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Fragmentos y comentarios auténticos sobre la obra de Antonio Priante.

SHAKESPEARE. El escritor ausente I

       A mi hermano Adolfo, amante de Shakespeare, del teatro y de la vida 

                                                   IN MEMORIAM

teatro-seix

Los escritores son como las personas; los hay altos, bajos, morenos, rubios, negros, amarillos, (hombres, mujeres, por supuesto, aunque ahora ya no es tan “por supuesto” y parece que hay que especificar). Quiero decir con esto que el tópico del escritor engreído, soberbio, susceptible, ególatra, vanidoso, no es más que eso, unshakespeare tópico que unas veces coincide con la realidad y otras veces no.

Hay escritores cuya personalidad, fuerte, poderosa, invasiva, se manifiesta de modo evidente en su obra, para bien o para mal, y hay otros cuya personalidad está tan diluida en la obra que parece que no está. Entre los buenos ejemplos de lo primero tenemos a Goethe; entre los buenos ejemplos de los segundo, a Shakespeare.

De hecho, Shakespeare es el ejemplo máximo. Nadie como él ha sabido – conscientemente o no – ofrecernos una obra que más bien parece un producto de la naturaleza en la que el supuesto autor no ha tenido ninguna intervención.

El caso de Shakespeare me incita sin remedio a reflexionar sobre uno de los temas para mí más atrayentes y misteriosos de la literatura: la relación entre autor y obra. Y es que esta relación no se parece en nada a la que se produce en otros ámbitos, creo yo, excepto en el artístico en general, que es definitiva de lo que hablo.

Una persona obtusa que se dedica a la política la-fierecillaproducirá una política obtusa; una persona torpe y desabrida, como funcionaria o empleada se manifestará como funcionario o empleado incompetente y desagradable; una mala persona en un cargo directivo actuará como mala persona en muchas de sus decisiones. En la literatura no es así.

El escritor, en cuanto verdadero creador, puede ser como ese individuo que de vez en cuando aparece en las noticias, tranquilo, educado, silencioso, a quienes sus vecinos tienen por un buen hombre…y que resulta ser un asesino en serie. Hay otros que no, otros a los que los vecinos tienen por engreídos y arrogantes…y no son más que vendedores de chucherías.

Aunque también es cierto que hay vecinos engreídos y arrogantes que son perfectos asesinos. Entre estos últimos podría citar a Thomas Mann, y entre los primeros a Kafka, por poner unos ejemplos.

La tradición biográfica del personaje ha sido constante en algunos, pocos, aspectos. Parece que Shakespeare no eramann elegante lo que se entiende por un hombre de carácter. De aspecto bastante corriente, era modesto, sencillo, afable, aunque podía ser brusco cuando trabajaba, es decir, cuando participaba en el montaje de alguna de sus obras teatrales. H. Bloom lo califica como “el menos engreído y agresivo de los escritores contemporáneos”, y a continuación destaca que existe una relación inversa entre su desvaída personalidad y su gran talento dramático.

Uno puede imaginar al amigo, madre o esposa del joven actor (y escritor casi forzado, para nutrir el programa de la compañía en la que participaba), después de asistir a la representación de alguna de las obras escritas antes de cumplir los treinta, inquiriéndole asombrados “pero tú, ¿de dónde has sacado todo eso?”. Y es que, aparte de la creación de personajes, la escritura vital, torrencial, las metáforas nunca oídas, la fuerza del conjunto de la obra eran como para producir asombro, sobre todo si se atribuyen a una persona tan normal como las que vemos a diario por la calle.

h-bloomLo que yo no puedo imaginar es lo que habría contestado el joven actor y autor llamado William. De todos modos, es de suponer que en la época posterior de Hamlet, Otelo, Macbeth y otras, el asombro ya estaría superado y asumido.

Por sus contemporáneos, sobre todo por los que convivían con él o lo trataban a diario (“nadie es un héroe para su ayuda de cámara”), pero no por el espectador o lector de los siglos posteriores, ante cuyos ojos, si son vivos y despiertos como los de un niño, despliega Shakespeare todo un rico y meditado carrusel de maravillas.

No hay duda de que el teatro es el género literario más objetivo. Quiero decir que es el género que menos admite la intromisión caprichosa del autor en la dinámica propia de la obra. Y para plegarse dócilmente a esta exigencia del género quizá se precisa de un temperamento como el de Shakespeare, aunque no necesariamente en el mismo grado, cosa, por otra parte, que me parece imposible.

Para empezar, parece superfluo hablar de una “neutralidad” del autor ante los personajes y cuestiones que se plantean en la obra, puesto que el autor, como ya he dicho, está en la práctica ausente. Shakespeare ha sido uno de los primeros en establecer de manera clara que en la ficción novelesca-teatral todos y cada uno de los personajes tienen razón, su razón, y que el autor no es nadie para rebatirla.iago

Está además el dato (o no dato) histórico de que no se conocen sus ideas y creencias políticas y religiosas (algunos le suponen católico). Es posible que no las tuviera. Es posible que fuese ese vacío mental unido a su particular temperamento lo que hizo de él el límpido espejo donde pudo reflejarse con nitidez, con más nitidez que en la vida misma, toda la grandeza y toda la miseria de la condición humana. (Continúa)

(De Los libros de mi vida. Lista B)

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SHAKESPEARE. El escritor ausente II

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El Carnaval visto por Larra visto por mí

larra-carnavalLos carnavales están hechos para divertirse, dicen. Pues yo he de confesarte que, desde que se restauraron en todo su esplendor, no he encontrado en ellos otra cosa que un fácil motivo literario (¿quién puede sustraerse a la transparente simbología que los usos y abusos de esas fiestas ofrecen al escritor de costumbres?), pero divertirme, lo que se dice divertirme, si es que alguna vez he pensado seriamente en ello, nunca se me ha ocurrido asociarlo con el Carnaval…

“¿Me conoces?” “Te conozco”, dícense sin cesar las máscaras como pronunciando la fórmula precisa de un misterioso ritual. Este es el eje central de toda la ceremonia…y, ahora que locarnaval-madrid pienso, también de toda la vida social, porque, en el fondo, toda comunicación humana no consiste en otra cosa que en escenificaciones varias de ese mismo ritual. Uno se pone la máscara más respetable y le dice con palabras cifradas al otro “¿me conoces? ¿sabes en realidad lo que pretendo y lo que espero de ti?” Y el otro estudia, comprende y responde con palabras cifradas “te conozco, no tienes por qué preocuparte, ya he entendido lo que a los dos nos conviene”.

¿Me conoces?, me pregunta con cifradas y rudas palabras el marido digno pero prudente; te conozco, le respondo con mis propias palabras cifradas. ¿Me conoces?, me pregunta con cifradas y suaves palabras el manso y fiel guardián del honor familiar; te conozco, le respondo con mis propias palabras cifradas. ¿Me conoces?, me pregunta con leyes y decretos y programas (que son las palabras más cifradas que existen) Don Juan Álvarez Mendizábal; te conozco, le respondo con mi nada cifrado artículo Dios nos asista, que es como para darse por muy bien conocido y no estar encantado de ello precisamente.

(De El corzo herido de muerte)

carnaval 

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Larra, un día como hoy hace 180 años

larra caraLa escena se divide en dos partes, una principal, que ocupa la mayor parte del escenario, y otra reducida, que ocupa el espacio del ángulo derecho anterior.

La zona principal, un poco elevada, reproduce un despacho o gabinete de estudio decorado con buen gusto. En el primer término, un poco a la derecha, un velador sobre el que se halla dispuesto un servicio de café y un libro abierto; junto al velador, dos sillas forradas de rojo. En la pared del fondo, una chimenea en cuya repisa descansan varios objetos; sobre la chimenea cuelga un espejo lujosamente enmarcado. A la derecha, doble puerta de cristal esmerilado (se ha visto pasar la sombra de Pedro). A la izquierda, bufete-escritorio; sobre la parte superior de este mueble, un estuche de madera amarilla y un quinqué; sobre el escritorio, un montón de hojas escritas, dos libros cerrados y utensilios de escribir, y ante él, un sillón forrado de verde.

Desde detrás de la puerta de cristales biselados, por la derecha, tres escalones descienden a la zona que ocupa el ángulo derecho anterior del escenario: Es el zaguán del edificio; sin decoración; en su extremo derecho anterior está el portal que da a la calle.

Pedro desciende los escalones, cruza el zaguán, abre el portal; entran dos mujeres, cubiertas con amplios mantones; suben las escaleras, precedidas de Pedro que porta en la mano izquierda un candil. En el despacho, Larra se ha levantado del sillón, da unos pasos del escritorio a la puerta y de la puerta al escritorio, se vuelve a sentar. Pedro abre la puerta del despacho y anuncia la visita mientras se hace a un lado.

PEDRO: Las señoras están aquí.

LARRA: (se levanta y se queda de pie en medio de la escena) Pasa, Dolores. (entra Dolores seguida de su acompañante, a quien Larra corta el paso). No, usted, no. Haga el favor de esperar ahí.

M.MANUELA: Señor, he venido a acompañarla.

LARRA: Muy bien, señora, pues ya la ha acompañado, ya ha cumplido usted, ahora haga el favor de esperar ahí fuera, en la salita.

DOLORES: Mariano, por favor, qué más da.

LARRA: Sí que da.

M.MANUELA: ¿Qué hago, Dolores?

DOLORES: Espera ahí fuera, no te preocupes.

M.MANUELA: Como quieras. Dejo la puerta un poco abierta.

Sale, dejando la puerta entornada. Larra se acerca, la cierra de un golpe y pasa el pestillo.

LARRA: Mal principio. Siéntate, Dolores.

DOLORES: No voy a estar mucho rato.

LARRA: (violento) ¡Siéntate, he dicho! (Dolores, por un momento asustada, se sienta en una de las sillas que hay junto al velador, en la otra se sienta Larracorzo-herido, que ahora habla en tono humilde y tierno) Perdona, amor mío, estoy nervioso, muy nervioso, y debería estar feliz, es como un milagro, que hayas venido aquí, a mi casa, no puedo creerlo, y después de lo de anoche, es increíble, increíble.

DOLORES: Anoche… precisamente quería que me disculpases por lo de anoche… aunque has de reconocer que no estuviste nada oportuno.

LARRA: ¿Disculparte? ¿Oportuno? ¿De qué estamos hablando, amor mío? Has venido, has venido y yo te quiero, ¿qué importa lo demás? ¿Me quieres tú?

DOLORES: He venido porque pienso que hay que acabar de una vez con esta situación.

LARRA: Eso mismo pienso yo.

DOLORES: Hay que dejar las cosas claras.

LARRA: Eso creo yo. Pero no me has contestado. ¿Me quieres, Dolores?

DOLORES: Mariano, escúchame bien, escúchame bien lo que voy a decirte: no nos veremos más, nunca más, ¿lo entiendes? nunca más.

LARRA: Espera, espera, habla despacio, más despacio, repite lo que acabas de decir.

DOLORES: He dicho que no nos veremos nunca más…

LARRA: No, creo que no oigo bien, o que no entiendo, porque si fuese verdad lo que por un momento me ha parecido oír…

DOLORES: Mariano, por favor, ¿no puedes aceptar la realidad?

LARRA: ¿La realidad?

DOLORES: La realidad de que lo nuestro se acabó.

LARRA: ¿Se acabó? ¿Qué es eso nuestro que se acabó? Habla más claro, amor.

DOLORES: Por favor, no lo pongas más difícil todavía. Ha sido todo tan duro desde larra casael principio…los dos, casados; los disimulos, las mentiras, las murmuraciones, los sobresaltos, el escándalo…

LARRA: Te recuerdo, mi amor, que hace pocos meses no había sobresaltos, ni apenas mentiras, y nadie se preocupaba del escándalo. Sólo pensábamos en amarnos.

DOLORES: Hablas por ti, sólo por ti, porque no tienes idea de lo que yo he pasado. Mariano, yo no puedo seguir viviendo así.

LARRA: Así, ¿cómo?

DOLORES: Fingiendo, engañando, no pudiendo ser quien de verdad soy, siendo la comidilla de todos, y sin dignidad, sin ninguna dignidad, hasta el nombre me han quitado. Tú tienes un nombre. Yo no, yo sólo soy “la querida de Larra”.

LARRA: Reconozco que es horrible, y además de pésimo gusto. ¿A quién se le ocurre ser “la querida de Larra” pudiendo ser “la señora de Cambronero”?

DOLORES: Esa amargura no te hace ningún bien. Tendrías que aceptar las cosas como son. Nos guste o no, soy la señora de Cambronero.

LARRA: Un título muy honorable, no lo niego. Pero yo no hablaba de títulos ni de honorabilidades; hablaba de sentimientos, y te preguntaba ¿me quieres? ¿me quieres todavía? No me has contestado.

DOLORES: Ya he dicho lo que tenía que decir. No me atormentes ni te atormentes más. Lo nuestro ha terminado, ¿lo entiendes? terminado.

LARRA: No, no lo entiendo. ¿Puede el sol terminar? ¿Puede el cielo terminar? ¿Puede la savia que alimenta a los árboles terminar? ¿Puede la naturaleza entera, la vida entera terminar? No, no lo entiendo.

DOLORES: Pues lo siento, lo siento mucho. Mira, si he venido aquí ha sido porque anoche me dejaste muy preocupada. Me pareció que era mi deber tratar de que comprendieras la situación y de que la aceptaras. Por eso estoy aquí. Pero veo que ha sido inútil. Mariano, tú no estás bien.

LARRA: De ti depende, Dolores, sólo de ti depende que esté bien o que esté muy mal.

DOLORES: ¡No, no, de ninguna manera! No puedes cargar sobre mí ese peso. Yo no soy responsable de lo que pueda pasar por tu cabeza.

LARRA: ¿No? ¿No eres responsable? Todos somos responsables de nuestros actos, amor, y de nuestras palabras. ¿Cuántas veces has dicho que me amas? ¿En cuántas ocasiones me has jurado amor eterno? Y yo me lo creía, ¿sabes? soy tan ingenuo que me lo creía, y no veo por qué ahora he de dejar de creerlo. ¿Mentías entonces? ¿O mientes ahora? Me gustaría saberlo, amor, cuándo dices la verdad, cuándo dices la mentira.

DOLORES: Ni mentía entonces, ni miento ahora. Y si no entiendes esto, es inútil quelarra filipinas me esfuerce. Quería despedirme de ti intentando borrar todo lo que hay en tu corazón de amargura, de odio, de rencor hacia mí. Pero no ha sido posible. Lo siento.

LARRA: ¿Te vas? ¿Me dejas…para siempre? ¿para siempre?

DOLORES: No debía haber venido.

LARRA: Oyeme una cosa. Si de ti dependiera que moviendo un dedo, un solo dedo de tu mano me salvase yo del abismo, ¿lo harías? ¿lo moverías?…No, no lo harías, de hecho, es ésta la situación…Sólo te pido una cosa, Dolores, que no te vayas a Filipinas, nada más, no te pediré nada más, te lo juro.

DOLORES: ¿Quién te ha dicho que me voy a Filipinas?

LARRA: Tus ojos me lo dicen, que huyen de los míos; tu voz, áspera y decidida, como de quien cumple un deber o transmite una orden; tu pose, afectada y distante, como de señora esposa del señor Secretario…

DOLORES: Sí, ¿y qué? Es mi vida, puedo disponer de ella como me plazca. Tengo ganas de vivir tranquila, no sé si lo puedes entender, sin miedos, sin sobresaltos, sin tapujos…ya he pasado bastante…

LARRA: Bien, ya lo entiendo, tú eres capaz de marchar y dejarme; eres capaz de renegar de tu amor y de vender tu cuerpo por un poco de tranquilidad y unas cuantas joyas exóticas…(alza la voz) ¡como las rameras, igual que las rameras!

DOLORES: (se levanta, indignada) No voy a permitir que me insultes.

LARRA: (también se levanta, cada vez habla más exaltado) Tú eres capaz de dejarme, pero ¿y yo? ¿Sabes de lo que yo soy capaz?

DOLORES: No, no lo sé. Pero sea lo que sea, no vale la pena.

LARRA (con violencia y alzando aún más la voz) ¿Sabes de lo que yo soy capaz?

Tras el cristal traslúcido de la puerta se ha visto durante toda la escena la sombra de Maria Manuela, que ahora golpea la puerta con los nudillos

VOZ DE M.MANUELA: ¿Qué pasa, Dolores? ¿Me necesitas? ¿Pido ayuda?

DOLORES: ¿De matarme? ¿De matarme, quieres decir? No me asustas, Mariano.

pistolas larraLARRA: De matarte, sí de matarte. Pero no te preocupes, no lo haré. No cometeré ese error. Ante el mundo tú serías la víctima, y sabes muy bien que no es el papel que te corresponde en esta historia. No te preocupes, si he de matar a alguien, no será a ti, puedes estar tranquila.

DOLORES: Me alegra saberlo.

LARRA: No me olvidarás fácilmente, Dolores. Siempre te acordarás de mí, te lo juro.

DOLORES: Supongo que no tendrás ningún inconveniente en devolverme las cartas.

LARRA: ¿Las cartas?

DOLORES: Sí, las cartas, todas las cartas que te he escrito, incluidos los billetes, todo.

LARRA: ¿Hasta eso me arrebatas? Sin tus cartas, sin tus palabras de amor escritas por tu propia mano, ¿cómo podré saber que todo esto no ha sido un sueño? ¿Cómo podré convencerme de que no estoy loco?

DOLORES: No es asunto mío. Dámelas.

LARRA: ¿Y si no te las doy?

DOLORES: No me iré de aquí hasta que no me las devuelvas.

LARRA: Perfecto, quédate conmigo, para siempre.

DOLORES: Estás loco, Mariano, estás completamente loco. No he venido aquí para irme sin mis cartas.

LARRA: ¿Qué has dicho, Dolores? ¿Qué es eso que acabas de decir? “No he venido aquí para irme sin mis cartas” ¡Qué estúpido! Ahora lo entiendo, ahora lo comprendo todo. Tú no has venido aquí porque me quieras, no, eso ya lo he entendido, y también he entendido que nunca me has amado. Pero tampoco has venido porque estuvieras preocupada por mí. No, ni siquiera por compasión, ni siquiera por ese pobre sentimiento que no negamos a los animales. ¡Has venido por tus cartas! ¡Pérfida, traidora! Ojalá ya estuviese muerto, ojalá me hubiese ahorrado esta cruel estocada final.

Larra va hacia el mueble-escritorio, abre un cajón y saca un paquetito de cartas atadas con una cinta. Las echa con rabia sobre el escritorio, en medio de las hojas escritas.

LARRA: Tómalas.

Dolores se acerca al escritorio, coge el paquete y mira las hojas escritas.

DOLORES: ¿Y esto?iglesia-santiago

LARRA: Son cartas a un amigo.

DOLORES: Dámelas.

LARRA: Tómalas

Dolores recoge las hojas escritas, las guarda con sus cartas y, sin mirar a Larra, va hacia la puerta, descorre el pestillo y sale.

LARRA (con voz estentórea) ¡Pedro, acompaña a las señoras!

Tras la cristalera se ve las siluetas de las mujeres, que esperan, y la de Pedro que aparece en seguida y enciende el candil. Los tres descienden las escaleras, Pedro el primero, con el candil…

En el despacho, Larra está de pie junto al mueble escritorio, con la cabeza apoyada en la pared. De pronto, da una patada contra el mueble, y otra y otra; luego se golpea la cabeza contra la pared, con fuerza, varias veces; coge el estuche amarillo de encima del mueble, lo abre, saca una pistola, apoya el cañón en la mejilla derecha y dispara…

En el momento en que Pedro abre el portal, se oye un fuerte ruido, confuso, por ir acompañado del que produce la caída como de vidrios…

M.MANUELA : ¡Jesús, qué ha sido eso!

PEDRO: EL señor, seguro, que a veces tiene un humor de perros, pero ustedes no se preocupen. Las acompaño hasta Santiago.

DOLORES: No, vuélvase usted, Pedro, puede necesitarle…

Las mujeres se van. Pedro sube las escaleras, entra en la casa y pasa ante la puerta del despacho sin mirar. Larra está tendido en el suelo; el velador, caído sobre su cuerpo, el servicio de café por el suelo; hay una ventana con el cristal roto. Adelita empuja la puerta, que ha quedado ajustada, entra y mira.

ADELITA: ¡Papá! ¡Papá!… ¡Papá está debajo de la mesa! ¡Papá está debajo de la mesa!

Adelita sale corriendo, mientras cae rápidamente el

                                                                                 TELÓN

(De El corzo herido de muerte)

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Cervantes. La novela en su laberinto I

cervantes-loco2Lo primero es que yo me aclare. En 1605 se publica el Don Quijote de Cervantes, donde se narran las aventuras – más bien desventuras – de un hombre ya mayor que se hace llamar Quijote y que, enloquecido por ciertas lecturas, va por el mundo creyéndose caballero andante en compañía de un rústico redomado llamado Sancho. Solo cosechan burlas y palos, lo que no le impide al caballero prodigarse en discursos sabios y coherentes, dentro de la incoherencia básica. La novela alcanza popularidad inmediata.

El autor decide escribir una segunda parte. En 1614, ya con la obra muy avanzada, mientras escribe el capítulo 59, se entera de la aparición de una “segunda parte” del Quijote, escrita por un tal Avellaneda, quien, además de no respetar la autoría, ni el estilo, ni el carácter de los personajes de la primera parte, injuria al autor de ésta sin motivo aparente.

Pero, si el autor se entera es porque se entera el personaje. En efecto, en el mencionado capítulo Don Quijote tiene conocimiento del hecho por dos caballeros que se alojan en la misma posada que él, los cuales están de acuerdo en que lquijote-palos1a novela del tal Avellaneda no se puede comparar con la verdadera historia que habían leído (la primera parte; la segunda se está escribiendo en ese momento y ellos mismos son dos de sus personajes, seguramente sin saberlo). Y además quedan admirados de tener ante ellos al auténtico Don Quijote.

El autor, pongamos que don Miguel de Cervantes, una vez terminada la segunda parte, escribe el prólogo y en él responde a las injurias del impostor (le ha llamado “viejo” y “manco” animo iniuriandi) con un temple, una moderación y un humor ciertamente admirables, y con solo esto uno puede imaginar la diferencia de categoría moral entre los dos escritores.

Además, hacia el final de esa segunda parte, el autor, se apropia de un personaje de la obra falsaria y, por medio de Don Quijote, le hace reconocer que ésta no tiene nada que ver con la vida verdadera del auténtico caballero.

Y es que hay una diferencia fundamental entre la primera y la segunda parte de la novela.

quijote-locoLa primera contiene un relato normal, quiero decir, plano, bidimensional, excepto en lo que respecta a su origen, pues se dice en él que fue escrito en arábigo por Cide Hamete Benengeli y traducido por el narrador que lo presenta, supuestamente Cervantes, que es quien figura como autor en la portada. Por lo demás, es una obra de ficción normal, en la que unos personajes inventados, pasan por peripecias inventadas en un escenario real – como suele ocurrir en casi todas las novelas –, que en este caso es la España de la época en que se escribe.

La segunda parte es muy diferente. Es una obra en tres dimensiones, por lo menos.

Ya he dicho que la fama de la novela fue inmediata, y esto hasta el extremo de que los dos protagonistas pasaron al imaginario popular con rapidez asombrosa, para la época: pocos años después de la publicación, las figuras de Don Quijote y Sancho aparecían ya en las fiestas populares de algunos lugares.

¿Qué había de comportar esto? Para el autor estaba claro: los extraños protagonistas ya no podían ir por el mundo impunemente, como unos perfectos desconocidos. En la segunda parte, muchas de las personas con que se encuentran los reconocen por haber leído la primera parte. Y las relaciones que entonces se entablan entre esas personas y los protagonistas son muy distintas de las de la primera.quijote-duques

En ésta, los protagonistas solían recibir las burlas y los palos de gente de toda índole, que manifestaban primariamente su rechazo a la extravagancia de unos desconocidos pobres. En la segunda, algunos de los que los reconocen obran con más finura, buscando el invento más adecuado a la clase de locura que ya les conocen por la lectura de la primera. Entre estos destacan los Duques de Zaragoza, que acogen en su palacio a los dos viajeros para organizar a su costa un espectáculo muy elaborado, y muy cruel. Y es que, cosa nada rara, se trata de unos muy dignos aristócratas con alma de gamberros.

quijote-vueloConcretando, con lo de “tercera dimensión” me refiero a lo siguiente. En la primera parte juegan dos elementos: el relato con los dos protagonistas y el lector. En la segunda, ciertos personajes son también lectores (con lo que ya tenemos dos categorías de lectores) que han leído la primera y que interactúan con los dos individuos salidos de ésta, quienes, a su vez, se saben narrados, y leídos por medio mundo. No sé si me explico.

Cervantes es mucho más, por supuesto. Pero, antes de abordarlo en general he querido aclarar – aclararme, quiero decir – el aspecto que me parece fundamental para comprender su arte, y es su prodigiosa imaginación novelística, que no se limita a narrar hechos inventados, sino que ahonda, con lucidez de vértigo, en las relaciones entre ficción, realidad y literatura.

Otro aspecto fundamental de su arte es un sutilísimo sentido del humor, virtud tan poco hispánica (no confundir con la mala uva quevedesca) que parece mentira.

Pero resulta que, con estas consideraciones sobre un solo aspecto, he consumido el espacio que me tiene asignada la costumbre para dar una idea de conjunto del carácter y estilo del escritor de turno.

No hay problema, porque el lector muy interesado siempre podrá buscar y rebuscar en la selva infinita de las obras de los expertos cervantistas, casi tan numerosos como los expertos dentistas, digo, dantistas. Y que Dios lo coja confesado. (Continúa)

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(De Los libros de mi vida. Lista B)

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Cervantes. La novela en su laberinto II

alcala2Miguel de Cervantes nació en 1547 en Alcalá de Henares, hijo de un cirujano – entonces categoría inferior de médicos -, que había descendido social y económicamente con respecto a su padre, licenciado en derecho y con cargos relevantes en la administración pública. No hay ninguna prueba de que la familia fuese de origen converso, detalle sin importancia para los convencidos a priori de lo contrario.

Pasó la infancia de un lado a otro debido a los cambios de domicilio impuestos por el padre para eludir las molestias de los acreedores, lo que no le libraría de pasar unos meses en la cárcel por deudas cuando el pequeño Miguel tenía seis años, situación que recuerda la que había de vivir otro gran novelista de tres siglos después.lopez-de-hoyos

De sus estudios poco se sabe, solo que no los hizo completos o reglados, debido a la continua trashumancia de la familia. Se supone que estudió en Sevilla y Córdoba. A principios de 1569 consta como alumno en el Estudio de Madrid, dirigido por López de Hoyos, prestigioso humanista de tendencia erasmista, a quien sin duda debe en parte la actitud abierta y tolerante (siempre protegida por una doble capa de ironía y humor), que contrasta con la mentalidad inquisitorial y contrarreformista que, desde finales del siglo XVI, impera en España y en parte de Europa.

A principios de 1569 aparece en Roma, sin que los historiadores se pongan de acuerdo sobre los motivos (algunos suponen problemas con la justicia). El caso es que, a sus dieciocho años, el incipiente poeta que era entonces conoce se maravilla y goza de la vida y la cultura italiana, manjar siempre exquisito pararoma.jpg los artistas españoles de la época. Y en Roma sirve al joven Giulio Acquaviva, nombrado cardenal poco después. Pero pronto se traslada a Nápoles, otro paraíso soñado por los artistas ibéricos, donde su vida va a tomar un rumbo inesperado y al parecer contradictorio con sus aficiones.

Aunque no lo es. O no lo era entonces, piénsese en Garcilaso, gran poeta y gran soldado. El caso es que en Nápoles se alistó en los Tercios cuando se preparaba una gran ofensiva contra los turcos, encabezada por España y Venecia.

En la batalla naval de Lepanto, librada en 1571, su actitud fue la propia de un soldado español de la época: valiente más allá de lo necesario (otra vez el recuerdo de lepantoGarcilaso de la Vega), con el resultado personal de una herida de arcabuz en el pecho, una mano inutilizada y unas líneas destacadas en su historial para acceder a empleos públicos. Pero siguió participando en acciones militares (Navarino, Túnez, La Goleta) hasta que, a finales de 1575, pertrechado con estupendas cartas de recomendación de don Juan de Austria y de otros oficiales, inicia en Nápoles la navegación de regreso con la esperanza puesta en su nombramiento como capitán.

Cartas, por cierto, que habían de tener una utilidad que no pudo imaginar. Y es que la embarcación en que navegaba fue asaltada por corsarios berberiscos y sus pasajeros, capturados y llevados a Argel. Y aquí lo de la importancia de las cartas, porque, de acuerdo con el protocolo del oficio, lo primero que hicieron loscorsarios raptores fue clasificar la importancia de los raptados y, a la vista de la documentación que portaba Cervantes, que lo mostraba como especialmente apreciado por señores muy principales, lo consideraron desde el primer momento como una inversión valiosa que hay que preservar con vistas al rescate. Esto explica que, durante los cinco años de cautiverio en Argel, no lo pasara tan mal como otros menos “recomendados”, y que incluso conservara la vida después de cuatro intentos de fuga.

Rescatado gracias a las gestiones de la familia y de los frailes trinitarios, previo pago argeldel precio exigido, Cervantes reestrena libertad a finales de 1580. Desde entonces no deja de escribir, sobre todo comedias, que es el género más de moda, con la esperanza de ganar fama y dinero, pero al mismo tiempo aspira a un empleo oficial que le aporte cierta seguridad. Y obtiene algún nombramiento como comisario real, pero su petición de 1582 de acceder a un puesto en la administración de las Indias es rechazada.

En 1585 publica La Galatea, novela pastoril que le da cierto renombre y que lo sitúa entre los autores “medianos” de la época, situación que apenas variará a lo largo de su vida no obstante el doble éxito de sus últimos años.

Por las mismas fechas se casa con Catalina de Salazar, de 19 años – él tiene 37 -, heredera rural de Esquivias (Toledo), donde la pareja reside durante años, entre idasgalatea y venidas de Miguel. Boda que tiene lugar poco después de que a Miguel le naciera una hija (Isabel) de su relación con otra mujer; la niña vivió con su madre hasta que, huérfana a los quince años, fue acogida por la familia Cervantes, concretamente por la hermana Magdalena, y con los Cervantes (mejor, las) vivió en calidad de sirvienta; oficialmente, porque parece que, pese a ese título para cubrir las apariencias, siempre recibió trato de hija. Y como tal la reconoció el padre tiempo después.

Ese “parece que”, inserto en el párrafo anterior, lo considero necesario en todo lo que se refiere al relato de la vida de Cervantes. Porque de él sabemos muchas cosas, por lo que cuenta, por lo que cuentan los otros y por los documentos, pero todas se refieren a sus movimientos, traslados, amistades, relaciones. Mientras que, de verdad, de verdad, poco o nada sabemos de sus sentimientos y afectos. No se sabe, por ejemplo, si su vida matrimonial fue satisfactoria o razonablemente feliz. Por una frase del testamento de la esposa años después de que enviudase parece que sí. Parece. Y ni siquiera su visión del mundo se conoce en verdad, pues resulta muy difícil, sino imposible, descubrirla bajo el brillante juego entre lo convencional y lo irónico en el que se mueve toda su obra. (Continúa)esquivias(De Los libros de mi vida. Lista B)

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Cervantes. La novela en su laberinto III

Cervantes tenía su lado práctico, eso es evidente. Y así, mientras no deja de escribir comedias (muchas, perdidas) en un intento de destacar como autor famoso – intento que se revelaría inútil ante el lopedespliegue arrollador del arte de Lope de Vega –, sigue llamando a las puertas de la burocracia real. Y finalmente lo consigue.

En 1587 se le nombra comisario del rey, a las órdenes del proveedor general, para aprovisionar trigo, aceite, cebada y otros artículos con destino a la armada real. Fija su residencia en Sevilla y desde allá va recorriendo Andalucía con la autoridad real de que está investido y con los medios materiales y humanos necesarios. Y con un salario muy digno.sevilla2

(Entre paréntesis, eso de la continua pobreza en que vivió Cervantes es solo un ejemplo más del tópico que persigue a artistas y creadores, quienes parece que han de ser por fuerza pobres y desgraciados. Algunos lo han sido y lo son, claro está, pero muchos otros, puestos en el mismo saco, no. Y es el caso que, ni Cervantes vivió sumido en la pobreza, ni la existencia de Kafka fue especialmente kafkiana).

El trabajo era muy ingrato, eso es cierto. Se trataba de requisar productos básicos mediante compensaciones, que solían cobrarse tarde y mal. Y ocurría que los afectados, en especial los más poderosos, por mucho que se viesen ante un representante de la autoridad real, no dudaban en mover todas sus influencias y recursos para oponerse al “despojo”. En 1592, por denuncias de un corregidor y de dos canónigos, visitó Cervantes la cárcel de Castro del Río. Apeló y salió libre. Más tiempo estuvo – unos seis meses – en la de Sevilla en 1597, esta vez a instancias de la misma Hacienda real, que le reclamaba unas cantidades que él había depositado en un banco que se había fundido con el dinero.carcel

Tiempo de prisión de extraordinaria importancia para la historia de la literatura, pues allí, a los cincuenta años de edad, tuvo la idea y quizá escribió las primeras páginas del Quijote, como él mismo da a entender: se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento.

Hasta entonces, había seguido escribiendo, poco y sin publicar nada. Su segunda petición de obtener un cargo de importancia en América había sido rechazada (1587); el que seguía desempeñando como comisario del rey en Andalucía ofrecía tantos sinsabores que no valía la pena. Se sabe que el de 1600 fue su último año en Sevilla.

Parece que que en su interior algo había casa-cervantescambiado desde que la figura de un hidalgo pobre, lector enloquecido que se enfrenta al mundo, se le había aparecido en la lóbrega cárcel sevillana. Un impulso irresistible le empujaba a seguir escribiendo la historia; el pretexto consistía en crear una sátira de los libros de caballería, género que arrastraba a lectores de todas las categorías sociales. No se podía imaginar hasta dónde le conduciría el “pretexto”.

Hasta 1604 vivió en Toledo, Madrid y ocasionalmente en Esquivias. A mediados dequijote1605 ese año se trasladó a Valladolid a vivir con las mujeres de la familia (excepto la esposa): dos hermanas y dos hijas (una, de una hermana; otra, la suya). Ese mismo año entregó al librero Francisco Robles el manuscrito del libro titulado El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que vio la luz en enero de 1605.

El éxito de la novela fue inmediato, y su popularidad, inmensa. Hoy nos cuesta entender cómo en aquellos tiempos, sin márqueting y sin ninguno de nuestros actuales medios, pudiese suceder eso. Es el mismo fenómeno que siglo y medio después aunque básicamente con las mismas condiciones materiales se produjo con el Werther de Goethe.

El mismo año se hicieron seis ediciones del Quijote. En vida de Cervantes se tradujoquijote 1615.jpg al inglés y al francés, y pocos años después al italiano y al alemán. Pero este éxito tan descomunal e inmediato apenas alteró la situación material del autor, que hay que reconocer que en aquel momento no era muy boyante. Y la verdad es que no me ha apetecido averiguar cómo funcionaban entonces las relaciones entre autor y editor (entonces llamado librero), pero imagino que, en lo sustancial, no han variado mucho.

Tampoco su valoración como escritor cambió mucho, como he apuntado antes, pues siguió siendo considerado autor de obras menores y, como en este caso estaba bien claro, para consumo y diversión del pueblo llano.

En 1608 se estableció con su mujer en Madrid y allí, un año después, empezó a escribir una segunda parte, que concluiría al cabo de seis años – mientras, aparecían sus Novelas ejemplares – y se publicaría en 1615, un año antes de su muerte.

En 1610 lleva a cabo el último intento de apuntalar su vida material por vía distinta de la literaria. Solicita al Conde de Lemos, recién nombrado virrey de Nápoles, que le admita en su “corte”, que está a punto de partir hacia Italia. Pero, en el último momento, su solicitud es vetada por Lupercio Leonardo de Argensola, que es quien dirige la operación. Y parece – o lo he soñado yo – que Cervantes estaba ya en Barcelona dispuesto a embarcar cuando le fue comunicada la negativa.

Fracaso doloroso. Como el de Don Quijote, derrotado en la playa de la misma ciudad. Y sin embargo, uno y otro – o uno de los dos, tanto da – dirigen a Barcelona aquellos elogios tan conocidos (al menos por los barceloneses, siempre dispuestos a rendirse ante los elogios dedicados a su ciudad) y concluye:

Y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, solo por haberla visto.

En 1615 se publica la segunda parte del Quijote, por la que el autor puede ser celebrado con toda justicia como inventor de la novela moderna, es decir, de la novela a secas, ese extraño artefacto que, bien conducido, nos asoma a los misterios de la existencia, del ver y no ver, del ser y no ser, que discurren bajo el relato de los sucesos humanos.

Un año después, el 19 de abril, con el soplo de vida que le queda, escribe en la dedicatoria al conde de Lemos de su obra Persiles y Sigismunda:

Ayer me dieron la Estremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan…

Cuatro días después dio su espíritu, quiero decir que se murió.

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(De Los libros de mi vida. Lista B)

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