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Montaigne. Una torre con vistas I

montaigneSuele llamarse escritor al creador de obras literarias. Esas obras tienen un contenido que se presenta con el envoltorio de un estilo, de un modo de escribir. Luego que el escritor ha creado la obra, llega el crítico, reseñista, comentarista o – si han pasado muchos años – erudito, y se aplican a mostrarnos esa obra, a deconstruirla, intentando poner al descubierto el mundo de referencias a menudo ocultas que circulan por su interior, con la finalidad de revelarnos todos los secretos o resortes fundamentales de la obra y de la persona del autor. Porque lo normal es que tengamos ante nosotros por un lado la obra y por el otro el autor, y que sobre la relación entre ambas se pueda construir toda suerte de teorías más o menos acertadas, felices o pintorescas.

Pero ocurre que el escritor que ahora toca presentar, el Señor de Montaigne, tiene un problema, o una peculiaridad, y es que carece de esta dualidad. No diré que no haya obra, sino que no hay tema. El tema es él mismo. Y la obra consiste en la exploración y explicación de él mismo, con lo cual el trabajo del comentarista, que consiste en relacionar obra y autor y tratar de establecer sus correspondencias, resulta superflua, porque aquí obra y autor son lo mismo, y el propio autor es su mejor comentarista.

Hallándome totalmente desprovisto y vacío de cualquier otra materia, me he ofrecido a mí mismo como tema. Es el único libro del mundo en su especie: su propósito es raro y extravagante. Nada hay en este trabajo que sea digno de señalar sino esta rareza

No sabemos si, al escribir esto, es consciente de que está inaugurando un género literario. Para empezar, ni siquiera se considera escritor.

Yo soy cualquier cosa antes que un escritor de libros. Mi cometido es dar forma a mi vida. Esa es mi única vocación, mi única misión.

Como Goethe dos siglos después, no se considera un escritor profesional, sino un artesano, un artista de sí mismo. Y dado que no tiene unas cuantas ideas fijas, ni siquiera una, como suelen tener todas las personas, incluidas las que se consideran escritoras, lo explora todo, lo comenta todo, pero no para ofrecer una obra sólida, sino para exponer sus reflexiones adogmáticas como lo que él cree, no como lo que hay que creer.

Y no lo expone con gran aparato literario, sino que escribe, pretende escribir, tal como se habla. Su pretensión es ser loessais más accesible posible a sus contemporáneos. Por ello, en una época en que todas las obras científicas y filosóficas se escriben en latín, él lo hace en francés, idioma que considera indeciso y cambiante (y lo era entonces) y, por lo mismo, más apropiado a una vigencia efímera, como creía que sería la de sus escritos, y más adaptado al ritmo de la vida que un latín estable (fosilizado, diríamos hoy). Y con un estilo al mismo tiempo simple y expresivo.

Montaigne no tiene una teoría del mundo que presentar y desarrollar y así, del mismo modo que toma su anecdotario de los hechos del presente o de la historia, apoya su pensamiento en el de autores de indiscutible prestigio.

Séneca es el primero, en el tiempo. Pero, con los años, la preferencias de Montaigne van evolucionando. Su enorme pragmatismo y sentido común hacen que pronto le parezca el estoicismo demasiado violento, demasiado poco humano.

¿De qué nos sirve esa curiosidad que consiste en imaginar por adelantado todas las desdichas de la naturaleza humana y de prepararnos con tanto esfuerzo para el encuentro de esas cosas que tal vez no están destinadas a alcanzarnos?

La muerte sí, claro, ha de alcanzarnos. Pero incluso en este caso,

a la mayoría de los sabios la preparación para la muerte les ha dado más tormento que el hecho mismo de la muerte.

Y entonces se aferra, como siempre en el fondo, a una moral familiar, tradicional, simple y práctica, que no necesita de justificaciones ideológicas.
de-rerum-naturaSi de ideologías o de filosofía se trata, lo que se advierte en él en esta segunda fase es un una preferencia por el epicureísmo, que encuentra perfectamente formulado en la obra del poeta Lucrecio, y finalmente por el escepticismo, que conoce y profundiza con la lectura de Sexto Empírico, cuya filosofía se adecua muy bien a su temperamento, ajeno por completo a cualquier extremismo.

Montaigne tiene la sensación de que todo es relativo, de que las cosas tienen muchas caras y de que hay que darles muchas vueltas y examinarlas bien antes de pronunciarse. Y sabe que sus mismas ideas son relativas.

Lo más seguro, en mi opinión, sería ir acomodando nuestras opiniones a las circunstancias inmediatas, sin entrar en una investigación más detenida y sin deducir ninguna otra consecuencia.

Y es que

nada se cree con mayor firmeza que aquello que se conoce menos, ni hay hombres más seguros de lo que dicen que los que nos refieren cosas fabulosas, como los alquimistas, adivinos, quirománticos, astrólogos...

No, él no es un hombre seguro en las ideas, pero sí clarividente, y prudente en los hechos. Su religiosidad, por ejemplo, no consiste en la adhesión entusiasta a una fe determinada, sino en la aceptación de un hecho natural: considera que es católico y no mahometano por la misma razón que es francés y no alemán.

La época que le tocó vivir no era nada propicia para personalidades como la suya. Era un tiempo de violencias, de luchas fratricidas, esta vez al amparo del enfrentamiento de dos versiones de la misma religión, como otras veces al amparo de pretextos geopolíticos, económicos o dinásticos, aunque la oculta razón de todos los pretextos era y ha sido siempre la misma: el afán de poder, de dominio; o de librarse del dominio ajeno.henri

Durante la segunda mitad del siglo XVI se vivieron en Francia tres guerras “de religión”. El protestantismo había prendido en ciertos sectores del país y, entre que no hubo un instrumento para extirparlo de raíz, como el Santo Oficio en España, y que contó con la adhesión de parte de la nobleza, alcanzó una fuerza tal – se calcula que los “hugonotes” sumaban el diez por cierto de la población – que el gobierno católico de París de ningún modo lo quiso tolerar.

Encerrado en la torre de su castillo, Montaigne leía a los filósofos antiguos y escribía sin descanso sobre todo lo humano – lo divino lo dejaba a los que afirman saber  de estas cosas. A veces se asomaba a la ventana y contemplaba el trajín normal de la vida. Pero la suya no era una torre de marfil, sino más bien una torre con vistas desde la que podía contemplar el mundo. Hasta ella llegaba el fragor de los combates (en los que alguna vez se vio compelido a participar) y, en ocasiones, los requerimientos de uno y otro bando para que se sumase claramente a los suyos. Pero él se limitó a hacer de mediador. Leal al rey francés, admirador del líder católico Enrique de Guisa y amistoso con el líder protestante Enrique de Navarra, su acción fue decisiva para el fin pacífico de la cuestión.

Montaigne tiene la sensación de que todo es relativo… Montaigne, ¿relativista? No sé. El caso es que, mientras Montaigne escribía, examinando las muchas caras de las cosas, y buscaba la paz, los portadores de valores altos, claros y seguros, se acuchillaban sin piedad en las calles y los campos de Francia.  (Continúa)

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(De Los libros de mi vida. Lista B)

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El suicidio en Roma (sabiduría clásica VI)

No existía en latín clásico (ni siquiera en el medieval) una palabra determinada para significar lo que hoy entendemos por suicidio. Para ello se tenía que recurrir a paráfrasis como mortem sibi consciscere, sibi manu afferre o sui caedere, de la última de las cuales se formó, ya en época moderna, el término actual.lucrecia 3

Pero la gente se suicidaba, naturalmente, tampoco existía una palabra para significar lo que hoy entendemos por “homosexual” (cinaedus era una especie de insulto dirigido al pasivo vicioso), pero la gente hacía lo que podía, naturalmente.

Y el ciudadano romano, ¿qué pensaba del hecho de darse muerte uno mismo, por decirlo a su manera? Aquí, como en el caso de la religión, hay que distinguir entre el ámbito popular y el culto.

La gente común no veía con buenos ojos el suicidio, especialmente el producido por ahogamiento. De hecho, en el antiguo derecho pontifical se negaba la sepultura a los ahorcados. Se conserva una inscripción en que un personaje hace una donación de tierras para cementerio de sus conciudadanos con la condición de que sean excluidos los gladiadores y los que se hubiesen ahorcado. En todo caso estaba claro que, para el pueblo llano, el suicidio no podía ser del agrado de los dioses.

caton suicidioEntre las élites culturales la cosa era distinta. Cicerón se pronuncia de una manera en apariencia ambigua, pero en el fondo, creo yo, muy lógica. La creencia en un mundo coherente regido por la divinidad le lleva a pensar – como más tarde a los teólogos cristianos – que el hombre no es dueño de quitarse la vida; y sin embargo, a diferencia del cristianismo, Cicerón admite excepciones; afirma que hay ocasiones en que el mismo dios que hay en nosotros y que nos prohíbe salir de la vida sin permiso otorga la autorización necesaria.

aquel breve resto de vida que les queda ni han de apetecerlo los ancianos, ni han de renunciar a él sin motivo; y Pitágoras prohibe que sin permiso del general, o sea, de dios, nadie abandone la guardia y el puesto de la vida. (Sobre la vejez, XX, 73-74; trad. Eduardo Valentí Fiol).

¿Y cuándo, en qué casos, se produce esa autorización? Para Cicerón está muy claro: cuando está en juego la libertad o la dignidad de la persona. El ejemplo supremo es el de Catón de Útica, que se quita la vida para no vivir bajo el poder del liberticida Julio César, quien, sin duda, se la habría perdonado.

images (59)Séneca es más expeditivo: no es preciso que ningún dios nos autorice la salida. Si te place, vive; si no, puedes regresar al lugar de donde viniste. Pero el hecho de que no se precise un permiso divino, es decir, una razón moralmente admisible, no significa que todo suicidio merezca la aprobación del filósofo. Y es que si, para el estoico, el hombre ha de ser el artífice, el gobernante de su vida, también el suicidio habrá de responder a un acto de gobierno, no a la presión de una pasión enfermiza.

Aquí, como en todo el pensamiento de Séneca, la idea siempre presente es la dignidad. El varón fuerte y sabio de la vida no debe huir, sino salir, dice. Y nadie más indigno que el que no sabe salir. Y ni siquiera huir. A éste dedica Séneca todo su desprecio.

Viejos decrépitos que mendigan en sus plegarias un suplemento de pocos años, que se fingen jóvenes y que tan placenteramente se engañan como si también engañasen al destino. Pero cuando alguna enfermedad les advierte de su mortalidad, mueren aterrorizados, no como si saliesen de la vida, sino como si fuesen arrancados. (Sobre la brevedad de la vida, XI).

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Séneca, psicólogo (sabiduría clásica V)

seneca sab

Dedicado a la simpática y entretenida tarea de preparar estas entradas sobre lo que llamo “sabiduría clásica”, he hecho un descubrimiento: releyendo lo ya varias veces leído, me he encontrado de pronto con algo en lo que no había reparado pese a que siempre había estado ahí. Y es que, además de político influyente, literato exquisito y moralista profundo, Séneca fue un psicólogo extraordinario. Tan extraordinario que incluso parece haber sugerido temas a cierto maestro de la modernidad psicológica.

A continuación van unos ejemplos. He encabezado las introducciones con los titulares que me han parecido más adecuados. Todas las citas pertenecen a la obra Cartas morales a Lucilio; traducción, Eduardo Sierra Valentí.

cartas a lucilio

Lo peor (como lo mejor) está en la imaginación

Ante la amenaza de un mal no te precipites en sufrirlo. Quizá no sea tan terrible como parece, o nada en absoluto. Procura encararlo tal como es en realidad.

Antes que nada, acuérdate de eliminar en cada cosa cualquier exageración que pudiese rodearla y pronto verás que no hay nada terrible, si no es el propio temor. (III, XXIV).


paisaje mente¿Quién es desgraciado?

Es desgraciado quien se cree desgraciado, como es feliz quien se cree feliz. El mundo es un paisaje de la mente, que se muestra con los colores con que lo pintamos.

Cada hombre es tan desgraciado como cree serlo.(IX, LXXVIII).

                   ¡Cuidado a quién favoreces!

Apenas había pensado en ello y solo lo neron senecahabía leído en Séneca. Existe un extraño mecanismo por el que la persona que recibe un favor puede convertirse en enemigo mortal del benefactor. Y es que cuando alguien no quiere, no puede o no sabe agradecer el favor recibido transforma en odio lo que debería ser agradecimiento.

Es peligrosísimo hacer favores a ciertos hombres, los cuales, porque creen vergonzoso no pagar beneficio, no querrían que existiera aquel a quien tendrían que pagarlo. […] Ningún odio es tan pernicioso como la vergüenza de un beneficio mal correspondido. (X, LXXXI).

El mal que se hace no se desprende del todo del el malhacedor.

El mal que se inflige no solo afecta al objeto sobre el que se lanza, cosa obvia, sino también al mismo sujeto lanzador. El ser humano no es como una máquina que, después de funcionar, queda tal como estaba. Todo lo que hace le transforma de alguna manera.

Lo que va a parar a los demás es la parte más pequeña de la maldad; lo que contiene de peor y, por así decirlo, de más fangoso, permanece en su propia casa y oprime a su propio dueño. (X, LXXXI)

freud

Libido moriendi, un anticipo freudiano

No siempre se desea la vida. Frente a la voluntad de vivir existe también una pulsión de muerte, como “descubrió” Freud, y el hombre…

ha de saber evitar aquella pasión que ha dominado a tantos: el afán de morir [libido moriendi]. Porque, querido Lucilio, existe también, como para otras cosas, una inclinación desordenada hacia la muerte. (III, XXIV)

baudelaire

Tedium vitae, el spleen del siglo I

Freud catalogó la melancolía, esa tristeza oscura sin razón aparente, como una forma grave de depresión. En la literatura romántica y posromántica suele recibir el nombre de spleen, término de origen inglés que difundieron ciertos poetas franceses. La sola palabra nos evoca el nombre de Baudelaire. Pero muchos siglos antes…

con harta frecuencia ha dominado, ya a varones generosos e incorruptibles, ya a hombres cobardes y muelles; aquellos menosprecian la vida, estos la encuentran poco llevadera. A algunos entra la desgana por tener que ver y hacer siempre las mismas cosas; no es un odio, antes un aburrimiento de la vida [tedium vitae](III, XXIV)

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Religión, dioses, mente divina II (sabiduría clásica IV)

Que los romanos cultos no participasen de la fe infantil del pueblo llano en los dioses no significa que fuesen inmunes a las tentaciones metafísicas. En los escritos de muchos pensadores hay pruebas evidentes de ello. Pero no se espere encontrar nada comparable a un Platón o un Aristóteles. Y es que, a diferencia de la griega, la cosecha latina de escritores apenas produjo filósofos.platon

Un pueblo tan práctico como el de Roma podía dar – y dio en abundancia – juristas, arquitectos, ingenieros, administradores, soldados, pero no filósofos. Y en mi opinión, no hay excepciones. Porque, si consideramos los nombres que enseguida vienen a la mente, tendremos que reconocer que Cicerón fue solo un divulgador de la filosofía griega y que tanto Séneca como Marco Aurelio cultivaron casi exclusivamente el aspecto más utilitario de la filosofía, la ética, es decir, cómo comportarse en la vida.marco aurelio

Los interesados en la metafísica o, simplemente, en hacerse con una visión del mundo (una Weltanschauung, se diría siglos después) se adscribían de hecho a una de las dos grandes corrientes: la epicúrea, materialista, negadora de toda trascendencia humana, y la estoica, que había acogido algunos aspectos del platonismo y del aristotelismo, y que creía en una divinidad reguladora del cosmos al mismo tiempo que en una necesidad o fatalidad del devenir humano y universal, pues, como dice Séneca:

Una cadena irrompible, que esfuerzo alguno lograría alterar, ata y arrastra todas las cosas. (Cartas a Lucilio, IX, 77; trad., Eduardo Sierra Valentí)

Cicerón, que no se consideraba estoico ni epicúreo, pero que estaba mucho más próximo de lo primero que de lo segundo, escribe:

todos obedecen al orden que reina en los cielos, al principio divino que anima el mundo, y al Dios todopoderoso, de suerte que el universo entero debe ser considerado como la patria común de los dioses y de los hombres. (Sobre las leyes, I, 23; trad., José Guillén).acueducto

En Séneca ese Dios regulador se nos presenta, además, como algo más próximo, más intimo:

Dios se halla cerca de ti, está contigo, está dentro de ti. Sí, Lucilio, un espíritu sagrado reside dentro de nosotros, observador de nuestros males y guardián de nuestros bienes, el cual nos trata como es tratado por nosotros.(Cartas morales a Lucilio, IV, 41; trad. Eduardo Sierra Valentí).

Esta creencia en un orden divino, generalmente admitida excepto por los epicúreos, no supone necesariamente, como en otras religiones, la fe en la pervivencia o inmortalidad del alma individual. Sobre esto las posiciones son diversas.

catulo juan petit

El poeta Catulo, que al parecer hasta cree en los dioses tradicionales, afirma:

los soles pueden ponerse y volver a salir; pero nosotros, una vez se apague nuestro breve día, tendremos que dormir una noche eterna.(V ; trad. Juan Petit)

Séneca resulta un poco contradictorio en este tema, o quizá es que no lo entendemos muy bien, porque en unas ocasiones defiende la inmortalidad personal, y en otras parece que no.

Cicerón, con su típica mentalidad jurídica, plantea la cuestión de manera que no quede ningún cabo suelto:

Que si yerro al creer que las almas humanas son inmortales, gustosamente yerro, y no quiero que me arranquen, mientras viva, este error en el que me complazco; ahora, si después de muerto no he de sentir nada, como piensan ciertos filósofos insignificantes, no temo que los filósofos difuntos se burlen de este error mío. Que si no hemos de ser inmortales, es con todo deseable que el hombre se extinga a su debido tiempo; pues la naturaleza ha puesto un límite a la vida como a todas las demás cosas. (Sobre la vejez, XXIII, 85; trad. Eduardo Valentí Fiol)alma

En conclusión, con inmortalidad del alma o sin ella, para los mejores pensadores romanos todo está movido, animado y regulado por la mente divina,

            omnia iam cernes divina mente notata

dice Cicerón en uno de los pocos versos suyos que se conservan, y que apenas precisa traducción.                                     

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El tiempo que pasa (sabiduría clásica II)

La necesidad de aprovechar el tiempo es una de las principales preocupaciones de Séneca. Ya la primera carta a Lucilio la dedica a este tema:reloj2

El tiempo que hasta hoy te han estado tomando, te han estado robando o que te ha huido, recógelo y aprovéchalo. Persuádete de que es tal como te lo estoy escribiendo; unas horas nos han sido tomadas, otras nos han sido robadas, otras nos han huido. La pérdida más vergonzosa es, sin duda, la que acontece por negligencia. Y si te fijas bien, la mayor parte de la vida la pasamos entregados al mal; otra parte, y no menguada, sin hacer nada, y toda la vida haciendo lo que no deberíamos hacer. […] Asegura bien el contenido del día de hoy, y así será como dependerás menos del mañana. Aunque aplacemos las cosas, la vida nos huye. Todas las cosas, Lucilio, en realidad nos son extrañas, solo el tiempo es bien nuestro. (Cartas morales a Lucilio, I, trad. Jaume Bofill i Ferro)

En varias ocasiones sostiene Séneca que la vida no es breve, que somos nosotros los que no la sabemosseneca epistolas aprovechar. ¿Y cómo la desaprovechamos? Dedicando nuestro tiempo a actividades absurdas que nos van alejando de la posibilidad del verdadero goce de la vida.

Larga es la vida si la sabemos aprovechar. A uno detiene la insaciable avaricia, a otro la cuidadosa diligencia de inútiles trabajos; uno se entrega al vino, otro con la ociosidad se entorpece; a otro fatiga la ambición pendiente siempre de ajenos pareceres, […] Hay otros que en veneración no agradecida de superiores consumen su edad en voluntaria servidumbre, […] Pequeña parte de la vida es lo que vivimos: porque lo demás es espacio, y no vida, sino tiempo. (De la brevedad de la vida, I ; trad. Pedro Fernández Navarrete).

En cierto momento, Cicerón, hablando por boca de su personaje Catón el Viejo, opina que la longitud del tiempo es indiferente; que, una vez transcurrido, no importa si fue largo o corto, porque, al pasar, da muerte por igual a todo lo que en su escenario ocurre:

No me parece duradero nada que tenga un término; en efecto, en el mismo momento de llegar éste, se desvanece todo lo que ha pasado. (Sobre la vejez, XIX, LXIX; trad. Eduardo Valentí Fiol).

Quizá quien con más acierto y contundencia expone el rasgo fundamental del tiempo que pasa sea un poeta, Publio Ovidio Nasón, y lo hace con solo tres palabras, que vale la pena recordar en su versión original: tempus edax rerum:

El tiempo, devorador de las cosas. (Metamorfosis, XV, 234)tempus edax

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El cuidado del cuerpo (sabiduría clásica I)

A medida que la influencia de la cultura griega se afianza en Roma, se va despertando entre los varones un interés antes desconocido: el cuidado del cuerpo, no ya como necesario entrenamiento para la guerra, sino con fines exclusivamente narcisistas, se podría decir.

Séneca, en carta a su supuesto amigo Lucilio, advierte y aconseja:

atleta romanoNosotros, es menester confesarlo, tenemos un amor innato a nuestro cuerpo, del cual nos ha sido confiada la tutela. No niego que debamos tratarlo bien, pero sí que debamos servirle, pues servirá a muchos dueños quien sirva a él, quien se ocupe demasiado en él, quien todo lo refiera a él. Es menester que nos comportemos no como aquel que tiene que vivir para el cuerpo, sino como aquel que no puede vivir sin el cuerpo. Un amor excesivo a éste nos inquieta con temores, nos carga de afanes, nos expone a afrentas. (Cartas morales a Lucilio, XIV)

………….

hombres que reparten su tiempo entre el óleo y el vino y tienen el día por bienaseo romano
aplicado cuando han sudado suficientemente, y para reparar el líquido que de esta manera perdieron han ingerido ya en ayunas mucha bebida para que penetre más adentro. Beber y sudar constituye la vida..
.(CML, XV)

Y  le recuerda que, no solo estas costumbres, sino otras que se consideran más normales, como el baño diario, eran desconocidas entre los antepasados:

Y aun, para que lo sepas, no se lavaban cada día, pues, según dicen aquellos que nos han trasmitido la relación de las costumbres antiguas, se lavaban cada día los brazos y las piernas, que se ensuciaban con el trabajo; lo demás del cuerpo solo lo hacían los días de mercado. (CML, LXXXVI). 

(traducciones, Jaume Bofill i Ferro)  

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Sabiduría clásica

La antigüedad clásica – y me refiero a la romana, que es la que conozco un poco – contiene un cúmulo de tesoros hoy en día ignorados. Incluso aquellas personas que sienten cierta inclinación por ella, si no la han minervaabordado mediante estudios mínimamente serios, pueden convertirse sin darse cuenta en víctimas de una de las muchas mixtificaciones o falsificaciones que hoy nos asedian.

Todo lo que el ciudadano medio – incluidos individuos supuestamente cultos – conoce de esa civilización y cultura es lo que se expone en películas, series televisivas y novelas “históricas”. No quiero decir que algunos de esos productos no sean dignos y hasta acertados – me rondan uno o dos títulos, que no diré –, pero en general poseen unos rasgos o características que, a mi juicio, los inhabilita como honestos transmisores de las realidades y valores de aquella civilización.

Por ejemplo, el exotismo y su contrario el actualismo. Entiendo por exotismo la pretensión de presentar la antigua sociedad romana como algo muy alejado de la normalidad humana actual, como algo curioso, fantástico, increíble. Lamento que el único ejemplo que ahora recuerdo sea precisamente una película por otra parte admirable: Satiricón, de Fellini.satiricon

Por actualismo entiendo el intento de presentar aquella sociedad como un espejo malintencionado de la nuestra, es decir, de llevar al espectador a la idea de que nada ha cambiado en los seres humanos, de que todo es siempre lo mismo. Parte de verdad hay en ello. Lo malo es que se fuercen los parecidos y se trasluzca la intención, como tantas veces ocurre.

Pero el verdadero elemento distorsionador de una posible comprensión de la antigüedad romana a travésviolencia en roma de esos productos “artísticos” consiste en lo que podríamos llamar el morbo de la violencia y el sexo, la obsesión por estos aspectos, y no desinteresada por cierto, sino alentada por la conocida capacidad de convocatoria comercial de tales ingredientes. Tanto es así que en la imaginación de los consumidores de esos productos, la antigua Roma no es más que un conglomerado de violencia física y de actividad sexual de toda clase: incestos, violaciones, excesos sexuales. No puede haber Roma sin luchas sangrientas de gladiadores, espadas que traspasan cuerpos o seccionan cuellos, envenenamientos, cuerpos de todos los sexos que se amontonan en orgías sin fin, etcétera.

No pretendo acabar con esa visión “mediática”. Tampoco podría. Solo aspiro a dejar constancia – como contrapartida – de las cimas intelectuales y espirituales que aquella sociedad alcanzó por medio de sus mentes más preclaras. Unos cuantos escritores me acompañarán en el intento: Cicerón, Séneca, y alguno más.ciceron grande

  1. El cuidado del cuerpo
  2. El tiempo que pasa
  3. La política: gloria y miserias
  4. Religión, dioses, mente divina I y II
  5. Séneca, psicólogo
  6. El suicidio en Roma
  7. Cultura y poder                   

NOTA: Me había pasado por la cabeza incluir la versión original latina de cada cita. Pero luego he pensado que la exhibición interesaría a pocos y espantaría a muchos. Así que los muy interesados podrán encontrarla en el lugar correspondiente de este estupendo compendio de la literatura latina:  http://www.thelatinlibrary.com

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