Archivo mensual: mayo 2017

LEOPARDI. El silencio infinito I

leopardiEl 29 de junio de 1798 nace un niño en el seno de una de las familias más nobles de Recanati. Sus padres son el conde Monaldo y la marquesa Adelaide Antici. El lugar está situado en la región de las Marcas y pertenece al Estado Pontificio. El aspecto del niño no parece augurar un desarrollo normal. Pero la vida se aferra con fuerza al pequeño Giacomo y no lo soltará hasta después de haberlo sometido a toda clase de maltratos, dejándole solo la ventana abierta al horizonte infinito del pensamiento y la imaginación.

El hogar familiar es un caserón enorme y lóbrego, habitado por las sombras de pasadas glorias. El padre, el origen de cuya nobleza se remonta a las época de las cruzadas, es un hombre poco práctico, mal administrador y de ideas que ya habrían sido consideradas reaccionarias antes de la “maldita” revolución francesa. Pero adora los libros, hasta el extremo de que, pese a su ultraclericalismo, no se ha abstenido de aumentar su enorme biblioteca con los productos de los saqueos de monasterios ocurridos en las breves ocupaciones napoleónicas. La madre, seca y fría como roca de los Apeninos, lleva con mano de hierro la administración familiar, siempre de escasos recursos, y parece que no conoce el amor materno, ni de ninguna otra clase.casa leopardi recanati

En los primeros años de su vida, el pequeño Giacomo gusta jugar y corretear con sus hermanos Carlo y Paolina por los vastos recintos del palacio. Pero tiene que detenerse a menudo; su débil salud no le permite los naturales esparcimientos de otros niños.

Y además está la biblioteca, donde empieza a descubrir un mundo, quizá más estructurado y real que el ignorado que se agita al otro lado de los muros.

El padre confía su educación a preceptores eclesiásticos, que vuelcan sobre el niño toda la tradición pedagógica jesuítica-humanista. Hasta que renuncian, confesando que ya no tienen nada más que enseñar al pequeño prodigio.

Y es que, además, está la biblioteca, donde el niño amplía sin cesar sus conocimientos – al principio bajo la atenta vigilancia del padre – sobre todo en materia de la antigüedad griega y romana. Aprende, en parte por su cuenta, hebreo, griego, latín, inglés, español, francés. Traduce el Arte poética de Horacio y escribe un par de tragedias. Todo esto hasta los 15 años. A esta edad escribe una muy documentada Historia de la astronomía y a a los 17 un ensayo Sobre los errores populares de los antiguos. El padre queda tan asombrado ante las proezas del hijo adolescente que levanta todo control sobre las consultas a la biblioteca.

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A través de dos revistas de Milán, La Biblioteca Italiana y Spettatore italiano, el joven Giacomo se pone en contacto con ciertos intelectuales de primera fila, como Antonio Stella, que le publica algunos trabajos en su revista, y Pietro Giordani, con el que mantendrá una larga y afectuosa correspondencia en la que no se ahorrará la expresión de sus sueños y desazones íntimas.

Precisamente en ese período, entre los 16 y los 17 años, se produce un desplazamiento decisivo en las prioridades de sus intereses: el afán erudito y anticuario cede el puesto a la contemplación intimista y a la expresión poética. Nace el gran poeta, el más grande, por lo menos en intensidad y profundidad, del romanticismo italiano. 

Pero los problemas de salud no cesan de agravarse, la mala conformación corporal de origen y las largas jornadas ininterrumpidas de estudio confluyen en un desarrollo enfermizo, con el resultado de un cuerpo contrahecho. Y pronto se añaden los problemas de los ojos, que le obligan a suspender en ocasiones sus estudios.

Por otra parte, el ambiente de la casa familiar de Recanati cada vez le resulta más agobiante. Proceso al que ayuda la disparidad entre sus propios horizontes intelectuales – a través de los filósofos franceses del siglo anterior ha llegado a un ateísmo sin concesiones – y los angostos límites de la tradición familiar.

Siente que la libertad no está solo en los libros, sino también más allá de los límites del jardín paterno. Y en julio de 1819, a los 21 años, intenta la fuga, que resulta frustrada por el padre.

Es entonces, en septiembre del mismo año, cuando el poeta alcanza una de sus cimas dando a luz L’Infinito, breve composición de quince versos, cumbre de la poesía leopardiana del período comprendido entre los 18 y los 25 años, tras el cual se abre un paréntesis más dedicado a la reflexión llamémosle filosófica.

En noviembre de 1822 se traslada finalmente a Roma, como huésped del tío Carlo Antici (nada que ver con el universo mental de la hermana), pero se lleva una decepción. De las glorias antiguas que conoció en los libros solo quedan unas piedras desgastadas; todo es mediocridad y tristeza. Solo ante la tumba del poeta Tasso, con el que se siente afín en muchos aspectos, piensa que su estancia romana ha valido la pena.roma ottocento

Vuelve a Recanati, donde empieza la redacción de las Operette morali (traducidas en general como Diálogos) en las que imagina conversaciones entre personajes de toda índole (la Moda y la Muerte, la Luna y la Tierra, Tasso y su Genio familiar, Plotino y Porfirio, etc) repletas de agudeza, de ironía y de amargura ante la contemplación de las ridículas ilusiones humanas. Por ejemplo, el diálogo entre un Duende y un Gnomo tiene lugar en una Tierra de la que ha desaparecido el género humano, o sea, aquellos seres que creían que el planeta entero estaba a su servicio, y que ahora, inexistentes ellos, sigue girando en los espacios como si tal cosa. Y no se sabe en qué fechas – se publicaron póstumos – escribió sus Pensieri (Pensamientos). Y, desde los 19 años, el Zibaldone, especie de cajón de sastre de sus reflexiones, que se extiende a lo largo de quince años y cuatro mil páginas.

Pero es en la poesía, a la que regresa con fuerza en 1829, donde, a mi entender, se contiene el mejor Leopardi o, para ser exacto, el más depurado, porque en ella se combinan y se expresan, bajo la forma más bella, el intimista y el pensador. (continúa)operette

(De Los libros de mi vida. Lista B)

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LEOPARDI. El silencio infinito II

boloniaLa vida social de Leopardi siguió girando por entero en torno a sus intereses literarios. Los amigos Stella y Giordani le aportaron otras amistades, en especial en Florencia y Bolonia, ciudades en las que residió por breves temporadas. Amistades escasas pero de calidad, como lo demuestra el hecho de que en 1830, habiendo roto definitivamente con la familia y sin recursos económicos, le fuese concedida una asignación mensual por “los amigos de Toscana”. Hecho que aún resulta más chocante si pensamos que era un escritor poco conocido y nada dado a las intrigas de promoción.

Pero no hay duda de que tendría su prestigio, pues fue propuesto y designado diputado de la Asamblea Nacional de Bolonia, ingenuo intento liberal que fue al momento abortado por la bota austriaca.

En 1831 se publican en Florencia los primeros Cantos, que reafirmarán y extenderáncanti su fama de gran poeta. En la misma ciudad conoce a Antonio Ranieri, joven escritor y filósofo napolitano, con el que inicia una firme amistad.

En 1833 viaja con Ranieri a Nápoles, y desde entonces reside en casa del amigo. En el 34 se publica la segunda edición de los Diálogos. En el 36 escribe La ginestra o il fiore del deserto (La retama o la flor del desierto), que será su último poema.

Pero no es que haya decidido abandonar la poesía: es la vida la que ha decidido abandonar al poeta, siempre de salud débil y que nunca se ha hecho ilusiones sobre el valor de la existencia humana, al igual que la humilde flor del desierto que, “más sabia y mucho menos enferma que el hombre, nunca has creído que tus frágiles descendientes por el hado o por ti misma hayan de ser inmortales”.

El tema se lo había inspirado la visión de la retama que crece en la ladera del Vesubio y que podía contemplar desde Torre del Greco, donde se había trasladado con Ranieri y la hermana de éste huyendo del cólera que se había declarado en Nápoles.

vesuvioMurió poco después, de un edema pulmonar, en la misma ciudad de Nápoles, asistido por los dos Ranieri. Tenía 39 años.

Leopardi nos dejó una obra de rara coherencia. Los temas y la intención de su poesía son en parte los mismos que los de sus obras de pensamiento. Hay cantos dedicados a la patria, nostalgias de tiempos pasados y anhelo de un futuro luminoso (All’Italia, Sopra il monumento di Dante…); a la naturaleza (Alla Primavera, Alla Luna…); autobiográficos (A Silvia, Le Ricordanze…); amorosos (Il primo amore, Aspasia…), y los directamente filosóficos, desde una perspectiva existencial (Amore e Morte, A se stesso, La Ginestra, Canto notturno di un pastore errante dell’Asia…).

El amor, siempre como sentimiento a la vez dulcísimo y torturador, y ajeno a toda posibilidad de realización; los recuerdos de impresiones pasadas, la nostalgia; el tedio, nacido de la intuición de que todos los mundos visibles e invisibles no satisfacen los más profundos anhelos humanos; la nada infinita, descubierta por el tedio; la vanidad, que hace creer al ser humano que es alguien o que será algo, cuando en realidad se halla perdido, ignorado por una Naturaleza que seguirá moviéndose impertérrita cuando la ilusa humanidad haya desparecido. Estos son los temas de la poesía leopardiana.

Es cierto que, así enumerados, pueden producir la impresión de que estamos ante una obra oscura, deprimente. Pero no es menos cierto que la virtud catártica del arte suele producir – y en Leopardi produce sobradamente – la impresión contraria, es decir, la de una especie de augusta serenidad y aceptación. Esto es lo que sin duda advierte Unamuno cuando observa que el pesimismo de Leopardi es algo positivo, que se trata de un “pesimismo trascendente y poético, de un pesimismo creador”.

Como pensador, Leopardi no ha sido tan universalmente apreciado. Papini, por ejemplo, afirma que era “un grandísimo poeta, un artista excelente, pero un razonador mediocre”. Por supuesto que hay que tener en cuenta que el que así opina es un pensador convertido al catolicismo. Pero de todos modos algo hay de cierto en sus palabras. Y es que el pensamiento leopardiano no consiste en un sistema de sanctisestructurado de ideas; es más bien la expresión inmediata de lo que en el sujeto produce la visión de un mundo, un universo, despojado de las ilusiones con que lo engalana la fantasía humana (supremacía del hombre sobre la naturaleza, inmortalidad del alma, progreso indefinido, etc.).

Quizá el que mejor definió la virtud de la poesía leopardiana en el sentido de las palabras antes citadas de Unamuno fue el crítico e historiador de la literatura Francesco De Sanctis:

Leopardi produce el efecto contrario del que se propone. No cree en el progreso y te lo hace desear, no cree en la libertad y te la hace amar. Llama ilusiones al amor, la gloria y la virtud y enciende en tu pecho un deseo incontenible…

De Sanctis, por cierto, fue el primer escritor italiano que se interesó por Schopenhauer y, como no podía ser de otra manera, enseguida estableció una conexión entre el filósofo alemán y el poeta de Recanati, que desarrolló en el ensayo en forma de diálogo Schopenhauer y Leopardi, publicado de 1858.

Y es que el parentesco intelectual entre pensador y poeta es evidente. Solo hay que recordar estos versos               il brutto
poter che, ascoso, a comun danno impera,
e l’infinita vanità del tutto

y pensar que todo el empeño del filósofo consistió precisamente en desenmascarar y dar nombre a ese horrible poder que, oculto, para común daño impera.

(De Los libros de mi vida. Lista B)

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