El cristianismo de los grandes señores del siglo IV (y de otros siglos)

 

[Habla Terasia, joven de familia noble, quizá de Complutum, personaje de La ciudad y el reino]

– Nací cristiana y nunca he abandonado la fe. Cristianos son mis padres y cristianos mis abuelos. Sin embargo, la manera de vivir la fe que ellos tienen nunca me ha convencido. Apenas se diferencia de la manera de los gentiles. Acuden al templo, observan las prácticas establecidas, destinan una parte irrisoria de sus bienes a socorrer a los hermanos necesitados y se pasan la vida encerrados en sus lujosas villas, ajenos por completo al dolor y al sufrimiento del mundo exterior. Yo apenas era consciente de esta contradicción cuando, hace pocos años, se me reveló con toda claridad.

Como es normal, en casa siempre ha habido esclavos, hombres y mujeres tan bien tratados y alimentados como cualquiera de la familia. Así que, teniendo en cuenta la miseria que hay en el mundo, su situación siempre me había parecido afortunada. Pero en cierta ocasión (iba yo a cumplir veinte años) mi padre, que ya empezaba a perder la vista, me pidió que le acompañase en un viaje de negocios. Un día visitamos una mina. Y cuando vi a aquellos hombres, desnudos, negros de sudor y suciedad, encadenados, y entrando y saliendo de pozos oscuros como bocas del Infierno, me dirigí violentamente a mi padre y le exigí que hiciera algo para que el amo de aquellos hombres dejara de martirizarlos. Él se rió: «¿Qué dices? El amo soy yo».

Me quedé muda. Por fin, pude balbucear: «Pero, no es …humano» .(La palabra «cristiano» me parecía, por evidente, tan fuera de lugar, que tuve vergüenza de pronunciarla).

«Mira, niña – dijo mi padre -, nosotros somos cristianos y por lo tanto sabemos que la vida terrena es un breve recorrido, una pequeña prueba para alcanzar la vida eterna, y esos hombres, al menos los que sean cristianos, con sus sufrimientos, que no se pueden comparar con los de Cristo en la cruz, hacen muchos más méritos que nosotros para ganar la salvación. Además, niña tonta, ¿con qué te crees que se hacen las espadas y los escudos de los soldados, o esos brazaletes que tanto te gustan?»

Callé. No podía decir nada. Sentía que los brazaletes me quemaban la piel. Más tarde, consulté el asunto con obispos y santos varones amigos de la familia, y casi todos coincidían con el punto de vista de mi padre. El tío Prisciliano fue una excepción, aunque la verdad es que no entendí gran cosa de sus explicaciones. Pero Prisciliano estaba loco, o eso al menos se decía en casa. 

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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