Archivo de la etiqueta: Escevino

CONVERSACIONES CON PETRONIO XIII

Era la voz de mi hermano Paulo. Me llamaba por mi nombre y suplicaba que me levantase: «¡Lucio, levanta, corre, ven a casa, por favor, Lucio, ven!» Pero yo estaba dormido y no podía hacer nada. Oía su voz, su llamada angustiosa, pero no podía moverme. Y luego, con la voz, el sonido de fuertes golpes. «Vamos, Lucio, levanta, ven». Abrí los ojos. Ahora sí estaba despierto. Pero los golpes en la puerta no cesaban, y la voz tampoco: «¡Lucio, levanta, es urgente!» Me levanté y abrí la puerta. Era Eutimio. Había venido con el encargo, con la orden, se diría, de que me levantase inmediatamente; que recogiese todas mis pertenencias y le acompañase a casa de Petronio.

-¿Ha ocurrido algo grave? -pregunté

-No lo sé. Pero el amo ha insistido en que vayas con todas tus cosas, ahora mismo.

-¿Pero has notado si estaba preocupado, inquieto?

-No. Era la imagen misma de la tranquilidad.

¡Qué cosas se me ocurren preguntar! Y de repente, una idea:

-¿Qué día es hoy, Eutimio?

-Diecinueve de abril, el gran día de los Juegos de Ceres. Toda la ciudad está engalanada para la fiesta.

Un temblor, ligero pero incontenible, se apoderó de mí. Mientras me vestía y recogía mis cosas -un poco de ropa y un saco de libros- todas las posibilidades se barajaron confusamente en mi cabeza: ¡ha sucedido! ¡ha sido un éxito! ¡ha fracasado! ¡están buscando a los conspiradores y tenemos que huir! ¡han detenido a Petronio y le han obligado a denunciarme!

-Eutimio, ¿hay alguien más en la casa?

-Sí.

-¿Soldados? ¿Tigelino?

-No, sólo un caballero. Ha llegado al mismo tiempo que mi amo, antes de amanecer, hace un rato.

Salimos. Las calles estaban engalanadas. Grupos de personas se encaminaban alegres hacia el Circo para ocupar los mejores puestos. También nos cruzamos con patrullas de soldados, que iban aumentando en número a medida que nos acercábamos al Capitolio. Cuando lo superamos, aquello ya era un auténtico movimiento de tropas. La ciudad estaba tomada. Era evidente que algo grave había ocurrido.

Eutimio me condujo a la pequeña sala del triclino donde Petronio solía recibir a sus amistades más ilustres. El hombre que le acompañaba era mi tío Silio. Se levantó y me abrazó:

-Lucio, muchacho, nos vamos a casa, ahora mismo.

-¿A Nápoles?

-Sí, escucha, ven, descansa aquí -me cogió del brazo con fuerza-. Tu padre, mi querido hermano está mal, muy mal. Si te he de decir la verdad, no creo que lo veamos…con vida. Esta noche ha llegado un mensajero con carta de tu hermano Paulo. Ni él ni yo sabíamos dónde localizarte. Entonces he pensado que quizá a través de Petronio…

Me senté al borde del lecho. El temblor, que hasta entonces no me había abandonado, dio paso a un escalofrío, y luego mi cuerpo se tranquilizó. Un mundo se me venía abajo. No solo mi padre, con quien siempre había mantenido relaciones distantes; era mucho más lo que desaparecía: el mundo de mi irresponsabilidad. De repente, me había convertido en padre de familia. Allá estaba mi madre, mis hermanas pequeñas, mi hermano Paulo, de 19 años, que me llamaba, que me llamaba…Todos dependían de mí.

-¿Cómo ha sido? -pregunté a mi tío.

-No lo sé bien. Su salud siempre ha sido muy delicada. Pero nadie esperaba unas cosa así, tan repentina. Nos vamos enseguida.

-Insisto en que esperéis un rato, Silio. No podéis emprender el viaje sin tomar nada antes. Aunque marchéis dentro de una hora, tenéis tiempo suficiente para pernoctar por lo menos en Tarracina. Y mañana al mediodía estáis en Nápoles -dijo Petronio, e hizo una señal a uno de los criados que permanecían junto a la puerta.

-De acuerdo, de acuerdo -respondió Silio-, pero tú querrás descansar.

-No te preocupes por mí. No es la primera vez que enlazo la noche con el día sin pasar por la cama. Y hoy hay que estar especialmente despierto. Lucio, dentro de la desgracia no podías haber elegido mejor momento para marchar de Roma.

-¿Ha ocurrido algo? -pregunté, seguro de que Petronio entendería el sentido exacto de la pregunta.

-Sí, ha ocurrido. Anoche detuvieron a Escevino, y esta madrugada a Antonio Natal… Y ahora irán cayendo todos, uno tras otro. Conozco las dotes persuasivas de Tigelino.

-¿Qué es eso? ¿De qué estás hablando? -preguntó Silio.

-De una tragedia que se les ha escapado de la mano a los autores. Había de morir uno y ahora tendrán que morir muchos.

-Explícate, por favor.

-¿No sabes nada? ¿De verdad que no sabes nada? Está claro que la fortuna protege a los inocentes. ¿Nadie te había invitado al festín de Calpurnio Pisón?

-¿Pisón? No, apenas le conozco.

-Eres muy afortunado. ¿Así que no sabías que en el día de hoy Nerón tenía que morir para que el pueblo viviese, o para que otro Nerón viviese, que eso no ha estado nunca muy claro?

-¿Me estás hablando de una conjura, de una conspiración contra el César?

-De eso mismo te estoy hablando.

-¿Y lo sabías? ¿Y tú también lo sabías, Lucio? Pero…¿estáis locos?… Y si lo sabías, ¿por qué no lo has denunciado?

-Las cosas no son tan sencillas, querido Silio -dijo Petronio-. Uno puede disentir de algo, y también de lo contrario.

-No intentes confundirme, Petronio, háblame con claridad. ¿Estás entre los conjurados?

-Para los conjurados, no; para Nerón, es decir, para Tigelino, quizá sí. Ahora tiene una oportunidad magnífica para deshacerse de todo lo que le estorba.

-Pero, si lo sabías y no lo has denunciado, eres tan culpable como el más culpable.

-En efecto, ésa es la lógica de las conspiraciones. Y puesto que somos culpables, comamos y bebamos hasta que el destino decida.

Entraron cuatro criados llevando bandejas repletas de aperitivos muy variados: queso, aceitunas, frutos secos, huevos de gallina y de pavo y vino mielado y agua.

-¿Estás loco, Petronio? -exclamó Silio, visiblemente indignado-. A pesar de la ambigüedad de tu fama nunca dudé que eras un persona sensata. Ahora veo que estaba equivocado. Fue un error confiarte a mi sobrino…Y tú…

-No tienes por qué preocuparte, tío. Petronio se ha portado muy bien conmigo. Sólo le debo favores. Y no es culpa suya si, entre las muchas cosas que he aprendido, había una que no debía saber.

-Me parece que no lo entiendes -dijo Silio, dirigiéndose a Petronio-. Se trata del César, del primer magistrado, del príncipe, del augusto, del padre de la patria, ¿cómo puedes decir que no estás ni a favor ni en contra? ¿Y tú no eras su amigo, su hombre de confianza? ¿A qué extremos de hipocresía, de doblez, de mentira se ha de llegar para jurar amistad a una persona, ¡y nada menos que al César!, mientras se encubre a los que preparan su muerte?

-Tranquilízate, Silio, y come y bebe un poco. Eso que dices debe de ser muy convincente visto desde fuera, y desde luego, resulta conmovedor. Nunca había conocido a un defensor de Nerón…

-Más que de Nerón, de la autoridad.

-Como quieras. Nunca había conocido a un defensor de la autoridad tan ingenuo y noble como tú. Sí, estoy conmovido. Y apenado, porque Nerón no se merece una defensa tan limpia como la tuya.

-No importa si la merece o no. Es el César, es la ley y el orden.

-Sí, es el César, pero es la negación de la ley y la causa primera del desorden.

-Nunca nos entenderemos, Petronio.

-Parece que no. Pero no es necesario entenderse, basta con quererse.

Y Petronio posó su mano derecha sobre la mano izquierda de Silio y se la estrechó con fuerza.

-Eres desconcertante -dijo Silio, mientras se zafaba sin brusquedad de la mano de Petronio-. ¿Y no estás preocupado? ¿No piensas que te puede ocurrir algo? ¿que alguien te puede denunciar?

-Por supuesto que me puede ocurrir algo, por supuesto que alguien me puede denunciar, con motivo o sin motivo. No se ha de montar ninguna conspiración para que eso pueda ocurrir en cualquier momento del día o de la noche. Si uno tuviera que preocuparse por esos detalles, la vida sería un tormento. Y la vida es bella, querido Silio, a pesar de todo la vida es bella. Tienes que ver cómo brotan los ciruelos de Siria que planté en el jardín hace un año, la última vez que nos vimos. Si hay suerte, vivirán y serán muy hermosos, y si no, se convertirán en leña para la cocina. Y todo seguirá igual. Si hay suerte, viviré unos años más entre la belleza del arte y de la amistad y los ejercicios del circo palatino, y si no, me convertiré en ceniza, en tierra para la tierra. Y todo seguirá igual.

La ostensible indignación de Silio de hacía sólo unos instantes había desaparecido. Ahora se dedicaba a devorar higos secos entre breves sorbos de vino.

-Son malos tiempos estos, malos tiempos -dijo-. Nadie está a la altura de su posición, nadie se resigna al papel asignado por los dioses.

-Empezando por los más altos -precisó Petronio.

-Sí, empezando por los más altos. Mira, Petronio, no interpretes mal lo que te voy a decir, ni por un momento supongas que estoy de parte de los conspiradores, pero lo cierto es que un mundo en que el soberano sueña ser actor, los actores quieren ser filósofos y los filósofos desean ser soberanos es un mundo trastocado. Son malos tiempos éstos.

-Si tuviésemos suficiente memoria, si pudiésemos guardar también la memoria real de nuestros antepasados y si fuésemos lo bastante lúcidos como para no confundir nuestra juventud con la juventud del mundo, reconoceríamos que todos los tiempos han sido malos. Nadie, ninguna persona medianamente despierta se ha sentido cómoda en la época que le ha tocado vivir. Pero nos encanta engañarnos. Por lo general, pasado el límite de los cuarenta, sobreviene la nostalgia y empieza uno a inventarse la feliz edad de los veinte. Pero ¿recuerdas de verdad nuestros veinte años? ¿recuerdas que, aparte de las dificultades propias de la edad, que con el tiempo decidimos olvidar, mandaba en Roma no un cantante sino un loco furioso cuyo gran deseo era que entre todos tuviésemos una sola cabeza para poder cortarla de un tajo?

-Pero hubo tiempos mejores, no lo niegues, tiempos en los que, por lo menos, cada cual conocía y asumía su puesto en la sociedad.

-¿Estás seguro? Veamos, tú que dominas la historia como nadie, ayúdame a recordar…¿Qué opinaba el viejo Catón de su tiempo? ¿Y Tiberio Graco del suyo? ¿Y Cicerón del suyo, el inventor del «oh tiempos, oh costumbres» utilizable en cualquier tiempo presente? Entonces, díme tú dónde está, en qué lugar de la historia, individual o colectiva, debemos buscar esa época añorada.

-Virgilio es un ejemplo…

-No nos engañemos, querido Silio. Virgilio es un ejemplo de escritor a sueldo. Un gran poeta, no lo niego, pero un gran poeta muy bien pagado. ¡Qué esperabas que dijese! Ovidio es otro asunto. Él sí creía, desde el fondo de su ingenuidad, que vivía en el mejor de los mundos posibles. Pronto la dura realidad le enseñaría que lo que él imaginaba un cielo apenas velaba un infierno de cárceles, crímenes y destierros.

-Eso es por lo menos una exageración. En todo caso, es un ejemplo de hasta dónde puede llegar el pesimismo epicúreo.

-Si te refieres a un pesimismo social, sí, estoy de acuerdo. Porque de la sociedad no podemos esperar nada. Cada cual ha de aprender a construir su propia ciudad, su propio reino, y hacerlo lo más habitable posible.

-Pero formamos parte de un pueblo -objetó Silio-. Es más, formamos parte de la humanidad, y la humanidad forma parte del orden universal. Es imposible eludir esta realidad. Nadie puede vivir aislado, nadie puede permanecer al margen de la comunidad a que pertenece.

-Me temo que tienes razón, querido Silio. Pero has de tener en cuenta que la opinión que te he expresado es más que una realidad, un deseo.

-Un deseo inalcanzable. Y pernicioso. Alcanzarlo supondría la disolución de la sociedad.

-¿La disolución de la sociedad? ¿qué significa eso? ¿Que ya no se organizarían recitales poéticos? ¿que nadie convocaría concursos de canto? ¿que no se celebrarían juegos de circo? ¿que ya no tendríamos que asistir a ceremonias públicas trasnochadas? ¡Bendita disolución de la sociedad!

-Sí, y que Petronio ya no tendría donde ejercer de árbitro de la elegancia.

-Con lo cual, tal vez, entonces sí, se le caerían todas las máscaras y conocería su verdadero rostro -concluyó Petronio, y levantó su copa-. Bebe, Silio, bebe, Lucio, brindad conmigo. Por que todo se hunda y sólo sobreviva la amistad.

Bebimos, pero no fue aquél un brindis alegre. Por unos instantes un silencio oscuro y espeso se abatió sobre los tres, un silencio que imaginé se iba extendiendo por la casa, por la ciudad, por el mundo y alcanzaba cierto lugar del sur donde tristes figuras enlutadas velaban el cuerpo del hombre que había dado origen a mi vida. Como interpretando mi pensamiento, Silio dijo:

-Y mientras nosotros hablamos, comemos y bebemos, mi hermano agoniza, o quizá ya ha entregado el espíritu. ¡Pero qué le vamos a hacer! Es ley de vida.

-Sí, es ley de vida -dijo Petronio-. Mientras hablamos, comemos y bebemos, siempre hay en algún lugar una persona querida que sufre. No puedo quitarme de la cabeza a Escevino. ¿A qué pruebas estará sometiendo Tigelino su tardío heroísmo?

Y de pronto, se me representó con toda viveza la imagen misma del tormento con sus horribles ministros y herramientas.

-¿Quieres decir…? -empecé a preguntar.

-Sí, quiero decir -me interrumpió Petronio-, pero no es necesario que lo mencionemos. La crueldad humana es una realidad tan espantosa y perdurable que lo único que podemos hacer para vencerla es decidir que no existe. Y si alguna persona querida o nosotros mismos caemos en sus garras, convengamos en darle el nombre de dolor de vientre. Espero que Escevino lo supere pronto, cualquiera que sea el final.

De pronto, abriendo bruscamente la puerta y seguida de Eutimio, entró en la sala una mujer cubierta de velos:

-¡No necesito que nadie me anuncie!

Se acercó, y por un instante se quedó plantada como una estatua delante de Petronio. Luego se descubrió la cabeza. Era Pola.

-Tito Petronio Níger, no vengo a pedirte un favor. Vengo a comunicarte el mensaje de Marco Anneo Lucano. Que Petronio lo sepa, me ha dicho, solo él puede hacer algo.

-¿Qué debo saber, estimada Pola? -preguntó Petronio.

-Hace un rato, el tiempo que he tardado en llegar aquí, unos soldados se han llevado preso a mi marido. No sé si querrás o podrás hacer algo por él. Más bien no tengo ninguna esperanza. Solo he venido a cumplir el deseo de Lucano.

-Quizá pueda hacer algo, quizá no. En todo caso, necesito más información. ¿Sabes el motivo de la detención?

-Tan bien como tú.

-¿Conoces a alguno de los que le han detenido?

-El que los mandaba era el tribuno Subrio Flavo.

-¡Subrio Flavo! ¡Qué absurda coincidencia! ¿no te parece? -exlamó Petronio, dirigiéndose a mí.

Siguiendo su mirada, la de Pola fue a dar en mi persona, cuya presencia al parecer no había advertido hasta entonces. Creí observar que una tenue sonrisa dulcificaba la severa expresión de su rostro.

-Salud, Lucio, no pensé que nos volveríamos a ver en estas circunstancias.

-Hoy es un día aciago para todos -respondí.

-Quédate con nosotros, Pola -dijo Petronio-. En cuanto acabemos, veré lo que puedo hacer. Pero no quiero darte esperanzas. Uno de mis mejores amigos se encuentra en la misma situación y ya he comprobado lo que puedo hacer por él: nada.

-No tengo ninguna esperanza, no te preocupes. Te repito que sólo he venido para cumplir el deseo de Lucano. Y ahora me voy.

Me levanté al momento. Apenas salió de la sala, la alcancé.

-No te vayas. Espera un poco. Yo también he de marchar enseguida.

Ella siguió caminando, y yo a su lado.

-No tengo nada que hacer aquí -dijo, sin mirarme ni detenerse-. ¿Crees que se puede banquetear a estas horas mientras hombres llenos de razón van a parar a la cárcel?

-Es verdad, es verdad -y la cogí del brazo-. Pero espera un momento. Sólo quiero decirte una cosa. Me voy a casa, a Nápoles. Mi padre ha muerto…pero todo lo que siento en este momento es que he de hacer algo por ti, y no sé qué.

Entonces se volvió hacia mí. Sus ojos, claros y tristes, se clavaron en los míos.

-Lo siento.Y no te preocupes. Si Petronio no puede hacer nada…

-Ahora no tengo más remedio que marchar. Mi familia me espera, mi tío ha venido a buscarme. Pero volveré pronto. Te escribiré. Ya verás como todo se arregla. ¿Puedo escribirte?

-Como quieras… No, nada se arreglará. Lucano ya estaba condenado. Solo faltaba la ocasión, el pretexto, y ya lo tienen. Si lo conocieses…un hombre lleno de energía, de ilusiones, de fantasía, de ganas de vivir, un auténtico poeta. Qué absurdo, qué absurdo.

De sus ojos, húmedos, brotaron unas lágrimas. No pude evitar cogerle la mano y estrecharla entre las mías, pero me fue imposible articular una palabra. Entonces, como el sol que de improviso mezcla su luz entre la lluvia, una sonrisa iluminó las lágrimas de su rostro.

-Eres un buen muchacho, Lucio. Pero ten cuidado, mucho cuidado. Piensa que este mundo no está hecho para las buenas personas. Y recuerda que tenemos una conversación pendiente…¿qué dices?

-En este instante solo puedo decir una cosa, y espero que no te ofendas, que no lo interpretes mal…Pola, daría lo que fuese, mi vida entera daría porque solo una de esas lágrimas se hubiese derramado por mí.

-También es por ti, Lucio, también es por ti…

Oí la potente voz de mi tío Silio como si despertase de un sueño:

-¡Lucio! ¿Dónde estás? Nos vamos.

En la puerta Capena, una patrulla de soldados nos dio el alto. Mi tío exigió hablar con el centurión. Cuando éste compareció, Silio se apeó del carruaje. Mientras hablaban, el centurión consultó un par de veces una tablilla que llevaba en la mano.

Pudimos continuar el viaje. Mientras avanzábamos por la vía Apia y el sol se alzaba sobre el horizonte, libre de las brumas matinales, mi tío me comentó:

-Me ha dicho el centurión que todas las puertas de la ciudad están vigiladas, y que se espera la llegada de más tropas. Se rumorea que se van a suspender los Juegos. Esto podría provocar tumultos. Lo que ha consultado era una lista de nombres.

Entonces advertí que pasábamos por delante de la casa de Séneca, donde había estado hacía muy pocos días. Junto a sus puertas, un grupo de soldados, algunos sentados en tierra, hablaban y reían distendidos.

Tal como Petronio había previsto, al anochecer llegamos a Tarracina, y al día siguiente por la tarde estábamos en casa. Mi padre había muerto en la madrugada del día anterior.


(CONTINÚA lunes próximo)

2 comentarios

Archivado bajo Opus meum

CONVERSACIONES CON PETRONIO X


¿En qué piensas?- dijo Petronio.

-En Pola -, respondí.

-¡Vaya, por Hércules! Me lo temía. Toda la literatura, toda la filosofía no valen nada ante una mujer hermosa.

-No, no es lo que crees. Estaba pensando en algo que Pola me dijo de ti, y pensaba que es verdad, que eres desconcertante.

-¿Eso te dijo? ¿Que soy desconcertante? ¿En qué sentido?

-Vino a decir que nadie conoce tu rostro verdadero, que quizá sólo a mí…

-¡Mi rostro verdadero! -me interrumpió- ¡Qué expresión tan enfática! Un rostro es una máscara.

-¿Y si quitamos la máscara?

-Queda otra máscara, y si quitas ésa, otra, y luego otra y otra. Nadie tiene un rostro verdadero.

-El otro día, en casa de Escevino tuve una sensación extraña, desagradable. Vi que la opinión que él tiene de ti, un amigo de toda la vida, no se parece en nada a la que yo me he formado. Vi que, para Escevino, tú eres como él, un simple gozador de placeres sin mayor peso ni enjundia, un ser frívolo y sin sustancia.

-Ésa es la máscara que Escevino ve en mí.

-Días antes, en cambio, vi que para Tigelino eres un astuto intrigante, alguien muy digno de ser tenido en cuenta.

-Ésa es la máscara que Tigelino ve en mí.

-Y aún antes vi que para Mela eres una persona prudente y digna de toda confianza.

-Ésa es la máscara que Mela ve en mí. Y tú, ¿cómo me ves?

-Como alguien que, aun sabiendo gozar del mundo y de la vida, está muy por encima de las cosas del mundo, un auténtico filósofo sin proponértelo.

-Ésa es la máscara que tú ves en mí.

-¿Pero cuál es la verdadera?

-Todas y ninguna. Y esto no es una particularidad mía, a todos les ocurre. Uno suele tener una imagen de sí mismo, pero, por poca atención que preste a las opiniones y reacciones de los demás, advertirá que esa imagen no se corresponde con la que los otros tiene de él. El hombre que vive en sociedad no es más que lo que los otros deciden que es. Así, es posible que yo para ti sea un filósofo, para Mela un hombre prudente y de confianza, para Tigelino un taimado intrigante y para Escevino un vulgar vicioso. ¿Quién soy en realidad? Nadie. Es decir, para mí puedo ser algo más o menos definido y concreto, pero en el exterior, como objeto social, hay tantos Petronios como representaciones mías existen en las mentes de los demás. Uno no es nadie y es a la vez cien mil.

-Como fábula literaria me parece sugerente.

-Me encanta que te haya gustado. Además, es posible que hayas observado que, hasta cierto punto, me complazco en cultivar esa diversidad de imagen, siempre que no se pierda de vista la que he elegido como tema de referencia central: la del refinado árbitro de la elegancia de nuestra sociedad más selecta.

-Sí, lo he observado. Y he observado también que con ciertas personas utilizas la ambigüedad, la ironía, incluso el sarcasmo más que con otras, que conmigo, por ejemplo. Pola también dijo que eres especialista en frases ambiguas y que nada significan. Entonces no le di la razón, pero pensándolo bien…

-Lo que ocurre es que cada persona requiere, exige, un trato distinto. Y esto es algo que en mi caso surge espontáneamente. Sin proponérmelo, cada interlocutor despierta en mí un grado determinado de ironía, de causticidad incluso. Tú representas el grado mínimo. Por eso nuestras conversaciones están rozando siempre la peligrosa zona del aburrimiento. Tigelino podría representar el grado máximo. En teoría es el blanco perfecto de toda clase de ironías y sarcasmos. El problema es que, en muchas ocasiones, la espesura de su piel impide alcanzar los efectos deseados. Es como clavar agujas a un paquidermo.

-De todos modos, pienso que es una lástima.

-¿Una lástima?

-Ya sé que esto es algo personal tuyo y que no tengo derecho a entrometerme, pero lo he de decir. Pienso que es una lástima que no te muestres a todos del mismo modo que te muestras a mí: como un hombre sabio, como un ser que, aun disfrutándolas, está por encima de todas las cosas.

-No exageres, Lucio. Y aunque fuese cierto, ¿has pensado si los otros merecen que me muestre así? ¿Has pensado que en la mayoría de los casos no me entenderían? Imagínate que hablase con Tigelino, o con Nerón, como hablo contigo. No entenderían nada. Pensarían que soy un loco, un filósofo chiflado que no merece ser tenido en cuenta.

-No creo que ni Nerón ni Tigelino tengan a Séneca por un filósofo chiflado.

-Por supuesto que no. ¿Y sabes por qué? Porque el comportamiento de Séneca ante el poder no se distingue en nada del mío. Séneca es un cortesano perfecto. ¿O crees que anda por los salones hablando de la felicidad del sabio y de la vaciedad de la vida?

-Me cuesta hacerme a la idea de que eso sea cierto, de la duplicidad de Séneca de que hablabas el otro día.

-Si te molesta, no pienses en ello. Quizá sólo sea la máscara que yo veo en él. Lo admiras mucho, ¿verdad?

-Sí, y aún lo admiraba más. Hace años, en plena adolescencia, la lectura de algunos de sus Diálogos me despertó a la realidad de la vida. Gracias a él comprendí que la existencia humana no es más que un tramado de ilusiones, que no hay que buscar la felicidad afuera, que todo está dentro de uno mismo.

-Es un programa un poco triste para un joven de tu edad, ¿no te parece? En la vida hay goces y alegrías que, no por ser externos, son menos ciertos. Piensa que lo que ahora desprecias no lo podrás recuperar jamás. El tiempo pasa, amigo Lucio, y pasa muy deprisa, y a medida que vas cumpliendo años su marcha se acelera. Lo que no goces ahora no podrás gozarlo jamás. Porque cada edad tienen sus propias calidades e intensidades de goce. En la adolescencia, todo se presenta como recién nacido, y el goce de cada placer nuevo, desconocido en la infancia, nos hace estremecer de arriba abajo, nos sacude violentamente sin que podamos dominarlo de ningún modo. Aún recuerdo la emoción indescriptible del primer contacto, de repente erótico, con una piel ajena. Luego, a partir de tu edad, se empieza a ejercer cierto dominio sobre el placer. Se abre entonces la época, no muy larga, no creas, no pasa de veinte años, en que el ser humano puede disfrutar con plenitud de los placeres. Y cuando se pasan de los cuarenta, como es mi caso, hay que ir supliendo con ciencia y sabiduría, lo que se va perdiendo de instinto y fuerza natural. Quiero decir con esto que todo lo que no disfrutas en su momento lo pierdes para siempre… Lo que ocurre es que muchos confunden el placer con el vicio, y no tienen nada que ver. El verdadero placer se disfruta desde la libertad; el vicio es una adicción insuperable a algo que ha dejado ya de ser el placer que fue al principio. Piensa que, aparte de los que podamos montar con el arte y la imaginación, que también son placeres y nada desdeñables, lo único que obtenemos de la vida es el goce de cada uno de los momentos vividos. Así que volvamos a Horacio y digamos:

mientras hablamos huye

la envidiada edad,

aprovecha el hoy,

desconfía del mañana.

-No creas que no estoy de acuerdo contigo. Incluso antes de conocerte, tu obra ya me había hecho cambiar mi inicial radicalismo «senequista». Por eso te he dicho que antes aún lo admiraba más. De todos modos sigo pensando que, en lo moral, Séneca representa la cima de la humanidad… Y me refiero a su obra, naturalmente, no a su conducta, que no conozco y que, a decir verdad, ni siquiera me interesa.

-Como debe ser -afirmó Petronio-. A todo escritor se le ha de juzgar sólo por su obra. Lo que ocurre es que de un moralista se suele esperar que sea coherente. Ésta es la ventaja que tenemos los artistas, los creadores: nuestra vida no tiene por qué guardar relación con nuestra obra. Y aún te diré más, que con los creadores sucede con frecuencia lo contrario que con los moralistas: su vida suele ser más «moral» que su obra,

pues el poeta bueno ha de ser casto,

mas no tienen por qué serlo sus versos.

Esto es lo que replicaba Catulo a los que, basándose en su obra, le acusaban de indecencia. Y para que quedase bien claro lo decía en un epigrama que empieza así:

Os daré por el culo y por la boca,

Aurelio mamón y Furio marica

En mí mismo tienes un ejemplo. Desde que se difundió Satiricón algunos imaginan que mi conducta y mis intereses son los mismos que los de los personajes de la obra. Y es falso, naturalmente. Lo cierto es que mis intereses son lo que se suele decir más elevados, y mi conducta bastante más aburrida. Pero esta disociación, que es normal e incluso necesaria en un creador, resulta por lo menos chocante en un filósofo moralista. Aunque no olvidemos que Séneca también es creador. ¿Has leído sus tragedias?

– Sólo Fedra y Medea… y me parecen de una contundencia y una fuerza grandiosas. Y sin embargo, cuesta mucho imaginarlas representadas.

-Porque no están escritas para la escena. Nadie escribe hoy para la escena. El teatro es un género muerto. Nació del pueblo y para el pueblo, pero desde que el pueblo, convertido en masa, gustó de los espectáculos del circo, ya nada puede hacer que vuelva al teatro. La multitud, la masa, tiende siempre a lo más fácil. Nada se abarata, se degrada tanto como el gusto de la masa. Es un proceso imparable.

-Pero hubo un tiempo en que grandes autores, como Sófocles, llenaban los teatros de ciudadanos.

-Tú lo has dicho, ciudadanos. Pero ya no hay ciudadanos. Lo que ves en el circo es una masa informe hecha de instintos bestiales y de una sola voz, sin espíritu ni cerebro.

-Desde luego, cuesta mucho imaginar a Séneca escribiendo para ese tipo de público. La profunda moralidad de su pensamiento exige un receptor especialmente preparado.

-Tampoco hay que exagerar con eso de «la profunda moralidad de su pensamiento». Seguramente no conoces el antipanegírico que compuso a la muerte del César Claudio.

-¿Antipanegírico? No, ¿a qué te refieres?

-A la Apocolocyntosis, o sea, transformación en calabaza, del Divino Claudio. Los orígenes y características de esa obra son muy curiosos. Claudio se lo había hecho pasar muy mal a nuestro filósofo. Nada menos que ocho años lo tuvo desterrado en la isla de Córcega. Cuando murió, Séneca decidió vengarse a su manera. Escribió su «Calabaceosis» y la declamó ante un público reducido, formado por Nerón y unos cuantos cortesanos, que le rieron de buena gana todas las gracias. Aquí tienes un ejemplo supremo de la hipocresía de nuestra vida pública. Mientras el cuerpo del anterior César está aún caliente y todavía no se han apagado los ecos de los fastos oficiales, el severo preceptor del nuevo príncipe declama para él y sus compinches, entre los que sólo por una cuestión de tiempo no estoy también yo, una sátira maledicente y corrosiva sobre el ilustre difunto…¿Sorpresa?

-Sí, lo reconozco. Y esa sátira ¿vale la pena?

-Desde luego. La trama es muy sencilla. Un narrador chusco e insolente cuenta la historia que dice le han contado sobre la muerte del César Claudio. Empieza por transmitirnos las últimas palabras que, como todo gran personaje, no puede dejar de pronunciar, y que en este caso son: «Ay, me parece que me he cagado». El alma del difunto contempla su propio funeral y es trasladada luego al cielo donde, al principio, ningún dios puede entender nada de aquel su lenguaje farfullante e incoherente. Con los mismos procedimientos formales del Senado, la asamblea de los dioses debate sobre el destino de tan peculiar personaje. Octavio Augusto ejerce la acusación, recordando todos los crímenes y torpezas del candidato a dios. Finalmente, la asamblea decide precipitarlo a los infiernos, donde acaba de secretario del secretario de su sobrino Calígula. Toda la obra es un ejemplo insuperable de humor, ingenio…y rencor. Ya ves, éste también es tu Séneca…Por cierto, ¿te gustaría conocerlo personalmente?

-¿Es posible?

-Quizá. Mañana ven a primera hora de la tarde…Sí, creo que es lo mejor. Creo que es el mejor sistema para que ese personaje deje de ser el centro, directo o indirecto, de nuestras conversaciones. Te lo presento, hablas con él, sacas tus conclusiones definitivas y cerramos de una maldita vez este enojoso capítulo.

-Diría que estás celoso -observé, siguiendo el tono de buen humor que traslucían sus palabras-. Y no sé por qué. Tú puedes ser un dios para mí, y él otro. En el Olimpo caben muchos dioses.

-En el Olimpo de los dioses, sí. Pero el Parnaso de los escritores es muy diferente, no lo olvides.

(CONTINÚA )

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

CONVERSACIONES CON PETRONIO IX

Pasé dos largos días sin ver a Petronio. Al tercero, la impaciencia me consumía. Al mediodía me acerqué a su casa con la esperanza de encontrarle ya levantado y con el deseo de que las especiales circunstancias del último día no hubiesen de influir negativamente en nuestras relaciones. Al principio no pudo ser peor.

El nuevo portero, que no me conocía, me negó la entrada. Dijo que su señor descansaba todavía y que no estaba prevista ninguna visita a aquella hora. Yo insistí, alegando que era persona de la máxima confianza de su amo y que, en situaciones como aquella, solía esperarle en el atrio, en el jardín o leyendo en la biblioteca. No hubo manera. Iba ya a abandonar cuando apareció Eutimio, y todo se arregló al momento. Entonces comprobé lo que ya suponía: que a pesar de su juventud el muchacho era la persona de mayor influencia en la casa.

Me acompañó al interior y me dijo que podía esperar a Petronio donde quisiera salvo, tal vez, en la biblioteca. Le agradecí la amabilidad, atribuyendo el detalle a su conocimiento de mi indisposición de días atrás, y me dirigí al jardín.

La tarde era desapacible. El cielo amenazaba lluvia. Pensé que sería mejor ponerme a cubierto. Entonces oí una voz. Era una voz clara, perfectamente modulada que venía de los ventanales de la biblioteca; una voz de mujer joven, muy joven quizá, pero firme y de una sonoridad cristalina. Me situé debajo de uno de los ventanales y escuché con atención.

Pero que arranquen de mi corazón tus labios

este fiero dolor, y la misma medicina expulse

de mi alma la enfermedad

para que tanto furor no rompa mis nervios lacerados

y no muera por el crimen de haberte conocido.

Mas si esto consideras excesivo

suplico que al menos me concedas

que, agotado mi tiempo, en tus brazos de nieve me cobijes

y, cumplido el destino, me vuelvas a la vida.

Reconocí aquellos versos: eran de Petronio. Pero nunca imaginé que se pudiesen recitar de aquella manera. La voz cesó. No se oía nada. Una enorme curiosidad se me impuso por encima de cualquiera otra consideración. Me dirigí a la puerta que desde el jardín daba a la biblioteca y entré.

La mujer estaba allí, de pie, frente a un volumen desplegado sobre un pupitre. Tuve un sólo instante para apreciar el perfecto dibujo del perfil de su rostro. Se volvió hacia mí y me observó de arriba abajo.

-¿He de esperar mucho? -preguntó, fijando en los míos sus ojos claros, transparentes.

-No lo sé. No soy de la casa.

-Entonces debes ser Lucio, ¿no?

Aquella mujer me conocía, había oído hablar de mí.

-Sí, soy Lucio, y perdona la intromisión. Te he oído leer y no he podido resistir la curiosidad. Nunca había oído recitar de esa manera, te lo aseguro.

-¿Tan mal lo hago?

-Al contrario, al contrario…

Me quedé sin palabras. De pronto, noté que mi rostro enrojecía y que no podía hacer nada por evitarlo.

-A ver, acércate -dijo con naturalidad- ¿Cómo lo leerías tú?

Me acerqué. Dirigí la mirada al volumen abierto, pero ni siquiera fui capaz de localizar los versos que acababa de escuchar. La proximidad de la mujer aumentaba mi turbación. Todo mi cuerpo era un incendio. Me separé un poco y dije como pude:

-Soy un lector pésimo, y no creo que haya nadie que pueda leerlo mejor que tú.

-No exageres, Lucio. ¿Qué edad tienes?

-Veintiún años.

-Como yo. Pero permíteme que te diga que pareces más joven.

-Lo dices por mi timidez, supongo. No puedo evitarlo.

-Ni tienes por qué. No te cae mal. Oye, supongo que eres un experto en la obra de Petronio.

-Nadie más experto que él mismo, y estamos en su casa -dije, mientras trataba de serenarme.

-No me interesa la opinión de Petronio. Si lo conoces bien, habrás observado que lo que habla apenas tiene que ver con lo que escribe. Aquí, en estos versos, hay un misterio que no logro entender. Si se lo pregunto, seguro que me contestará con una de sus frases ambiguas y brillantes que nada significan. Me interesa tu opinión.

La posibilidad de un juego dialéctico, por insignificante que fuese, acabó por devolverme todo el aplomo posible dadas las circunstancias.

-Perdona que te contradiga, pero nunca he oído pronunciar a Petronio frases ambiguas o que nada signifiquen. Por el contrario, no ha habido pregunta mía que no tuviese por su parte la respuesta más justa y acertada.

-No sé si hablamos de la misma persona -dijo-, o quizá eres tan afortunado que se te ha permitido conocer el verdadero rostro del dios….Bien, es igual, ¿quieres ayudarme o no?

Sin esperar respuesta, se acercó al volumen y leyó:

Mas si esto consideras excesivo

suplico que al menos me concedas

que, agotado mi tiempo, en tus brazos de nieve me cobijes

y, cumplido el destino, me vuelvas a la vida.

-¿Qué significa esto?

-No es fácil comentar unos versos aislados. Eso que has leído es el final de un precioso poema que habría que examinar desde el principio -dije, adoptando un tono profesoral que a mí mismo me sorprendió.

-Pues volvamos al principio -, propuso ella.

-Bueno, en este caso no es necesario. Lo conozco muy bien. En el poema, el amante se dirige a su amada, y a través de una serie de encendidos elogios cuajados de metáforas, ensalza cada uno de los aspectos de la belleza de la amada: los ojos como estrellas, el cuello como rosas, el cabello como oro, etcétera, una belleza tal que ni siquiera necesita el adorno de las joyas. Y también su voz merece el elogio del amante, una voz

que sus dulces mieles propaga

y contra el indefenso lanza

el dardo del amor.

A continuación expone los efectos que esa belleza causa en él: languidece, pena, se abrasa, arde, suspira, muere, lucha; su corazón tiene una grave herida que ningún remedio puede sanar, salvo… y aquí llegamos a nuestros versos, salvo «que arranquen de mi corazón tus labios este fiero dolor», es decir, que una palabra de la amada, una sola palabra afirmativa sería suficiente para expulsar del alma del amante la enfermedad y evitar que muera por el crimen de haberse enamorado…¿me explico?

Sus ojos, como en el poema, parecían arder con fuego de estrellas.

-Todo eso está muy bien -dijo-, hasta un niño puede entenderlo…siempre que se acepte como licencia poética que se puede morir por amor. Pero mi pregunta se refiere a los tres últimos versos, ya sabes.

-Sí, sí…Finalmente, el amante piensa que, si ni siquiera la palabra salvadora ha de concederle la amada, por lo menos que le otorgue una gracia: que, una vez muerto, le rodee con sus brazos y así le devuelva a la vida.

-¡Es eso lo que no entiendo¡ «Agotado mi tiempo», es decir, muerto; «cumplido mi destino», es decir, sin más vida por delante…»me vuelvas a la vida». ¿Pero cómo se puede volver a la vida después de muerto? ¿O qué poder tiene el abrazo de una mujer para resucitar a un muerto? ¿O a qué clase de vida se refiere?

-¿Sabes de verdad qué es la poesía? -me atreví a preguntarle.

-¿No lo voy a saber? Soy hija y esposa de poetas, de poetas de verdad, y ellos me han enseñado que la poesía puede ser ficción, pero nunca mentira. Y aquí el autor miente.

-Yo no lo veo así. Yo creo que aquí no miente nadie, ni el autor, que se limita a recoger los lamentos de un amante, ni…

Entonces se abrió la puerta principal de la biblioteca y apareció Petronio.

-Siento interrumpir una conversación tan animada. Aquí lo tienes -dijo, entregando a la mujer un pequeño volumen-, y puedes decirle a tu marido que ya no queda ni un sólo papel suyo en esta casa. Y dile también que nada me gustaría tanto como que nos volviésemos a ver en paz y armonía, como en los buenos tiempos. Pero no te vayas. Me encantaría que me dejaseis participar en vuestra conversación.

-Te lo agradezco, Petronio -dijo la mujer-, pero he de marchar enseguida…Y esta conversación es un poco particular entre Lucio yo…La continuaremos en otra ocasión ¿no es eso? -dijo, dirigiéndome una mirada de complicidad envuelta en una sonrisa celestial.

En cuanto quedamos solos, pregunté quién era.

-Es Pola -respondió Petronio-, la mujer de Lucano. ¿Qué te ha parecido?

-Me ha impresionado, me ha impresionado mucho, lo confieso. No sólo su belleza, que es deslumbrante sin ser aparatosa, sino sobre todo su…su estilo, la música de su voz, las maneras, a la vez sencillas y elegantes, y esa naturalidad distinguida que invita a la confianza al mismo tiempo que infunde respeto.

-Estoy de acuerdo en todo lo que has dicho. Y aún posee más virtudes que no conoces. Sí, es una mujer excepcional y, como tal, muy peligrosa.

-¿Peligrosa? No lo creo, no puedo creerlo, ni aunque me lo jures por todos los dioses nunca lo creeré.

-Veo que es verdad que te ha impresionado -dijo Petronio riendo-, pero no es lo que te imaginas. Lo que quiero decir es que la existencia de mujeres como Pola constituyen un peligro, porque pueden inducirnos a creer que la mujer es tal y como algunos poetas han imaginado, interpretando el sentir de muchos hombres. Y no es verdad. La mujer, y sobre todo la mujer amada, es sólo una ficción en la mente del hombre, una ficción que puede ser tan absurda y poderosa como para llevar a creer que el abrazo de la amada puede vencer a la muerte. Lo que de verdad vislumbramos en la mujer, sobre todo en la fase inicial del enamoramiento, es una especie de recuerdo de aquella edad de oro en que los seres humanos eran completos, es una llamada para recuperar la parte perdida de nuestro ser. Y es entonces principalmente cuando la mujer se nos aparece como la fuente de nuestras emociones más singulares, de nuestros sentimientos más tiernos y profundos. Y sin embargo, con frecuencia, quizá con demasiada frecuencia, parece como si las aguas de esa fuente estuviesen envenenadas y nos fuesen dando, sin nosotros advertirlo, exactamente lo contrario de lo que prometen, y cuando lo advertimos suele ser demasiado tarde. Y es eso lo que la existencia de mujeres como Pola nos puede hacer olvidar.

-Parece que tus relaciones con las mujeres no han sido muy felices -aventuré.

-Más de lo que se podría deducir de mis palabras -replicó Petronio.

-Pero no estás casado.

-Lo estuve. Y la cosa fue muy bien, hasta que un oportuno divorcio salvó el buen recuerdo de nuestro matrimonio. He tenido también otros amores, de intensidades varias, que a veces me complazco en recordar rastreando sus huellas en mis poemas. Pero desde que cumplí los cuarenta mantengo una prudente distancia con la mujer. Sólo la observo. Y he de confesar que es una materia apasionante.

-Y confusa y extraña y contradictoria -dije-, porque, para empezar, hablamos de la mujer como si de algo único se tratase, y sin embargo, qué sentimientos tan distintos despiertan en nosotros palabras como madre, hermana, hija, esposa, amante, prostituta.

-Sí, y te dejas amiga y, sobre todo, enemiga.

-¿Enemiga?

-Sí, la mujer puede ser una enemiga poderosa, terrible. Y cuando se dedica a la intriga, los hombres más astutos son a su lado simples aprendices.

-¿Te refieres a la influencia que la mujer ha tenido en nuestra historia política?

-Entre otras cosas. Pero en política, desde luego, su influencia ha sido y es infinitamente superior a la que cabría esperar de una lectura de nuestra leyes.

-¿Quieres decir que ejercen un poder que nadie les ha reconocido?

-Eso es. Y como no pueden actuar directamente, lo ejercen a través de los hombres, a veces sin que ellos se den cuenta. Piensa que hasta un hombre tan equilibrado, enérgico y seguro como Octavio Augusto se vio muy influido por la fuerte personalidad de su esposa Livia; que Nerón nunca ha logrado desprenderse de la influencia de su madre, ni aun matándola, y ya no hablemos de Claudio, esclavo no solo de Mesalina y de Agripina sino de cualquier mujerzuela que le hiciera olvidar su condición de tarado. Y estos son sólo algunos ejemplo de nuestra historia reciente, pero si quieres podemos remontarnos hasta Tanaquil. Y es que la presencia decisiva de la mujer en todos los ámbitos es una de las características más peculiares de nuestro pueblo.

-Y en los otros pueblos ¿no es así?

-Por lo que yo sé, no. En Grecia, por ejemplo, fuera de la época mítica de las diosas y heroínas, la mujer nunca ha contado para nada, diría que ni siquiera para el amor, sólo para la procreación y el cuidado de los hijos. Entre nosotros, en cambio, la mujer, y en especial la madre, siempre ha tenido una importancia fundamental.

-¿Y a qué crees que se debe ese poder que la mujer, o al menos la mujer romana, ejerce sobre el hombre?

-No lo sé. Es decir, ignoro el origen, pero el método está muy claro. A todo el mundo se le vence atacando sus partes débiles, y nadie como la mujer conoce las debilidades del hombre.

Permanecimos en silencio unos breves instantes. Entonces decidí plantearle una cuestión que venía meditando desde el día de la visita a Escevino.

-Quisiera hacerte una pregunta que no está directamente relacionada con este tema, aunque algo tiene que ver.

-Adelante. Ya habrás observado que nuestras lecciones carecen de método y de programa.

-¿Qué opinas del amor entre hombres?

-Esa es otra historia. El amor entre hombres es una de tantas posibilidades de placer que ofrece la naturaleza y sería de necios despreciarla. Pero, en efecto, no tiene nada que ver con lo que hablábamos. El hombre no es ningún misterio para el hombre, al menos en el aspecto amoroso; la mujer sí es un misterio.

-¿Pero no crees que hay algo en la naturaleza que repugna ese tipo de amor homogéneo?

-En absoluto. En la naturaleza cabe todo. Claro que algunas vías parecen contradictorias con un supuesto plan natural. Pero eso no es más que una ilusión de la mente humana. No creo que la naturaleza tenga ningún plan. Y si lo tiene, seguro que no le afectan nuestras preferencias individuales. Mediante el instinto sexual se procrea y la especie humana sobrevive, eso es cierto, pero nadie ha dicho que la práctica de ese instinto deba limitarse a la procreación. Somos libres, libres en el sentido en que los animales no lo son, y por lo tanto podemos utilizar nuestras facultades como se nos antoje. Por otra parte el amor entre hombres ha estado siempre presente en todos los pueblos, unas veces a escondidas y otras a la luz del día. Grecia nos ha dado el mejor ejemplo de lo segundo, y hace ya siglos que los romanos dejamos de ser pudibundos en este aspecto. La verdad es que tu pregunta casi me asombra. ¿Quién entre nosotros no ha gozado del amor de algún jovencito?

-Yo, por ejemplo.

-Eso te pierdes.

-Me permitirás que en este punto no esté de acuerdo contigo. No creo que el amor entre hombres sea tan natural e inocente como pretendes. Si fuese así, no produciría ciertos efectos… desagradables. Estoy pensando en Escevino. ¿Crees de verdad que la imagen que ofrece ese personaje es la de un ser humano «normal»? Porque a mí no me recuerda en nada ni a un hombre ni a una mujer. No es más que una especie de fantoche de voz atiplada y ademanes increíbles.

-No confundamos las cosas, Lucio. Estábamos hablando de la posibilidad del amor con hombres, además de con mujeres, es decir de la elección de objeto sexual. El caso de Escevino, y de tantos como él, es muy diferente. Ahí no hay una elección, es decir, un enriquecimiento, sino una adicción, es decir, un empobrecimiento.

-No acabo de entenderte.

-Quiero decir que el hombre que practica el amor con mujeres y con hombres no deja de ser un hombre completo, más incluso que el que se limita a las mujeres, y perdona la alusión, pero el que sólo puede hacer el amor con hombres, hasta el extremo de sentir repugnancia por el sexo opuesto, es un ser limitado, incompleto, amputado, y esa deformidad termina a la larga trasluciéndose en el talante, y eso es lo que tú has advertido en Escevino.

-Y sin embargo, también esas personas negarán su condición de deformes y, al igual que tú cuando defiendes el amor bisexual, dirán que hacen uso de su libertad de elegir.

-Lo dirán, pero no es cierto. Pocas cosas podemos elegir en la vida. De hecho, yo creo que ninguna. Pero si algo hay claramente incompatible con la libertad de elección es precisamente el amor y todo lo que se refiere a nuestros instintos básicos. Y así como nadie se enamora libremente, tampoco hay nadie que libremente decida excluir a las mujeres de su vida amorosa.

-¿He de entender que existe un destino inexorable, un hado fatal que determina todas nuestras acciones?

-Entiéndelo como quieras. Todo son opiniones y ninguna tiene la garantía de la verdad. La mía es ésta: que la libertad de elección es una de las muchas ilusiones de la raza humana. Pero éste ya es tema para otra charla.

 

(CONTINÚA)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

CONVERSACIONES CON PETRONIO VIII

-Hoy vas a acompañarme a visitar a un viejo amigo mío. Es un tipo muy divertido, te encantará. Está ampliando su casa y quiere que le aconseje -dijo Petronio en cuanto me recibió al día siguiente.

Y nos pusimos en camino, acompañados de Eutimio.

-No me extrañaría que también fueses experto en arquitectura.

-No soy experto en nada, te lo aseguro. Pero tengo fama de hombre de buen gusto, y es una fama que me agrada y me interesa cultivar. Para vivir con cierta comodidad es muy importante llegar a ser una autoridad en lo que sea. Yo he conseguido serlo en algo tan vago e indefinible como el buen gusto. Y tengo que explotarlo.

-Para un artista como tú no debe ser difícil. El buen criterio que utilizas en la literatura forzosamente ha de tener correspondencia en las demás actividades estéticas.

-No lo creas, no siempre es así. Cada campo artístico es un mundo. Hay escritores formidables que no saben distinguir entre una pintura buena y un adefesio, escultores que nada entienden de poesía e incluso, lo que es más curioso, poetas que nada saben del arte de la música. En cambio, se supone que yo entiendo de todo eso y de mucho más: de cómo organizar una fiesta, de cómo se ha de decorar un salón, de cuáles son los vestidos o tocados más adecuados para una dama, de qué músicas han de acompañar ciertas ceremonias, y un largo etcétera. Y no creas que soy experto en todo eso. Nadie lo es. El secreto está en tener sentido común, expresar las opiniones con seguridad y, sobre todo, olfatear los gustos e intereses del consultante. Te aseguro que con sólo eso, quedas siempre como un dios.

-¿Quieres decir que no hay unos valores estéticos objetivos? -pregunté, muy interesado por el tema.

-En absoluto. Nada cambia tanto como eso que llamas valores estéticos, sobre todo en los aspectos más cotidianos. Si hace cincuenta años alguien hubiese propuesto a nuestras mujeres que se peinaran como ahora se peinan, lo hubieran tildado de hombre de pésimo gusto, de loco de atar. Así que díme tú dónde está el valor estético objetivo del peinado femenino. Y eso es sólo un ejemplo.

-Quizá un ejemplo demasiado vulgar y cotidiano -observé-, pero no creo que en las grandes artes, en la literatura, la pintura, la escultura, los criterios sean tan movedizos.

-También se mueven, pero con más lentitud, de manera que el cambio apenas es perceptible para una generación. Pero imagina qué hubiesen pensado los escultores etruscos o los antiguos griegos de nuestros actuales retratos escultóricos, con sus calvicies, sus arrugas e incluso sus horrendas verrugas. Los hubieran encontrado de una vulgaridad y una ordinariez espantosas. Y te voy a poner otro ejemplo. ¿Qué opinas del estilo de Séneca como escritor?

-Me encanta -dije sin vacilar-. Lo considero a la vez elegante, directo y efectivo.

-Pues puedes estar seguro, amigo mío, que un Lucio de hace cien años lo consideraría agresivo, insultante y rebuscado.

-Quizá tengas razón…Pensándolo bien, su estilo no tiene nada que ver con el de hace cien años…Pero, según eso, tu conclusión será que en arte todo es relativo.

-No todo, no todo. Las formas sí, pero está el espíritu, el genio, o como quieras llamarlo. El espíritu de Catulo sobrevivirá a todas las modas y todos los tiempos; el de Lucano, no, te lo aseguro.

-¿Y el de Petronio?

-Amigo, lo que te sobra de amable te falta de cortés. Parece que ignoras que es grave descortesía forzar a que tu interlocutor se pronuncie sobre sus propias cualidades. Porque, como nadie sabe definirse correctamente, le obligas a sobrevalorarse o a infravalorarse, con la consiguiente molestia y riesgo de tales operaciones.

-Lo siento. En realidad, era una pregunta dirigida a mí mismo.

-¿Y qué te has contestado?

-Ya lo imaginas, y no quiero volver a pecar de exceso de amabilidad.

-Mira -dijo entonces Petronio-, ésa es la casa de Escevino…y ése que sale ahora es un personaje al que no vale la pena que conozcas. Pero, si no hay más remedio, le saludaremos. Se llama Antonio Natal y es experto en intrigas de poca monta.

No hubo más remedio. Me lo presentó e intercambiaron unas palabras.

-¡Qué acontecimiento, Petronio! -dijo Natal-. Creo que es la primera vez que te veo a la luz del día.

-Y la última, te lo aseguro -dijo Petronio-. No sé cómo lo podéis soportar. Ahora mismo he sufrido alucinaciones. Me ha parecido verte salir de casa de Escevino.

-Y así es. ¿Qué tiene eso de raro?

-Pues que no me imagino qué puede hacer un hombre íntegro, digno y respetable como tú en casa de un libertino.

-No lo juzgues mal, Petronio. Escevino es un buen hombre.

-Nunca lo he dudado -afirmó Petronio.

Escevino nos recibió en una amplia sala repleta de muebles, estatuas, estatuillas y chachivaches de todo tipo. Rondaba la cuarentena; era delgado, nervioso y de modales francamente afeminados. Nos acomodamos en unos mullidos lechos. Desde el primer momento Escevino me miró de una manera descarada, como si estuviese evaluando la belleza de un caballo o de un esclavo. Dirigió a Petronio una mirada de picardía y dijo:

-Petronio ¿cuánto tiempo hace que me ocultas a tu amiguito?

-No soy ningún amiguito -protesté- y ya no tengo edad de que me miren como a un efebo.

-Huy, perdona -exclamó Escevino, con una mueca cómica.

-Eres incorregible -dijo Petronio-. Lucio es sobrino de Silio Itálico y…podríamos decir que es mi discípulo, ¿no es eso? -añadió, mirándome.

-Eso es -dije.

-¿Discípulo? Qué interesante -dijo Escevino-. ¿Y qué te enseña el maestro? Si te enseña todo lo que hemos aprendido y practicado juntos, pronto serás más sabio que Solón… De acuerdo, de acuerdo, un poco de seriedad. ¿A qué debo el honor de vuestra visita?

-¿Y tú lo preguntas? -exclamó Petronio-. ¿No habíamos quedado que me enseñarías los planos de tu nueva casa?

-¿Mi nueva casa? ¡Huy, es verdad! ¿Dónde tengo la cabeza? ¿Los planos? Ay, ay, ¿dónde tengo los planos? Mira, chico, no me hagas caso, es que estos días ando como loco. No tengo idea de dónde…

Escevino se levantó y empezó a caminar nerviosamente por la estancia, corrigiendo la posición de los objeto que caían al alcance de sus manos. Finalmente llegó hasta un busto situado en lo alto de una columna truncada, que parecía ocupar el lugar principal de la sala. Corrigió también la posición del busto, pero con especial atención, de manera que recibiese la luz directa en el rostro. Una inscripción identificaba el personaje: BRUTO.

-Pero no importa, ¿sabes?, no importa -prosiguió-. No estoy para planos ni para casas.

Y se desplomó en el lecho como agobiado por una gran pesadumbre.

-Te veo muy raro -dijo Petronio.

-Los tiempos son raros, extraños, terribles -dijo Escevino, con una solemnidad que sus gestos y su tono de voz desmentían.

-Desde que tenemos memoria los tiempos siempre han sido raros, extraños, terribles. No son los tiempos, Escevino, eres tú el que has cambiado.

-Quizá. Quizá es que antes estaba ciego, pero ahora veo.

-¡Por Hércules! -exclamó Petronio- ¿No te habrás metido en una de esas sectas asiáticas que proliferan como la peste? Esas mismas palabras las oí a cierta persona que se unió a los cristianos.

-¿Por quién me has tomado, Petronio? -exclamó Escevino, realmente indignado-. Yo soy romano, romano por encima de todo y nada más que romano.

-Pues yo no soy parto. Aunque también es cierto que tengo algo de sangre gala.

-Por eso será -dijo Escevino.

-Por eso será, ¿qué? -preguntó Petronio.

-Amigo -respondió Escevino-, tengo que decírtelo, sí tengo que decírtelo. Me han hablado mal de ti, muy mal.

-Ya era hora -exlamó Petronio, como aliviado- Hacía mucho tiempo que nadie me informaba de algo así. Estaba realmente preocupado. Sabes muy bien que si no hablan mal de ti es que no eres nadie.

-Me han dicho algo muy feo de ti -instistió Escevino.

-Vamos, suéltalo, me muero de curiosidad. ¿Qué te han dicho?

-Que eres un…cobardica -dijo Escevino, bajando el tono de voz hasta convertirla en un susurro.

-¡Por todos los dioses! -exclamó Petronio- Vaya descubrimiento. Nunca consideré que la valentía fuese una virtud principal. El valor es cosa de soldados y gladiadores, gente zafia y maloliente.

Escevino se levantó como movido por un resorte. Extendió el brazo derecho y señaló con el dedo índice el busto al tiempo que dirigía hacia el techo los ojos puestos en blanco.

-¿Te atreves a decir que ése, ese héroe sin mácula es zafio y maloliente?

-Imposible responder. Su aroma se perdió hace mucho tiempo.

-¡Cómo eres, Tito, cómo eres! -exclamó Escevino, y se recostó de nuevo en el lecho.

-Soy como siempre he sido, pero un poquito más sabio. Mira, ahora mismo te voy a adivinar quién te ha dicho eso de mí: Natal.

-Sí, y alguien más.

-Lucano.

-Sí, y alguien más.

-Pisón. Y no me hace falta nadie más para comprobar que estás loco, completamente loco. ¿Qué haces tú con esa gente? ¿Sabes dónde te has metido?

-Sé muy bien lo que hago. Mira, Petronio, siempre hemos sido buenos amigos, nuestras vidas han coincido por un largo trecho, juntos hemos gustado de todos los placeres, en esto nadie nos puede dar lecciones. Somos auténticos maestros, los dos…Pero tú siempre parece que estás por encima de mí, la verdad es que siempre parece que estás por encima de todos. ¿Y por qué? ¿Quieres explicármelo? ¿Por qué diablos llevando los dos el mismo género de vida tienes tú fama de hombre respetable mientras que yo no soy más que un vulgar vicioso?

-No lo sé. Yo no decido la fama que los demás atribuyen. Y tampoco es del todo cierto lo que dices. Natal me acaba de confiar que eres un buen hombre. Claro que no es éste un calificativo como para levantar los ánimos. Si alguien dice eso de mí, me hunde, te lo aseguro.

-Lo siento, pero ahora no puedo seguir tu juego…Lo que quiero decir es que, a pesar de que se nos suela aplicar distintas medidas, tu existencia ha sido y es tan ridícula, vacía y triste como la mía y que, por tanto, estarás en condiciones de entender lo que te voy a explicar. Amigo Petronio, no es verdad que todo sea igual, no es verdad que todo dé lo mismo y que sólo el placer justifique la vida. A ti aún no te habrá llegado el momento, pero en la vida de todo hombre, en la vida de cada hombre como nosotros, el día menos pensado ocurre algo decisivo que te enfrenta de improviso contigo mismo. Y entonces una fuerza incontenible surge del fondo de ti y te hace decir «ése no puedo ser yo, yo soy un hombre, un hombre». Y un hombre de verdad no puede tolerar ciertas cosas, un hombre de verdad no puede someterse a la mentira, a la hipocresía, al miedo, a la miseria moral y a tantas calamidades que hoy en día se resumen en una: amigo Petronio, un hombre de verdad no puede tolerar la tiranía.

-¿Y qué ha de hacer entonces ese hombre de verdad? -preguntó Petronio.

-Ahí tenemos el ejemplo -dijo Escevino, señalando con el dedo el busto de Bruto.

-¿Dónde? -preguntó Petronio-, ¿en ese pedrusco?

-Tito, por favor -dijo Escevino en tono casi suplicante-, ¿para ti no hay nada sagrado?

-¿Para ti sí? -preguntó Petronio por toda respuesta.

-La patria es sagrada, el pueblo romano es sagrado, la libertad es sagrada, la dignidad es sagrada…

-Deténte, por favor -interrumpió Petronio-. Me dan miedo esas palabras, sí, me dan miedo, siempre a medio camino entre la idea y la divinidad. Nuestros viejos dioses se portan con nosotros de maravilla. No imponen nada, no exigen nada; se contentan con que cumplamos los ritos sagrados y nos dejan en paz. Pero esos dioses que invocas son terribles, sanguinarios, de hecho se alimentan de sangre humana. La patria exige sangre, el pueblo exige sangre, la libertad exige sangre…

-¿Y la tiranía no? -interrumpió Escevino-. ¿No es la tiranía la más sangrienta de las divinidades?

-No me entiendas mal, Escevino, yo no defiendo la tiranía, sólo te advierto del peligro de situar nuevos dioses sobre los hombres. La tiranía es un mal, de acuerdo. Pero no desaparecerá porque cuatro niñatos y cuatro resentidos jueguen a héroes. Caerá por su propio peso…o cuando la derribe un plan inteligente, muy inteligente.

-¿Qué tiene de malo nuestro plan? Porque participen en él algunos resentidos, como tú dices, ¿es acaso inmoral?

-Mucho peor que eso: está mal escrito.

Recorrimos en silencio el camino de vuelta. Cuando llegamos frente a la casa de Petronio yo ya no podía más. Antes de despedirnos dije:

-Ahora lo entiendo todo.

-Peor para tí -murmuró Petronio con gesto de malhumor.

Así que existía una conspiración. Un plan estaba en marcha para derrocar a Nerón, probablemente para matarle. La indiscreción temeraria de Escevino me había revelado la existencia de una maquinaria en la que ciertas piezas aisladas y antes sin sentido, al ocupar su lugar, cobraban significado: la extraña visita de Lucano, la detención de Epícaris, la conmoción de Mela, la aparición de Tigelino, las advertencias de Petronio para que protegiese mi ignorancia y, también su preocupación por las relaciones entre Lucano y mi compañero Valerio. ¡Qué claro lo veía ahora!

De pronto, sentí miedo. Yo estaba en medio de todo aquello. Tigelino me había visto en casa de Petronio y seguro que sabía quién era. ¿Y Petronio? ¿Cómo podía conocer el plan sin estar implicado? ¿Cómo se lo permitían los otros? Y si no estaba de acuerdo con la conspiración, ¿por qué no la denunciaba? Quien conoce esta clase de hechos y no los denuncia se convierte automáticamente en cómplice…Como yo. Y de pronto, esta idea me golpeó en medio del cerebro con la fuerza de un mazazo:

¡Yo era cómplice de una conjuración contra el César!

(CONTINÚA)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum