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Fantasías a la manera de Hoffmann V

La de Silvestre ha sido muy buena, lo reconozco. Pero, todavía no hemos oído una verdadera historia fantástica, de terror. Todo lo que hasta aquí se ha contado puede tener su explicación por la vía de la ciencia. Incluso el primero de los relatos, El espíritu Alfredo, puede entenderse como una fantasía, una ficción literaria obra del narrador que al final se nos aparece. Pero en ninguno de ellos se nos ha aparecido la sombra amenazadora de lo absolutamente siniestro.

CIPRIANO.- Es curioso que seas tú quien habla así, Otomar, el jurista, el abogado metódico, de pensamiento científico-racionalista.

OTOMAR.- Quizá por eso, por que no me gustan las mixtificaciones. Si fabulamos sobre el terror fantástico, hagámoslo a tumba abierta, sin las muletas de coartadas científicas o racionalistas.

TEODORO.- No sé…es una manera de ver las cosas. Por mi parte creo que todo está en la realidad. Porque el mismo hecho de imaginar una historia, por disparatada que sea, es un proceso de la realidad cerebral.

OTOMAR.- No nos vayamos por las ramas, Teodoro, ya sabes lo que quiero decir.

LOTARIO.- Sí, creo que sé lo que quieres decir, si consideramos el asunto desde el punto de vista del público lector.

SILVESTRE.- Un público lector que esté ansioso por consumir terror del bueno, ¿no es eso?

CIPRIANO.- ¿Sabéis qué os digo? Que me alegro que el debate haya venido a parar a este punto. Porque…la historia que pensaba ofreceros creo que responde perfectamente a las inquietudes y al deseo que formulaba Otomar.

OTOMAR.- ¿Quieres decir que es un auténtico relato de fantasía y terror?

CIPRIANO.- Eso lo habréis de decir vosotros cuando yo termine de leer. Empiezo.

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                                                   ISAÍAS Y EL ESPEJO 

LOTARIO. – ¿Puedo hablar?

OTOMAR.- Pregunta estúpida, donde las haya.

LOTARIO.- No, es que como pasa el rato y nadie dice nada, creía que se debía respetar cierto tiempo de silencio.

SILVESTRE.- ¿Por qué no hablas de una vez, Lotario?

LOTARIO.- Lo que quiero decir es que, en mi opinión, se trata realmente de una historia de terror, quizá la historia más de terror que hemos oído hasta ahora. Pero el problema está en el grado.

CIPRIANO.- ¿El grado?

LOTARIO.- Sí, el grado. ¿Qué grado de terror tiene? Y creo también que este problema no tiene una solución sencilla, porque va muy ligado al lector, a cada uno de los lectores.

TEODORO.- Creo adivinar por dónde vas. Pero ¿por qué no nos lo explicas de una manera directamente comprensible?

LOTARIO.- A ver, el autor, Cipriano, a quien por otra parte felicito…

CIPRIANO.- Gracias.

LOTARIO.- …no hay de qué, desarrolla una historia en la que el terror se adivina, pero no se deja ver directamente. Sabemos que el espejo guarda algo horroroso, objetivamente horroroso, como se deduce del informe médico, pero ni se nos muestra ni se nos dice en qué consiste. Ya sé que uno de los elementos que mejor conforman la sustancia del horror es el desconocimiento de su realidad, el miedo más terrible es el que no tiene forma ni nombre, pero, tal como está planteado esto en el relato, se pone de manifiesto el problema a que me refería.

OTOMAR.- ¿Te referías? No sé si te referías. Lo que sé es que aún no has revelado el supuesto problema.

CIPRIANO. Es verdad, Lotario, y comprenderás que, como autor, estoy muy interesado en el tema.

LOTARIO.- Creí que ya había quedado claro. Bien, lo que quería decir es que en este relato, como un poco en todos, la eficacia de la dosis suministrada por el autor dependerá del grado de sensibilidad e imaginación de cada lector.

TEODORO.- Quieres decir que para unos lectores el terror es seguro, claro, tangible, porque son capaces de imaginarse todo el horror que, por las noches, pugna por manifestarse en el espejo, mientras que, para otros, el relato apenas les dirá nada porque no encontrarán en él nada explícito que les conmueva.

LOTARIO.- Eso es lo que quería decir.

OTOMAR.- De acuerdo, pero habría que hacer una precisión. Y es que, en mi opinión, si el efecto de una obra no alcanza a cierto número de lectores, es que el autor no lo hizo todo lo bien que debía. Decir que el relato sólo será eficaz en personas muy imaginativas, es reconocer las limitaciones del autor, incapaz de trasladar al lector “normal” sus intenciones creativas, en este caso, la de despertar una emoción de terror.

CIPRIANO.- Vale, nunca he dicho que yo no tenga limitaciones como autor. Simplemente, lo he hecho lo mejor que he podido.

SILVESTRE.- Lo has hecho muy bien, Cipriano, no te preocupes. Otomar tiene su parte de razón, pero…

TEODORO.- Pero es una razón peligrosa, porque si la aplicamos de una forma incontrolada nos llevará a la situación aquella en que el autor ha de ir hasta donde está el lector y no el lector hasta donde está el autor, que es lo que de verdad enriquece.

OTOMAR.- Cierto, pero de lo que se trata es de hallar una situación de equilibrio. Por decirlo de alguna manera, que autor y lector se encuentren tras hacer cada uno la mitad del camino.

SILVESTRE.- Eso es fácil de decir, pero en la práctica siempre hay una parte que tira más que la otra. A veces se produce ese equilibrio maravilloso y es cuando nos encontramos ante ese raro fenómeno de auténticas obras de arte que a la vez son populares. Como por ejemplo, en Shakespeare, Cervantes, Goethe (el de Werther y la primera parte de Fausto).

LOTARIO.- Y Hoffmann, ¿no?

SILVESTRE.- Bueno…yo creo que el caso del maestro es distinto. En sus obras, autor y lector no se encuentran en la mitad del camino. Más bien creo que el autor va a buscar al lector a su terreno preferido (aventura, fantasía, terror, no olvidemos que estamos en la época romántica y que Hoffmann escribe en parte por necesidad económica), pero que, con su genio indiscutible, lo eleva hasta su propia altura de gigante del arte poético.

TEODORO.- Creo que lo has expresado bien, Silvestre. Hay dos clases de autores que hacen más de la mitad del camino en busca del público lector. El que procura que ese lector se eleve a su propia altura (caso de Hoffmann y, en un terreno muy distinto, de Stefan Zweig y de tantos otros autores al mismo tiempo grandes y populares) y el que se queda al nivel del lector más bajo para halagarle todas sus bajezas.

OTOMAR.- Literatura basura.

TEODORO.- Sí, literatura basura, donde entra la gran mayoría de los bestsellers.

CIPRIANO.- Yo he observado una cosa curiosa: que la literatura que lee la gran mayoría no es literatura…si es que con esta palabra queremos significar algo especial.

LOTARIO.- Quizá siempre ha sido así.

TEODORO.- No, yo creo que no siempre ha sido así. Yo creo que a la situación actual se ha llegado tras un proceso gradual de extensión y, al mismo tiempo, degradación de la cultura. Antes de la invención de la imprenta se necesitaba mucho esfuerzo, mucha “cultura” para poder leer, y ya no digamos para llegar a poder escribir. Los que accedían a esas técnicas maravillosas eran, forzosamente, unos sabios. Con la aparición de la imprenta, la cosa empezó a abaratarse, ya no era tan extraordinario saber leer, ni tan exótico que una persona de no mucha cultura se dedicase a escribir. Con la extensión de la alfabetización y la educación la cosa fue empeorando (desde el punto de vista del que estoy hablando), y ya cualquiera podía leer y casi cualquiera podía escribir, principalmente para toda esa gente que “ya” podía leer. Y en fin, no os tengo que decir lo que ha venido después: con la extensión de la prensa y la aparición de otros medios de comunicación de masas, la lectura y la escritura están hoy al alcance de todo el mundo…con los resultados que están a la vista.

OTOMAR.- Vaya, no te conocía esta faceta tan elitista, o clasista, o antidemocrática.

TEODORO.- Elitista quizá, lo concedo. Pero clasista y antidemocrática, no, en absoluto. Lo que ocurre es que hay una enorme confusión en todo esto, que convendría aclarar. Para empezar, hay que dejar claro que la igualdad no significa que todos seamos iguales, sino que todos hemos de tener iguales oportunidades. Y la democracia no significa que todas las opiniones valgan lo mismo, cosa que contradice la evidencia, sino que en los asuntos públicos, en la administración de las cosas comunes, ha de prevalecer el criterio de la mayoría, siempre controlada por las minorías. Ir más allá supondría, de hecho supone, un empobrecimiento espantoso del espíritu humano.

OTOMAR.- Quieres decir que la democracia no cabe en el arte, por ejemplo.

TEODORO- Ni en el arte, ni en la ciencia, ni en la filosofía, ni en ninguna actividad que requiera formación, sensibilidad y un esfuerzo constante por ensanchar los límites del ser humano. La mayoría tiende a lo fácil y primario, por eso se puede encargar de la «administración de las cosas», porque es una tarea de simple sentido común, aunque a veces no lo parezca. Pero si se le permite que decida en cuestiones de arte, nos conduce directa y rápidamente a la basura.

SILVESTRE.- ¿Queréis qué os diga lo que ahora pienso? Que todo esto que estamos debatiendo en realidad no importa en absoluto.

OTOMAR.- ¿Ah, no?

SILVESTRE.- Para el verdadero creador, quiero decir. Porque el verdadero creador, no el que estudia primero el mercado para ver lo que mejor podrá colocar, sólo tiene en mente un lector: él mismo.

CIPRIANO.- ¿Quieres decir que escribe para sí mismo? No, no, eso no se corresponde con la realidad.

SILVESTRE.- Para sí mismo exactamente, no; pero sí escribe lo que a él le gustaría leer. No hay otro modo de ser honrado en literatura. (CONTINÚA)

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La impaciencia de Stefan Zweig

Pero es el caso que Stefan Zweig era una persona impaciente, en el arte como en la vida. En un pasaje de sus memorias, reflexionando sobre la inmensa fama que llegó a alcanzar, se pregunta por el secreto de aquella escritura suya, que cautivó a millones de lectores. Y se responde:

creo que proviene de un defecto mío, a saber: que soy un lector impaciente y temperamental […] me irrita lo prolijo, lo ampuloso y todo lo vago y exaltado, poco claro e indefinido, todo lo que es superficial y retarda la lectura.

Y añade que la fase más importante de su proceso creativo es aquella en que elimina todo lo que considera innecesario,

pues no lamento que, de mil páginas escritas, ochocientas vayan a parar a la papelera y sólo doscientas se conserven como quintaesencia.

Una opción de naturaleza estética que le dio muy buenos resultados.

No de otra naturaleza fue la decisión de quitarse la vida ante la fea presencia de unos tiempos que, sin duda, había que tirar a la papelera. 

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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Emil Ludwig

Hubo un tiempo – pongamos la primera mitad del siglo XX – en que cierto género literario alcanzó tal difusión y protagonismo que no se concebía biblioteca particular alguna sin una nutrida representación del género: la biografía, en especial la de literatos y artistas. Escritores de primera fila se complacían en mostrar al lector las vidas y almas de otros escritores o artistas y de ciertos personajes de la vida pública del pasado. Muchos de aquellos escritores-biógrafos se han sumido en el olvido. Algunos nombres permanecen. Como Stefan Zweig, en lugar destacado, y otros cuyo recuerdo va palideciendo en la memoria literaria común: André Maurois, Romain Rolland, Emil Ludwig… De Emil Ludwig quería hablar.

Yo conocí justo el final de aquel tiempo. En 1958 tenía 18 años y quería ser escritor. Entre otras cosas me interesaba saber cómo era un escritor de verdad. Así que, además de a la lectura de las obras, me aplicaba a investigar la personalidad de los autores. De acuerdo con el gusto de la época, la modesta biblioteca familiar contaba con algunas biografías de famosos. Un buen día tomé el primer volumen de la biografía de Goethe – de quien creo que aún no había leído nada – escrita por un tal Emil Ludwig y traducida en parte por Ricardo Baeza. Quedé fascinado. Fue una revelación absoluta. La magia del biógrafo consiguió que, sin ninguna preparación previa, me sumergiese cómodamente en la época, el mundo, el ambiente y, sobre todo, en la personalidad del biografiado. Y es que buscando plata, encontré oro, quiero decir que, buscando solo un escritor de verdad, di con un hombre de verdad: Goethe.

Con el paso del tiempo, la vida fue dando vueltas, y en medio de todas sus mudanzas solo una cosa permanecía intacta: la manía de escribir. Y sin embargo, hasta hace relativamente poco, es decir, hasta edad bastante avanzada, aquella manía no empezó a dar frutos dignos de ofrecerse al lector (editoriales mediante, que esta es otra historia) sin avergonzarme.

Sin pretenderlo, obedeciendo a un destino que quizá apuntaba ya en mis lecturas juveniles, elegí como tema principal de mis obras la reelaboración novelesca de las vidas y personalidades de grandes escritores. Catulo, Cicerón, Dante, Schopenhauer, Larra… La elección de cada uno de estos nombres tiene su propia historia secreta. Secreta incluso para mí, porque tengo la impresión de que en esas elecciones fue más decisiva mi parte inconsciente que la consciente. En el caso de Schopenhauer, aparte de motivaciones inconscientes, una circunstancia concreta fue decisiva en mi elección. No era el filósofo en principio una persona que me motivase lo suficiente para colocarla en el centro de una ficción, pero un dato biográfico llamó poderosamente mi atención. Es el caso que no sé cómo me enteré de que las vidas de Schopenhauer y Goethe se habían cruzado. Investigué y vi que, no solo habían entrado en contacto brevemente – uno joven y el otro anciano -, sino que el encuentro había marcado de alguna manera la vida del filósofo. Y seguí investigando. Y empecé a escribir. Y el resultado fue El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer, que la desaparecida editorial Cahoba publicó en 2006, y que ahora ha reeditado (con el título recortado) la editorial Piel de Zapa, con su característico bien hacer.

A diferencia de la de Schopenhauer, la personalidad de Goethe me era bien conocida desde los lejanos días de la adolescencia, desde aquella lectura fascinante de una biografía, escrita por Emil Ludwig con caracteres mágicos. ¿Ludwig? ¿Pero quién se acuerda hoy de Emil Ludwig?…Yo, naturalmente.

(Publicado en la revista QUÉ LEER, Nº 214, noviembre 2015)

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Rober Musil, radiografía de un final II

Ulrich, joven de buena familia, sin problemas económicos, matemático de profesión y un poco de temperamento, es invitado por ciertos miembros de la alta sociedad con la que se relaciona para que colabore en la creación de la Acción Paralela. Se trata de un proyecto para preparar la conmemoración del jubileo septuagenario del emperador y, de paso, contrarrestar el efecto propagandístico de la celebración de los treinta años de reinado del kaiser prusiano, que se prepara en el país émulo y vecino.

Tranquilamente, con un humor lúcido y distanciado, se van describiendo las evoluciones de Ulrich en torno de aquella sociedad de hombres y mujeres, todos muy ilustres -aristócratas, altos funcionarios, militares y un destacado hombre de negocios con una cultura enciclopédica, que representa precisamente lo contrario de Ulrich: el hombre con atributos – en trance de concebir un proyecto que nadie sabe en qué consistirá. Otros personajes, ajenos a la Acción Paralela, pero ligados a Ulrich por diversas razones completan el cuadro, como sus amigos Walter y Clarisse y el ejecutivo financiero Fischel, judío, y su hija Gerda, joven atenta a los signos de los tiempos y tocada por los nuevos vientos cuando aún no eran tempestad. Y como contrapunto abismal y siniestro de tales luminarias, Moosbrugger, asesino demente, que tiene extrañamente obsesionada a Clarisse.

Leyendo la novela, muy extensa e inacabada, se tiene la sensación de estar asistiendo al espectáculo de una danza cuya música no se percibe. Los danzantes se mueven y no se sabe por qué. La Acción Paralela es algo a lo que no se consigue dar un contenido, como a las vidas de sus supuestos constructores. Y es que la vida es quizá ese presente multiforme sin un centro que lo aglutine.

No hay un centro. Ni en la vida ni en el individuo. No hay un lugar de mando. El yo pierde el sentido que ha tenido hasta ahora: el de un soberano que lleva a cabo actos de gobiernos. Los actos humanos no son consecuencia de los decretos de ese yo. Tienen vida propia. No es el yo el que tiene un pensamiento, es el pensamiento el que surge en el yo; no es el yo el que concibe una esperanza, es la esperanza la que se instala en el yo; no es el yo el que alumbra un amor, es el amor el que irrumpe en el yo. El yo es un rey destronado. La realidad no es ya un ente con sus límites y con sus características fijas, es algo que, sin centro, se extiende en todas direcciones del mismo modo que la genial novela que la imita… Ésta vienen a ser la interpretación que hace Claudio Magris – obsesionado por el tema de la moderna disolución del yo – de la obra de Musil.

Yo no diría tanto. Veo un escritor lúcido, inteligente, de formación científica y matemática, que aplica su lente – hecho de ironía y también de poesía – a los individuos y la sociedad que ha conocido. Una sociedad en la que hay mucha racionalidad y poco sentimiento, y en la que siempre se está reclamando más sentimiento y menos racionalidad. Ulrich-Musil, no está por esta dicotomía, sino que enfoca el asunto de otra manera. “No es que tengamos demasiado juicio y demasiada falta de alma, sino demasiada falta de juicio en cuestiones del alma”.

En la segunda parte de El hombre sin atributos el autor aparta la vista de la Acción Paralela, para indagar por el camino del alma sin renunciar a lo racional. El encuentro con Agathe, hermana apenas conocida, es el inicio de un romance erótico-místico de final desconocido… Mientras tanto, la sociedad austrohúngara camina sin saberlo hacia el abismo.

Robert Musil nació en Klagenfurt, Austria, en 1880, en el seno de una familia pertenciente a la baja nobleza. A los dieciséis años ingresa en una academia militar, pero poco después ya lo tenemos estudiando en el Politécnico de Brno. Su interés por las matemáticas y la ingeniería le lleva a licenciarse en estas áreas. Ya ingeniero, en 1902 descubre al científico y filósofo de la ciencia Ernst Mach, cuya influencia, junto con la de Nietzsche, le acompañará toda la vida. Su interés por la filosofía y por las humanidades en general le lleva a estudiar filosofía en la Universidad de Berlín, carrera que corona en 1908 con una tesis doctoral sobre Mach. Su interés por la creación literaria, que no se opone sino que de cierto modo complementa la vertiente científica, se concreta en obras como la novela Las tribulaciones del joven Törless (1906), sobre la iniciación de un adolescente en los misterios del sexo y de las matemáticas, y los libros de relatos Uniones (1911) y Tres mujeres (1924).

Durante la Gran Guerra sirvió como oficial en el frente italiano del Trentino. Concluida la contienda, trabajó un tiempo como funcionario público, se dedicó al periodismo y sobre todo empleó todas sus energías de escritor en la magna obra El hombre sin atributos, iniciada en 1930 y que dejó inacabada a su muerte. Una estancia de dos años en Berlín (1931-33) se interrumpió por causa de la ascensión de Hitler al poder (no hay que explicar porqué el escritor y el político eran incompatibles). Permaneció en Viena hasta el momento de la anexión de Austria al Reich alemán (1938). Exiliado en Suiza, vivió los últimos años sin apenas recursos económicos, o sea, en la pobreza. Murió de repente en Ginebra en 1942.

Como Stefan Zweig, como Joseph Roth, como tantos otros, Musil vio dividida su existencia – casi exactamente en dos partes iguales – entre el mundo del Imperio Austro-Húngaro y el de la Europa de las naciones-estado. Nadie esperaba que el primero acabase de aquella manera. Pero a posteriori, el arte de nuestro escritor puso al descubierto de manera magistral el vacío pomposo de aquella sociedad que, por otra parte, tantos genios dio a la humanidad, entre ellos, y no el menor, el escritor Robert Musil.

(De Los libros de mi vida)

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Stefan Zweig, última etapa

Judío, amigo de Sigmund Freud y de otros intelectuales de la misma cuerda, cosmopolita, con una literatura ajena por completo a cualquier tipo de alucinación racista o nacionalista y fuertemente anclado en dos valores, la cultura y la libertad, estaba claro que Stefan Zweig había nacido para ser una de las bestias negras del nacionalsocialismo. Pero de momento (principio de los años treinta) la verdadera bestia estaba allá, al otro lado de la frontera, mientras nuestro escritor observaba sus movimientos con el temor y la clarividencia que muchos alegres austriacos, y europeos en general, no compartían. 

Cuando, en 1933, el monstruo se hizo con todo el poder en Alemania, los libros de Stefan Zweig, junto con los de otros muchos, no sólo se prohibieron sino que fueron entregados al fuego. En el nuevo orden no cabía la literatura libre, ni el pensamiento libre, ni nada libre. La tradicional cultura alemana, sólida, profunda, sabia, que tantas celebridades de auténtico valor había dado – desde Lutero hasta Thomas Mann, pasando por Leibinz, Kant, Schiller, Goethe, Schopenhauer y tantos otros – fue sustituida por una mitología de play station, que sería absolutamente risible, si no hubiese resultado tan mortífera.

El olor de papel quemado, que en 1934 llegaba hasta Austria, decidió a Zweig a hacer las maletas y trasladarse a Londres. Su esposa no le siguió. Como tantos austriacos, no compartía el pesimismo del marido. Pasó muy poco tiempo para que los hechos dieran la razón al que la tenía: en 1938 Alemania se anexionó Austria. Los viajes esporádicos que Zweig aún hacía para visitar a parientes y amigos se acabaron. Nunca más pudo volver a su tierra. Se había convertido en un apátrida.

El resto de su tiempo – no más de cuatro años – lo pasó en Londres y en América, del Norte y del Sur, donde finalmente se instaló, en la ciudad brasileña de Petrópolis. Seguía escribiendo, seguía comunicándose con los amigos que no habían quedado en el otro lado, pero cada vez era todo más difícil. Por segunda vez a lo largo de su vida, su mundo se había venido abajo. Pero en la primera ocasión, con la caída del Imperio austriaco, había sido diferente; había sido como el despertar del niño a las amargas realidades de la vida, un trance que se supera fácilmente mediante sabios mecanismos de adaptación; para la segunda, no había mecanismo alguno de defensa: los bárbaros habían arrasado la tierra, pisoteando toda brizna de humanidad. Y de esperanza.

El 23 de febrero de 1942, los cuerpos sin vida de Stefan Zweig y de su segunda esposa, Lotte, fueron hallados en su casa de Petrópolis. Suicidio en pareja, como sus antecesores germánicos Heinrich Kleist y el archiduque Rodolfo. Curioso.

Podía haber esperado un poco… Dos años más y habría conocido la liberación de París. Con tres años, habría visto el fin de la guerra. Con trece, habría celebrado la restauración de la república austriaca. Y si hubiese vivido ochentaiún años, habría conocido, justo antes de morir… el probable inicio de la tercera guerra mundial, con la crisis de los misiles de Cuba de 1962. Dejémoslo.

Pero es el caso que Stefan Zweig era una persona impaciente, en el arte como en la vida. En un pasaje de sus memorias, reflexionando sobre la inmensa fama que llegó a alcanzar, se pregunta por el secreto de aquella escritura suya, que cautivó a millones de lectores. Y se responde: “creo que proviene de un defecto mío, a saber: que soy un lector impaciente y temperamental […] me irrita lo prolijo, lo ampuloso y todo lo vago y exaltado, poco claro e indefinido, todo lo que es superficial y retarda la lectura.” Y añade que la fase más importante de su proceso creativo es aquella en que elimina todo lo que considera innecesario, “pues no lamento que, de mil páginas escritas, ochocientas vayan a parar a la papelera y sólo doscientas se conserven como quintaesencia.” Una opción de naturaleza estética que le dio muy buenos resultados.

No de otra naturaleza fue la decisión de quitarse la vida ante la fea presencia de unos tiempos que, sin duda, había que tirar a la papelera.

 

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Stefan Zweig, la Gran Guerra y los judíos

En 1914, el mundo alegre y confiado que era Europa (la Belle Époque), y no sólo la idílica (según Zweig) Austria imperial, estalló de repente. Un extraño fervor, desconocido hasta entonces, surgió de las cancillerías y se propagó por las calles y plazas de pueblos y ciudades: el patriotismo combativo. De repente, ciudadanos de Europa que compartían los mismos gustos, la misma cultura y la misma historia, ciudadanos que atravesaban las fronteras comunes sin pasaporte ni documento de identidad, se vieron divididos, enfrentados: eran enemigos.

A diferencia de otros muchos intelectuales y artistas (como el mismo Hofmannsthal), seducidos por las marchas militares y la poesía épica de sus pueblos respectivos, Zweig no tardó en denunciar la locura de la guerra. No podía ser de otra manera cuando la mitad de sus amigos (entre ellos, Verhaeren y Romain Rolland), pasaban a ser calificados de enemigos, cuando su París del alma pasaba a convertirse en objetivo militar prioritario. Es verdad que en algunos de sus artículos de los primeros meses no oculta su emoción ante el espectáculo de una Austria puesta en armas. Pero hasta aquí, todo normal. Después de todo, Austria era su patria, y al igual que a la inmensa mayoría de judíos centroeuropeos (los de más la norte, con respecto a Alemania), no se imaginaba que pudiera tener otra. Fue Hitler quien alteró aquella tendencia natural, que muy bien podría haber desembocado en la integración total de los judíos en su respectivos países. O no. En todo caso las cosas hubiesen ido de muy diferente manera, y quizá hoy no existiría el Estado de Israel. En otras palabras, que, prescindiendo de las intenciones y atendiendo solo a los resultados, se puede decir que Adolf Hitler ha sido el gran impulsor de los modernos logros políticos del pueblo judío. Otra cosa es que se deba decir.

Zweig fue movilizado, pero consiguió que lo destinaran a un archivo militar. Y a la primera oportunidad, huyó a Suiza, donde, en contacto con otros intelectuales, luchó activamente por la paz. Allá mismo, en territorio neutral, estrenó su drama Jeremías, enérgico alegato antibelicista. 

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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Carta de un escritor casi desconocido

Distinguidos editores y editoras,

Escribo esta carta, que todavía no sé si enviaré, para ponerles al corriente de mi situación, con la débil esperanza de que, quizá, alguno de ustedes pueda darle remedio.

Soy un escritor de toda la vida. Nunca pretendí ser otra cosa. Es verdad que las urgencias cotidianas y cierta debilidad de carácter me abocaron a actividades diferentes de aquella clarísima vocación primigenia. Pero nunca he dejado de ser escritor. Escritor, ya saben, esa persona que escribe, como yo ahora mismo esta carta, pero también que se siente empujada a reinventar con palabras el mundo que lleva dentro, reflejo o no del  supuesto mundo que se mueve fuera.

No obstante mi vocación evidente, hasta pasada la mitad de la vida no conseguí finalizar una obra que me satisficiera y me autorizase a intentar la aventura de la publicación. Desde entonces he publicado, a través de diversas editoriales, cuatro novelas y un ensayo. Y no voy a entrar en detalles, que el curioso podrá encontrar en este mismo blog.                                           

Solo mencionaré que, después de la experiencia con los tres editores de mis novelas ( a saber: 1 un gigante editorial que proscribe a quien no cumple al pie de la letra sus expectativas, 2 un desaprensivo y 3 un buen hombre que ha de cerrar la empresa por una de esas consecuencias que a veces acarrea la bondad), solo una de mis obras está bien viva (en papel y por internet), un ensayo sobre ciertos suicidas célebres, editado por Minobitia, joven y esforzada editorial a la que deseo muchos años de vida.

El resto de mis obras (publicadas y no publicadas) está disponible – por lo menos en papel – para toda editorial que quiera contratar los derechos. Sus características y pormenores aparecen suficientemente explicadas en este mismo Blog. Así, señores editores y editoras, en el caso posible de que anden buscando  algo de calidad, que sea al mismo tiempo original, profundo, agudo y ameno,  solo tienen que asomarse a las páginas indicadas, mirar, catar y elegir.

Confieso que no tengo muchas esperanzas en la eficacia de este peculiar recurso que ahora intento. Y ello a pesar de las claras ventajas que la oferta supone para el editor. Primera, las obras son en general bastante cortas, con el ahorro de papel, tinta, espacio de almacenamiento, etc. que eso supondría. Segunda, todas giran en torno de algunas personalidades famosas, cuyos numerosos admiradores encabezarían la lista de potenciales lectores. Y tercera, no he vivido ni pienso vivir de la literatura, lo que facilitaría enormemente la negociación económica (sin pasarse).

También puede haber alguna desventaja, no lo niego, pero nada grave. Creo que la principal y tal vez única consiste en que las mayorías y yo no sintonizamos mucho. Es evidente que, desde el punto de vista económico eso puede alarmar un poco. Y sin embargo son numerosos los casos en que esa alarma ha resultado injustificada. Ya Juan Ramón Jiménez intuyó que también una minoría puede ser «inmensa», y hay sobrados ejemplos en la historia de la literatura que lo demuestran, ahora mismo recuerdo el increíble  número de lectores que cosechó la «minoritaria» Memorias de Adriano, de M. Yourcenar.

Y no digo más. No quisiera terminar esta carta repitiendo aquellas palabras de la infortunada protagonista de la novela que me ha sugerido el título: «Pero sólo conocerás mi secreto cuando esté muerta y no tengas que darme una respuesta«. Mi amigo Stefan no me lo perdonaría.

Gracias por haberme dedicado su atención, admirados y lejanos editores. Les deseo una larga vida plena de satisfacciones y de buenas obras.

Atentamente,

Antonio Priante

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Mayerling, una tragedia con decorado de opereta I

 Rodolfo y María

Difícilmente se podría dar con nombres más adecuados para una historia de amor romántico, en el sentido vulgar del término. Y es que, no obstante lo que proclamaba Oscar Wilde, a veces, como en este caso, el arte sí que imita a la vida. En efecto, los Rodolfos y Marías que durante un siglo han pululado por multitud de novelitas y novelones “rosa” tienen su origen – aunque sea sólo en su aspecto onomástico – en nuestros nuevos protagonistas. La verdad es que la historia de esta pareja posee abundantes elementos como para erigirse en modelo de novelón “romántico” de alto standing. Hay un príncipe apuesto, un padre emperador de pobladas patillas, una madre emperatriz de rara elegancia, una jovencita y bella baronesa, una condesa o dos, un pabellón de caza, ayudantes de campo, doncellas, monteros, palafreneros y resto de servidumbre. Hay paradas militares, paseos elegantes, bailes en palacio (valses de Strauss, naturalmente). Y un amor a primera vista de consecuencias incalculables.

Pero adentrémonos en la historia verdadera, apartemos la mirada de tan rutilante decorado y veamos qué nos ofrece la supuesta realidad. Cuando se desencadenó la historia de Rodolfo y María, el padre-emperador, Francisco José de Habsburgo, tenía 58 años, llevaba cuarenta al frente del imperio austriaco y aún le quedaban otros veintiocho. Es quizá el personaje que más se ajusta a los patrones del novelón “romántico”. Estándole destinada la hermana mayor de una familia de la nobleza, eligió, por amor, a otra de las hermanas.

De mentalidad más que conservadora, fue un buen marido, incluso demasiado compresivo, si tenemos en cuenta la mentalidad mencionada; padre bondadoso (cuando no había conflicto con sus deberes de gobernante supremo), creyó ser también el padre o abuelo de todos sus súbditos, creencia que entre éstos era ampliamente compartida. No entendió gran cosa de lo que se movía en sus dominios, que incluían quince nacionalidades, cuatro o cinco religiones y un buen puñado de lenguas y dialectos. Y sin embargo, permitió adoptar fórmulas (el Imperio Austro-Húngaro, a partir de 1867) que mantuvieron en pie aquella extraña estructura política hasta que cayó derribada por la guerra europea de 1914-18.

Y no sólo se mantuvo, sino que su capital, Viena, fue durante décadas, en torno al 1900, el centro cultural y científico más vigoroso y original de Europa. Es decir, que a pesar de todas sus deficiencias y problemas, aquél era un ámbito político que permitía que se sintiesen cómodas en él personas y tendencias de muy diverso signo. Baste recordar a los escritores Joseph Roth y Stefan Zweig, nada sospechosos de reaccionarios y sin embargo claramente nostálgicos de aquel buen Imperio (o de los buenos años de la juventud, quién sabe).

Pasemos a la madre-emperatriz. Se llamaba Isabel Amalia Eugenia de Wittelsbach, Sissí para los amigos. A los diecisiete años se casó con Franciso José. Era bella, amante de los caballos, de la cultura y del pueblo húngaro; obsesionada por su figura, maniática con la comida (quizá anoréxica); amaba la libertad, le deprimía la vida de la corte, y las relaciones con el marido no fueron todo lo malas que cabía esperar teniendo en cuenta la actitud terrorista de la suegra. Tuvo tres hijas y un hijo, Rodolfo, protagonista de esta historia, con el que mantuvo relaciones no siempre tranquilas. (Continuará)

 ( de Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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Por qué Schopenhauer I

Hay una novela corta, escrita a mediados del siglo pasado, donde se cuenta lo siguiente. En cierto país, sojuzgado por una dictadura, es detenido un hombre. Se trata de un intelectual, un hombre de letras. La policía quiere obtener de él una información y para ello le somete a interrogatorios sucesivos. En su celda, el hombre está privado de todo alimento…intelectual. No hay una sola letra a su alcance para leer, y esto es para él el mayor de los tormentos, y sus carceleros lo saben. Pero en cierta ocasión, en uno de los traslados del lugar del interrogatorio a la celda, consigue hacerse con un librito abandonado por ahí, sin que sus guardianes lo adviertan.

Ya en la celda, comprueba con desilusión que se trata de un tratado de ajedrez, de un largo comentario de una sola jugada. De ajedrez, nuestro hombre solo tiene ligeras nociones. Da igual. Con verdadero entusiasmo se sumerge en el librito, en el estudio de la jugada. Tiempo después, ya libre, durante una larga travesía en barco, observa cómo dos pasajeros están disputando una partida de ajedrez, rodeados de curiosos. Uno de los jugadores es un maestro y parece que tiene al otro acorralado. Nuestro hombre, tras examinar unos segundos el tablero exclama: tengo la solución. Los dos jugadores le miran perplejos. El que ya se considera derrotado le cede gustosamente su puesto. Y nuestro hombre, en unos pocos movimientos, derrota al maestro. Felicitaciones y alabanzas. “Usted es un genio del ajedrez”, dice alguien. “No, responde, yo no sé jugar al ajedrez. Sólo conozco una jugada, que es ésta”. Y es que, casualmente, aquella era la jugada que él había estudiado en sus largos días de cárcel.

En estos momentos me encuentro en situación parecida al hombre de la novela. Estoy hablando a filósofos y a aprendices de filósofos, que esperarán oir algo de filosofía. Pero yo no sé filosofía. Conozco sólo una jugada, que se llama Schopenhauer. ¿Por qué Schopenhauer?

Pero antes de proseguir, debo hacer una aclaración. En la novelita de Stefan Zweig a la que acabo de aludir, la historia no es exactamente como la he contado, hace poco lo comprobé, pero yo la recordaba así, y así era como mejor se adecuaba para iniciar mi intervención. No me disculpo por ello. Este tipo de mixtificaciones son inherentes al oficio de escritor. (Continuará)

Fragmento inicial de la conferencia pronunciada en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona el 12 de diciembre de 2007.

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Stefan Zweig y la pérdida de la inocencia

Zweig escribió su primera novela corta hacia 1910. Con ella, a los veintinueve años, se revela ya como un maestro en la introspección de los personajes, en el dibujo de las sensaciones, las dudas, los temores, de los seres humanos que van poblando sus relatos. Se titula Ardiente secreto y narra el episodio vivido entre una viuda aún joven, su hijo aún no púber y un fino galanteador (o sea, un hombre que va de caza). La mujer, de manera casi inconfesada, está sedienta de nuevas sensaciones, de abandonarse a una voluptuosidad que el matrimonio formal tal vez no le deparó. El hombre divisa enseguida la presa y para acercarse a ella respetando las formas (estamos entre la buena sociedad de hace cien años) utiliza al niño ofreciéndole su amistad. El pequeño se siente halagado y emocionado por la importancia que cree merecer de un hombre mayor tan distinguido. Pero cuando el hombre ya está alcanzando su objetivo, el instrumento pierde todo interés para él y lo aparta a un lado con desprecio absoluto. El niño, profundamente herido, no entiende nada. Comprende que ha sido utilizado, ¿pero en qué consiste ese secreto, ese ardiente secreto, del que participan el desconocido y su propia madre, que parece justificar el cruel juego de que ha sido víctima?

En otros de sus relatos, La Institutriz, Zweig insiste en el tema desde otra perspectiva. Aquí son dos niñas cuya amable institutriz, va a ser despedida por algún oscuro motivo que ellas no pueden entender (está embarazada). Y ven cómo sus padres bondadosos utilizan la más fría crueldad con un ser para ellas tan querido. El mundo de las certezas infantiles se desmorona; sus padres ya no son aquellos seres perfectos que imaginaban. Y las niñas lloran desconsoladas, pero…”ya no lloran por la señorita, ni por los padres que consideran perdidos; el horror que las sacude se extiende a todo: a lo que sucederá en este mundo desconocido que hoy han visto por primera vez, asombradas”.

El tema de fondo de ambos relatos no es sólo la inocencia, la ignorancia infantil de lo sexual y su traumática superación (tema que hoy sería imposible), es sobre todo el despertar amargo de unos seres ingenuos y confiados al mundo de mentira, maldad e hipocresía que los mayores han consagrado. Y quizá su simbolismo vaya más allá. La insistencia de Zweig en este asunto me lleva a pensar que era algo muy importante para él. Quizá no tanto como niño, sino como persona, como persona básicamente buena, a la que cuesta siempre imaginar la maldad del mundo “adulto”, interesado, cruel, hipócrita.

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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