Archivo de la etiqueta: Epícaris

CONVERSACIONES CON PETRONIO XIV

Lo primero que hice no relacionado con la situación creada por la muerte de mi padre fue escribir a Petronio. Entre otras cosas, le informaba de mi decisión de trasladar el domicilio familiar a Pompeya, a la antigua casa veraniega, muy deteriorada, cuya reconstrucción había iniciado mi padre. Pero, sobre todo, le suplicaba, que me informase lo antes posible de la situación en Roma. La noticia de la muerte de Séneca había llegado de una forma tan confusa que ni siquiera resultaba claro si estaba relacionada o no con el descubrimiento de la conjura. Y también le encarecía que me informase de la suerte de Lucano y familia. ¿Adónde podía escribir a Pola? ¿Era oportuno hacerlo?

También escribí a Valerio Marcial de quien, dadas las especiales circunstancias de mi partida, ni siquiera me había despedido y también le pedía información sobre la suerte de Lucano.

El mensajero que envié con las dos cartas regresó con la dirigida a Valerio: había abandonado la vivienda y nadie de la vencidad conocía su nuevo domicilio. Y también se trajo de Roma una noticia reciente, muy reciente: diez días después de la muerte del filósofo Séneca, su sobrino, el poeta Lucano, se había quitado la vida acatando el siniestro dictado de Nerón.

La noticia de la muerte de Lucano me conmovió profundamente. ¿Cómo le habría afectado a Pola? ¿Qué sería de ella en adelante? ¿Y Petronio? ¿Qué sería de él? La impaciencia me consumía. La ignorancia de los hechos me torturaba. Pero aún tendría que esperar casi un mes para obtener algunas respuestas. A finales de mayo recibí la esperada carta de Petronio.

«Querido Lucio, si temías por mi suerte, puedes tranquilizarte: escribo, luego estoy vivo. Lo malo de esta afirmación es que caduca cada vez que levanto la mano del papel. Pero no quiero alarmarte. No hay que ser pesimista. Lo peor de la tempestad ha pasado. Hemos tenido pérdidas, es cierto, y algunas muy valiosas, y hasta que la calma se consolide, puede haber más. Así que tampoco hemos de pecar de optimistas.

La primavera se halla en su apogeo. Todo es verdor y esperanza de vida nueva, incluso aquí, en medio de la ciudad. Conociste mi jardincillo cuando brotaban las primeras flores. Si lo vieses ahora…Los dos ciruelos de Siria plantados con mis propias manos alargan con fuerza sus brazos hacia el cielo. Los rosales trepan cada vez más altos por los muros, y sus flores, de tonos diversos, forman una espontánea y armónica sinfonía de color. Esta época es como el verano de la primavera. La naturaleza despliega sus fuerzas, con prisa y sin orden, en busca de las formas que, con el auténtico verano, serán ya definidas y completas, maduras para el goce. Y para la muerte. Y también para la vida nueva. Eso lo sabe el Priapo, que con su falo poderoso y su risa bestial preside los misterios de la vida que siempre renace. La primavera nos dice que todo lo que muere vuelve a vivir, que Perséfone no permanece para siempre cautiva bajo la tierra. Éste es el orden natural del mundo. Pero nosotros hemos inventado otro. Lo que ocurre es que todavía no sabemos cómo funciona.

Es como si te oyera. «¿Pero de qué me hablas?», dices, «déjate de historias y cuéntame lo que de verdad me interesa». Y tienes razón, toda la razón. He de contarte lo que de verdad te interesa. Pero no te hagas ilusiones. Me temo que todo lo que yo sé no es lo que de verdad te interesa. De todos modos te lo contaré, y lo haré por amistad, no por placer, puedes estar seguro. No es que los hechos sean muy terribles o repugnantes o, al menos, no lo son más de lo que cabía esperar. Es que me resulta muy difícil escribir sobre un tema impuesto, que yo no haya elegido. Y te aseguro que nunca se me ocurriría escribir una fábula que llevase por título La Conjuración de Pisón. Ésa sería tarea de un Salustio, que sabía muy bien dónde estaban los buenos y dónde los malos, o de tantos escritores moralistas, que nos explicarían el porqué de los hechos y las consecuencias de la decadencia de las virtudes públicas y privadas.

Sabes que no es ése mi estilo. Así que, si he de abordar el tema, lo haré como quien cuenta una vieja historia, una leyenda, un cuento sin moraleja. Por lo tanto, no te será permitido preguntar cómo he sabido esto, cómo me he enterado de aquello. Piensa que se trata de una historia contada por un dios que todo lo sabe y todo lo ve…es decir, una historia de ficción.

La tarde del día 18 de abril Escevino estaba terriblemente inquieto. Más que pasear, corría de un extremo a otro de la casa sin saber con qué excusa detenerse o en qué detalle parar la atención. En uno de sus trayectos se encontró con Mílico, liberto que seguía viviendo en la casa.

«Mílico, tú sabes dónde se guarda el puñal de mis antepasados, el de las guerras púnicas. Tráemelo, por favor.»

Diligente y servicial como siempre, Mílico le presentó al momento el histórico puñal.

«Ahora tráeme paños adecuados, polvos para limpiar y piedra de afilar.»

En cuanto tuvo lo que pedía, Escevino se recluyó en una sala presidida por el busto de Bruto, y allá, arrodillado ante la imagen del tiranicida, empezó a sacarle punta y brillo al arma.

Tras la puerta entreabierta, Mílico le contemplaba y, después de cerciorarse de que en realidad veía lo que creía estar viendo, corrió a contárselo a su esposa. Poco necesitó ésta para comprender el significado de todo, una vez relacionadas visitas, palabras, personajes y movimientos de los últimos días.

«¿Lo ves ahora, pedazo de burro? ¿Tenía yo razón o no?»

«Sí que parece…», reconoció Mílico.

«Sí que parece, sí que parece…¿Qué más necesitas, asno completo? ¿Y qué haces aquí? Ya puedes salir corriendo».

Diligente y servicial como siempre, Mílico corrió hasta el palacio y no cejó hasta que el mismo Tigelino accedió a recibirle. El prefecto del Pretorio, que era muy experto en su oficio, ni le creyó ni no le creyó, sino que mandó a unos soldados a que detuvieran a Escevino y lo trajeran de inmediato a su presencia junto con el arma delatora. Pero lo primero que había hecho Escevino al ver que lo iban a apresar fue ocultar el arma en lugar seguro de la misma sala. Así que, a pesar de los registros y las amenazas a la servidumbre, el arma no apareció por ninguna parte y Escevino pudo comparecer ante el prefecto sin tan compremetedora compañía.

Conocida la acusación, Escevino comprendió que el único que podía haberle delatado en relación con el puñal era Mílico. Así que argumentó su defensa como exigía el caso, y con argumentos no muy alejados de la realidad.

«Todo es un invento de Mílico. Es un hipócrita y un traidor. Cuando le di la libertad me suplicó que le dejase seguir viviendo en la casa. Pero no por afecto o amistad, sino porque pensaba conseguir no se qué beneficios de mí. Y como no los ha conseguido, ha querido vengarse de esta manera tan estúpida».

Lo primero que se le ocurrió a Tigelino era de sentido común: ¿qué ventaja obtendría Mílico con una acusación que podía probarse falsa? De manera que la lógica coincidía con su olfato de sabueso: Escevino era culpable.

Pero no había pruebas. No es que Tigelino necesitase abundancia de pruebas para condenar a cualquiera que se le pusiese por delante, pero sí que había de respetar las convenciones sociales más elementales. Y éstas establecen que la palabra de un liberto no vale nada ante la palabra de un senador, como era Escevino. Y sin prueba alguna, sin el maldito puñal, la situación se planteaba exactamente en aquellos términos. Pero, como nada le obligaba a liberarlo enseguida, decidió que permaneciese retenido.

Cuando Mílico regresó a su casa y le contó a su mujer lo sucedido, ésta se tiró de los cabellos.

«¿Y no has dicho nada más? ¿Quieres decir que, porque no ha aparecido el puñal, te has quedado mudo como un muerto? ¿Pero tú eres imbécil o qué? ¿Y las visitas de gentes que nunca habían pisado esta casa? ¿Y los continuos cuchicheos, que no había manera de pescar palabra? ¿Y los nombres, Mílico, y los nombres? ¿No me dirás que no sabemos que uno de ellos se llama Antonio Natal? Mira, burro, pedazo de bestia, aquí tengo apuntados los días y horas de las visitas de Natal y de los otros», y sacó una tablilla y se la tiró a Mílico a la cabeza. «Vamos, corre, ¿qué esperas?»

Diligente y servicial como siempre, Mílico corrió de nuevo a ver a Tigelino y le contó lo de Natal. Bien, quizá por aquí podamos tirar del hilo, pensó Tigelino, y mandó prender a Natal.

Una vez tuvo a los dos sospechosos en su poder, les interrogó por separado: ni siquiera coincidieron en las razones de las visitas y los temas de conversación.

Nerón, que ya había sido informado, quiso interrogarlos personalmente. El mismo Tigelino se encargó de acompañarlos hasta su presencia, pero dando un pequeño rodeo a fin y efecto de que los detenidos pudiesen contemplar los aparatos que había ordenado montar en un rincón del jardín y de que se ilustrasen sobre sus características y funcionamiento: con estos garfios se desgarran las carnes de los reos, en este poste y mediante ese ingenioso mecanismo se tira de los brazos hasta que se dislocan los miembros, con ese látigo de múltiples colas metálicas se repasa toda la piel del reo, esos hierros que hay junto al brasero, debidamente enrojecidos, se aplican a las partes más sensibles del cuerpo.

Escevino y Natal llegaron lívidos y desfallecidos a la presencia de Nerón. Éste les interrogó también por separado y a ambos hizo la misma proposición: si daban todos los nombres no se les consideraría culpables sino colaboradores de la justicia y quedarían en libertad.

El efecto fue inmediato. Natal dio los nombres de Pisón y Séneca. Escevino denunció a Laterano, Seneción, Quinciano y Lucano. Antes de tomar medidas -que ya estaban decididas- sobre Séneca y Pisón, Nerón quiso interrogar personalmente a los denunciados por Escevino, excepto a Laterano, a quien consideró traidor a su amistad y mandó degollar enseguida.

Uno tras otro, los inculpados -incluidos de nuevo Natal y Escevino- pasan delante del tribunal, que les toma declaración, curioso tribunal presidido por Nerón y formado por Tigelino, el pretor designado Nerva -se han de respetar las formalidades legales, cómo no- y ¡Fenio Rufo y Subrio Flavo!

Aquí el dios-narrador ha de interrumpir el hilo del relato para introducir algunas aclaraciones. Existían dos tramas conspiratorias, la militar y la civil, separadas y totalmente independientes. La militar conocía de la civil simplemente su existencia y el nombre de Pisón. La civil aún sabía menos de la militar…o eso creía Fenio Rufo. Miembro del tribunal investigador, Rufo intentaba ocultar su inquietud y al mismo tiempo asegurarse de la ignorancia que sobre sus actividades tenían los acusados, mostrándose el más agresivo de los interrogadores. Y de momento todo iba bien.

Cuando Escevino fue de nuevo interrogado, Rufo, ya bastante tranquilo, decidió emplearse a fondo. Por su bien y el de los suyos había que despejar de una vez por todas cualquier sombra de duda.

«Escevino, hasta ahora hemos oído nombres de senadores y caballeros. Ahora fíjate bien en lo que te voy a preguntar y, si no quieres probar las artes del verdugo, contesta toda la verdad. ¿Has oído algo, un nombre, una referencia, que te permita suponer que en la conspiración participa también algún militar?»

A Escevino, que por raro que parezca se había ido tranquilizando a lo largo de los interrogatorios, se le formó una sonrisa divertida, muy divertida.

«Vaya pregunta, Rufo. Mira que tiene guasa la cosa… ¡Quién mejor que tú para responder a eso! Vamos, Rufito, no seas desagradecido con ese amo tan bueno que tienes y dile cómo te lo ibas a montar con Subrio Flavo y los demás soldadotes».

Imposible hallar prueba más contundente que las caras que se les pusieron a Rufo y Flavo. Aquello ya no lo esperaban, y la sorpresa es pésima compañera de la simulación. Ambos negaron, naturalmente, y especialmente Flavo. Él, un soldado digno, leal y disciplinado, ¿colaborando con unos civiles degenerados para atentar contra el César? No y mil veces no.

Pero sí. Rufo se desmoronó enseguida y arrastró en su caída a Flavo. Éste cambió entonces la simulación inútil por la dignidad proclamada y se enfrentó con Nerón:

«Sí, yo también quería matarte, porque mereces morir. Mientras fuiste justo no hubo nadie más leal que yo, pero empecé a odiarte cuando te convertiste en asesino de tu madre y de tu esposa, en incendiario y comediante. Roma no merece un monstruo como tú.»

Y entonces le tocó palidecer al monstruo. No porque oyera aquel resumen precipitado de sus crímenes, que muy bien conocía, sino por algo mucho más grave: la conspiración no era cosa de cuatro senadores ilusos e ineptos; altos mandos del cuerpo de pretorianos estaban también implicados, el más firme sostén del trono aparecía comido por la carcoma. Había que actuar con prontitud e inteligencia.

La prontitud consistió en una rápida investigación que dio estos resultados: seis tribunos de cohorte y por lo menos quince centuriones estaban en la conjura. La inteligencia consistió en moderar los deseos de venganza: además de Rufo y Flavo, sólo fueron entregados a la espada algunos de los centuriones detenidos. Los demás implicados militares fueron condenados a una simple degradación, que algunos complementaron por su cuenta con un digno suicidio.

En cuanto al grupo civil, verdugos y aparatos se aburrieron soberanamente (excepto con Epícaris). Todos cantaron a la primera indicación del gran cantante (excepto Epícaris). Quinciano denunció a su gran amigo y senador Glicio Galo, Seneción hizo lo propio con el también senador Anio Polión, y a Lucano le dio por denunciar…a su madre.

Conocido el cuadro real de la conspiración, había que tomar las medidas pertinentes. Pisón, que no tuvo tiempo o arrestos de reaccionar al descubrimiento y que ni siquiera fue detenido, atendió la invitación neroniana de quitarse de en medio para siempre. La misma invitación recibieron Escevino, Quinciano y Seneción, y los tres la acataron y ejecutaron con una entereza que-la-molicie-de-sus-vidas-no-autorizaba-prever, como dirá el inevitable historiador moralista.

Y aquí el dios-narrador se siente invadido por el tedio. Tanto, que decide devolver la palabra a tu amigo Petronio.

Querido Lucio, qué aburrido es contar historias que no interesan. Ni los dioses lo soportan. Ya ves, todo ha ido como cabía esperar. Incluso diría que ha habido menos horror de lo normal en tales casos. Todos los muertos civiles, excepto Laterano, lo han sido por propia mano, incluso Epícaris, que cuando era sometida a tormento aprovechó un descuido de los verdugos para quitarse la vida. Natal ha resultado absuelto en agradecimiento a su condición de primer delator (menos suerte ha tenido Escevino por una estúpida cuestión de tiempo). Y luego viene el capítulo de las recompensas. Primero Mílico, como salvador de la patria, y luego Nerva, el pretor, por haber puesto su profundo conocimiento de la ley y los procedimientos al servicio de causa tan justa… y es que todas las causas son justas para el jurista bien pagado, y en especial para Nerva, capaz de poner sus conocimientos al servicio de una causa o de su contraria con la misma abnegación y entrega.

Me parece oirte de nuevo. «¿Pero qué pasa con lo que más me interesa? ¿Te has propuesto hacerme sufrir hasta el final?» Ni por un momento lo pienses (pero tampoco te hagas ilusiones, te lo he advertido). Se trata sólo de una cuestión de procedimiento, como diría Nerva u otro de la misma ralea. Y es que no quería entremezclar los temas señeros con lo abigarrado de la historia global.

Primero el filósofo. En cuanto surgió el nombre de Séneca se enviaron unos soldados para vigilarle y, sobre todo, para que entendiese cuál era el final esperado. Pero Séneca fingió no entender. Supongo que no quiso ahorrarle a su ex discípulo el gesto positivo de ordenar la muerte del maestro. Y Nerón tuvo que ceder, es decir, tuvo que enviar a un tribuno con la orden expresa de que se diese muerte.

Séneca estaba preparado. Se reunió con los pocos amigos que había convocado y se abrió las venas. Su esposa Paulina quiso seguir su suerte, y así habría sido si los amigos no la hubieran salvado en el último momento.

Pero la vida que le quedaba al anciano filósofo era tan débil que ni siquiera tenía fuerza para escapar por las venas abiertas. Entonces recurrió a un veneno, de rancia tradición para tales ocasiones, y mientras el espíritu le abandonaba lentamente pronunció una bellas y serenas palabras sobre el sentido de la vida y la dignidad del sabio ante la muerte. Y los presentes, conmovidos hasta el extremo de no saber ya si estaban asistiendo a la muerte de Séneca o a la de Sócrates, contemplaron con sus propios ojos el ejemplo máximo de coherencia entre obra y vida…aunque sea en el último momento y un poco a la fuerza.

Esta es la muerte del filósofo, la muerte arquetípica de todo filósofo, inventada por Sócrates y ratificada por Séneca. Y me temo que, si a la escasez crónica de filósofos que padece Roma, le sumamos ejemplos tan estremecedores, la profesión correrá serio peligro de extinción.

Veamos ahora la muerte del poeta (¿ves cómo ya voy llegando?). El interrogatorio de Lucano no iba dirigido a demostrar la culpabilidad del poeta, que se daba por descontada, sino a «descubrir» la implicación de su padre, Anneo Mela. He de aclarar que, no obstante las manifestaciones de Mela del día que lo conociste, las relaciones entre padre e hijo han sido siempre excelentes. Sobre todo por parte del hijo. Lucano sufrió en su infancia las intemperancias y malos tratos de la madre, mujer francamente desquiciada, y sobre todo sufrió en su adolescencia los padecimientos del padre por causa de la madre. Así que aplaudió la decisión del padre de divorciarse y guardó profundo rencor a la madre.

Tigelino empezaba a ponerse nervioso.

«Sé que alguien más de tu familia está en la conjuración».

«¿Te refieres a mi tío Séneca?»

«Me refiero a tu padre Mela».

«Qué va, creo que es el único que no tenía idea de nada».

«¿Quién entonces tenía idea? ¿Quién conspiraba contigo?»

«Mi madre».

El asombro del tribunal, incluido Tigelino, fue unánime. Quien más quien menos sabía de la historia desgraciada del matrimonio y del desequilibrio mental de la madre. Ante el mutismo general Lucano insistió:

«Sí, mi madre, lo juro por los dioses, ella es la gran culpable».

Entonces intervino Nerón:

«No perdamos más tiempo con este desgraciado. No quiero verle más. Que desaparezca de mi vista, y si no quiere probar la espada del verdugo, ya sabe lo que tiene que hacer».

Al atardecer del último día de abril acudieron a casa de Lucano unos cuantos amigos, convocados por el poeta. Yo estaba entre los invitados. No sé si en concepto de amigo, de ex amigo o, lo más probable, de testigo y seguro informador ante Nerón de la trágica y digna ceremonia que se iba a representar.

La puesta en escena no carecía de grandeza aunque, para mi gusto, resultaba un poco recargada. Unas lámparas, situadas estratégicamente, conseguían bellos contrastes de luces y sombras; un pebetero de grandes dimensiones difundía el aroma de exóticas plantas orientales; los amigos formaban pequeños grupos dispersos por la estancia; el médico se apoyaba en la mesita que contenía los instrumentos necesarios, y en el centro de la sala, sobre el fondo distante de oscuros cortinajes, un gran lecho vestido con finos lienzos. Sobre el lecho, apoyada la cabeza en una alta almohada, el poeta y, de pie a su lado, vestida de un blanco impoluto, la esposa. ¡Qué hermosa estaba Pola! Doy gracias a los dioses de que no pudieses verla. Algunas manifestaciones de la belleza son demasiado poderosas para ciertas almas sensibles.

Lucano hizo una señal al médico y tendió el brazo fuera del lecho, con la palma de la mano hacia arriba. El médico colocó un recipiente en el suelo y practicó una incisión en el brazo, y luego otra. El rojo líquido de la vida empezó a brotar. Entonces el poeta, con un gesto de la otra mano, indicó a los presentes que se acercaran. Movió levemente la cabeza como para apoyarla con comodidad en la almohada y dijo:

«Esposa querida, amigos, mi vida ha sido corta pero entera. No lloréis por mí, como no se llora por la flor que se arranca para que perfume nuestro día. Yo me voy, pero os dejo mi perfume, mi espíritu, vivo para siempre en los versos de mi obra. No he de hablar más. Las palabras vulgares no pueden describir la excelsitud del instante. Que hable mi espíritu, la poesía eterna».

Con un movimiento brusco separó la cabeza de la almohada, y con todo el cuerpo horizontal, desnudo de la cabeza a la cintura y caído el brazo por el que manaba abundante sangre, declamó lentamente unos versos; unos versos claros, sonoros, perfectamente ajustados en dicción, tiempos y cadencia; unos versos dramáticos que, en su Guerra Civil dedicó a la muerte heroica de un soldado. Luego, cerró los ojos y se quedó como dormido.

Apenas pude hablar con Pola. Más tarde he sabido que, concluidas las ceremonias fúnebres, abandonó la ciudad con destino desconocido. ¿Defraudado? Lo siento. Procuraré informarme y, en cuanto sepa algo cierto, te lo comunicaré.

Y este es el fin -provisional- de la tragedia. Y te he de confesar que, a pesar del tono distanciado de mi relato, la historia me ha dejado un cierto sabor amargo. Pienso mucho en Escevino. También pienso en Epícaris, una mujer que apenas participaba en los intereses de los grandes conspiradores y que sin embargo ha dado un ejemplo formidable de entereza a tantos profesionales del valor, convertidos en indigno coro de cantantes. Ya ves, unos invertidos y una mujer encarnando las recias virtudes tradicionales del varón romano. Y es que todo está trastocado, como diría el bueno de Silio.

Pero lo que más me ha hecho meditar han sido los ejemplos de Séneca y Lucano. Hay en ellos algo especial que los distingue de tantos otros suicidios voluntarios o impuestos. Y es el valor emblemático de su escenografía. Es como si hubiesen establecido, legislado, cuál debe ser la muerte del filósofo y cuál la del poeta. Y me han dado que pensar, porque en cualquier momento, no nos engañemos, puedo verme yo abocado a trance semejante. ¿Y entonces? ¿Habré de seguir la pauta? ¿Pero yo qué soy? ¿Filósofo o poeta? ¿Habré de tomar un poco de uno y un poco de otro? ¿O debería crear un tercer modelo, aunque sólo fuese para evitar ese espeso aroma de sacralización que ambos desprenden? El modelo propio del esteta, eso es, del juez supremo de la elegancia. Seguiré meditando sobre ello.

Querido Lucio, cuídate mucho y no dejes de escribirme. Es posible que, con el verano, vaya a pasar una temporada a Cumas, donde tengo una bonita villa muy cerca de la que fue de Séneca. Pero supongo que antes vendrás por aquí. Nos quedan aún muchos temas que tratar.

Poco más que añadir. Mis relaciones con Nerón se mantienen en el mismo tono. Tigelino no me ha molestado. Supongo que la insólita abundancia de conspiradores reales le ha robado el tiempo necesario para pensar en mí. Pero lo hará, seguro que lo hará.

Habré de estar vigilante. Y tú también, querido amigo. Esto que tienes en las manos sería suficiente prueba de culpabilidad de los dos. Así que hazme un favor. Comoquiera que imagino que la carta te habrá llegado al anochecer y que no habrás demorado un instante su lectura, acércala ahora a la lámpara más próxima y que la misma llama que te ha permitido leerla permita que neguemos su existencia. Salud.»

(CONTINÚA)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

CONVERSACIONES CON PETRONIO XII

-Hay un placer sobre el que nada se ha escrito y del que, sin embargo, muchos disfrutan: el peligro -dijo Petronio-. El auriga que conduce su carro a toda velocidad, el marino que se complace en adentrarse en el oleaje más furioso, el soldado que se arriesga más allá de lo ordenado y de lo necesario, todos ésos no buscan en realidad un resultado concreto de su acción, ni siquiera la gloria. Buscan la emoción del peligro, sienten un placer especial en el juego con la muerte. Yo también suelo gustar de ese placer. Y cada vez más. Nerón estuvo anoche especialmente pegajoso. Continuamente exigía que permaneciese a su lado; no dejaba de hablarme, de preguntarme, de pedirme opinión sobre todo. En tales ocasiones, para paliar el tedio propio de la situación, solo compensado por la vista de la expresión de desconsuelo que se le pone a Tigelino, suelo aventurar alguna que otra jugada peligrosa. En esta ocasión empecé hablándole de Séneca.

«Ah, ¿pero aún está vivo?», exclamó. «Mañana recuérdame que piense en él. Solo mentar su nombre puede aguarnos la fiesta.» Luego, me miró con ojos entre inquisitivos y juguetones y preguntó:

«Eres muy amigo suyo, ¿verdad?»

«No, por los dioses», respondí, «no tengo amigos que pueda perder. Por eso sólo me considero gran amigo tuyo, si a ti te place».

«Claro que sí», dijo, deseé que lo bastante alto como para que lo oyera Tigelino, que merodeaba por ahí. «¿Y crees que por ser yo César no me puedes perder?», añadió.

«Solo por tu libre voluntad».

«Tienes razón, tienes razón», afirmó satisfecho. «Nadie tiene poder sobre un dios».

«Sólo el destino», murmuré entre dientes.

«¿Qué has dicho?»

«Que sólo el destino tiene poder sobre los dioses».

«¿Crees tú en el destino?», preguntó, de repente serio.

«No más que en los dioses», contesté con la misma seriedad.

«Es verdad, qué tontería», dijo Nerón, aliviado. «El destino lo hacemos nosotros. Hoy estoy aquí y, si lo decido, mañana puedo estar en Bayas».

«Donde, además, podrías instalarte en la villa de Calpurnio Pisón, que tanto te gusta».

«Sí, es verdad», dijo, «es una casa preciosa, magnífica, más digna del César que de ese pedantuelo de Pisón. ¿Sabes que se cree un gran artista de la música y del canto? Un día de estos voy a retarle».

«Dicen que lo hace muy bien, ¿y si te vence?»

«¿Pisón? ¿vencerme, a mí? ¡Qué ocurrencia!»

«Tiene muchos amigos, y dispuestos a lo que sea», dije, convertido en un auriga enloquecido.

«¿Amigos? ¿Qué quieres decir? ¿Que podrían influir en el jurado?»

«Eso mismo, eso quería decir», afirmé, deteniendo ya la loca carrera.

«Esta noche dices muchas tonterías, Petronio», afirmó Nerón.

Y había de decir muchas más…En un momento dado, aprovechando el lejano parecido de una mujer que andaba por ahí, le pregunté:

«Ésa, ¿no es Epícaris?»

«Imposible. Si te refieres a la amiga de Mela, la tengo a buen recaudo», respondió sin mirarla.

«¿Te dedicas ahora a secuestrar a las amigas de tus amigos?»

«No, sólo la tengo guardada. Hay una acusación contra ella. No se ha podido probar, pero, por si acaso, la tengo bien guardada. Si la acusación es falsa, como supongo, se la devolveré a Mela…un poco desmejorada, claro está», y rió de buena gana moviendo toda la tripa.

«Cuídate, César,» dije con toda la seriedad posible, «yo de tí no me fiaría ni de Tigelino».

«Y de ti, ¿me puedo fiar?», preguntó de repente, mirándome fijamente a los ojos.

«Mi vida depende de la tuya, César magnífico. No sabría cómo desatar ese vínculo tan especial que nos une. Puedes estar seguro que nadie como yo desea que el cielo te conceda toda la suerte que te mereces».

Ahora me había plantado con un solo pie sobre la cuerda floja.

«Ah, si tuviese sólo un amigo más como tú, sería más que un dios, sería el más feliz de los hombres».

¡Alehop! o como sea que digan los equilibristas, peligro superado.

-Reconozco que debe ser emocionante -no pude menos que decir-, ¿pero tanto como para arriesgar la propia vida?

-Es que en eso consiste la emoción. Alguien ha escrito que la vida que no se vive peligrosamente no es vida, sino crecimiento vegetativo, como en las plantas.

-No creo que haya mucha gente que opine así.

-Pero lo practican.

-¿Quieres decir que hay personas que viven peligrosamente sin saberlo?

-Sin poder evitarlo. Para la mayoría, la vida es una lucha continua por sobrevivir. Viven en el peligro porque no tienen más remedio. Sólo las personas de nuestra clase pueden elegir el peligro voluntariamente. Desde la noche de los tiempos, y dejando aparte la mítica e improbable edad de oro, los seres humanos consumen sus cortas vidas luchando por lo esencial: la comida, el sexo, el techo, el abrigo, la seguridad. Todos sus esfuerzos se dirigen a la obtención de algo que, no sé porqué, parece que habría de estar asegurado para todos desde el principio: una existencia sin privaciones ni preocupaciones. Y por conseguirlo, arrostran toda clase de peligros. De manera que sus vidas no tienen más contenido ni sentido que la lucha por la misma vida. Ahora imaginemos que de repente esa inmensa multitud de seres humanos ve colmadas todas sus necesidades. Imagina uno solo de ellos: de pronto lo tiene todo resuelto, alimento, sexo, techo, abrigo y seguridad, y resuelto en abundancia. ¿Qué hará? ¿A qué dedicará su tiempo, antes ocupado al completo en la conquista de lo elemental?…No tienes necesidad de imaginarlo: lo estás viendo todos los días. Nosotros, la casta privilegiada de la humanidad nos burlamos de la abundancia inventando nuevas necesidades, y de la seguridad inventando nuevos peligros.

-Parece entonces que, para el género humano, una existencia sin lucha por la vida no tiene sentido.

-De hecho es así. Piensa en Escevino. De pronto ha descubierto un motivo de lucha que da sentido a su vida. Pero imagina por un momento que sus deseos se cumplen, que la tiranía desaparece, ¿dónde buscará el nuevo norte para su rumbo? No lo sé, pero me temo que solo tendrá dos opciones: sumergirse de nuevo en el vicio y el sinsentido o entronizar otro busto de piedra que le lance hacia nuevos peligros.

-¿Tan difícil es disfrutar de una vida plena y tranquila, una vez satisfechas las necesidades fundamentales?

-Tan difícil. La raza humana no está preparada para disfrutar plenamente de su condición humana, sólo lo está para alcanzarla. Pero en cuanto los hombres la alcanzan, no saben qué hacer. Por abajo, la necesidad empuja; por arriba, el vacío asfixia.

-El vacío, la nada, ¡qué palabras tan espantosas! ¡Y qué reales! -exclamé-. Yo mismo, en plena adolescencia las he experimentado como algo tangible y angustioso… Y continúan ahí, a la vuelta de la esquina, acechando. Séneca, y disculpa la insistencia, ha descrito muy bien ese estado de ánimo, tedio de la vida, lo llama. En cuanto a los remedios que propone, ya los conoces: el acatamiento de la razón divina y, en cualquier caso, la salida voluntaria, «si te place, vive, si no te place, puedes volver al lugar de donde viniste», ha escrito. Pero no me satisfacen. Son remedios negativos. ¿Conoces tú alguno positivo para esa enfermedad?

-Sí conozco. Hay dos, y ambos infalibles. Lo que ocurre es que no todo el mundo está en condiciones de aplicarlos en todo momento. Uno es el amor. El amor irrumpe en la existencia como un sol radiante en medio de la noche. De pronto, todo adquiere luz y color y nos preguntamos cómo pudimos vivir hasta entonces en las tinieblas. Un sentimiento poderoso invade el alma. Es como si todo el universo llegase a nosotros a través de la persona amada. Pensamos en ella, vivimos por ella y quisiéramos fundirnos con ella. Ya ves, ¿qué lugar hay aquí para el sentimiento de vacío y de nada? No puede haber hastío de la vida cuando lo que se celebra es precisamente la ceremonia del misterio de la vida… El otro es el arte, la creación. Cuando uno oficia de demiurgo, de dios creador, cuando las ideas brotan de la mente y ves cómo se van convirtiendo en formas vivas, cuando el mundo que sueñas nace de tu propia alma sin más esfuerzo por tu parte que conducir el carro de las palabras, cuando estás dictando una verdad más alta que la que nos dicta la pequeña realidad de cada día, comprendes que el que habla de vacío y de nada es ajeno por completo a todo ese mundo. ¿La nada?, le dirás, ¿de qué me hablas? La nada sólo existe para el que nada sabe crear.

-Todo eso es muy convincente, pero está claro que tiene el problema que tú mismo has apuntado: nadie puede amar todo el tiempo, nadie puede crear todo el tiempo.

-En efecto. De manera que esos remedios sólo pueden funcionar ocasionalmente, y no para todos. Piensa que hay personas que nunca han conocido ni conocerán la pasión amorosa, y hay muchas más que nunca han conocido ni conocerán el misterio de la creación. Y entre éstas incluyo algunas que escriben poemas de factura perfecta. Éstas niegan que la creación tenga algo de misterioso, que haya algo, llámese inspiración o Musa, que llega al poeta independientemente de su voluntad. Y niegan ese fenómeno porque nunca lo han conocido, igual que los que nunca han amado niegan que exista el amor. Una postura muy subjetiva, ¿no te parece? Es como si alguien que nunca hubiese sufrido fiebre negase la existencia de la fiebre.

-Pero entonces, estamos como antes, prácticamente no hay remedio.

-Para el hombre lúcido, no, no hay remedio, excepto cuando precariamente se instala en el arte o en el amor. Conviene por tanto no ser lúcido, cosa que la mayoría de los mortales alcanza sin ninguna dificultad. Conviene apegarse a las cosas de cada día, a los pequeños placeres y las pequeñas ilusiones, no mirar ni muy lejos ni muy arriba ni muy adentro, jugar con los objetos cotidianos, limitar el territorio, negar el cielo y los infiernos por más que los llevemos dentro, hacer de la vida un saloncito de estar donde cada cosa esté en su sitio, protegiéndonos de la tentación de lo infinito, ser profundamente mediocres.

-Pero es un panorama bastante desolador, y casi diría que indigno del ser humano. Más bien parece propio de un animal de granja.

-Sí, es como si no hubiera más alternativa: hombre desgraciado o cerdo satisfecho.

-Sin embargo, creo que debe de existir un punto de equilibrio no imposible de alcanzar. Tú mismo das la impresión de haberlo alcanzado.

-Ése es el principal objetivo de mi vida. Si produzco la impresión de haberlo alcanzado, me doy por satisfecho. Así que pasemos a otro tema.

De pronto, no supe qué decir, ni mucho menos qué nuevo tema apuntar. Tras unos instantes de silencio, opté por lo más trivial y al mismo tiempo más peligroso.

-De lo que antes me has contado deduzco que Nerón no imagina nada de la conspiración.

-Nada en absoluto. Y es extraordinario, habiendo tanta gente implicada.

-¿Ni Tigelino tampoco?

-Eso no es tan seguro. Quizá le esté preparando a su amo la sorpresa de descubrirla y aplastarla en un día. De hecho, tienen a Epícaris. Pero ya ha pasado tiempo desde su detención, lo que quiere decir que o no tiene nada que ver con el asunto o sabe callar como nadie.

-¿Conoces los detalles del plan? -dije, consciente de que, con preguntar, no perdía nada.

-Tal como se habían fijado hace cosa de un mes sí, aunque ignoro los nombres de la mayoría de los implicados. De hecho, lo de Epícaris fue una sorpresa para mí, si es que en realidad tiene algo que ver, y no digamos ya lo de Escevino, y lo de los militares… El plan tendría, o tiene, que ejecutarse con ocasión de la fiesta principal de los Juegos de Ceres, es decir, pasado mañana, y su diseño y desarrollo es un buen ejemplo de lo bajo que ha caído la literatura en nuestros días.

-¿La literatura has dicho?

-Sí, he dicho la literatura. ¿O debiera decir el teatro? Amigo, ya no hay ideas nuevas. Recordarás aquella tragedia que tuvo lugar en la sala anexa del Teatro de Pompeyo en los Idus de marzo del año del último consulado de Julio César. En ella, los actores rodean al tirano para alabarle o pedirle gracias hasta que, de pronto, uno de ellos lo coge de la toga y tira con fuerza. Es la señal para que todos se precipiten sobre la víctima con sus espadas y puñales… Pues bien, la función que piensa dar la compañía de Pisón es un simple calco de aquella tragedia. En ésta, Laterano hará de Címber, Seneción hará de Casca, o quizá Escevino, y así, cada uno se asignará un papel de acuerdo con la máscara elegida. ¿Qué te parece?

-No sé, desde el punto de vista estético me repugna comparar a Nerón con Julio César, o a Escevino con Bruto.

-No, en este caso, Bruto será Pisón. Pero es igual, tienes razón. La grandeza de una obra de arte está en su cualidad de irrepetible, y la muerte de Julio César es una de las obras de arte más grandes de la historia. Los caracteres de los conjurados y sus relaciones mutuas, el ritmo de la acción, el clima de tensión creciente que finalmente estalla en el momento crítico, y ese mismo momento, con la víctima acosada que va a dar finalmente a los pies de la estatua de su antiguo enemigo-amigo, y el carácter ritual del homicidio colectivo, como si todos hubiesen de participar por igual de la sangre de la víctima, misteriosamente dotada de propiedades salvíficas, misterio que arranca ya de la cena de la víspera, cuando el que ha de morir se despide de sus amigos compartiendo con ellos la comida y el vino. La muerte de César es quizá el eje central de la historia, el paradigma de todos los homicidios sagrados. Es la muerte que se da al padre por la libertad individual, es la muerte que se da al rey por la libertad colectiva, es la muerte que la naturaleza impone para perpetuar la vida. La muerte de César pide a gritos un gran artista de la tragedia que la instaure de una vez por todas como obra de arte, rescatándola de las vagas sombras de la memoria de lo real. Y lo tendrá, claro que lo tendrá… Ahora, imagina todo eso interpretado por la compañía teatral de Pisón: músicos mediocres, mariquitas histéricas, poetas chiflados, intentando sostener sus aceros de lujo para meterlos entre las adiposidades de un cerdito bien cebado, de chillidos insoportables.. ¿Entiendes ahora por qué le dije a Escevino que lo peor del plan es que está mal escrito?

– Lo entiendo muy bien, y comparto por completo tu opinión. Creo que un acto importante, transcendente, ha de revestirse siempre de cierta grandeza.

-En efecto, aun cuando los protagonistas no sean conscientes. Si un hecho es realmente grande, por fuerza será bello. En el fondo no es más que una cuestión de estilo.

-¿Como en la literatura?

-Sí, como en la literatura. A veces, me preguntan cuáles son las técnicas para conseguir un estilo bello y elegante. Y siempre respondo lo mismo: que las técnicas sólo sirven para resolver cuestiones de detalle y que eso se aprende, naturalmente, pero que el estilo no se aprende ni se puede enseñar; el estilo es una cualidad del carácter, una especie de música que la persona desprende tanto en su vida como en su obra. Dicho de otra manera, un escritor de alma mezquina nunca tendrá nobleza en su estilo. Esto es algo que ninguna técnica, antigua o futura, podrá nunca arreglar. 

-¿Puedo deducir entonces que tus razones para rechazar la conspiración son exclusivamente de orden estético?

-Puedes.

-¿Y no crees que un asunto que afecta a valores como la libertad o la dignidad se tendría que considerar desde un punto de vista ético?

-El punto de vista ético nos da una visión limitada del ser humano.

-¿Quieres decir que la estética es superior a la ética?

-Sí, porque la estética contiene a la ética, pero la ética no contiene a la estética. 


(CONTINÚA)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

CONVERSACIONES CON PETRONIO VI

Por diversas circunstancias pasaron varios días entre aquella entrevista y la posibilidad de la siguiente. Dada la naturaleza de las confidencias de que había sido depositario, había sobradas razones para pensar que quizá Petronio se había arrepentido de su inesperada franqueza. Pero yo no lo creía. El modo en que empezó a desarrollarse la conversación siguiente me dio la razón. Como le hubiera manifestado el deseo de que comentase alguna de sus obras, me preguntó:

-¿Qué has leído?

-Toda la poesía que he podido: los poemas a Marcia, los de Nealce y algunos otros que circulan dispersos. De los relatos, Albucia y…

-Y Satiricón, supongo.

-Sí, Satiricón también -dije con forzada naturalidad.

-Te debo una explicación -dijo Petronio-. Pero primero de todo has de saber que esa obra ni siquiera está terminada. Cuando aún no había decidido acabarla, la di a leer a algunos amigos. Alguien hizo una copia, que otros reprodujeron y que rápidamente se multiplicaron. Como sabes, tuvo bastante éxito. Alguien le comentó a Nerón que la obra era una sátira de su persona, enmascarada bajo el personaje de Trimalción. Nerón, que la había leído, juró por los dioses que condenaría al autor por lesa majestad. Dado que en algunas copias aparecía el nombre del supuesto autor, me pidió explicaciones. Yo tenía dos caminos para defenderme: negar que la obra fuese mía o negar que Trimalción representase al César. Para mayor seguridad seguí los dos. Apelando a la inteligencia crítica de Nerón, que previamente me encargué de valorar y ensalzar, le conduje por una serie de análisis lingüísticos, sintácticos y semánticos del texto hasta llegar a la conclusión necesaria de que el autor de Euscio, de Albucia y de tantos poemas exquisitos que él muy bien conocía no podía ser de ningún modo el grosero autor de Satiricón. Mucho más fácil fue convencerle de que sólo un cretino buscador de querellas podía ver alguna relación entre el burdo liberto Trimalción y el refinado César Nerón. No obstante, antes de mostrar su total convencimiento, me pidió que le jurase por Júpiter que yo no había escrito aquel engendro. Naturalmente que lo juré. Entre un Júpiter problemático y un César de carne y hueso la elección es muy sencilla.

-No sé cómo expresarte mi agradecimiento por la confianza…

-No hay nada que agradecer -me interrumpió, tajante-. Tú ya estabas convencido de que el autor era yo. Pero ¿no pensaste ni por un momento que podía tratarse de una obra apócrifa, de una falsificación? Por una parte, desde que zanjé el asunto con Nerón, hace de eso más de dos años, ha aparecido algún estudio que trata de demostrar la falsedad de la autoría atribuida, y por cierto con métodos parecidos a los que yo había utilizado ante el mismo Nerón. Por otra parte, no me negarás que Satiricón apenas tiene nada que ver con el resto de mi obra.

-Nunca dudé de que tú eras el autor. A pesar de las diferencias de forma y de contenido, para mí está muy claro que todas tus obras tienen un rasgo común, inconfundible.

-¿Y cuál es, si puede saberse?

-El sello de un genio profundamente libre.

-Es muy halagador eso que dices, muy amable por tu parte, sí, muy amable. Siempre pensé que habías de ser un alumno muy aprovechado.

Estas palabras me hirieron en lo más hondo. No tuve más remedio que expresar mi protesta:

-Me duele eso que has dicho. Sabes que soy totalmente sincero.

-Lo sé, y que eres totalmente ingenuo también. ¿No entiendes una broma?

-Lo siento -dije, algo avergonzado.

-Pero vayamos a lo nuestro -prosiguió Petronio-. ¿Cuál es la principal diferencia que ves entre Satiricón y las demás obras?

-El tema, es decir, la falta de tema, de un argumento definido. En Euscio vemos cómo un joven sin recursos va superando todas las dificultades que le presenta la vida hasta convertirse en un auténtico sabio; es la historia de un aprendizaje. En Albucia es una mujer la que ha de luchar contra falsos amigos y pícaros abogados y jueces para defender su situación de viuda, es decir, su libertad. Pero en Satiricón

Dudé unos instantes.

-Sí, en Satiricón ¿qué vemos? -preguntó Petronio.

-No sé…una serie de escenas a través de las cuales unos jóvenes van avanzando a trompicones, aparentemente perseguidos por una maldición, pero avanzando hacia ninguna parte.

-Deduzco que no te ha gustado.

-No, al contrario. Te lo dije el primer día. El perfecto dibujo de las situaciones, la calidad del lenguaje, tan genialmente adaptado a cada personaje, la gracia de las historias intercaladas, todo en conjunto me parece genial…y quizá superior al resto de tu obra. Pero…

-Pero echas a faltar una dirección, un sentido ¿no es eso?

-Sí, eso es. Quizá se deba al hecho de que no esté terminada. Seguramente el final había de traer alguna luz.

-No lo creas. Ignoro el final tanto como tú. Es más, estoy convencido que no tiene más final que el que conoces.

-¡Pero es que no acaba de ninguna manera!

-¿Y cómo crees que acaban las historias de la vida? Aparte de la muerte, no existe nunca un final. ¿O crees que la vida es como aquellas fábulas griegas que indefectiblemente acaban en boda? Para empezar, el matrimonio no es nunca un final, sino un principio. Y como el matrimonio, todo: el hallazgo de un tesoro, el rencuentro de padre e hijo, la conquista de un reino, todo eso son principios, no finales, por más que ciertos fabulistas intenten convencernos de lo contrario.

-En eso estoy de acuerdo, en la vida real es tal como dices: excepto el nacimiento y la muerte no hay principios ni finales. ¿Pero en el arte también? Creo recordar que dijiste que la misión del arte consiste en poner orden en la materia caótica de la realidad.

-No exactamente. Quizá me expresé mal. La misión del arte, como tu dices, consiste en crear un orden distinto del caos de la realidad. Pero, como ha de tomar sus materiales de la misma realidad, ese orden distinto podrá también tener la apariencia de caos. Pero sólo la apariencia. Mira, la diferencia esencial entre el arte y la vida no está en el contenido, que puede ser el mismo. La diferencia está en que la obra de arte ya tiene por sí misma unos límites, es algo definido, objetivo y, en algunos casos, imperecedero, inmortal, mientras que la vida es inapresable, indefinible, subjetiva y siempre perecedera, mortal.

-Según eso, las andanzas de Encolpio y Ascilto y todos los demás podrían verse como una serie de cuadros o escenas de la vida cotidiana, sin que necesariamente exista una relación lógica entre ellas.

-Sí y no. Alguna relación sí que existe. Pero es evidente que lo que importa no es el hilo de la historia, sino los caracteres de los personajes y de las situaciones.

-¿Tiene algo de ti el personaje de Encolpio?

-Encolpio y Ascilto y Eumolpo, todos tienen algo de mí. En el tipo de literatura que yo cultivo cada personaje habla desde el fondo del autor o, dicho de otra manera, si el autor no se imagina, no cree ser el personaje que habla, difícilmente logrará plasmar algo creíble. Pero he de confesar que Encolpio sí tiene mucho de mí. Sí, yo fui una especie de Encolpio en una época de mi juventud, desorientado, vacilante, con una instrucción muy superior a la normal y sin embargo braceando estúpidamente en medio de un mundo zafio y sin sentido.

-¿Y perseguido también por una maldición?

-Perseguido también por una maldición…Pero no la impotencia física precisamente, sino otra más grave…Hasta los treinta años fui incapaz de escribir, de crear algo convincente para mí mismo.

-Esa edad deberías tener cuando escribiste Euscio.

-En efecto, y la historia de Euscio guarda también algunas semejanzas con la mía…excepto, quizá, en el final feliz.

De nuevo la nube oscura pasó rápidamente sobre el rostro de Petronio.

-A veces hablas como si tuvieses el presentimiento de que algo grave te puede ocurrir en cualquier momento. ¿Tiene eso que ver con lo que contabas el otro día de tu lucha con Tigelino?

De pronto un gran alboroto de voces y pasos llegó desde algún lugar de la casa. Petronio pareció no enterarse.

-De Tigelino mejor no hablar -dijo-. ¿Sabes qué es lo peor de todo eso?

Las voces y las firmes pisadas de un grupo de hombre se hicieron ensordecedoras, hasta que las puertas del gabinete se abrieron de un brusco golpe. Cuatro soldados armados con lanzas entraron, dejando paso a un quinto hombre. Éste, de coraza reluciente y espada al cinto, arrastraba de la oreja al portero.

-Petronio -dijo el individuo-, debes enseñar a esta basura a reconocer y respetar a la autoridad. Si fuera mío, ya se le habrían caído las orejas. ¡Fuera! – y soltó al portero, que desapareció al instante.

-Tigelino -dijo Petronio- ¿cómo podía imaginar que ibas a honrar mi casa sin anunciar tu visita?

-No era necesario. Vengo a verte como amigo.

-Nunca pensé que pudieras hacerlo como enemigo.

-Ya me entiendes. Como jefe de la guardia podía haber requerido tu presencia por medio de unos soldados. Pero somos amigos, ¿no es eso? Vamos en el mismo barco, tenemos intereses comunes, ¿no es eso?

-Será mejor que nos sentemos -dijo Petronio, señalando el banco del que nos acabábamos de levantar.

-No, gracias -dijo Tigelino, suavizando un poco el tono imperioso de voz-. Voy al grano. Se ha abierto una investigación sobre un asunto muy grave y he de hacerte unas preguntas.

-¿Quieres decir que el caso tiene que ver conmigo? ¡Por Hércules, ya lo imagino! El César está descontento con el decorado que le recomendé para la representación del otro día…¿No? -prosiguió Petronio ante el rostro impasible de Tigelino-. La estatuilla griega que le regalé ha resultado falsa…¿Tampoco?…Vamos a ver, vamos a ver. ¡Ya está!…

-No estoy para bromas -dijo finalmente Tigelino-. Voy a hacerte una pregunta y espero que me digas la verdad. Hace unos días se detuvo a Epícaris. Pues bien, sé con toda seguridad que inmediatamente después de su detención un esclavo de su casa vino corriendo hasta aquí. La pregunta es ¿para qué vino? ¿qué relaciones tienes tú con Epícaris?

-Ninguna, te lo aseguro. Aunque reconozco que Epícaris es bella, no responde en absoluto a mi tipo de mujer…Sí, ya sé, ya sé que éste no es el tema que te interesa.

-En efecto -dijo Tigelino, que llevaba un tiempo increíble sin pestañear-. Te he hecho una pregunta. ¿Y?

-Y muy bien por cierto. La verdad es que estoy admirado de tu arte interrogatoria. Porque en este momento no sé si preguntas lo que no sabes o si sabes lo que no preguntas. Aunque creo que en realidad sabes más de lo que preguntas. Para concretar, estoy seguro que el mismo individuo que te informó de la visita de ese emisario a esta casa te informó también de que en esta casa estaba otra persona íntimamente relacionada con Epícaris. Y sabes también que el esclavo en cuestión no vino directamente aquí, sino que primero fue a casa de aquella otra persona, donde le informaron que se hallaba aquí.

-Eso no responde a mi pregunta.

-Bien. Procuraré ser tan directo como tú. No tengo ni he tenido ninguna relación con Epícaris, no conozco ni me importa el motivo de su detención, pero tú sí conoces y te debe importar que el César ve con muy malos ojos a quienes molestan a sus amigos íntimos. Y yo soy, recuérdalo, el amigo más íntimo de Nerón… Y me estás molestando.

El tono de voz de Petronio había adquirido una dureza desconocida hasta entonces para mí.

-Yo también soy su amigo -dijo Tigelino, súbitamente descabalgado de su soberbia.

-Te equivocas, Tigelino, no eres su amigo ni lo serás nunca. Sólo eres su guardián, su perro guardián, para decirlo con una metáfora bastante inocente. El César es un hombre delicado, culto, sensible, exquisito, y como tal, ama sólo el lado bueno y amable de la vida, y ése es el lado que yo le muestro siempre. Tú, en cambio, por obligación y también por vocación, le muestras siempre el lado feo, el lado horroroso de las intrigas, las traiciones y los crímenes. Te tolera porque cree que tiene necesidad de ti. Pero, por favor, no le insultes llamándote su amigo.

En un instante el rostro de Tigelino pasó del blanco cerúleo al rojo encendido.

-Te crees muy listo -dijo finalmente-, pero no te confíes. Algún día alguien le abrirá los ojos a Nerón y entonces toda tu listeza no te servirá de nada. Y eso está al caer. Los traidores tienen los días contados.

-No sólo los traidores. Todos tenemos los días contados. Y nadie puede decir cuántos le quedan. Ni siquiera tú. Hazme un favor, Tigelino, vete a buscar traidores a otra parte. Y cuida de que el César no caiga en la cuenta de quién es el principal de los traidores. ¿Quieres que yo te lo diga? El que le impide gozar de la vida placentera que él tanto ama, el que le atemoriza día y noche con inventos de fantasmas y conjuras, el que continuamente le amarga la existencia, ése es el más grande de todos los traidores. No te confíes, Tigelino. Algún día alguien le abrirá los ojos a Nerón y entonces todas tus habilidades de sabueso no te servirán de nada. Y eso está al caer.

Cuando, tras este intercambio de amenazas, Tigelino y sus hombres nos dejaron solos, a Petronio le faltó tiempo para decir:

-Ya ves. Al fin ha habido una declaración formal de guerra. A partir de ahora, los acontecimientos se precipitarán. Ya nada será como antes. Aquí tienes un ejemplo de la suma importancia de las formas en las relaciones humanas. Antes de esta escena yo pensaba de Tigelino lo mismo que le he dicho, y él lo sabía, y él pensaba de mí lo mismo que me ha dicho, y yo lo sabía. Y sin embargo nuestras relaciones eran correctas. A partir de los excesos verbales de hoy, nuestras relaciones ya no podrán ser las mismas.

-Ya lo imagino… Yo me he sentido violentísimo. No sabía si debía salir o no. Y lo que más nervioso me ha puesto ha sido el hecho de que Tigelino ni siquiera haya reparado en mi presencia. Creo que no me ha mirado ni un sólo instante.

-Te equivocas. Precisamente de esa actitud hemos de deducir que sabe perfectamente quién eres y lo que haces en esta casa. Se ha de reconocer que es un sabueso genial. Lo malo es que es el único sabueso, que yo sepa, que pretende tener encadenado a su amo.

-Ha sido todo tan desagradable. Para empezar esa terrible entrada arrastrando al pobre portero de una oreja.

-De pobre, nada. Voy a ordenar que lo vendan al primer mercader que se comprometa a sacarlo de Italia hoy mismo.

-No lo entiendo. ¿Qué esperabas que hiciese?

-¿No lo entiendes? Pues ahora te lo explico. Y fíjate bien cómo a través de un proceso de deducción lógica se puede descubrir una verdad oculta. Primero: ningún esclavo, sea portero, sea mayordomo y tenga las órdenes que tenga se atreve a oponer la menor resistencia a una patrulla de soldados, y menos si van mandados por el mismo Tigelino, y sin embargo ya has oído el estruendo que han armado hasta llegar aquí. Segundo: Tigelino pertenece a esa clase de amos que creen que cualquier contacto físico, o incluso verbal, con los esclavos les contamina; sé con seguridad que es incapaz de tocar a un esclavo con un dedo, y sin embargo los dos hemos visto cómo agarraba la oreja del portero con toda la mano. ¿Qué se deduce de todo esto?

-¿Crees que ha sido…?

-Una comedia. En efecto, ha sido una comedia, un burdo montaje para intentar demostrar que entre el portero y Tigelino no puede existir ninguna relación, para eliminar cualquier sospecha en este sentido por mi parte. Pero al excederse en la dosis de ficción la comedia ha resultado increíble y, además, ha revelado precisamente lo que pretendía ocultar: que hay una relación entre el portero y Tigelino, que el portero no es más que uno de sus numerosos espías a sueldo, que fue él quien le informó de la visita del esclavo de Epícaris y vete a saber de cuántas cosas más.

-Veo que hay que tener mil ojos para sobrevivir en este mundo.

-No lo sabes bien, amigo Lucio, no lo sabes bien.

(CONTINÚA)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum

CONVERSACIONES CON PETRONIO IV

-Espero la visita de Anneo Mela -dijo Petronio después de recibirme con la misma cordialidad de siempre-, pero me gustaría que te quedases. Es más, me interesa que te quedes. Así tendrás ocasión de conocer a un tipo de personaje que no suele figurar en los anales ni en los libros de historia, a pesar de su importancia: el hombre de negocios.

-Me encantará. ¿Y a qué negocios se dedica?

-A cualquiera, es decir, a lo mismo de siempre: a producir dinero.

-Quiero decir que si se dedica a construir o a comerciar o si tiene naves o explota minas, ya me entiendes.

-Sí, ya te entiendo. El que parece que no me entiendes eres tú -dijo Petronio con una sonrisa-. O quizá soy yo el que no me explico bien. Mela no se dedica a nada en concreto y se dedica a todo en general. Como ya te he dicho su negocio consiste en producir dinero.

-Sí, pero ¿cómo produce dinero?

-Con dinero.

-¿Con dinero? ¿Quieres decir prestando?

-Parece que ya lo vas entendiendo -respondió Petronio.

-No del todo -aclaré-. Sé que hay individuos que se dedican a prestar dinero a intereses muy elevados, pero nunca he oído decir que esos usureros acumulen tales cantidades que les permitan convertirse en potentados. Además, la mayoría de sus clientes son gente de pocos recursos, por lo cual muchas veces se quedan sin cobrar. Nunca he pensado que fuese un gran negocio.

-Hablamos de cosas distintas -dijo Petronio-. El vulgar prestamista suele en efecto ser un desgraciado, siempre temeroso de quedarse sin cobrar o de que le roben. Pero el potentado como Mela es… otra historia. Mela no presta a hijos de familia para que se lo gasten en vicios, o a pobres artesanos para que puedan pagar el alquiler de la vivienda. Él pone grandes cantidades de dinero en cualquier actividad productiva de esas que antes has mencionado, el comercio, la construcción, la navegación o lo que sea y, a cambio, se lleva parte de los beneficios, además de recuperar el dinero cuando le interesa. Comprenderás que con sólo tener un poco de tino, y lo tiene porque sus excelentes relaciones le mantienen siempre bien informado, es una manera perfecta de ir multiplicando el dinero hasta el infinito.

-¡El poder del dinero! ¡Quién no lo ha gozado o sufrido! -exclamé- De todos modos no me parece justo que un hombre que de la mañana a la noche trabaja su propia tierra apenas obtenga lo suficiente para mantenerse, mientras que otros nadan en la abundancia sólo porque han puesto en movimiento un puñado de monedas. No, no me parece justo.

-¡Por Júpiter! -exclamó Petronio-, ese es un término nuevo entre nosotros. Lo justo. ¿Qué es lo justo? ¿Qué es la justicia? Pregúntaselo a Mela, seguro que lo tiene muy claro. Pero no se lo preguntes a su hermano. Nunca plantees cuestiones morales a un profesional de la ética: para empezar, tendrías que elegir entre lo que dice y lo que hace.

-¿Su hermano?’ 

-¿No te lo he dicho? Anneo Mela es hermano de Anneo Séneca y padre de Lucano, el poeta.

-Parece extraño ¿no? que en una misma familia se den ejemplares humanos tan dispares. En este caso, el avaricioso negociante y el severo moralista.

-Nada tiene de extraño -dijo Petronio-. Cada individuo es un mundo, y muy poco influye en eso la familia. Lo extraño, si quieres llamarlo así, es que la disparidad, la contradicción se den dentro del mismo individuo. Porque no sé si sabes que Séneca es tan avaricioso y, por lo que respecta al dinero, tan falto de escrúpulos como su hermano.

-Me sorprende eso que dices, me sorprende tanto que me cuesta creerlo – no pude menos que decir.

-Pues no te sorprenda. Es verdad que a primera vista resulta sorprendente que alguien que escribe serios tratados elogiando la pobreza y la vida sencilla recurra a los peores métodos para aumentar su ya fabuloso patrimonio. Pero el ser humano es así, contradictorio por naturaleza. Lo dijo Ovidio: «Veo lo mejor y lo apruebo, y sigo lo peor».

-No sé…yo puedo entender que, a lo largo de los años, uno vaya cambiando de opiniones, de manera de entender las cosas, de forma de conducirse en la vida. Eso me parece muy humano, y un personaje tan humano como Cicerón sería el ejemplo máximo de ese tipo de versatilidad, siempre cambiando de posición, de alianzas. Pero que una persona pueda predicar una cosa y practicar al mismo tiempo lo contrario, no lo entiendo, no lo entiendo.

-¿Qué quiere decir «no lo entiendo»? -preguntó Petronio- ¿Que no lo aceptas? ¿o que no ves las razones de ese comportamiento?

-Más bien esto último -respondí.

-Pues olvida las razones, amigo. Los hombres no se guían por razones, sino por deseos, por apetitos. Lo normal es que elaboren razonamientos para justificar, ante los demás y ante ellos mismos, la satisfacción de sus apetitos. Pero algunos son demasiado inteligentes para creerse ese tipo de razonamientos. Ocurre entonces que en esas personas la razón va por un lado, construyendo teorías impecables, y el apetito por otro, buscando su satisfacción del modo que sea. Es el caso de Séneca. He llegado a pensar que el Séneca que escribe elogios de la pobreza y afirma que los esclavos son seres humanos como nosotros ignora al Séneca que con sus préstamos usurarios mata de hambre a regiones enteras. Y en cuanto a Cicerón, no estoy de acuerdo contigo, no creo que sea el ejemplo máximo de volubilidad.

-¿No lo crees?…No lo he mencionado por casualidad. Conozco muy bien la obra de Cicerón, y no es que quiera presumir, seguro que tú la conoces tan bien o mejor que yo. El caso es que hace un tiempo pasé una temporada en la villa de mi tío Silio que había pertenecido a Cicerón. Allí se guardan los originales de algunas de sus obras y copias de todas sus cartas. Pues bien, durante unos meses me dediqué a leer y a estudiar las cartas. Y francamente resultan asombrosas. Al que un día ensalza al día siguiente lo ataca; se declara firme enemigo de ciertos personajes, para pactar poco después con ellos. Si eso no es volubilidad…

-No he dicho que no lo sea -dijo Petronio-, pero tú has hablado de él como del «ejemplo máximo», y en eso te equivocas. No es que Cicerón fuese especialmente voluble; es que escribía muchas cartas.

-¿Y eso que tiene que ver?

-Mira, los hombres, todos en general, nos vamos formando una idea de nosotros mismos. Y como el pensamiento humano tiende a la racionalidad nos formamos esa idea de la manera más coherente posible. Pensamos que somos así, de una manera determinada y que hicimos esto por aquel motivo y aquello por aquel otro, procurando siempre que todo encaje a la perfección. Y llegamos a creérnoslo. Es decir, pensamos toda nuestra historia y pretendemos ofrecerla a los demás desde el presente, con las manipulaciones necesarias, claro está, para sortear las contradicciones. Pero si alguien va anotando día a día sus impresiones, sus sentimientos, sus simpatías y antipatías y sobre todo los motivos de sus decisiones, llegará a edificar un monumento de contradicciones e incoherencias tan impresionante como el que nos legó Cicerón, ni más ni menos.

-Pensándolo bien, creo que tienes razón -tuve que reconocer-. Pero ¿siempre es así? ¿Crees en realidad que todos los hombres engañan y se engañan para ocultar un inexplicable pasado de contradicciones? ¿Te incluyes tú también?

-Me incluyo en la medida que no soy sabio y no me incluyo en la medida que lo soy. Se trata de una tendencia natural y, en cuanto tal, muy difícil de evitar. Los hombres, al igual que los pueblos, se inventan su pasado.

-¿Los pueblos también?

-Sobre todo los pueblos. Así como el individuo, al llegar a la adolescencia, se plantea espontáneamente las cuestiones filosóficas fundamentales, los pueblos, al alcanzar la mayoría de edad, sienten la necesidad de preguntarse de dónde vienen y adónde van. Y como no conocen la respuesta, se inventan hermosas epopeyas.

-Está la historia.

-¡La historia! ¡Vaya cosa! Si la historia de los hechos recientes es tan confusa y contradictoria, imagina la que cuenta los orígenes de un pueblo: pura leyenda. ¿O crees de verdad que Eneas, hijo de Venus, escapó de Troya y que viajó por mares y tierras hasta llegar al Lacio donde fundó el linaje que fue origen de nuestro linaje?

-Es una creencia comúnmente admitida. Tanto Virgilio como Livio la comparten.

-Sobre Virgilio no tengo nada que decir. Es un poeta y su única obligación es crear belleza. En cuanto a Livio, como historiador oficial, forzosamente tenía que recoger la versión canónica. Pero si lo lees con atención, verás que también aparece otra, la más verosímil. Pero aquí tenemos a nuestro invitado.

Anneo Mela era un hombre de unos sesenta años, bastante grueso, de estatura mediana ojos pequeños y vivaces. Después de presentarnos, Petronio propuso que pasásemos al triclinio, donde pensaba obsequiar a su invitado de acuerdo con su categoría, pero Mela alegó que no tenía mucho tiempo. Así, que permanecimos en el jardín. La mañana era espléndida. Petronio mandó que trajeran unas sillas y nos sentamos bajo el suave sol de abril.

-Nos vemos poco, amigo Petronio -dijo Mela-. Ya ni me acuerdo de cuando fue la última vez.

-No hará mucho tiempo, porque te recuerdo tan joven y fuerte como ahora mismo.

-Eres muy amable -dijo Mela-. Pero te aseguro que no soy el mismo de hace, por lo menos, cinco años.

-¿Cinco años? No lo creo.

-Sí, ahora lo recuerdo. Fue el año de tu consulado. Y, a estas alturas, el paso de cinco años causa verdaderos estragos.

-No en tu caso, amigo mío, no en tu caso. A la vista está… Y bien ¿me expones el motivo de tu visita o lo adivino yo?

-Te lo expongo, aunque seguro que lo has adivinado.. El hecho de que esté aquí tu amigo, supongo que como testigo, lo confirma – Petronio respondió con una breve sonrisa a mi mirada de extrañeza-. He venido para cumplir un deber -prosiguió Mela-, un deber bastante desagradable. Se trata del honor familiar, ¿comprendes? Mi hijo Lucano afirma que en esta casa fue maltratado por ti, que le insultaste y le echaste de malos modos. ¿Es eso cierto?

Nada en el tono de voz de Mela, apacible y diría que hasta impersonal, se correspondía con la dureza de las palabras que acababa de pronunciar. No menos apacible fue la respuesta de Petronio:

– Nunca se me ocurriría maltratatar a nadie, y mucho menos en mi propia casa. Me conoces, Mela, y tienes que creerme, aunque sólo puedo ofrecerte mi palabra. Mi palabra y el testimonio de Lucio.

Entonces intervine yo:

-No sólo no le echó de la casa, sino que le invitó a que se quedase con nosotros.

Mela me miró con cierta expresión de asombro, como extrañado de que pudiese hablar. Luego se acarició la barbilla con la mano izquierda, en actitud pensativa; cerró los ojos un momento, y al abrirlos exclamó:

-¡Basta ya! ¡Basta ya! ¿Sabes que te digo? Que te creo, que te creo absolutamente. Conozco a mi hijo, ya lo creo que lo conozco. Lo conozco y lo sufro. Pero tenía que hacerlo, compréndelo. No es que él me lo haya pedido expresamente, pero de alguna manera me ha estado empujando hasta la puerta de esta casa. ¡El honor familiar! ¡Mira por donde ahora sale con el honor familiar! ¿Sabes que te digo? Que mi hijo está loco, completamente loco. ¡Un hijo poeta! Lo peor que le puede ocurrir a un padre. Suerte que ya casi no le veo…excepto estos últimos días, claro. Y es que está insoportable. Desde que se casó está insoportable.

-Sabes que no es esa la causa -dijo Petronio-. Además, resulta imposible imaginar que una mujer como Pola pueda volver a un hombre insoportable. Sabes muy bien cuál es la causa del transtorno de Lucano.

-No, no lo sé -dijo Mela, parpadeando nerviosamente-. Explícamelo tú, que lo sabes todo -añadió con cierta sorna.

-Sé lo que todo el mundo sabe, excepto tú, por lo visto. Lucano es un poeta excelente, pero sus maneras no son muy delicadas, y el trato con ciertas personas requiere una delicadeza suma. Nuestro César también es poeta, no sé si excelente o no, pero es el César, y el César no admite competencia. Desde que le prohibió recitar y publicar sus versos, parece que tu hijo ha enloquecido. Y cuidado Mela, mucho cuidado. Ya sabes, a los que los dioses quieren perder primero los enloquecen.

-¡Qué barbaridad! -exlamó Mela- ¡Por unos versos, por unos tristes y absurdos versos! Pero los poetas ¿no sois inmortales? ¿Qué le costaba esperar? ¿Por qué tenía que competir con el César? A quién se le ocurre, pero a quién se le ocurre. Tendría que haber aprendido de ti. Tú sí que eres un maestro de delicadeza, tú sí que vivirás muchos años.

-No estoy seguro de si eso es un elogio o un reproche -dijo Petronio-, pero viniendo de ti, lo tomo como un elogio.

Mela permaneció unos instantes en silencio, pensativo.

-Si es cierto eso que me has dicho -dijo a continuación-, y creo que lo es, si es ésa la causa de su trastorno, conociendo como conozco a mi hijo, puedo afirmar, sin duda de ninguna clase, que está perdido, definitivamente perdido.

-Tampoco hay que exagerar, Mela -dijo Petronio-. Lo que tendría que hacer Lucano es retirarse, dejarse ver lo menos posible.

-Es incapaz de eso -afirmó Mela con energía-. Lucano no es de los que saben sortear los obstáculos: pretende derribarlos a cabezazos. Pero no quiero hablar más del asunto, no pienso gastar ni una palabra más ni un pensamiento más por un loco que ha decidido lanzarse al precipicio, por muy hijo mío que sea.

Mela se puso en pie. Cuando Petronio y yo íbamos a levantarnos también, se volvió a sentar aproximando su silla a las nuestras, puso la mano en la rodilla de Petronio y en tono confidencial, dijo:

-He de hacerte una proposición magnífica, increíble. Seguro que te interesará.

-¿De qué se trata?

-A treinta millas de aquí, en dirección al sur, hay una finca fabulosa que busca comprador. Una casa digna de un príncipe, entre bosques magníficos y grandes extensiones de tierras de cultivo, con docientos esclavos expertos en tareas agrícolas. Y todo por una ridiculez, por una auténtica miseria. Si quieres verla, yo mismo te acompañaré.

Iba a hablar Petronio cuando en la entrada del jardín aparecieron Eutimio y otro muchacho.

-¿Qué ocurre, Eutimio? -preguntó Petronio.

Eutimio avanzó unos pasos :

-Este muchacho viene de la casa de Epícaris, y dice que tiene un mensaje para el ilustre Mela de la máxima urgencia.

-¡Vaya, por Hércules! -exclamó Mela- Veamos cuáles son las urgencias de las mujeres. Acércate.

El mensajero se acercó. Petronio y yo nos levantamos y nos apartamos unos pasos. El muchacho se inclinó junto a Mela y le musitó unas palabras al oído. Mela hizo con la mano un gesto para que repitiese. El muchacho le volvió a hablar al oído. Mela lo despidió con un gesto. Vi cómo el mensajero y Eutimio se retiraban. Cuando volví la mirada hacia Mela quedé impresionado.

Su rostro se había vuelto blanco, tan blanco como su túnica. Se levantó con cierta dificultad, como si sus piernas apenas le sostuvieran.

-Han detenido a Epícaris -dijo, mirando a ninguna parte.

-Epícaris es la amante de Mela -me informó Petronio cuando nos quedamos solos.

-Debe quererla mucho. Estaba muy afectado.

-Sí, demasiado afectado.

-¿Demasiado?

-Mira, no creo que el amor que Mela sienta por su amiga llegue a producir esos efectos. Aquí hay algo más.

-¿Tienes idea del posible motivo de la detención?

-No, ni idea. Pero, a la vista de la reacción de Mela, hemos de pensar que él sí conoce el motivo… Y que no sólo lo conoce, sino que está metido hasta el cuello.

-Perdona mi insistencia, Petronio, pero tengo la impresión de que sí sabes o supones algo.

-Horacio, amigo, recuerda a Horacio: «Tú no preguntes…»

Tu ne quaesieris (scire nefas)

(CONTINÚA)

Deja un comentario

Archivado bajo Opus meum