CONVERSACIONES CON PETRONIO IX

Pasé dos largos días sin ver a Petronio. Al tercero, la impaciencia me consumía. Al mediodía me acerqué a su casa con la esperanza de encontrarle ya levantado y con el deseo de que las especiales circunstancias del último día no hubiesen de influir negativamente en nuestras relaciones. Al principio no pudo ser peor.

El nuevo portero, que no me conocía, me negó la entrada. Dijo que su señor descansaba todavía y que no estaba prevista ninguna visita a aquella hora. Yo insistí, alegando que era persona de la máxima confianza de su amo y que, en situaciones como aquella, solía esperarle en el atrio, en el jardín o leyendo en la biblioteca. No hubo manera. Iba ya a abandonar cuando apareció Eutimio, y todo se arregló al momento. Entonces comprobé lo que ya suponía: que a pesar de su juventud el muchacho era la persona de mayor influencia en la casa.

Me acompañó al interior y me dijo que podía esperar a Petronio donde quisiera salvo, tal vez, en la biblioteca. Le agradecí la amabilidad, atribuyendo el detalle a su conocimiento de mi indisposición de días atrás, y me dirigí al jardín.

La tarde era desapacible. El cielo amenazaba lluvia. Pensé que sería mejor ponerme a cubierto. Entonces oí una voz. Era una voz clara, perfectamente modulada que venía de los ventanales de la biblioteca; una voz de mujer joven, muy joven quizá, pero firme y de una sonoridad cristalina. Me situé debajo de uno de los ventanales y escuché con atención.

Pero que arranquen de mi corazón tus labios

este fiero dolor, y la misma medicina expulse

de mi alma la enfermedad

para que tanto furor no rompa mis nervios lacerados

y no muera por el crimen de haberte conocido.

Mas si esto consideras excesivo

suplico que al menos me concedas

que, agotado mi tiempo, en tus brazos de nieve me cobijes

y, cumplido el destino, me vuelvas a la vida.

Reconocí aquellos versos: eran de Petronio. Pero nunca imaginé que se pudiesen recitar de aquella manera. La voz cesó. No se oía nada. Una enorme curiosidad se me impuso por encima de cualquiera otra consideración. Me dirigí a la puerta que desde el jardín daba a la biblioteca y entré.

La mujer estaba allí, de pie, frente a un volumen desplegado sobre un pupitre. Tuve un sólo instante para apreciar el perfecto dibujo del perfil de su rostro. Se volvió hacia mí y me observó de arriba abajo.

-¿He de esperar mucho? -preguntó, fijando en los míos sus ojos claros, transparentes.

-No lo sé. No soy de la casa.

-Entonces debes ser Lucio, ¿no?

Aquella mujer me conocía, había oído hablar de mí.

-Sí, soy Lucio, y perdona la intromisión. Te he oído leer y no he podido resistir la curiosidad. Nunca había oído recitar de esa manera, te lo aseguro.

-¿Tan mal lo hago?

-Al contrario, al contrario…

Me quedé sin palabras. De pronto, noté que mi rostro enrojecía y que no podía hacer nada por evitarlo.

-A ver, acércate -dijo con naturalidad- ¿Cómo lo leerías tú?

Me acerqué. Dirigí la mirada al volumen abierto, pero ni siquiera fui capaz de localizar los versos que acababa de escuchar. La proximidad de la mujer aumentaba mi turbación. Todo mi cuerpo era un incendio. Me separé un poco y dije como pude:

-Soy un lector pésimo, y no creo que haya nadie que pueda leerlo mejor que tú.

-No exageres, Lucio. ¿Qué edad tienes?

-Veintiún años.

-Como yo. Pero permíteme que te diga que pareces más joven.

-Lo dices por mi timidez, supongo. No puedo evitarlo.

-Ni tienes por qué. No te cae mal. Oye, supongo que eres un experto en la obra de Petronio.

-Nadie más experto que él mismo, y estamos en su casa -dije, mientras trataba de serenarme.

-No me interesa la opinión de Petronio. Si lo conoces bien, habrás observado que lo que habla apenas tiene que ver con lo que escribe. Aquí, en estos versos, hay un misterio que no logro entender. Si se lo pregunto, seguro que me contestará con una de sus frases ambiguas y brillantes que nada significan. Me interesa tu opinión.

La posibilidad de un juego dialéctico, por insignificante que fuese, acabó por devolverme todo el aplomo posible dadas las circunstancias.

-Perdona que te contradiga, pero nunca he oído pronunciar a Petronio frases ambiguas o que nada signifiquen. Por el contrario, no ha habido pregunta mía que no tuviese por su parte la respuesta más justa y acertada.

-No sé si hablamos de la misma persona -dijo-, o quizá eres tan afortunado que se te ha permitido conocer el verdadero rostro del dios….Bien, es igual, ¿quieres ayudarme o no?

Sin esperar respuesta, se acercó al volumen y leyó:

Mas si esto consideras excesivo

suplico que al menos me concedas

que, agotado mi tiempo, en tus brazos de nieve me cobijes

y, cumplido el destino, me vuelvas a la vida.

-¿Qué significa esto?

-No es fácil comentar unos versos aislados. Eso que has leído es el final de un precioso poema que habría que examinar desde el principio -dije, adoptando un tono profesoral que a mí mismo me sorprendió.

-Pues volvamos al principio -, propuso ella.

-Bueno, en este caso no es necesario. Lo conozco muy bien. En el poema, el amante se dirige a su amada, y a través de una serie de encendidos elogios cuajados de metáforas, ensalza cada uno de los aspectos de la belleza de la amada: los ojos como estrellas, el cuello como rosas, el cabello como oro, etcétera, una belleza tal que ni siquiera necesita el adorno de las joyas. Y también su voz merece el elogio del amante, una voz

que sus dulces mieles propaga

y contra el indefenso lanza

el dardo del amor.

A continuación expone los efectos que esa belleza causa en él: languidece, pena, se abrasa, arde, suspira, muere, lucha; su corazón tiene una grave herida que ningún remedio puede sanar, salvo… y aquí llegamos a nuestros versos, salvo «que arranquen de mi corazón tus labios este fiero dolor», es decir, que una palabra de la amada, una sola palabra afirmativa sería suficiente para expulsar del alma del amante la enfermedad y evitar que muera por el crimen de haberse enamorado…¿me explico?

Sus ojos, como en el poema, parecían arder con fuego de estrellas.

-Todo eso está muy bien -dijo-, hasta un niño puede entenderlo…siempre que se acepte como licencia poética que se puede morir por amor. Pero mi pregunta se refiere a los tres últimos versos, ya sabes.

-Sí, sí…Finalmente, el amante piensa que, si ni siquiera la palabra salvadora ha de concederle la amada, por lo menos que le otorgue una gracia: que, una vez muerto, le rodee con sus brazos y así le devuelva a la vida.

-¡Es eso lo que no entiendo¡ «Agotado mi tiempo», es decir, muerto; «cumplido mi destino», es decir, sin más vida por delante…»me vuelvas a la vida». ¿Pero cómo se puede volver a la vida después de muerto? ¿O qué poder tiene el abrazo de una mujer para resucitar a un muerto? ¿O a qué clase de vida se refiere?

-¿Sabes de verdad qué es la poesía? -me atreví a preguntarle.

-¿No lo voy a saber? Soy hija y esposa de poetas, de poetas de verdad, y ellos me han enseñado que la poesía puede ser ficción, pero nunca mentira. Y aquí el autor miente.

-Yo no lo veo así. Yo creo que aquí no miente nadie, ni el autor, que se limita a recoger los lamentos de un amante, ni…

Entonces se abrió la puerta principal de la biblioteca y apareció Petronio.

-Siento interrumpir una conversación tan animada. Aquí lo tienes -dijo, entregando a la mujer un pequeño volumen-, y puedes decirle a tu marido que ya no queda ni un sólo papel suyo en esta casa. Y dile también que nada me gustaría tanto como que nos volviésemos a ver en paz y armonía, como en los buenos tiempos. Pero no te vayas. Me encantaría que me dejaseis participar en vuestra conversación.

-Te lo agradezco, Petronio -dijo la mujer-, pero he de marchar enseguida…Y esta conversación es un poco particular entre Lucio yo…La continuaremos en otra ocasión ¿no es eso? -dijo, dirigiéndome una mirada de complicidad envuelta en una sonrisa celestial.

En cuanto quedamos solos, pregunté quién era.

-Es Pola -respondió Petronio-, la mujer de Lucano. ¿Qué te ha parecido?

-Me ha impresionado, me ha impresionado mucho, lo confieso. No sólo su belleza, que es deslumbrante sin ser aparatosa, sino sobre todo su…su estilo, la música de su voz, las maneras, a la vez sencillas y elegantes, y esa naturalidad distinguida que invita a la confianza al mismo tiempo que infunde respeto.

-Estoy de acuerdo en todo lo que has dicho. Y aún posee más virtudes que no conoces. Sí, es una mujer excepcional y, como tal, muy peligrosa.

-¿Peligrosa? No lo creo, no puedo creerlo, ni aunque me lo jures por todos los dioses nunca lo creeré.

-Veo que es verdad que te ha impresionado -dijo Petronio riendo-, pero no es lo que te imaginas. Lo que quiero decir es que la existencia de mujeres como Pola constituyen un peligro, porque pueden inducirnos a creer que la mujer es tal y como algunos poetas han imaginado, interpretando el sentir de muchos hombres. Y no es verdad. La mujer, y sobre todo la mujer amada, es sólo una ficción en la mente del hombre, una ficción que puede ser tan absurda y poderosa como para llevar a creer que el abrazo de la amada puede vencer a la muerte. Lo que de verdad vislumbramos en la mujer, sobre todo en la fase inicial del enamoramiento, es una especie de recuerdo de aquella edad de oro en que los seres humanos eran completos, es una llamada para recuperar la parte perdida de nuestro ser. Y es entonces principalmente cuando la mujer se nos aparece como la fuente de nuestras emociones más singulares, de nuestros sentimientos más tiernos y profundos. Y sin embargo, con frecuencia, quizá con demasiada frecuencia, parece como si las aguas de esa fuente estuviesen envenenadas y nos fuesen dando, sin nosotros advertirlo, exactamente lo contrario de lo que prometen, y cuando lo advertimos suele ser demasiado tarde. Y es eso lo que la existencia de mujeres como Pola nos puede hacer olvidar.

-Parece que tus relaciones con las mujeres no han sido muy felices -aventuré.

-Más de lo que se podría deducir de mis palabras -replicó Petronio.

-Pero no estás casado.

-Lo estuve. Y la cosa fue muy bien, hasta que un oportuno divorcio salvó el buen recuerdo de nuestro matrimonio. He tenido también otros amores, de intensidades varias, que a veces me complazco en recordar rastreando sus huellas en mis poemas. Pero desde que cumplí los cuarenta mantengo una prudente distancia con la mujer. Sólo la observo. Y he de confesar que es una materia apasionante.

-Y confusa y extraña y contradictoria -dije-, porque, para empezar, hablamos de la mujer como si de algo único se tratase, y sin embargo, qué sentimientos tan distintos despiertan en nosotros palabras como madre, hermana, hija, esposa, amante, prostituta.

-Sí, y te dejas amiga y, sobre todo, enemiga.

-¿Enemiga?

-Sí, la mujer puede ser una enemiga poderosa, terrible. Y cuando se dedica a la intriga, los hombres más astutos son a su lado simples aprendices.

-¿Te refieres a la influencia que la mujer ha tenido en nuestra historia política?

-Entre otras cosas. Pero en política, desde luego, su influencia ha sido y es infinitamente superior a la que cabría esperar de una lectura de nuestra leyes.

-¿Quieres decir que ejercen un poder que nadie les ha reconocido?

-Eso es. Y como no pueden actuar directamente, lo ejercen a través de los hombres, a veces sin que ellos se den cuenta. Piensa que hasta un hombre tan equilibrado, enérgico y seguro como Octavio Augusto se vio muy influido por la fuerte personalidad de su esposa Livia; que Nerón nunca ha logrado desprenderse de la influencia de su madre, ni aun matándola, y ya no hablemos de Claudio, esclavo no solo de Mesalina y de Agripina sino de cualquier mujerzuela que le hiciera olvidar su condición de tarado. Y estos son sólo algunos ejemplo de nuestra historia reciente, pero si quieres podemos remontarnos hasta Tanaquil. Y es que la presencia decisiva de la mujer en todos los ámbitos es una de las características más peculiares de nuestro pueblo.

-Y en los otros pueblos ¿no es así?

-Por lo que yo sé, no. En Grecia, por ejemplo, fuera de la época mítica de las diosas y heroínas, la mujer nunca ha contado para nada, diría que ni siquiera para el amor, sólo para la procreación y el cuidado de los hijos. Entre nosotros, en cambio, la mujer, y en especial la madre, siempre ha tenido una importancia fundamental.

-¿Y a qué crees que se debe ese poder que la mujer, o al menos la mujer romana, ejerce sobre el hombre?

-No lo sé. Es decir, ignoro el origen, pero el método está muy claro. A todo el mundo se le vence atacando sus partes débiles, y nadie como la mujer conoce las debilidades del hombre.

Permanecimos en silencio unos breves instantes. Entonces decidí plantearle una cuestión que venía meditando desde el día de la visita a Escevino.

-Quisiera hacerte una pregunta que no está directamente relacionada con este tema, aunque algo tiene que ver.

-Adelante. Ya habrás observado que nuestras lecciones carecen de método y de programa.

-¿Qué opinas del amor entre hombres?

-Esa es otra historia. El amor entre hombres es una de tantas posibilidades de placer que ofrece la naturaleza y sería de necios despreciarla. Pero, en efecto, no tiene nada que ver con lo que hablábamos. El hombre no es ningún misterio para el hombre, al menos en el aspecto amoroso; la mujer sí es un misterio.

-¿Pero no crees que hay algo en la naturaleza que repugna ese tipo de amor homogéneo?

-En absoluto. En la naturaleza cabe todo. Claro que algunas vías parecen contradictorias con un supuesto plan natural. Pero eso no es más que una ilusión de la mente humana. No creo que la naturaleza tenga ningún plan. Y si lo tiene, seguro que no le afectan nuestras preferencias individuales. Mediante el instinto sexual se procrea y la especie humana sobrevive, eso es cierto, pero nadie ha dicho que la práctica de ese instinto deba limitarse a la procreación. Somos libres, libres en el sentido en que los animales no lo son, y por lo tanto podemos utilizar nuestras facultades como se nos antoje. Por otra parte el amor entre hombres ha estado siempre presente en todos los pueblos, unas veces a escondidas y otras a la luz del día. Grecia nos ha dado el mejor ejemplo de lo segundo, y hace ya siglos que los romanos dejamos de ser pudibundos en este aspecto. La verdad es que tu pregunta casi me asombra. ¿Quién entre nosotros no ha gozado del amor de algún jovencito?

-Yo, por ejemplo.

-Eso te pierdes.

-Me permitirás que en este punto no esté de acuerdo contigo. No creo que el amor entre hombres sea tan natural e inocente como pretendes. Si fuese así, no produciría ciertos efectos… desagradables. Estoy pensando en Escevino. ¿Crees de verdad que la imagen que ofrece ese personaje es la de un ser humano «normal»? Porque a mí no me recuerda en nada ni a un hombre ni a una mujer. No es más que una especie de fantoche de voz atiplada y ademanes increíbles.

-No confundamos las cosas, Lucio. Estábamos hablando de la posibilidad del amor con hombres, además de con mujeres, es decir de la elección de objeto sexual. El caso de Escevino, y de tantos como él, es muy diferente. Ahí no hay una elección, es decir, un enriquecimiento, sino una adicción, es decir, un empobrecimiento.

-No acabo de entenderte.

-Quiero decir que el hombre que practica el amor con mujeres y con hombres no deja de ser un hombre completo, más incluso que el que se limita a las mujeres, y perdona la alusión, pero el que sólo puede hacer el amor con hombres, hasta el extremo de sentir repugnancia por el sexo opuesto, es un ser limitado, incompleto, amputado, y esa deformidad termina a la larga trasluciéndose en el talante, y eso es lo que tú has advertido en Escevino.

-Y sin embargo, también esas personas negarán su condición de deformes y, al igual que tú cuando defiendes el amor bisexual, dirán que hacen uso de su libertad de elegir.

-Lo dirán, pero no es cierto. Pocas cosas podemos elegir en la vida. De hecho, yo creo que ninguna. Pero si algo hay claramente incompatible con la libertad de elección es precisamente el amor y todo lo que se refiere a nuestros instintos básicos. Y así como nadie se enamora libremente, tampoco hay nadie que libremente decida excluir a las mujeres de su vida amorosa.

-¿He de entender que existe un destino inexorable, un hado fatal que determina todas nuestras acciones?

-Entiéndelo como quieras. Todo son opiniones y ninguna tiene la garantía de la verdad. La mía es ésta: que la libertad de elección es una de las muchas ilusiones de la raza humana. Pero éste ya es tema para otra charla.

 

(CONTINÚA)

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