Breve tratado de teología práctica. I La Creación

Porqué no se tocan los dedos en la Creación de Adán de Miguel Ángel?

Ponerles un principio y un final a las cosas es una de las manías de los seres humanos. En la naturaleza no es así: todo fluye continuamente. 

Cierto que a veces hay saltos imprevistos y transformaciones tan insólitas que parecen dignas de un poeta como Ovidio. Pero eso es un problema del observador, la naturaleza va a lo suyo y poco le importa que nosotros dividamos su acción en capítulos, con sus principios y finales.

La división más tajante, que una parte de la humanidad pensante inventó para facilitarse el trabajo, fue la de distinguir entre el Ser y una supuesta Nada.

No es posible que todo esto que vemos haya existido siempre, se dijo: tuvo un principio y ha de tener un final.

Pero esto es una afirmación claramente abusiva, quiero decir, que excede de la lógica propiamente humana.

Que haya de tener un final es algo indemostrable, puesto que no hay registro histórico de que algo así haya ocurrido nunca.

Que tuvo un principio es afirmación tan gratuita como la otra. Y es que nadie conoció ni conoce ese supuesto principio. Se habla de un estallido inicial (big bang). Pero sería un estallido de algo, digo yo, es decir, de algo que ya estaba ahí antes del supuesto  principio, el cual, por consiguiente, ya no sería tal, no sé si me explico.

Hay un problema de fondo en esta cuestión. Consiste en que la mente humana, con todo su prodigioso poder, carece de condiciones o instrumentos para tratar el problema de los límites.

En principio, tan incomprensible le es un tiempo o un espacio infinito como un espacio o un tiempo finito.

Y digo en principio, porque esa incomprensión radical e invencible es el hecho real; otra cosa es el entramado de palabras que se puede montar para tratar de defender lo uno o lo otro.

Desde la más remota antigüedad, surgieron y se desarrollaron dos grandes tendencias contrapuestas de ver el asunto: la que defiende la eternidad del mundo, – si bien, por lo general, alternándose estados de latencia y estados de manifestación – y la que afirma que el mundo es obra de un dios creador, aunque nunca queda claro de quién es obra el dios en cuestión. En la primera de las tendencias citadas se encuadra gran parte del antiguo pensamiento hindú. En la segunda, destaca la cosmovisión judeo-cristiana.

Los antiguos filósofos griegos, ajenos en principio a las dos tendencias citadas, muestran una inclinación natural por la primera de ellas, presente tanto en las palabras de Heráclito de Éfeso,

este orden del mundo, el mismo para todos, no lo hizo dios ni hombre alguno, sino que fue siempre, es y será, fuego siempre vivo, prendido y apagado según medida,

como en la tranquila creencia de Aristóteles y otros filósofos en la eternidad de la materia y del mundo.

Ahora bien, si el Ser ha existido siempre, a diferencia de la Nada, que no ha existido nunca, la conclusión lógica será que ni hay Creador ni hubo Creación.

Cierto, pero hay una realidad, un Universo, tan vivo que parece dotado de consciencia, y eternamente sustentado por una fuerza o energía inmanente. 

Sobre la cual nada sabemos y parece que difícilmente algo sabremos.

(CONTINÚA: El Pecado)

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