no tan deprimente como el descrito en su primera novela, que ella siempre alegará como de absoluta ficción en cuanto a los personajes.

En 1942, alentada por la amiga Linka (la Ena de Nada), se traslada a Madrid. Inicia la carrera de Derecho, que tampoco terminará, y se enfrasca en la redacción de la obra que bullía en su mente desde que dejara Barcelona. Concluída, intenta su publicación. El manuscrito llega, entre otros, al periodista y editor Manuel Cerezales, católico más o menos liberal, que dirige la editorial Novelas y Cuentos. Queda fascinado. Aunque entiende que no encaja en su propia editorial, propone presentarla al recién creado Premio Nadal.

Éxito absoluto y sorprendente. La novela Nada, de la joven desconocida Carmen Laforet, obtiene el Premio Nadal, al ser finalmente preferida por el jurado incluso por delante de obras de algunos escritores influyentes, como César González Ruano, periodista famoso, viejo militante de Falange Española, sector cínico.

Pero el éxito, cuando no es fruto de un largo proceso de maduración personal, suele tener consecuencias indeseables. Cierto que nadie se atreve a negarle talento a la autora, y algunas reacciones son entusiastas, y halagadoras viniendo de quienes vienen: Juan Ramón Jiménez, Azorín, Ramón J. Sender. Pero al mismo tiempo surgen reticencias. ¿Habrá tenido alguna ayuda?¿Se ha limitado el papel de Cerezales a simple presentador de la obra? Y sobre todo, ¿qué está preparando ahora? ¿Para cuándo la próxima novela?

Para cuándo la próxima novela. Esta es la cuestión que le amargará toda la vida, incluso cada vez que llega a escribir y publicar alguna. Y no falta el gracioso de turno, en forma de escritor más o menos consagrado, con su hiriente sarcasmo: Después de Nada, nada.

Pero, de momento, la vida parece muy bien encaminada. Al año siguiente de obtener el premio se casa con Manuel Cerezales. Tiene cinco hijos y ningún disgusto relacionado con ellos, lo cual no es mucho, sino muchísimo. Otra cosa es la relación matrimonial, que al parecer se va deteriorando poco a poco – más que nada por el irreprimible deseo de libertad de ella – hasta la ruptura final en 1970.

Y la nueva preocupación parece tener un respiro. En 1952 se publica La isla y los demonios. Pero, resulta que la novela confirma en sus sospechas a los suspicaces: no está a la altura en absoluto de Nada; se trata de una novela «regionalista» . De hecho, está ambientada en la isla canaria donde la protagonista, adolescente, vive su ansia de libertad y sus sueños en plena naturaleza, sin que falte la figura de los parientes conflictivos. Nada que valga la pena, según sabios críticos, aunque otros, más sabios que críticos, como el hispanista Gerald Brenan y el escritor Ramón Sender, la encuentran llena de cualidades. Al mismo tiempo, y hasta el final de su vida activa, escribe relatos, y artículos para varias publicaciones, principalmente Destino y ABC.

En 1951 se inicia su relación con Lilí Álvarez, famosa tenista, que la lleva por el camino de la conversión hacia el catolicismo más rancio. La experiencia da el fruto, poco brillante, de la novela La mujer nueva (1955), donde se relata un proceso de conversión de forma nada autobiográfica. La obra obtiene el Premio Menorca de novela y nada menos que el Premio Nacional de Literatura (1956), en agradecimiento (precipitado) a su ingreso en el nacionalcatolicismo oficial, lo que conlleva el obligado rechazo de la intelectualidad criptoizquierdista.

Liberada de la extraña influencia, vuelve a ser la misma niña de siempre, contemplativa, abierta a los encantos de la naturaleza y a la comprensión desprejuiciada de las formas cambiantes de la vida  humana. Y así, con esta nueva faz, que es la suya verdadera, pasa unas temporadas en Tánger, donde Cerezales dirige el diario España, y comparte tertulias y hasta un poco de vida bohemia con escritores como Paul Bowles, Hemingway, Truman Capote y otros.

En 1963 publica La insolación, que había de ser la primera novela de una trilogía que no se llegó a cumplir. Solo se publicó la segunda, Al volver la esquina, póstuma, en 2004. Con La insolación, que narra el despertar a la vida de tres adolescentes, recupera la autora parte del antiguo prestigio, aunque el milagro de Nada sigue quedando, lejos, en el recuerdo.

En 1965, invitada por el Departamento de Estado, recorre los Estados Unidos dando conferencias y teniendo encuentros con estudiantes en varias universidades. Conoce a Ramón J. Sender, con quien al regreso inicia una correspondencia que se extenderá durante una década y en la que se muestra la cálida amistad surgida entre los dos, acosados por sus respectivos demonios: el dolor del exilio y de la vejez en él; la creciente asfixia del perfeccionismo y la inseguridad como escritora en ella.

A finales de 1970 se produce la separación «amistosa» del marido y emprende una vida que puede calificarse de nómada. Cambia continuamente de residencia, en viviendas alquiladas, en casas de amigos, de hijos, tanto dentro como fuera de España, principalmente en París y en Roma, donde frecuenta a los escritores Alberti y María Teresa León y a los actores Rabal y Asunción Balaguer, que se convierten en sus consuegros.

Pero el soñado viaje hacia la luz va tomando cada vez más el aspecto de un viaje hacia las sombras. Tras nuevas visitas a universidades de Estados Unidos entre 1981 y 87, patrocinados por su nueva amiga Roberta Johnson, parece que la oscuridad crece. Arteriosclerosis cerebral, dictaminan. En 1988 llega la afasia y con ella la (aparente) separación del mundo. Hasta 1995 vive primero con su hija Cristina y después con su hijo Agustín. Finalmente, en diversos centros de salud. Muere en  Madrid en 2004.

Una mujer tan excepcional, ¿qué nos ha dejado? Nada, diría ella. Nada, dirá la literatura universal. Cierto, y a quien lo ponga en duda, al incrédulo yo le diría «toma y lee»:

Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado y no me esperaba nadie.

Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba la gran estación de Francia y los grupos que se formaban entre las personas que estaban aguardando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso. El olor especial…

 (De ESCRITORAS)

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