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Fragmentos y comentarios auténticos sobre la obra de Antonio Priante.

VIEJO MUNDO NUESTRO VII

Y AHORA ¿QUÉ?

Este capítulo no tiene ninguna gracia.

No hallará en él el lector nada del costumbrismo nostálgico de El cine;

ni del lento y callado desarrollo del niño de El Colegio;

ni de los poéticos veranos de la infancia y adolescencia de Valldoreix;

ni del enriquecedor pero indeciso paso del joven por La Universidad;

ni del interludio sociolingúístico de La familia, la lengua;

ni del mundo de contrastes y extrañamente mágico de  La Mili.

No hallará nada parecido a eso.

Este capítulo es la historia de una derrota.

No importa que, más allá del relato, la historia total acabe bien. Incluso muy bien, en relación con el esfuerzo empleado.

Ahí están, para mostrarlo, mis obras escritas y, en la vida no imaginaria, Pilar, la amada compañera de mi vida; Toni, rico en cualidades, hijo quizá no merecido; Eulàlia, la querida y sabia madre de mis nietos, y finalmente, quiero decir, triunfalmente, los pequeños Romà y Adrià, con la misión de desmentir, con el tiempo, a los agoreros del futuro.   

En este presente luminoso, no obstante la proximidad de lo inevitable, nada justifica pasar de nuevo por el Purgatorio. 

Este capítulo no lo escribiré.

                       ACTA  EST  FABULA, PLAUDITE

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VIEJO MUNDO NUESTRO VI

LA MILI

Un mediodía azul,

un mar llamado tenebroso,

unas gaviotas blancas.

Una larga muralla marinera,

un vino claro más que el oro.

Unos veinte o diecinueve años.

Un mundo que se va,

nada que viene.

                                         Volveré a tu isla fondeada

                                         en el extremo peninsular del tiempo.

                                         Subiré por tu istmo desolado

                                         entre las noches del mar y la bahía.

                                         La sal, las estrellas y la brisa

                                         de todos los océanos

                                        abrirán las ventanas de mi sueño.   

                                          (Barcelona, 1979)

Fue Miguel Ángel quien me convenció para que me lanzase a la aventura. Aunque la verdad es que no necesitaba que me convenciesen y que la aventura consistía en estar unas temporadas fuera del nido, mediante la elección voluntaria del lugar y la forma de cumplir el servicio militar.

El servicio militar obligatorio (vulgo, la mili) dejó de existir en España en 2002. Hasta entonces, pasar por la mili entorno a los veinte años de edad era absolutamente obligatorio. Lo que suponía abandonar tus actividades particulares y someterte, durante un período de uno a dos años, al capricho, quiero decir, a las órdenes de unos señores con estrellas o galones o medallas o con todo junto.

Había procedimientos para endulzar el trago, todo dependía de las posibilidades socioeconómias de la familia, y también de saber aprovechar las oportunidades que la misma ley ofrecía. Entre éstas estaba la posibilidad de presentarte como voluntario antes de la llamada oficial, lo que te permitía elegir el cuerpo y, según como, el lugar de destino, y también la de acogerse a las ventajas (por llamarlo así) que se ofrecía a algunos colectivos, a los estudiantes universitarios, por ejemplo. Consistía esto último en la posibilidad de incorporarse a la «milicia universitaria» para prestar el servicio durante los veranos y así no interrumpir los estudios. En el caso de los que optaban por la Marina (Milicia Naval Universitaria), como era el nuestro, los requisitos esenciales eran: haber aprobado el segundo curso de la carrera, presentar la solicitud correspondiente y, en algunas zonas del país (no en la nuestra), debido a la cantidad de solicitudes, contar con las influencias o enchufes suficientes.

Nosotros teníamos todo lo necesario. En especial la ilusión de embarcar para alejarnos de nuestro mundo de cada día. Porque se trataba del mar. Y el destino era San Fernando-Cádiz.

Rumbo al Sur

A las cinco de la tarde del día 6 de junio de 1959, zarpaba del puerto de Barcelona el Ernesto Anastasio, buque que cubría la línea regular Barcelona-Canarias, con parada en Cádiz. En él íbamos nosotros, y con nosotros nuestras ilusiones.

Del curso, a parte de Miguel Ángel recuerdo a Juan Esteve, tipo activo y espabilado, al que apenas había tratado hasta entonces, pero que durante tres veranos había de ser uno de los compañeros más próximos. Por lo demás, la composición del pasaje era muy heterogénea, como corresponde a una línea de transporte regular. La embarcación estaba dividida en tres clases. División, que no sería muy rigurosa cuando deambulábamos sin problema por todo el espacio en busca sobre todo de los puntos de bebida, llamados Bar. Recuerdo una reunión animada en el bar de segunda, donde un chico – quizás el mismo José Luis – cantaba y tocaba la guitarra y pude oír por primera vez una simpática cancioncilla que había de ponerse de moda aquellos años, Mariquilla bonita. 

El viaje fue placentero; el tiempo, primero despejado, luego nublado. No se puede decir que navegábamos en alta mar, porque la tierra apenas se perdía de vista. El único inconveniente era dormir en lo alto de una litera y con el continuo traqueteo de los motores próximos. Pero, después de la segunda noche, amanecíamos ante la silueta resplandeciente de Cádiz.

Era el 8 de junio; nuestra incorporación debía efectuarse en la mañana del 10. Teníamos dos días completos para dedicarlos a la ciudad. Miguel Ángel, Juan Esteve y yo nos alojamos en un Colegio Mayor Universitario, situado frente al Parque Genovés. Desde ahí, los tres juntos, en pareja o cada uno por su cuenta, pateamos las calles, plazas y jardines de la ciudad antigua. También fuimos al cine, conocimos un par de restaurantes y en varias de las incontables tabernas nos deleitamos con los vinos finos del país a precios escandalosamente baratos, siempre acompañados por alguna tapa no pedida. 

A primera hora de la mañana del tercer día, no recuerdo si en un taxi entre los tres o más probablemente en el autobús de línea, nos trasladamos a la vecina San Fernando y nos presentamos en la Escuela de Aplicación de Infantería de Marina.

Brutal caída y lenta recuperación

Recurro a mis notas escritas en directo para dar una idea de lo que me sobrevino entonces.

10 y 11- VI-59

Dos días negros. Los primeros de la mili. Al entrar en el cuartel, en la compañía, todo se me fue abajo. Lo peor son las pequeñas molestias. No hay taquillas ni cubiertos decentes. Las literas son de tres pisos bamboleantes. Depresión.

12-VI-59

¿Qué hago yo en San Fernando? Reconocimiento médico. Después de la comida: punto máximo de depresión. Ducha. Tras ella, todo se aclara un poco, se anima. Leo algo de Conversaciones. Cena. Vino. Contemplo a Miguel Ángel cosiendo.

El hecho de haberme decidido a proseguir estas notas es ya significativo. Esperé y acepté esto, tal vez en menor grado, pero no quise imaginármelo claramente. La representación quizá hubiese traído el arrepentimiento. Y sin embargo, ¿hubiera sido lo mejor? El tiempo será el encargado de contestar.

Pero el tiempo avanzaba muy lentamente. Encerrados en el cuartel por problemas del uniforme «de paseo» y por la misma postración moral, no vimos la luz del exterior hasta el décimo día.

El cuartel (la Escuela de Aplicación) era una especie de anexo del imponente edificio del Tercio Sur de Infantería de Marina. El tiempo en él estaba repartido en distintas actividades. Después del desayuno tocaba la «instrucción» en el llano junto al cuartel. A las diez, clases teóricas de materias tales como ordenanzas, topografía, tiro, nomenclatura naval, etc. Hacia las dos, almuerzo y luego siesta. Después, una hora o más, no recuerdo bien, de «estudio», que cada cual empleaba a su manera (yo, generalmente, en un aula destartalada y vacía de arriba, desde cuyas ventanas se contemplaba el llano y algunos edificios de la Marina, donde me dedicaba a leer, a escribir breves notas o pensamientos y a atender la correspondencia postal con familiares y amigos). Creo que a las cinco de la tarde se reanudaban las clases, por lo general plomizas y claramente desfasadas.

Estos horarios, sobre todo los de las mañana, se rompían regularmente a causa de las marchas que se realizaban, a pie, o de los ejercicios de desembarco. Consistían estos en meternos en un barco de transporte de soldados y, cerca ya de la playa «enemiga», descender por una redes hasta unas barquitas que nos llevaban hasta tierra y allí ponernos a correr como locos con el armamento a cuestas. Lo cual solía acabar con una comida campestre y una siesta entre las hormigas y algún que otro camaleón, que aún los había.   

Se supone que toda esa instrucción, tanto la práctica como la teórica, estaba pensada para hacer de nosotros buenos oficiales, porque he olvidado decir que, superados los tres veranos, te convertías en «oficial de complemento» (teniente de infantería de marina en nuestro caso), lo que te obligaba a prestar cuatro meses más de servicio o prácticas, pero entonces como oficial y con el correspondiente sueldo.

Las salidas o permisos de paseo se autorizaban a partir de media tarde, y también los sábados y domingos por la mañana para el resto del día. Para salir, era necesario superar la revista de francos (nada que ver con el señor que lo controlaba todo desde Madrid), en la que se comprobaba si el aspirante llevaba la chaqueta bien limpia, los botones relucientes, la gorra en condiciones, etc. para representar dignamente a la Marina española ante la población civil.

Mi primera salida tuvo lugar un sábado a las dos y media. Junto con Miguel Ángel, Juan y otros tres compañeros nos dedicamos a conocer un poco la ciudad, tomamos algún refresco en La Mallorquina, concurrido establecimiento situado en el centro y, a media tarde, uno de los compañeros, pariente de marinos ilustres (algunos lo eran) nos llevó al Club de Campo, donde se reunía la buena sociedad del lugar, y nos presentó a una prima suya, con las correspondiente amigas. O sea que iniciamos la vida social, que, por mi parte, no pasó de un tono menor. 

En realidad durante todo el primer verano mis salidas por San Fernando y mis contactos con la población civil, quiero decir con las niñas bien, fueron escasas, cosa que cambiaría poco a poco, sobre todo en el tercer verano. Más frecuentes y gratificantes eran las salidas hasta Cádiz los sábados y domingos desde la mañana, con baño junto a la Venta del Moro, en la playa de la Victoria, almuerzo opíparo en Pasaje Andaluz, paseo o cine y vuelta a San Fernando hacia las siete para asomarse al Casinillo, lugar de encuentro de milicias (nosotros) y gente del país (ellas). 

Pero veo que me extiendo demasiado. Si sigo a este ritmo, se romperán las proporciones mínimas vagamente pensadas para los capítulos de este historia y, además, teniendo en cuenta mi edad y la materia que voy tratando, fácilmente se me tildará de abuelo cuentabatallitas. Así que, en lo que resta, me limitaré a dar unos breves apuntes sobre unos pocos temas esenciales.

Oficiales y chusqueros

En general los militares no son malas personas. Solo que viven en otro mundo, un mundo construido por mentes infantiles, donde importa mucho la geometría y la estética de la parafernalia, aunque, a la hora de la verdad, tienen que preguntar al humilde corneta cómo coño se monta tal detalle de tal ceremonia, una jura de bandera, por ejemplo (lo he visto con mis propios ojos). Suelen ser muy rigurosos o muy laxos, según cómo y con quién, o sea, muy arbitrarios. Tienen un especial sentido del honor y de la dignidad, y no digamos ya los de Marina, que se creen los aristócratas de las fuerzas armadas y, de hecho, muchos de sus apellidos no lo desmienten. Los oficiales jóvenes, sobre todo, sentían por nosotros, los milicias, una mezcla de desprecio y de envidia. Venían a decir – o lo decían claramente – que éramos unos niños de papá, sin ninguna vocación militar, que estábamos ahí solo para disfrutar de unas vacaciones pagadas por el Estado. No iban muy desencaminados. Todo lo dicho en este párrafo se refiere a los militares de carrera, no a los de otra raza inferior con los que en ciertos momentos estaban obligados a convivir. Y, por supuesto, se refiere a principios de los años sesenta del pasado siglo. No sé cómo habrán cambiado las cosas, si es que han cambiado.

A los componentes de aquella otra raza inferior de militares se les llamaba chusqueros, término despectivo que designaba a los suboficiales, individuos que, después de cumplir la mili normal, se habían reenganchado en el ejército; podían alcanzar las categorías inferiores, pero no las de los militares de carrera. Había que tener cuidado con ellos;  abundaba la mala gente: muy sumisos y rastreros con los superiores, y déspotas y crueles con los inferiores. No todos, por supuesto. 

Grandes (de España) y pequeños (de la periferia)

Antes he apuntado que, entre los estudiantes de la zona de Madrid, había un fuerte interés en ingresar en la Milicia Naval Universitaria, cosa que creo que no sucedía en ninguna otra de España. Habida cuenta que las plazas eran contadas, esto propiciaba una dura competencia entre los aspirantes; competencia que, como es normal, se resolvía siempre en favor de los mejor situados, quiero decir, de los hijos de las familias con más dinero e influencias.

Un pequeño grupo de los llegados de Madrid formaban la élite de la promoción; élite no en el sentido intelectual o profesional, sino en el meramente social. Había por lo menos un marqués y un conde. Recuerdo al que llamábamos el marquesito. Había llegado al volante de su potente MG, que no se cansaba de lucir con ocasión de los permisos de salida. O sin ellos.

Y es que una noche vi una escena alucinante, que confirmaba lo que se rumoreaba por ahí. Me había levantado, o mejor dicho, descendido, de mi litera; me acerqué a un ventanal y vi cómo unos hombres, entre los que pude distinguir a uno de los suboficiales principales, abrían con sigilo la gran puerta metálica de entrada y salida de vehículos; y luego cómo empujaban el rojo MG y otro coche, con los motores apagados, en los que iban el marquesito y supongo que el conde y otros  amigos. Se decía – yo apenas había dado crédito hasta entonces – que se llegaban hasta Fuengirola o Torremolinos, pasaban allá la noche de juerga y estaban de vuelta antes de que tocasen diana. ¿Cómo podían afrontar las actividades de la jornada siguiente? Fácil: en la enfermería. Resulta que a uno le dolía esto, a otro aquello. Y allí descansaban buena parte del día. Y hasta la siguiente ocasión.

A un soldado corriente, aquello le hubiese supuesto una fortísima sanción. Además, nunca habría contado con los medios y ayudas necesarias para perpetrarlo. A nosotros, los periféricos, aquello nos sonaba a película de ficción, pero nos ayudaba a acabar de comprender cómo funcionan la sociedad y el mundo.      

Milisiah y cañaíllah

[Diccionario brevísimo de urgencia :  Cañaílla = Natural de San Fernando  /  Floho = Desganado, vago  /  Milisia = Miembro de la Milicia Naval Universitaria  /  Niña = Chica, muchacha  /  Niña chica = Niña.]

 Una tarde, en el Casinillo, le pregunto a una niña:

Oye, ¿cómo es que las chicas de aquí salís siempre con «milicias», como decís. ¿No hay chicos en San Fernando?.

Uuuh, es que los cañaíllah son mu… son mu… floho.

¿Flojos? ¿Qué quieres decir?

Floho, que son… floho.

Vale. Entendido: no había competencia ni peligro alguno por parte de los indígenas.

Esta situación tan favorable no logró motivarme para que me lanzase al juego del mariposeo amoroso durante el primer verano. Solo alguna que otra visita al Casinillo y al Club de Campo, con la consabida conversación, más o menos banal, con alguna niña y el consiguiente baile, a veces por pura cortesía. Y así continuó la historia en el segundo verano, excepto por un hecho destacable: el rayo que me alcanzó desde unos ojos de azabache y una voz grave y ronca. Elo, perdida antes de alcanzarla, como otras veces me ha sucedido en la vida.

El tercer verano estuvo en este aspecto marcado por la más absoluta y placentera normalidad. Conocí a una niña con planta de mujer y, a veces, con discurso de niña chica. Era de Jerez y pasaba el verano en San Fernando en casa de unos parientes. Simpatizamos al momento. Salíamos juntos siempre que podíamos. Íbamos al Casinillo, al Club de Campo o a algunos de aquellos fabulosos cines al aire libre, con la pantalla en frente, las estrellas en lo alto y nosotros amartelados en las incómodas sillas de madera. A veces salíamos acompañados de dos amigas suyas con las respectivas parejas; las dos eran un encanto absoluto. No me cansaré de repetir lo buenas y dulces que son las dos, tanto que al repasar las viejas notas de entonces (como la que acabo de transcribir), me emociono. La última tarde, ya vestidos de paisano, los seis a la Venta de San Lorenzo, en la carretera de Cádiz. Entre salinas. Cielo estrellado como nunca. Apuramos los últimos momentos. No está dispuesta a dejarme marchar. Con qué furia toma mi mano entre las suyas.

A la mañana siguiente nos acompañan a la estación. Últimos momentos. Ella me coge la mano con más fuerza que nunca. ¡Si pudiese detenerme! Pero llega el tren. Me rodea el cuello, nos besamos… Oh, Mary, Mary. Adiós.    FIN

Oficial y caballero (de complemento)

Una vez finalizado el tercer curso de la Milicia, convertido en teniente de infantería de marina, de complemento, tenías que decidir cuándo – dentro de un plazo de tiempo que no recuerdo – y dónde – entre las tres capitales de los departamentos marítimos de entonces: San Fernando, Ferrol o Cartagena – preferías cumplir los cuatros meses de prácticas como oficial. Muchos compañeros, todos los más próximos, eligieron Ferrol o Cartagena por aquello de cambiar de ambiente; yo me decidí sin dudar por San Fernando. Había pasado más de un año desde que la dejé y me sentía invadido por la nostalgia.

¿Qué ocurrió en el año y medio transcurrido entre la partida – de allá – y el retorno? Que inicié las actividades como ayudante de cátedra en la Universidad, sin convencimiento apenas iniciadas; que mantuve un noviazgo durante los últimos cinco meses, sin convencimiento apenas… En fin, que mi decisión no solo me devolvía a la isla soñada sino que me liberaba temporalmente de problemas e indecisiones.

Y el 1 de marzo de 1963 estaba de nuevo en San Fernando. El panorama era muy diferente de cómo lo dejé. Para empezar, no encontré a nadie conocido. Ni conocida. Mary debía de estar en Jerez; tampoco apareció ninguna de las amigas. Entendí que el hecho de haberme presentado en aquella época del año alteraba sustancialmente el panorama conocido en pleno verano. 

También la situación personal era radicalmente distinta. Cosa lógica, porque ya no era un simple soldado-alumno sino todo un señor oficial, con derecho a residir en la Residencia de Oficiales. A lo cual naturalmente me acogí: era la situación más económica y más cómoda por su proximidad con el Tercio, de hecho en el mismo edificio, en el extremo opuesto del cuartel de los tres veranos. También cobraba el sueldo correspondiente a la categoría, en su versión mínima, supongo, que me daba lo suficiente y algo más para todos los gastos.

El trabajo era el propio del puesto. Consistía básicamente en mandar una sección de soldados, incluidos los suboficiales, y es fácil mandar cuando el mandado no tiene más remedio que obedecer. Pero en algún aspecto podía ser peligroso. La tarea era llevadera; la responsabilidad, enorme. Cuando me tocaba de oficial de guardia, por la noche me convertía en el máximo responsable de lo que pudiera ocurrir en todo el recinto del Tercio, con sus cuatro mil hombres. Si lo pensabas bien, era como para sentirse angustiado. Así, que no lo pensaba.

Con mis colegas militares (todos de carrera, ninguno de «milicias»), apenas tuve más trato  que el indispensable por las cuestiones del servicio y por el hecho de estar en la Residencia, en cuyo bar pasaba algún ratito e incluso jugaba alguna partida de ajedrez. Recuerdo a un comandante que le encantaba jugar conmigo, porque me ganaba en cuatro jugadas. Siempre he sido un mal jugador, y no solo en el ajedrez. 

Lo que no recuerdo es cómo  conocí a Mari-Carmen o, mejor dicho, cómo pude conocerla. Pero antes de entrar en esta materia convienen un par de aclaraciones.

Primero, que, si bien no encontré la gente del último verano, entré enseguida en el tipo de sociedad que me agradaba, con bastantes niñas y ningún cañaílla (no es que estos me desagradasen, es que no estaban). Segundo, que, ignoro por qué razón, había abandonado la costumbre de escribir notas prácticamente diarias (de aquellos meses, solo conservo algunas divagaciones sobre el poeta Yevtushenko y otras pretendidamente filosóficas, junto con algún lamento existencial), lo que me dificulta la detección de los recuerdos dormidos, que tanto me ha ayudado para escribir los párrafos relativos a los tres veranos.

Entre las nuevas amistades destacan en el recuerdo dos hermanas encantadoras, Margarita, más bien bajita, unos veinte años, y Charo (creo), delgada y más bien alta, unos dieciocho. Con ellas, y con otras personas que no consigo ahora sacar del olvido, pasé plácidamente aquellos meses.

Mari-Carmen era un ser aparte. Antes he apuntado que no recuerdo cómo pude conocerla. Y es que ella no pertenecía al grupo de esas «otras personas», ni a ningún otro grupo. Yo, al menos, la veía como un ser aislado que iba por su cuenta. Era esbelta, sinuosa, elástica en su andar y en todos sus movimientos. Nunca la vi acompañada de nadie…Entonces ¿quién me la presentó? ¿Cómo la conocí? No lo sé. Salvando el bache oscuro de la memoria, me veo con ella, en bares, en parques y paseos, en la playa. Sobre todo algunas tardes en cierta playa entre las dos ciudades. Todo lo que supe de ella, por ella misma, era que pertenecía a una familia numerosa y que vivía en la afueras de San Fernando en una gran casa. Debió de aparecer a principios de mayo; desapareció a finales de junio, unos diez días antes de mi partida. Todos mis intentos de ponerme en contacto con ella, sobre todo por teléfono, fracasaron.

Margarita, a quien yo había confiado mi historia, me dijo que aquello era normal; que toda niña que salía con un milisia, en cuanto veía que el romance no iba a desembocar en algo práctico y seguro, desaparecía. No les gustaban las despedidas. ¡Cómo me acordé de Mary, de su gran, enorme corazón!  

El final de aquellos cuatro meses no tuvo nada que ver con el final romántico y peliculero del último verano. Más bien creo que fue gris y un poco tristón. El caso es que mi memoria también se negó a registrarlo. Supongo que me despedí de las dos hermanas y de otras varias personas. Por cierto, hay una anécdota que sí ha conservado la memoria y que a continuación ofrezco para cerrar el capítulo.  

Un día invité a Charo a dar una vuelta por Cádiz y a visitar una especie de pub-disco que estaba de moda (Whisky and Rock, se llamaba, qué cosas tan tontas se recuerdan a veces). Charlamos, bebimos, bailamos, pagué y nos volvimos a casa en el autobús. Al encontrarnos con Margarita, imagino que en el Casinillo, ésta preguntó a Charo cómo había ido. Muy bien, contestó la hermana en mi presencia, Antonio es un caballero.

Toda mi carga genética andaluza todavía no me ha permitido descifrar si aquello era un elogio o un reproche. 

  Próximamente: Y AHORA ¿QUÉ?

  

        

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VIEJO MUNDO NUESTRO V

LA FAMILIA, LA LENGUA

Nací en Barcelona diez meses después del fin de la guerra civil, en un piso de la calle Padilla, a un paso de la Gran Vía y a dos manzanas de la plaza de toros Monumental.

Bueno, en realidad nací en una clínica, como ya era costumbre en todas las familias que podían. Dos años antes había nacido mi hermano Adolfo y año y medio después aproximadamente nació mi hermano Juan. Mi hermana Matilde se hizo esperar más; de hecho se la esperaba en mi lugar y, con mayor ansiedad, en el lugar de Juan. Pero no nació hasta 1947; en esta fecha ya habíamos cambiado de domicilio, desplazándonos poco menos de un kilómetro hacia el centro, pero sin alcanzar la zona noble de la derecha del Ensanche, modernista y señorial.

Mis padres, que se casaron bastante mayores para lo que se usaba en la época (él 37 años, ella 29), habían vivido toda la vida de solteros en el mismo barrio donde se instalaron al casarse y donde nacimos los tres hermanos. Se conocieron en un centro cultural católico, donde el joven Adolfo (así se llamaba él), quedó prendado de aquella niña que recitaba de una manera tan segura y tan desenvuelta. Las familias eran amigas, o se conocían, pero no fue hasta muchos años después que Adolfo pidió en matrimonio a Victoria (así se llamaba nuestra futura madre). Se casaron en junio de 1936, un mes antes de que estallase la guerra.

Los orígenes

Los orígenes son siempre oscuros. Tanto los de las naciones como los de las familias. La oscuridad de los orígenes de las naciones tiene fácil remedio: se inventa un pasado fantástico y a ser posible poético y se ofrece al pueblo para que crea en él. Y el pueblo cree. Y se montan celebraciones y conmemoraciones, y el pueblo cree más. Así se ha hecho siempre, desde Roma con su Eneas y compañía arribando a las costas del Lacio y la loba amamantando a los pequeños, hasta las modernas naciones con toda su variedad de mitos fundacionales. La oscuridad de los orígenes de las familias es de más difícil solución. De hecho, solo las familias nobles, o con mucha prosapia, pueden gestionarla al estilo de las naciones: con toda la fantasía necesaria.

De los orígenes de mi familia poco puedo decir. Y me confieso culpable de esta ignorancia. Siempre adopté la postura del Tenorio (son pláticas de familia de las que nunca hice caso), y ahora resulta que, al evitar historias plomizas, dudosas o contradictorias, chismorreos, reproches cruzados, etc., me perdí también la historia mínima que entiendo  – sobre todo ahora – que debería conocer.

Todo lo que sé de la parte de mi padre es lo siguiente:

Nació en Barcelona, en 1898, no lejos del barrió en que vivió toda la vida; fue bautizado en la iglesia de Sant Pere de les Puel·les. Su padre, Santiago, nacido en Barbastro, se había instalado en Barcelona con su creo que segunda esposa (Antonia o Tomasa, ni siquiera eso está claro), natural de Zaragoza, después de una vida azarosa y de haber tenido por lo menos otro hijo de un matrimonio anterior. En nuestra ciudad creó una mínima empresa metalúrgica, que su hijo, nuestro padre, supo engrandecer. Además de a mi padre tuvo otro hijo (Santiago) y una hija (Carmen), que murió joven.

El padre del padre de mi padre, o sea, mi bisabuelo, como se dice para simplificar, había nacido en San Costantino di Rivello, localidad de la Basilicata, región situada al sur de Nápoles (Italia) y no sé exactamente si se dedicaba a la agricultura o a la calderería, pero, por las actividades de sus descendientes, más bien me inclino por lo segundo. Debió de emigrar a España a principios del siglo XIX, si su hijo ya nació aquí en la década de 1820, como parece. Es por lo tanto imposible que, como en la familia se ha pensado a veces, tuviese algo que ver con la pequeña emigración italiana que se estableció en Gerona a finales del siglo XIX, que incluía a un Salvatore Priante y un Blas Magaldi, ambos también de San Costantino, luego emparentados, quienes se afincaron y prosperaron económica y socialmente en la mencionada ciudad catalana. Lo curioso es que ambos Priante, el de Gerona y el de Barbastro, coincidían en el lugar de nacimiento, el apellido y quizá en el oficio. Es lógico pensar que alguna relación de parentesco habría.

Como antes he apuntado, mi padre supo ganarse una holgada posición económica que nos permitió, a los hijos, crecer en un ambiente de relativo bienestar. Quizá fuera esa necesidad de esfuerzo y superación lo que le llevó a preferir, sobre todas las demás, la lectura de las biografías de grandes personajes, de esos que se habían hecho a sí mismos, desde Napoleón y Goethe hasta Henry Ford y Mussolini. Incluso un ejemplar de Mi lucha, de Hitler, andaba por casa, lo que da una clara idea de su obsesión por las personalidades fuertes, ya que él nunca tuvo inclinaciones fascistas ni nazis; por el contrario, en pleno régimen de Franco no dejó nunca de declararse demócrata (en la intimidad, claro está). También gustaba de la novela policíaca, la de personajes como, Nick Carter, Sherlock Holmes, Raffles, etc. Y el teatro de salón, tipo Jacinto Benavente.

Todo lo que sé de la parte de mi madre es lo siguiente:

Nació en Esparreguera, en 1907, localidad a orillas del Llobregat, no lejos de Barcelona. A sus tres años, la familia (padre, madre y siete hijos) se trasladó a esta ciudad. Excepto ella y su hermana menor, la más pequeña, nadie de la familia había nacido en Cataluña. Eran de Andalucía.

¿Cómo y porqué se habían trasladado de una punta a otra de la península? Con permiso de mi hermana Matilde, transcribo unas líneas de su interesante Sensaciones, donde, entre otras cosas, reúne recuerdos sobre la familia:

Mi abuela pertenecía a una familia acomodada de clase media [de Sevilla], y había sido educada siguiendo las normas de aquella época, mediados y finales del siglo XIX. Se casó con mi abuelo muy joven y aún siendo también él de buena familia y con carrera, era abogado, su vida fue un desastre. Mi abuelo era el típico señorito de entonces, jugador, juerguista y mujeriego. Un hombre encantador y divertido en el trato, cariñoso con sus hijos pero irresponsable hacia la familia. Se trasladaron de Sevilla a Esparreguera, mi abuelo con un puesto de contable en la Colonia Sedó. Su familia le consiguió el puesto con la esperanza de que en un pueblo alejado de la ciudad consiguiera su estabilidad.

Aquella esperanza no se cumplió. El simpático don Manuel Abollado, nacido en Sanlúcar de Barrameda, siguió con sus aficiones, la principal, el juego. Pronto perdió su empleo y sumió a la familia en la desgracia. Pero quizá no sea esta palabra muy aplicable a los Abollado. Cierto que todos los hijos, incluso la todavía niña Victoria, tuvieron que ponerse a trabajar a edades muy tempranas, cierto que las estrecheces económicas fueron muy importantes y que la que más sufrió fue la madre, pero no es menos cierto que en la familia nunca dejó de ocupar un sitio principal la alegría, el buen humor y una guasa típicamente andaluza, rasgos que habían de poner nervioso en ocasiones a mi padre, cuya seriedad aragonesa chocaba con aquel mundo un poco incomprensible para él.

En aquella familia todos amaban el arte, en especial la poesía, la música (la canción) y el teatro. Alguno de ellos (varón, por supuesto), solía actuar en compañías más o menos profesionales y, desde siempre, organizaban en el propio domicilio representaciones a base de teatro, canto y poesía. Estas actuaciones solían ir precedidas del recitado, por parte del más pequeño o pequeña, de unos versos introductorios escritos para estas ocasiones por el padre, finalmente desaparecido no se sabe por dónde. Todavía nosotros, los pequeños Priante, asistimos y creo que de alguna manera participamos en alguno de estos actos en casa de una de nuestras tías. Por cierto, que entre mi hermana Mati y yo hemos podido reconstruir, de memoria, unas frases de aquel texto introductorio:        

Respetable concurrencia,                                                     

como artistas de afición

pedimos benevolencia

al levantarse el telón.

Es grande nuestra osadía…

… que la misma Talía

nos habrá de perdonar…

Esta vocación artística-teatral la arrastró nuestra madre toda la vida. Ella misma nos contaba que, siendo todavía muy joven, después de verla actuar en una de aquellas representaciones, la entonces famosa actriz María Vila propuso a la madre que, si aceptaba, ella convertiría a su hija en una gran actriz. Imposible. Esta era una línea que no se podía traspasar. Una señorita de buena familia no podía formar parte de la auténtica farándula. 

Pero, de diversas maneras, siempre mantuvo aquella querencia, claramente ligada a su temperamento, por el teatro y la poesía dramática. Durante nuestra infancia en Valldoreix organizaba de vez en cuando representaciones teatrales con nosotros y otros niños como actores, a las que acudían veraneantes de los contornos (más que nada a contemplar y a aplaudir a sus pequeños). Ella misma preparaba los textos de obras que sacaba de aquí y allá: la recuerdo, semanas antes de la fecha de la representación, absorta, revisando, acotando los textos para adecuarlos a los pequeños actores. En las fiestas o reuniones con las amistades de la familia siempre había alguien que le rogaba que recitase algo – en los últimos tiempos no eran necesarios los ruegos -, a lo que ella accedía complacida. A mí me encantaba especialmente – aunque con el paso de los años empezó a cansarme un poco – el recitado de La Pubilleta, de Frederic Soler, Pitarra, por la emoción que sabía trasmitir y por contemplar cómo a algunas señoras de la concurrencia les saltaban las lágrimas. Por cierto, en un catalán perfecto, que no era su lengua materna, pero que hablaba desde su juventud.

La lengua

En casa se hablaba el castellano, lengua de las familias de padre y madre. Y sin embargo, no recuerdo ninguna época de mi vida en la que no entendiese el catalán. Esto se debe a dos hechos: primero, que el catalán estaba bien vivo a nivel popular, no obstante la marginación a la que le tenía sometido la dictadura, y  bastaba salir a la calle para oírlo – o sea, más o menos lo contrario de lo que ocurre ahora, que está bien vivo a nivel público y oficial, de lo que se encargan las autoridades autonómicas, pero cada vez se oye menos en la calle. Y segundo: que también se oía en casa, porque mi madre habló en catalán primero con una criada valenciana, y luego con otra catalana – sí, aún se daba esto -, para escándalo de uno de mis tíos, hermano mayor de mi madre (como en toda familia numerosa las ideas de sus miembros abarcaban todo el espectro político), quien le espetó ¿Y tú te rebajas a hablar con la criada en catalán? A lo que ella contestó con la contundencia que usaba en tales ocasiones.

La relación entre catalán y castellano en Cataluña era complicada. Y más complicado aún resulta desarrollar una explicación comprensible para el que no la ha vivido. Y sin embargo, era asumida por los implicados con la mayor naturalidad y, diría, de una manera inconsciente. En la reunión de un grupo, por ejemplo, según el ambiente u origen de sus componentes predominaba uno de los dos idiomas, pero casi siempre había hablantes del otro, y todos intervenían en su propia lengua o, según los casos, dirigiéndose a su interlocutor en la de éste, detalle que, hay que reconocer, solo practicaban los catalanohablantes, quizá porque eran los que sabían expresarse en los dos idiomas.

Cuento esto en pasado cuando, de hecho, apenas ha cambiado nada. Todo sigue igual salvo cierto aumento del idealismo, es decir, de la actitud de ver no lo que hay, sino lo que, según las propias ideas, tendría que haber.

Durante toda mi infancia y juventud era costumbre, casi universalmente adoptada, que cuando una persona se dirigía a otra en catalán, que era lo normal siendo ésta la lengua propia y entonces claramente mayoritaria del país, en cuanto advertía que la persona interpelada hablaba en castellano, cambiaba a este idioma casi sin darse cuenta, y esto aunque presumiese que ese castellanohablante había vivido en Cataluña toda la vida. Y esta actitud, basada en los buenos modos y en la exhibición de cierta superioridad moral y lingüística, llegaba a veces a extremos increíbles.

Por ejemplo, recuerdo que me conmovía y molestaba al mismo tiempo lo siguiente (luego trato con detalle mi caso, que para eso estamos): estoy con un grupo de amigos y conocidos desde hace tiempo; de pronto, en lo más animado de la charla (en catalán, menos por mi parte) uno de ellos se dirige a mí y me dice ¿entiendes el catalán?  O sea que, de repente, le había asaltado la preocupación de si no me estaban dejando al margen por hablar ellos en un idioma para mí desconocido, cuando de sobra había de saber, por el tiempo que hacía que nos conocíamos, que me enteraba por igual cualquiera que fuese la lengua, de las dos, en que me hablasen.

Pero, ¿por qué no hablaba yo catalán?

Buena pregunta, y aquí estoy yo para responderla, es decir, para averiguarlo.

Ya de niño, el hecho de que en la familia se hablase solo castellano, no me impedía ver el mundo exterior, donde el otro idioma era más general o extendido. Hasta el extremo de que, en el Colegio, no recuerdo a qué temprana edad, empezó a resultarme realmente extraño que una lengua tan presente en la vida cotidiana de la ciudad en las aulas no existiese en absoluto. Y hasta me dio por compadecerme de aquellos compañeros que, inmersos en la catalanidad natural de la familia, tenían que luchar con una lengua que en gran parte les era extraña, además de con las dificultades propias de la asignatura. Esto era una ventaja para mí (y para algunos otros como yo), de la que era plenamente consciente. 

Y sin embargo, esa consciencia no me motivaba para integrarme en el grupo oficialmente discriminado, hablando su idioma. Era no sé si decir egoísta o perezosa mi postura.  Yo me sentía cómodo hablando mi lengua materna, todo el mundo me entendía, no me creaba ningún problema no hablar la otra, entonces ¿para qué esforzarme chapurreando, al menos al principio, una lengua tan respetable como la otra, pero que no era la mía? Y así me mantuve durante muchos años.

Y ahora, un ejemplo de lo que apuntaba antes de la normal diversidad intrafamiliar. En lo político y en lo no político, como es el caso. Aunque con el tiempo el caso ha sido también político.

En casa, mi padre era en cierto modo ajeno a esta cuestión, él hablaba castellano en la familia, y cualquiera de las dos lenguas en el exterior según procediese. Pero una cosa tenía clara: en el mundo de los negocios había que hablar catalán, sobre todo en el de la pequeña y mediana empresa, que era el que él frecuentaba. De manera que mi hermano mayor, Adolfo, quien, por aquello de la tradición o costumbre, había de seguir al frente del negocio familiar, tenía que corresponder en catalán a clientes y proveedores; lo mismo ocurría con el menor, Juan, quien también participaría directamente en la empresa.

Ningún problema por parte de ellos. Al contrario, una ayuda de donde hoy (y también entonces) parece a primera vista inimaginable: el paso por el servicio militar. Resulta que ambos, cada cual en su momento por la edad, hicieron la mili como voluntarios en Aviación (de tierra); resulta que esta opción era la preferida por muchos jóvenes de familias burguesas de toda la vida, cuyos padres, no sé por qué, podían mover así más fácilmente sus influencias y «enchufes», de manera que el chico no estuviese lejos de casa y hubiese facilidad de permisos, y de todo ello resulta que ambos hermanos, al hacer la mili, se encontraron como compañeros con una tropa de niños bien que, quizá como signo de protesta, solo hablaban catalán.

Mi caso fue totalmente opuesto: mi voluntariado en la Marina me llevó al otro extremo de la península, donde el catalán sonaba a la gente como su dialecto a nosotros (¿e ise, hoé? = ¿qué dices, joder?), y que el abuelo Manuel me perdone.

Así que mi hermana Mati y yo quedábamos fuera del foco de atención de mi padre en este tema: podíamos hacer lo que quisiéramos. Que en ambos casos fue nada

Pasé todo el período universitario, el del primer trabajo (en una editorial) y parte del segundo (en la administración pública), como perfecto monolingüe. Creo que en esta especie de obstinación pesaba – además de la comodidad y pereza antes mencionadas – la idea, apenas consciente, de que, si me incorporaba el otro idioma también como propio, perdería parte de mi personalidad o de mi estructura mental, o vete a saber qué, idea bastante absurda, si se piensa, pienso ahora, en personajes como Borges o como George Steiner. También pesaba, supongo, mi incapacidad natural para hablar lenguas, dándose el caso curioso de que yo, que he trabajado como traductor literario de tres idiomas, no soy capaz de hablar correctamente ninguno de ellos.

Pero una circunstancia vino en mi ayuda para dar el paso. Con la muerte de Franco y el fin de la dictadura, el panorama político cambió notablemente. Entre otras cosas, se restauraron las autonomías históricas como la catalana (y se inventaron otras), y se me trasladó, como funcionario, de la delegación del Ministerio de Trabajo español a la del flamante Departament de Treball del gobierno autonómico catalán. Y, una vez ahí, me pregunté si era correcto y normal que, ya reconocidos los derechos lingüísticos de la población, se atendiese a esa misma población solo en la «opresora» lengua oficial de siempre. Y me respondí que no. Así que empecé a hablar catalán con los representantes de las empresas y de los trabajadores, que eran mis interlocutores habituales y terminé hablándolo con el quiosquero de la esquina. Ah, y tengo que aclarar que, para tomar esa decisión, no hubo ninguna recomendación ni presión por parte de las nuevas autoridades, como no la hubo respecto a algunos compañeros que estaban más o menos en mi caso, pero que persistieron en su actitud hasta la jubilación.

Me había convertido en un catalanohablante normal. Y esa normalidad incluía la curiosa excepción que constituían las amistades de toda la vida. Y es que la cosa funcionaba así: habiendo ya dado el salto lingüístico, en una ocasión le comenté a un amigo de los tiempos de juventud que yo también hablaba catalán y que, por lo tanto, podíamos… A mí no me líes, me interrumpió, contigo siempre he hablado castellano y así seguiremos. Y así se hizo. Con él, y con todas las amistades antiguas, incluida mi esposa Pilar, catalana por los dieciséis lados, y mi hijo Toni, nativo bilingüe.

Ya antes he apuntado que la relación en Cataluña entre castellano y catalán es complicada. Basta considerar casos como el de la abuela que habla en una de las lenguas con su hijo y en la otra con el nieto o el del hijo que habla en una lengua con el padre y en otra con la madre, o el de la pareja en la que cada cual no deja de hablar su lengua materna, distinta de la del otro, y otras muchas combinaciones. Esta complejidad puede resultar extraña sobre el papel, pero si se observa en la realidad, se comprende que forma parte del flujo natural de la vida.

Algunas personas, normalmente de fuera de Cataluña – y de dentro, en sentido contrario -, no entienden o no aceptan esa realidad. Allá ellas con su mundo cuadriculado. Por mi parte, creo que toda posición es defendible. Mientras no salgan a relucir las espadas.

Próximamente: LA MILI

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VIEJO MUNDO NUESTRO IV

LA UNIVERSIDAD

Una de las pocas ventajas de las sociedades tradicionales, en las que todo está perfectamente pautado, es que, a la hora de tomar decisiones, tienes poco que pensar. Si yo era «el intelectual” de la familia – quizá porque leía mucho y por mi natural rechazo a los trabajos físicos, a arrimar el hombro –, estaba claro que me correspondía estudiar una carrera universitaria. Y si había de estudiar una carrera universitaria, no podía ser otra que alguna de la docena escasa que había en el mercado docente español. Sí, pero cuál.

Par délicatesse

Mi preferencia por el mundo de las letras frente al de las ciencias estaba muy clara. Lo que también estaba claro era que esta preferencia no conducía a ninguna parte socialmente decente. Ahora se habla mucho de la postergación de lo humanístico frente a lo tecnológico, como si fuese algo nuevo, pero los viejos con memoria – que los hay – recordarán que esto ya se daba en nuestra juventud. Por ejemplo el Hermano marista que me preguntó por mi elección, si ciencias o letras, en 1954, se echó las manos a la cabeza al oír que me decidía por las letras, pero tú, Priante, ¿letras?, ¿lo has pensado bien? No, no le entraba en la cabeza; estaba realmente preocupado de que hubiese decidido desperdiciar mis facultades.

Pocos años después, al finalizar el bachillerato, me tocó pronunciarme ante mi padre. Él tenía bien claro que yo había de estudiar una carrera, pero ¿cuál?, preguntó. Y yo tenía muy claro que él veía el mundo con los mismos ojos que el Hermano (en esta cuestión, al menos). Mi respuesta natural, franca, desinhibida tendría que haber sido: Filosofía y letras. Pero yo sabía que esta respuesta no le habría gustado nada. Y no quería disgustar a mi padre. Así que busqué una salida intermedia: Derecho. Esta carrera tenía un aura de prestigio y respetabilidad que las personas más prácticas (como el Hermano y mi padre) tenían que reconocer y, por otra parte, presentaba un talante humanístico del que carecían las disciplinas científicas en general.

El padre lo aceptó, qué remedio, y yo me quedé con la sensación de que había renunciado a algo esencial solo por no molestar a alguien, por muy padre que fuese. Par délicatesse j’ai perdu ma vie, dijo el poeta. Bueno, tampoco es para tanto. 

Un mundo nuevo

Cuando inicié la carrera, el edificio de la Universidad vieja, situado en la Gran Vía (entonces, Avenida de José Antonio), albergaba todavía la Facultad de Derecho. Ahí estudié el primer curso, en compañía de una multitud de estudiantes procedentes de toda Cataluña y de las Baleares (creo recordar que la de Barcelona era la única Facultad de Derecho existente en toda esa zona geográfica).

La sensación de haber entrado en un universo muy distinto del mundo del Colegio era evidente, por no decir brutal. Para empezar, ningún profesor – casi siempre catedrático – llegaba a conocer al final del curso a los alumnos por sus nombres, excepto a los tres o cuatro que, en cualquiera de los mundos posibles, saben darse a conocer enseguida, lo que evidentemente, nunca ha sido mi caso.

Ahí no se tomaba la lección cada día, ni había notas semanales, ni mucho menos clasificación del alumnado por los resultados. Ahí las habilidades del primero de la clase de un colegio religioso de poco podían servir. Se me había enseñado a navegar en un pequeño estanque y de pronto me encontraba solo en alta mar. 

Aunque hay que reconocer que aquella soledad entre la masa de estudiantes no era absoluta. Otros me acompañaban, llegados como yo desde el Colegio marista. Por lo menos dos: Miguel Ángel García, compañero de toda la vida, ya citado en el capítulo dedicado al Colegio, y José Ignacio Porta, «Tato». El primero, de familia castellana instalada en Barcelona al finalizar la guerra civil, con el que la diferencia de ideas, cada vez más acusada, nunca impidió una sólida amistad. El segundo, de familia perteneciente a la burguesía barcelonesa más bien alta, cerraba el compacto trío que como tal se mantuvo hasta el cuarto curso.

Aquel primer curso fue como de iniciación al mundo real. En el Colegio, un muro de normas, preceptos y vigilancia continua nos separaba hasta cierto punto de la  realidad. En la Universidad comenzaba mi inmersión en ella. Detalles significativos eran: que no hubiese un control efectivo de los retrasos o asistencias a las clases, que pudieses seguir la clase sentado junto a una muchacha como si tal cosa, que, solo descendiendo unas breves escaleras, pudieses acceder al bar donde tomar un café o una cerveza con los compañeros y compañeras, charlando de todo lo imaginable, sin que, por lo general, importase demasiado que pasase la hora de la clase correspondiente. Inimaginable.

El hecho de que, con alguna excepción, los profesores se desinteresasen de si estudiabas o no, hasta el momento de los exámenes parciales (uno o dos por curso) o finales fue sin duda el que más me afectó en el aspecto académico. La prueba está en que solo en una asignatura obtuve una nota de sobresaliente con matrícula, mientras en las tres restantes, un aprobado justo. Y aquella era precisamente la asignatura en que se podía recitar la lección semanalmente (la excepción), y no precisamente la más interesante para mí.   

Por otra parte, el decorado era magnífico: el aula con los asientos en forma de anfiteatro, la biblioteca, los amplios y bellos pasillos que unían las dos alas del edificio, el aula magna, el paraninfo, los pequeños jardines que bordeaban la construcción y sobre todo los románticos patios gemelos (el nuestro, el de letras), donde, entre clase y clase, o en cualquier momento, nos movíamos los estudiantes novatos, felices y un poco desconcertados.

Por cierto que, casi treinta años después, volví al mismo escenario – parece imposible que no hubiese cambiado casi nada – para iniciar, cuarentón, la carrera de Filología clásica, cuyo primer curso se daba en la misma aula en que se había dado el primero de Derecho.

Un palacio en Pedralbes

El primero, que el segundo ya no se dio allí. ¿Qué había pasado? Que las autoridades habían decidido que Barcelona merecía una «ciudad universitaria»; que ya se había iniciado su construcción, y que a nosotros nos tocaba inaugurar la flamante Facultad de Derecho, uno de los primeros edificios nuevos, quizá el más armonioso y bello dentro de los cánones más avanzados de entonces. Estaba situado hacia el final de la Diagonal, muy cerca del Palacio Real, construcción ésta tan convencional como reciente (1924) pensada para residencia de los reyes en sus visitas a Barcelona (Alfonso XIII fue el único que lo pudo disfrutar), pero que también utilizó Franco, que era más que rey.

En el nuevo edificio de la facultad dominaban los grandes espacios abiertos, la luz, la transparencia, las grandes aulas, las amplia zonas de césped que lo bordeaban, el bar. Muy importante, el bar. Corrió enseguida el dicho de que aquel era el único bar del mundo que tenía incorporada una facultad de derecho. Y para muchos era efectivamente así. Y la biblioteca, que fue tan importante para mí, sobre todo a partir del tercer curso. Pero en cuanto al funcionamiento académico, el modo de enseñar, muy tradicional y muy cansino, y el modo de afrontarlo por mi parte, que consistía en estudiar intensamente  justo antes de cada examen, nada había cambiado.

Aunque, no recuerdo si fue al principio o al segundo mes del curso que se introdujo algo nuevo que dio un poco de color a aquel mundo mortecino del profesorado: el nuevo catedrático de Derecho Político, Manuel Jiménez de Parga. Joven de 29 años, granadino de muy buena familia, emparentado – decían desde la extrema derecha para desacreditarlo por adelantado – con los responsables del asesinato de García Lorca, que representó un soplo de aire nuevo en medio de aquel ambiente ideológica y políticamente enrarecido. Por primera vez, se oía expresar públicamente la preferencia por una democracia sin adjetivos y, cosa insólita, llamar dictadura a la dictadura. Durante los años que ejerció en nuestra Facultad no dejó de hacer equilibrios para mantenerse en pie frente al riguroso control político del Régimen y además corroboraba sus ideas liberal-democráticas con los hechos: en su cátedra acogería como profesores y ayudantes a gente de ideología muy diferente de la suya (por la izquierda) como Jordi Solé Tura, comunista entonces, convertido años más tarde en ministro socialista, y yo mismo, vago marxista entonces, convertido años más tarde en el que escribe esto. (Lo de vago puede entenderse en las dos acepciones principales de la palabra).

En busca de una Weltanschauung

Esta palabreja alemana, bastante en boga entonces entre la gente filosóficamente inquieta, significa algo así como «visión del mundo» o «cosmovisión». O sea, formarse una Weltanschauung quería decir abandonar el indeciso relativismo de los pensadores principiantes o delirantes para construir un edificio mental coherente de la cabeza a los pies, que lo explicase todo. Algo con lo que, desde el despuntar del uso de razón, yo siempre había soñado. Pero, visto lo que tenía alrededor, no era cosa fácil.

Lo que se movía a mi alrededor no era especialmente interesante, y me sitúo ya en el tercer curso de la carrera, que fue cuando empecé a ver las cosas con cierta claridad. Todo lo impregnaba la triste mediocridad de una burguesía muy bien acomodada al Régimen de Franco. La gran mayoría del estudiantado era más bien grisácea; solo destacaban el colorido sector de los «pijos» y el pequeño y austero sector de los políticos. Estos se dividían en extrema derecha (principalmente falangistas, quienes pronto perderían el control de las organizaciones estudiantiles) y extrema izquierda. Y entiéndase que, para el bien pensante de entonces, toda izquierda era extrema.

Pasé la mitad de la carrera cómodamente embutido en la masa grisácea sin apenas más relación que con Miguel Ángel y José Ignacio. En el tercer curso, y ya decididamente en el cuarto, empecé a asomar la cabeza al exterior, y lo primero que encontré fue a unos raros ejemplares que, siendo más bien políticos de derechas, no eran en absoluto falangistas y hasta negaban ser políticos. Pertenecían a una especie de club católico elitista que ellos mismos denominaban La Obra y se dedicaban entre otras cosas a captar nuevos socios entre los estudiantes que consideraban más valiosos, por lo que siempre les agradecí que se fijasen en mí. Pero enseguida se vio que el entendimiento era imposible. Yo quería formarme mi visión del mundo y, más que un mundo, lo que ellos me ofrecían era una cárcel en la que el carcelero dogma vigilaba de continuo al prisionero pensamiento.

Entonces volví la vista a la izquierda y me encontré con algo muy diferente. En general eran personas como yo, que aspiraban a una racionalidad que sustituyese a la sinrazón cotidiana; que no estaban de acuerdo con la estructura política y social vigente y que, en muchos caso, deseaban cambiarla, con los riesgos que ello comportaba. Para presentarse a tamaño combate cada cual iba provisto de una doctrina más o menos asimilada, desde un cristianismo progresista hasta un comunismo ciegamente moscovita. Pero había algo que de alguna manera lo impregnaba todo, lo explicaba todo: el marxismo. No hacía mucho que yo había empezado a conocerlo y, visto que era asignatura imprescindible en el mundo de la izquierda estudiantil que empezaba a frecuentar, me apresuré a profundizar en él. Bien, reconozco que lo de «profundizar» es un poco exagerado.

El caso es que el ala sociopolítica de la Weltanschauung se iba estructurando debidamente. Pero ¿qué hacer con la otra? ¿Qué hacer con la fe que había mamado desde la infancia? ¿con el catolicismo más que reforzado en el Colegio, que supuestamente tenía respuesta para cualquier duda metafísica pero que, a mis veinte años, parecía cada vez más inerme ante los embates de la ciencia y de la razón?

Pasaba muchas horas en la biblioteca. Y no precisamente con textos de derecho, excepto en los casos de exámenes inminentes, sino con otra clase de libros que abundaban tanto o más que los otros, o era yo que solo me fijaba en ellos: literatura, filosofía, arte, ciencia. Y saltando de uno a otro fui a dar en el conocimiento de la obra de Teilhard de Chardin, jesuita y científico, y ahí me pareció encontrar la fórmula con que conciliar la fe cristiana con la ciencia moderna e incluso con la cosmovisión marxista, si se concebía ésta abierta a la trascendencia.

Aclarado el panorama, construida bien o mal mi Weltanschauung, ¿cuál era el siguiente paso? ¿Cómo había de situarme? Estas preguntas eran una llamada que yo mismo me hacía a la acción. Mal asunto. A pesar de mi inquebrantable devoción por Goethe desde mis 18 años (en el principio era la acción), la acción no entraba en mis tendencias principales. Pero de alguna manera se había de manifestar todo aquello.

Salida al mundo

La primera señal fue, ya en el cuarto curso, que amplié notablemente el ámbito de mis amistades o conocimientos, que finalmente ya no quedó reducido a los dos amigos del Colegio. Entre la gente que empecé a frecuentar recuerdo especialmente a J. Ramón Capella, al principio incardinado en el sector de los «pijos», y por entonces recién convertido en intelectual de izquierdas, que había de seguir un sólido recorrido (cátedra, la revista Mientras Tanto); Isidre Molas, catalanista, federalista, integrante del partido clandestino (todos lo eran) Front Obrer de Catalunya, quien había de ser reputado sociólogo, miembro del partido socialista, vicepresidente del Parlament de Catalunya y senador, pero que, de momento, en el quinto curso, le tocó conocer la detención y la cárcel; José Cano, individuo serio, riguroso, de origen manchego y aspecto unamuniano, con el que mantenía largas conversaciones sobre el marxismo y la manera más efectiva de cambiar la sociedad, pero que no pertenecía a ningún partido; Tomás Alcoverro, personaje singular y muy característico, no situado tan a la izquierda como los anteriores, sino más bien en una especie de azañismo literario, quien había de ser periodista famoso, especializado en Oriente Medio, y había de vivir muchos años en Beirut, con el que poco a poco trabé una estrecha y larga amistad, que continúa, y por muchos años.

Había algunos más. Ah, sí: la única presencia femenina – formaban el veinte por ciento aproximadamente del estudiantado – era Elisa Vallès, muy implicada en el activismo social, quien junto con su pareja, que estudiaba otra carrera, se dedicaba, entre otras cosas, a promocionar un teatro popular de tipo didáctico- político. Y no he de olvidar a Jordi Sobrequés, que había de destacar en el mundo universitario, aunque no estoy seguro de que perteneciese a nuestro curso, persona afable, aguda, inteligente y en cierto modo ingenua – como en cierto modo lo son todas las personas inteligentes. Recuerdo que en una ocasión, vino a visitarme a Valldoreix en compañía de Tomás en uno de mis últimos veraneos, quizá en el 62, y que se espantó ante el mundo de frivolidad en que vivía alguien como yo, que se suponía que compartía sus mismos ideales; a Tomás lo que se le ocurrió fue sugerirme que ese mundo sería buena materia para escribir una novela a lo Proust. Y yo le contesté que ni pensarlo. Pero la vida da muchas vueltas. Aunque Proust me sigue quedando lejísimo. También corría por allí, de nuestro curso, un tal Pasqual Maragall, nieto de poeta y padre de sí mismo como político personalísimo y único.

La opción casi definitiva por una actitud intelectualmente rigurosa y de compromiso social no me libraba de la preocupación por un futuro problemático en el aspecto económico. Preocupación que me llevó a iniciar algún paso en falso que, por suerte, no llegué a dar. Me refiero a la visita que hice al señor S, abogado del estado, coveraneante  de Valldoreix, en busca de consejo y amparo ante la posibilidad de decidirme a iniciar oposiciones a un cargo como el suyo.

Me atendió muy amablemente y, con una llaneza y sinceridad dicen que típicamente aragonesas, para ilustrarme sobre las ventajas a que podía acceder si me decidía, me mostró un cuarto lleno de los regalos que recibía (auténticas montañas de televisores entre otras cosas) y me explicó muy llanamente algún recurso habitual en el cargo para prosperar económicamente más allá del sueldo, recurso de tal calibre que habría ruborizado a cualquier persona mínimamente ética.

Por su parte, la aristocrática esposa me insistió en que siguiese ese camino, dando a entender que su hija Carmen P y yo formaríamos una buena pareja. Bueno, no creo que dijese exactamente eso, pero así lo interpreté yo de sus palabras, y es que debo de ser más presuntuoso de lo que imaginaba. Pero el tiempo no pasa en balde, y el incentivo me pareció ridículo al comparar a la muchacha de 19 años que andaba por ahí con la niña preciosa y voluntariosa que había iluminado unas temporadas de mi infancia.

Descartada de momento la preocupación por el futuro económico-laboral, me deslicé sin problemas por la nueva senda de la actividad (siempre en tono menor) político-social. Aquel quinto y último curso (1961-62) fue rico en experiencias de ese tipo.

El grupo de compañeros antes mencionados y alguno más nos conjuramos para obtener, de algunos catedráticos progresistas – entre ellos el que más interés mostró, el de derecho romano Ángel Latorre -, algún tipo de actividad organizada que nos permitiese, además de completar nuestra formación, avanzar en la concreción y realización de nuestros ideales sociopolíticos. Los resultados se habían de concretar en parte en la realización de un seminario de largo alcance sobre las elecciones generales durante la Segunda República, en el ámbito de la cátedra de derecho político (Jiménez de Parga), coordinado por el  adjunto de la cátedra, González Casanova, trabajo que se iniciaría de hecho en la temporada siguiente, es decir, ya como licenciados. 

Aquel curso fue también pródigo en visitas a la Universidad vieja, sobre todo a su biblioteca, adonde muchas veces iba a estudiar junto con Cano. Pero el principal motivo de atracción de aquel viejo centro era las clases de filosofía, abiertas a todo el mundo, que daba el profesor Manuel Sacristán. Antiguo falangista, entonces riguroso marxista y más tarde convencido ecologista y verde, Sacristán era todo un referente de la oposición comunista al Régimen; ocupaba al parecer un puesto decisivo en el Partido (así se decía entonces, sin más y con mayúscula inicial, y todo el mundo lo entendía). Allá me llevó Capella por primera vez y allá solía encontrarme con amigos o conocidos afines, entre ellos Santi, el de Valldoreix, y creo que alguna vez asistí con K, mi «relación» de la primavera de aquel año.

Si el 62 fue un año especialmente convulso, mayo fue el mes en que se concentró la mayor agitación. En respuesta a las protestas de los mineros de Asturias, a principios de mes el gobierno decretó el estado de excepción – que era como una dictadura dentro de la dictadura – en esa región. Los movimientos de solidaridad con los huelguistas asturianos se propagaron por toda España. También en Barcelona… Pero no es esto – no es mi intención – una crónica histórica o política, sino una colección de impresiones personales de distintos momentos de mi vida. ¿Y qué más personal que unas líneas del Diario que llevaba desde los dieciocho años, donde de forma rápida y escueta se da cuenta del clima de aquellos momentos?

«10-V-62

Estudio en la bibl., con Elisa.  A clase de Procesal.

T. Universidad. Estudio en la bibl. Veo a Santi. Y luego a Capella. A las 7, la concentración anunciada. Poca gente. Se marcha hacia la reja. Se cuelga el cartel “Llibertat”. Se canta Asturias. “Asturias sí, Franco no”. Luego a la calle. Aparecen los grises; retirada. Encuentro a Porta y a T[?]. Se dice que han detenido a dos estudiantes.

Ya fuera me encuentro a Norman y Alex, venezolano. Vamos al “Lugano”. Charlamos. Teoría y tácticas marxistas. Norman, profundo y preciso, ponderado. Alex, fanático y hasta sanguinario. Experiencia interesante.

Por la noche no puedo estudiar.

11-V-62

T. Estudio en casa. Y a la Universidad. Manifestación de adhesión a Asturias. Entra la policía. Me va de poco. Corro. Cogen a unos cuantos. Nueva experiencia…

22-V-62

Lapso de once días en mi diario, sin razón aparente.

Continúa la tensión política. Crecen las huelgas, según informes.

Los “grises” entraron otra vez en la Universidad – yo no estaba – y cogieron a mansalva. Santi fue a la comisaría pero salió enseguida.

La otra noche fueron a buscar a Molas a su casa. Sigue detenido, en la Modelo, según parece.» 

Días después tuvimos los exámenes finales. Suspendí una asignatura. La aprobé en septiembre. En octubre era ya licenciado en derecho.

Había terminado la carrera, no mi vinculación con la Universidad. Y es que – no recuerdo si fue antes o después del verano – un buen día me acerqué a Jiménez de Parga y le pregunté si podía unirme a su cátedra como ayudante. Aceptó al momento. Sin preguntas, sin consejos, sin instrucciones, sin advertencias ni requisitos. En cierto modo era un hombre muy confiado, porque no me conocía personalmente de nada – había seguido sus clases, entre la masa, en el segundo curso, eso es todo – y ni siquiera había tenido tiempo de informarse sobre mi historial académico. No sé si yo, catedrático de prestigio, hubiese admitido en mi equipo a un tipo como yo.

Y aquí me detengo. Porque lo que sigue en línea recta cronológica corresponde a otro capítulo. Que no sé si escribiré. 

 

Próximamente: Cap. V, LA FAMILIA, LA LENGUA

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VIEJO MUNDO NUESTRO III

VALLDOREIX

El niño que yo era en Valldoreix poco tenía que ver con el niño que yo era en el Colegio. Como si un viento sagrado se hubiera llevado inhibiciones, timideces, retraimientos, aparecía tan ágil, tan ligero, tan niño como todo niño debe ser en verano y en el campo.

La verdad es que Valldoreix no era exactamente «el campo», aunque lo era mucho más que ahora. Ahora es un arrabal de la ciudad, con pretensiones de lujo. Entonces era una urbanización en ciernes que, poco a poco, le iba ganando terreno al desorden de la tierra. Ese desorden que era el campo de batalla sobre el que nosotros jugábamos y vivíamos.

La Torre

Poco después de que yo naciese, es decir, hacia 1940, mi padre decidió que había que mejorar la calidad del aire que respiraban nuestros pulmones, y decidió comprar una casa con jardín en Valldoreix, con cierta pena por parte de mi madre, que la hubiera preferido en la playa.

La «torre», que así se llamaban aquellos chalets de veraneo, había sido construida cinco años antes, dentro de un estilo, bastante corriente en la época y en la zona, entre noucentista y chinesco. Poco después de comprarla, mi padre amplió el jardín adquiriendo un terreno contiguo. Y unos quince años más tarde amplió la casa añadiendo dos habitaciones en la parte trasera, sostenidas por unos arcos o bóveda, que crearon un porche de magnífico efecto estético, a lo que, además, obligaba la fuerte inclinación del terreno.

La distribución general de la finca, idea original de mi padre, se mantuvo en la racionalidad, armonía y belleza por él pensadas mientras su propio pensamiento se mantuvo en pie. Luego, con la debacle mental y la entrada en juego de las decisiones de otro elemento familiar, todo dejó de ser lo que era.

Con la fachada orientada hacia el sur, la parte delantera del jardín, estaba ocupada por una serie de árboles (de la familia de los arces, creo) simétricamente distribuidos que, en pleno verano, no permitían la entrada de una gota de sol. Por los lados, con el terreno descendente, seguían algunos árboles.

La parte inmediatamente posterior a la casa la ocupaban unos parterres poblados en su mayoría por distintas clases de rosales y que dibujaban unos caminos aptos para circular por ellos las pequeñas bicicletas de los pequeños. Separaba esta zona de la siguiente una valla baja hecha de ladrillos y tejas artísticamente colocadas, en el centro de la cual se abría un paso flanqueado por dos tilos que llegaron a ser enormes.

Traspasado el umbral, había a la izquierda una piscina de reducidas dimensiones (mi padre quería asegurarse de que nadie se ahogaría bañándose), en contra de lo que hubiera deseado mi madre, perfecta nadadora. Y allí, precisamente, tras la entrada entre los tilos, se iniciaba un pasillo en el que a derecha e izquierda una serie de árboles frutales se encaraban perfectamente emparejados: dos ciruelos, dos palosantos, dos cerezos de importantes dimensiones, dos albaricoqueros, dos melocotoneros, o más o menos.

El pasillo finalizaba en una especie de glorieta ocupada en su centro por una gran mesa circular de piedra y que, a la derecha, se prolongaba en un espacio emparrado en lo alto con vides blancas y negras, y a la izquierda por una pequeña zona vacía donde estuvo al principio el animal de la tartana de mi más lejana infancia y luego fue pista provisional de hockey sobre patines.

Toda esa zona finalizaba en una larga valla, también de ladrillos artísticamente colocados que configuraban una especie de palco o mirador orientado hacia el magnífico paisaje del norte: antiguas masías, tierras de cultivo sobre todo de cereales y de vid, riachuelos y, como último decorado a lo lejos, en frente Sant Llorenç del Munt, hacia la izquierda Montserrat y hacia la derecha una serie colinas sin nombre (al menos, para mí). 

En el centro mismo de la larga valla se abría un espacio ocupado por unas amplias escaleras que descendían hasta la última zona de la finca: el huerto. Con la ayuda de algún jardinero, mi padre había sabido crear un huerto perfectamente organizado en el que crecían toda clase de hortalizas: judías, tomates, berenjenas, pimientos, etc. en cuyo mantenimiento teníamos que colaborar los pequeños: recuerdo la mágica operación de desplazar con la azada la tierra que cerraba el paso de una acequia para que el agua pasase a correr por la siguiente. También había árboles frutales: almendros, manzanos, higueras, perales, granados y, al final de todo, junto a la valla que cerraba la finca por el norte, un antiguo pozo, del que habíamos llegado a beber una agua fresquísima y cuya profundidad considerábamos insondable por el tiempo que tardaba, la piedrecita que lanzábamos, en chocar finalmente con el agua.

Vida social y el misterio de la viña 

La vida en Valldoreix tenia lugar en verano. Cuatro meses largos los primeros años; tres meses durante la infancia y primera adolescencia y una especie de veraneo intermitente cuando ya mayorcitos (16 – 23 años de los míos, condicionados los últimos veranos por el servicio militar). De la primera etapa poco recuerdo. Embutidos todo el día en nuestras granotas (especie de monos infantiles), los tres hermanos jugábamos a nuestro aire de la mañana a la noche, que es como deben jugar los niños, y es que, amparados en el número, no necesitábamos más personal, si bien, como es natural, pronto aparecieron nuevas amistades infantiles hasta llegar a formarse verdaderos ejércitos que propiciaron las guerras que años después estallaron.

Pero la vida social verdadera era la que pronto llevaron los padres y en la que nosotros, en muchas ocasiones, no teníamos más remedio que participar en calidad de niños modositos y educados. Y lo curioso es que los participantes en aquella vida social eran personajes realmente atípicos, nada que ver con las amistades – que ni siquiera recuerdo – que supongo que los padres tendrían en la ciudad.

Estaba por ejemplo el señor no sé qué Alonso -siempre había que anteponer el «señor»-, alto funcionario de Hacienda, condición que tenía muy interesado a mi padre, y su esposa Pilar, en apariencia de más edad, aunque quizás ello se debiera a su interés exagerado en parecer más joven. Muy cerca de estos, vivían tres hermanas ya mayores, solteras ( solteronas, se decían en estos casos), cubanas y muy distinguidas: las Blanchet. Y entre el matrimonio y las cubanas residía Kalinik Gousev, pintor ruso, junto con su esposa, alemana, cuyo nombre no recuerdo, y la hija Luba, de pocos años más que nosotros, ambas pianistas. Por cierto, cada una de las tres casas respectivas era, es, una maravilla de la arquitectura noucentista.

Con estas personas y con alguna más que no recuerdo, los padres practicaban la llamada vida de sociedad, que consistía en reunirse algunas tardes para tomar pastelitos y café, o té, o qué se yo, y a veces, si era en casa de Gousev, escuchar las bellas interpretaciones pianísticas de Luba, mientras me revolcaba en la mullida moqueta de la sala, cosa que, por lo visto, nos estaba permitido.

En cuanto a lo que se hablaba en aquellos encuentros, la verdad es que no lo recuerdo. Sí recuerdo en cambio un tema del que apenas se hablaba, pero del que de algún modo estaba tan presente que hasta unos niños inocentes como nosotros se enteraban enseguida: el pintor Gousev le ponía los cuernos al señor Alonso, o sea que el ansia de rejuvenecerse de Pilar, señora de Alonso, tenía razones más bien extramaritales. Pero creo que hago mal hablando de estas cosas, sucedidas cuando no tenía edad para comprender el fondo ni mucho menos los detalles del asunto. Unos siete años, quizás.

A veces, con algunas de las personas mencionadas o con alguna otra, íbamos «de excursión», lo cual consistía por lo general en una caminata de unos dos kilómetros escasos hasta Can Gatxet, fuente bucólica y escondida, donde desplegábamos nuestra breve y casi simbólica merienda.

Otras veces íbamos solo la familia (padre, madre, niños, criada) a visitar «la viña», un poco más lejos que Can Gatxet, donde, a finales del verano se mostraban unos racimos esplendorosos. En esas ocasiones, los pequeños solíamos preguntar al padre cómo era que, teniéndonos prohibido que cogiésemos los frutos ajenos, de aquella viña no solo nos llevábamos alguna muestra sino que llenábamos capazos de uva dorada. Y el padre contestaba que la viña era de un amigo suyo, y que tenía su permiso.

Muchos años después, tantos que el padre no estaba ya en condiciones de aclarar nada, supimos que ese «amigo» no existía, que era él mismo el propietario, es decir, el que había comprado la viña, poniéndola a nombre de su esposa, nuestra madre. Y es que el padre era muy precavido y no le gustaba nada que la gente pensase que tenía más dinero que el que tenía; en otras palabras, que parecía el típico representante de la clase media de la inmediata posguerra, más laboriosa y temerosa que de derechas o de izquierdas. 

De amor y de guerra

Si me preguntasen cuál ha sido el período más feliz de mi vida respondería sin ninguna duda: el comprendido entre los 11 y los 19 años. Es verdad que antes, en la infancia, la felicidad era más serena y luminosa, pero también más inconsciente, y que después, sobre, todo en la edad avanzada, es – cuando la hay – más concreta y plena de realizaciones. Pero nada, ni antes ni después, es comparable a la formidable explosión de experiencias y de sentimientos que suponen, en la adolescencia, los grandes descubrimientos sobre el mundo y sobre uno mismo.

A veces pienso que solo empecé a ser yo cuando conocí el amor. Tenía 11 años y ella 8. Era la prima de unos niños que residían casi enfrente mismo de nuestra casa. Vivía en Tortosa, pero solía pasar parte del verano con sus primos de Valldoreix. Al conocerla, un sentimiento nuevo se apoderó de mí. Mi primera ilusión al despertarme todas las mañanas era poder verla cuanto antes, y que los juegos de cada día me permitiesen estar cerca de ella. Muchas veces me he preguntado de qué me viene la manía de elegir siempre el amarillo para los juegos de mesa y similares. Y revolviendo estos recuerdos, lo he encontrado: no sé por qué, este era el color que en el parchís me permitía estar a su lado, y ¡qué delicia cuando una de sus fichas «mataba» a una de las mías!

No hace falta aclarar que este sentimiento – por mi parte, por la de ella no lo sé exactamente – era solo espiritual, por mucho que hundiese sus raíces en la naturaleza más necesaria, entre otras cosas porque a esa edad lo ignoraba absolutamente todo de la mecánica sexual. Y sin embargo, era muy consciente de que aquella experiencia interior me apartaba de lo común de los niños de mi edad. Y no solo yo, cualquier mirada observadora también lo veía: «mirad al poeta», dijo la tía de la niña señalando mi comportamiento. Y a partir de ese momento supe algo de lo que significa la poesía. Gracias, señora Pou.Estos enamoramientos – porque hubo algún otro que apenas recuerdo – ocurrían siempre en los veranos de Valldoreix. Y es que en la vida reglada de la ciudad resultaban en la práctica imposible: ni en el colegio, ni en el mundo extra colegial había seres del otro sexo. Así, que durante los largos inviernos, el niño supuestamente serio y estudioso se alimentaba de la nostalgia del luminoso mundo estival. 

Y muy pronto al amor se unió la guerra. Enseguida, el número de niños compañeros de juego – en abanico que iba de los nueve a los catorce años, aproximadamente – se hizo importante. En casi todas las casas de nuestra calle y de algunas próximas había niños y niñas dispuestas a organizarse más o menos en ciertos juegos bastante imaginativos. Unas veces éramos una banda de música sin más instrumentos que unos palos, otras organizábamos una especie de casino en el que se practicaba el juego, otras formábamos un senado – influencia mía, imagino – para debatir los asuntos comunes; se fabricaban monedas, leyes y títulos nobiliarios. Porque hubo un momento en que aquella sociedad se constituyó en reino.

El rey era mi hermano mayor y la reina Carmen P., de nueve años, perteneciente a una poderosa familia de la vecindad: cinco entre niños y niñas, aunque solo los tres mayores contaban; la madre, de familia aristocrática auténtica y el padre, abogado del Estado, condición que, como en el otro caso, tenía muy interesado a mi padre, siempre temeroso de que nuestros juegos derivasen en rupturas irreparables.

El caso es que la pareja real no se llevaba nada bien. Y sucedió lo inevitable. Se separaron. Y con el matrimonio se escindió el reino. Y con el reino se escindió mi alma romántica y peliculera. Porque resulta que yo, que era el primer ministro del reino que con mano de hierro dirigía mi hermano, estaba secretamente enamorado de la reina y, al dividirse el reino en dos estados enemigos, ya no era solo el enamorado secreto de la reina y esposa de mi hermano, sino de la soberana del nuevo país enemigo. ¿Cómo compaginar semejante lío de lealtades? Como pude. Para empezar, asumiendo personalmente las embajadas que se dirigían al nuevo país, solo por verla y hablar con ella. Pero la guerra era inevitable. Y la última semana de julio de 1952 estalló sin remedio.

Fue entonces cuando más claramente se desencadenó un mundo paralelo al de los libros, tebeos y películas de aventuras. Un mundo emocionante, fascinante, mágico. No faltaba nada: las armas (inofensivos proyectiles y espadas de madera), las batallas a campo abierto, los asedios de fortalezas, las carreras, las detenciones, las huidas, los tratados de paz, las traiciones, los espías, las ejecuciones, y hasta la relación de los hechos, que escribía un niño de doce años, ese niño que, siendo el segundo del reino que dirigía su hermano mayor, no podía evitar estar enamorado de la reina enemiga, sin traicionar la lealtad debida.

¡Juego de armas y guerras! ¡Desastre de educación! quizás diga el pedagogo de hoy. Lo que decía el de entonces no lo sé. Lo único que sé es que esas preocupaciones no estaban en el ambiente. El juego era el juego y a nadie con dos dedos de frente (mucho menos a los propios niños) se le ocurría confundirlo con la realidad. El juego es un arte y los niños son los artistas más grandes del mundo. Saben crear la ficción, saben representar su papel como perfectos actores y saben quitarse la máscara y dejarla a un lado cuando se ha de interrumpir la batalla porque es la hora de la merienda. No guardo recuerdos más felices que los de aquellos juegos infantiles. Puede decirse que el arte, con su poderoso efecto catártico, lo creábamos y lo consumíamos nosotros mismos. 

La bicicleta y el guateque

Con el tiempo, que entonces avanzaba muy despacio, los reinos y las batallas se fueron desvaneciendo. La vida se hizo un poco más gris. Es curioso que, cuando dejábamos de imitar a los mayores (los de los tebeos y películas de aventuras) nos encaminábamos en la senda de su imitación real.

La época que siguió a la de las guerras fue, por una parte y en su aspecto individual, la de las bicicletas y, por otra y en su aspecto social, la del inicio de las relaciones adultas. Las bicicletas siempre habían estado con nosotros, desde las minúsculas de tres ruedas que serpenteaban entre los parterres del jardín de atrás hasta los grandes y ágiles artefactos casi de competición.

Hacia los quince años ya hacía tiempo que circulábamos en bicis como Dios manda. Cito esta edad porque creo que fue por entonces cuando con más fuerza se manifestó la voluntad de practicar ese deporte, que tanto podía ser solitario como de grupo. En solitario, uno podía dedicarse a descubrir rincones inéditos de Valldoreix, donde, quién sabe si aguardaba la razón de su vida. En compañía, podías atreverte a devorar kilómetros por territorios desconocidos, que pronto ya no lo serían tanto.

A las escapadas solitarias, que no iban más allá de ciertas poblaciones cercanas, se añadían otras en compañía, de amigos o hermanos, a destinos más remotos, como El Papiol o Molins de Rei. ¡Cuánto me gustaría encontrar aquella foto de dos ciclistas adolescentes junto al magnífico puente de Carlos III sobre el Llobregat, arrasado años después por las aguas! Y al mismo tiempo, el cambio tenia lugar por la otra vía. Las fiestas, primero tan infantiles, de santos y de cumpleaños, fueron los primeros pasos de los niños encaminados en la senda real de los adultos. Ahí ya no llevábamos las máscaras del juego, sino que, como los mayores, intentábamos portar con dignidad la máscara social elegida, es decir, nuestra manera intransferible y única de estar con los otros.

Al principio organizadas y tuteladas por los mayores, poco a poco dejaron de necesitar tutela. Ni festividad justificativa. En cualquier momento, en cualquier jardín de cualquiera de aquellas casas de veraneo, se organizaba un guateque (nombre, por cierto, que nunca se utilizó entonces entre nosotros), que consistía en una reunión de chicos y chicas, alguna bebida y un pequeño tocadiscos que bramaba lo que podía. El baile era casi siempre lento (lentorro), ¡qué menos que aquellos adolescentes, siempre acosados ​​por todos los controles sociales y religiosos, pudiesen experimentar el contacto casi íntimo con la pareja eventualmente elegida al son de melodías como Come prima o Only you! Muchas experiencias nuevas nos reservaba aún la vida, pero, como aquella, muy pocas.

https://youtu.be/usWFcKTe2YQ

Por cierto, que en aquella misma época de las bicicletas, me destapé como practicante de otro deporte. Increíble, el jovencito que en el Colegio se manifestaba como alérgico a cualquier participación deportiva, destacaba como ágil delantero en el equipo de hockey sobre patines de Valldoreix. Por eso y por cosas parecidas apunté que el niño que yo era en Valldoreix apenas tenía que ver con el niño que era en el Colegio.

Sí, en los últimos años (desde mis 15, quizás) formamos un equipo de hockey que compitió con otros de las localidades próximas. Lo triste del asunto, según se mire, es que el padre se avino a sacrificar gran parte del huerto para construir la pista y el frontón, ¡qué lejos iba quedando la infancia! ¡cómo empezaba a cambiar el decorado!

El veraneo intermitente y la sombra avanzada de Werther

El cambio más drástico se produjo por entonces, cuando el padre pensó que unos hijos tan mayorcitos como los suyos no podían pasarse todo el verano sin pegar golpe. Así que todas las semanas permaneceríamos en Barcelona hasta el jueves incluido, con la obligación – más bien teórica – de echar una mano en la empresa familiar. Y el resto de la semana volveríamos a residir en Valldoreix, como si tal cosa.

Aquellos largos fines de semana estaban plenos de actividades de todas las clases y, sobre todo, de amistades, algunas ya antiguas, otras recientes, que ya no se limitaban a Valldoreix sino que a veces se extendían a la temporada invernal en la ciudad. Pero Valldoreix seguía siendo el centro del verano.

Reuniones a la hora del café en una u otra casa; reuniones con tocadiscos y a ver con quién bailo esta tarde; largos paseos, excursiones por el campo, unas veces hacia el territorio entonces aún existente de las viñas, otras hacia los bosques de La Floresta, otras hacia la montaña de Puig Madrona, en el camino de cuya cima, desde donde se contempla gran parte del valle del Llobregat, se halla la ermita románica de La Salut.

Fue por entonces cuando se inició la costumbre de las «excursiones a la Luna», que consistía en caminar por la noche la treintena de jóvenes más o menos que nos reuníamos, bajo la Luna llena de julio, hasta la cima del Puig Madrona.

Entre las amistades de aquella época se encontraban algunas de las muy antiguas – de la era de las guerras, diríamos -, a las que se habían sumado otras más recientes. Entre éstas quiero recordar la gente maravillosa que formaba una familia singular.

Los U. estaban integrados por el padre, abogado de una asociación empresarial de Sabadell, muy católico y conservador, pero no caído en la banda extrema; la madre, sus labores, y diez (luego hubo uno más) entre hijos e hijas de edades comprendidas entre los 18 y los 0 años. En nuestro grupo naturalmente participaban solo tres de los mayores: MJ, la mayor de todos, de mi edad, Ernesto y Santi. De los pequeños, recuerdo en especial a una preciosa niñita rubia de cinco años que atendía por Lolín y que hoy es una muy acreditada traductora literaria, de nombre Dolors.  

Entrar en aquel jardín a ciertas horas era una experiencia casi onírica. Aquel universo ofrecía un aspecto piramidal. Los mayores cuidaban de los pequeños a la hora de la comida, de los estudios, etc., y estos de los más pequeños.  Y por encima de todos reinaba MJ, igual que Carlota en la obra de Goethe, que yo aún no conocía. Quiero decir que, lo mismo que el protagonista de la novela, me enamoré; bueno, quizás no tanto. Y, como ya era habitual en estos casos, la historia no terminó bien para mí. O quizás sí.

Tanto de Ernesto como de Santi conservo un recuerdo imborrable. Del primero, en especial de su etapa de experiencias místicas y de compromiso social que le condujo a ingresar en una orden religiosa, aspecto que suele omitirse en las biografías sucintas del luego famoso periodista, muerto por accidente a los 59 años. De Santi, desaparecido también hace años, recuerdo nuestra breve  pero intensa comunicación intelectual y vital que, en parte, fue la responsable de su obstinado viaje hacia la izquierda infinita.

Disolución, muerte y transfiguración de Valldoreix 

Decir que Valldoreix, a mis 21 o 22 años, no era lo que había sido para mí a los 11 o 12, es una obviedad imperdonable. Todo cambia, pero lo peor es cuando la nostalgia se instala en los mismos lugares que no dejas de habitar. Quiero decir que a esa edad de joven postadolescente cada cambio de decorado, normalmente a peor, lo sentía como una herida incurable.

Mientras la arteriosclerosis minaba la mente de mi padre, mi tío, su hermano (legalmente eran copropietarios de todo), hacía construir una nueva casa invadiendo (destruyendo) el pasillo de los frutales… Pero, no. Eso fue tiempo después, a mis 25 años, que es el límite máximo de edad que he puesto a estos recuerdos.  

La edad antes indicada (21,22) era la de la disolución. La edad de observar un poco atónito cómo se combinaba el viejo Valldoreix con el nuevo mundo de la carrera ya terminándose y del servicio militar también intermitente.

En aquellos años, los principios de mis veinte, el centro de la vida veraniega de Valldoreix era el Hotel Rusiñol. Allá, de donde conservaba vagos recuerdos de cuando había sido Casino de veraneantes – risas de payasos, bailes de mayores observados desde una clandestina curiosidad infantil -, allá nos reuníamos entonces para charlar, beber, bailar y, en fin, para consumir las horas de un veraneo ya sin sentido.

Fue allá mismo donde conocí a K y donde iniciamos una especie de noviazgo casi convencional. Hija del farmacéutico de Valldoreix, K era una de esas personas que nunca pierden de vista los nobles propósitos que deben presidir la vida.

Nuestra relación duró una primavera. La ruptura fue consecuencia de la última verbena de San Juan digna de este nombre. Es cierto que bebí mucho; me recuerdo a altas horas de la madrugada dialogando sin parar con un amigo, de pie, en la pista de hockey que en aquel momento era de baile, mientras empuñaba un largo vaso colmado de algún líquido y de un espeso magma de confeti. Dos días después, ella daba por terminada nuestra relación. Resulta que yo no era la persona digna que imaginaba, sino un tipo vulgar, sobre todo cuando estaba en compañía de tipos vulgares, o sea, entendí yo, de personas corrientes. Se lo agradecí.

Aquel San Juan de 1962 se ha convertido para mí en la puerta simbólica que cierra el mundo de Valldoreix. Nada de aquello existe ya. Nada, excepto la casa.

La Torre, sí. Desprendida de gran parte de su terreno, hoy alberga vida nueva: hijo, nuera y nietos mantienen el fuego encendido mientras, en el piso de la ciudad, acompañado por la compañera de mi vida, yo sigo soñando con aquel mundo perdido.

 

Próximamente: Capítulo IV, LA UNIVERSIDAD 

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VIEJO MUNDO NUESTRO II

EL COLEGIO 

De los tres hermanos, yo era el de en medio; el mediano, se decía. Me separaban dos años del mayor y año y medio del menor. La niña venía más lejos, la tenía a siete años de distancia.

La condición de mediano tenía sus ventajas y desventajas, como bien saben los que la han vivido. La principal de las ventajas era, creo yo, el sentirse arropado, como protegido por ambos lados. Además, aunque de caracteres diferentes, siempre estuvimos muy unidos y las normales disputas y hasta peleas infantiles nunca enturbiaron aquella armonía fundamental. Solo el paso de los años y las diferentes circunstancias de cada cual fueron levantando cierto distanciamiento que, al primer reencuentro, se manifiesta como irrelevante.

En octubre de 1946 yo tenía seis años. Ingresaba en el Colegio La Inmaculada de los Hermanos Maristas, de Barcelona. El hecho de que mis hermanos, al menos el mayor, más tarde el pequeño, ingresasen también no cambiaba en nada la situación. La situación era que el vínculo permanente entre los tres se rompía. En adelante, en las horas de colegio, cada uno de nosotros andaría perdido entre niños extraños, tan desorientados como nosotros mismos, y bajo las órdenes de unos hombres de negro con pechera blanca, rectangular y dura, a quienes había que saludar besándoles el dorso de la mano y llamarles Hermano.

La bata

El Hermano que dirigía la operación de acogida y triaje de aquella enorme tropa infantil (seríamos unos cien),después de hacer unas advertencias, dio una orden bien clara: los que sepan leer que pasen al aula del lado. Buena parte de la concurrencia fue saliendo y luego entrando en el aula contigua. Yo entre ellos.

Puestos en pie, uno al lado de otro, a lo largo de las paredes del aula, abrimos el libro de lecturas por la página indicada. He de aclarar que, obedientes los padres a las instrucciones del Colegio,  ese primer día nos presentamos ya con todo el equipo necesario, contenido en nuestras carteras escolares, incluida la bata a rayas con la insignia de los maristas, bata que, a diferencia del resto del equipo no había que llevarse a casa, sino que se tenía que dejar dentro del pupitre que cada cual tenía asignado.

A indicación del Hermano, un escolar empezó a leer; a las pocas líneas, se ordenó que parase y que siguiese leyendo el siguiente, y así sucesivamente. Hasta que me tocó a mí. Ni siquiera sé cómo identifiqué el punto de la lectura en que estábamos. El caso es que empecé a leer (es un decir), pero mis labios no pronunciaban palabras con sentido. Reconocía las letras, sí, pero no había manera de que formasen palabras significantes. Y yo seguía leyendo, mientras oía breves comentarios en voz baja. ¿Pero qué dice? No se le entiende nada. Enseguida el Hermano vino en mi ayuda – conscientemente o por inercia – y ordenó que siguiese leyendo el siguiente, sin hacer ningún comentario.

¿Cómo se me había ocurrido incluirme entre los que sabían leer? Porque aquella decisión mía no había sido meditada, aunque fuese por unos segundos, ni por consiguiente obedecía a ningún plan. Simplemente, pienso ahora, yo estaba convencido de que sabía leer. Quizá este falso convencimiento provenía del hecho de que entendía perfectamente los cuentos que corrían por casa, con gran profusión de dibujos y colorines. Por lo tanto, sabía leer. Lo que sí supe en el mismo instante de terminar mi caótica lectura era que no pasaría de nuevo por una humillación y vergüenza como aquella y que, por lo tanto, no volvería a pisar aquella aula. 

Hecho. Al día siguiente, me colé en el aula de los analfabetos, sin problema porque, tal como de alguna manera había intuido, las listas aún no estaban hechas. Y fue entonces cuando se hicieron, una vez colocado yo donde me correspondía. Pero había olvidado un detalle.

¡La bata! Ir a buscarla a mi pupitre del día anterior, me parecía descabellado. Por nada del mundo iba a entrar yo en aquella aula. Así que en casa dije que la había perdido. No me pidieron muchas explicaciones. Compraron otra, y creo recordar que al mismo día siguiente tenía bata nueva, mientras la antigua quien sabe dónde iría a parar.

¿Algún problema? Bueno, aunque la operación parecía muy limpia, durante unos días, muy pocos, viví con cierta inquietud el temor de que se descubriese mi fraude. Doble engaño: por cambiarme de clase secretamente, sin conocimiento del Hermano organizador, y por mentir sobre la pérdida de una bata que yo sabía perfectamente dónde la había abandonado. Nunca comenté el hecho con nadie. Hasta ahora mismo. 

La mano entre las manos

El primer peldaño de la estructura del sistema educativo de entonces (o solo del Colegio, no recuerdo) era el grado Elemental, formado por tres clases: elemental A, elemental B y elemental C. Una de ellas, quizá la A, estaba integrada por los que iniciaban el curso sin conocimientos de lectura, como era mi caso real, no el imaginario. Otra, quizá la C, suponía de hecho un nivel superior al de las otras dos.Las actividades preferentes en las dos clases de Elemental por donde pasé eran la aritmética mínima (se cantaban las tablas de multiplicar, etc.) el aprendizaje de la lectura y de la escritura y la instrucción religiosa, basada en relatos bíblicos. El aprendizaje de la lectura tenía un límite definido, que yo pronto alcancé, quiero decir que cuando se había aprendido a leer, ya se sabía leer y punto. Muy diferente el de la escritura. Para empezar, había que dominar los medios materiales: el tintero, la tinta, el papel secante, la pluma, la plumilla, que era ese apéndice reemplazable de la pluma que había tener siempre limpio y no tan gastado que exigiese un recambio. El dominio de todo ello era necesario para brillar en una de las disciplinas para mí más antipáticas: la caligrafía, arte para la que yo estaba negado, como para cualquiera otra de carácter manual y práctico.

El ambiente de la clase no me indujo a ninguna reflexión. Aquello era, debía de ser, lo normal: niños alegres, niños tristes, niños simpáticos, niños antipáticos. Yo permanecía callado y retraído. A veces, iniciaba una especie de amistad con algún compañero con quien sentía cierta afinidad (esto lo pienso ahora). Fue entonces, en alguna de aquellas dos clases elementales cuando conocí a uno de mis grandes amigos, con el que había de coincidir a lo largo de las diferentes etapas de mi vida: en la universidad, en el servicio militar, en lo laboral y hasta en el vecindario: Miguel Ángel García Vega, el muchacho de Valladolid que nos dejó para siempre hace casi una década. Con unos cuantos compañeros, de aquella misma época, aún nos vemos dos veces al año. Naturalmente, cada vez somos menos.

En cuanto al profesorado, mi paso por los dos cursos de Elemental y el posterior de Grado Medio, estuvo presidido por la persona del Hermano H. Mis relaciones con él fueron, cuando menos, curiosas. Quizá en el primer curso ni se fijó en mi existencia, debido en parte a lo espeso del alumnado (unos cuarenta por clase) y a mi tendencia o voluntad manifiesta de pasar desapercibido. Todavía hoy no me explico cómo en aquella época podía compaginar mi aspiración al anonimato con el impulso claro de entenderlo todo, aprenderlo todo y destacar en casi todo.

El caso es que, ya en el segundo curso, era corriente que el Hermano H. me propusiese ante el resto de la clase como modelo de estudiante inteligente, aplicado, obediente y tranquilo. Esto suscitaba las envidias y comentarios propios de la situación, «enchufado», «pelota», etc., aunque bastante menos que lo habitual en estos casos.

Entre otras cosas, para que yo alcanzase la condición de «pelota» me faltaba algo imprescindible: la voluntad de aproximarme como fuere a la fuente del poder para intentar torcerla a mi favor. Mi tendencia natural a pasar desapercibido me impedía tal tipo de maquinaciones. Otra cosa es que «el poder» se fijase en mí, reconociese algunas de las virtudes, que yo no negaba, me tomase de la mano y me subiese a su tarima. Y esto no es una metáfora.

Era una mañana de invierno soleada. La luz inundaba el aula a través de los amplios ventanales. Estábamos en el Grado Medio y teníamos por profesor – yo,  por tercer año consecutivo – al Hermano H. Yo tenía 9 años.

Los alumnos ocupaban sus sitios en silencio. El Hermano H. depositó sobre la mesa el libro de Historia Sagrada. Me hizo una señal para que me acercase. Obedecí y, subido a la tarima, me tomó una mano entre sus manos y siguió narrando la historia, iniciada en alguna clase anterior, de José y sus hermanos. Estaba en el momento en que el ya poderoso José recibe a sus hermanos, que no lo reconocen, y les obsequia con un banquete fastuoso, en el que no faltan las copas de oro, ni las piedras preciosas refulgiendo en los cuencos que adornan la mesa (recuerdo casi el pie de la letra este detalle de la descripción). Y yo seguía con mi mano entre sus manos. Y supongo que el relato continuó, finalizó y yo volví a mi sitio, pero esto no consta en mi memoria.

He de decir que, aunque la iniciativa del Hermano me sorprendió, el hecho en sí no me afectó de ninguna manera. También mi padre me solía tener cogido de la mano en determinados momentos. Porque me quería. Pues eso.

Pero es el caso que no comenté el hecho con nadie y, lo más sorprendente, no recuerdo que nadie del numeroso grupo presente hiciese la menor alusión a un espectáculo tan extraño y tan visible. Y, no sé por qué, pero estoy seguro de que ninguno de los testigos supervivientes con algunos de los cuales me reúno dos veces al año, recuerda de alguna manera la escena.

Tiempo después, ya en los cursos superiores, se empezó a comentar en voz baja los extraños manejos, los acosos que ciertos Hermanos utilizaban con los pequeños escolares. Especialmente los de cierto Hermano que tuvimos en clase y que casi inmediatamente salió de la orden, y los de otro Hermano, de porte y nombre angelicales, que gozó de una muy larga influencia en la vida musical y organizativa del Colegio.

Pero todo esto nada tiene que ver con la historia que he contado. Además, como ya he dejado escrito en cierta ocasión, este es un asunto en el que, no habiendo sido yo ni víctima ni testigo, no me parece correcto entrar.

Los Hermanos Maristas

¿Pero quiénes era esos hombres de negro con pechera blanca, rectangular y dura, a quienes había que saludar besándoles el dorso de la mano y llamarles Hermano?

Y no, no se trata aquí de dar unas descripciones históricas o sociológicas. Baste decir en este sentido que el Instituto Marista nació en Francia (Petits Frères de Marie) en 1817, en época de fuerte reacción conservadora tras la Revolución y el Imperio, que su fundador fue Marcelino Champagnat, que sus miembros (que no habían de ser sacerdotes) se dedicaron a la educación de niños y jóvenes, y que pronto el Instituto se extendió por Europa y América.

Y es que, a los efectos de mi relato, lo que interesa es solo una breve semblanza de aquel grupo concreto de hombres que teníamos sobre nosotros y que, durante once años en mi caso, condicionó nuestras vidas en muy amplios aspectos.

La mayoría era del norte de España: vascos, navarros sobre todo, y algún aragonés; de origen rural muy tradicionalista (cantera que había sido del carlismo). Aficionados a los deportes viriles, por supuesto, sobre todo al omnipresente «saque», una especie de frontón que se jugaba con una pelotita dura como una piedra, la cual, con la mano desnuda y enrojecida, se proyectaba violentamente contra la pared, y en menor medida al baloncesto, y al hockey sobre patines, con el que que lograron (el equipo del Cole, quiero decir) algún triunfo de cierto nivel.

Aunque tampoco formaban un mundo compacto y sin fisuras. Quiero decir que no todos eran «viriles» de oficio, sino que algunos se sabía que aprovechaban su estancia en el Instituto Marista para estudiar Filosofía y Letras en la Universidad. Lo que no se sabía era quién pagaba los estudios. Solo en lo político la unanimidad era total, al menos en apariencia.

Una pareja en cierto modo ilustrativa de lo que vengo diciendo era la formada por dos Hermanos hermanos, creo que aragoneses.

El Hermano J. y el Hermano P.

El Hermano J. era el encargado de todas las actividades deportivas del Colegio, así como de impartir las clases de  gimnasia en todos los cursos y niveles. Era un hombre atlético, de aspecto duro, ya no joven, de frente despejada entrada en calvicie, del que se suponía un pasado mujeriego (se decía que era viudo), lo que, junto con su aspecto, solía impresionar a las jóvenes y no tan jóvenes madres. Se sabía que había luchado en la guerra (con los «nacionales», por supuesto) y que no le hacía ascos a la violencia militar.

El Hermano P, hermano del anterior, era de piel fina y sonrosada. De aspecto más bien delicado, sobre todo comparado con su hermano. Estuvo al frente de las distintas clases que se le iban asignando, aunque su especialidad era la gramática y la literatura. Yo lo tuve concretamente en cuarto de bachillerato (a mis 14 años) y siempre le estaré agradecido de que, debido a su natural claridad pedagógica, llegase a dominar la ortografía, la gramática y la sintaxis. Pero he de confesar algo: no me caía bien. ¿Por qué? No sé. O quizá sí.Uno de los deportes nacionales de la época era la invención y divulgación de chistes sobre Franco. No importaba la tendencia política del sujeto: si sabía un chiste sobre Franco, lo soltaba. Y es natural que unos niños de 13 o 14 años participasen entusiasmados en semejante deporte, ajenos en su mayoría a la carga realmente subversiva de muchos de los chistes.

Pues bien, una mañana el Hermano P. apareció en clase furioso. Con la cara enrojecida, con ese rojo que parece preceder al ataque de apoplejía. Estaba indignado, indignadísimo de que hubiese personas ¡y entre nosotros mismos, los alumnos! que se dedicasen a hacer chacota del gobernante más católico que nunca había tenido España, el cristianísimo Franco.

Aquella «santa indignación» me resultó muy desagradable. Yo, que entre la obediencia debida, el adoctrinamiento continuo, el natural escepticismo, etc. no tenía aún ninguna idea clara sobre el tema, tuve de repente bien claro una cosa: que no quería ser ni pensar como uno de esos energúmenos. Como el de la cara encendida de rojo a punto de estallar en mil pedazos.

Por otra parte, había Hermanos que sabían revestir su actuación de un aura de autoridad magnífica. Recuerdo en este sentido uno… cuyo nombre no recuerdo. Pero sí el mote, EL Panchatantra, familiarmente EL Pancha, debido, por una parte a la clase magistral que nos había dado sobre el antiguo texto hindú, en el último curso, y por otra a su aspecto fuerte aunque desgarbado y barrigudo. Con altas dotes intelectuales, le perdía la soberbia, el desprecio por la gente sencilla, y una misoginia que le salía por los poros. (En la foto, el más alto de los de negro).

En el lado opuesto se situaba el Hermano C., director del Colegio en los primeros años, hombre gordito, tierno y sentimental, siempre proclive a soltar la lágrima en cualquier acto público; se le conocía como La Toba, expresión catalana que significa «la blanda» pero que también tiene un significado escatológico.

Y finalmente había también algunos Hermanos, por lo general en el área científica, laboriosos, serios, alguno incluso muy tímido, que trabajaban y enseñaban con discreción y sabiduría. Pero es sabido que con este tipo de personas no se construyen historias apasionantes.

El primero de la clase

Después de tres años, el idilio que había mantenido con el Hermano H. llegó a su fin. Por primera vez desde que, aún no cumplidos los siete años, iniciara mi vida en el Colegio, veía al frente de mi clase a un Hermano que no era el Hermano H. Algunas cosas tendrían que cambiar. Para empezar, la tímida leyenda del «enchufado» se venía abajo. Tenía que contar solo con mis propias fuerzas.

Pero la verdad es que, aparte de la sensación de seguridad que me proporcionaba mi relación con el anterior profesor, poco o nada cambió. En los boletines de notas seguía apareciendo como el primero de la clase. He de aclarar que, en aquella época, además de calificarse a los alumnos por los resultados se les clasificaba en relación al conjunto con un número de orden: Primero, segundo, tercero, etc. Costumbre bárbara ya desaparecida (o reintroducida, no sé, corren tanto los tiempos) que por lo visto alentaba una competitividad malsana.

A mí ya me iba bien. Me estimulaba a mantener el nivel en que me había situado. Es que Antoñito tiene mucho pundonor, decían en casa. Y era verdad. Cuando mi posición se tambaleaba, me sentía muy mal. Esto ocurrió en varias ocasiones. En la peor llegué a descender a la posición de cuarto ¡el infierno! Cuando le entregué el boletín de notas a mi padre confesando, lloroso, que solo había sido el cuarto,  mira, comentó risueño éste  a mi madre, Antoñito está llorando porque ha sido el cuarto. He de confesar que aquellas risas medio reprimidas me dolieron bastante. Y no me sirvieron de ningún alivio en relación con la realidad de la catástrofe.

Pero no hay que pensar, como pensaban muchos, que el hecho de ser el primero de la clase iba relacionado con largas horas de estudio ante el libro. Ese era un deporte – el del estudio intensivo – al que no me había de dedicar hasta la entrada en la Universidad, y con resultados más bien ridículos en relación al esfuerzo.

En el Colegio, de esfuerzo, más bien poco. Recuerdo que una vez, tendría 13 o 14 años, al mediodía, bajaba hacia casa acompañado de uno de mis pocos amigos habituales: Enric Serra, quien vivía cerca de casa. Le invité a entrar, y en cierto modo quedó pasmado. Al día siguiente, lo explicaba más o menos así: Oye, ¿sabes lo que hace Priante cuando llega a casa? Echa a un lado la cartera con los libros y saca un montón de tebeos y se pone a leer, ¿te imaginas?

Sí, El guerrero del antifaz, Suchai, y sobre todo El pequeño sheriff eran materias muy  preferidas a las que aguardaban en la cartera, para las que una breve lectura antes del momento de las preguntas había de ser suficiente.

Y he aquí los resultados: el buen amigo que cantó mis secretos al público, convertido en gran barítono, y yo aquí, todavía sin parar de leer, vicio al que hace ya mucho tiempo añadí el de escribir.

Y si este relato tuviese un rincón dedicado a «agradecimientos» éste sería el momento. El momento en que el antiguo, viejo, primero de la clase agradece emocionado a sus compañeros el cariño y comprensión que siempre recibió por su parte. Hay que pensar que un niño como el que yo era, retraído, tímido, aparentemente «empollón» o «enchufado», ausente en cualquier actividad deportiva o de jolgorio, de muy pocos amigos, era el blanco perfecto para todo tipo de burlas, acosos y todo eso que ahora se llama bullying y que siempre ha existido (¿y existirá?) en las aulas.

Pues no. No solo no hubo nada de eso, sino todo lo contrario: siempre encontré aceptación, amistad y diría que hasta respeto y admiración. He pensado que, más que en ser «el primero de la clase», mi suerte estuvo en compartir una clase, unas clases, de primera.

Próximamente: Capítulo III, VALLDOREIX

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VIEJO MUNDO NUESTRO I

EL CINE

Tarde del jueves   

De niños, íbamos al cine una vez por semana. El plural del verbo alude a tres hermanos de edades muy seguidas, una hermana más distanciada del último, la madre, el padre (solo a veces) y la criada.

El cine era alguno de aquellos “de barrio” que ya no existen; el barrio era el nuestro, situado justo a la derecha de la derecha del Ensanche y poblado por una clase media más laboriosa y temerosa que de derecha o de izquierda.

Aquellos nuestros cines de barrio se llamaban Tetuán (por la plaza próxima), Gran Vía (por la avenida en que estaba), Cervantes (porque así lo decidieron los que borraron el nombre extranjero de Fregoli), Lido (por no sé qué), y había algún otro más ocasional y lejano. Avanzada la tarde, en todos ellos imperaba el aroma que desprende la naranja cuando se pela y el de la tortilla de patata aún caliente; también, a veces, el del pipí infantil que algunas mamás consentían se liberase en pleno patio de butacas.

El vestíbulo del local, donde se alojaban las dos taquillas cual nichos dispensadores de pasaportes para la felicidad, mostraba en sus paredes fotogramas de las dos películas que se proyectaban, y que nosotros observábamos con curiosidad y anhelo a la entrada y con cierto conocimiento del mundo a la salida (mira, aquí es cuando…, y aquí cuando…)

Las películas eran siempre dos, que se proyectaban de forma continua y alterna, desde las 3 o 4 de la tarde hasta las 12 de la noche aproximadamente, con los debidos intercalados del No-Do, documental informativo oficial de proyección obligatoria. La película considerada más importante o popular se proyectaba al principio y, dado que el número total de proyecciones era impar, le tocaba también ser la última, con lo que obtenía un visionado más que la otra.

El hecho de que las sesiones fuesen seguidas, turnándose las dos películas, tenía alguna ventaja. Se entraba en la sala en cualquier momento, por ejemplo hacia la mitad de la película A, se veía la película hasta el final; después empezaba la película B, se veía hasta el final; después empezaba la película A, se veía hasta el momento en que alguien de nosotros decía: aquí hemos llegado. Entonces, nos levantábamos, satisfechos o resignados, y salíamos del local.

Además del recuerdo de lo visto, nos llevábamos un objeto material de valor inapreciable: los programas de mano de las películas que se pasarían la semana siguiente. Eran estos una especie de papelitos coloreados en los que se representaban imágenes o escenas de la película en cuestión y que hoy son objeto preciado de colección.

Algunas mañanas de domingo

Pero las sesiones de cine no se limitaban a las tardes de los jueves – festivas en el Colegio hasta que se impuso el weekend foráneo y se cambiaron por las del sábado -, sino que también las había algunas mañanas de domingo. Mañanas lluviosas o muy nubladas en las que no apetecía el acostumbrado paseo dominical. Y es que la familia, reducida por lo general al padre y los tres hijos mayores, solíamos pasear por las zonas más agradables o pintorescas de la ciudad: parque de la Ciudadela, Montjuic, parque Güell, la Rambla, el rompeolas. La madre se quedaba las más de las veces en casa con la criada (la comida de los domingos era importante), junto con la niña, demasiado pequeña para seguir a sus mayores y cuya incorporación al grupo paseante coincidiría más o menos con la diáspora de los hermanos ya creciditos.

Y es que, situadas en el centro de la ciudad, algunas salas de cine ofrecían los domingos sesiones matinales dedicadas en unos casos al público infantil – solo películas cómicas o “de dibujos” y noticiarios – y en otros, a todos los públicos. Recuerdo en especial el Publi, en el Paseo de Gracia, donde disfrutábamos de lo lindo – el padre incluido – con las aventuras y desventuras de Charlot, el Gordo y el Flaco, Popeye, el Pájaro Loco, Tom y Jerry, y otros de la misma fauna. Y también el Galería Condal, situado entre la Gran Vía y el Paseo de Gracia, de donde recuerdo en especial, ya en plena adolescencia, un par de películas que, no sé por qué circunstancia, vimos varias veces, y siempre juntas: Bahía negra y la encantadora, tierna y romántica Lilí. Y también la musical, fantasiosa y sensual (o así la recibí yo en mi pubertad) Carrusel Napolitano.

En la pantalla

También de los cines de barrio y de una vez a la semana guardo el recuerdo de un puñado de películas. La mayoría pertenecen a la década gloriosa del cine de los años 40. Pero hay que tener en cuenta que, a diferencia de ahora, una película, una vez estrenada en su país de origen, tardaba a veces años en llegar a nuestras pantallas. Un ejemplo extremo: Lo que el viento se llevó, estrenada en EE.UU. en 1939, llegó a España en 1950. Demasiados trámites que salvar, y no el menor el de la censura. 

Y aquí van unos títulos que de aquella época de espectador de cine de barrio conserva la memoria, con su año de realización, que casi nunca coincide con el de nuestro visionado infantil o adolescente: Robín de los bosques ( Michael Curtiz, 1938), Rebeca (Hitchcock, 1940), Cuatro pasos por las nubes (Alessandro Blasetti, 1942), Luz que agoniza (George Cukor, 1944), Alí Baba y los cuarenta ladrones (Arthur Lubin, 1944), La escalera de caracol (Robert Siodmark, 1946), La vida secreta de Walter Mitty (Norman Z. McLeod, 1947),  Doble vida (George Cukor, 1947), Recuerda (Hitchcock, 1949), Al rojo vivo (Raoul  Walsh, 1949), Las minas del rey Salomón ( Compton Bennett, 1950),  Scaramouche (George Sidney, 1952). He añadido en cada caso el nombre del director no sé porqué. Y es que éste era un detalle que ni a nosotros ni creo que al público en general importaba un pimiento; creo que pocos sabían que existía un director. Los únicos que importaban eran los que se movían y hablaban en la pantalla. Clark Gable, Errol Flynn, Gary Cooper, Humphrey Bogart, Hedy Lamar, Rita Hayworth, Gene Tierney, Veronica Lake eran los únicos dioses y diosas de aquellas tardes semanales.

Lo de «hablaban en la pantalla» es un decir, porque los que ante nosotros hablaban no eran los mismos actores sino unos dobladores profesionales, quienes nos ofrecían los parlamentos originarios en el único idioma oficial del país, que casualmente era también el nuestro.

El doblaje tenía en aquella época unos efectos o intenciones evidentes, unos buscados y otros rebuscados: permitía al espectador no políglota enterarse de lo que decían (supuestamente) los personajes; impedía, a los conocedores del idioma original, disfrutar de las voces genuinas y a veces muy características de los actores, aunque, como contrapartida, permitía en algunos casos el lucimiento de ciertos actores españoles que oficiaban de dobladores, y finalmente (o quizá habría que decir fundamentalmente) daba campo abierto a la censura para manipular los textos originales de acuerdo con la ideología político-religiosa imperante. 

Este último recurso se utilizaba sin freno, y el espectador corriente no tenía manera de saber dónde hacía trampa el servicio de doblaje. Tiempo después sí, se pudo saber, por ejemplo, que el doblaje de Bogart en Casablanca omite la referencia del personaje a su participación en nuestra guerra civil al lado de la República, o que el de Mogambo convierte a un joven matrimonio en hermanos, con lo que, intentando evitar el pecado de adulterio (nada menos que con el irresistible Clark Gable), lo que consigue es que el malicioso espectador piense en el de incesto, aunque imagino que este tipo de pecado, tan sofisticado, no entraba en la mente del censor. 

La censura, sobre todo la antierótica, potenciaba la malicia del espectador hasta niveles de paranoia. Un fundido en negro en medio o a continuación de una escena castamente amorosa era signo clarísimo de que la tijera censora había funcionado, y provocaba las protestas en forma de pitidos y pateos del público. Y en muchos casos era así; aunque en otros muchos, no. Era inevitable: ante la censura, el espectador no hacía otra cosa que dar palos de ciego.

Santa inocencia

No era ése nuestro caso en la etapa más infantil, cuando la inocencia nos permitía darlo todo por bueno mientras fuese interesante o mágicamente encantador. Santa inocencia que de vez en cuando propinaba algún susto en pleno mundo formal de los mayores. Como el de aquella tarde de enero de 1949.

Nuestra abuela paterna, que vivía en el piso de abajo con su otro hijo, había amanecido sin vida. Nadie se esperaba aquello; estaba relativamente bien de salud, y de hecho su aspecto daba la impresión de que seguía durmiendo plácidamente, según decían.  Consternación general, algunos vecinos se enteran y asoman la cabeza. Una anciana observa cómo el más pequeño de los tres nietecitos (siete años) lloriquea en un rincón. Se le acerca en plan consolador: «Pobrecito, qué sensible. ¿Querías mucho a la abuelita, verdad?» Y el niño gimotea: «Es que no podremos ver Murieron con las botas puestas«.

Resulta que era jueves y en el cercano cine Tetuán nos esperaba el apuesto y aguerrido  Errol Flynn con sus valientes soldados, y los temibles indios. Creo que quedó para otra ocasión, porque recuerdo haberla visto.

Fuera de la pantalla

Pero los cines – los de barrio y los otros – contaban con más personajes que los que aparecían en la pantalla, y además eran de carne y hueso. Las taquilleras primero. Siempre mujeres, y con los rostros semiocultos por el estrecho marco de la taquilla; el conserje, que controlaba las entradas a la sala, siempre uniformado a lo almirante, con independencia de la categoría del cine. Y una vez en la  sala, los nerviosos focos lumínicos que rasgaban la oscuridad – entrábamos en plena proyección –  anunciaban la presencia de los acomodadores, seres sin rostro apenas que a través de las tinieblas aparecían para acompañarnos hasta la localidad oportuna.

El acomodador era un personaje importante. De alguna manera representaba a la autoridad, y como tal ejercía. Reprendía severamente a los que alteraban el orden o se portaban mal. Eso de portarse mal era muy relativo, por supuesto, y su apreciación dependía siempre del grado con que el acomodador tuviese asumidos los postulados político-religiosos vigentes. Y aquí conviene una pequeña digresión para hacerse una idea.

En el tema sexual, la moral oficial del país era muy estricta; aunque en la práctica todo el mundo hacía lo que podía, como siempre. Fuera del matrimonio, los desahogos naturales con que suelen satisfacerse las parejas eran realmente difíciles. Una sala de cine (de barrio, con preferencia) con su oscuridad y el volumen de los altavoces a plena potencia era un lugar bastante adecuado para aquellos fines. Y así, las últimas filas de las salas solían ocuparlas parejas de todas las edades, más interesadas en sus cosas que en lo que ocurría en la pantalla. Y, a lo que íbamos, si el acomodador de turno juzgaba que aquello era escandalosamente indecente no dudaba en apuntarles directamente con el foco de su linterna para avergonzarlos (?) públicamente  y acabar con el escándalo. Esto lo vi yo en más de una ocasión. Como mero espectador, se entiende.

Pero a veces el acomodador ejercía el poder de la linterna con fines menos desinteresados. Como antes he apuntado, te acompañaba hasta señalarte el lugar que ibas a ocupar, y era costumbre (obligada) que se le entregase una pequeña propina. Pues bien, si no había propina o si ésta era manifiestamente irrisoria, tu hasta entonces amable acompañante mantenía clavado el foco de la linterna en tu persona, incluso ya sentado, hasta que juzgaba que estabas suficientemente avergonzado.

Disgregación y final 

De niños, íbamos al cine una vez por semana.

Pero la infancia cedió el paso a la adolescencia, y la tropa familiar de las tardes de los jueves y de los matinales de algunos domingos se fue disgregando. Creo que fue a mis catorce o quince años cuando el trío de hermanos empezamos a compaginar aquellas sesiones familiares, con otras más personales. Con algún hermano, con algún amigo, solos, cualquier tarde o noche de la semana, con alguna novia, a veces en las últimas filas.

Pero la fascinación por cuanto de interesante ocurría en la pantalla persistía y persistirá. Los cines no, aquellos cines de barrio se hundieron para siempre, sumando sus ruinas a las de tantas civilizaciones perdidas.

Solo viven en el recuerdo. Como en este que he compartido. Tan personal. Tan prescindible para aquellos que no lo vivieron.   

Próximamente: Capítulo II, EL COLEGIO

 

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PROYECTO DE OBRA (provisional, como todo)

VIEJO   MUNDO   NUESTRO

Cap.    1       El cine

             2      El Colegio

             3      Valldoreix

             4       La Universidad

             5       La Lengua

             6       La Mili

             7        Y ahora ¿qué?

(PRÓXIMAMENTE, AQUÍ MISMO)

 

 

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LA CIUDAD Y EL REINO: unas claves (3)

III  Los niveles de interpretación 

Toda expresión humana – sépalo su autor o no – tiene varios niveles de interpretación. Si uno dice “he trabajado mucho”, se puede interpretar también como “estoy cansado” o como “merezco un premio”. Si esto es así en la vida corriente de las personas corrientes, qué no será en la obra del artista y sobre todo del artista nada corriente.

Dante Alighieri estableció que en su obra literaria existen cuatro niveles de interpretación, desde el inmediato o elemental hasta el más elevado u oculto, que él denomina anagógico. Pero no todo el mundo puede ser Dante, ni en la obra ni en el análisis de la obra.

Yo, por ejemplo, en La ciudad y el reino descubro claramente tres niveles de interpretación. No más. Voy a tratar de exponerlos, dando por descontado que el lector atento los habrá ya descubierto por sí mismo. Así que esta disertación va dirigida especialmente al no muy atento.

Primer nivel. La novela consiste en la historia de la relación amistosa entre dos personas, con sus afinidades y sus diferencias, cuyos caminos van divergiendo. Contiene también un somero retrato de la época y la sociedad en cuyo marco se desarrolla la acción.

Segundo nivel. La novela consiste en la contraposición de dos maneras distintas, opuestas, de ver el mundo y de actuar en él. Tanto en las sociedades como en los individuos predomina una de las dos maneras. 

Una, representada por la Ciudad, aspira al orden y a la racionalidad, a la armonía y la belleza; conoce los límites del ser humano y los respeta. En lo político y social promueve el entendimiento y el pacto entre los intereses diversos.

La otra, representada por el Reino, siente que existe una verdad indiscutible que hay que predicar – o imponer – para lograr la salvación de la humanidad descarriada. Se guía por el impulso de la propia fe, sin reconocer más límites o barreras que los que ella misma pone. En lo político y social no suele practicar el diálogo, sino el adoctrinamiento con vistas al triunfo necesario e inevitable de la verdad única. Su convicción nace de un sentimiento íntimo, de naturaleza mística que, o bien puede mantener en una semiprivacidad, dando lugar a la figura del santo (por ejemplo, San Paulino de Nola), o bien puede intentar imponerla por cualquier medio, opción ésta que suele generar desastres.

Tercer nivel. La novela consiste en la exploración y exposición de la dualidad del alma humana, por una parte apegada a la tierra y edificando sobre base sólida el edificio de racionalidad, orden y belleza que constituye la firme estructura de toda civilización; por otra, aspirando a desentrañar directamente el misterio del universo por una especie de intuición mística, despreciando métodos y fases.

Esta dualidad se halla presente en mayor o menor medida en el alma de todo ser humano, y algunos escritores se han complacido en encarnarla, separadamente, en ciertos personajes opuestos entre sí (piénsese en el dúo Settembrini-Naphta  de La montaña mágica de Thomas Mann, por ejemplo). 

Dualidad del alma que forzosamente se da también en el autor de la novela, quien, parafraseando la ocurrencia de Flaubert, puede concluir y de hecho concluye afirmando con toda verdad que La ciudad y el reino… soy yo.

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LA CIUDAD Y EL REINO: unas claves (2)

II  Los personajes

Todo intento de novela histórica centrada en personajes que existieron como personas reales tiene un problema principal: decidir qué cantidad de rigor histórico y qué cantidad de fabulación novelesca ha de contener.

En ocasiones hay poco que decidir: cuando los datos históricos son prácticamente inexistentes, la fabulación novelesca se impone de manera necesaria. Pensemos en el posible personaje novelesco de Homero. Dado que del poeta en cuestión no se sabe nada – ni siquiera es seguro que haya existido –, todo lo habrá de poner la imaginación, la pura fabulación.

En el extremo opuesto, tenemos a Cicerón, por ejemplo, autor de tantas cartas sobre el mundo en que se hallaba inmerso y sobre sí mismo, objeto de tantos testimonios de sus contemporáneos, que la fabulación habrá de verse por fuerza condicionada por los datos históricos incontestables.

Los dos coprotagonistas de La ciudad y el reino, donde todos los personajes se corresponden con personas que existieron en la realidad (con la excepción de Emiliano Dexter, nieto inventado del obispo Paciano), constituyen un buen ejemplo de cómo se debe (o se puede) conjugar el rigor histórico con la fabulación novelesca dentro del plan ideal de la obra que, lo reconozca o no, alberga siempre el autor.

Del Paulino histórico se sabe poco. Y todo lo que se sabe – de primera mano, quiero decir – está en las referencias de algunos de los contemporáneos con quienes se carteaba – Agustín, Ambrosio, Jerónimo, Sulpicio Severo, Ausonio y pocos más -, en sus obras literarias – poemas a San Félix, sobre todo-, y en el contenido de sus propias cartas, sobre todo de las dirigidas a Ausonio.  De todo ello se deduce una personalidad reflexiva, tranquila, agitada a veces por transportes místicos, que no llegan a alterar su natural sosiego; amable, bondadosa y, aunque cristiano auténtico, en lo cultural pertrechado con toda la ciencia y la sabiduría de la Antigüedad. 

Sobre esta base, no muy extensa, edifiqué el Paulino de mi novela, para lo cual me bastó reforzar un poco el talante místico y añadir esa especie de angustia existencialista que le adjudico para antes de la conversión, y que creo que no le va nada mal. 

Del Ausonio histórico se sabe quizá más que de Paulino, pero en el fondo mucho menos. Fue profesor de gramática y retórica (de literatura, diríamos hoy) durante muchos años, luego preceptor del heredero de Valentiniano I y, elevado su alumno a la dignidad imperial, ocupó cargos de suma importancia en la maquinaria político-administrativa del Imperio. Escribió mucho, pero al decir de los críticos, siempre tocando los temas por la superficie y con una calidad muy desigual. En todo caso, su ingenio y habilidad con la pluma son indiscutibles. Un ejemplo es el Centón Nupcial, composición poética construida a base de hemistiquios tomados de La Eneida en la que se describe una noche de bodas sin ahorro de ningún detalle erótico. Su obra más conseguida es sin duda el Mosela, largo poema descriptivo dedicado al río del mismo nombre.

Personalmente parece que fue, además de hábil escritor, honrado, un poco vanidoso, amigo del poder y del orden justos y algo sentimental. Y sobre todo reacio a plantear cuestiones más o menos profundas, hasta el extremo de que no se sabe con certeza hasta qué punto había asumido el cristianismo que oficialmente profesaba. Lo único claro en este aspecto es que, en sus obras y en sus cartas, destaca siempre una evidente nostalgia por el viejo mundo tutelado por los dioses que habían hecho grande a Roma.

Para llenar cierto vacío de esa personalidad, evidente si la comparamos con la más definida de Paulino, se me ocurrió corregirla o completarla con la de otro gran poeta de varios siglos después. Desde mi particular punto de visita, éste no podía ser otro que Goethe. Comparten los dos una visión del mundo esencialmente poética, una afición no disimulada por el orden, la aristocracia y el poder, una biografía siempre ascendente hasta alcanzar la vasta meseta de los últimos años. Solo faltaba añadir a Ausonio esa especie de filosofía panteísta manifiesta en el de Frankfurt, es decir, algo de la sustancia intelectual de la que aparentemente carecía el de Burdeos.

Hecho. Si el resultado es satisfactorio o no, habrá de decirlo el lector.                 

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