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Fragmentos y comentarios auténticos sobre la obra de Antonio Priante.

LEOPARDI. El silencio infinito I

leopardiEl 29 de junio de 1798 nace un niño en el seno de una de las familias más nobles de Recanati. Sus padres son el conde Monaldo y la marquesa Adelaide Antici. El lugar está situado en la región de las Marcas y pertenece al Estado Pontificio. El aspecto del niño no parece augurar un desarrollo normal. Pero la vida se aferra con fuerza al pequeño Giacomo y no lo soltará hasta después de haberlo sometido a toda clase de maltratos, dejándole solo la ventana abierta al horizonte infinito del pensamiento y la imaginación.

El hogar familiar es un caserón enorme y lóbrego, habitado por las sombras de pasadas glorias. El padre, el origen de cuya nobleza se remonta a las época de las cruzadas, es un hombre poco práctico, mal administrador y de ideas que ya habrían sido consideradas reaccionarias antes de la “maldita” revolución francesa. Pero adora los libros, hasta el extremo de que, pese a su ultraclericalismo, no se ha abstenido de aumentar su enorme biblioteca con los productos de los saqueos de monasterios ocurridos en las breves ocupaciones napoleónicas. La madre, seca y fría como roca de los Apeninos, lleva con mano de hierro la administración familiar, siempre de escasos recursos, y parece que no conoce el amor materno, ni de ninguna otra clase.casa leopardi recanati

En los primeros años de su vida, el pequeño Giacomo gusta jugar y corretear con sus hermanos Carlo y Paolina por los vastos recintos del palacio. Pero tiene que detenerse a menudo; su débil salud no le permite los naturales esparcimientos de otros niños.

Y además está la biblioteca, donde empieza a descubrir un mundo, quizá más estructurado y real que el ignorado que se agita al otro lado de los muros.

El padre confía su educación a preceptores eclesiásticos, que vuelcan sobre el niño toda la tradición pedagógica jesuítica-humanista. Hasta que renuncian, confesando que ya no tienen nada más que enseñar al pequeño prodigio.

Y es que, además, está la biblioteca, donde el niño amplía sin cesar sus conocimientos – al principio bajo la atenta vigilancia del padre – sobre todo en materia de la antigüedad griega y romana. Aprende, en parte por su cuenta, hebreo, griego, latín, inglés, español, francés. Traduce el Arte poética de Horacio y escribe un par de tragedias. Todo esto hasta los 15 años. A esta edad escribe una muy documentada Historia de la astronomía y a a los 17 un ensayo Sobre los errores populares de los antiguos. El padre queda tan asombrado ante las proezas del hijo adolescente que levanta todo control sobre las consultas a la biblioteca.

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A través de dos revistas de Milán, La Biblioteca Italiana y Spettatore italiano, el joven Giacomo se pone en contacto con ciertos intelectuales de primera fila, como Antonio Stella, que le publica algunos trabajos en su revista, y Pietro Giordani, con el que mantendrá una larga y afectuosa correspondencia en la que no se ahorrará la expresión de sus sueños y desazones íntimas.

Precisamente en ese período, entre los 16 y los 17 años, se produce un desplazamiento decisivo en las prioridades de sus intereses: el afán erudito y anticuario cede el puesto a la contemplación intimista y a la expresión poética. Nace el gran poeta, el más grande, por lo menos en intensidad y profundidad, del romanticismo italiano. 

Pero los problemas de salud no cesan de agravarse, la mala conformación corporal de origen y las largas jornadas ininterrumpidas de estudio confluyen en un desarrollo enfermizo, con el resultado de un cuerpo contrahecho. Y pronto se añaden los problemas de los ojos, que le obligan a suspender en ocasiones sus estudios.

Por otra parte, el ambiente de la casa familiar de Recanati cada vez le resulta más agobiante. Proceso al que ayuda la disparidad entre sus propios horizontes intelectuales – a través de los filósofos franceses del siglo anterior ha llegado a un ateísmo sin concesiones – y los angostos límites de la tradición familiar.

Siente que la libertad no está solo en los libros, sino también más allá de los límites del jardín paterno. Y en julio de 1819, a los 21 años, intenta la fuga, que resulta frustrada por el padre.

Es entonces, en septiembre del mismo año, cuando el poeta alcanza una de sus cimas dando a luz L’Infinito, breve composición de quince versos, cumbre de la poesía leopardiana del período comprendido entre los 18 y los 25 años, tras el cual se abre un paréntesis más dedicado a la reflexión llamémosle filosófica.

En noviembre de 1822 se traslada finalmente a Roma, como huésped del tío Carlo Antici (nada que ver con el universo mental de la hermana), pero se lleva una decepción. De las glorias antiguas que conoció en los libros solo quedan unas piedras desgastadas; todo es mediocridad y tristeza. Solo ante la tumba del poeta Tasso, con el que se siente afín en muchos aspectos, piensa que su estancia romana ha valido la pena.roma ottocento

Vuelve a Recanati, donde empieza la redacción de las Operette morali (traducidas en general como Diálogos) en las que imagina conversaciones entre personajes de toda índole (la Moda y la Muerte, la Luna y la Tierra, Tasso y su Genio familiar, Plotino y Porfirio, etc) repletas de agudeza, de ironía y de amargura ante la contemplación de las ridículas ilusiones humanas. Por ejemplo, el diálogo entre un Duende y un Gnomo tiene lugar en una Tierra de la que ha desaparecido el género humano, o sea, aquellos seres que creían que el planeta entero estaba a su servicio, y que ahora, inexistentes ellos, sigue girando en los espacios como si tal cosa. Y no se sabe en qué fechas – se publicaron póstumos – escribió sus Pensieri (Pensamientos). Y, desde los 19 años, el Zibaldone, especie de cajón de sastre de sus reflexiones, que se extiende a lo largo de quince años y cuatro mil páginas.

Pero es en la poesía, a la que regresa con fuerza en 1829, donde, a mi entender, se contiene el mejor Leopardi o, para ser exacto, el más depurado, porque en ella se combinan y se expresan, bajo la forma más bella, el intimista y el pensador. (continúa)operette

(De Los libros de mi vida. Lista B)

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LEOPARDI. El silencio infinito II

boloniaLa vida social de Leopardi siguió girando por entero en torno a sus intereses literarios. Los amigos Stella y Giordani le aportaron otras amistades, en especial en Florencia y Bolonia, ciudades en las que residió por breves temporadas. Amistades escasas pero de calidad, como lo demuestra el hecho de que en 1830, habiendo roto definitivamente con la familia y sin recursos económicos, le fuese concedida una asignación mensual por “los amigos de Toscana”. Hecho que aún resulta más chocante si pensamos que era un escritor poco conocido y nada dado a las intrigas de promoción.

Pero no hay duda de que tendría su prestigio, pues fue propuesto y designado diputado de la Asamblea Nacional de Bolonia, ingenuo intento liberal que fue al momento abortado por la bota austriaca.

En 1831 se publican en Florencia los primeros Cantos, que reafirmarán y extenderáncanti su fama de gran poeta. En la misma ciudad conoce a Antonio Ranieri, joven escritor y filósofo napolitano, con el que inicia una firme amistad.

En 1833 viaja con Ranieri a Nápoles, y desde entonces reside en casa del amigo. En el 34 se publica la segunda edición de los Diálogos. En el 36 escribe La ginestra o il fiore del deserto (La retama o la flor del desierto), que será su último poema.

Pero no es que haya decidido abandonar la poesía: es la vida la que ha decidido abandonar al poeta, siempre de salud débil y que nunca se ha hecho ilusiones sobre el valor de la existencia humana, al igual que la humilde flor del desierto que, “más sabia y mucho menos enferma que el hombre, nunca has creído que tus frágiles descendientes por el hado o por ti misma hayan de ser inmortales”.

El tema se lo había inspirado la visión de la retama que crece en la ladera del Vesubio y que podía contemplar desde Torre del Greco, donde se había trasladado con Ranieri y la hermana de éste huyendo del cólera que se había declarado en Nápoles.

vesuvioMurió poco después, de un edema pulmonar, en la misma ciudad de Nápoles, asistido por los dos Ranieri. Tenía 39 años.

Leopardi nos dejó una obra de rara coherencia. Los temas y la intención de su poesía son en parte los mismos que los de sus obras de pensamiento. Hay cantos dedicados a la patria, nostalgias de tiempos pasados y anhelo de un futuro luminoso (All’Italia, Sopra il monumento di Dante…); a la naturaleza (Alla Primavera, Alla Luna…); autobiográficos (A Silvia, Le Ricordanze…); amorosos (Il primo amore, Aspasia…), y los directamente filosóficos, desde una perspectiva existencial (Amore e Morte, A se stesso, La Ginestra, Canto notturno di un pastore errante dell’Asia…).

El amor, siempre como sentimiento a la vez dulcísimo y torturador, y ajeno a toda posibilidad de realización; los recuerdos de impresiones pasadas, la nostalgia; el tedio, nacido de la intuición de que todos los mundos visibles e invisibles no satisfacen los más profundos anhelos humanos; la nada infinita, descubierta por el tedio; la vanidad, que hace creer al ser humano que es alguien o que será algo, cuando en realidad se halla perdido, ignorado por una Naturaleza que seguirá moviéndose impertérrita cuando la ilusa humanidad haya desparecido. Estos son los temas de la poesía leopardiana.

Es cierto que, así enumerados, pueden producir la impresión de que estamos ante una obra oscura, deprimente. Pero no es menos cierto que la virtud catártica del arte suele producir – y en Leopardi produce sobradamente – la impresión contraria, es decir, la de una especie de augusta serenidad y aceptación. Esto es lo que sin duda advierte Unamuno cuando observa que el pesimismo de Leopardi es algo positivo, que se trata de un “pesimismo trascendente y poético, de un pesimismo creador”.

Como pensador, Leopardi no ha sido tan universalmente apreciado. Papini, por ejemplo, afirma que era “un grandísimo poeta, un artista excelente, pero un razonador mediocre”. Por supuesto que hay que tener en cuenta que el que así opina es un pensador convertido al catolicismo. Pero de todos modos algo hay de cierto en sus palabras. Y es que el pensamiento leopardiano no consiste en un sistema de sanctisestructurado de ideas; es más bien la expresión inmediata de lo que en el sujeto produce la visión de un mundo, un universo, despojado de las ilusiones con que lo engalana la fantasía humana (supremacía del hombre sobre la naturaleza, inmortalidad del alma, progreso indefinido, etc.).

Quizá el que mejor definió la virtud de la poesía leopardiana en el sentido de las palabras antes citadas de Unamuno fue el crítico e historiador de la literatura Francesco De Sanctis:

Leopardi produce el efecto contrario del que se propone. No cree en el progreso y te lo hace desear, no cree en la libertad y te la hace amar. Llama ilusiones al amor, la gloria y la virtud y enciende en tu pecho un deseo incontenible…

De Sanctis, por cierto, fue el primer escritor italiano que se interesó por Schopenhauer y, como no podía ser de otra manera, enseguida estableció una conexión entre el filósofo alemán y el poeta de Recanati, que desarrolló en el ensayo en forma de diálogo Schopenhauer y Leopardi, publicado de 1858.

Y es que el parentesco intelectual entre pensador y poeta es evidente. Solo hay que recordar estos versos               il brutto
poter che, ascoso, a comun danno impera,
e l’infinita vanità del tutto

y pensar que todo el empeño del filósofo consistió precisamente en desenmascarar y dar nombre a ese horrible poder que, oculto, para común daño impera.

(De Los libros de mi vida. Lista B)

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CALDERÓN DE LA BARCA. El teatro del mundo

calderónA primera vista, don Pedro Calderón de la Barca no es una persona simpática. Autor teatral que mueve a los personajes con los hilos de sus propias ideas, a diferencia de Shakespeare, quien, después de engendrarlos, los deja en completa libertad; católico integral, quiero decir, nada impregnado del humanismo erasmista de un Cervantes; propagandista del pensamiento único de la época y país, contrarreformista, miembro de una orden nobiliario-militar, soldado en ejercicio durante un tiempo, sacerdote a los cincuenta años… Nuestro autor reúne aparentemente todas las condiciones para erigirse en la figura emblemática de lo que se daría en llamar la España negra.

Y es que estamos hablando de escritores, de creadores, de artistas, y es normal que uno se pregunte: ¿puede pasar el aliento del espíritu artístico por tan estrechos vericuetos?

A.W. SchlegelA principios del siglo XIX, Goethe escribió: “si la poesía desapareciese completamente de este mundo, podría reconstruirse a través de esta pieza teatral”. La frase la cita E. Dorer en su obra Goethe und Calderón y se refiere al drama de Calderón El príncipe constante, traducido al alemán por A.W. Schlegel y estrenada en el teatro de Weimar el 30 de enero de 1811. Así que, a la pregunta antes formulada se puede responder: sí, parece que sí puede. O que no son tan estrechos esos vericuetos.

La literatura española de la época dorada debe mucho a los literatos y críticos alemanes de principios del siglo XIX. Tieck tradujo y divulgó el Quijote, novela en principio cómica que los estudiosos alemanes, como el mismo Tieck, convirtieron en obra profunda y trascendente. A.W. Schlegel tradujo varias obras de Calderón, y su hermano Friedrich contribuyó a ponerlo de moda en los escenariosF. Schlegel alemanes. Otros habían ya descubierto a Lope de Vega y a algún que otro autor del siglo de oro.

Pero fue Calderón el que mejor conectó con las tendencias onírico-poéticas-religiosas del romanticismo germánico, como se evidencia en ciertos comentarios (algunos, entusiastas) de autores como Eichendorf, Schelling, Rosenkranz, además de los ya citados.

Yo creo que, para superar los prejuicios que surgen ante la simple apariencia de su figura, ornada con las especiales características que al principio he mencionado, lo primero que se ha de tener en cuenta es que Calderón era un poeta, un gran poeta. Lo segundo, que era un gran pensador de carácter racionalista, científico-matemático, se podría decir, aunque sin traspasar pirandello(conscientemente) las barreras impuestas por el dogma, que él acepta y defiende con plena convicción. Y es esa combinación de naturaleza poética y penetración filosófica lo que, para mí, le incluye en un selectísimo grupo de autores teatrales en compañía de Shakespeare, Pirandello y pocos más, no obstante las diferencias evidentes entre ellos.

Las obras de Calderón se pueden clasificar atendiendo a las características que predominan en ellas. A lo largo de su extensa vida de escritor muestran una evolución que va desde lo popular lopevedesco hacia una profundización o idealización de tono cada vez más abstracto, si bien las etapas no son nunca cerradas, ya que por ejemplo, en los últimos años de autor de la corte y creador de solemnes dramas sacros (autos sacramentales) no desdeña la composición de algún que otro entremés o mojiganga.

casa con dos puertasA primera vista, se distinguen tres grandes grupos: las comedias de capa y espada, como Casa con dos puertas mala es de guardar, Nadie fíe su secreto, o La dama duende, en las que predomina el enredo y la geometría de las situaciones, todo ello muy bien calculado y dispuesto como un mecanismo de relojería. En cuanto a los temas hay dos omnipresentes: el amor y el honor; honor u honra entendido de acuerdo con la moral de aquella época, difícil de explicar y entender en la nuestra.

En el segundo grupo colocaría los dramas y tragedias como El alcalde de Zalamea, La vida es sueño, El mágico prodigioso o El príncipe constante, obras en que se plantea la tensión entre individuo y sociedad o entre individuo y trascendencia.

En el tercer grupo se integrarían los autos sacramentales y comedias hagiográficas, de carácter directamente religioso y didáctico, como El gran teatro del mundo, donde vemos al Autor (Dios mismo) repartiendo los papeles que habrán de interpretar en vida los mortales, obra a la que Goethe rendirá tácito homenaje en el prólogo de su Fausto.el gran teatro

Si hubiese que elegir alguna obra que condensase y resumiese el arte poético y escénico de Calderón, yo me inclinaría por dos. Dos dramas que se sitúan en la zona central de los temas típicamente calderonianos, alejados por igual de los excesos de la temática de “capa y espada” (amor, honor, celos) y de los de la grandilocuencia de la didáctica religiosa. Una es El alcalde de Zalamea.

Extremadura, agosto de 1580. El rey de España Felipe II se dirige a Portugal para tomar posesión del reino, que ha pasado a la corona española. Una compañía del ejército que le precede se detiene en Zalamea, donde, de acuerdo con los usos, los soldados se alojan en las casas del lugar. A don Pedro Crespo, rico labrador, corresponde hospedar al general de la tropa, don Lope de Figueroa, a lo que se presta gustosamente. Dos mundos extraños entre sí entran en contacto, y en conflicto. Un capitán, don Álvaro, se encapricha de Isabel, hija de don Pedro, hasta el extremo de que la rapta y la viola. Don Pedro ofrece al capitán alcalde de zalameaparte de sus bienes si se casa con ella. El capitán rechaza la oferta con desprecio: su alcurnia no le permite emparentarse con unos plebeyos. Indignado, don Crespo, que acaba de ser designado alcalde, lo encarcela. La reacción de don Lope no se hace esperar: exige la liberación del capitán bajo amenaza de incendiar la cárcel y el pueblo entero, alegando que el caso corresponde a la jurisdicción militar. La correcta relación inicial entre anfitrión y huésped se tensa al máximo en una de las escenas más célebres del teatro español. Pero don Pedro no cede. Su fuerza radica en la idea que había expuesto, como premonición, antes de que los hechos se produjesen:

Al rey la hacienda y la vida

se ha de dar; pero el honor

es patrimonio del alma

y el alma sólo es de Dios.

Don Lope va a cumplir su amenaza cuando llega el rey. Enterado del asunto, ordena a don Pedro que entregue al capitán encarcelado. Imposible: la sentencia ha sido ya ejecutada. El rey entiende que, aunque el procedimiento no ha sido el correcto, la condena es justa y “no importa errar lo menos quien acertó lo demás”; da por cerrado el caso y nombra a don Pedro Crespo alcalde perpetuo de Zalamea. (continúa)

Felipe2(De Los libros de mi vida. Lista B)

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CALDERÓN DE LA BARCA. El teatro del mundo II

la vida es sueñoLa vida es sueño es la otra de las obras aludidas. El joven Segismundo ha pasado toda su vida encerrado en una torre, sin contacto con el mundo, al cuidado solo de un criado. Se pregunta cuál es la causa de su situación y se dice que ya entiende la razón principal, pues el delito mayor / del hombre es haber nacido (reflexión de hondo calado que había de utilizar el filósofo alemán Schopenhauer), pero que ha de haber alguna más, ya que se le niega la libertad de que gozan los simples animales… Resulta que su padre, el rey y astrólogo Basilio, asustado por lo que creyó leer en las estrellas sobre la maldad de su recién nacido hijo, había determinado que éste permaneciese encerrado de por vida. Pasados los años, Basilio decide experimentar y hace que, dormido con un somnífero, Segismundo sea trasladado a la corte, donde despierta rodeado de todas las riquezas y comodidades principescas. La reacción no puede ser peor, Segismundo actúa con una violencia y crueldad reveladoras de sus peores instintos. Convencido de que los astros tenían razón, Basilio devuelve a Segismundo a la torre, por el mismo procedimiento del somnífero.

Cuando Segismundo despierta se pregunta, desconcertado, si lo que ha vivido como príncipe ha sido un sueño o si el sueño es lo que ahora vive despierto,

porque si ha sido soñadodas leben

lo que vi palpable y cierto,

lo que veo será incierto;

y no es mucho que, rendido,

pues veo estando dormido,

que sueñe estando despierto.

Una revuelta popular provoca la abdicación del rey Basilio y la liberación de Segismundo, quien es de nuevo llevado a palacio para ser coronado. Contra todo pronóstico, el nuevo rey actúa ahora con moderación y humanidad: perdona al padre, cuya mala interpretación de los astros le había conducido al cruel encierro y da satisfacción a todos. Y es que comprende que en este oscuro paréntesis llamado vida conviene actuar bien, no sea que se vuelva a despertar en un sueño peor.

Pedro Calderón de la Barca nació en Madrid en 1600 en el seno de una familia de funcionarios reales. Su padre, que murió cuando Pedro tenía quince años, era Secretario de Hacienda, puesto que pasó al tío, quien además se hizo cargo de Pedro y sus hermanos.

univ salamancaDe los ocho a los trece años estudia en el Colegio Imperial de los Jesuitas de Madrid. Al cumplir los catorce se matricula en lógica y retórica en la universidad de Alcalá, y luego en la de Salamanca, donde se licencia en derecho canónico en 1618. Dos años después se traslada a Madrid, donde inicia la carrera literaria participando en algunas justas poéticas (premios literarios, diríamos hoy), como los convocados con ocasión de las canonizaciones de san Isidro y de santa Teresa.

En 1623 consigue estrenar en el Palacio Real su primera comedia, Amor, honor y poder. Es el inicio de una brillante carrera teatral que alcanzará su apogeo en la década de 1630. De hecho, a los cuarenta años ya había escrito y representado lo principal de su obra.

Precisamente en 1640 se inicia el periodo más amargo de su vida. En el día de Corpus estalla una revuelta en Cataluña, que tiene su origen en los abusos del ejército real sobre la población campesina, y que se convierte en una larga guerra de separación en la que las autoridades de Cataluña piden amparo al rey francés (levantamientos similares aunque de menor fuerza tienen lugar en Andalucía y Aragón; en cambio, el de Portugal concluye con la separación definitiva del país, tras sesenta años de pertenencia a la corona española).corpus

Calderón participa en la guerra, en la que pierde a su querido hermano José. En 1642 abandona la carrera militar por problemas de salud. Y la década no puede terminar peor para el autor teatral: en 1644, debido a la muerte de la reina, cierran los corrales (teatros) en Madrid, cierre que se prolonga durante cuatro años.

(Entre paréntesis, en 1652 se firmó la paz con Cataluña, que retornó a la monarquía hispánica; en 1659 se firmó con Francia la Paz de los Pirineos, que supuso el reconocimiento de la derrota española, con la cesión obligada del territorio catalán situado al norte de los Pirineos)paz pirineos

En 1651 Calderón se ordena sacerdote y un año después ocupa la capellanía de los Reyes Nuevos de Toledo. En 1663 es nombrado capellán de honor del Rey. En 1677 se publica el quinto y último volumen de sus obras.

Pese al éxito de sus producciones teatrales y al favor real, que siempre supo mantener, Calderón no disfrutó nunca de una posición económica holgada, hasta el extremo que, a sus setenta y siete años, se le tuvo que conceder el privilegio de “porción de cámara”, es decir, el derecho a comer de la cocina real. Hay que reconocer que, por lo general, una gran carrera literaria, incluso si se contaba con el favor del poder, no daba para mucho.

Pero los sinsabores acabarían pronto. El 25 de mayo de 1681, el escritor, militar y sacerdote don Pedro Calderón de la Barca despertó por fin del sueño de la vida, quiero decir que se murió.

(De Los libros de mi vida. Lista B)

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SHAKESPEARE. El escritor ausente I

       A mi hermano Adolfo, amante de Shakespeare, del teatro y de la vida 

                                                   IN MEMORIAM

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Los escritores son como las personas; los hay altos, bajos, morenos, rubios, negros, amarillos, (hombres, mujeres, por supuesto, aunque ahora ya no es tan “por supuesto” y parece que hay que especificar). Quiero decir con esto que el tópico del escritor engreído, soberbio, susceptible, ególatra, vanidoso, no es más que eso, unshakespeare tópico que unas veces coincide con la realidad y otras veces no.

Hay escritores cuya personalidad, fuerte, poderosa, invasiva, se manifiesta de modo evidente en su obra, para bien o para mal, y hay otros cuya personalidad está tan diluida en la obra que parece que no está. Entre los buenos ejemplos de lo primero tenemos a Goethe; entre los buenos ejemplos de los segundo, a Shakespeare.

De hecho, Shakespeare es el ejemplo máximo. Nadie como él ha sabido – conscientemente o no – ofrecernos una obra que más bien parece un producto de la naturaleza en la que el supuesto autor no ha tenido ninguna intervención.

El caso de Shakespeare me incita sin remedio a reflexionar sobre uno de los temas para mí más atrayentes y misteriosos de la literatura: la relación entre autor y obra. Y es que esta relación no se parece en nada a la que se produce en otros ámbitos, creo yo, excepto en el artístico en general, que es definitiva de lo que hablo.

Una persona obtusa que se dedica a la política la-fierecillaproducirá una política obtusa; una persona torpe y desabrida, como funcionaria o empleada se manifestará como funcionario o empleado incompetente y desagradable; una mala persona en un cargo directivo actuará como mala persona en muchas de sus decisiones. En la literatura no es así.

El escritor, en cuanto verdadero creador, puede ser como ese individuo que de vez en cuando aparece en las noticias, tranquilo, educado, silencioso, a quienes sus vecinos tienen por un buen hombre…y que resulta ser un asesino en serie. Hay otros que no, otros a los que los vecinos tienen por engreídos y arrogantes…y no son más que vendedores de chucherías.

Aunque también es cierto que hay vecinos engreídos y arrogantes que son perfectos asesinos. Entre estos últimos podría citar a Thomas Mann, y entre los primeros a Kafka, por poner unos ejemplos.

La tradición biográfica del personaje ha sido constante en algunos, pocos, aspectos. Parece que Shakespeare no eramann elegante lo que se entiende por un hombre de carácter. De aspecto bastante corriente, era modesto, sencillo, afable, aunque podía ser brusco cuando trabajaba, es decir, cuando participaba en el montaje de alguna de sus obras teatrales. H. Bloom lo califica como “el menos engreído y agresivo de los escritores contemporáneos”, y a continuación destaca que existe una relación inversa entre su desvaída personalidad y su gran talento dramático.

Uno puede imaginar al amigo, madre o esposa del joven actor (y escritor casi forzado, para nutrir el programa de la compañía en la que participaba), después de asistir a la representación de alguna de las obras escritas antes de cumplir los treinta, inquiriéndole asombrados “pero tú, ¿de dónde has sacado todo eso?”. Y es que, aparte de la creación de personajes, la escritura vital, torrencial, las metáforas nunca oídas, la fuerza del conjunto de la obra eran como para producir asombro, sobre todo si se atribuyen a una persona tan normal como las que vemos a diario por la calle.

h-bloomLo que yo no puedo imaginar es lo que habría contestado el joven actor y autor llamado William. De todos modos, es de suponer que en la época posterior de Hamlet, Otelo, Macbeth y otras, el asombro ya estaría superado y asumido.

Por sus contemporáneos, sobre todo por los que convivían con él o lo trataban a diario (“nadie es un héroe para su ayuda de cámara”), pero no por el espectador o lector de los siglos posteriores, ante cuyos ojos, si son vivos y despiertos como los de un niño, despliega Shakespeare todo un rico y meditado carrusel de maravillas.

No hay duda de que el teatro es el género literario más objetivo. Quiero decir que es el género que menos admite la intromisión caprichosa del autor en la dinámica propia de la obra. Y para plegarse dócilmente a esta exigencia del género quizá se precisa de un temperamento como el de Shakespeare, aunque no necesariamente en el mismo grado, cosa, por otra parte, que me parece imposible.

Para empezar, parece superfluo hablar de una “neutralidad” del autor ante los personajes y cuestiones que se plantean en la obra, puesto que el autor, como ya he dicho, está en la práctica ausente. Shakespeare ha sido uno de los primeros en establecer de manera clara que en la ficción novelesca-teatral todos y cada uno de los personajes tienen razón, su razón, y que el autor no es nadie para rebatirla.iago

Está además el dato (o no dato) histórico de que no se conocen sus ideas y creencias políticas y religiosas (algunos le suponen católico). Es posible que no las tuviera. Es posible que fuese ese vacío mental unido a su particular temperamento lo que hizo de él el límpido espejo donde pudo reflejarse con nitidez, con más nitidez que en la vida misma, toda la grandeza y toda la miseria de la condición humana. (Continúa)

(De Los libros de mi vida. Lista B)

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SHAKESPEARE. El escritor ausente II

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El Carnaval visto por Larra visto por mí

larra-carnavalLos carnavales están hechos para divertirse, dicen. Pues yo he de confesarte que, desde que se restauraron en todo su esplendor, no he encontrado en ellos otra cosa que un fácil motivo literario (¿quién puede sustraerse a la transparente simbología que los usos y abusos de esas fiestas ofrecen al escritor de costumbres?), pero divertirme, lo que se dice divertirme, si es que alguna vez he pensado seriamente en ello, nunca se me ha ocurrido asociarlo con el Carnaval…

“¿Me conoces?” “Te conozco”, dícense sin cesar las máscaras como pronunciando la fórmula precisa de un misterioso ritual. Este es el eje central de toda la ceremonia…y, ahora que locarnaval-madrid pienso, también de toda la vida social, porque, en el fondo, toda comunicación humana no consiste en otra cosa que en escenificaciones varias de ese mismo ritual. Uno se pone la máscara más respetable y le dice con palabras cifradas al otro “¿me conoces? ¿sabes en realidad lo que pretendo y lo que espero de ti?” Y el otro estudia, comprende y responde con palabras cifradas “te conozco, no tienes por qué preocuparte, ya he entendido lo que a los dos nos conviene”.

¿Me conoces?, me pregunta con cifradas y rudas palabras el marido digno pero prudente; te conozco, le respondo con mis propias palabras cifradas. ¿Me conoces?, me pregunta con cifradas y suaves palabras el manso y fiel guardián del honor familiar; te conozco, le respondo con mis propias palabras cifradas. ¿Me conoces?, me pregunta con leyes y decretos y programas (que son las palabras más cifradas que existen) Don Juan Álvarez Mendizábal; te conozco, le respondo con mi nada cifrado artículo Dios nos asista, que es como para darse por muy bien conocido y no estar encantado de ello precisamente.

(De El corzo herido de muerte)

carnaval 

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