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Cultura y poder (sabiduría clásica VII)

trumpA propósito de la reciente elección de cierto líder político mundial, que se manifiesta sin complejos como lo que podríamos llamar “un patán con dinero”, he pensado en la diferencia sustancial que existe entre la antigüedad clásica y nuestro tiempo en lo que se refiere a la valoración de la cultura por parte del poder.

Iba ya a empezar a divagar sobre el asunto cuando he recordado que en mi ensayo Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas, traté fugazmente del tema en unos párrafos que también trasladé a este blog. Me complazco en reproducirlos a continuación porque creo que se adecuan perfectamente a esta serie sobre la sabiduría clásica.

Pero ¿tenía sensibilidad literaria el amo de Roma [Augusto]?

Una respuesta afirmativa a esta pregunta resultaría rara desde la perspectiva contemporánea, acostumbrada a líderes políticos semianalfabetos. Pero entonces no lo era en absoluto. Desde muy antiguo el político romano (que durante siglos no fue un ente aparte del ciudadano o del militar) solía ser un hombre no sólo instruido sino además amante de las letras y de algún tipo de conocimiento (agricultura, astronomía, historia, lingüística…).

El viejo Catón, ejemplo máximo de romano duro, opuesto a las blanduras de la influencia helenística, cónsul en 195 a.C., censor inflexible, escribió un tratado sobre la agriculturciceron grandea y varios libros sobre historia, que no se han conservado; Cicerón, orador, escritor magnífico y divulgador de la filosofía griega, gobernó la república como cónsul y nunca estuvo apartado (mientras se lo permitieron) de los asuntos públicos; Marco Terencio Varrón, político que ocupó diversos cargos, militar en la guerra civil al lado de Pompeyo y luego perdonado y recuperado por César, fue un famoso lingüista (De lingua latina) y autor de tratados sobre agricultura (Rerum rusticarum).

Pero no hay duda de que el caso más vistoso es el del mismo Julio César. Mientras no daba respiro a su ambición política, mientras dirigía la guerra de las Galias o la civil que le enfrentó a Pompeyo, César no dejó de escribir. Y no sólo las famosas crónicas bélicas, que por sí solas lo sitúan entre los mejores prosistas latinos, sino images (6)tambíen un tratado de gramática (De analogia) y por lo menos una tragedia (Edipo), que lamentablemente se han perdido. Y esta compaginación, tan extraña para los modernos, entre actividad política y excelencia cultural se mantuvo, al menos como desideratum, a lo largo de toda la época imperial hasta llegar al emperador-filósofo Marco Aurelio.

El mismo caso de Nerón, poeta y cantante frustrado, puede entenderse como una triste caricatura de aquella tendencia natural romana, sin olvidar que su consejero político durante años, Séneca, fue uno de los grandes escritores y filósofos de la época.

Bien, todo esto para decir que – a diferencia de lo que ocurre en nuestros tiempos – entre los romanos era normal que el máximo dirigente del estado tuviese sensibilidad literaria o artística y que, por lo tanto, es seguro que Augusto estaba en condiciones de apreciar la obra de Ovidio.”

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OVIDIO, las dos caras de la vida II

sulmonaPublio Ovidio Nasón nació en Sulmona, Italia, el 43 a.C., un año exacto después de la muerte de César, meses antes del asesinato de Cicerón. Aún faltaban unos años para que la paz se impusiera de la mano de hierro de Augusto, el sobrino-nieto de Julio César. Pero, de hecho, durante toda su vida, los conflictos sangrientos, las guerras fratricidas, serían historia para el pacífico poeta. Porque Ovidio solo fue y quiso ser eso: poeta. A su padre, que le instaba a que se labrase un porvenir más acorde con el alto prestigio social de la familia, le respondía que su actitud no era voluntaria, que lo sentía mucho, pero que ocurría que cuanto se proponía escribir en prosa, le salía en verso.

Larga vida le esperaba a nuestro Publio y, según todos los indicios, plenamente dichosa o, al menos – ya sabemos que la felicidad perfecta no existe -, con toda la dicha que puede mantener una persona horacioque no se plantea cuestiones insolubles, que carece de ambiciones sociales o políticas y que se deja llevar por un tranquilo temperamento artístico.

Alternaba con la buena sociedad, que era la que le correspondía por nacimiento y fortuna, especialmente con gente dedicada a las letras como el mecenas Mesala Corvino (al auténtico Mecenas apenas lo trató) y el poeta Tibulo, del que en cierto modo se consideraba continuador. También conoció a Horacio y a Propercio y, un poco, a Virgilio, que era como el poeta oficial de la corte de Octavio Augusto.

La pompa oficial y cortesana no le interesaba a nuestro joven poeta, y mucho menos las intrigas del poder. Vivía en medio de un mundo culto, bello y refinado, y su arte poética gustaba de emplearse en los aspectos que más le atraían de ese mundo: las bellas mujeres y el amor.

Pero los dioses no se andan con miramientos. Son caprichosos y suelen golpear con especial saña al que menos se lo merece y, por consiguiente, menos se lo espera.


Corría el año 8 de nuestra era. Publio Ovidio Nasón tenía cincuenta; era un hombre feliz. Muy feliz. La fama le señalaba como el gran poeta de ovidio-en-el-pontomoda. Todos los salones estaban abiertos para él. Amaba a su tercera esposa y era fielmente correspondido. Cultivaba encantado las notables capacidades intelectuales de la hija que le diera su anterior esposa. Acababa de coronar su gran Metamorfosis y ya iba a someterla al juicio de su selecto círculo habitual, antes de publicarla. Fue en ese momento cuando le alcanzó el rayo de Júpiter, la orden de relegatio (destierro sin pérdida de bienes ni de ciudadanía) dictada por Augusto, que le obligaba a salir de Roma y a residir en Tomis, a orillas del mar Negro. ¿Por qué?

Hace siglos que historiadores y eruditos intentan desentrañar las causas, sin resultados convincentes. En su obra posterior al hecho, el mismo Ovidio menciona dos: carmen et error. Carmen es el poema, la obra poética que, por disoluta y subversiva, había concitado el odio de Augusto, que la entendió como una forma de oposición frontal a su política de regeneración moral de la sociedad romana. El Error no se sabe en qué consistió. El mismo Ovidio se abstiene de aclararlo porque, dice, si lo hiciese, aumentaría aún más la cólera de Augusto y, visto lo que se daba…

La ignorancia del hecho fundamental determinante del destierro de Ovidio ha provocado ingentes cantidades de estudios con suposiciones y elucubraciones de todas clases, algunas de lo más pintoresco. Incluso yo mismo me he atrevido a dar mi idea, que el lector podrá encontrar allá donde la expuse.

tocador-romanoEl caso es que, de la noche a la mañana, como suele decirse, Ovidio pasó del paraíso de la civilizada y refinada Roma al infierno de una ciudadela asediada por pueblos bárbaros, situada en el límite nororiental del Imperio.

El escritor, el poeta que había en él, se resintió del trágico golpe de fortuna, como no podía ser menos, pero el impulso creador persistió. Solo cambiaron los temas y la intención. Dejó de cantar a las mujeres enamoradas y a los dioses y diosas caprichosos y mudables, y se centró en dos únicos temas: la descripción del terrible escenario donde estaba obligado a vivir (frío, desolación, ausencia de cultura y de almas afines, terror ante las incursiones de los bárbaros) y el intento de mover a compasión a cuantos podían comprenderle y, sobre todo, al único que podía salvarle: el mismo que le había condenado.

Todo lo que se sabe de la estancia de Ovidio en Tomis lo sabemos por él mismo. Nos lo cuenta en tres colecciones de poemas: Tristes, cartas dirigidas a sus tomis-2amigos (sin precisar nombres), esposa e hija, en las que explica su situación, da rienda suelta a la nostalgia de Roma, reivindica su inocencia (fue error, no crimen) y suplica al César un perdón o, al menos, un alivio de la pena; Pónticas, de contenido parecido a la anterior, pero donde aparecen los nombres de los destinatarios, como si hubiese desaparecido el miedo a comprometerlos, y Ibis, diatriba contra un enemigo, cuyo nombre real se ignora, que quizá había sido decisivo en la condena del poeta.

Pero todos sus esfuerzos, todos sus intentos, a través también de la esposa y de algún amigo fiel fueron inútiles. Y es que el poder lastimado es como una fiera herida. No puede perdonar, ha de acabar con el “agresor” (incluso con el imaginario), por grande o pequeño que sea, sin tregua ni compasión.

Pero ese poder tan intangible como obtuso ignora que en el alma de todo artista hay una parte que es inmortal. Ovidio lo sabe y con su ejemplo enseña que, aunque todas las delicias de la vida se hundan en la nada por obra de una desgracia o de un poder tiránico y absurdo, siempre quedará la compañía y el gozo del propio ingenio, del propio arte. Ni el César tiene sobre esto ningún poder (Caesar in hoc potuit iuris habere nihil).

Este es el legado de Ovidio. El cantor de los tiernos amores sabe, proclama, que, más allá del último día, gracias a su obra, que ningún tirano pudo ni podrá nunca silenciar, “viviré, y gran parte de mí permanecerá”.

vivam, parsque mei multa superestes erit.

[De Los libros de mi vida. Lista B]

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OVIDIO, las dos caras de la vida I

 

necesidad ovidioÉrase una vez un hombre feliz, muy feliz, que tenía amigos, muchos amigos. No se sabía si era feliz porque tenía muchos amigos o si tenía muchos amigos porque era feliz. Pero llegó el día en que se despejó la incógnita: dejó de ser feliz y se quedó sin amigos. Entonces escribió:

Donec eris felix multos numerabis amicos,

tempora si fuerint nubila solus eris.

Porque el hombre era romano y todos los romanos no analfabetos de entonces escribían en latín, y los más cultos también en griego. Si hubiese escrito como nosotros, lo habría dicho más o menos así:

Mientras seas feliz contarás con muchos amigos,

si el tiempo se nublase, estarás solo.

Y es que además era poeta, es decir, de esa clase de escritores que buscan las mejores palabras para expresar con eficacia las cosas esenciales.

Para Publio Ovidio Nasón, que este era su nombre, las cosas esenciales eran el amor, la mujer y la belleza de las formas humanas y divinas, siempre cambiantes. Esta era la toda materia de que estaban hechos sus versos antes de que el cielo se colmase de nubes.

Amores es un conjunto de poemas, repartidos en tres partes, en los que el narrador, el poeta, nos cuenta las penas y alegrías de su pasión por una joven hermosa, a la que llama Corina. A ella se dirige la mayoría de los poemas, de manera que el lector se convierte en una especie de observador privilegiado de una historia casi íntima: la cena elegante donde el poeta sufre ante la visión de la amada acompañada de su marido; la descripción de una alcahueta; las ideas y venidas de una esclava con cartas amorosas; el disgusto del amante ante el cambio de color del cabello de la amada; los ruegos al portero para que no le impida verla; las infidelidades de ella; las infidelidades de él con una esclava de ella, negadas por el poeta ante Corina y a continuación confesadas por él mismo dirigiéndose a la esclava… Hacia el final lo conflictivo va ganando espacio. Se plantea el tema de la posibilidad de amar a dos personas a la vez, las infidelidades no cesan y el narrador-poeta se pregunta si las penas compensan las alegrías del amor.

Si Amores es un conjunto de escenas y “experiencias” de la vida erótica de laamantes-de-pompeya sociedad romana, El arte de amar (Ars amatoria) tiene un contenido explícitamente didáctico. Compuesto también por tres libros, en los dos primeros da consejos para conquistar y retener a las mujeres, y en el último se dirige a las mujeres que quieran hacer lo mismo con los hombres. Pero, ¿qué ocurre cuando el amor se ha convertido en una obsesión insoportable, cuando no sabemos librarnos de una pasión que, contra nuestra voluntad, nos convierte en esclavos?

La respuesta a esas preguntas se halla en el librito que escribe a continuación: Remedia amoris (Remedios del amor), donde, para acabar con el amor que se ha convertido en un tormento de la mente, da una serie de consejos que, sin duda, aprobará cualquier psicólogo sensato de nuestros días: huye de la ociosidad, porque el amor retrocede ante la actividad; viaja, marcha muy lejos y no tengas prisa en volver hasta que no estés curado; evita los lugares cómplices (“aquí estuvimos”); recuerda las malas pasadas de tu amada; ten presente sus defectos físicos e incluso exagéralos: si es llenita, recuérdala gorda, si bajita, enana, etc.; procura verla por la mañana cuando aún no se ha arreglado, o haciendo sus necesidades; busca otras amigas, porque todo amor es vencido por un nuevo amor; no hables del asunto ni te vanaglories de tus progresos, porque quien dice muchas veces “no amo” es que ama. Y sobre todo, es decir, el que me parece más sutil y efectivo, actúa como si no la amases, pues quien puede fingirse sano, sanará (qui poterit sanum fingere, sanus erit).

Heroídas es una obra poética compuesta por veintiuna cartas, supuestamente escritas en su mayoría por diversas mujeres de la mitología (heroínas), una de la historia (Safo) y tres por personajes masculinos, también mitológicos. Aunque había precedentes, sobre todo en el teatro, corresponde a Ovidio el mérito de haber dido cartagoprofundizado y perfeccionado aquel recurso consistente en que el personaje se presente, sienta y hable por sí mismo. Desde él mismo. La mayoría de las protagonistas-autoras de esas cartas poéticas son mujeres y el tema es siempre el amor. Pero no el amor algo frívolo y más bien mecánico de Amores o Ars amatoria, sino aquel sentimiento profundo e invencible que han cantado, con distinto acento, todos los poetas de todos los tiempos y lugares: el amor-pasión. Cierto que algunos sabios pensadores decidieron que ese tipo de amor sólo se da en Europa y en determinados siglos como resultado de la represión cristiana del instinto sexual; pero no es menos cierto que, como ya he observado en alguna ocasión, el fluir natural de las cosas no siempre obedece a los esquemas dibujados por los sabios pensadores.

La obra perfecta de Ovidio se titula Metamorfosis. Consta de quince libros escritos en hexámetros (verso tradicional de la épica romana) en los que se cuenta nada augustusmenos que la historia del universo y la humanidad desde el primigenio Caos hasta la apoteosis de Julio César y el triunfo de su sucesor Augusto. El hilo conductor de todo el relato es la serie de transformaciones que en el universo se operan continuamente. Los gigantes se convierten en hombres; los crímenes de estos son castigados por Júpiter con el Diluvio, del que sólo se salvan Deucalión y Pirra; de las piedras que la pareja va esparciendo surge una nueva raza humana… Y, enlazadas las historias de modos diversos, conocemos las variadas transformaciones que sufren las personas, las cosas y los mismos dioses (Daphne en laurel, Jacinto y Narciso en las respectivas flores, Io en vaca, Calisto en constelación y un larguísimo etcétera, que incluye al mismo Júpiter, toro, águila e incluso lluvia en sus correrías galantes). La multitud de historias y personajes y, sobre todo, la belleza de los relatos convirtió esta obra en la gran enciclopedia poética de la mitología clásica, a la que han ido a beber toda la Edad Media, el Renacimiento y cuantos eruditos y poetas han seguido fascinados, hasta nuestros días, por aquel mundo antiguo.

Pero si vamos más allá de sus aspectos formales, encontraremos al Ovidio de siempre. Quiero decir que, si bien las metamorfosis son el hilo conductor aparente, la verdadera fuerza que mueve todas las historias es la pasión. La pasión amorosa es lo que empuja a dioses, hombres, mujeres y diosas a moverse unos hacia otros, o a huir transformados en árbol, animal, piedra, constelación…

Las obras de la segunda etapa de su vida (Tristes, Desde el Ponto) son muy diferentes de las anteriores, en el tono y en la intención. Para que se diese ese cambio tuvo que ocurrir algo terrible; una de esas cosas que a veces trama el destino sin participación consciente del individuo. Y es que hasta entonces todo había ido bien. Muy bien.  (Continúa)

[De Los libros de mi vida. Lista B]

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Religión, dioses, mente divina I (sabiduría clásica IV)

diosesEs sabido que los romanos eran gente más seria que los griegos. En la religión tenemos un ejemplo. En la antigua Grecia, los dioses formaban un alegre batiburrillo que poco o nada tenía que ver con el destino del individuo o del pueblo, aunque a veces se utilizaba como espantajo desde una posición conservadora, como en el caso de Sócrates.

Pero ya desde muy antiguo, para los griegos los dioses fueron sobre todo figuras poéticas que embellecían la vida y, de paso, aportaban explicaciones variopintas de los fenómenos de la naturaleza. Y, por supuesto, nada tenían que ver con un credo ordenancista ni con la moral, y poco con la trascendencia. jupiter cap

Entre los romanos la cosa fue muy distinta desde el principio. Los dioses eran personajes imponentes que aseguraban el bienestar del pueblo y la persistencia y expansión del Estado, siempre que se les tratase debidamente. Los ritos religiosos estaban a cargo del poder público. Pero no existía propiamente una casta sacerdotal, sino que su dirección y custodia constituían una faceta más de la actividad política, de manera que las mismas personas que podían ejercer de cónsules o pretores podían ser, al mismo tiempo o en otro momento, pontífices, augures, etc

Los rituales eran muy rigurosos. El más pequeño error invalidaba la ceremonia o podía desencadenar grandes desgracias. Y siempre se consideró, oficialmente, que el destino de Roma dependía de la buena relación con los viejos dioses.mitologia

Pero, ¿creían los romanos en sus dioses? Depende. Porque había a estos efectos dos clases de romanos. Los incultos, analfabetos, campesinos, soldados…o sea, la mayoría, por un lado, y la clase acomodada, plebeyos o patricios, leídos y más o menos cultos, por otro.

Los primeros creían por lo general en los dioses con la misma fe supersticiosa que creían en miles de otras cosas. En cuanto al segundo grupo, el de los cultos, es difícil encontrar pronunciamientos claros y decididos.

Por lo general predomina un respetuoso consenso sobre la cuestión, con algunas excepciones, como la de Julio César, ateo declarado. Lo que no impedía que en ocasiones, en el pequeño mundo del pensamiento filosófico, se considerase la cuestión con una actitud no sé si llamarla cínica o hipócrita. En su obra Sobre la naturaleza de los dioses, Cicerón pone en boca de uno de los dialogantes estas palabras:

¿Existen los dioses o no existen? Es difícil negar su existencia. Pienso que sería así si la pregunta tuviese que plantearse en una asamblea pública, pero en una conversación privada y en una compañía como ésta es sumamente fácil. Así, pues, yo, que soy pontífice, que considero un deber sagrado defender los ritos y las doctrinas de la religión establecida desearía muy de veras estar convencido de este dogma fundamental de la existencia divina, no como un artículo meramente de fe sino como un hecho comprobado o verificado. Pues pasan por mi mente muchas ocurrencias perturbadoras, que a veces me hacen pensar que no existen dioses en absoluto. (Sobre la naturaleza de los dioses, I, 61; trad. Francisco de P. Samaranch).augures

En su obra Sobre la adivinación el mismo Cicerón habla por su cuenta así:

Nosotros los augures no somos tales que predigamos el futuro por medio de la observación de las aves o de los demás signos […] Pero tanto por la consideración a la opinión del vulgo, como por las grandes utilidades de la república, se conservan las prácticas, los ritos, las reglas, el derecho de los augures, la autoridad de su colegio. (Sobre la adivinación, II, XXXIII, 70; trad. Julio Pimentel Álvarez).

La misma idea, con mayor concisión y claridad, la expresa el poeta Ovidio:

Es útil la existencia de los dioses y, como que es útil, hemos de creer que existen (Arte de amar, 635; trad. José-Ignacio Ciruelo).

Es bien sabido que los romanos eran gente muy práctica. (continúa)

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El tiempo que pasa (sabiduría clásica II)

La necesidad de aprovechar el tiempo es una de las principales preocupaciones de Séneca. Ya la primera carta a Lucilio la dedica a este tema:reloj2

El tiempo que hasta hoy te han estado tomando, te han estado robando o que te ha huido, recógelo y aprovéchalo. Persuádete de que es tal como te lo estoy escribiendo; unas horas nos han sido tomadas, otras nos han sido robadas, otras nos han huido. La pérdida más vergonzosa es, sin duda, la que acontece por negligencia. Y si te fijas bien, la mayor parte de la vida la pasamos entregados al mal; otra parte, y no menguada, sin hacer nada, y toda la vida haciendo lo que no deberíamos hacer. […] Asegura bien el contenido del día de hoy, y así será como dependerás menos del mañana. Aunque aplacemos las cosas, la vida nos huye. Todas las cosas, Lucilio, en realidad nos son extrañas, solo el tiempo es bien nuestro. (Cartas morales a Lucilio, I, trad. Jaume Bofill i Ferro)

En varias ocasiones sostiene Séneca que la vida no es breve, que somos nosotros los que no la sabemosseneca epistolas aprovechar. ¿Y cómo la desaprovechamos? Dedicando nuestro tiempo a actividades absurdas que nos van alejando de la posibilidad del verdadero goce de la vida.

Larga es la vida si la sabemos aprovechar. A uno detiene la insaciable avaricia, a otro la cuidadosa diligencia de inútiles trabajos; uno se entrega al vino, otro con la ociosidad se entorpece; a otro fatiga la ambición pendiente siempre de ajenos pareceres, […] Hay otros que en veneración no agradecida de superiores consumen su edad en voluntaria servidumbre, […] Pequeña parte de la vida es lo que vivimos: porque lo demás es espacio, y no vida, sino tiempo. (De la brevedad de la vida, I ; trad. Pedro Fernández Navarrete).

En cierto momento, Cicerón, hablando por boca de su personaje Catón el Viejo, opina que la longitud del tiempo es indiferente; que, una vez transcurrido, no importa si fue largo o corto, porque, al pasar, da muerte por igual a todo lo que en su escenario ocurre:

No me parece duradero nada que tenga un término; en efecto, en el mismo momento de llegar éste, se desvanece todo lo que ha pasado. (Sobre la vejez, XIX, LXIX; trad. Eduardo Valentí Fiol).

Quizá quien con más acierto y contundencia expone el rasgo fundamental del tiempo que pasa sea un poeta, Publio Ovidio Nasón, y lo hace con solo tres palabras, que vale la pena recordar en su versión original: tempus edax rerum:

El tiempo, devorador de las cosas. (Metamorfosis, XV, 234)tempus edax

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El misterio de Ovidio II

augustusSe dice que unos amigos de Ovidio, que lo eran también de Germánico, organizaron en casa del poeta una sesión de adivinación esotérica para averiguar si su candidato sería finalmente el elegido. Alguien dio el soplo. Augusto, encolerizado por lo que consideró una conspiración, un atentado contra su poder absoluto, decidió cortar por lo sano. Pero ¿qué hacer? Si castigaba a los principales culpables, descubriendo el auténtico motivo del castigo, pondría de manifiesto la existencia de una importante oposición a sus designios, con el peligro de que, al airearse, esta se propagase como el fuego. Ovidio le dio la solución. Quiero decir que la presencia del poeta en el escenario del “delito” le sirvió para diseñar un plan de castigo realmente astuto.

Para él, el odiado poeta, cantor de amores libidinosos y denostador de hecho de su programa de regeneración moral, merecía la pena, cualquiera que hubiese sido su participación en el acto subversivo. Los otros también, por supuesto. Pero en este caso, más efectivo que un castigo, que podía sacar a la luz pública el motivo verdadero, cosa que Augusto temía por encima de todo, sería el escarmiento en cabeza ajena. En adelante sabrían muy bien a qué atenerse y además no podrían hablar ni una palabra del asunto sin de alguna manera inculparse. Oficiosamente se castigaba a Ovidio por la inmoralidad decarcopino sus poemas. Nadie tenía que buscar otra razón. No sabemos si la cosa coló o no entre la sociedad romana. Porque estaba el detalle, ciertamente extraño, de que aquellos poemas “inmorales” llevaban por lo menos ocho años circulando por salones y bibliotecas sin que nadie hubiese molestado para nada al célebre y admirado autor.

Tampoco el poeta castigado tenía opción alguna a la defensa, no ya jurídica, que era de hecho imposible, sino moral. Él mismo da entender en algún punto de su obra del exilio que, si revelase la realidad del error, Augusto se sentiría aún más ofendido. Así que, visto lo que se daba, se comprende muy bien el silencio del poeta.

La hipótesis que acabo de exponer no me ha venido de la nada. Está basada en una idea de Carcopino. Creo que es la más lógica y comprensible de cuantas he tenido noticia, incluyendo las que apuntan a supuestas relaciones con Julia, la hija disoluta de Augusto, o liviaal conocimiento casual por parte del poeta de alguna intimidad inconfesable del César o de su esposa Livia, que son las más extendidas. También hay alguna un poco – o un mucho – extravagante, de esas que parecen lanzadas para llamar la atención sobre la persona del lanzador. La que, entre todas éstas, se lleva la palma es la formulada por J.J. Hartmann en 1923.

Según este erudito, el exilio de Ovidio nunca existió. Es pura ficción, que el poeta tramó para proporcionarse el tema de sus últimas obras (Tristes, Pónticas y Contra Ibis). O sea, que no hubo rayo jupiterino ni destierro al fin del mundo; que Ovidio seguía tan ricamente en su villa romana mientras imaginaba que se moría de frío y de terror en un inhóspito lugar de la costa del mar Negro. Es una lástima que el tal Hartmann fuese prácticamente contemporáneo de Ovid_among_the_ScythiansOscar Wilde, porque, de no ser así, quizá nos hubiese regalado también la ingeniosa teoría de que la condena y la prisión de Wilde nunca existieron, de que fue todo pura ficción para justificar sus obras De profundis y Balada de la cárcel de Reading. Aunque también podría ser que el inexistente fuese el tal Hartmann, es decir, que este investigador hubiese sido imaginado en 1985 por el también investigador Fitton Brown para dar éste mayor autoridad a su propia teoría sobre la inexistencia del exilio ovidiano… Pero no sigamos por este camino y dejemos en paz a los eruditos con sus inocentes fantasías y querellas.

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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El misterio de Ovidio I

Ovid_BiopicCorría el año 8 de nuestra era. Publio Ovidio Nasón tenía cincuenta; era un hombre feliz. Muy feliz. La fama le señalaba como el gran poeta de moda. Todos los salones estaban abiertos para él. Amaba a su tercera esposa y era fielmente correspondido. Cultivaba encantado las notables capacidades intelectuales de la hija que le diera su anterior esposa. Acababa de coronar su gran Metamorfosis y ya iba a someterla al juicio de su selecto círculo habitual, antes de publicarla. Fue en ese momento cuando le alcanzó el rayo de Júpiter, la orden de relegatio (destierro sin pérdida de bienes ni de ciudadanía) dictada por Augusto, que le obligaba a salir de Roma y a residir en Tomis, a orillas del mar Negro. ¿Por qué?

El intento de responder a esta pregunta ha generado ríos de tinta, que diría un escritor metamorfosispoco imaginativo, como quizá es el caso. Numerosos estudiosos de todas las latitudes han empleado tiempo, esfuerzo y a veces fantasía en el empeño de descifrar el enigma. Todo inútil. Y es que parece que la respuesta exacta se quedará oculta en una de tantas nubes oscuras e impenetrables que adornan el cielo de la historia, hasta que quizá, algún día, venga un poeta para alzarnos el telón de la escena verdadera. Algo así intentó Vintila Horia con su novela Dios ha nacido en el exilio, pero se quedó en un bello intento, anacrónicamente edulcorado con propaganda cristiana, por cierto.

vintila horiaNo hay ningún documento o testimonio de la época que arroje un poco de luz sobre el asunto. Sólo las palabras que el propio Ovidio va dejando aquí y allá en su obra posterior al destierro, y que no aclaran lo fundamental. Las causas de su desgracia, nos dice en repetidas ocasiones, fueron carmen et error. Carmen es el poema, es decir, la obra poética licenciosa que le atrajo las iras de Augusto. Es verdad que, con solo esto, ya tenía el poeta preparada su sentencia. Pero faltaba la rúbrica. Y la rúbrica fue aquel hecho misterioso, quiero decir, desconocido tal vez para siempre, que el propio afectado designa con el nombre de error. Las hipótesis son variadas y, algunas, hasta disparatadas. Y dado que también tengo yo derecho a decir la mía e incluso a disparatar, ahí va mi propuesta.

Es evidente que el error debió de consistir en algo muy grave para que mereciese un castigo tan severo. Pero ¿de qué naturaleza? Respuesta fácil: política. Y es que, para un autócrata, lo único que reviste auténtica gravedad es lo que se relaciona con sus prerrogativas y su permanencia en el poder. Y adelantándome a ciertas objeciones que se me podrían oponer, he de recordar que Augusto no era un Nerón o un Calígula, para tiberioquienes la maldad no iba sólo asociada al mantenimiento del poder sino que era además expresión de unas mentes débiles y desequilibradas. Por el contrario, Augusto era un dechado de fortaleza y de equilibrio, así que, repito, lo único realmente grave para él era lo que podía atentar contra su poder. Pero esto nos lleva a una conclusión sorprendente: que Ovidio, el suave y risueño vate de las penas y alegrías del amor, el artista delicado y visceralmente apolítico, conspiraba contra el César. Más que sorprendente, es increíble.

Por aquellos años tenía lugar una sorda lucha en los aledaños del poder – frase manida, pero que se ajusta perfectamente al caso. Augusto no contaba con un sucesor claro. No tenía hijos varones propios, y tampoco existía en Roma ley o tradición alguna que germanicoimpusiese una sucesión familiar. Los candidatos naturales eran dos: Germánico, de la familia Julia, casado con una nieta de Augusto y que se había de revelar como uno de los mayores genios militares de la historia romana (y padre de Calígula) y Tiberio, de la familia Claudia, hijo del anterior matrimonio de la esposa de Augusto, Livia. Naturalmente, la influencia de la esposa pesaba mucho, así que Tiberio se hallaba en mejor posición que el oponente. Tanto que parece que Augusto ya lo tenía designado in mente. Pero los del círculo de Germánico no perdían la esperanza. (continuará)

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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