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Fragmentos y comentarios auténticos sobre la obra de Antonio Priante.

El cristianismo de los grandes señores del siglo IV (y de otros siglos)

 

[Habla Terasia, joven de familia noble, quizá de Complutum, personaje de La ciudad y el reino]

– Nací cristiana y nunca he abandonado la fe. Cristianos son mis padres y cristianos mis abuelos. Sin embargo, la manera de vivir la fe que ellos tienen nunca me ha convencido. Apenas se diferencia de la manera de los gentiles. Acuden al templo, observan las prácticas establecidas, destinan una parte irrisoria de sus bienes a socorrer a los hermanos necesitados y se pasan la vida encerrados en sus lujosas villas, ajenos por completo al dolor y al sufrimiento del mundo exterior. Yo apenas era consciente de esta contradicción cuando, hace pocos años, se me reveló con toda claridad.

Como es normal, en casa siempre ha habido esclavos, hombres y mujeres tan bien tratados y alimentados como cualquiera de la familia. Así que, teniendo en cuenta la miseria que hay en el mundo, su situación siempre me había parecido afortunada. Pero en cierta ocasión (iba yo a cumplir veinte años) mi padre, que ya empezaba a perder la vista, me pidió que le acompañase en un viaje de negocios. Un día visitamos una mina. Y cuando vi a aquellos hombres, desnudos, negros de sudor y suciedad, encadenados, y entrando y saliendo de pozos oscuros como bocas del Infierno, me dirigí violentamente a mi padre y le exigí que hiciera algo para que el amo de aquellos hombres dejara de martirizarlos. Él se rió: «¿Qué dices? El amo soy yo».

Me quedé muda. Por fin, pude balbucear: «Pero, no es …humano» .(La palabra «cristiano» me parecía, por evidente, tan fuera de lugar, que tuve vergüenza de pronunciarla).

«Mira, niña – dijo mi padre -, nosotros somos cristianos y por lo tanto sabemos que la vida terrena es un breve recorrido, una pequeña prueba para alcanzar la vida eterna, y esos hombres, al menos los que sean cristianos, con sus sufrimientos, que no se pueden comparar con los de Cristo en la cruz, hacen muchos más méritos que nosotros para ganar la salvación. Además, niña tonta, ¿con qué te crees que se hacen las espadas y los escudos de los soldados, o esos brazaletes que tanto te gustan?»

Callé. No podía decir nada. Sentía que los brazaletes me quemaban la piel. Más tarde, consulté el asunto con obispos y santos varones amigos de la familia, y casi todos coincidían con el punto de vista de mi padre. El tío Prisciliano fue una excepción, aunque la verdad es que no entendí gran cosa de sus explicaciones. Pero Prisciliano estaba loco, o eso al menos se decía en casa. 

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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El premio de Ausonio

[En la ancianidad, Ausonio (coprotagonista de La ciudad y el reino), resignado y melancólico, hace balance de su vida. Pero una feliz sorpresa le aguarda.]

De la ignorancia que sobre mi persona habían demostrado Máximo y los suyos deduje algo que, después de todo, era bastante natural: que mi caso estaba cerrado, sin pena ni gloria; que quince años en los más altos niveles del poder, sustentados por toda una vida de actividad docente y literaria nada usual, se habían extinguido como una llama que se apaga, sin dejar rastro. No me lamentaba por ello. Estaba en el orden habitual de las cosas. Había hecho lo que debía hacer y de la mejor manera posible. Nadie – ni yo mismo – tenía nada que reprocharme. Había cumplido con mi deber y, en cada momento, la vida me había recompensado con su premio justo e inapelable. ¿Qué otra cosa podía esperar?

Pero Fortuna me guardaba una sorpresa. Un acontecimiento que, por lo inesperado, me llenó de un gozo inmenso y que, desde entonces, he considerado como la áurea diadema que corona mi vida.

Poco después de la derrota de Máximo, cuando ya Teodosio había afianzado su dominio sobre todo el Imperio, llegó a mi casa de Augusta una carta con el sello imperial. Mientras la abría, antes de leer una sola palabra, me dio un vuelco el corazón. Era como si, de repente, regresase a un instante pasado de mi vida, cuando en casa de mi amigo Poncio, padre del recién conocido Paulino, abría otra carta imperial cuyo contenido iba a significar la inauguración de una nueva etapa de mi existencia. Y no me engañaba el corazón. Distantes en el tiempo, en la mentalidad y en el carácter, Teodosio reproducía los sentimientos de Valentiniano al dirigirse al «Virgilio de nuestro tiempo» para pedirle que entrase en su casa. En esta ocasión no se mencionaba al profesor. En cierto modo era una invitación más cordial y más desinteresada que la de Valentiniano.

«Hace años que vengo leyendo tu obra, y su lectura me ha producido siempre tanto gozo que sentía como un deber pendiente manifestarte mi admiración y agradecimiento. Pero deseo algo más: que vengas a unirte a los míos; que formes parte de la gente de mi casa, donde tendrás la tranquilidad necesaria y la consideración que por derecho propio mereces. No pido nada a cambio. Nada más que se mantenga vivo y a mi sombra el prodigioso manantial de los versos ausonios. Pero has de saber, querido padre, que esto es solo un deseo; de ninguna manera lo tomes como una orden. Aunque me parece que, desde la envidiable altura de tu serena ancianidad, la aclaración resulta ociosa».

No te puedo describir la profunda satisfacción que me produjeron estas líneas. Cuando ya estaba convencido de que mi nombre como hombre público se había hundido en el olvido y que la fama de mi obra literaria empezaba a apagarse lentamente, reaparece el divino Augusto y, como en la reiteración de un sueño antiguo y casi olvidado, me toma de las manos nuevamente y me repite: «Al lado de todo Augusto ha de haber siempre un Virgilio».

Rechacé la invitación.

«Un dios desea que acudas a su lado. ¿Qué esperas para obedecer, feliz Ausonio? El espíritu está presto y requiere a los pies a que se pongan en marcha. Pero los pies no responden y todo el cuerpo está inmóvil, pues solo recuerdan un camino: el de la pequeña patria. Divino Augusto, te agradezco tanto el homenaje que haces a mi obra como esta invitación generosa e inmerecida. Guardaré tus palabras y las colocaré al final de mi obra, como broche de oro que cierra mi vida. Ya no espero nada más. Solo hubiese deseado – pero ni los mismos dioses pueden concederlo – recobrar mi juventud para cumplir tu deseo y mostrarme digno de tu confianza. Ya que no es posible, pues este cansado cuerpo solo es capaz de regresar con los suyos, ruego perdones su debilidad, causa culpable de mi infinita descortesía».

Con la carta, le mandé ejemplares de todas mis obras. Y mientras el envío tomaba el camino de Mediolanum, yo hacía los preparativos para regresar a la patria. Y a los pocos días estaba en Burdigala.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Algunos efectos de la conversión religiosa

(según Paulino, coprotagonista de la novela La ciudad y el reino)

Aunque mi corazón se abrió desde el primer momento al aire nuevo, la mente se resistía a darle entrada. Pero el poder de la mente racional estaba ya en mí muy debilitado por la continua confrontación con la realidad. Porque ¿qué crédito puede otorgarse a la razón cuando uno experimenta, a su propio paso por el mundo, que todo es irracional y absurdo? Sin la luz superior que había de dar sentido a todo, mi razón humana estaba ya casi muerta, y poca resistencia podía oponer a la verdad, que abruptamente se abría paso a través del corazón.

Empecé a ver las cosas bajo una luz muy distinta. Todo, hasta el más pequeño detalle, empecé a relacionarlo con un poder oculto, con un plan superior que se va cumpliendo en lo grande y en lo pequeño, en lo alto y en lo bajo. Me dediqué con ahínco a la lectura de los libros sagrados y descubrí con sorpresa que pasajes que antes no había entendido, o había desechado por absurdos o ridículos, se manifestaban plenos de significado.

Maestro, no sé si has observado que vemos solo lo que queremos ver, que aprendemos solo lo que ya sabemos. De manera automática rechazamos cuanto no encaja en nuestra visión preconcebida del mundo. Es preciso un cataclismo, la irrupción de la Gracia, por ejemplo, para que permitamos el acceso de nuevas vías de conocimiento. 

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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El ejército, poder supremo en la Roma imperial

[Ausonio, coprotagonista de la novela  La ciudad y el reino, reflexiona sobre las causas de la caída del emperador Graciano, de quien había sido preceptor]

Había un problema fundamental: el joven emperador no era del agrado de los soldados. Y ya sabemos que desde que, con Julio César, se acabó con el régimen de libertad, el elemento militar, antes indistinguible del civil (todos servían a la República en ambos campos) es el pilar fundamental del poder del emperador. Imposible que éste se sostenga si no cuenta con el apoyo decidido de los soldados.

Y sin embargo, el problema no se planteó abiertamente desde un principio. Por el contrario, la veneración que los jefes militares profesaban de manera espontánea a Valentiniano – que era uno de ellos – se renovó, al menos en apariencia, en la persona del sucesor. Y éste, por su parte, dio buenas pruebas de estar a la altura de las circunstancias en las campañas que emprendió contra los bárbaros.

Entonces, ¿cuál era el origen del abismo que separaba a emperador y soldados y que no dejó de ensancharse hasta el desastre final? Solo éste: Graciano nunca fue un soldado. Por muy bien que dominase las técnicas de la guerra, por asumida que tuviese su condición de conductor de ejércitos, él no era ni había sido ni podía ser un soldado. Como nosotros no lo somos ni lo seremos nunca. Pero esto que en nosotros es natural y carece de importancia, en un César de nuestro tiempo es algo imperdonable y mortal de necesidad.

Los soldados no toleran ser mandados por alguien que no sea uno de ellos. Y tienen un olfato especial para detectar quién es y quién no es uno de ellos. Que Valentiniano escribiese poemas en correctos hexámetros nada le quitaba a su condición de auténtico soldado; que Graciano condujese campañas victoriosas nunca sería suficiente para convertirle en un auténtico soldado.

Un hombre sensible, delicado, preocupado por las consecuencias de sus decisiones, dispuesto siempre a dar la razón al último que le habla con buena lógica, constituye la antítesis de la idea que el «buen soldado» tiene de sí mismo. 

(De LA CIUDAD Y EL REINO)


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Paciano, obispo de Barcino

[Breve semblanza que ofrece Paulino en la novela La ciudad y el reino, y que atribuye a Emiliano, nieto del obispo]

¡Cuánto me hubiese gustado volver a encontrarme con el viejo Paciano! Cuando llegué hacía pocos meses que había fallecido. Emiliano me cuenta cosas de su abuelo paterno, su abuelo-obispo, al que amaba más que a su propio padre. Yo le conocí poco, con ocasión de mi anterior estancia en la ciudad. Pero recuerdo que su personalidad paternal y bondadosa me impresionó desde el primer momento. Por eso me encanta oír de labios del nieto anécdotas del abuelo.

Dice Emiliano que Paciano, que no había nacido cristiano, se pasó la vida haciendo equilibrios entre el amor a Cristo y el amor a las letras. Ya de obispo, los sermones dirigidos al pueblo, que luego publicaba, tenían un aire claramente ciceroniano. En cierta ocasión, dispuesto a erradicar las viejas costumbres y celebraciones ligadas al culto de los antiguos dioses, publicó un sermón contra las fiestas que se suelen celebrar a principios de año, en las cuales la gente se disfraza de ciervo y de otros animales y se dedica a toda clase de excesos (lo que llaman «hacer el ciervo»).

Un sermón tan bien construido, unas descripciones tan bellamente conseguidas, que no tardaron en verse los efectos: las fiestas siguientes tuvieron más éxito que nunca. Ya te puedes imaginar al pobre Paciano lamentándose amargamente: «Parece que nadie sabía hacer bien el ciervo hasta que yo lo enseñé». Por desgracia, el sermón ha desaparecido. Emiliano supone que el mismo Paciano hizo buscar y destruir todos los ejemplares, como si se tratase del libelo de un enemigo satánico de la fe.

Pero sí he podido leer otros escritos. Un sermón, por ejemplo, en el que reprocha a los fieles que se pasen la vida «traficando, comprando, robando». Y no sé si habrá ocurrido lo mismo que con lo del ciervo, porque he observado que esas aficiones no han disminuido entre los barcinonenses. O la copia de una carta dirigida a un miembro de la secta novaciana, de una elegancia y delicadeza tales que debiera servir de ejemplo a tanto polemista cristiano que olvida la virtud principal, que es la caridad.
(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Ausonio y el poder

[Ausonio, coprotagonista de La ciudad y el reino, rememora sus peculiares relaciones con el poder]

En poco tiempo, el profesor de retórica de provincias se había situado en el puesto de mayor confianza del emperador. Y los que observaban con malos ojos mis armónicas relaciones con el padre y con el hijo, tan diferentes entre sí, también verían cumplidos sus presentimientos. Mi estrella como hombre público justo empezaba a ascender.

Algunos de los altos funcionarios que pululaban por Palacio no se recataban de mostrarme su extrañeza ante el hecho de que un hombre como yo, tan poco dado a la lisonja y a la intriga, pudiera prosperar a la sombra de un militar tan imprevisible como Valentiniano. Y la verdad es que no sólo prosperaba, sino que el emperador parecía profesarme un afecto real, al que yo correspondía con mi veneración y afecto.

Contemplados los hechos a distancia, pienso que esa predilección de la que yo era objeto por parte de una persona como Valentiniano no era algo casual y gratuito. Los que se creen bregados en la lucha por el poder (o en la carrera de los honores, como más delicadamente se decía antes) suelen defender que es preciso toda una teoría de intrigas, mentiras y estratagemas para ir escalando con éxito los distintos puestos y, sobre todo, para congraciarse con quien ostenta y reparte el poder. No niego que eso funcione. No seré tan ingenuo como para negarlo. Pero sí afirmo que, si alguna vez esa persona que ostenta y reparte el poder encuentra a un hombre de espíritu noble, que le habla con claridad y sencillez, que sabe simplificarle los problemas en vez de complicárselos y que no demuestra, ni tiene, una ambición desmedida, si ese poderoso es medianamente inteligente – y Valentiniano lo era más que medianamente -, ten por seguro que apartará de un manotazo a políticos intrigantes y funcionarios idiotizados y depositará su confianza en ese hombre de buena pasta que, en el fondo, solo está interesado en descubrir qué hemistiquios virgilianos son los adecuados para el Centón Nupcial que está componiendo.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Las murallas de Barcino

(Según Paulino, coprotagonista de La ciudad y el reino)

Del deseo surge la competencia con los demás; de la competencia, el odio; del odio, la crueldad y las matanzas. Estas tristes murallas, reforzadas por sólidos torreones a breves intervalos, son un ejemplo de lo que digo. El miedo las ha levantado.

Hace más de cien año, cuando el Imperio vivía la época más sombría de su historia, bandas de bárbaros francos llegaron hasta aquí, y más al sur, expoliando y arrasando cuanto hallaban a su paso. La pequeña ciudad, delimitada por un débil cerco de la época de Octavio Augusto, fue saqueada. Cuando los bárbaros se retiraron y todo volvió al orden antiguo – aunque ya nada sería como antes en todo Occidente – los ciudadanos fueron presa de una fiebre constructora. Apenas fue necesario que llegasen de Roma los edictos ni que el curador diese las órdenes oportunas. Todo el pueblo se afanó en levantar los muros más altos y anchos posibles.

En el delirio constructor – cuentan los que lo oyeron contar a sus abuelos – todo servía para el reforzamiento de las murallas. Columnas, restos de edificios destruidos, fragmentos de monumentos funerarios, incluso imágenes de dioses, dicen, todo sirvió de relleno para la imponente muralla.

Ésta y muchas otras que por aquellos años se levantaron en tantos lugares de Occidente – la misma de Roma, edificada por Aureliano – son claros ejemplos de que el hombre mancha la tierra con los signos del temor y del odio. Esas murallas fueron levantadas para defenderse de los bárbaros. Los bárbaros, sí, esos hombres a los que, desde hace siglos, se ha perseguido y dado caza en los espesos bosques de Germania en nombre del senado y el pueblo de Roma.

Las murallas, las espadas, las máquinas de guerra: éstas son las obras de los hijos del pecado. Pero cuando vuelva Jesús y haya un nuevo Cielo sobre una nueva Tierra, no serán necesarias las defensas. Porque el hombre se habrá reconciliado con la naturaleza y con los otros hombres, y la Ciudad, rotas las murallas por el sonido de las trompetas que anunciarán la llegada del Salvador, será sustituida por el Reino de Dios, que no tendrá fin.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Ausonio, preceptor de Graciano, hijo y heredero de Valentiniano I

(Ausonio se explica, según la novela La ciudad y el reino)

Mientras tanto, la relaciones profesor-alumno seguían su curso normal. Graciano iba creciendo en edad y sabiduría, proceso este último al que yo no era ajeno. Era un joven agraciado, de inteligencia normal y de sensibilidad algo superior a la normal. […]

Aprendía con facilidad todas las materias. En cuanto a la educación del carácter, puse todo cuanto pude de mi parte. He de decir que nunca he tenido una idea clara de cómo se debe educar a los jóvenes. No me refiero a la instrucción literaria y científica, sino a su formación como personas aptas para la vida. En realidad, nunca he tenido una doctrina al respecto.

Si hubiese de hablar de mi experiencia como educado por mi padre y como educador de mis hijos, habría de concluir que para eso no sirven doctrinas ni sistemas, que el único camino que conduce a un buen resultado es ponerse como ejemplo continuo del educando. Quiero decir que no se trata de imbuirle preceptos y doctrinas, sino de permitir que vea cómo se comporta la persona que ama (porque el amor es absolutamente necesario en la educación), de manera que se contagie de las ideas, de los intereses, de los hábitos del educador hasta que, por sí mismo, se vea impulsado a seguir un camino semejante. Claro que eso requiere dos requisitos: que haya amor y que el educador sea una persona, por lo menos, digna.

Pero hay algo que reside en la propia naturaleza de las personas y que no se puede enseñar ni contagiar: la fuerza del carácter. Fuerza de la que Graciano no andaba sobrado.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Emiliano Dexter, nieto del obispo Paciano, divaga sobra la historia de su ciudad.

-Dice la leyenda que Barcino fue fundada por gente llegada de la costa africana, los antiguos cartagineses. Si fue así, sin duda aquellos hombres, con su lengua y sus costumbres, se traerían sus terribles dioses, Melkart y Tanit, cuyo bárbaro culto incluía el sacrificio cruento de niños. Eso es lo que decide la leyenda, porque es el caso que la historia escrita, tanto en los libros como en las piedras, sólo ha dejado testimonio de nuestra ciudad romana, colonia fundada en la época de Octavio Augusto y destruida y restaurada en los años de Galieno. Esta es la ciudad que siempre hemos conocido, la única de que se tiene memoria en mi familia a través de la larguísima serie de antepasados, que se remonta a la misma fecha de la fundación.

En estos cuatrocientos años ha sido una ciudad tan romana como la que más y, como cualquiera de ellas, se ha visto fecundada por la gente de Oriente, sobre todo mercaderes y navegantes griegos.

Pero algo tendrá de cierto la leyenda púnica, alguna secreta atracción debe de existir entre esta tierra y la costa africana, porque, hace ya más de cien años, cuando aquí el cristianismo solo era conocido por algunos esclavos orientales, desembarcaron de nuevo en estas costas hombres procedentes de Cartago y empezaron a enseñar, propagar e imponer una fe dura, estricta, ardiente; una religión llamada de amor pero que enseñaba que Dios había exigido el sacrifico de la vida de su único hijo.

Habréis observado la profusión de capillas que hay por estos contornos dedicadas al santo Cipriano, el obispo de Cartago que dirigía la invasión desde su sede. Algunos de sus enviados fueron martirizados. Como Cucufate, muerto y enterrado al otro lado de estos montes.

Así que ya veis, en esta mi querida ciudad, la luz romana y griega de la razón no ha sido más que un breve resplandor entre dos furores filicidas.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Ausonio (el personaje de la novela La ciudad y el reino) se define

¿Qué habrá después? Nadie lo sabe. Quizá, como afirman los creyentes cristianos, nos espera una unión gloriosa con el Padre eterno. Quizá el espíritu particular que albergó tantos mundos se reintegre en el espíritu universal, conservando o no la conciencia de su individualidad. O quizá no quede nada en absoluto. Me inclino por alguna de las dos últimas posibilidades. Y es que la resurrección de los muertos – cuerpos incluidos – es un hueso bastante difícil de roer.

Ante estas afirmaciones mías, Paulo me pidió que le aclarase de una vez si soy o no soy cristiano. ¡Vaya dilema! El hombre es un universo. En todo caso, es mucho más que sus adjetivos. Y aquél que aspira a ensanchar al máximo los límites de su conciencia no puede dejarse encerrar en las estrecheces de una doctrina.

No se pueden poner las ideas por delante y pretender acomodar a ellas nuestra personalidad. Primero está la vida, rica, variada, multiforme. Y según vivimos, somos. Así que, ante la capciosa pregunta de Paulo, sólo se me ocurre una respuesta: que, como poeta, soy politeísta; como pensador, soy panteísta; como ser moral, soy cristiano. Y con esto dejo zanjada toda cuestión trascendente.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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