Archivo mensual: abril 2020

De senectute (sabiduría clásica VIII)


O sea, Sobre la vejez. He pensado que, para dar una idea de cómo las mentes más lúcidas de la antigua Roma encaraban el hecho de la vejez, nada mejor que ofrecer una breve selección de frases de la obra de Cicerón 
Cato MaiorDe senectute (Catón el Viejo. Sobre la Vejez).

De senectute se desarrolla en forma de un diálogo imaginado entre dos personajes famosos de la época (hacia el 150 a.C.), Escipión Emiliano y Cayo Lelio, por una parte, y Catón, llamado el Viejo, por otra, bisabuelo del Catón contemporáneo de Cicerón. Los dos primeros, más bien jóvenes, interrogan al anciano Catón sobre cómo soporta tan admirablemente la vejez. Catón contesta con una serie de reflexiones, ejemplos y consejos, de los cuales va a continuación una pequeña muestra.

La traducción corresponde a Eduardo Valentí Fiol.

…la vejez. Todos desean alcanzarla y, al tenerla, la vilipendian.

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Muchas veces, en efecto, he presenciado las lamentaciones de gente de mi edad.[…] Mas la culpa de todas estas lamentaciones radica en el carácter, no en la edad. Pues los ancianos que son morigerados, que no son ni agrios ni impertinentes, llevan una vejez soportable; mientras que la acritud de carácter y la grosería son pesadas en cualquier edad.

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Pero la memoria se debilita. Lo creo, si no la ejercitas o si eres tardo de natural.

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Hay que resistir a la vejez, Escipión y Lelio, poner cuidado en compensar sus defectos, luchar con ella como con una enfermedad, tener cuenta de la salud, usar de ejercicios módicos, tomar el alimento suficiente para rehacer las fuerzas sin agobiarlas. Y no hemos de limitarnos a cuidar del cuerpo, sino mucho más de la inteligencia y del espíritu; pues estos también, como la lámpara a la que no se echa aceite, se extinguen por efecto de la vejez. Además, un exceso de ejercicio fatiga y vuelve pesado el cuerpo; el espíritu, en cambio, ejercitándose se hace más ágil.

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… estos ancianos crédulos, desmemoriados, negligentes, defectos que no son peculiares de la vejez, sino de una vejez inactiva, indolente y soñolienta.

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Pues la vejez es honorable a condición de que se defienda a sí misma, mantenga sus derechos, no se haga sierva de nadie, conserve hasta el último aliento el dominio sobre los suyos.

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dedico también mucho tiempo a la literatura griega, y para ejercitar mi memoria, observo la costumbre pitagórica de recapitular por la noche todo lo que durante el día he dicho, hecho u oído.

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Pero el cosquilleo, por decirlo así, del deleite no es tan vivo en los ancianos. Lo creo, pero el deseo es también menos vivo, y no es molesta la privación de lo que no se echa de menos.

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La corona de la vejez es la autoridad.

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Tiene la vejez, especialmente la adornada con honores públicos, tan grande autoridad, que ella sola vale más que todos los placeres de la juventud.

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Ni canas ni arrugas pueden conferir repentinamente autoridad: antes bien, la vida anterior pasada honorablemente recoge la autoridad como un último fruto.

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Pero, dicen, los viejo son de mal humor, inquietos, irascibles y difíciles de carácter. Si bien lo miramos, hasta avaros; pero estos son defectos del carácter, no de la vejez. Y con todo, el malhumor y los defectos que he dicho tienen excusa en cierto modo, no justificada, por cierto, pero que parece poder aceptarse: se creen despreciados, desdeñados, burlados; además, en un cuerpo frágil todo tropiezo es molesto. Sin embargo, todos estos defectos los dulcifican las buenas costumbres y la educación. […] Así como no todos los vinos se agrían con los años, tampoco todos los caracteres.

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Cuanto más me acerco a la muerte, mejor me parece divisar, por así decir, la tierra y el puerto al que tras larga travesía me toca por fin llegar.

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Aquel breve resto de vida que les queda ni han de apetecerlo los ancianos ni han de renunciar a él sin motivo; y Pitágoras prohibe que sin permiso del general, o sea de dios, nadie abandone la guardia y el puesto de la vida.

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Hay unos deseos extremos de la vejez; por tanto, así como mueren los afanes de las anteriores edades, mueren igualmente los de la vejez; y cuando esto sucede, la saciedad de la vida trae consigo el tiempo maduro para la muerte.

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Y el hecho de que cuanto más sabio es uno mayor es su serenidad al morir, cuanto más necio mayor su desesperación, ¿no os parece que es porque aquella alma de vista más clara y de mayor alcance ve que parte para un estado mejor, mientras aquella otra, de mirada menos penetrante, no lo ve?

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No me gusta a mí quejarme de la vida, como a menudo hicieron muchos varones y doctos por cierto, ni me arrepiento de haber vivido, puesto que viví de modo que puedo pensar que no nací en vano, y salgo de esta vida como de un albergue, no de una casa. Pues la naturaleza nos dio una posada para parar, no para habitarla.

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Que si yerro al creer que las almas humanas son inmortales, gustosamente yerro, y no quiero que me arranquen, mientras viva, este error en el que me complazco; ahora, si después de muerto no he de sentir nada, como piensan ciertos filósofos insignificantes, no temo que los filósofos difuntos se burlen de este error mío. Que si no hemos de ser inmortales, es con todo deseable que el hombre se extinga a su debido tiempo; pues la naturaleza ha puesto un límite a la vida, como a todas las demás cosas. Y la vejez es en la vida como la escena final de un drama, del cual hemos de evitar el cansancio, sobre todo cuando ya estamos saciados.

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Plan Finlay para el Desconfinamiento

 I

Soy Austen Finlay, biólogo. Es posible que a la mayoría mi nombre no le diga nada. Sin embargo, no hace mucho tiempo fui fundador y presidente del Instituto Científico para la Regresión Humana, cuyos logros, reconocidos y aplaudidos por la comunidad científica mundial, no fueron suficientes para salvar aquella empresa de los vetos políticos fundamentados en curiosas objeciones “morales”.

Ahora que el planeta empieza a librarse de la terrible pandemia que ha diezmado a la humanidad, he sido requerido por el flamante Gobierno de Unidad Mundial para diseñar el Plan o protocolo para el desconfinamiento escalonado de la población.

El Plan ya está diseñado y entregado a la autoridad competente, que espero no ponga ninguna objeción a su aplicación inmediata, dada la solidez manifiesta de las razones en que se sustenta.

Este comunicado lo dirijo a la opinión pública con el fin de prevenirla sobre los aspectos que quizá no entienda a primera vista y convencerla de la absoluta necesidad de la aplicación del punto 6.6.6. que, estoy seguro, será el que mayor oposición ha de encontrar, dados los prejuicios “morales” tan arraigados en el género humano.

II

En el conjunto del Plan se desarrolla y especifica las fases que habrá de seguir el desconfinamiento gradual. En el citado punto 6.6.6 se trata del caso de los muy mayores de edad, a los cuales se aplicará lo siguiente.

1. Los mayores de 65 años integran el último segmento de la población que podrá salir del confinamiento, doce meses después del segmento inmediatamente anterior.

2. En el caso que se observase a alguna persona mayor de esa edad circulando por la vía pública antes del fin oficial de «su» confinamiento, la fuerza pública podrá disparar sobre ella sin ningún requisito previo.

3. Dado que son numerosas las personas mayores de 65 que ofrecen un engañoso aspecto juvenil, todas las que hayan superado esa edad estarán obligadas a llevar, cosido en la ropa y en lugar bien visible, un distintivo en el que figure la silueta de un anciano con bastón. El incumplimiento de está obligación comportará la muerte inmediata a cargo del agente de la autoridad más próximo.

4. Toda persona, al llegar a los setenta años – y por supuesto todas las que los han superado –, será eliminada por un medio indoloro. Los detalles del procedimiento de eliminación se contienen en la adenda del mismo Plan titulada Solución Final.

5. Solo en el caso de que la persona que alcance esa edad siga siendo útil a la sociedad por su labor científica, intelectual o artística, se podrá conceder una prórroga, que en ningún caso podrá superar los 75 años de la persona en cuestión.

III

Parece absurdo tener que defender la conveniencia y racionalidad de las medidas contenidas en el Plan, sin embargo el nivel de mogigatería e hipocresía alcanzados por la sociedad – principalmente la occidental – lo hace necesario, aunque solo sea para que los opositores moralizantes puedan verse en el espejo invertido de su cobarde hipocresía.

Todo el mundo sabe, aunque muchos se esfuerzan en hacer ver que lo ignoran, que la vejez es una fase de la vida que comporta las siguiente características:

Es estéril. La inmensa mayoría de los viejos pasan todas las horas del día pasivos, adormilados, sin ningún beneficio ni siquiera para ellos mismos. Adiestrados para actuar y trabajar y ahora privados de esta posiblilidad (y de fuerzas para realizarla), viven sus últimos días como peces fuera del agua. Las escasísimas excepciones están previstas y tratadas en el punto 5 este comunicado.

Es improductiva. El producto mundial bruto no crece ni una millonésima de punto por la (no) actividad de esos individuos.

Es costosa. Los gastos públicos en sanidad, pensiones, seguridad social, etc. son cuantosísimos. De modo que, si se aplicase el Plan, la economía del planeta recibiría un impulso inimaginable.

Es antiestética. La eliminación de la presencia de los viejos en calles y lugares públicos ahorraría a la humanidad el efecto depresivo que genera la visión continua de esos semicadáveres que deambulan por nuestro mundo como tétricos heraldos de la muerte.

IV

Si el Plan se lleva a la práctica en todos sus detalles una nueva humanidad poblará la tierra. Joven, sana, feliz. Sin la presencia continua del dolor y la muerte, anticipados en la visión de esos cuerpos caducos que hoy la asedian.

Los seres humanos seguirán muriendo, como siempre, pero la muerte, en vez del final de un paulatino deterioro humillante, doloroso e insoportable, se convertirá en un simple y limpio trámite burocrático con fecha conocida.

¿Quién no prefiere esto que la angustia y el desconcierto que reinan en el presente?

  Austen Finlay,  biólogo papiniano

 

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¿Los has leído todos?

El libro es ya un objeto ajeno a la mayor parte de la población.

La frase es de Jordi Llovet, eminente humanista y ex profesor universitario, y la leí en una entrevista que le hicieron no hace mucho. Estos días me ha venido a la cabeza y no consigo sacármela de encima. Así que me pongo a escribir, que es lo que hacen los que escriben cuando quieren sacarse algo que se les ha metido en la cabeza.

Supongo que la razón de la súbita emergencia de la frase desde el almacén de la memoria tiene que ver con la situación actual, quiero decir, con el confinamiento que sufre la población por causa de la Primera Pandemia del siglo XXI.

Porque desde un principio me pregunté ¿cuántas personas llenarán el tiempo vacío dedicándose a la lectura de libros? Pocas, me contesté, muy pocas. Y es que la lectura necesita de un aprendizaje, y si no te la has incorporado como costumbre, difícilmente te servirá para resolverte un bache social y vital como el que ahora sufrimos.

Yo, de la frase de Llovet, eliminaría el “ya”, porque da la sensación de que, antes, el libro no era un objeto ajeno a la mayor parte de la población. Y yo creo que sí, que siempre lo ha sido, en mayor o menor medida.

Vuelvo la vista atrás, a un tiempo situado antes de internet, antes de la televisión incluso (que ya es ser vetusto) y veo las viviendas de parientes, amigos de los padres, vecinos y conocidos. Raramente se divisa un libro, quizá alguno un poco ostentoso, eso sí, que forma parte de la decoración de la sala de estar.

Pero mucha gente leía, se dirá. ¿Más que ahora? Quizá sí, pero un tipo de literatura que no sé si cabe computar como lectura de libros: novelitas románticas, policíacas (recuerdo entrañable de las del FBI de los años 50) y del Oeste. Ese tipo de libro ya no existe porque ha sido sustituido por las series televisivas, las PlayStation y por todo lo que vomitan los canales internáuticos. Desaparición que justificaría el “ya” del amigo Jordi.

No, el libro nunca ha sido un objeto mínimamente apreciado por la sociedad en general. Y si en algunas sociedades o civilizaciones se ha impuesto, como con el judaísmo, el islamismo y el protestantismo fundamentalista, ha sido siempre en forma de libro único que no admite competencia, lo cual da mucho miedo, mucho más miedo que la ausencia absoluta de libros.

Lo extraño o paradójico del asunto es que, tratándose de un objeto ajeno a la mayor parte de la población, perviva respecto a él cierto respeto reverencial. Porque solo esto explicaría la batería de excusas tontas, infantiles y falsas que suele esgrimir el no lector: “me gustaría, pero no tengo tiempo para leer”, “los libros son muy caros” (se nota que no ha dado un vistazo a las colecciones donde se contiene lo mejor de la literatura universal a precios irrisorios), etc. o, en fin, el indisimulado asombro con que el visitante de una vivienda, provista de una superficie no exagerada de estantes con libros, exclama:

¿Los has leído todos?

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Gerontofobia

… senectus; quam ut adipiscantur omnes optant, eandem accusant adeptam. Tanta est stultitiae inconstantia atque perversitas. (Cicero: De senectute)

Me he enterado de que el código penal de este país – y los de otros varios, supongo – cuenta desde hace unos años con una nueva figura delictiva: el delito de odio. La ocurrencia me ha hecho sonreír: ¿para cuándo el delito de envidia? ¿o el de menosprecio? ¿o el de tedio? Y es que las pasiones no pueden constituir un delito, a no ser que se plasmen en acciones u omisiones criminales, pero cada una de éstas ya está tipificada por sí misma.

Por otra parte, he de reconocer que el odio es quizá la pasión que más conductas delictivas genera. Sobre todo, el odio a ciertos colectivos.

Los colectivos que más odio concitan son por todos conocidos: extranjeros, pobres, ciertas razas o religiones, etc. Odios que, por cierto, suelen ser agitados y manipulados desde determinados centros políticos. Pero hay uno que, por no habérsele encontrado de momento rendimiento político claro, permanece en un discreto segundo plano, no obstante la insistencia de sus manifestaciones. Me refiero a la gerontofobia, el odio a los viejos.

Un amigo mexicano, de visita en nuestro país, quedó asombrado por la ingente cantidad de ancianos que veía por las calles. Y es que España, como toda Europa, se está convirtiendo en la reserva mundial de viejos. Pero esto es buena señal: indica que aquí se vive bien y por largo tiempo. Claro que también significa una pesada carga para los jóvenes, es decir, para los que desean alcanzar la condición de viejos. Y esto, añadido al nada agradable efecto estético de su sola presencia y a las molestias que suelen ocasionar, creo yo que va propiciando la salida de la gerontofobia del armario social.

En México no hay gerontofobia. Bueno, lo que al parecer no hay son viejos. Es como ocurría aquí por los años 60 del pasado siglo: ante las noticias sobre los conflictos raciales en Estados Unidos, un personaje del régimen político de entonces sentenciaba orgulloso: en España no hay racismo. No, corregía el sentido común (normalmente vetado por el gobierno), lo que en España no hay son negros.

No se puede legislar sobre las pasiones. El odio es irreprimible. Como el amor. El odio ha llenado las páginas de la historia, desde aquel Aníbal que, a los nueve años, juró “odio eterno a los romanos” hasta los modernos fundamentalistas. El amor ha llenado las páginas de la literatura, desde el vivamus atque amemus, de Catulo, hasta el amor, terror de soledad humana, de Cernuda. Respetómoslos.

Y al gerontófobo deseémosle larga vida. Muy larga. Para que, mucho antes del final,  le sorprenda en el espejo el rostro odiado y, a partir de ahí, pase el resto de su boba existencia en compañía de las repugnantes arrugas y los molestos achaques ya no ajenos.

                                                                               ***

Todos desean alcanzar la vejez y, al tenerla, se quejan de ella. Tanta es la inconstancia y la perversidad  de la insensatez. (Cicerón: De la vejez)

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