Fantasías a la manera de Hoffmann V

La de Silvestre ha sido muy buena, lo reconozco. Pero, todavía no hemos oído una verdadera historia fantástica, de terror. Todo lo que hasta aquí se ha contado puede tener su explicación por la vía de la ciencia. Incluso el primero de los relatos, El espíritu Alfredo, puede entenderse como una fantasía, una ficción literaria obra del narrador que al final se nos aparece. Pero en ninguno de ellos se nos ha aparecido la sombra amenazadora de lo absolutamente siniestro.

CIPRIANO.- Es curioso que seas tú quien habla así, Otomar, el jurista, el abogado metódico, de pensamiento científico-racionalista.

OTOMAR.- Quizá por eso, por que no me gustan las mixtificaciones. Si fabulamos sobre el terror fantástico, hagámoslo a tumba abierta, sin las muletas de coartadas científicas o racionalistas.

TEODORO.- No sé…es una manera de ver las cosas. Por mi parte creo que todo está en la realidad. Porque el mismo hecho de imaginar una historia, por disparatada que sea, es un proceso de la realidad cerebral.

OTOMAR.- No nos vayamos por las ramas, Teodoro, ya sabes lo que quiero decir.

LOTARIO.- Sí, creo que sé lo que quieres decir, si consideramos el asunto desde el punto de vista del público lector.

SILVESTRE.- Un público lector que esté ansioso por consumir terror del bueno, ¿no es eso?

CIPRIANO.- ¿Sabéis qué os digo? Que me alegro que el debate haya venido a parar a este punto. Porque…la historia que pensaba ofreceros creo que responde perfectamente a las inquietudes y al deseo que formulaba Otomar.

OTOMAR.- ¿Quieres decir que es un auténtico relato de fantasía y terror?

CIPRIANO.- Eso lo habréis de decir vosotros cuando yo termine de leer. Empiezo.

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                                                   ISAÍAS Y EL ESPEJO 

LOTARIO. – ¿Puedo hablar?

OTOMAR.- Pregunta estúpida, donde las haya.

LOTARIO.- No, es que como pasa el rato y nadie dice nada, creía que se debía respetar cierto tiempo de silencio.

SILVESTRE.- ¿Por qué no hablas de una vez, Lotario?

LOTARIO.- Lo que quiero decir es que, en mi opinión, se trata realmente de una historia de terror, quizá la historia más de terror que hemos oído hasta ahora. Pero el problema está en el grado.

CIPRIANO.- ¿El grado?

LOTARIO.- Sí, el grado. ¿Qué grado de terror tiene? Y creo también que este problema no tiene una solución sencilla, porque va muy ligado al lector, a cada uno de los lectores.

TEODORO.- Creo adivinar por dónde vas. Pero ¿por qué no nos lo explicas de una manera directamente comprensible?

LOTARIO.- A ver, el autor, Cipriano, a quien por otra parte felicito…

CIPRIANO.- Gracias.

LOTARIO.- …no hay de qué, desarrolla una historia en la que el terror se adivina, pero no se deja ver directamente. Sabemos que el espejo guarda algo horroroso, objetivamente horroroso, como se deduce del informe médico, pero ni se nos muestra ni se nos dice en qué consiste. Ya sé que uno de los elementos que mejor conforman la sustancia del horror es el desconocimiento de su realidad, el miedo más terrible es el que no tiene forma ni nombre, pero, tal como está planteado esto en el relato, se pone de manifiesto el problema a que me refería.

OTOMAR.- ¿Te referías? No sé si te referías. Lo que sé es que aún no has revelado el supuesto problema.

CIPRIANO. Es verdad, Lotario, y comprenderás que, como autor, estoy muy interesado en el tema.

LOTARIO.- Creí que ya había quedado claro. Bien, lo que quería decir es que en este relato, como un poco en todos, la eficacia de la dosis suministrada por el autor dependerá del grado de sensibilidad e imaginación de cada lector.

TEODORO.- Quieres decir que para unos lectores el terror es seguro, claro, tangible, porque son capaces de imaginarse todo el horror que, por las noches, pugna por manifestarse en el espejo, mientras que, para otros, el relato apenas les dirá nada porque no encontrarán en él nada explícito que les conmueva.

LOTARIO.- Eso es lo que quería decir.

OTOMAR.- De acuerdo, pero habría que hacer una precisión. Y es que, en mi opinión, si el efecto de una obra no alcanza a cierto número de lectores, es que el autor no lo hizo todo lo bien que debía. Decir que el relato sólo será eficaz en personas muy imaginativas, es reconocer las limitaciones del autor, incapaz de trasladar al lector “normal” sus intenciones creativas, en este caso, la de despertar una emoción de terror.

CIPRIANO.- Vale, nunca he dicho que yo no tenga limitaciones como autor. Simplemente, lo he hecho lo mejor que he podido.

SILVESTRE.- Lo has hecho muy bien, Cipriano, no te preocupes. Otomar tiene su parte de razón, pero…

TEODORO.- Pero es una razón peligrosa, porque si la aplicamos de una forma incontrolada nos llevará a la situación aquella en que el autor ha de ir hasta donde está el lector y no el lector hasta donde está el autor, que es lo que de verdad enriquece.

OTOMAR.- Cierto, pero de lo que se trata es de hallar una situación de equilibrio. Por decirlo de alguna manera, que autor y lector se encuentren tras hacer cada uno la mitad del camino.

SILVESTRE.- Eso es fácil de decir, pero en la práctica siempre hay una parte que tira más que la otra. A veces se produce ese equilibrio maravilloso y es cuando nos encontramos ante ese raro fenómeno de auténticas obras de arte que a la vez son populares. Como por ejemplo, en Shakespeare, Cervantes, Goethe (el de Werther y la primera parte de Fausto).

LOTARIO.- Y Hoffmann, ¿no?

SILVESTRE.- Bueno…yo creo que el caso del maestro es distinto. En sus obras, autor y lector no se encuentran en la mitad del camino. Más bien creo que el autor va a buscar al lector a su terreno preferido (aventura, fantasía, terror, no olvidemos que estamos en la época romántica y que Hoffmann escribe en parte por necesidad económica), pero que, con su genio indiscutible, lo eleva hasta su propia altura de gigante del arte poético.

TEODORO.- Creo que lo has expresado bien, Silvestre. Hay dos clases de autores que hacen más de la mitad del camino en busca del público lector. El que procura que ese lector se eleve a su propia altura (caso de Hoffmann y, en un terreno muy distinto, de Stefan Zweig y de tantos otros autores al mismo tiempo grandes y populares) y el que se queda al nivel del lector más bajo para halagarle todas sus bajezas.

OTOMAR.- Literatura basura.

TEODORO.- Sí, literatura basura, donde entra la gran mayoría de los bestsellers.

CIPRIANO.- Yo he observado una cosa curiosa: que la literatura que lee la gran mayoría no es literatura…si es que con esta palabra queremos significar algo especial.

LOTARIO.- Quizá siempre ha sido así.

TEODORO.- No, yo creo que no siempre ha sido así. Yo creo que a la situación actual se ha llegado tras un proceso gradual de extensión y, al mismo tiempo, degradación de la cultura. Antes de la invención de la imprenta se necesitaba mucho esfuerzo, mucha “cultura” para poder leer, y ya no digamos para llegar a poder escribir. Los que accedían a esas técnicas maravillosas eran, forzosamente, unos sabios. Con la aparición de la imprenta, la cosa empezó a abaratarse, ya no era tan extraordinario saber leer, ni tan exótico que una persona de no mucha cultura se dedicase a escribir. Con la extensión de la alfabetización y la educación la cosa fue empeorando (desde el punto de vista del que estoy hablando), y ya cualquiera podía leer y casi cualquiera podía escribir, principalmente para toda esa gente que “ya” podía leer. Y en fin, no os tengo que decir lo que ha venido después: con la extensión de la prensa y la aparición de otros medios de comunicación de masas, la lectura y la escritura están hoy al alcance de todo el mundo…con los resultados que están a la vista.

OTOMAR.- Vaya, no te conocía esta faceta tan elitista, o clasista, o antidemocrática.

TEODORO.- Elitista quizá, lo concedo. Pero clasista y antidemocrática, no, en absoluto. Lo que ocurre es que hay una enorme confusión en todo esto, que convendría aclarar. Para empezar, hay que dejar claro que la igualdad no significa que todos seamos iguales, sino que todos hemos de tener iguales oportunidades. Y la democracia no significa que todas las opiniones valgan lo mismo, cosa que contradice la evidencia, sino que en los asuntos públicos, en la administración de las cosas comunes, ha de prevalecer el criterio de la mayoría, siempre controlada por las minorías. Ir más allá supondría, de hecho supone, un empobrecimiento espantoso del espíritu humano.

OTOMAR.- Quieres decir que la democracia no cabe en el arte, por ejemplo.

TEODORO- Ni en el arte, ni en la ciencia, ni en la filosofía, ni en ninguna actividad que requiera formación, sensibilidad y un esfuerzo constante por ensanchar los límites del ser humano. La mayoría tiende a lo fácil y primario, por eso se puede encargar de la «administración de las cosas», porque es una tarea de simple sentido común, aunque a veces no lo parezca. Pero si se le permite que decida en cuestiones de arte, nos conduce directa y rápidamente a la basura.

SILVESTRE.- ¿Queréis qué os diga lo que ahora pienso? Que todo esto que estamos debatiendo en realidad no importa en absoluto.

OTOMAR.- ¿Ah, no?

SILVESTRE.- Para el verdadero creador, quiero decir. Porque el verdadero creador, no el que estudia primero el mercado para ver lo que mejor podrá colocar, sólo tiene en mente un lector: él mismo.

CIPRIANO.- ¿Quieres decir que escribe para sí mismo? No, no, eso no se corresponde con la realidad.

SILVESTRE.- Para sí mismo exactamente, no; pero sí escribe lo que a él le gustaría leer. No hay otro modo de ser honrado en literatura. (CONTINÚA)

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