Archivo mensual: julio 2020

CONVERSACIONES CON PETRONIO III

Pasé gran parte del día siguiente inquieto y confuso. No sabía qué hacer. Lo extraño de la despedida del día anterior quizá fue la causa de que ni él ni yo hubiésemos hablado de una próxima entrevista. En cuanto a su buena disposición para mantener los encuentros, yo no tenía la menor duda. Entonces, se trataba de averiguar cuál sería el mejor momento para visitarlo de nuevo. ¿Debía dejar pasar un tiempo prudencial? ¿O tal vez era mejor no perdonar ni un día, evitando así cualquier posibilidad de que aquella amistad incipiente decayese? Toda la mañana le estuve dando vueltas al dilema. Y mi inquietud la agravaba el hecho de encontrarme solo. Ni cuando llegué por la noche, ni cuando desperté vi a Marco Valerio, mi compañero de vivienda. Seguro que sus andanzas en busca de gente rica e influyente le habían llevado a pasar la noche fuera de casa. Y era una lástima, porque en aquel momento tenía auténtica necesidad de él. Aunque era sólo tres años mayor que yo y no hacía uno que estaba en Roma, su conocimiento de las gentes y de la sociedad era muy valioso para mí. Pero la realidad, la amarga realidad era que Valerio no estaba, y que yo no podía consultarle nada.

Le esperé hasta el mediodía. Luego, bajé a tomar un refrigerio al figón de la planta baja, y comencé a caminar sin rumbo por las calles de la ciudad. A media tarde, sin saber cómo, me encontré en el Palatino, muy cerca de la casa de Petronio. ¿Qué hacer? No le dí más vueltas.

El portero me dijo que Petronio esperaba mi visita, pero que en aquel momento no estaba, y que le había indicado que me hiciese pasar a la biblioteca, donde podría esperarle leyendo cuanto quisiese.

La biblioteca era una estancia de considerables dimensiones, estrecha y alargada, iluminada por unos ventanales situados en lo alto de las paredes, que en aquel momento dejaban pasar el sol de la tarde. Bajo los ventanales, y a lo largo de toda la pared derecha, un cuadriculado hecho de obra albergaba cientos, o miles, de volúmenes perfectamente ordenados. Colgado de cada volumen, una especie de sello mostraba el título de la obra y el nombre del autor. En la pared de enfrente se repetía la disposición de cuadrículas y volúmenes, y en el centro, cuatro pupitres dispuestos entre espacios idénticos a lo largo de la estancia.

Empecé a mirar los títulos con curiosidad. Vi que los derechos la pared de la derecha estaban escritos en latín, y los de la izquierda en griego. Me fijé en uno, que sólo llevaba nombre de autor: Arístides de Mileto. Lo tomé y me lo llevé a un pupitre para desenrollarlo cómodamente. En aquel momento entró Petronio.

-Amigo Lucio, sabía que vendrías. – Parecía de un humor excelente -. De todos modos, fue un error imperdonable que no se nos ocurriese acordar la siguiente visita.

-Ya ves. Me he tomado la libertad de presentarme por las buenas, aun a riesgo de ser inoportuno.

-¿Inoportuno tú? Por Hércules, qué poco te conoces. Tú nunca serás inoportuno. Y esto no es un elogio. Es la descripción de un aspecto de tu carácter. Las personas inoportunas, lo auténticos pelmazos, y tengo que soportar muchos de ese género, no imaginan nunca que lo son. Por el contrario, se consideran siempre imprescindibles allá donde estén. Y piensan que, si se van, nos causarán una gran ofensa privándonos de su presencia. Son una raza temible. Y no me refiero a los que vienen a pedir favores o recomendaciones, al fin y al cabo ésos obedecen a una necesidad humana, no, me refiero a los que nos abruman con sus consejos, con sus discursos, con toda la «sabiduría» de su experiencia, y que sin embargo son incapaces de ver cuándo están de más, eso tan elemental que cualquier persona sensata percibe al momento… Pero creo que he interrumpido tu lectura.

Se acercó y miró el volumen que justo había empezado a desenrollar.

-¡Arístides de Mileto! -exclamó- Menudo personaje has elegido para empezar.

-Lo he cogido al azar -me disculpé, casi avergonzado.

-No, no tengo nada contra él. Al contrario, lo considero muy estimulante, y muy adecuado para combatir los vicios literarios de que hablábamos el otro día. Pero si te fijas bien, una vez lo has leído te deja vacío por completo, tan vacío como los fatuos retóricos de nuestros días. En Arístides todo es falso, sólo la forma es aprovechable. Corre por ahí la idea, que involuntariamente he ayudado a introducir, de que si cuentas cosas de la vida cotidiana, en el lenguaje real de la gente del pueblo, estás dentro de la realidad. Y no siempre es así, ni mucho menos. La realidad, la verdad, no depende del tipo de personajes que elijas, ni del lenguaje que éstos utilicen, ni de que hagan las mismas cosas que nosotros hacemos. No, la realidad, la verdad del arte, que es la única verdad, es algo más sutil, mucho más sutil. De manera que tan falso puede ser una polémica entre Júpiter y Juno como el relato de las andanzas del panadero de la esquina. O tan verdadero… La realidad de la vida, amigo Lucio, es un juego absurdo, sin sentido. Pasamos los días arrastrados por un torrente de impresiones que nada significan. La realidad es en sí misma un caos. Entonces viene el arte y pone orden, organiza un juego superior en el que todo puede tener sentido y belleza. Y así, cuando digo que el arte es superior a la realidad de la vida, sólo estoy afirmando una evidencia: que el juego ordenado del arte, es superior al juego caótico y absurdo de la vida cotidiana.

Estaba desconcertado. Sabía que, bajo la aparente lógica de la argumentación de Petronio, había algo que no cuadraba, que no podía ser. Pero ¿cómo exponerlo? ¿cómo argumentarlo de manera convincente y sobre todo de manera brillante -principal virtud petroniana- si yo mismo era incapaz de formulármelo con claridad? Como si hubiese leído mi pensamiento, Petronio dijo:

-Quizá no estés de acuerdo, o quizá te parezca confuso o poco comprensible, o tal vez estás pensando que tú tienes una idea más cierta sobre el asunto, pero que no sabes expresarla. En cualquier caso, no te preocupes. No pretendo sentar cátedra en nada; sólo que vayas considerando nuevos aspectos de cada cuestión. Con el tiempo, es posible que llegues a formarte ideas propias y definidas. Pero ten en cuenta esto: el que poseas ideas claras nada tiene que ver con la verdad de esas ideas. Es sólo un signo de madurez. Pero, por encima de la madurez hay otro estado, que podríamos llamar de sabiduría, que consiste en pensar que, tal vez, todo lo que tenemos por más cierto no tiene ningún fundamento; que todo nace y muere en el pensamiento y que no podemos conocer qué grado de correspondencia existe entre ese pensamiento y la supuesta realidad exterior.

De repente sentí una sensación de vértigo, de irrealidad. Creía que me iba a desmayar. Tuve que apoyarme en el pupitre para no perder el equilibrio. Petronio lo advirtió.

-¿Qué te ocurre? Estás pálido. Será mejor que vayamos al jardín.

Me tomó del brazo y salimos de la biblioteca. En el jardín, nos sentamos en el mismo lugar del día anterior. Aquella sensación de irrealidad -como si todo lo que veía y oía fuese un sueño- no me abandonaba.

-No te preocupes, enseguida te repondrás -dijo Petronio-. El aire libre hace milagros. Las bibliotecas son lugares malsanos. Lo sé por experiencia. Yo tengo mi gabinete de trabajo aparte, con los libros imprescindibles…¿Estás mejor? La verdad es que te veo muy delgado, casi demacrado. ¿Ya comes lo suficiente?

-Como poco -dije desde mi nube de sueño-, pero nunca he tenido problemas de salud.

-Y díme, ¿qué vida llevas aquí en Roma?

Una ráfaga de aire agitó los arbolitos del jardín. Sentí que su caricia me reanimaba. Respiré hondamente.

-Vivo en el Quirinal -contesté-, en el piso tercero de un edificio de la calle del Peral.

-Debe ser horrible -comentó con brusca sinceridad Petronio.

-No, no lo creas. Es incómodo, claro. Acostumbrado a la casa familiar de Nápoles, es un cuchitril. Pero lo tenemos bien organizado. Comparto la vivienda con un provincial, un hispano con tanto interés por las letras como yo, pero diría que con más recursos.

-¿Ése del que me querías hablar ayer a propósito de Lucano?

-Sí, se llama Marco Valerio Marcial. Hace un año que llegó a Roma. Y, desde entonces, no para de tender sus redes, como él mismo dice, para dejarse atrapar en la órbita de una gran familia, y parece que ya lo ha conseguido. Gracias a las recomendaciones que traía de Hispania y a su insistencia ha sido admitido en la clientela de los Séneca. El otro día estaba entusiasmado. Me dijo que había estado hablando con Lucano como de igual a igual y que éste le había prometido que, si se mostraba hombre de su total confianza, pensaba requerir su colaboración para un proyecto importante.

-¿Qué clase de proyecto? – preguntó Petronio en tono súbitamente seco, impersonal.

-Literario, supongo -respondí, algo desconcertado.

-¡Literario! -exclamó Petronio riendo- ¿Quieres decir algo así como unos recitales o un certamen de poesía? ¿Y para eso tiene que recurrir a un hispano desconocido?

-No le es desconocido del todo. Existe cierta relación entre sus familias. Además ¡yo qué sé! Te digo lo que él me ha dicho.

-Sí, tienes razón. Es imperdonable. Lo siento. Ya ves, yo que presumo de cortés y, de repente, la más pequeña incongruencia me saca de quicio. En fin… Mira, dile a tu amigo que no se fíe de Lucano. Como poeta puede pasar, pero como ser humano…tengo mis reservas. En todo caso tú mantente al margen de cualquier propuesta de tu amigo que provenga de Lucano.

-Comprenderás que todo esto me resulte bastante extraño. Entre la escena de ayer y tus palabras de ahora…no sé qué pensar.

-No pienses nada -sentenció Petronio-. No quieras saber. Recuerda a Horacio: «Tú no preguntes, funesto es saber…» Piensa que, a veces, la ignorancia protege la vida… ¿Te sientes mejor? Veo que has recuperado el color. Eso es debilidad, puedes estar seguro…y los vapores malsanos de la biblioteca. Quiero que un día de estos cenes conmigo. Hoy no. Dentro de un rato me esperan mis obligaciones nocturnas… placeres, lo llaman algunos. Pero pronto tendré alguna noche libre de compromisos. Nerón piensa pasar unos días en Antium y ha decidido que mi presencia no será necesaria. Por Júpiter, que no debe tramar nada bueno cuando pretende sustraerse a mi relajada censura estética… Así que esa noche cenarás conmigo. Comeremos bien, beberemos mejor y charlaremos a placer. Imagino que será inevitable que haya algún invitado más.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO II

Al día siguiente me presenté a media tarde. Me recibió muy amablemente y propuso que conversásemos paseando por el jardín.

-Precisamente estaba pensando en ti -dijo-. Pensaba que debes de tener guardada alguna obra que deseas que yo lea. Vamos -me animó ante mi visible azoramiento-, no es nada vergonzoso. Todos los que un día empezamos a escribir hemos pasado por eso.

-Es verdad que he escrito algunas cosas, pero no creo que estén a la altura de…

-¿A la altura de qué? -me interrumpió-. Las alturas se alcanzan subiendo poco a poco. ¿O eres de esos que sólo se conforman con algo perfecto?

-Quizá. A veces he pensado…

-Olvídalo, Lucio, olvídalo. La perfección no existe. Sólo el esfuerzo vale la pena.

-Pero el esfuerzo ha de tener un sentido…Algo así como una recompensa.

-¿Y quién te ha de dar esa recompensa?

-El juicio del público lector.

-El público lector tiene muy poco juicio, amigo mío. Lo que un día sobrevalora, al día siguiente lo menosprecia. Cierto que, de vez en cuando, algún autor se convierte en inmortal, como Virgilio, por ejemplo. Pero eso sólo significa que ha caído en manos de los profesores de gramática y de retórica, quienes se dedicarán a descuartizarlo durante generaciones. ¿Pero cúantos entre lo que se puede entender como público lector se entretienen hoy con Virgilio?…Aparte de nuestro querido Silio, claro está.

-Quizá tengas razón -reconocí-. Pero entonces ¿cuál ha de ser el criterio, la medida que nos permita valorar la propia obra?

-El tuyo, tu propio criterio. Nada más.

-Pues lo siento -confesé descorazonado-, pero yo me veo incapaz de discernir si algo mío vale o no la pena. A veces, leo un poema que acabo de escribir y me parece genial; lo releo al día siguiente y lo encuentro horrible. Por lo visto, no tengo criterio.

-Eso es cosa de la edad, es uno de los muchos defectos de la juventud. Como no se conoce a sí misma, tampoco puede conocer bien las propias obras. Pero se cura con los años. Con el tiempo, aprenderás a valorar tu arte como si se tratase del arte de un extraño.

-¿Crees que se puede llegar a ese grado de imparcialidad con respecto a la propia obra?

-Sí, se puede. Pero se trata de un proceso lento, gradual, que sólo se detiene, a veces, en el umbral de la senilidad. Por desgracia, el viejo suele recuperar la vanidad del joven pero no su inseguridad, lo que le convierte en un personaje grotesco.

-¿Pero no siempre es así? ¿No es cierto? -pregunté, negándome a ver a Petronio, veinte años después, como una figura grotesca.

-No, no siempre -respondió sonriendo-. Hay ancianos admirables.

-¿Y cuál es el secreto que permite que algunos lleguen a la vejez de una manera admirable y otros, convertidos en personajes grotescos?

-No hay secreto, amigo. O, si quieres, el mismo secreto que permite que unas personas sean estupendas y otras, estúpidas. Acostumbramos a achacar los defectos de los viejos a la edad. Y eso es un error. Es cierto que algunos aspectos del carácter se desarrollan con los años de una manera, diríamos, negativa. Pero ahí no está lo fundamental. Cuando vemos a un viejo estúpido, torpe, necio, egoísta, decimos «cosas de la edad», pero olvidamos, o no sabemos, que el viejo en cuestión fue un joven estúpido, torpe, necio, egoísta. El paso del tiempo cambia muy pocas cosas. Las materiales sí, el vigor corporal, la tersura de la piel, la fuerza de ciertos instintos, pero en el aspecto espiritual uno puede mantenerse siempre igual, o incluso crecer indefinidamente.

-¿Qué he de entender por eso que llamas «aspecto espiritual»?

-Todo lo que se relaciona con la mente, y lo que con ella puede adquirirse: la cultura, las buenas maneras, el arte, la ciencia, es decir, el patrimonio propio y exclusivo de los seres civilizados.

Petronio se detuvo. Se sentó en un banco adosado a la pared del jardín, indicándome que me sentara a su lado. A unos pasos, presidiendo una graciosa fuentecilla, había una estatua de Príapo con el cuerpo casi oculto por su enorme pene.

-Y piensa -prosiguió Petronio- que pertenecer a la categoría de personas civilizadas es un privilegio del que solo goza una ínfima parte de la humanidad, para concretar, solo los griegos y los romanos, siempre que restemos, claro está, los campesinos, los soldados, la plebe urbana, la mayoría de los esclavos y todos los juristas.

No pude menos que reír.

-Es gracioso que incluyas a los juristas entre la gente no civilizada.

-Tengo mis propias ideas sobre el asunto, pero no pienso exponerlas ahora. Sentiría echar a perder una tarde tan deliciosa.

Petronio permaneció unos instantes como abstraído, ausente, con la vista fija en el Príapo. Miraba pero sin ver.

-Y sin embargo -dije-, parece que incluso en una civilización casi perfecta como la nuestra existe la necesidad de no romper con la selva, con la barbarie. Ahí está ése para recordárnoslo.

-¿Quién?…¡Ah, el Príapo! Sí, naturalmente, el crecimiento del espíritu no ha de hacernos olvidar de dónde venimos y lo que básicamente somos. Somos animales de la selva, y el propio cuerpo es nuestro principal territorio, la fuente primera del placer y del dolor. Y también ha de ser nuestra primera conquista. Si uno no domina su cuerpo, es inútil que intente dominar nada.

-Siempre he pensado que eso requiere mucha sabiduría.

-No lo dudes.

-Epicuro enseñó cosas muy acertadas sobre ese asunto.

-Epicuro, como todos los filósofos, dijo cosas muy acertadas – Petronio hizo una pausa-. Lo malo de los filósofos es esa manía de querer encajarlo todo en un sistema coherente. Entonces es cuando se pierden y nos pierden. Van siguiendo la idea y pierden de vista la realidad.

-Y sin embargo, parece natural que el ser humano pretenda hacerse una idea racional y sistemática del mundo, sin limitarse a opiniones aisladas sobre determinados conceptos.

-Claro que es natural, ¿he dicho yo lo contrario? También es natural la búsqueda de la felicidad, y nunca se la encuentra por ninguna parte, al menos como nos la imaginamos.

-Permíteme que te diga que ésa es una idea que la mayoría de los hombres no aceptará nunca.

-Lo cual nada tiene que ver con su verdad o falsedad -afirmó tranquilamente Petronio.- Mira, si se tiene la mente muy despierta, cuando se llega a los cuarenta años, se hace un descubrimiento importantísimo: uno se da cuenta de que nunca, ningún hombre ha sido feliz.

-Debe ser un descubrimiento terrible.

-Sí, y también puede ser el principio de la verdadera sabiduría. ¿No estás de acuerdo? -preguntó en un tono francamente cariñoso.

-No lo sé -respondí con toda sinceridad.- Resulta duro pensar que el impulso que a todo hombre empuja hacia la felicidad no pueda ser nunca satisfecho. Por otra parte, todos conocemos personas que parecen realmente felices. ¿Por qué hemos de negar esa posibilidad?

-No la neguemos, si te parece. Pero las cosas seguirán siendo como son, concuerden o no con nuestras opiniones.

-Tú mismo, y perdona la intromisión, ofreces el mejor ejemplo de la persona perfectamente feliz.

-Amigo Lucio, no sabes nada de mi vida.

-Sé que, además de ser el escritor más grande de Roma, gozas de la amistad del César, hasta el punto de que eres el organizador de los placeres de la corte, ¿qué más se puede pedir?

-Organizador no, por Hércules. En todo caso, censor. Mi misión se reduce a combatir el exceso de mal gusto, y te aseguro que siempre tengo las de perder. Es cierto que, de unos años a esta parte, Nerón me distingue con su amistad. Pero eso no es un pasaporte para la felicidad, precisamente. Y para que no te hagas ilusiones respecto a mi supuesta sabiduría, te quiero confesar una cosa: si fuese sabio, es decir, si hubiese sabido conducir mi vida con verdadero arte, no estaría ahora en la situación en que me encuentro.

Pronunciadas estas para mí inquietantes palabras, se levantó, y yo a continuación, dispuesto a acompañarle. Entonces apareció en el jardín un criado, que se detuvo a unos pasos de nosotros.

-¿Qué ocurre, Eutimio? -preguntó Petronio.

-Señor, ha venido Anneo Lucano. Dice que es muy importante que le recibas.

-Hazle pasar -dijo Petronio, y dirigiéndose a mí-. Hoy es tu día de suerte. Vas a conocer a un poeta de verdad. Seguro que has oído hablar de él. Aunque es todavía muy joven. Los temas que suele elegir no son precisamente de mi gusto, pero reconozco que hace tiempo que nadie había trabajado tan bellamente los ritmos y las palabras como Lucano.

-¿El sobrino de Séneca?

-El mismo, ¿le conoces?

-No, pero he oído hablar de él. El amigo con quien comparto vivienda me ha contado…

-Por cierto -me interrumpió Petronio-. Todavía no sé dónde vives ni cómo. Pero luego hablaremos de eso, ahí viene.

Era un joven realmente hermoso, tostado de piel, de ojos negros y cabello abundante y ondulado. Con rapidez increíble pasó la mirada de Petronio a mí y de mí a Petronio. Al instante comprendí: yo sobraba.

-Salud, Petronio. He de hablarte de los preparativos del banquete -dijo, al tiempo que me dirigía otra rapidísima mirada.

-Perdona, Lucano -dijo Petronio-, pero ya sabes que ése es un asunto que no me interesa. Creo que quedó bien claro que no pensaba asistir.

Lucano enrojeció de repente. Parecía como si fuese a estallar.

-Perdóname tú, Petronio -dijo, como si estuviese conteniendo una potente rabia-, pero sabes que todos los que han sido invitados tienen que asistir.

-A mí no me afecta eso. Yo siempre he sido un invitado silencioso, lo sabes bien.

Estaba claro que era mi presencia lo que forzaba el intercambio de aquellas frases absurdas.

-Disculpadme, pero he de marchar -dije entonces.

Petronio me tomó del brazo.

-No, no tienes que marchar -dijo-, aún hemos de hablar de muchas cosas. -Y dirigiéndose a Lucano-. Dile al mayordomo que esta misma noche hablaré con él en palacio. Pero no es necesario que te vayas. Puedes quedarte con nosotros. A no ser que ahora te interesen más los banquetes que la poesía.

Los ojos de Lucano se inyectaron en sangre. Parecía que iba a hablar, pero todo se redujo a unos violentos temblores de la barbilla, y entonces dio media vuelta y desapareció sin decir palabra.

-Siento que por mi culpa no hayáis podido tratar de vuestro asuntos -dije, realmente preocupado.

-¿Por tu culpa? No digas tonterías -afirmó Petronio tranquilamente-. Lucano es un poeta aceptable, pero sus maneras siguen estando muy por debajo del nivel de su arte -y lanzó un profundo suspiro-. Ser joven es realmente un problema…Y ahora me disculparás, pero de aquí a un rato he de estar en palacio.

Quedé atónito.

-Me sorprendes -no pude menos que decirle-. Podía haberme ido hace un momento, cuando lo he propuesto.

-De ninguna manera -afirmó Petronio con energía-. Nadie viene a mi casa a echar fuera a un amigo. Si te hubieras ido entonces, habría sido el triunfo de los malos modos. Y todos los malos modos se resumen en lo que Lucano nos acaba de ofrecer: la impaciencia.

(CONTINÚA )

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CONVERSACIONES CON PETRONIO I

                                             

Finalmente me recibió. Al mediodía. Un criado me acompañó hasta la entrada del gabinete de estudio. En el suelo, a modo de bienvenida, un mosaico reluciente dibujaba la palabra SALVE.

En cuanto me vio, Petronio despidió a los dos muchachos que parecían ultimar algún detalle de su tocado, y me indicó que me aproximase. Estaba de pie. Era un poco más alto que yo, de facciones distinguidas, ojos grises, ni grueso ni flaco, algo nervudo, cabello negro y corto.

-Así, que tú eres Lucio Antonio, el sobrino de Silio Itálico.

-Sí, señor -contesté.

-No me llames señor. Es una moda que no soporto. ¿Acaso eres mi esclavo? Ya tenemos un señor. Es suficiente, ¿no te parece?

No supe qué decir. La alusión a César Nerón me desconcertó. Sabía que Petronio gozaba de la máxima confianza de Nerón. Y sin embargo, en sus palabras creí advertir cierta ironía.

-Bien, tú dirás -insitió Petronio, quizá incómodo ante mi mutismo-. La carta de tu tío no me ha permitido hacerme una idea clara del motivo de tu visita. Hay personas, y no lo digo en especial por Silio, que escriben tan bien, que gozan tanto de la música de sus palabras, que se olvidan de lo que tienen que decir.

-Si existe alguna confusión en esto -me apresuré a aclarar-, no la pongas en la cuenta de mi tío, sino en en la mía propia.

-No se trata de echar las culpas a nadie. Silio es un amigo excelente. Lástima que nos veamos tan poco. Pero eso tiene su lado bueno. En contra de la opinión más corriente, yo creo que la distancia fortalece la amistad. La verdad es que nada le podría reprochar a Silio. Nada excepto dos cosas. La indecencia que en estos tiempos representa su austeridad de vida, y su admiración inmoderada por Virgilio. Nada se ha de practicar de forma inmoderada. Y la admiración, menos que nada.

Parecía toda una advertencia. Inútil. Porque con sólo ver y oir a la persona, había comprendido que la admiración desmedida que en la lejanía había cultivado, estaba más que justificada.

-Entonces, permíteme que te explique…

-Pero, ven, siéntate -me interrumpió, y a una señal suya, el criado que permanecía junto a la entrada se acercó y, tomando una jarra de una mesita próxima, llenó dos copas de agua y nos las entregó-. Nada mejor que un trago de agua fresca después de levantarse. Bien, tú quizá hace rato que te has levantado. Pero, no creas, también yo he madrugado, a mi manera. Y es que esta noche ha sido especialmente aburrida. Sólo te diré que me he acostado antes de amanecer. Pero, habla, habla. Seguro que son más interesantes tus virtudes que mis vicios.

No pude menos que sonrojarme.

-Nací en Nápoles, hace veintiún años. Allá he pasado toda mi vida. He estudiado desde que tengo uso de razón, y sigo estudiando. Sobre todo las letras. He tenido varios maestros, unos peores que otros.

-Ya entiendo. Y a pesar de eso, no te has desanimado.

-No, no me he desanimado. Pero casi. Los ejercicios de retórica me parecían cada vez más absurdos. De vez en cuando, intentaba por mi parte algo diferente, pero sin excepción era condenado por maestros y condiscípulos.

-¿Hasta que?…

-Hasta que cayó en mis manos un libro excepcional, una historia increíble, de tan verídica, escrita en un estilo perfecto, es decir, en un estilo que se va adaptando a los hechos y a los personajes como la piel a cada uno de los pliegues de nuestro cuerpo.

-¿Y cómo se titula esa maravilla?

Satiricón.

Petronio apuró la copa, que al instante recogió el criado; me miró fijamente y una amplia sonrisa iluminó su rostro.

-¿Y qué tiene eso que ver con tu visita?

-Quería conocer al autor.

-¿El autor de Satiricón? Nadie lo conoce.

-Todos afirman que es Tito Petronio Níger.

-No creas lo que dicen todos. Ni creas lo que dice uno solo.

-¿Qué he de creer entonces?

-Sólo lo que veas y lo que toques, y lo que tu propio juicio te indique.

-Mi juicio me indica que el autor de esa obra maestra sólo puedes ser tú.

En su rostro, de repente ensombrecido, creí advertir un gesto de contrariedad. Me había equivocado. Mi precipitación, mi falta de tacto, podían tener consecuencias irreparables para mí. Después de caminar unos pasos en dirección a la puerta, se volvió hacia mí, que, resignado, estaba ya de pie, dispuesto para despedirme. Su rostro sonreía de nuevo.

-Siéntate.

Él también se sentó.

-¿Hace tiempo que estás en Roma? -preguntó.

-Menos de un mes.

-¿Y cómo la has encontrado?

-Magnífica, soberbia. Nunca me la hubiese imaginado así. Y menos, después del incendio. Viniendo desde el Quirinal, he visto cómo terminan de construir hileras de bloques de pisos perfectamente alineados.

-Sí, aún no hace un año del gran incendio y, ya ves, nadie lo diría. Sólo la febril actividad constructora delata que algo debió de ocurrir. Lo cierto es que el incendio ha resultado beneficioso para la ciudad. De repente, todos se han sentido parte de algo común, todos han colaborado al máximo, empezando por el mismo César, que desde el primer momento se ha preocupado de dar acogida a las víctimas y de que se aceleren los trabajos de reconstrucción.

-Se ha dicho muchas cosas a propósito del incendio…

-Todas falsas.

Petronio me miró inquisitivamente y, ante mi silencio, prosiguió.

-¿Qué cosas?

-Lo que todo el mundo dice. Que si el incendio fue provocado, que si los mismos vigilantes del fuego lanzaban teas encendidas, que si algunos soldados impedían que se apagase…Pero no lo creo. Además, los culpables ya fueron descubiertos y castigados.

-¿Y eso lo crees?

-Las autoridades así lo decidieron. ¿Cuál pudo ser, si no, la causa del fuego?

-La causa del fuego…¡Por favor! Si vivieses en Roma, sabrías que aquí, día sí día no, se declara un incendio, normalmente sin graves consecuencias, excepto para los afectados, claro. No hay que buscar causas extrañas. Cada una de las inumerables casas y casuchas de la ciudad contiene la chispa que podría pegar fuego a toda Italia. Lo extraño es que no se produzcan con más frecuencia catástrofes como aquella. Y eso es lo que pretenden evitar las nuevas normas de construcción.

-Pero hubo unos acusados, unos culpables que fueron durísimamente castigados.

-El pueblo siempre exige culpables, y el poder siempre ha de satisfacer las exigencias del pueblo.

-¿También las irracionales?

-Sobre todo las irracionales. Las otras se pueden tratar de muy diversas maneras, si no conviene satisfacerlas.

Estaba desconcertado. No sabía si sus palabras correspondían fielmente a su pensamiento, o si constituían un juego brillante que enmascaraba otras ideas. Sentía la necesidad de indagar en esa dirección.

-Pero, esos culpables, o falsos culpables, ¿quiénes son?

-Extranjeros, esclavos y algunos romanos de baja estofa…Parece que forman una hermandad más o menos criminal, de origen judío, creo. Aunque últimamente se ha sabido de algún ciudadano ilustre que se ha unido a la secta, la esposa de un amigo mío, por ejemplo…Lo que me ha hecho pensar que quizá no sea nada criminal. Conozco muy bien a Plaucia.

-¿Y qué buscan? ¿Qué quieren?

-No lo sé. Dicen que tienen por dios a un hombre que murió crucificado…Pero no en los tiempos olímpicos, ni en los tiempos heróicos, no. Nada menos que bajo el mandato de César Tiberio, es decir, hace unos treinta años. ¿Te imaginas? ¡Un dios viviendo en nuestros tiempos!

-Es increíble, sí. La divinidad no puede surgir en la historia, sino antes de la historia, fuera de la historia. En el mito.

-Veo que lo entiendes muy bien. Pero tampoco hemos de exagerar. Recuerda a nuestros césares divinizados. De todos modos, seguro que eres un estudiante muy aprovechado. Haces bien en evitar a los profesores de nuestro tiempo. Se han quedado con la cáscara de las cosas y han dejado escapar toda la sustancia. Ahora, debes aprender por ti mismo.

-Siempre es necesario un maestro. Al menos a mi edad.

-No lo creas. A tu edad yo ya había recorrido medio mundo, y hacía tiempo que había prescindido de los maestros.

-La comunicación con un hombre más sabio es siempre provechosa -insistí.

-No lo dudo. Pero, ¿cómo se le encuentra? Es fácil encontrar hombres que sepan más que uno, pero que sean más sabios, sabios en el sentido antiguo de la palabra…eso es mucho más difícil. Y con el tiempo llegará el momento en que te será imposible.

-Yo me conformaría con que tú, según tu criterio y conveniencia, me concedieses algunos ratos de conversación.

-¿Para qué?

-Para aprender y conocerte.

-¿Crees que soy sabio?

-Creo que me puedes dar todo lo que mis maestros me han negado hasta ahora.

-Reconozco que tus palabras me halagan. Por otra parte, no hay nada tan placentero como tratar del arte y de la vida con un joven de tus condiciones. Y no soy de los que saben despreciar placeres. Pero ahora debo marchar. Puedes volver mañana.

En cuanto llegué a casa, me puse a escribir. Y en todo lo que dejé escrito no faltaba ni sobraba una palabra de la conversación mantenida con Tito Petronio Níger aquel día, calendas de abril del año 818 de la fundación de la ciudad.

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO. Introducción

LUCIO ANTONIO TURNO A PUBLIO CORNELIO TÁCITO

Puedes estar seguro, amigo Cornelio, que pasarás a la historia como uno de los grandes artistas de la historia. He leído tus Anales. Si Tito Livio viviese, no lo habría hecho mejor. Pero nuestros días son muy diferentes de los suyos, y la historia que tú cuentas poco tiene que ver con la que él nos dejó. Lo que en Livio era épica pura -juego inocente de los hombres y los pueblos en pos de su destino-, en ti es pura miseria moral -degradación imparable de unas almas sin norte ni sentido. Tus historias me han producido náuseas…¿A eso hemos llegado? ¿Toda está tan corrompido? Claro que, finalmente, acaban bien: después de la larga oscuridad llega el linaje de los príncipes justos. Entonces…¿ha sido todo un sueño, una espantosa pesadilla?…No, sabes bien que no. Sabes, como yo, que todo el mal que describes, desde Tiberio hasta Nerón, es ya nuestro, forma parte inseparable de nuestras almas.

Hay muchas maneras de enfrentarse a los hechos. Y yo no discuto que todo fuera tal como tú lo cuentas. Sólo que hay una diferencia entre nosotros: tú los cuentas y yo los viví. Y me refiero, naturalmente, a algunos acontecimientos de los últimos años del principado de César Nerón. Tú eras un niño cuando las circunstancias me permitieron ser testigo de ciertos «hechos históricos» y conocer a algunas de las personas que los desencadenaron y los sufrieron.

El problema es que yo no soy historiador. En mi juventud me dio por la poesía, ¿recuerdas?…No, cómo lo vas a recordar. Pero no tuve fortuna como escritor, eso sí lo sabes. Quizá por la torpeza de mi arte, quizá porque mis cualidades y la época que me ha tocado vivir no se han acomodado de ningún modo.

Sé, amigo Cornelio -¿pero se puede llamar amigo a quien te ignora?-, que para componer tu obra trabajaste infatigablemente en la búsqueda de testimonios documentales y orales…Pero a mí nada me preguntaste. ¿Dudabas de mi imparcialidad? ¿O simplemente te olvidaste de mi existencia? Tanto da. En todo caso, lo que yo te hubiese podido aportar en muy poco o en nada habría cambiado el contenido de tu magnífico relato. Sólo que, quizá, hubieses advertido que los personajes de la Historia, como todos los seres humanos, no son simples compuestos de vicios y virtudes en cantidades mensurables; que poseen algo más. Algo que el más grande de los historiadores no podrá nunca captar. Quizá un poeta…

No presumo de poeta. Ya no. Pero hubo una vez un joven que atendía por mi nombre…Me cuesta reconocerme en él. ¡Ha pasado tanto tiempo! Un tiempo largo y vacío. Un tiempo sólo lleno de silencios y cobardías. Y no pienso ahora en los grandes temas de la política y la historia, que tan agudamente tratas con tu pluma. No. Pensaba en mí mismo. Y en que hay cosas que no tienen remedio. Amigo Cornelio, no he sabido ser el que soñaba llegar a ser. Y convendrás conmigo en que eso, a los setenta y tres años de edad, no tiene ningún remedio.

Tenía veintiuno cuando llegué a Roma procedente de mi Nápoles natal. Era un joven lleno de ilusiones y de esperanzas, y en el centro mismo de esos sentimientos había colocado un nombre, el nombre de una persona que, desde su lejanía de escritor famoso y hombre de mundo, me había abierto los ojos a la realidad del arte y -suponía yo- de la vida. Tito Petronio Níger. Esa fue la estrella que guió mi viaje. Astro que todavía brilla en las noches más oscuras de mi existencia.

Llegué a Roma para conocer a Petronio, para tratarle a fondo y beber en la fuente inagotable de su sabiduría. Y lo conseguí. Cierto que el primer paso me fue facilitado por la recomendación de mi tío Silio Itálico. Pero, aunque necesario, no era ése un paso decisivo. A otros vi llegar hasta Petronio más altamente recomendados y ser despedidos en breve con unas palabras de cortesía.

No, estoy seguro que su amistad me la gané por méritos propios, es decir, por mi absoluto convencimiento de que la había de merecer. Si en el resto de mi vida una convicción semejante hubiese guiado mis pasos.

Desde aquel día de abril frecuenté a Petronio hasta su digna salida de escena. Un año escaso de trato continuo durante el cual pasé de la adolescencia a la madurez, gracias, también, a las especiales circunstancias -¡los hechos históricos!- que el destino dispuso a mi alrededor. Las notas que fui tomando, la transcripción fiel de nuestras conversaciones llegaron a ocupar varios volúmenes. Pensaba que con ello tendría la base de la sabiduría que me habría de sostener en toda mi existencia posterior. Quizá. Pero es el caso que, desde la desaparición del maestro, no me atreví a posar la mirada sobre aquellos volúmenes hasta…

Hasta que, cincuenta años después, la lectura de tus Anales me impulsó a volver a aquellos viejos papeles. Y desde entonces -hace de eso dos años- no he tenido otra actividad que pasar aquellos apuntes adolescentes, llenos de fervor y temblor, por el filtro de la serenidad otoñal.

Ha sido fácil. La operación principal ha consistido en poner «dijo» o «dije» donde decía «ha dicho» o «he dicho», es decir, convertir en pasada la acción que en mis notas es presente casi inmediato.

¿Por qué todo esto? ¿Por qué he de enviarte a ti, que me has ignorado, el fruto de mi trabajo? No lo sé. Tenía necesidad de poner en limpio mis recuerdos, y también de que una persona autorizada como tú los conociese. No, no es necesario que me contestes. A mí no. A otros, quizá. Entonces, habré satisfecho la doble deuda que tenía pendiente. Conmigo, obligándome a mirar cara a cara un pasado cada vez más lejano e idealizado; con el mundo, dándole a conoce el rostro auténtico y desconocido de un hombre de verdad: Tito Petronio Níger.

No he de añadir nada más. La respuesta a las interrogantes que tal vez te formules están en los volúmenes que acompañan a esta carta. Si fuese necesario un título, no se me ocurre otro que el que le he puesto.

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann VIII

CIPRIANO.- Yo mismo, con tu permiso.

TEODORO.- Estupendo, porque la verdad es que, aunque parezca extraño, hoy no tengo ningún relato.

CIPRIANO.- Extraño sí que parece, pero mejor, así mi obra se evitará compararse con la tuya.

OTAMAR.- No nos pongamos ahora competitivos, y lee, Cipriano.

CIPRIANO.- Es una historia sin pretensiones, con poca fantasía y algo triste…bueno, como la vida misma. Pero vosotros juzgaréis. Empiezo [clicar AQUÍ y, después de leído el relato, regresar a esta pantalla]

                                                            DOPPELGÄNGER

LOTARIO.- Hay que reconocer que es una historia bastante melancólica.

CIPRIANO.- Triste, ya lo he advertido.

OTOMAR.- Estoy de acuerdo. Y además creo que esa tristeza se presenta en dos frentes: el estilo y el contenido.

CIPRIANO.- ¿Quieres decir que mi estilo es más bien triste?

OTOMAR.- Ya me entiendes, Cipriano. Lo que estoy diciendo es que se trata de un relato perfectamente ajustado en cuanto a forma y fondo.

SILVESTRE.- De acuerdo, pero ¿de dónde viene ésa tristeza de fondo que impregna todo el relato?

LOTARIO.- De la imposibilidad de realizar los sueños, quizá.

CIPRIANO.- Sí, aunque no hay que tomar eso de una manera general. Aquí se trata de un caso concreto, de una persona con supuesta fuerza creativa, que, por debilidad de carácter o por comodidad, renuncia a su sueño más querido. Porque, por otro lado, sabemos que hay muchas personas que apenas tienen problema en conseguir lo que se proponen.

OTOMAR.- Cierto, pero ésa suele ser la segunda parte de la tragedia… Quiero decir que, como apuntó Oscar, sólo hay una cosa peor que no alcanzar lo deseado, y es alcanzarlo.

CIPRIANO.- Eso es sólo una brillante paradoja.

OTOMAR. – Que describe una evidente realidad. El mundo está lleno que gente que ha obtenido lo que se proponía y que continúa insatisfecha. ¿O crees acaso que si Leónidas hubiese destacado, en su momento, como gran escritor, hubiese sido más feliz? No, simplemente no habría tenido ese problema.

CIPRIANO.- Como quieras Otomar, pero yo no he planteado en el relato el problema filosófico de la imposibilidad de la felicidad, simplemente he descrito un caso de renuncia a los ideales por… cobardía. Porque en definitiva se trata de eso.

SILVESTRE.- Por cobardía o, a veces, por simple necesidad. ¡En cuántos casos el que se siente llamado para un arte tiene que dedicar casi todo su tiempo y esfuerzos en la humilde tarea de ganarse la vida!

OTOMAR.- Siempre hay un resquicio, siempre hay una vía para que el genio salga a la luz o, dicho más modestamente, para que uno pueda cumplir con su tarea ideal.

LOTARIO.- Con su destino, dilo ya.

OTOMAR.- Sí, con su destino. Pensad en cuántos grandes escritores, desde Cervantes hasta Henry Miller, pasando por Dostoyevski, han tenido que luchar con circunstancias desfavorables de muy diversa naturaleza. Y el caso más curioso es el del maestro: desde siempre creyó que su auténtica vocación era la música, pero tuvo que estudiar y ejercer el derecho, cosa que hizo, por cierto, con una competencia y honradez reconocida por todos… y al final triunfó en literatura.

SILVESTRE.- Sí, el caso de Hoffmann es la más curiosa combinación que se conoce de todo eso que llamamos predisposición, cualidades, vocación, necesidad, destino, conveniencia…

OTOMAR.- Y no hemos de olvidar que, si finalmente se impuso la literatura, fue porque era lo que más le rendía económicamente. Un caso extraño, desde luego.

CIPRIANO.- Pues a mí lo que más extraño me parece es que, desde que he acabado la lectura, Teodoro no haya abierto la boca.

TEODORO.- Quieres decir que no la haya cerrado. Porque todavía sigo con la boca abierta.

CIPRIANO.- ¿Con la boca abierta? ¿Se puede saber por qué? No será por la calidad de la obra. Viniendo de ti, me parecería un cumplido difícil de creer.

TEODORO. – No, la historia no está mal. Pero lo que me ha dejado estupefacto es un detalle sin importancia, pero que me afecta.

CIPRIANO.- Creo que ya sé por dónde vas.

TEODORO.- Y no lo repruebo. No está mal eso de robar un personaje y darle una historia previa, un pasado.

LOTARIO.- Ah, ya sé de qué habláis. Yo también lo he pensado. Cuando Leónidas ya es viejo y se le describe como… es eso ¿no?

TEODORO.- Sí, como un hombre casi completamente calvo, delgado y encorvado y que pretende escribir algo que nos ilumine definitivamente sobre la miseria y el misterio de nuestra condición… ése no puede ser otro que mi narrador de los relatos del espíritu Alfredo.

CIPRIANO.- ¿Te molesta?

TEODORO.- No, al contrario, ya te lo he dicho. A primera vista, uno se puede imaginar perfectamente que Leónidas, ya mayor, escribe y vive las historias del espíritu Alfredo, pero… me parece que hay un detalle importante que no cuadra.

CIPRIANO.- ¿Y es?

TEODORO.- El carácter. Yo diría que mi narrador es un tipo más bien lúcido y cínico, mientras que tu personaje me parece bastante romántico (en el mal sentido de la palabra) y algo blando.

CIPRIANO.- Quizá tengas razón, y la verdad es que, cuando lo he acabado de escribir, también yo he pensado algo así. Pero no me he podido resistir al placer del juego.

SILVESTRE.- Eso está muy bien, todo el mundo tienen derecho a jugar con lo que los creadores ponen a disposición de todo el mundo. Aquí mismo tenemos esa curiosa versión del Doble que nos ha dado Cipriano.

CIPRIANO.- ¿Curiosa?

SILVESTRE.- Hombre, es evidente que lo que la tradición romántica (en el buen sentido), principalmente germánica, nos ha dado sobre ese fenómeno, suele ser un personaje maligno, tenebroso o, cuando menos, inquietante, y aquí el Doppelgänger de Leónidas se nos aparece más bien como una especie de ángel de la guarda que pretende llevarle por el buen camino.

OTOMAR.- Bueno ¿y qué? No hemos de ser esclavos de la tradición.

SILVESTRE.- Naturalmente que no, sólo he señalado un aspecto, unas diferencias con el patrón tradicional…

CIPRIANO.- Bueno, bastantes cosas se han señalado ya de mi historia…

                                             FIN  (provisional?)

                                               de

          FANTASÍAS A LA MANERA DE HOFFMANN

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Fantasías a la manera de Hoffmann VII

Verano de 2008. El largo día de la vigilia de San Juan aún no ha se ha apagado. En la terraza de un bar situado en un parque de la ciudad se van sentando los amigos. Después de saludarse y cambiar las primeras impresiones, se deciden por el champagne.

TEODORO.- Bien, supongo que estas largas semanas habrán sido fecundas para los que tengan algo que decir.

SILVESTRE.- Y aunque no lo hayan sido, como en mi caso, el sólo hecho de reunirnos, beber y charlar es todo un premio para cualquiera.

LOTARIO.- Estoy de acuerdo. De todos modos no os negaré que me siento algo frustrado. He estado releyendo las copias de todos los relatos y he llegado a la conclusión de que el mío es el más flojo.

OTOMAR. – Lotario, esto no es un concurso literario. Además, si quieres que te diga la verdad, ni siquiera sé cuál fue el relato que nos leíste. Y creo, que más o menos a todos les ocurrirá la mismo.

CIPRIANO.- Yo tengo la impresión de que lo que veladamente pide Lotario es que le demos la oportunidad de corregir la supuesta pobre impresión que nos causó, ofreciéndonos ahora algo realmente genial.

TEODORO.- ¿Es verdad eso, Lotario?

LOTARIO.- Bueno, la verdad es que he escrito algo…pero no quisiera ser el primero en leer.

OTOMAR.- Perfecto, porque yo, en cambio, estoy impaciente por leer el mío y ya me perdonará Teodoro si invado alegremente su territorio.

TEODORO.- ¿Mi territorio? ¿Se puede saber de qué hablas?

OTOMAR.- A ver. No me negarás que, entre nosotros, eres considerado el gran especialista en todo lo relativo al funcionamiento anómalo de la mente, todos recordamos tu espléndido relato La máquina del doctor Kusev, pues bien, yo me he permitido tocar también el tema en mi relato.

CIPRIANO.- Me encantaría escuchar una historia de locos.

TEODORO. – Hablar de “locos” es una actitud muy simplificadora. No hace falta que os explique…

CIPRIANO.- No, no hace falta. A ver, Otomar…

OTOMAR.- Sí, simplificando, es la historia de un loco. Aunque, pensándolo bien, los verdaderos locos son los que no aparecen en la historia, pero han posibilitado el proceso.

SILVESTRE.- Va, Otomar, déjate de explicaciones y empieza de una vez.

OTOMAR.- Empiezo. [ Clicar AQUÍ y, después de leído el relato, regresar a esta pantalla ] 

                                 E PLURIBUS… UNUM ?

TEODORO.- Genial, Otomar. Breve, conciso, contundente…

SILVESTRE.- Y lo mejor de todo, el coup de théâtre final.

LOTARIO.- No sólo el final. Yo creo que tiene mucho de teatral. ¿No os lo imagináis como un monólogo dicho ante un público?

CIPRIANO.- La verdad es que sí. Y la carga de malevolencia, por decirlo de un modo suave, es realmente importante.

OTOMAR. – Gracias. Es el simple fruto de una inspiración momentánea, que quizá no se vuelva a presentar. Y ahora yo, autor ignorante, creador inocente, tal como hemos acordado que debe ser, pregunto al experto, ¿puede darse una persona real con estas características?…Es a ti, Teodoro.

TEODORO.- Ya, bueno, paso por alto las ironías y contesto a la pregunta: por supuesto que puede darse, y se da. Individuos con la personalidad escindida y que viven esa escisión con plena conciencia y el consiguiente sufrimiento.

LOTARIO.- Todos vivimos con la personalidad escindida.

CIPRIANO. – Dos almas, ay de mí,

                     se dividen en mi seno,

exclama Fausto al principio de uno de sus monólogos.

OTOMAR.- Sí, pero la división de que habla Goethe es la de siempre, la de toda la vida, la del individuo que se debate entre sus buenos propósitos y sus malos instintos, la del que es campo de la eterna batalla entre el ángel y la bestia o, por decirlo de manera más racional y aséptica, entre el intelecto puro y la naturaleza animal. Es también la escisión que representa el maestro en alguna de sus obras, especialmente en Los elixires del Diablo. Pero ésta que se ilustra en mi relato es distinta, más moderna, de hecho, tiene poco más de un siglo de antigüedad y no puede llamarse simplemente “escisión”, quiero decir que no es una división en dos, al modo antiguo, sino una multipartición, una fragmentación. El sujeto no queda dividido en dos, sino en una multitud. El Yo no existe.

TEODORO.- Vaya, vaya, mira por dónde parece que nuestro inocente e ignorante autor Otomar ha echado mano de toda una batería de teorías para fundamentar su relato.

OTOMAR.- Eso no es exacto. No “he echado mano de”. El relato me ha salido sin pensar, ya os lo he dicho, pero luego me he puesto a investigar sobre el asunto y he dado con los “promotores” de esa moderna actitud, que ejemplifica mi protagonista. Mirad, guardo por aquí unos apuntes de textos que he encontrado sobre el tema. Leo:

La contraposición que Nietzsche realiza entre el Ich cartesiano, sea concebido como yo o como alma, y el Selbst, permite la apertura a la idea de un sujeto múltiple donde la ficción de la identidad es pensada como juego constante de estructuración-desestructuración, y, en este sentido, es siempre provisoria.”

Y este otro:Nietzsche, anticipándose a Freud, plantea este problema con la idea de que el yo es una ficción, una sustancia inexistente. Se trata, en la visión de ambos pensadores, de una pluralidad de fuerzas en conflicto. Cada uno de nosotros es la lucha de muchos yoes (Nietzsche) o la tensión de instancias internas al individuo que se contraponen (Freud) y no la unívoca manifestación de una esencia”.

CIPRIANO.- Bien, pues si el yo no existe, la actitud de tu protagonista parece más bien normal. Quiero decir que no estaríamos entonces ante un caso de locura, sino ante una manifestación lógica de la verdadera naturaleza humana.

SILVESTRE.- ¿Creéis realmente que, a pesar de todo, no existe en cada uno de nosotros un núcleo central al que se pueda llamar “Yo”?

OTOMAR.- El sentido común dice que sí, que existe ese Yo.

CIPRIANO.- Sí, pero el sentido común no es una herramienta preciada en filosofía. Ni en psicología, ni, por supuesto, en el arte.

OTOMAR.- ¿Pues para qué sirve entonces el sentido común?

CIPRIANO.- Para la cocina, según un famoso filósofo… aunque últimamente algunos grandes cocineros también lo están expulsando de los fogones.

TEODORO.- De todos modos, por mucha división que reine en la conciencia del individuo, yo no me resigno a descartar la vieja realidad del Yo.

OTOMAR.- Nadie se resigna, quiero decir que todo el mundo piensa y actúa como si ese Yo nuclear existiese realmente, independientemente de que exista o no. Pero otra cosa son las teorías…

LOTARIO.- Sí, los juegos caprichosos de fantasía que los pensadores trazan sobre el acontecer necesario de la realidad.

CIPRIANO.- Tienes razón, Lotario. Caprichosas o no, las construcciones de los pensadores más o menos científicos, son incapaces de apresar la realidad. Por este motivo, una “verdad” científica suele ser invalidada por otra que le sucede en el tiempo. No ocurre así en el arte, donde cada obra es una verdad inamovible. Y es que, a diferencia de lo que ocurre en la ciencia, en el arte no se puede hablar de progreso. La astronomía moderna constituye un progreso frente a la astronomía de Tolomeo, pero El Castillo de Kafka no constituye un progreso frente a la Divina Comedia de Dante: ambas son obras cumbre de la literatura mundial, sin que el tiempo ni los «descubrimientos» que median entre una y otra tengan ninguna relevancia en sus respectivos méritos artísticos.

TEODORO.- Has hablado muy bien, Cipriano. Pero ya va siendo hora de que alguien nos regale con otro relato.

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann VI

TEODORO.- Eso es cierto. Y de esa honradez literaria es de donde surgen las obras vivas con personajes vivos, tan vivos que a veces no quieren morir. Me ha ocurrido hace poco. ¿Recordáis aquel primer relato del espíritu Alfredo? Yo creía que lo había terminado. Pues bien, el espíritu se me ha vuelto a aparecer, cosa nada rara entre los espíritus, supongo.

LOTARIO.- ¿Otro relato sobre Alfredo? ¡Ésa sí es una buena noticia! ¿Lo tienes aquí? ¿Nos lo puedes leer?

TEODORO.- Naturalmente, para eso estamos. Ahí va.

[Clicar AQUÍ y, después de leer el relato, regresar a esta pantalla

                                            FINDE

SILVESTRE.- Tengo la impresión, querido Teodoro, de que con esta historia nos quieres decir algo.

TEODORO.- Las historias siempre dicen algo, querido Silvestre.

SILVESTRE. – Ya me entiendes. No es lo mismo narrar unos hechos despreocupadamente, o sin más preocupación que la de mantener una forma bella y eficaz para atrapar al lector, que tramar un relato con un objetivo trascendente, quiero decir, con una actitud alegórica, o metafórica, o simbólica, no sé cuál sería aquí el adjetivo más correcto.

TEODORO.- No ha sido esta mi intención, te lo aseguro. Y por otra parte, no sé cuál podría ser aquí la cosa simbolizada, o alegorizada, o lo que sea. Os aseguro que, al menos en esta ocasión, no se me ha ocurrido ni significar ni demostrar nada. Simplemente, me he dejado llevar por la misma inercia de la historia.

LOTARIO.- Así es como procede todo buen escritor, creo yo.

OTOMAR.- Sí, este tema ya lo hemos tratado en otra ocasión: que el buen escritor, el artista, no pretende demostrar nada, sino sólo mostrar, pero mostrar de la manera más efectiva, o sea, conmovedora, que sea posible.

CIPRIANO.- Muy bien, con este relato Teodoro no ha querido demostrar nada, sino sólo mostrar, como buen artista que es, en eso estamos de acuerdo… Y sin embargo, los significados están ahí, y exigen ser comentados.

TEODORO.- ¿Los significados? ¿Tú también, Cipriano? Me tenéis sobre ascuas. ¿Quiere alguien ilustrarme sobre esos significados de los que el autor no tiene ni idea?

OTOMAR.- No te alteres, Teodoro, eso es normal. No sólo en literatura, también en la vida corriente suele ocurrir que uno hace cosas que sólo los otros pueden interpretar correctamente.

CIPRIANO.- Para empezar, tomando los dos relatos del espíritu Alfredo en conjunto, lo primero que destacaría es el hecho de que la historia parece contada por un narrador que es también personaje, pero no de la manera corriente del que cuenta una historia que ha vivido, sino de otra, bastante más original, aunque hay precedentes, del que crea la historia que va viviendo, o mejor dicho, del que vive la historia que va creando. Aquí ya tenemos un enfoque claramente filosófico, pero que no se decanta por uno de los extremos de la habitual dicotomía, realismo o idealismo, sino que contempla ambos simultáneamente como caras de una misma moneda: el objeto existe y el sujeto también, pero uno no es concebible sin el otro. 

TEODORO.- Te juro por los dioses que no había pensado en nada de eso.

OTOMAR.- Ese es precisamente el don del artista. ¿Acaso Cervantes, o Shakespeare, o Kafka, habían pensado en todo lo que se ha descubierto en sus obras respectivas?

SILVESTRE.- La inocencia creadora, sí… Aunque no me imagino a nuestro amigo Teodoro tan inocente.

TEODORO.- No, claro. Hay un aspecto que tuve muy claro desde el principio. Y es que el espíritu Alfredo no es diferente del espíritu de cualquier ser humano. Quiero decir que representa la parte no material de la persona. Aquella que puede sentirse como encarcelada en la prisión del cuerpo del modo que nos ilustra la filosofía platónica, y también la cristiana. Pero yo he adoptado un enfoque inverso al habitual. Lo normal, desde el punto de vista místico o platónico, es que el hombre aspire a liberarse de su carne mortal para regresar como espíritu puro a las estrellas. Yo, en cambio, he imaginado un espíritu puro que, fascinado por los logros culturales y científicos de la humanidad, desea encarnarse para vivir la experiencia humana desde dentro.

SILVESTRE.- Experiencia que resulta frustrante, ¿no?

TEODORO.- Eso parece, pero no consigo ir más allá.

OTOMAR. – De la historia de Claudia, por ejemplo, ¿no puedes comentarnos nada?

TEODORO.- No sé…En realidad la puse ahí porque pensé que aquella continua presencia femenina en el bar, que parecía obsesionar a Alfredo, exigía un desarrollo.

LOTARIO.- Si me permitís, yo creo que estamos ante una bellísima historia de amor y además con final feliz, contra lo que puede parecer.

OTOMAR.- ¿Historia de amor? ¿Final feliz? Yo solo he visto a un Alfredo salido, a una Claudia chiflada y una explosión final que se lleva a los dos por los aires.

LOTARIO.- Ése es el sentido literal de la historia, pero está también el alegórico.

TEODORO.- Adelante, Lotario. Explícanos todo lo que yo no he sabido ver en mi propia obra.

LOTARIO. – Claudia no es un espíritu puro, ni mucho menos, sino una adolescente como tantas. Pero algo tiene en común con Alfredo, o mejor dicho, Claudia detecta en Alfredo algo que le fascina, pero que no sabe lo que es. Sumergida en su vida material de goces inmediatos y apariencias efímeras, de pronto encuentra a alguien que le despierta la nostalgia de algo que ni siquiera conoce pero que, como persona, lleva dentro de sí. Arrastra a Alfredo a su casa con la intención inconsciente de develar el misterio, pero ahí se encuentra con un hombre de carne y hueso que sólo desea llevarla a la cama. Y es que Alfredo está realizando el viaje inverso. Ella quiere saber, no muy conscientemente, qué es el espíritu; él está obsesionado en probar las presuntas delicias de la carne. El encuentro parece imposible, pero…El rechazo de Claudia acelera en Alfredo el desencanto ante la experiencia humana. Aunque, más que ese rechazo, lo que le decepciona es la experiencia de verse sometido a los dictados del deseo, de perder la libertad para sentirse humillado bajo el despótico yugo de la naturaleza. Este desencanto se hace patente durante el paseo nocturno con el narrador, cuando, mirando a las estrellas, piensa que quizá debería regresar allá y también cuando, intentando correr por la arena, sufre físicamente el ahogo de la materia que le oprime y le impide alzar el vuelo para salvar a su amada. Por su parte, Claudia, hondamente decepcionada ante la negativa del amado a mostrar su auténtico tesoro, decide tomar la vía directa para alcanzar su objetivo. Y en ese momento llega Alfredo y ambos se funden en un abrazo y el fuego libera sus espíritus, que vuelan raudos y felices a la celestial morada de las estrellas.

SILVESTRE.- Aplausos, Lotario. Ha sido un bello, bellísimo comentario.

CIPRIANO.- Lo mismo digo.

OTOMAR.- Y yo… Ahora sólo falta saber si el autor del relato comentado está de acuerdo.

TEODORO.- Qué queréis que os diga…Puesto que, cuando lo escribí, no tenía nada de eso en mi intención consciente, sólo habría que ver si esa interpretación… muy bella, como justamente se ha dicho, se contradice con la literalidad del relato. Y yo creo que no, que no se contradice…

CIPRIANO.- Entonces, estamos todos de acuerdo en felicitar a Lotario por su aguda intuición.

LOTARIO.- No, más bien hemos de felicitar al autor por su inspirada creación.

TEODORO.- Pues yo propongo que brindemos y nos felicitemos todos por la fortuna que tenemos de saber gozar del arte de contar y escuchar historias, aunque nunca podamos llegar a la altura de nuestro Hoffmann.

TODOS.- ¡Salud!

(CONTINÚA)

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Fantasías a la manera de Hoffmann V

La de Silvestre ha sido muy buena, lo reconozco. Pero, todavía no hemos oído una verdadera historia fantástica, de terror. Todo lo que hasta aquí se ha contado puede tener su explicación por la vía de la ciencia. Incluso el primero de los relatos, El espíritu Alfredo, puede entenderse como una fantasía, una ficción literaria obra del narrador que al final se nos aparece. Pero en ninguno de ellos se nos ha aparecido la sombra amenazadora de lo absolutamente siniestro.

CIPRIANO.- Es curioso que seas tú quien habla así, Otomar, el jurista, el abogado metódico, de pensamiento científico-racionalista.

OTOMAR.- Quizá por eso, por que no me gustan las mixtificaciones. Si fabulamos sobre el terror fantástico, hagámoslo a tumba abierta, sin las muletas de coartadas científicas o racionalistas.

TEODORO.- No sé…es una manera de ver las cosas. Por mi parte creo que todo está en la realidad. Porque el mismo hecho de imaginar una historia, por disparatada que sea, es un proceso de la realidad cerebral.

OTOMAR.- No nos vayamos por las ramas, Teodoro, ya sabes lo que quiero decir.

LOTARIO.- Sí, creo que sé lo que quieres decir, si consideramos el asunto desde el punto de vista del público lector.

SILVESTRE.- Un público lector que esté ansioso por consumir terror del bueno, ¿no es eso?

CIPRIANO.- ¿Sabéis qué os digo? Que me alegro que el debate haya venido a parar a este punto. Porque…la historia que pensaba ofreceros creo que responde perfectamente a las inquietudes y al deseo que formulaba Otomar.

OTOMAR.- ¿Quieres decir que es un auténtico relato de fantasía y terror?

CIPRIANO.- Eso lo habréis de decir vosotros cuando yo termine de leer. Empiezo.

[ clicar AQUÍ y, después de leído el relato, regresar a esta pantalla ]

                                                   ISAÍAS Y EL ESPEJO 

LOTARIO. – ¿Puedo hablar?

OTOMAR.- Pregunta estúpida, donde las haya.

LOTARIO.- No, es que como pasa el rato y nadie dice nada, creía que se debía respetar cierto tiempo de silencio.

SILVESTRE.- ¿Por qué no hablas de una vez, Lotario?

LOTARIO.- Lo que quiero decir es que, en mi opinión, se trata realmente de una historia de terror, quizá la historia más de terror que hemos oído hasta ahora. Pero el problema está en el grado.

CIPRIANO.- ¿El grado?

LOTARIO.- Sí, el grado. ¿Qué grado de terror tiene? Y creo también que este problema no tiene una solución sencilla, porque va muy ligado al lector, a cada uno de los lectores.

TEODORO.- Creo adivinar por dónde vas. Pero ¿por qué no nos lo explicas de una manera directamente comprensible?

LOTARIO.- A ver, el autor, Cipriano, a quien por otra parte felicito…

CIPRIANO.- Gracias.

LOTARIO.- …no hay de qué, desarrolla una historia en la que el terror se adivina, pero no se deja ver directamente. Sabemos que el espejo guarda algo horroroso, objetivamente horroroso, como se deduce del informe médico, pero ni se nos muestra ni se nos dice en qué consiste. Ya sé que uno de los elementos que mejor conforman la sustancia del horror es el desconocimiento de su realidad, el miedo más terrible es el que no tiene forma ni nombre, pero, tal como está planteado esto en el relato, se pone de manifiesto el problema a que me refería.

OTOMAR.- ¿Te referías? No sé si te referías. Lo que sé es que aún no has revelado el supuesto problema.

CIPRIANO. Es verdad, Lotario, y comprenderás que, como autor, estoy muy interesado en el tema.

LOTARIO.- Creí que ya había quedado claro. Bien, lo que quería decir es que en este relato, como un poco en todos, la eficacia de la dosis suministrada por el autor dependerá del grado de sensibilidad e imaginación de cada lector.

TEODORO.- Quieres decir que para unos lectores el terror es seguro, claro, tangible, porque son capaces de imaginarse todo el horror que, por las noches, pugna por manifestarse en el espejo, mientras que, para otros, el relato apenas les dirá nada porque no encontrarán en él nada explícito que les conmueva.

LOTARIO.- Eso es lo que quería decir.

OTOMAR.- De acuerdo, pero habría que hacer una precisión. Y es que, en mi opinión, si el efecto de una obra no alcanza a cierto número de lectores, es que el autor no lo hizo todo lo bien que debía. Decir que el relato sólo será eficaz en personas muy imaginativas, es reconocer las limitaciones del autor, incapaz de trasladar al lector “normal” sus intenciones creativas, en este caso, la de despertar una emoción de terror.

CIPRIANO.- Vale, nunca he dicho que yo no tenga limitaciones como autor. Simplemente, lo he hecho lo mejor que he podido.

SILVESTRE.- Lo has hecho muy bien, Cipriano, no te preocupes. Otomar tiene su parte de razón, pero…

TEODORO.- Pero es una razón peligrosa, porque si la aplicamos de una forma incontrolada nos llevará a la situación aquella en que el autor ha de ir hasta donde está el lector y no el lector hasta donde está el autor, que es lo que de verdad enriquece.

OTOMAR.- Cierto, pero de lo que se trata es de hallar una situación de equilibrio. Por decirlo de alguna manera, que autor y lector se encuentren tras hacer cada uno la mitad del camino.

SILVESTRE.- Eso es fácil de decir, pero en la práctica siempre hay una parte que tira más que la otra. A veces se produce ese equilibrio maravilloso y es cuando nos encontramos ante ese raro fenómeno de auténticas obras de arte que a la vez son populares. Como por ejemplo, en Shakespeare, Cervantes, Goethe (el de Werther y la primera parte de Fausto).

LOTARIO.- Y Hoffmann, ¿no?

SILVESTRE.- Bueno…yo creo que el caso del maestro es distinto. En sus obras, autor y lector no se encuentran en la mitad del camino. Más bien creo que el autor va a buscar al lector a su terreno preferido (aventura, fantasía, terror, no olvidemos que estamos en la época romántica y que Hoffmann escribe en parte por necesidad económica), pero que, con su genio indiscutible, lo eleva hasta su propia altura de gigante del arte poético.

TEODORO.- Creo que lo has expresado bien, Silvestre. Hay dos clases de autores que hacen más de la mitad del camino en busca del público lector. El que procura que ese lector se eleve a su propia altura (caso de Hoffmann y, en un terreno muy distinto, de Stefan Zweig y de tantos otros autores al mismo tiempo grandes y populares) y el que se queda al nivel del lector más bajo para halagarle todas sus bajezas.

OTOMAR.- Literatura basura.

TEODORO.- Sí, literatura basura, donde entra la gran mayoría de los bestsellers.

CIPRIANO.- Yo he observado una cosa curiosa: que la literatura que lee la gran mayoría no es literatura…si es que con esta palabra queremos significar algo especial.

LOTARIO.- Quizá siempre ha sido así.

TEODORO.- No, yo creo que no siempre ha sido así. Yo creo que a la situación actual se ha llegado tras un proceso gradual de extensión y, al mismo tiempo, degradación de la cultura. Antes de la invención de la imprenta se necesitaba mucho esfuerzo, mucha “cultura” para poder leer, y ya no digamos para llegar a poder escribir. Los que accedían a esas técnicas maravillosas eran, forzosamente, unos sabios. Con la aparición de la imprenta, la cosa empezó a abaratarse, ya no era tan extraordinario saber leer, ni tan exótico que una persona de no mucha cultura se dedicase a escribir. Con la extensión de la alfabetización y la educación la cosa fue empeorando (desde el punto de vista del que estoy hablando), y ya cualquiera podía leer y casi cualquiera podía escribir, principalmente para toda esa gente que “ya” podía leer. Y en fin, no os tengo que decir lo que ha venido después: con la extensión de la prensa y la aparición de otros medios de comunicación de masas, la lectura y la escritura están hoy al alcance de todo el mundo…con los resultados que están a la vista.

OTOMAR.- Vaya, no te conocía esta faceta tan elitista, o clasista, o antidemocrática.

TEODORO.- Elitista quizá, lo concedo. Pero clasista y antidemocrática, no, en absoluto. Lo que ocurre es que hay una enorme confusión en todo esto, que convendría aclarar. Para empezar, hay que dejar claro que la igualdad no significa que todos seamos iguales, sino que todos hemos de tener iguales oportunidades. Y la democracia no significa que todas las opiniones valgan lo mismo, cosa que contradice la evidencia, sino que en los asuntos públicos, en la administración de las cosas comunes, ha de prevalecer el criterio de la mayoría, siempre controlada por las minorías. Ir más allá supondría, de hecho supone, un empobrecimiento espantoso del espíritu humano.

OTOMAR.- Quieres decir que la democracia no cabe en el arte, por ejemplo.

TEODORO- Ni en el arte, ni en la ciencia, ni en la filosofía, ni en ninguna actividad que requiera formación, sensibilidad y un esfuerzo constante por ensanchar los límites del ser humano. La mayoría tiende a lo fácil y primario, por eso se puede encargar de la «administración de las cosas», porque es una tarea de simple sentido común, aunque a veces no lo parezca. Pero si se le permite que decida en cuestiones de arte, nos conduce directa y rápidamente a la basura.

SILVESTRE.- ¿Queréis qué os diga lo que ahora pienso? Que todo esto que estamos debatiendo en realidad no importa en absoluto.

OTOMAR.- ¿Ah, no?

SILVESTRE.- Para el verdadero creador, quiero decir. Porque el verdadero creador, no el que estudia primero el mercado para ver lo que mejor podrá colocar, sólo tiene en mente un lector: él mismo.

CIPRIANO.- ¿Quieres decir que escribe para sí mismo? No, no, eso no se corresponde con la realidad.

SILVESTRE.- Para sí mismo exactamente, no; pero sí escribe lo que a él le gustaría leer. No hay otro modo de ser honrado en literatura. (CONTINÚA)

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Isaías y el espejo

No era joven. Lo que significaba que había tenido ocasión de conocer y experimentar cosas extrañas. Esas cosas que, desde fuera, se vienen a nosotros generando un efecto determinado. Pero hay otras “extrañezas” en las que, hasta entonces, apenas había reparado: las que, partiendo de nosotros, se nos aparecen fuera…¡El espejo!, se dijo enseguida, no hay en el mundo artilugio alguno que de manera tan rápida e inmediata le ponga a uno en la situación dentro-fuera. Tenía que investigar sobre el espejo, es decir, sobre las relaciones existentes entre él, Isaías, y el espejo. Cualquier espejo. Y lo primero que pensó fue que el espejo es un artefacto bastante gentil. No como la fotografía, qué diferencia. En las fotos puedes aparecer – para siempre, es decir, sin remedio – en la forma más absurda, ridícula o grotesca, y es ésta una característica o propiedad de la fotografía que va aumentado de grado a medida que el fotografiado va cumpliendo años. Por el contrario, el espejo, al menos en apariencia, se comporta muy de otra manera. Si por azar te ves en él en una postura extraña o ridícula o simplemente desfavorecedora, siempre te da la oportunidad de rectificar. Relajas el ceño, alargas los labios en una sonrisa, buscas el perfil, el encuadre más favorable, y ya está, él te devuelve todo lo que deseas, es decir, todo lo que pones en él. Al menos en apariencia…

Porque era el caso que, desde hacía un tiempo, en su relación con el espejo Isaías observaba algo raro, tan raro, que empezaba a resultar inquietante. No con los espejos en general, ni durante el día, sino sólo con el espejo del cuarto de baño de su casa y durante la noche. Al principio, no le había dado importancia… pero, ¿cuándo fue el principio?

No lo recordaba. Quizá había ocurrido siempre y él no lo había advertido. Quizá había empezado hacía poco y, con el hecho, había comenzado su preocupación. No sabía si la circunstancia de vivir solo mejoraba o empeoraba la situación. Lo único cierto era que, cuando sucedía, no tenía cerca a nadie para…¿consultar? ¿pedir ayuda? No, eso era impensable. Sabía muy bien que “aquello” era absolutamente intransferible, que la intromisión de otra persona forzosamente acarrearía terribles consecuencias. ¿Consultar a un psicólogo? ¿Por qué no? El problema era que no creía en los psicólogos o, al menos, no hasta el extremo de llegar a pagar por sus servicios. Entonces pensó en Cristóbal. Era un amigo. Había estudiado la carrera de psicología y había ejercido la profesión durante algún tiempo, hasta que decidió entregarse en cuerpo y alma al negocio de los seguros. Hablaría con él una noche, en un bar, ante unas copas, y quizá así diese el primer paso. Porque, pensaba, si el origen del fenómeno estaba en él mismo, quizá Cristóbal podría aclararle algo. Pero…¿y si estaba en el espejo?

– Así, que jubilado – dijo Cristóbal, como ratificando las últimas palabras de Isaías.

– Sí, hace un año. ¿Y tú qué esperas?

– A mí me va estupendamente. Así, que no pienso dejarlo. En cuanto la gente se jubila empiezan a suceder cosas raras; la más corriente, que se muere.

– ¿Crees que eso que te he contado no es más que una “cosa rara” propia de mi situación actual?

– A ver, cuando trabajabas ¿te ocurría?

– No lo sé, la verdad es que no lo sé. Quizá sí, pero no me daba cuenta. Y ahora, al tener más tiempo para observar, para reflexionar…Cristóbal, dime la verdad, crees que esto que te he contado no es más que la chifladura de un viejo maniático, ¿no es eso?

– Isaías, no saquemos conclusiones antes de tiempo. Para empezar, me lo has contado de una manera tan precipitada que no sé si me he enterado bien. Hazme un favor, bebe un trago, relájate y cuéntalo de nuevo, despacio, tranquilo, y con todo lujo de detalles.

Isaías obedeció en lo que pudo. Tomó un sorbo del vaso largo y cilíndrico que tenía delante y, cuando consideró que habían pasado los segundos necesarios para contentar a su amigo, comenzó:

– Antes, no solía levantarme en plena noche. Dormía de un tirón, como suelen hacer los jóvenes. Pero ya hace algunos años que, en un momento indeterminado, entre la una y las cinco de la madrugada suelo levantarme, una, o dos veces, para ir a orinar. Entro en el baño, enciendo la luz, voy directamente a la taza, orino, vuelvo y, al pasar por el lavabo, me lavo rápidamente las manos y a veces, cuando mi faringitis crónica me tiene la garganta seca, bebo un poco de agua directamente del grifo o simplemente me enjuago la boca. Delante, sobre el lavabo, está el espejo…pero nunca lo miro. Quiero decir que todas esas operaciones las hago con la vista baja o los ojos cerrados, que nunca, nunca, miro al espejo. En verano, cuando el calor aprieta y el sudor me mantiene despierto aún es peor. Porque entonces, las visitas al baño aumentan, a veces simplemente para mojarme el cuello y las muñecas…y nunca, nunca miro al espejo. De día es diferente, me arreglo, me peino, me lavo los dientes ante el espejo con normalidad, como todo el mundo.

– ¿Y nunca te has preguntado por qué no miras al espejo por las noches?

– Sí, muchas veces, y no he tenido respuesta. Si la tuviese, seguramente no estaría aquí hablando contigo.

– Pero, si te hubieses de responder algo, ¿qué te dirías?

– Me diría que…tengo miedo de mirarlo, porque sé…que…a esas horas…el espejo muestra…algo horrible…que no soy yo…o aún más horrible si… también soy yo.

Tras unos segundos de silencio, Cristóbal habló:

– ¿Y no has pensado que la manera más sencilla y práctica de despejar el enigma sería…mirarte al espejo?

– Claro que lo he pensado, pero no puedo. ¿Quién puede mirar directamente al horror?

– Isaías, tú tienes un empacho de literatura fantástica. Olvídalo, olvídalo todo. Esta noche, cuando entres en el baño, después de abrir la luz, te encaras directamente al espejo y dices “hola, soy yo, nada más que yo” y no verás otra cosa que tu misma cara de siempre.

– Imposible.

– Inténtalo, inténtalo una vez. Y si no eres capaz de intentarlo, no me vengas más con historias.

Aquella misma noche Isaías no podía dormir, el sudor le empapaba el cuello, tenía la almohada mojada. Miró el reloj: las dos y veinte. Se levantó, se enfundó las zapatillas y, con paso inseguro, casi tambaleándose, caminó los escasos metros que le separaban del baño. Entró, encendió la luz con la vista baja. Abrió el grifo y colocó las muñecas bajo el chorro del agua. Al tiempo que cerraba el grifo levantó lentamente, muy lentamente la vista. Pero no llegó a mirar. Le pareció que un resplandor rojizo surgía del ángulo inferior derecho del espejo. Salió precipitadamente, sin apagar la luz.

– ¿Un resplandor rojizo? – preguntó Cristóbal al día siguiente – ¿Qué quieres decir exactamente?

– No tengo otra manera de decirlo, un resplandor rojizo, un destello rojizo, si quieres…pero como algo que no estaba allá mismo, que venía de muy lejos y, sin embargo, potente, cegador…

– Que venía de muy lejos…¿Del Infierno, por ejemplo?

– Cristóbal, yo no he hablado del Infierno. Sólo he contado lo que he visto.

– Pero que el resplandor venía de muy lejos, no lo has visto, ¿no?

– No, claro, eso fue una impresión, una intuición diría que infalible.

– Perfecto, Isaías, si estamos en la senda de las intuiciones infalibles, no podemos fallar. Dime, según tu intuición infalible, qué es eso que se muestra en el espejo por las noches y que te aterrorizaría ver.

– Tú te ríes, Cristóbal. No me tomas en serio. Pero si me ocurre una desgracia, serás el primero en lamentarlo. Recordarás que te pedí ayuda y que…adiós.

Isaías se levantó y salió precipitadamente del local. Cristóbal no hizo nada por retenerlo.

Se dice que aquella noche fue la más calurosa del año. Isaías daba saltos en la cama. Entre el calor, el sudor y el pensamiento del espejo que le aguardaba en el baño, no podía pegar ojo. Finalmente se levantó. No sabía qué hora era. Entró en el baño, se desabrochó y dejó caer el corto pantalón del pijama. Se puso bajo la ducha y dejó que el agua se deslizase por todo el cuerpo. Luego, cerró el grifo, alcanzó la toalla, se la aplicó con toques suaves para que el frescor del agua se mantuviese en la piel. Colgó la toalla, se dirigió hacia la puerta y de repente, no pudo evitarlo, se encontró ante el espejo. Todo el horror del universo se apoderó de él. Quiso gritar, como en los sueños…

Días después, Cristóbal tuvo conocimiento de la muerte súbita de su amigo. Paro cardíaco, en el baño, quizá un shock producido por el agua fría sobre el cuerpo caliente…la edad, ya se sabe, nada extraño. Recordó que le había hecho un seguro de vida a favor de un sobrino. Fue fácil acceder al expediente. Empezó a leer el informe médico hasta que dio con unas palabras: “los ojos muy abiertos; en las pupilas, dilatadas, un extraño brillo, como un resplandor rojizo”. No pudo leer más.

(De Fantasías a la manera de Hoffmann)

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Fantasías a la manera de Hoffmann IV

Primavera de 2008. En el mismo lugar, reunidos los mismos amigos. Pasados los rigores del invierno, en la mesa domina hoy la cerveza sobre el ponche.

TEODORO.- Han pasado tres meses desde la última reunión. Mucho tiempo. Quizá deberíamos intentar vernos más a menudo.

CIPRIANO.- Soy de tu misma opinión.

OTOMAR.- Y yo. Pero es tan difícil que estemos todos disponibles…

LOTARIO.- Y eso que no tenemos grandes obligaciones, que digamos. Imaginaos lo que sería entre personas seriamente ocupadas…

SILVESTRE.- Pues yo creo que está bien que los encuentros sean tan espaciados.

TEODORO.- Vaya con Silvestre. El único que está en desacuerdo… Supongo que tendrás tus razones para pensar así.

SILVESTRE.- Naturalmente y, si las expongo, es posible que lleguéis a estar de acuerdo conmigo. Unas reuniones semanales o quincenales o incluso mensuales no se llevan bien con el objetivo que perseguimos. ¿Cuál es ese objetivo? Narrar historias que nos lleven a reflexionar sobre determinados aspectos del arte y de la vida. Y bajo la advocación de Hoffmann, sí, pero no como sus clones, no lo olvidemos. Y para reflexionar se necesita tiempo, y para escribir historias también. Así que nada mejor, creo yo, que tres largos meses en los que uno pueda meditar sobre lo que ha oído y, si se da el caso y la inspiración, componer una nueva historia que ofrecer a los compañeros.

CIPRIANO.- Ah, claro, fuiste tú, Silvestre, el que te comprometiste a ofrecernos la próxima historia. Y ahora quieres decir…

SILVESTRE.- Que he necesitado todo ese tiempo para escribirla, sí lo confieso. Y que si no fuese porque ha mediado todo ese tiempo quizá no podría ofrecérosla.

TEODORO.- Pues adelante, Silvestre, adelante con tu relato, aunque nada tenga que ver con el mundo del maestro.

SILVESTRE.- ¿Quién dice que nada tiene que ver con el mundo del maestro? Pero una cosa es copiar sus tics y otra muy distinta abandonarse a su espíritu, y os aseguro que esta historia está perfectamente dentro de su espíritu. Se desarrolla en Barcelona.

CIPRIANO.- Estuviste allí, ¿no?

SILVESTRE.- Sí, hace más de veinte años. Para ampliar mis conocimientos de filología románica pasé dos años en la universidad de Barcelona estudiando filología y literatura catalanas.

LOTARIO.- ¿Y qué nos has traído de ahí, después de tanto tiempo?

SILVESTRE.- Una historia digna del maestro… al menos en la intención.

TEODORO.- No nos hagas esperar más, Silvestre, somos todo oídos. [ Clicar AQUÍ]

                                           EL MOSÉN

OTOMAR.- “Y tomándome de la mano me dijo con una extraña sonrisa: soy el caballero Gluck”. Fin.

LOTARIO.- Es evidente. La idea y el desenlace es evidente que tienen mucho que ver con El caballero Gluck, de nuestro Hoffmann.

CIPRIANO.- De acuerdo, pero de eso se trata ¿no?

OTOMAR – No exactamente. Homenajear sí, plagiar no.

TEODORO.- Yo no he visto ningún plagio por ninguna parte. Lo que he visto ha sido un relato muy bien construido, dentro del espíritu del maestro, pero con un carácter muy propio.

SILVESTRE.- Gracias, Teodoro, con lo que acabas de decir tengo bastante. No necesito ningún comentario más.

CIPRIANO. – Tú aguantarás todos los comentarios que hagan falta, como todo el mundo. Y el primero que se me ocurre va precisamente en tu favor, a propósito de lo que se acaba de decir. Y es que yo veo que hay un aspecto fundamental en que tu relato se diferencia del de Hoffmann. Y es que en el relato de Hoffmann se da la impresión de que es el mismo Gluck, muerto décadas atrás, el que se aparece al narrador. Mientras que en el de Silvestre está claro que se trata de un simple loco, que se cree el famoso poeta Verdaguer…

LOTARIO.- Lo cual es mucho menos misterioso, mucho más prosaico que lo que se cuenta en el relato de Hoffmann.

TEODORO.- ¿Menos misterioso? ¿Simple loco? ¿Os he de recordar la tesis del personaje de El espíritu Alfredo?

CIPRIANO.- Que no hay que buscar monstruos ni en la tierra ni en los cielos, ni siquiera en la imaginación. Porque los monstruos somos nosotros.

TEODORO.- En efecto. O sea que, al menos para mí, es mucho más interesante conocer una persona que se cree Napoleón que conocer a Napoleón mismo, entre otras cosas porque esto es imposible.

OTOMAR.- ¿Y qué hacemos con la fantasía?

TEODORO.- Recurrir a ella debidamente. Hay una fantasía estéril, gratuita, que nada tiene que ver con nuestra tarea. Nuestra fantasía es hermana de la poesía…o quizá es la misma cosa. Y opino que en el relato que nos ha ofrecido Silvestre se da al mismo tiempo un ambiente fantástico y un fondo poético.

SILVESTRE.- Gracias de nuevo, Teodoro. Y yo añadiría algo, si es que como autor puedo opinar…

OTOMAR.- Eso es, por lo menos, dudoso.

CIPRIANO.- Vamos, Silvestre, habla. No seamos tan estrictos.

LOTARIO.- Todo el mundo tiene derecho a opinar sobre una obra; incluso su autor.

SILVESTRE.- Yo añadiría que al aspecto fantástico y poético del relato habría que añadir otro: el científico. Psicológico, para ser más exacto. ¿De dónde le viene al Mosén ese trastorno, que le hace creerse un gran poeta de más de un siglo atrás?

LOTARIO.- Ésa es una buena pregunta, sobre todo para el autor, que será quien mejor la podrá responder.

OTOMAR.- Un momento, un momento. Creo que quedó claro que el autor no tiene el monopolio sobre la interpretación de su obra.

LOTARIO.- Que no tenga el monopolio no significa que no pueda opinar. Adelante, Silvestre, ¿cuál es, según tú, el trasfondo psicológico de la historia, del personaje?

SILVESTRE.- Yo creo que el Mosén es una persona muy sensible, introvertida, con un mundo interior poderoso, pero carente de cauces de expresión. Su enamoramiento juvenil y eterno no tiene la más mínima posibilidad de realizarse, por varias razones: su insuperable timidez, el abismo social que le separa de su amada (dato importantísimo en su juventud y en su país) y también su auténtica vocación religiosa. Así que ese enamoramiento se sublima automáticamente en impulso poético…

OTOMAR.- ¿Psicoanálisis? Cuidado, no nos oiga el doctor Kusev…

LOTARIO.- Silvestre, ¿me dejas que continúe yo? Ahora lo veo todo muy claro.

SILVESTRE.- Por supuesto.

LOTARIO.- Sí, su libido reprimida se sublima en actividad artística, poética. Pero resulta que tampoco por ahí puede dar salida a su energía, porque sus facultades son escasas y los resultados decepcionantes. Y entonces…enloquece. Es decir, con algunos datos de su propio mundo – lugar de nacimiento, sacerdocio, tendencia poética – se crea una nueva personalidad robada de un poeta famoso con el que coincide en esos datos. El Mosén es una persona que aspira a la excelencia, pero carece de medios, tanto materiales como intelectuales. Y entonces se apropia de la personalidad del que sí alcanzó un alto grado de excelencia, aunque también sufriera el inclemente acoso del poder y la riqueza, lo que permite a nuestro hombre sentirse aún más identificado con él.

SILVESTRE.- Muy bien. Yo no lo hubiese dicho mejor.

(CONTINÚA)

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