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Cristo se detuvo en la trentena

Toda vida humana es un modelo; un ejemplo colgado en un muro para que veamos y aprendamos. En la mayoría de los casos el modelo no se ha propuesto serlo conscientemente, pero en otros muchos, sí.

El modelo consciente, por llamarle de alguna manera, se ofrece a quien se le acerca como diciendo ¿Ves ? Yo hice esto por esas razones en vista a un fin; si aprendes de mí, si llevas una vida como la que yo he llevado, alcanzarás tus objetivos, incluidos los básicos e inconscientes: ser sabio y feliz.

Una vida como la que yo he llevado.

Para proponer la propia vida como ejemplo de conducta hay un requisito imprescindible: que esa vida en realidad haya existido y haya tenido la consistencia suficiente. Esto, que parece una exigencia sin sentido, superflua, es en realidad lo que posibilita todo.Poco podemos aprender de un bebé de unos meses. En cambio, Mahoma vivió 62 años; Confucio, 72; Buda 80. Son cantidades de años respetables. Cristo vivió 33 años.

¿Como dices? 

Digo que Cristo vivió 33 años. O quizá tres menos. Y es que los sistemas de medición del tiempo no eran muy precisos entonces, como tampoco el rigor de los estudios históricos. Esto dejando aparte el hecho evidente de que el personaje en cuestión más aparenta pertenecer al mundo de la mitología que al de la ciencia puramente histórica. Y ello sin ánimo de molestar a nadie.

Cristo, también llamado Jesús, o Jesucristo, fue uno de los grandes reformadores religiosos. Quizá sin proponérselo. Digo esto porque, de la lectura de los textos más o menos contemporaneos que de él tratan, no se desprende que el personaje pretendiese la creación de una estructura  religiosa diferente de la entonces vigente, más bien parece que solo trata de profundizar ciertos aspectos, dejando limpias de polvo y paja las avenidas del alma.

una imagen moderna

¿Y qué hizo, a qué se dedicó nuestro personaje hasta alcanzar los 30 o 33 años, edad en la que se dio a conocer con sus raros mensajes y su personalidad magnética? Los evangelios llamados canónicos (reconocidos por la Iglesia) no lo mencionan. Algunos de los textos no reconocidos (apócrifos), sí, aunque vagamente en todo caso, apuntando que debería de trabajar en la carpintería del padre.

¿Estudios? No se sabe. ¿Actividades, viajes? Se desconoce. Todo parece indicar que nos hallamos ante un muchachote de treinta años que se pasa la vida cómodamente embutido en la pequeña familia que Dios le ha dado, echando una mano en los trabajos de carpintería del maestro-padre como gesto de buena voluntad.

Quizá para contradecir esta imagen tan moderna y tan poco favorecedora de nuestro héroe el evangelista de turno da a conocer un hecho singular: a sus doce años, el niño desaparece unos días y, cuando reaparece, se sabe que ha estado discutiendo con sabios y escribas diversos aspectos de las Escrituras.

¿Dónde había adquirido los conocimientos pertinentes? Y no me refiero ya al niño de doce años, sino al hombre de treinta que aparece de repente, con todas sus cualidades y poderes hasta entonces desconocidos, para asombro de parientes y vecinos. Porque desde el primer momento, desde el mismo instante en que empieza a hablar y a actuar en público, queda claro que un poder extraño, de origen forzosamente divino o diabólico, alienta en el muchacho.

 san Lucas 4, 16        

En aquel tiempo fue Jesús a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.

Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.

Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: ¿No es éste el hijo de José?

Él les dijo: Seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria. Y añadió: En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.

Oyendo estas cosas (que la patriotetría y la xenofobia judías no podían soportar) todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.    

Este es quizá el único ejemplo claro, que se recoge en los Evangelios, del momento de transición del Jesús como vecino corriente y en cierto modo desconocido, al Jesús de poderes especiales, a quien obedecen demonios y enfermedades.

Ha alcanzado la trentena. Es momento de actuar.

un héroe humano

Pero la actuación no será larga. El guión ya está escrito. Al menos eso es lo que cree el actor Jesús, obstinado en seguirlo meticulosamente no obstante las lágrimas, el sudor y la sangre que sabe que le reportará su cumplimiento.

Una de las notas que caracteriza al profeta Jesús y lo distingue de la mayoría de los otros profetas es su humanidad, su sencillez, actitud nada acorde, por otra parte, con la idea que él mismo tiene de su persona y de su misión. Y aquí entramos en un terreno resbaladizo, imposible de recorrer con seguridad,  reacio a cualquier forma de intepretación segura no obstante los esfuerzos y fantasías de teólogos e iluminados.

¿Cuál era la idea que Jesús tenía de su persona y de su misión? ¿Qué significado tenía la expresión Hijo del Hombre que él mismo se atribuía? ¿Se consideraba hijo de Dios en el sentido que puede considerarse un creyente cualquiera? ¿O más bien proclamaba que era hijo único del mismo padre y Dios que le había encomendado una misión sagrada? ¡Qué extrañas suenan las siguientes palabras, pronunciadas por el Dios-Hijo, dirigidas al Dios-Padre, suplicando misericordia dentro de la misma unidad divina! Arte mural religioso cristiano / Jesús orando en el huerto de Getsemaní / Arte mural católico / Pintura de Semana Santa / Arte bíblico imagen 1

y comenzó a afligirse y a sentir angustia. Y les dice: —Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad. Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, a ser posible,se alejase de él aquella hora.  Decía: —¡Abbá, Padre! Todo te es posible, aparta de mí este cáliz; pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú!

la sociedad

Y ya podemos apartarnos del territorio turbio de los enigmas religioso-metafísicos, que nuestro héroe no perderá nada de su atractivo. Basta con considerar su actitud ante las mujeres, los desclasados, los gentiles (extranjeros, no judíos) y los poderosos de su misma patria.

Un sector de los poderosos de su misma patria lo constituían los Fariseos, siempre atentos al cumplimiento de la letra de la ley y ajenos por completo a su espíritu. Si no fuese porque Cristo era extraño a este sentimiento, podría decirse que los fariseos constituían la única clase de gente que él era capaz de odiar:  «hipócritas», «sepulcros blanqueados»…, así los increpaba en público, acumulando méritos para el final previsible.

En las antípodas de los fariseos estaban los publicanos, gente despreciada y quizá despreciable, que había vendido su alma política para enriquecerse colaborando en la recaudación de los impuestos debidos (?) a los romanos. Para el judío normal, publicano y pecador venían a ser lo mismo. Y sin embargo Cristo no los rehuyó, sino que, al contrario, los trató y en ocasiones comió y bebió con ellos. (Dato a tener en cuenta: Cristo bebía vino, con lo que queda desautorizado el rigorismo abstemio de cierto cristianismo nórdico). E incluso reclutó a alguno, como Mateo, para su causa.

Los gentiles (extranjeros, herejes)  constituían otro grupo cordialmente odiado por el judío de bien, como se ve en el fragmento del evangelio de Lucas, antes transcrito, y no obstante Jesús no se cansaba de proponerlos como posibles beneficiarios del Reino de los Cielos que los judíos, al no reconocerlo, rechazaban de hecho.   

Y, cómo no, las mujeres.

Jesús trataba a las mujeres igual que a los hombres, como a seres capaces de tener ideas y sentimientos al mismo nivel que estos, por lo menos. Los ejemplos son muchos y variados. Libra a la mujer adúltera de ser apedreada (nadie está en condiciones morales de tirar la primera piedra); debate con la mujer del pozo (no judía, para mayor inri) como de igual a igual hasta traerla a su terreno; se deja acompañar por grupos de mujeres fascinadas por el mensaje y por la personalidad del mensajero, sin que se sepa la razón de que ninguna figure en el grupo de los doce (quizá debíeramos vivir en la Judea del siglo I para descifrar las razón exacta); son las primeras testigos y anunciadoras de la resurrección del Maestro…

Bien,  esos son datos materiales, pero hay algo más. Algo que el observador, el lector mínimamente sensible, captará enseguida en el relato evangélico de la amistad entre Jesús y Marta y María, las hermanas del Lázaro resucitado.

Y es que no solo se trata de amistad. Y tampoco sé si sería apropiado llamarlo amor.

Es una corriente de naturaleza profundamente humana que va y viene entre los tres y que, creo yo, tiene mucho que ver con la salvación del mundo.

CONTINUARÁ  (O NO)

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Pero ¿quién está al frente de todo esto? IV

Para cerrar este rápido repaso de las respuestas que se pueden proponer a la pregunta ¿hay alguien o algún poder oculto que en realidad dirige el mundo al margen de los oficiales? me detendré en un caso curioso. Se trata de una asociación internacional de ricos y poderosos que anualmente se reúnen al margen de la prensa y de cualquier tipo de publicidad dicen que para evaluar la situación internacional, entre exclamaciones – se supone – del tipo ¡hay que ver cómo está el servicio!

Club Bilderberg 

El Club Bilderberg fue fundado en 1954 en los Países Bajos por un político polaco exiliado, preocupado por el antiamericanismo emergente en Europa, reuniendo a líderes europeos y norteamericanos. Enseguida contó en el apoyo de personalidades destacadas, como el millonario David Rockefeller, el príncipe holandés Bernardo y el primer ministro belga van Zeeland.

Está formado, desde su fundación, por unas 130 personas destacadas en la política, la economía o los medios públicos, mediante invitación personal a cada una de las reuniones que se celebran anualmente: políticos, banqueros, financieros, miembros de la realeza, dueños de los medios de comunicación (todos ellos del máximo nivel, por supuesto). Y desde su fundación estuvo clarísima su alineación en el  bando anticomunista de la guerra fría, pues en palabras de uno de sus líderes, su misión consiste en hacer un nudo alrededor de una línea política común entre Estados Unidos y Europa en oposición a Rusia y el comunismo. En efecto, literatura de guerra fría.

Para cierto sociólogo de prestigio, el Club Bilderberg consiste en un medio para discutir ideas, conseguir consenso y conseguir cohesión social dentro de la élite. Pero para gran parte de la izquierda se trata del mal absoluto, del poder en la sombra que pretende dominar el mundo. Gran confusión. Acerquémonos a algunos datos concretos a ver si así conseguimos despejar el panorama.

En la última reunión del Club, que tuvo lugar en Madrid entre el 30 de mayo y el 2 de junio de 2024, participaron diez personajes españoles, entre ellos varios ministros, una banquera y la presidenta de Europacific Partners (Coca-Cola). Y uno no puede menos que preguntarse si una cosa tan volátil como los ministros de una pequeña democracia o tan gaseosa como la Coca-Cola podrán aportar algo sólido (sea bueno o malo) al futuro de la humanidad. O sea, que desde cierto punto de vista todo tiene el aspecto de ser una mascarada destinada a encandilar o atemorizar al personal, un capricho de cuatro grandes que se creen, eso sí, los amos del mundo.

conclusiones

No es que todo tiempo pasado sea mejor, pero es verdad que hubo un tiempo en el que los campos y sus áreas estaban casi perfectamente delimitados; un tiempo en el que se sabía dónde estaba el bien y dónde el mal; un tiempo en el que las fuerzas del bien – seguras de su triunfo final – plantaban cara a las fuerzas del mal; un tiempo en que los amantes de la luz  defendían el progreso, que no era entonces un palabra o un concepto ridículo, sino la tarea obligada y gozosa de la juventud de cualquier edad.

Pero aquel tiempo ya no existe. Hemos visto demasiados retrocesos irreparables; hemos visto a demasiados hombres respetables reírse de la razón y del progreso. Hemos asistido a los fracasos de los intentos de ordenar racionalmente el mundo, siempre derrotados por la avaricia del poder y del dinero. Incluso, recientemente, hemos asistido a la elevación al mando de la primera potencia mundial de un delincuente común (nada raro, cuando un asesino inconfeso se mantiene largos años al frente de otra gran potencia).

Ante este desorden general ¿puede decirse que existe algún poder o grupo humano capaz de dirigir en la sombra, o a plena luz, la marcha de la humanidad hacia donde fuere? Yo no lo creo, francamente.

Por todo ello, no veo otra opción que adscribirme a la teoría de que es el anarco-egoísmo lo que dirige el mundo, es decir, lo que le conduce a un  confuso e impredecible final.

Y que lo demás son pamplinas.

(A no ser que un poder trascendente sepa lo que se trae entre manos).

FIN DE LA SERIE, que empieza aquí

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Pero ¿quién está al frente de todo esto? III


El hecho de que el ser humano sea un ente racional no siempre es bueno para él. 

Ante todo ha de quedar claro que la razón no es una verdad, ni un conjunto de verdades; es un método, un procedimiento para tratar la realidad.

Pero a veces la realidad es oscura, opaca, aparentemente intratable e inexplicable. 

la mentalidad conspiranoica

Y cuando ese ser dotado de razón topa con una realidad oscura u opaca a veces no se resigna, no admite que algo esencial para la humanidad pueda permanecer oculto o inescrutable para esa misma humanidad provista de razón. Y entonces, en vez de reconocer sus limitaciones, imita los pasos de la razón sobre los datos que él mismo elige hasta llegar a conclusiones a menudo originales y siempre fantásticas. Rechaza las explicaciones acerca de los límites que le ofrecen desde instancias más sensatas y construye sus propias explicaciones, con frecuencia insensatas.

Para este tipo de personas el mundo entero es un engaño. No en el sentido filosófico-metafísico de que solo es apariencia de una realidad oculta, sino en el más pedestre de que todo está urdido por ciertas personas o grupos en la sombra, que las autoridades oficiales desconocen pero a las que, en todo caso, obedecen sigilosamente. Nada es lo que parece ni para lo que parece; todo es fruto de una gran conspiración, que se muestra bajo aspectos y formas infinitas para confusión y sometimiento de la humanidad ignorante.

Esta es básicamente la actitud del llamado «conspiranoico». Este es el clima mental que alimenta su convicción de que todo lo «oficial» es mentira, de que la verdad consiste en que unos grupos, a veces sin nombre conocido, a veces con nombres históricos que ya parecen de leyenda (masones, illuminati, judíos), trabajan en la sombra para alcanzar sus propios fines.

la conspiración existe

Pero lo triste del caso es que esa actitud del conspiranoico se basa en algo real: la conspiración existe. Solo que no es como la pintan. Hay unas fuerzas paralelas al mundo oficial y legal, que pugnan desde la sombra (o desde donde sea) por imponer su voluntad y alcanzar sus objetivos, puramente egoístas. El problema radica en que, para identificarlas y denunciarlas, se necesita estar dotado de unas características poco corrientes: visión clara, inteligencia aguda, carencia de prejuicios, mentalidad científica, carácter noble. Características que, sin duda, posee el lingüista, pensador y activista norteamericano de origen judío (¡vaya, por Dios!) Noam Chomsky.

En su obra Quién domina el mundo Chomsky parte de  la política de Estados Unidos desde 1945, es decir, desde que alcanzó el grado de primera potencia mundial, que nadie le ha arrebatado todavía. Y muy pronto llega a la primera y evidente conclusión: que Estados Unidos es la principal potencia terrorista del mundo. Basta seguir la relación de actos criminales – visibles e invisibles – que Chomsky nos recuerda para tener que aceptar afirmación tan tenebrosa. Pero no hay motivo para el escándalo: todas las grandes potencias, todos los imperios han actuado del mismo modo, en cuanto han podido.

Establecido que Estados Unidos es el primer poder que dirige o domina el mundo, habría ahora que dilucidar si hay algún poder que dirige Estados Unidos. Según su propaganda, el alma del país es la democracia, el progreso y la libertad para todos. Pero en la realidad no funciona exactamente así. Lo cierto es que existen una élites socio-económicas que han ido aislándose ante cualquier restricción que la democracia pudiera imponer, mientras que el grueso de la población es impulsada por diversos medios hacia el consumismo fácil, la apatía y el odio a los más vulnerables, al tiempo que a las grandes corporaciones y a los ricos se les permite todo.

Para decirlo con palabras literales de Chomsky no es posible entender de forma realista quién gobierna el mundo sin hacer caso de… los conglomerados multinacionales, las enormes instituciones financieras, los emporios comerciales y similares. Ellos, en la sombra o con descaro, de acuerdo con sus intereses imponen las medidas que dócilmente discuten los políticos y aplica el poder ejecutivo. Así, que mejor no pensar en lo que significan la paz y la guerra para la poderosísima industria del armamento, por ejemplo.

(CONTINÚA)

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Pero ¿quién está al frente de todo esto? II

el sionismo es un nacionalismo

Excepto en Rusia y en algún otro rincón del continente, a mediados del siglo XIX, las comunidades judías estaban bien asentadas en Europa. Nadie, especialmente de entre sus miembros más destacados, podía prever otro futuro que la perfecta asimilación de los judíos en sus estados respectivos, de manera que cualquier intento de modificación del status vigente era considerado, en especial por los miembros más prominentes de la sociedad judía, como una aventura peligrosa y fuera de la realidad.

Ello a pesar de que el antisemitismo permaneciese enquistado en el pueblo europeo y se manifestase de vez en cuando por brotes más o menos violentos. En este contexto se explica el rechazo que al principio recibió la propuesta de un joven periodista, llamado Theodor Herzl, dirigida a los miembros más influyentes de la sociedad judía.

Theodor Herzl

Herzl había nacido en Budapest, en 1860, en el seno de una familia judía ilustrada y acomodada. En 1878 la familia se trasladó a Viena, donde Theodor estudió derecho. Pero se dedicó principalmente a la literatura y al periodismo.

En 1891 viajó a París para cubrir el caso Dreyfus. Un oficial del ejército francés era juzgado y condenado por traición en un proceso por completo irregular: era judío. Theodor quedó asombrado, y espantado, por el estallido de furia antisemita que se produjo en las calles de París, y de toda Francia. Parece que fue aquel espectáculo, aquella reacción popular, lo que determinó en él el cambio de rumbo en la visión del problema judío: comprendió que, mientras existiese aquel antisemitismo visceral, la postura tradicional asimilacionista era inviable. 

Y empezó su campaña en pro de la creación de un estado para el pueblo judío, es decir en pro de la plasmación del ideal nacionalista romántico de «un estado para cada pueblo». Con la particularidad de que, de momento, no había territorio para aquel estado.

Infatigable propagandista, Herzl intentó incluso contactar con el sultán turco, bajo cuya soberanía estaban las tierras históricamente más adecuadas para albergar el nuevo estado de Israel, el Eretz, el territorio de Jerusalén. Pero su logro más real consistió en convertir la oposición o indiferencia  del judaísmo europeo al cambio del status vigente en entusiasmo y esperanza ante la posibilidad de un estado judío.

En efecto, en 1897 tuvo lugar el Primer Congreso Sionista en Basilea, del que Herzl fue nombrado presidente, cargo que ostentó hasta su muerte ocurrida en 1904. En el mismo Congreso se constituyó la Organización Sionista Mundial.

Los intentos por conseguir el territorio imprescindible para el nuevo estado incluían Asia y Sudamérica, pero, como parece natural, la localización más deseada fue siempre el mismo territorio del Israel bíblico, habitado entonces por población musulmana dentro del imperio otomano. En este sentido es de destacar la actuación de un miembro de una de las familias judías más ricas e influyentes de Europa, Edmond James de Rothschild, quien  se dedicó a comprar tierras por cuenta propia con vistas a las necesidades del inminente estado. Y a las que empezaron a emigrar, si bien pequeño número, judíos procedentes en su mayoría del este de Europa.

Las vicisitudes históricas de las décadas siguientes determinaron en gran medida el rumbo que fue tomando el movimiento sionista. La conmoción moral y política que supuso el Holocausto, a lo que se sumaron intereses estratégicos de algunas potencias, propiciaron la intervención activa de Gran Bretaña y Estados Unidos en la solución de las necesidades sionistas, concluyéndose finalmente con la creación del estado de Israel sobre tierras de la antigua Palestina, con evidente desprecio de sus moradores musulmanes, tan históricos como los hebreos.

Y ya tenemos cumplido el sueño de Theodor Herzl: la realidad de un estado nacional judío, con las notas – no sé si el ilustre periodista había pensado en ello – de prepotencia y ferocidad propias de todo nacionalismo. 

el sionismo como ficción

Como en el caso de la masonería -menos que en el caso de la masonería – no hay en el sionismo intención alguna de apoderarse del mundo. Se trata simplemente de la voluntad de edificar y consolidar un estado nacional como los existentes  en parte de Europa y América  desde hacía casi un siglo. Pero una cosa es la realidad y otra la ficción.

Y es que en 1902 apareció una publicación titulada Los Protocolos de los sabios de Sion en la que los supuestos «sabios» se inculpan de todas las intrigas y maldades cometidas por los judíos. Enseguida se descubrió que la obra era una falsificación realizada por la policía zarista para justificar  los progroms que sufrían los judíos. Tanto da. Los extremistas antisemitas desde entonces hasta ahora lo han tenido por auténtico o, en el colmo del cinismo, como en el caso de un alto jerarca nazi, han aceptado su falsedad factual pero afirmado su autenticidad en cuanto  reconocimiento del modo de ser y actuar de los judíos.

Para acabar:

El texto, considerado una farsa, afirma ser la transcripción de unas supuestas reuniones de los «sabios de Sion», en la que estos detallan los planes de una conspiración judeo-masónica, que consistía en el control de la masonería y de los movimientos comunistas, en todas las naciones de la Tierra, y que tendría como fin último hacerse con el poder mundial. (Fuente: wikipedia). 

Y es que, ante esto, francamente no vale la pena gastar una palabra más.  

(CONTINÚA)                                                               

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Pero ¿quién está al frente de todo esto? I

Desde que a cierto filósofo de la antigüedad le dio por decir que el hombre es un animal racional la humanidad no ha dejado de intentar demostrarlo o desmentirlo. Los que más empeño han puesto en el asunto han sido precisa y obviamente los filósofos: unos, admirados ante el orden y continuo progreso de la humanidad; otros, espantados ante el desorden y deterioro continuo de la humanidad.

El caso es que, ni siquiera ante la visión o inmersión en la realidad, unos y otros, optimistas y pesimistas, se ponen de acuerdo.

Más difícil, por supuesto, es que lleguen a un consenso, a una aproximación siquiera en cuanto a la solución del enigma que a continuación planteo:

El funcionamiento o desarrollo de la sociedad humana global, la sucesión de avatares que en la historia se produce ¿es obra de la actuación anárquica de los componentes de la misma sociedad, la cual con su actividad egoísta, produce el resultado que todos conocemos? ¿O existe un poder oculto que dirige la historia en cierto sentido, para alcanzar determinados fines? Y ese poder oculto, si es que existe, ¿es transcendente, con lo que entraríamos en el territorio de la religión, o inmanente, con lo que se abriría un campo magnífico a los elucubradores de todas clases?

Dejemos la religión aparte porque, por su propia naturaleza, todo lo que ella dice o afirma “va a misa”, con lo cual el ejercicio intelectual no tiene campo en el que desarrollarse y ni siquiera sentido.

anarco-egoísmo

Todo lo contrario ocurre con la opción que podríamos llamar anarco-egoísta, es decir, con la idea de que el mundo, la historia de la humanidad, se va configurando como resultado aleatorio de las acciones descoordinadas de sus actores. De manera que resulta ridícula o absurda la pretensión de encontrar un sentido a la historia humana, cuando ésta no es otra cosa que el resultado de la acción sin plan y sin sentido de los individuos y grupos que, ignorantes, la construyen y la padecen.

poder oculto inmanente

Por el contrario, la posibilidad de existencia de un poder oculto inmanente ofrece un amplio, amplísimo, abanico de oportunidades para desplegar toda la capacidad investigadora de historiadores, sociólogos y curiosos  en general. Y aunque los resultados son muy variados, todos tienen algo en común: la creencia de que no son los líderes políticos ni los estados los que dirigen el mundo, sino ciertos grupos de personas que, desde la oscuridad, imponen los medios que han de posibilitar alcanzar determinados fines.

masonería

A primera vista la masonería, puede ser considerada como uno de esos grupos que, desde la oscuridad… etc., etc. Pero si se escarba un poco, se comprende que no. Lo que ocurre es que su modo secretista de actuación le ha concitado toda clase de enemigos, un poco como le ocurriera al cristianismo en sus primeros tiempos.

Además, desde la aparición de la masonería, la Iglesia católica, por entonces el primer poder espiritual (y bastante temporal), le declaró odio eterno por oponerse a sus sagrados dogmas, con lo que la reputación de lo masónico se ha visto seriamente dañada hasta ahora mismo.

Pese a que se le suele atribuir un origen antiquísimo, la masonería nació en verdad en Inglaterra a principios del siglo XVIII, o poco antes. De hecho, es un producto típico de la Ilustración, con su obediencia a la Razón, al orden natural dirigido por el Gran Arquitecto, dios creador no reconocido sin embargo como tal por ciertos sectores, y con su anhelo de perfección moral individual y de fraternidad universal.

De Mozart a Goethe, a ella se acercaron las personalidades más relevantes de la primera época, con la idea de participar en la construcción de un mundo mejor, siempre en el ámbito de un secretismo y de un ritual inventado ad hoc. Bastante teatrero, por cierto.

Pero con el tiempo, las cosas se fueron torciendo. Desde fuera, por la furia que mostraron sus enemigos con acusaciones falsas y hasta imposibles (alianzas varias con sionistas, socialistas, bolcheviques, capitalistas). Desde dentro, por el proceso de degradación natural de las sociedades más o menos secretas, que acaban convirtiéndose en asociaciones de ayuda mutua (mafias) con intereses principalmente económicos y políticos; así, la participación de cierto grupo masónico en la política italiana (décadas 1970-80) como fuerza de extrema derecha en la sombra.

El Asesor Nacional, Henry Kissinger, dio órdenes a Licio Gelli (un agente fascista italiano de la logia masónica Propaganda Due-P2), para que llevara a cabo ataques terroristas e intentos de golpe de Estado. (Fuente: Ctxt)
 (CONTINÚA)

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Breve tratado de teología práctica. V La vida eterna

Dixit ei Jesus: Ego sum resurrectio et vita; qui credit in me, etiam si mortuus fuerit, vivet: et omnis qui vivit et credit in me non morietur in aeternum.

(Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre.)

Et expecto resurrectionem mortuorum, et vitam venturi saeculi.

(Y espero la resurrección de los muertos, y la vida del mundo futuro.)

La primera de las dos citas corresponde al Evangelio de San Juan; la segunda, al Credo, oración en que se contienen las creencias básicas del catolicismo.

Visto lo cual, parece  que, en contra de lo que muchos opinan, el cristianismo es una religión que está por la vida. Y lo está de una manera clara, contundente y obsesiva.

Ante todo hay que aclarar que es un error asociar automáticamente religión con fe en la vida eterna. Y es que en bastantes casos no es así. Ni siquiera en el judaísmo, en cuya versión más auténtica, dicen los entendidos – entre los que no me cuento -, no se contempla la existencia de otra vida después de la muerte. Por su parte, el Islam comparte con el cristianismo la fe en la perduración del alma inmortal del individuo, más o menos corporeizada.

Pero si nos desplazamos más hacia Oriente, vemos que el panorama cambia de una manera radical: la vida ya no es esa especie de bien supremo que hay que conservar más allá de la muerte; depurado de pecados y miserias, por supuesto.  Es más bien una pesada carga de la que hay que ir desprendiéndose a lo largo de sucesivas reencarnaciones.

Sí, el Samsara de hinduistas y budistas consiste en una penosa peregrinación en la que, a través de muertes y reencarnaciones sucesivas, el individuo humano llega finalmente a desprenderse del artefacto ilusorio que es la vida, para reintegrarse en la divinidad absoluta o Brahman. Nada que ver todo esto con la vida eterna del cristianismo, vida que parece consistir en la que todos conocemos, aunque sensiblemente mejorada.

Y no solo en el campo de las religiones y de la filosofía (en el que debía haber citado a Platón, con sus almas migrantes y eternas, presas en cuerpos corruptibles) hay notables diferencias de visiones y enfoques, a veces radicalmente distintos. También en otras áreas, como en el de la literatura, por ejemplo, encontramos diversidad de opiniones, en ocasiones perfectamente opuestas:  

Yo, personalmente, no la deseo y la temo (la vida eterna); para mí sería espantoso saber que voy a continuar, sería espantoso pensar que voy a seguir siendo Borges. Jorge Luis Borges.

Yo no digo que merezcamos un más allá ni que la lógica nos lo muestre; digo que lo necesito, merézcalo o no. Y nada más. Digo que lo que me pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es igual todo. Miguel de Unamuno.

Bien. Fantasías o anhelos particulares aparte, parece que solo hay una alternativa post mortem: o desaparecer en la nada, de la que aparentemente hemos surgido, o ingresar en un coro angélico eterno e inimaginable.

Francamente creo que lo mejor es dejarlo. Sí, lo más sabio es abandonarse a la fe.

Aclaro que, para mí, la fe no consiste en la creencia en un dogma o relato determinado, sino en la convicción ciega de que esa oscura fuerza que sostiene y tal vez dirige el Universo sabe lo que se tiene entre manos y ha de llevarnos a un buen final.

Por eso dije al principio que en el fondo – aunque muy en el fondo – soy creyente.                                                                          

Barcelona, Miércoles de Ceniza 2024

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Breve tratado de teología práctica. IV La Gracia

Uno de los conceptos más misteriosos, quiero decir, más difíciles de entender desde la perspectiva racional de nuestra época, y de otras varias, es sin duda el de la Gracia justificante, también llamada Gracia santificante y Gracia de Dios.

Pensando en los lectores que puedan estar interesados en el conocimiento y comprensión del asunto, he decidido lo siguiente: a continuación trascribiré unas pocas citas de algunos de los primeros autores del cristianismo sobre el tema. De hecho, el inventor del concepto fue Pablo, quien, en su furia de perseguidor de los cristianos, atribuyó una casual caída, con el consiguiente acompañamiento de luces y voces, a la intervención directa del Dios de los perseguidos. (Hay que hacer constar que en ningún relato contemporáneo de los hechos aparece ningún caballo). 

Sí, Pablo lo tuvo muy claro desde el primer momento: aquella era la primera manifestación de la Gracia, gratuita, justificante y santificante, sobre la que tanto había de escribir y predicar. 

Así que recomiendo al lector de las siguientes citas que se aproxime a ellas con el ánimo más desprejuiciado posible, o sea, que haga tabla rasa de ciertos conceptos impuestos por la modernidad (o por el sentido común del momento) y que se deje llevar hasta las conclusiones que esos mismos textos imponen. Es lo que yo he intentado y que a continuación expongo. Primero las citas.

Nuestra justificación es obra de la gracia de Dios. La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios.

Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural. Depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como las de toda creatura. 

La gracia de Cristo es el don gratuito que Dios nos hace de su vida infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla del pecado y santificarla: es la gracia santificante o divinizadora, recibida en el Bautismo. Es en nosotros la fuente de la obra de santificación.

 La preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia. Esta es necesaria para suscitar y sostener nuestra colaboración a la justificación mediante la fe y a la santificación mediante la caridad. Dios completa en nosotros lo que Él mismo comenzó, “porque él, por su acción, comienza haciendo que nosotros queramos; y termina cooperando con nuestra voluntad ya convertida” .

Veamos. Hay un ente todopoderoso que ha creado cielos y tierra y todas las criaturas que en ellos habitan, distinguiendo al ser humano con unas chispas de Él mismo: cierto conocimiento y cierta libertad.

Pero resulta que esa criatura, tan distinguida dentro del conjunto de la Creación, es infiel a su creador haciendo mal uso de su libertad. Y el Creador la castiga despojándola de las cualidades que hacían de ella un ser destinado a una vida eternamente feliz.

Y en esas estamos, arrastrando el tipo de existencia que todos conocemos.

Pero parece que ese ser omnipotente no puede desentenderse de su obra. Y así, aparentemente apenado, envía a Jesús, su único hijo (menudo tema también el de la Trinidad), para que, mediante su pasión y muerte, redima a la humanidad y ésta recupere la Gracia perdida por el primer pecado (procedimiento bastante retorcido, por cierto).

Sin embargo, en su libertad, el ser humano puede ser reacio a beneficiarse de esa Gracia. No importa. La busque o no la busque, la acepte o no la acepte, quien unilateralmente decide es Él.  Porque resulta que nuestra justificación es obra de la gracia de Dios, y la concesión de ésta depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo.

Es decir, que Dios puede desentenderse de las tribulaciones de un pecador cualquiera y, al mismo tiempo, derramar su Gracia sobre su peor enemigo, y salvarle, como parece que hizo con Pablo.

Y aquí entramos en el tema de la Predestinación. El mismo Pablo escribió:

Pues a los que antes conoció, también los predestinó a ser conformes con las imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, esos también los llamó; y a los que llamó, a esos también los justificó, y a los que justificó a esos también los glorificó.

O sea, que Dios elige a los que se han de salvar, y deja, tan injustamente, que los demás se pierdan. Extraño ¿no?

Bueno, eso es la letra, sobre la que han insistido desde el mismo Pablo, pasando por san Agustín, hasta más decididamente el protestantismo calvinista. Mientras que la Iglesia católica… más bien disimula. Complicado ¿no?

Claro está que el teólogo o filósofo de turno dirá que lo que ocurre es que yo no entiendo nada.

Y en esto le daré la razón. 

 

(CONTINÚA: LA VIDA ETERNA)

 

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Breve tratado de teología práctica: III El Infierno

No hay que pasarse.

Esta expresión, tan popular como de desconocido origen, advierte de los peligros de una aplicación maximalista de cualquier método o remedio en los asuntos de la vida; recuerda que la utilidad o propiedades de un invento no se conservan intactas eternamente, que pueden convertirse en lo contrario, que algunas armas o instrumentos tienen dos filos, y que uno de ellos puede herir a quien la empuña.

Parece mentira, pero esto se me ha ocurrido pensando en la vicisitudes vividas por uno de los viejos temas del catolicismo: el Infierno. Pero ¿qué es el Infierno?

Ya en las culturas más antiguas hay relatos sobre algún lugar adonde van a parar las almas de los muertos. Pero en la mayoría de los casos se trata de lugares opacos, grises, donde los residentes simplemente vegetan o esperan una reencarnación mejor.

Fue hacia siglo V de nuestra era cuando, bajo el impulso de ciertos apologetas cristianos – San Agustín entre ellos -, el Infierno empezó a adquirir las características que todos – excepto los menores de sesenta años, quizá – hemos conocido.

Durante siglos, acreditados teólogos y jerarcas de la Iglesia, encabezados por el Papa, establecieron y sostuvieron  que el Infierno es un lugar de la existencia después de la muerte donde las almas de los condenados, es decir, de los muertos en pecado mortal, pagan sus culpas durante toda la eternidad. Y entre horribles tormentos, el principal el fuego.

Vista desde aquí y ahora, la finalidad y utilidad del hallazgo están perfectamente claras: mantener sumisa la grey cristiana mediante la amenaza de un mal cierto e insoportable.

Y durante siglos, la grey cristiana se mantuvo sumisa. Con sus más y sus menos, por supuesto.

Es de suponer que los primeros creyentes, y por lo menos hasta el Renacimiento, tenían el Infierno por algo muy real. Y sin embargo, es difícil de creer.

Es muy difícil pensar que Dante Alighieri, por ejemplo, creyera en la existencia física del Infierno, aún siendo él el principal diseñador y decorador del invento (o precisamente por eso). Pensamos que un hombre tan racional y hasta racionalista como él – aunque fuera al mismo tiempo tan poético y tan místico como nadie – no podría aceptar tales mitos. Pero quizá pensamos mal. O no conocemos bien el ambiente social y mental de la Edad Media. O no conocemos lo suficiente a Dante, que es lo más seguro. Nadie lo conoce lo suficiente. Incluidos los expertos dantistas.

A lo largo de la historia el Infierno ha sido muy transitado, además de por los condenados, que lo conocen por dentro, por toda suerte de teólogos, inquisidores y predicadores, quienes afirmaban conocerlo muy bien desde fuera.

Pero con el tiempo, ha sufrido un fenómeno no previsto por sus fundadores y defensores: el rostro de pavor de tantos cristianos aterrorizados por la gran amenaza de ultratumba se ha ido transformando en una sonrisa escéptica, y finalmente en una risa incontenible visto lo burdo y exagerado del invento. 

Ante el avance del escepticismo y del negacionismo infernal, los herederos y encargados de salvar en lo posible los muebles han ido afinando sus alegaciones hasta convertir el antes horrible castigo físico en una pena meramente moral: la de estar para siempre separado del divino creador (Barth, Rahner, etc., y el mismo Papa Francisco). Pero no cuela. Aquel Infierno ya no existe. En el Vaticano ya no saben qué hacer con sus restos.

Un instrumento pensado para retener, por el miedo, a la clientela, se ha convertido en algo que, por increíble, la ahuyenta. Las cosas no son siempre lo que eran.

Y ahora ¿qué? ¿Qué hacemos, ahora que vivimos libres de la amenaza del Infierno? Pues ahora cada individuo se afana en construir su propio infierno. Y también cada colectividad.

Sí, además de los individuales y poéticos, existen los infiernos colectivos y prosaicos que parecen tristes imitaciones del de Dante, como muestra la visión de ciertas ciudades bombardeadas por los demonios vecinos. 

(CONTINÚA: LA GRACIA)

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Breve tratado de teología práctica: II El pecado

La anécdota creo que la leí en una novela de Pío Baroja, hace muchos, muchos años, cuando yo aún era un empedernido lector de novelas.

Una princesa italiana, quizá en la época del barroco, rodeada en su jardín de personas tan refinadas como ella misma, disfruta de la conversación al tiempo que gusta de un exquisito refresco. De pronto, lanza una mirada enamorada a aquella exquisitez y exclama melancólica “¡lástima que no sea pecado!”

Hay que reconocer que el pecado es uno de los temas estrellas de la teología católica. Según cómo, puede considerarse como condimento indispensable para que el alma se muestre realmente viva.

En efecto, para un creyente de los siglos clásicos del catolicismo no había lazo más seguro con la divinidad que su condición de pecador. Esta idea se ilustra perfectamente con la frase atribuida a Oscar Wilde: El catolicismo es religión de santos y pecadores; a la gente formal ya le está bien el anglicanismo.

Pero ¿qué es el pecado? De acuerdo con una definición canónica el pecado es una transgresión libre y deliberada de la Ley de Dios. O sea, una conducta humana contraria y opuesta a la voluntad divina. Nada menos.

Formulada así, la cosa es de una gravedad casi inimaginable. ¿Cómo una insignificante criatura puede actuar en contra de la voluntad del que todo lo puede, todo lo es y todo lo sabe?

Pues sí, puede. Según la Biblia, todo comenzó con el primer desacato consistente en la decisión del ser humano de comer el fruto prohibido por el Creador. Y a éste siguieron otros muchos que han ido configurando la historia de la humanidad.

Y es que el pecado, esa especie de rebeldía frente a la divinidad, siempre ha estado presente tanto en los actos como en el corazón y en la mente del ser humano.

Y en especial en las agendas de los teólogos.

En efecto, no creo que haya ningún concepto de la imaginería religiosa que haya sido adornado con tal profusión de precisiones y distinciones.

Para empezar, se distinguió entre pecado venial y pecado mortal, adjetivos ambos que ya dan una idea de la diferente gravedad o importancia de cada uno de los dos grupos.

Se estableció también que el pecado puede ser por acción o por omisión, consistente este en la no ejecución de un acto al que se está moralmente obligado.

Se confeccionó una lista de los principales pecados, llamados capitales, formada por siete, número por lo visto muy importante en estas cuestiones transhumanas, por llamarlas de alguna manera.

Pero la cosa no queda ahí, sino que va avanzando por senderos de sutileza sorprendentes. Resulta que hay un tipo de pecado muy especial, que nos afecta a todos, hagamos lo que hagamos.

Es el llamado pecado original y fue cometido en principio por Adán y Eva. Aunque en realidad no es un pecado sino un estado, precisa la doctrina católica. Pero ya que el asunto parece complicado, mejor que lo explique una fuente autorizada, como el Catecismo oficial de la Iglesia: 

Por esta «unidad del género humano», todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo. Sin embargo, la transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente. Pero sabemos por la Revelación que Adán había recibido la santidad y la justicia originales no para él solo sino para toda la naturaleza humana: cediendo al tentador, Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído (cf. Concilio de Trento: DS 1511-1512). Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado «pecado» de manera análoga: es un pecado «contraído», «no cometido», un estado y no un acto.

Sí, la sutileza de los teólogos nos ha proporcionado relatos tan imaginativos como maravillosos. Pero no le han ido a la zaga los que nos han trasmitido otros dignos profesionales de lo fantástico: los poetas y los filósofos.

Calderón de la Barca fue un dramaturgo español, católico a machamartillo, como decían nuestros abuelos. Y sin embargo, al protagonista de uno se sus dramas se le escapa esta reflexión:

 Aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido.
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.

Aquí se advierte, quizá por primera vez, un desvío de la interpretación de la culpa original que encadenó a la humanidad a la mísera existencia que todos conocemos. Aquí ya no se habla de la desobediencia del mandato del Dios. Aquí se revela que todo el mal procede de haberse metido algo inexistente donde no debía: en la vida.  Relato mucho más pesimista que el elaborado por la teología, el cual incluso propició que alguien tildase aquella desobediencia original de felix culpa por haber dado ocasión a la intervención del mismo Dios, en la figura de Cristo, en la historia de la salvación humana.

También algunos filósofos han aportado sus brillantes o novedosas interpretaciones de las causas de esta absurda (dicen) vida humana. La segunda mitad del siglo XIX fue especialmente abundante en la producción del llamado pesimismo filosófico. Nombres como Schopenhauer, Bahnsen, Hartmann, Mainländer son referencias destacadas en ese campo.

Por cierto que, encuadrado o no en el grupo mencionado, hay un historiador y pensador, hoy prácticamente olvidado, perteneciente a la tendencia positivista de de la época, Hippolythe Taine, que con una frase nos ofrece la síntesis entre absurdo humano y relato religioso (con ecos de Calderón): 

La gran desgracia del hombre, y su verdadero pecado original, es nacer.

(CONTINÚA: EL INFIERNO)

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Breve tratado de teología práctica. I La Creación

Ponerles un principio y un final a las cosas es una de las manías de los seres humanos. En la naturaleza no es así: todo fluye continuamente. 

Cierto que a veces hay saltos imprevistos y transformaciones tan insólitas que parecen dignas de un poeta como Ovidio. Pero eso es un problema del observador, la naturaleza va a lo suyo y poco le importa que nosotros dividamos su acción en capítulos, con sus principios y finales.

La división más tajante, que una parte de la humanidad pensante inventó para facilitarse el trabajo, fue la de distinguir entre el Ser y una supuesta Nada.

No es posible que todo esto que vemos haya existido siempre, se dijo: tuvo un principio y ha de tener un final.

Pero esto es una afirmación claramente abusiva, quiero decir, que excede de la lógica propiamente humana.

Que haya de tener un final es algo indemostrable, puesto que no hay registro histórico de que algo así haya ocurrido nunca.

Que tuvo un principio es afirmación tan gratuita como la otra. Y es que nadie conoció ni conoce ese supuesto principio. Se habla de un estallido inicial (big bang). Pero sería un estallido de algo, digo yo, es decir, de algo que ya estaba ahí antes del supuesto  principio, el cual, por consiguiente, ya no sería tal, no sé si me explico.

Hay un problema de fondo en esta cuestión. Consiste en que la mente humana, con todo su prodigioso poder, carece de condiciones o instrumentos para tratar el problema de los límites.

En principio, tan incomprensible le es un tiempo o un espacio infinito como un espacio o un tiempo finito.

Y digo en principio, porque esa incomprensión radical e invencible es el hecho real; otra cosa es el entramado de palabras que se puede montar para tratar de defender lo uno o lo otro.

Desde la más remota antigüedad, surgieron y se desarrollaron dos grandes tendencias contrapuestas de ver el asunto: la que defiende la eternidad del mundo, – si bien, por lo general, alternándose estados de latencia y estados de manifestación – y la que afirma que el mundo es obra de un dios creador, aunque nunca queda claro de quién es obra el dios en cuestión. En la primera de las tendencias citadas se encuadra gran parte del antiguo pensamiento hindú. En la segunda, destaca la cosmovisión judeo-cristiana.

Los antiguos filósofos griegos, ajenos en principio a las dos tendencias citadas, muestran una inclinación natural por la primera de ellas, presente tanto en las palabras de Heráclito de Éfeso,

este orden del mundo, el mismo para todos, no lo hizo dios ni hombre alguno, sino que fue siempre, es y será, fuego siempre vivo, prendido y apagado según medida,

como en la tranquila creencia de Aristóteles y otros filósofos en la eternidad de la materia y del mundo.

Ahora bien, si el Ser ha existido siempre, a diferencia de la Nada, que no ha existido nunca, la conclusión lógica será que ni hay Creador ni hubo Creación.

Cierto, pero hay una realidad, un Universo, tan vivo que parece dotado de consciencia, y eternamente sustentado por una fuerza o energía inmanente. 

Sobre la cual nada sabemos y parece que difícilmente algo sabremos.

(CONTINÚA: El Pecado)

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