Archivo mensual: abril 2013

El misterio de la injusticia

No pienso ahora en la injusticia social, que nada tiene de misteriosa, pues más bien depende de las estructuras económicas vigentes en la sociedad, sino en otro tipo de injusticia mucho más próxima al individuo, y tan misteriosa que, no obstante practicarla continuamente, lo normal es que ni siquiera la notemos (diferente cuando la practican los demás).

El señor Y es un alto cargo de una gran empresa y tiene varios subordinados directos a sus órdenes. A los empleados A, B y C  los valora muy bien, a pesar de que suelen cometer el mismo número de errores que los demás. A los empleados D y F  no les perdona una, y es inútil que se esfuercen en realizar su trabajo a la perfección: nunca serán gratos a los ojos del jefe.

Este tipo de injusticia se da en todos los ámbitos de las relaciones humanas. También en las de parentesco. Ahí está el padre que prefiere a uno de sus hijos, por más esfuerzos que hagan los otros para complacerle, asunto que se remonta al bíblico Jacob frente a José y sus hermanos, y aún más atrás, como luego se verá.

También el amor, si no es universal, es radicalmente injusto. ¿Por qué se ama a una persona en vez de a otra, aun cuando ésta otra tenga más méritos y mejor comportamiento? Y no se diga que esta es una cuestión banal o superficial. El enamorado no correspondido y que ve el lugar al que aspira ocupado por otra persona, quizá insignificante, sabe muy bien de lo que hablo.

Pero no solo los seres humanos son sujetos de esta injusticia que acompaña la mayoría de sus actos al margen de toda razón. También los dioses. Por supuesto, los griegos, tan humanos ellos que no podían carecer de la humana cualidad de la injusticia. Ahí tenemos al mismo Zeus, tan injusto como lascivo. Pero también, cosa que puede parecer sorprendente, el Dios único del judeo-cristianismo nos da muestras suficientes de arbitrariedad e injusticia desde las páginas de la Biblia.

No quiero perderme por hondas disquisiciones teológicas, es más, me declaro de antemano refutado por los sesudos teólogos que no compartirán mi impresión. Porque de impresiones se trata.                                                                                                                                                                                                                                       

En el Génesis, primer libro de la Biblia, Jehová se muestra encantado con las ofrendas de Abel, mientras que manifiesta su disgusto ante las de Caín, con lo que se desencadena la tragedia que otra actitud quizá hubiese evitado.

Con distintos matices, más estrictos en el segundo caso, tanto san Agustín como Calvino defienden la idea de que, desde toda la eternidad, Dios ya conoce a los que ha de salvar. Esta teoría de la predestinación divina surge de unas líneas que san Pablo escribió en su Epístola a los Romanos:

Pues a los que antes conoció, también los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también los llamó; y a los que llamó, a esos también los justificó, y a los que justificó a esos también los glorificó.

(nam quos praescivit et praedestinavit conformes fieri imaginis Filii eius ut sit ipse primogenitus in multis fratribus
 quos autem praedestinavit hos et vocavit et quos vocavit hos et iustificavit quos autem iustificavit illos et glorificavit)

O sea, que Dios elige a los que se han de salvar y deja, tan injustamente, que los demás se pierdan.

En resumen, parece que la injusticia a que me refiero es un fenómeno omnipresente así en la tierra como en el cielo. Claro está que el filósofo o teólogo de turno dirá que lo que ocurre es que yo no entiendo nada. Y en esto le daré la razón.

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Mayerling, una tragedia con decorado de opereta IV

La tarde del 28 de enero Rodolfo y María llegaron al pabellón de caza de Mayerling, pueblecito de la Baja Austria. La joven fue introducida con la máxima discreción en la misma habitación del príncipe, de donde no había de salir, de manera que los demás invitados a la supuesta cacería ignoraron su presencia. La mañana del día 30, cuando el criado fue a despertar al príncipe, se encontró con un cuadro terrible. María, ensangrentada, sobre la cama, con la cabeza oculta entre cojines; el príncipe, en posición casi fetal, sentado, sin vida, al borde del mismo lecho. Cuando la noticia llegó al emperador, éste ordenó que de Mayerling sólo saliese un cadáver: el del príncipe, muerto de un infarto.

Tanto él como ella, en confidencias por carta a amigos y parientes (algunas de las cuales escribió Rodolfo antes de dispararse en la cabeza, con el cuerpo ya sin vida de María a su lado) habían dejado claro que se quitaban la vida voluntariamente. Y sin embargo, ya desde el primer momento surgieron las teorías conspiratorias más peregrinas, que calificaban los hechos de doble asesinato, urdido por: a) el mismo desconsolado emperador-padre; b) la esposa celosa del Príncipe; c) los servicios secretos franceses; d) conspiradores húngaros; e) francmasones, judíos, etc. Es de admirar la capacidad de fabulación de algunas personas, sobre todo si son periodistas o historiadoras. En el fondo, esa actitud obedece a una pulsión artística inconfesada, cuando no a prejuicios o intereses políticos manifiestos. De hecho, toda “teoría de la conspiración” se basa en la misma premisa: todo aquello que está claro debe complicarse, la audiencia siempre lo agradecerá.

La grandeza artística del suicidio de Mayerling no ofrece ninguna duda. Así lo han entendido creadores de las más diversas disciplinas, principalmente cineastas y músicos. La historia ha inspirado, por lo menos, tres musicales, una ópera, un ballet y siete películas, algunas con directores de la talla de Anatole Litvak, Max Ophüls o Jean Delannoy. Es de esperar que tanto movimiento no haya perturbado el merecido descanso de Rodolfo y María en el paraíso azul de los amantes suicidas.

                                                                                                            

 

                    

         

 

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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Mayerling, una tragedia con decorado de opereta III

El caso es que el emperador-padre llamó a comparecer ante su presencia al heredero Rodolfo la mañana del 26 de enero. No hubo acuerdo. Y es que, aun viviendo bajo el mismo techo palaciego, dos mundos tan distintos no tienen posibilidad de encuentro. Es de suponer que el padre exigiría al hijo un cambio radical de vida y que el hijo le contestaría que su vida era suya y que hacía con ella lo que quería, como muy bien habría de demostrar poco después. Finalizada la entrevista, el emperador fue hallado sin sentido bajo el efecto de un síncope. La conmoción que el encuentro produjo en el príncipe no fue menor: salió convencido de que sólo había una salida, la definitiva. Y así lo expresó en carta a un amigo.

Es de imaginar que el choque (más que diálogo) con el padre fue la confirmación de que aquel muro que se levantaba ante él y que, desde siempre, le había impedido el disfrute de la vida no caería jamás. Sigmund Freud, psicólogo y sobre todo fabulador eminente, una de las incontables celebridades surgidas en aquella Viena finisecular, sostenía que cuando uno sueña con el rey o el emperador se está en realidad refiriendo al padre. ¡Pobre Rodolfo, que había de soportar en la misma persona a significante y significado!

La última gestión de la condesa Larisch había de ser especialmente delicada. (Abriendo un paréntesis, quizá sería interesante dar algunos rasgos de tan curioso personaje. A la condesa, no sólo le movía el afecto por su amiga María, sino también, o sobre todo, las compensaciones económicas que le llegaban de su primo Rodolfo. O sea, que hablando en castizo, actuaba como una perfecta alcahueta. Lo económico – quizá avaricia, quizá necesidad – pesó mucho para ella. Años después del desenlace de esta historia, estuvo a punto de publicar unas memorias en que lo contaba todo, pero llegó a tiempo el enviado del emperador y le pagó una gran cantidad para evitarlo; este hecho se repitió exactamente igual pocos años después. De todos modos, trasladada a Estados Unidos, publicó en 1913 My Past, donde entre mentiras, falsedades e inexactitudes, dicen, revelaba supuestos secretos del entorno imperial. Durante los años veinte y treinta se paseó como atracción de circo (¡auténtica sobrina de la emperatriz Sissí!) por cierta sociedad norteamericana, incluso parece que tuvo amistad con el poeta T.S. Eliot. Finalmente, regresó a Europa y murió en Baviera en 1940, sumida en la pobreza que durante toda su vida había intentado evitar).

Lo delicado de la gestión de la condesa consistía en que esta vez Rodolfo no se contentaba con una cita de unas horas, sino que pretendía pasar dos días con sus noches con su amada, o así se lo vendió a la prima. De manera que ésta no halló otra solución, frente a la familia, que decir que, mientras la acompañaba en una de sus gestiones, María había desaparecido. (Continuará)

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes )

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Mayerling, una tragedia con decorado de opereta II

Rodolfo de Habsburgo, archiduque de Austria y príncipe heredero, era en 1888 un joven apuesto de treinta años. Príncipe, joven y apuesto, sí, pero desgraciado. De temperamento artístico (parece que sólo de temperamento) y carácter algo desequilibrado, como la madre, no supo adaptarse al papel que el destino le tenía reservado. Su mentalidad abierta y su espíritu inquieto por fuerza tenían que chocar con el conservadurismo monolítico del padre. Y falto de claros referentes políticos, coqueteó con elementos liberales y nacionalistas húngaros que, como él secretamente, se oponían al emperador-padre. Con las mujeres no sólo coqueteó, sino que las disfrutó a placer y sin muchos miramientos, hasta el extremo de que contagió una enfermedad venérea a su esposa, Estefanía de Bélgica, con quien había sido obligado a casarse.

La condesa María Luisa Isabel Larisch tenía la misma edad que el príncipe Rodolfo y era su prima (hija de un hermano mayor de Sissí). Por otro lado, al coincidir en el mismo lugar de veraneo, había hecho amistad con la familia Vetsera. En cuanto supo de la obsesión amorosa de la pequeña María, se declaró dispuesta a ayudarla. Fue así, alegando ante la familia que María la acompañaba en sus gestiones por Viena, como facilitó los encuentros de los amantes. El primero a solas fue el 5 de noviembre de 1888 en el Castillo (Burg). Pero éste y los inmediatamente siguientes no fueron propiamente citas de amor, al menos en el sentido físico de la expresión. En cambio, el encuentro del 13 de enero del año siguiente no ofrece ninguna duda. En carta dirigida a una amiga, María confiesa que había estado con Rodolfo y que “los dos habían perdido la cabeza”.

Es fácil hacerse una idea de de los sentimientos de María, porque cuando el amor lo llena todo, sucede lo mismo en cualquier hombre o mujer. Pero ¿y Rodolfo? ¿Estaba realmente enamorado? Es difícil pensar que un hombre tan “corrido” como él pudiese participar en el mismo grado de lo que para ella debió de ser una experiencia sublime. Que no fue una aventura corriente lo demuestra lo que queda de historia. Pero nunca sabremos lo que fue en realidad para él.

Además, así como el padre de ella apenas cuenta en esta historia, Rodolfo tenía un señor padre, que además contaba con cincuenta millones de hijos. Y que estaba seriamente preocupado por su heredero. Lo de los encuentros secretos entre Rodolfo y María enseguida se supo en toda la corte. (Es curioso observar que, mientras conocimientos muy importantes para la humanidad se difunden muy lentamente, la noticia de ciertas historias “íntimas” se propaga a la velocidad del sonido, a veces antes de que el hecho se produzca). (Continuará

 (De El suicidio considerado como una de las bellas artes)

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Mayerling, una tragedia con decorado de opereta I

 Rodolfo y María

Difícilmente se podría dar con nombres más adecuados para una historia de amor romántico, en el sentido vulgar del término. Y es que, no obstante lo que proclamaba Oscar Wilde, a veces, como en este caso, el arte sí que imita a la vida. En efecto, los Rodolfos y Marías que durante un siglo han pululado por multitud de novelitas y novelones “rosa” tienen su origen – aunque sea sólo en su aspecto onomástico – en nuestros nuevos protagonistas. La verdad es que la historia de esta pareja posee abundantes elementos como para erigirse en modelo de novelón “romántico” de alto standing. Hay un príncipe apuesto, un padre emperador de pobladas patillas, una madre emperatriz de rara elegancia, una jovencita y bella baronesa, una condesa o dos, un pabellón de caza, ayudantes de campo, doncellas, monteros, palafreneros y resto de servidumbre. Hay paradas militares, paseos elegantes, bailes en palacio (valses de Strauss, naturalmente). Y un amor a primera vista de consecuencias incalculables.

Pero adentrémonos en la historia verdadera, apartemos la mirada de tan rutilante decorado y veamos qué nos ofrece la supuesta realidad. Cuando se desencadenó la historia de Rodolfo y María, el padre-emperador, Francisco José de Habsburgo, tenía 58 años, llevaba cuarenta al frente del imperio austriaco y aún le quedaban otros veintiocho. Es quizá el personaje que más se ajusta a los patrones del novelón “romántico”. Estándole destinada la hermana mayor de una familia de la nobleza, eligió, por amor, a otra de las hermanas.

De mentalidad más que conservadora, fue un buen marido, incluso demasiado compresivo, si tenemos en cuenta la mentalidad mencionada; padre bondadoso (cuando no había conflicto con sus deberes de gobernante supremo), creyó ser también el padre o abuelo de todos sus súbditos, creencia que entre éstos era ampliamente compartida. No entendió gran cosa de lo que se movía en sus dominios, que incluían quince nacionalidades, cuatro o cinco religiones y un buen puñado de lenguas y dialectos. Y sin embargo, permitió adoptar fórmulas (el Imperio Austro-Húngaro, a partir de 1867) que mantuvieron en pie aquella extraña estructura política hasta que cayó derribada por la guerra europea de 1914-18.

Y no sólo se mantuvo, sino que su capital, Viena, fue durante décadas, en torno al 1900, el centro cultural y científico más vigoroso y original de Europa. Es decir, que a pesar de todas sus deficiencias y problemas, aquél era un ámbito político que permitía que se sintiesen cómodas en él personas y tendencias de muy diverso signo. Baste recordar a los escritores Joseph Roth y Stefan Zweig, nada sospechosos de reaccionarios y sin embargo claramente nostálgicos de aquel buen Imperio (o de los buenos años de la juventud, quién sabe).

Pasemos a la madre-emperatriz. Se llamaba Isabel Amalia Eugenia de Wittelsbach, Sissí para los amigos. A los diecisiete años se casó con Franciso José. Era bella, amante de los caballos, de la cultura y del pueblo húngaro; obsesionada por su figura, maniática con la comida (quizá anoréxica); amaba la libertad, le deprimía la vida de la corte, y las relaciones con el marido no fueron todo lo malas que cabía esperar teniendo en cuenta la actitud terrorista de la suegra. Tuvo tres hijas y un hijo, Rodolfo, protagonista de esta historia, con el que mantuvo relaciones no siempre tranquilas. (Continuará)

 ( de Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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El enemigo

MEFISTO.- … Si dices «crear un imperio», la tarea parece abrumadora, lo reconozco. Pero si dices «crear un enemigo», la cosa se simplifica mucho. Un imperio requiere soldados, armas, propaganda, dinero, mucho dinero…Un enemigo no requiere necesariamente todo eso. Basta con que sepa hacerse percibir como enemigo. En realidad, ni siquiera es necesario que exista. Mírame a mí: desde hace veinte siglos el Enemigo por excelencia soy yo, y sin embargo hace ya tiempo que la ciencia y la filosofía dictaminaron que nunca he existido.

(De Mundo, Demonio y Fausto)       Ver el capítulo completo:  

http://es.scribd.com/doc/27646203/Mundo-Demonio-y-Fausto-2

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La bondad sospechosa

Las palabras son como las personas: unas resultan simpáticas y otras más bien antipáticas, y hasta las hay que procuramos evitar al precio que sea. Las palabras que denotan cualidades, o sea, los adjetivos calificativos – que así se llamaban en mi bachillerato – son un claro ejemplo de esto cuando se aplican a personas.

Cuando decimos de alguien que es inteligente, audaz, sabio, fuerte y cosas así, todos saben a qué nos referimos y admiran (o envidian) a la persona en cuestión. Cuando decimos de alguien que es malvado, cruel, perverso, ignorante, mezquino y cosas así, todos saben a qué nos referimos y rechazan o evitan a la persona en cuestión.

Pero hay calificativos dotados de una extraña ambigüedad, de manera que, cuando se pronuncian, dejan en suspenso el juicio, pues no acabamos de saber si eso que se predica es bueno o es malo. Astuto por ejemplo, o ahorrador, o meticuloso…Y en suspenso se queda hasta hasta que no sabemos más de la persona en cuestión.

El más extraño de los calificativos es el de «bueno». ¿Qué es ser bueno? ¿En qué consiste esa extraña cualidad que, en principio, todo el mundo aprueba, pero que, en la práctica todos rehuyen? Si se nos permitiese elegir un solo calificativo para definirnos, ¿quién elegiría el de «bueno»? ¿Quién no preferiría inteligente, bello, audaz o, incluso, astuto y hasta perverso? Todos preferiríamos cualquier calificativo antes que el de «bueno».

Y es que la bondad es siempre sospechosa. Sospechosa de necedad, de pobreza de espíritu, de bobería. Porque, ¿cómo es posible que, habiendo tantos medios de prosperar – engañando, defraudando, mintiendo, traicionando, robando (cierto que también están los méritos propios, pero pasa que hay que venderlos, y ahí ya no entra la bondad) -, haya alguien que permanezca en la mediocridad más honrada? Solo un bobo.

En España, por ejemplo, hay un término muy usado por la  derecha en general, y por su sección de ex progres en particular. «Buenismo». ¿Qué es eso? Buenismo es la actitud de la persona – obviamente desinformada o de muy pocas luces – que cree que los conflictos se pueden solucionar por las buenas, que las guerras son evitables, que, aunque es mejor enseñar a pescar a los pobres, es conveniente mientras darles de comer algún pez, que las civilizaciones más opuestas pueden entenderse poniendo un poco de ganas y de buena fe… y otras cosas igualmente alejadas del sano juicio del mundo práctico. Nótese además que la palabra tiene una clara connotación despectiva, lo que no podía ser de otra manera proviniendo del término «bueno».

Además, me resulta inimaginable que, para calificar la actitud contraria a la del buenismo, se  pudiese acuñar el  término «malismo».

Solo esto lo explica todo.

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Kleist y la mediocridad que gobierna el mundo

No hay en la vida ninguna situación tan mala que no pueda empeorar. El año 1811 no se presentó con buenas perspectivas. Por una serie de coincidencias, sus buenos amigos y amigas desaparecieron del horizonte, la revista berlinesa dio los últimos estertores a manos de la censura, la necesidad de sobrevivir le impulsó a mendigar la readmisión en el ejército, pero, antes de que ésta y otras súplicas similares encaminadas a obtener un empleo tuviesen respuesta, lo peor abrió sus negras fauces.

En septiembre visitó a su familia en Frankfurt del Oder. Allí tuvo que oir de sus dos hermanas lo que no quería decirse a sí mismo: eres un fracasado, Heinrich, no sirves para nada; has desaprovechado todas las oportunidades que has tenido de prosperar en el ejército o en la administración, y total, ¿para qué? Tus escritos no interesan a nadie; no tienes sentido de la responsabilidad, ni contigo ni con tu familia; has conseguido que nos avergoncemos de ti, Heinrich, eres un inútil, un fracasado.

Llamar a una persona, a cualquier persona, “inútil” o “fracasado” siempre es un crimen. Pero dirigir estos calificativos a un hombre que está gestando una de las grandes maravillas de la literatura universal, a un hombre que guarda en su interior un mundo infinitamente más rico que el de sus acusadores, eso es…una blasfemia, un sacrilegio. Es el triunfo – temporal, es cierto, pero a veces asesino – de lo mediocre y mezquino sobre lo excelso y luminoso. Hay que tener una fortaleza muy especial para superarlo. Y Kleist no tenía esa clase de fortaleza.

Entonces fue dando forma a la vaga idea que, ya hacía tiempo, le andaba rondando: acabar con todo, terminar. Pero no quería partir sólo. Al final, encontró lo que buscaba: un alma sensible y también desesperada. Se llamaba Henriette Vogel, estaba casada, no era bella y sufría un cáncer incurable. La tarde del 20 de noviembre de 1811, Heinrich von Kleist, de treinta y cuatro años, y Henriette Vogel, de treinta y uno, se alojaron en una posada cerca de Postdam, a orillas del Wannsee, donde pasaron la noche. No entregados al amor, por cierto, sino cantando canciones y escribiendo cartas de despedida.

Cuenta Adam Müller que, a la mañana siguiente, salieron a dar un paseo y se hicieron servir unas tazas de café al lado mismo del lago. Poco después se oyeron unas detonaciones. Kleist había disparado a Henriette en el pecho, y después a sí mismo en la boca.

No estaban enamorados. No fue un suicidio romántico en el sentido trivial del término. Y quizá tampoco en su sentido propio. Eran criaturas condenadas, a las que la vida negaba el derecho de continuar. Desahuciadas. Ella, por la enfermedad del cuerpo; él, por la enfermedad del alma, pero sobre todo, por la infinita mediocridad que gobierna el mundo.

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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La muerte

Quería escribir sobre la muerte, pero me ha dado miedo y he decidido cambiar de tema. Poco después he pensado que no hay para tanto, que si se agarra el toro por los cuernos, es probable que no llegue a cornearnos. Así que, adelante.

La muerte es eso que nos sucede a todos los vivos al final de nuestras vidas. A todos. Desde pequeños, estamos acostumbrados a ella. Matamos hormigas, a veces inadvertidamente, asfixiamos insectos, la mayoría hasta devoramos peces, aves y mamíferos, si bien  solemos confiar la matanza a manos ajenas. Incluso la muerte de seres humanos se nos presenta al principio como un espectáculo lejano y divertido. ¿Quién no ha disfrutado en su infancia de aquellas películas en las que los «buenos» tirotean sin piedad a los «malos»? ¿Ficción? Bueno, para un niño muy pequeño no está muy claro que sea ficción.

Pero el niño crece, y llega un día en que se da cuenta de que también él puede desaparecer. Como una hormiga, como un insecto, como un indio o japonés de película de Hollywood años 40-50. Pero ¿cómo? ¿Yo también? Sí, tú también, como los otros. ¡Pero yo no soy los otros, yo soy yo!… Y es entonces cuando la muerte se revela como la gran injusticia, el gran misterio que acongoja a la humanidad desde que le empezó a despuntar el raciocinio.

Pero, injusticia ¿por qué? Precisamente la muerte es la gran niveladora, la única que trata por igual a ricos y pobres, a príncipes y mendigos, como no se cansaban de propagar las artes de la Edad Media, tan poéticamente, a veces.

Y misterio, ¿por qué? Si es el proceso más claro y transparente que se da en la naturaleza, si todos los días lo tenemos ante nosotros en forma de individuos vegetales y animales, racionales o no, que se extinguen para siempre… ¿Dónde está el misterio?

En la muerte no hay ningún misterio. Y sin embargo no la aceptamos y nos rebelamos ferozmente contra ella. ¿Por qué? Ahí está el misterio.

Desde mi modesta posición de simple comentarista de casi nada, me gustaría dar un consejo a filósofos en ejercicio y pensadores interesados por la ciencia (los otros pensadores pueden seguir con sus musarañas). Por favor, olvídense de la muerte. Desde pequeñitos, todos sabemos lo que es y no nos van a descubrir nada nuevo. Céntrense en ese impulso interior que nos quiere vivos y que rechaza contra toda lógica la muerte. Investiguen sobre esa fuerza profunda del ser humano que, contra toda razón, se considera, se siente, inmortal.

Me temo que tampoco por ahí se llegará a ninguna conclusión, pero al menos se estará en la senda correcta, imagino.

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Oscar Wilde y la indignación de los justos

[Concluye el juicio a Oscar Wilde]

Finalmente, el jurado dio su veredicto: culpable. Y el juez dictó la sentencia, tras soltar unas consideraciones de una impiedad y de una beligerancia impropias de la imparcialidad que cabe esperar de un magistrado: «crimen terrible», «máximo sentimiento de indignación», «la peor causa que he tenido que juzgar en toda mi vida», «es mi obligación dictar la pena más grave que la ley autoriza». Y la pena: dos años de presidio con trabajos forzados.

En realidad, el juez Wills no hacía más que cumplir con su misión: ser fiel ejecutor del poder imperante en la sociedad, una sociedad que había decidido imponer un castigo ejemplar a aquel molesto “payaso”. Y para esta tarea le sirvieron sin duda algunos rasgos propios de su carácter, como la miseria moral, la falta de compasión y la ausencia absoluta de imaginación (rasgos, por lo visto, compatibles con el hecho de ser un buen jurista). Y es que las personas en general suelen condenar con la máxima dureza aquellos pecados que no pueden tentarles.

Una de las mayores aflicciones que sufrió Wilde en su caída fue la revelación y la experiencia de la maldad humana: el sadismo del primer director de la cárcel de Reading y de algunos funcionarios; pero también, y no en menor grado, el encarnizamiento que personas desconocidas mostraron contra él a la salida del tribunal o cuando era reconocido con ocasión de algún traslado.

Casi todos los reos – culpables o no –, expuestos a la vista pública, han tenido la misma experiencia. Desde Jesús de Nazaret hasta el criminal más notorio. ¿Qué es lo que lleva a ciertos seres humanos a ensañarse con el supuesto criminal que aparece indefenso y condenado a pagar sus culpas? ¿De dónde sale ese torrente de indignación que si, en ocasiones, no fuese contenido por la fuerza pública acabaría en linchamiento? Sin duda, de los mismos rasgos de carácter que distinguían al juez Wills: la miseria moral, la carencia absoluta de imaginación y, su consecuencia, la falta de compasión.

 (De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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