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CONVERSACIONES CON PETRONIO XIII

Era la voz de mi hermano Paulo. Me llamaba por mi nombre y suplicaba que me levantase: «¡Lucio, levanta, corre, ven a casa, por favor, Lucio, ven!» Pero yo estaba dormido y no podía hacer nada. Oía su voz, su llamada angustiosa, pero no podía moverme. Y luego, con la voz, el sonido de fuertes golpes. «Vamos, Lucio, levanta, ven». Abrí los ojos. Ahora sí estaba despierto. Pero los golpes en la puerta no cesaban, y la voz tampoco: «¡Lucio, levanta, es urgente!» Me levanté y abrí la puerta. Era Eutimio. Había venido con el encargo, con la orden, se diría, de que me levantase inmediatamente; que recogiese todas mis pertenencias y le acompañase a casa de Petronio.

-¿Ha ocurrido algo grave? -pregunté

-No lo sé. Pero el amo ha insistido en que vayas con todas tus cosas, ahora mismo.

-¿Pero has notado si estaba preocupado, inquieto?

-No. Era la imagen misma de la tranquilidad.

¡Qué cosas se me ocurren preguntar! Y de repente, una idea:

-¿Qué día es hoy, Eutimio?

-Diecinueve de abril, el gran día de los Juegos de Ceres. Toda la ciudad está engalanada para la fiesta.

Un temblor, ligero pero incontenible, se apoderó de mí. Mientras me vestía y recogía mis cosas -un poco de ropa y un saco de libros- todas las posibilidades se barajaron confusamente en mi cabeza: ¡ha sucedido! ¡ha sido un éxito! ¡ha fracasado! ¡están buscando a los conspiradores y tenemos que huir! ¡han detenido a Petronio y le han obligado a denunciarme!

-Eutimio, ¿hay alguien más en la casa?

-Sí.

-¿Soldados? ¿Tigelino?

-No, sólo un caballero. Ha llegado al mismo tiempo que mi amo, antes de amanecer, hace un rato.

Salimos. Las calles estaban engalanadas. Grupos de personas se encaminaban alegres hacia el Circo para ocupar los mejores puestos. También nos cruzamos con patrullas de soldados, que iban aumentando en número a medida que nos acercábamos al Capitolio. Cuando lo superamos, aquello ya era un auténtico movimiento de tropas. La ciudad estaba tomada. Era evidente que algo grave había ocurrido.

Eutimio me condujo a la pequeña sala del triclino donde Petronio solía recibir a sus amistades más ilustres. El hombre que le acompañaba era mi tío Silio. Se levantó y me abrazó:

-Lucio, muchacho, nos vamos a casa, ahora mismo.

-¿A Nápoles?

-Sí, escucha, ven, descansa aquí -me cogió del brazo con fuerza-. Tu padre, mi querido hermano está mal, muy mal. Si te he de decir la verdad, no creo que lo veamos…con vida. Esta noche ha llegado un mensajero con carta de tu hermano Paulo. Ni él ni yo sabíamos dónde localizarte. Entonces he pensado que quizá a través de Petronio…

Me senté al borde del lecho. El temblor, que hasta entonces no me había abandonado, dio paso a un escalofrío, y luego mi cuerpo se tranquilizó. Un mundo se me venía abajo. No solo mi padre, con quien siempre había mantenido relaciones distantes; era mucho más lo que desaparecía: el mundo de mi irresponsabilidad. De repente, me había convertido en padre de familia. Allá estaba mi madre, mis hermanas pequeñas, mi hermano Paulo, de 19 años, que me llamaba, que me llamaba…Todos dependían de mí.

-¿Cómo ha sido? -pregunté a mi tío.

-No lo sé bien. Su salud siempre ha sido muy delicada. Pero nadie esperaba unas cosa así, tan repentina. Nos vamos enseguida.

-Insisto en que esperéis un rato, Silio. No podéis emprender el viaje sin tomar nada antes. Aunque marchéis dentro de una hora, tenéis tiempo suficiente para pernoctar por lo menos en Tarracina. Y mañana al mediodía estáis en Nápoles -dijo Petronio, e hizo una señal a uno de los criados que permanecían junto a la puerta.

-De acuerdo, de acuerdo -respondió Silio-, pero tú querrás descansar.

-No te preocupes por mí. No es la primera vez que enlazo la noche con el día sin pasar por la cama. Y hoy hay que estar especialmente despierto. Lucio, dentro de la desgracia no podías haber elegido mejor momento para marchar de Roma.

-¿Ha ocurrido algo? -pregunté, seguro de que Petronio entendería el sentido exacto de la pregunta.

-Sí, ha ocurrido. Anoche detuvieron a Escevino, y esta madrugada a Antonio Natal… Y ahora irán cayendo todos, uno tras otro. Conozco las dotes persuasivas de Tigelino.

-¿Qué es eso? ¿De qué estás hablando? -preguntó Silio.

-De una tragedia que se les ha escapado de la mano a los autores. Había de morir uno y ahora tendrán que morir muchos.

-Explícate, por favor.

-¿No sabes nada? ¿De verdad que no sabes nada? Está claro que la fortuna protege a los inocentes. ¿Nadie te había invitado al festín de Calpurnio Pisón?

-¿Pisón? No, apenas le conozco.

-Eres muy afortunado. ¿Así que no sabías que en el día de hoy Nerón tenía que morir para que el pueblo viviese, o para que otro Nerón viviese, que eso no ha estado nunca muy claro?

-¿Me estás hablando de una conjura, de una conspiración contra el César?

-De eso mismo te estoy hablando.

-¿Y lo sabías? ¿Y tú también lo sabías, Lucio? Pero…¿estáis locos?… Y si lo sabías, ¿por qué no lo has denunciado?

-Las cosas no son tan sencillas, querido Silio -dijo Petronio-. Uno puede disentir de algo, y también de lo contrario.

-No intentes confundirme, Petronio, háblame con claridad. ¿Estás entre los conjurados?

-Para los conjurados, no; para Nerón, es decir, para Tigelino, quizá sí. Ahora tiene una oportunidad magnífica para deshacerse de todo lo que le estorba.

-Pero, si lo sabías y no lo has denunciado, eres tan culpable como el más culpable.

-En efecto, ésa es la lógica de las conspiraciones. Y puesto que somos culpables, comamos y bebamos hasta que el destino decida.

Entraron cuatro criados llevando bandejas repletas de aperitivos muy variados: queso, aceitunas, frutos secos, huevos de gallina y de pavo y vino mielado y agua.

-¿Estás loco, Petronio? -exclamó Silio, visiblemente indignado-. A pesar de la ambigüedad de tu fama nunca dudé que eras un persona sensata. Ahora veo que estaba equivocado. Fue un error confiarte a mi sobrino…Y tú…

-No tienes por qué preocuparte, tío. Petronio se ha portado muy bien conmigo. Sólo le debo favores. Y no es culpa suya si, entre las muchas cosas que he aprendido, había una que no debía saber.

-Me parece que no lo entiendes -dijo Silio, dirigiéndose a Petronio-. Se trata del César, del primer magistrado, del príncipe, del augusto, del padre de la patria, ¿cómo puedes decir que no estás ni a favor ni en contra? ¿Y tú no eras su amigo, su hombre de confianza? ¿A qué extremos de hipocresía, de doblez, de mentira se ha de llegar para jurar amistad a una persona, ¡y nada menos que al César!, mientras se encubre a los que preparan su muerte?

-Tranquilízate, Silio, y come y bebe un poco. Eso que dices debe de ser muy convincente visto desde fuera, y desde luego, resulta conmovedor. Nunca había conocido a un defensor de Nerón…

-Más que de Nerón, de la autoridad.

-Como quieras. Nunca había conocido a un defensor de la autoridad tan ingenuo y noble como tú. Sí, estoy conmovido. Y apenado, porque Nerón no se merece una defensa tan limpia como la tuya.

-No importa si la merece o no. Es el César, es la ley y el orden.

-Sí, es el César, pero es la negación de la ley y la causa primera del desorden.

-Nunca nos entenderemos, Petronio.

-Parece que no. Pero no es necesario entenderse, basta con quererse.

Y Petronio posó su mano derecha sobre la mano izquierda de Silio y se la estrechó con fuerza.

-Eres desconcertante -dijo Silio, mientras se zafaba sin brusquedad de la mano de Petronio-. ¿Y no estás preocupado? ¿No piensas que te puede ocurrir algo? ¿que alguien te puede denunciar?

-Por supuesto que me puede ocurrir algo, por supuesto que alguien me puede denunciar, con motivo o sin motivo. No se ha de montar ninguna conspiración para que eso pueda ocurrir en cualquier momento del día o de la noche. Si uno tuviera que preocuparse por esos detalles, la vida sería un tormento. Y la vida es bella, querido Silio, a pesar de todo la vida es bella. Tienes que ver cómo brotan los ciruelos de Siria que planté en el jardín hace un año, la última vez que nos vimos. Si hay suerte, vivirán y serán muy hermosos, y si no, se convertirán en leña para la cocina. Y todo seguirá igual. Si hay suerte, viviré unos años más entre la belleza del arte y de la amistad y los ejercicios del circo palatino, y si no, me convertiré en ceniza, en tierra para la tierra. Y todo seguirá igual.

La ostensible indignación de Silio de hacía sólo unos instantes había desaparecido. Ahora se dedicaba a devorar higos secos entre breves sorbos de vino.

-Son malos tiempos estos, malos tiempos -dijo-. Nadie está a la altura de su posición, nadie se resigna al papel asignado por los dioses.

-Empezando por los más altos -precisó Petronio.

-Sí, empezando por los más altos. Mira, Petronio, no interpretes mal lo que te voy a decir, ni por un momento supongas que estoy de parte de los conspiradores, pero lo cierto es que un mundo en que el soberano sueña ser actor, los actores quieren ser filósofos y los filósofos desean ser soberanos es un mundo trastocado. Son malos tiempos éstos.

-Si tuviésemos suficiente memoria, si pudiésemos guardar también la memoria real de nuestros antepasados y si fuésemos lo bastante lúcidos como para no confundir nuestra juventud con la juventud del mundo, reconoceríamos que todos los tiempos han sido malos. Nadie, ninguna persona medianamente despierta se ha sentido cómoda en la época que le ha tocado vivir. Pero nos encanta engañarnos. Por lo general, pasado el límite de los cuarenta, sobreviene la nostalgia y empieza uno a inventarse la feliz edad de los veinte. Pero ¿recuerdas de verdad nuestros veinte años? ¿recuerdas que, aparte de las dificultades propias de la edad, que con el tiempo decidimos olvidar, mandaba en Roma no un cantante sino un loco furioso cuyo gran deseo era que entre todos tuviésemos una sola cabeza para poder cortarla de un tajo?

-Pero hubo tiempos mejores, no lo niegues, tiempos en los que, por lo menos, cada cual conocía y asumía su puesto en la sociedad.

-¿Estás seguro? Veamos, tú que dominas la historia como nadie, ayúdame a recordar…¿Qué opinaba el viejo Catón de su tiempo? ¿Y Tiberio Graco del suyo? ¿Y Cicerón del suyo, el inventor del «oh tiempos, oh costumbres» utilizable en cualquier tiempo presente? Entonces, díme tú dónde está, en qué lugar de la historia, individual o colectiva, debemos buscar esa época añorada.

-Virgilio es un ejemplo…

-No nos engañemos, querido Silio. Virgilio es un ejemplo de escritor a sueldo. Un gran poeta, no lo niego, pero un gran poeta muy bien pagado. ¡Qué esperabas que dijese! Ovidio es otro asunto. Él sí creía, desde el fondo de su ingenuidad, que vivía en el mejor de los mundos posibles. Pronto la dura realidad le enseñaría que lo que él imaginaba un cielo apenas velaba un infierno de cárceles, crímenes y destierros.

-Eso es por lo menos una exageración. En todo caso, es un ejemplo de hasta dónde puede llegar el pesimismo epicúreo.

-Si te refieres a un pesimismo social, sí, estoy de acuerdo. Porque de la sociedad no podemos esperar nada. Cada cual ha de aprender a construir su propia ciudad, su propio reino, y hacerlo lo más habitable posible.

-Pero formamos parte de un pueblo -objetó Silio-. Es más, formamos parte de la humanidad, y la humanidad forma parte del orden universal. Es imposible eludir esta realidad. Nadie puede vivir aislado, nadie puede permanecer al margen de la comunidad a que pertenece.

-Me temo que tienes razón, querido Silio. Pero has de tener en cuenta que la opinión que te he expresado es más que una realidad, un deseo.

-Un deseo inalcanzable. Y pernicioso. Alcanzarlo supondría la disolución de la sociedad.

-¿La disolución de la sociedad? ¿qué significa eso? ¿Que ya no se organizarían recitales poéticos? ¿que nadie convocaría concursos de canto? ¿que no se celebrarían juegos de circo? ¿que ya no tendríamos que asistir a ceremonias públicas trasnochadas? ¡Bendita disolución de la sociedad!

-Sí, y que Petronio ya no tendría donde ejercer de árbitro de la elegancia.

-Con lo cual, tal vez, entonces sí, se le caerían todas las máscaras y conocería su verdadero rostro -concluyó Petronio, y levantó su copa-. Bebe, Silio, bebe, Lucio, brindad conmigo. Por que todo se hunda y sólo sobreviva la amistad.

Bebimos, pero no fue aquél un brindis alegre. Por unos instantes un silencio oscuro y espeso se abatió sobre los tres, un silencio que imaginé se iba extendiendo por la casa, por la ciudad, por el mundo y alcanzaba cierto lugar del sur donde tristes figuras enlutadas velaban el cuerpo del hombre que había dado origen a mi vida. Como interpretando mi pensamiento, Silio dijo:

-Y mientras nosotros hablamos, comemos y bebemos, mi hermano agoniza, o quizá ya ha entregado el espíritu. ¡Pero qué le vamos a hacer! Es ley de vida.

-Sí, es ley de vida -dijo Petronio-. Mientras hablamos, comemos y bebemos, siempre hay en algún lugar una persona querida que sufre. No puedo quitarme de la cabeza a Escevino. ¿A qué pruebas estará sometiendo Tigelino su tardío heroísmo?

Y de pronto, se me representó con toda viveza la imagen misma del tormento con sus horribles ministros y herramientas.

-¿Quieres decir…? -empecé a preguntar.

-Sí, quiero decir -me interrumpió Petronio-, pero no es necesario que lo mencionemos. La crueldad humana es una realidad tan espantosa y perdurable que lo único que podemos hacer para vencerla es decidir que no existe. Y si alguna persona querida o nosotros mismos caemos en sus garras, convengamos en darle el nombre de dolor de vientre. Espero que Escevino lo supere pronto, cualquiera que sea el final.

De pronto, abriendo bruscamente la puerta y seguida de Eutimio, entró en la sala una mujer cubierta de velos:

-¡No necesito que nadie me anuncie!

Se acercó, y por un instante se quedó plantada como una estatua delante de Petronio. Luego se descubrió la cabeza. Era Pola.

-Tito Petronio Níger, no vengo a pedirte un favor. Vengo a comunicarte el mensaje de Marco Anneo Lucano. Que Petronio lo sepa, me ha dicho, solo él puede hacer algo.

-¿Qué debo saber, estimada Pola? -preguntó Petronio.

-Hace un rato, el tiempo que he tardado en llegar aquí, unos soldados se han llevado preso a mi marido. No sé si querrás o podrás hacer algo por él. Más bien no tengo ninguna esperanza. Solo he venido a cumplir el deseo de Lucano.

-Quizá pueda hacer algo, quizá no. En todo caso, necesito más información. ¿Sabes el motivo de la detención?

-Tan bien como tú.

-¿Conoces a alguno de los que le han detenido?

-El que los mandaba era el tribuno Subrio Flavo.

-¡Subrio Flavo! ¡Qué absurda coincidencia! ¿no te parece? -exlamó Petronio, dirigiéndose a mí.

Siguiendo su mirada, la de Pola fue a dar en mi persona, cuya presencia al parecer no había advertido hasta entonces. Creí observar que una tenue sonrisa dulcificaba la severa expresión de su rostro.

-Salud, Lucio, no pensé que nos volveríamos a ver en estas circunstancias.

-Hoy es un día aciago para todos -respondí.

-Quédate con nosotros, Pola -dijo Petronio-. En cuanto acabemos, veré lo que puedo hacer. Pero no quiero darte esperanzas. Uno de mis mejores amigos se encuentra en la misma situación y ya he comprobado lo que puedo hacer por él: nada.

-No tengo ninguna esperanza, no te preocupes. Te repito que sólo he venido para cumplir el deseo de Lucano. Y ahora me voy.

Me levanté al momento. Apenas salió de la sala, la alcancé.

-No te vayas. Espera un poco. Yo también he de marchar enseguida.

Ella siguió caminando, y yo a su lado.

-No tengo nada que hacer aquí -dijo, sin mirarme ni detenerse-. ¿Crees que se puede banquetear a estas horas mientras hombres llenos de razón van a parar a la cárcel?

-Es verdad, es verdad -y la cogí del brazo-. Pero espera un momento. Sólo quiero decirte una cosa. Me voy a casa, a Nápoles. Mi padre ha muerto…pero todo lo que siento en este momento es que he de hacer algo por ti, y no sé qué.

Entonces se volvió hacia mí. Sus ojos, claros y tristes, se clavaron en los míos.

-Lo siento.Y no te preocupes. Si Petronio no puede hacer nada…

-Ahora no tengo más remedio que marchar. Mi familia me espera, mi tío ha venido a buscarme. Pero volveré pronto. Te escribiré. Ya verás como todo se arregla. ¿Puedo escribirte?

-Como quieras… No, nada se arreglará. Lucano ya estaba condenado. Solo faltaba la ocasión, el pretexto, y ya lo tienen. Si lo conocieses…un hombre lleno de energía, de ilusiones, de fantasía, de ganas de vivir, un auténtico poeta. Qué absurdo, qué absurdo.

De sus ojos, húmedos, brotaron unas lágrimas. No pude evitar cogerle la mano y estrecharla entre las mías, pero me fue imposible articular una palabra. Entonces, como el sol que de improviso mezcla su luz entre la lluvia, una sonrisa iluminó las lágrimas de su rostro.

-Eres un buen muchacho, Lucio. Pero ten cuidado, mucho cuidado. Piensa que este mundo no está hecho para las buenas personas. Y recuerda que tenemos una conversación pendiente…¿qué dices?

-En este instante solo puedo decir una cosa, y espero que no te ofendas, que no lo interpretes mal…Pola, daría lo que fuese, mi vida entera daría porque solo una de esas lágrimas se hubiese derramado por mí.

-También es por ti, Lucio, también es por ti…

Oí la potente voz de mi tío Silio como si despertase de un sueño:

-¡Lucio! ¿Dónde estás? Nos vamos.

En la puerta Capena, una patrulla de soldados nos dio el alto. Mi tío exigió hablar con el centurión. Cuando éste compareció, Silio se apeó del carruaje. Mientras hablaban, el centurión consultó un par de veces una tablilla que llevaba en la mano.

Pudimos continuar el viaje. Mientras avanzábamos por la vía Apia y el sol se alzaba sobre el horizonte, libre de las brumas matinales, mi tío me comentó:

-Me ha dicho el centurión que todas las puertas de la ciudad están vigiladas, y que se espera la llegada de más tropas. Se rumorea que se van a suspender los Juegos. Esto podría provocar tumultos. Lo que ha consultado era una lista de nombres.

Entonces advertí que pasábamos por delante de la casa de Séneca, donde había estado hacía muy pocos días. Junto a sus puertas, un grupo de soldados, algunos sentados en tierra, hablaban y reían distendidos.

Tal como Petronio había previsto, al anochecer llegamos a Tarracina, y al día siguiente por la tarde estábamos en casa. Mi padre había muerto en la madrugada del día anterior.


(CONTINÚA lunes próximo)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XI

Al día siguiente me presenté en casa de Petronio a la hora convenida. Durante el trayecto, que hicimos en un lujoso y cómodo carruaje, me aclaró algunos aspectos del ilustre personaje que íbamos a visitar.

-Uno de los primeros favores que obtuvo Agripina de su imperial esposo Claudio fue el perdón de Séneca y su regreso del destierro. En cuanto llegó a Roma, el prestigio del ex desterrado no hizo sino aumentar. Su obra se había difundido más allá de los ambientes intelectuales y pronto fue considerado como el más grande de los filósofos vivos y la personalidad de mayor respeto de la ciudad. Para seguir apuntándose todo este prestigio a su cuenta particular, Agripina lo nombró preceptor del joven Nerón. Y así, entre el maestro-filósofo y el discípulo-príncipe se inició una relación que auguraba lo mejor para Roma. A la muerte de Claudio, Nerón subió al poder y dio sus primeros pasos a la sombra del severo maestro, severidad que, como ya has visto, no le impedía permitirse alguna broma de mal gusto. En adelante, la influencia que Séneca ejercería sobre el nuevo César no se limitaría ya a su formación intelectual y humana, sino que se ampliaría con las competencias propias de un ministro con plenos poderes. Él le redactaba los discursos, él le dictaba los nombramientos, él le inspiraba toda la línea política, sobre todo en cuanto al modo de relacionarse con los grupos que cercaban el poder. Pero el joven Nerón empezó muy pronto a manifestar tendencias que no encajaban en los supuestos valores morales del maestro. Séneca intentó al principio eliminarlas, pero no pudo; luego trató de controlarlas, y tampoco pudo; finalmente se limitó a procurar encauzarlas para no salir él mismo mal parado. Y en ese proceso acelerado de dejación el severo filósofo llegó a verse tan implicado en las maldades del César que algunas ya no se sabe si tuvieron su origen en el discípulo o en el mismo maestro. Finalmente, quizá porque su conciencia moral ya no le permitía más, o quizá porque comprendió que había perdido toda influencia sobre su antiguo alumno, hace tres años Séneca decidió abandonar. Habló con Nerón y le comunicó su decisión inapelable. Nerón no lo aceptó, pero él abandonó. Y desde entonces vive en su finca de la Campania dedicado exclusivamente a sus estudios. Hace unos días recibí carta suya en la que me decía que había venido a pasar una corta temporada en su villa de la vía Apia y que tenía especial interés en hablar conmigo.

-Pero serán cuestiones reservadas, personales vuestras. Yo sólo seré un intruso.

-No te preocupes, habrá tiempo para todo.

Ya en la casa, nos recibió la esposa de Séneca, Pompeya Paulina, mujer de unos cuarenta años, de trato afable y familiar.

-Hoy se ha sentido muy mal -dijo-. Por la mañana ha sufrido un fuerte ataque de asma. Creía que se quedaba, pobrecillo. Luego se ha recuperado. Pero al mediodía ha tenido una visita inoportuna, los mismos que vinieron a verle en cuanto llegamos aquí. Yo he insistido para que no los recibiese, pero ha sido inútil. Todavía están ahí.

-Puedo volver otro día -dijo Petronio.

-No, no -replicó Paulina-. Es a ti a quien esperaba. Tiene mucho interés en verte. Hace días que no habla de otra cosa: «¿No ha venido Petronio? ¿No ha enviado ningún mensaje? ¿Estás segura que recibió el mío?» Y así una y otra vez. Estoy preocupada. Se había recuperado bien del ataque. Y cuando le han anunciado a ésos he visto cómo se alteraba. Por eso he intentado que no los recibiese. Pero ha sido inútil. Tengo un mal presentimiento. Los dos son militares. Uno es el prefecto del pretorio, no recuerdo el nombre.

-¿Tigelino? -preguntó Petronio.

-No, el otro -contestó Paulina.

-Fenio Rufo.

-Ése, ése. Soy fatal para los nombres. Y al otro no lo había visto nunca. Te pido un favor, Petronio, a ti y a tu amigo. No sé cuál es el motivo de vuestra visita, no sé qué se trae ahora en la cabeza, con lo felices que hemos sido estos años en Cumas, lejos de las miserias de la ciudad, y ahora, hace unos días, esa prisa repentina por venir aquí y luego, por hablar contigo, y esa gente siempre por en medio. Te pido sobre todo que procures que no se altere. Sea lo que sea lo que quiera de ti no le digas nada que pueda afectar su tranquilidad, y por favor, no le contradigas, miéntele si es preciso. Quiero que viva feliz el resto de sus días, se lo merece, pobrecillo.

-No te preocupes, Paulina -dijo Petronio-. No sé qué interés puede tener en hablar conmigo, pero no te preocupes. Nunca hemos sido enemigos, ni tampoco grandes amigos. Así, que entre nosotros no puede haber nada conflictivo. Y si tiene que ver con algo de la vida pública, tampoco te preocupes. No seré yo quien le incite a volver.

Justo acababa de hablar Petronio cuando por el otro lado del atrio -la puerta de la salita estaba abierta- pasaron dos hombres. Pompeya se disculpó un momento y salió a despedirlos.

-El otro es Subrio Flavo -me dijo entonces Petronio-. Es tribuno militar y de fama intachable.

-¿Crees que Séneca estará en condiciones de recibirnos? -pregunté, expresando lo que más me preocupaba en aquel momento.

-Por lo que ha dicho Paulina, creo que sí. De todos modos será mejor que aguardes aquí, ya te avisaré en cuanto pueda. No creo que tengas que esperar mucho rato.

Al momento vino Paulina a comunicar a Petronio que Séneca le esperaba. Yo permanecí en la salita, solo, no sé si mucho o poco rato, pero me pareció una eternidad.

Cuando entré en el gabinete, creí que Petronio estaba solo. Pero enseguida advertí en la penumbra la figura de un hombre muy viejo, de cabello y barba canosos, delgadísimo, que mantenía el tronco erguido con firmeza sobre la silla de tijera en que estaba sentado.

-Ven, muchacho, siéntate -dijo con voz entera pero algo opaca-. Me ha dicho Petronio que estás muy interesado en todas las cuestiones del arte y de la vida. Si es así, te conviene escuchar. Si lo que oyes te parece muy delicado, manténlo tú oculto. Mira por tu interés y aprende. A mí ya nada puede perjudicarme. Mis intereses se han reducido a lo esencial: salir de aquí de la forma más digna posible…Por eso he querido hablar contigo, Petronio, para impedir que un crimen más se cometa a mi sombra; por eso te ruego que adviertas a Pisón de lo que te he dicho.

-Te agradezco la confianza que pones en mí. Pero, sinceramente, ¿no crees que sería mejor dejar que todo siguiese su curso? Además, la conjura no tiene ninguna posibilidad de éxito.

-Sí, la tiene, sí. Cuando se trataba solo de cuatro senadores disipados y resentidos era cosa de risa, lo reconozco. Pero ahora es distinto. Hay muchos militares implicados. Al menos, una tercera parte de los altos mandos. El problema es que no tienen candidato para la sucesión. A Pisón no lo quieren de ningún modo. Dicen que, con él, lo único que se conseguiría es sustituir un cantante por otro. Por eso se han fijado en mí. Piensan que, como soberano, puedo ofrecer una imagen de dignidad y honradez que no resulta fácil encontrar. Y también piensan -aunque esto no me lo han dicho- que esa imagen de dignidad y honradez no impedirá cobijar a su sombra todos los crímenes que consideren necesario cometer… como suponen que venía ocurriendo cuando Nerón y yo compartíamos de hecho el poder. Y el primer crimen sería ése: acabar al mismo tiempo con el tirano y con el jefe de los conspiradores civiles. Luego, me instalarían en el poder supremo y se repartirían a mi sombra los beneficios…o tal vez correría yo entonces la misma suerte que Pisón.

-Todo esto es muy desagradable -dijo Petronio-, pero, si lo deseas, cumpliré lo que me pides. Sea por nuestra amistad, por esa amistad que apenas hemos tenido tiempo de cultivar.

-Es cierto lo que dices -afirmó Séneca-, y lamentable. Pero has de reconocer que tu género de vida no ofrecía muchas oportunidades para el encuentro.

-No creo que mi género de vida sea muy diferente del tuyo. Hasta hace poco solo se distinguían en el par de horas que solías llevarme de ventaja en retirarte a dormir.

-Sabes que no es verdad, Petronio. Y permíteme que te diga una cosa: lo que menos soporto de ti es esa debilidad por la frase ingeniosa. Siempre has preferido una frase brillante a la verdad.

-En sociedad sí, porque en sociedad una frase brillante es un valor seguro, mientras que la verdad…no se sabe lo que es. 

-Siempre me has caído bien, Petronio, no lo puedo negar. Pero nunca he creído que seas en realidad lo que aparentas ser. Tengo la impresión de que llevas una máscara de felicidad que oculta una realidad secreta y terrible.

-No lo creas, amigo. Es verdad que todos los días, cuando me levanto, me compongo lo mejor que puedo mi máscara de felicidad. Pero detrás no hay nada terrible, sino más bien vulgar y cotidiano, te lo aseguro.

-Si toda la energía que malgastas en los placeres la dedicases al ejercicio de la virtud, no tendrías necesidad de máscaras. La virtud es la más natural de las bellezas.

-Yo he visto rostros de virtud que no tienen nada de bellos -replicó Petronio-. Más bien dan la impresión de sufrir algún problema físico, como de estreñimiento.

-No serán auténticos. La virtud es siempre sana y amable.

-Quizá no hablamos de lo mismo, pero me extrañaría. Yo me guío por lo que tú mismo has escrito y por el concepto de virtud tal como siempre se ha entendido entre nosotros, esa especie de fortaleza varonil exenta de vicios y de debilidades. Y te digo una cosa: con todas las excepciones que quieras, entre las cuales naturalmente te incluyo, para mí un hombre virtuoso es un hombre insoportable. Para empezar, siempre estará convencido de que es superior a los demás, y esto le hará comportarse desde la autosuficiencia y el desprecio de lo ajeno. Además, desterrados los placeres, el campo de sus intereses será tan limitado como fúnebre. ¿Cómo entenderse con un tipo así? ¿De qué hablar? ¿Sabes lo que creo? Que Catón debió de ser un tipo insoportable. Estoy encantado de no haberle conocido.

-¿Prefieres un Quinciano o un Escevino, que de hombres sólo tienen el nombre?

-Quizá son menos hombres que Catón, pero mucho más humanos, te lo aseguro.

De repente Séneca sufrió un ataque de tos. Fue breve, pero al parecer doloroso. Tomó un pequeño frasco de la mesita que tenía al lado, lo destapó, se lo acercó a las fosas nasales y aspiró profundamente tres veces seguidas. Volvió a depositar el frasco en la mesita y dirigió hacia mí la mirada.

-Ya ves, entre estas miserias acaban los hombres. Aunque todo esto te parezca lejano y casi increíble, piensa que llegará, y que llegará muy pronto. La existencia humana es un suspiro.

-Estoy convencido. El problema para mí es cómo llenar ese tiempo que corre sin cesar hasta el final anunciado: saboreando la vida o preparando la muerte.

-La vida no tiene más sabor que el que le da la virtud, y la virtud es la mejor preparación para la muerte. Además, nadie saborea la vida en el sentido vulgar de la palabra. Los hombres consumen su existencia preparando un mañana de felicidad que continuamente se aleja en el horizonte. Pierden la vida en los preparativos de la vida. Todos. Salvo, tal vez, Petronio.

-Te agradezco el cumplido -dijo Petronio-, y te ruego que me disculpes por el tono de mis palabras de antes. Es absurdo que, habiendo tantas cosas que nos unen, tengamos que discutir sobre lo que nos separa.

-Tienes razón -afirmó Séneca-. Creo que los dos coincidimos en el diagnóstico de la enfermedad, sólo discrepamos en cuanto al remedio. Pero sobre esto no trataré de convencerte ahora, ni a ti ni a nadie. En mis obras he dejado el fruto de mis reflexiones; allí están las medicinas que quien desee de verdad sanar se podrá aplicar…Mi vida se extingue, pero mi obra permanecerá, y dentro de siglos, de muchos siglos, cualquier ser humano de cualquier país o civilización podrá encontrar en ella el remedio de los males que le aquejen. Porque todos los males del hombre han sido, son y serán los mismos, y han tenido, tienen y tendrán el mismo origen: no saber estarse quieto entre las paredes de una habitación. La concupiscencia, el deseo nos empuja a luchar por conseguir cosas, pero no sabemos que, por mucho que consigamos, siempre será menos que lo que ya teníamos. Porque todo está en nosotros, desde el principio de los tiempos.

Hubo unos instantes de silencio, un extraño silencio impregnado de serenidad y misterio. Finalmente me armé de valor y dije:

-Maestro, si todo está en nosotros desde el principio, ¿por qué albergamos en nuestro interior esa fuerza, ese deseo incontenible que nos empuja hacia afuera para alcanzar objetivos ilusorios?

-Existe un plan divino, que debemos acatar. Y dentro de ese plan está el desarrollo de la vida, y para que la vida se desarrolle la divinidad ha sembrado la naturaleza de semillas e instintos y las mentes de ilusiones. Pero el verdadero sabio ha de remontar los instintos y las ilusiones para aproximarse a la razón divina, para comprender que para ella el principio es el final y el final es el principio.

-Me hace muy feliz oirte hablar así -dijo Petronio-. Veo que los años no han perjudicado en nada tu profundidad ni tu agudeza.

-Si la mente no deja de ejercitarse, los años no pueden nada contra ella. Quizá al final, al final de todo la memoria empieza a resquebrajarse y las ideas a confundirse. Hay que estar muy atento para prevenir ese momento, y hay que tomar una decisión valiente antes de que llegue. El hombre, el verdadero hombre ha de estar siempre al gobierno de su existencia, ha de ser el artífice, no el esclavo de su vida, desde que empieza a razonar hasta que muere. Y si la muerte que le prepara la fortuna no le agrada, es muy libre de procurarse otra.

-Ése sí que es un territorio que compartimos -dijo Petronio-, el hombre, artífice de su propia vida. Pero has de reconocer que es una tarea muy difícil. ¿Cuántos crees que lo logran? Yo creía haberlo conseguido hasta que me he visto en una situación que me supera y que no sé cómo desenredar. Y tú, ¿consideras que has sido el artífice de tu propia vida?

-No confundas mis palabras con mi vida. Mis palabras proclaman la verdad; mi vida es una constante lucha entre mis debilidades y el esfuerzo por la virtud. Y en esa lucha he vencido muchas veces y he sido derrotado algunas. Pero es verdad que, viviendo en sociedad y sobre todo en las cercanías del poder, resulta imposible erigirse en único artífice de la propia vida. Una red, cada vez más espesa, te va envolviendo por todas partes hasta que te ves tan atrapado que sólo puedes decir ¡basta! y romper y escapar. Puedes hacerlo en cualquier momento. Yo lo he hecho.

-Y con bastante suerte -dijo Petronio-. Todo el mundo auguraba lo peor.

-Lo peor no es eso. Lo peor no es que el monstruo de ingratitud que creció a mi sombra decida acabar conmigo. Lo peor sería permanecer en la esclavitud, aunque fuese para volver arriba de todo. Porque no hay mayor esclavitud que el ejercicio del poder.

-¿Eso les has dicho a Rufo y Flavo como respuesta a su magnífica proposición? ¡Vaya chasco! No es cosa de todos los días que a uno le ofrezcan el poder supremo.

-Sí, les he dicho que pienso seguir en mi retiro; pero también, que sigo deseando lo mejor para Roma.

-¿Buscarán entonces otro candidato?

-Creo que no. Creo que han entendido lo que han querido entender. No me importa, ¿sabes? no me importa nada. Visto desde mi altura, todo eso son juegos de niños…juegos sangrientos, es cierto. Y lo único que me interesa de ese juego es lavar mi responsabilidad por lo que le pueda ocurrir a Pisón. Así que te lo recuerdo de nuevo, no te olvides de advertirle.

 

En el camino de vuelta pregunté a Petronio:

-¿Sabes si Pisón querrá recibirte? ¿si te creerá?

-No he de ver a Pisón para nada, no tengo nada que decirle.

-¿No piensas cumplir tu promesa? -pregunté, sorprendido.

-Al contrario, la he cumplido al pie de la letra. Recuerda lo que me pidió Paulina, «miéntele si es preciso», y se lo prometí…A propósito, ¿qué te ha parecido el personaje, visto en carne y hueso? ¿Tienes ya clara la jerarquía de tus dioses?

-Sí. Primero está Petronio y luego viene Séneca.

-Y eso, ¿por qué?

-Porque Petronio contienen a Séneca, pero Séneca no contiene a Petronio.

           (CONTINÚA)

 

 

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