OVIDIO Y WILDE, DOS VIDAS PARALELAS (6)

Tomis

Por ejemplo, después de haber repetido en varias ocasiones que no hay nadie en Tomis que entienda su idioma, en Pónticas, IV, 14, se disculpa ante los tomitas, ofendidos por la forma en que ha tratado a su ciudad (de lo que no han tenido otro modo de enterarse que leyendo los mismos poemas del autor), y de paso se maldice por aquella manía suya de escribir, que, si ya le había acarreado la condena del César, en esta ocasión le concita la ira de sus conciudadanos forzosos. Y en sus disculpas insiste en que no tiene nada contra los habitantes del lugar, sino contra el lugar mismo (extraña manera de disculparse), añadiendo que la hospitalidad y la buena acogida delatan los orígenes griegos de tan buena gente.

Aquí estaría bien abrir un paréntesis para dar una idea de las características de aquella pequeña ciudad llamada Tomis. Fundada hacia el 500 a.C. por griegos de Mileto, en la época del exilio de Ovidio era un enclave romano situado en la frontera nororiental del imperio, en pleno territorio de las tribus getas y muy próximo al de los sármatas. La población de la ciudad debía de estar compuesta por un pequeño núcleo de habitantes descendientes de los colonizadores griegos y una mayoría de getas más o menos urbanizados, además de la guarnición de soldados romanos, que vigilaban las fronteras. El ambiente era en efecto tan “de frontera”, que algunas escenas que describe Ovidio nos recuerdan extrañamente aquellas que estamos acostumbrados a ver en las películas sobre el lejano oeste americano (incursiones de los “salvajes” lanzando lluvias de flechas sobre la empalizada defensiva, arrasando cultivos, incendiando chozas y casas de campo) donde los getas representan el mismo papel de los fieros indios cinematográficos, y quizá históricos.

Pero como he apuntado, no todos los indios, digo, getas, estaban encuadrados en tribus belicosas. Sin duda los había urbanizados. De otro modo la ciudad sería totalmente griega, cosa que no se desprende en absoluto de los textos de Ovidio.

Y un buen día esos ciudadanos semisalvajes fueron testigos de un espectáculo nunca imaginado. Un hombre extraño y refinado, procedente de la lejana y poderosa Roma, de la que se decía que había sido expulsado por causa de un oscuro crimen que no podían comprender (ni ellos ni nadie, por cierto), los reunió y les declamó un poema…en lengua gética. Y es que en efecto, Ovidio no sólo aprendió la lengua del lugar, sino que llegó a componer en ella un bello canto, dedicado a ensalzar la figura de Augusto. Y nos dice el poeta que, concluido el recitado, todos los oyentes agitaron las cabezas y las aljabas llenas de flechas y lanzaron por sus bocas un prolongado murmullo, y uno dijo “ya que tan bien hablas de César, él debería devolverte a la patria” (Pónticas, IV, 14). Donde se advierte el destino inexorable del letraherido, que no puede evitar crear arte hasta con la lengua “bárbara” que se ha visto obligado a aprender, y la desesperación del condenado, que aprovecha cualquier resquicio para adular al poderoso que le ha desterrado. El único que puede salvarlo.

Pero el hecho admite también otras reflexiones. En concreto yo destacaría dos aspectos por lo menos curiosos. Por una parte, la agudeza, prontitud y acierto de la crítica, formulada no por un experto literario sino por un hombre supuestamente semisalvaje, pero que da en el clavo en su valoración de la receptividad, calidad y utilidad de la obra en cuestión; por otra, el extraño paralelismo, con sus enormes diferencias, entre esa escena y la de un refinadísimo Oscar Wilde hablando a los cow-boys y mineros del Oeste americano. Bueno, no tan extraño, después de todo, de eso trata precisamente este ensayo.

Pero es el caso que la salvación no se ve por ninguna parte, excepto en la fantasía y el deseo del mismo Ovidio. Hasta que un hecho viene a dar alas reales a la ilusión: en el año 14 Augusto muere. Si el ofendido ha muerto, ¿quién puede tener interés en mantener el castigo de la ofensa? Eso quiere creer. Pero no hay ningún indicio de que tal creencia pueda ser confirmada por los hechos. Y es que el poder ha pasado a manos de Tiberio y, en buena parte, a las de su madre Livia, precisamente – y en mayor o menor medida según la teoría adoptada – los ofendidos por el error de Ovidio.

Pero siempre hay una última esperanza, que en este caso se llama Germánico. El gran militar e influyente miembro de la familia imperial, el que quizá había estado en el origen del desgraciado error del poeta, ha sido nombrado gobernador de Oriente, y es de esperar que, en el recorrido por sus dominios, visite el puesto fronterizo llamado Tomis, donde un poeta, que fue su amigo o quizá solo amigo de sus amigos, languidece lejos de las delicias de Roma. Ovidio se afana en completar y revisar los Fastos, obra de una sana romanidad fuera de toda duda, que habrá de dedicar a Germánico y entregarle en mano, obteniendo a cambio – quiere pensar con todas sus fuerzas – la soñada salvación. Pero nunca sabremos si esta vez su esperanza tiene fundamento. Porque poco después del nombramiento de Germánico, a finales del 17 o principios del 18, el poeta de las metamorfosis humanas y divinas experimenta en sí mismo el prodigio al que secretamente había aspirado durante toda su vida: su carne mortal se transforma en la materia eterna de una de las estrellas más brillantes del cielo de la poesía.

JUSTICIA POÉTICA

El genio poético fue para Ovidio dicha y desdicha, fortuna y ruina. Aquella sensibilidad especial, acompañada de un impulso creativo incontenible, lo elevó sobre una sociedad amante de todos los placeres, incluidos los del arte, pero también lo mantuvo ciego a las señales que en todo laberinto avisan de los peligros. Se hizo con la Ariadna del arte y de la fama, pero, feliz y desprevenido, fue devorado por el Minotauro del poder.

Derrotado, el arte, los dones del espíritu fueron su refugio y su consuelo. Y no de un modo improvisado y como último remedio. Pues ya desde el principio, en el tempo felice, sabía que ésa era la riqueza principal. Lo que entonces no podía adivinar era que, además de para conjurar las arrugas y la vejez, aquella riqueza le había de servir para soportar el más cruel de los destinos.

Aquí, aunque alrededor resuenen las armas vecinas, alivio con la poesía mi triste destino; y aunque no haya de llegar a oídos de nadie, así consumo y engaño el tiempo. Si vivo aún y resisto los duros trabajos, y si no me agobia esta penosa existencia, es, Musa, gracias a ti, que me consuelas, que calmas mis inquietudes y me aplicas el remedio. Tú eres guía y compañera… (Tristes, IV, 10).

Esto, que es su consuelo, es también su fuerza y su único tesoro. A la hija, a la que alienta para que siga por el camino de las letras, dice: “Cuanto poseemos es deleznable, excepto las dotes del espíritu y del ingenio”. A la esposa, a quien ama y cuyos desvelos agradece infinitamente, la obsequia con los frutos de aquél tesoro: la inmortalidad (“vivirás en mis versos para siempre”).

Mencionada la hija y la última esposa, los verdaderos grandes amores del poeta, cabría aquí una breve digresión sobre la actitud de Ovidio ante la mujer. Actitud a la que muy bien se podría aplicar un calificativo tan inusual, como usual y abundante es su antitético. Y es el de filoginia. Si misógino es el que odia a las mujeres, filógino es el que las ama. Pero con un amor que lo incluye todo, además de lo erótico: simpatía, admiración, cariño, respeto, comprensión. Gracias a esa virtud – y a un arte innegable – Ovidio puede ponerse en la piel de Ariadna, o de Dido o de Safo, y hablarnos como si hablasen ellas mismas. Pero es en las relaciones con la hija y la esposa donde mejor se pone de manifiesto su filoginia, como por ejemplo en la alegría que le proporciona advertir las capacidades intelectuales y artísticas de la joven.

¿Excepción en una sociedad supermasculina como la romana? Sí, pero no mucho. Porque está también el caso de Cicerón, cultivador de las dotes intelectuales de su idolatrada hija, y algunos otros. Y es que estos ejemplos no resultan tan llamativos si se tiene en cuenta que la mujer romana tenía mucha más importancia de la que suele imaginar un historicismo simplista. A diferencia de la Grecia histórica, donde la mujer en efecto no pintaba nada, la antigua Roma nos brinda numerosos ejemplos de mujeres con una fuerza y una influencia que en nada se correspondían con lo que les otorgaban las leyes (que era casi cero). Una rápida ojeada, reparando solo en las cimas más destacadas, nos lleva desde la legendaria Tanaquil hasta la cristiana Elena, madre de Constantino, pasando por personajes tan decisivos como Cornelia, madre de los Gracos, Livia, esposa de Augusto, y Agripina, esposa de Claudio y madre de Nerón.

Pero, si en Roma la mujer era importante, en el corazón de Ovidio lo fue mucho más; un corazón que, curiosamente, en ningún momento manifiesta tendencias homoeróticas, las cuales, más que toleradas, estaban perfectamente asumidas por la sociedad romana.

Y así, lo que Ovidio lega a sus dos mujeres más amadas es el mapa de un tesoro oculto, cuya leyenda dice así: aunque todas las delicias de la vida se hundan en la nada por obra de una desgracia o de un poder tiránico y absurdo, siempre quedará la compañía y el gozo del propio ingenio, del propio arte. Ni el César tiene sobre esto ningún poder (Caesar in hoc potuit iuris habere nihil).

Este es el legado de Ovidio. Para la familia, y también para la humanidad. El cantor de los tiernos amores sabe, proclama, que, más allá del último día, gracias a su obra, que ningún tirano pudo ni podrá nunca silenciar, “viviré, y gran parte de mí permanecerá”.

 

Y con ésta, termina la serie de entregas dedicadas a Ovidio. Nos saltaremos las fiestas de Navidad y Año Nuevo y luego nos adentraremos un poco en el mundo de Oscar Wilde.

Ovidio y Wilde, dos almas con un destino similar, enfrentadas a la fuerza bruta del poder.

Pero siempre dueñas de un tesoro que nadie, ni siquiera el mismo César (o Victoria), les podrá arrebatar.

¡FELIZ NAVIDAD! ¡FELICES FIESTAS!

(CONTINÚA)

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