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CONVERSACIONES CON PETRONIO VII

Aquella noche me vi cenando con Petronio y otros comensales.

-El deseo de riquezas ha creado esta situación. Pues antes, cuando la simple virtud satisfacía, florecían las artes, y los hombres competían para que nada quedase para descubrir en el futuro…

El que así hablaba era un viejo canoso, cuyo rostro surcado de arrugas tenía un algo indefinible de grandeza, pero de aspecto tan poco cuidado que ofrecía la viva estampa de esos hombres de letras que los ricos no pueden soportar. Era de Tarento y se llamaba Eumolpo.

-Pasemos a las artes plásticas -proseguía-. Lisipo murió de hambre empeñado en dar los últimos toques a una condenada estatua que se le resistía; Milón, que puede decirse que metía en el bronce las almas de hombres y animales, no tuvo sucesores. Nosotros, en cambio, saturados de vino y mujerzuelas, no somos capaces ni de estudiar las obras ya conocidas, y nos atrevemos a acusar a la antigüedad mientras que sólo enseñamos y aprendemos sus vicios…

Las palabras de Eumolpo eran seguidas atentamente por los comensales: Agamenón, situado a su lado, orador y abogado, que rondaba la cuarentena, Encolpio, joven de mi edad, tan fascinado, decía, por las letras como por correr mundo, Ascilto, joven también y del que aún nada sabía, y Gitón, muchacho de apenas dieciséis años, bello como un dios, pero cuyas gracias y virtudes, diría, estaban todas en aquella su femenina hermosura. Sólo Petronio parecía distraído, o mejor dicho, concentrado en no se qué pensamientos profundos.

En el rostro de Encolpio se iba dibujando, cada vez con mayor claridad, una amplia sonrisa burlona. Entonces tomó la mano de Gitón, que estaba a su lado, y empezó a acariciarla suavemente. El gesto no le pasó inadvertido a Eumolpo, que endureció la voz al tiempo que parecía ya dispuesto a dar fin a su larga perorata.

-Así que no os extrañéis si el arte de la pintura ha desaparecido cuando a todos, hombres y dioses, les parece que hay más belleza en un montón de oro que en toda la obra de Apeles y Fidias, esos griegos maniáticos.

Sin abandonar su sonrisa burlona, Encolpio dio una breves y sonoras palmadas a modo de aplauso y dijo:

-Bravo, Eumolpo. Has hablado muy bien, viejo poeta. Así que, según tú, si no nos tentase tanto el oro y no consumiésemos la vida entre el vino y las mujeres, las artes florecerían como en los buenos tiempos…Pero ¿y los muchachos? ¿Qué me dices de los muchachos?

-Sí, Eumolpo -dijo Ascilto, que había estado escuchando con toda la seriedad del mundo-, ¿qué nos dices de los muchachos?

Por toda respuesta, Eumolpo arrancó de una fuente próxima un muslo de ave y comenzó a mordisquearla con avidez.

-Vamos, Eumolpo -insistió Ascilto-. Según tú, el dinero, el vino y las mujeres nos han traído a esta decadencia con olvido de las bellas artes. Pero ¿y los muchachos? ¿Qué nos dices de los muchachos? ¿No nos arrastran también por el camino de perdición? Mira a Gitón. ¿Has visto alguna vez algo tan hermoso?

Al oir esto, Gitón se separó de Encolpio y, desplazándose ligeramente, se arrimó a Ascilto, que estaba a su otro lado y dijo:

-Tú sí que eres hermoso, querido Ascilto, y tu buen corazón se iguala con tu belleza. Y no entiendo nada de lo que dice el viejo, ni me importa. Pero parece que busca culpables, ¿no?

Mientras Eumolpo empezaba a dar cuenta de otro muslito de ave, Encolpio, que apenas podía disimular el enojo que le causaba el cambio de posición de Gitón, dijo:

-Claro que busca culpables, culpables de lo que llama nuestra decadencia. Pero no se ha atrevido a mencionar a los muchachos, ¿sabéis por qué? No sólo porque estás tú aquí delante, querido Gitón, sino también, y sobre todo, porque los muchachos le encantan, le vuelven loco, vamos, que le chiflan. Recuerda que en más de una ocasión he tenido que protegerte de él. Pero mejor que olvidemos sus hazañas en este campo. Porque, como preceptor de jóvenes distinguidos, sería imposible llevar la cuenta de todos los que ha corrompido. Por millares se deben contar los que han pasado por sus manos, por no mencionar otra extremidad corpórea menos decorosa.

Como si nada oyese o no fuesen dirigidas a él estas palabras, Eumolpo proseguía su discurso:

-Y si pasamos al terreno de las letras, el panorama no es menos desolador. ¿Dónde están hoy los Ennio, los Virgilio, los Tibulo, los Propercio? y no pienso mencionar a Ovidio, porque por esa puerta de disolución e impudicia entraron los males que acabaron con él mismo y que acabarán con Roma. ¿Dónde están los poetas de hoy? ¿Puede recibir ese nombre un Lucano, que mientras hincha de viento las palabras se niega a reconocer la evidente acción de los dioses en las gestas humanas? ¿O un Marcial, algunos de cuyos epigramas recuerdan vagamente los de Catulo pero ensuciados con toda la mugre de la Roma de hoy? -Me asombró oír citar a mi compañero de vivienda como poeta reconocido-. Este es el panorama, y los pocos poetas que aún damos fe de vida somos ignorados o despreciados…

-¿Y los muchachos? -interrumpió Encolpio.

-Sí -dijo Agamenón, el abogado, que hasta entonces había permanecido callado-, estamos esperando que nos hables de los muchachos, Eumolpo.

-Y del teatro mejor sería no decir nada -prosiguió Eumolpo, ajeno por completo a los intereses de la concurrencia-, porque el teatro no existe. ¿Dónde están hoy la verde frescura de Plauto o la meditada elegancia de Terencio? Nada de eso veo en los escenarios. Muy bien sabéis lo que hoy en día se ve en todos los teatros de Roma: pantomimas indecentes destinadas a halagar los más bajos instintos de la plebe. Ya nadie escribe para el teatro. Ni siquiera Séneca, cuyas plúmbeas tragedias sólo son aptas para recitarse en elegantes salones poblados de aduladores exquisitos, pero que si se llevasen a escena pondrían en fuga no sólo a la plebe corrompida de hoy sino también, y con toda razón, al sanísimo público de Plauto y Terencio. Y la música…

-¿No hay manera de pararle, Encolpio? -dijo Gitón, que se había vuelto a acurrucar junto a su compañero.

-¿No hay manera de pararle, Petronio? -dijo Encolpio dirigiéndose a nuestro anfitrión.

Pero Petronio permanecía callado.

-Sí, ¿qué me decís de la música?

-Los muchachos, Eumolpo, los muchachos -exclamó Ascilto.

-¡Los mu-cha-chos, los mu-cha-chos! -corearon rítmicamente los comensales.

-La música y el divino arte del canto han llegado a tales extremos que hoy colocamos entre los dioses a un degenerado como Menécrates cuyos afeminados gorgoritos no son capaces de despertarnos del sueño que nos producen, y eso por no hablar de otro cantante de moda, situado tan alto en la escala social que todos sus aduladores no se cansan de pedir al cielo el don de la sordera. Esta es la situación en que vivimos y aquéllas que apunté son las causas…Y para no cansaros más sólo añadiré una cosa: los muchachos, los tiernos muchachitos son las criaturas más bellas que la naturaleza ha parido. Todos me gustan. Y sobre todos, tú, Gitón. Sólo con ver las tiernas caricias que prodigas a tus amigos se me ha puesto dura.

Risas y aplausos generales hasta que habla Encolpio:

-No me hagas reir, Eumolpo. ¿Cómo una acelga puede ponerse dura? ¿Has visto alguna vez una lechuga levantarse del plato como una anguila recién servida?

-No hables de lo que no sabes, Encolpio -replicó el viejo- ¿O quieres conocer mi poderío?…Después de todo, no estás nada mal.

-Sí sabe de qué habla, sí lo sabe -dijo Ascilto, muy divertido-. También él tuvo una lechuga por adorno entre las piernas. ¿Te curaste del todo, querido Encolpio?

-Ya ni me acuerdo -afirmó con seguridad Encolpio-. Aquél fue un episodio muy triste de mi vida, una auténtica pesadilla. Pero, por fortuna, ya todo ha pasado, y otra vez soy un hombre completo.

-¿Y cómo se hizo el milagro? -preguntó Agamenón.

-Nada de milagros -replicó Encolpio-. Lo milagroso, lo extraño era aquella situación de impotencia. No se puede llamar milagro a lo natural.

-Sí, ¿pero cómo se rompió el maleficio, por llamarlo de alguna manera? -preguntó Ascilto con curiosidad.

-Primero me puse en manos de una mujer de poderes prodigiosos…

-¿Una mujer? -interrumpió Eumolpo con incredulidad – ¿Una mujer te curó? ¿Lo que no hizo esa ricura de Gitón lo consiguió una mujer? Vamos, no te creo.

-Déjame hablar, ¿no? Esa mujer no me curó. Pero además no actuó como mujer. Era una bruja.

-Se puede demostrar que las brujas no existen -dijo Agamenón empuñando una copa rebosante de vino-. Es más, yo puedo demostrar que la magia y la adivinación no existen, que son pura charlatanería, engañabobos indecentes, fraude y nada más que fraude…Pero también puedo demostrar que esos poderes existen, que hay entre la tierra y el cielo unas ocultas relaciones que los iniciados saben descifrar. ¿Cuál de las dos demostraciones preferís?

-Preferimos que te guardes tu retórica -dijo Ascilto-. Ya hemos tenido bastante con el poeta.

-Era una sacerdotisa de Priapo -prosiguió Encolpio-, y me aplicó una serie de remedios tan complicados y en condiciones tan extravagantes que apenas recuerdo nada, y cuando algo de aquello me viene a la mente nunca estoy seguro si esas imágenes corresponden a mis recuerdos o a mis sueños.

-Debe ser horroroso perder la virilidad- dijo Ascilto, realemnte preocupado.

-Es lo peor que puede ocurrir, puedes estar seguro -ratificó Eumolpo-. Había una vez dos muchachos que se amaban…

-Perdona, Eumolpo, mi puntual intervención – interrumpió Agamenón con su voz más engolada-, pero pienso yo que, acaso, en algún momento de tu larga vida hayas oído hablar del amor entre hombres y mujeres.

-El amor no tiene sexo -afirmó el viejo poeta.

Ascilto rompió a reir, y dijo entre sonoras carcajadas:

-¡El amor no tiene sexo! ¡Qué bueno! Nunca había oído nada tan divertido. ¡El amor no tiene sexo! ¿Te has inventado tú eso o te lo ha soplado algún sofista de tu tierra?

-No le veo la gracia -dijo Eumolpo con toda seriedad-. Cuando digo que el amor no tiene sexo quiero decir que cualquier acto de sexo es una manifestación de amor.

-Sí -dijo Agamenón -, pero parece, o puede parecer, que unos casos se acomodan más a la naturaleza que otros. No me negarás que no es lo mismo meter el arado donde la naturaleza espera la semilla que conducirlo por los parajes más inhóspitos.

-¿Quién habla de semillas? -replicó Eumolpo-. No somos árboles, no somos equinos sementales.

-No, claro que no, pero ¿sabes tú qué somos, poeta? -preguntó Encolpio.

-Poeta, muy bien has dicho, poeta -respondió Eumolpo-, y como poeta no puedo saber lo que somos. Sólo sé lo que vemos y lo que sentimos. Eso que lo conteste un filósofo.

-No hace falta ser filósofo -dijo Agamenón- para establecer de una manera racional lo que somos y lo que no somos. Las armas de la retórica son suficientes para edificar las más sólidas argumentaciones. Yo mismo tengo argumentos bastantes para demostrar que somos hijos de un dios que nos vigila desde más allá de las estrellas…Pero también tengo argumentos bastantes para demostrar que somos algo así como la escoria del universo, basura innecesaria. ¿Qué argumentación preferís?

-Preferimos que te calles -respondieron a una los comensales.

-Sí, que te calles -insistió Ascilto-, y que Encolpio nos cuente cómo se libró finalmente del maleficio.

-Como queráis -dijo Encolpio-. Aquella bruja, la sacerdotisa de Priapo, no logró curarme con sus encantamientos. Entonces, no se cómo, fui a parar a los brazos de Críside, la doncella de la mujer que había causado mi ruina. Y de repente concebí por ella una amor extraño, un amor bello, profundo, luminoso, como nunca había sentido por persona alguna. Y así, entre sus dulces brazos, estrechado a sus carnes, más firmes y tiernas que las de cualquier muchacho, volví a ser un hombre entero.

-Entonces, no puede estar más claro el origen o causa del maleficio -dijo Agamenón-. Priapo te había castigado por haberte apartado del recto camino de la naturaleza…

-¡Qué naturaleza ni qué cuernos! -protestó Eumolpo-. Todo es naturaleza. Así, que esa maldita palabra no significa nada. Y hemos de tener en cuenta que Priapo es la sobreabundancia de la lujuria. ¿Cómo pues podría ser tan mezquino?…Además, ahí lo tenéis, amartelado de nuevo con su amiguito. ¿Cómo os explicáis esto?

-Es verdad que ahora estoy amartelado con mi amiguito, y también es verdad que he amado a Críside como a nadie en el mundo, …y que la sigo amando. ¿Cómo se explica? ¿Y yo qué se cómo se explica? Además, ¿qué necesidad hay de explicaciones?

-Eso -corroboró Eumolpo- ¿Qué necesidad hay de explicaciones? ¿A quién interesa las explicaciones?

-Claro -replicó Agamenón-, lo que ocurre es que el árbol es un árbol y el caballo es un caballo y hacen siempre lo que tienen que hacer. Pero ¿y nosotros? ¿Sabemos lo que tenemos que hacer? No, no lo sabemos. ¿Y por qué no lo sabemos? Porque ignoramos lo que somos. Pero ¿somos realmente algo? Yo os lo diré. Hay dos aspectos de considerar la cuestión…

-Vale, Agamenón -interrumpió Ascilto-. Nos importan un pimiento tus dos aspectos de la cuestión. ¿Por qué no habla Petronio?

-Sí, que hable Petronio -coreó el resto de los comensales.

-Petronio -dijo Encolpio-, de todo tú sabes mucho más que nosotros. Posiblemente de esto también. Dínos, Petronio, ¿somos algo más que hojas livianas que lleva el viento?

-Hojas livianas que lleva el viento -dijo Petronio como si paladease cada una de las palabras-. Está muy bien eso. Me recuerda una vieja canción, no de Menécrates precisamente. ¿Nada más que eso somos? ¿Nada más? Es posible. En todo caso no esperéis de mí la solución. Ni de mí ni de nadie. Además, no os he convocado aquí para daros un discurso. Al contrario, si habéis venido es porque deseaba veros, veros y oíros. Hacía mucho tiempo que no nos reuníamos. Y he de deciros que os encuentro muy bien, os mantenéis en forma. Por mi parte sólo puedo daros un consejo: seguid vuestro camino. ¿Que cuál es el camino? A eso sólo os puedo responder lo del viejo sabio: si no sabes adonde vas, cualquier camino te llevará allá. Pero tened cuidado. Vuestra misión no es filosofar sobre el sentido de la vida. Habéis nacido para vivir, para actuar. Así que ¡fuera las preguntas! Acción y palabras, acción y palabras. Vivir y parlotear sin tino, como muy bien habéis estado haciendo hasta ahora, queridas criaturas mías.

(CONTINÚA )

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Cultura y poder (sabiduría clásica VII)

A propósito de la reciente elección de cierto líder político mundial, que se manifiesta sin complejos como lo que podríamos llamar “un patán con dinero”, he pensado en la diferencia sustancial que existe entre la antigüedad clásica y nuestro tiempo en lo que se refiere a la valoración de la cultura por parte del poder.

Iba ya a empezar a divagar sobre el asunto cuando he recordado que en mi ensayo Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas, traté fugazmente del tema en unos párrafos que también trasladé a este blog. Me complazco en reproducirlos a continuación porque creo que se adecuan perfectamente a esta serie sobre la sabiduría clásica.

Pero ¿tenía sensibilidad literaria el amo de Roma [Augusto]?

Una respuesta afirmativa a esta pregunta resultaría rara desde la perspectiva contemporánea, acostumbrada a líderes políticos semianalfabetos. Pero entonces no lo era en absoluto. Desde muy antiguo el político romano (que durante siglos no fue un ente aparte del ciudadano o del militar) solía ser un hombre no sólo instruido sino además amante de las letras y de algún tipo de conocimiento (agricultura, astronomía, historia, lingüística…).

El viejo Catón, ejemplo máximo de romano duro, opuesto a las blanduras de la influencia helenística, cónsul en 195 a.C., censor inflexible, escribió un tratado sobre la agricultura y varios libros sobre historia, que no se han conservado; Cicerón, orador, escritor magnífico y divulgador de la filosofía griega, gobernó la república como cónsul y nunca estuvo apartado (mientras se lo permitieron) de los asuntos públicos; Marco Terencio Varrón, político que ocupó diversos cargos, militar en la guerra civil al lado de Pompeyo y luego perdonado y recuperado por César, fue un famoso lingüista (De lingua latina) y autor de tratados sobre agricultura (Rerum rusticarum).

Pero no hay duda de que el caso más vistoso es el del mismo Julio César. Mientras no daba respiro a su ambición política, mientras dirigía la guerra de las Galias o la civil que le enfrentó a Pompeyo, César no dejó de escribir. Y no sólo las famosas crónicas bélicas, que por sí solas lo sitúan entre los mejores prosistas latinos, sino tambíen un tratado de gramática (De analogia) y por lo menos una tragedia (Edipo), que lamentablemente se han perdido. Y esta compaginación, tan extraña para los modernos, entre actividad política y excelencia cultural se mantuvo, al menos como desideratum, a lo largo de toda la época imperial hasta llegar al emperador-filósofo Marco Aurelio.

El mismo caso de Nerón, poeta y cantante frustrado, puede entenderse como una triste caricatura de aquella tendencia natural romana, sin olvidar que su consejero político durante años, Séneca, fue uno de los grandes escritores y filósofos de la época.

Bien, todo esto para decir que – a diferencia de lo que ocurre en nuestros tiempos – entre los romanos era normal que el máximo dirigente del estado tuviese sensibilidad literaria o artística y que, por lo tanto, es seguro que Augusto estaba en condiciones de apreciar la obra de Ovidio.»

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OVIDIO, las dos caras de la vida II

Publio Ovidio Nasón nació en Sulmona, Italia, el 43 a.C., un año exacto después de la muerte de César, meses antes del asesinato de Cicerón. Aún faltaban unos años para que la paz se impusiera de la mano de hierro de Augusto, el sobrino-nieto de Julio César. Pero, de hecho, durante toda su vida, los conflictos sangrientos, las guerras fratricidas, serían historia para el pacífico poeta. Porque Ovidio solo fue y quiso ser eso: poeta. A su padre, que le instaba a que se labrase un porvenir más acorde con el alto prestigio social de la familia, le respondía que su actitud no era voluntaria, que lo sentía mucho, pero que ocurría que cuanto se proponía escribir en prosa, le salía en verso.

Larga vida le esperaba a nuestro Publio y, según todos los indicios, plenamente dichosa o, al menos – ya sabemos que la felicidad perfecta no existe -, con toda la dicha que puede mantener una persona que no se plantea cuestiones insolubles, que carece de ambiciones sociales o políticas y que se deja llevar por un tranquilo temperamento artístico.

Alternaba con la buena sociedad, que era la que le correspondía por nacimiento y fortuna, especialmente con gente dedicada a las letras como el mecenas Mesala Corvino (al auténtico Mecenas apenas lo trató) y el poeta Tibulo, del que en cierto modo se consideraba continuador. También conoció a Horacio y a Propercio y, un poco, a Virgilio, que era como el poeta oficial de la corte de Octavio Augusto.

La pompa oficial y cortesana no le interesaba a nuestro joven poeta, y mucho menos las intrigas del poder. Vivía en medio de un mundo culto, bello y refinado, y su arte poética gustaba de emplearse en los aspectos que más le atraían de ese mundo: las bellas mujeres y el amor.

Pero los dioses no se andan con miramientos. Son caprichosos y suelen golpear con especial saña al que menos se lo merece y, por consiguiente, menos se lo espera.


Corría el año 8 de nuestra era. Publio Ovidio Nasón tenía cincuenta; era un hombre feliz. Muy feliz. La fama le señalaba como el gran poeta de moda. Todos los salones estaban abiertos para él. Amaba a su tercera esposa y era fielmente correspondido. Cultivaba encantado las notables capacidades intelectuales de la hija que le diera su anterior esposa. Acababa de coronar su gran Metamorfosis y ya iba a someterla al juicio de su selecto círculo habitual, antes de publicarla. Fue en ese momento cuando le alcanzó el rayo de Júpiter, la orden de relegatio (destierro sin pérdida de bienes ni de ciudadanía) dictada por Augusto, que le obligaba a salir de Roma y a residir en Tomis, a orillas del mar Negro. ¿Por qué?

Hace siglos que historiadores y eruditos intentan desentrañar las causas, sin resultados convincentes. En su obra posterior al hecho, el mismo Ovidio menciona dos: carmen et error. Carmen es el poema, la obra poética que, por disoluta y subversiva, había concitado el odio de Augusto, que la entendió como una forma de oposición frontal a su política de regeneración moral de la sociedad romana. El Error no se sabe en qué consistió. El mismo Ovidio se abstiene de aclararlo porque, dice, si lo hiciese, aumentaría aún más la cólera de Augusto y, visto lo que se daba…

La ignorancia del hecho fundamental determinante del destierro de Ovidio ha provocado ingentes cantidades de estudios con suposiciones y elucubraciones de todas clases, algunas de lo más pintoresco. Incluso yo mismo me he atrevido a dar mi idea, que el lector podrá encontrar allá donde la expuse.

El caso es que, de la noche a la mañana, como suele decirse, Ovidio pasó del paraíso de la civilizada y refinada Roma al infierno de una ciudadela asediada por pueblos bárbaros, situada en el límite nororiental del Imperio.

El escritor, el poeta que había en él, se resintió del trágico golpe de fortuna, como no podía ser menos, pero el impulso creador persistió. Solo cambiaron los temas y la intención. Dejó de cantar a las mujeres enamoradas y a los dioses y diosas caprichosos y mudables, y se centró en dos únicos temas: la descripción del terrible escenario donde estaba obligado a vivir (frío, desolación, ausencia de cultura y de almas afines, terror ante las incursiones de los bárbaros) y el intento de mover a compasión a cuantos podían comprenderle y, sobre todo, al único que podía salvarle: el mismo que le había condenado.

Todo lo que se sabe de la estancia de Ovidio en Tomis lo sabemos por él mismo. Nos lo cuenta en tres colecciones de poemas: Tristes, cartas dirigidas a sus amigos (sin precisar nombres), esposa e hija, en las que explica su situación, da rienda suelta a la nostalgia de Roma, reivindica su inocencia (fue error, no crimen) y suplica al César un perdón o, al menos, un alivio de la pena; Pónticas, de contenido parecido a la anterior, pero donde aparecen los nombres de los destinatarios, como si hubiese desaparecido el miedo a comprometerlos, y Ibis, diatriba contra un enemigo, cuyo nombre real se ignora, que quizá había sido decisivo en la condena del poeta.

Pero todos sus esfuerzos, todos sus intentos, a través también de la esposa y de algún amigo fiel fueron inútiles. Y es que el poder lastimado es como una fiera herida. No puede perdonar, ha de acabar con el “agresor” (incluso con el imaginario), por grande o pequeño que sea, sin tregua ni compasión.

Pero ese poder tan intangible como obtuso ignora que en el alma de todo artista hay una parte que es inmortal. Ovidio lo sabe y con su ejemplo enseña que, aunque todas las delicias de la vida se hundan en la nada por obra de una desgracia o de un poder tiránico y absurdo, siempre quedará la compañía y el gozo del propio ingenio, del propio arte. Ni el César tiene sobre esto ningún poder (Caesar in hoc potuit iuris habere nihil).

Este es el legado de Ovidio. El cantor de los tiernos amores sabe, proclama, que, más allá del último día, gracias a su obra, que ningún tirano pudo ni podrá nunca silenciar, “viviré, y gran parte de mí permanecerá”.

vivam, parsque mei multa superestes erit.

[De Los libros de mi vida. Lista B]

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OVIDIO, las dos caras de la vida I

 

Érase una vez un hombre feliz, muy feliz, que tenía amigos, muchos amigos. No se sabía si era feliz porque tenía muchos amigos o si tenía muchos amigos porque era feliz. Pero llegó el día en que se despejó la incógnita: dejó de ser feliz y se quedó sin amigos. Entonces escribió:

Donec eris felix multos numerabis amicos,

tempora si fuerint nubila solus eris.

Porque el hombre era romano y todos los romanos no analfabetos de entonces escribían en latín, y los más cultos también en griego. Si hubiese escrito como nosotros, lo habría dicho más o menos así:

Mientras seas feliz contarás con muchos amigos,

si el tiempo se nublase, estarás solo.

Y es que además era poeta, es decir, de esa clase de escritores que buscan las mejores palabras para expresar con eficacia las cosas esenciales.

Para Publio Ovidio Nasón, que este era su nombre, las cosas esenciales eran el amor, la mujer y la belleza de las formas humanas y divinas, siempre cambiantes. Esta era la toda materia de que estaban hechos sus versos antes de que el cielo se colmase de nubes.

Amores es un conjunto de poemas, repartidos en tres partes, en los que el narrador, el poeta, nos cuenta las penas y alegrías de su pasión por una joven hermosa, a la que llama Corina. A ella se dirige la mayoría de los poemas, de manera que el lector se convierte en una especie de observador privilegiado de una historia casi íntima: la cena elegante donde el poeta sufre ante la visión de la amada acompañada de su marido; la descripción de una alcahueta; las ideas y venidas de una esclava con cartas amorosas; el disgusto del amante ante el cambio de color del cabello de la amada; los ruegos al portero para que no le impida verla; las infidelidades de ella; las infidelidades de él con una esclava de ella, negadas por el poeta ante Corina y a continuación confesadas por él mismo dirigiéndose a la esclava… Hacia el final lo conflictivo va ganando espacio. Se plantea el tema de la posibilidad de amar a dos personas a la vez, las infidelidades no cesan y el narrador-poeta se pregunta si las penas compensan las alegrías del amor.

Si Amores es un conjunto de escenas y “experiencias” de la vida erótica de la sociedad romana, El arte de amar (Ars amatoria) tiene un contenido explícitamente didáctico. Compuesto también por tres libros, en los dos primeros da consejos para conquistar y retener a las mujeres, y en el último se dirige a las mujeres que quieran hacer lo mismo con los hombres. Pero, ¿qué ocurre cuando el amor se ha convertido en una obsesión insoportable, cuando no sabemos librarnos de una pasión que, contra nuestra voluntad, nos convierte en esclavos?

La respuesta a esas preguntas se halla en el librito que escribe a continuación: Remedia amoris (Remedios del amor), donde, para acabar con el amor que se ha convertido en un tormento de la mente, da una serie de consejos que, sin duda, aprobará cualquier psicólogo sensato de nuestros días: huye de la ociosidad, porque el amor retrocede ante la actividad; viaja, marcha muy lejos y no tengas prisa en volver hasta que no estés curado; evita los lugares cómplices (“aquí estuvimos”); recuerda las malas pasadas de tu amada; ten presente sus defectos físicos e incluso exagéralos: si es llenita, recuérdala gorda, si bajita, enana, etc.; procura verla por la mañana cuando aún no se ha arreglado, o haciendo sus necesidades; busca otras amigas, porque todo amor es vencido por un nuevo amor; no hables del asunto ni te vanaglories de tus progresos, porque quien dice muchas veces “no amo” es que ama. Y sobre todo, es decir, el que me parece más sutil y efectivo, actúa como si no la amases, pues quien puede fingirse sano, sanará (qui poterit sanum fingere, sanus erit).

Heroídas es una obra poética compuesta por veintiuna cartas, supuestamente escritas en su mayoría por diversas mujeres de la mitología (heroínas), una de la historia (Safo) y tres por personajes masculinos, también mitológicos. Aunque había precedentes, sobre todo en el teatro, corresponde a Ovidio el mérito de haber profundizado y perfeccionado aquel recurso consistente en que el personaje se presente, sienta y hable por sí mismo. Desde él mismo. La mayoría de las protagonistas-autoras de esas cartas poéticas son mujeres y el tema es siempre el amor. Pero no el amor algo frívolo y más bien mecánico de Amores o Ars amatoria, sino aquel sentimiento profundo e invencible que han cantado, con distinto acento, todos los poetas de todos los tiempos y lugares: el amor-pasión. Cierto que algunos sabios pensadores decidieron que ese tipo de amor sólo se da en Europa y en determinados siglos como resultado de la represión cristiana del instinto sexual; pero no es menos cierto que, como ya he observado en alguna ocasión, el fluir natural de las cosas no siempre obedece a los esquemas dibujados por los sabios pensadores.

La obra perfecta de Ovidio se titula Metamorfosis. Consta de quince libros escritos en hexámetros (verso tradicional de la épica romana) en los que se cuenta nada menos que la historia del universo y la humanidad desde el primigenio Caos hasta la apoteosis de Julio César y el triunfo de su sucesor Augusto. El hilo conductor de todo el relato es la serie de transformaciones que en el universo se operan continuamente. Los gigantes se convierten en hombres; los crímenes de estos son castigados por Júpiter con el Diluvio, del que sólo se salvan Deucalión y Pirra; de las piedras que la pareja va esparciendo surge una nueva raza humana… Y, enlazadas las historias de modos diversos, conocemos las variadas transformaciones que sufren las personas, las cosas y los mismos dioses (Daphne en laurel, Jacinto y Narciso en las respectivas flores, Io en vaca, Calisto en constelación y un larguísimo etcétera, que incluye al mismo Júpiter, toro, águila e incluso lluvia en sus correrías galantes). La multitud de historias y personajes y, sobre todo, la belleza de los relatos convirtió esta obra en la gran enciclopedia poética de la mitología clásica, a la que han ido a beber toda la Edad Media, el Renacimiento y cuantos eruditos y poetas han seguido fascinados, hasta nuestros días, por aquel mundo antiguo.

Pero si vamos más allá de sus aspectos formales, encontraremos al Ovidio de siempre. Quiero decir que, si bien las metamorfosis son el hilo conductor aparente, la verdadera fuerza que mueve todas las historias es la pasión. La pasión amorosa es lo que empuja a dioses, hombres, mujeres y diosas a moverse unos hacia otros, o a huir transformados en árbol, animal, piedra, constelación…

Las obras de la segunda etapa de su vida (Tristes, Desde el Ponto) son muy diferentes de las anteriores, en el tono y en la intención. Para que se diese ese cambio tuvo que ocurrir algo terrible; una de esas cosas que a veces trama el destino sin participación consciente del individuo. Y es que hasta entonces todo había ido bien. Muy bien.  (Continúa)

[De Los libros de mi vida. Lista B]

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Religión, dioses, mente divina I (sabiduría clásica IV)

Es sabido que los romanos eran gente más seria que los griegos. En la religión tenemos un ejemplo. En la antigua Grecia, los dioses formaban un alegre batiburrillo que poco o nada tenía que ver con el destino del individuo o del pueblo, aunque a veces se utilizaba como espantajo desde una posición conservadora, como en el caso de Sócrates.

Pero ya desde muy antiguo, para los griegos los dioses fueron sobre todo figuras poéticas que embellecían la vida y, de paso, aportaban explicaciones variopintas de los fenómenos de la naturaleza. Y, por supuesto, nada tenían que ver con un credo ordenancista ni con la moral, y poco con la trascendencia. 

Entre los romanos la cosa fue muy distinta desde el principio. Los dioses eran personajes imponentes que aseguraban el bienestar del pueblo y la persistencia y expansión del Estado, siempre que se les tratase debidamente. Los ritos religiosos estaban a cargo del poder público. Pero no existía propiamente una casta sacerdotal, sino que su dirección y custodia constituían una faceta más de la actividad política, de manera que las mismas personas que podían ejercer de cónsules o pretores podían ser, al mismo tiempo o en otro momento, pontífices, augures, etc

Los rituales eran muy rigurosos. El más pequeño error invalidaba la ceremonia o podía desencadenar grandes desgracias. Y siempre se consideró, oficialmente, que el destino de Roma dependía de la buena relación con los viejos dioses.

Pero, ¿creían los romanos en sus dioses? Depende. Porque había a estos efectos dos clases de romanos. Los incultos, analfabetos, campesinos, soldados…o sea, la mayoría, por un lado, y la clase acomodada, plebeyos o patricios, leídos y más o menos cultos, por otro.

Los primeros creían por lo general en los dioses con la misma fe supersticiosa que creían en miles de otras cosas. En cuanto al segundo grupo, el de los cultos, es difícil encontrar pronunciamientos claros y decididos.

Por lo general predomina un respetuoso consenso sobre la cuestión, con algunas excepciones, como la de Julio César, ateo declarado. Lo que no impedía que en ocasiones, en el pequeño mundo del pensamiento filosófico, se considerase la cuestión con una actitud no sé si llamarla cínica o hipócrita. En su obra Sobre la naturaleza de los dioses, Cicerón pone en boca de uno de los dialogantes estas palabras:

¿Existen los dioses o no existen? Es difícil negar su existencia. Pienso que sería así si la pregunta tuviese que plantearse en una asamblea pública, pero en una conversación privada y en una compañía como ésta es sumamente fácil. Así, pues, yo, que soy pontífice, que considero un deber sagrado defender los ritos y las doctrinas de la religión establecida desearía muy de veras estar convencido de este dogma fundamental de la existencia divina, no como un artículo meramente de fe sino como un hecho comprobado o verificado. Pues pasan por mi mente muchas ocurrencias perturbadoras, que a veces me hacen pensar que no existen dioses en absoluto. (Sobre la naturaleza de los dioses, I, 61; trad. Francisco de P. Samaranch).

En su obra Sobre la adivinación el mismo Cicerón habla por su cuenta así:

Nosotros los augures no somos tales que predigamos el futuro por medio de la observación de las aves o de los demás signos […] Pero tanto por la consideración a la opinión del vulgo, como por las grandes utilidades de la república, se conservan las prácticas, los ritos, las reglas, el derecho de los augures, la autoridad de su colegio. (Sobre la adivinación, II, XXXIII, 70; trad. Julio Pimentel Álvarez).

La misma idea, con mayor concisión y claridad, la expresa el poeta Ovidio:

Es útil la existencia de los dioses y, como que es útil, hemos de creer que existen (Arte de amar, 635; trad. José-Ignacio Ciruelo).

Es bien sabido que los romanos eran gente muy práctica. (continúa)

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El tiempo que pasa (sabiduría clásica II)

La necesidad de aprovechar el tiempo es una de las principales preocupaciones de Séneca. Ya la primera carta a Lucilio la dedica a este tema:

El tiempo que hasta hoy te han estado tomando, te han estado robando o que te ha huido, recógelo y aprovéchalo. Persuádete de que es tal como te lo estoy escribiendo; unas horas nos han sido tomadas, otras nos han sido robadas, otras nos han huido. La pérdida más vergonzosa es, sin duda, la que acontece por negligencia. Y si te fijas bien, la mayor parte de la vida la pasamos entregados al mal; otra parte, y no menguada, sin hacer nada, y toda la vida haciendo lo que no deberíamos hacer. […] Asegura bien el contenido del día de hoy, y así será como dependerás menos del mañana. Aunque aplacemos las cosas, la vida nos huye. Todas las cosas, Lucilio, en realidad nos son extrañas, solo el tiempo es bien nuestro. (Cartas morales a Lucilio, I, trad. Jaume Bofill i Ferro)

En varias ocasiones sostiene Séneca que la vida no es breve, que somos nosotros los que no la sabemos aprovechar. ¿Y cómo la desaprovechamos? Dedicando nuestro tiempo a actividades absurdas que nos van alejando de la posibilidad del verdadero goce de la vida.

Larga es la vida si la sabemos aprovechar. A uno detiene la insaciable avaricia, a otro la cuidadosa diligencia de inútiles trabajos; uno se entrega al vino, otro con la ociosidad se entorpece; a otro fatiga la ambición pendiente siempre de ajenos pareceres, […] Hay otros que en veneración no agradecida de superiores consumen su edad en voluntaria servidumbre, […] Pequeña parte de la vida es lo que vivimos: porque lo demás es espacio, y no vida, sino tiempo. (De la brevedad de la vida, I ; trad. Pedro Fernández Navarrete).

En cierto momento, Cicerón, hablando por boca de su personaje Catón el Viejo, opina que la longitud del tiempo es indiferente; que, una vez transcurrido, no importa si fue largo o corto, porque, al pasar, da muerte por igual a todo lo que en su escenario ocurre:

No me parece duradero nada que tenga un término; en efecto, en el mismo momento de llegar éste, se desvanece todo lo que ha pasado. (Sobre la vejez, XIX, LXIX; trad. Eduardo Valentí Fiol).

Quizá quien con más acierto y contundencia expone el rasgo fundamental del tiempo que pasa sea un poeta, Publio Ovidio Nasón, y lo hace con solo tres palabras, que vale la pena recordar en su versión original: tempus edax rerum:

El tiempo, devorador de las cosas. (Metamorfosis, XV, 234)

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El misterio de Ovidio II

Se dice que unos amigos de Ovidio, que lo eran también de Germánico, organizaron en casa del poeta una sesión de adivinación esotérica para averiguar si su candidato sería finalmente el elegido. Alguien dio el soplo. Augusto, encolerizado por lo que consideró una conspiración, un atentado contra su poder absoluto, decidió cortar por lo sano. Pero ¿qué hacer? Si castigaba a los principales culpables, descubriendo el auténtico motivo del castigo, pondría de manifiesto la existencia de una importante oposición a sus designios, con el peligro de que, al airearse, esta se propagase como el fuego. Ovidio le dio la solución. Quiero decir que la presencia del poeta en el escenario del “delito” le sirvió para diseñar un plan de castigo realmente astuto.

Para él, el odiado poeta, cantor de amores libidinosos y denostador de hecho de su programa de regeneración moral, merecía la pena, cualquiera que hubiese sido su participación en el acto subversivo. Los otros también, por supuesto. Pero en este caso, más efectivo que un castigo, que podía sacar a la luz pública el motivo verdadero, cosa que Augusto temía por encima de todo, sería el escarmiento en cabeza ajena. En adelante sabrían muy bien a qué atenerse y además no podrían hablar ni una palabra del asunto sin de alguna manera inculparse. Oficiosamente se castigaba a Ovidio por la inmoralidad de sus poemas. Nadie tenía que buscar otra razón. No sabemos si la cosa coló o no entre la sociedad romana. Porque estaba el detalle, ciertamente extraño, de que aquellos poemas “inmorales” llevaban por lo menos ocho años circulando por salones y bibliotecas sin que nadie hubiese molestado para nada al célebre y admirado autor.

Tampoco el poeta castigado tenía opción alguna a la defensa, no ya jurídica, que era de hecho imposible, sino moral. Él mismo da entender en algún punto de su obra del exilio que, si revelase la realidad del error, Augusto se sentiría aún más ofendido. Así que, visto lo que se daba, se comprende muy bien el silencio del poeta.

La hipótesis que acabo de exponer no me ha venido de la nada. Está basada en una idea de Carcopino. Creo que es la más lógica y comprensible de cuantas he tenido noticia, incluyendo las que apuntan a supuestas relaciones con Julia, la hija disoluta de Augusto, o al conocimiento casual por parte del poeta de alguna intimidad inconfesable del César o de su esposa Livia, que son las más extendidas. También hay alguna un poco – o un mucho – extravagante, de esas que parecen lanzadas para llamar la atención sobre la persona del lanzador. La que, entre todas éstas, se lleva la palma es la formulada por J.J. Hartmann en 1923.

Según este erudito, el exilio de Ovidio nunca existió. Es pura ficción, que el poeta tramó para proporcionarse el tema de sus últimas obras (Tristes, Pónticas y Contra Ibis). O sea, que no hubo rayo jupiterino ni destierro al fin del mundo; que Ovidio seguía tan ricamente en su villa romana mientras imaginaba que se moría de frío y de terror en un inhóspito lugar de la costa del mar Negro. Es una lástima que el tal Hartmann fuese prácticamente contemporáneo de Oscar Wilde, porque, de no ser así, quizá nos hubiese regalado también la ingeniosa teoría de que la condena y la prisión de Wilde nunca existieron, de que fue todo pura ficción para justificar sus obras De profundis y Balada de la cárcel de Reading. Aunque también podría ser que el inexistente fuese el tal Hartmann, es decir, que este investigador hubiese sido imaginado en 1985 por el también investigador Fitton Brown para dar éste mayor autoridad a su propia teoría sobre la inexistencia del exilio ovidiano… Pero no sigamos por este camino y dejemos en paz a los eruditos con sus inocentes fantasías y querellas.

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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El misterio de Ovidio I

Corría el año 8 de nuestra era. Publio Ovidio Nasón tenía cincuenta; era un hombre feliz. Muy feliz. La fama le señalaba como el gran poeta de moda. Todos los salones estaban abiertos para él. Amaba a su tercera esposa y era fielmente correspondido. Cultivaba encantado las notables capacidades intelectuales de la hija que le diera su anterior esposa. Acababa de coronar su gran Metamorfosis y ya iba a someterla al juicio de su selecto círculo habitual, antes de publicarla. Fue en ese momento cuando le alcanzó el rayo de Júpiter, la orden de relegatio (destierro sin pérdida de bienes ni de ciudadanía) dictada por Augusto, que le obligaba a salir de Roma y a residir en Tomis, a orillas del mar Negro. ¿Por qué?

El intento de responder a esta pregunta ha generado ríos de tinta, que diría un escritor poco imaginativo, como quizá es el caso. Numerosos estudiosos de todas las latitudes han empleado tiempo, esfuerzo y a veces fantasía en el empeño de descifrar el enigma. Todo inútil. Y es que parece que la respuesta exacta se quedará oculta en una de tantas nubes oscuras e impenetrables que adornan el cielo de la historia, hasta que quizá, algún día, venga un poeta para alzarnos el telón de la escena verdadera. Algo así intentó Vintila Horia con su novela Dios ha nacido en el exilio, pero se quedó en un bello intento, anacrónicamente edulcorado con propaganda cristiana, por cierto.

No hay ningún documento o testimonio de la época que arroje un poco de luz sobre el asunto. Sólo las palabras que el propio Ovidio va dejando aquí y allá en su obra posterior al destierro, y que no aclaran lo fundamental. Las causas de su desgracia, nos dice en repetidas ocasiones, fueron carmen et error. Carmen es el poema, es decir, la obra poética licenciosa que le atrajo las iras de Augusto. Es verdad que, con solo esto, ya tenía el poeta preparada su sentencia. Pero faltaba la rúbrica. Y la rúbrica fue aquel hecho misterioso, quiero decir, desconocido tal vez para siempre, que el propio afectado designa con el nombre de error. Las hipótesis son variadas y, algunas, hasta disparatadas. Y dado que también tengo yo derecho a decir la mía e incluso a disparatar, ahí va mi propuesta.

Es evidente que el error debió de consistir en algo muy grave para que mereciese un castigo tan severo. Pero ¿de qué naturaleza? Respuesta fácil: política. Y es que, para un autócrata, lo único que reviste auténtica gravedad es lo que se relaciona con sus prerrogativas y su permanencia en el poder. Y adelantándome a ciertas objeciones que se me podrían oponer, he de recordar que Augusto no era un Nerón o un Calígula, para quienes la maldad no iba sólo asociada al mantenimiento del poder sino que era además expresión de unas mentes débiles y desequilibradas. Por el contrario, Augusto era un dechado de fortaleza y de equilibrio, así que, repito, lo único realmente grave para él era lo que podía atentar contra su poder. Pero esto nos lleva a una conclusión sorprendente: que Ovidio, el suave y risueño vate de las penas y alegrías del amor, el artista delicado y visceralmente apolítico, conspiraba contra el César. Más que sorprendente, es increíble.

Por aquellos años tenía lugar una sorda lucha en los aledaños del poder – frase manida, pero que se ajusta perfectamente al caso. Augusto no contaba con un sucesor claro. No tenía hijos varones propios, y tampoco existía en Roma ley o tradición alguna que impusiese una sucesión familiar. Los candidatos naturales eran dos: Germánico, de la familia Julia, casado con una nieta de Augusto y que se había de revelar como uno de los mayores genios militares de la historia romana (y padre de Calígula) y Tiberio, de la familia Claudia, hijo del anterior matrimonio de la esposa de Augusto, Livia. Naturalmente, la influencia de la esposa pesaba mucho, así que Tiberio se hallaba en mejor posición que el oponente. Tanto que parece que Augusto ya lo tenía designado in mente. Pero los del círculo de Germánico no perdían la esperanza. (continuará)

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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Oscar Wilde, última etapa

Al salir de la prisión, Wilde comprobó que el mundo que se abría ante él era algo muy distinto del que había dejado dos años atrás. Estaba arruinado. Su esposa, Constance, se había ido con los hijos al extranjero, habiendo cambiado los tres de apellido. El número de amigos y amigas había quedado reducido a la mínima expresión, aunque fieles como nunca y siempre expuestos a la ingratitud del artista. El mundo no le quería; tampoco la Iglesia católica – a la que aún no había decidido ingresar oficialmente –, que le negó una temporada de retiro en Farm Street. Entonces se fue a Francia.

Se estableció en el pueblecito de Berneval-sur-Mer (hoy, Berneval-le-Grand), cerca de Dieppe, donde, visitado y acompañado de continuo por unos pocos amigos, mantuvo los ideales y la esperanza expresados en el párrafo antes citado. Escribe en una carta: Estoy seguro que te alegrará saber que no salgo de la cárcel amargado o desilusionado. Todo lo contrario. En varios aspectos he ganado mucho. […] Toda mi vida, amigo mío, ha sido equivocada. No he sacado lo mejor que había dentro de mí. […] Creo que todavía soy capaz de hacer cosas que os gustarán a todos. Lo cierto es que, en las condiciones en que vive, aún es capaz de crear.

Y lo que crea es sin duda la obra poética más lograda de toda su carrera de escritor: La balada de la cárcel de Reading, una composición inspirada y conmovedora donde, sobre el lúgubre ambiente de la cárcel, planea la extraña y magnética presencia de un hombre condenado a muerte por haber matado a su mujer,

el hombre había matado a lo que amaba

y por eso tenía que morir

¿Con qué extraña convicción escribiría Oscar estos versos? Él mismo, con su obsesión demente ¿no había matado todo lo que amaba y por eso se estaba muriendo entre las rejas de la cárcel y de la vergüenza? Pero, no. Se salvaría. Aquella misma obra era el ejemplo de su prodigiosa resurrección. El cielo azul del verano de Berneval era la promesa más clara de salvación.

Pero llegó el otoño y el cielo se oscureció. Y los amigos que solían visitarle para compartir con él las delicias del verano fueron desapareciendo. Y se quedó solo, quizá recordando los tristes versos de Ovidio:

Donec eris feilx multos numerabis amicos 

tempora si fuerint nubila solus eris.

Pero él no soportaba la soledad. Y el cielo se oscurecía cada vez más y el anunciado aviso de su esposa para reunirse no se hacía realidad. Muy reales en cambio eran las cartas y telegramas de Bosie que le instaban a encontrase de nuevo. Imposible. Él, que tan lúcidamente había diseccionado aquella fatal relación en De profundis – por entonces aún no publicada – ¿se anudaría de nuevo con el mismo lazo? Pero es que estaba muy solo. Y no soportaba la soledad.

Se encontraron en Rouen y poco después viajaron a Nápoles. El episodio acabó como todos los anteriores, con cajas destempladas por parte de Bosie contra su amante porque éste ya no podía mantenerlo. Y esta vez, además, con el hundimiento definitivo de Oscar, que ya no volvería a levantar cabeza, quiero decir, que ya no escribiría más.

En su abatimiento, llegó a imaginarse que, si Constance hubiese llegado a tiempo, quizá se habría evitado el desastre final. Quizá, pero, como él mismo reconoció en una carta, “la cosa ya no tiene remedio, naturalmente. En cuestión de sentimientos y de sus matices románticos la falta de puntualidad es fatal”.

[Ver Constance, esposa de Wilde]

Los tres años transcurridos entre la ruptura definitiva con Bosie y el final los pasó Wilde en París, con breves temporadas en el sur de Francia, Suiza e Italia. Su residencia parisina era una triste habitación del hotel D’Alsace. Para evitar en lo posible aquel decorado deprimente, pasaba casi todo el día afuera, observando la vida animada de la ciudad, o almorzando o cenando con algún amigo, ocasión que siempre aprovechaba para pedir dinero prestado, que él y el amigo de turno sabían que no iba a devolver. No escribió ninguna obra más. Aquel terreno, aquel ambiente era totalmente inapropiado para que el artista siguiese floreciendo. Y se fue marchitando. Y la noche del 30 de noviembre del año 1900 se murió.

En los últimos momentos, de acuerdo con sus deseos, un amigo llamó a un sacerdote católico y, acogido en la Iglesia, le fueron administrados los últimos sacramentos. En más de una ocasión había afirmado que el catolicismo es religión para santos y pecadores, mientras que para la gente respetable ya está bien el anglicanismo. Y él se consideraba un pecador, por supuesto, un pecador con un amor desordenado y culpable por el arte y por la vida.

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)  

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César Augusto, moralista

Pero volvamos al punto en que habíamos dejado el currículum del gran gobernante. La alianza con Antonio no duró mucho. Una nueva contienda civil dejó a César Octavio como dueño absoluto, de hecho, del mundo romano. No se proclamó rey, dignidad a la que eran profundamente alérgicos los romanos, sino que, siguiendo el sabio ejemplo de su tío abuelo, fue acumulando los cargos públicos supremos de la república (cónsul, tribuno de la plebe, pontífice), hizo suyo el de imperator, que los soldados otorgaban por aclamación a sus jefes triunfantes (y que sirvió luego para designar los conceptos de “emperador” e “imperio”), y además recibió el nuevo título de Augusto (algo así como “consagrado” o “carismático”), que fue con el que finalmente pasó a la historia y, de aquí en adelante, a estas páginas.

No se puede negar que la política de Augusto fue sobre todo de pacificación y consolidación. No otra cosa deseaba el pueblo romano, harto ya de más de un siglo de guerras civiles y conflictos interiores. Así que, en este punto, los deseos del pueblo convergían con los intereses del gobernante: los hay que nacen con buena estrella. El mismo principio le guió en política exterior. No se trataba ya de seguir con las conquistas, sino de consolidar y asegurar lo conquistado, de manera que toda acción bélica (como la que dirigió personalmente contra los cántabros) tenía por objeto exclusivo la defensa de las fronteras.

En política interior, como ya he apuntado, respetó el juego aparente de las instituciones republicanas, considerándose tan sólo el primero de los senadores (princeps senatus) e incluso, en un momento dado, cuando acababa de consolidar su poder real, manifestó públicamente su intención de retirarse a la vida privada. Una comedia que obtuvo el éxito que se esperaba: el Senado le rogó que no lo hiciese, y el buen gobernante se resignó a seguir dirigiendo en solitario los destinos del pueblo romano.

Pero una grave preocupación le embargaba. Ese pueblo romano ¿dónde estaba? ¿cómo estaba? ¿Se parecía en algo a aquellas nobles gentes que pudieron contemplarse en el espejo de líderes como Escipión el Africano o Catón el Viejo? ¿Quedaba algo de sus virtudes? ¿Dónde estaba la gravitas, la dignitas, la pietas? Miraba a su alrededor y ¿qué veía? Una lucha sin cuartel por obtener riquezas y placeres a cualquier precio, con olvido total de las viejas virtudes. Degradación, promiscuidad sexual, divorcio, adulterio. Y en consecuencia, la raza romana en peligro de extinción. Esclavos, extranjeros, libertos e hijos de extranjeros sumaban un número muy superior al de romanos de pura sangre. Había que hacer algo. Y se puso a legislar.

La Lex Iulia de Maritandis Ordinibus, la Lex de Adulteris Coercendis y la Lex Papia Poppaea contenían una serie de disposiciones destinadas a promover el matrimonio y la procreación mediante estímulos sociales y el castigo de las actitudes contrarias, como el adulterio y el celibato (en este caso, aumentando los impuestos a los solteros). Esto, por lo que respecta al día a día de la vida social; en cuanto a la alta propaganda política, a la encarnación cultural de los nobles valores que preconizaba, Augusto tuvo la inmensa suerte de contar con una corte de poetas de gran valía dispuestos a cantar las glorias pasadas, presentes y futuras de Roma (o al menos a no cuestionarlas), el primero de los cuales, Virgilio, nos dejó una Eneida, que es al mismo tiempo una de las maravillas de la literatura universal y un eficaz instrumento de propaganda política. A veces, estas cosas ocurren.

Pero así como el empeño político-propagandístico alcanzó con creces sus objetivos, el moral-regeneracionista bien puede calificarse de fracaso, pues no sólo no consiguió restablecer las buenas costumbres en Roma, sino que la propia y única hija, Julia, fue el ejemplo más destacado de aquella inmoralidad (se decía que el número de sus amantes era infinito) que el padre se empeñaba en combatir. Hasta el extremo que tuvo que desterrarla de Roma.

Se comprende que un gobernante tan estricto, que no dudaba en castigar con dureza a su propia hija, mirase con muy malos ojos a un poeta que se permitía pasar de las consignas oficiales, cantando aquella vida “depravada” que tantos males podía infligir a la gloria de Roma. Además, es casi seguro que Augusto no veía (o no le hacían ver) en la poesía de Ovidio más que ese aspecto subversivo. Pero ¿tenía sensibilidad literaria el amo de Roma? (continúa en Cuando los políticos no eran analfabetos)

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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