Los límites naturales del poder

[Según Ausonio, el personaje de La ciudad y el reino, pág. 148-149]

Siempre he pensado que no basta con que a uno le atraiga mucho el poder, ni siquiera con que se haga con el poder. Lo que cuenta es saber ejercerlo. Algunos, como Arbogasto y Eugenio, imaginan que dar una cuantas órdenes, promulgar unos edictos, cambiar unos funcionarios es suficiente para que los proyectos políticos se conviertan en realidad. ¡Qué inmenso error!

Para empezar, hay que tener en cuenta que el poder absoluto no existe. El más poderoso de los hombres no puede mandar más que aquello que se puede cumplir; no puede imponer otro orden a la naturaleza, del mismo modo que no puede imponer a la sociedad humana un orden distinto de aquel al que apunta su propio desarrollo natural. No se puede decretar que el Sol salga por occidente y se ponga por oriente, del mismo modo que no se puede decretar que los antiguos dioses vuelvan a ocupar la imaginación del pueblo cristianizado.

Esto lo digo yo, hombre, como sabes, dominado por la nostalgia de aquel mundo maravilloso que ni siquiera conocí. Pero ante todo, hombre realista. Y la realidad es que el cristianismo no tiene competencia; que los dioses y sus templos desaparecerán de la faz de la Tierra para buscar su último refugio en las palabras escritas de los poetas, y solo vivirán mientras vivan Homero y Virgilio y Ovidio, con lo cual, pienso ahora, tienen asegurada cierta forma de inmortalidad.

El que manda ha de conocer los límites de su poder y dominar los mecanismos que permiten que las decisiones posibles sean llevadas a la práctica. Y lo que ningún gobernante ha podido ni podrá nunca hacer es resucitar por decreto lo que el pueblo ha decidido enterrar. Ni lo consiguió Juliano, hombre noble y bien intencionado, ni mucho menos lo conseguirá Eugenio, estúpido títere del traidor Arbogasto.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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