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Dante y la imposibilidad de no hacer daño

Otra voz que se pierde en el silencio. Otra voz que me acusa para hundirse luego en la oscuridad. ¿Volverás, Gemma? Quiero oir de tus labios una palabra de perdón, de comprensión al menos. Pero…¿soy realmente culpable? No sé. Vivir es hacer daño. Y no sólo con las maldades se hace daño. A veces, también con la bondad, con la obediencia debida al mandato divino.

Sí, vivir es hacer daño. Ni los más santos pueden evitarlo. El santo Francisco hirió profundamente a su padre y a cuantos le amaban y esperaban otros hechos de él. El mismo Cristo hizo sufrir a sus padres ya en su infancia, cuando les reveló con secas palabras la realidad de su misión divina, y defraudó cruelmente a quienes esperaban de él realizaciones más materiales y terrenas.

¿Quién puede vivir sin hacer daño? El que no vive, quizá el cobarde. Pero no. Porque, por paradójico que parezca, el cobarde, el que no se atreve a llevar adelante la misión que claramente se le ha encomendado es el que más daño causa. Así el papa Celestino, el espiritual que no osó introducir el Espíritu en la cumbre de la Iglesia, el que declinó recoger el látigo que Cristo había puesto a su disposición para expulsar a los mercaderes del templo. ¡Qué gran pecado la cobardía!             (De La alta fantasía)

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Il gran rifiuto

El hermano Angelo me puso al corriente de los tristes detalles de la reciente historia del papado. Dijo que, cuando hacía siete años, fue designado Pietro del Morrone para ocupar la silla de San Pedro, pareció como si el Cielo se abriese y fuesen a descender los ángeles para traer la virtud y la paz a la Iglesia y al mundo. También yo, desde Florencia, había participado de esta especie de emoción sagrada: finalmente el espíritu de amor desciende sobre los ministros del Señor para purificar al mundo con la humildad y la pobreza que Cristo predicó.

Pietro era un anciano hermano que vivía retirado con su comunidad en un lugar agreste de los Abruzzos. Los que fueron a buscarle tuvieron sus dificultades para hacerle entender que él era el nuevo vicario de Cristo y que, en adelante, su lugar sería Roma y su misión, apacentar la grey cristiana. Consagrado papa con el nombre de Celestino, Pietro siguió sin entender gran cosa. Aquel espíritu de amor ignoraba por completo el código de la fría guerra que siempre está vigente en las altas instancias del poder, de cualquier poder. A todo, y a todos, decía que sí. Al rey francés, que le dictaba los nombres de los nuevos cardenales; al secretario Caetani, que le ahondaba la fosa donde, al cabo, había de enterrarle.

Duró menos de cuatro meses. Agobiado por multitud de problemas, que no entendía; enloquecido por voces de ultratumba (dicen que salidas de Caetani), que le urgían a abandonar, finalmente abdicó. Pero no para retirarse de nuevo a sus montañas, sino para acabar sus días en la cárcel que le tenía preparada su flamante sucesor, el cardenal Benedetto Caetani, convertido en Bonifacio VIII. Esta era la triste historia del papa Celestino, el hombre de los espirituales, que había de regenerar la Iglesia corrompida; historia que yo conocía, como todo el mundo, en sus trazos generales, pero que me complació y dolió- recordar en las palabras, teñidas de amarga ironía, del hermano Angelo.

Dicen que el papa Celestino fue un santo. Yo lo niego. En todo caso afirmo que no fue un seguidor completo de Cristo. Sabía poner la otra mejilla, virtud fácil en los hombres de sangre tibia, pero no supo empuñar el látigo para expulsar del templo a los mercaderes. La pusilanimidad, la cobardía puede ser un gran pecado, que quizá se pague con la condenación eterna.

( De La alta fantasía)

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