Archivo mensual: septiembre 2012

Justicia poética para Oscar Wilde

Dante Alighieri, por quien Wilde sentía gran admiración, fue quizá el único gran artista que supo tomarse la justicia poética por su mano. Él mismo se encargó de encerrar en el infierno a sus enemigos y a los enemigos de sus amigos. Y allá estarán, mientras la literatura exista. Wilde podría haber hecho algo parecido. Colocar en un infierno creado al efecto a jueces, carceleros, marqueses y falsos amigos. Recursos no le faltaban…Pero no, no podía. No tenía la férrea personalidad de Dante, como él mismo reconoció; él era un griego pacífico y suave.

De todos modos, aunque incapaz de hacerla por sí mismo como su admirado florentino, con aquella clarividencia que siempre le había distinguido, sabía muy bien que la justicia poética acabaría imponiéndose también en su caso.

En cierta ocasión, ya en su exilio francés, repasaba con Harris adónde habían llegado algunos de sus antiguos compañeros de estudios – uno de ellos, Curzon, nada menos que a virrey de la India – y añadió:

La espantosa injusticia de la vida me vuelve loco. Después de todo, ¿qué han hecho ellos en comparación con lo que yo he hecho? Supón que muriésemos todos ahora: dentro de cincuenta o de cien años nadie se acordará de Curzon o de Wyndham o de Blunt. Su vida, lo mismo que su muerte, no importará a nadie en absoluto. En cambio, mis comedias, mis cuentos y La balada de la cárcel de Reading serán conocidos y leídos por millones de personas, y hasta mi mismo infortunado destino despertará una simpatía universal.

Amén. Quiero decir que así ha sido.

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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Justicia poética…post mortem

Me olvidaba. Hay otra forma de justicia poética, realmente justa, porque solo la administra la posteridad, único juez que no puede ser corrompido por los intereses inmediatos, y realmente poética, porque solo la obtienen los auténticos poetas (artistas).

Me refiero a un proceso que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia de la humanidad. Un escritor, pintor, escultor, músico o lo que sea hace su trabajo. El reconocimiento que obtiene en vida puede ser considerable, poco o ninguno. Pero en algunos casos – y esto es a lo que voy – se ve hostigado por la sociedad o sus gestores, que no entienden o no le perdonan su genio.

El hostigamiento al que es sometido ese artista puede presentar las formas más variadas: ignorancia o “ninguneo” de su obra, incomprensión con ataques verbales al autor, difamación, injurias, procesamiento y cárcel… Sí, de todo ha habido. Y hay y habrá.

Cervantes fue considerado en su tiempo un escritor de tantos, que con su novela sobre un hidalgo loco conseguía que el lector se partiese de risa. Pero no obtuvo ningún beneficio económico, y pasó la vida maltratado por libreros (editores), colegas y magnates. Dos siglos después le empezó a alcanzar la justicia poética, gracias principalmente a los teóricos alemanes del romanticismo.

Franz Schubert pasó su corta vida con la frustración de no ver reconocido su arte más que por sus amigos. Hoy figura en el altar de los grandes de la música universal.

Van Gogh pintó cuadros que a nadie interesaban y que provocaban el rechazo de los “entendidos”. Creo que hoy es el más cotizado de todos los pintores vivos o muertos.

Quizá los artistas citados, y otros muchos que vivieron circunstancias parecidas, no pudieron imaginarse el cielo que el futuro les tenía reservado. Pero hay uno que sí. Y precisamente el que más reconocimiento alcanzó en vida…hasta poco antes del final, cuando el enemigo se lanzó sobre él y lo destrozó por completo. Me refiero a Oscar Wilde, quien, desde el abismo de la desgracia, vio claramente el laurel con que había de ser coronado para la eternidad.

(El lector de este blog podrá verlo en la próxima entrada)

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¿Justicia poética? III

Quedamos en que, a primera vista, la virtud no siempre tiene su recompensa. O muy pocas veces. O casi nunca. Pero…¿Y el esfuerzo? ¿Y el mérito?

“Estudia, esfuérzate para ser mañana un hombre de provecho”; “siempre adelante, no te dejes amilanar por los pequeños fracasos, que al final el mérito y la valía salen siempre triunfantes”… Ahora no sé, pero a mediados del siglo pasado los padres responsables prodigaban a sus hijos consejos de esta clase. Era una época optimista. A pesar de las dos guerras y, en especial, de los horrores de la última, la gente confiaba, no sé por qué, en la bondad fundamental de la especie humana y en la receta milagrosa del trabajo y el esfuerzo. Los Dale Carnegie y O.S. Marden irradiaban esa especie de optimismo primario hasta los más apartados rincones del mundo, como mi hogar familiar, donde los autores citados compartían anaquel con Dante y Stefan Zweig.

Dudo que hoy se impartan y se reciban con la misma inocencia ese tipo de consejos. Ha habido demasiados premios literarios por en medio como para que se pueda mantener la idea de que lo excelente se alza siempre por encima de lo mediocre. Y sin embargo, la idea persiste. Leo en el comentario de un lector de una revista digital: “no hay genios ocultos”, “el artista que vale de verdad llega siempre”.

¿Seguro que no hay genios ocultos? ¿Cómo lo sabe? Es el tipo de enunciado que cierto filósofo no admitiría como científico por el hecho de no ser “falsable”. Es decir, que no hay manera de imaginar su contrario. Porque lo definitorio de algo oculto es que se desconoce, y entonces ¿cómo se sabe si existe o no?

Por el contrario, hay indicios para suponer que no es cierto lo que afirma el comentarista en cuestión. Si no llega a ser por la determinación de su amigo Max Brod, Kafka habría muerto como genio oculto. Si llega a morir a los 52 años en vez de a los 72, Schopenhauer no existiría para nosotros (su obra capital fue publicada cuando tenía 34 y pasó totalmente desapercibida). Si la hermana de la difunta Emily Dickinson hubiese destruido sin mirarlos los papeles dejados por la poeta, no conoceríamos una de las muestras más exquisitas de la poesía universal. Y seguro que hay más “indicios”. En estos casos, la moneda cayó del lado de la luz, pero no podemos dudar de que en otros muchos haya caído del lado de la oscuridad. Nunca sabremos quiénes fueron ni cuánto hemos perdido.

¿Cómo se puede afirmar que no hay genios ocultos, o que el artista siempre llega? Quizá solo desde la comodidad mental, desde el deseo de imaginarse un mundo en el que todo encaja, en el que reina una justicia poética de acartonado corte neoclásico.

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¿Justicia poética? II

Otro asunto es si alguna especie de justicia, similar a la poética en el arte, funciona en la vida real. Si el bien tiene su premio y el mal su castigo. Cierto que en este caso sería más correcto prescindir del adjetivo “poética” y quedarnos con el sustantivo “justicia”, sin más.

¿Hay justicia en el mundo? Y no me refiero a aquella que presuntamente imparten jueces y tribunales, sino a aquella otra que Thomas Rymer deseaba para los dramas o relatos artísticos. El bien, ¿acaba siempre por triunfar? El mal, ¿recibe siempre su castigo?

Los creyentes cristianos tienen la respuesta fácil (en esta y en otras muchas cuestiones). Todo se soluciona en el más allá, donde los malos son castigados y los buenos alcanzan la recompensa eterna. Los no creyentes lo tienen más difícil. De hecho, cuentan con dos opciones: reconocer amargamente que el mundo suele ser injusto o recurrir a la idea de una especie de justicia inmanente, algo que la sabiduría popular siempre ha intuido, y ha proclamado con la frase “en el pecado va la penitencia”.

¿Pero qué significa exactamente esta idea? ¿Que los malvados sufren espontáneamente por haber cometido sus maldades? ¿Que Hitler, Franco, Stalin y compañía, por ejemplo, lo pasaban muy mal cometiendo sus fechorías? No sé…

En cualquier caso, el asunto es vidrioso. A primera vista, es evidente que no hay justicia en el mundo; se ha de recurrir a una segunda vista para formular un juicio más consolador, pero no todo el mundo está dotado de esta particular visión añadida.

Así que lo mejor es dejarlo. Además, ¿por qué habría de haber justicia en el mundo? Quizá es que la cosa es muy sencilla, tan sencilla como para espantarse considerándola fríamente: el mundo es como es, y punto. O como dice el filósofo:  “el juicio sobre este mundo es este mundo”. (continuará)

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¿Justicia poética? I

Ver Justicia poética (refundido)

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El destino es una línea recta II

También están, y en gran abundancia, los testimonios de las personas dedicadas a meditar sobre esas cosas, filósofos, científicos, pensadores y gente así. Y ahí hay de todo, desde los que piensan como el joven a que me he referido antes (el destino no existe) hasta los opinan que las vidas humanas están tan predeterminadas como los movimientos de los astros.

El tema, íntimamente enlazado con aquél de si existe o no el libre albedrío, ha dado materia para infinidad de tratados, que lo han visto desde todas las perspectivas. Pero, como es de suponer, mi intención no es referirme a ellos, ni siquiera enumerarlos. Y sin embargo, hay una perla tan curiosa y significativa que no puedo resistirme a compartirla con el lector.

Se trata de un opúsculo (obrita) de Schopenhauer, incluido en su obra Parerga y paralipómena, con el título Especulación transcendente sobre los visos de intencionalidad en el destino del individuo, pero que con frecuencia se ha publicado por separado; en castellano, por ejemplo, con el título Los designios del destino, en traducción de R.R. Aramayo, donde se trata de “ese poder secreto que guía el destino del individuo”.

La hipótesis del filósofo alemán (porque él la concibe como tal, no como teoría demostrable) es tan profunda, aguda y novedosa (sí, todavía hoy) que forzosamente ha de conmover – o impactar o alucinar, para decirlo con términos más actuales – a quien se adentre en ella y la comprenda. El problema, importante pero superable, es que solo se puede entender cabalmente si se tiene una idea de la filosofía del autor. De todos modos, aun para los que no cumplen este requisito, recomiendo vivamente su lectura. Y también la consulta del hilo correspondiente del siempre interesante Foro Schopenhauer. viewtopic.php?id=1417

Pero el ejercicio más provechoso para elucidar este tema consiste en que cada cual investigue en su propia trayectoria vital. Hace unos días,  hojeando el diario que llevaba en mi adolescencia y juventud, di con una líneas en las que expresaba el inmenso gozo que me acababa de proporcionar el descubrimiento del gran poeta García Lorca. Y concluía así: “Es el genio, como siempre, lo que me cautiva. Nunca busco la obra, sino a su autor. ¡Y qué emoción reconocerme en él!”.

 Treinta años después, sin recuerdo perceptible de aquel fervor adolescente, empezaba a escribir novelas por el procedimiento de ponerme en la piel de ciertos escritores sin duda alguna geniales.

Y es que el destino es una línea recta, oculta a veces por falsas líneas curvas.

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El destino es una línea recta I

El destino es una línea recta, oculta a veces por falsas línea curvas. Se ha escrito tanto y de tantas maneras sobre el destino de los individuos (si existe, si no existe, si es el nombre que damos a esto o a lo otro) que me da vértigo solo pensar si habría de introducir ahora una larga nota aclaratoria sobre lo que para mí significa el destino. Así, que no la voy a introducir. Y del mismo discurso se desprenderá, o no, lo que quizá debería de aclarar ahora.

Por una parte, están los testimonios de la gente de la calle. Y llamo “de la calle”, sin intención alguna peyorativa, a los mortales todavía vivos cuyos nombres no figuran en ninguna enciclopedia. La opinión de estos, sobre todo si se autodenominan liberales, que es la versión actual de lo que antes se llamaba “de derechas”, es que el destino no existe. “Mi destino me la hago yo”, dicen.

Bravo, bonita sentencia. Y verdadera, si nos vamos al plano metafísico. Pero, comoquiera que éste queda muy alejado y resulta muy complicada su exploración, la consideraremos en el plano empírico, que es en el que, sin duda, se mueve su autor. Y en este nivel, la sentencia resulta absolutamente falsa.

¿O acaso alguien decide dónde nace, quiénes serán sus padres, qué educación recibirá en la infancia, con quién coincidirá en sus viajes de adolescencia, qué libros le llegarán a las manos sin buscarlos, qué amor derribará su puerta…? Pues todo eso son los pasos que atraviesa la línea del destino, y no tenemos ningún poder para evitarlos.

Sin contar con lo principal de todo. El carácter. El carácter como fuerza configuradora de la personalidad, que nos viene ya dado en el momento del nacimiento.

Considerado todo esto, ¿quién puede afirmar “mi destino me lo hago yo” o “yo soy el único dueño de mi destino”? Algunas personas ingenuas y entusiastas, por supuesto, liberales o no. (c0ntinuará)

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