Archivo de la categoría: Opus meum

Fragmentos y comentarios auténticos sobre la obra de Antonio Priante.

Ausonio y el poder

[Ausonio, coprotagonista de La ciudad y el reino, rememora sus peculiares relaciones con el poder]

En poco tiempo, el profesor de retórica de provincias se había situado en el puesto de mayor confianza del emperador. Y los que observaban con malos ojos mis armónicas relaciones con el padre y con el hijo, tan diferentes entre sí, también verían cumplidos sus presentimientos. Mi estrella como hombre público justo empezaba a ascender.

Algunos de los altos funcionarios que pululaban por Palacio no se recataban de mostrarme su extrañeza ante el hecho de que un hombre como yo, tan poco dado a la lisonja y a la intriga, pudiera prosperar a la sombra de un militar tan imprevisible como Valentiniano. Y la verdad es que no sólo prosperaba, sino que el emperador parecía profesarme un afecto real, al que yo correspondía con mi veneración y afecto.

Contemplados los hechos a distancia, pienso que esa predilección de la que yo era objeto por parte de una persona como Valentiniano no era algo casual y gratuito. Los que se creen bregados en la lucha por el poder (o en la carrera de los honores, como más delicadamente se decía antes) suelen defender que es preciso toda una teoría de intrigas, mentiras y estratagemas para ir escalando con éxito los distintos puestos y, sobre todo, para congraciarse con quien ostenta y reparte el poder. No niego que eso funcione. No seré tan ingenuo como para negarlo. Pero sí afirmo que, si alguna vez esa persona que ostenta y reparte el poder encuentra a un hombre de espíritu noble, que le habla con claridad y sencillez, que sabe simplificarle los problemas en vez de complicárselos y que no demuestra, ni tiene, una ambición desmedida, si ese poderoso es medianamente inteligente – y Valentiniano lo era más que medianamente -, ten por seguro que apartará de un manotazo a políticos intrigantes y funcionarios idiotizados y depositará su confianza en ese hombre de buena pasta que, en el fondo, solo está interesado en descubrir qué hemistiquios virgilianos son los adecuados para el Centón Nupcial que está componiendo.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Las murallas de Barcino

(Según Paulino, coprotagonista de La ciudad y el reino)

Del deseo surge la competencia con los demás; de la competencia, el odio; del odio, la crueldad y las matanzas. Estas tristes murallas, reforzadas por sólidos torreones a breves intervalos, son un ejemplo de lo que digo. El miedo las ha levantado.

Hace más de cien año, cuando el Imperio vivía la época más sombría de su historia, bandas de bárbaros francos llegaron hasta aquí, y más al sur, expoliando y arrasando cuanto hallaban a su paso. La pequeña ciudad, delimitada por un débil cerco de la época de Octavio Augusto, fue saqueada. Cuando los bárbaros se retiraron y todo volvió al orden antiguo – aunque ya nada sería como antes en todo Occidente – los ciudadanos fueron presa de una fiebre constructora. Apenas fue necesario que llegasen de Roma los edictos ni que el curador diese las órdenes oportunas. Todo el pueblo se afanó en levantar los muros más altos y anchos posibles.

En el delirio constructor – cuentan los que lo oyeron contar a sus abuelos – todo servía para el reforzamiento de las murallas. Columnas, restos de edificios destruidos, fragmentos de monumentos funerarios, incluso imágenes de dioses, dicen, todo sirvió de relleno para la imponente muralla.

Ésta y muchas otras que por aquellos años se levantaron en tantos lugares de Occidente – la misma de Roma, edificada por Aureliano – son claros ejemplos de que el hombre mancha la tierra con los signos del temor y del odio. Esas murallas fueron levantadas para defenderse de los bárbaros. Los bárbaros, sí, esos hombres a los que, desde hace siglos, se ha perseguido y dado caza en los espesos bosques de Germania en nombre del senado y el pueblo de Roma.

Las murallas, las espadas, las máquinas de guerra: éstas son las obras de los hijos del pecado. Pero cuando vuelva Jesús y haya un nuevo Cielo sobre una nueva Tierra, no serán necesarias las defensas. Porque el hombre se habrá reconciliado con la naturaleza y con los otros hombres, y la Ciudad, rotas las murallas por el sonido de las trompetas que anunciarán la llegada del Salvador, será sustituida por el Reino de Dios, que no tendrá fin.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Ausonio, preceptor de Graciano, hijo y heredero de Valentiniano I

(Ausonio se explica, según la novela La ciudad y el reino)

Mientras tanto, la relaciones profesor-alumno seguían su curso normal. Graciano iba creciendo en edad y sabiduría, proceso este último al que yo no era ajeno. Era un joven agraciado, de inteligencia normal y de sensibilidad algo superior a la normal. […]

Aprendía con facilidad todas las materias. En cuanto a la educación del carácter, puse todo cuanto pude de mi parte. He de decir que nunca he tenido una idea clara de cómo se debe educar a los jóvenes. No me refiero a la instrucción literaria y científica, sino a su formación como personas aptas para la vida. En realidad, nunca he tenido una doctrina al respecto.

Si hubiese de hablar de mi experiencia como educado por mi padre y como educador de mis hijos, habría de concluir que para eso no sirven doctrinas ni sistemas, que el único camino que conduce a un buen resultado es ponerse como ejemplo continuo del educando. Quiero decir que no se trata de imbuirle preceptos y doctrinas, sino de permitir que vea cómo se comporta la persona que ama (porque el amor es absolutamente necesario en la educación), de manera que se contagie de las ideas, de los intereses, de los hábitos del educador hasta que, por sí mismo, se vea impulsado a seguir un camino semejante. Claro que eso requiere dos requisitos: que haya amor y que el educador sea una persona, por lo menos, digna.

Pero hay algo que reside en la propia naturaleza de las personas y que no se puede enseñar ni contagiar: la fuerza del carácter. Fuerza de la que Graciano no andaba sobrado.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Emiliano Dexter, nieto del obispo Paciano, divaga sobra la historia de su ciudad.

-Dice la leyenda que Barcino fue fundada por gente llegada de la costa africana, los antiguos cartagineses. Si fue así, sin duda aquellos hombres, con su lengua y sus costumbres, se traerían sus terribles dioses, Melkart y Tanit, cuyo bárbaro culto incluía el sacrificio cruento de niños. Eso es lo que decide la leyenda, porque es el caso que la historia escrita, tanto en los libros como en las piedras, sólo ha dejado testimonio de nuestra ciudad romana, colonia fundada en la época de Octavio Augusto y destruida y restaurada en los años de Galieno. Esta es la ciudad que siempre hemos conocido, la única de que se tiene memoria en mi familia a través de la larguísima serie de antepasados, que se remonta a la misma fecha de la fundación.

En estos cuatrocientos años ha sido una ciudad tan romana como la que más y, como cualquiera de ellas, se ha visto fecundada por la gente de Oriente, sobre todo mercaderes y navegantes griegos.

Pero algo tendrá de cierto la leyenda púnica, alguna secreta atracción debe de existir entre esta tierra y la costa africana, porque, hace ya más de cien años, cuando aquí el cristianismo solo era conocido por algunos esclavos orientales, desembarcaron de nuevo en estas costas hombres procedentes de Cartago y empezaron a enseñar, propagar e imponer una fe dura, estricta, ardiente; una religión llamada de amor pero que enseñaba que Dios había exigido el sacrifico de la vida de su único hijo.

Habréis observado la profusión de capillas que hay por estos contornos dedicadas al santo Cipriano, el obispo de Cartago que dirigía la invasión desde su sede. Algunos de sus enviados fueron martirizados. Como Cucufate, muerto y enterrado al otro lado de estos montes.

Así que ya veis, en esta mi querida ciudad, la luz romana y griega de la razón no ha sido más que un breve resplandor entre dos furores filicidas.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Ausonio (el personaje de la novela La ciudad y el reino) se define

¿Qué habrá después? Nadie lo sabe. Quizá, como afirman los creyentes cristianos, nos espera una unión gloriosa con el Padre eterno. Quizá el espíritu particular que albergó tantos mundos se reintegre en el espíritu universal, conservando o no la conciencia de su individualidad. O quizá no quede nada en absoluto. Me inclino por alguna de las dos últimas posibilidades. Y es que la resurrección de los muertos – cuerpos incluidos – es un hueso bastante difícil de roer.

Ante estas afirmaciones mías, Paulo me pidió que le aclarase de una vez si soy o no soy cristiano. ¡Vaya dilema! El hombre es un universo. En todo caso, es mucho más que sus adjetivos. Y aquél que aspira a ensanchar al máximo los límites de su conciencia no puede dejarse encerrar en las estrecheces de una doctrina.

No se pueden poner las ideas por delante y pretender acomodar a ellas nuestra personalidad. Primero está la vida, rica, variada, multiforme. Y según vivimos, somos. Así que, ante la capciosa pregunta de Paulo, sólo se me ocurre una respuesta: que, como poeta, soy politeísta; como pensador, soy panteísta; como ser moral, soy cristiano. Y con esto dejo zanjada toda cuestión trascendente.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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El llano de Barcelona a finales del siglo IV

[Inicio de descripción por Paulino, el coprotagonista de La ciudad y el reino, pág. 41]

Querido amigo, esta ciudad es casi más bella ahora que entra el verano que bajo las suaves luces del otoño. Y más que en la ciudad, aprisionada entre una murallas tan impresionantes como desproporcionadas para el tamaño de la población, la belleza estalla en los campos próximos, en los montes no lejanos y en el vecino mar, un mar de un azul tan intenso como el de las aguas que bañan las costas de Campania. El cielo, con ser muy azul, parece pálido sobre estas aguas, y en algunos lugares un verde deslumbrante baja a confundirse con el intenso color marino. Pero la ciudad, como te digo, está encerrada por unas espesas y sombrías murallas -sólo en los crepúsculos, resplandecientes de un rojo encendido-, y cuando llega este tiempo, sus habitantes sienten la necesidad de escapar. Unos se dedican a la pesca. Otros se instalan en sus huertas y tierras de cultivo, adonde el resto del año sólo acuden para las labores necesarias. Ya ves, sigo tu consejo. Me dedico a la descripción geográfica.

La ciudad está situada en el centro geométrico de una casi semicircunferencia de montañas, desde cuyas faldas el terreno, surcado por un número indefinible de riachuelos, va descendiendo suavemente hacia el mar…

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Los límites naturales del poder

[Según Ausonio, el personaje de La ciudad y el reino, pág. 148-149]

Siempre he pensado que no basta con que a uno le atraiga mucho el poder, ni siquiera con que se haga con el poder. Lo que cuenta es saber ejercerlo. Algunos, como Arbogasto y Eugenio, imaginan que dar una cuantas órdenes, promulgar unos edictos, cambiar unos funcionarios es suficiente para que los proyectos políticos se conviertan en realidad. ¡Qué inmenso error!

Para empezar, hay que tener en cuenta que el poder absoluto no existe. El más poderoso de los hombres no puede mandar más que aquello que se puede cumplir; no puede imponer otro orden a la naturaleza, del mismo modo que no puede imponer a la sociedad humana un orden distinto de aquel al que apunta su propio desarrollo natural. No se puede decretar que el Sol salga por occidente y se ponga por oriente, del mismo modo que no se puede decretar que los antiguos dioses vuelvan a ocupar la imaginación del pueblo cristianizado.

Esto lo digo yo, hombre, como sabes, dominado por la nostalgia de aquel mundo maravilloso que ni siquiera conocí. Pero ante todo, hombre realista. Y la realidad es que el cristianismo no tiene competencia; que los dioses y sus templos desaparecerán de la faz de la Tierra para buscar su último refugio en las palabras escritas de los poetas, y solo vivirán mientras vivan Homero y Virgilio y Ovidio, con lo cual, pienso ahora, tienen asegurada cierta forma de inmortalidad.

El que manda ha de conocer los límites de su poder y dominar los mecanismos que permiten que las decisiones posibles sean llevadas a la práctica. Y lo que ningún gobernante ha podido ni podrá nunca hacer es resucitar por decreto lo que el pueblo ha decidido enterrar. Ni lo consiguió Juliano, hombre noble y bien intencionado, ni mucho menos lo conseguirá Eugenio, estúpido títere del traidor Arbogasto.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Último paseo de Paulino por las calles de Barcino


[Pocos días antes de su partida hacia Nola, Paulino (el personaje de La ciudad y el reino, por supuesto), con un sentimiento de nostalgia anticipada, relata algunos detalles del que sería su último paseo por la Barcelona de la década final del siglo IV.]

Algunas tardes suelo – debería decir solía – caminar por la ciudad o sus alrededores. Conozco este lugar con la misma precisión con que conozco cada uno de los rincones de mi modesta casa. Uno de mis itinerarios preferidos incluye el recorrido de la vía principal, que atraviesa la ciudad de norte a sur, desde la puerta que mira al monte Ceres hasta la que se abre al mar.

Dada la especial ubicación de Barcino, levantada sobre toda la extensión de un promontorio, al principio hay que caminar cuesta arriba hasta que se llega a la gran plaza. A esas horas el foro tiene un aspecto muy distinto del que ofrece por la mañana, cuando la actividad de vendedores, compradores y tratantes de toda índole le presta un aspecto colorido y dinámico. Por la tarde llenan la plaza gran número de personas desocupadas: grupos de conversadores incansables, individuos solitarios que deambulan o permanecen estáticos, círculos de jóvenes sentados en el suelo, hablando, discutiendo, a veces cantando, niños que alborotan corriendo de un lado a otro entre las figuras impasibles de los mayores.

El antiguo templo de Augusto, situado en un extremo de la plaza, es el lugar preferido de los juegos de los niños, que se esconden y persiguen entre las altas columnas o se desafían a saltar los escalones de acceso al podio. En ninguna otra parte he visto tantos niños, tan activos y a veces tan violentos. Sin distinción de edades, que van desde los cinco hasta los catorce años, se organizan en bandas enemigas y, reproduciendo las gestas (que nunca han conocido) de sus mayores – les basta, Dios mío, pertenecer al género humano homicida – entablan auténticas batallas a pedradas. Hay zonas especialmente peligrosas, como el intervalo que corre junto al tramo norte de la muralla, por donde nadie en su sano juicio se atrevería a transitar a ciertas horas. Aunque los combates decisivos suelen librarse extramuros.

Cruzado el foro, asoma de pronto el mar sobre las murallas, aún lejanas, que cierran la ciudad por el sur. Entonces la calle empieza a descender, al principio suavemente y luego de forma más pronunciada. A medida que avanzo oigo el estrépito de algún portal que se cierra (el artesano ha concluido su tarea), las voces de las vecinas que se hablan de ventana a ventana, y nunca falta la de alguna mujer que a grandes gritos llama a sus pequeños, que no tardarán en llegar, sucios de polvo o barro, con las caras encendidas por el ardor del juego o del combate.

Sigo calle abajo hasta el final y, ya fuera del recinto amurallado, llego hasta los embarcaderos, donde los pescadores cumplen con el ritual necesario de dejarlo todo dispuesto para la próxima jornada. Contemplo un rato el mar plomizo de la tarde e invariablemente pienso que allá, al otro lado, el santo Félix hace tiempo que me espera. Le prometo acudir enseguida. Y antes que las grandes puertas se cierren, cuando el cielo ha perdido su color diurno y enciende sus primeras luces, reemprendo el camino de vuelta.


De  LA CIUDAD Y EL REINO

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Consciencia cristiana versus ingenuidad pagana,

según Paulino de Nola (el personaje de La ciudad y el reino, por supuesto, pág. 64-65)

El mundo ha cambiado, querido Ausonio, y tú no te has dado cuenta. Y no ha cambiado solo porque antes hubiera república y ahora gobierne el emperador; ni ha cambiado solo porque antes los cristianos fuesen perseguidos y ahora estén junto al poder. Ha cambiado porque ha dejado de ser niño. Llegó Cristo, el hijo del hombre, para abrir las puertas a la verdad, para enseñar que la humanidad estaba condenada.

A partir de ahí, querido Ausonio, ya no es posible la inocencia. A partir de ahí ya no es posible aquel hombre feliz, ajeno al problema del mal y del dolor de los otros hombres. De hecho, los que se oponen al cristianismo ya no lo hacen – excepto tú y algún otro nostálgico, como Símaco – desde el terreno de la antigua inocencia. De Manes a Jámblico todos, por extraños y errados caminos, buscan la salvación del hombre, al que saben caído.

Terminó el tiempo de la inocencia olímpica, la edad, para muchos dorada, en que los dioses, representaciones caprichosas de las fuerzas de la naturaleza, jugaban con los hombres y éstos con los dioses y entre sí a los juegos del amor y de la guerra, del placer y del dolor, siempre ajenos al pecado y a la culpa.

Hoy ya no son posibles los juegos inocentes. Hoy sabemos que llevamos el pecado en nuestra carne y en nuestro espíritu, y que sus frutos son el mal, el dolor, la enfermedad, la muerte. Y hoy podemos saber que el mismo Dios se hizo hombre para, por medio de su pasión y muerte, devolvernos a la vida eterna.

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Pero, qué es la ciudad, qué es el reino

Fragmento de una carta de Décimo Magno Ausonio a su amigo Poncio Meropio Paulino. Téngase en cuenta que su  autor no es el Ausonio histórico, sino el personaje de la novela La ciudad y el reino, aunque se parecen mucho. (He comprobado que hay que precisar estas cosas).

Para mí la ciudad es el espacio en que se organiza la razón; es el punto de encuentro de los seres que serían bestias si no se reuniesen para organizarse en sociedad. La ciudad es la forma perfecta de agrupación humana. Cualquiera otra forma de sociedad, creada al margen o por encima de la ciudad, será siempre una forma de barbarie o tiranía. […]

La ciudad es la razón, la claridad, la medida, los límites, la cordura. Los ciudadanos son personas que discuten proyectos, pactan y toman acuerdos y, como por encima de todo aman la libertad, establecen sistemas políticos que la garanticen (ése, como sabes, fue el origen de nuestro consulado, anual y dual). El reino es el misterio, la oscuridad, la desmesura, la inmensidad, la locura. Los súbditos se arrastran ante sus reyes y no tienen más proyecto que el que se les impone desde arriba.

Me dirás que no es ése el reino de que hablas. Lo concedo. Pero ocurre que yo sólo puedo hablar de lo que conozco, y ese reino tuyo nunca ha sido conocido ni creo que lo sea en este mundo. Lo que sí sé es que, hablando tanto de él, lo único que se consigue es que se entierre definitivamente el genio de la ciudad y que el espíritu de los reinos que todos conocemos se imponga cada vez más, acabando con los últimos vestigios de razón y libertad.

(De La ciudad y el reino, págs. 61 y 62)

   

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