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Fantasías poético-filosóficas

EL PASEO DE LA VIDA

paseo san juan diagonal

Lo llamábamos “el paseo”. Estaba a doscientos metros del colegio. Por las tardes, cuando salíamos de clase, nos reuníamos allí un grupo de alumnos. Teníamos 16-17 años. Siempre había además la hermana de alguien y la amiga de la hermana y la amiga de la amiga de la hermana, lo que animaba y daba interés a las reuniones, que a veces acababan en la bolera próxima.

Cuando ahora, tantos años después, paso por aquí, no puedo evitar un sentimiento de nostalgia. El panorama que ofrece es muy distinto. Aunque el marco general se conserva (el paseo central, las calzadas laterales), el contenido, sobre todo el humano, no se parece en nada al que creo recordar.

Los largos bancos que bordean el lado oeste del paseo están llenos de restos humanos sentados, quiero decir, de personas que ya han vivido y que, sin más horizonte ni esperanza, esperan resignadas la muerte. Yo mismo podría ser una de ellas. Bastaría con que me sentase en el banco y por la edad y aspecto sería indistinguible de los demás.

Pero no. Yo soy escritor, y me mantengo activo, como ahora mismo… Bien, quizá alguna de esas personas que observo sin disimulo tenga también un pasado interesante y, sobre todo, un presente, que es de lo que se trata. Ese anciano de mirada melancólica y de largas arrugas verticales que le surcan una y otra mejilla, por ejemplo. Estaría bien saber algo de él. Pero tengo un problema.

la inmaculada

He dicho que soy escritor. Lo que no he dicho es que carezco de las dos o tres características que se consideran fundamentales en todo escritor: no soy buen observador, los detalles se me escapan, hasta el extremo de que, cuando acabo de estar con una persona, soy incapaz de recordar cómo iba vestida; no soy lo bastante curioso o atrevido como para abordar a un desconocido en busca de cualquier información…ah, y no me gustan los gatos.

Pero esta vez hago un esfuerzo, un esfuerzo descomunal y me acerco al hombre de las largas arrugas verticales.

– Hola, cómo va todo.

– Bien – responde, sin apenas dirigirme su mirada melancólica.

– ¿Vive usted por aquí?

– Sí.

– Cómo ha cambiado esto, ¿eh?…aunque no mucho, según cómo… ¿Lo recuerda usted de cuando era joven?

– No.

– Ah, ¿no? ¿No vivía  entonces aquí?

– No.

– Bueno, yo tampoco. Pero el colegio quedaba cerca y en los dos últimos cursos, solíamos reunirnos aquí un grupo de amigos al acabar las clases, nada, a charlar, comentar cosas del cole, de los profesores y compañeros y tontear un poco con alguna chica, que nunca faltaban. Cuánto tiempo hace de todo eso…¿sabe que me he espantado calculándolo? Hace solo un momento, viniendo para aquí, he estado contando y recordando… y no me lo creía, palabra, ¿sabe cuánto? ¿cuánto? ¡Sesenta años! Sí, hombre sí, no ponga esa cara, ¡sesenta años! Claro que sí, yo tenía 17, ahora tengo 77, calcule usted mismo, ¡qué barbaridad! No me lo acabo de creer. De hecho, nadie se lo acaba de creer. Todos dicen sí tengo tantos años pero, por dentro, me siento como si tuviese veinte. Pues claro que sí, cómo no, todo anciano se siente por dentro como si tuviese veinte. Y sabe por qué, porque en nuestro interior hay algo que es fijo, indestructible, algo que es inmune al tiempo. Lo malo es que todo lo demás, incluido el propio cuerpo, ¡pasa tan deprisa! Tan deprisa que ese niño que hay en el fondo de cada uno de nosotros no ha tenido tiempo de enterarse. Sí, usted lo habrá notado: en su interior, como en el de toda persona mayor, hay un niño asustado que se pregunta ¿qué ha pasado?… ¿Qué ha pasado? ¡La vida ha pasado! ni más ni menos que la vida, en un suspiro, en un abrir y cerrar los ojos, como dice la sabiduría popular. 

¿Y cómo ha ido? Ah, eso es lo fundamental. ¿Usted ha observado los rostros, las miradas, las posturas de todos esos hombres y mujeres sentados? No es difícil saber cómo les ha ido. Desgracias, angustias, dolores, frustraciones, y también esperanzas, satisfacciones, alegrías… de todo hay. Mirando atentamente cualquiera de esos rostros, puede uno deducir en qué medida ha ido mezclado todo eso. Y pienso yo que, considerando los casos extremos, hay vidas de ciertos seres humanos radicalmente diferentes de las de otros; es como si perteneciesen a especies distintas. Para unos, un infierno inexplicable; para otros, un agradable paseo por un jardín de flores, no exento de espinas. La mía ha sido más bien un paseo, con algunos malos ratos, por supuesto, pero el balance es desde luego positivo. A usted tampoco parece que la haya ido muy mal. ¿Suele venir por aquí?… Sí, ¿no?… Muy bien, pues seguiremos hablando. Adiós.

– Adiós – responde el hombre, y entorna los párpados como si le molestase un sol inexistente.

general mola ahora

Me voy contento, muy contento, satisfecho. Por una vez he sabido salir del caparazón y comunicarme francamente con un desconocido. Él también, el hombre de las arrugas verticales y la mirada melancólica también tiene motivos para estar contento, satisfecho. Los dos hemos ganado. Y es que nada alivia tanto, nada conforta tanto como confesarse, como abrirse sinceramente a un desconocido.

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Un anciano reciente

Escena en un autobús urbano.

Personajes: Anciano Reciente, Mujer de Mediana Edad.

autobus2

MUJER – (levantándose de su asiento) Siéntese, por favor.

ANCIANO – No, gracias.

M. – ¿No quiere sentarse? Vamos hombre, siéntese.

A. – No, no quiero sentarme.

M. – De todas maneras, yo ya me he levantado y no me volveré a sentar.

A. – Haga lo que quiera. A lo mejor alguien lo puede aprovechar, algún anciano, inválido o idiota.

M. – Es usted un poco raro, perdone que se lo diga.

A. – Usted me ha llamado viejo.

M. – Yo no le he llamado nada. Solo le he cedido el asiento.

A. – Ah, ¿sí? ¿Y por qué no le ha cedido el asiento al joven ese de los cables que le cuelgan de las orejas? ¿O a esa chica de los pantalones destrozados? No, claro, me lo ha cedido a mí porque piensa que soy viejo. Y no solo lo piensa, sino que me lo pantalones destrozados2dice en la cara con ese gesto tan e-du-ca-do de levantarse para cederme el asiento. Estoy harto, ¿sabe qué le digo? Que estoy harto, harto de tanta amabilidad fingida, de tanta atención dulzona. No es mi caso… todavía, pero ¿se ha fijado cómo trata el personal sanitario a los ancianos? “Ven ricura; haz esto cariño; sé bueno y tómate esto… muy bien, abuelo, así se hace”…Pero ¿qué es esto? ¿Es así como se trata a un adulto? ¿O creen que con la edad nos volvemos tontos? Bueno, algunos sí, pero aunque así sea, ¡un respeto!, todo el mundo merece un respeto. Y eso, los que supuestamente van con buenas intenciones, porque para la mayoría de individuos los ancianos son simples obstáculos, gente que amarga la vida de los demás con su sola presencia. ¿Ha visto con qué desfachatez, con qué prepotencia los jóvenes y no tan jóvenes ciclistas circulan a toda velocidad por las aceras, sorteando los palos de slalom que somos los simples peatones? ¿Sabe que en poco tiempo ya han derribado tres de esos palos, vamos que se han cargado a tres ancianos? Y la lista de actitudes desaprensivas, despreciativas, ofensivas es larga, muy larga…bici acera

M. – Sí, sí, ya le entiendo. Y le doy la razón en todo eso, pero su reacción no es…

A.- ¿No es qué? ¿Usted me ha mirado, señora?

M. – Bueno, ya está bien, no sé adónde quiere ir a parar, y no sé si me interesa seguir…

A. – ¿Usted me ha mirado? Porque si me ha mirado bien, habrá visto que tengo dos piernas, y que me sostienen perfectamente, y dos brazos con dos manos en óptimas condiciones, que pueden agarrarse a la barra o a cualquier sitio si conviene. Si me hciclista por aceraa mirado bien habrá visto que me muevo sin ninguna dificultad, que avanzo sin problemas entre toda esta gente y que no necesito ayuda de nadie. Pero, claro, quizá ha observado el pequeño detalle de que tengo algunas arrugas, que soy calvo (lo soy desde los treinta años), que voy un poco encorvado (así he ido toda la vida) y se ha dicho “ahí tenemos al pobre viejo desgraciado, habrá que cederle el asiento”. Pues le comunico que de viejo desgraciado, nada, que soy más fuerte y me siento más seguro que toda esta gente del autobús…

M. – Un poco de pena sí que da.

A.- ¿Cómo ha dicho?

M. – Digo que es una pena que un hombre como usted, por lo que parece inteligente y hasta culto, no sepa asumir correctamente el paso del tiempo y todo lo que significa. Es una pena que, a la menor alusión, se revuelva histéricamente como una fiera herida; que no sepa aceptar la realidad; que no tenga la más mínima sabiduría para darse cuenta de dónde está y de cuál es su relación actual con el mundo.

A.- ¡Vaya con la sabia! No será usted psicóloga…

M.- Sí, soy psicóloga, ¿algún problema?

A.- No, nada…Solo que…entonces pienso que no solo tengo razón en todo lo que le he dicho sino que, además, ha actuado usted con la máxima crueldad, plenamente consciente del daño que me podía hacer llamándome viejo.

M. – Yo no le he llamado viejo, sólo le he cedido el asiento.

A. – Ya… Tendríamos mucho que hablar de eso.

M. – Cuando quiera. Yo ahora me apeo, pero mire, aquí tiene mi tarjeta. Me llama y tomamos un café… Hasta luego.

A. – Adiós….Encantado… Y usted per…

M. – ¡Y no olvide el bastón!baston

A. – ¡Hija de…!

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Palabras para un funeral

caronteEstáis aquí reunidos para despedir a vuestro hermano Augusto. Estas que ahora oís son sus palabras. Quiero decir, mis palabras. Sí, amigos y amigas, el milagro de la técnica me permite dirigirme a vosotros horas después de estar muerto y bien muerto. Vosotros, en cambio, estáis ahí sentados, vivos y bien vivos. Pero no por mucho tiempo, no os hagáis ilusiones. La vida es un abrir y cerrar de ojos, y a medida que se acerca el momento del cierre más evidente se muestra esta verdad.

Yo también, como vosotros ahora, he estado sentado muchas veces en esos bancos. Por lo general, aburrido – como muchos de vosotros ahora mismo – mientras el oficiante de turno iba desgranando las supuestas virtudes del difunto. Agradecedme que os haya librado de ese penoso trámite y que sea yo, el difunto en persona, digo, en voz viva, quien os dirija unas palabras.

Primero pensé que debía hacerlo en un vídeo, pero luego decidí que un simple audio era mejor, mucho mejor. La imagen animada de un difunto tienefatasma-padre algo de irreal, de fantasmagórico, algo así como la sombra del padre de Hamlet interpelando al hijo en las almenas de Elsinor.

No, el audio es mejor, más humano, más sencillo. Todos oímos voces sin saber a veces de donde vienen, y no les damos la menor importancia y, por cierto, creedme, la mía tampoco la tiene.

Algunos de vosotros os considerábais mis amigos. Yo también os tenía y os tengo por amigos, y lamento tener que decíroslo en estas circunstancias tan poco festivas. Otros estáis aquí no sé por qué, quizá la esposa, la pareja, la amistad del hijo o del hermano, algo os ha forzado a venir sin que vuestra plena voluntad haya sido la única responsable. Bien. Tened un poco de paciencia. A mi tampoco me gustan los funerales, y mucho menos éste, que me obliga a estar pendiente de lo que digo en vez de poder pasar el rato pensando en las musarañas, que aún no sé exactamente lo que son.

La vida no es una gran cosa, ya lo sabéis. Lo malo es que la muerte parece que es aún menos, o sea, nada. Sí, ya sé lo que estáis pensando ahora. “Oye, tú que estás muerto, ¿tampoco sabes de qué va eso? ¿No podrías informarnos?”

Bien. Primero de todo os he de decir, por si aún no lo habéis captado, que no estoy técnicamente muerto, aunque sí físicamente; que las palabras que oís son las de un vivo, un ser vivo tan ignorante, despistado y perplejo como vosotros mismos.

Ahora sí. Quiero decir que en este momento en que oís mis palabras estoy realmente muerto, pero no en el momento en que las pronuncié. Parece complicado pero en realidad es muy sencillo, hace un siglo que se viene haciendo.

gramofono

Lo original de este acto – o quizá ya no, corren tanto los tiempos – consiste en que el oficiante del funeral es el mismo difunto. Lo malo es que, como tal, debería ahora ensalzar las virtudes del muerto, o sea de mí mismo: amigo de sus amigos (y de sus amigas, que en este caso sí es importante precisar), noble, bondadoso, humilde, inteligente, agudo, sabio, en fin, qué os voy a contar si lo sabéis tan bien como yo. Y los que no lo sabéis no sé qué hacéis aquí. Pero lo que no voy a hacer ahora es enumerar el catálogo de mis cualidades y virtudes, pues ya he dicho que este funeral no se parece ni se ha de parecer a ningún otro.

En realidad, solo quería despedirme de vosotros. Y recomendaros paciencia. Nada de prisas. Y es que todas maneras me habréis de seguir, porque en verdad en verdad os digo que allá donde yo estoy habréis de venir vosotros. Pero no os preocupéis, ni os precipitéis. Hay sitio para todos.

Después de todo y pensándolo bien, la vida no ha estado mal, la mía, me refiero, por supuesto. Y a propósito de todos esos misterios y contradicciones que encierra y que tanto preocupan a los que piensan un poco, he encontrado la solución. Sí, he descubierto que no nos toca a nosotros descifrarlos.

Así que, paciencia, confianza y buen humor.

Confianza en que esta extraña maquinaria que es la existencia universal nos lleve finalmente a buen puerto o encuentre una manera creíble de justificar el invento. Adiós.

sepultura-cristiana

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Cui prodest?

Nunca me detengo a escuchar a un loco. Quiero decir a esa clase de personas que te interpelan por la calle para soltarteloco un discurso más o menos incoherente. Los hay de varios tipos, desde el tranquilo y educado, que parece que habla para sí mismo, hasta el impetuoso que no deja de presionarte para obtener tu aprobación.

Pero en aquella ocasión no pude escapar. Fue a la salida de la biblioteca, se me plantó delante, casi cortándome el paso:

– Usted me entenderá, estoy seguro. He visto los libros que consultaba y sé que un hombre que lee todo eso no puede quedar indiferente a mis descubrimientos. Bueno, reconozco que es precipitado hablar de descubrimientos, más bien debería decir de mis pesquisas… Porque de eso se trata. ¿Qué opina de la novela negra? Yo creo que, aunque en sí no tiene gran valor, es una magnífica herramienta para aplicar a ciertos aspectos o problemas de la vida y del pensamiento, ¿no cree? Todo consiste en hallar al culpable. Al culpable del crimen, por supuesto. Pues bien, yo creo que el método que utiliza ese tipo de novela – o el detective de la realidad, si es que existe eso tal como se cuenta – puede servir también para hallar al Gran Culpable.

ciceron– ¿Gran Culpable? – aventuré.

– Sí, sí. Como lector de Cicerón usted conocerá aquella expresión que el orador utiliza para identificar al responsable de una ilegalidad. Cui prodest?

– Sí. ¿A quién beneficia?

– Exacto. Y dígame ahora, ¿a quién beneficia la existencia universal?

– ¿Cómo dice?

– Oiga, no se haga el loco. Sabe perfectamente a qué me refiero. No estamos aquí por casualidad, yo no elegí venir al mundo, ni yo ni nadie, ni usted tampoco. Y una vez lanzados a la existencia, ¿con qué nos encontramos? Con un espectáculo absurdo, delirante, incomprensible. Y lo peor es que no somos espectadores, sino actores, es decir, víctimas. Al nacer, lloramos como si fuésemos conscientes de lo que nos espera. Con grandes dificultades, en medio de renuncias obligadas y de cuentos fabulosos para domesticarnos, vamos creciendo buscando la felicidad, o el placer, allá donde al final resulta que no se encuentran. Todo es un engaño, un engaño colosal para que vayamos viviendo y propagando la vida. Una vida en la que lo único cierto es el dolor (la dicha solo es un brevísimo paréntesis de ausencia de dolor), la enfermedad, la vejez y la muerte. Hasta que volvemos al punto de partida: la nada. ¿Para qué todo ese viaje? ¿Para qué tantos seres vivos torturados por la miseria y la enfermedad, o por la maldad de otros seres vivos también torturados? Para qué sirve todo eso, este inmenso crimen que sufrimos día a día, minuto a minuto, ¿a quién beneficia?

Cui prodest?

– Bien, veo que ya va entendiendo.

– No crea… La verdad es que no veo por qué ha de haber un beneficiado de todo eso. Las cosas son como son, y punto. Por cierto, ¿se refiere usted a Dios?creer dios

– Por favor, no me tome por idiota. Dios es una palabra sin sentido, un puro comodín, que la gente utiliza para nombrar sus particulares fantasías. Yo me refiero a algo que no tiene nombre, yo me refiero a eso que hay que descubrir y desenmascarar como autor y responsable de este hecho criminal que es el mundo, de este espantoso genocidio total.

– Usted quiere decir que ese ente o cosa que ha puesto en marcha todo esto se beneficia de alguna manera de ello.

– A la fuerza. ¿Por qué lo habría hecho, si no?

No supe qué decir. La lógica del hombre era imbatible. Excepto si se consideraba el asunto desde otro ángulo.

– ¿Y no ha pensado que la existencia universal, como usted dice, pueda haberse generado a sí misma, que sea solo fruto del azar?

Aquí el hombre estalló con una risa feroz, incontenible.

– ¡Ja, ja, ja, ja!… ¡El azar, sí, el azar!…¡ ja, ja, ja, ja, ja! El azar…

Estaba furioso, con los ojos inyectados en sangre. Pensé que me iba a agredir. Pero de pronto, se volvió y echó a correr hasta perderse en la oscuridad de la tarde invernal.

Decía que nunca me detengo a escuchar a un loco. He de ser más estricto en esto.

calle-oscura

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Rara avis

rara avisEn ocasiones la sociedad le señala a uno sin que el uno en cuestión haya hecho el menor movimiento para ser señalado. Me lo comentaba mi amigo Augusto, siempre tan ponderado, tan reacio a cualquier tipo de extravagancia.

– Sabes lo discreto que siempre he sido – decía -, sabes lo poco que me gusta destacar y que se me señale, ya sea para bien o para mal. Tú mismo me has dicho a veces que mi manía de querer pasar desapercibido me ha perjudicado gravemente en la vida. Pero ¿qué quieres que le haga? Soy así y no puedo evitarlo.

En el barrio donde vivo, siempre he intentado mantenerme como uno más, como una de tantas personas que pasan por ahí y cuya vista nos es completamente indiferente. Pero, de un tiempo a esta parte, he observado que las cosas van cambiando, y en un sentido alarmante para mí.

Las personas con las que me cruzo me miran. Sí, me miran. Pero no como se mira al extraño que pasa por ahí y que al instante olvidaremos, no, me miran como a algo especial. Nunca había tenido esta sensación de ser reconocido en público. Pero, reconocido ¿por qué?, me pregunto.

Ayer mismo, me crucé con dos mujeres del barrio. En un instante me miraron y se miraron, y apenas las había rebasado que oí “sí, es el que te decía”. Y sé que, en muchos casos, aunque no he oído nada, otras mujeres con las que me he cruzado han dicho similares palabras. Y es que son las mujeres, mucho más que los hombres, las que me “reconocen”. Pero, me reconocen ¿de qué?, insisto.

Tengo más de setenta años y ningún parecido con el Paul Newman de mi edad, así que no me hago ilusiones absurdas. Y además, incluso cuando voy acompañado de mi mujer, suelo ser objeto de ese tipo de miradas y – estoy seguro – de comentarios. Estoy preocupado, angustiado. No sé a qué obedece todo esto. ¿Tú qué crees?”

Ciertamente, planteado de aquella manera parecía un caso muy raro. Incluso llegué a pensar si no se trataría de un brote de paranoia del amigo Augusto. No supe qué responderle.

A los pocos días me lo volví a encontrar. Estaba tranquilo, relajado, aunque un poco triste.

– Ya tengo la solución – dijo -, todo está claro. Ayer mismo, al pasar por delante del inmueble vecino, sorprendí a la portera y otra mujer en el acto mismo de mirarme y comentar. Esta vez fui directo a ellas. La otra mujer se escabulló enseguida. La
portera no pudo: la acosé a preguntas y reproches. No tuvo más remedio que hablar.

No se lo tome así, señor, no es nada malo. Comentaba con la vecina lo que todo el mundo dice, que es usted un caso raro. Cuando se le ve pasar, sobre todo cuando va con su esposa, es digno de admiración. ¿Sabe paul newmancuántos hombres casados de su edad hay en el barrio? Yo diría que ninguno. Mire, en esta misma escalera, con treinta viviendas, hay trece viudas, sí, señor, trece mujeres más o menos de la edad de usted que hace tiempo se quedaron sin marido. Usted es la admiración, la envidia en algunos casos, de muchas mujeres solas. Tendría que estar orgulloso.”

Ya ves, eso es todo. Decepcionante, ¿no? ¿Y tú qué crees? ¿Tendría que estar orgulloso? ¿O más bien preocupado?”

– Preocupado – respondí, sin dudarlo un momento -. Todos tendríamos que estar seriamente preocupados. La imparable desaparición de los maridos de nuestra edad, la proliferación sin freno de viudas desconsoladas o más o menos alegres es un fenómeno al que no se presta la atención debida. Yo creo que habría que hacer algo, que se ha de hacer algo. Urgente. ¡Ya!

– ¿Algo? ¿Pero, qué?

– No sé…algo…

Protección a especie en peligro de extinción: casados mayores de 70 años.            Firma petición: Change.org

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A veces veo fantasmas

fantasma1A veces veo fantasmas. Ayer mismo, en mi paseo vespertino encontré uno. Cuando pasé por su lado me detuvo. Me costó un poco reconocerlo. Tenía la cara pálida, demacrada, empujaba un carrito de compra. Pero sí, era él, un conocido economista con el que había tenido relaciones profesionales y hasta cierta amistad. Pero no, no era él. Era un fantasma.

Con frecuencia sufro este tipo de encuentros. Sin ir más viejo1lejos – de hecho, muy cerca de casa -, hace unos días di con otro. Era alto, encorvado y desgarbado; la cara, blanca como el papel blanco, surcada de profundas arrugas; tiraba de él un perrito minúsculo, que le hacía ir de un extremo a otro de la amplia acera. Creo que sí, que era él, un activista político de la extrema izquierda de los años sesenta y de la derecha acomodaticia de los setenta. Lo recordaba bien de los tiempos de estudiantes. Pero no, no era él. Era un fantasma.

Algunos son irreconocibles, otros conservan trazas visibles de la antigua fuerza vital. Lo malo es la memoria. Suelen repetir una y otra vez la misma anécdota de cuando vivían, pero no recuerdan dónde han puesto las llaves.

No hay manera de escapar de ellos. Y cansa. Y asusta. Tanto que, ya en casa, evito los espejos.

Tengo setenta y seis años y a veces veo fantasmas.

espejo

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E pluribus…unum?

Sospecho que somos varios. Primero fue solo una idea, una de esas ideas extravagantes que a veces se nos ocurren. Si fuese escritor,  sería un tema para desarrollar en un cuento o una novela. Como no lo soy, su fin natural, como el de todas las ideas extravagantes, será el de ser olvidada por completo, entre los miles o millones de cosas absurdas que se nos ocurren a lo largo de la vida. Eso pensaba. Pero a medida que pasa el tiempo la idea no me abandona. Por el contrario, diría que va creciendo y que, en el día de hoy, ya ha alcanzado las dimensiones de una sospecha bien fundada. Sí, sospecho que somos varios.

Nunca he creído en psicólogos o psiquiatras, doctor, y usted perdone. Con esto quiero decir que mi preocupación ha llegado a tal nivel que me he visto  obligado a venir aquí. He hablado de “una idea”. No es exacto. En realidad, se trata de una sensación. No sabría cómo describírsela. Le he dicho que nunca he creído en psicólogos o psiquiatras, y esto era verdad y lo sigue siendo. Y le he dicho que me he visto obligado a venir aquí, y esto no es exactamente así. Nadie me ha obligado, nadie me ha impulsado, no señor, no lo crea. He venido libre y voluntariamente, porque creo en los avances de las ciencias de la mente y en la competencia y honradez de sus servidores. ¿Se da cuenta, doctor, de lo que me ocurre?

Yo quisiera explicárselo de una manera clara y razonada, pero no sé si será posible. Usted, que es tan sabio como todos los de su profesión, y perdone esta sonrisita que se me ha caído de los labios, sabrá sin duda atar cabos, construir el historial y establecer el diagnóstico. ¿Sabe que en mi juventud quise ser médico? Sí, y no está tan lejana mi juventud, tengo sólo cincuenta años. El problema es el cuerpo, ¿me entiende?, la materia putrescible. Me repugna la carne, sí, las vísceras, los jugos más o menos viscosos que recorren nuestro interior de arriba abajo. Porque el cuerpo humano puede ser hermoso, no hay duda. Pero rasgue ese cuerpo, esa piel fina o levemente curtida por el sol y verá lo que le aguarda dentro. ¿Quién puede soportar eso? Yo no, por supuesto. ¡En mi vida se me ocurriría dedicarme a la medicina! Al menos, a la que trata la materia corporal directamente.

Otra cosa son los psiquiatras, que nunca se ensucian las manos. Tiran del cajón de los fármacos y, ale, esta pastillita para levantarse, ésta para dormir, ésta para estar bien despierto, ésta para tranquilizarse, esta otra para estar en forma, qué fácil, ¿no le parece? Y siempre inventando patologías nuevas en beneficio de la industria farmacéutica. Los psiquiatras son gente sin conciencia, se lo digo yo. ¿Que los puede haber honrados? Sí, claro, siempre puede haber gente honrada en cualquier parte, es posible que entre los guardianes de Auschwitz hubiese gente honrada, seguro, vamos. Al fin y al cabo, ¿en qué consiste la honradez? En hacer bien el propio trabajo y en no engañar a los demás. Esa ha sido siempre la norma de mi vida.

Yo soy muy tímido, ya lo habrá observado, soy incapaz de insultar, de atacar o simplemente de plantar cara a nadie. Y creo que fue esto lo que decidió mi destino profesional. Yo quería ser sacerdote, le parecerá extraño, ¿no? Pero yo sentía la voz de Dios dentro de mí. Lo malo era que la voz de mi padre se oía fuera y de forma nítida y contundente: déjate de tonterías, hijo, y dedícate a algo positivo. Como le he dicho, yo era incapaz de oponerme a nada, y mucho menos al mandato de mi padre.

Y estudié económicas. Y allá, en la facultad, me vi rodeado de hijos de papá que querían ser empresarios o financieros.  Ellos también obedecían a sus padres, es decir, obedecían al plan del capitalismo internacional que necesita ir formando a sus peones, inculcándoles sus falsos valores junto con la ilusión de que van a ser algo importante. Imagínese, la mayoría acaban miserablemente explotados por el mismo sistema que les adula.

Pero qué más da. Todo el mundo quiere ser engañado, pues engañemos a todo el mundo. Al fin y al cabo, nadie es inocente. Cada cual es responsable de su vida. Cada cual elige oscuramente su destino y luego ese destino le arrastra quizá contra su expresa voluntad. Yo, por ejemplo, saco esta pistola, ¡no se mueva!… ¡por favor! ¡le he dicho que no se mueva!, no  se me vaya a disparar antes de tiempo. Y ahora apunto a su cabeza, y ahora a la mía, y ahora a la suya y ahora a la mía, y ahora a la suya… Cincuenta por ciento de probabilidades, dirá. Pues, no, se equivoca. Yo no me voy a matar, ¡por Dios!, sería una carnicería, un genocidio, ya le he dicho que somos muchos. Voy a agujerear su cabecita de loco psiquiatra, sí señor. ¿Y sabe qué es lo mejor, sabe qué es lo más gracioso de todo esto? Que nunca se podrá saber quién de nosotros ha sido.

(De  Fantasías a la manera de Hoffmann)

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