CONVERSACIONES CON PETRONIO IV

-Espero la visita de Anneo Mela -dijo Petronio después de recibirme con la misma cordialidad de siempre-, pero me gustaría que te quedases. Es más, me interesa que te quedes. Así tendrás ocasión de conocer a un tipo de personaje que no suele figurar en los anales ni en los libros de historia, a pesar de su importancia: el hombre de negocios.

-Me encantará. ¿Y a qué negocios se dedica?

-A cualquiera, es decir, a lo mismo de siempre: a producir dinero.

-Quiero decir que si se dedica a construir o a comerciar o si tiene naves o explota minas, ya me entiendes.

-Sí, ya te entiendo. El que parece que no me entiendes eres tú -dijo Petronio con una sonrisa-. O quizá soy yo el que no me explico bien. Mela no se dedica a nada en concreto y se dedica a todo en general. Como ya te he dicho su negocio consiste en producir dinero.

-Sí, pero ¿cómo produce dinero?

-Con dinero.

-¿Con dinero? ¿Quieres decir prestando?

-Parece que ya lo vas entendiendo -respondió Petronio.

-No del todo -aclaré-. Sé que hay individuos que se dedican a prestar dinero a intereses muy elevados, pero nunca he oído decir que esos usureros acumulen tales cantidades que les permitan convertirse en potentados. Además, la mayoría de sus clientes son gente de pocos recursos, por lo cual muchas veces se quedan sin cobrar. Nunca he pensado que fuese un gran negocio.

-Hablamos de cosas distintas -dijo Petronio-. El vulgar prestamista suele en efecto ser un desgraciado, siempre temeroso de quedarse sin cobrar o de que le roben. Pero el potentado como Mela es… otra historia. Mela no presta a hijos de familia para que se lo gasten en vicios, o a pobres artesanos para que puedan pagar el alquiler de la vivienda. Él pone grandes cantidades de dinero en cualquier actividad productiva de esas que antes has mencionado, el comercio, la construcción, la navegación o lo que sea y, a cambio, se lleva parte de los beneficios, además de recuperar el dinero cuando le interesa. Comprenderás que con sólo tener un poco de tino, y lo tiene porque sus excelentes relaciones le mantienen siempre bien informado, es una manera perfecta de ir multiplicando el dinero hasta el infinito.

-¡El poder del dinero! ¡Quién no lo ha gozado o sufrido! -exclamé- De todos modos no me parece justo que un hombre que de la mañana a la noche trabaja su propia tierra apenas obtenga lo suficiente para mantenerse, mientras que otros nadan en la abundancia sólo porque han puesto en movimiento un puñado de monedas. No, no me parece justo.

-¡Por Júpiter! -exclamó Petronio-, ese es un término nuevo entre nosotros. Lo justo. ¿Qué es lo justo? ¿Qué es la justicia? Pregúntaselo a Mela, seguro que lo tiene muy claro. Pero no se lo preguntes a su hermano. Nunca plantees cuestiones morales a un profesional de la ética: para empezar, tendrías que elegir entre lo que dice y lo que hace.

-¿Su hermano?’ 

-¿No te lo he dicho? Anneo Mela es hermano de Anneo Séneca y padre de Lucano, el poeta.

-Parece extraño ¿no? que en una misma familia se den ejemplares humanos tan dispares. En este caso, el avaricioso negociante y el severo moralista.

-Nada tiene de extraño -dijo Petronio-. Cada individuo es un mundo, y muy poco influye en eso la familia. Lo extraño, si quieres llamarlo así, es que la disparidad, la contradicción se den dentro del mismo individuo. Porque no sé si sabes que Séneca es tan avaricioso y, por lo que respecta al dinero, tan falto de escrúpulos como su hermano.

-Me sorprende eso que dices, me sorprende tanto que me cuesta creerlo – no pude menos que decir.

-Pues no te sorprenda. Es verdad que a primera vista resulta sorprendente que alguien que escribe serios tratados elogiando la pobreza y la vida sencilla recurra a los peores métodos para aumentar su ya fabuloso patrimonio. Pero el ser humano es así, contradictorio por naturaleza. Lo dijo Ovidio: «Veo lo mejor y lo apruebo, y sigo lo peor».

-No sé…yo puedo entender que, a lo largo de los años, uno vaya cambiando de opiniones, de manera de entender las cosas, de forma de conducirse en la vida. Eso me parece muy humano, y un personaje tan humano como Cicerón sería el ejemplo máximo de ese tipo de versatilidad, siempre cambiando de posición, de alianzas. Pero que una persona pueda predicar una cosa y practicar al mismo tiempo lo contrario, no lo entiendo, no lo entiendo.

-¿Qué quiere decir «no lo entiendo»? -preguntó Petronio- ¿Que no lo aceptas? ¿o que no ves las razones de ese comportamiento?

-Más bien esto último -respondí.

-Pues olvida las razones, amigo. Los hombres no se guían por razones, sino por deseos, por apetitos. Lo normal es que elaboren razonamientos para justificar, ante los demás y ante ellos mismos, la satisfacción de sus apetitos. Pero algunos son demasiado inteligentes para creerse ese tipo de razonamientos. Ocurre entonces que en esas personas la razón va por un lado, construyendo teorías impecables, y el apetito por otro, buscando su satisfacción del modo que sea. Es el caso de Séneca. He llegado a pensar que el Séneca que escribe elogios de la pobreza y afirma que los esclavos son seres humanos como nosotros ignora al Séneca que con sus préstamos usurarios mata de hambre a regiones enteras. Y en cuanto a Cicerón, no estoy de acuerdo contigo, no creo que sea el ejemplo máximo de volubilidad.

-¿No lo crees?…No lo he mencionado por casualidad. Conozco muy bien la obra de Cicerón, y no es que quiera presumir, seguro que tú la conoces tan bien o mejor que yo. El caso es que hace un tiempo pasé una temporada en la villa de mi tío Silio que había pertenecido a Cicerón. Allí se guardan los originales de algunas de sus obras y copias de todas sus cartas. Pues bien, durante unos meses me dediqué a leer y a estudiar las cartas. Y francamente resultan asombrosas. Al que un día ensalza al día siguiente lo ataca; se declara firme enemigo de ciertos personajes, para pactar poco después con ellos. Si eso no es volubilidad…

-No he dicho que no lo sea -dijo Petronio-, pero tú has hablado de él como del «ejemplo máximo», y en eso te equivocas. No es que Cicerón fuese especialmente voluble; es que escribía muchas cartas.

-¿Y eso que tiene que ver?

-Mira, los hombres, todos en general, nos vamos formando una idea de nosotros mismos. Y como el pensamiento humano tiende a la racionalidad nos formamos esa idea de la manera más coherente posible. Pensamos que somos así, de una manera determinada y que hicimos esto por aquel motivo y aquello por aquel otro, procurando siempre que todo encaje a la perfección. Y llegamos a creérnoslo. Es decir, pensamos toda nuestra historia y pretendemos ofrecerla a los demás desde el presente, con las manipulaciones necesarias, claro está, para sortear las contradicciones. Pero si alguien va anotando día a día sus impresiones, sus sentimientos, sus simpatías y antipatías y sobre todo los motivos de sus decisiones, llegará a edificar un monumento de contradicciones e incoherencias tan impresionante como el que nos legó Cicerón, ni más ni menos.

-Pensándolo bien, creo que tienes razón -tuve que reconocer-. Pero ¿siempre es así? ¿Crees en realidad que todos los hombres engañan y se engañan para ocultar un inexplicable pasado de contradicciones? ¿Te incluyes tú también?

-Me incluyo en la medida que no soy sabio y no me incluyo en la medida que lo soy. Se trata de una tendencia natural y, en cuanto tal, muy difícil de evitar. Los hombres, al igual que los pueblos, se inventan su pasado.

-¿Los pueblos también?

-Sobre todo los pueblos. Así como el individuo, al llegar a la adolescencia, se plantea espontáneamente las cuestiones filosóficas fundamentales, los pueblos, al alcanzar la mayoría de edad, sienten la necesidad de preguntarse de dónde vienen y adónde van. Y como no conocen la respuesta, se inventan hermosas epopeyas.

-Está la historia.

-¡La historia! ¡Vaya cosa! Si la historia de los hechos recientes es tan confusa y contradictoria, imagina la que cuenta los orígenes de un pueblo: pura leyenda. ¿O crees de verdad que Eneas, hijo de Venus, escapó de Troya y que viajó por mares y tierras hasta llegar al Lacio donde fundó el linaje que fue origen de nuestro linaje?

-Es una creencia comúnmente admitida. Tanto Virgilio como Livio la comparten.

-Sobre Virgilio no tengo nada que decir. Es un poeta y su única obligación es crear belleza. En cuanto a Livio, como historiador oficial, forzosamente tenía que recoger la versión canónica. Pero si lo lees con atención, verás que también aparece otra, la más verosímil. Pero aquí tenemos a nuestro invitado.

Anneo Mela era un hombre de unos sesenta años, bastante grueso, de estatura mediana ojos pequeños y vivaces. Después de presentarnos, Petronio propuso que pasásemos al triclinio, donde pensaba obsequiar a su invitado de acuerdo con su categoría, pero Mela alegó que no tenía mucho tiempo. Así, que permanecimos en el jardín. La mañana era espléndida. Petronio mandó que trajeran unas sillas y nos sentamos bajo el suave sol de abril.

-Nos vemos poco, amigo Petronio -dijo Mela-. Ya ni me acuerdo de cuando fue la última vez.

-No hará mucho tiempo, porque te recuerdo tan joven y fuerte como ahora mismo.

-Eres muy amable -dijo Mela-. Pero te aseguro que no soy el mismo de hace, por lo menos, cinco años.

-¿Cinco años? No lo creo.

-Sí, ahora lo recuerdo. Fue el año de tu consulado. Y, a estas alturas, el paso de cinco años causa verdaderos estragos.

-No en tu caso, amigo mío, no en tu caso. A la vista está… Y bien ¿me expones el motivo de tu visita o lo adivino yo?

-Te lo expongo, aunque seguro que lo has adivinado.. El hecho de que esté aquí tu amigo, supongo que como testigo, lo confirma – Petronio respondió con una breve sonrisa a mi mirada de extrañeza-. He venido para cumplir un deber -prosiguió Mela-, un deber bastante desagradable. Se trata del honor familiar, ¿comprendes? Mi hijo Lucano afirma que en esta casa fue maltratado por ti, que le insultaste y le echaste de malos modos. ¿Es eso cierto?

Nada en el tono de voz de Mela, apacible y diría que hasta impersonal, se correspondía con la dureza de las palabras que acababa de pronunciar. No menos apacible fue la respuesta de Petronio:

– Nunca se me ocurriría maltratatar a nadie, y mucho menos en mi propia casa. Me conoces, Mela, y tienes que creerme, aunque sólo puedo ofrecerte mi palabra. Mi palabra y el testimonio de Lucio.

Entonces intervine yo:

-No sólo no le echó de la casa, sino que le invitó a que se quedase con nosotros.

Mela me miró con cierta expresión de asombro, como extrañado de que pudiese hablar. Luego se acarició la barbilla con la mano izquierda, en actitud pensativa; cerró los ojos un momento, y al abrirlos exclamó:

-¡Basta ya! ¡Basta ya! ¿Sabes que te digo? Que te creo, que te creo absolutamente. Conozco a mi hijo, ya lo creo que lo conozco. Lo conozco y lo sufro. Pero tenía que hacerlo, compréndelo. No es que él me lo haya pedido expresamente, pero de alguna manera me ha estado empujando hasta la puerta de esta casa. ¡El honor familiar! ¡Mira por donde ahora sale con el honor familiar! ¿Sabes que te digo? Que mi hijo está loco, completamente loco. ¡Un hijo poeta! Lo peor que le puede ocurrir a un padre. Suerte que ya casi no le veo…excepto estos últimos días, claro. Y es que está insoportable. Desde que se casó está insoportable.

-Sabes que no es esa la causa -dijo Petronio-. Además, resulta imposible imaginar que una mujer como Pola pueda volver a un hombre insoportable. Sabes muy bien cuál es la causa del transtorno de Lucano.

-No, no lo sé -dijo Mela, parpadeando nerviosamente-. Explícamelo tú, que lo sabes todo -añadió con cierta sorna.

-Sé lo que todo el mundo sabe, excepto tú, por lo visto. Lucano es un poeta excelente, pero sus maneras no son muy delicadas, y el trato con ciertas personas requiere una delicadeza suma. Nuestro César también es poeta, no sé si excelente o no, pero es el César, y el César no admite competencia. Desde que le prohibió recitar y publicar sus versos, parece que tu hijo ha enloquecido. Y cuidado Mela, mucho cuidado. Ya sabes, a los que los dioses quieren perder primero los enloquecen.

-¡Qué barbaridad! -exlamó Mela- ¡Por unos versos, por unos tristes y absurdos versos! Pero los poetas ¿no sois inmortales? ¿Qué le costaba esperar? ¿Por qué tenía que competir con el César? A quién se le ocurre, pero a quién se le ocurre. Tendría que haber aprendido de ti. Tú sí que eres un maestro de delicadeza, tú sí que vivirás muchos años.

-No estoy seguro de si eso es un elogio o un reproche -dijo Petronio-, pero viniendo de ti, lo tomo como un elogio.

Mela permaneció unos instantes en silencio, pensativo.

-Si es cierto eso que me has dicho -dijo a continuación-, y creo que lo es, si es ésa la causa de su trastorno, conociendo como conozco a mi hijo, puedo afirmar, sin duda de ninguna clase, que está perdido, definitivamente perdido.

-Tampoco hay que exagerar, Mela -dijo Petronio-. Lo que tendría que hacer Lucano es retirarse, dejarse ver lo menos posible.

-Es incapaz de eso -afirmó Mela con energía-. Lucano no es de los que saben sortear los obstáculos: pretende derribarlos a cabezazos. Pero no quiero hablar más del asunto, no pienso gastar ni una palabra más ni un pensamiento más por un loco que ha decidido lanzarse al precipicio, por muy hijo mío que sea.

Mela se puso en pie. Cuando Petronio y yo íbamos a levantarnos también, se volvió a sentar aproximando su silla a las nuestras, puso la mano en la rodilla de Petronio y en tono confidencial, dijo:

-He de hacerte una proposición magnífica, increíble. Seguro que te interesará.

-¿De qué se trata?

-A treinta millas de aquí, en dirección al sur, hay una finca fabulosa que busca comprador. Una casa digna de un príncipe, entre bosques magníficos y grandes extensiones de tierras de cultivo, con docientos esclavos expertos en tareas agrícolas. Y todo por una ridiculez, por una auténtica miseria. Si quieres verla, yo mismo te acompañaré.

Iba a hablar Petronio cuando en la entrada del jardín aparecieron Eutimio y otro muchacho.

-¿Qué ocurre, Eutimio? -preguntó Petronio.

Eutimio avanzó unos pasos :

-Este muchacho viene de la casa de Epícaris, y dice que tiene un mensaje para el ilustre Mela de la máxima urgencia.

-¡Vaya, por Hércules! -exclamó Mela- Veamos cuáles son las urgencias de las mujeres. Acércate.

El mensajero se acercó. Petronio y yo nos levantamos y nos apartamos unos pasos. El muchacho se inclinó junto a Mela y le musitó unas palabras al oído. Mela hizo con la mano un gesto para que repitiese. El muchacho le volvió a hablar al oído. Mela lo despidió con un gesto. Vi cómo el mensajero y Eutimio se retiraban. Cuando volví la mirada hacia Mela quedé impresionado.

Su rostro se había vuelto blanco, tan blanco como su túnica. Se levantó con cierta dificultad, como si sus piernas apenas le sostuvieran.

-Han detenido a Epícaris -dijo, mirando a ninguna parte.

-Epícaris es la amante de Mela -me informó Petronio cuando nos quedamos solos.

-Debe quererla mucho. Estaba muy afectado.

-Sí, demasiado afectado.

-¿Demasiado?

-Mira, no creo que el amor que Mela sienta por su amiga llegue a producir esos efectos. Aquí hay algo más.

-¿Tienes idea del posible motivo de la detención?

-No, ni idea. Pero, a la vista de la reacción de Mela, hemos de pensar que él sí conoce el motivo… Y que no sólo lo conoce, sino que está metido hasta el cuello.

-Perdona mi insistencia, Petronio, pero tengo la impresión de que sí sabes o supones algo.

-Horacio, amigo, recuerda a Horacio: «Tú no preguntes…»

Tu ne quaesieris (scire nefas)

(CONTINÚA)

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