El ejército, poder supremo en la Roma imperial

[Ausonio, coprotagonista de la novela  La ciudad y el reino, reflexiona sobre las causas de la caída del emperador Graciano, de quien había sido preceptor]

Había un problema fundamental: el joven emperador no era del agrado de los soldados. Y ya sabemos que desde que, con Julio César, se acabó con el régimen de libertad, el elemento militar, antes indistinguible del civil (todos servían a la República en ambos campos) es el pilar fundamental del poder del emperador. Imposible que éste se sostenga si no cuenta con el apoyo decidido de los soldados.

Y sin embargo, el problema no se planteó abiertamente desde un principio. Por el contrario, la veneración que los jefes militares profesaban de manera espontánea a Valentiniano – que era uno de ellos – se renovó, al menos en apariencia, en la persona del sucesor. Y éste, por su parte, dio buenas pruebas de estar a la altura de las circunstancias en las campañas que emprendió contra los bárbaros.

Entonces, ¿cuál era el origen del abismo que separaba a emperador y soldados y que no dejó de ensancharse hasta el desastre final? Solo éste: Graciano nunca fue un soldado. Por muy bien que dominase las técnicas de la guerra, por asumida que tuviese su condición de conductor de ejércitos, él no era ni había sido ni podía ser un soldado. Como nosotros no lo somos ni lo seremos nunca. Pero esto que en nosotros es natural y carece de importancia, en un César de nuestro tiempo es algo imperdonable y mortal de necesidad.

Los soldados no toleran ser mandados por alguien que no sea uno de ellos. Y tienen un olfato especial para detectar quién es y quién no es uno de ellos. Que Valentiniano escribiese poemas en correctos hexámetros nada le quitaba a su condición de auténtico soldado; que Graciano condujese campañas victoriosas nunca sería suficiente para convertirle en un auténtico soldado.

Un hombre sensible, delicado, preocupado por las consecuencias de sus decisiones, dispuesto siempre a dar la razón al último que le habla con buena lógica, constituye la antítesis de la idea que el «buen soldado» tiene de sí mismo. 

(De LA CIUDAD Y EL REINO)


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