Emiliano Dexter, nieto del obispo Paciano, divaga sobra la historia de su ciudad.

-Dice la leyenda que Barcino fue fundada por gente llegada de la costa africana, los antiguos cartagineses. Si fue así, sin duda aquellos hombres, con su lengua y sus costumbres, se traerían sus terribles dioses, Melkart y Tanit, cuyo bárbaro culto incluía el sacrificio cruento de niños. Eso es lo que decide la leyenda, porque es el caso que la historia escrita, tanto en los libros como en las piedras, sólo ha dejado testimonio de nuestra ciudad romana, colonia fundada en la época de Octavio Augusto y destruida y restaurada en los años de Galieno. Esta es la ciudad que siempre hemos conocido, la única de que se tiene memoria en mi familia a través de la larguísima serie de antepasados, que se remonta a la misma fecha de la fundación.

En estos cuatrocientos años ha sido una ciudad tan romana como la que más y, como cualquiera de ellas, se ha visto fecundada por la gente de Oriente, sobre todo mercaderes y navegantes griegos.

Pero algo tendrá de cierto la leyenda púnica, alguna secreta atracción debe de existir entre esta tierra y la costa africana, porque, hace ya más de cien años, cuando aquí el cristianismo solo era conocido por algunos esclavos orientales, desembarcaron de nuevo en estas costas hombres procedentes de Cartago y empezaron a enseñar, propagar e imponer una fe dura, estricta, ardiente; una religión llamada de amor pero que enseñaba que Dios había exigido el sacrifico de la vida de su único hijo.

Habréis observado la profusión de capillas que hay por estos contornos dedicadas al santo Cipriano, el obispo de Cartago que dirigía la invasión desde su sede. Algunos de sus enviados fueron martirizados. Como Cucufate, muerto y enterrado al otro lado de estos montes.

Así que ya veis, en esta mi querida ciudad, la luz romana y griega de la razón no ha sido más que un breve resplandor entre dos furores filicidas.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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