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CONVERSACIONES CON PETRONIO XV

La carta tuvo en mí un extraño efecto sedante, curativo. La ansiedad que hasta entonces me había atenazado desapareció al instante. Y sentí como si una distancia, un foso se empezase a abrir entre el Lucio de Roma y el de Nápoles.

En casa, entre los míos, tenía ocupaciones prácticas, reales. La situación del patrimonio familiar no era tan saneada como había imaginado. Importantes hipotecas gravaban las dos fincas rústicas que proporcionaban todos los ingresos. Los trabajos de restauración de la casa de Pompeya estaban lejos de concluirse; la de Nápoles prácticamente se venía abajo. Con la ayuda de mi hermano Paulo me puse a la tarea, y los días empezaron a correr velozmente.

De vez en cuando, el Lucio de Roma se me aparecía entre brumas. Pero, de momento, no quería saber nada de él. Casi había olvidado a Pola y era como si quisiese olvidar a Petronio.

Con la época de la cosecha aumentaron los trabajos. Me había desprendido del liberto que administraba los bienes, y tenía que vigilar de cerca la recolección y planear el almacenamiento y las ventas.

En julio, concluida la restauración de la casa de Pompeya, nos instalamos definitivamente en ella, mientras empezaban los trabajos en la de Nápoles. Recuerdo que el cambio de residencia coincidió con la noticia de la muerte de Popea, la esposa de Nerón, noticia que llegó acompañada de toda suerte de rumores malintencionados.

Una tarde llegué a casa especialmente cansado. Había pasado el día -creo que era el primero de agosto- entre Nápoles y la finca más próxima. Después de tomar un baño, decidí descansar un rato al fresco del jardín. El sol poniente encendía reflejos dorados en las verdes faldas del Vesubio. Me senté en un banco y contemplé toda la perspectiva del jardín que con tanta afición yo mismo había diseñado…De pronto, todo mi cuerpo se estremeció. ¿Cómo era posible? ¿Cómo no había visto antes lo que ahora veía? Sin proponérmelo, sin darme cuenta había reproducido el jardín de la casa de Petronio. Con precisión, con exactitud: no faltaba el Príapo, ni la fuentecilla, ni siquiera los dos ciruelos. No me había repuesto de la impresión cuando llegó carta de Roma.

«Querido Lucio, no empezaré esta vez hablándote de mi jardín. Seguro que en la florida Campania habrás tenido motivos sobrados para olvidarte de mi modesto huertecillo urbano. ¿Te has olvidado también de lo demás? Hace dos meses que te escribí, y no he sabido nada de ti. Por lo general, esto es buena señal. El pajarillo que no vuelve al nido es que ha aprendido a volar. O también puede ser que, en vez de volar, hayas decidido acomodarte en otro nido, al abrigo de las inclemencias del mundo. Tampoco te lo reprocharía.

El mundo sigue su curso y yo lo contemplo pasar. Y, a veces, entre las personas que en él se agitan, distingo una que atiende por el nombre de Tito Petronio Níger. Es un personaje curioso. No por lo que hace, que en eso no se distingue mucho de los demás, aunque sus actividades se consideren más distinguidas, sino por esa manera que tiene de actuar como sabiéndose contemplado por un doble suyo, que le observa desde afuera. Ese Petronio es un farsante: dice y hace cosas en las que no cree, ha conseguido llegar muy alto, ser el centro de la admiración o de la envidia de todos…Inútil. Yo sé que sólo está representando un papel. Y él sabe que yo lo sé. Pero no quiero dejarme deslizar por la fácil pendiente de las meditaciones íntimas.

Me alegra que te estés convirtiendo en una persona activa, según deduzco de tu única carta. Sigue así. Sumérgete en tus ocupaciones como si de ellas dependiese tu existencia. El resultado será, no lo dudes, la formación de una personalidad sana y robusta, nada que ver con aquel muchacho tímido y dubitativo con quien conversaba ciertos días de abril…Pero siento nostalgia de él, no lo puedo evitar, y curiosidad, mucha curiosidad por saber en qué se estará convirtiendo.

Si tú no vienes, no sé cuándo nos veremos. Lo de pasar una temporada en Cumas he tenido de quitármelo de la cabeza. Por aquí las cosas se han complicado tanto que no me puedo permitir el lujo de alejarme del centro de los acontecimientos. En teoría, la situación política está en calma. Para asegurar esa calma Tigelino se dedica ahora a eliminar a cualquier persona susceptible de incomodar a Nerón, aunque nada haya tenido que ver con la conspiración. El primero en caer ha sido el cónsul Vestino, enemigo verbal de Nerón, pero ajeno por completo a cualquier tipo de acción. Y caerán más. Y cuando se haya acabado con los que incomodan a Nerón, llegará el turno de los que incomodan a Tigelino. O quizás se irán alternando unos y otros. Todo eso está en el orden normal de las cosas.

Lo que de verdad ha alterado ese orden, introduciendo un factor de distorsión de consecuencias impredecibles, ha sido un hecho desgraciado: la muerte de Popea Sabina.

Me llevaba muy bien con Popea. Era una mujer admirable. Y cuando leas «admirable», ni por un momento se te ocurra ponerla en relación con Pola. Otros muy distintos son los motivos de admiración.

A diferencia de tantas mujeres que, como ella, han tenido intimidad con el poder, a Popea no le interesaban las intrigas políticas. Mujer hermosísima, la belleza era su principal ocupación. Y no sólo la belleza personal, que sabía cultivar como nadie, sino la de todo cuanto le rodeaba. Había sabido crear en torno suyo un ambiente de elegancia y distinción como creo que nunca se había conocido en la corte de un César. Y a este mérito nada le resta el hecho de que yo discrepase en cuestiones de detalle. Como sabes, los criterios estéticos son subjetivos y movedizos.

Además, Popea era fiel a Nerón, detalle no obvio sino muy digno de mención en nuestra sociedad. Por su parte Nerón estaba encantado con ella, y hasta diría que enamorado. Y últimamente, entusiasmado. El embarazo de Popea le anunciaba la próxima realidad del heredero que siempre había anhelado. Así que todo iba bien. Hasta que un dios caprichoso, o el mismo destino, decide torcerlo todo.

Para compensar la frustración del pueblo por la supresión de los Juegos Cereales, Nerón decidió adelantar los siguientes juegos a las calendas de julio. Y aún más. Decidió darse a sí mismo en espectáculo como cantante y citarista. Cuando anunció su propósito a los senadores, la mayoría se sonrojó por adelantado. ¡El primer magistrado de Roma, el César, convertido en comediante! Alguien, en un intento nada afortunado de evitar el bochorno, propuso que el Senado le reconociese ya sus cualidades, coronándole como el mejor citarista y cantante de todos los tiempos. Nerón se indignó. Él no necesitaba los favores de una asamblea servil. Se presentaría ante el jurado como un concursante más, sin favores ni privilegios.

Llegado al teatro de Pompeyo, donde se iba a celebrar el concurso de canto, Nerón ocupó su lugar en la tribuna imperial, ataviado con los ropajes e insignias propias de su dignidad. Así, que algunos pensaron que había abandonado la extravagante idea. Se equivocaban. Otros habían organizado los detalles del espectáculo…con mi beneplácito, naturalmente.

Entre las aclamaciones que acogieron su llegada, empezaron a surgir las primeras voces, fuertes y claras -se había seleccionado a los voceros-, que suplicaban que ofreciese al pueblo una muestra de su arte. En un alarde de cómica modestia, Nerón se resistía. Se le acercó entonces Vitelio, director de los juegos, para rogarle que no desatendiera tan sentidas súplicas, que no apenase ni ofendiese al pueblo reservando siempre para los grandes su arte sublime. Nerón cedió, naturalmente. Bajó de la tribuna, se colocó el ropaje de citarista, que llevaba preparado, y fue a inscribirse como un concursante más.

Fue el primero en actuar. Y el único. Cada pieza que interpretaba era saludada y despedida con una lluvia de encendidos aplausos, cuyas llamas se encargaban de prender, avivar y propagar grupos de «aplaudidores» estratégicamente situados por todo el teatro. Y no es que el pueblo llano -quiero decir, el no aplaudidor de oficio- lo pasase mal. Al contrario, diría que se mostraba encantado y regocijado ante el espectáculo de un César tan simpático que cantaba aquellos versos -que nadie entendía- y, sobre todo, que saludaba con aquella divina modestia para obtener la benevolencia del auditorio. El ambiente estaba tan caldeado, el artista tan eufórico que era ya la hora novena y el espectáculo no parecía llegar a su fin.

En la tribuna, las cosas no iban tan bien. Popea sufrió un desvanecimiento. Se recuperó. Pero el color de su rostro denotaba que la recuperación era sólo aparente. Yo le propuse que se retirase al palacio, donde podría ser atendida debidamente. Ni hablar, objetó Tigelino, nadie, pero nadie, puede abandonar el teatro mientras el César está actuando. Por desgracia, Popea era de la misma opinión. Y aguantó hasta el final, es decir, hasta que, tras el último saludo del César cantante, entre el delirio popular, el jurado decidió que no era necesaria la participación de ningún concursante más y le hizo solemne entrega de la corona.

Poco después, Popea fallecía en sus habitaciones ante un Nerón atónito, que acababa de insultarla por el escaso entusiasmo que había mostrado ante la genial actuación de su augusto esposo. El rumor público ha decretado que Popea murió a manos de Nerón. Esto es literalmente falso…pero sólo literalmente. Lo cierto es que Nerón quedó profundamente afectado por el suceso. No sólo perdía a Popea, a quien de verdad amaba, sino también el hijo deseado.

La desaparición de Popea daba un giro peligroso a la situación. Ella era -quizá sin darse cuenta- mi principal aliada. Entre los dos habíamos levantado un muro que contenía a Nerón en los límites de una vida suave y delicada y, en lo posible, le apartaba de los peligrosos delirios de Tigelino. Había que reconstruir el muro…y me puse manos a la obra.

Enseguida conseguí introducir junto a Nerón a Silia Crispinila, mujer riquísima en toda clase de astucias y experiencias, con el fin de que mantuviese el tono excelso de la corte mientras se buscaba la nueva esposa, tarea de la que se encargaba la propia Crispinila. Pero los intentos de ésta de cumplir tan delicado cometido chocaban con una dificultad imprevista: tanto amaba Nerón a Popea que sólo podía admitir una sucesora de aspecto idéntico a la fallecida.

Esto no ha arredrado a Crispinila, quien después de varios intentos fallidos ha dado por fin con la persona adecuada, imagen repetida de la bella Popea Sabina. Sólo que la persona en cuestión es… un muchacho. Problema menor. Debidamente vestido, compuesto y maquillado, resulta la viva estampa de Popea. Y así se la ha presentado Crispinila a Nerón, quien anda loco de contento con el hallazgo.

Éstos son hechos recientísimos. Veremos cómo evolucionan. Imagino que no para bien. La presencia de Popea era insustituible, y no digamos ya por vía de mascarada. Por otra parte, Nerón se está deslizando por una pendiente imposible de remontar. Quizá me he equivocado con lo de Crispinila; quizá de todos modos se me habría escapado. Antes rebelde al magisterio moral de Séneca, ahora rebelde al magisterio estético de Petronio, Nerón no tiene futuro como persona. Y tampoco como César. Ahora es cuando los tiempos empiezan a madurar; ahora sería el momento de escribir un plan bello y efectivo.

Y hablando de escribir. El otro día caí en la cuenta de un hecho curioso. Aún no he leído ninguna obra tuya. Creo recordar que el motivo declarado que te impulsó a acercarte a mí era perfeccionar tus conocimientos literarios. ¿Entonces? ¿A qué esperas? ¿Para cuándo, para quién guardas tus creaciones?

Alguien ya se te ha adelantado. Por las buenas, sin anunciarse, hace unos días se me presentó Valerio Marcial. Dijo que era muy amigo tuyo y que esto le autorizaba a requerir mi atención sobre sus escritos. Me dejó un montón de papel emborronado y se largó, anunciándome una próxima visita para conocer mi opinión. No se puede negar que el individuo tiene desparpajo. Y pésimos modales.

En atención a ti, les he dado un vistazo. ¿Quieres mi opinión? Marcial domina la técnica necesaria, no le falta gracia, tiene ingenio, tiene fuerza, tiene muchas cosas…pero no tiene corazón. ¿Sabes lo que quiero decir con esto? Uno puede ser muy listo, muy sabio, muy agudo, muy ducho en todas las técnicas de la escritura, pero si no tiene corazón, nunca será un poeta.

Adivino tu pregunta. «¿Pero qué es eso que llamas corazón? ¿Lo tienes tú, Petronio?» Del corazón puede decirse algo parecido de lo que decíamos del estilo (que es la manera que tiene de manifestarse). El corazón es la fuerza interior, la fuente íntima de donde mana la poesía; el corazón es incompatible con la mezquindad y con la amargura a secas (incluso en sus epigramas más pretendidamente acerbos brilla el radiante corazón de Catulo). ¿Lo tengo yo? Juzga tú mismo: el corazón no intenta demostrar nada, no juzga, no busca conclusiones, tampoco se castiga ni se expone como víctima degollada; el corazón ríe, juega y ama. ¿No dirías que incluso en mi Satiricón late un corazoncito?

¿Y tú? ¿Tienes corazón? Espero comprobarlo pronto. Salud.»

Pasé los días siguientes ordenando, corrigiendo y seleccionando mis escritos. Con el resultado de la selección formé un paquete y se lo envié a Petronio con una carta de pocas líneas: sólo para anunciarle que antes de dos meses, concluidos los trabajos de la vendimia, estaría de nuevo en Roma.

Poco después de la de Petronio recibí carta de Valerio. Se había comprado una casita, decía, modesta pero limpia, alegre e independiente en el barrio del Esquilino, y me proponía que la compartiese con él…si tenía a bien colaborar en el pago de la hipoteca. Acepté. A principios de octubre estaba en Roma.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XIII

Era la voz de mi hermano Paulo. Me llamaba por mi nombre y suplicaba que me levantase: «¡Lucio, levanta, corre, ven a casa, por favor, Lucio, ven!» Pero yo estaba dormido y no podía hacer nada. Oía su voz, su llamada angustiosa, pero no podía moverme. Y luego, con la voz, el sonido de fuertes golpes. «Vamos, Lucio, levanta, ven». Abrí los ojos. Ahora sí estaba despierto. Pero los golpes en la puerta no cesaban, y la voz tampoco: «¡Lucio, levanta, es urgente!» Me levanté y abrí la puerta. Era Eutimio. Había venido con el encargo, con la orden, se diría, de que me levantase inmediatamente; que recogiese todas mis pertenencias y le acompañase a casa de Petronio.

-¿Ha ocurrido algo grave? -pregunté

-No lo sé. Pero el amo ha insistido en que vayas con todas tus cosas, ahora mismo.

-¿Pero has notado si estaba preocupado, inquieto?

-No. Era la imagen misma de la tranquilidad.

¡Qué cosas se me ocurren preguntar! Y de repente, una idea:

-¿Qué día es hoy, Eutimio?

-Diecinueve de abril, el gran día de los Juegos de Ceres. Toda la ciudad está engalanada para la fiesta.

Un temblor, ligero pero incontenible, se apoderó de mí. Mientras me vestía y recogía mis cosas -un poco de ropa y un saco de libros- todas las posibilidades se barajaron confusamente en mi cabeza: ¡ha sucedido! ¡ha sido un éxito! ¡ha fracasado! ¡están buscando a los conspiradores y tenemos que huir! ¡han detenido a Petronio y le han obligado a denunciarme!

-Eutimio, ¿hay alguien más en la casa?

-Sí.

-¿Soldados? ¿Tigelino?

-No, sólo un caballero. Ha llegado al mismo tiempo que mi amo, antes de amanecer, hace un rato.

Salimos. Las calles estaban engalanadas. Grupos de personas se encaminaban alegres hacia el Circo para ocupar los mejores puestos. También nos cruzamos con patrullas de soldados, que iban aumentando en número a medida que nos acercábamos al Capitolio. Cuando lo superamos, aquello ya era un auténtico movimiento de tropas. La ciudad estaba tomada. Era evidente que algo grave había ocurrido.

Eutimio me condujo a la pequeña sala del triclino donde Petronio solía recibir a sus amistades más ilustres. El hombre que le acompañaba era mi tío Silio. Se levantó y me abrazó:

-Lucio, muchacho, nos vamos a casa, ahora mismo.

-¿A Nápoles?

-Sí, escucha, ven, descansa aquí -me cogió del brazo con fuerza-. Tu padre, mi querido hermano está mal, muy mal. Si te he de decir la verdad, no creo que lo veamos…con vida. Esta noche ha llegado un mensajero con carta de tu hermano Paulo. Ni él ni yo sabíamos dónde localizarte. Entonces he pensado que quizá a través de Petronio…

Me senté al borde del lecho. El temblor, que hasta entonces no me había abandonado, dio paso a un escalofrío, y luego mi cuerpo se tranquilizó. Un mundo se me venía abajo. No solo mi padre, con quien siempre había mantenido relaciones distantes; era mucho más lo que desaparecía: el mundo de mi irresponsabilidad. De repente, me había convertido en padre de familia. Allá estaba mi madre, mis hermanas pequeñas, mi hermano Paulo, de 19 años, que me llamaba, que me llamaba…Todos dependían de mí.

-¿Cómo ha sido? -pregunté a mi tío.

-No lo sé bien. Su salud siempre ha sido muy delicada. Pero nadie esperaba unas cosa así, tan repentina. Nos vamos enseguida.

-Insisto en que esperéis un rato, Silio. No podéis emprender el viaje sin tomar nada antes. Aunque marchéis dentro de una hora, tenéis tiempo suficiente para pernoctar por lo menos en Tarracina. Y mañana al mediodía estáis en Nápoles -dijo Petronio, e hizo una señal a uno de los criados que permanecían junto a la puerta.

-De acuerdo, de acuerdo -respondió Silio-, pero tú querrás descansar.

-No te preocupes por mí. No es la primera vez que enlazo la noche con el día sin pasar por la cama. Y hoy hay que estar especialmente despierto. Lucio, dentro de la desgracia no podías haber elegido mejor momento para marchar de Roma.

-¿Ha ocurrido algo? -pregunté, seguro de que Petronio entendería el sentido exacto de la pregunta.

-Sí, ha ocurrido. Anoche detuvieron a Escevino, y esta madrugada a Antonio Natal… Y ahora irán cayendo todos, uno tras otro. Conozco las dotes persuasivas de Tigelino.

-¿Qué es eso? ¿De qué estás hablando? -preguntó Silio.

-De una tragedia que se les ha escapado de la mano a los autores. Había de morir uno y ahora tendrán que morir muchos.

-Explícate, por favor.

-¿No sabes nada? ¿De verdad que no sabes nada? Está claro que la fortuna protege a los inocentes. ¿Nadie te había invitado al festín de Calpurnio Pisón?

-¿Pisón? No, apenas le conozco.

-Eres muy afortunado. ¿Así que no sabías que en el día de hoy Nerón tenía que morir para que el pueblo viviese, o para que otro Nerón viviese, que eso no ha estado nunca muy claro?

-¿Me estás hablando de una conjura, de una conspiración contra el César?

-De eso mismo te estoy hablando.

-¿Y lo sabías? ¿Y tú también lo sabías, Lucio? Pero…¿estáis locos?… Y si lo sabías, ¿por qué no lo has denunciado?

-Las cosas no son tan sencillas, querido Silio -dijo Petronio-. Uno puede disentir de algo, y también de lo contrario.

-No intentes confundirme, Petronio, háblame con claridad. ¿Estás entre los conjurados?

-Para los conjurados, no; para Nerón, es decir, para Tigelino, quizá sí. Ahora tiene una oportunidad magnífica para deshacerse de todo lo que le estorba.

-Pero, si lo sabías y no lo has denunciado, eres tan culpable como el más culpable.

-En efecto, ésa es la lógica de las conspiraciones. Y puesto que somos culpables, comamos y bebamos hasta que el destino decida.

Entraron cuatro criados llevando bandejas repletas de aperitivos muy variados: queso, aceitunas, frutos secos, huevos de gallina y de pavo y vino mielado y agua.

-¿Estás loco, Petronio? -exclamó Silio, visiblemente indignado-. A pesar de la ambigüedad de tu fama nunca dudé que eras un persona sensata. Ahora veo que estaba equivocado. Fue un error confiarte a mi sobrino…Y tú…

-No tienes por qué preocuparte, tío. Petronio se ha portado muy bien conmigo. Sólo le debo favores. Y no es culpa suya si, entre las muchas cosas que he aprendido, había una que no debía saber.

-Me parece que no lo entiendes -dijo Silio, dirigiéndose a Petronio-. Se trata del César, del primer magistrado, del príncipe, del augusto, del padre de la patria, ¿cómo puedes decir que no estás ni a favor ni en contra? ¿Y tú no eras su amigo, su hombre de confianza? ¿A qué extremos de hipocresía, de doblez, de mentira se ha de llegar para jurar amistad a una persona, ¡y nada menos que al César!, mientras se encubre a los que preparan su muerte?

-Tranquilízate, Silio, y come y bebe un poco. Eso que dices debe de ser muy convincente visto desde fuera, y desde luego, resulta conmovedor. Nunca había conocido a un defensor de Nerón…

-Más que de Nerón, de la autoridad.

-Como quieras. Nunca había conocido a un defensor de la autoridad tan ingenuo y noble como tú. Sí, estoy conmovido. Y apenado, porque Nerón no se merece una defensa tan limpia como la tuya.

-No importa si la merece o no. Es el César, es la ley y el orden.

-Sí, es el César, pero es la negación de la ley y la causa primera del desorden.

-Nunca nos entenderemos, Petronio.

-Parece que no. Pero no es necesario entenderse, basta con quererse.

Y Petronio posó su mano derecha sobre la mano izquierda de Silio y se la estrechó con fuerza.

-Eres desconcertante -dijo Silio, mientras se zafaba sin brusquedad de la mano de Petronio-. ¿Y no estás preocupado? ¿No piensas que te puede ocurrir algo? ¿que alguien te puede denunciar?

-Por supuesto que me puede ocurrir algo, por supuesto que alguien me puede denunciar, con motivo o sin motivo. No se ha de montar ninguna conspiración para que eso pueda ocurrir en cualquier momento del día o de la noche. Si uno tuviera que preocuparse por esos detalles, la vida sería un tormento. Y la vida es bella, querido Silio, a pesar de todo la vida es bella. Tienes que ver cómo brotan los ciruelos de Siria que planté en el jardín hace un año, la última vez que nos vimos. Si hay suerte, vivirán y serán muy hermosos, y si no, se convertirán en leña para la cocina. Y todo seguirá igual. Si hay suerte, viviré unos años más entre la belleza del arte y de la amistad y los ejercicios del circo palatino, y si no, me convertiré en ceniza, en tierra para la tierra. Y todo seguirá igual.

La ostensible indignación de Silio de hacía sólo unos instantes había desaparecido. Ahora se dedicaba a devorar higos secos entre breves sorbos de vino.

-Son malos tiempos estos, malos tiempos -dijo-. Nadie está a la altura de su posición, nadie se resigna al papel asignado por los dioses.

-Empezando por los más altos -precisó Petronio.

-Sí, empezando por los más altos. Mira, Petronio, no interpretes mal lo que te voy a decir, ni por un momento supongas que estoy de parte de los conspiradores, pero lo cierto es que un mundo en que el soberano sueña ser actor, los actores quieren ser filósofos y los filósofos desean ser soberanos es un mundo trastocado. Son malos tiempos éstos.

-Si tuviésemos suficiente memoria, si pudiésemos guardar también la memoria real de nuestros antepasados y si fuésemos lo bastante lúcidos como para no confundir nuestra juventud con la juventud del mundo, reconoceríamos que todos los tiempos han sido malos. Nadie, ninguna persona medianamente despierta se ha sentido cómoda en la época que le ha tocado vivir. Pero nos encanta engañarnos. Por lo general, pasado el límite de los cuarenta, sobreviene la nostalgia y empieza uno a inventarse la feliz edad de los veinte. Pero ¿recuerdas de verdad nuestros veinte años? ¿recuerdas que, aparte de las dificultades propias de la edad, que con el tiempo decidimos olvidar, mandaba en Roma no un cantante sino un loco furioso cuyo gran deseo era que entre todos tuviésemos una sola cabeza para poder cortarla de un tajo?

-Pero hubo tiempos mejores, no lo niegues, tiempos en los que, por lo menos, cada cual conocía y asumía su puesto en la sociedad.

-¿Estás seguro? Veamos, tú que dominas la historia como nadie, ayúdame a recordar…¿Qué opinaba el viejo Catón de su tiempo? ¿Y Tiberio Graco del suyo? ¿Y Cicerón del suyo, el inventor del «oh tiempos, oh costumbres» utilizable en cualquier tiempo presente? Entonces, díme tú dónde está, en qué lugar de la historia, individual o colectiva, debemos buscar esa época añorada.

-Virgilio es un ejemplo…

-No nos engañemos, querido Silio. Virgilio es un ejemplo de escritor a sueldo. Un gran poeta, no lo niego, pero un gran poeta muy bien pagado. ¡Qué esperabas que dijese! Ovidio es otro asunto. Él sí creía, desde el fondo de su ingenuidad, que vivía en el mejor de los mundos posibles. Pronto la dura realidad le enseñaría que lo que él imaginaba un cielo apenas velaba un infierno de cárceles, crímenes y destierros.

-Eso es por lo menos una exageración. En todo caso, es un ejemplo de hasta dónde puede llegar el pesimismo epicúreo.

-Si te refieres a un pesimismo social, sí, estoy de acuerdo. Porque de la sociedad no podemos esperar nada. Cada cual ha de aprender a construir su propia ciudad, su propio reino, y hacerlo lo más habitable posible.

-Pero formamos parte de un pueblo -objetó Silio-. Es más, formamos parte de la humanidad, y la humanidad forma parte del orden universal. Es imposible eludir esta realidad. Nadie puede vivir aislado, nadie puede permanecer al margen de la comunidad a que pertenece.

-Me temo que tienes razón, querido Silio. Pero has de tener en cuenta que la opinión que te he expresado es más que una realidad, un deseo.

-Un deseo inalcanzable. Y pernicioso. Alcanzarlo supondría la disolución de la sociedad.

-¿La disolución de la sociedad? ¿qué significa eso? ¿Que ya no se organizarían recitales poéticos? ¿que nadie convocaría concursos de canto? ¿que no se celebrarían juegos de circo? ¿que ya no tendríamos que asistir a ceremonias públicas trasnochadas? ¡Bendita disolución de la sociedad!

-Sí, y que Petronio ya no tendría donde ejercer de árbitro de la elegancia.

-Con lo cual, tal vez, entonces sí, se le caerían todas las máscaras y conocería su verdadero rostro -concluyó Petronio, y levantó su copa-. Bebe, Silio, bebe, Lucio, brindad conmigo. Por que todo se hunda y sólo sobreviva la amistad.

Bebimos, pero no fue aquél un brindis alegre. Por unos instantes un silencio oscuro y espeso se abatió sobre los tres, un silencio que imaginé se iba extendiendo por la casa, por la ciudad, por el mundo y alcanzaba cierto lugar del sur donde tristes figuras enlutadas velaban el cuerpo del hombre que había dado origen a mi vida. Como interpretando mi pensamiento, Silio dijo:

-Y mientras nosotros hablamos, comemos y bebemos, mi hermano agoniza, o quizá ya ha entregado el espíritu. ¡Pero qué le vamos a hacer! Es ley de vida.

-Sí, es ley de vida -dijo Petronio-. Mientras hablamos, comemos y bebemos, siempre hay en algún lugar una persona querida que sufre. No puedo quitarme de la cabeza a Escevino. ¿A qué pruebas estará sometiendo Tigelino su tardío heroísmo?

Y de pronto, se me representó con toda viveza la imagen misma del tormento con sus horribles ministros y herramientas.

-¿Quieres decir…? -empecé a preguntar.

-Sí, quiero decir -me interrumpió Petronio-, pero no es necesario que lo mencionemos. La crueldad humana es una realidad tan espantosa y perdurable que lo único que podemos hacer para vencerla es decidir que no existe. Y si alguna persona querida o nosotros mismos caemos en sus garras, convengamos en darle el nombre de dolor de vientre. Espero que Escevino lo supere pronto, cualquiera que sea el final.

De pronto, abriendo bruscamente la puerta y seguida de Eutimio, entró en la sala una mujer cubierta de velos:

-¡No necesito que nadie me anuncie!

Se acercó, y por un instante se quedó plantada como una estatua delante de Petronio. Luego se descubrió la cabeza. Era Pola.

-Tito Petronio Níger, no vengo a pedirte un favor. Vengo a comunicarte el mensaje de Marco Anneo Lucano. Que Petronio lo sepa, me ha dicho, solo él puede hacer algo.

-¿Qué debo saber, estimada Pola? -preguntó Petronio.

-Hace un rato, el tiempo que he tardado en llegar aquí, unos soldados se han llevado preso a mi marido. No sé si querrás o podrás hacer algo por él. Más bien no tengo ninguna esperanza. Solo he venido a cumplir el deseo de Lucano.

-Quizá pueda hacer algo, quizá no. En todo caso, necesito más información. ¿Sabes el motivo de la detención?

-Tan bien como tú.

-¿Conoces a alguno de los que le han detenido?

-El que los mandaba era el tribuno Subrio Flavo.

-¡Subrio Flavo! ¡Qué absurda coincidencia! ¿no te parece? -exlamó Petronio, dirigiéndose a mí.

Siguiendo su mirada, la de Pola fue a dar en mi persona, cuya presencia al parecer no había advertido hasta entonces. Creí observar que una tenue sonrisa dulcificaba la severa expresión de su rostro.

-Salud, Lucio, no pensé que nos volveríamos a ver en estas circunstancias.

-Hoy es un día aciago para todos -respondí.

-Quédate con nosotros, Pola -dijo Petronio-. En cuanto acabemos, veré lo que puedo hacer. Pero no quiero darte esperanzas. Uno de mis mejores amigos se encuentra en la misma situación y ya he comprobado lo que puedo hacer por él: nada.

-No tengo ninguna esperanza, no te preocupes. Te repito que sólo he venido para cumplir el deseo de Lucano. Y ahora me voy.

Me levanté al momento. Apenas salió de la sala, la alcancé.

-No te vayas. Espera un poco. Yo también he de marchar enseguida.

Ella siguió caminando, y yo a su lado.

-No tengo nada que hacer aquí -dijo, sin mirarme ni detenerse-. ¿Crees que se puede banquetear a estas horas mientras hombres llenos de razón van a parar a la cárcel?

-Es verdad, es verdad -y la cogí del brazo-. Pero espera un momento. Sólo quiero decirte una cosa. Me voy a casa, a Nápoles. Mi padre ha muerto…pero todo lo que siento en este momento es que he de hacer algo por ti, y no sé qué.

Entonces se volvió hacia mí. Sus ojos, claros y tristes, se clavaron en los míos.

-Lo siento.Y no te preocupes. Si Petronio no puede hacer nada…

-Ahora no tengo más remedio que marchar. Mi familia me espera, mi tío ha venido a buscarme. Pero volveré pronto. Te escribiré. Ya verás como todo se arregla. ¿Puedo escribirte?

-Como quieras… No, nada se arreglará. Lucano ya estaba condenado. Solo faltaba la ocasión, el pretexto, y ya lo tienen. Si lo conocieses…un hombre lleno de energía, de ilusiones, de fantasía, de ganas de vivir, un auténtico poeta. Qué absurdo, qué absurdo.

De sus ojos, húmedos, brotaron unas lágrimas. No pude evitar cogerle la mano y estrecharla entre las mías, pero me fue imposible articular una palabra. Entonces, como el sol que de improviso mezcla su luz entre la lluvia, una sonrisa iluminó las lágrimas de su rostro.

-Eres un buen muchacho, Lucio. Pero ten cuidado, mucho cuidado. Piensa que este mundo no está hecho para las buenas personas. Y recuerda que tenemos una conversación pendiente…¿qué dices?

-En este instante solo puedo decir una cosa, y espero que no te ofendas, que no lo interpretes mal…Pola, daría lo que fuese, mi vida entera daría porque solo una de esas lágrimas se hubiese derramado por mí.

-También es por ti, Lucio, también es por ti…

Oí la potente voz de mi tío Silio como si despertase de un sueño:

-¡Lucio! ¿Dónde estás? Nos vamos.

En la puerta Capena, una patrulla de soldados nos dio el alto. Mi tío exigió hablar con el centurión. Cuando éste compareció, Silio se apeó del carruaje. Mientras hablaban, el centurión consultó un par de veces una tablilla que llevaba en la mano.

Pudimos continuar el viaje. Mientras avanzábamos por la vía Apia y el sol se alzaba sobre el horizonte, libre de las brumas matinales, mi tío me comentó:

-Me ha dicho el centurión que todas las puertas de la ciudad están vigiladas, y que se espera la llegada de más tropas. Se rumorea que se van a suspender los Juegos. Esto podría provocar tumultos. Lo que ha consultado era una lista de nombres.

Entonces advertí que pasábamos por delante de la casa de Séneca, donde había estado hacía muy pocos días. Junto a sus puertas, un grupo de soldados, algunos sentados en tierra, hablaban y reían distendidos.

Tal como Petronio había previsto, al anochecer llegamos a Tarracina, y al día siguiente por la tarde estábamos en casa. Mi padre había muerto en la madrugada del día anterior.


(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XII

-Hay un placer sobre el que nada se ha escrito y del que, sin embargo, muchos disfrutan: el peligro -dijo Petronio-. El auriga que conduce su carro a toda velocidad, el marino que se complace en adentrarse en el oleaje más furioso, el soldado que se arriesga más allá de lo ordenado y de lo necesario, todos ésos no buscan en realidad un resultado concreto de su acción, ni siquiera la gloria. Buscan la emoción del peligro, sienten un placer especial en el juego con la muerte. Yo también suelo gustar de ese placer. Y cada vez más. Nerón estuvo anoche especialmente pegajoso. Continuamente exigía que permaneciese a su lado; no dejaba de hablarme, de preguntarme, de pedirme opinión sobre todo. En tales ocasiones, para paliar el tedio propio de la situación, solo compensado por la vista de la expresión de desconsuelo que se le pone a Tigelino, suelo aventurar alguna que otra jugada peligrosa. En esta ocasión empecé hablándole de Séneca.

«Ah, ¿pero aún está vivo?», exclamó. «Mañana recuérdame que piense en él. Solo mentar su nombre puede aguarnos la fiesta.» Luego, me miró con ojos entre inquisitivos y juguetones y preguntó:

«Eres muy amigo suyo, ¿verdad?»

«No, por los dioses», respondí, «no tengo amigos que pueda perder. Por eso sólo me considero gran amigo tuyo, si a ti te place».

«Claro que sí», dijo, deseé que lo bastante alto como para que lo oyera Tigelino, que merodeaba por ahí. «¿Y crees que por ser yo César no me puedes perder?», añadió.

«Solo por tu libre voluntad».

«Tienes razón, tienes razón», afirmó satisfecho. «Nadie tiene poder sobre un dios».

«Sólo el destino», murmuré entre dientes.

«¿Qué has dicho?»

«Que sólo el destino tiene poder sobre los dioses».

«¿Crees tú en el destino?», preguntó, de repente serio.

«No más que en los dioses», contesté con la misma seriedad.

«Es verdad, qué tontería», dijo Nerón, aliviado. «El destino lo hacemos nosotros. Hoy estoy aquí y, si lo decido, mañana puedo estar en Bayas».

«Donde, además, podrías instalarte en la villa de Calpurnio Pisón, que tanto te gusta».

«Sí, es verdad», dijo, «es una casa preciosa, magnífica, más digna del César que de ese pedantuelo de Pisón. ¿Sabes que se cree un gran artista de la música y del canto? Un día de estos voy a retarle».

«Dicen que lo hace muy bien, ¿y si te vence?»

«¿Pisón? ¿vencerme, a mí? ¡Qué ocurrencia!»

«Tiene muchos amigos, y dispuestos a lo que sea», dije, convertido en un auriga enloquecido.

«¿Amigos? ¿Qué quieres decir? ¿Que podrían influir en el jurado?»

«Eso mismo, eso quería decir», afirmé, deteniendo ya la loca carrera.

«Esta noche dices muchas tonterías, Petronio», afirmó Nerón.

Y había de decir muchas más…En un momento dado, aprovechando el lejano parecido de una mujer que andaba por ahí, le pregunté:

«Ésa, ¿no es Epícaris?»

«Imposible. Si te refieres a la amiga de Mela, la tengo a buen recaudo», respondió sin mirarla.

«¿Te dedicas ahora a secuestrar a las amigas de tus amigos?»

«No, sólo la tengo guardada. Hay una acusación contra ella. No se ha podido probar, pero, por si acaso, la tengo bien guardada. Si la acusación es falsa, como supongo, se la devolveré a Mela…un poco desmejorada, claro está», y rió de buena gana moviendo toda la tripa.

«Cuídate, César,» dije con toda la seriedad posible, «yo de tí no me fiaría ni de Tigelino».

«Y de ti, ¿me puedo fiar?», preguntó de repente, mirándome fijamente a los ojos.

«Mi vida depende de la tuya, César magnífico. No sabría cómo desatar ese vínculo tan especial que nos une. Puedes estar seguro que nadie como yo desea que el cielo te conceda toda la suerte que te mereces».

Ahora me había plantado con un solo pie sobre la cuerda floja.

«Ah, si tuviese sólo un amigo más como tú, sería más que un dios, sería el más feliz de los hombres».

¡Alehop! o como sea que digan los equilibristas, peligro superado.

-Reconozco que debe ser emocionante -no pude menos que decir-, ¿pero tanto como para arriesgar la propia vida?

-Es que en eso consiste la emoción. Alguien ha escrito que la vida que no se vive peligrosamente no es vida, sino crecimiento vegetativo, como en las plantas.

-No creo que haya mucha gente que opine así.

-Pero lo practican.

-¿Quieres decir que hay personas que viven peligrosamente sin saberlo?

-Sin poder evitarlo. Para la mayoría, la vida es una lucha continua por sobrevivir. Viven en el peligro porque no tienen más remedio. Sólo las personas de nuestra clase pueden elegir el peligro voluntariamente. Desde la noche de los tiempos, y dejando aparte la mítica e improbable edad de oro, los seres humanos consumen sus cortas vidas luchando por lo esencial: la comida, el sexo, el techo, el abrigo, la seguridad. Todos sus esfuerzos se dirigen a la obtención de algo que, no sé porqué, parece que habría de estar asegurado para todos desde el principio: una existencia sin privaciones ni preocupaciones. Y por conseguirlo, arrostran toda clase de peligros. De manera que sus vidas no tienen más contenido ni sentido que la lucha por la misma vida. Ahora imaginemos que de repente esa inmensa multitud de seres humanos ve colmadas todas sus necesidades. Imagina uno solo de ellos: de pronto lo tiene todo resuelto, alimento, sexo, techo, abrigo y seguridad, y resuelto en abundancia. ¿Qué hará? ¿A qué dedicará su tiempo, antes ocupado al completo en la conquista de lo elemental?…No tienes necesidad de imaginarlo: lo estás viendo todos los días. Nosotros, la casta privilegiada de la humanidad nos burlamos de la abundancia inventando nuevas necesidades, y de la seguridad inventando nuevos peligros.

-Parece entonces que, para el género humano, una existencia sin lucha por la vida no tiene sentido.

-De hecho es así. Piensa en Escevino. De pronto ha descubierto un motivo de lucha que da sentido a su vida. Pero imagina por un momento que sus deseos se cumplen, que la tiranía desaparece, ¿dónde buscará el nuevo norte para su rumbo? No lo sé, pero me temo que solo tendrá dos opciones: sumergirse de nuevo en el vicio y el sinsentido o entronizar otro busto de piedra que le lance hacia nuevos peligros.

-¿Tan difícil es disfrutar de una vida plena y tranquila, una vez satisfechas las necesidades fundamentales?

-Tan difícil. La raza humana no está preparada para disfrutar plenamente de su condición humana, sólo lo está para alcanzarla. Pero en cuanto los hombres la alcanzan, no saben qué hacer. Por abajo, la necesidad empuja; por arriba, el vacío asfixia.

-El vacío, la nada, ¡qué palabras tan espantosas! ¡Y qué reales! -exclamé-. Yo mismo, en plena adolescencia las he experimentado como algo tangible y angustioso… Y continúan ahí, a la vuelta de la esquina, acechando. Séneca, y disculpa la insistencia, ha descrito muy bien ese estado de ánimo, tedio de la vida, lo llama. En cuanto a los remedios que propone, ya los conoces: el acatamiento de la razón divina y, en cualquier caso, la salida voluntaria, «si te place, vive, si no te place, puedes volver al lugar de donde viniste», ha escrito. Pero no me satisfacen. Son remedios negativos. ¿Conoces tú alguno positivo para esa enfermedad?

-Sí conozco. Hay dos, y ambos infalibles. Lo que ocurre es que no todo el mundo está en condiciones de aplicarlos en todo momento. Uno es el amor. El amor irrumpe en la existencia como un sol radiante en medio de la noche. De pronto, todo adquiere luz y color y nos preguntamos cómo pudimos vivir hasta entonces en las tinieblas. Un sentimiento poderoso invade el alma. Es como si todo el universo llegase a nosotros a través de la persona amada. Pensamos en ella, vivimos por ella y quisiéramos fundirnos con ella. Ya ves, ¿qué lugar hay aquí para el sentimiento de vacío y de nada? No puede haber hastío de la vida cuando lo que se celebra es precisamente la ceremonia del misterio de la vida… El otro es el arte, la creación. Cuando uno oficia de demiurgo, de dios creador, cuando las ideas brotan de la mente y ves cómo se van convirtiendo en formas vivas, cuando el mundo que sueñas nace de tu propia alma sin más esfuerzo por tu parte que conducir el carro de las palabras, cuando estás dictando una verdad más alta que la que nos dicta la pequeña realidad de cada día, comprendes que el que habla de vacío y de nada es ajeno por completo a todo ese mundo. ¿La nada?, le dirás, ¿de qué me hablas? La nada sólo existe para el que nada sabe crear.

-Todo eso es muy convincente, pero está claro que tiene el problema que tú mismo has apuntado: nadie puede amar todo el tiempo, nadie puede crear todo el tiempo.

-En efecto. De manera que esos remedios sólo pueden funcionar ocasionalmente, y no para todos. Piensa que hay personas que nunca han conocido ni conocerán la pasión amorosa, y hay muchas más que nunca han conocido ni conocerán el misterio de la creación. Y entre éstas incluyo algunas que escriben poemas de factura perfecta. Éstas niegan que la creación tenga algo de misterioso, que haya algo, llámese inspiración o Musa, que llega al poeta independientemente de su voluntad. Y niegan ese fenómeno porque nunca lo han conocido, igual que los que nunca han amado niegan que exista el amor. Una postura muy subjetiva, ¿no te parece? Es como si alguien que nunca hubiese sufrido fiebre negase la existencia de la fiebre.

-Pero entonces, estamos como antes, prácticamente no hay remedio.

-Para el hombre lúcido, no, no hay remedio, excepto cuando precariamente se instala en el arte o en el amor. Conviene por tanto no ser lúcido, cosa que la mayoría de los mortales alcanza sin ninguna dificultad. Conviene apegarse a las cosas de cada día, a los pequeños placeres y las pequeñas ilusiones, no mirar ni muy lejos ni muy arriba ni muy adentro, jugar con los objetos cotidianos, limitar el territorio, negar el cielo y los infiernos por más que los llevemos dentro, hacer de la vida un saloncito de estar donde cada cosa esté en su sitio, protegiéndonos de la tentación de lo infinito, ser profundamente mediocres.

-Pero es un panorama bastante desolador, y casi diría que indigno del ser humano. Más bien parece propio de un animal de granja.

-Sí, es como si no hubiera más alternativa: hombre desgraciado o cerdo satisfecho.

-Sin embargo, creo que debe de existir un punto de equilibrio no imposible de alcanzar. Tú mismo das la impresión de haberlo alcanzado.

-Ése es el principal objetivo de mi vida. Si produzco la impresión de haberlo alcanzado, me doy por satisfecho. Así que pasemos a otro tema.

De pronto, no supe qué decir, ni mucho menos qué nuevo tema apuntar. Tras unos instantes de silencio, opté por lo más trivial y al mismo tiempo más peligroso.

-De lo que antes me has contado deduzco que Nerón no imagina nada de la conspiración.

-Nada en absoluto. Y es extraordinario, habiendo tanta gente implicada.

-¿Ni Tigelino tampoco?

-Eso no es tan seguro. Quizá le esté preparando a su amo la sorpresa de descubrirla y aplastarla en un día. De hecho, tienen a Epícaris. Pero ya ha pasado tiempo desde su detención, lo que quiere decir que o no tiene nada que ver con el asunto o sabe callar como nadie.

-¿Conoces los detalles del plan? -dije, consciente de que, con preguntar, no perdía nada.

-Tal como se habían fijado hace cosa de un mes sí, aunque ignoro los nombres de la mayoría de los implicados. De hecho, lo de Epícaris fue una sorpresa para mí, si es que en realidad tiene algo que ver, y no digamos ya lo de Escevino, y lo de los militares… El plan tendría, o tiene, que ejecutarse con ocasión de la fiesta principal de los Juegos de Ceres, es decir, pasado mañana, y su diseño y desarrollo es un buen ejemplo de lo bajo que ha caído la literatura en nuestros días.

-¿La literatura has dicho?

-Sí, he dicho la literatura. ¿O debiera decir el teatro? Amigo, ya no hay ideas nuevas. Recordarás aquella tragedia que tuvo lugar en la sala anexa del Teatro de Pompeyo en los Idus de marzo del año del último consulado de Julio César. En ella, los actores rodean al tirano para alabarle o pedirle gracias hasta que, de pronto, uno de ellos lo coge de la toga y tira con fuerza. Es la señal para que todos se precipiten sobre la víctima con sus espadas y puñales… Pues bien, la función que piensa dar la compañía de Pisón es un simple calco de aquella tragedia. En ésta, Laterano hará de Címber, Seneción hará de Casca, o quizá Escevino, y así, cada uno se asignará un papel de acuerdo con la máscara elegida. ¿Qué te parece?

-No sé, desde el punto de vista estético me repugna comparar a Nerón con Julio César, o a Escevino con Bruto.

-No, en este caso, Bruto será Pisón. Pero es igual, tienes razón. La grandeza de una obra de arte está en su cualidad de irrepetible, y la muerte de Julio César es una de las obras de arte más grandes de la historia. Los caracteres de los conjurados y sus relaciones mutuas, el ritmo de la acción, el clima de tensión creciente que finalmente estalla en el momento crítico, y ese mismo momento, con la víctima acosada que va a dar finalmente a los pies de la estatua de su antiguo enemigo-amigo, y el carácter ritual del homicidio colectivo, como si todos hubiesen de participar por igual de la sangre de la víctima, misteriosamente dotada de propiedades salvíficas, misterio que arranca ya de la cena de la víspera, cuando el que ha de morir se despide de sus amigos compartiendo con ellos la comida y el vino. La muerte de César es quizá el eje central de la historia, el paradigma de todos los homicidios sagrados. Es la muerte que se da al padre por la libertad individual, es la muerte que se da al rey por la libertad colectiva, es la muerte que la naturaleza impone para perpetuar la vida. La muerte de César pide a gritos un gran artista de la tragedia que la instaure de una vez por todas como obra de arte, rescatándola de las vagas sombras de la memoria de lo real. Y lo tendrá, claro que lo tendrá… Ahora, imagina todo eso interpretado por la compañía teatral de Pisón: músicos mediocres, mariquitas histéricas, poetas chiflados, intentando sostener sus aceros de lujo para meterlos entre las adiposidades de un cerdito bien cebado, de chillidos insoportables.. ¿Entiendes ahora por qué le dije a Escevino que lo peor del plan es que está mal escrito?

– Lo entiendo muy bien, y comparto por completo tu opinión. Creo que un acto importante, transcendente, ha de revestirse siempre de cierta grandeza.

-En efecto, aun cuando los protagonistas no sean conscientes. Si un hecho es realmente grande, por fuerza será bello. En el fondo no es más que una cuestión de estilo.

-¿Como en la literatura?

-Sí, como en la literatura. A veces, me preguntan cuáles son las técnicas para conseguir un estilo bello y elegante. Y siempre respondo lo mismo: que las técnicas sólo sirven para resolver cuestiones de detalle y que eso se aprende, naturalmente, pero que el estilo no se aprende ni se puede enseñar; el estilo es una cualidad del carácter, una especie de música que la persona desprende tanto en su vida como en su obra. Dicho de otra manera, un escritor de alma mezquina nunca tendrá nobleza en su estilo. Esto es algo que ninguna técnica, antigua o futura, podrá nunca arreglar. 

-¿Puedo deducir entonces que tus razones para rechazar la conspiración son exclusivamente de orden estético?

-Puedes.

-¿Y no crees que un asunto que afecta a valores como la libertad o la dignidad se tendría que considerar desde un punto de vista ético?

-El punto de vista ético nos da una visión limitada del ser humano.

-¿Quieres decir que la estética es superior a la ética?

-Sí, porque la estética contiene a la ética, pero la ética no contiene a la estética. 


(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO VI

Por diversas circunstancias pasaron varios días entre aquella entrevista y la posibilidad de la siguiente. Dada la naturaleza de las confidencias de que había sido depositario, había sobradas razones para pensar que quizá Petronio se había arrepentido de su inesperada franqueza. Pero yo no lo creía. El modo en que empezó a desarrollarse la conversación siguiente me dio la razón. Como le hubiera manifestado el deseo de que comentase alguna de sus obras, me preguntó:

-¿Qué has leído?

-Toda la poesía que he podido: los poemas a Marcia, los de Nealce y algunos otros que circulan dispersos. De los relatos, Albucia y…

-Y Satiricón, supongo.

-Sí, Satiricón también -dije con forzada naturalidad.

-Te debo una explicación -dijo Petronio-. Pero primero de todo has de saber que esa obra ni siquiera está terminada. Cuando aún no había decidido acabarla, la di a leer a algunos amigos. Alguien hizo una copia, que otros reprodujeron y que rápidamente se multiplicaron. Como sabes, tuvo bastante éxito. Alguien le comentó a Nerón que la obra era una sátira de su persona, enmascarada bajo el personaje de Trimalción. Nerón, que la había leído, juró por los dioses que condenaría al autor por lesa majestad. Dado que en algunas copias aparecía el nombre del supuesto autor, me pidió explicaciones. Yo tenía dos caminos para defenderme: negar que la obra fuese mía o negar que Trimalción representase al César. Para mayor seguridad seguí los dos. Apelando a la inteligencia crítica de Nerón, que previamente me encargué de valorar y ensalzar, le conduje por una serie de análisis lingüísticos, sintácticos y semánticos del texto hasta llegar a la conclusión necesaria de que el autor de Euscio, de Albucia y de tantos poemas exquisitos que él muy bien conocía no podía ser de ningún modo el grosero autor de Satiricón. Mucho más fácil fue convencerle de que sólo un cretino buscador de querellas podía ver alguna relación entre el burdo liberto Trimalción y el refinado César Nerón. No obstante, antes de mostrar su total convencimiento, me pidió que le jurase por Júpiter que yo no había escrito aquel engendro. Naturalmente que lo juré. Entre un Júpiter problemático y un César de carne y hueso la elección es muy sencilla.

-No sé cómo expresarte mi agradecimiento por la confianza…

-No hay nada que agradecer -me interrumpió, tajante-. Tú ya estabas convencido de que el autor era yo. Pero ¿no pensaste ni por un momento que podía tratarse de una obra apócrifa, de una falsificación? Por una parte, desde que zanjé el asunto con Nerón, hace de eso más de dos años, ha aparecido algún estudio que trata de demostrar la falsedad de la autoría atribuida, y por cierto con métodos parecidos a los que yo había utilizado ante el mismo Nerón. Por otra parte, no me negarás que Satiricón apenas tiene nada que ver con el resto de mi obra.

-Nunca dudé de que tú eras el autor. A pesar de las diferencias de forma y de contenido, para mí está muy claro que todas tus obras tienen un rasgo común, inconfundible.

-¿Y cuál es, si puede saberse?

-El sello de un genio profundamente libre.

-Es muy halagador eso que dices, muy amable por tu parte, sí, muy amable. Siempre pensé que habías de ser un alumno muy aprovechado.

Estas palabras me hirieron en lo más hondo. No tuve más remedio que expresar mi protesta:

-Me duele eso que has dicho. Sabes que soy totalmente sincero.

-Lo sé, y que eres totalmente ingenuo también. ¿No entiendes una broma?

-Lo siento -dije, algo avergonzado.

-Pero vayamos a lo nuestro -prosiguió Petronio-. ¿Cuál es la principal diferencia que ves entre Satiricón y las demás obras?

-El tema, es decir, la falta de tema, de un argumento definido. En Euscio vemos cómo un joven sin recursos va superando todas las dificultades que le presenta la vida hasta convertirse en un auténtico sabio; es la historia de un aprendizaje. En Albucia es una mujer la que ha de luchar contra falsos amigos y pícaros abogados y jueces para defender su situación de viuda, es decir, su libertad. Pero en Satiricón

Dudé unos instantes.

-Sí, en Satiricón ¿qué vemos? -preguntó Petronio.

-No sé…una serie de escenas a través de las cuales unos jóvenes van avanzando a trompicones, aparentemente perseguidos por una maldición, pero avanzando hacia ninguna parte.

-Deduzco que no te ha gustado.

-No, al contrario. Te lo dije el primer día. El perfecto dibujo de las situaciones, la calidad del lenguaje, tan genialmente adaptado a cada personaje, la gracia de las historias intercaladas, todo en conjunto me parece genial…y quizá superior al resto de tu obra. Pero…

-Pero echas a faltar una dirección, un sentido ¿no es eso?

-Sí, eso es. Quizá se deba al hecho de que no esté terminada. Seguramente el final había de traer alguna luz.

-No lo creas. Ignoro el final tanto como tú. Es más, estoy convencido que no tiene más final que el que conoces.

-¡Pero es que no acaba de ninguna manera!

-¿Y cómo crees que acaban las historias de la vida? Aparte de la muerte, no existe nunca un final. ¿O crees que la vida es como aquellas fábulas griegas que indefectiblemente acaban en boda? Para empezar, el matrimonio no es nunca un final, sino un principio. Y como el matrimonio, todo: el hallazgo de un tesoro, el rencuentro de padre e hijo, la conquista de un reino, todo eso son principios, no finales, por más que ciertos fabulistas intenten convencernos de lo contrario.

-En eso estoy de acuerdo, en la vida real es tal como dices: excepto el nacimiento y la muerte no hay principios ni finales. ¿Pero en el arte también? Creo recordar que dijiste que la misión del arte consiste en poner orden en la materia caótica de la realidad.

-No exactamente. Quizá me expresé mal. La misión del arte, como tu dices, consiste en crear un orden distinto del caos de la realidad. Pero, como ha de tomar sus materiales de la misma realidad, ese orden distinto podrá también tener la apariencia de caos. Pero sólo la apariencia. Mira, la diferencia esencial entre el arte y la vida no está en el contenido, que puede ser el mismo. La diferencia está en que la obra de arte ya tiene por sí misma unos límites, es algo definido, objetivo y, en algunos casos, imperecedero, inmortal, mientras que la vida es inapresable, indefinible, subjetiva y siempre perecedera, mortal.

-Según eso, las andanzas de Encolpio y Ascilto y todos los demás podrían verse como una serie de cuadros o escenas de la vida cotidiana, sin que necesariamente exista una relación lógica entre ellas.

-Sí y no. Alguna relación sí que existe. Pero es evidente que lo que importa no es el hilo de la historia, sino los caracteres de los personajes y de las situaciones.

-¿Tiene algo de ti el personaje de Encolpio?

-Encolpio y Ascilto y Eumolpo, todos tienen algo de mí. En el tipo de literatura que yo cultivo cada personaje habla desde el fondo del autor o, dicho de otra manera, si el autor no se imagina, no cree ser el personaje que habla, difícilmente logrará plasmar algo creíble. Pero he de confesar que Encolpio sí tiene mucho de mí. Sí, yo fui una especie de Encolpio en una época de mi juventud, desorientado, vacilante, con una instrucción muy superior a la normal y sin embargo braceando estúpidamente en medio de un mundo zafio y sin sentido.

-¿Y perseguido también por una maldición?

-Perseguido también por una maldición…Pero no la impotencia física precisamente, sino otra más grave…Hasta los treinta años fui incapaz de escribir, de crear algo convincente para mí mismo.

-Esa edad deberías tener cuando escribiste Euscio.

-En efecto, y la historia de Euscio guarda también algunas semejanzas con la mía…excepto, quizá, en el final feliz.

De nuevo la nube oscura pasó rápidamente sobre el rostro de Petronio.

-A veces hablas como si tuvieses el presentimiento de que algo grave te puede ocurrir en cualquier momento. ¿Tiene eso que ver con lo que contabas el otro día de tu lucha con Tigelino?

De pronto un gran alboroto de voces y pasos llegó desde algún lugar de la casa. Petronio pareció no enterarse.

-De Tigelino mejor no hablar -dijo-. ¿Sabes qué es lo peor de todo eso?

Las voces y las firmes pisadas de un grupo de hombre se hicieron ensordecedoras, hasta que las puertas del gabinete se abrieron de un brusco golpe. Cuatro soldados armados con lanzas entraron, dejando paso a un quinto hombre. Éste, de coraza reluciente y espada al cinto, arrastraba de la oreja al portero.

-Petronio -dijo el individuo-, debes enseñar a esta basura a reconocer y respetar a la autoridad. Si fuera mío, ya se le habrían caído las orejas. ¡Fuera! – y soltó al portero, que desapareció al instante.

-Tigelino -dijo Petronio- ¿cómo podía imaginar que ibas a honrar mi casa sin anunciar tu visita?

-No era necesario. Vengo a verte como amigo.

-Nunca pensé que pudieras hacerlo como enemigo.

-Ya me entiendes. Como jefe de la guardia podía haber requerido tu presencia por medio de unos soldados. Pero somos amigos, ¿no es eso? Vamos en el mismo barco, tenemos intereses comunes, ¿no es eso?

-Será mejor que nos sentemos -dijo Petronio, señalando el banco del que nos acabábamos de levantar.

-No, gracias -dijo Tigelino, suavizando un poco el tono imperioso de voz-. Voy al grano. Se ha abierto una investigación sobre un asunto muy grave y he de hacerte unas preguntas.

-¿Quieres decir que el caso tiene que ver conmigo? ¡Por Hércules, ya lo imagino! El César está descontento con el decorado que le recomendé para la representación del otro día…¿No? -prosiguió Petronio ante el rostro impasible de Tigelino-. La estatuilla griega que le regalé ha resultado falsa…¿Tampoco?…Vamos a ver, vamos a ver. ¡Ya está!…

-No estoy para bromas -dijo finalmente Tigelino-. Voy a hacerte una pregunta y espero que me digas la verdad. Hace unos días se detuvo a Epícaris. Pues bien, sé con toda seguridad que inmediatamente después de su detención un esclavo de su casa vino corriendo hasta aquí. La pregunta es ¿para qué vino? ¿qué relaciones tienes tú con Epícaris?

-Ninguna, te lo aseguro. Aunque reconozco que Epícaris es bella, no responde en absoluto a mi tipo de mujer…Sí, ya sé, ya sé que éste no es el tema que te interesa.

-En efecto -dijo Tigelino, que llevaba un tiempo increíble sin pestañear-. Te he hecho una pregunta. ¿Y?

-Y muy bien por cierto. La verdad es que estoy admirado de tu arte interrogatoria. Porque en este momento no sé si preguntas lo que no sabes o si sabes lo que no preguntas. Aunque creo que en realidad sabes más de lo que preguntas. Para concretar, estoy seguro que el mismo individuo que te informó de la visita de ese emisario a esta casa te informó también de que en esta casa estaba otra persona íntimamente relacionada con Epícaris. Y sabes también que el esclavo en cuestión no vino directamente aquí, sino que primero fue a casa de aquella otra persona, donde le informaron que se hallaba aquí.

-Eso no responde a mi pregunta.

-Bien. Procuraré ser tan directo como tú. No tengo ni he tenido ninguna relación con Epícaris, no conozco ni me importa el motivo de su detención, pero tú sí conoces y te debe importar que el César ve con muy malos ojos a quienes molestan a sus amigos íntimos. Y yo soy, recuérdalo, el amigo más íntimo de Nerón… Y me estás molestando.

El tono de voz de Petronio había adquirido una dureza desconocida hasta entonces para mí.

-Yo también soy su amigo -dijo Tigelino, súbitamente descabalgado de su soberbia.

-Te equivocas, Tigelino, no eres su amigo ni lo serás nunca. Sólo eres su guardián, su perro guardián, para decirlo con una metáfora bastante inocente. El César es un hombre delicado, culto, sensible, exquisito, y como tal, ama sólo el lado bueno y amable de la vida, y ése es el lado que yo le muestro siempre. Tú, en cambio, por obligación y también por vocación, le muestras siempre el lado feo, el lado horroroso de las intrigas, las traiciones y los crímenes. Te tolera porque cree que tiene necesidad de ti. Pero, por favor, no le insultes llamándote su amigo.

En un instante el rostro de Tigelino pasó del blanco cerúleo al rojo encendido.

-Te crees muy listo -dijo finalmente-, pero no te confíes. Algún día alguien le abrirá los ojos a Nerón y entonces toda tu listeza no te servirá de nada. Y eso está al caer. Los traidores tienen los días contados.

-No sólo los traidores. Todos tenemos los días contados. Y nadie puede decir cuántos le quedan. Ni siquiera tú. Hazme un favor, Tigelino, vete a buscar traidores a otra parte. Y cuida de que el César no caiga en la cuenta de quién es el principal de los traidores. ¿Quieres que yo te lo diga? El que le impide gozar de la vida placentera que él tanto ama, el que le atemoriza día y noche con inventos de fantasmas y conjuras, el que continuamente le amarga la existencia, ése es el más grande de todos los traidores. No te confíes, Tigelino. Algún día alguien le abrirá los ojos a Nerón y entonces todas tus habilidades de sabueso no te servirán de nada. Y eso está al caer.

Cuando, tras este intercambio de amenazas, Tigelino y sus hombres nos dejaron solos, a Petronio le faltó tiempo para decir:

-Ya ves. Al fin ha habido una declaración formal de guerra. A partir de ahora, los acontecimientos se precipitarán. Ya nada será como antes. Aquí tienes un ejemplo de la suma importancia de las formas en las relaciones humanas. Antes de esta escena yo pensaba de Tigelino lo mismo que le he dicho, y él lo sabía, y él pensaba de mí lo mismo que me ha dicho, y yo lo sabía. Y sin embargo nuestras relaciones eran correctas. A partir de los excesos verbales de hoy, nuestras relaciones ya no podrán ser las mismas.

-Ya lo imagino… Yo me he sentido violentísimo. No sabía si debía salir o no. Y lo que más nervioso me ha puesto ha sido el hecho de que Tigelino ni siquiera haya reparado en mi presencia. Creo que no me ha mirado ni un sólo instante.

-Te equivocas. Precisamente de esa actitud hemos de deducir que sabe perfectamente quién eres y lo que haces en esta casa. Se ha de reconocer que es un sabueso genial. Lo malo es que es el único sabueso, que yo sepa, que pretende tener encadenado a su amo.

-Ha sido todo tan desagradable. Para empezar esa terrible entrada arrastrando al pobre portero de una oreja.

-De pobre, nada. Voy a ordenar que lo vendan al primer mercader que se comprometa a sacarlo de Italia hoy mismo.

-No lo entiendo. ¿Qué esperabas que hiciese?

-¿No lo entiendes? Pues ahora te lo explico. Y fíjate bien cómo a través de un proceso de deducción lógica se puede descubrir una verdad oculta. Primero: ningún esclavo, sea portero, sea mayordomo y tenga las órdenes que tenga se atreve a oponer la menor resistencia a una patrulla de soldados, y menos si van mandados por el mismo Tigelino, y sin embargo ya has oído el estruendo que han armado hasta llegar aquí. Segundo: Tigelino pertenece a esa clase de amos que creen que cualquier contacto físico, o incluso verbal, con los esclavos les contamina; sé con seguridad que es incapaz de tocar a un esclavo con un dedo, y sin embargo los dos hemos visto cómo agarraba la oreja del portero con toda la mano. ¿Qué se deduce de todo esto?

-¿Crees que ha sido…?

-Una comedia. En efecto, ha sido una comedia, un burdo montaje para intentar demostrar que entre el portero y Tigelino no puede existir ninguna relación, para eliminar cualquier sospecha en este sentido por mi parte. Pero al excederse en la dosis de ficción la comedia ha resultado increíble y, además, ha revelado precisamente lo que pretendía ocultar: que hay una relación entre el portero y Tigelino, que el portero no es más que uno de sus numerosos espías a sueldo, que fue él quien le informó de la visita del esclavo de Epícaris y vete a saber de cuántas cosas más.

-Veo que hay que tener mil ojos para sobrevivir en este mundo.

-No lo sabes bien, amigo Lucio, no lo sabes bien.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO V

-He estado pensando en lo que hablamos ayer -dije a Petronio el día siguiente-, eso de que las personas mienten sobre sí mismas, que se engañan y engañan sobre su pasado. ¿A qué crees que obedece esa conducta?

-No lo sé con certeza -respondió Petronio-. Pero lo imagino. Toda persona desea ofrecer una imagen de sí misma lo más favorable posible. Y si en esa tarea se encuentra con dificultades, procura evitarlas. Ocurre como con el aspecto físico: se utilizan cosméticos para ocultar las huellas que el tiempo deja en el cuerpo. Y me parece bien. El triunfo del arte sobre la naturaleza es el triunfo del espíritu humano…siempre que los resultados sean correctos. Porque, si no, la situación no sólo no mejora sino que empeora. De una persona que abusa ostensiblemente de los cosméticos llegamos a pensar que es más vieja y ajada de lo que en realidad es. De la misma manera, de alguien que miente sobre sí mismo con descaro, es decir, sin tacto ni prudencia, llegamos a pensar que no merece ningún crédito ni consideración.

-¿Y por qué crees que todo el mundo desea ofrecer la imagen más favorable posible? ¿Tan importante es el juicio de los demás?

-Excepto para el sabio, es lo más importante. Pero no el juicio precisamente, sino algo más esencial. ¿Cuál crees tú que es la fuerza que mantiene unido el universo?

-No sé…desde el punto de vista de la filosofía platónica, diría que el amor.

-El amor, sí, tanto si recurrimos a Platón como si no. El amor es el motor del universo. Las mutuas atracciones de los astros y de todos los cuerpos han formado este mundo y lo mantienen vivo. Otro asunto es el porqué y el para qué, preguntas que no tienen respuesta, a no ser que también nos engañemos sobre esto. Lo confesemos o no, todos aspiramos a amar y, sobre todo, a ser amados. Sí, queremos ser amados, o por lo menos, apreciados, elogiados, ensalzados, incluso temidos, y somos capaces de cualquier cosa por conseguirlo. Pero no siempre se consigue. A veces, ni siquiera los amores más próximos y que parecen más obvios. Y entonces las consecuencias pueden ser desastrosas. Piensa que la madre que niega el amor a su hijo está creando un monstruo. Siempre. Yo sé algo de eso.

-¿Piensas en alguien en concreto?

-Sí -respondió Petronio-, y tú también.

Era inevitable. Hacía unos años que las tormentosas relaciones entre Nerón y su madre habían concluido con la muerte de Agripina, ordenada por su propio hijo bajo la acusación de conspiración. Desde entonces, las extravagancias, arbitrariedades y crueldades de Nerón no habían dejado de crecer, al menos en boca del pueblo, que no tenía otra materia de opinión que lo que le llegaba de las altas esferas de la sociedad, círculo exclusivo en que se movía la crueldad del príncipe. Hasta que esa crueldad se hizo patente a los ojos de todos con ocasión de la persecución y castigo de los supuestos incendiarios. Porque es el caso que unos hombres tan odiados y odiosos como los seguidores del judío Cristo habían sido castigados con una crueldad tan gratuita, excesiva y sanguinaria que llegaron a ganarse la compasión de muchos, al mismo tiempo que el bestial castigo despertó en el pueblo el recelo ante la larga mano criminal del tirano, que no se contentaba ya con víctimas senatoriales o ecuestres. ¿Cómo no ver en las palabras de Petronio una alusión a la extraña relación que siempre había existido entre la Agripina insensible, ambiciosa e intrigante y su hijo Nerón, despreciado peón de la ambición materna hasta que con sus propios excesos logró superar los peores excesos de la madre? Pero sabía que no podía hablar de ello. Petronio no me lo permitiría. Buscaba la manera de sortear el escollo, cuando él mismo acudió en mi ayuda:

-Sí, amigo, todos queremos ser amados, pero pocos saben cómo conseguirlo.

-No hay ninguna receta mágica, supongo.

-Mágica no, pero alguna receta sí que hay. Claro está que lo que con ella se obtiene es sólo un sucedáneo del amor, pero en las relaciones sociales funciona de maravilla.

-Te refieres a…

-La amabilidad.

-¿Quieres decir la cortesía, la urbanidad?

-No. He dicho la amabilidad. La cortesía consiste en la aplicación de unas normas comúnmente admitidas para vivir en sociedad. Pero esa aplicación puede ser fría, distante, incluso hostil. O algunas de esas normas pueden ser absurdas. Piensa en la que dictó el César Claudio admitiendo la emisión de ventosidades en sociedad. Es un ejemplo, por reducción al absurdo, de cómo algo aceptado por las reglas de urbanidad puede resultar nada amable.

-¿En qué consiste entonces la amabilidad?

-La amabilidad consiste en tratar a las personas como te gustaría que te tratasen a ti. En este precepto se resumen todos los demás.

-Ya entiendo. Pero me gustaría, si no te importa, que lo desarrollases. En otras palabras: qué he de hacer y qué no he de hacer para ser amable.

-Lo primero es escuchar. Esto es lo fundamental y lo más difícil. Sólo los niños prendados por relatos maravillosos o los mayores encandilados por obra del arte escuchan de verdad. Pero en general no escuchamos, no sabemos escuchar. Mientras el otro habla, pensamos ya en lo que vamos a decir o vagamos con la mente por lejanas regiones. Y esa concentración o esa lejanía se reflejan en la mirada, y el otro sabe que no le escuchamos, que no nos importa. Lo segundo consiste precisamente en otorgar al otro toda la importancia que cree merecer o incluso más, si se trata de alguien que se infravalora, y darle a entender que los asuntos que le importan a nosotros también nos interesan, al menos en cuanto a él le importan. Uno ha de acordarse siempre de hacer alguna pregunta relacionada con el tema que más interesa al otro…

-Perdona, pero esto ¿no puede dar pie a que los pelmazos de que hablabas el otro día aprovechen la ocasión para martirizarnos a placer?

-Naturalmente, pero es que en todo momento hay que mantener el dominio de la situación. Los posibles inconvenientes de la amabilidad y sus antídotos…eso ya sería materia de otra charla.

-Imagino que todo eso es muy adecuado para tratar con personas de igual o superior categoría, pero que con los inferiores no debe de ser tan importante.

-No lo creas. Con los inferiores también, en la debida proporción. Piensa que la amabilidad de que te hablo es más que nada una disposición del ánimo, que ni se puede ni se debe variar a cada instante, y que si con la amabilidad puedes obtener una gracia o un favor de una persona distinguida, con la amabilidad adecuada al caso puedes lograr de un inferior que te haga de buen grado, o sea bien, lo que de otra manera te haría de mala gana, o sea mal. La amabilidad consiste en saber transmitir al otro que él es muy importante para nosotros, que lo valoramos como se merece, que de alguna manera le amamos. Y es esa chispa de amor la que enciende la buena disposición del otro, y puede incluso obrar maravillas.

-Nunca había pensado que las personas fuesen tan…como lo diría…tan influenciables, tan susceptibles de ser conducidas, de ser manipuladas.

-Tan deseosas de ser engañadas, puedes decir -concluyó Petronio-, esa es la palabra. Los hombres quieren ser engañados, sí, quieren, a cualquier precio, que les digan lo que desean oír. Y cuando esto ocurre ni por un instante suelen considerar la posibilidad de que su interlocutor esté fingiendo. Piensa que la adulación es un arma infalible. Sólo el muy sabio puede defenderse de ella.

-Se me ocurre ahora -dije, sin meditar la conveniencia o no de comunicar aquel hallazgo repentino- que el hombre que como tú conoce y domina el arte de la amabilidad o, visto en su aspecto menos noble, de la adulación está en condiciones de dominar el mundo. Nada se le puede resistir.

-No lo creas. No sólo yo conozco ese arte. En ciertos ambientes muchas personas lo conocen tan bien o mejor que yo. Y ocurre entonces que el poderoso al que se pretende influir se ve sometido a la presión de fuerzas contrarias, con el resultado de que su reacción será casi siempre imprevisible.

-Pero si el poderoso al que se pretende influir -dije, adentrándome decididamente por un terreno que sabía prohibido- tiene ante sí un hombre como Petronio, difícilmente podrá seguir otra influencia o consejo.

-Te equivocas -respondió Petronio-. ¿Has oído hablar de Tigelino?

-Naturalmente. Te refieres al jefe de la guardia pretoriana. De él depende la seguridad de Nerón, ¿no es eso?

– Sí, y no sólo la seguridad. Tigelino practica una adulación que yo no sabría nunca practicar. Mi amabilidad, o adulación, va siempre por el lado estético. Si Nerón se cree un gran artista, ¿por qué habría de contradecirle? Después de todo, como cantante no lo hace tan mal. Como poeta ya es otro asunto. ¿Pero crees que vale la pena arriesgar la felicidad del que tutela nuestra felicidad por un supuesto juicio honrado, que a la postre será tan relativo como todo juicio estético? No, por Hércules. Si vieses la expresión del rostro de Nerón cuando se le aclama como al más grande de los artistas, comprenderías que de ese estado de ánimo sólo pueden resultar beneficios para el pueblo. ¿Por qué entonces negarse a algo que ha de ser beneficioso para todos, excepto para sus competidores artísticos, claro está?

No salía de mi asombro. Finalmente Petronio me había admitido en el territorio hasta entonces reservado de sus relaciones con el poder. No cabía de felicidad. No sólo por la curiosidad satisfecha, sino sobre todo porque, a partir de aquél momento, podía considerarme su confidente, es decir, sin lugar a dudas, su amigo. Pero no quería que aquel inicio de confesión se quedase en un simple cabo suelto.

-¿Y qué clase de adulación practica Tigelino? -aventuré, como quien pregunta lo más natural del mundo.

-La más baja que te puedas imaginar. Por un lado, le imbuye la idea de que, como César, es un dios todopoderoso, un dios viviente al que todo le está permitido.

-¿Hasta el crimen?

-Hasta el crimen. Ésa es según Tigelino la característica principal de la divinidad. Pero, por otra parte, no deja de atemorizarle con la supuesta existencia de fantásticos o quizás reales enemigos que se proponen acabar con él, y de intentar demostrarle que sólo él, Ofonio Tigelino, está en condiciones de protegerle de las asechanzas de sus enemigos.

-Pero eso es contradictorio -observé-. ¿Cómo un dios todopoderoso puede vivir continuamente atemorizado por sus supuestos enemigos y, sobre todo, cómo puede depender su seguridad de un simple adulador?

-Todo lo contradictorio que quieras -dijo Petronio-, pero es así. Tigelino halaga la soberbia de Nerón al mismo tiempo que cultiva su miedo. Es su manera de hacerse imprescindible. Como comprenderás, mis armas y las suyas nada tienen que ver. Los campos en que nos movemos son también distintos…Pero un día podemos coincidir, y entonces…

-¿Y entonces?

-Entonces todo habrá acabado.

Fue como si una nube pasase por un instante sobre el rostro de Petronio.

-Pero quién sabe lo que nos reserva el futuro -dijo, iluminado de nuevo el rostro por una sonrisa radiante-. Sólo el presente importa; la lucha de todos los días, la inútil lucha de cada día.

-Quizá sea cosa de tu amabilidad innata -no pude menos que decir ante su cara de felicidad-, pero no deja de sorprenderme esa capacidad tuya de enunciar las sentencias más terribles con la alegría que suele reservarse para las buenas noticias. ¿Crees realmente que es inútil la lucha de cada día?

-La que se dedica a la intriga por el poder, sí. Porque siempre acaba mal.

-La verdad es que no te imagino intrigando por el poder.

-Yo tampoco. Pero a veces la vida te coloca en situaciones que no tienes más remedio que aceptar y sobrellevar, con todas sus consecuencias.

-¿No se puede abandonar?

-No, no se puede. Pregúntaselo a Séneca. Él ha decidido abandonar y en este momento nadie da un as por su vida.

-Disculpa, Petronio, pero imagino que, después de todo lo que me has dicho, no te extrañará que te haga esta pregunta: ¿es realmente Nerón un monstruo?

-En cierto modo sí, pero no es culpa suya. Una persona joven, débil, inmadura, que tiene todo el poder, forzosamente ha de ser un monstruo. Quiero decir que el monstruo no lo ha creado él mismo, sino el sistema.

-¿El sistema?

-Sí, el régimen político inaugurado por Julio César, que permite que todo el poder se concentre en un sólo hombre.

-Pero el mismo Julio no fue un monstruo, ni Octavio Augusto tampoco.

-Eran personas maduras, equilibradas. Pero no se puede cimentar la bondad de un régimen político en algo tan azaroso como el temperamento del soberano de turno.

-¿Debo entender que eres partidario de la antigua república de libertad?

-Cualquier persona razonable lo es. Pero su restauración es ahora mismo imposible. No es ésta una época razonable.

-¿Y no hay ninguna posibilidad de que, cualquier día, un grupo de personas «razonables» unan sus fuerzas para asaltar el poder y restaurar la república?

-No, ninguna. Algunos sí lo creen. Pero se equivocan. De hecho, es el ejército el que tiene el poder, y el ejército quiere siempre una sola cabeza, un sólo jefe a quien poder amedrentar y exigir. De manera que, hoy por hoy, el triunfo de una conspiración sólo significaría la sustitución de un tirano por otro, si es que lograse triunfar, que no lo creo. El tiempo me dará la razón.

-¿El tiempo? ¿Quieres decir que esa conspiración es posible, que existe quizá?

Petronio se llevó el dedo índice a los labios sonrientes:

-Amigo mío… -dijo.

-Sí, ya sé: Horacio.

(CONTINÚA)

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Cultura y poder (sabiduría clásica VII)

A propósito de la reciente elección de cierto líder político mundial, que se manifiesta sin complejos como lo que podríamos llamar “un patán con dinero”, he pensado en la diferencia sustancial que existe entre la antigüedad clásica y nuestro tiempo en lo que se refiere a la valoración de la cultura por parte del poder.

Iba ya a empezar a divagar sobre el asunto cuando he recordado que en mi ensayo Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas, traté fugazmente del tema en unos párrafos que también trasladé a este blog. Me complazco en reproducirlos a continuación porque creo que se adecuan perfectamente a esta serie sobre la sabiduría clásica.

Pero ¿tenía sensibilidad literaria el amo de Roma [Augusto]?

Una respuesta afirmativa a esta pregunta resultaría rara desde la perspectiva contemporánea, acostumbrada a líderes políticos semianalfabetos. Pero entonces no lo era en absoluto. Desde muy antiguo el político romano (que durante siglos no fue un ente aparte del ciudadano o del militar) solía ser un hombre no sólo instruido sino además amante de las letras y de algún tipo de conocimiento (agricultura, astronomía, historia, lingüística…).

El viejo Catón, ejemplo máximo de romano duro, opuesto a las blanduras de la influencia helenística, cónsul en 195 a.C., censor inflexible, escribió un tratado sobre la agricultura y varios libros sobre historia, que no se han conservado; Cicerón, orador, escritor magnífico y divulgador de la filosofía griega, gobernó la república como cónsul y nunca estuvo apartado (mientras se lo permitieron) de los asuntos públicos; Marco Terencio Varrón, político que ocupó diversos cargos, militar en la guerra civil al lado de Pompeyo y luego perdonado y recuperado por César, fue un famoso lingüista (De lingua latina) y autor de tratados sobre agricultura (Rerum rusticarum).

Pero no hay duda de que el caso más vistoso es el del mismo Julio César. Mientras no daba respiro a su ambición política, mientras dirigía la guerra de las Galias o la civil que le enfrentó a Pompeyo, César no dejó de escribir. Y no sólo las famosas crónicas bélicas, que por sí solas lo sitúan entre los mejores prosistas latinos, sino tambíen un tratado de gramática (De analogia) y por lo menos una tragedia (Edipo), que lamentablemente se han perdido. Y esta compaginación, tan extraña para los modernos, entre actividad política y excelencia cultural se mantuvo, al menos como desideratum, a lo largo de toda la época imperial hasta llegar al emperador-filósofo Marco Aurelio.

El mismo caso de Nerón, poeta y cantante frustrado, puede entenderse como una triste caricatura de aquella tendencia natural romana, sin olvidar que su consejero político durante años, Séneca, fue uno de los grandes escritores y filósofos de la época.

Bien, todo esto para decir que – a diferencia de lo que ocurre en nuestros tiempos – entre los romanos era normal que el máximo dirigente del estado tuviese sensibilidad literaria o artística y que, por lo tanto, es seguro que Augusto estaba en condiciones de apreciar la obra de Ovidio.»

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Petronio, la vida como juego II

Es evidente que el autor del Satiricón tuvo que ser una persona muy especial. Y lo fue, en efecto, si nos atenemos a las conclusiones de los investigadores que considero más atinadas. Y es que, como ya he procedido en otra ocasión, no siendo yo erudito, no tengo más remedio que dejarme guiar por el instinto poético – llamémoslo así – para ir tomando de acá y de allá los datos más fiables con que dibujar brevemente la personalidad y biografía del enigmático autor.

Tito Petronio Níger nació en Massilia, la actual Marsella, en la década de los años 20 del siglo I. No hay duda de que era de clase alta y muy culto. Ejerció con competencia los cargos de procónsul de Bitinia y de cónsul. Formó parte del círculo más próximo al emperador Nerón al que aconsejaba sobre todo en cuestiones estéticas; por este motivo el historiador Tácito lo califica de arbiter elegantiorum…pero dejemos que nos lo cuente el mismo Tácito:

Se pasaba el día durmiendo y la noche en sus ocupaciones y en los placeres de la vida; al igual que a otros su actividad, a él lo había llevado a la fama su indolencia, pero no se lo tenía por un juerguista ni por un disipador, como a tantos que consumen sus patrimonios, sino por hombre de un lujo refinado. Sus dichos y hechos, cuanto más despreocupados y haciendo gala de no darse importancia, con tanto mayor agrado eran acogidos, por tomárselos como muestra de sencillez. Sin embargo, como procónsul de Bitinia y luego como cónsul se reveló hombre de carácter y a la altura de sus obligaciones. Después volvió de nuevo a los vicios, o a la imitación de los vicios, y fue acogido como árbitro de la elegancia en el restringido círculo de los íntimos de Nerón, quien, en su hartura, no reputaba agradable ni fino más que lo que Petronio le había aconsejado.

Uno no puede evitar el recuerdo de una novela y de una película. Me refiero, naturalmente, a Quo vadis , de Henryk Sienkiewicz , y a la película homónima dirigida por Mervin LeRoy en 1951. Pocas veces la literatura y el cine han reflejado la esencia de un personaje histórico de manera tan sugestiva, y sin que ello disculpe las evidentes flojedades de ambas obras, sobre todo de la película, aún más ñoña e históricamente falseada que la novela. Lo que no quita que el personaje de Petronio, interpretado por Leo Genn, sea todo un acierto. Pero volvamos al Petronio de verdad, si es que existió tal cosa.

En el texto de Tácito hay unas palabras que quizá nos proporcionen alguna pista sobre la clave del enigma del personaje. Dice que “volvió a los vicios, o a la imitación de los vicios” (vitiorum imitatione). ¿Qué significa esto? Dada la altura intelectual y estética de la persona en cuestión no es posible que signifique que se dedicaba a imitar los vicios de los demás. Más bien querrá decir que, a diferencia de toda aquella gente a la que trataba, que vivía sumergida, anulada, por el peso de los vicios, él los practicaba con cierto distanciamiento estético, los imitaba, es decir, los fingía. Como si todo aquello no fuese más que un juego para él, una comedia.

La vida como juego, como comedia en la que uno elige el papel y hasta escribe, en lo posible, el texto; ésta es la clave, creo yo, que aclara el enigma del hombre llamado Petronio. Un juego peligroso, muy peligroso, porque, dada su situación tan próxima al tirano, cualquier desliz, cualquier gesto, cualquier palabra mal calculada podía tener fatales consecuencias.

Pero al hombre que concibe la vida como juego el riesgo no le arredra, sino que le estimula. Y así, en los últimos tiempos estuvo jugando al ratón y al gato con Tigelino, jefe de la guardia imperial y que, como persona, representaba el polo opuesto de nuestro árbitro de la elegancia. Hasta que perdió.

Pero aún en los peores momentos, el que gobierna su vida, como diría Séneca, sabe mantener el mando. Y así, el gran jugador, el esteta exquisito, quiso obsequiar a sus amigos con la última y más depurada muestra de su arte. Imaginemos la escena siguiendo las palabras de Tácito.

Pero no se quitó la vida precipitadamente, sino que tras cortarse las venas, se las ligó y se las volvió a abrir de nuevo según le vino en gana, mientras hablaba a sus amigos, no en términos serios o que le procuraran fama de valeroso; y escuchaba lo que le decían, que no era nada acerca de la inmortalidad del alma y de las opiniones de los filósofos, sino canciones ligeras y versos ocasionales. A sus siervos, a unos les hizo larguezas y a otros le dio de azotes. Se puso a la mesa y se entregó al sueño para que su muerte, aunque forzada, se pareciera a la natural.

Nada de gestos melodramáticos, nada de sentencias profundas, sólo canciones ligeras y versos de circunstancias.

Apenas sabemos quién era en realidad Petronio. Pero quizá sea más interesante preguntarse qué era. ¿Un filósofo? ¿Un poeta? ¿Un dandy? Algo de todo ello tendría, sin duda. Aunque quizá no fuera exactamente nada de eso, quizá fuera solo él mismo, es decir, un hombre más sabio que todos aquellos que son solo filósofos o solo poetas. Un hombre que se niega a aceptar pasivamente el juego absurdo que el destino impone y que decide jugar, de igual e igual, con él.

[De Los libros de mi vida. Lista B]

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Petronio, la vida como juego I

Uno de los escritores más enigmáticos de la historia de la literatura es sin duda Petronio. Nada de él sabemos con seguridad. Ni el nombre (¿Petronio Arbiter? ¿Gayo Petronio Níger? ¿Tito Petronio Níger?); ni si es en realidad autor de la obra que se le atribuye; ni si su personalidad y biografía son las referidas por Tácito a un político y cortesano de Nerón, al que, por cierto, el historiador no menciona como autor de la famosa obra… Lo único que está claro es que esa famosa obra que se le atribuye (pero, ¿a quién?) es absolutamente genial y yo diría que única en la literatura universal.

Nos ha llegado con el título de Satiricón, sobre cuyo significado hay diversas teorías. Pero este pequeño problema, junto con los antes aludidos sobre la identidad del autor y la época de composición, no son nada comparados con el que el que en realidad más puede perturbar al lector. Y es que la obra no está completa. Solo se han conservado varios fragmentos breves y uno de extensión considerable en el que se narra la famosa cena de Trimalción.

La acción – de lo que se conserva – se inicia en una “ciudad griega” del sur de Italia, quizá Nápoles. Encolpio, joven por lo que se ve instruido y, por lo que enseguida se verá, loco por su amante pero víctima de un maleficio divino que está anulando su virilidad, discute acaloradamente de literatura y educación con el profesor de retórica Agamenón, cuando de pronto comprueba que su amigo Ascilto ha desaparecido, sin duda con su amadísimo joven Gitón. Loco de celos, va en busca de los dos.


Después de unas escenas de encuentro, celos, disputas y reconciliación, vemos a los tres en el mercado donde, tras recuperar una prenda preciosa por su contenido, son conducidos por una doncella a la casa de Quartila, sacerdotisa, parece, de Príapo, que los somete a continuos y agotadores abusos sexuales…

Estando en los baños, son invitados a la cena que ofrece Trimalción en su mansión de liberto rico, grotescamente decorada con recargados adornos, en compañía de numerosos invitados, también libertos y nuevos ricos como el anfitrión. Empiezan a aparecer platos con los manjares más diversos, disfrazados de las más curiosas maneras; se reparten regalos valiosos; hay una pantomima en la que se cazan los animales que se han de comer; del techo caen sofisticados obsequios; no faltan los homeristas y músicos en general… Trimalción como anfitrión, domina la escena; grosero e ignorante, se las da de persona culta, al igual que muchos de los comensales. Ascilto no puede contener la risa y los comentarios sarcásticos acerca del espectáculo, lo que le vale el ataque furioso de uno de los comensales, Hermerote, quien a su modo, vulgar e incoherente, expresa las razones de la rabia que le produce la actitud de Ascilto y Encolpio: la de unos jóvenes instruidos y de buena familia que se creen por encima de los que han tenido que salir adelante por el propio esfuerzo. La escena culmina con la parodia de los funerales de Trimalción, durante la cual los gritos y aullidos de pesar provocan la aparición de los vigilantes del fuego (bomberos), que lo dejan todo perdido de agua.

En la confusión los tres amigos (Encolpio, Ascilto y Gitón) se escapan, y enseguida vuelven a los celos y las disputas. Encolpio se va solo, y conoce a un nuevo e interesante personaje, Eumolpo, quien, tras un vehemente discurso sobre la actual situación de las artes, le recita su poema sobre la destrucción de Troya, lo que le vale una lluvia de piedras de los presentes. Reaparece Gitón, y de nuevo las escenas de celos. Finalmente, los tres se embarcan en un nave que…

Y así se van encadenando las fases de una historia, que la condición fragmentaria del texto priva de algo parecido a un final.

La mayoría de los eruditos sitúan la composición de la obra en los años 60 del siglo I, bajo Nerón. Y el relato ofrece, en efecto, un cuadro totalmente fresco y desinhibido de ciertos sectores de la sociedad de la época. La originalidad – sobre todo teniendo en cuenta la época – es absoluta, aunque beba a veces de las fuentes de la antigua narrativa helenística. Para empezar, constituye la primera obra que puede calificarse de “novela” de acuerdo con los criterios modernos. También la primera que se puede encuadrar en el género picaresco, en cuanto relato realista y satírico de las aventuras de un joven desclasado (está narrado en primera persona por el protagonista Encolpio), de mirada irónica y algo distanciada.

Las virtudes de la obra son varias y de distinta naturaleza: la lengua en que en que está escrita es un latín perfecto en las palabras del narrador (joven culto) y llena de coloquialismos y vulgarismos cuando hablan ciertos personajes, hasta el extremo de que el texto se considera una fuente valiosa para el conocimiento del latín vulgar, comparable a los grafiti de Pompeya; la presentación de los personajes se consigue sin ninguna descripción, solo por sus actitudes y palabras; los cuentos que se insertan – narrados por diversos personajes – son un alarde de psicología (La matrona de Éfeso) y de fino humor, con hilarante final en el caso de El muchacho de Pérgamo; en muchos aspectos constituye una sátira o denuncia del estado de la literatura, la educación y la cultura en general, incluyendo un largo fragmento en verso en el que se parodia a Lucano. En fin, que uno no acabaría de enumerar las maravillas de la obra. (Continúa

[De Los libros de mi vida. Lista B]

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La muerte de César como sacrificio expiatorio

La lectura del blog de Jaime Fernández En lengua propia es siempre un placer intelectual de primer orden. La reciente entrada, que trata de la muerte de Julio César a través de la tragedia de Shakespeare es un buen ejemplo. Y para mí, que desde hace mucho tiempo me ha dado por reflexionar sobre el asunto, muy estimulante.

Lógicamente tenía que hacer algún comentario. Pero ¿por dónde empezar? Porque, en todo caso, había de ser un poco largo. Y no me parece correcto aprovechar el blog de otro para entregarse uno a las propias divagaciones.

Por otra parte, he recordado que el núcleo de las reflexiones que se me ocurrieron durante la lectura del post aludido ya estaba contenido en un fragmento de mi obra (no publicada) Conversaciones con Petronio, en la que Lucio, joven admirador de Petronio, durante su relación con éste va descubriendo la existencia de una conspiración, dirigida por el senador Pisón, que pretende acabar con Nerón.

Una frase del artículo de Jaime, escrita a propósito de unas palabras del Bruto shakesperiano, fue el detonante decisivo de ésta mi intervención :

La comparación del cuerpo de César con un manjar divino alude a un sacrificio expiatorio.

El fragmento aludido de Conversaciones con Petronio es éste:

[PETRONIO]…el plan tendría, o tiene, que ejecutarse con ocasión de la fiesta principal de los Juegos de Ceres, es decir, pasado mañana, y su diseño y desarrollo es un buen ejemplo de lo bajo que ha caído la literatura en nuestros días.

[ LUCIO] -¿La literatura has dicho?

-Sí, he dicho la literatura, ¿o debiera decir el teatro? Amigo, ya no hay ideas nuevas. Recordarás aquella tragedia que tuvo lugar en la sala anexa del Teatro de Pompeyo en los Idus de marzo del año del último consulado de Julio César. En ella, los actores rodean al tirano para alabarle o pedirle gracias hasta que, de pronto, uno de ellos lo coge de la toga y tira con fuerza. Es la señal para que todos se precipiten sobre la víctima con sus espadas y puñales… Pues bien, la función que piensa dar la compañía de Pisón es un simple calco de aquella tragedia. En ésta, Laterano hará de Címber, Seneción hará de Casca, o quizá Escevino, y así, cada uno se asignará un papel de acuerdo con la máscara elegida. ¿Qué te parece?

-No sé, desde el punto de vista estético me repugna comparar a Nerón con Julio César, o a Escevino con Bruto…

-No, en este caso, Bruto será Pisón. Pero es igual, tienes razón. La grandeza de una obra de arte está en su cualidad de irrepetible, y la muerte de Julio César es una de las obras de arte más grandes de la historia. Los caracteres de los conjurados y sus relaciones mutuas, el ritmo de la acción, el clima de tensión creciente que finalmente estalla en el momento crítico, y ese mismo momento, con la víctima acosada que va a dar finalmente a los pies de la estatua de su antiguo enemigo-amigo, y el carácter ritual del homicidio colectivo, como si todos hubiesen de participar por igual de la sangre de la víctima, misteriosamente dotada de propiedades salvíficas, misterio que arranca ya de la cena de la víspera, cuando el que ha de morir se despide de sus amigos compartiendo con ellos la comida y el vino. La muerte de César es quizá el eje central de la historia, el paradigma de todos los homicidios sagrados. Es la muerte que se da al padre por la libertad individual, es la muerte que se da al rey por la libertad colectiva, es la muerte que la naturaleza impone para perpetuar la vida. La muerte de César pide a gritos un gran artista de la tragedia que la instaure de una vez por todas como obra de arte, rescatándola de las vagas sombras de la memoria de lo real. Y lo tendrá, claro que lo tendrá…Ahora, imagina todo eso interpretado por la compañía teatral de Pisón: músicos mediocres, mariquitas histéricas, poetas chiflados, intentando sostener sus puñales de lujo para meterlos entre las adiposidades de un cerdito bien cebado, de chillidos insoportables.. ¿Entiendes ahora por qué le dije a Escevino que lo peor del plan es que está mal escrito?

– Lo entiendo muy bien, y comparto por completo tu opinión. Creo que un acto importante, transcendente, ha de revestirse siempre de cierta grandeza.

-En efecto, aun cuando los protagonistas no sean conscientes. Si un hecho es realmente grande, por fuerza será bello. En el fondo no es más que una cuestión de estilo.

-¿Como en la literatura?

-Sí, como en la literatura.

-¿Puedo deducir entonces que tus razones para rechazar la conspiración son exclusivamente de orden estético?

-Puedes.

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Filosofía en porciones. Tres «pensadores». (A.E.P.15)

EGO.- Cada persona tiene su filósofo, lo sepa o no, y la metafísica atea del nuestro corresponde a quienes ni abdican de la razón ni piensan que, con ella, todo ha de ser de color de rosa.

ALTER.- Pero ha llovido mucho desde entonces. ¿Por qué esa fijación en un filósofo de hace siglo y medio? En filosofía, ¿tampoco hay progreso?

EGO.- No hay manera de saberlo. Pero, en realidad, lo que no hay es filosofía.

ALTER.- ¿En siglo y medio? Tú bromeas…

EGO.- Hay porciones. Un poco de estética por aquí, otro de ética por allá, unos tomos de teoría del conocimiento, otros sobre hermenéutica, un curso sobre el lenguaje, otro sobre semiótica en general…

ALTER.- Pero nadie se atreve a dar una visión de conjunto…

EGO.- Esa es la palabra, nadie se atreve. Y es que a algunos no les faltan ganas, pero, después de cien años de hablar de la imposibilidad de un saber total, de la desaparición de la misma totalidad ante la fuerza disgregadora de las particularidades, de la disolución o fragmentación del individuo, de la «anarquía de los átomos», que subvierte tanto la jerarquía de lo real cuanto el discurso que debiera imponerle un orden…después de aceptar todo eso como artículo de fe del pensar hoy homologable, quién se atreve a montar un sistema, una explicación global del mundo, cosa que ha sido la tarea propia del filósofo hasta mediados del siglo XIX…Schopenhauer y Marx fueron los últimos herederos de la ilustre saga que se inició con Platón y Aristóteles. A partir de Nietzsche se rompen no sólo los esquemas, sino hasta la posibilidad de trazar cualquier esquema global.

ALTER.- Pero esa imposibilidad ¿es cierta o no?

EGO.- En la esfera de la mente, es cierto lo que se tiene por cierto. Y, salvo rarísimas excepciones, todo pensar se acomoda al dogma de la época, por muy «transgresor» que se imagine. Así, que habrá que esperar la llegada de ese genio rarísimo, de la talla de un Kant, quiero decir, para ver si se puede dar la vuelta a la caótica dispersión inaugurada por Nietzsche.

ALTER.- No te cae simpático Nietzsche…

EGO.- No se trata de si…no, no me cae simpático, nada simpático. Verás, para empezar, lo que me ocurre con Nietzsche es que no lo entiendo. No quiero decir que no entienda lo que dice, no, lo que no entiendo es el sentido que pueda tener, para la comprensión del mundo y de mí mismo, el conjunto de lo que dice. En su obra, el pensar riguroso ha sido sustituido por la erupción anárquica de ideas, algunas geniales pero casi todas gratuitas. Su escritura es la de un adolescente en estado de exaltación maníaca. Como poeta, podría pasar. Y es que la locura no está reñida con la poesía, pero sí con la filosofía.

ALTER.- ¿Has pensado que tu diatriba indignará a tanto nietzscheano como corre por ahí?

EGO.- Y qué. También ellos me indignan a mí. Creo firmemente que si Nietzsche no hubiera existido, en el mundo habría menos confusión. Y eso sin tener en cuenta a tanto nazi-tarado que, sin haberlo leído ni por el forro, lo utiliza para justificar sus fechorías. Pero en fin, a lo mejor tienen razón en atribuírselo sin haberlo leído, porque, como decíamos antes, cada persona tiene su filósofo, lo sepa o no.

ALTER.- Ego, me gustaría que hablásemos de literatura…

EGO.- Sí, tienes razón. Ésa era la idea central de estos diálogos…pero, sin olvidar los otros mundos, recuerda. Además, Nietzsche es básicamente literatura. Pero, de acuerdo, yo también prefiero dejarlo.

ALTER.- Creo que ya ha quedado claro lo principal, según tú: que no es un pensador de tu agrado. También en su momento quedó claro qué otro pensador sí es de tu agrado. Y a propósito de esta palabra tan curiosa, «pensador», es raro ¿no?, recuerdo ahora que, hace una jornadas, apuntaste que, allá hacia el final de tu adolescencia, tres «pensadores» te despertaron de tu sueño dogmático. ¿Estamos ya en condiciones de saber quiénes son?

EGO.- Ningún problema. Son, o mejor dicho, fueron Papini, Séneca y Unamuno.

ALTER.- Curiosa combinación, ¿no? ¿Tienen algo en común?

EGO.- ¿Algo en común? La verdad es que no lo había pensado. A ver… para mí lo que más claramente tienen en común es… que los leí, los descubrí, al mismo tiempo, entre los 17 y los 18 años, primero Papini y a continuación los otros dos. Por lo demás, a parte de que los tres priman la ética sobre la estética y que, para los tres, la operación de pensar es un ejercicio personalísimo, nunca sujeto a autoridades incuestionables, no creo que tengan gran cosa en común.

ALTER.- De Papini apenas sé nada. ¿Fue filósofo?

EGO.- No, «pensador». En realidad fue un literato, autor de relatos cortos, de biografías muy personales, como las de Cristo y Dante, y de fantasías sobre el mundo contemporáneo y sus fantasmas, como El Libro Negro y Gog. Empezó a escribir hacia el 1900 desde una posición vagamente anarquista, muy del gusto de los transgresores de la época (era el momento de la muerte y ascensión de Nietzsche), luego participó en el movimiento futurista y finalmente se convirtió, o reconvirtió, al catolicismo. Como figura muy respetada, vivió estupendamente los años del fascismo, y murió en 1956, justa e injustamente olvidado.

ALTER.- Así, con esos cuatro trazos, no parece una biografía muy ejemplar, aunque sólo sea por su connivencia con el fascismo.

EGO.- ¿Lo acabas de leer en un artículo periodístico eso de «su connivencia con el fascismo»? Por favor, prescindamos de las frases hechas…y no seamos demasiado estrictos en eso de querer encajar los avatares vitales y profesionales con los de la política del país. O apliquemos la misma vara a todo el mundo. ¿Te has detenido a pensar cuántas celebridades de este país vivieron estupendamente, como figuras muy respetadas, durante los años del franquismo?

ALTER.- Sí, tienes razón, desde Cela, entre los ya muertos, hasta…

EGO.- ¡Por favor, respetemos la norma!

ALTER.- De acuerdo, me callo…. Pero, ¿qué es lo que te atrajo en Papini?

EGO.- La fuerza de su escritura. Me causó un impacto enorme. Por primera vez no estaba leyendo aventuras más o menos interesantes o clásicos más o menos fosilizados, sino algo que parecía escrito con la sangre del propio autor. Palabras y sangre era precisamente el título del conjunto de relatos que me lo descubrieron. Ya con la lectura del primero, Tres de septiembre, se me reveló de repente la posibilidad que el dogma oficial me había ocultado: la posibilidad de que la existencia humana no tenga ningún sentido. Papini es un escritor con una gran fuerza y una gran carga de profundidad. Pero esa profundidad no se refiere a unas ideas o conceptos determinados, sino que está en su misma fuerza, en esa manera al mismo tiempo directa y poética de desnudar al ser humano y abandonarlo ante las últimas cuestiones…que quizá no tienen respuesta.

ALTER.- Pero él sí eligió una respuesta.

EGO.- Podría no haberlo hecho, como no lo hizo al principio, y sin embargo su fuerza fue siempre la misma.

ALTER.- Pasemos a Unamuno.

EGO.- A diferencia de Papini, y de Séneca, Unamuno no fue por mi parte una elección o descubrimiento solitario. Ya estaba en el ambiente. Era el curso 57-58. A punto de irrumpir en el mundo no oficial universitario el marxismo y el existencialismo (como ves, hasta en la heterodoxia íbamos retrasados), lo más anti que corría por ahí era Unamuno y algún otro de la Generación del 98.

ALTER.- ¿Y qué sentido tenían esos autores en esa época?

EGO.- Yo creo que ninguno. Pero cierto falangismo no oficial los había puesto de moda.

ALTER.- ¿Qué relación hubo entre el falangismo y Unamuno?

EGO.- Yo creo que Unamuno, en algunas formulaciones del falangismo, ve reflejadas sus preocupaciones «nacionales» esencialistas. Pero lo que sí es cierto es que el falangismo bebió bastante de la fuente unamuniana. Hasta el extremo de que en la actualidad suelen confundirse algunas citas, como aquello de «me duele España», que más de una vez he visto atribuido a José Antonio, cuando en realidad fue Unamuno el padre del invento.

ALTER.- Acabó mal con el franquismo, ¿no?

EGO. Acabó casi antes de empezar, y con una dignidad ejemplar, que le redimió de cualquier simpatía precipitada que pudiera haber tenido por el «Alzamiento». Y su muerte casi inmediata nos impide comprobar que él no hubiera sido de los que vivieron estupendamente bajo el franquismo…Pero todo esto es el contexto de mi descubrimiento. Nada tiene que ver con lo que me atrajo de él.

ALTER.- ¿Y qué fue lo que te atrajo?

EGO.- Su sinceridad. Una sinceridad que consiste en ponerse él mismo como tema, y, a través de todas sus dudas e inquietudes, tratar de llegar al fondo de la cuestión, fondo que, precisamente por su sinceridad y honradez, no llegará nunca a alcanzar. Lo único que a cada cual importa y, por lo tanto, lo único que debe importar a la filosofía, viene a decir, es el hombre concreto, el individuo de carne y hueso que vive, goza, sufre y sabe que ha de morir. Lo único que de verdad conocemos es la experiencia de la vida, nuestra existencia concreta, que se manifiesta como un esfuerzo sostenido por seguir viviendo, por no dejar de ser…Pero, además, Unamuno no es tan «listo» como para echar por la borda la razón y subirse al carro del irracionalismo gratuito, y ahí el problema, ahí el conflicto que se desarrolla a lo largo de toda su obra. Por una parte, su experiencia interior, acorde con un hondo sentimiento religioso, le mantiene en el anhelo ferviente de una vida eterna. Por otra, los datos de la ciencia y el ejercicio de la razón reducen ese anhelo a la categoría de ilusión. Si hubiese sabido prescindir de la razón, como un auténtico irracionalista, no habría habido agonía (lucha) unamuniana; si hubiese sabido prescindir de su anhelo de eternidad, de su sed de fe, como un auténtico racionalista, tampoco. Pero su hambre de eternidad le impedía aceptar un racionalismo reduccionista, y su sano raciocinio le impedía abandonarse ilusamente a la «fe del carbonero». Esta era su tragedia.

ALTER.- Se le ha considerado un precursor del existencialismo…

EGO.- Con toda justicia. El fue, después de Kierkegaard, quien puso en el centro de la filosofía el individuo en su existir concreto, su angustia de saberse un ser para la muerte. Angustia que, para él, sólo la fe podría apaciguar… pero hacía ya tiempo que la fe había sido inmolada en el altar de la Razón.

ALTER.- ¿Puede decirse de Unamuno que fue un filósofo?

EGO. – No sé.  Yo creo que el calificativo que mejor le va es el de pensador.

ALTER.- Por supuesto…Te gusta la palabreja, ¿no?

EGO.- Es la que mejor se acomoda a ciertos casos. Me refiero a esos escritores que no se limitan a la creación estrictamente literaria, artística, sino que además suelen abordar a través de sus ficciones temas considerados del dominio de la filosofía. En Goethe tenemos el ejemplo más claro. ¿Quién osaría decir sin faltar a la verdad que, además de poeta, novelista y científico, Goethe fue filósofo? Y sin embargo, ha sido una de los grandes pensadores de la humanidad.

ALTER.- A Séneca sí que le va el calificativo de filósofo…

EGO.- No lo creas. Has de tener en cuenta que, a diferencia de los griegos, los romanos no se interesaron por la filosofía. De hecho, no produjeron ningún filósofo original. Cicerón no fue más que un divulgador de la filosofía griega, Séneca sólo nos ofrece una ética, tomada de los estoicos (griegos), y otro tanto puede decirse de Marco Aurelio. Y creo que no se podría nombrar ninguno más. Compara esto con la enorme abundancia de la filosofía griega.

ALTER.- Eran gente muy práctica los romanos, ¿no?

EGO.- Sí, con una actitud muy pragmática. Temas tales como de qué está hecho el mundo y qué posición ocupa en él el hombre no les interesaban gran cosa. En cambio, desarrollaron el derecho como instrumento para garantizar el orden social, y de la filosofía sólo cultivaron su aspecto más práctico, es decir, aquel que nos puede ayudar a discernir cómo hemos de actuar: la ética.

ALTER.- Se ha dicho que la ética de Séneca es muy parecida a la cristiana y, por otra parte, es sabido que fue consejero de Nerón, incluso en la época de los grandes excesos de éste. ¿Cómo se compagina lo uno con lo otro?

EGO.- Cómo se compagina la teoría con la práctica, la idea con la vida. Este es el dilema que todos hemos de sufrir y que muy pocos saben resolver. Lo normal es que los ideales o, dicho más modestamente, las buenas intenciones, queden muy malparadas en su confrontación con los imponderables de la vida práctica. Pero hay que reconocer que el de Séneca es, o parece, un caso extremo.

ALTER.- Ensalzaba la pobreza y era poseedor de una inmensa fortuna, ¿no?

EGO.- Eso no sería lo peor. Después de todo, lo que decía era que las riquezas habían de servir al hombre, no el hombre a las riquezas, Reflexión elemental que hoy sigue tan vigente, y desoída, como en su época. Lo peor eran los métodos que, al parecer, utilizaba para acumular riquezas y, por supuesto, sus turbias relaciones con el poder. Como consejero de Nerón parece que, al principio, trató de encauzar al joven emperador de acuerdo con sus propios principios éticos. Pero la cosa no fue fácil. Pronto Nerón empezó a mostrarse como lógicamente se ha de mostrar un adolescente débil de carácter, adulado por todos y que tiene todo el poder. Y sin embargo, Séneca no dejó de figurar a su lado. De hecho, era su ministro principal junto con Afranio Burro. Y a su lado estaba cuando, entre otras fechorías, Nerón hizo matar a su propia madre. ¿Aprobaba Séneca los crímenes del emperador? ¿Aguantaba en su puesto para intentar reprimirle en lo posible? ¿Era un adulador interesado? ¿O un honrado consejero humillado y resignado?

ALTER.- Podía dimitir.

EGO.- No, no podía. Incluso esta decisión había de contar con el beneplácito del tirano…Pero dimitió. Cuando Burro murió, sintiéndose sin fuerzas para luchar contra los que pretendían desalojarle del poder, comunicó al emperador su decisión de abandonar. Nerón no lo aceptó, pero él igualmente se retiró.

ALTER.- Con lo cual firmó su propia sentencia de muerte, ¿no?

EGO.- Bueno, al principio pareció como si Nerón se hubiese olvidado de él. Hasta que, tres años después, el descubrimiento de la conjuración de Pisón llevó al amedrentado emperador a buscar conspiradores bajo las piedras…y entonces se acordó de Séneca y…fin de la historia.

ALTER.- Se puede decir que la dignidad de su muerte le redimió de la ambigüedad de su vida.

EGO.- Sí, se puede decir. Pero, como comprenderás, no es su biografía lo que me atrajo de él.

ALTER.- Lo supongo. ¿Te hago la pregunta? ¿Qué es lo que te atrajo de Séneca?

EGO.- De hoc alio die.

(De Alter, Ego y el plan)

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