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CONVERSACIONES CON PETRONIO XVIII

Desde mi regreso de Pompeya mis relaciones con Petronio habían adquirido un tono distinto, más familiar, más íntimo. Por otra parte -él lo observó enseguida-, me había despojado de parte de mi timidez y de mi postura de admirador rendido. También la frecuencia y el estilo de los encuentros era diferente. Se hicieron más esporádicos y ya sin rastro de los pudores protocolarios que antes me preocupaban: sin dejar de ser un discípulo aplicado, me había convertido en un amigo más de Petronio, en uno de sus pocos amigos verdaderos. También cambió un aspecto fundamental a los efectos de este relato: tras el primer encuentro posterior a mi regreso, abandoné la costumbre de anotar el mismo día y literalmente el contenido de la conversación, y ya sólo lo hacía cuando pensaba que determinadas frases o conceptos merecían sin duda ser recordados. En algún lugar, que no recuerdo, debo de conservar la recopilación de las sentencias y reflexiones petronianas más brillantes y profundas.

Vi a Petronio por última vez el 20 de marzo. El día anterior, convocado por Nerón, se había reunido el Senado en el templo de Venus Madre. Al término de la sesión corrió la voz de que se habían pronunciado condenas. Algún rumor incluía el nombre de Petronio.

Era mediodía. En cuanto el portero me abrió, me precipité hacia el gabinete y entré sin llamar. Petronio escribía. Sin levantar la vista del pupitre, dijo:

-¿Qué son esas prisas, Lucio? Escribo, luego estoy vivo, ¿no?

-¿Qué ocurrió ayer en el Senado?

-Si me dejas terminar la frase, te lo explico.

Siguió escribiendo unos instantes. Luego se levantó, me tomó del brazo y salimos al jardín.

-Ya tenemos aquí la primavera -dijo-. La representación va a empezar de nuevo, y los cuatro actos se repetirán rigurosamente: despertar, plenitud, decadencia y muerte. Hemos de reconocer que la naturaleza es bastante obsesiva. Yo diría que le falta una pizca de imaginación. Cuarenta y seis años contemplando la misma historia es como para estar un poco harto.

-Vivirás muchos más, Petronio, te lo juro.

-¿Qué son esos excesos, Lucio? ¿Quién eres tú para vaticinarme nada? Viviré todo el tiempo que el destino y yo hayamos pactado…Pero me preguntabas por la sesión del Senado.

-Sí, corren rumores alarmantes. Algunos te incluyen entre los condenados.

-Se equivocan, se equivocan por completo, como muy bien puedes ver. Es cierto que la sesión la había montado Tigelino para cargarse a unos cuantos senadores, pero yo no iba en el lote. Sí, el objetivo era que ciertos senadores presentasen acusación contra dos colegas, enemigos públicos de turno, y que el mismo Senado los condenase. Tigelino se ha convertido en un perfecto organizador de espectáculos. En esta ocasión le ha bastado con sustituir a los «aplaudidores» de oficio por pretorianos armados para sugerir a los padres de la patria cuál era su obligación a la hora de votar. Así, que Trásea y Sorano ya son historia. Y Mela también.

-¿Mela, condenado?

-No fue preciso. Antes de la sesión del Senado se quitó la vida. El caso de Mela resulta paradigmático de cómo la avaricia puede romper no sólo el saco sino todo lo demás. Aparte de una obra literaria importante, Lucano dejó a su muerte un importante número de deudores, que su actividad financiera (inevitable estigma familiar) había ido acumulando. Cuando Mela, como heredero de su hijo, exigió el pago a uno de los deudores, éste se negó. Mela insistió, y entonces el deudor amenazó con sacar a la luz una carta que tenía de Lucano en la que el padre aparecía implicado en la conspiración de Pisón. Pero Mela no cedió. Y el deudor puso la carta en conocimiento de quien procedía. A la primera citación oficial, Mela se ha quitado la vida. Ya ves, todo el interés que puso en la defensa de la bolsa le ha faltado en la defensa de la vida. Ejemplar, ¿no? Adondequiera que uno mire no ve más que aburridos episodios edificantes. Y luego dicen que vivimos una época inmoral. ¿Qué opinas?

-Lo único que ahora me interesa es saber si estás o no en peligro.

-En peligro estamos siempre, amigo Lucio; todos y en todo momento. Supongo que lo que te interesa saber es si preveo para mí un final parecido a los de Trásea, Sorano y Mela. Pues bien, no, rotundamente no, nada que se les parezca.

-¿Cómo van tus relaciones con Tigelino?

-Mira, precisamente ayer, después de meses sin hablarnos, nos cruzamos unas palabras. Él me dijo: «te he cazado, Petronio», y yo le respondí: «pues cuida de que me guisen muy bien, porque puedo ser muy indigesto».

-¡Pero eso es muy alarmante!…Supongo que, con tu respuesta, le dabas a entender que, si te ocurría algo, saldrían a la luz cosas compremetedoras para él.

-Creo que así lo entendió. Pero la verdad es que, detrás de esa frase pretendidamente ingeniosa, no hay nada, absolutamente nada, como siempre. ¿Quién decía que soy especialista en frases brillantes que nada significan?

-Séneca -dije rápidamente, evitando que surgiese el nombre de Pola.

-Pues Séneca tenía razón. Mis palabras son tan vacías como la vida misma.

-No estoy de acuerdo, y mucho menos en tu obra.

-Mi obra ya no me pertenece. Ahí está, con su vida propia…Pero no quiero ponerme tan solemne como el dichoso Séneca, ¿recuerdas?…Y ahora he de pedirte un favor. Espérame aquí un rato, o en la biblioteca, donde prefieras. He de acabar lo que tenía entre manos.

Me senté en el banco donde tantas veces habíamos conversado, frente al Príapo, sordo testigo de nuestras palabras. Y de pronto, me invadió un extraño sentimiento, una especie de nostalgia anticipada. Faltaban unos días para que se cumpliese un año justo de mi llegada a aquella casa. ¡Era todo tan increíble! Realmente, ¿estaba yo viviendo aquello? ¿O era ya recuerdo, imposible añoranza de algo que tal vez ni siquiera ocurrió? Pero yo estaba ahí, no había duda, y él, a pocos pasos de distancia, escribía…luego estaba vivo. Quizá en aquel momento daba los últimos toques a una nueva obra, más genial que las anteriores, que había de ser el asombro del mundo. ¡Y era mi amigo! Y cuando terminase de escribir, reanudaríamos la conversación.

Y entonces me dio por pensar en todas las cuestiones que podía plantearle. Y fui anotando mentalmente los temas que consideraba pendientes o apenas esbozados en charlas anteriores. Y los miraba desde una y otra perspectiva, y una y otra vez les daba la vuelta, intentando adivinar cuál sería la respuesta, la brillante solución petroniana. De pronto tuve la impresión de que había pasado mucho tiempo, más de una hora, tal vez dos. Y en aquel mismo momento apareció Eutimio para anunciarme que podía pasar al gabinete.

La puerta estaba entornada. Entré sin vacilar. No había nadie. Impulsado por la curiosidad, me acerqué al pupitre. Junto a los instrumentos de escritura había un papel, desplegado, escrito con letra menuda, en el que destacaban las grandes dimensiones del encabezamiento: PARA LUCIO ANTONIO TURNO.

«Cuando hayas llegado hasta aquí yo estaré viajando hacia el sur. Nerón salió ayer tarde con toda la corte con dirección a Nápoles. Yo le prometí que le alcanzaría un día después. Pero no será así. No pienso llegar a Nápoles. Hace tiempo que no visito mi finca de Cumas. Allá me detendré. He quedado con unos amigos para dar una fiesta en la villa. Espero que no falte nadie. Y espero también que comprendas por qué no te he invitado. Te conozco y sé que la clase de festín que he organizado no te gustaría nada.

A propósito de Mela, he caído en la cuenta de un hecho curioso: cuando estamos con una persona, nunca sabemos, ni siquiera pensamos, si acaso es la última vez que la vemos. Si nadie me hubiese informado de la muerte de Mela, pensaría que me lo puedo encontrar en cualquier lugar y en cualquier momento, exactamente igual que lo pensaba antes -ya ves, no es el hecho lo que afecta, sino la noticia. Medita sobre esto y a partir de ahí obtendrás la mejor manera para mantener para siempre la presencia viva de tu amigo, esté donde esté.

Si mi ausencia te parece larga y sientes deseos de mantener conversaciones vagamente parecidas a las nuestras, te recomiendo a Cesio Baso (al lado encontrarás sus señas con una carta de recomendación). Es un sabio profesor. Su especialidad es la métrica, pero ahora ha montado una escuela de letras superiores, ¡para enseñar a futuros escritores, qué te parece! Colabora con él un joven de tu edad y de tu tierra: Cecilio Estacio. Seguro que lo conoces. Es un poeta que promete. En todo caso, ambos son más recomendables que tu Marcial. En fin, es una sugerencia.

Si, mientras tanto, oyes comentar algo de mí, no lo creas. Sea lo que sea, no lo creas. Espera a que te lo cuente yo personalmente. Cierto que nunca se sabe cuándo ha sido la última vez, pero… ¿quién piensa en eso? Tú, espera. Sé paciente y trabaja, es decir, sonríe y juega.»

                                       ***

Y no se quitó la vida precipitadamente, sino que, después de cortarse las venas, se las ligaba y se las volvía a abrir a voluntad, mientras contaba a sus amigos cosas livianas y ajenas a cualquier pretensión de realzar su valentía, y éstos le decían no frases sobre la inmortalidad del alma o sobre el contento del sabio, sino versos ligeros y poemas fáciles. De sus esclavos, a unos premió y a otros castigó. Iniciado el banquete, se fue dejando ganar por el sueño para que la muerte, aunque forzada, pareciese cosa natural.

P.C. TÁCITO: ANALES

                                      ***

El resto de la historia, de la historia pública, lo conoces muy bien, Cornelio Tácito. El de mi historia particular se cuenta en pocas palabras.

Trece años después de la desaparición de Petronio toda mi familia pereció en Pompeya bajo la lava del Vesubio. Desde entonces no me he movido de Roma; desde entonces -¿desde siempre?- he vivido solo.

Primero con Baso y luego por mi propia cuenta he consumido los años enseñando lo que apenas sé. Mis intentos de escribir algo valioso no han dado fruto. Solo publiqué un libro, que no tuvo más eco que una breve alusión, amistosa y benévola, del ya famoso Marcial. Nada más. La mediocridad más absoluta.

Amigo Cornelio, no he sabido ser el que soñaba llegar a ser. Y convendrás conmigo que eso, a los 73 años de edad, no tiene ningún remedio.

Los que alaban el dulce sosiego de la vida retirada son unos hipócritas. Todos. De Horacio a Séneca. Porque hablan desde la fama, desde la gloria o, en todo caso, desde la íntima satisfacción del que se sabe creador de una gran obra. Pero ¿qué consuelo hay para el que ve romperse su sueño cada día, todos los días de la vida?

Mi obra no ha existido. Mi historia personal ha sido un fracaso. Diría que sólo el conocimiento y la amistad de Petronio ha aportado luz a mi vida. Diría, pero…¿puedo decirlo?

En una existencia como la mía, la irrupción de la figura de Petronio más parece la forzada intervención de un dios de tramoya que algo concordante con la lógica de las cosas. ¿Entonces? ¿Conocí realmente a Petronio? ¿O no será ésta la manera que tiene la imaginación de vengarme de la realidad?

Te lo advierto, Cornelio Tácito: quizá no conocí a Petronio. Ni a Séneca, ni a Lucano. Ni a Pola. Quizá esto que has leído es fruto de la fantasía, obra de arte -¿finalmente?- construida sobre algunos de los datos que tú mismo has puesto a disposición de todos. ¿Cambiaría algo?

 

                                          FIN

                                          DE

                CONVERSACIONES CON PETRONIO

   

               Si bene calculum ponas ubique naufragium est

                                                               (Petronius Arbiter)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO. Introducción

LUCIO ANTONIO TURNO A PUBLIO CORNELIO TÁCITO

Puedes estar seguro, amigo Cornelio, que pasarás a la historia como uno de los grandes artistas de la historia. He leído tus Anales. Si Tito Livio viviese, no lo habría hecho mejor. Pero nuestros días son muy diferentes de los suyos, y la historia que tú cuentas poco tiene que ver con la que él nos dejó. Lo que en Livio era épica pura -juego inocente de los hombres y los pueblos en pos de su destino-, en ti es pura miseria moral -degradación imparable de unas almas sin norte ni sentido. Tus historias me han producido náuseas…¿A eso hemos llegado? ¿Toda está tan corrompido? Claro que, finalmente, acaban bien: después de la larga oscuridad llega el linaje de los príncipes justos. Entonces…¿ha sido todo un sueño, una espantosa pesadilla?…No, sabes bien que no. Sabes, como yo, que todo el mal que describes, desde Tiberio hasta Nerón, es ya nuestro, forma parte inseparable de nuestras almas.

Hay muchas maneras de enfrentarse a los hechos. Y yo no discuto que todo fuera tal como tú lo cuentas. Sólo que hay una diferencia entre nosotros: tú los cuentas y yo los viví. Y me refiero, naturalmente, a algunos acontecimientos de los últimos años del principado de César Nerón. Tú eras un niño cuando las circunstancias me permitieron ser testigo de ciertos «hechos históricos» y conocer a algunas de las personas que los desencadenaron y los sufrieron.

El problema es que yo no soy historiador. En mi juventud me dio por la poesía, ¿recuerdas?…No, cómo lo vas a recordar. Pero no tuve fortuna como escritor, eso sí lo sabes. Quizá por la torpeza de mi arte, quizá porque mis cualidades y la época que me ha tocado vivir no se han acomodado de ningún modo.

Sé, amigo Cornelio -¿pero se puede llamar amigo a quien te ignora?-, que para componer tu obra trabajaste infatigablemente en la búsqueda de testimonios documentales y orales…Pero a mí nada me preguntaste. ¿Dudabas de mi imparcialidad? ¿O simplemente te olvidaste de mi existencia? Tanto da. En todo caso, lo que yo te hubiese podido aportar en muy poco o en nada habría cambiado el contenido de tu magnífico relato. Sólo que, quizá, hubieses advertido que los personajes de la Historia, como todos los seres humanos, no son simples compuestos de vicios y virtudes en cantidades mensurables; que poseen algo más. Algo que el más grande de los historiadores no podrá nunca captar. Quizá un poeta…

No presumo de poeta. Ya no. Pero hubo una vez un joven que atendía por mi nombre…Me cuesta reconocerme en él. ¡Ha pasado tanto tiempo! Un tiempo largo y vacío. Un tiempo sólo lleno de silencios y cobardías. Y no pienso ahora en los grandes temas de la política y la historia, que tan agudamente tratas con tu pluma. No. Pensaba en mí mismo. Y en que hay cosas que no tienen remedio. Amigo Cornelio, no he sabido ser el que soñaba llegar a ser. Y convendrás conmigo en que eso, a los setenta y tres años de edad, no tiene ningún remedio.

Tenía veintiuno cuando llegué a Roma procedente de mi Nápoles natal. Era un joven lleno de ilusiones y de esperanzas, y en el centro mismo de esos sentimientos había colocado un nombre, el nombre de una persona que, desde su lejanía de escritor famoso y hombre de mundo, me había abierto los ojos a la realidad del arte y -suponía yo- de la vida. Tito Petronio Níger. Esa fue la estrella que guió mi viaje. Astro que todavía brilla en las noches más oscuras de mi existencia.

Llegué a Roma para conocer a Petronio, para tratarle a fondo y beber en la fuente inagotable de su sabiduría. Y lo conseguí. Cierto que el primer paso me fue facilitado por la recomendación de mi tío Silio Itálico. Pero, aunque necesario, no era ése un paso decisivo. A otros vi llegar hasta Petronio más altamente recomendados y ser despedidos en breve con unas palabras de cortesía.

No, estoy seguro que su amistad me la gané por méritos propios, es decir, por mi absoluto convencimiento de que la había de merecer. Si en el resto de mi vida una convicción semejante hubiese guiado mis pasos.

Desde aquel día de abril frecuenté a Petronio hasta su digna salida de escena. Un año escaso de trato continuo durante el cual pasé de la adolescencia a la madurez, gracias, también, a las especiales circunstancias -¡los hechos históricos!- que el destino dispuso a mi alrededor. Las notas que fui tomando, la transcripción fiel de nuestras conversaciones llegaron a ocupar varios volúmenes. Pensaba que con ello tendría la base de la sabiduría que me habría de sostener en toda mi existencia posterior. Quizá. Pero es el caso que, desde la desaparición del maestro, no me atreví a posar la mirada sobre aquellos volúmenes hasta…

Hasta que, cincuenta años después, la lectura de tus Anales me impulsó a volver a aquellos viejos papeles. Y desde entonces -hace de eso dos años- no he tenido otra actividad que pasar aquellos apuntes adolescentes, llenos de fervor y temblor, por el filtro de la serenidad otoñal.

Ha sido fácil. La operación principal ha consistido en poner «dijo» o «dije» donde decía «ha dicho» o «he dicho», es decir, convertir en pasada la acción que en mis notas es presente casi inmediato.

¿Por qué todo esto? ¿Por qué he de enviarte a ti, que me has ignorado, el fruto de mi trabajo? No lo sé. Tenía necesidad de poner en limpio mis recuerdos, y también de que una persona autorizada como tú los conociese. No, no es necesario que me contestes. A mí no. A otros, quizá. Entonces, habré satisfecho la doble deuda que tenía pendiente. Conmigo, obligándome a mirar cara a cara un pasado cada vez más lejano e idealizado; con el mundo, dándole a conoce el rostro auténtico y desconocido de un hombre de verdad: Tito Petronio Níger.

No he de añadir nada más. La respuesta a las interrogantes que tal vez te formules están en los volúmenes que acompañan a esta carta. Si fuese necesario un título, no se me ocurre otro que el que le he puesto.

(CONTINÚA)

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