Schopenhauer o el delito de nacer I

 

schop mainRecuerdo la primera vez que me fijé en la imagen de Schopenhauer. Yo tendría poco menos de veinte años. En un libro divulgativo de fisiognómica – ciencia decimonónica que imagino que ya no existe – se mostraban retratos de personas célebres para ilustrar determinados rasgos de la personalidad. El rostro de Schopenhauer, según el autor del tratado, era la ilustración perfecta del pesimista. La línea recta que formaban los labios apretados era el signo más evidente. Aparte de esto, del libro en cuestión solo recuerdo la afirmación de que los ojos grandes, redondos, bovinos, son señal clara de nulidad intelectual. Tiempo después, cuando supe que Cicerón llamaba a Clodia (la Lesbia de Catulo) boopis, ojos de vaca, me acordé del antiguo manual de fisiognómica y de todos los autores de conclusiones precipitadas o pintorescas, científicos o no.

Que Schopenhauer sea o no pesimista depende del punto de vista del observador. Lo que está claro es que representa un giro total en la manera de la filosofía de ver el mundo. Hasta entonces, toda schop clodiafilosofía tenía preparado un bonito happy end que lo redimía y lo explicaba todo. Desde el divino mundo de la ideas de Platón hasta la marcha gloriosa del espíritu por la historia – o de la historia hacia el espíritu, no sé muy bien – de Hegel, pasando por las versiones metafísico-cristianas y racionalistas- ilustradas-progresistas, posterior marxismo incluido.

Pero llegó Schopenhauer y mandó parar. Las cosas no son como nos gustarían que fuesen, dijo. Sino como son. Y aplicando los datos de la ciencia y la propia experiencia de ser viviente, entendió que en el ser del mundo no se aprecia orden divino, ni razón, ni finalidad, ni ninguno de los otros consuelos imaginados por los filósofos “optimistas”. Hay lo que hay: una voluntad de ser poderosa, incontenible, irrefrenable, que alienta por igual en todas las criaturas y elementos del universo, y punto. A esto lo llaman “filosofía irracionalista”.die welt

A partir de aquel momento en que me fue presentado en imagen, empecé a leerle algunas cosas. Poco después de los veinte, quizá a los veintidós, acometí la primera lectura de su obra fundamental, El mundo como voluntad y representación. Quedé deslumbrado ante muchos aspectos de la obra. Pero he de confesar que hasta una segunda lectura, realizada a los treintaitantos, no supe captar y apreciar cabalmente su contenido.

Y no fue hasta dos décadas después, a mis cincuenta y muchos años, cuando de verdad profundicé en el pensamiento y la persona del filósofo hasta el extremo de meterme literalmente en su piel. ¿Cómo fue esto posible? Ahora lo explico.

Todo lo que yo había escrito hasta entonces, y en parte publicado, eran novelas en que el personaje – siempre del mundo de las letras – se expresaba por sí mismo. Pero de las vidas de Ausonio, images (14)Paulino y sobre todo Catulo, muy poco se sabía, así que la dosis de imaginación a aplicar era muy importante. Ya mucho menos lo fue en el caso de Cicerón, a quien también novelé, y es que la enorme cantidad de cartas que de él se conservan definían una personalidad que en todo caso había que respetar. O sea, que el procedimiento de meterse en la piel de… ya no dependía solo de la imaginación sino además de la información. Y de cierto toque mágico que no sé si sabré explicar.

Y de pronto, no sé cómo, recuperé mi antiguo interés por Schopenhauer y di el salto de la Roma clásica a la Europa romántica.

El hecho de que el personaje fuera ya plenamente moderno y mucho más documentado que el propio Cicerón parecía complicar la cosa. Tenía delante un hombre vivo, real, no un ser en gran parte imaginado, como Ausonio o Catulo. Y si con ese hombre quería hacer algo serio tenía que sumergirme en él.el silencio de goethe

Leí de nuevo y a fondo su obra fundamental, además de todos (o casi) sus otros escritos, leí y consulté biografías, sobre todo de contemporáneos o muy próximos, consulté tratados e incluso aprendí algo de filosofía, aunque confieso que con Kant – tan importante para mi filósofo – no pude directamente. Lo puse todo en la misma olla, lo sometí a cocción lenta, pronuncié la palabras mágicas, bebí de la pócima, ¡y me convertí en Arthur Schopenhauer! Quien lo dude que vea el resultado. Se titula El silencio de Goethe a la última noche de Arthur Schopenhauer, y fue publicado por Editorial Cahoba en 2006 [y por Piel de Zapa en 2015]. (continúa)

(De Los libros de mi vida)

 

Anuncios

2 comentarios

Archivado bajo Opus meum

2 Respuestas a “Schopenhauer o el delito de nacer I

  1. M.Magdalena Rodríguez Gata

    Compraré El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer. Cuando lo haya leído te comentaré.

  2. MONTSERRAT JOVE CASTAÑO

    SI AMABA A LOS ANIMALES ES PARA MI UN ALMA GEMELA AUNQUE YA NO ESTE ENTRE NOSOTROS EN CUERPO LO ESTA EN ESPIRITU

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s