Paciano, obispo de Barcino

[Breve semblanza que ofrece Paulino en la novela La ciudad y el reino, y que atribuye a Emiliano, nieto del obispo]

¡Cuánto me hubiese gustado volver a encontrarme con el viejo Paciano! Cuando llegué hacía pocos meses que había fallecido. Emiliano me cuenta cosas de su abuelo paterno, su abuelo-obispo, al que amaba más que a su propio padre. Yo le conocí poco, con ocasión de mi anterior estancia en la ciudad. Pero recuerdo que su personalidad paternal y bondadosa me impresionó desde el primer momento. Por eso me encanta oír de labios del nieto anécdotas del abuelo.

Dice Emiliano que Paciano, que no había nacido cristiano, se pasó la vida haciendo equilibrios entre el amor a Cristo y el amor a las letras. Ya de obispo, los sermones dirigidos al pueblo, que luego publicaba, tenían un aire claramente ciceroniano. En cierta ocasión, dispuesto a erradicar las viejas costumbres y celebraciones ligadas al culto de los antiguos dioses, publicó un sermón contra las fiestas que se suelen celebrar a principios de año, en las cuales la gente se disfraza de ciervo y de otros animales y se dedica a toda clase de excesos (lo que llaman «hacer el ciervo»).

Un sermón tan bien construido, unas descripciones tan bellamente conseguidas, que no tardaron en verse los efectos: las fiestas siguientes tuvieron más éxito que nunca. Ya te puedes imaginar al pobre Paciano lamentándose amargamente: «Parece que nadie sabía hacer bien el ciervo hasta que yo lo enseñé». Por desgracia, el sermón ha desaparecido. Emiliano supone que el mismo Paciano hizo buscar y destruir todos los ejemplares, como si se tratase del libelo de un enemigo satánico de la fe.

Pero sí he podido leer otros escritos. Un sermón, por ejemplo, en el que reprocha a los fieles que se pasen la vida «traficando, comprando, robando». Y no sé si habrá ocurrido lo mismo que con lo del ciervo, porque he observado que esas aficiones no han disminuido entre los barcinonenses. O la copia de una carta dirigida a un miembro de la secta novaciana, de una elegancia y delicadeza tales que debiera servir de ejemplo a tanto polemista cristiano que olvida la virtud principal, que es la caridad.
(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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