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CONVERSACIONES CON PETRONIO XIV

Lo primero que hice no relacionado con la situación creada por la muerte de mi padre fue escribir a Petronio. Entre otras cosas, le informaba de mi decisión de trasladar el domicilio familiar a Pompeya, a la antigua casa veraniega, muy deteriorada, cuya reconstrucción había iniciado mi padre. Pero, sobre todo, le suplicaba, que me informase lo antes posible de la situación en Roma. La noticia de la muerte de Séneca había llegado de una forma tan confusa que ni siquiera resultaba claro si estaba relacionada o no con el descubrimiento de la conjura. Y también le encarecía que me informase de la suerte de Lucano y familia. ¿Adónde podía escribir a Pola? ¿Era oportuno hacerlo?

También escribí a Valerio Marcial de quien, dadas las especiales circunstancias de mi partida, ni siquiera me había despedido y también le pedía información sobre la suerte de Lucano.

El mensajero que envié con las dos cartas regresó con la dirigida a Valerio: había abandonado la vivienda y nadie de la vencidad conocía su nuevo domicilio. Y también se trajo de Roma una noticia reciente, muy reciente: diez días después de la muerte del filósofo Séneca, su sobrino, el poeta Lucano, se había quitado la vida acatando el siniestro dictado de Nerón.

La noticia de la muerte de Lucano me conmovió profundamente. ¿Cómo le habría afectado a Pola? ¿Qué sería de ella en adelante? ¿Y Petronio? ¿Qué sería de él? La impaciencia me consumía. La ignorancia de los hechos me torturaba. Pero aún tendría que esperar casi un mes para obtener algunas respuestas. A finales de mayo recibí la esperada carta de Petronio.

«Querido Lucio, si temías por mi suerte, puedes tranquilizarte: escribo, luego estoy vivo. Lo malo de esta afirmación es que caduca cada vez que levanto la mano del papel. Pero no quiero alarmarte. No hay que ser pesimista. Lo peor de la tempestad ha pasado. Hemos tenido pérdidas, es cierto, y algunas muy valiosas, y hasta que la calma se consolide, puede haber más. Así que tampoco hemos de pecar de optimistas.

La primavera se halla en su apogeo. Todo es verdor y esperanza de vida nueva, incluso aquí, en medio de la ciudad. Conociste mi jardincillo cuando brotaban las primeras flores. Si lo vieses ahora…Los dos ciruelos de Siria plantados con mis propias manos alargan con fuerza sus brazos hacia el cielo. Los rosales trepan cada vez más altos por los muros, y sus flores, de tonos diversos, forman una espontánea y armónica sinfonía de color. Esta época es como el verano de la primavera. La naturaleza despliega sus fuerzas, con prisa y sin orden, en busca de las formas que, con el auténtico verano, serán ya definidas y completas, maduras para el goce. Y para la muerte. Y también para la vida nueva. Eso lo sabe el Priapo, que con su falo poderoso y su risa bestial preside los misterios de la vida que siempre renace. La primavera nos dice que todo lo que muere vuelve a vivir, que Perséfone no permanece para siempre cautiva bajo la tierra. Éste es el orden natural del mundo. Pero nosotros hemos inventado otro. Lo que ocurre es que todavía no sabemos cómo funciona.

Es como si te oyera. «¿Pero de qué me hablas?», dices, «déjate de historias y cuéntame lo que de verdad me interesa». Y tienes razón, toda la razón. He de contarte lo que de verdad te interesa. Pero no te hagas ilusiones. Me temo que todo lo que yo sé no es lo que de verdad te interesa. De todos modos te lo contaré, y lo haré por amistad, no por placer, puedes estar seguro. No es que los hechos sean muy terribles o repugnantes o, al menos, no lo son más de lo que cabía esperar. Es que me resulta muy difícil escribir sobre un tema impuesto, que yo no haya elegido. Y te aseguro que nunca se me ocurriría escribir una fábula que llevase por título La Conjuración de Pisón. Ésa sería tarea de un Salustio, que sabía muy bien dónde estaban los buenos y dónde los malos, o de tantos escritores moralistas, que nos explicarían el porqué de los hechos y las consecuencias de la decadencia de las virtudes públicas y privadas.

Sabes que no es ése mi estilo. Así que, si he de abordar el tema, lo haré como quien cuenta una vieja historia, una leyenda, un cuento sin moraleja. Por lo tanto, no te será permitido preguntar cómo he sabido esto, cómo me he enterado de aquello. Piensa que se trata de una historia contada por un dios que todo lo sabe y todo lo ve…es decir, una historia de ficción.

La tarde del día 18 de abril Escevino estaba terriblemente inquieto. Más que pasear, corría de un extremo a otro de la casa sin saber con qué excusa detenerse o en qué detalle parar la atención. En uno de sus trayectos se encontró con Mílico, liberto que seguía viviendo en la casa.

«Mílico, tú sabes dónde se guarda el puñal de mis antepasados, el de las guerras púnicas. Tráemelo, por favor.»

Diligente y servicial como siempre, Mílico le presentó al momento el histórico puñal.

«Ahora tráeme paños adecuados, polvos para limpiar y piedra de afilar.»

En cuanto tuvo lo que pedía, Escevino se recluyó en una sala presidida por el busto de Bruto, y allá, arrodillado ante la imagen del tiranicida, empezó a sacarle punta y brillo al arma.

Tras la puerta entreabierta, Mílico le contemplaba y, después de cerciorarse de que en realidad veía lo que creía estar viendo, corrió a contárselo a su esposa. Poco necesitó ésta para comprender el significado de todo, una vez relacionadas visitas, palabras, personajes y movimientos de los últimos días.

«¿Lo ves ahora, pedazo de burro? ¿Tenía yo razón o no?»

«Sí que parece…», reconoció Mílico.

«Sí que parece, sí que parece…¿Qué más necesitas, asno completo? ¿Y qué haces aquí? Ya puedes salir corriendo».

Diligente y servicial como siempre, Mílico corrió hasta el palacio y no cejó hasta que el mismo Tigelino accedió a recibirle. El prefecto del Pretorio, que era muy experto en su oficio, ni le creyó ni no le creyó, sino que mandó a unos soldados a que detuvieran a Escevino y lo trajeran de inmediato a su presencia junto con el arma delatora. Pero lo primero que había hecho Escevino al ver que lo iban a apresar fue ocultar el arma en lugar seguro de la misma sala. Así que, a pesar de los registros y las amenazas a la servidumbre, el arma no apareció por ninguna parte y Escevino pudo comparecer ante el prefecto sin tan compremetedora compañía.

Conocida la acusación, Escevino comprendió que el único que podía haberle delatado en relación con el puñal era Mílico. Así que argumentó su defensa como exigía el caso, y con argumentos no muy alejados de la realidad.

«Todo es un invento de Mílico. Es un hipócrita y un traidor. Cuando le di la libertad me suplicó que le dejase seguir viviendo en la casa. Pero no por afecto o amistad, sino porque pensaba conseguir no se qué beneficios de mí. Y como no los ha conseguido, ha querido vengarse de esta manera tan estúpida».

Lo primero que se le ocurrió a Tigelino era de sentido común: ¿qué ventaja obtendría Mílico con una acusación que podía probarse falsa? De manera que la lógica coincidía con su olfato de sabueso: Escevino era culpable.

Pero no había pruebas. No es que Tigelino necesitase abundancia de pruebas para condenar a cualquiera que se le pusiese por delante, pero sí que había de respetar las convenciones sociales más elementales. Y éstas establecen que la palabra de un liberto no vale nada ante la palabra de un senador, como era Escevino. Y sin prueba alguna, sin el maldito puñal, la situación se planteaba exactamente en aquellos términos. Pero, como nada le obligaba a liberarlo enseguida, decidió que permaneciese retenido.

Cuando Mílico regresó a su casa y le contó a su mujer lo sucedido, ésta se tiró de los cabellos.

«¿Y no has dicho nada más? ¿Quieres decir que, porque no ha aparecido el puñal, te has quedado mudo como un muerto? ¿Pero tú eres imbécil o qué? ¿Y las visitas de gentes que nunca habían pisado esta casa? ¿Y los continuos cuchicheos, que no había manera de pescar palabra? ¿Y los nombres, Mílico, y los nombres? ¿No me dirás que no sabemos que uno de ellos se llama Antonio Natal? Mira, burro, pedazo de bestia, aquí tengo apuntados los días y horas de las visitas de Natal y de los otros», y sacó una tablilla y se la tiró a Mílico a la cabeza. «Vamos, corre, ¿qué esperas?»

Diligente y servicial como siempre, Mílico corrió de nuevo a ver a Tigelino y le contó lo de Natal. Bien, quizá por aquí podamos tirar del hilo, pensó Tigelino, y mandó prender a Natal.

Una vez tuvo a los dos sospechosos en su poder, les interrogó por separado: ni siquiera coincidieron en las razones de las visitas y los temas de conversación.

Nerón, que ya había sido informado, quiso interrogarlos personalmente. El mismo Tigelino se encargó de acompañarlos hasta su presencia, pero dando un pequeño rodeo a fin y efecto de que los detenidos pudiesen contemplar los aparatos que había ordenado montar en un rincón del jardín y de que se ilustrasen sobre sus características y funcionamiento: con estos garfios se desgarran las carnes de los reos, en este poste y mediante ese ingenioso mecanismo se tira de los brazos hasta que se dislocan los miembros, con ese látigo de múltiples colas metálicas se repasa toda la piel del reo, esos hierros que hay junto al brasero, debidamente enrojecidos, se aplican a las partes más sensibles del cuerpo.

Escevino y Natal llegaron lívidos y desfallecidos a la presencia de Nerón. Éste les interrogó también por separado y a ambos hizo la misma proposición: si daban todos los nombres no se les consideraría culpables sino colaboradores de la justicia y quedarían en libertad.

El efecto fue inmediato. Natal dio los nombres de Pisón y Séneca. Escevino denunció a Laterano, Seneción, Quinciano y Lucano. Antes de tomar medidas -que ya estaban decididas- sobre Séneca y Pisón, Nerón quiso interrogar personalmente a los denunciados por Escevino, excepto a Laterano, a quien consideró traidor a su amistad y mandó degollar enseguida.

Uno tras otro, los inculpados -incluidos de nuevo Natal y Escevino- pasan delante del tribunal, que les toma declaración, curioso tribunal presidido por Nerón y formado por Tigelino, el pretor designado Nerva -se han de respetar las formalidades legales, cómo no- y ¡Fenio Rufo y Subrio Flavo!

Aquí el dios-narrador ha de interrumpir el hilo del relato para introducir algunas aclaraciones. Existían dos tramas conspiratorias, la militar y la civil, separadas y totalmente independientes. La militar conocía de la civil simplemente su existencia y el nombre de Pisón. La civil aún sabía menos de la militar…o eso creía Fenio Rufo. Miembro del tribunal investigador, Rufo intentaba ocultar su inquietud y al mismo tiempo asegurarse de la ignorancia que sobre sus actividades tenían los acusados, mostrándose el más agresivo de los interrogadores. Y de momento todo iba bien.

Cuando Escevino fue de nuevo interrogado, Rufo, ya bastante tranquilo, decidió emplearse a fondo. Por su bien y el de los suyos había que despejar de una vez por todas cualquier sombra de duda.

«Escevino, hasta ahora hemos oído nombres de senadores y caballeros. Ahora fíjate bien en lo que te voy a preguntar y, si no quieres probar las artes del verdugo, contesta toda la verdad. ¿Has oído algo, un nombre, una referencia, que te permita suponer que en la conspiración participa también algún militar?»

A Escevino, que por raro que parezca se había ido tranquilizando a lo largo de los interrogatorios, se le formó una sonrisa divertida, muy divertida.

«Vaya pregunta, Rufo. Mira que tiene guasa la cosa… ¡Quién mejor que tú para responder a eso! Vamos, Rufito, no seas desagradecido con ese amo tan bueno que tienes y dile cómo te lo ibas a montar con Subrio Flavo y los demás soldadotes».

Imposible hallar prueba más contundente que las caras que se les pusieron a Rufo y Flavo. Aquello ya no lo esperaban, y la sorpresa es pésima compañera de la simulación. Ambos negaron, naturalmente, y especialmente Flavo. Él, un soldado digno, leal y disciplinado, ¿colaborando con unos civiles degenerados para atentar contra el César? No y mil veces no.

Pero sí. Rufo se desmoronó enseguida y arrastró en su caída a Flavo. Éste cambió entonces la simulación inútil por la dignidad proclamada y se enfrentó con Nerón:

«Sí, yo también quería matarte, porque mereces morir. Mientras fuiste justo no hubo nadie más leal que yo, pero empecé a odiarte cuando te convertiste en asesino de tu madre y de tu esposa, en incendiario y comediante. Roma no merece un monstruo como tú.»

Y entonces le tocó palidecer al monstruo. No porque oyera aquel resumen precipitado de sus crímenes, que muy bien conocía, sino por algo mucho más grave: la conspiración no era cosa de cuatro senadores ilusos e ineptos; altos mandos del cuerpo de pretorianos estaban también implicados, el más firme sostén del trono aparecía comido por la carcoma. Había que actuar con prontitud e inteligencia.

La prontitud consistió en una rápida investigación que dio estos resultados: seis tribunos de cohorte y por lo menos quince centuriones estaban en la conjura. La inteligencia consistió en moderar los deseos de venganza: además de Rufo y Flavo, sólo fueron entregados a la espada algunos de los centuriones detenidos. Los demás implicados militares fueron condenados a una simple degradación, que algunos complementaron por su cuenta con un digno suicidio.

En cuanto al grupo civil, verdugos y aparatos se aburrieron soberanamente (excepto con Epícaris). Todos cantaron a la primera indicación del gran cantante (excepto Epícaris). Quinciano denunció a su gran amigo y senador Glicio Galo, Seneción hizo lo propio con el también senador Anio Polión, y a Lucano le dio por denunciar…a su madre.

Conocido el cuadro real de la conspiración, había que tomar las medidas pertinentes. Pisón, que no tuvo tiempo o arrestos de reaccionar al descubrimiento y que ni siquiera fue detenido, atendió la invitación neroniana de quitarse de en medio para siempre. La misma invitación recibieron Escevino, Quinciano y Seneción, y los tres la acataron y ejecutaron con una entereza que-la-molicie-de-sus-vidas-no-autorizaba-prever, como dirá el inevitable historiador moralista.

Y aquí el dios-narrador se siente invadido por el tedio. Tanto, que decide devolver la palabra a tu amigo Petronio.

Querido Lucio, qué aburrido es contar historias que no interesan. Ni los dioses lo soportan. Ya ves, todo ha ido como cabía esperar. Incluso diría que ha habido menos horror de lo normal en tales casos. Todos los muertos civiles, excepto Laterano, lo han sido por propia mano, incluso Epícaris, que cuando era sometida a tormento aprovechó un descuido de los verdugos para quitarse la vida. Natal ha resultado absuelto en agradecimiento a su condición de primer delator (menos suerte ha tenido Escevino por una estúpida cuestión de tiempo). Y luego viene el capítulo de las recompensas. Primero Mílico, como salvador de la patria, y luego Nerva, el pretor, por haber puesto su profundo conocimiento de la ley y los procedimientos al servicio de causa tan justa… y es que todas las causas son justas para el jurista bien pagado, y en especial para Nerva, capaz de poner sus conocimientos al servicio de una causa o de su contraria con la misma abnegación y entrega.

Me parece oirte de nuevo. «¿Pero qué pasa con lo que más me interesa? ¿Te has propuesto hacerme sufrir hasta el final?» Ni por un momento lo pienses (pero tampoco te hagas ilusiones, te lo he advertido). Se trata sólo de una cuestión de procedimiento, como diría Nerva u otro de la misma ralea. Y es que no quería entremezclar los temas señeros con lo abigarrado de la historia global.

Primero el filósofo. En cuanto surgió el nombre de Séneca se enviaron unos soldados para vigilarle y, sobre todo, para que entendiese cuál era el final esperado. Pero Séneca fingió no entender. Supongo que no quiso ahorrarle a su ex discípulo el gesto positivo de ordenar la muerte del maestro. Y Nerón tuvo que ceder, es decir, tuvo que enviar a un tribuno con la orden expresa de que se diese muerte.

Séneca estaba preparado. Se reunió con los pocos amigos que había convocado y se abrió las venas. Su esposa Paulina quiso seguir su suerte, y así habría sido si los amigos no la hubieran salvado en el último momento.

Pero la vida que le quedaba al anciano filósofo era tan débil que ni siquiera tenía fuerza para escapar por las venas abiertas. Entonces recurrió a un veneno, de rancia tradición para tales ocasiones, y mientras el espíritu le abandonaba lentamente pronunció una bellas y serenas palabras sobre el sentido de la vida y la dignidad del sabio ante la muerte. Y los presentes, conmovidos hasta el extremo de no saber ya si estaban asistiendo a la muerte de Séneca o a la de Sócrates, contemplaron con sus propios ojos el ejemplo máximo de coherencia entre obra y vida…aunque sea en el último momento y un poco a la fuerza.

Esta es la muerte del filósofo, la muerte arquetípica de todo filósofo, inventada por Sócrates y ratificada por Séneca. Y me temo que, si a la escasez crónica de filósofos que padece Roma, le sumamos ejemplos tan estremecedores, la profesión correrá serio peligro de extinción.

Veamos ahora la muerte del poeta (¿ves cómo ya voy llegando?). El interrogatorio de Lucano no iba dirigido a demostrar la culpabilidad del poeta, que se daba por descontada, sino a «descubrir» la implicación de su padre, Anneo Mela. He de aclarar que, no obstante las manifestaciones de Mela del día que lo conociste, las relaciones entre padre e hijo han sido siempre excelentes. Sobre todo por parte del hijo. Lucano sufrió en su infancia las intemperancias y malos tratos de la madre, mujer francamente desquiciada, y sobre todo sufrió en su adolescencia los padecimientos del padre por causa de la madre. Así que aplaudió la decisión del padre de divorciarse y guardó profundo rencor a la madre.

Tigelino empezaba a ponerse nervioso.

«Sé que alguien más de tu familia está en la conjuración».

«¿Te refieres a mi tío Séneca?»

«Me refiero a tu padre Mela».

«Qué va, creo que es el único que no tenía idea de nada».

«¿Quién entonces tenía idea? ¿Quién conspiraba contigo?»

«Mi madre».

El asombro del tribunal, incluido Tigelino, fue unánime. Quien más quien menos sabía de la historia desgraciada del matrimonio y del desequilibrio mental de la madre. Ante el mutismo general Lucano insistió:

«Sí, mi madre, lo juro por los dioses, ella es la gran culpable».

Entonces intervino Nerón:

«No perdamos más tiempo con este desgraciado. No quiero verle más. Que desaparezca de mi vista, y si no quiere probar la espada del verdugo, ya sabe lo que tiene que hacer».

Al atardecer del último día de abril acudieron a casa de Lucano unos cuantos amigos, convocados por el poeta. Yo estaba entre los invitados. No sé si en concepto de amigo, de ex amigo o, lo más probable, de testigo y seguro informador ante Nerón de la trágica y digna ceremonia que se iba a representar.

La puesta en escena no carecía de grandeza aunque, para mi gusto, resultaba un poco recargada. Unas lámparas, situadas estratégicamente, conseguían bellos contrastes de luces y sombras; un pebetero de grandes dimensiones difundía el aroma de exóticas plantas orientales; los amigos formaban pequeños grupos dispersos por la estancia; el médico se apoyaba en la mesita que contenía los instrumentos necesarios, y en el centro de la sala, sobre el fondo distante de oscuros cortinajes, un gran lecho vestido con finos lienzos. Sobre el lecho, apoyada la cabeza en una alta almohada, el poeta y, de pie a su lado, vestida de un blanco impoluto, la esposa. ¡Qué hermosa estaba Pola! Doy gracias a los dioses de que no pudieses verla. Algunas manifestaciones de la belleza son demasiado poderosas para ciertas almas sensibles.

Lucano hizo una señal al médico y tendió el brazo fuera del lecho, con la palma de la mano hacia arriba. El médico colocó un recipiente en el suelo y practicó una incisión en el brazo, y luego otra. El rojo líquido de la vida empezó a brotar. Entonces el poeta, con un gesto de la otra mano, indicó a los presentes que se acercaran. Movió levemente la cabeza como para apoyarla con comodidad en la almohada y dijo:

«Esposa querida, amigos, mi vida ha sido corta pero entera. No lloréis por mí, como no se llora por la flor que se arranca para que perfume nuestro día. Yo me voy, pero os dejo mi perfume, mi espíritu, vivo para siempre en los versos de mi obra. No he de hablar más. Las palabras vulgares no pueden describir la excelsitud del instante. Que hable mi espíritu, la poesía eterna».

Con un movimiento brusco separó la cabeza de la almohada, y con todo el cuerpo horizontal, desnudo de la cabeza a la cintura y caído el brazo por el que manaba abundante sangre, declamó lentamente unos versos; unos versos claros, sonoros, perfectamente ajustados en dicción, tiempos y cadencia; unos versos dramáticos que, en su Guerra Civil dedicó a la muerte heroica de un soldado. Luego, cerró los ojos y se quedó como dormido.

Apenas pude hablar con Pola. Más tarde he sabido que, concluidas las ceremonias fúnebres, abandonó la ciudad con destino desconocido. ¿Defraudado? Lo siento. Procuraré informarme y, en cuanto sepa algo cierto, te lo comunicaré.

Y este es el fin -provisional- de la tragedia. Y te he de confesar que, a pesar del tono distanciado de mi relato, la historia me ha dejado un cierto sabor amargo. Pienso mucho en Escevino. También pienso en Epícaris, una mujer que apenas participaba en los intereses de los grandes conspiradores y que sin embargo ha dado un ejemplo formidable de entereza a tantos profesionales del valor, convertidos en indigno coro de cantantes. Ya ves, unos invertidos y una mujer encarnando las recias virtudes tradicionales del varón romano. Y es que todo está trastocado, como diría el bueno de Silio.

Pero lo que más me ha hecho meditar han sido los ejemplos de Séneca y Lucano. Hay en ellos algo especial que los distingue de tantos otros suicidios voluntarios o impuestos. Y es el valor emblemático de su escenografía. Es como si hubiesen establecido, legislado, cuál debe ser la muerte del filósofo y cuál la del poeta. Y me han dado que pensar, porque en cualquier momento, no nos engañemos, puedo verme yo abocado a trance semejante. ¿Y entonces? ¿Habré de seguir la pauta? ¿Pero yo qué soy? ¿Filósofo o poeta? ¿Habré de tomar un poco de uno y un poco de otro? ¿O debería crear un tercer modelo, aunque sólo fuese para evitar ese espeso aroma de sacralización que ambos desprenden? El modelo propio del esteta, eso es, del juez supremo de la elegancia. Seguiré meditando sobre ello.

Querido Lucio, cuídate mucho y no dejes de escribirme. Es posible que, con el verano, vaya a pasar una temporada a Cumas, donde tengo una bonita villa muy cerca de la que fue de Séneca. Pero supongo que antes vendrás por aquí. Nos quedan aún muchos temas que tratar.

Poco más que añadir. Mis relaciones con Nerón se mantienen en el mismo tono. Tigelino no me ha molestado. Supongo que la insólita abundancia de conspiradores reales le ha robado el tiempo necesario para pensar en mí. Pero lo hará, seguro que lo hará.

Habré de estar vigilante. Y tú también, querido amigo. Esto que tienes en las manos sería suficiente prueba de culpabilidad de los dos. Así que hazme un favor. Comoquiera que imagino que la carta te habrá llegado al anochecer y que no habrás demorado un instante su lectura, acércala ahora a la lámpara más próxima y que la misma llama que te ha permitido leerla permita que neguemos su existencia. Salud.»

(CONTINÚA)

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CONVERSACIONES CON PETRONIO XI

Al día siguiente me presenté en casa de Petronio a la hora convenida. Durante el trayecto, que hicimos en un lujoso y cómodo carruaje, me aclaró algunos aspectos del ilustre personaje que íbamos a visitar.

-Uno de los primeros favores que obtuvo Agripina de su imperial esposo Claudio fue el perdón de Séneca y su regreso del destierro. En cuanto llegó a Roma, el prestigio del ex desterrado no hizo sino aumentar. Su obra se había difundido más allá de los ambientes intelectuales y pronto fue considerado como el más grande de los filósofos vivos y la personalidad de mayor respeto de la ciudad. Para seguir apuntándose todo este prestigio a su cuenta particular, Agripina lo nombró preceptor del joven Nerón. Y así, entre el maestro-filósofo y el discípulo-príncipe se inició una relación que auguraba lo mejor para Roma. A la muerte de Claudio, Nerón subió al poder y dio sus primeros pasos a la sombra del severo maestro, severidad que, como ya has visto, no le impedía permitirse alguna broma de mal gusto. En adelante, la influencia que Séneca ejercería sobre el nuevo César no se limitaría ya a su formación intelectual y humana, sino que se ampliaría con las competencias propias de un ministro con plenos poderes. Él le redactaba los discursos, él le dictaba los nombramientos, él le inspiraba toda la línea política, sobre todo en cuanto al modo de relacionarse con los grupos que cercaban el poder. Pero el joven Nerón empezó muy pronto a manifestar tendencias que no encajaban en los supuestos valores morales del maestro. Séneca intentó al principio eliminarlas, pero no pudo; luego trató de controlarlas, y tampoco pudo; finalmente se limitó a procurar encauzarlas para no salir él mismo mal parado. Y en ese proceso acelerado de dejación el severo filósofo llegó a verse tan implicado en las maldades del César que algunas ya no se sabe si tuvieron su origen en el discípulo o en el mismo maestro. Finalmente, quizá porque su conciencia moral ya no le permitía más, o quizá porque comprendió que había perdido toda influencia sobre su antiguo alumno, hace tres años Séneca decidió abandonar. Habló con Nerón y le comunicó su decisión inapelable. Nerón no lo aceptó, pero él abandonó. Y desde entonces vive en su finca de la Campania dedicado exclusivamente a sus estudios. Hace unos días recibí carta suya en la que me decía que había venido a pasar una corta temporada en su villa de la vía Apia y que tenía especial interés en hablar conmigo.

-Pero serán cuestiones reservadas, personales vuestras. Yo sólo seré un intruso.

-No te preocupes, habrá tiempo para todo.

Ya en la casa, nos recibió la esposa de Séneca, Pompeya Paulina, mujer de unos cuarenta años, de trato afable y familiar.

-Hoy se ha sentido muy mal -dijo-. Por la mañana ha sufrido un fuerte ataque de asma. Creía que se quedaba, pobrecillo. Luego se ha recuperado. Pero al mediodía ha tenido una visita inoportuna, los mismos que vinieron a verle en cuanto llegamos aquí. Yo he insistido para que no los recibiese, pero ha sido inútil. Todavía están ahí.

-Puedo volver otro día -dijo Petronio.

-No, no -replicó Paulina-. Es a ti a quien esperaba. Tiene mucho interés en verte. Hace días que no habla de otra cosa: «¿No ha venido Petronio? ¿No ha enviado ningún mensaje? ¿Estás segura que recibió el mío?» Y así una y otra vez. Estoy preocupada. Se había recuperado bien del ataque. Y cuando le han anunciado a ésos he visto cómo se alteraba. Por eso he intentado que no los recibiese. Pero ha sido inútil. Tengo un mal presentimiento. Los dos son militares. Uno es el prefecto del pretorio, no recuerdo el nombre.

-¿Tigelino? -preguntó Petronio.

-No, el otro -contestó Paulina.

-Fenio Rufo.

-Ése, ése. Soy fatal para los nombres. Y al otro no lo había visto nunca. Te pido un favor, Petronio, a ti y a tu amigo. No sé cuál es el motivo de vuestra visita, no sé qué se trae ahora en la cabeza, con lo felices que hemos sido estos años en Cumas, lejos de las miserias de la ciudad, y ahora, hace unos días, esa prisa repentina por venir aquí y luego, por hablar contigo, y esa gente siempre por en medio. Te pido sobre todo que procures que no se altere. Sea lo que sea lo que quiera de ti no le digas nada que pueda afectar su tranquilidad, y por favor, no le contradigas, miéntele si es preciso. Quiero que viva feliz el resto de sus días, se lo merece, pobrecillo.

-No te preocupes, Paulina -dijo Petronio-. No sé qué interés puede tener en hablar conmigo, pero no te preocupes. Nunca hemos sido enemigos, ni tampoco grandes amigos. Así, que entre nosotros no puede haber nada conflictivo. Y si tiene que ver con algo de la vida pública, tampoco te preocupes. No seré yo quien le incite a volver.

Justo acababa de hablar Petronio cuando por el otro lado del atrio -la puerta de la salita estaba abierta- pasaron dos hombres. Pompeya se disculpó un momento y salió a despedirlos.

-El otro es Subrio Flavo -me dijo entonces Petronio-. Es tribuno militar y de fama intachable.

-¿Crees que Séneca estará en condiciones de recibirnos? -pregunté, expresando lo que más me preocupaba en aquel momento.

-Por lo que ha dicho Paulina, creo que sí. De todos modos será mejor que aguardes aquí, ya te avisaré en cuanto pueda. No creo que tengas que esperar mucho rato.

Al momento vino Paulina a comunicar a Petronio que Séneca le esperaba. Yo permanecí en la salita, solo, no sé si mucho o poco rato, pero me pareció una eternidad.

Cuando entré en el gabinete, creí que Petronio estaba solo. Pero enseguida advertí en la penumbra la figura de un hombre muy viejo, de cabello y barba canosos, delgadísimo, que mantenía el tronco erguido con firmeza sobre la silla de tijera en que estaba sentado.

-Ven, muchacho, siéntate -dijo con voz entera pero algo opaca-. Me ha dicho Petronio que estás muy interesado en todas las cuestiones del arte y de la vida. Si es así, te conviene escuchar. Si lo que oyes te parece muy delicado, manténlo tú oculto. Mira por tu interés y aprende. A mí ya nada puede perjudicarme. Mis intereses se han reducido a lo esencial: salir de aquí de la forma más digna posible…Por eso he querido hablar contigo, Petronio, para impedir que un crimen más se cometa a mi sombra; por eso te ruego que adviertas a Pisón de lo que te he dicho.

-Te agradezco la confianza que pones en mí. Pero, sinceramente, ¿no crees que sería mejor dejar que todo siguiese su curso? Además, la conjura no tiene ninguna posibilidad de éxito.

-Sí, la tiene, sí. Cuando se trataba solo de cuatro senadores disipados y resentidos era cosa de risa, lo reconozco. Pero ahora es distinto. Hay muchos militares implicados. Al menos, una tercera parte de los altos mandos. El problema es que no tienen candidato para la sucesión. A Pisón no lo quieren de ningún modo. Dicen que, con él, lo único que se conseguiría es sustituir un cantante por otro. Por eso se han fijado en mí. Piensan que, como soberano, puedo ofrecer una imagen de dignidad y honradez que no resulta fácil encontrar. Y también piensan -aunque esto no me lo han dicho- que esa imagen de dignidad y honradez no impedirá cobijar a su sombra todos los crímenes que consideren necesario cometer… como suponen que venía ocurriendo cuando Nerón y yo compartíamos de hecho el poder. Y el primer crimen sería ése: acabar al mismo tiempo con el tirano y con el jefe de los conspiradores civiles. Luego, me instalarían en el poder supremo y se repartirían a mi sombra los beneficios…o tal vez correría yo entonces la misma suerte que Pisón.

-Todo esto es muy desagradable -dijo Petronio-, pero, si lo deseas, cumpliré lo que me pides. Sea por nuestra amistad, por esa amistad que apenas hemos tenido tiempo de cultivar.

-Es cierto lo que dices -afirmó Séneca-, y lamentable. Pero has de reconocer que tu género de vida no ofrecía muchas oportunidades para el encuentro.

-No creo que mi género de vida sea muy diferente del tuyo. Hasta hace poco solo se distinguían en el par de horas que solías llevarme de ventaja en retirarte a dormir.

-Sabes que no es verdad, Petronio. Y permíteme que te diga una cosa: lo que menos soporto de ti es esa debilidad por la frase ingeniosa. Siempre has preferido una frase brillante a la verdad.

-En sociedad sí, porque en sociedad una frase brillante es un valor seguro, mientras que la verdad…no se sabe lo que es. 

-Siempre me has caído bien, Petronio, no lo puedo negar. Pero nunca he creído que seas en realidad lo que aparentas ser. Tengo la impresión de que llevas una máscara de felicidad que oculta una realidad secreta y terrible.

-No lo creas, amigo. Es verdad que todos los días, cuando me levanto, me compongo lo mejor que puedo mi máscara de felicidad. Pero detrás no hay nada terrible, sino más bien vulgar y cotidiano, te lo aseguro.

-Si toda la energía que malgastas en los placeres la dedicases al ejercicio de la virtud, no tendrías necesidad de máscaras. La virtud es la más natural de las bellezas.

-Yo he visto rostros de virtud que no tienen nada de bellos -replicó Petronio-. Más bien dan la impresión de sufrir algún problema físico, como de estreñimiento.

-No serán auténticos. La virtud es siempre sana y amable.

-Quizá no hablamos de lo mismo, pero me extrañaría. Yo me guío por lo que tú mismo has escrito y por el concepto de virtud tal como siempre se ha entendido entre nosotros, esa especie de fortaleza varonil exenta de vicios y de debilidades. Y te digo una cosa: con todas las excepciones que quieras, entre las cuales naturalmente te incluyo, para mí un hombre virtuoso es un hombre insoportable. Para empezar, siempre estará convencido de que es superior a los demás, y esto le hará comportarse desde la autosuficiencia y el desprecio de lo ajeno. Además, desterrados los placeres, el campo de sus intereses será tan limitado como fúnebre. ¿Cómo entenderse con un tipo así? ¿De qué hablar? ¿Sabes lo que creo? Que Catón debió de ser un tipo insoportable. Estoy encantado de no haberle conocido.

-¿Prefieres un Quinciano o un Escevino, que de hombres sólo tienen el nombre?

-Quizá son menos hombres que Catón, pero mucho más humanos, te lo aseguro.

De repente Séneca sufrió un ataque de tos. Fue breve, pero al parecer doloroso. Tomó un pequeño frasco de la mesita que tenía al lado, lo destapó, se lo acercó a las fosas nasales y aspiró profundamente tres veces seguidas. Volvió a depositar el frasco en la mesita y dirigió hacia mí la mirada.

-Ya ves, entre estas miserias acaban los hombres. Aunque todo esto te parezca lejano y casi increíble, piensa que llegará, y que llegará muy pronto. La existencia humana es un suspiro.

-Estoy convencido. El problema para mí es cómo llenar ese tiempo que corre sin cesar hasta el final anunciado: saboreando la vida o preparando la muerte.

-La vida no tiene más sabor que el que le da la virtud, y la virtud es la mejor preparación para la muerte. Además, nadie saborea la vida en el sentido vulgar de la palabra. Los hombres consumen su existencia preparando un mañana de felicidad que continuamente se aleja en el horizonte. Pierden la vida en los preparativos de la vida. Todos. Salvo, tal vez, Petronio.

-Te agradezco el cumplido -dijo Petronio-, y te ruego que me disculpes por el tono de mis palabras de antes. Es absurdo que, habiendo tantas cosas que nos unen, tengamos que discutir sobre lo que nos separa.

-Tienes razón -afirmó Séneca-. Creo que los dos coincidimos en el diagnóstico de la enfermedad, sólo discrepamos en cuanto al remedio. Pero sobre esto no trataré de convencerte ahora, ni a ti ni a nadie. En mis obras he dejado el fruto de mis reflexiones; allí están las medicinas que quien desee de verdad sanar se podrá aplicar…Mi vida se extingue, pero mi obra permanecerá, y dentro de siglos, de muchos siglos, cualquier ser humano de cualquier país o civilización podrá encontrar en ella el remedio de los males que le aquejen. Porque todos los males del hombre han sido, son y serán los mismos, y han tenido, tienen y tendrán el mismo origen: no saber estarse quieto entre las paredes de una habitación. La concupiscencia, el deseo nos empuja a luchar por conseguir cosas, pero no sabemos que, por mucho que consigamos, siempre será menos que lo que ya teníamos. Porque todo está en nosotros, desde el principio de los tiempos.

Hubo unos instantes de silencio, un extraño silencio impregnado de serenidad y misterio. Finalmente me armé de valor y dije:

-Maestro, si todo está en nosotros desde el principio, ¿por qué albergamos en nuestro interior esa fuerza, ese deseo incontenible que nos empuja hacia afuera para alcanzar objetivos ilusorios?

-Existe un plan divino, que debemos acatar. Y dentro de ese plan está el desarrollo de la vida, y para que la vida se desarrolle la divinidad ha sembrado la naturaleza de semillas e instintos y las mentes de ilusiones. Pero el verdadero sabio ha de remontar los instintos y las ilusiones para aproximarse a la razón divina, para comprender que para ella el principio es el final y el final es el principio.

-Me hace muy feliz oirte hablar así -dijo Petronio-. Veo que los años no han perjudicado en nada tu profundidad ni tu agudeza.

-Si la mente no deja de ejercitarse, los años no pueden nada contra ella. Quizá al final, al final de todo la memoria empieza a resquebrajarse y las ideas a confundirse. Hay que estar muy atento para prevenir ese momento, y hay que tomar una decisión valiente antes de que llegue. El hombre, el verdadero hombre ha de estar siempre al gobierno de su existencia, ha de ser el artífice, no el esclavo de su vida, desde que empieza a razonar hasta que muere. Y si la muerte que le prepara la fortuna no le agrada, es muy libre de procurarse otra.

-Ése sí que es un territorio que compartimos -dijo Petronio-, el hombre, artífice de su propia vida. Pero has de reconocer que es una tarea muy difícil. ¿Cuántos crees que lo logran? Yo creía haberlo conseguido hasta que me he visto en una situación que me supera y que no sé cómo desenredar. Y tú, ¿consideras que has sido el artífice de tu propia vida?

-No confundas mis palabras con mi vida. Mis palabras proclaman la verdad; mi vida es una constante lucha entre mis debilidades y el esfuerzo por la virtud. Y en esa lucha he vencido muchas veces y he sido derrotado algunas. Pero es verdad que, viviendo en sociedad y sobre todo en las cercanías del poder, resulta imposible erigirse en único artífice de la propia vida. Una red, cada vez más espesa, te va envolviendo por todas partes hasta que te ves tan atrapado que sólo puedes decir ¡basta! y romper y escapar. Puedes hacerlo en cualquier momento. Yo lo he hecho.

-Y con bastante suerte -dijo Petronio-. Todo el mundo auguraba lo peor.

-Lo peor no es eso. Lo peor no es que el monstruo de ingratitud que creció a mi sombra decida acabar conmigo. Lo peor sería permanecer en la esclavitud, aunque fuese para volver arriba de todo. Porque no hay mayor esclavitud que el ejercicio del poder.

-¿Eso les has dicho a Rufo y Flavo como respuesta a su magnífica proposición? ¡Vaya chasco! No es cosa de todos los días que a uno le ofrezcan el poder supremo.

-Sí, les he dicho que pienso seguir en mi retiro; pero también, que sigo deseando lo mejor para Roma.

-¿Buscarán entonces otro candidato?

-Creo que no. Creo que han entendido lo que han querido entender. No me importa, ¿sabes? no me importa nada. Visto desde mi altura, todo eso son juegos de niños…juegos sangrientos, es cierto. Y lo único que me interesa de ese juego es lavar mi responsabilidad por lo que le pueda ocurrir a Pisón. Así que te lo recuerdo de nuevo, no te olvides de advertirle.

 

En el camino de vuelta pregunté a Petronio:

-¿Sabes si Pisón querrá recibirte? ¿si te creerá?

-No he de ver a Pisón para nada, no tengo nada que decirle.

-¿No piensas cumplir tu promesa? -pregunté, sorprendido.

-Al contrario, la he cumplido al pie de la letra. Recuerda lo que me pidió Paulina, «miéntele si es preciso», y se lo prometí…A propósito, ¿qué te ha parecido el personaje, visto en carne y hueso? ¿Tienes ya clara la jerarquía de tus dioses?

-Sí. Primero está Petronio y luego viene Séneca.

-Y eso, ¿por qué?

-Porque Petronio contienen a Séneca, pero Séneca no contiene a Petronio.

           (CONTINÚA)

 

 

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