A.P. GUÍA ILUSTRADA XII. Una historia de familia. Editores. Críticos. Lectores

Para escribir El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer empleé un año justo. Los ratos libres de un año justo, porque ya se sabe que, con una actividad laboral y una familia, el tiempo creativo resulta indefinible. Para conseguir que una editorial la publicase empleé ocho años largos, y fue gracias a una agencia literaria, formada íntegramente por mujeres, como suele ocurrir.

Una historia de familia

El propietario y director de la editorial que contrató la novela era un señor bonachón y parlanchín, aunque algo depresivo, con un largo pasado de comunista en ejercicio, y también de adinerado capitalista, que se prolongaba en el presente.

Al editor en cuestión le había encantado la novela sobre Schopenhauer y la siguiente que le presenté sobre Larra e incluso llegó a afirmar que estaba dispuesto a editar todas las que tenía pendientes de publicación. Un panorama tan fantástico y maravilloso que no podía ser real.

En efecto. El editor, además de comunista (o ex, no sé bien) era filántropo, muy próximo a ciertos curas progres, y hombre de negocios, sobre todo del familiar, al cual se debía que los bebés de varias generaciones oliesen a rosas. También le gustaba participar en negocios más o menos culturales, como la empresa de alta cocina que el más célebre chef de nuestro tiempo dirigía en la costa del Alt Empordà. La misma creación de la editorial que había de acogerme respondía a aquella querencia. O capricho, como al parecer algunos la bautizaban. Y es que también tenía dos hijos.

Y es curioso que así como los padres suelen ser tolerantes con los caprichos de los hijos, los hijos, ya crecidos, suelen ser intolerantes con los caprichos de los padres, sobre todo cuando pueden suponer merma del patrimonio familiar, diría, si fuese mal pensado, que no es el caso. El caso es que dos años antes de que entrásemos en contacto, mi futuro editor había vendido su participación en el negocio culinario a otro socio, el célebre artista de los fogones. Engañado y por un precio irrisorio, según los hijos, muy preocupados por la economía familiar, los cuales, por lo visto, no se habían dado cuenta del engaño y de lo irrisorio hasta transcurridos varios años, cuando, previa incapacitación legal del padre, interpusieron demanda judicial para anular aquella compraventa, alegando que a la sazón su progenitor, contratante, sufría “un trastorno psiquiátrico”. Atentos al dato.

Hay que tener en cuenta que todo esto lo conocí vagamente, en general por la prensa, cuando la historia de mi relación con la editorial ya había concluido. Lo que sí conocí en carne propia fue el acoso y derribo que los hijos aplicaron al capricho literario del padre, llegando incluso a apoderarse del local que albergaba la editorial, pues parece que el hijo arquitecto lo necesitaba y el otro no sé qué, en fin, no puedo ser muy preciso porque de las causas solo me llegaban rumores. Pero los efectos sí fueron claros y rotundos: la editorial cerró, y todas mis fantasías y esperanzas se limitaron a dos libros publicados. No está mal.

De toda esa historia, triste y lamentable por sí misma, surge una conclusión, inquietante para mí, que no supe advertir en su momento. Y es que, en ocho años de busca denodada de editor, el único que valoró y apreció mi Schopenhauer  hasta el extremo de publicarla en su flamante editorial fue… un hombre bueno con “un trastorno psiquiátrico”.

Editores 

Mis relaciones con los editores han sido de todos los colores, pero nunca plenamente satisfactorias (la única que empezaba a serlo se cortó en seco, como acabo de contar).

Todo empezó con Lesbia mía, con la que debuté en la sociedad de escritores con libros publicados, a la edad tardía de 52 años. Se trataba nada menos que de una editorial de primera línea, con un historial apabullante de grandes escritores publicados y grandes escritores descubiertos y premiados con el premio de primera línea que la misma editorial patrocinaba. Su director literario era entonces un famoso poeta y miembro de la Real Academia… pero ahora recuerdo que esta historia ya la he contado en el capítulo IV de esta serie, al cual remito al curioso lector, a quien sin embargo aconsejo que guarde su curiosidad para asuntos de mayor sustancia.

Y ahora veamos cómo fue la cosa con Cicerón, o sea, con La encina de Mario. La negativa a publicarla por parte del editor- poeta no me desanimó del todo. El texto había merecido la Ayuda a la Creación Literaria que por entonces otorgaba el ministerio de Cultura, ayuda que dejó de convocarse poco después, no fuese que con tanto chocolate del loro se vaciasen las arcas estatales.

Lo que entonces pensé fue que, si obtuvo la Ayuda, algunas virtudes tendría mi novela. Y me dirigí a un escritor y filólogo de prestigio, quien sin conocernos en absoluto había dedicado un artículo elogioso a Lesbia mía en uno de los diarios de mayor circulación del país. Y el filólogo, que era catedrático de griego en una universidad de Madrid, me dirigió a un profesor de su misma cátedra y editor de obras del ámbito de la cultura clásica, quiero decir, greco-romana.

Simplificando, la edición fue un desastre. Ni apenas se vieron los ejemplares en las librerías, ni cobré un duro, lo que, contado en pesetas, ya es no cobrar. Pedí explicaciones al profesor y titular de la editorial y apenas me las dio. Quien sí me las dio, y bien cumplidas, fue un profesor de su mismo ámbito, que lo conocía bien. Me dijo que lo ocurrido conmigo ocurría con todos los que publicaban en la misma “empresa”. La diferencia estaba en que ellos lo sabían y lo asumían mientras que yo no era más que un incauto intruso. Eran, en general, profesores o estudiosos del mismo ámbito que el profesor-editor, autores de trabajos o historias sin ninguna clase de atractivo para el público en general, que se contentaban con ver sus obras publicadas en forma de libros, ajenos a cualquier interés dinerario. O sea, que existía una especie de pacto tácito por el que el editor publicaba el libro del muy culto y ansioso autor, y éste se comprometía a no esperar nada y a no hablar de dinero. Bien, me parece lícito, cada cual conoce sus monedas de cambio y puede jugar con ellas a su antojo. Pero resultaba sangrante para el incauto autor que, sin saber, aterrizaba en ese mundo.

También de Madrid era el editor con el que contacté a continuación en un intento de publicar mi ensayo Del suicidio considerado como una de las bellas artes. Y resultó ser la antítesis del anterior. Un joven serio, atento solo a su tarea de editor, y cumplidor y meticuloso hasta el extremo de no faltar en ningún caso a la liquidación debida, pese a que, a los pocos años, se redujese a la cantidad de unos céntimos, es un decir, pero no mucho. Si no fuese por los modestos resultados prácticos diría que, como excepción entre los editores, nuestras relaciones sí fueron satisfactorias.

Seis años después de la desaparición de la editorial del buen hombre “trastornado”, surgió un nuevo editor, dispuesto a publicar, es decir, a reeditar, las dos obras publicadas por la editorial desaparecida. El hombre era personaje conocido en el ámbito del negocio cultural, creador, entre otras cosas, de dos revistas de gran prestigio; una, de pensamiento y de política de largo alcance y otra, estrictamente literaria. Su decisión se debió, según me consta, a la insistencia de un lector amigo suyo acerca de las virtudes de la novela sobre Schopenhauer. El caso es que, a finales de 2015, tuvo lugar la publicación y presentación pública – muy satisfactoria para mí – de la reedición de esta. Y poco más de un año después, de Lesbia mía.

La primera, El silencio de Goethe, salió así, con el título recortado – sin consultar con el  autor. La novela tuvo una segunda vida no tan feliz como se auguraba. Y el primero en insistir en el hecho fue el mismo editor. Quizá me equivoque, pero aquella insistencia dirigida repetidamente a mí me parecía como un reproche por los malos resultados, los cuales venían a justificar su opacidad en las informaciones debidas. Y el asunto se complicó hasta la incomunicación total cuando apareció la pandemia. Tiempo después, con la insistencia debida por mi parte, obtuve lo que obtuve.

No quiero decir con esto que me engañase, quiero decir lo que digo, que su actitud no me inspiraba confianza. Y la historia se reinició y repitió un año después a propósito de la reedición de Lesbia mía. Así que ya está dicho todo lo que tenía que decir sobre el asunto.

Dando ya los últimos coletazos como escritor creativo, atento solo a esplayarme en mis pequeñas cosas a través del Blog, recordando de vez en cuando a la audiencia (¿hay algún editor por ahí?) que tenía alguna obra pendiente de publicación, entre ellas la protagonizada por Dante, a la que tenía gran aprecio, he aquí que surge de la meseta castellana un joven editor (bueno, no tan joven, todo es relativo) que se proclama admirador mío desde los tiempos de la primera edición de Lesbia mía y que se muestra deseoso de publicar alguna cosa que tenga pendiente.

Apenas tengo que pensarlo. La ciudad y el reino, escrita unos treinta años atrás, y que ya consideraba impublicable, merecía esa oportunidad. Y se le dio. Y a finales del año 2020 – vigente todavía la epidemia -, estaba en la librerías, bellamente editada. La obra cosechó muy buenos comentarios,  aunque escasos, como siempre. Pero, al cabo de unos meses, el antes entusiasmado editor me confesó su desaliento. Por lo visto, el asunto no funcionaba como había imaginado. Y abandonaba. Lo de siempre: no hay que abordar las cosas con demasiado entusiasmo.

Críticos

En la mayoría de los casos no se trata de críticos profesionales, sino de personas del mundo de las letras que encuentran en la novela en cuestión una conexión con sus intereses intelectuales y que, leída la obra, sienten la necesidad de expresar su opinión. Y también blogueros literarios, por lo general de mirada más clara y desprejuiciada que el crítico profesional.

De entre unos y otros, citaré algunos, con mención de la obra que comentaron: Carlos García Gual (Lesbia mía, La ciudad y el reino), Ada Castells (El silencio de Goethe), Luis Fernando Moreno Claros (El silencio de Goethe, Del suicidio considerado como una de las bellas artes), Lluís Foix (El silencio de Goethe), J.L. García Martín (El corzo herido de muerte), José Giménez Corbató (El corzo herido de muerte), Fernando Clemot (El silencio de Goethe).

Y de los blogs literarios: Pequenamoleskine, Elvira Bobo (El corzo herido de muerte), La Tormenta en un Vaso, Ada Castells (El silencio de Goethe), La realidad estupefaciente, Supersantiego (El silencio de Goethe); El infierno de Barbusse, Jesús J. Pelayo (El silencio de Goethe); La piedra de Sísifo, Alejandro Gamero (Lesbia mía, El silencio de Goethe, La ciudad y el reino); El buscalibros, Luismi Clemente (Lesbia mía).

En los comentarios de todos los citados destaca desde la valoración positiva de la obra hasta la francamente entusiasta. Lo que decía: no me puedo quejar de la crítica, sino todo lo contrario. Quizá algo tenga que ver el detalle, ya apuntado, de que, en su mayoría, no son lo que se entiende por críticos literarios profesionales. Por cierto, que ya hice alguna reflexión sobre este asunto en general.

Lectores

Solo mi apego natural e involuntario a las formas tradicionales me ha impedido escribir “lectoras” en vez de “lectores”, opción aquella que sería la procedente. Y es que, según mis averiguaciones de estar por casa, el número de lectoras que me siguen con cierto entusiasmo es muy superior al número de lectores. Llegar a conclusiones como ésta es posible en estos tiempos en que el uso de las redes sociales permite interactuar entre autores y lectores. No sé cómo se lo harían antes. 

Bien, el hecho que quería destacar es que, como autor, existe para mí esta clara línea ascendente de satisfacción personal: editor- crítico- lector. Aunque, pensándolo bien, nada tiene de especial que el lector corone esa especie de ascensión al paraíso porque, si no, ya ni siquiera sería lector. O lectora.

Y ya que vuelve a salir el tema, no quiero cerrar este extraño capítulo de mi Guía sin permitirme una breve reflexión sobre el fenómeno. ¿Por qué tengo muchas más lectoras que lectores? Cierto que hay una razón diríamos básica o estructural que afecta por igual en todos los casos: en general hay más lectoras que lectores, por lo menos en literatura. Reconocido esto, sigue en pie el hecho de que el desequilibrio numérico entre unas y otros sea en mi caso tan acusado. Y mi ignorancia acerca de las razones.

Porque, vamos a ver, yo no practico la antigua y trasnochada galantería, ni tampoco la actual y descarada adulación de lo feminista. ¿Entonces? No sé. Pero algo hay en mi escritura que atrae especialmente a las mujeres. ¿Qué es? ¿De qué se trata? 

Me gustaría saberlo. 

   CONTINÚA

    

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