Archivo mensual: julio 2019

LA CIUDAD MEADA

perro barcelonaLa situación es grave, más de lo que nadie piensa. La gente se preocupa por asuntos globales, de esos que se imagina que en cuestión de años pueden acabar con la humanidad. Preocupación vana. En cuestión de años la humanidad no existirá. Habrá sucumbido en un mar de orines.

La tendencia es imparable. Hace tres años las estadísticas decían que en la ciudad el número de perros alcanzaba el diez por cierto de la población humana. Es decir, un perro por cada diez personas, lo que significa aproximadamente un total de 160.000 perros. Ninguno de ellos, por lo que parece, orina en casa de sus amos. No he encontrado estadísticas más recientes. Como si un poder en la sombra quisiera ocultar la magnitud de la tragedia que se avecina.

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La cosa se veía venir. Desde hace años se observa un fenómeno curioso. Las parejas nuevas, las que han decidido poner sus vidas en común, sea bajo la fórmula del matrimonio sea bajo otra más imaginativa o avanzada, ya no se preguntan si tendrán hijos o no, o si prefieren niño o niña o si pocos o muchos. Deliberan sobre la raza del chucho que ha de compartir sus vidas, si comprado o adoptado, si grande o pequeño.

Y las personas ancianas y solitarias no han encontrado mejor remedio a su situación que la compañía de un perrito cuanto más pequeño mejor. Y es que hay una ley no escrita que dice que el tamaño de los perros se halla en razón inversa al número de años de sus propietarios. En fin.

Me encantan los perros, y conozco todas sus ventajas, y precisamente por eso no me gusta que se abuse de ellos, de su buena fe, de su paciencia infinita, de su cariño incondicional. Por otra parte, reconozco que es mucho más cómodo tener un perro que un hijo. Te llena por igual tus necesidades afectivas (algunos dicen que más), no te exige que le compres un móvil a los ocho años, ni que subvenciones sus diversiones a los dieciocho (o a los veintiocho). Además, a diferencia de tu pareja o de tu mejor amigo, no cuestiona tus opiniones, ni tu forma de vida. Te permite ser como eres, sin reproches ni discursos. Un perro es un milagro de amor y de fidelidad.

Si algún defecto le veo es precisamente ése. El hecho de que un animal en apariencia tan espabilado profese esa especie de apego irracional, ese amor absoluto, a unos individuos como los seres humanos, me inclina a pensar que hay algo que no funciona bien en los cerebros caninos. ¡Y bien caro que lo pagan a veces, los pobres!esquina meada

Pero me he desviado. Decía que esto se va a acabar, que todos los indicios son de que la ciudad perecerá bajo un mar de orines. Basta con que uno se fije en cómo van quedando los bajos de los edificios, de todo el mobiliario urbano, sucios, desgastados, pestilentes. Y ya no son 160.000, no, desde la última estadística van aumentando en progresión diabólica.

Y llegará el día en que los ciudadanos se rebelarán y exclamarán ¿Y por qué yo no? ¿Qué diferencia hay entre los orines de un cánido y los de un homínido? Y entonces ya no serán 160.000 sino más de dos millones, entre cuadrúpedos y bípedos , los que inundarán a diario las calles.

Y mi ciudad, que una vez estuvo a punto de perecer bajo las llamas, ya no será la ciudad quemada, sino la ciudad meada.

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EMILIA PARDO BAZÁN. La condesa palpitante I

pardo bazánHay una Emilia, en el grupo de escritoras que voy convocando, que nada o muy poco tiene que ver con la lánguida, exquisita y enigmática poeta de Nueva Inglaterra que acabamos de visitar. Enfrentadas incluso geográficamente, casi en la misma latitud a uno y otro lado del océano Atlántico, son buen ejemplo de lo diversos y aún contrarios que pueden ser los seres humanos y entre ellos, los escritores y entre estos, las escritoras.

Emilia Pardo Bazán es un caso claro de mujer fuerte, cosa que por entonces – y siglos antes y algún siglo después – no estaba permitida, o según y cómo. A doña madame de stael 2Emilia se la puede considerar como la Madame de Staël hispánica, o así la considero yo. Con todas sus diferencias, naturalmente. La principal consiste en que mientras la francesa – medio suiza – tenía una visión muy clara y bien estructurada de sus preferencias político-sociales y culturales, la española – del todo gallega – evolucionaba, o así lo parecía, entre distintas posiciones, contradictorias sobre todo por lo simultáneo con que solían presentarse.

Aristócrata conservadora y al mismo tiempo feminista; naturalista en literatura (que suponía la adscripción a un determinismo ateo), pero católica ferviente; católicaD._Carlos_de_Borbón_y_de_Austria-Este_smoking ferviente, pero nada reacia a aventuras eróticas extracanónicas (aunque esto ya entraba en la tradición del catolicismo más ferviente); tradicionalista en ideas políticas, pero progresista en la práctica. En fin, que las posturas de la condesa parecían pensadas para despistar o confundir al personal, no de otro modo que las que mostrara el gran Dostoyevski, según acertado resumen de André Gide. Y está claro que esto la complacía, como lo demuestra cuando escribe

Los conservadores de la extrema derecha me creen “avanzada”, los carlistas “liberal” – que así me definió don Carlos – y los rojos y jacobinos me suponen una beatona reaccionaria y feroz.

Por supuesto había que tener una personalidad muy especial para, siendo mujer en aquella época y sociedad, llegar a ocupar, sobre todo en prestigio, un lugar tan alto en la pirámide intelectual del país. Y digo “en prestigio” porque en el ámbito oficial la cosa no fue tan fácil. El caso más llamativo fue el de la Real Academia, que le negó la entrada en varias ocasiones no por otra cosa que por su condición de mujer, en un alarde de esa misoginia en la que siempre ha brillado con esplendor la docta institución no sé si hasta ahora mismo.rae

Pero tuvo sus reconocimientos, populares (las lecciones en el Ateneo de Madrid en 1896 sobre literatura francesa contemporánea fueron un éxito de público) y hasta oficiales: en 1910 fue nombrada Consejera del Ministerio de Instrucción Pública; en 1916 se le otorgó la cátedra de Literaturas Neolatinas de la Universidad Central, de la que, sin embargo, pronto dimitió por falta de alumnos, no se sabe si carentes de interés por la materia o llenos de vergüenza por tener que aprender de una señora.

Y no es que no hubiese señoras escritoras en aquella época y sociedad, pero por lo general sus obras se limitaban a novelitas dirigidas a otras señoras y señoritas y en la cuestión palpitantemuchas ocasiones firmadas con seudónimo masculino. Lo original, lo rompedor en doña Emilia es que sus intereses y producciones literarias abarcan desde lo histórico-erudito, como el Ensayo crítico de las obras del padre Feijoo, escrito a los veinticinco años, hasta la participación en los últimos movimientos de la modernidad intelectual y artística: la publicación de La cuestión palpitante, colección de artículos sobre el naturalismo literario surgido en Francia en torno de Zola, puso esta tendencia – a la que hasta cierto punto ella estuvo adscrita – en el centro del debate literario español.

Y la sociedad literaria, los escritores “serios” ¿cómo recibieron el fenómeno de la señora escritora y erudita y siempre à la page? Bien. Hay que decir que muy bien. Clarín (Leopoldo Alas) elogió muchos aspectos de la novela Un viaje de novios (1881), aunque censuró otros; tampoco se manifestó de acuerdo en algunas de las consideraciones de la escritora sobre Zola. Pero en todo caso dejó bien clara su admiración por las dotes de doña Emilia (“la mujer de gran talento, de suma habilidad”).

La escritora cosechó la admiración de los más jóvenes, como Unamuno ozola Blasco Ibáñez. Cierto que también recibió críticas de escritores como Menéndez Pelayo, Pereda, Palacio Valdés y otros, pero siempre fundamentadas en discrepancias estéticas o ideológicas, nunca, que yo sepa, por razón de sexo.

El de Benito Pérez Galdós es un caso aparte. Ocho años mayor que doña Emilia, cuando ésta empezó a ser conocida (a principio de la década de los 80) don Benito se hallaba casi en el apogeo de su carrera literaria. Desde un principio hubo entre los dos una relación de admiración (sobre todo por parte de ella) y de estimación mutua. Relación que rápidamente fue ganando intensidad, hasta que se convirtieron en amantes. Y no se trata aquí de uno de esos casos de amantes apócrifos, tan del gusto de algunos comentaristas. Porque la relación está atestiguada por los mismos protagonistas.

Hace unos años salieron a la luz 92 cartas de doña Emilia dirigidas a don Benito y solo una de éste en sentido contrario (se supone que el resto, en posesión de la escritora, fue destruido a la muerte de ésta por la censura de la familia propia o por miquiño míola del dictador Franco, ocupante estival, años después, de la residencia gallega de la escritora).

Las cartas de Emilia hablan de una relación apasionada, forzosamente discreta (ella estaba casada aunque separada de acuerdo con el marido; él siempre soltero), que tuvo lugar en encuentros furtivos en Madrid y en un viaje por Alemania. Y además, con algunas infidelidades por parte de ambos. Y cuando la relación cesó, al cabo de una década aproximadamente, conservaron una buena amistad y la misma admiración y respeto por parte de ella hacia quien siempre consideró su maestro.

Nada da mejor idea del apasionamiento, la desinhibición y el sentido del humor con que la condesa vivió aquel amor que estas líneas de una de sus cartas de 1889

Pánfilo de mi corazón: rabio también por echarte encima la vista y los brazos y el cuerpote todo. Te aplastaré. Después hablaremos dulcemente de literatura y de la Academia y de tonterías. ¡Pero antes morderé tu carrillito! 

 (CONTINÚA)

benito y emilia

(Obsérvese cómo don Benito todavía tiene resentido el carrillito).

(De ESCRITORAS)

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EMILIA PARDO BAZÁN. La condesa palpitante II

casa-museo-emilia-pardo-bazanEmilia Pardo Bazán “fue una noble y novelista, periodista, feminista, ensayista, crítica literaria, poetisa, dramaturga, traductora, editora, catedrática y conferenciante española introductora del naturalismo en España”, dice la enciclopedia (virtual, por supuesto). Y dice mal.

Es verdad que, a primera vista, la parrafada impone, pero si se la examina con un poco de atención resulta bastante extraña. Para empezar, juntar “noble” (¿en qué sentido?) con “novelista” es por lo menos ambiguo. Su actividad como periodista la fue ejerciendo en cuanto ensayista y crítica literaria, o sea que estas podrían estar comprendidas en aquella o aquella en estas. Se dice que fue feminista. Cierto, pero también fue carlista y en cierto modo obrerista (La Tribuna), y no se dice. Lo de dramaturga fue más bien un intento fracasado, que la homologa con tantos españolitos, de los que se decía que nacían todos con una obra de teatro bajo el brazo. Y lo de “poetisa” no lo admitiría hoy cualquier mujer que escriba versos, como no admitiría “atletisa” cualquier atleta del sexo femenino. Mejor pasamos a la historia, resumida y breve como siempre.

nina-pardoEmilia Pardo Bazán nace en La Coruña, España, en 1851. El padre, abogado y miembro del partido liberal, por el que fue diputado en el Congreso, ostentó el título de conde por nombramiento papal, título pontificio que el rey Alfonso XIII convalidó en real para la hija en 1908.

Los intereses literarios y culturales de Emilia estuvieron bien claros desde su más tierna infancia. Ella misma pidió que las convencionales clases de piano y demás componentes de la educación de las señoritas de entonces les fuesen sustituidas por clases de latín y por enseñanzas humanistas. Niña todavía, lee la Bibilia, Homero y el Quijote. Durante los inviernos que la familia pasa en Madrid estudia en un colegio francés, y llega a dominar este idioma, lo que le sería de gran utilidad en su futura actividad de literata de rango europeo.

A los dieciséis años (1868) se casa con José Quiroga y Pinal, estudiante de derecho de diecinueve, más o menos aristocrático y más que menos ultraconservador, querevolución gloriosa exige que su esposa se adhiera también al carlismo, cosa que ella acepta en principio y que mantendrá  aunque con  matices varios. El hecho de la boda lo registra en uno de sus Apuntes autobiográficos con cierta frialdad de cronista: Me vestí de largo, me casé y estalló la Revolución de septiembre. Tuvieron tres hijos.

Precisamente la agitación social que se produce a continuación de la Gloriosa induce al padre a poner tierra por medio por una temporada, viajando con toda la familia, recién casados incluidos, por Francia, Inglaterra, Austria e Italia, viaje que no concluye hasta 1873, y que Emilia aprovecha para iniciar contactos con  algunas figuras de la literatura europea.

Establecida la familia en Madrid, Emilia se dedica sin descanso a sus labores intelectuales y creativas ante la mirada comprensiva y aprobatoria del marido, de momento. Actitud que cambiará radicalmente cuando la esposa se vea situada en el centro del debate intelectual, recibiendo flores y dardos desde izquierda y derecha indistintamente a propósito de la polémica sobre el naturalismo literario, y que conducirá a la separación de hecho de la pareja en 1883.

En 1876 publica su Ensayo crítico de las obras del Padre de Feijoo y en 1879 sale su primera novela, Pascual López, autobiografía, todavía en la órbita de la novelística anterior a la que ella misma vendría a consolidar.

vichyEn 1880 pasa una temporada en el balneario de Vichy (Francia), donde, entre otras cosas, se dedica a estudiar a fondo la obra de Zola y empieza a escribir la novela Un viaje de novios (1881), en la que se perfila ya su estilo propio y que fue bien acogida por la crítica.

El de 1883 fue un año crucial para la la escritora y la mujer. Durante el año anterior había publicado en la revista Época una serie de artículos en los que exponía los postulados de la escuela naturalista de novela, surgida  en torno de la figura de Zola en el llamado grupo de Médan. Reunidos y publicados en forma de libro con el título de La cuestión palpitante, enseguida se situaron en el centro del debate literario español. Y lo que quizá prestaba mayor interés a la polémica era el hecho de que la escritora no suscribía sin más todas las exigencias de la nueva escuela, sino que oponía sus reparos, el principal, aceptar un determinismo que anula la idea de libre albedrío, lo que, como católica, no podía de ningún modo admitir. Postura que, como suele ocurrir, concitaría los ataques y censuras de las dos posiciones extremas

Ese mismo año acuerda la separación con su marido, publica la novela La Tribuna, naturalista, obrerista y feminista, en cuyo prólogo reconoce el magisterio de Galdós, y – lo que nadie sabe entonces – se afianza el largo idilio entre el escritor y la escritora.

En 1886 vuelve a Francia, donde trata a los hermanos Goncourt, a Huysmans y sobre todo a Zola, quien se muestra sorprendido de que la autoría de La cuestión emilia escribiendo a máquinapalpitante corresponda a una mujer. El mismo año sale a la luz Los pazos de Ulloa, novela sobre el caciquismo y la decadencia de la sociedad tradicional gallega. Esta obra y la que sigue, La madre naturaleza, que es continuación de la anterior por el tema, el ambiente e incluso algunos personajes, la consagran definitivamente como la gran novelista española de la segunda mitad del siglo.

Pero su actividad creativa no se limita a lo novelístico. Publica ensayos como La revolución y la novela en Rusia (1887) en el que, apartando la mirada de la omnipresente cultura francesa, presenta a Dostoyevski y otros novelistas rusos, y La mujer española (1890) donde trata de la situación de inferioridad en que se encuentra la mujer y de los continuos impedimentos que la sociedad masculina coloca para imposibilitar que pueda superarla.

Tras la muerte de su padre (1890), y con el dinero de la herencia, crea la revista Nuevo Teatro Crítico, que durará dos años y en la que ella sola escribe todos los artículos. Colabora en las revistas La España Moderna, El Imparcial y otras. En esta época se dedica especialmente a los cuentos (se han recogido más de quinientos, emilia conferencianteaparecidos en distintas publicaciones).

Su fama no solo como escritora sino también como conferenciante va en auge. Las  intervenciones de la aristócrata escritora atraen a un público numeroso y variado. Desde el éxito de sus lecciones sobre literatura contemporánea francesa de 1896, se convierte en figura destacada del Ateneo de Madrid (primera mujer aceptada como socia), donde ocupará el puesto de directora de la Sección de Literatura (1906). En 1910 se la nombra Consejera de Instrucción Pública y en 1916, catedrática de Lenguas Neolatinas de la Universidad Central.

Su producción escrita es inabarcable. Y siempre variada. Hay que registrar en este sentido el cambio de tendencia que se da en su obra a partir de los últimos años del siglo, con cierto abandono del naturalismo y la apuesta por las nuevas modas finiseculars (decadentismo, simbolismo), como en la novela La Quimera (1905). Y tampoco  hay que olvidar – como aquí se ha olvidado – toda su literatura histórico-crítica relacionada con el cristianismo a través de figuras como Dante, Milton, San Francisco y de las tratadas en Los poetas épicos cristianos (1895).

Porque doña Emilia siempre fue y se confesó católica, en lo bueno y en lo malo. Quizá es el catolicismo el único rasgo que presta unidad a su vivir, pleno de intereses múltiples y a veces contradictorios. Un religión, la católica, que, como dejara dicho su coetáneo Oscar Wilde, es la más adecuada para santos y pecadores.

En ella confortada, doña Emilia Pardo Bazán entregó su alma, en Madrid, el 12 de mayo de 1921.

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(De ESCRITORAS)

 

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