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Consideraciones generales sobre la literatura y la vida.

Donde crecen las novelas

No siempre el efecto sigue inmediatamente a la causa. Unas veces el tiempo que transcurre entre la acción causante y el efecto necesario es imperceptible, como cuando se aprieta el gatillo de un arma de fuego o se pulsa una tecla. Otras, es preciso un espacio de tiempo de amplitud variable para que el efecto se manifieste. En este sentido, conozco la historia de un efecto tan retardado que tuvo que transcurrir toda una vida para manifestarse. Y se produjo en mi ámbito familiar.

En mi familia no éramos abstemios (tampoco alcohólicos). El padre no perdía ocasión de ponderar las virtudes del vino bebido con moderación; la madre alardeaba de no probar el agua (“para las ranas”); vivió 90 años. Y, no obstante, uno y otra estaban siempre atentos a que los cuatro pequeños no sobrepasásemos la norma.

En ocasiones, en determinadas festividades o celebraciones, se bebía champagne, lo que hoy llamaríamos cava. Los niños, también. Y si alguien, pariente o invitado, observaba que quizás aquella bebida no era apropiada para gente tan menuda, nunca faltaba la respuesta del padre:

Es una bebida muy sana, piensa que hasta a los moribundos se les puede dar champagne. ¿No lo sabías? Pues sí, a los moribundos se les puede dar champagne.

De hecho, cada vez que la deliciosa y saludable bebida aparecía en la mesa, no faltaba el comentario del padre, dirigido a nosotros los pequeños, en los mismos términos de siempre.

¿Sabíais que el champagne es tan sano que puede darse incluso a los moribundos? Sí, fijaos si será sano que hasta a los moribundos les dan champagne si lo piden.

Y nosotros asentíamos obedientes y bebíamos encantados bajo la bendición del padre sabio.

Pasó el tiempo, el padre murió, el champagne se convirtió en cava, los niños que éramos en los ancianos que somos, la memoria en melancolía.

Cierto día, ya en mi década de los setenta, no sé por qué razón me hallaba solo ante una copa de champagne, contemplando las alegres burbujitas de la bebida, cuando de pronto oí con toda nitidez la voz clara y segura de mi padre:

Fijaos si será bueno el champagne que se puede dar de beber a los moribundos.

Emocionado, me volví a repetir la frase una y otra vez, con todas las ligeras variantes que creía recordar. Y en esa operación estaba cuando, de pronto, sentí como si un violento resplandor iluminase toda la estancia.

¡Claro! ¡Es cierto! me dije cuando la luz llegó a iluminar la zona correspondiente del cerebro. Al moribundo se le puede dar champagne y cualquier otra cosa porque, por definición, de todos modos se muere.

Era una broma, una genial ironía que nadie, que yo sepa, había sabido captar. Y han tenido que pasar setenta años para que yo diese con la clave. ¿Yo? ¿Solo yo? No es posible. Lo consultaré con los hermanos.

Y de pronto, un pensamiento raro, una duda más que extraña bloqueó en la mente cualquier otra reflexión: ¿Era en realidad una broma? ¿Era en realidad una ironía? ¿No estaría hablando mi padre de buena fe? ¿No le habría pasado alguien la «broma», que él habría tomado como indiscutible realidad? Imposible saberlo. Y pienso que la verdad permanecerá escondida para siempre.

Sí, para siempre oculta en la recóndita región de los secretos de familia, allá donde crecen las novelas.

    

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Una novela moderna

Hace tiempo que no leo novelas. No por una razón concreta. Es una costumbre impuesta por la costumbre. Quiero decir que no obedece a un propósito consciente. Solo que, un buen día, me di cuenta de que en mis lecturas ya no figuraban novelas.

Preciso: no leo novelas contemporáneas, y menos aún novelas contemporáneas de autores españoles.

Hay excepciones, como es natural. Una norma sin excepciones es un engendro monstruoso que ni siquiera puede tenerse en pie, y está comprobado que, a veces, lo mejor de las normas son las excepciones.

Hace unos años incurrí en una de esas excepciones. Me habían hablado tanto y tan bien de cierto escritor español de moda que no pude resistir la tentación de leerlo. El resultado fue: un interés sostenido al principio, que se fue transformando en un cansancio infinito.

Ahora mismo, hace unos días, he incurrido en otra excepción. Se trata de una novela que he llamado moderna con calificativo quizás impropio. Y es que “moderno/a” es un adjetivo que, aunque quiere expresar lo contrario, siempre sabe a antiguo, “nada más antiguo que lo que ayer mismo era moderno”, dice no sé quién. El autor es un escritor español muy bregado en las técnicas literarias, en las que es maestro en el sentido literal de la palabra. Y eso se nota. Ya lo creo que se nota.

La escritura, clara, precisa, avanza desde el primer momento con la seguridad de la máquina bien ajustada. Una familia norteamericana llega a Italia con un motivo luctuoso… El autor es español, pero el narrador-protagonista es americano (estadounidense, se dice desde hace no mucho tiempo), aunque en nada se notaría la circunstancia ibérica de la autoría si no la delatase precisamente esa querencia, común a tantos creadores europeos, por los productos más típicos de Hollywood. Las breves escenas del matrimonio yanqui, con hija en este caso, en un hotel de Europa le traen a uno el vago pero persistente recuerdo de algunas películas americanas de diversos géneros.

Y no se agota ahí la influencia cinematográfica. El lector, o al menos el lector que soy yo, no puede leerla sin sentirse sumergido en el mundo de las películas. El ritmo, la intriga, los fundidos en negro atrás y adelante sin previo aviso, (lo que puede descolocar al lector desprevenido, pero no por cierto al lector curtido, que advertirá en todo ello signos claros de maestría),  además del evidente contenido filosófico-existencial del drama, hacen de esta novela una obra muy estimable, una obra maestra, diría.

Y conste que lo de la influencia cinematográfica no es un reproche – nada digo como reproche, sino todo como curiosa observación. En toda la historia de la cultura las diversas ramas del arte se han ido influyendo, copiando, intercambiando rasgos, modos, conceptos. La escultura, la arquitectura, la música, la poesía, la novela, el teatro, el cine, han ido creciendo y desarrollándose gracias, entre o tras cosas, a la influencia intensiva de unas sobre otras. Por eso, decir que una novela como la novela en cuestión no habría podido existir si previamente no hubiese existido el cine no es un reproche sino la constatación de un hecho que en nada merma la calidad de la obra.

La calidad de la obra es evidente. Esto se palpa con la lectura de las primeras líneas y se afianza y fortalece a medida que el relato avanza. El narrador-protagonista, hombre entrado en años, que fue reportero en Europa tiempo atrás, va alternando las vivencias del presente en Italia con la familia, ya eventualmente rota, con los recuerdos de su pasado en América y, sobre todo, con los de sus antiguas experiencias europeas.

Allá mismo, en una pequeña ciudad situada entre el mundo itálico y el eslavo quedó atrapado por el nacimiento del fenómeno que, poco después, había de devorar a media Europa. Destacado por su periódico para entrevistar a la figura clave de aquellos años y lugares, se siente poco a poco magnetizado, absorbido por la fuerza nueva, joven y avasalladora que había de barrer lo podrido y levantar la nueva patria.

En el recuerdo de aquellos meses apenas se reconoce: libre de la moral aprendida y abducido por el culto viril y pagano de la fuerza y la violencia. Y es testigo – aunque apenas medita sobre el hecho – del extraño maridaje entre el decadentismo exquisito del líder y poeta y el zafio salvajismo de los fieles que lo arropan. (Por cierto, he encontrado algún testimonio gráfico espeluznante sobre el fenómeno).


El joven periodista llega incluso a participar en una acción brutal colectiva, hecho que recuerda con incredulidad y asombro. Pero cuando la fascinación y el deseo le impulsan a tocar un fruto prohibido, la maquinaria represora y cruel  del «nuevo estado», hecho todo de fanfarrias y cloacas, que lo tenía vigilado desde el principio, se pone en movimiento.

El lector asiste entonces a un admirable despliegue de suspense y terror, vibrante y efectivo  incluso para un lector tan poco ingenuo como el que esto escribe.

Pero el desenlace no se ha de producir  cuando se cierran los recuerdos, el enigma no se ha de descifrar hasta el tiempo presente del viejo reportero. Es entonces cuando se despeja la última incógnita.

La novela tiene muchas virtudes, lo he dicho y lo repito, pero quizás adolece de un defecto. Un defecto, por llamarlo así, que no sería tan evidente si las virtudes aludidas  no fuesen tan clamorosas.

Y es que, siempre, el seguimiento de un intriga perfecta hace concebir la esperanza de un desenlace a la altura.

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Del Infierno y sus alrededores

Del mismo modo que no recuerdo cuándo empecé a andar, no puedo precisar el momento en que oí hablar por primera vez del Infierno. Supongo que fue en la infancia más lejana, y con seguridad a mi madre, no a mi padre.

Muy poco después, en el colegio – religioso – me confirmaron su existencia, aderezándola además con toda suerte de descripciones pintorescas. Pero enseguida quedó claro que lo peor del Infierno no eran los tormentos, más o menos ingeniosos, a los que se sometía al pobre condenado. Lo peor era la eternidad. Eternidad quiere decir que no se acaba nunca.

Por un instante de placer, una eternidad de tormentos, advertía el cura con toda la seriedad del mundo. Era como para pensárselo. El placer, por supuesto, era el de siempre: el único pecado que tenía obsesionada a aquella ensotanada gente. Un joven que permanece en la cama una hora despierto no puede ser bueno. Y todo el mundo lo entendía, eso que resulta tan difícil de entender a los que no fueron los adolescentes de entonces.

Dejando aparte su problemática existencia objetiva – ya cuestionada por los librepensadores desde hacía por lo menos dos siglos -, el Infierno tenía una función muy clara: ejercer de gendarme del orden social, contener a los díscolos (y aquí, más que lo sexual importaba lo social) con la amenaza del fuego eterno si se rebelaban contra el poder bendecido por el altar. La primera tarea de los revolucionarios fue liquidar el Infierno. Está por ver si lo consiguieron.

A lo largo de la historia el Infierno ha ido cambiando de formas, de contenido y de función. Es de suponer que los primeros creyentes, y por lo menos hasta el Renacimiento, lo tenían por muy real. Y sin embargo, es muy difícil de creer.

Es muy difícil creer que Dante Alighieri creyera en la existencia física del Infierno. Pensamos que un hombre tan racional y hasta racionalista como él – aunque fuera al mismo tiempo tan poético y tan místico como nadie – no podría aceptar tales mitos. Pero quizá pensamos mal. O no conocemos lo suficiente el ambiente social y mental de la Edad Media.O no conocemos lo suficiente a Dante, que es lo más seguro. Nadie lo conoce lo suficiente. Incluidos los expertos dantistas.

A veces, el poeta toscano permite que alguno de sus lectores no profesionales atisbe alguna clave de su mundo secreto y apenas entreabierto. Como se lo permitió al filósofo Santayana.

A los condenados en el Infierno, señala Santayana, apenas se les ve sufrir por la acción de los demonios. Sufren porque, violando el orden moral, se han convertido en aquello que deseaban. Idea que el mismo filósofo comenta con estas palabras:

El castigo, parece entonces decir [Dante], no es nada que se agrega al mal: es lo que la pasión misma persigue; es el cumplimiento de algo que horroriza al alma que lo deseó.

Así, Paolo y Francesca, los amantes adúlteros, vagan abrazados, eternamente empujados por un viento constante. ¿No es esto lo que deseaban?, cabe preguntarse. Sí, y en su cumplimiento eterno consiste el castigo. Porque

el amor ilícito –sigue Santayana– está condenado a la mera posesión, posesión en la oscuridad. Sin un ambiente. Sin un futuro.[…] Entrégate, nos diría Dante, entrégate completamente a un amor que no sea más que amor, y estarás ya en el Infierno. Solo un poeta inspirado podría ser tan penetrante moralista. Solo un profundo moralista podría ser tan trágico poeta.

A lo largo de la historia el Infierno ha sido muy transitado, además de por los condenados, que lo conocen por dentro, por toda suerte de teólogos, inquisidores y predicadores, quienes afirman conocerlo muy bien desde fuera.

Hasta que, hace aproximadamente un par de siglos, empezaron a asomar unos nuevos frecuentadores del Infierno. Los escritores-poetas, gente extraña y bastante retorcida que se entretiene con unos juguetes muy especiales. Uno de esos juguetes se llama metáfora y consiste en referirse a una cosa con el nombre de otra con la que tiene un lejano parentesco. Y así, con la palabra infierno, pueden nombrar “el fondo de lo desconocido” (Baudelaire), la angustia creativa del poeta (Rimbaud), el transporte etílico insuperable (M. Lowry) o, en un alarde de egocentrismo existencialista, a todos los que no son uno mismo, “el infierno son los otros” (Sartre).

Sí, hay muchas clases de Infierno desde que la imaginación poética se impuso al dogma. Aunque, bien pensado, el dogma también es una imaginación, pero nada poética, sino blindada y hasta armada.

En todo caso, es seguro que los creyentes medievales se indignarían ante una utilización tan frívola, por parte de los modernos escritores, de palabra tan terrible. Indignación hoy imposible, porque aquel Infierno antiguo ya no interesa a nadie, incluso en el Vaticano no saben qué hacer con él: es curioso que un instrumento pensado para retener, por el miedo, a la clientela, se haya convertido en algo que, por increíble, la ahuyenta. Las cosas no son siempre lo que eran.

Y ahora ¿qué? ¿Qué hacemos, ahora que vivimos libres de la amenaza del Infierno? Pues ahora cada individuo se afana en construir su propio infierno. Y también cada colectividad.

Sí, además de los individuales y poéticos, existen los infiernos colectivos y prosaicos que parecen tristes imitaciones del de Dante, como demuestra la visión de ciertas ciudades bombardeadas por los demonios vecinos.

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El confuso mundo de las citas

Para empezar, su mismo nombre ya induce a confusión. Ocurrió a cierto amigo mío, algo pedantillo, que decidió hacerse con una reserva de citas en latín para colocarlas cuando procediera. Y escribió en el buscador de internet estas dos palabras “citas latinas”. La respuesta fue inmediata y abrumadora: al momento surgieron multitud de jóvenes latinoamericanas deseosas de ser citadas.

Pero no me refiero a nada de eso. Tampoco se refiere mi comentario a las citas entre personas ansiosas de formar pareja o de tratar del asunto que sea. Ni a la imprescindible e impertinente “cita previa”, impuesta desde hace poco en los trámites burocráticos y similares.

Ni siquiera se refiere – aunque ya nos vamos acercando – a la moda de reproducir frases atribuidas, correctamente o no, a personajes célebres. En este sentido, he observado que los más falsamente citados son Cervantes y García Márquez, entre los escritores, y Einstein. Un detalle curioso: las citas falsas atribuidas a escritores son las más fáciles de desenmascarar. Y es que hay que ser muy poco leído para tragar como de Cervantes, por ejemplo, textos escritos con las palabras, la sintaxis y hasta la ortografía propias de un manual de autoayuda.

Y ahora llego adonde quería llegar. Hay lectores, normalmente muy ilustrados y conscientes, y en ocasiones muy entregados a un autor determinado, que gustan regalarnos con frases de su favorito. O de cualquier otro escritor con cuya idea, expresada en la frase, sintonizan. Pues bien yo ruego a estas personas que consideren un par de cosas:

a) Si la obra de la que se ha extraído la frase es una novela u obra dramática o no. Si no lo es, no hay problema: hay que suponer que el contenido de la frase expresa fielmente el pensamiento del autor.

b) Pero si lo es, el citante de turno debería precisar que la frase en cuestión corresponde al personaje tal o cual de determinada novela u obra de teatro.

Y es que no es de recibo que, por ejemplo, se atribuya a Ernesto Sabato las locas ideas de Juan Pablo Castel, de El túnel, o del más loco aún Fernando Vidal, de Sobre héroes y tumbas. O que se haga pasar por propia de Dostoyevski la idea de que las leyes y las normas morales están hechas para las personas del montón, pero que no afectan a los seres superiores, concepto que no es del mencionado escritor, muy cristiano él, sino de su personaje Raskolnikov y en determinado momento de su vivencia novelesca.

No tener en cuenta estas circunstancias puede inducir al lector desprevenido a caer en tremendas confusiones.

Así que, por favor, háganme caso: tengan mucho cuidado con las citas. Con las literarias, y con las otras.

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¿Los has leído todos?

El libro es ya un objeto ajeno a la mayor parte de la población.

La frase es de Jordi Llovet, eminente humanista y ex profesor universitario, y la leí en una entrevista que le hicieron no hace mucho. Estos días me ha venido a la cabeza y no consigo sacármela de encima. Así que me pongo a escribir, que es lo que hacen los que escriben cuando quieren sacarse algo que se les ha metido en la cabeza.

Supongo que la razón de la súbita emergencia de la frase desde el almacén de la memoria tiene que ver con la situación actual, quiero decir, con el confinamiento que sufre la población por causa de la Primera Pandemia del siglo XXI.

Porque desde un principio me pregunté ¿cuántas personas llenarán el tiempo vacío dedicándose a la lectura de libros? Pocas, me contesté, muy pocas. Y es que la lectura necesita de un aprendizaje, y si no te la has incorporado como costumbre, difícilmente te servirá para resolverte un bache social y vital como el que ahora sufrimos.

Yo, de la frase de Llovet, eliminaría el “ya”, porque da la sensación de que, antes, el libro no era un objeto ajeno a la mayor parte de la población. Y yo creo que sí, que siempre lo ha sido, en mayor o menor medida.

Vuelvo la vista atrás, a un tiempo situado antes de internet, antes de la televisión incluso (que ya es ser vetusto) y veo las viviendas de parientes, amigos de los padres, vecinos y conocidos. Raramente se divisa un libro, quizá alguno un poco ostentoso, eso sí, que forma parte de la decoración de la sala de estar.

Pero mucha gente leía, se dirá. ¿Más que ahora? Quizá sí, pero un tipo de literatura que no sé si cabe computar como lectura de libros: novelitas románticas, policíacas (recuerdo entrañable de las del FBI de los años 50) y del Oeste. Ese tipo de libro ya no existe porque ha sido sustituido por las series televisivas, las PlayStation y por todo lo que vomitan los canales internáuticos. Desaparición que justificaría el “ya” del amigo Jordi.

No, el libro nunca ha sido un objeto mínimamente apreciado por la sociedad en general. Y si en algunas sociedades o civilizaciones se ha impuesto, como con el judaísmo, el islamismo y el protestantismo fundamentalista, ha sido siempre en forma de libro único que no admite competencia, lo cual da mucho miedo, mucho más miedo que la ausencia absoluta de libros.

Lo extraño o paradójico del asunto es que, tratándose de un objeto ajeno a la mayor parte de la población, perviva respecto a él cierto respeto reverencial. Porque solo esto explicaría la batería de excusas tontas, infantiles y falsas que suele esgrimir el no lector: “me gustaría, pero no tengo tiempo para leer”, “los libros son muy caros” (se nota que no ha dado un vistazo a las colecciones donde se contiene lo mejor de la literatura universal a precios irrisorios), etc. o, en fin, el indisimulado asombro con que el visitante de una vivienda, provista de una superficie no exagerada de estantes con libros, exclama:

¿Los has leído todos?

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¡EGOÍSTA!

Si alguna vez te dicen “eres un egoísta”, sobre todo en el ámbito de tus personas más cercanas y queridas, no debes preocuparte demasiado. Es una muestra, un tanto desviada o pervertida, de afecto; una manifestación, por vía de reproche, de que eres muy importante para la persona que así se expresa, quien desearía que constantemente tuvieses puesta la atención en ella.

Y es que, después de todo, ¿en qué consiste ser egoísta? ¿En poner la propia persona por encima o por delante de las otras? Pero esto es inevitable. Desde que nace, uno respira por sí mismo, come por sí mismo y realiza todas las funciones biológicas por sí mismo, y nadie más puede hacerlas por él. Incluso piensa por sí mismo; pero esto, no siempre

Es verdad que hay casos extremos en los que el mote “egoísta” parece obedecer a una característica objetiva, pero no son esos los que motivan mi comentario, sino aquellos otros que seguramente la mayoría de los lectores conoce. Y es que el verdadero egoísmo, el extremo, como lo acabo de adjetivar para diferenciarlo del meramente dialéctico, es otra cosa. Consiste no en hacer la propia voluntad, cosa justa y necesaria para seguir viviendo, sino en forzar la voluntad de los otros.

Como siempre, la enorme clarividencia de Oscar Wilde dio en el clavo:

Egoísta no es el que hace lo que quiere, sino el que pretende que los otros hagan lo que él quiere.

Así que ya lo sabes, si alguien te dice “eres un egoísta”, sobre todo en el ámbito de tus personas más cercanas y queridas, no debes preocuparte demasiado. Esa persona solo está ejemplificando la definición dada por Ambrose Bierce, escritor norteamericano más ácido que el amable irlandés antes citado.

Un egoísta es una persona que piensa más en sí misma que en mí.

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Ramón J. Sender y Carmen Laforet se escriben

Sender a Laforet:

Conserve siempre ese dominio de la realidad, esa visión directa, sencilla y asombrosamente humilde – es la humildad la que hace el milagro -de su Nada que releo y admiro.

(5 octubre 1947)

                                                                                …

Laforet a Sender:

llevo conmigo la Crónica del Alba y no creo que haya habido una novela más hermosa, más llena de pureza y de encanto y de fuerza en toda la literatura de la posguerra.

(octubre de 1965)

                                                                                  …

Sender a Laforet:

Hasta en Nada hay felicidad. Hay una dulce conformidad con la desgracia que solo se le puede ocurrir a una muchacha armoniosa y rebosante de gracias – y de talento (y no diga que son piropos). En eso de decir la verdad soy muy baturro.

(29 enero 1966)

                                                                            …

Sender a Laforet:

Nada es la primera obra maestra realmente femenina que hay en nuestras letras. La Pardo Bazán y otras a veces están bien, pero todas quieren ser grandes hombres.

Dicen que no hay tiempo, pero el poco que tiene la gente lo dedica a envenenarse la vida.

(4 marzo 1966)

                                                                           …

Laforet a Sender:

No se asombre usted de las malas interpretaciones españolas sobre la obra, las intenciones y hasta la vida de uno. Usted se ha olvidado que vivimos siempre en pequeños reinos de Taifas, y que una persona que no está declaradamente en ninguno de estos reinos belicosos, a la fuerza se la considera como enemiga de todos. O tonta, o malvada, o lo que sea.

(6 mayo 1966)

                                                                               …

Sender a Laforet:

Y como le dije es la primera mujer que escribe sin tratar de imitarnos ni de disfrazarse de “gran hombre”, que es lo que suelen hacer por ahí (Simone de Beauvoir y otros excesos).

(27 mayo 1966)

                                                                                    …

Laforet a Sender:

La literatura la inventó el varón y seguimos empleando el mismo enfoque para las cosas. Yo quisiera intentar una traición para dar algo de ese secreto, para que poco a poco vaya dejando de existir esa fuerza de dominio, y hombres y mujeres nos entendamos mejor, sin sometimientos, ni aparentes ni reales, de unos a otros…tiene que llover mucho para eso. Pero, ¿verdad que usted está de acuerdo, en que lo verdaderamente femenino en la situación humana las mujeres no lo hemos dicho, y cuando lo hemos intentado ha sido con lenguaje prestado, que resultaba falso por muy sinceras que quisiéramos ser?

(10 febrero 1967)

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Natalia Ginzburg recuerda a Cesare Pavese

A veces se mostraba muy triste, pero durante mucho tiempo pensamos que se curaría de aquella tristeza cuando decidiese ser un adulto. Porque la suya parecía una tristeza como de muchacho, la melancolía voluptuosa y vaga del muchacho que aún no ha tocado tierra y se mueve en el mundo árido y solitario de los sueños.

.

A veces, estando con él, nos sentíamos como humillados, porque no sabíamos ser sobrios como él, ni modestos como él, ni  generosos y desinteresados como él.

Para nosotros no fue un maestro, a pesar de habernos enseñado tantas cosas, porque veíamos perfectamente las absurdas y tortuosas complicaciones del pensamiento con que aprisionaba a su alma sencilla. Y hubiésemos querido enseñarle algo, enseñarle a vivir en un mundo más elemental y respirable. Pero nunca conseguimos enseñarle nada, porque cuando intentábamos exponerle nuestras razones, alzaba una mano y decía que él ya lo sabía todo eso.

Las pequeñas virtudes: Retrato de un amigo, Natalia Ginzburg, (traducción mía para la ocasión)

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Amistad más fuerte que el amor

Me encanta esta foto. Anaïs Nin y Henry Miller. No he podido comprobar los datos que supongo. Voy a imaginar sobre algunos que conozco.

Principios de la década de los setenta del siglo pasado. Henry reside en un lugar de la costa de California. Anaïs reparte su vida entre Nueva York y Los Angeles. Alguna vez va a visitarlo.

Son escritores célebres. Nada académicos. Él ronda los ochenta años; ella se acerca a los setenta.

Cuarenta años atrás se conocieron en París. Los dos frecuentaban la bohemia artística. Los dos como escritores incipientes, quiero decir, aún no conocidos. Ella, de posición social alta – marido banquero, padre músico y compositor –; él, educado en las calles de Brooklyn y en las bibliotecas públicas, y siempre en contacto con la humanidad más elemental, primaria y desquiciada, que le proporciona todo lo que necesita para escribir.

Los dos escriben, y se escriben – incesante torrente de cartas por parte de él. Los dos se leen mutuamente, y se gustan. Y se aman.

Pero el amor, el que requiere y exige el abrazo físico, se acaba. La amistad, no. La amistad se fundamenta en la conexión astral, diría Henry, de dos seres en apariencia tan diferentes.

La escritura los une, el impulso irresistible a la creación literaria. La palabra escrita, que puede convertir lo más anodino o vulgar en algo maravilloso.

O hablada. Ahí tenemos a la pequeña Anaïs – con todas sus décadas a cuestas -, divertida, fascinada, ante las maravillas en forma de palabras que le va ofreciendo, vital, inagotable, el mago Henry.

El mago Henry y la hada Anaïs. La amistad. 

             

 

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Ensayo de prólogo para en su día

Hace pocos años, ya en este tramo de mi vida situado sin duda hacia el final, tuve la idea, en realidad, sentí la necesidad, de convocar a todos aquellos escritores que me habían acompañado, confortado e iluminado a lo largo de mi existencia. Y fueron apareciendo.

Primero, aquellos que desde la infancia me han ido despertando a la realidad del mundo y de las ideas o me han acompañado (coincidido) en momentos especiales de la vida. A ellos dediqué la primera serie – con breves apuntes autobiográficos – a la que puse por título Los libros de mi vida.

Apenas cerrada esta serie, compuesta por semblanzas de 21 escritores, caí en la cuenta de que muchos de los considerados “grandes” habían quedado fuera. Era natural, puesto que se trataba de una selección confesadamente personal y subjetiva. De todos modos, quise enmendar en lo posible el fallo convocando a otros escritores que, aun no habiendo tenido un significado especial en mi vida, contaban con toda mi admiración. Y así redacté 21 semblanzas más de escritores y titulé la serie Los libros de mi vida. Lista B.

Apenas cerrada esta segunda serie caí en la cuenta de que algo muy importante y muy serio había quedado fuera. Me propuse enmendar en lo posible el fallo, pero la cosa ha sido tan reciente que, como se dice, aún no he puesto manos a la obra. Y no quiero hablar de proyectos no materializados. Así, aunque se espera una tercera serie – si hay vida y fuerzas – estas son lo que ahora hay.

Lo que ahora hay en mi blog, que es donde se ha desarrollado la historia que acabo de contar. Pero ocurre que, como hombre de mi generación, prefiero los libros con todos sus atributos físicos. Y …

[Quedo a la espera de un final feliz]

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