Fantasía para antes de un Cónclave

Domus Sanctae Marthae. Noche. Por un largo corredor, escasamente iluminado, avanza sigilosamente el Cardenal Sabatini-Mefisto, deteniéndose un instante ante cada uno de los pequeños rótulos que ostentan las puertas de uno y otro lado, hasta que, ante determinado rótulo, lanza un suspiro de satisfacción. Al otro lado de la puerta, el Cardenal Primado, de rodillas en un lujoso reclinatorio de posarrodillas y posabrazos de terciopelo, está orando.

CARDENAL PR.- Señor, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.

Toc, toc, toc. Tres golpes acompasados suenan en la puerta.

CARDENAL PR.- ¿Quién es?

VOZ MEFISTO.- El cardenal Przisgnimezcwiwc, hermano.

CARDENAL PR.- ¿Quién?

VOZ MEFISTO.- El cardenal Przisgnimezcwiwc, hermano.

CARDENAL PR.- No hay ningún cardenal con ese nombre. Es media noche y estoy rezando. ¿Quién podría interrumpir la plegaria de un príncipe de la Iglesia a estas horas? ¿Quién sino tú, Satanás? ¡Vade retro, te he descubierto!

VOZ MEFISTO.- Vale, de acuerdo. Pero ábreme y hablaremos. Lo que te tengo que decir es muy importante…para los dos.

CARDENAL PR.- ¿Que te abra? ¿Necesitas que te abra? ¡Los demonios se filtran por las paredes!

VOZ MEFISTO.- Como quieras. (Olvidaba que a la Iglesia le encanta la gran escenografía barroca).

Breve resplandor con el reglamentario olor a azufre y aparece Mefisto en su aspecto más tradicional: cuernos, cola, pezuñas y tridente.

MEFISTO.- ¡Héteme aquí! (¡Qué aspecto tan ridículo debo tener! Hace siglos que no me presento así. Pero…es lo que requiere la ocasión, creo. En fin, todo sea por la causa.)

El Cardenal primado se levanta de un salto, descuelga un crucifijo y lo muestra a Mefisto alargando el brazo al máximo y apartando el rostro con gesto melodramático.

MEFISTO.- Bueno, bueno… No empecemos con bravuconadas ni con poses histéricas de cine mudo.

CARDENAL PR.- Me repugnas, Satanás. Tu asquerosa apariencia es espejo del abismo de maldad y de horror de donde has surgido.

El Cardenal Primado cierra los ojos, y los mantiene cerrados unos instantes, como sumido en profunda oración.

MEFISTO.- Ah, si es por eso…Perdone, pero yo creía que era la apariencia debida en este caso… No se preocupe. No hay problema.

Mefisto se transforma en una especie de profesional germánico, con americana y pajarita. El Cardenal Primado abre los ojos.

CARDENAL PR.- Eh… ¿Quién es usted?…He tenido una alucinación, una visión espantosa…Pero usted no es mi médico. ¿Por qué no han llamado al doctor Freund? ¿Cuánto rato he estado sin sentido?

MEFISTO.- Sólo el justo y necesario. El doctor Freund está muy ocupado y me ha enviado a mí, doctor Listig, para servirle. Veamos, ¿qué ha sido eso de la alucinación?

CARDENAL PR.- He visto al Diablo.

MEFISTO.- ¿Y…?

CARDENAL PR.- Al Diablo en persona.

MEFISTO.- Bueno, a ver, ¿dónde está el problema?

CARDENAL.- ¿Le parece normal?

MEFISTO.- Depende. Si el Diablo existe, me parece lo más normal del mundo que se aparezca de vez en cuando. Al menos, cuando algún asunto le interesa especialmente y no puede intervenir de otra manera. Ahora bien, si el Diablo no existe, entonces su aparición no sólo sería algo sumamente anormal, sino que resultaría técnicamente imposible…digo yo. Pero usted… usted cree que el Diablo existe, ¿no es cierto, Eminencia?

CARDENAL PR.- Sí… claro… por supuesto. Forma parte no sólo de la Tradición, sino también de la Revelación. En el capítulo tercero del Génesis…

MEFISTO.- Vale, vale. Sólo quería aclarar este pequeño detalle, (estaríamos buenos, si no). Mire, lo que ocurre es que estos días está sometido a una tensión muy fuerte. Usted es víctima del estrés, si es que puedo expresarme así entre los muros de esta santa casa. Porque sin duda usted piensa que será el elegido…

CARDENAL PR.- ¿Yo? Yo soy el más humilde…

MEFISTO.- Da lo mismo (no despistes, que te he oído cuando rezabas). Por mucha modestia y humildad que uno lleve a cuestas, es inevitable pensarlo. Hasta cuando compras un número de lotería piensas que te tocará… Pero, Eminencia, el problema es que usted no sólo lo piensa, sino que está seguro, demasiado seguro…

CARDENAL PR.- Pero ¿qué dice? ¿Cómo se atreve?

MEFISTO.- Mire, Eminencia, lo digo por su bien. No confíe tanto y póngase manos a la obra.

CARDENAL PR.- No le entiendo, no le entiendo nada. Todo está en manos del Espíritu Santo.

MEFISTO.- Ya, pero siempre se puede ayudar un poco. Ha visto el resultado de la votación: sólo cinco votos de ventaja le lleva al Cardenal Cinzano. Y se prepara un vuelco espectacular.

CARDENAL PR.- ¿Un vuelco?

MEFISTO.- Sí, los dos grupos de indecisos…bueno, usted ya sabe a quiénes me refiero, están siendo ganados en este momento para la causa de Cinzano.

CARDENAL PR.- ¡No es posible!

MEFISTO.- De manera que, si Dios (o algún poder subsidiario) no lo remedia, en dos o tres votaciones más se habrá decidido la partida.

CARDENAL PR.- ¿A favor de Cinzano?

MEFISTO.-A favor de Cinzano, naturalmente.

CARDENAL PR.- No es posible, no es posible. Mire, doctor Listig, el cardenal Cinzano representa todo lo que yo más aborrezco: el relativismo apenas confesado, la tolerancia interesada, el ecumenismo sin fronteras, la relajación de los principios, tanto morales como dogmáticos, los guiños indecentes al mundo laico y ateo. No, no, no es posible. ¿Sabe qué significaría su elección? Algo espantoso. Cinzano sería el Gorbachov de la Iglesia Católica, puede estar seguro.

MEFISTO.- Lo estoy (¿por qué crees que estoy aquí, gilipollas?), y eso es algo que no podemos permitir.

CARDENAL PR.- Pero, ¿qué se puede hacer para contrarrestar…?

MEFISTO.- Yo le diré lo que se puede hacer.

CARDENAL PR.- Doctor Listig, perdone que sea brusco, pero…¿Qué pinta usted en todo esto? ¿Cómo ha sabido…?

MEFISTO.- Eminencia, ¿le interesa o no solucionar el problema?…Porque si le interesa, más vale que se calle un ratito y que escuche con atención. En realidad, yo podría actuar solo, sin darle explicaciones a nadie. Pero se las daré. Y por dos motivos. El primero, para que usted sea plenamente consciente de su complicidad en este plan; el segundo, para que no se extrañe de lo que mañana ha de ver en la votación de la tarde, y es que sólo usted, el Cardenal Primado, es capaz de hacer cuadrar la cara y el nombre de cada unos de los cardenales electores. Y mañana verá que la cara del Cardenal Escrutador Primero guarda un extraordinario parecido con la mía…No dice nada, se ha quedado mudo…eso está bien. Continúo. Ese Cardenal Escrutador Primero tendrá una misión especial: cada papeleta que abra, cualquiera que sea su contenido inicial y hasta alcanzar un número razonable, transmutará su contenido en el nombre del Cardenal Primado. Y así pasará la papeleta al Escrutador Segundo, y luego al Tercero… en fin, usted ya conoce el procedimiento del artículo 69 de la Universi Dominici Gregis.

CARDENAL PR.- Pero…eso…¡es magia!

MEFISTO.- ¡Vaya, por Zeus! ¡Con qué me sale ahora! Le ofrezco el papado universal y me hace aspavientos ante un detalle de procedimiento. ¿No tiene alguna objeción de hondo contenido moral o dogmático que oponer?

CARDENAL PRI.- ¡Eso es magia! Y la magia es siempre obra del Diablo. Sólo él puede desencadenar esos poderes que son parodia de lo divino, perversas ironías dirigidas contra Dios.

MEFISTO.- No le digo que no. Sólo que en este caso no habrá magia en absoluto, sino prestidigitación. ¿Ha visto usted algo más inocente que ese pobre hombre vestido de frac que se saca una paloma del bolsillo del pantalón? Pues en algo así consistirá el juego de las papeletas.

CARDENAL PR.- Pero…pero no se pueden violentar los designios del Espíritu Santo.

MEFISTO.- Muy bien dicho, no se puede. Lo que significa que, si nuestro plan prospera felizmente, es que cuenta con la aprobación del espíritu ése, y si acaso no es de su agrado, ya se encargará él de hacérnoslo saber. ¿Dónde está el problema?

CARDENAL PR.- A ver si lo entiendo. Usted me está diciendo que, con un simple juego de manos, va a poner el papado a mi disposición. Increíble, increíble…esto es cosa de locos. Pero es que…aunque fuese cierto, ¿por qué lo habría de hacer? ¿Qué gana usted con ello?

MEFISTO.- No gano, sino que me evito perder. Pero tampoco hay que precipitarse. Quiero decir que no dé todavía la cosa por hecha, que el trato aún no se ha cerrado. Y es que…para saber si efectivamente merece mi ayuda, antes he de someterle a un pequeño examen.

CARDENAL PR.- ¡Un examen! Usted está loco, doctor Listig, rematadamente loco.

MEFISTO.- No se preocupe. Será muy breve y elemental. Veamos (Mefisto se saca de un bolsillo una especie de agenda y un lápiz: irá leyendo las preguntas y haciendo una señal a cada respuesta), ¿qué es la Iglesia?

CARDENAL.- Vaya pregunta. La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, fundada por él mismo y encomendada a Pedro y sus sucesores.

MEFISTO.- ¿Es la Iglesia depositaria de la verdad?

CARDENAL PR.- Sí, la Iglesia Católica es la única depositaria de la verdad.

MEFISTO.- ¿Pero existe una verdad absoluta o es todo relativo?

CARDENAL PR.- Existe una verdad absoluta, que no puede cambiar con el paso de los tiempos. Nuestra época vive una dictadura del relativismo, que lo pone todo en cuestión menos a sí mismo.

MEFISTO.- Muy bien, muy bien. A ver, ¿quién recibe en el Nuevo Testamento el nombre de Príncipe de este mundo?

CARDENAL PR.- El Diablo es el príncipe de este mundo.

MEFISTO.- Pero, ¿qué es el Diablo?

CARDENAL PR.- El Diablo es una presencia misteriosa, pero real, personal, no simbólica. Es una realidad poderosa, una maléfica libertad sobrehumana opuesta a la de Dios.

MEFISTO.- Muy bien, muy bien. Conseguirá que me emocione… ¿Y qué me dice de todos esos, algunos incluso cristianos, que argumentan que el Diablo no es un ser real?

CARDENAL.- Que sus argumentos no tienen ningún valor. Porque no se basan ni en las Escrituras, ni en la Tradición, ni en la Doctrina, ni siquiera en un razonamiento riguroso, sino que se basan en la mentalidad del hombre contemporáneo. Es decir, que obedecen a la corriente general que ha decidido que todo lo que resulta incomprensible para el hombre medio de hoy ha de ser suprimido. Y ya me dirá qué clase de mundo nos quedaría si así fuese…pura chatarra.

MEFISTO.- Eminencia, le felicito. He de decirle que ha superado todas mis expectativas. Nadie más digno que usted para ocupar la silla del apóstol Pedro. Mañana, con la fumata bianca, se aireará su nombre hasta los confines del universo.

CARDENAL PR.- (alzando al cielo los ojos en blanco) Fiat voluntas tua.

                                                                                                                           (De Mundo, Demonio y Fausto)

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