El hecho de que el ser humano sea un ente racional no siempre es bueno para él.
Ante todo ha de quedar claro que la razón no es una verdad, ni un conjunto de verdades; es un método, un procedimiento para tratar la realidad.
Pero a veces la realidad es oscura, opaca, aparentemente intratable e inexplicable.
la mentalidad conspiranoica
Y cuando ese ser dotado de razón topa con una realidad oscura u opaca a veces no se resigna, no admite que algo esencial para la humanidad pueda permanecer oculto o inescrutable para esa misma humanidad provista de razón. Y entonces, en vez de reconocer sus limitaciones, imita los pasos de la razón sobre los datos que él mismo elige hasta llegar a conclusiones a menudo originales y siempre fantásticas. Rechaza las explicaciones acerca de los límites que le ofrecen desde instancias más sensatas y construye sus propias explicaciones, con frecuencia insensatas.
Para este tipo de personas el mundo entero es un engaño. No en el sentido filosófico-metafísico de que solo es apariencia de una realidad oculta, sino en el más pedestre de que todo está urdido por ciertas personas o grupos en la sombra, que las autoridades oficiales desconocen pero a las que, en todo caso, obedecen sigilosamente. Nada es lo que parece ni para lo que parece; todo es fruto de una gran conspiración, que se muestra bajo aspectos y formas infinitas para confusión y sometimiento de la humanidad ignorante.
Esta es básicamente la actitud del llamado «conspiranoico». Este es el clima mental que alimenta su convicción de que todo lo «oficial» es mentira, de que la verdad consiste en que unos grupos, a veces sin nombre conocido, a veces con nombres históricos que ya parecen de leyenda (masones, illuminati, judíos), trabajan en la sombra para alcanzar sus propios fines.
la conspiración existe
Pero lo triste del caso es que esa actitud del conspiranoico se basa en algo real: la conspiración existe. Solo que no es como la pintan. Hay unas fuerzas paralelas al mundo oficial y legal, que pugnan desde la sombra (o desde donde sea) por imponer su voluntad y alcanzar sus objetivos, puramente egoístas. El problema radica en que, para identificarlas y denunciarlas, se necesita estar dotado de unas características poco corrientes: visión clara, inteligencia aguda, carencia de prejuicios, mentalidad científica, carácter noble. Características que, sin duda, posee el lingüista, pensador y activista norteamericano de origen judío (¡vaya, por Dios!) Noam Chomsky.
En su obra Quién domina el mundo Chomsky parte de la política de Estados Unidos desde 1945, es decir, desde que alcanzó el grado de primera potencia mundial, que nadie le ha arrebatado todavía. Y muy pronto llega a la primera y evidente conclusión: que Estados Unidos es la principal potencia terrorista del mundo. Basta seguir la relación de actos criminales – visibles e invisibles – que Chomsky nos recuerda para tener que aceptar afirmación tan tenebrosa. Pero no hay motivo para el escándalo: todas las grandes potencias, todos los imperios han actuado del mismo modo, en cuanto han podido.
Establecido que Estados Unidos es el primer poder que dirige o domina el mundo, habría ahora que dilucidar si hay algún poder que dirige Estados Unidos. Según su propaganda, el alma del país es la democracia, el progreso y la libertad para todos. Pero en la realidad no funciona exactamente así. Lo cierto es que existen una élites socio-económicas que han ido aislándose ante cualquier restricción que la democracia pudiera imponer, mientras que el grueso de la población es impulsada por diversos medios hacia el consumismo fácil, la apatía y el odio a los más vulnerables, al tiempo que a las grandes corporaciones y a los ricos se les permite todo.
Para decirlo con palabras literales de Chomsky no es posible entender de forma realista quién gobierna el mundo sin hacer caso de… los conglomerados multinacionales, las enormes instituciones financieras, los emporios comerciales y similares. Ellos, en la sombra o con descaro, de acuerdo con sus intereses imponen las medidas que dócilmente discuten los políticos y aplica el poder ejecutivo. Así, que mejor no pensar en lo que significan la paz y la guerra para la poderosísima industria del armamento, por ejemplo.
(CONTINÚA)