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Yo soy descendiente de Julio César (fantasía de un niño romanizado)

En 1952 tenía doce años. Estudiaba el segundo curso del bachillerato de entonces en un colegio de los Hermanos Maristas. Me interesaban más las letras (literatura, historia) que lo otro. Y, dentro de la historia, la de Roma. Recuerdo que me aprendí de memoria, al pie de la letra, las páginas que el libro de texto “Historia Universal”, de Editorial Luis Vives, dedicaba a la historia de Roma. Y no solo para contestar como era debido a las preguntas del profesor, que también, sino porque de alguna manera me fascinaban.

El colegio tenía que ver con esa fascinación, sin duda. Los Hermanos eran antiguos romanos sin saberlo. Y en eso se mostraban como muy buenos católicos, pues es sabido que la Iglesia Católica es la continuación del Imperio romano por otros medios. Seguían aplicando aquel recurso o juego pedagógico, creo que inventado por los jesuitas, que consistía en dividir la clase en dos mitades, Romanos y Cartagineses, y establecer entre ellas una contienda a base de preguntas, que los de un bando lanzaban a los del otro, sobre las materias estudiadas. Yo solía ser el jefe de los romanos.

Y de pronto, no recuerdo si a los mismos doce o un año o dos después, tuve la revelación. ¡Yo era descendiente de Julio César!

Deslumbrado por el descubrimiento, traté de establecer la vía. Es decir, de explicarme “científicamente” cómo pudo producirse el hecho.

Veamos. César era itálico, yo ibérico… mal asunto. Pero enseguida vi el posible punto de conexión: mi bisabuelo paterno era italiano. Cierto, pero de muy al sur de la península, con lo que la relación cesariana se mostraba bastante problemática. Había que buscar otra conexión más segura.

Investigué el resto de mi ascendencia paterna, pero nada que hacer. Todos eran aragoneses. Entonces dirigí la mirada a la materna – de apellido Abollado – y tampoco: eran todos originarios de Andalucía (Sevilla y Cádiz).

No tuve más remedio que abandonar. En parte. Quiero decir que me quedé con la creencia, pero sin la ciencia. Después de todo, que yo fuera descendiente de Julio César era cuestión de fe.

Con los años, el niño fue creciendo, como suele suceder, y se fue olvidando de sus delirios infantiles, incluido el de César. Y luego fue creciendo el joven y el hombre maduro, arrastrando en todas las etapas, por cierto, la extraña manía de escribir.

Cuando cumplía cincuenta años me hallaba enfrascado en la creación de Lesbia mía, novela sobre Catulo, poeta romano que vivió en el siglo I a.C., precisamente en los años de la irresistible ascensión de Julio César. En una de las cartas de que está compuesta la obra, uno de los amigos del poeta, anticesariano visceral, comenta las maldades y torcidas intenciones del famoso político. Y cuando le toca tratar de su relación con el notable gaditano Lucio Cornelio Balbo… ¡tuve una inspiración!

Es sabido que Julio César fue un gran conquistador no solo en lo militar. Y sin distinción de sexo. Era “el hombre de todas las mujeres y la mujer de todos lo hombres”, como cáusticamente le había calificado un contemporáneo suyo. Pues bien, en determinado momento del relato, abusando de mi posición de creador todopoderoso, hago escribir al autor de la carta: “Dicen incluso, y esto sí pertenece a la esfera del estricto rumor, que su más íntima amistad era la esposa de su también íntimo amigo Lucio Cornelio Balbo.” O sea que César tiene una relación con la mujer de Balbo, de la que nace un hijo, el cual, por supuesto, llevará el apellido del marido de la madre: Balbo.

¿Y qué?, preguntará el lector paciente, si es que ha llegado hasta aquí. ¿Y qué? Pues que Balbo es el origen etimológico de Abollado, apellido de mi abuelo materno nacido en Sanlúcar de Barrameda, a pocos kilómetros de Cádiz. Y no se diga que estas palabras son demasiado distintas entre sí, pues cosas más raras se han visto en el mundo etimológico, como que caput vaya a dar en cabeza, o Caesar Augusta en Zaragoza, o Palatium en Pacheco, por poner unos ejemplos.

Y ahora me gustaría ofrecer mi hallazgo a aquel niño de doce o trece años que tuvo la genial intuición. Pero ocurre que, a estas alturas, es difícil dar con él.

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