LA ALTA FANTASÍA (DANTE ALIGHIERI) Fragmento VII

En la corte de Verona hay fiesta y alegría. Su príncipe, Cangrande della Scala, acaba de regresar de tierras alemanas; ha prestado juramento de fidelidad al emperador Federico de Habsburgo y ha sido oficialmente nombrado vicario imperial en Verona y Vicenza. La noticia despierta en Roma la cólera del pontífice, que al momento envía a Cangrande un ultimátum con amenaza de excomunión si no renuncia de inmediato al título imperial. El príncipe ignora la amenaza papal, que no se hará efectiva hasta pasado un año.

Pero ahora corre el mes de abril del año 1317 y en Verona hay fiesta y alegría. Una semana larga duran los festejos, en los que nada falta. Bailes, torneos y cenas fastuosas con la inevitable presencia de saltimbanquis, titiriteros, bufones y magos de taberna. Yo, naturalmente, no puedo sustraerme al espectáculo, tan gozoso para la mayoría, tan insoportable para mí. Ahí está Ciutti, por ejemplo, el aclamado gracioso, cada una de cuyas poses obscenas y ocurrencias indecentes arrancan risas y aplausos de entusiasmo de los presentes. Cuando, como suele hacer con el público de sus “espectáculos”, Ciutti se me acerca para obsequiarme con una de sus «gracias», no puedo evitar un gesto ostensible de rechazo y repugnancia, gesto que es captado por Cangrande con asombro. Días después, luego de un largo cambio de impresiones sobre las posibles consecuencias de la decisión papal, cambiando el tono frío de político experto por el más cálido de afable compañero, me dice Cangrande:

«Parece que no te lo pasaste muy bien la otra noche. ¿No fue de tu gusto el espectáculo?»

«Conoces bien mis gustos, señor».

«Sí, y la verdad es que no consigo entenderlo del todo. No creo que la poesía esté reñida con la vida alegre. Tú mismo me has hablado a veces de Catulo, de Marcial, de Ovidio y de cómo compaginaban los goces de la vida con el rigor de la obra.»

«Los goces de la vida, precisamente. Nada había en la pesadilla de la otra noche que me recordase el menor goce».

«Dante, a veces no se si eres una persona realmente excepcional o si, sobre todo, te gusta aparentarlo. La otra noche no sólo nos acompañaban cortesanos estúpidos y nobles incultos, como sé que sueles calificarlos; había también, eclesiásticos, notarios y distinguidos hombres de ciencia. Y todos, todos disfrutaban con el espectáculo. Todos menos tú. ¿Por qué, Dante? Me gustaría que me lo aclarases. ¿Por qué todos saben disfrutar con las locuras de Ciutti y tú, que eres tan inteligente, no sabes?»

«Si supieses que la base de todo entendimiento entre personas está en la paridad de las costumbres y en la semejanza de las almas, no me harías esa pregunta»

«Bien,…si no lo he entendido mal, quieres decir que todas aquellas personas, yo incluido, lo pasábamos tan bien con Ciutti porque somos tan locos y desgraciados como él.»

«No he dicho eso, señor, ni puedo pensar algo así del príncipe que me merece el máximo respeto y del que sólo he obtenido beneficios tanto en mi persona como en las de mis hijos. Sólo he puesto un ejemplo extremo para que la verdad, que a veces anda escondida, destaque con más fuerza.»

«Vamos a dejarlo, Dante. Sé muy bien que, con las palabras, eres invencible. Por cierto, ¿cómo va la obra?»

«Avanza, lentamente pero avanza».

«¿Necesitas algo?»

«Lo tengo todo. Y si algo me falta, no está a tu alcance proporcionármelo.»

«Pero me agradaría saberlo.»

«Sólo echo de menos…un ambiente tranquilo, sosegado, culto, donde el saber y la cortesía reinen sin competencia».

«Reconozco que nuestra corte tiene de todo menos tranquilidad y sosiego. Pero tú puedes hacer tu vida sin que nadie te moleste, lo sabes muy bien. Y si quieres, por mi parte estoy dispuesto a prescindir de tu consejo político si así puedes dedicarte mejor a tu obra».

«Tu generosidad no tiene límites, señor. Pero hay otra cosa. Y es que los poetas no somos pequeñas islas en medio del océano. Cualquier hombre de letras necesita comunicarse con los de su mismo oficio».

«En eso tienes razón. Verona no es Ravenna, donde el mismo príncipe ejerce de poeta. Esta ha sido, desde hace tiempo, una de las carencias de Verona, que quise subsanar cuando te invité a venir aquí. Pero el intento no ha tenido éxito, porque todos los hombres de letras a quienes luego he llamado han declinado la invitación. ¿No será que tu presencia los espanta, Dante?»

«O quizá que han previsto mejor que yo la situación.»

Ver:  https://antoniopriante.com/la-alta-fantasia/

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