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Fragmentos y comentarios auténticos sobre la obra de Antonio Priante.

ANAÏS NIN. La seducción del Minotauro I

anais ninÚltima mirada a Barcelona y últimos pensamientos. Las montañas se alzan con belleza majestuosa. El Sol poniente muestra sus últimos pálidos rayos. Aquí y allá nubecitas blancas penden del cielo. Mientras contemplo el paisaje, los pensamientos se precipitan en mi mente. Vamos a dejar Barcelona, a dejar este hermoso país. Nunca más veré este cielo azul que tanto me gusta. Nunca más podré rozar con mis labios el dulce rostro de mi queridísima abuela…

Quien esto escribe es una niña de once años. Está embarcada, con madre y hermanos, en el vapor Montserrat, que zarpa rumbo a Nueva York. Es el 25 de julio de 1914. Falta el padre. Pensando en él escribe. Y no dejará de escribir ni de pensar en él hasta que arribe al umbral de la muerte, incluso después de haberlo recuperado, de extraño modo, y de haberse vengado de él, de rara manera.

Solo hace un año vivían todos juntos en Arcachon (Francia), aunque el padre, como siempre, pasaba temporadas ausente debido a sus compromisos artísticos. Eldescargajoaquin nin padre, Joaquín Nin, pianista, compositor, musicólogo; refinado, culto, cautivador, hedonista, donjuan, narcisista. Nacido en La Habana, de padre español (catalán) y madre cubana. La madre de la niña, Rosa Culmell, cantante de ópera, nacida en La Habana de padre danés (embajador en Cuba) y madre de origen francés, había dejado su carrera artística para acompañar al marido y cuidar de los hijos.

Pero el marido se perdía de vez en cuando en brazos de alguna admiradora o alumna. Hasta que la separación en Arcachon se convirtió en definitiva. Y el dolor que aquello infligió a la niña de once años persistió en el tiempo, primero como plegaria continúa a Dios para que le retornase el padre, y después – Dios también ausente – trasformado en indagación continua de sí misma y del mundo de los sentimientos a través de la creación artística.

Porque la niña Anaïs tuvo claro desde el principio que había de ser una gran escritora, de celebridad merecida, cuya tarea consistiría en desenredar, en clave poética, el mundo de los sentimientos. Pero esa celebridad deseada no la alcanzaría nin feministahasta la última fase de la vida. Y además se le presentaría un poco torcida y desfigurada en relación con lo soñado.

Y es que en el último tramo de su vida Anaïs se convirtió (la convirtieron) en adalid de la libertad de la mujer y del erotismo sin complejos. Y lo fue, sin duda, pero fue muchas cosas más por encima de las etiquetas que le iban poniendo. Y eso, no obstante las aclaraciones pertinentes que iba dejando en sus escritos.

Creo en la pareja, no en la abolición de las diferencias

Las feministas [radicales, precisaríamos hoy, a la vista del conjunto de su obra y vida] manifiestan una falta de humanidad propia de revolucionarios, como si estuviesen dispuestas a guillotinar a toda persona que tenga las uñas limpias

Contra el odio, el poder y el fanatismo, los sistemas y los planes, yo pongo el amor y la creación, una y otra vez, a pesar de la locura del mundo.

El caso es que la tan esperada celebridad se inició de repente en 1966 con la publicación de parte de su Diario. Pero, a pesar de la nube de vibrantes elogios que le dedicaron comentaristas que hasta entonces la habían ignorando, apenas nadie señaló la esencia real de la fuerza de Anaïs Nin.

Lo que hace indestructible a Miller es lo mismo que me hace indestructible a mí. En los dos, lo esencial es el artista, el escritor. Y es precisamente en nuestra obra como podemos reunir los fragmentos, volver a crear la unidad.

La obra de Anaïs la componen varias novelas, unos relatos cortos, una obranin diarios directamente porno-erótica, surgida en circunstancias especiales, y sobre todo el Diario.

Aquel cuaderno donde iba vertiendo la nostalgia y desolación de la niña fue el preludio de lo que, con los años, se convertiría en la obra magna de una mujer. Quizá, o con seguridad, la primera mujer que ha desarrollado por escrito todo el relato de su vida, exterior e interior, sin omitir nada, ni las fantasías, ni los sueños ni los detalles más escabrosos de la realidad.

Una vida que transcurrió en escenarios diversos. La infancia en Europa (París, Berlín, Bruselas, Arcachon, Barcelona). La adolescencia, en Estados Unidos y Cuba. La mujer casada, en París, primero como la señora burguesa que entonces era, aunque siempre indagando en el mundo y en sí misma a través del Diario, y luego, en cuanto dio con el acceso preciso (una obra: Women in love; un hombre: Henry Miller), como personaje integrante (compañera, amante, autora, “musa”) de la mítica bohemia de París de los años veinte y treinta del pasado siglo.

Y la última etapa, forzada por el estallido de la guerra en Europa, otra vez en Norteamérica, donde finalmente y con mucho esfuerzo alcanzó el deseado reconocimiento como escritora y el no tan esperado como icono de la liberación de la mujer y como figura destacada de la contracultura  americana (underground).

Además, fue paciente y oficiante del nuevo culto del psicoanálisis. Tenía que pasar por ahí para profundizar en la búsqueda de su propia alma, para restañar la herida otto rankdel abandono paterno, para absolverse por el extraño modo de vengarse del verdugo. Seduciéndolo. Y así, se confesó con el psicoanalista Allenby, al que también sedujo, y luego con el psicoanalista Otto Rank, al que  sedujo también y del que además se convirtió en alumna, ayudante, y oficiante del psicoanálisis durante pocos meses. Unos meses que pasó en Nueva York, intercalados en su etapa parisina. Pero, enseguida que consideró cumplida y superada la experiencia, Anaïs regresó  a París, escenario de los mejores años de su vida.

Y es que, aunque como literata escribió siempre en inglés (podía hacerlo también en francés, que dominaba, o en español, que también dominaba), se consideraba por encima de todo francesa.

Casualmente, Anaïs Nin había nacido en Francia.

(CONTINÚA)

(De  ESCRITORAS) 

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ANAÏS NIN. La seducción del Minotauro II

Anaïs Nin nació en Neuilly-sur-Seine, cerca de París, el 21 de febrero de 1903. Las actividades del padre, músico de prestigio, obligaba a la familia a continuos desplazamientos, y el destino quiso que Anaïs naciera en el país que de todos modos hubiese elegido. Dos años después, nació un hermano, Thorvald, en La Habana, y en 1908 otro, Joaquín, en Berlín, quien seguiría la carrera (musical) del padre.vapor montserrat

La infancia de Anaïs fue un continuo paseo por toda Europa (con algún salto a Cuba), hasta que el marido decidió separarse de la mujer, y de los hijos. Él mismo  insistió para que fuesen a vivir a Barcelona, con parientes suyos. Y así se hizo. Y en esta ciudad pasaron un año, de feliz recuerdo para Anaïs, hasta que, a instancias de la hermana de Rosa, Edelmira, se trasladaron a Nueva York.

Instaladas en Manhattan con la ayuda de Edelmira, Rosa procura ganarse la vida, principalmente en el negocio inmobiliario. Mientras tanto, Anaïs se dedica a instruirse: se inscribe en la biblioteca municipal con el fin de “leerlo todo, por orden Anaïs-Ninalfabético” y en cuanto puede realiza también trabajos ocasionales, entre los que al fin se impone el de modelo profesional, principalmente para fotografía.

A los 17 años, intima con su primo cubano Eduardo Sánchez y, a los 18 conoce a alguien que será decisivo en su vida, aunque, por cortesía de ella misma, apenas aparecerá citado en el Diario, un Diario que nunca abandona y que ya lleva las trazas de convertirse en la obra de su vida: se trata de Hugue (o Hugo) Guiler, joven de origen escocés, que ha vivido en Puerto Rico y que se dedica a la banca.

A los 19 años Anaïs se traslada a vivir a La Habana con la tía Antolina. Unos meses después, el 3 de marzo de 1923, en la misma capital cubana, se casa con Hugo Guiler. Al año siguiente el matrimonio se traslada a París (con la madre de ella), donde Joaquín, hijo, cursa estudios musicales y espera la ayuda del generoso cuñado. 

En la parte del Diario, que ella misma tituló Diario de una esposa, expone y analiza Anaïs sus sentimientos de felicidad, al mismo tiempo que deja escapar alguna nota discordante (“Hugo huele a banco”).  De hecho, la vida de mujer casada con un hombre bien situado (Hugo es director adjunto del National City Bank de París) empieza a agobiarla, ni siquiera ha podido conocer nada ni nadie del París artístico y surrealista con el que soñaba encontrarse.

Hasta que la crisis económica del 29 cambia el panorama. Hugo tiene que reducirlouveciennes gastos. Deja la residencia del centro de París y se traslada con toda la familia (esposa, suegra y cuñado) a una amplia casa alquilada en la localidad próxima de Louveciennes, donde hay suficiente espacio para que cada uno viva su vida sin interferirse.

En el cuarto de escritora que se arregla, Anaïs escribe, escribe mucho, sobre todo en su Diario, y  lee, lee mucho, hasta que un día da con una obra de D.H. Lawrence (Women in love) y ahí encuentra el modo de expresar el mundo de los sentimientos tal como ella lo ha soñado. Rechazado por la crítica “seria” por pornógrafo, Anaïs descubre en Lawrence al poeta, al místico. Y escribe un ensayo sobre el tema, que finalmente se publica en una revista. Ha nacido la escritora.

Y entonces el azar tiende sus redes. No se sabe cómo, a Miller le llega y lee el ensayo de Anaïs. Ella por su parte queda encantada con un escrito de Miller, autor tan desconocido entonces como ella misma – que le llega no se sabe cómo -,  sobre una película de Buñuel. Al mismo tiempo Hugo se entera de que un abogado del banco, que de noche frecuenta la bohemia surrealista, es amigo de un aspirante a escritor muy bueno y muy excéntrico. Y Hugo, para complacer a su esposa, cuyos gustos conoce muy bien, organiza un encuentro en su casa para que los dos escritores primerizos se conozcan. nin miller 2

A finales de 1931, Henry Miller y Anaís Nin se encuentran en Louveciennes. Es el principio de una amistad eterna y el prólogo de un amor intenso pero perecedero, como todos los amores de Anaïs. Menos uno.

Ausente él de París una temporada, se escriben, se escriben mucho. Durante 1932, Miller le escribe 900 cartas. El 8 de marzo del mismo año se convierten en amantes. Anaïs no solo ama a Miller sino que le gusta como escritor – su fuerza, su vitalidad, su furia- y cree en él.

Es un hombre a quien embriaga la vida, que no necesita vino, que flota en una euforia generada por él mismo.

No obstante, no comparte su actitud artística ni sus preferencias estéticas.

Me cansan sus obscenidades, su mundo de “mierda, coño, hijoputa, polla”, pero supongo que así es como habla y vive la mayor parte de la gente.[] Una y otra vez tropic of cancerhe entrado en el realismo, y siempre lo he encontrado árido, limitado. Una y otra vez regreso a la poesía…

Pero cree en él, y le ayuda. Y gracias a su aportación económica, se publica Trópico de Cáncer, primera novela de Henry Miller, que había de fundamentar su prestigio de gran escritor. Es decir que, entre los papeles que Anaïs desempeñó en la bohemia parisina, hay que añadir el de mecenas. O más bien éste corresponde al marido Hugo (con su conocimiento o no).

A finales de 1934 la relación amorosa con Henry decae  (la amistosa, nunca). Y entra en escena el psicoanalista Allenby, muy brevemente. Y luego el poeta Artaud, con el que viaja por extrañas honduras del alma. Y luego el psicoanalista Rank, con mayor provecho para ella, parece.  Y es que hay una cuestión, fundamental para la sana evolución de su espíritu, que está pendiente de resolver. Y aquel era el momento. 

(CONTINÚA)

(De ESCRITORAS)

  

      

 

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ANAÏS NIN. La seducción del Minotauro III

valescureA pesar de la prohibición de la madre a los hijos, Anaïs contacta con el padre, y en diciembre de 1924 cena con él y su pareja, Maruca. Días después lo recibe en su casa. Aparentemente, lo que el padre busca es obtener la dirección de la madre para poder iniciar el proceso de divorcio. Anaïs se la da. Y acuerdan un próximo encuentro en mejores condiciones.

El encuentro no resulta nada próximo. Pero al final tiene lugar, en junio de 1933, en un hotel de Valescure, en la Costa Azul. En la parte del Diario titulado Incesto, Anaïs explica con bastante detalle (o con demasiado, según los gustos) los aspectos físicos y anímicos del encuentro. El padre afirma que no la ve como su hija, sino como una mujer encantadora y deseable. Ella escribe que finalmente tiene al hombre completo, con el que siempre ha soñado, y que ha ido buscando inútilmente en otros hombres.

Tenía al hombre que amaba en mis pensamientos; lo tenía en mis brazos, en mi cuerpo. Tenía la esencia de su sangre dentro de mi cuerpo. El hombre que busqué por todo el mundo, que marcó mi niñez y me perseguía. Había amado fragmentos de él en otros hombres: la brillantez en John, la compasión en Allendy, las abstracciones en Artaud, la fuerza creativa y el dinamismo en Henry. ¡Y el todo estaba allí, tan bello de cara y cuerpo, tan ardiente, con una mayor fuerza, todo unificado, sintetizado, más brillante, más abstracto, con mayor fuerza y sensualidad!

Fue en la noche de San Juan cuando “establecimos una relación nueva entrehoguera san juan nosotros“… “En España ese día amontonan los muebles viejosy hacen hogueras en las callesme pareció oportuno que mi padre y yo hiciéramos una hoguera del pasado…”.

Ha seducido a su padre, se ha vengado de él, está curada, sentencia el psicoanalista Rank. Y lo cierto es que Anaïs se siente un poco más serena el resto de su vida. Una vida que va a dar otro giro radical.

A finales de 1939 la guerra es una realidad en Europa. Ante la proximidad de Hitler, multitud de artistas e intelectuales residentes en Francia abandona el país vía Lisboa. André Breton, Max Ernst, Marcel Duchamp, Salvador Dalí… Anaïs también. Miller marcha a Grecia con L. Durrell. La mayoría, a Estados Unidos.

Nueva vida. Nuevas perspectivas. Poco halagadoras. En Francia ha publicado tres libros. En Nueva York, pese a los contactos e influencia de Hugo, ninguna editorial se interesa por los que ofrece. Finalmente, con ayuda del amigo peruano Gonzalo More – marxista que ya desde los tiempos de París no ha conseguido arrastrar a Anaïs a su trinchera revolucionaria -, se monta una mini imprenta en su propia casa. Ella es escritora y quiere demostrarlo al mundo.

nin imprentaEn mayo de 1942 consigue sacar Invierno de artificio. Ninguna repercusión. Poco después publica el conjunto de relatos, con tonos fantásticos y surrealistas, Bajo una campana de cristal, cuya primera edición se agota en tres semanas y que recibe los elogios del prestigioso crítico Edmund Wilson.

Sigue escribiéndose con Henry Miller, quien finalmente se ha instalado en California y al que visita en 1947 con su nuevo amante Rupert Pole. Porque por entonces Anaïs divide su corazón y su tiempo entre las dos costas de América, repartiéndolos por temporadas entre su marido Hugo en el este y Rupert en el oeste. 

Entre  el 47 y el 58 publica un ensayo (Sobre la escritura) y cuatro novelas (Hijos de Albatros, Corazón cuarteado, Un espía en la casa del amor y Barca solar). En 1961, La seducción del Minotauro.

En 1966 Anaïs se encuentra con lo peor y lo mejor. A principios de año se le detecta un cáncer en los ovarios y es trasladada urgentemente al hospital. Al despertar de la intervención quirúrgica le anuncian que ya tiene editor para sus Diarios (que se publicarán por partes: son unas cuarenta mil páginas mecanografiadas). Y con ellos alcanza la celebridad soñada.

Anaïs se convierte en la gran figura del movimiento de liberación de la mujer, aunque mantiene sus diferencias con ciertos grupos radicales. Sobre una de sus intervenciones públicas un cronista informa: “Decepción, esperaban una Pasionaria y aparece una vestal empolvada que proclama el genio de Miller”.

Miller, por cierto, está en el origen de la que sería su obra más famosa, pese a ella misma, aparte de los Diarios. En 1940 un coleccionista misterioso  había encargadonin conversación a Miller que le escribiera unos textos directamente pornográficos por los que pagaría un dolar por página. Miller – temeroso de que su pornografía propia se contaminase de la comercial – acabó pasando el encargo a Anaïs, quien se puso manos a la obra. Todo de forma anónima.

Pese a las presiones editoriales, Anaïs se negó a que se publicasen. Hasta que, finalmente, en 1975 cedió.

Me he decidido al fin a publicar estos textos eróticos porque representan los esfuerzos primeros de una mujer de hablar de un campo que hasta entonces había estado reservado a los hombres.

Y apareció en las librerías Delta de Venus. Y con el dinero del anticipo Anaïs pagó los gastos de su hospitalización. La enfermedad persistía.

También persistía la nostalgia de París, que visitó en dos ocasiones y donde solo encontró las ruinas del pasado. Y la amistad inquebrantable con Miller, con quien no dejó de escribirse y al que visitó en más de una ocasión en su retiro de Big Sur.henry anais big sur

En enero de 1977, ingresada de nuevo en el hospital, Anaïs se acaba. Pero su vida – la Vida – permanece en su Diario para siempre.

Quiere, en la habitación, la música alta, muy alta.

Voy a morir rodeada de música, en la música, con la música.

Quizá la misma música que arrulló su infancia.

(De ESCRITORAS)

 

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ALFONSINA STORNI. La vida y el mar I

En mayo de 1892, en un lugar de la Suiza que habla italiano, nace una niña. Hasta que no cumpla cuatro años no oirá la lengua en la que habrá de pensar y escribir a stornilo largo de su vida. Tampoco hasta entonces conocerá el mar.

Sus padres, Alfonso Storni y Pasqualina Martignoni (Paulina), habían emigrado a la Argentina en la década anterior. Pero los negocios, al principio esperanzadores, tomaron tan mal rumbo que decidieron regresar a Suiza. Seis años después volvieron a embarcarse en el puerto de Génova para cruzar el mar con toda la familia: los dos hijos mayores, ya nacidos argentinos y la pequeña Alfonsina.

En San Juan las cosas no fueron mejor que antes. En 1900 la familia se traslada a Rosario, en busca de una salida a sus apuros económicos. En 1903, a los once años, Alfonsina deja los estudios para ayudar a su madre (mientras el padre se va hundiendo en la melancolía y el alcohol), como costurera; luego, en el pequeño restaurante que abre Paulina y, a los catorce años, como operaria en una fábrica de gorras.

Aún no ha cumplido dieciséis, cuando la compañía de teatro del actor español José Tallaví actúa en Rosario. Alfonsina, deslumbrada ante un mundo maravilloso y que sin embargo siempre había presentido (desde los doce años escribe versos)rosario, consigue que Tallaví le haga una prueba para cubrir una vacante del cuadro escénico. Admitida, pasa un año recorriendo el país, actuando en diversos pueblos y ciudades. La experiencia es positiva en un aspecto (“tuvo una gran influencia sobre mi actividad sensorial, pues me puso en contacto con las mejores obras del teatro contemporáneo y clásico..”), pero negativa en otro, el de la dura realidad del día a día (“casi una niña y pareciendo ya una mujer, la vida se me hizo insoportable. Aquel ambiente me ahogaba.”).

Deja el teatro y se matricula en la Escuela Normal de Maestros Rurales, pero siempre trabajando; incluso cuando realiza las prácticas de maestra trabaja como celadora en la misma escuela. Más tarde, ya en Buenos Aires, tendrá que seguir recurriendo a las ocupaciones más dispares para ganarse la vida: cajera, primero en una farmacia y luego en otro tipo de comercio, corresponsal de una empresa importadora de aceite de oliva…No es de extrañar que la poeta delicada (aunque también irónica e incluso sarcástica) no perdiese nunca de vista la realidad: estaba atrapada por ella y ni por un momento dejaba de sentir sus zarpazos.

La miseria sobrevenida de la familia, la muerte de un padre que andaba ya como un muerto por la vida, la urgente necesidad de dedicar la mayor parte del día a absurdos trabajos alimenticios… Difícilmente podría surgir de todo eso una poetisa exquisita encerrada en su torre de marfil. Más bien lo que se fue perfilando: una auténtica poeta que al mismo tiempo que nos sumerge en los misterios de la vida, del amor y de la muerte, no olvida su condición de trabajadora, que es la misma de la inmensa mayoría de la humanidad. Ni su condición de mujer, que es otra manera – enseguida lo ve claro – de ser, además de explotada, humillada.

Con el título de maestra, ejerce en Rosario al mismo tiempo que empieza a publicar poemas en revistas de la ciudad. Tiene dieciocho años y parece que su existencia va a seguir una tranquila linea ascendente. Pero la línea se rompe. Antes de cumplir los veinte años, abandona lo poco conseguido y se marcha, sola, a Buenos Aires, dispuesta a reiniciar su vida. Está embarazada.buenos aires pz italia

Soltera y con un hijo. Por grandes que hoy sean las dificultades de las madres solteras, no hay punto de comparación con lo que esa situación suponía entonces. Y es que, a los habituales problemas económicos, se sumaba un rechazo social absoluto, que relegaba a aquellas mujeres a la condición inequívoca de apestadas y a ser víctimas potenciales de todos los abusos.

Pero Alfonsina no sólo tiene el hijo, sino que, orgullosa y autosuficiente, oculta siempre la identidad del padre. Nadie sabe quién es. Sólo ella y más tarde Alejandro, el hijo. Es insólito que un secreto de esta naturaleza pueda mantenerse toda una vida y aún más (todavía no se conoce el nombre), sobre todo teniendo en cuenta que el hijo se mantuvo siempre en contacto con el misterioso padre. Se dice que era mucho mayor que ella, casado y de cierta relevancia pública. 

El caso es que en 1912 Alfonsina se planta en Buenos Aires,

Tristes calles derechas, agrisadas e iguales

por donde asoma, a veces, un pedazo de cielo…,

sin más pertenencias que el hijo aún no nacido y la inquebrantable voluntad de cumplir su poético destino. Aún no ha conseguido librarse de sus trabajos caras y caretasalimenticios cuando, en 1916, publica su primer libro de poemas, La inquietud del rosal, del que más tarde renegará (la poetisa todavía no es la poeta que aspira a ser) y empieza a escribir en las revistas Caras y Caretas, Mundo Argentino, El Hogar, colaboraciones que le aportan una ayuda económica y el espacio necesario para ensayar y desarrollar sus inquietudes intelectuales. En 1920 ya es colaboradora fija del periódico La Nación. Decididamente, las cosas van bien. Y aún pueden ir mejor.

Toda la década de los veinte es un lento afirmarse y ascender en una sociedad dominada por hombres y, en su mundo, por las grandes figuras de las letras. Entabla amistad con José Ingenieros y Manuel Ugarte, intelectuales socialistas. Asiste a diversas reuniones y tertulias de escritores como Emilio Centurión, Enrique Amorim, Horacio Quiroga. En una de ellas, conoce a García Lorca, de viaje por Sudamérica. Ante nada se arredra. Escribe, trabaja (da clases de arte escénico en su cátedra del Conservatorio de Música y Declamación, ejerce como profesora en escuelas públicas, por la noche enseña castellano y ocrearitmética en una escuela de adultos…), participa en los movimientos sociales y gremiales (sindicales).

Su obra poética se va publicando a un ritmo sostenido (1918, El dulce daño; 1919, Irremediablemente; 1920, Languidez; 1925, Ocre), hasta que, con la publicación de Ocre, su escritura cambia, se depura, se estiliza, pierde los viejos resabios del modernismo y se pone a la altura de los grandes poetas del momento; en lo formal, que en lo demás ya los alcanzaba.  (CONTINÚA)

(De ESCRITORAS)

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ALFONSINA STORNI. La vida y el mar II

storni feministaPero la popularidad de Alfonsina no sólo le viene de la poesía (puede sorprender hoy que este género literario otorgue cierta popularidad), sino también de sus artículos periodísticos. Su contenido solía girar sobre un mismo tema: la condición social de la mujer y la manera de superarla. Títulos como “Feminismo perfumado”, “A propósito de las incapacidades relativas de la mujer”, “Un simulacro de voto”, “Compra de maridos”, dan una idea del tono de esos artículos.

He de apuntar que el feminismo de Alfonsina ha sido (y es) un campo de batalla donde se enfrentan dos visiones extremas: la que lo considera un ejemplo claro de feminismo radical y combativo y la que lo ve como una simple protesta ante las situaciones más injustas, pero que no cuestiona la superioridad masculina ni, en lo básico, el papel tradicional de la mujer. La primera tiene elementos suficientes en que basarse, tanto en la obra poética como en la periodística (si le rebajamos lo de radical). En cuanto a la segunda, me temo que algunos de sus defensores se han dejado engañar por la ironía, más bien transparente, de la escritora. Y es que se necesita cierto grado de miopía para tomar en sentido directo versos como estos:

Así somos, ¿no es cierto? Ya lo dijo el poeta:

movilidad absurda de inconsciente coqueta,

deseamos y gustamos la miel de cada copa

y en el cerebro habemos un poquito de estopa.

Por mi parte, diría que el feminismo de Alfonsina pertenece a la triste categoría de la lucha por lo evidente, quiero decir que corresponde a una visión que apenas va ligada con la época sino con el sentido común (en el caso de que la sensatez fuese realmente común). Por ejemplo, el mensaje de sus versos

Tú me quieres blanca,

tú me quieres alba

me quieres de espumas,

me quieres de nácar.

Que sea azucena

sobre todas, casta…

es el mismo que tres siglos atrás lanzara Sor Juana Inés de la Cruz,

Hombres necios que acusáissor juana joven

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis…

y no diferente de lo que, hacia el 1800, un hombre (tan inteligente como Goethe, es cierto) ponía de manifiesto:

¡Te quejas de la mujer que va de uno en otro!

No la censures: va en busca de un hombre constante.

En todo caso, está claro que el de Alfonsina no es un feminismo asexuado que busca la derrota y humillación del hombre, por hirientes que puedan parecer algunos de sus versos,

Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,

hombre pequeñito que jaula me das.

Digo pequeñito porque no me entiendes,

ni me entenderás…,

sino un intento de superar diferencias absurdas que apenas tienen que ver con el misterio del amor entre un hombre y una mujer:

Es que anoche tus manos, en mis manos de fuego,

dieron tantas dulzuras a mi sangre, que luego

llenóseme la boca de mieles perfumadas

Porque, como es evidente, antes que ideóloga o activista social, Alfonsina es poeta, una inmensa poeta.

Por cierto, ¿en qué consiste ser poeta? ¿Qué es la poesía? Tengo para mí que, salvo tal vez algún profesor universitario contratado al efecto, nadie es capaz de definir la poesía. Como todo lo que tiene que ver con las emociones, la poesía hay que sentirla.

En esta dirección, no puedo resistirme a proponer un ejercicio práctico. Tómese la composición Han venido…, del libro de poemas de Alfonsina Languidez, y léase con atención y a ser posible en voz alta (que es como se habría de leer siempre la poesía)

Hoy han venido a verme

mi madre y mis hermanas.

Hace ya tiempo que yo estaba sola

con mis versos, mi orgullo; en suma, nada.

Mi hermana, la más grande, está crecida,

es rubiecita; por sus ojos pasagolondrinas

el primer sueño. He dicho a la pequeña:

-La vida es dulce. Todo mal acaba…

Mi madre ha sonreído como suelen

aquellos que conocen bien las almas;

ha puesto sus dos manos en mis hombros,

me ha mirado muy fijo…

y han saltado mis lágrimas.

Hemos comidos juntas en la pieza

más tibia de la casa.

Cielo primaveral… para mirarlo

fueron abiertas todas las ventanas.

Y mientras conversábamos tranquilas

de tantas viejas cosas olvidadas,

mi hermana, la menor, ha interrumpido:

– Las golondrinas pasan …

Una escena sencilla, cotidiana, contada con palabras claras, directas. Y sin embargo, ¿qué sentimos al leerlas? El aleteo vago de una emoción inexpresable. ¿En qué consiste ese efecto? ¿Cómo se consigue? Esto es lo que nunca conseguirá explicarnos el mejor profesor universitario. Es el misterio de la poesía, que sólo se manifiesta mediante la misma creación poética.

Pero la vida sigue. Y la de Alfonsina está adquiriendo un ritmo quizá demasiado acelerado. No puede dejar de escribir y publicar, no puede dejar de atender los mar del platarequerimientos de la vida social, no puede dejar de trabajar (por fortuna, ya en actividades más acordes con su vocación intelectual y pedagógica), no puede dejar de atender a su hijo (que se convertirá en un médico de prestigio). Tanto esfuerzo, tanta tensión, llegan a afectar su salud. Los nervios se resienten. Se le recomienda descanso. Decide pasar algunas temporadas en Mar del Plata,

con las grandes olas, y las rocas muertas

y las anchas playas que ciñen el mar,

donde el rumor del oleaje le va susurrando insidiosamente que ahí mismo hay un lugar maravilloso para el descanso perfecto.

En el fondo del mar

hay una casa

de cristal.

Pero, salvo esos cortos períodos de retiro, Alfonsina no descansa. Se ha convertido en una de las primeras figuras del mundo de las letras bonaerense, a pesar de su fracaso en el teatro y de la hostilidad de los ultraístas agrupados en torno a la revista Martín Fierro, entre ellos un joven Jorge Luis Borges.

A principio de la década siguiente, viaja dos veces a España, donde conoce a algunos de los componentes de la flamante generación del 27. Su posición en el ambiente cultural del cono sur sigue siendo preminente. La amistad epistolar con la poeta chilena Gabriela Mistral se refuerza con el conocimiento personal. Más fuerte – no sabemos hasta qué grado de intimidad (bueno, algunos siempre saben estas cosas) – es su relación con el uruguayo Horacio Quiroga, que incluso le propone que le acompañe a su retiro de la selva de Misiones, proposición que ella no acepta.storni quiroga

En 1935 todo se ensombrece. Aparece el cáncer. Se le amputa un pecho. Pero el mal reanuda su labor destructora. Por entonces se entera del suicidio de su querido Horacio, también afectado de un cáncer incurable, y aplaude:

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,

y así como en tus cuentos, no está mal;

un rayo a tiempo y se acabó la feria

En enero de 1938, es invitada a Colonia por el Ministerio de Instrucción Pública de Uruguay al homenaje que se rinde a las tres grandes poetas de América: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y ella misma. El veinticuatro de octubre de ese mismo año, Alfonsina está de nuevo en la pensión de Mar del Plata. A la mañana siguiente, dos hombres encuentran su cuerpo sin vida en la playa.

Cuenta la leyenda que la madrugada del día veinticinco Alfonsina, presa de mal de amores, se fue hasta la cercana playa y, caminando descalza, se adentró en el mar. (Por la blanda arena /que lame el mar /su pequeña huella /no vuelve más).

Dice la crónica que aquella tarde el dolor de la enfermedad se le había hecho insoportable, que por la noche se llegó hasta el pequeño acantilado que vigila la playa de la Perla y que, desde allí, se arrojó al mar.

La verdad poética (o sea, la verdad) es que Alfonsina tuvo dos grandes amores, la vida y el mar; cuando se vio abandonada por la vida, se entregó al mar.storni monumento(De ESCRITORAS)

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EMILIA PARDO BAZÁN. La condesa palpitante I

pardo bazánHay una Emilia, en el grupo de escritoras que voy convocando, que nada o muy poco tiene que ver con la lánguida, exquisita y enigmática poeta de Nueva Inglaterra que acabamos de visitar. Enfrentadas incluso geográficamente, casi en la misma latitud a uno y otro lado del océano Atlántico, son buen ejemplo de lo diversos y aún contrarios que pueden ser los seres humanos y entre ellos, los escritores y entre estos, las escritoras.

Emilia Pardo Bazán es un caso claro de mujer fuerte, cosa que por entonces – y siglos antes y algún siglo después – no estaba permitida, o según y cómo. A doña madame de stael 2Emilia se la puede considerar como la Madame de Staël hispánica, o así la considero yo. Con todas sus diferencias, naturalmente. La principal consiste en que mientras la francesa – medio suiza – tenía una visión muy clara y bien estructurada de sus preferencias político-sociales y culturales, la española – del todo gallega – evolucionaba, o así lo parecía, entre distintas posiciones, contradictorias sobre todo por lo simultáneo con que solían presentarse.

Aristócrata conservadora y al mismo tiempo feminista; naturalista en literatura (que suponía la adscripción a un determinismo ateo), pero católica ferviente; católicaD._Carlos_de_Borbón_y_de_Austria-Este_smoking ferviente, pero nada reacia a aventuras eróticas extracanónicas (aunque esto ya entraba en la tradición del catolicismo más ferviente); tradicionalista en ideas políticas, pero progresista en la práctica. En fin, que las posturas de la condesa parecían pensadas para despistar o confundir al personal, no de otro modo que las que mostrara el gran Dostoyevski, según acertado resumen de André Gide. Y está claro que esto la complacía, como lo demuestra cuando escribe

Los conservadores de la extrema derecha me creen “avanzada”, los carlistas “liberal” – que así me definió don Carlos – y los rojos y jacobinos me suponen una beatona reaccionaria y feroz.

Por supuesto había que tener una personalidad muy especial para, siendo mujer en aquella época y sociedad, llegar a ocupar, sobre todo en prestigio, un lugar tan alto en la pirámide intelectual del país. Y digo “en prestigio” porque en el ámbito oficial la cosa no fue tan fácil. El caso más llamativo fue el de la Real Academia, que le negó la entrada en varias ocasiones no por otra cosa que por su condición de mujer, en un alarde de esa misoginia en la que siempre ha brillado con esplendor la docta institución no sé si hasta ahora mismo.rae

Pero tuvo sus reconocimientos, populares (las lecciones en el Ateneo de Madrid en 1896 sobre literatura francesa contemporánea fueron un éxito de público) y hasta oficiales: en 1910 fue nombrada Consejera del Ministerio de Instrucción Pública; en 1916 se le otorgó la cátedra de Literaturas Neolatinas de la Universidad Central, de la que, sin embargo, pronto dimitió por falta de alumnos, no se sabe si carentes de interés por la materia o llenos de vergüenza por tener que aprender de una señora.

Y no es que no hubiese señoras escritoras en aquella época y sociedad, pero por lo general sus obras se limitaban a novelitas dirigidas a otras señoras y señoritas y en la cuestión palpitantemuchas ocasiones firmadas con seudónimo masculino. Lo original, lo rompedor en doña Emilia es que sus intereses y producciones literarias abarcan desde lo histórico-erudito, como el Ensayo crítico de las obras del padre Feijoo, escrito a los veinticinco años, hasta la participación en los últimos movimientos de la modernidad intelectual y artística: la publicación de La cuestión palpitante, colección de artículos sobre el naturalismo literario surgido en Francia en torno de Zola, puso esta tendencia – a la que hasta cierto punto ella estuvo adscrita – en el centro del debate literario español.

Y la sociedad literaria, los escritores “serios” ¿cómo recibieron el fenómeno de la señora escritora y erudita y siempre à la page? Bien. Hay que decir que muy bien. Clarín (Leopoldo Alas) elogió muchos aspectos de la novela Un viaje de novios (1881), aunque censuró otros; tampoco se manifestó de acuerdo en algunas de las consideraciones de la escritora sobre Zola. Pero en todo caso dejó bien clara su admiración por las dotes de doña Emilia (“la mujer de gran talento, de suma habilidad”).

La escritora cosechó la admiración de los más jóvenes, como Unamuno ozola Blasco Ibáñez. Cierto que también recibió críticas de escritores como Menéndez Pelayo, Pereda, Palacio Valdés y otros, pero siempre fundamentadas en discrepancias estéticas o ideológicas, nunca, que yo sepa, por razón de sexo.

El de Benito Pérez Galdós es un caso aparte. Ocho años mayor que doña Emilia, cuando ésta empezó a ser conocida (a principio de la década de los 80) don Benito se hallaba casi en el apogeo de su carrera literaria. Desde un principio hubo entre los dos una relación de admiración (sobre todo por parte de ella) y de estimación mutua. Relación que rápidamente fue ganando intensidad, hasta que se convirtieron en amantes. Y no se trata aquí de uno de esos casos de amantes apócrifos, tan del gusto de algunos comentaristas. Porque la relación está atestiguada por los mismos protagonistas.

Hace unos años salieron a la luz 92 cartas de doña Emilia dirigidas a don Benito y solo una de éste en sentido contrario (se supone que el resto, en posesión de la escritora, fue destruido a la muerte de ésta por la censura de la familia propia o por miquiño míola del dictador Franco, ocupante estival, años después, de la residencia gallega de la escritora).

Las cartas de Emilia hablan de una relación apasionada, forzosamente discreta (ella estaba casada aunque separada de acuerdo con el marido; él siempre soltero), que tuvo lugar en encuentros furtivos en Madrid y en un viaje por Alemania. Y además, con algunas infidelidades por parte de ambos. Y cuando la relación cesó, al cabo de una década aproximadamente, conservaron una buena amistad y la misma admiración y respeto por parte de ella hacia quien siempre consideró su maestro.

Nada da mejor idea del apasionamiento, la desinhibición y el sentido del humor con que la condesa vivió aquel amor que estas líneas de una de sus cartas de 1889

Pánfilo de mi corazón: rabio también por echarte encima la vista y los brazos y el cuerpote todo. Te aplastaré. Después hablaremos dulcemente de literatura y de la Academia y de tonterías. ¡Pero antes morderé tu carrillito! 

 (CONTINÚA)

benito y emilia

(Obsérvese cómo don Benito todavía tiene resentido el carrillito).

(De ESCRITORAS)

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EMILIA PARDO BAZÁN. La condesa palpitante II

casa-museo-emilia-pardo-bazanEmilia Pardo Bazán “fue una noble y novelista, periodista, feminista, ensayista, crítica literaria, poetisa, dramaturga, traductora, editora, catedrática y conferenciante española introductora del naturalismo en España”, dice la enciclopedia (virtual, por supuesto). Y dice mal.

Es verdad que, a primera vista, la parrafada impone, pero si se la examina con un poco de atención resulta bastante extraña. Para empezar, juntar “noble” (¿en qué sentido?) con “novelista” es por lo menos ambiguo. Su actividad como periodista la fue ejerciendo en cuanto ensayista y crítica literaria, o sea que estas podrían estar comprendidas en aquella o aquella en estas. Se dice que fue feminista. Cierto, pero también fue carlista y en cierto modo obrerista (La Tribuna), y no se dice. Lo de dramaturga fue más bien un intento fracasado, que la homologa con tantos españolitos, de los que se decía que nacían todos con una obra de teatro bajo el brazo. Y lo de “poetisa” no lo admitiría hoy cualquier mujer que escriba versos, como no admitiría “atletisa” cualquier atleta del sexo femenino. Mejor pasamos a la historia, resumida y breve como siempre.

nina-pardoEmilia Pardo Bazán nace en La Coruña, España, en 1851. El padre, abogado y miembro del partido liberal, por el que fue diputado en el Congreso, ostentó el título de conde por nombramiento papal, título pontificio que el rey Alfonso XIII convalidó en real para la hija en 1908.

Los intereses literarios y culturales de Emilia estuvieron bien claros desde su más tierna infancia. Ella misma pidió que las convencionales clases de piano y demás componentes de la educación de las señoritas de entonces les fuesen sustituidas por clases de latín y por enseñanzas humanistas. Niña todavía, lee la Bibilia, Homero y el Quijote. Durante los inviernos que la familia pasa en Madrid estudia en un colegio francés, y llega a dominar este idioma, lo que le sería de gran utilidad en su futura actividad de literata de rango europeo.

A los dieciséis años (1868) se casa con José Quiroga y Pinal, estudiante de derecho de diecinueve, más o menos aristocrático y más que menos ultraconservador, querevolución gloriosa exige que su esposa se adhiera también al carlismo, cosa que ella acepta en principio y que mantendrá  aunque con  matices varios. El hecho de la boda lo registra en uno de sus Apuntes autobiográficos con cierta frialdad de cronista: Me vestí de largo, me casé y estalló la Revolución de septiembre. Tuvieron tres hijos.

Precisamente la agitación social que se produce a continuación de la Gloriosa induce al padre a poner tierra por medio por una temporada, viajando con toda la familia, recién casados incluidos, por Francia, Inglaterra, Austria e Italia, viaje que no concluye hasta 1873, y que Emilia aprovecha para iniciar contactos con  algunas figuras de la literatura europea.

Establecida la familia en Madrid, Emilia se dedica sin descanso a sus labores intelectuales y creativas ante la mirada comprensiva y aprobatoria del marido, de momento. Actitud que cambiará radicalmente cuando la esposa se vea situada en el centro del debate intelectual, recibiendo flores y dardos desde izquierda y derecha indistintamente a propósito de la polémica sobre el naturalismo literario, y que conducirá a la separación de hecho de la pareja en 1883.

En 1876 publica su Ensayo crítico de las obras del Padre de Feijoo y en 1879 sale su primera novela, Pascual López, autobiografía, todavía en la órbita de la novelística anterior a la que ella misma vendría a consolidar.

vichyEn 1880 pasa una temporada en el balneario de Vichy (Francia), donde, entre otras cosas, se dedica a estudiar a fondo la obra de Zola y empieza a escribir la novela Un viaje de novios (1881), en la que se perfila ya su estilo propio y que fue bien acogida por la crítica.

El de 1883 fue un año crucial para la la escritora y la mujer. Durante el año anterior había publicado en la revista Época una serie de artículos en los que exponía los postulados de la escuela naturalista de novela, surgida  en torno de la figura de Zola en el llamado grupo de Médan. Reunidos y publicados en forma de libro con el título de La cuestión palpitante, enseguida se situaron en el centro del debate literario español. Y lo que quizá prestaba mayor interés a la polémica era el hecho de que la escritora no suscribía sin más todas las exigencias de la nueva escuela, sino que oponía sus reparos, el principal, aceptar un determinismo que anula la idea de libre albedrío, lo que, como católica, no podía de ningún modo admitir. Postura que, como suele ocurrir, concitaría los ataques y censuras de las dos posiciones extremas

Ese mismo año acuerda la separación con su marido, publica la novela La Tribuna, naturalista, obrerista y feminista, en cuyo prólogo reconoce el magisterio de Galdós, y – lo que nadie sabe entonces – se afianza el largo idilio entre el escritor y la escritora.

En 1886 vuelve a Francia, donde trata a los hermanos Goncourt, a Huysmans y sobre todo a Zola, quien se muestra sorprendido de que la autoría de La cuestión emilia escribiendo a máquinapalpitante corresponda a una mujer. El mismo año sale a la luz Los pazos de Ulloa, novela sobre el caciquismo y la decadencia de la sociedad tradicional gallega. Esta obra y la que sigue, La madre naturaleza, que es continuación de la anterior por el tema, el ambiente e incluso algunos personajes, la consagran definitivamente como la gran novelista española de la segunda mitad del siglo.

Pero su actividad creativa no se limita a lo novelístico. Publica ensayos como La revolución y la novela en Rusia (1887) en el que, apartando la mirada de la omnipresente cultura francesa, presenta a Dostoyevski y otros novelistas rusos, y La mujer española (1890) donde trata de la situación de inferioridad en que se encuentra la mujer y de los continuos impedimentos que la sociedad masculina coloca para imposibilitar que pueda superarla.

Tras la muerte de su padre (1890), y con el dinero de la herencia, crea la revista Nuevo Teatro Crítico, que durará dos años y en la que ella sola escribe todos los artículos. Colabora en las revistas La España Moderna, El Imparcial y otras. En esta época se dedica especialmente a los cuentos (se han recogido más de quinientos, emilia conferencianteaparecidos en distintas publicaciones).

Su fama no solo como escritora sino también como conferenciante va en auge. Las  intervenciones de la aristócrata escritora atraen a un público numeroso y variado. Desde el éxito de sus lecciones sobre literatura contemporánea francesa de 1896, se convierte en figura destacada del Ateneo de Madrid (primera mujer aceptada como socia), donde ocupará el puesto de directora de la Sección de Literatura (1906). En 1910 se la nombra Consejera de Instrucción Pública y en 1916, catedrática de Lenguas Neolatinas de la Universidad Central.

Su producción escrita es inabarcable. Y siempre variada. Hay que registrar en este sentido el cambio de tendencia que se da en su obra a partir de los últimos años del siglo, con cierto abandono del naturalismo y la apuesta por las nuevas modas finiseculars (decadentismo, simbolismo), como en la novela La Quimera (1905). Y tampoco  hay que olvidar – como aquí se ha olvidado – toda su literatura histórico-crítica relacionada con el cristianismo a través de figuras como Dante, Milton, San Francisco y de las tratadas en Los poetas épicos cristianos (1895).

Porque doña Emilia siempre fue y se confesó católica, en lo bueno y en lo malo. Quizá es el catolicismo el único rasgo que presta unidad a su vivir, pleno de intereses múltiples y a veces contradictorios. Un religión, la católica, que, como dejara dicho su coetáneo Oscar Wilde, es la más adecuada para santos y pecadores.

En ella confortada, doña Emilia Pardo Bazán entregó su alma, en Madrid, el 12 de mayo de 1921.

emilia estatua coruña

(De ESCRITORAS)

 

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