Archivo mensual: noviembre 2016

GARCILASO DE LA VEGA. El caballero y la muerte I

garcilasoEl verano de 1526 Granada era una fiesta. El emperador romano-germánico,  Carlos de Habsburgo, soberano de los reinos de España desde hacía pocos años, se había establecido en la ciudad con toda la corte procedente de Sevilla, donde había tenido lugar su boda solemne con Isabel de Portugal.

Treinta y cuatro años después de que los reyes cristianos expulsasen a los musulmanes, ocupaba la Alhambra el nieto de aquellos reyes, con todo su séquito y con un acompañamiento de invitados ilustres, llegados de distintos y hasta de distantes países. No faltaban los artistas y escritores. Uno de ellos, arquitecto y pintor, había de ser decisivo para la imagen de la ciudad. Pero no llegó con el séquito real, porque, toledano de nacimiento, hacía años que residía en Granada: Pedro Machuca.

Machuca, que había de concebir y dirigir la construcción del palacio que Carlos V quiso edificar junto a la Alhambra, era un artista totalmente renacentista, que había aprendido y asumido en Italia las formas y también el espíritu de la época. Porque lo que en la historia de la cultura se ha denominado “Renacimiento” no es solo un estilo de arte – sobre todo de arquitectura – que pretende prescindir del legado medieval para retrotraerse al de la antigüedad greco-romana, es una nueva manera de ver el mundo que coloca al ser humano, de una manera en cierto modo heroica, en el centro mismo de la Creación.

Este movimiento hacía por lo menos un siglo que había nacido en Italia, y su expansión por Europa se había de prolongar hasta principios del siglo XVII. Pero, por entonces, su incidencia en España había sido escasa. Gracias a Machuca y a otros pocos, acabaría de imponerse en la arquitectura.

En literatura contaba con algunos intentos esporádicos, que no habían acabado de cuajar. Fue en aquel encuentro cortesano de Granada cuando se puso en marcha el proceso que alumbraría la instauración definitiva de la nueva poesía, elemento esencial de la nueva visión del mundo. Dos personajes fueron los protagonistas; un tercero recogió aplicadamente los frutos y se llevó toda la gloria.

Juan Boscán, nacido catalán y que conservaba casa e intereses en Barcelona, hacía años (desde la época del rey Fernando) que estaba estrechamente vinculado a la monarquía, a la que servía, entre otros cargos, como embajador.

Andrea Navagiero, humanista, embajador de la República de Venecia, formaba parte de la representación extranjera en la corte asentada en Granada. Un día de aquel verano, en los jardines del Generalife, tuvo lugar una larga conversación entre Boscán y Navagiero, del núcleo de la cual da cuenta el mismo Boscán:

Estando un día en Granada con el Navagero … tratando con él en cosas de ingenio y de letras, me dixo por qué no provava en lengua castellana sonetos y otras artes de trobas usadas por los buenos authores de Italia: y no solamente me lo dixo assí livianamente, mas aún me rogó que lo hiziesse…

Y continúa que se puso en ello, pero que el trabajo era arduo y que no habría llegado a buen puerto si su amigo Garcilaso no le hubiese empujado y acompañado.

El amigo Garcilaso de la Vega era un caballero de confianza del emperador, y también estaba en Granada. Y también había asistido asistido en Sevilla a la boda real. Y allá había conocido a una dama portuguesa de la compañía de la novia-reina que había de ser el amor de su vida, si bien él se casaría con otra – dama de la hermana del emperador – y ella con otro. Cosas de la pequeña política de los grandes.

Pero estábamos en que el joven caballero – tenía unos veinticinco años – había acogido con ganas la novedad que le mostrara el amigo. Y así, con el tiempo, fue dando a luz un modo de poesía nunca visto antes en España.

Corrientes aguas puras, cristalinas,

árboles que os estáis mirando en ellas,

verde prado de frescas sombras lleno,

aves que aquí sembráis vuestras querellas…

Con estos versos, y con otros muchos que escribió antes y después, la poesía en lengua castellana alcanzaba una cima que, creo yo, ya no volvería a alcanzarse, excepto con Juan de la Cruz y, en otro registro, con algunos de los poetas de la generación del 27.

La de Garcilaso no es una obra extensa, pero sí intensa. Aunque de una intensidad que no impone, que no hace aspavientos. La forma es siempre suave, delicada. El fondo, recio, austero, directo, vital, auténtico. Los temas son contados; una y otra vez vuelve a lo mismo:

El amor. Que es siempre dolor. Dolor por la imposibilidad de estar con la amada. Dolor por el rechazo de la amada. Dolor por la muerte de la amada. Dolor por la evocación del pasado tiempo feliz con la amada.

El tiempo. Que con su paso se lleva los momentos felices. El tiempo, que hace de la vida una experiencia fugaz que hay que fijar en el mármol de las palabras inmortales.

El paisaje. Una naturaleza en parte idealizada a la sombra de Virgilio y Sannazaro, en parte real a orillas de un río llamado Tajo. Un paisaje, luminoso o triste, que es como el espejo del alma del enamorado.

La amistad. Una amistad al mismo tiempo varonil y tierna como la que le une a Boscán, también poeta, aunque de menor calado. Raro caso en la historia de la literatura donde tanto abundan los odios entre escritores y tan poco las amistades verdaderas (¿hay alguna además de ésta?).

La muerte. Deseada cuando se siente desdeñado por la amada. Llorada cuando acaba con la vida de la amada. Bienvenida cuando el poeta se siente sumergido en la hermosa y blanda naturaleza (Yo solo en tanto bien morir me siento). De estas y de otras varias maneras la muerte suele estar presente. Se dirá que no pasa de ser un recurso retórico, un tema más, copiado de otros poetas (Petrarca, Ausiàs March). Lo dudo. Más bien se muestra como una presencia inexpugnable. Un crítico ha escrito: “Parece como si tuviera siempre la premonición de su prematura muerte”. Quizás.

No aparece entre sus temas ni la guerra ni la religión – y ya no digamos la patria, que aún no se había reinventado tal como hoy la conocemos. Curioso. Que un poeta de la católica Castilla, entregado servidor del emperador cristiano, no dedicara unos versos a la religión. Fue Azorín quien descubrió y anotó que Garcilaso es el único poeta español de los siglos XVI y XVII en cuya obra no hay “ni un solo verso de asunto religioso”.

Y lo mismo, pero no igual, en lo que respecta a lo militar y guerrero. Que un soldado-poeta tan valiente y arriesgado (como dejó muy claro) no dedicara alguna loa a la gloria militar, es también curioso. Pero la cosa aún resulta más extraña si es cierto, como parece, que los únicos versos dedicados a la guerra son para quejarse de su cruel inutilidad.

¿Quién no vio desparcir su sangre al hierro

del enemigo? ¿Quién no vio su vida

perder mil veces y escapar por yerro?

¡De cuántos queda y quedará perdida

la casa, la mujer y la memoria,

y d’otros la hacienda despendida!

¿Qué se saca d’aquesto? ¿Alguna gloria?

¿Algunos premios o agradecimiento?

Sabrálo quien leyere nuestra historia:

veráse allí que como polvo al viento,

así se deshará nuestra fatiga...

(Continúa)

[De Los libros de mi vida. Lista B]

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GARCILASO DE LA VEGA. El caballero y la muerte II

Garcilaso de la Vega nace en Toledo en 1501 en el seno de la familia Mendoza, poderosa en política, destacada en la cultura (había dado varios hombres de letras, como Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana) y adelantada del espíritu renacentista en Castilla.

Tuvo la educación que correspondía a su ambiente, y al espíritu de los tiempos, que dictaminaba, en palabras de Baldassarre Castiglione (Il cortigiano), que el buen cortesano había de dominar, además de la vida de sociedad, tanto las armas como las letras. Extraña pareja vista desde aquí y ahora.

En el conflicto que, a la llegada del emperador Carlos, enfrentó a algunos sectores de la ciudadanía castellana con el nuevo rey, Garcilaso se alineó sin dudarlo con la monarquía, a diferencia de su hermano Pedro, que luchó junto a los comuneros y que, tras la derrota, tuvo que exiliarse en Portugal, mientras rodaban las cabezas (y no en sentido metafórico) de los principales dirigentes rebeldes. Garcilaso, por su parte, pronto se ganó la confianza del emperador, a quien siempre sirvió lealmente.

En 1522 participó en la expedición militar a Rodas, organizada con el fin de salvar la isla del asedio turco, empresa que fracasó por falta de la esperada colaboración de Venecia. Iba también en la expedición el que sería su gran amigo de toda la vida, Juan Boscán.

Otra amistad íntima se inició dos año después, con ocasión de las acciones de Salvatierra y Fuenterrabía contra los franceses, con el entonces joven de dieciséis años Fernando Álvarez de Toledo, futuro Duque de Alba. Y no un duque de Alba cualquiera (si es que se puede hablar así) sino el tercero, aquél que había de sembrar el espanto en tierras de Flandes, donde todavía es terroríficamente recordado.

En 1525 casó con Elena de Zúñiga, dama de Leonor de Austria, hermana del emperador, que fue quien había decidido el matrimonio. Cosa normal entonces, cuando los únicos que podían decidir en estas cuestiones eran los más humildes. Más arriba de la escala social decidían los padres, siempre pensando en términos patrimoniales, y arriba de todo, los reyes. Y ya hemos visto que Garcilaso se movía por las alturas.

En 1526 asiste a la solemne boda entre el emperador-rey Carlos e Isabel de Portugal. Conoce ahí, o tal vez en Granada, donde a continuación se traslada toda la corte, a una dama de la reina, Isabel Freyre, quien, según los estudiosos, será el amor y musa inspiradora del poeta. Tres años después la dama se casa, lo que no hace sino igualar las situaciones de ambos y en el 33 o 34 muere de sobreparto. Y escribe el poeta, quizá en presencia, quizá en recuerdo de la vista del sepulcro:

Las lágrimas que en esta sepultura

se vierten hoy en día y se vertieron

recibe, aunque sin fruto allá te sean,

hasta que aquella eterna noche escura

me cierre aquestos ojos que te vieron,

dejándome con otros que te vean.

En 1529 emprende viaje a Italia con el rey y séquito para la ceremonia de coronación solemne de Carlos como emperador romano. Se detiene un mes en Zaragoza y tres en Barcelona, donde hace testamento, curioso documento en el que no olvida saldar pequeñas deudas contraídas tiempo atrás con individuos socialmente insignificantes. La ceremonia de la coronación imperial tiene lugar en Bolonia a principios de 1530.

Regresa a España y poco después marcha a Francia en una misión, parece que de espionaje, cerca de la corte de Francisco I. Por poco tiempo, porque en 1531 se halla de nuevo en la Península asistiendo en Portugal a la boda de un sobrino (hijo del hermano comunero), boda que se celebra contra la voluntad del emperador. Este acto, generoso y desprendido como muchos de los suyos, cuesta al poeta la pérdida (temporal) del favor real. Y se paga con un breve destierro en una isla del Danubio.

Gracias a la influencia del amigo Fernando, duque de Alba, el destierro en el Danubio se convierte en una muy feliz estancia en Nápoles al servicio del virrey y, como está claro, en la recuperación del favor real. Estancia que se prolongaría hasta 1535, interrumpida por dos viajes a España. En el primero (1533), como lugarteniente del virrey, para llevar una documentación al emperador, que se halla en Barcelona; ocasión que aprovecha para revisar con Boscán la traducción de éste al castellano de El cortesano, de Castiglione, y escribir el prólogo.

En Nápoles, Garcilaso está en su ambiente. Conoce y trata a las personalidades más destacadas del renacimiento literario, entre ellas Bernardo Tasso y el cardenal Pietro Bembo, y luce su genio propio en una corte que goza del esplendor cultural que se iniciara con el rey aragonés Alfonso V. Allá compone sus mejores y últimas obras (varios sonetos y canciones, las tres Églogas y las dos Elegías). También se enamora de por lo menos una bella napolitana, que pasa, innominada, a la historia de la literatura.

Pero su otro ambiente le reclama. A mediados de 1535 forma parte de la armada napolitana que se dirige al norte de África para unirse a las tropas españolas. En julio los atacantes toman La Goleta y a continuación entran en Túnez. El 25 de noviembre regresan triunfalmente a Nápoles.

No permanece allá mucho tiempo. El emperador le requiere para ciertas misiones diplomáticas en Florencia, Milán y Génova, donde finalmente se reincorpora a las tropas españolas. Nombrado maestre de campo con mando sobre tres mil hombres, tiene el cometido de contener y rechazar los intentos franceses de entrar en Italia.

En Provenza, junto a la población de Le Muy, se encuentra con una fortaleza cuyos defensores se niegan a abandonar. Sin pensarlo mucho – o más bien nada – y con unos pocos seguidores, intenta superar la muralla con la ayuda de una escala. Una gran piedra lanzada desde arriba rompe la escala y el escalador cae mal herido. Unos días después muere en Niza.

Tenía 35 años. Es sabido que los elegidos de los dioses mueren jóvenes. Y Garcilaso lo era. Al menos, de los dioses del Parnaso.

Pero, ¿por qué mueren pronto? ¿Por qué muere joven Garcilaso? ¿Quién dictó la sentencia? Por una parte, parece significativo que hiciera testamento a los 28 años; aunque quizá esto fuese normal en un soldado. O quizá la clave del enigma se halla contenida en algunos pasajes de su propia obra.

En cualquier caso, ante el desenlace final, resulta inevitable recordar aquellas palabras del personaje de Borges:

En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio”.

[De Los libros de mi vida. Lista B]

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Cultura y poder (sabiduría clásica VII)

A propósito de la reciente elección de cierto líder político mundial, que se manifiesta sin complejos como lo que podríamos llamar “un patán con dinero”, he pensado en la diferencia sustancial que existe entre la antigüedad clásica y nuestro tiempo en lo que se refiere a la valoración de la cultura por parte del poder.

Iba ya a empezar a divagar sobre el asunto cuando he recordado que en mi ensayo Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas, traté fugazmente del tema en unos párrafos que también trasladé a este blog. Me complazco en reproducirlos a continuación porque creo que se adecuan perfectamente a esta serie sobre la sabiduría clásica.

Pero ¿tenía sensibilidad literaria el amo de Roma [Augusto]?

Una respuesta afirmativa a esta pregunta resultaría rara desde la perspectiva contemporánea, acostumbrada a líderes políticos semianalfabetos. Pero entonces no lo era en absoluto. Desde muy antiguo el político romano (que durante siglos no fue un ente aparte del ciudadano o del militar) solía ser un hombre no sólo instruido sino además amante de las letras y de algún tipo de conocimiento (agricultura, astronomía, historia, lingüística…).

El viejo Catón, ejemplo máximo de romano duro, opuesto a las blanduras de la influencia helenística, cónsul en 195 a.C., censor inflexible, escribió un tratado sobre la agricultura y varios libros sobre historia, que no se han conservado; Cicerón, orador, escritor magnífico y divulgador de la filosofía griega, gobernó la república como cónsul y nunca estuvo apartado (mientras se lo permitieron) de los asuntos públicos; Marco Terencio Varrón, político que ocupó diversos cargos, militar en la guerra civil al lado de Pompeyo y luego perdonado y recuperado por César, fue un famoso lingüista (De lingua latina) y autor de tratados sobre agricultura (Rerum rusticarum).

Pero no hay duda de que el caso más vistoso es el del mismo Julio César. Mientras no daba respiro a su ambición política, mientras dirigía la guerra de las Galias o la civil que le enfrentó a Pompeyo, César no dejó de escribir. Y no sólo las famosas crónicas bélicas, que por sí solas lo sitúan entre los mejores prosistas latinos, sino tambíen un tratado de gramática (De analogia) y por lo menos una tragedia (Edipo), que lamentablemente se han perdido. Y esta compaginación, tan extraña para los modernos, entre actividad política y excelencia cultural se mantuvo, al menos como desideratum, a lo largo de toda la época imperial hasta llegar al emperador-filósofo Marco Aurelio.

El mismo caso de Nerón, poeta y cantante frustrado, puede entenderse como una triste caricatura de aquella tendencia natural romana, sin olvidar que su consejero político durante años, Séneca, fue uno de los grandes escritores y filósofos de la época.

Bien, todo esto para decir que – a diferencia de lo que ocurre en nuestros tiempos – entre los romanos era normal que el máximo dirigente del estado tuviese sensibilidad literaria o artística y que, por lo tanto, es seguro que Augusto estaba en condiciones de apreciar la obra de Ovidio.”

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Ausiàs March, ira y amor II

 

Ausiàs March nació en 1397, o quizá en 1400, en la ciudad de Valencia, o quizá en la de Gandía. Era hijo de Pere March, descendiente de una rica familia catalana, servidora directa de la realeza – altos funcionarios, diríamos hoy -, que había sido ennoblecida en 1360. Tanto el padre como el tío Jaume, jefe de la rama familiar que había permanecido en Cataluña, eran hombres de letras y apreciados poetas.

Entre los 15 y los 18 años prestó servicios en la corte ducal de Gandía, donde prosiguió su formación tanto en el campo de las armas como en el de las letras, siguiendo en esto la tradición familiar.

Investido caballero en 1420, formó parte de la armada del rey Alfonso el Magnánimo y participó en la primera campaña italiana, combatiendo en Cerdeña y Córcega. Regresó a Valencia (dícese que aquella navegación de regreso le inspiró el bellísimo poema Veles e vents), mientras el rey Alfonso permanecía en Italia, donde acabaría convirtiendo Nápoles en la capital de hecho de la Corona de Aragón, rodeado de una corte de artistas y poetas, ya plenamente renacentista.

Tres años después Ausiàs participó en la lucha contra los piratas norteafricanos. Fue la última de sus aventuras exteriores. Pasó el resto de su vida entre sus residencias de Gandía y Valencia, cuidando de sus intereses señoriales. Como premio por los servicios prestados, se le concedieron determinados derechos jurisdiccionales sobre sus señoríos y fue nombrado Halconero mayor del reino, cargo de gran relevancia en la época, que ostentó durante cinco años.Sus relaciones con el Duque de Gandía no eran buenas, y fueron empeorando hasta que el ducado paso a manos de don Carlos, Príncipe de Viana, heredero real de triste destino, amante de las letras y de la cultura humanística, con el que Ausiàs mantuvo una relación cordial.

Retirado de la vida militar, nuestro poeta se dedicó de pleno a lo suyo: la creación literaria, el enamoramiento o seducción de mujeres y la organización y explotación de sus señoríos. En esto último se mostró muy efectivo (como en lo demás, de acuerdo con los resultados): mejoró el rendimiento de las tierras, creando una acequia que aún lleva su nombre, introdujo el cultivo de la caña de azúcar y defendió sus derechos señoriales mediante pleitos – a los que era bastante aficionado – o por otros medios.

En 1439, hacia los cuarenta años de edad, contrajo matrimonio con Isabel Martorell, hermana de Joanot, el autor de la novela Tirant Lo Blanc, obra famosa entre otras cosas por haber sido elogiada y salvada del fuego en el escrutinio de la basura caballeresca que tiene lugar en el Don Quijote de Cervantes. Pero Isabel murió a los pocos meses.

En 1443 casó con Joana Escorna, quien murió al cabo de once años, dejando al poeta hondamente abatido, si es cierto, como se supone, que los Cants de Mort le están dedicados.

Tuvo cinco hijos – ninguno de ellos de sus dos matrimonios – a los que en cierto modo reconoció favoreciéndoles en el testamento, aunque uno ya le había precedido. 

Ausiàs March murió en Valencia el 3 de marzo de 1459.

No obstante estar escrita en una lengua relativamente minoritaria en el mundo literario (si pensamos por ejemplo en el omnipresente italiano de Dante, Petrarca, Boccaccio, etc.), la obra de Ausiás March alcanzó pronto amplia resonancia. Ya en vida fue reconocido y seguido e imitado. El Marqués de Santillana, que lo conoció personalmente en la corte de Barcelona, escribió de él:Mosén Ausiás March, el qual aún bive, es grand trobador e omne de asaz elevado espíritu. Décadas después, antes de que se publicase la primera traducción al castellano (1539), Garcilaso de la Vega muestra y reconoce su influencia, y así otros varios poetas hasta llegar a Quevedo. De hecho, habían de pasar varios siglos para que la poesía en lengua catalana volviese a alcanzar el nivel en que la había situado Ausiàs March.

Tengo entre mis notas unas líneas en francés cuya origen, dado mi peculiar modo de trabajar, me es imposible precisar ahora. Tanto da, lo que importa es el contenido, que suscribo por entero:

Le plus grand poète de langue catalane du XVe siècle, Ausiàs March, nous laissé une vaste œoeuvre dont l’apparente hétérogénéité se résout dans l’exploration incessante de la nature de l’homme. La grandeur de sa poésie, à la beauté rude et violente, est d’avoir montré, au moyen d’images sombres et puissantes, les failles et les insuffisances de l’anthropologie médiévale et d’avoir su, par ces mêmes procédés poétiques, y apporter une réponse non pas théorique mais poétique, d’une puissance inégalée.
La poésie d’Ausiàs March est un univers poétique sombre…

Nada que añadir.

Bueno, quizá una traducción:

El poeta más grande en lengua catalana del siglo XV, Ausiàs March, nos ha dejado una vasta obra cuya aparente heterogeneidad se concreta en la exploración incesante de la naturaleza humana. La grandeza de su poesía, de una belleza ruda y violenta, consiste en haber mostrado, por medio de imágenes sombrías y potentes, los fallos y las insuficiencias de la antropología medieval y, por los mismos procedimientos poéticos, haber sabido aportar una respuesta no teórica sino poética, de una fuerza inigualada. La poesía de Ausiàs March es un universo poético sombrío…”

Y aquí, una de sus más bellas composiciones, cantada por otro poeta valenciano:

[De Los libros de mi vida. Lista B]

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Ausiàs March, ira y amor I

Doscientos años después de la conquista de tierras valencianas por catalanes y aragoneses, cuando las nuevas lenguas (catalán en la zona costera, más poblada; castellano en zonas del interior), están ya del todo asentadas, un caballero, descendiente de aquellos catalanes invasores, escribe:

Ffantasiant, Amor a mi descobre
los grans secrets c·als pus suptils amaga
e mon jorn clar als hòmens és nit fosca 
a visch de ço que persones no tasten.

El caballero se cree único. Único capaz de acceder a los grandes secretos que Amor oculta a las mentes más sutiles; único capaz de gozar del día claro, que para los demás es noche oscura; único capaz de alimentarse de manjares, que los demás ni siquiera prueban.

Se ha señalado esta actitud como la afirmación de una individualidad a ultranza frente a la incardinación absoluta del individuo en lo colectivo, propia de la Edad Media y de toda sociedad poco evolucionada. Pero yo creo que no solo se trata de eso. Voces personalísimas y subjetivas habían sido las de Petrarca y Dante, entre otras. Lo que distingue a nuestro caballero es, además de la fuerte conciencia de individualidad (Jo só aquest que em dic Ausiàs March), la convicción de que nadie está a su altura en el conocimiento – y goce y sufrimiento – de los secretos del espíritu y, sobre todo, del amor.

Orgullo, soberbia, sentido de la propia superioridad (social, intelectual y moral), espíritu analítico, profundidad, fantasía, melancolía, son rasgos que caracterizan al hombre llamado Ausiàs March.

Perteneciente a la baja nobleza, hijo de otro caballero también poeta, además de la formación propia de su estamento, tuvo una educación libresca, habitual en su ambiente familiar. Y así, al tiempo que vive plenamente la vida feudal en su fase de decadencia, da a luz una poesía difícilmente comparable con la que se escribe en su época.

La poesía de los trovadores, escrita en la lengua provenzal que había dominado (literariamente) extensas zonas geográficas, y que incluso había sido utilizada por poetas catalanes, aragoneses, italianos y hasta algún inglés, como el rey Ricardo Plantagenet, era ya cosa del pasado, si bien conservaba su prestigio. March parte de ella para adentrarse en otros mundos, allá donde se guardan los “grandes secretos”.

En realidad, la deuda con los poetas provenzales es escasa. En cuanto a la forma, prescinde de casi todos sus artificios formales, de su métrica elaboradísima, para conservar solo el decasílabo con cesura tras la cuarta sílaba, salvo en contadas composiciones.

Pero es en el fondo donde difiere claramente. El motivo central sigue siendo el mismo: la mujer, la dama amada por el poeta; el tratamiento y la intención son por completo diferentes. Para el provenzal, la dama es un ser adorable – en el sentido literal de la palabra – a la que canta su amor con independencia de cuál sea su realidad personal. Para March, la mujer amada es una persona real, que despierta en el poeta sentimientos encontrados – que él querría siempre espirituales – y que con frecuencia le decepciona.

Sentimientos encontrados, nunca mejor dicho. Porque todo el conocimiento literario adquirido, que le permite citar a Ovidio o Dante, y el filosófico, que ha aprendido en Aristóteles y los escolásticos, los aplica en exclusiva al análisis de los propios sentimientos, que están siempre en terrible contienda (Dintre meu sent terrible baralla, o bien, Ira i Amor dins mi van debatent).

La mayor parte de su obra, compuesta por 128 poemas, va dirigida a la amada – mejor dicho, a las amadas -, mujeres concretas a las que identifica con un senhal (recurso heredado de la lírica provenzal), como Plena de seny (llena de prudencia), Llir entre carts (lirio entre cardos), Mon darrer bé (mi último bien), Foll amor (loco amor), Amor, amor. Solo de la denominada Llir entre carts se ha podido establecer la identidad: una dama casada, de nombre Teresa Bou.

El poeta siente la necesidad de amar, y con un amor plenamente espiritual. Pero fracasa. Y es que el tipo de amor que pretende no se puede realizar. En esto quizá fueron más sabios los provenzales y los del dolce stil nuovo, piensa el comentarista de hoy, cuando se inventaban la dama para cultivar los propios sentimientos en el jardín particular del invento. March se las tiene que ver con personas de carne y hueso, a las que a veces reprocha el tener el cor deshonest o l’enteniment enferm.Además de por los amatorios, la obra de Ausiàs March está formada por otros grupos de poemas: los morales, en los que trata problemas teóricos relacionados con el bien, las limitaciones humanas, las teorías del amor; los de muerte, donde expresa el dolor provocado por la muerte de la amada (quizá una de las dos esposas), y finalmente el hondamente sentido Cant espiritual, en el que se dirige a Dios suplicando le de a conocer los caminos por los que un pecador como él puede acceder al perdón.

Y es que no hay duda de que Ausiàs March fue un perfecto pecador. La soberbia de un señor medieval, que a veces llega a la crueldad, la sensualidad, la lujuria de una masculinidad que no puede frenar (tuvo varios hijos, ninguno de los dos matrimonios) no se avienen con el mensaje de Cristo, algo desvirtuado por los usos sociales de la época, es cierto.

Solo el afán de escalar cimas espirituales le salva ante sí mismo, el ansia de buscar por el camino del amor los grandes secretos vedados al común de los mortales. Por doloroso que sea el ascenso. Porque sin ese dolor no puede vivir.

Y así, cuando el amor se ausenta, lo llama desesperado y hasta le ofrece su libertad de caballero indómito:

¿Qui·m tornarà lo temps de ma dolor
e·m furtarà la mia libertat?

 [Continúa]

[De Los libros de mi vida. Lista B]

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