CONVERSACIONES CON PETRONIO V

-He estado pensando en lo que hablamos ayer -dije a Petronio el día siguiente-, eso de que las personas mienten sobre sí mismas, que se engañan y engañan sobre su pasado. ¿A qué crees que obedece esa conducta?

-No lo sé con certeza -respondió Petronio-. Pero lo imagino. Toda persona desea ofrecer una imagen de sí misma lo más favorable posible. Y si en esa tarea se encuentra con dificultades, procura evitarlas. Ocurre como con el aspecto físico: se utilizan cosméticos para ocultar las huellas que el tiempo deja en el cuerpo. Y me parece bien. El triunfo del arte sobre la naturaleza es el triunfo del espíritu humano…siempre que los resultados sean correctos. Porque, si no, la situación no sólo no mejora sino que empeora. De una persona que abusa ostensiblemente de los cosméticos llegamos a pensar que es más vieja y ajada de lo que en realidad es. De la misma manera, de alguien que miente sobre sí mismo con descaro, es decir, sin tacto ni prudencia, llegamos a pensar que no merece ningún crédito ni consideración.

-¿Y por qué crees que todo el mundo desea ofrecer la imagen más favorable posible? ¿Tan importante es el juicio de los demás?

-Excepto para el sabio, es lo más importante. Pero no el juicio precisamente, sino algo más esencial. ¿Cuál crees tú que es la fuerza que mantiene unido el universo?

-No sé…desde el punto de vista de la filosofía platónica, diría que el amor.

-El amor, sí, tanto si recurrimos a Platón como si no. El amor es el motor del universo. Las mutuas atracciones de los astros y de todos los cuerpos han formado este mundo y lo mantienen vivo. Otro asunto es el porqué y el para qué, preguntas que no tienen respuesta, a no ser que también nos engañemos sobre esto. Lo confesemos o no, todos aspiramos a amar y, sobre todo, a ser amados. Sí, queremos ser amados, o por lo menos, apreciados, elogiados, ensalzados, incluso temidos, y somos capaces de cualquier cosa por conseguirlo. Pero no siempre se consigue. A veces, ni siquiera los amores más próximos y que parecen más obvios. Y entonces las consecuencias pueden ser desastrosas. Piensa que la madre que niega el amor a su hijo está creando un monstruo. Siempre. Yo sé algo de eso.

-¿Piensas en alguien en concreto?

-Sí -respondió Petronio-, y tú también.

Era inevitable. Hacía unos años que las tormentosas relaciones entre Nerón y su madre habían concluido con la muerte de Agripina, ordenada por su propio hijo bajo la acusación de conspiración. Desde entonces, las extravagancias, arbitrariedades y crueldades de Nerón no habían dejado de crecer, al menos en boca del pueblo, que no tenía otra materia de opinión que lo que le llegaba de las altas esferas de la sociedad, círculo exclusivo en que se movía la crueldad del príncipe. Hasta que esa crueldad se hizo patente a los ojos de todos con ocasión de la persecución y castigo de los supuestos incendiarios. Porque es el caso que unos hombres tan odiados y odiosos como los seguidores del judío Cristo habían sido castigados con una crueldad tan gratuita, excesiva y sanguinaria que llegaron a ganarse la compasión de muchos, al mismo tiempo que el bestial castigo despertó en el pueblo el recelo ante la larga mano criminal del tirano, que no se contentaba ya con víctimas senatoriales o ecuestres. ¿Cómo no ver en las palabras de Petronio una alusión a la extraña relación que siempre había existido entre la Agripina insensible, ambiciosa e intrigante y su hijo Nerón, despreciado peón de la ambición materna hasta que con sus propios excesos logró superar los peores excesos de la madre? Pero sabía que no podía hablar de ello. Petronio no me lo permitiría. Buscaba la manera de sortear el escollo, cuando él mismo acudió en mi ayuda:

-Sí, amigo, todos queremos ser amados, pero pocos saben cómo conseguirlo.

-No hay ninguna receta mágica, supongo.

-Mágica no, pero alguna receta sí que hay. Claro está que lo que con ella se obtiene es sólo un sucedáneo del amor, pero en las relaciones sociales funciona de maravilla.

-Te refieres a…

-La amabilidad.

-¿Quieres decir la cortesía, la urbanidad?

-No. He dicho la amabilidad. La cortesía consiste en la aplicación de unas normas comúnmente admitidas para vivir en sociedad. Pero esa aplicación puede ser fría, distante, incluso hostil. O algunas de esas normas pueden ser absurdas. Piensa en la que dictó el César Claudio admitiendo la emisión de ventosidades en sociedad. Es un ejemplo, por reducción al absurdo, de cómo algo aceptado por las reglas de urbanidad puede resultar nada amable.

-¿En qué consiste entonces la amabilidad?

-La amabilidad consiste en tratar a las personas como te gustaría que te tratasen a ti. En este precepto se resumen todos los demás.

-Ya entiendo. Pero me gustaría, si no te importa, que lo desarrollases. En otras palabras: qué he de hacer y qué no he de hacer para ser amable.

-Lo primero es escuchar. Esto es lo fundamental y lo más difícil. Sólo los niños prendados por relatos maravillosos o los mayores encandilados por obra del arte escuchan de verdad. Pero en general no escuchamos, no sabemos escuchar. Mientras el otro habla, pensamos ya en lo que vamos a decir o vagamos con la mente por lejanas regiones. Y esa concentración o esa lejanía se reflejan en la mirada, y el otro sabe que no le escuchamos, que no nos importa. Lo segundo consiste precisamente en otorgar al otro toda la importancia que cree merecer o incluso más, si se trata de alguien que se infravalora, y darle a entender que los asuntos que le importan a nosotros también nos interesan, al menos en cuanto a él le importan. Uno ha de acordarse siempre de hacer alguna pregunta relacionada con el tema que más interesa al otro…

-Perdona, pero esto ¿no puede dar pie a que los pelmazos de que hablabas el otro día aprovechen la ocasión para martirizarnos a placer?

-Naturalmente, pero es que en todo momento hay que mantener el dominio de la situación. Los posibles inconvenientes de la amabilidad y sus antídotos…eso ya sería materia de otra charla.

-Imagino que todo eso es muy adecuado para tratar con personas de igual o superior categoría, pero que con los inferiores no debe de ser tan importante.

-No lo creas. Con los inferiores también, en la debida proporción. Piensa que la amabilidad de que te hablo es más que nada una disposición del ánimo, que ni se puede ni se debe variar a cada instante, y que si con la amabilidad puedes obtener una gracia o un favor de una persona distinguida, con la amabilidad adecuada al caso puedes lograr de un inferior que te haga de buen grado, o sea bien, lo que de otra manera te haría de mala gana, o sea mal. La amabilidad consiste en saber transmitir al otro que él es muy importante para nosotros, que lo valoramos como se merece, que de alguna manera le amamos. Y es esa chispa de amor la que enciende la buena disposición del otro, y puede incluso obrar maravillas.

-Nunca había pensado que las personas fuesen tan…como lo diría…tan influenciables, tan susceptibles de ser conducidas, de ser manipuladas.

-Tan deseosas de ser engañadas, puedes decir -concluyó Petronio-, esa es la palabra. Los hombres quieren ser engañados, sí, quieren, a cualquier precio, que les digan lo que desean oír. Y cuando esto ocurre ni por un instante suelen considerar la posibilidad de que su interlocutor esté fingiendo. Piensa que la adulación es un arma infalible. Sólo el muy sabio puede defenderse de ella.

-Se me ocurre ahora -dije, sin meditar la conveniencia o no de comunicar aquel hallazgo repentino- que el hombre que como tú conoce y domina el arte de la amabilidad o, visto en su aspecto menos noble, de la adulación está en condiciones de dominar el mundo. Nada se le puede resistir.

-No lo creas. No sólo yo conozco ese arte. En ciertos ambientes muchas personas lo conocen tan bien o mejor que yo. Y ocurre entonces que el poderoso al que se pretende influir se ve sometido a la presión de fuerzas contrarias, con el resultado de que su reacción será casi siempre imprevisible.

-Pero si el poderoso al que se pretende influir -dije, adentrándome decididamente por un terreno que sabía prohibido- tiene ante sí un hombre como Petronio, difícilmente podrá seguir otra influencia o consejo.

-Te equivocas -respondió Petronio-. ¿Has oído hablar de Tigelino?

-Naturalmente. Te refieres al jefe de la guardia pretoriana. De él depende la seguridad de Nerón, ¿no es eso?

– Sí, y no sólo la seguridad. Tigelino practica una adulación que yo no sabría nunca practicar. Mi amabilidad, o adulación, va siempre por el lado estético. Si Nerón se cree un gran artista, ¿por qué habría de contradecirle? Después de todo, como cantante no lo hace tan mal. Como poeta ya es otro asunto. ¿Pero crees que vale la pena arriesgar la felicidad del que tutela nuestra felicidad por un supuesto juicio honrado, que a la postre será tan relativo como todo juicio estético? No, por Hércules. Si vieses la expresión del rostro de Nerón cuando se le aclama como al más grande de los artistas, comprenderías que de ese estado de ánimo sólo pueden resultar beneficios para el pueblo. ¿Por qué entonces negarse a algo que ha de ser beneficioso para todos, excepto para sus competidores artísticos, claro está?

No salía de mi asombro. Finalmente Petronio me había admitido en el territorio hasta entonces reservado de sus relaciones con el poder. No cabía de felicidad. No sólo por la curiosidad satisfecha, sino sobre todo porque, a partir de aquél momento, podía considerarme su confidente, es decir, sin lugar a dudas, su amigo. Pero no quería que aquel inicio de confesión se quedase en un simple cabo suelto.

-¿Y qué clase de adulación practica Tigelino? -aventuré, como quien pregunta lo más natural del mundo.

-La más baja que te puedas imaginar. Por un lado, le imbuye la idea de que, como César, es un dios todopoderoso, un dios viviente al que todo le está permitido.

-¿Hasta el crimen?

-Hasta el crimen. Ésa es según Tigelino la característica principal de la divinidad. Pero, por otra parte, no deja de atemorizarle con la supuesta existencia de fantásticos o quizás reales enemigos que se proponen acabar con él, y de intentar demostrarle que sólo él, Ofonio Tigelino, está en condiciones de protegerle de las asechanzas de sus enemigos.

-Pero eso es contradictorio -observé-. ¿Cómo un dios todopoderoso puede vivir continuamente atemorizado por sus supuestos enemigos y, sobre todo, cómo puede depender su seguridad de un simple adulador?

-Todo lo contradictorio que quieras -dijo Petronio-, pero es así. Tigelino halaga la soberbia de Nerón al mismo tiempo que cultiva su miedo. Es su manera de hacerse imprescindible. Como comprenderás, mis armas y las suyas nada tienen que ver. Los campos en que nos movemos son también distintos…Pero un día podemos coincidir, y entonces…

-¿Y entonces?

-Entonces todo habrá acabado.

Fue como si una nube pasase por un instante sobre el rostro de Petronio.

-Pero quién sabe lo que nos reserva el futuro -dijo, iluminado de nuevo el rostro por una sonrisa radiante-. Sólo el presente importa; la lucha de todos los días, la inútil lucha de cada día.

-Quizá sea cosa de tu amabilidad innata -no pude menos que decir ante su cara de felicidad-, pero no deja de sorprenderme esa capacidad tuya de enunciar las sentencias más terribles con la alegría que suele reservarse para las buenas noticias. ¿Crees realmente que es inútil la lucha de cada día?

-La que se dedica a la intriga por el poder, sí. Porque siempre acaba mal.

-La verdad es que no te imagino intrigando por el poder.

-Yo tampoco. Pero a veces la vida te coloca en situaciones que no tienes más remedio que aceptar y sobrellevar, con todas sus consecuencias.

-¿No se puede abandonar?

-No, no se puede. Pregúntaselo a Séneca. Él ha decidido abandonar y en este momento nadie da un as por su vida.

-Disculpa, Petronio, pero imagino que, después de todo lo que me has dicho, no te extrañará que te haga esta pregunta: ¿es realmente Nerón un monstruo?

-En cierto modo sí, pero no es culpa suya. Una persona joven, débil, inmadura, que tiene todo el poder, forzosamente ha de ser un monstruo. Quiero decir que el monstruo no lo ha creado él mismo, sino el sistema.

-¿El sistema?

-Sí, el régimen político inaugurado por Julio César, que permite que todo el poder se concentre en un sólo hombre.

-Pero el mismo Julio no fue un monstruo, ni Octavio Augusto tampoco.

-Eran personas maduras, equilibradas. Pero no se puede cimentar la bondad de un régimen político en algo tan azaroso como el temperamento del soberano de turno.

-¿Debo entender que eres partidario de la antigua república de libertad?

-Cualquier persona razonable lo es. Pero su restauración es ahora mismo imposible. No es ésta una época razonable.

-¿Y no hay ninguna posibilidad de que, cualquier día, un grupo de personas «razonables» unan sus fuerzas para asaltar el poder y restaurar la república?

-No, ninguna. Algunos sí lo creen. Pero se equivocan. De hecho, es el ejército el que tiene el poder, y el ejército quiere siempre una sola cabeza, un sólo jefe a quien poder amedrentar y exigir. De manera que, hoy por hoy, el triunfo de una conspiración sólo significaría la sustitución de un tirano por otro, si es que lograse triunfar, que no lo creo. El tiempo me dará la razón.

-¿El tiempo? ¿Quieres decir que esa conspiración es posible, que existe quizá?

Petronio se llevó el dedo índice a los labios sonrientes:

-Amigo mío… -dijo.

-Sí, ya sé: Horacio.

(CONTINÚA)

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