El espíritu Alfredo

 

espiritu alfredo

A las siete y diez de la mañana del veintiocho de septiembre el espíritu Alfredo se hizo carne. No fue tan extraño ni doloroso como lo había imaginado. En realidad, todo consistió en una supresión de la ligereza, de la levedad, como si, de pronto, una gruesa cadena pretendiese sujetarle al suelo, haciéndole muy difíciles los movimientos. Es el efecto de la gravedad, se dijo, eso que parece que se entiende cuando se lo explican a uno, pero que hasta que no se experimenta no se comprende de verdad. Como debe de ser todo en la vida, pensó, una cosa la teoría y otra la práctica, o sea, la carne.

La vida de Alfredo, si es que se puede llamar vida el fenómeno de su existencia anterior a aquel momento, no había sido muy diferente de la de los demás espíritus. Si acaso, se había distinguido por una fuerte inclinación a interesarse por los asuntos humanos y, entre ellos, por todo lo relacionado con la filosofía, el arte, la historia, la política, la sociología. También la ciencia le había interesado mucho, pero no la tecnología, cuyos continuos avances, que tanto encandilaban a los seres humanos en general, se le antojaban insulsos juguetes para niños poco imaginativos.

Había aprendido principalmente en las aulas de escuelas y universidades, aunque tampoco había desdeñado la lectura en solitario. Desde su rincón del aula o prácticamente pegado al techo, que eran sus posiciones preferidas, se complacía en escuchar las jugosas explicaciones del profesor Valleco sobre los modos de composición de los antiguos poetas provenzales o los rigurosos planteamientos en torno a la conjetura de Fermat, en boca del doctor Maestro. Pero el espíritu Alfredo sabía que, a partir de aquel momento de la encarnación, ya nada sería igual.

Para empezar, ya no podría llamarse con propiedad “espíritu Alfredo”, sino sólo “Alfredo”. Su ser, antes libre, volátil y hasta caprichoso, había quedado atrapado en una red de nervios y huesos, vísceras y sangre, fluidos y tejidos, que es lo que configura el cuerpo humano. A veces, sin apenas darse cuenta, se llevaba la mano a algún lugar de su anatomía, al vientre, por ejemplo, y la deslizaba sobre aquella superficie lisa, que ocultaba un mundo oscuro de conductos retorcidos portadores de sustancias viscosas, y se decía: qué tiene que ver todo esto conmigo. Gracias a sus conocimientos de medicina podía imaginarse muy bien de qué y cómo estaba compuesto aquel artefacto que en adelante había de acarrear.

Pero más que la representación imaginaria de la espesa materia que le retenía, le preocupaba sus efectos negativos. La visión, antes límpida y despejada en los 360 grados de su posición nuclear, se presentaba ahora limitada, turbia, oscurecida, entorpecida por diminutas partículas móviles y sombreada por la absurda proximidad de nariz, pestañas y cejas. El oído que, antes, en su forma inmaterial, estaba destinado sólo a captar sonidos y que, en los momentos de reposo, gozaba de un silencio perfecto, era ahora un dispositivo grosero que, en los momentos de supuesto reposo captaba o generaba un incesante ronroneo o zumbido. Y la forma de desplazamiento, que ahora se basaba en el continuo separar y juntar de las extremidades inferiores en un proceso de avance ridículo. Todo se había convertido en algo basto, grosero, torpe, limitado, por completo diferente de su anterior libertad. Pero él no lo había decidido. Ni siquiera sabía por cuanto tiempo habría de soportar la nueva situación, ni si le sería posible retornar a la antigua o a alguna otra nueva y desconocida. Así que lo mejor era aceptarlo todo con resignación.bar escribiendo

Su proceso de encarnación no sólo había sido físico, sino también social y burocrático. Quiero decir que, cuando apareció a los ojos del mundo, lo hizo con todo lo necesario: ropa, vivienda y documentación, y hasta con una cuenta en un banco con mil euros, cantidad insuficiente para vivir unas semanas, según había oído decir. Y es que enseguida comprendió que le faltaba algo fundamental para moverse por el mundo visible: el dinero o los medios de conseguirlo. Así que fue un enorme alivio para él descubrir entre los papeles del banco y los de propiedad de la vivienda una carta del rector de la Universidad Internacional de Europa, en la que se le aceptaba como profesor de literatura comparada. Alivio y alegría, porque precisamente ahí, en esa universidad había pasado incontables horas felices apropiándose de gran parte de los conocimientos atesorados por la humanidad.

El Pato Loco era la taberna donde solían acudir algunos estudiantes y, muy raramente, algún profesor. Alfredo, que ya llevaba unas semanas dando clase en la vecina facultad, se había apropiado de una mesita situada en un rincón bastante discreto. Casi todas las tardes solía pasar ahí unas horas, leyendo, bebiendo cerveza, escribiendo algunos pensamientos que le venían a la mente y que ya no le resultaba tan fácil retener como antes, y observando con curiosidad disimulada, los movimientos, los rostros, las palabras de los estudiantes.

Lo único que trastornaba la relativa paz de aquel lugar era la máquina de tabaco situada muy cerca de su mesa. No pasaban unos minutos sin que algún estudiante no se acercase a echarle unas monedas y recoger sus cigarrillos. Era difícil concentrarse en la escritura o en la lectura, y hasta en la cerveza, a la vista y casi al roce de las cinturas desnudas de las chicas, sobre todo cuando se inclinaban para recoger el paquetito de cigarrillos que, con un ruido sordo, como de disparo de trabuco, se precipitaba en un canalillo que discurría por la parte inferior de la máquina.

En aquellas ocasiones, a la vista y proximidad de ciertas pieles y ciertos ombligos, sobre todo cuando pertenecían a una anatomía bien distribuida, Alfredo notaba cómo la fuerza poderosa de la naturaleza alzaba en él su verdad incontestable. Ya lo sabía, por supuesto que lo sabía. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica, o sea, la carne. A veces recibía de alguna muchacha una mirada cómplice – cómplice ¿de qué? -, pero ninguna se acercaba a hablarle. Él tampoco lo intentaba. No se atrevía.ombligo

Aquí hay que aclarar que las circunstancias concretas de la encarnación de Alfredo habían conformado una personalidad más bien tímida. Parece extraño, pero es así. 

El que sí se le acercó una tarde fue un hombre de sesenta años cumplidos, seco y nervioso, al que enseguida reconoció como alumno suyo, más que nada porque, con otras dos mujeres de edad avanzada, destacaba notoriamente de la masa juvenil.

– ¿Me permite? – dijo el hombre, al tiempo que separaba una de las sillas que permanecían pegadas a la mesa, con la evidente intención de sentarse.

– Adelante – respondió Alfredo, tratando de desviar la mirada de la chica y ombligo que en aquel momento se plantaban ante la máquina.

– Soy alumno suyo.

– Sí, ya le he visto en clase – reconoció Alfredo.

– Usted…bueno, permíteme que te tutee. Podría ser tu padre.

¡Qué raro, pensó Alfredo, tener padre! Y el hombre prosiguió.

– Seguramente te extrañará que, a mi edad, haya decidido empezar una carrera.

– No…

– Y precisamente la de humanidades. Y precisamente literatura.

– No, no, no me extraña. Cualquier edad es buena para estudiar. (Yo llevo milenios haciéndolo).

– Desde que abrí los ojos al mundo – empezó el hombre, al tiempo que depositaba en la mesa una carpeta de tapas negras – no dejo de sorprenderme por las cosas de la vida, y no me refiero a las grandes o pequeñas tragedias individuales o colectivas, no, me refiero a lo más elemental, a lo básico, a todo aquello que configura nuestra existencia y de lo que ni siquiera nos damos cuenta. El nacimiento, por ejemplo. Uno sale del vientre de una mujer por el simple hecho de que, meses atrás, un hombre había introducido en ella determinado líquido corporal en un momento en que una y otro estaban tan ofuscados y exaltados que de ningún modo podían hacer otra cosa que lo que hacían. Así que somos hijos de la exaltación y la ofuscación.

– Algunos lo llaman amor.sabandija

– Sí, ya. Y lo que ocurre entre las sabandijas, ¿también es amor? ¡Por favor! Yo pienso que, en ese momento, los hombres se olvidan de lo que de humano puede tener eso que llaman amor y regresan al mundo de las sabandijas. Y es que, si no se diese ese ofuscamiento de origen puramente animal, a nadie se le ocurriría poner en el mundo a otro ser humano, otro sujeto y objeto de las mismas estupideces y desgracias cometidas por todos sus antepasados. Y una vez echado al mundo, ese nuevo ser, ese animalillo indefenso ha de recibir toda clase de cuidados para poder sobrevivir, ¡en eso sí se diferencia de las sabandijas! ¿Y cómo vive, cómo crece? Apropiándose de las vidas ajenas. Ingiere leche, que no es más que sangre animal transformada, y luego devora vegetales de la tierra y carne de otros animales. Y así se va formando y manteniendo su persona. Y va pasando la vida a trompicones, ahora alegre, ahora triste, esperanzado, perdido, iluminado, decepcionado, exaltado, abatido, y siempre engañándose, siempre diciéndose que pronto todo dará un cambio, que todo irá a mejor. Sí, a mejor… Pero lo cierto es que las fuerzas se van apagando, que la carne se reblandece, que las arrugas van invadiendo el rostro, las manos y todo el cuerpo, que ya ni siquiera es capaz de aquellas exaltaciones que tantos problemas le dieran y que ahora evoca con melancólica nostalgia. A veces, el cerebro se apaga antes que el resto del cuerpo y el tipo queda convertido en un simple vegetal que defeca y orina. Y en todo caso se muere, es decir, que casi siempre con dolor y, si es consciente, con pavor, deja de funcionar lo que hacía de él una persona, y desaparece, ¡plis, plas! ¡fuera! Como si no hubiese nacido…

El hombre se interrumpió, y se quedó mirando fijamente a Alfredo, como esperando un comentario. A Alfredo sólo se le ocurrió emitir:

– ¿Y?

– ¿Cómo se puede soportar eso?

– Como siempre se ha soportado. Y, en el peor de los casos, se puede escapar: la propia muerte está en manos de cada cual. Cualquiera se la puede proporcionar cuando se le antoje. Procurársela es facilísimo. Lo difícil, lo imposible, según parece, es evitarla.

– Sí, pero yo no deseo escapar, sino darle la vuelta al misterio.

– Por eso estudias humanidades, literatura…

– Sí. Estudié filosofía, pero enseguida vi que me había equivocado. Por el camino de las ideas no se llega a la verdad.

– ¿Y por la literatura, sí?

– Sí, el arte puede dar la respuesta. Siempre que sus logros estén a la altura de la pregunta. Y lamentablemente, tengo que decir que no, que hasta ahora no han estado a la altura, ni de lejos. Hay en los grandes poetas un lejano atisbo. Pero nada más. Y lo peor es cuando los escritores buscan en territorios inexistentes lo que la cruda vida nos muestra ante las narices. Historias de vampiros, por ejemplo, ¿pero hay más claro vampirismo que en el acto del niño de succionar la leche de la madre? Novelas de androides, ¿pero hay mejor ejemplo de humanoides fabricados en serie que los que llenan los estadios o las autopistas los fines de semana? Historias de zombis, de muertos vivientes, ¿qué es eso comparado con la realidad de la víctima del alzheimer? El Alien que va extendiéndose e invadiendo todo el cuerpo da risa si se piensa en el tumor cancerígeno. Y qué decir de las historias sobre una imaginaria realidad virtual. ¿Virtual? ¿Imaginaria? Será virtual de segundo grado, porque toda la realidad, todo eso que la mayoría de la gente juzga realidad indiscutible ya es virtual, es decir, está en la mente de cada cual, sin que se pueda saber con seguridad si hay algo fuera que se corresponda con esa imagen mental. Nadie ha abordado el problema con seriedad desde el punto de vista artístico. Yo he empezado a intentarlo. He escrito algo – y señaló la carpeta – que espero que sea el principio.

– El principio ¿de qué?

– De una obra que nos ilumine definitivamente sobre el misterio y la miseria de nuestra condición. De momento es sólo un ensayo, quiero decir, un intento, un esbozo, o quizá un anuncio, en forma de relato corto.

– Y quieres que yo lo lea y te dé mi opinión.

– Si no es molestia…

carpeta gomasEl hombre se levantó. Y antes de alejarse, lanzó una mirada aprensiva a la carpeta como si aquello hubiese de hacer explosión en cualquier momento, pero lo que se oyó fue el ruido sordo, de disparo de trabuco, de la máquina de tabaco. Alfredo ni se enteró. No podía apartar la vista de la carpeta. La tomó, la abrió y empezó a leer:

A las siete y diez de la mañana del veintiocho de septiembre el espíritu Alfredo se hizo carne. No fue tan extraño ni doloroso como lo había imaginado. En realidad, todo consistió en una supresión de la ligereza, de la levedad…

(De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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