Archivo mensual: agosto 2012

Dante y Bonifacio VIII

… Bonifacio se levanta y da unos pasos hacia nosotros. Ya próximo, antes de que iniciemos el gesto, truena con voz autoritaria:

“Arrodillaos. ¿Por qué sois tan obstinados? Humillaos ante mí, porque en verdad os digo que no tengo otra intención que vuestra paz. ¿Quién de vosotros es Dante Alighieri?”
“Yo, señor, yo soy Dante”.
“Levantaos.” Y dirigiéndose a mis acompañantes, “vosotros dos podéis marchar”.

[…………………….]
… Bonifacio me repasa de arriba abajo con la mirada, para clavarla luego en mis ojos.

“No estoy contento de vosotros, Dante, lo sabéis bien. ¿Qué pretendéis ahora?”
“La justicia”.
“La justicia, la justicia… ¿Qué se entiende ahora en Florencia por justicia? ¿Es justicia que, después de protegerla de la codicia del emperador se vuelva contra su protector? ¿Es justicia que me niegue la colaboración debida para ayudar al devoto rey francés? ¿Es justicia el trato criminal que dio a mi legado el Cardenal Acquasparta? ¿Es justicia que una ciudadela de mercaderes niegue el pan y la sal al vicario de Cristo en la tierra? ¿Es justicia que la hija de Roma apuñale los pechos que la amamantan? ¿Es eso justicia?”
“Permitidme que os diga, señor, que me parece estar oyendo la opinión de una parte, no las palabras de un juez”.
“Eres muy osado, Dante, muy osado. Parece que no te das cuenta de quién tienes delante. Muy osados sois en Florencia, sí, o muy locos. Y ya sabes: quos deus vult perdere dementat prius. ¿Qué habéis hecho con mi buen hijo Corso Donati?”
“Florencia resuelve sus asuntos con sus propias leyes, y cada uno de nosotros es una parte insignificante en este proceso”.
“Qué lenguaje tan extraño, y qué hipócrita. Las leyes son lo que los hombres que mandan quieren que sean, y por encima de las leyes y de los hombres está la voluntad de Dios”.
“Eso creo”.
“Y el vicario de Cristo en la tierra encarna la voluntad de Dios”.

Un instante de silencio.      

“¿No es así? Responde, Dante, ¿no es así?”
“Encarna la voluntad de Dios, porque todo cuanto sucede, sucede porque Dios quiere, o lo permite. Pero la intención de Cristo al delegar en Pedro…”
“Ah, sabes tú cuál fue la intención de Cristo al delegar en Pedro, ¡fantástico! No eres clérigo, ni has estudiado teología en Bolonia ni en París, pero sabes cuál fue la intención de Cristo, ¡formidable! Supongo que has leído los Evangelios y has sacado tus propias conclusiones, ¡enhorabuena! Pero ve con cuidado, Dante, con mucho cuidado. Conozco a esa gente que va hablando por ahí, diciendo que si la pobreza, que si el Espíritu Santo, que si la Iglesia habría de ser así o asá…Dios mismo, para escarmiento, nos permitió tener a uno de esos en esta casa…y ya sabes cómo acabó. Pero dime, cuál fue, según tú, la intención de Cristo. Oigamos el Evangelio según Dante”.
“Disculpadme, señor, pero no he viajado tantas leguas para discutir de teología con quien debe dominarla mejor que nadie. El asunto que me ha traído aquí…”
“Eso puede esperar. Antes, es mi deseo que tengamos un poco de conversación. Tienes fama de poeta, dicen que eres un gran poeta. A mí también me interesan las letras humanas, pero lamentablemente no puedo dedicarles mi tiempo. Por eso me gusta, cuando puedo, conversar con auténticos hombres de letras… aunque sean auténticos enemigos…”
“Señor…”
“No te esfuerces, Dante. Tengo informes que reproducen al pie de la letra tus intervenciones en los consejos florentinos. Pero insisto, eso puede esperar. Y veamos, cuál fue según tú la intención de Cristo al delegar en Pedro”.
“Que Pedro y sus sucesores le representasen en la Tierra para mantener unida la grey cristiana en la observancia de las virtudes que predicaba: la pobreza, la humildad y la mansedumbre”.
“Y la obediencia. Pero resulta que la obediencia sólo se consigue con ciertos medios que Cristo, por ser Dios, no necesitaba, pero que sí necesita su vicario en la Tierra”.
“Esos medios pertenecen al mundo que Cristo quiso dejar al César. Mi reino no es de este mundo, dad al César lo que es del César. No he de ser yo quien os recuerde estos preceptos”.
“No hay contradicción entre los preceptos de Cristo y la realidad de la Iglesia, si es eso lo que insinúas. Escucha, y escucha bien, que esta es una verdad histórica que puede explicarse con la sola ayuda de la razón. Es cierto que por indicación o, mejor dicho, por tolerancia divina, el César mantuvo al principio todo el poder temporal. Pero llegó el día que, viendo las necesidades de la Iglesia y sin duda por inspiración divina, el mismo César, en la persona de Constantino, hizo donación al sucesor de Pedro de los elementos materiales y jurídicos para que su Iglesia se constituyese en poder público, de manera que hoy, como siempre, la Iglesia es un poder espiritual, pero además, desde la donación de Constantino, es también un poder temporal, tan legítimo como el Imperio. Y dado que lo espiritual prevalece sobre lo temporal, el poder de la Iglesia es soberano y absoluto en todos los frentes”.
“Opino que esta es la historia de un malentendido, porque nadie crea o alimenta a sabiendas a su enemigo. Quiero decir que, si Constantino dotó de riquezas y poder a la Iglesia fue para que ésta pudiese cumplir mejor sus fines propios, atendiendo a los pobres y a los desvalidos, no para que se erigiese en un poder autónomo o incluso enemigo, como tantas veces ha venido ocurriendo para confusión y escándalo de los fieles”.
“Me sorprendes, Dante, te creía güelfo, como tu familia. ¿Qué ocurre? ¿Te has pasado a los gibelinos? ¿Crees ahora que es mejor para Florencia el guante de hierro del Imperio que la mansa mano de la Iglesia?”.
“Siempre he creído que lo mejor para Florencia es lo que sus ciudadanos deciden”.
“Absurdo, absurdo. Absurdo y herético, te lo advierto. Todo poder viene de Dios, lo dice el Apóstol: non est potestas nisi a Deo. Y dime tú, ¿desde cuando Dios ha trasmitido su poder a mercaderes, artesanos o banqueros? No me hagas reir…El agua del poder que viene de Dios mana directamente de la fuente de su vicario en la Tierra. Incluso el emperador, sí el emperador, debe recibir de nuestras manos la consagración de su poder para que quede limpio de su antiguo y pecaminoso origen pagano. Por eso, toda oposición a mi voluntad es oposición a la voluntad de Dios; por eso, toda resistencia a mi soberanía es pecado, nefando pecado. Y no hay más que decir”.
“Si me lo permitís…he venido hasta aquí para hablar de otro asunto”.
“Habla ya”.
“Señor, por la paz y la felicidad de toda la Toscana, el gobierno de Florencia humildemente os suplica que anuléis el nombramiento dado a Carlos de Valois y que impidáis que entre con sus tropas en Florencia”. 
“¿Eso es todo? Bien, la audiencia ha terminado…Ah, y no saldrás de Roma sin mi permiso…Aún tenemos temas que tratar…la poesía, ¿eh? La poesía…Guardia, acompaña al embajador de Florencia a su residencia”.

(De La alta fantasía )

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Larra y Dolores

LARRA: ¿Disculparte? ¿oportuno? ¿De qué estamos hablando, amor mío? Has venido, has venido y yo te quiero, ¿qué importa lo demás? ¿Me quieres tú?
DOLORES: He venido porque pienso que hay que acabar de una vez con esta situación.
LARRA: Eso mismo pienso yo.
DOLORES: Hay que dejar las cosas claras.
LARRA: Eso creo yo. Pero no me has contestado. ¿Me quieres, Dolores?
DOLORES: Mariano, escúchame bien, escúchame bien lo que voy a decirte: no nos veremos más, nunca más, ¿lo entiendes? nunca más.
LARRA: Espera, espera, habla despacio, más despacio, repite lo que acabas de decir.
DOLORES: He dicho que no nos veremos nunca más…
LARRA: No, creo que no oigo bien, o que no entiendo, porque si fuese verdad lo que por un momento me ha parecido oír…
DOLORES: Mariano, por favor, ¿no puedes aceptar la realidad?
LARRA: ¿La realidad?
DOLORES: La realidad de que lo nuestro se acabó.
LARRA: ¿Se acabó? ¿Qué es eso nuestro que se acabó? Habla más claro, amor.
DOLORES: Por favor, no lo pongas más difícil todavía. Ha sido todo tan duro desde el principio…los dos, casados; los disimulos, las mentiras, las murmuraciones, los sobresaltos, el escándalo…
LARRA: Te recuerdo, mi amor, que hace pocos meses no había sobresaltos, ni apenas mentiras, y nadie se preocupaba del escándalo. Sólo pensábamos en amarnos.
DOLORES: Hablas por ti, sólo por ti, porque no tienes idea de lo que yo he pasado. Mariano, yo no puedo seguir viviendo así.
LARRA: Así, ¿cómo?
DOLORES: Fingiendo, engañando, no pudiendo ser quien de verdad soy, siendo la comidilla de todos, y sin dignidad, sin ninguna dignidad, hasta el nombre me han quitado. Tú tienes un nombre. Yo no, yo sólo soy “la querida de Larra”.
LARRA: Reconozco que es horrible, y además de pésimo gusto. ¿A quién se le ocurre ser “la querida de Larra” pudiendo ser “la señora de Cambronero”?
DOLORES: Esa amargura no te hace ningún bien. Tendrías que aceptar las cosas como son. Nos guste o no, soy la señora de Cambronero.
LARRA: Un título muy honorable, no lo niego. Pero yo no hablaba de títulos ni de honorabilidades; hablaba de sentimientos, y te preguntaba ¿me quieres? ¿me quieres todavía? No me has contestado.
DOLORES: Ya he dicho lo que tenía que decir. No me atormentes ni te atormentes más. Lo nuestro ha terminado, ¿lo entiendes? terminado.
LARRA: No, no lo entiendo. ¿Puede el sol terminar? ¿puede el cielo terminar? ¿puede la savia que alimenta a los árboles terminar? ¿puede la naturaleza entera, la vida entera terminar? No, no lo entiendo.
DOLORES: Pues lo siento, lo siento mucho. Mira, si he venido aquí ha sido porque anoche me dejaste muy preocupada. Me pareció que era mi deber tratar de que comprendieras la situación y de que la aceptaras. Por eso estoy aquí. Pero veo que ha sido inútil. Mariano, tú no estás bien.
LARRA: De ti depende, Dolores, sólo de ti depende que esté bien o que esté muy mal.
DOLORES: ¡No, no, de ninguna manera! No puedes cargar sobre mí ese peso. Yo no soy responsable de lo que pueda pasar por tu cabeza.
LARRA: ¿No? ¿No eres responsable? Todos somos responsables de nuestros actos, amor, y de nuestras palabras. ¿Cuántas veces has dicho que me amas? ¿En cuántas ocasiones me has jurado amor eterno? Y yo me lo creía, ¿sabes? soy tan ingenuo que me lo creía, y no veo por qué ahora he de dejar de creerlo. ¿Mentías entonces? ¿o mientes ahora? Me gustaría saberlo, amor, cuándo dices la verdad, cuándo dices la mentira.
DOLORES: Ni mentía entonces, ni miento ahora. Y si no entiendes esto, es inútil que me esfuerce. Quería despedirme de ti intentando borrar todo lo que hay en tu corazón de amargura, de odio, de rencor hacia mí. Pero no ha sido posible. Lo siento.
LARRA: ¿Te vas? ¿Me dejas…para siempre? ¿para siempre?
DOLORES: No debía haber venido. 
LARRA: Oyeme una cosa. Si de ti dependiera que moviendo un dedo, un solo dedo de tu mano me salvase yo del abismo, ¿lo harías? ¿lo moverías?…No, no lo harías, de hecho, es ésta la situación…Sólo te pido una cosa, Dolores, que no te vayas a Filipinas, nada más, no te pediré nada más, te lo juro.
DOLORES: ¿Quién te ha dicho que me voy a Filipinas?
LARRA: Tus ojos me lo dicen, que huyen de los míos; tu voz, áspera y decidida, como de quien cumple un deber o transmite una orden; tu pose, afectada y distante, como de señora esposa del señor Secretario…
DOLORES: Sí, ¿y qué? Es mi vida, puedo disponer de ella como me plazca. Tengo ganas de vivir tranquila, no sé si lo puedes entender, sin miedos, sin sobresaltos, sin tapujos…ya he pasado bastante…
LARRA: Bien, ya lo entiendo, tú eres capaz de marchar y dejarme; eres capaz de renegar de tu amor y de vender tu cuerpo por un poco de tranquilidad y unas cuantas joyas exóticas…(alza la voz) ¡como las rameras, igual que las rameras!
DOLORES: (se levanta, indignada) No voy a permitir que me insultes.
LARRA: (también se levanta, cada vez habla más exaltado) Tú eres capaz de dejarme, pero ¿y yo? ¿Sabes de lo que yo soy capaz?
DOLORES: No, no lo sé. Pero sea lo que sea, no vale la pena.
LARRA (con violencia y alzando aún más la voz) ¿Sabes de lo que yo soy capaz?
[…………..]
DOLORES: ¿De matarme? ¿De matarme, quieres decir? No me asustas, Mariano.
LARRA: De matarte, sí de matarte. Pero no te preocupes, no lo haré. No cometeré ese error. Ante el mundo tú serías la víctima, y sabes muy bien que no es el papel que te corresponde en esta historia. No te preocupes, si he de matar a alguien, no será a ti, puedes estar tranquila.
DOLORES: Me alegra saberlo.
LARRA: No me olvidarás fácilmente, Dolores. Siempre te acordarás de mí, te lo juro.
DOLORES: Supongo que no tendrás ningún inconveniente en devolverme las cartas.
LARRA: ¿Las cartas?
DOLORES: Sí, las cartas, todas las cartas que te he escrito, incluidos los billetes, todo.
LARRA: ¿Hasta eso me arrebatas? Sin tus cartas, sin tus palabras de amor escritas por tu propia mano, ¿cómo podré saber que todo esto no ha sido un sueño? ¿cómo podré convencerme de que no estoy loco?
DOLORES: No es asunto mío. Dámelas.
LARRA: ¿Y si no te las doy?
DOLORES: No me iré de aquí hasta que no me las devuelvas.
LARRA: Perfecto, quédate conmigo, para siempre.
DOLORES: Estás loco, Mariano, estás completamente loco. No he venido aquí para irme sin mis cartas.
LARRA: ¿Qué has dicho, Dolores? ¿qué es eso que acabas de decir? “No he venido aquí para irme sin mis cartas” ¡Qué estúpido! Ahora lo entiendo, ahora lo comprendo todo. Tú no has venido aquí porque me quieras, no, eso ya lo he entendido, y también he entendido que nunca me has amado. Pero tampoco has venido porque estuvieras preocupada por mí. No, ni siquiera por compasión, ni siquiera por ese pobre sentimiento que no negamos a los animales. ¡Has venido por tus cartas! ¡Pérfida, traidora! Ojalá ya estuviese muerto, ojalá me hubiese ahorrado esta cruel estocada final.

Larra va hacia el mueble-escritorio, ……..

………………………………………………………

(De El corzo herido de muerte)

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Schopenhauer y Goethe

[Goethe]−Veo que insiste en su misantropía. ¿Sigue pensando que el género humano no vale la pena?
−Yo puedo trabajar y de hecho trabajo por el género humano mucho más que todos los hombres trabajan por mí. Soy capaz de los más grandes sacrificios por la humanidad… excepto el de soportar cotidianamente sus necedades y maldades.
−Me temo que más de uno estaría de acuerdo con eso, desde Voltaire hasta yo mismo en determinados momentos. Pero el punto de vista negativo nunca es completo. Debemos situarnos en un nivel superior, verlo todo con una perspectiva en la que los elementos adversos se concilien dando paso a una visión más armónica. El individuo y el mundo están tan interrelacionados que si aquél descalifica a éste, queda a su vez descalificado. Dicho en otras palabras, si uno quiere complacerse en su propio valer ha de dar también un valor al mundo.
−Es su opinión. Por mi parte pienso que cada cual ha de seguir su propio camino. Mi misantropía no me ha impedido obtener una visión objetiva del mundo, como habrá comprobado si ha leído el libro que le envié.
−Sí, por cierto. Supongo que Adele le transmitió mi agradecimiento. Su lectura me ha instruído en muchos aspectos, pero lo que más me ha atraído es el estilo y la vivacidad de la exposición. Si todos los filósofos alemanes escribiesen como usted se librarían, y nos librarían, de la fama de oscuros y abstrusos que tenemos en el extranjero.
−La claridad es esencial en filosofía, c’est la bonne foi des philosophes. El lenguaje oscuro y complicado es un acto de mala fe con el que se pretende ocultar la falsedad o la vaciedad de contenido. Aunque mi obra contiene algún pasaje difícil por la dificultad propia del tema, lo que no se puede decir de ella es que no se entiende.
−Estoy de acuerdo.
−Y una vez entendida, ¿qué cree que se puede opinar de su contenido?

Goethe aguanta la mirada, quizá algo insolente, que mantengo fija en sus ojos durante el brevísimo intervalo de silencio.

−En su obra hay muchos temas de reflexión, y es preciso haber abarcado la totalidad para poder formarse un juicio de conjunto.

Luego no la ha leído toda. Hace más de seis meses que está en su poder. Si en ese tiempo no se ha leído un libro que se dice interesante es que en realidad no interesa tanto como se proclama. Como para consolarme de este pensamiento, añade:

−Puede estar seguro, doctor Schopenhauer, que usted es el autor contemporáneo al que más tiempo dedico.

Luego la sigue leyendo. Luego no es descabellado pensar que un día la concluya y me de a conocer su opinión. Arremeto directamente:

−¿Puedo tener la esperanza de que un día me exprese su opinión?
−No creo que mi opinión sea interesante en este tema. Lo que usted debe esperar es el reconocimiento de la comunidad de los filósofos y el juicio inapelable de la posteridad.
−Creo en el juicio inapelable de la posteridad, que no conoceré, como no creo en el de la comunidad de los filósofos. Para empezar, tal comunidad no existe ni puede existir, por la sencilla razón de que cada generación no da más que un filósofo, si es que lo da. Los grandes poetas son más numerosos. Puede haber tres o cuatro por generación.
−No seré yo quien le pregunte por los nombres.
−Le daré los de los poetas: Johann Wolfgang von Goethe, por supuesto, el primero de todos, luego Byron y después el novelista Jean Paul.
−A propósito de Byron, ¿pudo verle?
−No, no pude.
−Es una lástima. Quizá no tenga otra oportunidad. Hace poco he recibido carta suya fechada en Ravenna. He de confesarle que temo por él. Byron es una de esas personalidades en las que el elemento demoníaco no se ve compensado por la íntima necesidad de armonizar con uno mismo y con el mundo. No le auguro un buen final. 
−Si me permite una pequeña muestra de lo que usted llamará mi pesimismo, le diré que nunca hay un buen final, que todos los finales son malos, porque, se mire como se mire, la vida es un mal negocio.
−La vida como negocio, quizá. Pero, la vida como arte… ¿ha considerado usted la vida como arte?

(De El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer)

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Petronio y Séneca

-… esa amistad que apenas hemos tenido tiempo de cultivar.
– Es cierto lo que dices – afirmó Séneca -, y lamentable. Pero has de reconocer que tu género de vida no ofrece muchas ocasiones para el encuentro.
– No creo que mi género de vida sea muy diferente del tuyo. Hasta hace poco solo se distinguían en el par de horas que solías llevarme de ventaja en retirarte a dormir.
– Sabes que no es verdad, Petronio. Y permíteme que te diga una cosa: lo que menos soporto de ti es tu debilidad por la frase ingeniosa. Siempre has preferido una frase brillante a la verdad.
– En sociedad sí, porque en sociedad una frase brillante es un valor seguro, mientras que la verdad… no se sabe lo qué es. Además, no recuerdo haber dicho ahora ninguna frase brillante.
– Siempre me has caído bien, Petronio, no lo puedo negar. Pero nunca he creído que seas en realidad lo que aparentas. Tengo la impresión de que llevas una máscara de felicidad que oculta una realidad secreta y terrible.
– No lo creas, amigo. Es verdad que todos los días, cuando me levanto, me compongo lo mejor que puedo mi máscara de felicidad. Pero detrás no hay nada terrible, sino más bien vulgar y cotidiano, te lo aseguro.
[………………………………………………]                                                                              
– La vida no tiene más sabor que el que le da la virtud, y la virtud es la mejor preparación para la muerte. Además, nadie saborea la vida en el sentido vulgar de la palabra. Los hombres consumen su existencia preparando un mañana de felicidad que continuamente se aleja en el horizonte. Pierden la vida en los preparativos de la vida. Todos. Salvo, tal vez, Petronio.
– Te agradezco el cumplido – dijo Petronio -, y te ruego que me disculpes por el tono de mis palabras de antes. Es absurdo que, habiendo tantas cosas que nos unen, tengamos que discutir sobre lo que nos separa.
– Tienes razón – afirmó Séneca -. Creo que los dos coincidimos en el diagnóstico de la enfermedad, solo discrepamos en cuanto al remedio.
[…………………………………………]
– Me hace muy feliz oirte hablar así – dijo Petronio -. Veo que los años no han perjudicado en nada tu profundidad ni tu agudeza.
– Si la mente no deja de ejercitarse, los años no pueden nada contra ella. Quizá al final, al final de todo, la memoria empiece a resquebrajarse y las ideas a confundirse. Hay que estar muy atento para prevenir ese momento, y hay que tomar una decisión valiente antes de que llegue. El hombre, el verdadero hombre ha de estar siempre al gobierno de su existencia, ha de ser el artífice, no el esclavo de su vida, desde que empieza a razonar hasta que muere. Y si la muerte que le prepara la fortuna no le agrada, es muy libre de procurarse otra.
– Ese sí que es un territorio que compartimos – dijo Petronio -, el hombre, artífice de la propia vida. ………………………………………………………………..

(De Conversaciones con Petronio)

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Cicerón y César

[narra Cicerón]…se situó a mi lado, y empezamos un largo paseo en dirección contraria al grupo de jinetes.
– Bello día de verano, ¿no te parece?
– Todos los días son espléndidos aquí – respondí -, sobre todo en primavera.
– ¿Sabes que en Germania las primaveras son mucho más hermosas que en nuestras tierras? – dijo, como si realmente el asunto le interesase mucho -. Allá toda la naturaleza resucita de una forma esplendorosa.
– Porque la naturaleza es sabia y justa. Un invierno más crudo lo compensa con una primavera más hermosa. Y a cada invierno le sigue una primavera. No hay inviernos eternos – aclaré, por si quería entender.

Pero siguió otro camino:

– Para nosotros no es así, amigo. A nuestro invierno particular no le sigue nada.
– No estoy tan seguro.
– Tu problema, Marco, es que nunca estás seguro de nada […] Es difícil hablar contigo sin enredarse en vericuetos dialécticos que no suelen llevar a ninguna parte. ¿Cómo está tu familia? ¿Y Tulia? ¿Cómo le va?
– Tulia está bien. Todo lo bien que le permite su marido. Sabes que se casó con Dolabela. No tuve más remedio que aceptarlo.
– No lo digas en ese tono. Dolabela es un buen muchacho. De todos modos, no querrás decir que se casó sin tu consentimiento. Me parece increíble que un padre de familia tenga que pasar por eso, por dubitativo que sea.
– Yo estaba en Cilicia. No podía intervenir ni aconsejar. Ella y su madre lo organizaron todo. Y luego, durante todo este tiempo que he estado lejos, las cosas se han complicado.
– ¿Y por qué estabas lejos? Ninguna ley clodia te había desterrado esta vez. ¿Huías de un enemigo?
– No, huía de un amigo. Para no convertirme en enemigo de mí mismo. Y acompañaba a otro amigo.
– En la amistad, como en todo, hay que saber decidir. Y es muy importante no equivocarse.
– No me equivoqué. Yo quería a los dos por igual. Pero uno de ellos no defendía una causa buena. Esto determinó finalmente mi elección.
– Las causas buenas son las que triunfan. ¿Qué piensas hacer ahora, Marco?
– No sabía que pudiese decidir sobre eso. Solo soy un vencido.
– Sabes muy bien que no merezco esa respuesta. Pero no lo tomo en cuenta. También yo sé que tu lengua tiene mecanismos automáticos irrefrenables. Marco, quiero que quede bien clara una cosa: en esta guerra no hay ni habrá más vencidos que los muertos. No me importa lo que esos que llaman “vencidos” hayan hecho hasta ahora. Solo me interesa saber si están dispuestos a acompañarme, o si prefieren quedarse quietos.
– Naturalmente, no hay otra opción.
– Naturalmente. No estoy acabando con una guerra civil para que enseguida se encienda otra.
– Quedarme quieto es muy difícil para mí. Acompañarte puede ser muy peligroso. Piensa que no solo mi lengua, también mi pasión por la libertad es irrefrenable.
– Libertad, bella palabra que cada cual entiende a su manera. Después de todo, ¿qué significa? Para vosotros significa la sujeción a un sistema legal que beneficia a unos pocos; un sistema que sirve muy bien para el gobierno de una aldea o de una ciudad pequeña. Pero, parece que no os habéis dado cuenta de que Roma no es solo una ciudad. Roma es un reino inmenso, y pronto será un mundo. Y no lo pueden gobernar cuatro familias mal avenidas. Yo también estoy por la libertad, Marco, la libertad de las personas en sus casas, en sus negocios, en los municipios, pero más arriba ¿a quién interesa la libertad, vuestra libertad? Yo ofrezco al pueblo bienestar; vosotros lo sometéis con vuestros privilegios, que es el verdadero nombre de esa libertad con que tanto os gusta llenaros la boca. Pero el pueblo ya ha decidido.
[………………………..]
– A veces, Marco, tengo la impresión de que no vives en el mundo, de que tu excelente formación jurídica no te ha permitido, te ha impedido quizá, conocer la realidad de la sociedad y de los hombres. […] A tus amigos del senado se les ha acabado el tiempo. En la tragedia de la historia empieza un nuevo acto.
– En el que tú serás el gran protagonista, supongo.
– Sí, yo y el pueblo.
– Eso es la monarquía.

– Llámalo como quieras. Es la forma del futuro.

[………………………………………..]

– De acuerdo, volveré a Roma. Estaré en casa y con mis amigos. Y si puedo hablar, diré siempre la verdad. Es decir, si no me lo impides, hablaré de la necesidad de restaurar la verdadera república, de la que tú mismo podrías ser promotor y garante, y tanto si me lo permites como si no, hablaré de tu extraordinaria clemencia, rarísima joya con la que no suelen adornarse los vencedores.

– No te pongas pomposo, por favor. Eso déjalo para la historia. Yo quiero, necesito tu amistad.

– Yo también deseo tu amistad. Pero temo que ya no podrá ser como antes. ¿Se puede ser amigo de una autoridad-única-y-fuerte?

– Lo intentaremos, Marco…

…………………………………………………………

(De La encina de Mario)

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Catulo y César

[César]… Pareces mayor. Y es natural. Pero, sobre todo, te veo más serio, como más concentrado. La verdad es que no recuerdas mucho al joven alocado que conocí en Verona hace, ¿cuánto tiempo?
– Más de seis años. En abril, ¿recuerdas? Tú viajabas hacia Hispania.
– Sí, lo recuerdo, lo recuerdo perfectamente. Iba con Mamurra, y tú no dejaste de hostigarme durante toda la cena. Supongo que no pensabas que ibas a ponerme nervioso. Al contrario, estaba muy interesado, intrigado, diría, por ver si de tus palabras podía descubrir la razón de tu hostilidad hacia mí. Y la verdad es que aún no la he descubierto. ¿Por qué me atacas, Catulo? Sé muy bien que ni sigues a Catón ni te interesa la política. Entonces, ¿por qué me atacas? O quizá debería decir ¿por qué me atacabas?
– Me haces preguntas que no sé responder, César. Siempre estás ahí delante, a la vista de todo el mundo, con tus glorias públicas y tus vicios semiprivados. ¿Cómo podría resistirme? Los otros o te admiran o te odian. Yo solo te escarnezco y me río. Cosas del oficio.
-¿Sin odio?
-¿Puede el peor de todos los poetas odiar al mejor de todos los generales?
– Veo que eres el mismo. Eso está bien. Los hombres han de ser como son y seguir adelante por su propio camino. Hombres así van a ser ahora muy necesarios. Las cosas están cambiando en Roma. Y van a cambiar mucho más.
– Ya veo. Pompeyo y Craso, cónsules. Y Clodio, entregado como nunca a sus locuras.
– Pompeyo y Craso son mis aliados, como todo el mundo sabe. En cuanto a Clodio, está perdido. Ha resultado un mal actor. Ha llegado a creerse el papel que tenía asignado. Y, como debes saber, eso es fatal en el arte dramático.
– ¿Tú no te crees tu papel?
– Lo cumplo al pie de la letra. Pero hay una diferencia. El papel de Clodio lo escribí yo; el mío lo ha escrito el destino.
– ¿Te crees elegido de los dioses?
– Los dioses no me preocupan. Lo único que sé es que en algunas vidas hay una dirección, un destino, un camino iluminado por una estrella. Y hay que seguirlo. Hay que obedecer a la estrella. Tú ¿por qué escribes? ¿Por qué eres poeta?
– Cosa de mi estrella, no hay duda. En realidad, es lo único que sé hacer y que me interesa.
– Llámalo como quieras. Lo malo es cuando la estrella se oscurece o se oculta a la vista […
……………………………………………………………………………………………………………………………………………………]

Me sentía desarmado […] Y yo ¿cómo podría luchar con él? ¿Dónde estaban las fuerzas que me sostenían en mis posiciones quizá absurdas pero irreductiblemente mías? Solo podía rendirme.

– Tus palabras me conmueven – le dije, sin asomo alguno de ironía -. Pero no acabo de entender el motivo de tu invitación, ni la razón de tanta cordialidad.
– Motivos, causas, razones. No es así como se avanza, querido Catulo. Hay que acortar los caminos. Desde siempre he sabido que entre nosotros no hay nada real que nos separe. Entonces, no había más que dar un paso. Y he decidido darlo. Eso es todo. Si hablamos de motivos, yo los tenía más que suficientes para odiarte y buscar tu perdición, cosa que me habría sido muy fácil. Porque tu ensañamiento contra mi persona y los míos ha sido continuado, tenaz y obsesivo. Algunos se extrañan de que no suela ejercer en los términos habituales el reconocido derecho de venganza. No comprenden que la principal tarea del que se ha propuesto seguir un camino claro es librarse de pasiones inútiles, entorpecedoras siempre de la marcha. El odio, el resentimiento, el deseo de venganza, todo eso no sirve para nada. Todas las pasiones son inútiles, excepto la de ser fiel al propio destino.

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(De Lesbia mía )

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Ausonio y Ambrosio

Había allí algunas esculturas y otros objetos colocados sin ningún orden, como si aguardasen su ubicación definitiva. Una pieza me llamó enseguida la atención. Estaba situada junto a la pared opuesta a la puerta abierta de la sala. Era una imagen de la diosa Victoria, una Nike de la época dorada de la escultura griega. El peplo le caía hasta los tobillos; tenía las manos levantadas hacia adelante, la derecha casi cerrada y la izquierda, más elevada, con los dedos levemente curvados, ambas en posición de asir unas riendas inexistentes. Producía una contradictoria sensación de quietud y movimiento. Movimiento causante de que, caído levemente el vestido, el hombro derecho se ofreciese desnudo. La nariz casi seguía la línea de la frente. Las grandes alas, que arrancaban de la espalda, no turbaban la belleza y armonía del conjunto. Permanecí un rato contemplándola, absorto. De pronto, por la puerta abierta a mi espalda, me llegó un rumor de pasos. Cambié de posición para observar mejor el rostro de la diosa, y advertí que la figura de un hombre grueso y de elevada estatura se aproximaba. Permanecí inmóvil, con la mirada fija en la cabeza de la diosa.

– Bella imagen.
– Sí lo es – contesté sin desviar la vista de la estatua.
– Pero muy antigua.
– La antigüedad no está reñida con la belleza.
– Puede estar reñida con la verdad.

Lo miré. Vestía una larga túnica que le cubría hasta los pies. Una gran cruz le pendía de un amplio collar. Ostentaba una papada enorme, unos ojos pequeños y una apreciable calvicie. No tuve que pensar mucho para identificar al personaje. Como yo no respondiera, prosiguió:

– Y no tiene riendas con que gobernar. Ya no puede correr.
– Le quedan las alas. Puede volar.
– Sólo los ángeles del Señor tienen alas.
– ¿Y qué son los dioses, sino ángeles de la divinidad suprema?

Calló. Una mirada fría, dura, penetrante, como yo sólo había visto en algunos celosísimos agente públicos, me recorrió de arriba abajo.

– Sé quién eres, Décimo Magno Ausonio. Te conozco por tus obras y por tu fama. Admiro la perfección de tus obras, pero me asombra su vaciedad. Y estas palabras tuyas confirman lo que tu fama propaga: que, aunque cristiano de nombre, eres infiel de corazón y que a espaldas de nuestro Augusto, a quien deberías la máxima lealtad, haces causa común con los enemigos de Cristo.
– Te equivocas, Ambrosio, también tu fama me impide ignorar tu nombre, te equivocas porque yo no soy enemigo de nadie y mucho menos de Cristo, cuya doctrina de amor y humildad es la ética más sublime de todos los tiempos.
– Sólo un enemigo de Cristo puede comparar los ángeles con los dioses.
– Paciencia, Ambrosio. A los dioses, siempre los hemos tenido con nosotros. Roma creció al amparo de su religión, y a la sombra de esos dioses dominó al mundo. Y cuesta acostumbrarse a una nueva manera de pensar y de hablar. Al fin y al cabo, todo aquello que los hombres adoran debemos considerarlo como un sólo y único ser. Todos contemplamos los mismos astros, el cielo nos es común y el mismo Universo nos envuelve. ¿Qué importa entonces la filosofía con que cada uno busca la verdad? A tan gran secreto no se puede llegar por un sólo camino.
– A tan secreto, dices, no se puede llegar por un sólo camino. Escucha, Ausonio, y cuando digo Ausonio digo Símaco y digo Pretextato y digo quienquiera que piense como vosotros. Lo que vosotros ignoráis, lo hemos aprendido nosotros de la boca del propio Dios; lo que vosotros buscáis por medio de conjeturas, nosotros lo poseemos con certeza por haberlo aprendido de la sabiduría y de la verdad de Dios. Vuestros métodos no son los nuestros.
– En efecto, y el arte del diálogo, del que suele resultar alguna luz, no se puede practicar con quien ya posee toda la verdad… y nada menos que de boca del propio Dios.

A los pocos días abandoné Mediolanum. No quería participar en una batalla que ya sabía perdida.

(De La ciudad y el reino)

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