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CARMEN LAFORET. Nada y los demonios I

El Premio Eugenio Nadal de Novela, creado por la barcelonesa Editorial Destino en 1944, fue, en sus primeras décadas de existencia, un referente importante de la novelística en lengua española. El prestigio que pronto alcanzó se vio confirmado por el “descubrimiento” que fue haciendo de ciertos escritores que con el tiempo se revelaron de valor seguro (Miguel Delibes, Ana María Matute, José María Gironella, entre otros). El primero de los galardones se concedió el 6 de enero de 1945. La ganadora fue una mujer de 23 años de la que nadie sabía nada. Nada era el título de la novela.

Poco después del fin de la guerra civil (¿un año?¿dos?), Andrea, de 18 años, llega a medianoche, en tren, a la estación de Francia de Barcelona. Huérfana, viene del pueblo donde ha estado a cargo de una prima, con intención de estudiar en la Universidad. Por dificultades imprevistas no ha podido avisar del cambio del horario anunciado y ningún familiar la espera.

No está asustada. Al contrario, una dulce felicidad la invade. Con el coche de caballos que se le ofrece – medio de transporte resucitado por las necesidades de la posguerra – va atravesando la ciudad antigua, encantada por las luces y el ambiente un poco fantasmal de las calles semivacías. Tras pasar por delante del edificio de la Universidad, el coche enfila por la calle Aribau arriba y a la segunda travesía se detiene. Es ahí, en el piso del que guarda vagos recuerdos de la primera infancia, donde sus parientes la esperan: la abuela, dos tíos y una tía.

Tardan un rato en abrir. Cuando abren – una mujer pequeñita, borrosa y que parece no estar en este mundo –, solo con el ambiente, el olor espeso de la casa, todo el encantamiento de minutos antes se desvanece. La abuela la confunde al principio con una nuera. Aparecen enseguida, como espectros en la penumbra, el resto de personajes: tío Juan, de rostro desencajado y aire malhumorado, su esposa Gloria, que parece maltratada por la noche y el abandono; tío Román, alto, delgado y con cierto atractivo, y tía Angustias, brusca y autoritaria, que la reprende por llegar a esas horas. Y finalmente Antonia, la criada, de aspecto tan sucio y lamentable como el perro que se asoma con ella. Este es el cuadro escénico con el que Andrea tendrá que convivir hasta el verano.

La casa no se ofrece menos oscura y triste que sus habitantes. Andrea, apenas superado el brutal desencanto, asume que ha de aprender a vivir en ese mundo de odios cruzados. Porque todos, menos la abuelita bondadosa y un poco ya en otro mundo, se odian y se hieren cordialmente.

Con frecuencia me encontré sorprendida, entre aquellas gentes de la calle de Aribau, por el aspecto de tragedia que tomaban los sucesos más nimios, a pesar de que aquellos seres llevaba cada uno un peso, una obsesión real dentro de sí, a la que pocas veces aludían directamente.

Juan maltrata y golpea con frecuencia a Gloria, Angustias hace ostentación de un rigorismo moral, que se complace en aplicar a la sobrina Andrea, controlándola en todos los aspectos, control que Andrea va aprendiendo a eludir desde el primer momento; Juan y Román se insultan con el menor pretexto y suelen llegar casi a las manos.

Es en Román en quien Andrea cree haber encontrado algo especial, un algo de misterio que le diferencia del resto de la familia. Román se ha arreglado una especie de pequeño estudio en el último piso del edificio, y allí suele retirarse con su violín (fue músico de cierta fama, se sabe después) y sus cigarrillos. Y en ocasiones invita a Andrea a fumar y a cambiar impresiones, es decir, a intentar sonsacarse o confesarse mutuamente. De la última visita, Andrea escapa asustada: ha comprendido que Román está tan loco como Juan y como toda la familia.

La otra cara del tenebroso piso de la calle Aribau es la Universidad, tan cerca y tan lejos. Entre los compañeros y compañeras, sobre todo en el romántico Patio de Letras, Andrea gusta de algo de la vida que había pensado que viviría en Barcelona. Pero no se adentra definitivamente en la comunidad estudiantil hasta que no conoce y consigue hacerse amiga de Ena, bella,  amable, distinguida, y de su círculo de amigos, entre ellos Pons, tímido y cortés, quien no puede ocultar su inclinación por Andrea.

Andrea participa en las salidas y actividades del grupo, incluso conoce y simpatiza – como ellos por su parte – con los padres y el novio de Ena. Pero el cuadro no es perfecto. En una ocasión, invitada por los padres de Pons a una fiesta social, Andrea, con su indumentaria sencilla, se siente avergonzada, casi humillada por el mundo de los anfitriones.   

Ella no lo dice, pero el lector comprende que ahí se ejemplifica la diferencia, el abismo que separa la sociedad alta (los Pons y su mundo), que ha salido indemne o muy beneficiada de la guerra, de la clase media no ya empobrecida sino hundida tras la contienda cualquiera que hubiese sido el bando elegido (o impuesto), representada por los moradores del piso de la calle Aribau. 

De todos modos, Ena significa para Andrea la aportación de afecto que necesita y la puerta segura y necesaria a la vida  inteligente, noble y luminosa de la ciudad tal como la había soñado. Por ello precisamente, pone especial empeño en no permitir de ningún modo que los dos mundos se toquen: el de Ena y el de la calle Aribau.

Pero una cosa son los deseos y otra los giros inesperados que da por su cuenta la vida. Y he aquí que ocurre algo que podría ser tachado de folletinesco, aunque yo no lo haré: Ena descubre que hubo una antigua relación entre su madre y el tío Román, de la que la mujer salió muy malparada, y decide vengarla de alguna manera. 

Termina el curso en la Universidad. El mundo de la calle Aribau acaba en tragedia. Las dos amigas, que se han distanciado, se reconcilian. Andrea acepta el ofrecimiento del padre de Ena para trabajar en su empresa de Madrid, adonde ha de trasladarse toda la familia.

Se abre una vida nueva. ¿Qué quedará del extraño mundo de la casa de la calle Aribau? Nada, piensa Andrea. Pero esto no es verdad, intuye el lector. Y quizás ella misma. (CONTINÚA)

(De ESCRITORAS

(Ver NEL MEZZO DEL CAMMIN)

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